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Introducción: ¿dónde están los feminismos en las relaciones internacionales?

Reflexiones sobre el desarrollo de perspectivas teóricas feministas en las relaciones internacionales latinoamericanas

Melisa Deciancio[1] y Jorgelina Loza[2]

En las últimas décadas, vimos crecer preguntas y revisiones sobre los alcances de las relaciones internacionales (en adelante, RI) en el análisis de las múltiples dimensiones de una vida social y política cada vez más globalizada. Acompañando una creciente movilización social y política que ya no reconoce límites fronterizos y el fortalecimiento de una agenda sobre los géneros, la diversidad, los derechos culturales, el racismo, las RI fueron dando cada vez más espacio a enfoques que cuestionan los fundamentos tradicionales de la disciplina.

En esa línea, a partir de las últimas décadas del siglo XX, las perspectivas feministas fueron cobrando cada vez mayor relevancia dentro del campo de las RI. Esto se evidencia en una mayor visibilización de problemáticas, experiencias y desafíos a partir de la inclusión de este abordaje crítico. Paralelamente, fueron ganando espacio grupos de estudio fundados sobre perspectivas de género y los grupos académicos que reúnen especialistas con posiciones feministas o que buscan mostrar la situación de las mujeres que trabajamos en RI.

La discusión teórica comenzada en la década del ochenta por académicas anglosajonas de las RI permitió comprender con profundidad manifestaciones del ámbito global que atraviesan lo académico, diplomático y político, lo público y lo privado, abriendo la “caja negra” de la disciplina, enfocada tradicionalmente en el Estado como actor central. Así, el debate entre racionalistas-reflectivistas de los 80 marcó un cambio fundamental en la disciplina donde las perspectivas feministas tuvieron un fuerte impacto (Salomón, 2002). Esto habilitó a pensar dimensiones que no habían sido consideradas y abordar preguntas sobre la inequidad y la justicia social, históricamente negadas en las RI (Chowdhry & Nair, 2013). Así, el abordaje feminista de lo internacional habilita la incorporación de nuevas y diversas perspectivas, mientras que propone una redefinición del enfoque desde el que miramos el papel histórico de las mujeres en la arena internacional. La teoría feminista instaló la discusión acerca de los valores y los marcos ideológicos desde los cuales se construye el conocimiento sobre el sistema internacional y sus actores. Aún más, sus principios epistemológicos permitieron debatir sobre cómo se define al sistema internacional y qué actores se consideran sujetos de él y, entonces, objeto de la disciplina.

Los estudios feministas impregnaron la disciplina de las RI y lograron instalar la revisión de los fundamentos epistemológicos y ontológicos del campo, centralmente en su crítica hacia el enfoque realista (Barbé, 1987; Morgenthau, 1948). Argumentaron sobre el origen Estado-céntrico de las RI, que se fundó a partir de las reflexiones de hombres en puestos de poder, principalmente provenientes de Occidente (Enloe, 2014; J. A. Tickner, 1988). Este origen marcó a la disciplina ontológica, epistemológica y teóricamente. Las teorías feministas fundamentan su crítica en la existencia de sesgos de género dentro de las perspectivas tradicionales de RI. Como resultado, los principales conceptos de RI (sistema internacional, Estado, poder, política, seguridad, conflicto y gobernanza global) pudieron ser situados y revisados en su contexto de producción. El género se convirtió en una categoría analítica iluminadora que permitió identificar los silencios y las invisibilidades de las perspectivas occidentales hegemónicas en RI (Marchand, 2013), aun cuando esta disciplina se presentaba como una forma de pensamiento sobre lo internacional con pretensiones de universalidad y desarraigada.

Esa irrupción no se dio en el vacío, sino en un contexto generalizado de expansión de enfoques constructivistas en las ciencias sociales. Los paradigmas constructivistas abrieron las discusiones sobre las jerarquías de género y permitieron identificar las estructuras de las inequidades sociales, políticas y económicas basadas en categorías históricas de sexo y género, y su interrelación con otras formas de jerarquía como la raza, la etnia, la edad, etc. Esas reflexiones mostraron cómo operan mecanismos de poder en términos de capacidades materiales (Morgenthau, 1948; Waltz, 2001; Wendt, 1987), aunque también en términos simbólicos. Según Rosalba Icaza (2013), estos enfoques críticos, a pesar de ser heterogéneos, tienen ejes en común que se orientan a cuestionar el orden mundial vigente, a generar conceptos y a crear un lenguaje específico. Amplían su sustento teórico hacia el nivel internacional dando espacio a nuevos discursos, actores y conceptos. La principal contribución se centra en modificar los parámetros epistémicos normativizados en las RI para comprender que los enfoques radicales son políticos “pues identifican procesos, actores, instituciones y discursos que generan la exclusión de ciertos saberes y comprensiones de lo internacional” (Icaza, 2016, p. 74).

