Implicaciones y nuevas articulaciones en el contexto latinoamericano
Marianne H. Marchand[1]
Sentada en el patio de un albergue de migrantes ubicado en el centro de México, Rosalba reflexionaba sobre su vida y la de su hija Olga, de 5 años. Rosalba y Olga son hondureñas y acababan de llegar hacía unos días al albergue. Su viaje desde San Pedro Sula había sido muy traumático por la violencia que habían sufrido en el camino. No obstante, Rosalba no se arrepentía de haber salido de su casa en Medina, uno de los barrios más violentos de San Pedro Sula y de toda Honduras. La familia de Rosalba vivía en Medina y fue amenazada por una de las pandillas del barrio, que exigía “piso” por la tiendita de la mamá de Rosalba. Como no pudo pagar la cuota semanal, unos jóvenes de la pandilla secuestraron a Lucy, la hermana mayor de Rosalba, y la violaron antes de matarla. Con el duelo encima, la familia decidió que Rosalba y Olga tenían que huir y tratar de llegar a Estados Unidos, donde viven unos parientes. Así fue, y Rosalba y su hija empezaron el extremamente difícil y peligroso viaje.
Como muchas mujeres centroamericanas, Rosalba tomó unas medidas cautelares y llevó la píldora para que la pudiera tomar en caso de ser violada en el camino. Llegando a la frontera sur de México, encontraron al pollero que las iba a ayudar a cruzar ese país en autobús, pero él, desafortunadamente, las quitó su dinero y las dejó en un pueblo cerca de la frontera. Esta situación implicó que tuvieran que cruzar México por su propia cuenta y con casi nada de dinero. No les quedó otra que viajar en el infamoso tren La Bestia, conocido por los asaltos, las violaciones y los accidentes que sufren los transmigrantes. Cruzando desde la frontera sur hasta el centro del país, Rosalba y Lucy fueron sujetas a varias situaciones peligrosas y violentas, pero, por otro lado, recibieron apoyo de sus compañerxs de viaje. Además, en la localidad Guadalupe, La Patrona, en el estado de Veracruz, recibieron comida, empacada en bolsas, que un colectivo de mujeres llamado las Patronas lanzaba a lxs migrantes que viajaban en el tren. Así pudieron continuar con su viaje y llegaron al albergue que les estaba dando hospedaje por unos días. Afortunadamente, el padre que estaba a cargo del albergue les ofreció quedarse más tiempo por su situación de viajar solas como mujer y niña. Agotadas y sin casi nada de dinero, Rosalba y Olga ya no sabían qué hacer. Tenían tres opciones: regresar a Honduras, solicitar asilo o una visa humanitaria para quedarse en México, o seguir con su arduo y peligroso viaje al norte y tratar de cruzar la frontera con Estados Unidos[2].
Introducción
La viñeta de Rosalba y Olga nos abre una ventana distinta a las relaciones internacionales (RI). Su viaje y vida cotidiana reflejan muchos temas que son centrales para internacionalistas: las fronteras, el papel de los Estados y su soberanía, la (in)seguridad y violencia, y la economía política y el desarrollo si consideramos la tiendita de la madre de Rosalba como parte de una estrategia familiar para sobrevivir. No obstante, es muy improbable que este recuento ficticio de las realidades vividas por los integrantes de la familia de Rosalba y Olga aparezca en un libro de texto mainstream de las RI. Esos libros de texto proveen una introducción a las teorías de las RI, como son el realismo, el idealismo, y las teorías críticas, dan una revisión de los papeles de los distintos actores como el Estado, las organizaciones internacionales, las organizaciones no gubernamentales, y los temas mencionados arriba. Entonces, las realidades de la vida cotidiana y las voces de las personas como migrantes no son vistas ni escuchadas.
Todo esto empieza a cambiar con la introducción de la perspectiva de género y los análisis feministas por parte de académicas especialistas en las RI. Entre ellas se encuentra Cynthia Enloe, quien hace una pregunta a los (y las) internacionalistas: “¿Dónde están las mujeres?”. Ella contesta esa pregunta en su libro Bananas, Beaches and Bases: Making Feminist Sense of International Politics (1990) analizando el papel de las esposas de los diplomáticos para las relaciones diplomáticas entre Estados, o visibilizando las conexiones entre trabajadoras sexuales y la gestión de las bases militares estadounidenses en el exterior que ofrecen R&R (rest and recreation) a los soldados (Enloe, 1990).
