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Reflexiones feministas sobre las relaciones internacionales desde una perspectiva antropológica

Laura Masson[1]

Introducción

Uno de los aspectos que considero de interés para analizar las relaciones internacionales (RI), desde un punto de vista de género, es el tema del poder y el simbolismo. Para avanzar en este sentido, voy a realizar un breve recorrido por trabajos de antropólogas clásicas que nos dan herramientas e indicios para reflexionar acerca de la representación de las relaciones de género desde diferentes posiciones teóricas. Posteriormente, presentaré tres escenarios que nos permitirán adentrarnos en las particularidades de la generización de las relaciones que involucran a la nación, el nacionalismo y las RI. En este sentido, quiero resaltar particularmente, para este libro, la importancia de las investigaciones sobre Latinoamérica realizadas por Manzano y Masson en cuanto perspectivas no hegemónicas, y los aportes de trabajos sobre otras geografías periféricas y contextos coloniales o de intervención internacional como los trabajos de Chatterjee y Helms.

La primera autora que quiero mencionar es Henrietta Moore, antropóloga y académica británica que ha realizado contribuciones significativas en el campo de la antropología social y la teoría feminista. Moore ha abordado en sus investigaciones temas de género, sexualidad, parentesco y desarrollo, entre otros, y ha mostrado una preocupación por los aspectos simbólicos en la configuración de las relaciones de género. En su libro Antropología y feminismo (1980), expresa que uno de los principales aportes de la “antropología de la mujer” ha sido el continuado análisis de los símbolos de género y de los estereotipos sexuales. Identifica dos perspectivas diferentes, aunque no excluyentes, en los análisis antropológicos que abordan el estudio del género: el género como una construcción simbólica y el género como una relación social. Moore llama la atención al hecho de que no existe una correlación necesaria entre estos dos aspectos: “Las ideas culturales sobre el género no reflejan directamente la posición social y económica de la mujer y del hombre, aunque ciertamente nacen en el contexto de dichas condiciones” (Moore, 2009, p. 53). Por otro lado, sostiene que, aunque los estereotipos de género sean frecuentemente desafiados por la experiencia, esto no garantiza necesariamente la disminución de su influencia retórica y material. En palabras de la autora: “La fuerza de los estereotipos sobre el género no es sencillamente psicológica, sino que están dotados de una realidad material perfecta, que contribuye a consolidar las condiciones sociales y económicas dentro de las cuales se generan” (Moore, 2009, p. 53). No existe ninguna pauta explícita para entender y evaluar estas contradicciones. Moore trabaja con el estilo propio de la antropología británica, con énfasis en los aspectos sociológicos de las relaciones sociales y una fuerte impronta empírica. Pero esto no le impide señalar la necesidad de observar qué tipo de relación existe entre la dimensión sociológica y simbólica de los problemas sociales: “El problema que plantea el análisis simbólico del género es cómo utilizamos esta compleja y cambiante tipificación para llegar a comprender la posición de la mujer” (op. cit., p. 32).

La segunda autora que aborda la dimensión simbólica de las relaciones de género es la antropóloga francesa Françoise Héritier, quien aporta una perspectiva estructuralista en sus libros Masculino/femenino: el pensamiento de la diferencia y Masculino/femenino II: disolver la jerarquía. Según esta autora, el pensamiento humano se erige sobre diversos pilares, entre los cuales se encuentra la valoración diferencial de los sexos. Esta premisa implica que, en la interacción entre lo masculino y lo femenino, lo masculino adquiere una connotación positiva o mantiene una posición predominante sobre lo femenino. ¿Cómo llega a esta conclusión?

A partir de su investigación de campo en África, donde examina los sistemas de parentesco y las jerarquías que los estructuran, la autora identifica una de estas jerarquías como la generacional, donde el orden de nacimiento determina el grado de poder o autoridad. Por ejemplo, los abuelos tienen autoridad sobre sus hijos y nietos, los padres sobre los hijos, y los hermanos mayores sobre los menores. No obstante, estos sistemas contemplan la posibilidad de que, bajo ciertas circunstancias, estas jerarquías se inviertan, y que los nietos tengan autoridad sobre los abuelos, los hijos sobre los padres, o los hermanos menores sobre los mayores. Sin embargo, la autora observa que en la práctica esta inversión no ocurre cuando la persona de menor jerarquía (nieto, hijo, hermano menor) es mujer y la de mayor jerarquía (abuelo, padre, hermano mayor) es hombre. A partir de este hallazgo, la autora sostiene la existencia de una valencia diferencial de los sexos.

