María Malena Lenta, Roxana Longo, Alexis Serantes,
Brenda Riveros y Graciela Zaldúa
Desde el proyecto UBACyT “Salud mental comunitaria: contextos de precarización y políticas del cuidado” hemos venido desarrollando diversos trabajos de IAP desde el enfoque de la psicología social comunitaria. De acuerdo con esta perspectiva, que asume como horizonte ético-político la transformación social, buscamos promover procesos de participación, organización y autonomía colectiva a partir del ejercicio de la reflexividad crítica, la desnaturalización de las condiciones de vida y la producción socio-histórica de la precarización de la vida.
En ese marco, hemos desarrollado diversas tareas de intervención psicosocial desde una perspectiva de cogestión o gestión asociada (Poggiese et al., 1999), abocadas al monitoreo de procesos de salud-enfermedad-atención-cuidado de diferentes colectivos sociales y a la promoción del agenciamiento de los grupos participantes. De esa forma, llevamos adelante diferentes tipos de actividades: formación de promotoras frente a la violencia de género con distintos colectivos de trabajadoras, talleres de educación sexual en dispositivos de educación popular y abordaje comunitario y educativo de consumos problemáticos de sustancias, entre otros. Asimismo, acompañamos procesos de exigibilidad de derechos de trabajadores/as del ámbito de las políticas públicas de infancias, del sector salud y salud mental, del ferrocarril y de subterráneos, entre otros. En cada uno de esos espacios trabajamos coconstruyendo herramientas para la reflexión crítica acerca de las condiciones y medio ambiente de trabajo y la elaboración sobre los malestares individuales y colectivos, así como también para el reconocimiento de la intersección de matrices de dominación: de clase, género, etnia, generación, territorio y capacidad que operan en la configuración de los procesos de injusticia, subordinación social, fragmentación social y destrucción de la vida.
La implementación de distintas estrategias de IAP en el marco de estas intervenciones nos ha permitido analizar diversos nudos críticos en los procesos de salud colectiva, tales como: la coexistencia de lógicas tutelares en tensión con la implementación de los nuevos paradigmas de ampliación de los derechos humanos (Zaldúa et al., 2015); la precarización material y simbólica de los procesos de cuidado (Lenta, Longo y Zaldúa, 2020) o la distancia entre la enunciación y la efectiva implementación de las políticas públicas y políticas sociales que se conciben como reparatorias (Zaldúa, 2010), entre otras. Ante estos escenarios, y reconociendo los procesos de mercantilización y precarización de la salud, asumimos el desafío de cogestionar espacios de disputa ante las lógicas avasallantes del capitalismo neoliberal, patriarcal, racista y colonialista.
Ahora bien, la irrupción de la pandemia de COVID-19 presentó nuevos desafíos para el quehacer psicosocial comunitario. Durante el 2020, con la propagación del virus y la implementación de medidas de aislamiento como casi única respuesta, en un contexto mundial de crisis socioeconómica y ambiental, se profundizaron las desigualdades preexistentes en cuanto a la accesibilidad a la salud, las condiciones de trabajo y el ejercicio de derechos. Las nuevas (y no tan nuevas) modalidades de teletrabajo agilizaron procesos de flexibilización laboral, y deslocalizaron y reestructuraron las nociones del tiempo y el espacio, en una nueva división de roles entre quienes tuvieron que restringirse al ámbito doméstico para trabajar y quienes debieron exponerse al virus presencialmente (Lenta et al., 2021).