La mirada particular de Enloe está muy bien reflejada en otro libro en el cual habla de la política sexual al final de la Guerra Fría. Ella empieza el libro con una muy interesante viñeta:
“Now that the war is over, Esmeralda has had her IUD removed”. What?
I read the sentence again.
Esmeralda is a Salvadoran woman who spent many of her young adult years as a guerrilla in the Farabundo Marti National Liberation Front, the FMLN. She pounded out tortillas and washed her boyfriend’s clothes as well as wielding a gun.’ Now it was the “morning after.” Not of an illicit affair, but of a Cold War-fueled civil war. Her country’s strife had been brought to an end by a peace accord signed by government men and opposition men up in New York, under the watchful eye of the men from Washington. So Emeralda was going to hand her gun over to United Nations peacekeepers and try to remake her life. One of her first postwar acts was to have her IUD taken out. During the war her guerrilla tasks had made it seem politically irresponsible to get pregnant. But now she was being urged by men in the political leadership to imagine her postwar life as one devoted to being a good mother (Enloe, 1993: 1).
Estas primeras líneas de su libro sacuden al(a) lector(a) porque hacen hincapié en la yuxtaposición de la decisión de Esmeralda sobre su vida reproductiva y el fin de un conflicto armado, algo que otros análisis sobre las guerras civiles en Centroamérica mencionan o visibilizan.
Las dos viñetas y la pregunta clave de Enloe revelan la importancia de incluir una perspectiva de género dentro de las RI, en particular porque visibiliza ciertos temas que no han sido tomados en cuenta y porque permite escuchar voces que han sido silenciadas hasta ahora. En este capítulo abordaré las RI desde una perspectiva de género o feminista, además describiré cuándo y cómo surgió esta perspectiva dentro de una disciplina que siempre ha sido muy androcéntrica. El objetivo, en primer lugar, es rastrear los orígenes y el desarrollo de los estudios de género y feministas dentro de las RI, y, en segundo lugar, analizar cómo estos estudios se han desarrollado y articulado en el contexto latinoamericano.
El capítulo se divide en tres secciones, empezando con la introducción de perspectivas de género y feminista a las RI a finales de los 80 e inicio de los 90. Estas primeras aproximaciones se enfocaron en una lectura de las RI centrada en las mujeres o interrogando el androcentrismo de las teorías de RI con su enfoque centrado en el poder, la seguridad y la soberanía. En la segunda sección, se analizará cómo, con el llamado “giro cultural”, se generan nuevos espacios discursivos que permiten la introducción del pensamiento relacional (de género), es decir, relacionando dimensiones materiales, de subjetividad e identidad y de símbolos y de ideología y que se abren, por otro lado, a la llegada del concepto de “interseccionalidad(es)” con su enfoque en múltiples mecanismos de opresión entrelazados, incluyendo la etnicidad, clase, sexualidad, raza, religión, nacionalidad, edad, etc. En la tercera sección, se analiza la llegada del feminismo poscolonial y decolonial a las RI, con sus preocupaciones para los temas de representación, otredad, conocimiento subalterno y la descolonización de teorías hegemónicas, que abre nuevos espacios críticos para los análisis de las RI, en particular para articulaciones de voces silenciadas del sur global.
La llegada a perspectivas de género y feministas en las RI y su desarrollo
Para entender el contexto en el cual surgieron las perspectivas de género y feministas dentro de las RI, tenemos que regresar a los años 60, 70 y 80 con la segunda ola feminista, que generó una transformación profunda en muchos países, y en particular en el norte global[3], por su crítica del patriarcado, por su planteamiento del tema de la violencia doméstica, por su lucha para los derechos reproductivos, entre otros. A nivel internacional las Naciones Unidas respondieron con declarar el Año Internacional de la Mujer en 1975 y también con anunciar la Década de las Naciones Unidas para la Mujer de 1976 a 1985. Durante ella se llevaron a cabo varias conferencias internacionales, la primera en México (1975), la segunda (interina) en Copenhague, Dinamarca (1980), y la tercera en Nairobi, Kenia (1985), que fue el congreso con más impacto por la movilización y participación de organizaciones de mujeres y feministas del sur global.