Las llamadas “teorías críticas” han hecho, así, un gran trabajo en legitimar a las contribuciones periféricas como fuente de la disciplina y en remarcar el modo en que la hegemonía del norte global ha moldeado la construcción del campo de estudio (Acharya et al., 2021; Tickner & Blaney, 2013). Han denunciado enfáticamente la construcción de la tradición teórica sobre los cánones de la modernidad internacional, funcionando como configurador de relaciones, jerarquías y estructuras mundiales de dominación (Querejazu, 2016).

Otras corrientes de pensamiento que produjeron fuertes revisiones dentro del campo de las RI en las últimas décadas del siglo XX fueron los estudios anticoloniales, los estudios poscoloniales y los estudios subalternos. La dimensión internacional y su impacto sobre la vida privada de las personas –especialmente las mujeres y diversidades– se consolidaron como objeto de estudio al fortalecerse el giro poscolonial en las relaciones internacionales (Fonseca & Jerrems, 2012). Miradas posmodernistas y posestructuralistas incluyeron preguntas sobre actores que no eran tradicionalmente considerados objeto de la disciplina y que dan cuenta de dimensiones de lo internacional que exceden la esfera de Estados y organismos, pero que se ven continuamente interpeladas por lo global, incluso desde la interacción entre múltiples escalas. De aquí se desprende, además, la importancia de contribuciones teóricas no occidentales, de América Latina y otras regiones del mundo, que puedan entrar en diálogo con perspectivas hasta ahora hegemónicas (Acharya et al., 2021).

Los feminismos poscoloniales y decoloniales colocan sus críticas en un contexto de producción de conocimiento caracterizado por el colonialismo y a partir de ahí, proponen un enfoque interseccional tanto en su estrategia metodológica como en su posicionamiento político. Reclaman a las teorías feministas occidentales la inclusión de la diversidad, como contraposición a la construcción de categorías homogéneas y universales para comprender la vida de las mujeres, que dejan fuera del análisis las particularidades de las mujeres no occidentales (Anthias, 2002). Denuncian que la construcción de una nueva alteridad desde la perspectiva feminista occidental reproduce una nueva forma de colonialismo (Mohanty, 1984), al producir y reproducir una imagen homogeneizadora de la mujer no occidental, con quien no comparten existencia ni experiencia. Subrayar la heterogeneidad de las formas de opresión que pesan sobre las mujeres (y las diversidades sexuales) en las antiguas colonias es una forma de señalar y discutir la naturaleza eurocéntrica del conocimiento, y muestra que en estas comunidades la colonización consolidó una inferiorización racial junto con la subordinación de género (Oyewumi, 2008).

En diálogo –aunque no siempre en coincidencia– con la teoría poscolonial y decolonial, los feminismos latinoamericanos propusieron profundizaciones de las revisiones epistemológicas en marcha, pero, principalmente, una ampliación de los objetos de estudio tradicionales de la disciplina (Loza, 2021). Indagaremos en su especificidad unas páginas más adelante. A continuación, discutiremos la relevancia de la categoría de género dentro de las RI. Finalizaremos esta introducción con algunas ideas sobre la actual agenda de investigación feminista y de perspectiva de género que creemos se refleja en el armado de este libro.

Sobre la relevancia de la categoría de género en las RI

Inicialmente, la perspectiva de género sirvió para incluir una nueva dimensión de análisis al estudio y abordaje de lo internacional. Ese marco teórico dio lugar a la discusión y explicación de los fundamentos de las desigualdades basadas en género, encontrando vínculos con la forma en que el poder se distribuye internacionalmente en las esferas tradicionales de actuación de “lo internacional” –lo público– y en esferas donde el análisis teórico de lo internacional ha puesto menor foco –lo privado–. Pero más importante aún, estas reflexiones permitieron observar la forma en que se abordan las relaciones de dominación y subordinación desde la disciplina de RI tanto en el ámbito de lo público y el ámbito de lo privado. Es decir, es este giro disciplinar el que permitió identificar patrones universalizantes y androcéntricos en el análisis de lo internacional. Pero ¿cuánto ha cambiado desde entonces? ¿Qué miran y piensan quienes utilizan enfoques de género para pensar lo internacional?