La tercera autora es Michelle Rosaldo, antropóloga norteamericana que, en el año 1974, compiló junto con Louise Lamphere un libro, hoy considerado un clásico, denominado Mujer, cultura y sociedad. En ese momento, la gran preocupación de las feministas académicas era si la “subordinación femenina” era un hecho universal. En esa compilación, Michelle Rosaldo escribió un capítulo donde, mediante un modelo estructural que exponía los aspectos recurrentes de la psicología y de la organización social y cultural, relacionándolos con la oposición entre la orientación “doméstica” de la mujer y las actividades “extradomésticas” o “públicas”, intentaba mostrar que las mujeres no se encuentran despojadas de poder. Proporciona allí una introducción a las diversas “fuentes de poder” de las mujeres. Lo novedoso de su trabajo, en ese momento, fue que planteó que el poder de las mujeres existe, pero que no puede ser traducido de manera positiva en las sociedades: “… las mujeres, en todas partes, carecen de una autoridad universalmente reconocida y culturalmente estimada”. Como si las sociedades fueran incapaces de tolerar el ejercicio del poder por parte de las mujeres, y este poder necesitara ser interpretado como algo intrínsecamente negativo.

Algunas de estas representaciones negativas, a través de las cuales se asociaba a las mujeres con el ejercicio del poder, han sido los arquetipos de bruja o prostituta. Cuando una sociedad relega a las mujeres a una posición de falta de autoridad legítima, se torna difícil reconocer la realidad del poder femenino. La autora resalta dos aspectos fundamentales: en primer lugar, la tendencia a definir a las mujeres casi exclusivamente en función de sus roles sexuales, y, en segundo lugar, la prevalencia generalizada de la “autoridad” masculina sobre las mujeres. Además, la autora hace hincapié en la distinción entre poder y autoridad culturalmente legítima, lo cual contribuye a comprender la complejidad del tema en cuestión.

En este breve resumen, exploré tres perspectivas teóricas distintas para analizar el poder y el simbolismo de género. La primera es la de la antropología británica, que busca integrar lo simbólico en las relaciones sociales. La segunda es la posición estructuralista, que sitúa lo simbólico en el ámbito del pensamiento humano. Por último, la perspectiva culturalista estadounidense enfatiza la desigualdad arraigada en los significados culturales. Dedicaré las páginas siguientes al análisis de trabajos de diversas autoras y autores seleccionados por su capacidad para enriquecer nuestra comprensión de las relaciones de género en el contexto de las naciones, los nacionalismos y las RI.

Ciudadanía y exclusión

Una de las formas en que se ha abordado la dimensión simbólica de las relaciones de género es a través del análisis de la posición del Estado frente a la ciudadanía de varones y mujeres. Para dar un pantallazo sobre este tema, presentaré el trabajo de Nira Yuval-Davis Gender and Nation, publicado originalmente en 1993 en inglés y en 1996 en castellano[2], y el libro Women Soldiers and Citizenship in Israel. Gendered Encounters with the State, de Edna Lomsky-Feder y Orna Sasson-Levy, publicado en 2018. Ambas autoras son de origen israelí y a las dos sus experiencias de vida las han llevado a reflexionar sobre el nacionalismo, la ciudadanía y la perspectiva de género[3]. Ambos trabajos, con distintos énfasis y contextos históricos, con mayor grado de abstracción uno y más énfasis en lo empírico el otro, hacen referencia a la ciudadanía de las mujeres y a los aspectos de inclusión y exclusión que experimentan a partir de su relación con el Estado. Yuval-Davis se refiere a “la naturaleza dual de la ciudadanía de las mujeres”, mientras que Lomsky-Feder y Sasson-Levy, cuando analizan el lugar de las mujeres en el ejército de Israel, utilizan la categoría outsiders within para hacer referencia a aquello que las incluye y las excluye de esa institución estatal tan paradigmática como el Ejército.