El contexto sociopolítico en general y los eventos mencionados arriba dejaron sus huellas en el área académica. Las ideas y aportaciones feministas hicieron primero su entrada en las disciplinas de la antropología, la sociología, la ciencia política, y también los estudios de desarrollo. Las RI llegaron relativamente tarde a estos debates, pero, no obstante, las feministas dentro de las RI aportaron varios temas a los debates, como indica la viñeta que escribió Cynthia Enloe. Con ella surgieron varias internacionalistas feministas que hicieron importantes aportaciones a la comprensión de las RI, tanto en cuanto a las prácticas como a las teorías. Simultáneamente, las feministas en las RI fueron influenciadas por los debates y las críticas en otras disciplinas de las ciencias sociales. El trabajo de Sandra Harding (1987) es un caso ejemplar. Sus aportaciones han sido en el área de la metodología feminista. Ella ha introducido el tema de la producción del conocimiento feminista, y alega que es importante rebasar la idea de que una metodología feminista consiste únicamente de agregar a las mujeres y remover (adding women and stir en inglés) los análisis existentes. Para ella el adding women and stir implicaría agregar una dimensión adicional, que no es suficiente. Para Harding, un análisis de género hace hincapié en tres elementos.
El primero es utilizar las experiencias de las mujeres como un recurso, o como recursos, tanto empíricos, cuáles han sido sus experiencias vividas, como un recurso teórico. Se ve reflejado, por ejemplo, en la sociología o la antropología el tema de ver o poner los lentes de género. Para Harding, el segundo elemento es el objetivo que una ciencia social feminista debería ser para las mujeres. Implica que se tiene que ir más allá de poner los lentes de género y analizar desde una perspectiva las experiencias de las mujeres para que los hallazgos sean para las mujeres, y que ellas los puedan ocupar o utilizar para avanzar su agenda de equidad y de igualdad. El tercer elemento se dirige al tema de la investigadora o el investigador. Harding considera que lxs investigadorxs deben encontrarse en el mismo espacio crítico que el sujeto que están estudiando (Harding, 1987: 187-188). Es decir, unx tiene que posicionarse en relación con lo que está estudiando. Por eso se ve mucho que los análisis de género y feministas ponen, desde el inicio, la perspectiva de la investigadora o las investigadoras y cuál es su relación con el tema, inclusive con las personas. Este tipo de posicionamiento implica una postura ontológica por el rechazo de la idea de que la ciencia es objetiva.
Los 80 y la primera mitad de los 90 se manifestaron como primer periodo de intervenciones feministas en las RI. Como ya se señaló, las aportaciones feministas en ese periodo hicieron hincapié en las contribuciones de investigadoras feministas de otras ciencias sociales. Quiero señalar cuatro autoras, quienes han sido muy importantes en establecer los fundamentos de los debates dentro de las RI. La primera investigadora es Cynthia Enloe, a quien ya introduje al inicio de este capítulo. Su libro Bananas, Beaches, and Bases: Making Feminist Sense of International Politics (1990) sigue teniendo mucho impacto por su asequibilidad y la pregunta central de dónde están las mujeres. Esa pregunta sencilla revela mucho, como ya identifiqué antes. Enloe, dentro del marco que nos aportó Sandra Harding, aporta a las RI la teoría feminista de posicionamiento (standpoint theory en inglés). En su libro Enloe hace una lectura centrada en las mujeres dentro de las RI y cómo estas se ven desde perspectivas de mujeres distintas, como una trabajadora de la maquila, una esposa de un diplomático, una trabajadora sexual, una turista en búsqueda de sexo, o una trabajadora del sector hotelero. La forma en que el Ejército estadounidense generó zonas de descanso y recreación alrededor de sus bases, especialmente en Asia Sureste y Este o en otras partes del sur global, para que los militares pudieran ir a los prostíbulos reflejó la heteronormatividad de la misma institución. Es importante reconocer que, más que una práctica, fue una política institucional del Ejército. Obviamente, los temas mencionados no se pudieron encontrar en los libros de texto de RI y tampoco en el libro clásico del realismo de Hans Morgenthau.
Mientras que Enloe miraba más allá de los temas tradicionales, la investigadora Ann Tickner dirigió su atención hacia los temas clásicos de las RI, revelando cómo sus fundamentos han internalizado sesgos de género. De los tres elementos identificados por Harding, Ann Tickner se relaciona con el primero y el segundo, mostrando el androcentrismo de las RI, que surge de las experiencias masculinas. A diferencia de Enloe, Tickner no cuestiona el enfoque central de las RI, que ella identifica como el poder, la seguridad y la soberanía. En su libro Gender in International Relations (1992), analiza en profundidad el tema de la seguridad global. Ella plantea el objetivo de su libro en las líneas siguientes:
The purpose of this book is to begin to think about how the discipline of international relations might look if gender were included as a category of analysis and if women’s experiences were part of the subject matter out of which its theories are constructed. Until gender hierarchies are eliminated, hierarchies that privilege male characteristics and men’s knowledge and experiences, […] I do not believe that the marginalization of women in matters related to international politics is likely to change (Tickner, 1990: 5).