La perspectiva de género lleva décadas fortaleciéndose en el análisis de lo internacional. Ello se vio reflejado, también, en las nuevas agendas que se abrieron y propiciaron acciones de los organismos internacionales. En 1975, nombrado como el Año Internacional de la Mujer, se celebró en la Ciudad de México la Primera Conferencia Mundial de la Mujer. Esta Conferencia tuvo como resultado el Plan Mundial de Acción para la Promoción de la Mujer y la Declaración del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer y el Desarrollo (1975-1985). En la década de 1990, fueron dos las conferencias que marcaron puntos de inflexión para la agenda mundial por la igualdad de género: la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (El Cairo, 1994) y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing, 1995). Esta última logró la firma de una declaración conjunta y la postulación de una Plataforma de Acción. Estos encuentros consolidaron una agenda internacional de género que se construye y reconstruye como producto de un constante intercambio entre las esferas internacional, nacional y local, el ámbito académico y los sectores populares, los Estados y organismos y la sociedad civil de mujeres y diversidades sexuales. La diseminación de una perspectiva de género que supone la desigualdad de la mujer en el actual sistema sexo-genérico fue condición de posibilidad para plantear esa agenda (Tarrés, 2013). Aunque la intervención de los feminismos en este proceso ha sido innegable, la consolidación de una agenda de género que ha permeado en instituciones y políticas públicas excede esas posiciones teórico-políticas. El presente de los países latinoamericanos exige fortalecer un enfoque que considere las raíces multidimensionales e históricas de la desigualdad que se evidencia en todos los niveles de lo global a lo individual, especialmente aquella basada en diferenciaciones basadas en género (Deciancio & Loza, 2023).

Marianne Marchand, autora en ese libro, confirmó tempranamente la difusión de la categoría de género al análisis de lo internacional (Marchand, 2013). De la propuesta inicial de Cynthia Enloe de observar el lugar que ocupaban las mujeres en los procesos que las RI analizaban (Enloe, 1989), surgía la propuesta de consolidar un enfoque de género que observara las inequidades construidas en torno a esas categorías y que pudiera incorporar preguntas sobre relaciones de fuerza en cada momento histórico. Lo internacional es político, afirmó Enloe, y nos convocó a mirar los fenómenos de la escala internacional con lentes críticos que pudieran leer la desigual distribución de poder también en ese ámbito. El desafío, entonces, era construir teoría que fuera sensible al género (Chowdry y Nair, 2013), hasta que el feminismo poscolonial sumó la raza como otra dimensión en intersección con el género, y junto con la categoría de clase ocuparon un rol central en nuevas indagaciones.

La categoría de género, objeto de debates y reconfiguraciones, permite explicar la existencia de multiplicidad de identidades y su contingencia, pero también comprender las funciones psicológicas y socioculturales que se atribuyen a las categorías de la diferencia sexual en cada lugar y momento histórico. Esas categorías tendrán un efecto cultural, sobre la conformación de identidades, y también material, condicionando relaciones entre hombres, mujeres, diversidades. Lo que llamamos “perspectiva de género” refiere a marcos teóricos que comprenden que los fenómenos bajo análisis se dan en el marco de sistemas de género que las sociedades elaboran y que condicionan las prácticas y las ideas de las personas. Un marco teórico fundado en esta perspectiva es capaz de reconocer y explorar la existencia de relaciones de poder y desigualdad que fundan acciones discriminatorias hacia sexualidades subalternizadas y que esas relaciones se articulan con otras también construidas socialmente, como las de clase, etnia, edad, religión.

Dentro de estos enfoques, la perspectiva de género pone en discusión las formas del poder y la dominación. Como diría Joan Scott, la categoría de género se representa como un elemento constitutivo de las relaciones sociales y da fundamento simbólico a las relaciones jerárquicas entre hombres, mujeres y otras identidades de género (Tarrés, 2013), aspecto que es retomado en el capítulo de Minillo en este volumen. Significa esto que las relaciones de poder están fundadas en construcciones simbólicas sobre los géneros, dando espacio a instituciones que están cargadas de historicidad y que organizan las prácticas (e ideas) de los sujetos. Esta definición cuestiona el relato histórico convencional, definido en términos masculinos y omitiendo la participación de mujeres. Discute la idea de hombre universal, en la que lo humano y lo masculino parecen ser lo mismo, determinando no solo el relato histórico nacional, sino también las formas de estudiarlo. Una nueva epistemología, habilitada por estas corrientes de pensamiento, dará lugar a visiones no dicotómicas, que incluyan la diversidad y reconozcan las jerarquías entre categorías.

Las asimetrías y las exclusiones, tal como afirmamos antes, quedaban históricamente por fuera de los análisis de la disciplina y eran subestimadas en las explicaciones sobre política global. También sucedía con las identidades culturales, los procesos de producción de diferencias (basadas en género, raza, etnia, etc.). Esta mirada reduccionista impedía vincular el poder del Estado, tradicionalmente el actor central de las RI, con la escala transnacional, en la que se fundaba su soberanía. El fortalecimiento de las movilizaciones transnacionales (con motivos culturales, religiosos, sociales) mostró que la forma en que entendíamos el poder, la soberanía y el orden internacional era un tanto limitada. Las subjetividades se producen de forma transnacional, incidiendo en nuevas gobernanzas de lo internacional, y, si buscamos solamente la incidencia del Estado en su producción, dejaremos fuera una porción importante de sus condiciones de posibilidad.