Yuval-Davis escribió su artículo 25 años antes que el libro Women Soldiers and Citizenship in Israel. En ese momento, su aporte fue central para colocar en la agenda académica el género como una dimensión indispensable para comprender los problemas sociales vinculados a la nación y a los nacionalismos. Si bien existían trabajos que abordaban aspectos específicos del tema, la dimensión de género no estaba presente en la teoría. Por esa razón, tanto el artículo como posteriormente su libro se han convertido en referencias ineludibles.

Yuval-Davis comienza su análisis afirmando que las mujeres, junto con la burocracia y la intelectualidad, desempeñan un papel fundamental en la reproducción de las naciones, tanto biológica y cultural como simbólicamente. Ante esta premisa, la autora se cuestiona por qué las mujeres suelen estar “ocultas” en las diversas teorizaciones de los fenómenos nacionalistas. Una posible respuesta reside en la exclusión histórica de las mujeres del ámbito político, según la definición occidental, lo cual ha llevado a su vez a su exclusión del discurso y las narrativas sobre la nación.

La autora distingue tres formas de definir la nación donde las relaciones de género desempeñan un papel importante: la ciudadanía (el Estado), los orígenes (la biología) y la cultura. Con relación al primero, considera que hay una característica específica de la ciudadanía de las mujeres: su naturaleza dual. Por un lado, están incluidas en el cuerpo general de ciudadanos del Estado y, por otro lado, existe una legislación que se refiere específicamente a ellas. El servicio militar obligatorio y la posibilidad de ser parte (o no) de las fuerzas armadas es uno de los ejemplos. Con respecto a las relaciones de género y la reproducción biológica de la nación, si la pertenencia a la colectividad nacional depende de haber nacido en ella, los que no comparten el origen común quedan excluidos, salvo los casos de hijos de matrimonios mixtos. Estos ejemplos le permiten a la autora mostrar que la inclusión en la colectividad va más allá de una mera cuestión biológica, dado que existen normas y reglamentos que regulan en qué casos personas nacidas de una “paternidad mixta” serían consideradas parte de la colectividad y en cuáles no.

Otro aspecto para considerar es el comportamiento de las mujeres, especialmente su conducta sexual, que puede convertirse en un criterio para definir fronteras étnicas y culturales. Por ejemplo, la “legitimidad” de los hijos, relacionada habitualmente con los límites ideológicamente construidos de las familias y las colectividades (Yuval Davis, 1997: 9). Finalmente, con referencia a la construcción cultural de las colectividades, la autora hace hincapié en la importancia de los símbolos asociados a las mujeres (significantes culturales por excelencia), quienes a su vez desempeñan el rol de transmisoras intergeneracionales de las tradiciones culturales.

El libro de Lomsky-Feder y Sasson-Levy parte del análisis de historias de vida y testimonios de mujeres jóvenes (de entre 27 y 40 años), de orígenes socioeconómicos diversos, que han cumplido el servicio militar obligatorio o son parte del Ejército de Israel. La experiencia de estas mujeres, durante un conflicto armado en curso, les permite a las autoras proponer una conceptualización de la ciudadanía a la que denominan “encuentros de género con el Estado”. Estos encuentros serán analizados a través de tres conceptos interrelacionados: “contratos de género multinivel”, orientados a analizar las expectativas de las mujeres, cómo estas se traducen en contratos (formales y no formales) y cómo las mujeres aprenden a negociar con el Estado; “contraste de experiencias de género”, que muestra cómo viven cotidianamente su ciudadanía en un contexto militar generizado; y desconocimiento/reconocimiento de la violencia”, que analiza las experiencias del encuentro con la violencia externa (guerra y ocupación) y la violencia interna (acoso sexual) en el Ejército. En este sentido, el libro representa un avance significativo en la exploración de la relación entre las mujeres y la nación, especialmente al examinar, desde una perspectiva interseccional, la experiencia de las mujeres que ya forman parte de las fuerzas armadas. Si hace unas décadas nos preguntábamos si la inclusión de mujeres en los ejércitos era un indicio de igualdad, hoy en día contamos con estudios académicos que nos proporcionan una comprensión más profunda de esa experiencia de integración. Uno de los conceptos más reveladores que plantean las autoras para dar cuenta de la posición de las mujeres en el Ejército de Israel es outsiders within, concepto que toman de Patricia Hill Collins (2002).