Tomando, como Sandra Harding nos está recomendando, las experiencias de las mujeres como punto de partida, las RI generan aperturas para que las mujeres puedan entrar, por ejemplo, a la esfera de la política exterior. Según Tickner, si analizamos las RI desde las experiencias de las mujeres, nos rinde otra perspectiva de la seguridad nacional:
If we were to include women’s experiences in our assumptions about the security-seeking behavior of states, how would it change the way in which we think about national security? Given the sexual division of labor, men’s association with violence has been legitimated through war and the instruments of the state. Feminist perspectives must introduce the issue of domestic violence and analyze how the boundaries between public and private, domestic and international, political and economic, are permeable and interrelated (Tickner, 1990: 23).
En otras palabras, los límites (boundaries en inglés) entre lo público y privado o entre lo internacional y nacional impiden que incluyamos la violencia doméstica en nuestros análisis de seguridad nacional. Y, según Tickner, tenemos que reevaluar y reexaminar esta situación porque los límites son permeables e interrelacionados.
Hay que destacar que Ann Tickner fue una de las pocas investigadoras feministas en los años 90 que logró ser recibida con respecto y seriedad por colegas (varones). Ella pudo dialogar con representantes del corriente principal o mainstream de las RI. Evidencia de ello fue el intercambio de puntos de vista entre Ann Tickner, Robert Keohane, y Marianne H. Marchand en la revista insignia de la Asociación de Estudios Internacionales (International Studies Association) International Studies Quarterly (Tickner, 1997 y 1998; Keohane, 1998; Marchand, 1998).
La tercera intervención feminista dentro de las RI en el periodo inicial viene de las investigadoras V. Spike Peterson and y Anne Sisson Runyan con su libro Global Gender Issues (1993)[4]. El libro se diseñó como texto para estudiantes y por su difusión ha tenido mucha influencia en los debates de las RI. El tema central para Peterson y Runyan es que las RI están fundamentadas en ciertos tipos de dicotomías que estructuran los planteamientos centrales de las RI. Peterson y Runyan identifican una serie de dicotomías, entre ellas objetivo/subjetivo, racionalidad/emoción, autonomía/dependencia, y agencia/pasividad. Según ellas estamos construyendo sobre la base de estas dicotomías nuestro entorno social, la sociedad en general, y nuestros pensamientos, entre otros. Pero no es únicamente que estamos construyendo nuestro entorno sobre la base de estas dicotomías, sino que dentro de ellas existe una organización, una jerarquía, y que la primera dimensión de la dicotomía está asociada con la masculinidad.
Aplicando el tema de las dicotomías a las teorías y los conceptos de las RI, las investigadoras llegan a las siguientes conclusiones. Para los representantes del mainstream[5], el análisis en base objetivo, ante el tema que se está estudiando, tiene preferencia sobre una aproximación a base de subjetividad, es decir, el posicionamiento del/la investigador/a con relación al objeto de la investigación, como lo sugiere Harding. Segundo, la racionalidad en las tomas de decisiones es mejor que tomarlas basadas (parcialmente) en la emoción. Tercero, la autonomía, como está reflejado en la soberanía de los Estados, tiene preferencia sobre la dependencia. La capacidad de agencia, es decir, actuar proactivamente, tiene prioridad sobre su contraste, la pasividad. Revisando estas dicotomías de la objetividad, la racionalidad, la autonomía y el agenciamiento, es evidente que estas características están asociadas con la masculinidad. Mientras que las otras dimensiones contrapuestas, la subjetividad, la emoción, la dependencia y la pasividad, reflejan la feminidad. Para Peterson y Runyan, los estereotipos y las jerarquías de género estructuran nuestros pensamientos y acciones, especialmente porque las dicotomías jerarquizadas implican un androcentrismo (de las RI) y suponen la normatividad masculina como punto de partida para los análisis de las RI. Ellas identifican las implicaciones de las dicotomías jerárquicas en la siguiente forma:
This androcentrism has three interacting effects. First because the primary term is androcentric and privileged it effectively evaluates the values of the of the primary term over those of the “other” term. Thus, reason, order, culture and action are associated with maleness and are privileged over emotion, uncertainty, nature and passivity. Second, and closely related, characteristics and activities associated with femaleness are deemed not only less important but also unworthy or undesirable because they appear to threaten the values represented by the primary term. Thus, attitudes and activities associated with women […] are given less attention and often disparaged. Androcentrism has a third effect: It assumes that men are the most important actors and the substance of their lives the most important topic to know about. As long as the realities of women, nonelite men, and children are treated as secondary to the “main story” […] we in fact are unaware of what the background actually is and what the relationship it actually has to the main story (Peterson y Runyan, 1993: 25).
