Artistas y activistas: habitar el centro como una forma de resistencia social
Rebeca Moreno Zúñiga y Mario Alberto Jurado Montelongo
Resumen
Ante el discurso oficial de una zona abandonada por sus habitantes y en franco deterioro, que justifica una renovación urbana del centro metropolitano de Monterrey, es relevante analizar los cambios y dinamismos que el centro presenta hoy y que ocurren a la par del proceso de gentrificación que se viene desarrollando. Si bien el centro ha perdido habitantes aún existen en él barrios residenciales fácilmente identificables y nuevos habitantes que han decidido hacer de este un lugar para residir y/o efectuar proyectos culturales, sociales y hasta comerciales
En esta ponencia presentamos los resultados de nuestras observaciones y las entrevistas a artistas y activistas del centro de la ciudad de Monterrey como parte de uno de los objetivos planteados dentro del proyecto más amplio “Permanencias, transformaciones y tendencias. El proceso de gentrificación en el centro metropolitano de Monterrey”. Nuestro objetivo consiste, entonces, en analizar las formas en que algunos habitantes, particularmente artistas y activistas, del centro metropolitano de Monterrey lo habitan como una forma de resistencia al proceso gentrificador que sufre este lugar.
Palabras clave
Gentrificación; gentrificación inmobiliaria; Centro metropolitano de Monterrey.
I. Introducción
Uno de los procesos de renovación urbana más importantes que ha experimentando el centro de Monterrey fue el desarrollado para la construcción de la Gran Plaza (conocida popularmente como la Macroplaza) en 1983. El proyecto fue una acción emprendida “con objeto de liberar terrenos en el centro de la ciudad para impulsar la inversión de actores privados” (Melé, 2006: 235) y edificar un gran distrito de negocios.
El discurso al que se recurrió fue el de la rehabilitación de un espacio de la ciudad decadente, en crisis, tal como lo refiere Enrique Torres, funcionario de la administración estatal de Martínez Domínguez: “Una de las razones por las cuales se construyó la Macroplaza fue regenerar una zona que estaba obsoleta” (entrevista con Enrique Torres López, director general de Agua y Drenaje durante el gobierno estatal de Alfonso Martínez Domínguez, 21 de febrero de 2008). Sin embargo, para Patrice Melé (2006), estudioso del caso, “la destrucción de un espacio urbano en crisis” (p. 239) no fue más que una dramatización que estigmatizaba la zona como peligrosa y conflictiva. En realidad se trataba de un espacio vivo, con funciones comerciales (por ejemplo las ópticas), recreativas (los cines) y habitacionales.
La Macroplaza no logró concretar los planes de convertir el centro de Monterrey en un Central Business Park, debido a que los inversionistas privados (los dueños de las grandes empresas regiomontanas) ya se habían adelantado a los planes del gobernador Martínez Domínguez y habían adquirido terrenos en San Pedro Garza García. En este municipio, en el que muchos tenían sus casas y en donde el precio de los mismos era accesible y había agua, se desarrolló la zona Valle Oriente, proyecto al que el gobierno no se opuso, contribuyendo al desarrollo de vialidades[1] (Melé, 2006). Ante este revés, algunos compradores de los terrenos adyacentes a la Macroplaza congelaron los proyectos de construcción y esperaron el desarrollo de la zona.
Otras obras urbanas se realizaron en las sucesivas administraciones, tales como los llamados megaproyectos urbanos, Parque Fundidora, Línea 1 del Metro y Santa Lucía (primera etapa) (Garza, 2003). La principal característica de estas obras fue la entrada del capital privado en la realización de las mismas, que actuó de manera conjunta y bajo diversas modalidades con el Gobierno del Estado (coinvirtiendo o en comodato). En estos casos, la figura del fideicomiso fue esencial para permitir una mayor libertad de acción y de negociación al Estado. “El fideicomiso tiene como uno de sus objetivos centrales promover la inversión privada y crear los mecanismos de coparticipación entre el inversionista que financia el proyecto y el gobierno que concesiona el terreno por un largo período para garantizar su rentabilidad” (Garza: 2003: 186).