Una comprensión actualizada y más compleja de la gobernanza, entonces, supone comprender el involucramiento de instituciones estatales, pero también de actores no estatales en las acciones políticas que se orientan a resolver necesidades y que siguen intereses y deseos de las personas. Los actores de la gobernanza internacional son interdependientes, se organizan de forma más o menos autónoma y sostienen cierta autonomía significativa: quiere decir que no dejan de estar influidos por esas producciones culturales que mencionábamos (género, raza, entre otras) y que a su vez realizan sus propias reinterpretaciones sobre ellas (Marchand et al., 2020). La necesidad de contar con marcos teóricos sensibles a las condiciones de género, raza, clase tiene que ver también con observar la creciente influencia de actores no estatales en la escala global, impactando en la agenda política y generando espacios propios de vinculación transnacional.

La relevancia de analizar los entramados de género que dispone y reproduce el Estado nación tiene que ver con clarificar qué grupos son los que quedan fuera de ese sistema engenerizado y por ello tienen acceso diferencial a las oportunidades y los derechos que dispone el marco nacional. La ciudadanía de las mujeres (al menos las mujeres que pertenecen al grupo étnico y la clase hegemónicos), entonces, carga con una mayor complejidad dada su dualidad: por un lado, han sido incluidas en la idea universalista de la ciudadanía que sostiene al régimen democrático. Es por ello por lo que son alcanzadas por políticas sociales y legales (Walby, 1994). Pero las ciudadanas mujeres cuentan además con una serie de políticas propias, una legislación focalizada que les otorga características específicas. En esas políticas, incluso en legislación propia, también es posible recuperar construcciones simbólicas respecto de las identidades de género. La pretendida universalidad de la ciudadanía democrática no deja de estar situada dentro de las fronteras históricas de una nación.

Cynthia Enloe (1989) sostiene la necesidad de pensar el sistema internacional como un sistema engenerizado, también los organismos y las organizaciones transnacionales. Por lo pronto, la exclusión de las mujeres del ámbito público (y su confinamiento al espacio doméstico o privado) es discutida por las teorías feministas que postulan la interconexión entre las esferas pública y privada, incluso destacando su dependencia mutua. Los enfoques que entienden al nacionalismo como parte de la esfera pública solamente, entonces, legitiman que las mujeres queden fuera de esa construcción. Esas fronteras se refuerzan con la intervención del Estado en el espacio doméstico, al regular relaciones como las matrimoniales, la herencia, etc. La dificultad para el análisis de la perspectiva de género contenida en las acciones estatales radica en la pretendida universalidad o neutralidad de género que se supone cargan las instituciones estatales. Del mismo modo, Enloe propone mirar dónde han quedado las mujeres en el espacio internacional (“lo internacional también es político”) y critica la representación de las mujeres de los países colonizados en cuanto contribuyeron a justificar la dominación imperial en nombre de la civilización. Desde entonces, la exotización de las mujeres de los países periféricos ha contribuido a una división internacional del trabajo en el que el trabajo de las mujeres es construido como barato o ni siquiera es reconocido como trabajo (ver el capítulo de Minillo en este volumen). Algo de ello podemos observar en el concepto de “cadenas globales de cuidado” desarrollado por Hochschild, 2000.

Así, la categoría de género no se reduce al conteo de mujeres en el sistema internacional, sino que implica revisar las condiciones estructurales que se fundan en categorías socioculturales y que suponen relaciones políticas y económicas entre los géneros. Hablar de un sistema de géneros (tanto nacional como internacional) es describir las relaciones de fuerza que se construyen entre las categorías de género y que excluyen a mujeres y diversidades de recursos y oportunidades.

Perspectivas feministas en las relaciones internacionales latinoamericanas

En las RI latinoamericanas, la renovación de enfoques epistemológicos cuenta con el antecedente de los estudios sobre desarrollo, que en la región habían sostenido una amplia difusión de larga trayectoria (Minillo en este volumen). Estos enfoques se habían preguntado por el rol de las mujeres en las estrategias de desarrollo, e incluso se habían pensado las estrategias de regionalismo desde las condiciones de integración de la heterogeneidad.

Las teorías feministas latinoamericanas de RI llaman a escuchar a las mujeres de nuestra región y dar espacio a la perspectiva de género en el análisis de los procesos globales, proponiendo revisar las dinámicas de poder que impactan de forma diferencial en las mujeres de la región (Deciancio & Loza, 2021). El pensamiento feminista latinoamericano retoma los aportes de los feminismos occidentales y se nutre también de las tradiciones de los feminismos comunitario, negro, indígena, popular. Por ello se trata de una corriente heterogénea, que reúne diversas posicionalidades y entrecruzamientos teóricos. Autoras latinoamericanas como María Lugones, Yuderkys Espinosa y Ochy Curiel, Karina Ochoa, Gladys Tzul Tzul, Aura Cumes y Julieta Paredes denunciarían la construcción de taxonomías universalizantes y carentes de sentido histórico, que no permiten pensar la especificidad de la subordinación de las mujeres de la región, atravesadas por matrices de dominación múltiples (Villarroel Peña, 2018). Es en la experiencia de las mujeres latinoamericanas en la que aparecen las intersecciones entre la colonialidad, el imperio, la nación, la historia de la movilización colectiva y la distribución de poderes. A partir de esa historia, podemos atender las relaciones de poder y subordinación de un mundo que ya no se centra en Occidente, sino en la heterogeneidad y el poder del fragmento.