En resumen, lo que estamos viendo es que los fundamentos de las RI son androcéntricos y toman la norma masculina como perspectiva dominante. El androcentrismo también penetra en la dimensión epistemológica, es decir que el positivismo nos requiere ser objetivos como analistas, como investigadores e investigadoras. En contraste, Harding argumenta que es importante posicionarnos, que la relación con el estudiado es importante. Como consecuencia, desde una perspectiva de género y feminista, tenemos que rebasar las dicotomías fundadoras de las RI para que podamos investigar de manera inclusiva y visibilizar a las mujeres y otros ciertos grupos marginados y silenciados.
En la siguiente sección, abordaré cómo las transformaciones políticas, sociales y económicas de los 90 han generado un entorno en el cual se abren muchos espacios para facilitar la introducción y articulación de distintas perspectivas y corrientes, de índole crítica, en las RI. Sucesivamente, las RI feministas han aprovechado estos cambios y aperturas de espacios discursivos.
El giro cultural y los nuevos espacios discursivos
En esta sección analizaré cómo, con el llamado “giro cultural”, se generan nuevos espacios discursivos que permiten la introducción del pensamiento relacional (de género), es decir, relacionando dimensiones materiales, de subjetividad e identidad y de símbolos y de ideología y que se abren, por otro lado, al concepto de “interseccionalidad(es)” con su enfoque en múltiples mecanismos de opresión entrelazados, incluyendo la etnicidad, clase, sexualidad, raza, religión, nacionalidad, edad, etc.
A mediados de los 90, se manifestó un nuevo debate importante dentro de las RI, generalmente llamado el “tercer debate”. El primero fue entre el realismo y el idealismo, que surgió entre las dos guerras mundiales, pero que realmente dominó las RI a partir de los 50. El segundo debate trataba de temas científicos-metodológicos enfocándose en cómo estudiar las RI. Los llamados “behaviorialists”, con su enfoque en el comportamiento de los actores, hicieron hincapié en el positivismo y promovieron los análisis cuantitativos, mientras que los tradicionalistas abordaron sus investigaciones desde un ángulo histórico-interpretativo, es decir, más bien cualitativo. El tercer debate surgió a finales de los 80 y al inicio de los 90 y en general se define como el debate entre el positivismo y pospositivismo. La postura pospositivista reúne muchas corrientes distintas, desde el posmodernismo, la teoría crítica, la teoría feminista, hasta el constructivismo (Lapid, 2003). El contexto en el que surgió el tercer debate consiste en una dimensión sociopolítica y una teórica. No es sorprendente que la caída del muro de Berlín en 1989 y la globalización, por las transformaciones que encarnan, tuvieran su impacto en la disciplina de las RI, requiriendo análisis que generaran nuevos conocimientos. En la búsqueda de estos nuevos conocimientos, los y las internacionalistas han recurrido a las ideas posmodernistas y posestructuralistas de Julia Kristeva, Jacques Derrida, Michel Foucault, entre otros (Ashley y Walker, 1990; Lapid, 1996). Una de las líneas recurrentes perseguida por les posmodernistas y posestructuralistas es el cuestionamiento de la verdad, la ambigüedad y la incertidumbre (Ashley y Walker, 1990). Ashley y Walker describen esta búsqueda en las siguientes palabras:
Ambiguity, uncertainty, and the ceaseless questioning of identity—these are resources of the exiles. They are the resources of those who would live and move in these paradoxical marginal spaces and times and who, in order to do so, must struggle to resist knowledgeable practices of power that would impose upon them a certain identity, a set of limitations on what can be done, an order of “truth” (1990: 263).