En cuanto a las afectaciones de la salud mental comunitaria es preciso considerar que la exposición al riesgo de contagio de COVID-19, la pérdida de compañeros/as y familiares, el aumento en la carga de trabajo productivo y reproductivo y la incertidumbre constante frente a un panorama social complejo movilizaron procesos psíquicos de angustia, ansiedad y duelo. Ante estos procesos quedaron expuestos los límites de los enfoques biomédicos y psicopatologizantes para dar cuenta de la complejidad del fenómeno y de la determinación social del padecimiento (Breilh, 2020). En este contexto, durante el 2020 también hemos puesto en marcha nuevas intervenciones psicosociales con diversos colectivos: trabajadoras de la salud, trabajadoras ferroviarias, referentas responsables de comedores populares –en el marco de un movimiento social–, un equipo de salud –de un centro de atención de consumos problemáticos reconvertido en hogar convivencial por efecto del ASPO– y un equipo técnico de un programa del campo de las políticas de infancia. En este capítulo nos proponemos reflexionar acerca de las nuevas demandas, los obstáculos y las innovaciones acontecidas en el despliegue de dichas intervenciones. Más precisamente, nos preguntamos: ¿cómo delimitar los alcances de los procesos psicosociales desencadenados por los dispositivos configurados a partir de la estrategia de la IAP? ¿Cómo comprender las dinámicas de transformación social que emanan de dichos procesos?
Puntos de partida conceptuales
Para el desarrollo de las intervenciones psicosociales que llevamos adelante apelamos a la estrategia de la IAP (Montero, 2004). Esta, más que una opción metodológica, se constituye como un posicionamiento ético-político, epistémico y ontológico que pone el centro en la praxis. Es decir, en la noción de que el conocimiento se produce a través de la acción, que la acción debe ser transformadora de las situaciones que producen malestar y padecimiento en función del orden socio-histórico existente. Pero, además, esta acción debe ser emprendida por los/as propios/as sujetos/as que vivencian las injusticias y las consecuencias de la subalternidad social.
En este contexto, la IAP implica posicionarse desde una ciencia social crítica comprometida con la acción para transformar el mundo, en contraposición al paradigma positivista, que interpreta la praxis como simple manipulación tecnológica y control racional de los procesos naturales y sociales (Fals Borda, 1987). Pero para ello es necesario operar en la producción de procesos de concienciación crítica. Pues, como señala Baró (1996), la opresión no es una opinión o un sentimiento, sino un hecho objetivo, enraizado en sistemas sociales políticos-económicos objetivos, y para los sectores socialmente subalternizados es esencial aprehenderlos. De allí la importancia de la intervención psicosocial sobre los procesos de desnaturalización y pensamiento crítico.
Ahora bien, la noción de transformación social, como eje central de la psicología social comunitaria, es actualmente objeto de debate. Algunas autoras como Montenegro, Rodríguez y Pujol (2014), que advierten acerca del impacto individualizante de las formas contemporáneas del capitalismo sobre el desarrollo de la psicología social comunitaria, señalan que esta tendencia opera en el sentido de la captura de sus principales conceptos y la pérdida del potencial crítico. En consecuencia, se producen prácticas acríticas, voluntaristas e ingenuas que se alejan del objetivo de generar cambios sociales profundos. En cambio, el enfoque crítico pone énfasis en la determinación social del malestar y orienta la transformación social, como horizonte de las prácticas, hacia los factores macroestructurales, en tensión con las dinámicas institucionales y los procesos micropolíticos que organizan la vida cotidiana y el modo de vida social, comunitario y singular. De modo que las intervenciones psicosociales no pueden dejar de considerar la dimensión socio-histórica de los procesos que se proponen abordar, como así también los procesos subjetivos e intersubjetivos.
Es en el marco de los procesos socio-históricos que se configura la subjetividad. Entendida como articulación entre lo social y lo individual, la subjetividad conforma un sistema de sentidos subjetivos que se producen en función del contexto y de las complejas formas de organización social (González Rey, 2013). Pero, a su vez, se trata de un sistema en constante desarrollo, dado que el sujeto individual, a través de su acción, es capaz de producir sentidos subjetivos contrapuestos a la subjetividad social dominante. Por lo tanto, los procesos psicosociales se entienden dentro de un dinamismo constante y de heterogeneidad de actores en tensión, pero con capacidad de agencia. De allí que el carácter participativo adquiera una relevancia significativa, ya que “es un proceso metodológico que no puede llevarse a cabo sin la presencia y colaboración de las personas cuya situación se busca transformar, porque ellas mismas forman parte de ese proceso” (Montero, 2004, p. 143).