De todos modos, no se trata solamente de ampliar el espectro de temas u objetos que las RI pueden contemplar, sino también de iniciar un ejercicio de reflexión crítica sobre los fundamentos de la disciplina que incorpore formas diversas de interpretar los fenómenos internacionales. Si las teorías críticas nos permiten pensar que el poder es un fenómeno que está atravesado, al mismo tiempo, por múltiples dimensiones (género, nacionalidad, raza, sexualidad, edad, etc.), entonces corresponde trabajar en consolidar estrategias metodológicas flexibles y abiertas a la multiplicidad (ver el capítulo de Villarroel Peña en este volumen).

Es en este sentido en que los abordajes feministas sobre lo internacional realizados desde América Latina contribuyen al camino de descolonización que los feminismos buscan al desmontar la centralidad de la perspectiva occidental que ha caracterizado al campo y a las ciencias sociales en general. Comprendiendo que, desde una perspectiva decolonial, podrán entenderse mejor las vinculaciones entre lo global y lo local, rescatando experiencias diversas de los fenómenos internacionales y abriendo la posibilidad de pensar alternativas políticas a los desafíos globales del presente teniendo como objetivo la profundización de análisis de género y la desmasculinización de las RI. Para lograr esta tarea, se torna determinante en el análisis la profundización del vínculo entre el colonialismo, la modernidad y la conformación de los Estados nación. El principal aporte del giro decolonial, entonces, se sustenta en la ampliación de categorías de análisis, incluyendo a la raza y el género como fundamentos epistemológicos de la diferencia y la discriminación. Brindando al campo de estudio e inclusive a las corrientes feministas latinoamericanas la posibilidad de fortalecimiento al interior de las RI. Desde esta posición desafían y reinterpretan a las teorías del mainstream (Keohane, 1982; Keohane & Nye, 1973; Morgenthau, 1948; Waltz, 2001), oponiéndose a las visiones clásicas sobre diferentes temáticas como el Estado, el poder, la seguridad, la violencia, los cuerpos, las sexualidades, etc.

Como presenta Agustina Garino en su capítulo, el feminismo comunitario latinoamericano, por su parte, aporta al campo de las RI la propuesta de descolonizar y desneoliberalizar a la disciplina, al considerarla regida por el género, la clase, la etnia y el sesgo norte-sur. Cuestiona específicamente a las mujeres y teóricas del “norte-rico” por su complicidad con el patriarcado transnacional. Sustentan esta crítica en la irrelevancia que le han otorgado al aporte histórico desarrollado por el feminismo comunitario sobre el lugar que han ocupado las mujeres indígenas en la historia. Análogamente, consideran que adoptan una concepción lineal de la historia, progresiva e individualista que sitúa al feminismo del sur como incivilizado frente a los feminismos occidentales (Guzmán y Triana, 2019; Paredes, 2017).

La hegemonía que ejercen ciertos feminismos instala una idea sesgada de la universalidad de las afirmaciones de las mujeres, sin tener en cuenta la diversidad que contiene este grupo. Es lo que Acharya (2014) ha llamado “neomarginalización” en RI, en referencia al liderazgo o la hegemonía que las feministas occidentales continúan ejerciendo en espacios que reconocen la diversidad del sistema internacional. Al mismo tiempo, como mencionaron los autores poscoloniales, el feminismo global construye una idea de la mujer del tercer mundo como un grupo homogéneo, pero suprime contextos y reproduce formas contemporáneas de dominación colonial.

Para superar estas formas de exclusión y exclusividad, se requiere un conocimiento localizado, que asuma la posicionalidad de quien investiga como parte del análisis (Picq, 2013). Las ciencias sociales latinoamericanas se han caracterizado históricamente por abrirse paso en una estructura global desigual que impone mapas conceptuales y modelos de análisis. En los intersticios de estas propuestas, señalando limitaciones y posibilidades, la investigación y reflexión regional se ha abierto paso consolidando tradiciones de pensamiento nutritivas y debates que acompañaron el proceso histórico de las sociedades latinoamericanas. Con la intención de sumar un pequeño aporte a los debates de la región sobre las RI, este libro nace como resultado del encuentro entre autoras que pensamos lo internacional desde sus múltiples dimensiones y con lentes feministas. En la sección siguiente, desarrollamos un poco más sobre este proyecto y sus capítulos.