Dentro de estos megaproyectos urbanos, se planeó unir la Macroplaza con el Parque Fundidora[2], creando un canal artificial en parte de lo que fue el río Santa Lucía. Primero se empezó en 1993, la construcción de la Plaza de los 400 años y el Museo de Historia Mexicana (Garza, 2003). Posteriormente, se construyó un auditorio al aire libre, se extendió el canal y se construyeron los andadores, la plazoleta y los jardines; todos inaugurados en junio de 1996. Dado que, tanto los fondos públicos como el crédito estaban agotados, el fideicomiso comercializó el patrimonio inmobiliario. A finales de 2001 no se habían edificado comercios y residencias, como estaba proyectado, y se presentaba el riesgo de correr con la misma suerte que cuando se construyó la Macroplaza, ya que esta es una zona de sectores bajos y populares (Garza, 2003).
Lo que se conoce como la segunda etapa del Paseo Santa Lucía, se inició durante el gobierno estatal de Natividad González Parás. Santa Lucía se proyectó como el escenario de un evento cultural de dimensiones internacionales: el Fórum Universal de las Culturas Monterrey 2007.
Estas obras de renovación urbana, contienen algunos rasgos de gentrificación, entendida esta como el “fenómeno de reconquista de las áreas centrales y de las zonas consolidadas de las ciudades por el poder económico, particularmente cuando se trata de la apropiación de esos espacios por parte de los agentes inmobiliarios privados y sus operaciones de capitalización de renta del suelo” (Casgrain y Janoshka, 2013, p. 21).
Los cambios han ocurrido bajo el liderazgo del gobierno estatal que ha tenido como objetivo construir condiciones para motivar la inversión privada en los espacios liberados. El trabajo de destrucción, regeneración, renovación y rehabilitación de espacios urbanos en el centro de la ciudad de Monterrey tuvo efectos en la imagen externa de la Zona Metropolitana, a tal grado que aumentó y reorientó el flujo de turistas hacia estos espacios urbanos.
Explícitamente, no han existido obras de este tipo destinadas a mejorar la calidad de vida de la población residente del centro de la ciudad. No obstante, tuvieron efecto en su funcionalidad, principalmente, se tradujeron en una expulsión de población de las zonas de renovación y de las aledañas[3].
De acuerdo a la interpretación de estos “macroproyectos” se considera que responden más a fortalecer la imagen de la ciudad que a transformar la ciudad real (Prieto, 2011); a trivializar el patrimonio histórico de la ciudad (Casas, 2015) o a crear una marca de ciudad (Moreno, 2016).
Actualmente, según El Plan de Desarrollo Urbano de Monterrey 2013-2025, existen propuestas municipales que van destinadas a una racionalización de los espacios urbanos del centro de la ciudad, haciendo énfasis en los usos mixtos del suelo, pero aún no se han implementados claramente. Una de las actuales preocupaciones en el centro de la ciudad es la existencia de 1.200 viviendas abandonadas, por eso es que el Plan contempla un redensificación de este espacio urbano.
El centro de la ciudad de Monterrey ha sido importante desde principios del siglo xx como una zona de residencias de la población de altos ingresos, hasta los años cincuenta, cuando paulatinamente este grupo de pobladores empezó a ubicarse en las zonas aledañas y posteriormente, en una segunda etapa, se movilizaron hacia el poniente de la ciudad y hacia otro municipio asentado en las faldas de la Sierra Madre. También, conviene comentar que en los años treinta y cuarenta del siglo xx se empezó a desarrollar un asentamiento de población de clase media en el centro de la ciudad, en una zona intermedia entre la ubicación de las grandes empresas industriales (como Vitro y Cervecería) y el casco antiguo de la ciudad. Así, se formaron y/o fortalecieron los barrios de la Luz, de El Chorro, entre otros (Tamez, 2007).
Lo que ha pasado en este centro de la ciudad de Monterrey es que el proceso de movilidad voluntaria de parte de la clase alta hacia otros espacios de la zona urbana y esta aparente expulsión de la clase media, que ha iniciado en los años ochenta y noventa,[4], no ha tenido, actualmente, su contraparte como una “recuperación” de este apreciado espacio central. Cavazos (2007) ha mencionado que después del abandono de las antiguas familias del centro de la ciudad, se empezó una “obra destructiva” que se reflejó en una pérdida de identidad (p. 25).