El camino metodológico para la reflexión sobre las experiencias de intervención psicosocial
La metodología denominada “sistematización de experiencias”, a través de la cual estos procesos de intervención de IAP pueden ser registrados y evaluados, a la vez abre nuevos interrogantes para futuros procesos de acompañamiento. Desde una lectura transversal de las experiencias se buscará realizar un trabajo de reflexividad crítica sobre las dinámicas de intervención desarrolladas con el objeto de construir indicadores de transformación social de las experiencias, apuntaladas en la validación pragmática y semántica de estas.
El concepto de experiencia, referido a la sistematización de estas, puede ser, en principio, distinguido del de información (Jara, 2010). Mientras que el proceso de sistematización de la información se ajusta a la organización y esquematización de datos, el abordaje de la experiencia supone tomar como objeto un proceso socio-histórico que es llevado a cabo por los actores que participan o han participado de este. Según Verger (2006), la sistematización de experiencias puede ser definida como
… el proceso de reconstrucción y reflexión analítica sobre una experiencia de acción o de intervención mediante la cual interpretarla y comprenderla. Con el proceso de sistematización se obtiene un conocimiento consistente que permite transmitir la experiencia, confrontarla con otras experiencias o con el conocimiento teórico existente. Así, se contribuye a la acumulación de conocimientos generados desde y para la práctica, y a su difusión o transmisión (p. 4).
En otras palabras, la sistematización de experiencias puede ser asumida como una práctica de reflexión crítica sobre los desarrollos de las intervenciones comunitarias, en la que se permite pensar, esquematizar y transmitir el tránsito, los resultados e interrogantes de estas instancias. Según Acosta (2005), la sistematización de proyectos tiene tres objetivos: en primer lugar, que los/as actores/as analicen sobre los qué, los cómo, los porqués y los para quién de las acciones realizadas; en segundo lugar, provocar procesos de aprendizaje; y, en tercer lugar, explicar los resultados obtenidos para mejorar experiencias futuras.
Jara (2010) también aporta que este proceso de sistematización requiere un aspecto crucial para el análisis, como lo es la interpretación crítica, puesto que no se trata de realizar una narrativa de la situación experimentada, sino poder comprender con profundidad la dialéctica entre los cambios y la resistencia hacia estos en relación con los procesos socio-históricos que la gestaron. Es así como, en un sentido político, la práctica que conlleva esta interpretación crítica debe constituirse como un proceso de transformación social.
Caracterización de las experiencias
Con el objeto de poder avanzar en un abordaje transversal y reflexivo sobre los interrogantes planteados en torno a las experiencias desarrolladas en el contexto de la pandemia del COVID-19, optamos por seleccionar dos experiencias: una con un colectivo de trabajadoras ferroviarias y otra con trabajadoras de la salud de CeSAC. Cada una de ellas refiere a diferentes tipos de experiencias en función del vínculo y la historia del colectivo de trabajo desde la universidad con el colectivo de referencia, el ámbito de trabajo y el alcance de la intervención psicosocial propuesta. Las principales fuentes de información que nos permitieron construir el proceso de sistematización fueron las planificaciones de trabajo, las crónicas de las actividades, los cuadernos de campo y los productos desarrollados a partir de las experiencias.
En el caso de las trabajadoras ferroviarias, desde el año 2016 venimos trabajando de manera conjunta en el acompañamiento frente a situaciones de violencia de género en el ámbito laboral y doméstico. Más precisamente, en conjunto con una agrupación sindical de mujeres realizamos diversos talleres y actividades vinculadas a la problemática. En contexto de pandemia, en abril de 2020 se desarrolló un taller sobre prevención de violencia de género involucrando el impacto de la pandemia en las mujeres. El taller constó de tres encuentros virtuales y la producción de un material audiovisual realizado por las 26 participantes, cuyo objetivo fue visibilizar los malestares percibidos por las trabajadoras en el contexto de la pandemia, así como también sensibilizar a sus compañeros varones ante el aumento de las cargas del trabajo de cuidado y la reactualización de las prácticas discriminatorias de género en el ámbito del trabajo. En el caso de las trabajadoras del sistema público de salud, se trabajó con integrantes de equipos de atención primaria pertenecientes a cuatro CeSAC con quienes nuestro equipo universitario sostiene un vínculo desde hace años. En 2020, se realizaron cuatro encuentros virtuales con participantes de ocho equipos de salud para reflexionar e intercambiar opiniones acerca de los efectos de la pandemia en las trabajadoras de la salud.