Si bien Yuval-Davis ilustraba con el concepto de “ciudadanía dual” cómo las mujeres son consideradas ciudadanas genéricas del Estado, al mismo tiempo que enfrentan leyes o costumbres específicas que las afectan, como la exclusión del servicio militar obligatorio, el concepto de outsiders within expone que las mujeres son parte del Ejército, pero al mismo tiempo son percibidas como extranjeras dentro de él. Esta experiencia es compartida por todas las mujeres, independientemente de las diferencias que las autoras delinean mediante una perspectiva interseccional. Como ellas señalan, aunque las mujeres desempeñan roles cruciales en áreas como inteligencia o combate, a menudo se ven excluidas de los círculos internos de información y camaradería. Se encuentran en una situación paradójica: se perciben como necesarias, pero al mismo tiempo marginadas; obtienen cierto reconocimiento simbólico por su contribución, pero no sienten que la institución les conceda voz o el derecho a reclamar recompensas por su servicio.

Cultura y representación nacional

En este apartado, exploraré otros escenarios que destacan la centralidad de la teoría de género en la comprensión de la formación de la nación y en las RI a través de los trabajos de Valeria Manzano y Partha Chaterjee. Estas investigaciones arrojan luz sobre realidades geográficas tan distantes como América Latina y la India. En particular, el artículo de Valeria Manzano, “Sex, Gender and the Making of the ‘Enemy Within’ in Cold War Argentina” (2014), examina un período crucial en la historia de la República Argentina durante la Guerra Fría, las décadas de 1960 y 1970, que la autora identifica como una “batalla político-cultural”.

Manzano analiza el lugar de las mujeres en la figura del “enemigo interno”, durante un régimen estatal autoritario, que consideraba que la patria estaba en peligro. Este análisis representa un sólido ejemplo de lo que Yuval-Davis conceptualiza como “las mujeres como significantes culturales”. Al igual que otras investigadoras, Manzano destaca la falta de consideración de los aspectos de género, sexuales y generacionales en los análisis de ese período, a pesar de que, según ella, “todos esos elementos fueron cruciales para la manera en que los actores conservadores configuraron al ‘enemigo interno’, representado como desafiante hacia los órdenes político, socioeconómico, cultural y sexual por igual” (Manzano, 2014: 3-4). La autora menciona que, al igual que en Chile, Brasil y México, el anticomunismo de la Guerra Fría llamó a las mujeres a preservar su papel de guardianas de la institución familiar. Muestra dos representaciones contrapuestas de las mujeres, las “guardianas del hogar y la familia” y la “mujer guerrillera”, quien, según la autora, a principios de la década de 1970, mejor encarnaba los temores del bloque conservador en Argentina. La primera de estas representaciones estaba encarnada en organizaciones sociales católicas como la Liga de Madres y la Liga de Padres y militaba por causas como la indisolubilidad del vínculo matrimonial y el aumento de penas para el adulterio y el aborto. Mientras que la figura de la “guerrillera” era representada tanto por los militares como por la prensa como jóvenes sexualizadas que utilizaban sus encantos para engañar a quieres eran sus objetivos. La autora destaca que, aunque solo unas pocas mujeres participaron activamente en los frentes militares de los grupos revolucionarios, los medios de comunicación se interesaron especialmente por las jóvenes armadas, y proliferaron historias sobre mujeres que aparecían representadas como modelos, con minifaldas y un marcado maquillaje. Tanto la representación de las mujeres como garantes de las familias como la representación de la “mujer guerrillera” ponen de manifiesto la importancia de las representaciones basadas en el género para los diversos proyectos nacionales y nacionalistas.

Para el caso de la India, Partha Chatterjee, en su texto La nación y sus mujeres”, hace un análisis del lugar de las mujeres en la construcción de la identidad durante el largo proceso de independencia de India. Chatterjee es un cientista político, antropólogo e historiador nacido en Calcuta en 1947, miembro fundador del Colectivo de Estudios Subalternos, dedicado a construir conocimiento desafiando las categorías eurocéntricas y el punto de vista de las elites. Uno de sus libros más conocidos es La nación en tiempo heterogéneo y otros estudios subalternos, compilación que recoge ensayos producidos entre 1998 y 2003. Otros autores conocidos asociados a este grupo son Gayatri Chakravorty Spivak y Edward Said.