La agenda de investigación feminista en RI hoy: sobre este libro

Este libro surge de la inquietud y necesidad por indagar acerca de las experiencias y la producción académica sobre feminismos y relaciones internacionales en nuestra región. A partir del encuentro en un programa educativo alojado en FLACSO Argentina[3], dimos impulso al contacto entre colegas académicas y funcionarias que venimos pensando y trabajando lo internacional desde enfoques feministas. Comenzamos a consolidar lazos de intercambio y trabajo en red desde perspectivas no tradicionales y postulando diversas agendas de lo internacional.

Este impulso sentó las bases para abordar viejas y nuevas cuestiones de la política internacional desde la perspectiva de los géneros, promover la discusión en nuestras aulas y estimular el debate sobre el lugar de las mujeres y diversidades en las relaciones internacionales de la región. También nos permitió encontrarnos y reflexionar sobre nuestro lugar y nuestras contribuciones como investigadoras, especialistas, funcionarias mujeres de las RI en América Latina.

Este libro surge de la convocatoria a colegas de la región a discutir los principales temas de la agenda internacional latinoamericana desde los enfoques feministas de las relaciones internacionales. Nos unen las reflexiones sobre nuestras propias indagaciones que recorren temas como la política exterior, la seguridad, la defensa, el regionalismo, el ambientalismo, la economía política, las migraciones y las experiencias de acción colectiva, entre otros. El libro se estructura en capítulos ordenados en tres grandes bloques: un primer bloque que presenta los abordajes y la discusión teóricos que buscan sentar las bases conceptuales de una perspectiva feminista y latinoamericanista de las RI. El segundo bloque está orientado a cubrir temas de la agenda de investigación sobre lo internacional con perspectiva de género que muestra la innovación conceptual que estas teorías críticas proponen. Y un tercer bloque final aborda diversos actores y procesos de lo internacional desde una perspectiva de género.

En términos teóricos, los trabajos aquí reunidos recuperan los aportes de los enfoques feministas en cuanto teorías críticas en el pensamiento sobre lo internacional. Mostramos en los capítulos de Marchand, Deciancio y Míguez, Villarroel Peña y Loza que los enfoques teóricos feministas occidentales coincidieron en revisar las categorizaciones de género y las relaciones sociales construidas alrededor de estas ideas. Nos interesa destacar, además, que la introducción de estas perspectivas contribuyó al cuestionamiento de la dominación histórica entre los géneros, incluso en el ámbito internacional, y a revisar relaciones de fuerza entre corrientes tradicionales y hegemónicas dentro de las RI.

Como muestra Marianne Marchand en su capítulo, desde finales del siglo xx, las teorías feministas impregnaron la disciplina de las RI, principalmente, al revisar los fundamentos epistemológicos y ontológicos del campo, centralmente el enfoque realista. Las teorías feministas también criticaron la existencia de sesgos de género dentro de las perspectivas tradicionales de RI. Como resultado, los principales conceptos de RI (“sistema internacional”, “Estado”, “poder”, “política”, “seguridad”, “conflicto” y “gobernanza global”) pudieron ser situados y revisados en su contexto de producción. En su capítulo encontramos un recorrido teórico por los debates contemporáneos y de fines del siglo xx dentro de la disciplina, reconstruyendo la consolidación de un enfoque de género que ha funcionado como marco de abordaje en los capítulos que trabajan temas específicos y actores de lo internacional.

Siguiendo con esta construcción teórica, el capítulo de Jorgelina Loza nos introduce en la irrupción del pensamiento poscolonial y decolonial en las RI, escuelas que tuvieron un marcado impacto en las ciencias sociales y en las relaciones internacionales, al igual que las teorías feministas. Este capítulo propone explorar el diálogo de la teoría poscolonial y decolonial con los feminismos latinoamericanos en términos de propuestas de una revisión epistemológica para las RI, pero, principalmente, una ampliación de los objetos de estudio tradicionales de la disciplina. 

Las RI críticas han hecho un gran trabajo en legitimar a las contribuciones periféricas como fuente de la disciplina y en remarcar el modo en que la hegemonía del norte global ha moldeado la construcción del campo de estudio. Han denunciado enfáticamente la construcción de una tradición teórica sobre los cánones de la modernidad internacional, funcionando como configurador de relaciones, jerarquías y estructuras mundiales de dominación.

Así es que buscamos destacar la introducción de nuevas ontologías y epistemologías, así como metodologías que modificaron la comprensión tradicional del mundo, incluyendo el género como elemento central de análisis y mostrando la existencia de voces silenciadas que revelaron relaciones de poder ocultas y estrategias políticas que desafían la posición hegemónica del pensamiento. Tal como veremos en el capítulo de Yetzy Villarroel Peña, el conocimiento, en general, y en RI en particular, está construido desde la desigualdad y la imposición de un saber único en el que confluyen sesgos de género, modos binarios, sesgos occidentales y heterosexuales que demuestran ausencia de la neutralidad de este. La producción de conocimiento no se encuentra aislada de las dinámicas de poder, pues teoría y ciencia son producto de instituciones sociales que reproducen sistemas jerarquizados.