Según Yosef Lapid, el tercer debate implica un giro cultural e identitario en las RI que sirve para poder explicar mejor temas novedosos relacionados a la diversidad global (Lapid, 1996: 10). Además, pretende que “critical in this context is the emphasis on multiplicity, which, as noted, is one of the formative themes that shape the current rethinking of culture and identity in social theory” (Lapid, 1996: 10).
El pensamiento feminista en las RI aprovechó el giro hacia la cultura y la identidad, tal como la apertura hacia nuevas aproximaciones. De hecho, varios representantes de teorías críticas reconocieron explícitamente las aportaciones de investigadoras feministas al tercer debate (Ashley y Walker, 1990; Lapid, 1989 y 2003). No obstante este reconocimiento, el foro que fue organizado por International Studies Review en 2003 (Hellman, 2003) no incluyó ninguna investigadora feminista. Es decir, con una u otra excepción, como ya se señaló anteriormente, la exclusión de las internacionalistas feministas de los debates teóricos sobre la disciplina seguía en pie. Hay que señalar que al mismo tiempo los estudios de las RI empezaron a descentralizarse, rebasando las intervenciones por académicos ubicados en instituciones en los Estados Unidos y el Reino Unido, por aportaciones de investigadores situados principalmente en instituciones de Europa continental, y crecientemente en las de Asia Oriental y países latinoamericanos. Sin duda, las nuevas tecnologías de información y comunicación facilitaron en gran parte esta descentralización, pero también hay que reconocer que los cambios geopolíticos contribuyeron a esta descentralización.
Entre las nuevas aproximaciones que surgieron en el contexto del tercer debate, las internacionalistas feministas destacaron por introducir el tema de la interseccionalidad a las RI. La investigadora legal, Kimberlé Crenshaw, fue quien inicialmente introdujo la interseccionalidad. Ella postula que la interseccionalidad consiste en un concepto multidimensional, cubriendo desigualdades y diferencias estructurales, la construcción identitaria y una metodología (Crenshaw, 1991; Marchand, 2023; Marchand y Ayala Galí, forthcoming)[6]. Lo más importante de la intervención de Crenshaw fue su argumento de que existen distintos mecanismos de poder y opresión, en particular los de género, raza y clase, que se entrelazan y que amplifican las desigualdades y las marginaciones entre ellos. Por ejemplo, una mujer afrodescendiente de bajos recursos se enfrenta con una realidad vivida de triple marginación basada en su género, su raza y su clase social. Crenshaw escribió su artículo para entender el doble mecanismo de opresión a que se enfrentan las mujeres afroamericanas en EE. UU., especialmente las mujeres que querían participar en los movimientos de derechos civiles, liderado por los afroamericanos, y feministas, encabezado por las mujeres blancas de clase media. Dentro de ambos movimientos, las mujeres afroamericanas se encontraron marginadas, por su género y por su raza respectivamente (1991).
La introducción del concepto de “interseccionalidad” a las RI no fue inmediata, más bien se tardó, como señalan Celeste Montoya y Kimberly Killen (2023). En las RI este concepto fue introducido por un abanico de distintas feministas, desde el feminismo poscolonial, del tercer mundo, transnacional, islámico, hasta el feminismo queer (Montoya y Killen, 2023). Además, el contexto de las Conferencias Mundiales sobre la Mujer, en particular las que tuvieron lugar en Nairobi (1985) y Beijing (1995), generó los foros que facilitaron los encuentros entre activistas feministas del sur global y de mujeres de “color” en el norte global. Montoya y Killen describen esta situación con las siguientes palabras:
Intertwined but also distinct from the intersectional dialogues happening among women of color in the United States were the conversations by and between women of the Global South, activists and scholars. They brought their own understanding and experiences within multiple and interlocking forms of oppression, and they pushed on Western feminisms (including women of color feminists) by articulating critiques of hegemonic feminisms and demanding a stronger analysis to highlight the geopolitical dimensions of oppression (2023: 6).
Además, la expansión del concepto de “interseccionalidad” se extendió al área de los estudios queer. Los y las protagonistas de la perspectiva queer han criticado a las RI por su heteronormatividad y racismo, especialmente en un contexto colonial, comparando “desviaciones sexuales” (cuerpos homosexuales) con otros cuerpos racializados y subdesarrollados en el sur global (Weber, 2016). Un ejemplo de resistencia contra la normatividad heteronormativa impuesta por el norte global fue el debate en Ecuador sobre la familia, que resultó en la inclusión a la Constitución el hecho de que existen distintas lógicas de familia, aparte de los lazos sanguíneos (Lind, 2014).