“La nación y sus mujeres” es un texto muy útil para pensar las relaciones de género y las RI en un contexto de dominación colonial. La hipótesis que plantea el autor es que el nacionalismo no necesariamente fue un retroceso frente a las políticas de “modernización” del siglo xix, como plantean otros historiadores. Desde su punto de vista, el nacionalismo dio respuesta a los nuevos problemas concernientes a la posición de las mujeres en la sociedad “moderna”, no con base en la identificación, sino en una diferencia con las formas de la modernidad cultural de Occidente. Según sus palabras, el nacionalismo logró situar la “cuestión de las mujeres” en un ámbito interno de soberanía basado en la tradición y alejado de la competencia política con el Estado colonial. Esto fue posible en cuanto separó el ámbito de la cultura en una esfera material y otra espiritual que se correlacionaban con la metáfora de lo exterior y lo interior. Lo interior fue considerado como el verdadero ser, lo esencial y la singularidad espiritual de la cultura. El mundo exterior se definió como el lugar donde el poder europeo logró el sometimiento, pero, en la identidad interior, donde radica la cultura espiritual, distintiva y superior, ese sometimiento no pudo avanzar. La casa representaba el ser espiritual en contraposición al mundo, y la mujer era considerada la representación de la casa. A través de la dicotomía de la casa y el mundo, el nacionalismo realizó una especie de adaptación de la modernidad a su proyecto dando respuesta a la “cuestión de las mujeres” y a la humillación y opresión colonial sobre los varones en el espacio del “afuera”. En este punto, el lugar de las mujeres como significantes culturales adquiere pleno sentido. Además de la clara distinción de roles entre varones y mujeres, en el caso de estas últimas, se exigía una diferencia en el grado y la manera de su occidentalización respecto al varón.

¿Cuál será en el proyecto nacionalista el perfil ideal de la mujer para representar una nueva tradición que, ahora reformulada, dé respuesta a las acusaciones coloniales de barbarie e irracionalidad del siglo xix? Cuando el autor analiza el lugar de las mujeres en el nacionalismo, no hace referencia a un colectivo homogéneo, sino que distingue entre mujeres de clase alta, de clase media y de clase baja. Se podría decir que, a través del análisis de los documentos históricos, su trabajo adquiere una impronta interseccional. La forma en que desde los relatos nacionalistas se representa a las mujeres de cada estrato social va a coadyuvar a delinear el perfil de la “nueva” mujer, que se diferenciaba de las mujeres de la mayor parte del pueblo tanto como de las occidentalizadas mujeres de la elite. A las primeras, se las consideraba pendencieras, sexualmente promiscuas y sometidas a la brutal opresión física de los hombres. A las mujeres de las familias de nuevos ricos, occidentalizadas por las conexiones coloniales, se las ridiculizaba por su frivolidad y la afección al lujo. Como contrapartida, la ideología nacionalista consideraba que la nueva mujer tenía una condición de superioridad cultural[4]. Esta condición se reforzaba con el acceso a la educación formal, que, lejos de prohibirse, se convirtió en un requisito para adquirir el refinamiento cultural, pero sin poner en peligro el lugar en el hogar. Ante el logro de esta autonomía relativa, a través del acceso a la educación, las propias mujeres de la clase media mostraron un gran entusiasmo con el lugar que la ideología nacionalista reservaba para ellas.

Muchos años después del período analizado por Chatterjee, Veena Das examina el momento crucial de la independencia y la partición entre India y Pakistán. En este contexto, las relaciones de género desempeñaron un rol central en la definición de fronteras e identidades, y el papel destacado de las mujeres como símbolos culturales se hizo evidente en la representación de “la figura de la mujer abducida” (Das, 2007).