Descripción analítica de las experiencias
Los dos espacios con los que realizamos los procesos de intervención fueron diferentes. En el caso de las trabajadoras ferroviarias se trata de un colectivo de mujeres participantes de una organización feminista sindical, con una historia de organización gremial y en el marco de un trabajo de agenciamiento de las mujeres en el colectivo más amplio del gremio ferroviario. Esto constituyó un puntal relevante para la organización de la intervención dado que existía la posibilidad de capitalizar experiencias de trabajo conjunto prepandemia y, a su vez, existía una memoria acerca de cómo coordinar acciones entre ellas y cómo construir demandas. En cambio, en el caso de las trabajadoras de la salud de los CeSAC, si bien se conocían previamente y tenían experiencias comunes de participación en diferentes espacios, no estaban conformadas como colectivo previamente al espacio cogestionado en el proceso de intervención.
Otro aspecto diferencial entre las experiencias fueron los tipos de demandas que suscitaron las intervenciones puntuales. Si bien todas estuvieron atravesadas por la pandemia del COVID-19 y su impacto en la vida cotidiana y en la dinámica de las organizaciones, mientras que para las trabajadoras ferroviarias la demanda se orientaba a producir un reencuentro entre las trabajadoras para potenciar la reorganización colectiva, para las trabajadoras de los CeSAC remitió al abordaje del malestar o desgaste laboral producido por la pandemia, en el marco de fuertes presiones en cuanto trabajadoras de la primera línea en el sistema de salud.
En cuanto a los obstáculos identificados en el desarrollo de las intervenciones, los hallamos de diferentes tipos. Un primer aspecto general fue el propio contexto de la pandemia del COVID-19 que había impactado en la organización del trabajo mediante la conformación de burbujas, cohortes y personas con licencias o dispensas que se encontraban en sus hogares. Junto con las medidas de ASPO, esto implicó que las diferentes actividades se realizaran de modo virtual, con diferentes accesos a la conectividad, diferentes conocimientos de los dispositivos tecnológicos y diferentes contextos en los que las personas se conectaban: sus casas, sus lugares de trabajo y el transporte público de camino a casa, entre otras modalidades.
Un segundo obstáculo refirió a la propia lógica del trabajo virtual que incidió en la durabilidad de las actividades, a la reducción del tiempo dedicado a estas, así como también a los espacios de encuentro pre- y postarea que muchas veces permiten trabajar sobre la viabilidad de los encuentros al reconocer diferentes afectos y rostridades que pueden ser recuperados en los espacios de trabajo conjunto. A su vez, en el caso de la intervención con las trabajadoras de los CeSAC se adiciona como obstáculo la diferencia de intereses y expectativas con respecto al espacio.
En cuanto a los facilitadores de las intervenciones se destaca la presencia de referentes claves de los dos grupos que promovieron la realización y participación en las actividades y el compromiso de estos con las acciones acordadas. Otro aspecto facilitador fue la propia virtualidad, que, si bien implicó limitaciones ya señaladas, al mismo tiempo resultó el medio más viable para el desarrollo de las acciones. Finalmente, en el caso del colectivo de las trabajadoras ferroviarias, se resalta como facilitador a la relación de confianza con el equipo, configurada previamente en función de las actividades realizadas en cogestión que fueron condición de posibilidad de la nueva demanda en pandemia.