En resumen, las internacionalistas feministas han contribuido a las RI con la introducción y el desarrollo del concepto de “interseccionalidad”, que ha evolucionado desde el contexto doméstico de los EE. UU. al contexto global. Como explicaré en la siguiente y última sección, los encuentros mundiales, y los debates que conllevaron, dieron como resultado contribuciones importantes a las RI, y fueron en particular las feministas transnacionales y poscoloniales quienes llevaron la batuta (Agathangelou y Ling, 2009; Alexander y Mohanty, 1997; Chowdhry y Nair, 2002; Grewal y Kaplan, 1994; Marchand y Runyan, 2000; Mohanty, 1984).
Reflexiones finales: la llegada del feminismo postcolonial y decolonial a las RR. II.
En esta última sección, analizaré la llegada del feminismo transnacional, poscolonial y decolonial a las RI, con sus preocupaciones para los temas de representación, otredad, conocimiento subalterno y la descolonización de teorías hegemónicas, que abre nuevos espacios críticos para los análisis de las RI, en particular para articulaciones de voces silenciadas del sur global. Estas tres perspectivas cercanas internalizan la interseccionalidad en sus análisis, pero cada una prioriza ciertas dimensiones.
Las intervenciones feministas transnacionales hacen hincapié en la noción de que mujeres y hombres ocupan distintas posiciones y son afectados en formas múltiples y diferenciadas en el contexto global (Grewal y Kaplan, 1994; Marchand y Runyan, 2000 y 2011). Para las feministas transnacionales, el enfoque dominante es las experiencias vividas de mujeres que se encuentran en los márgenes y límites de los Estados, transgrediendo las fronteras de estos, y situándose en distintos contextos geopolíticos (Zerbe Enns, Díaz y Bryant-Davis, 2020: 11). Su preocupación se enfoca en las relaciones entre mujeres situadas en contextos diferentes y cómo se pueden generar lazos de solidaridad (Zerbe Enns, Díaz y Bryant-Davis, 2020).
A su vez, las feministas poscoloniales, influenciadas por una literatura amplia de académicos destacados como Edward Said, Homi Bhabha, Gayatri Spivak y Chandra Mohanty, retoman el tema de la interseccionalidad, pero resaltan que el colonialismo y su continuidad son importantes mecanismos de opresión y estructuras entrelazadas (Agathangelou y Ling, 2009; Alexander y Mohanty, 1997; Chowdhry y Nair, 2002; Mohanty, 1984). Para estas investigadoras la otredad, la representación y el conocimiento subalterno son temas que han trabajado e introducido a las RI.
Es precisamente en el contexto latinoamericano en el que se ha iniciado la perspectiva decolonial y del feminismo decolonial con investigadores destacadxs, como Aníbal Quijano, Ramón Grosfoguel, y María Lugones. Aunque existen múltiples debates acerca de las diferencias entre el poscolonialismo y el pensamiento decolonial, no es el objetivo de este capítulo repasarlos. Más bien es importante señalar sus puntos de coincidencia y constatar que el pensamiento decolonial surge desde el contexto latinoamericano, mientras que las ideas poscoloniales se articulan en un contexto anglófono poscolonial. Lo que une las dos perspectivas son las historias (diferenciadas) coloniales y sus sucesivas colonialidades, y el rechazo del pensamiento occidental hegemónico. Central al pensamiento decolonial es la matriz colonial de poder, introducido por Aníbal Quijano, que abarca cuatro ejes o dimensiones:
- la privatización y explotación de la tierra y mano de obra;
- el control de la autoridad;
- el control de género y sexualidad;
- el control de la subjetividad (Fabbri, 2014: 92).
Además, Quijano argumenta que la colonialidad del poder y la modernidad son dos caras de la misma moneda. Pero, como señala Fabbri, basándose en la crítica de Lugones hacia Quijano por aceptar una organización eurocéntrica hegemónica de relaciones generizadas y sexuales, la matriz colonial de poder está fundado en un androcentrismo (eurocéntrico). Entonces, Lugones concluye que
el marco de Quijano reduce el género a la organización del sexo, sus recursos y productos y parece caer en cierta presuposición respecto a quién controla el acceso y quiénes son constituidos como «recurso». Quijano parece dar por sentado que la disputa por el control del sexo es una disputa entre hombres, sostenida alrededor del control, por parte de los hombres, sobre recursos que son pensados como femeninos (2008: 84).