Masculinidad y poder estatal

Hasta ahora, los trabajos presentados han puesto un énfasis considerable en el análisis de las mujeres en lugar de los varones. En esta sección, quiero abordar brevemente la masculinidad y los varones desde dos perspectivas distintas. Por un lado, examino un contexto nacional de burocratización y profesionalización del Ejército, que se consolida al excluir a las mujeres mediante la prohibición de su incorporación y al relegar a un papel de menor prestigio y poder a los hombres no blancos, creando un “cuerpo de apoyo”. Por otro lado, analizo un contexto de posguerra e intervención de las Naciones Unidas, donde los policías varones en Bosnia representan el poder estatal a través de modelos de masculinidad. Para este propósito, presentaré un texto propio titulado “Women in the Military in Argentina: Nationalism, Gender, and Ethnicity” (Masson, 2017) y el artículo de la antropóloga Elisa Helms “Gendered Transformations of State Power: Masculinity, International Intervention, and the Bosnian Police” (Helms, 2006). El trabajo de mi autoría fue publicado en el volumen denominado Gender Panic, Gender Policy, de la serie Advances in Gender Research, que ilustra situaciones diversas de “pánicos de género” con el fin de promover la comprensión de cada caso y desarrollar soluciones constructivas. En ese capítulo analizo el sistema de género/sexualidad/raza a través del cual la institución fue construida como símbolo nacional en el proceso de formación de un Estado poscolonial y su posterior representación como guardiana de sus valores forjada a través del relato sobre las luchas independentistas, el servicio militar obligatorio y la injerencia de la Iglesia católica en la educación moral de los futuros oficiales[5]. Durante el siglo xx, la asociación del Ejército con la nación se vio reforzada por la intervención de las Fuerzas Armadas en la vida política del país a través de numerosos golpes de Estado. Por estas razones, el Ejército argentino es un lugar privilegiado para analizar las vinculaciones entre nación y género, que en este caso se pusieron particularmente de manifiesto en la resistencia a la implementación de políticas de género.

Hay dos aspectos que quiero rescatar de este texto. El primero es que, en su proceso de burocratización y profesionalización, el Ejército argentino, como tantas otras fuerzas armadas del mundo, excluyó del uso de las armas a las mujeres, prohibiendo su incorporación. Sin embargo, esa exclusión se complementaba con otro tipo de inclusión necesaria para construir la identidad que la institución exigía a sus miembros varones. A través del matrimonio heterosexual obligatorio de los militares varones, las mujeres se incluyeron en la institución en el rol complementario de esposas. El relato mítico de las Damas Mendocinas resalta la representación de la conexión entre la complementariedad femenina y el embrionario Ejército argentino de principios del siglo xix[6]. Asimismo, los matrimonios de los oficiales del Ejército tuvieron una función en la construcción de las elites nacionales, en cuanto, a partir de los años 50, la carrera militar les ofrecía la posibilidad de construir alianzas de poder al casarse con mujeres de una clase social superior[7].

El segundo aspecto que quiero destacar es la inclusión/exclusión de los hombres no blancos. Hasta los años 80, quienes accedían a la carrera de oficiales del Ejército eran, en su inmensa mayoría, hombres blancos descendientes de europeos. Sin embargo, el Ejército contaba con un considerable número de varones no blancos, que fueron incorporados en un cuerpo de apoyo a la oficialidad. Es decir, fueron incluidos en un lugar subordinado a los oficiales a través de la creación de la Escuela de Suboficiales en el año 1908, donde se estableció una distinción formal entre el cuerpo de oficiales y el de suboficiales. Estos dos aspectos permiten dilucidar y comprender la construcción de una masculinidad hegemónica y la figura ideal de los oficiales del Ejército argentino, considerados representantes y defensores de la nación y la patria.

Con la apertura de la carrera de oficiales a las mujeres en 1997, quienes ingresaron fueron en su mayoría mujeres no blancas, algunas de ellas hijas de los varones que integraban el cuerpo de suboficiales. El Ejército no era una opción atractiva para las mujeres con quienes los jóvenes oficiales de otras épocas aspiraban a casarse. Por esta razón la incorporación de estas mujeres produjo a la institución un desafío múltiple: a la identidad masculina hegemónica, al ordenamiento étnico-racial a partir del cual se construyó la institución, y al ideal femenino que otrora imperaba en las filas de los oficiales del Ejército.

El artículo de Elisa Helms presenta otras formas en las que se entabla la relación entre masculinidad y poder estatal. La autora realiza su trabajo de campo en el año 2004 en un contexto de posguerra, posconflicto étnico e intervención de las Naciones Unidas a Yugoslavia. La primera señal para su investigación fue el escepticismo de los locales cuando mencionaba su intención de investigar a la policía de Zenica, en el centro de Bosnia. La “comunidad internacional” con la que la autora era identificada no solo había despedido a cientos de agentes, sino que también había introducido cuotas para las minorías étnicas y las mujeres y restringido el poder de acción de la policía. En este sentido, la “comunidad internacional” representaba una amenaza para el poder coercitivo masculinizado del Estado, representado en este caso por la policía.