Pensar en los alcances de las intervenciones, pensar en las dimensiones de la transformación social
Cuando reflexionamos sobre los alcances de las intervenciones desde la psicología social comunitaria, vuelve sobre la discusión el horizonte de la transformación social. Como sostiene Montero (2010), no se trata de modificaciones o cambios acotados, desligados de las circunstancias socio-históricas en las cuales se producen los procesos de intervención. Tampoco son definitivos dado el carácter complejo de los conflictos presentes en las sociedades humanas, ya que involucran un conjunto de tensiones dinámicas entre diferentes planos: el singular, referido a la construcción de sentidos y posicionamiento subjetivo de las personas que participan en los dispositivos coconstruidos; el colectivo, que alude al conjunto agenciado de participantes; y finalmente el social, que refiere al vínculo del colectivo con las instituciones sociales con, para, sobre, desde y contra las que configura su agencia. Es decir, este colectivo se constituye como sujeto político con capacidad deseante, creativa, confrontativa, de enunciación y exigibilidad de derechos. A su vez, estos planos operan entre sí en forma dialéctica.
La dimensión temporal atraviesa estos planos de manera diversa. En el plano singular y colectivo, algunos aspectos de la transformación pueden tornarse asequibles de una manera más próxima, por ejemplo, en el marco de un proceso de intervención, a través de ejercicios de reflexividad crítica que permiten la resignificación de la propia historia (lo singular) y de construcción colectiva de acciones creativas para abordar los problemas y malestares identificados (lo colectivo). En cambio, las transformaciones en el plano social suelen dar cuenta del devenir de un proceso de agenciamiento a mediano o largo plazo.
Ahora bien, volviendo sobre las dos intervenciones referidas: ¿dónde “vemos” la transformación social en las experiencias desarrolladas? En primer lugar, identificamos que el ejercicio de reflexión crítica en cada uno de los encuentros de las dos experiencias permitió identificar relaciones de poder y mecanismos de opresión a partir de desnaturalizar y desideologizar las prácticas cotidianas. La reflexión crítica fue clave en la posibilidad de situar las experiencias cotidianas vinculadas al malestar generado por el contexto de la pandemia y los procesos de trabajo, vividas como personales, en relación con experiencias similares vividas por las demás compañeras en el caso de las ferroviarias y los demás equipos de salud, en el caso de los CeSAC. Asimismo, esta desprivatización de la experiencia personal favoreció su resignificación desde las coordenadas socio-históricas generadas por la pandemia.
Este ejercicio de concientización permitió también el reposicionamiento subjetivo de muchas de las participantes de los espacios de intercambio colectivo, ya que favoreció el reconocimiento de la otredad: compañeras/es de trabajo, usuarios/as y otras/os trabajadoras/es también afectados por las nuevas coordenadas espacio-temporales de la pandemia, así como las políticas de cuidado-descuido a nivel de políticas sanitarias e institucionales.
En torno al propósito de operar sobre las propias experiencias cotidianas fuentes de padecimiento, la participación en los espacios colectivos se tornó una participación comprometida que permitió consolidar al grupo de las trabajadoras ferroviarias disgregadas por el ASPO y comenzar a conformar una grupalidad en el caso de las trabajadoras de salud de los CeSAC. En el marco de sendos dispositivos cogestionados, se identificaron virtudes y potencias grupales y se cocrearon estrategias para abordar el malestar. A su vez, el rescate de las herramientas o recursos que fueron útiles para otros colectivos, a partir de vincular la propia experiencia de lucha con la de esos otros, permitió recuperar la memoria histórica que incidió en el proceso de trabajo y, particularmente en el caso de las trabajadoras ferroviarias, implicó acciones que propiciaron el “hacerse oír” en espacios públicos, visibilizar sus problemáticas, activar mecanismos institucionales para denunciar vulneraciones de sus derechos o reclamar por su vigencia e interpelar a otros compañeros/as y equipos de trabajo.
En este contexto, las estrategias y acciones de resistencia frente a la pandemia del COVID-19 y las políticas de descuido tanto de las políticas estatales como institucionales que forzaban a los colectivos a trabajar en condiciones de mayor precariedad, de exposición innecesaria a riesgos psicosociales y de aumento de las cargas de trabajo de cuidado tanto doméstico como laboral permitieron configurar políticas de cuidado colectivas para politizar el malestar y construir una agenda para la exigibilidad de derechos.