En la medida en que los abordajes feministas fueron ingresando a las RI, también fueron permeando las agendas de política exterior y su diseño e implementación. Melisa Deciancio y María Cecilia Míguez abordan la trayectoria de la política exterior feminista (PEF), su conceptualización y definición y las diversas formas de diseño e implementación que adquirió en América Latina. La incorporación de la perspectiva de género a la política exterior se puso de manifiesto en políticas adoptadas al interior de las cancillerías, en su organización interna, y en los ámbitos de representación de los países en el exterior como foros internacionales, acuerdos de comercio y mecanismos de integración regional.

Los paradigmas constructivistas permitieron identificar las estructuras de las inequidades sociales, políticas y económicas basadas en categorías históricas de sexo y género. En las RI latinoamericanas, la renovación de enfoques epistemológicos se apoyó en el antecedente de los estudios sobre desarrollo, que en la región habían sostenido una amplia difusión y una larga trayectoria. La región tiene una importante tradición de estudios sobre desarrollo que consideraron la categoría de género como dimensión analítica y la participación de las mujeres en condiciones desiguales en los modelos económicos propuestos. Nuevas problemáticas internacionales como la economía global de cuidados y el trabajo no remunerado en el hogar o en comunidades étnicas fueron traídas a la luz. El capítulo de Xaman Minillo presenta algunas perspectivas feministas sobre el desarrollo. A partir de este elemento clave de las relaciones internacionales contemporáneas, contribuye al conocimiento de las relaciones internacionales desde el pensamiento feminista. Se presentan los siguientes enfoques: la mujer en el desarrollo; género y desarrollo; el feminismo marxista; el ecofeminismo y el feminismo decolonial. El capítulo contribuye al libro presentando diferentes perspectivas feministas sobre qué es el desarrollo y distintas formas de fomentarlo y a la igualdad de género. Esta diversidad de enfoques debe proporcionar a los lectores herramientas analíticas para considerar críticamente la forma en que las mujeres son incluidas o invisibilizadas en los discursos sobre el desarrollo.

Del mismo modo, en este volumen reunimos trabajos que abordan cuestiones de defensa y seguridad desde perspectivas de género. Los estudios críticos de seguridad han introducido, en las últimas décadas, un enfoque de género en los análisis de los procesos internacionales de seguridad, que permitieron evidenciar el impacto desigual que los conflictos y las estrategias o políticas de seguridad tienen sobre las mujeres y diversidades sexuales. El capítulo presentado por Catalina Monroy Hernández y María José Bayona menciona que la agenda de mujeres, paz y seguridad reconoce el derecho de las mujeres a la participación igualitaria en la promoción y la construcción de la paz, y subraya su contribución efectiva para lograr y consolidar una paz duradera y sostenible. Por tanto, sostienen las autoras que se trata de una cuestión de derechos, pero también de eficacia. La participación directa de las mujeres en los diálogos y las negociaciones de paz incide en el aumento de la sostenibilidad y la calidad de la paz. Al incluir a las mujeres en estos procesos, se incorpora una amplia gama de perspectivas y se aumenta la inclusividad y la diversidad. Por su parte, los grupos de mujeres de la sociedad civil desempeñan un papel decisivo en los procesos de paz. En particular, los intercambios y la colaboración estrecha entre los diversos grupos de mujeres (por ejemplo, las delegadas mujeres, los grupos feministas y de defensa de los derechos de la mujer, incluidas las defensoras de los derechos humanos y las promotoras de la paz) son fundamentales para la inclusión de disposiciones que atiendan las desigualdades sociales, en especial para la inclusión de una perspectiva de género.

Magdalena Bas Vilizzio introduce en su capítulo un análisis del lugar de las mujeres en el ámbito del derecho internacional público, rescatando las miradas feministas y destacando el tratamiento o el rol de las mujeres en tres contenidos clásicos de derecho internacional público: 1) conflictos armados; 2) migrantes y refugiados; 3) estructura orgánica de la ONU. A partir de un análisis del trabajo en el aula y propuestas concretas para la incorporación de mecanismos de enseñanza para la inclusión de la perspectiva de género a la formación en derecho, la autora propone expandir los contenidos e incluir temas de género para visibilizar la problemática y promover una reflexión crítica entre los estudiantes.