Helms analiza los marcos de género en los que se encuadran las narrativas en las conversaciones que lleva adelante con los policías varones durante su investigación. De manera similar al análisis realizado por Chatterjee, la autora muestra cómo las transformaciones del poder estatal, en este caso condicionadas por la intervención internacional, se hacen inteligibles y se negocian a través de la puesta en juego de nociones de masculinidad. Pero, a diferencia del trabajo de Chatterjee, donde lo femenino se ubica en la arena local y en el aspecto espiritual, en este la denominada “comunidad internacional”, que condiciona la construcción del Estado de posguerra, se feminiza. En oposición a esta feminización, los varones locales enaltecen un pasado donde la policía detentaba un poder altamente masculinizado y con características de una marcada coerción a través del uso de la fuerza física. Otro aspecto interesante del trabajo de Helms es que escapa a las miradas estereotipadas sobre los varones como guerreros, violentos o violadores para dar paso al análisis de las formas en las que se articula la masculinidad en la Bosnia de posguerra[8]. En resumidas palabras, la autora muestra a los varones como seres dotados de género (generizados), aspecto que, si bien es sabido, no abunda en los trabajos de investigación. Finalmente, el ingrediente que este artículo aporta con el dato de la feminización de la fuerza interventora, la “comunidad internacional”, es un desafío a las posiciones más difundidas de la teoría de género, a la construcción de las identidades nacionales y disputas de poder y a las RI.

Reflexiones finales

En resumen, en este capítulo he analizado el poder y el simbolismo de género en el contexto de las RI desde diferentes perspectivas teóricas y geográficas. Comencé explorando el enfoque de antropólogas clásicas como Henrietta Moore, Françoise Héritier y Michelle Rosaldo, quienes destacan la importancia de los aspectos simbólicos en la configuración de las relaciones de género. Luego avancé en el ámbito de las RI con investigaciones contemporáneas de Nira Yuval-Davis, Edna Lomsky-Feder, Orna Sasson-Levy, Partha Chatterjee y Elisa Helms, en el ámbito internacional, y los estudios de Valeria Manzano y Laura Masson en el ámbito latinoamericano. A través de una lectura crítica de todas estas autoras y autores, he examinado cómo las representaciones de género influyen en la construcción de ciudadanía, determinando la inclusión y exclusión de las mujeres en diversos ámbitos, y cómo las narrativas sobre género se entrelazan con otras dimensiones de la identidad, como la étnico-racial y la clase social, definiendo roles y expectativas en la sociedad y en las estructuras institucionales.

Otro de los aportes de los análisis aquí presentados radica en la necesidad de adoptar una perspectiva interseccional, que permita comprender las interacciones entre la identidad de género y otras dimensiones de la experiencia humana, revelando las desigualdades existentes dentro de los grupos sociales y su manifestación en diferentes contextos políticos, culturales e institucionales. Por su parte, en los trabajos sobre Argentina, Manzano analiza el papel de las mujeres como significantes culturales durante la Guerra Fría, mientras que Masson muestra cómo se desarrolló el proceso de burocratización del Ejército desplazando a lugares subordinados a las mujeres y los varones no blancos. Mientras que Chatterjee estudia cómo el nacionalismo indio respondió a la “cuestión de las mujeres” en un contexto colonial. Los tres trabajos destacan la importancia de las representaciones de género en la construcción de identidades nacionales.

Finalmente, se aborda la masculinidad y el poder estatal a través del análisis de la intervención internacional en Bosnia. Este caso ilustra cómo las nociones de masculinidad se entrelazan con el poder estatal y cómo las transformaciones en el poder estatal pueden afectar las percepciones de la masculinidad. En conjunto, estos análisis se suman a la propuesta de este libro para destacar la importancia de las relaciones de género en la comprensión de las dinámicas de poder a nivel internacional. Solo mediante un enfoque integral y sensible a los aspectos de la realidad que fueron durante mucho tiempo relegados, y construyendo conocimiento con un punto de vista situado en América Latina, podremos alcanzar un entendimiento de la complejidad que caracteriza a las RI contemporáneas.

Bibliografía

Chatterjee, P. (1999). La nación y sus mujeres. CEAA, el Colegio de México.