Además, así se invisibilizan otros tipos de relaciones de género (precolombinas) y se inferioriza a las mujeres. Lugones se pregunta cuáles son las consecuencias de la colonialidad de género para la organización social, económica, política y cultural de las sociedades latinoamericanas. Esta pregunta permite voltearnos a las RI. Como sugieren Fonseca y Jerrems:
Los temas abordados por los pensadores decoloniales son de particular interés en la actualidad por diversos motivos. Por un lado, el reavivamiento del debate sobre la “civilización” y el rol del estado en la política global. Por el otro, la colonialidad emergente en las periferias ubicadas en el norte, los espacios en lucha, fronterizos y las identidades híbridas que trascienden los marcos del análisis social impactando de forma transversal al sujeto político de la modernidad tardía (Fonseca y Jerrems, 2012: 119).
Es decir, dentro del contexto de la globalización y las transformaciones geopolíticas que se están llevando a cabo, es primordial cuestionar los conceptos eurocéntricos hegemónicos que han sido los fundamentos de las RI. Utilizando las contribuciones de feministas decoloniales en la región como punto de partida (Espinosa Miñoso, Gómez Correal y Ochoa Muñoz, 2014; Montanaro Mena, 2017), sería imperativo que una introducción del feminismo decolonial a las RI hiciera hincapié en análisis de identidades híbridas (en zonas fronterizas en particular), interrogando el concepto de “Estado nación” y sus bases patriarcales y heteronormativas, con el objetivo de visibilizar mujeres marginadas y hacer escuchar sus voces. Un tema que merece este tipo de análisis es el de la seguridad, un concepto tan central para las RI. Tomando las experiencias vividas de mujeres marginadas –por ser indígenas o migrantes o por vivir en una zona bajo el control de un cartel de drogas– como punto de partida nos lleva a entender la seguridad y violencia desde una perspectiva muy distinta y, por ende, surge la necesidad en nuestros análisis de descentralizar y complejizar la seguridad nacional. Hacer lo anterior nos lleva a generar y construir unas RI donde las experiencias vividas de Rosalba y Olga (de la primera viñeta) escapen de la marginación.
Bibliografía
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Alexander, J., y Mohanty, C. (1997). Feminist genealogies, colonial legacies, and feminist futures. Nueva York: Routledge.
Ashley, R. K. y Walker, R. B. J. (1990). Speaking the Language of Exile: Dissident Thought in International Studies, International Studies Quarterly, 34, 3, septiembre, 259-268, doi.org/10.2307/2600569.
Chowdhry, G. y Nair, S. (2002). Power, postcolonialism, and international relations. Nueva York: Routledge.
Crenshaw, K. (1991). Mapping the Margins: Intersectionality, Identity Politics, and Violence against Women of Color, Stanford Law Review, 43(6), 1241-1299.
Enloe, C. (1990). Bananas, Beaches and Bases: Making Feminist Sense of International Politics. Berkeley: University of California Press.
Enloe, C. (1993). The Morning After. Sexual Politics at the End of the Cold War. Berkeley: University of California Press.
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- Universidad de las Américas Puebla in Cholula, México.↵
- Esta viñeta es creada por la autora y no está basada en personas existentes. Se ha generado la viñeta en base de múltiples testimonios de los transmigrantes, reportes por organizaciones civiles nacionales e internacionales, artículos en periódicos, y video-documentales que han aparecido en el transcurso de más de 15 años.↵
- Aunque la segunda ola feminista se manifestó en muchos países, los movimientos en el norte global, particularmente en Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países de Europa Occidental, tenían más impacto en el ámbito internacional.↵
- El libro ha tenido varias actualizaciones, y la última versión se publicó con la siguiente información: Runyan, A.S. (2019). Global Gender Issues (5.º ed.). Routledge.↵
- Unas feministas de las ciencias sociales han cambiado la palabra mainstream (‘corriente principal’) en malestream (‘corriente masculina’), indicando que el mainstream tiene un sesgo masculino. ↵
- Para una revisión más detallada y su desarrollo del concepto de “interseccionalidad”, véase la contribución de Jorgelina Loza en este volumen, Marchand (2023), y Marchand y Ayala Galí (forthcoming).↵