Por su parte, Laura Masson construye en su trabajo un marco conceptual feminista para el análisis de abordajes sobre la nación, los nacionalismos y las relaciones internacionales desde una perspectiva antropológica, en cuanto resulta fundamental discutir la concepción de ciudadanía para pensar las estrategias de defensa de países centrales y periféricos. La autora propone centrarse en tres ejes que permiten mostrar la relevancia del género en la comprensión de fenómenos a los que esta perspectiva ha llegado tardíamente: el primero será el de ciudadanía y exclusión, donde analiza la dualidad de la ciudadanía de las mujeres, examinando tanto su igualdad formal en los derechos políticos, como las exclusiones persistentes en distintos aspectos y niveles de análisis. En segundo lugar, el capítulo aborda el tema de la cultura y la representación nacional, especialmente el papel otorgado a las mujeres como transmisoras y significantes culturales de una colectividad nacional y la influencia de las dinámicas de género en la construcción de identidades colectivas. El tercer eje es la relación entre la masculinidad y el poder estatal, desde donde se explora la noción de “masculinidad” en el proceso de profesionalización del ejército argentino y cómo las representaciones de la masculinidad son utilizadas para comprender y negociar los cambios en el poder estatal en un contexto de posguerra, posconflicto étnico e intervención internacional. Resulta un capítulo vital para discutir los teóricos ideológicos conceptuales desde los cuales pensamos fenómenos que se desarrollan en el escenario internacional.

El último grupo de capítulos del libro reúne trabajos que piensan sobre diversos actores del sistema internacional desde los marcos teóricos ya trabajados. El capítulo de Agustina Garino muestra como los enfoques críticos y de las RI globales han permitido identificar las limitaciones de los enfoques teóricos sobre las experiencias regionales, explorando las valoraciones y consecuencias que eso ha implicado en el desarrollo de análisis sobre experiencias regionales. Además de las experiencias gubernamentales, estos capítulos recorrerán la construcción de la regionalidad desde la movilización de las mujeres. Desde un marco teórico que contemple la interacción entre las distintas escalas de acción de los Estados y la sociedad civil, se analizará la consolidación de una agenda de género en la escena internacional y su inclusión en el contexto de los Estados nacionales. La agenda de género de los organismos internacionales y la participación política –en el ámbito regional– de mujeres y diversidades sexuales.

En los últimos años, hemos visto extenderse en la región fuertes movilizaciones en torno a reclamos por la violencia basada en género y los femicidios (a partir del movimiento Ni Una Menos, nacido en Argentina en 2015), así como por el acceso a derechos sexuales y reproductivos. En 2017, el Paro Internacional de Mujeres convocó masivas movilizaciones en la región, con un fuerte impulso organizativo del Ni Una Menos de Argentina. En paralelo, los grupos conservadores también enriquecieron sus trayectorias políticas y sus formas de intervenir en la arena pública, ampliando sus redes y excediendo filiaciones religiosas. En los últimos años, estos grupos han logrado armar un frente de protesta y participación pública en el que confluyen personas de diferentes grupos socioeconómicos que defienden una agenda conservadora, especialmente en torno a la definición de familia y la diversidad sexual. El capítulo preparado por Alma Espino procura brindar información sobre la historia reciente del movimiento feminista o los feminismos en América Latina. Sus objetivos consisten en dar pistas para la reflexión y el debate teórico, así como sugerir distintos interrogantes para profundizar en esta historia con nuevas investigaciones. El aporte de este capítulo a pensar la introducción de enfoques feministas en las RI se orienta a identificar y revelar cómo opera en la escena internacional la relación entre género y poder y de qué modo esa relación contribuye a la reproducción y el sostenimiento de las desigualdades sociales y de género.

El capítulo preparado por Pía Riggirozzi y Natalia Cintra aborda situaciones de desplazamiento masivo en los que se hace evidente que mujeres y niñas que son forzadas a migrar atraviesan situaciones específicas marcadas por su condición de género. Esa dimensión de género determina situaciones de daño y vulnerabilidad que no solo afectan la autonomía y el bienestar de las mujeres y las niñas en situación de desplazamiento, sino también, y como consecuencia, sus oportunidades de integración justa, autónoma y sostenible en las sociedades de asentamiento, y plantean cuestiones importantes sobre las modalidades de gobernanza que sean sensibles y que den respuesta a los desafíos de género. La naturaleza de género de la migración forzada, sostienen las autoras, debe vincularse con las relaciones internacionales regionales y multilaterales, para subrayar cuál es la responsabilidad de los Estados, individualmente y en cooperación regional, de proteger los derechos humanos y la dignidad de las mujeres y niñas desplazadas y poder dar respuestas adecuadas de base regional.

No tenemos dudas de que este libro refleja la experiencia y compromiso de autoras con amplia trayectoria en las agendas que abordan, enlazando la discusión entre relaciones internacionales y feminismos con el objetivo de ampliar la agenda de investigación del campo y dar voz a temas tradicionalmente silenciados. Esperamos que este trabajo sirva de apoyo para continuar pensando esta discusión y abra nuevas preguntas y cuestionamientos que enriquezcan los abordajes latinoamericanos de las relaciones internacionales.

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  1. FLACSO Argentina, CONICET.
  2. FLACSO Argentina, CONICET.
  3. El Programa Regional de Formación Virtual en Relaciones Internacionales y Feminismos del Área de Relaciones Internacionales de FLACSO Argentina, lanzado en 2023 y del cual la mayor parte de las autoras del libro forman parte.


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