Collins, Patricia Hill (2002). Black Feminist Thought: Knowledge, Consciousness, and the Politics of Empowerment. Nueva York: Routledge.

Das, V. (2007). “The Figure of the Abducted Woman: The Citizen as Sexed”. En Life and Words: violence and the descent into the ordinary. University of California Press.

Helms, E. (2006). “Gendered Transformations of State Power: Masculinity, International Intervention, and the Bosnian Police”. Nationalities Papers, vol. 34, n.º 3, julio de 2006.

Héritier, F. (1996). Masculino/Femenino. El pensamiento de la diferencia. Barcelona, Ariel.

Lomsky-Feder, E. y Sasson-Levy, O. (2018). Women Soldiers and Citizenship in Israel. Gendered Encounters with the State. Routledge.

Manzano, V. (2015). “Sex, Gender, and the Making of the ‘Enemy Within’ in Cold War Argentina”. Journal of Latin American Studies, vol. 47, n.º 1.

Masson, L. (2017). “Women in the Military in Argentina: Nationalism, Gender and Ethnicity”. Gender Panic, Gender Policy. Advances in Gender Research, vol. 24.

Moore, H. (2009). Antropología y Feminismo. Madrid: Cátedra.

Rosaldo, M. (1979). “Mujer, cultura y sociedad: Una visión teórica”. En Harris, O. y Young, K. (compiladoras). Antropología y feminismo. Barcelona: Editorial Anagrama, pp. 153-181.

Yuval-Davis, N. (1996). “Género y Nación. Articulaciones del origen, la cultura y la ciudadanía”. Arenal: Revista de Historia de Mujeres, vol. 3, n.º 2.

Yuval-Davis, N. (1997). Gender and Nation. Londres: Sage. New Delhi: Thousand Oaks.


  1. IDAES, Universidad Nacional de San Martín.
  2. Posteriormente, en 1997 la autora publicaría un libro con el mismo nombre, donde se dedica a suplir la falta de perspectiva de género de la mayor parte de las teorizaciones sobre nación y nacionalismos (Nira Yuval-Davis, 1997).
  3. Nira Yuval-Davis es una socióloga británica, nacida en Israel, que ha escrito sobre nacionalismos y género, racismos, fundamentalismos, ciudadanías, identidades, pertenencia y frontera cotidiana, así como sobre interseccionalidad situada y epistemología dialógica. Entre sus libros se encuentran Woman-Nation-State (1989), Racialized Boundaries (1992), Unsettling Settler Societies (1995) y Gender and Nation (1997).
  4. La reivindicación de superioridad cultural se veía reflejada, según Chatterjee, en varios aspectos: “superioridad sobre la mujer occidental para quien, según se creía, la educación sólo significaba la adquisición de habilidades materiales para competir con los hombres en el mundo exterior y de ahí la pérdida de virtudes femeninas (espirituales); superioridad sobre la generación procedente de mujeres que se quedaban en sus casas, a quienes una tradición social opresiva y degenerada les había negado la oportunidad de la libertad; y superioridad sobre mujeres de las clases bajas, quienes eran culturalmente incapaces de apreciar las virtudes de la libertad” (Chatterjee, 1999: 16).
  5. Planteo además que las bases de esta construcción presentan desafíos específicos para la implementación de las políticas de género y que dilucidar la existencia y el funcionamiento de esta matriz institucional permite comprender el pánico y la resistencia institucional a estas políticas.
  6. Estas damas fueron retratadas trabajando, junto a la esposa del general San Martín (considerado el Libertador de América), en la confección de la Bandera de los Andes para la Campaña Libertadora y ayudando al Ejército a través de la donación de sus joyas personales (Masson, 2010).
  7. Badaró (2013) indica que, cuando las Fuerzas Armadas aún mantenían el poder político y el prestigio social, los jóvenes oficiales ocupaban un lugar privilegiado en el mercado matrimonial, lo que les permitía casarse con mujeres de clases sociales superiores a la suya.
  8. La autora expresa que “Este análisis desplaza el centro de atención de la guerra y el nacionalismo a las transformaciones de las instituciones y el poder del Estado y, por tanto, de una perspectiva de posguerra a otra más postsocialista (aunque los efectos de la guerra ciertamente no desaparecen) (Helms, 2006:344).


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