Por eso no es raro que se hable del centro como un lugar abandonado, sujeto a la anarquía, al deterioro y a la falta de identidad. Entonces, la cotidianidad de la gente que habita el centro actualmente se la puede considerar como una señal de resistencia frente al proyecto hegemónico de recuperación comercial y “residencial” promovido desde los gobiernos estatales y municipales. Esta cruzada oficial para capitalizar y concentrar los espacios urbanos en beneficio de intereses privados poco a poco se ha estado fortaleciendo con los proyectos verticales que actualmente se están desarrollando en la Zona Metropolitana de Monterrey. Prácticamente el 24% de estos proyectos que se están construyendo son en el centro de Monterrey (De la Rosa, 2017).
Así es importante dar cuenta de esta resistencia de la población residente, en ocasiones involuntaria, que al igual que los intereses fortalecidos por el capital inmobiliario, intentan aprovechar y explotar racionalmente la ubicación privilegiada del centro reflejada en la oferta de servicios urbanos y bajos costos de traslado.
Nuestro objetivo consiste, entonces, en analizar las formas en que algunos habitantes, particularmente artistas y activistas, del centro metropolitano de Monterrey, lo habitan como una forma de resistencia al proceso gentrificador que sufre este lugar.
Planteamiento del problema
Al centro se le llama “el primer cuadro” de Monterrey, que hasta antes de finales del siglo xix, era el lugar del comercio, de los servicios, de las empresas, de la administración de la ciudad y de la residencia de sus habitantes. Con la industrialización, llegaron los espacios exclusivamente residenciales. Las primeras colonias crecieron alrededor de la industria que se había instalado en las periferias de este primer cuadro. La industria empezó a impulsar a los barrios obreros aledaños a los centros de trabajo, como la colonia obrera en la zona oriente, enseguida de Fundidora; la colonia Vidriera en la zona norte, enseguida de la empresa Vidriera Monterrey, entre otras colonias.
El centro ha perdido residentes, pero aún existen en él barrios residenciales fácilmente identificables (barrio de La Luz, barrio de la Purísima, barrio Mediterráneo, entre otros) y nuevos habitantes que han decidido hacer del centro un lugar para residir o para efectuar proyectos culturales, sociales y hasta comerciales en él.
En este momento se pueden identificar, al menos, cuatro procesos en el primer cuadro de la ciudad que pudieran llevarnos a desarrollar un proyecto de investigación sobre lo que está ocurriendo en él y hacer prospectiva sobre este.
Primero, se observan una serie de actividades que podemos denominar como parte del proyecto de vida de personas y colectivos tendientes a reproducir una forma de vida recreativa, artística y cultural. Tal es el caso de la aparición de pequeños cafés, algunos de los cuales son gay friendly, mercados de productos artesanales y orgánicos, talleres de serigrafía, escuelas de bailes, creación de banquetas artísticas, entre otras.
En segundo lugar y particularmente después de los momentos más álgidos de violencia, empezamos a observar una serie de actividades económico-comerciales tendientes a revitalizar el centro, en este sentido, tales como la construcción de edificios de departamentos (La Capital, El Semillero, entre otros), restaurantes de comida vegana, o proyectos multifuncionales, como el Pabellón M.
Un tercer proceso, que cuenta de manera más clara de la ciudad neoliberal es la liberalización de terrenos para su comercialización, expresada a través del derrumbe de casonas dejando algunas manzanas libres para su venta. Baste con dar un vistazo del primer cuadro de la ciudad en Google maps comparando 2009 y 2016.[5]
Por último, también se observa la ampliación espacial de algunas instituciones sobre las manzanas aledañas a su sede original, como lo evidencia la extensión que han experimentado algunas universidades privadas, residentes en el centro de la ciudad, como la Universidad Metropolitana de Monterrey y la Universidad Regiomontana; así también, algunos sindicatos, como el de los Trabajadores del Estado y el Sindicatos de Trabajadores Independientes, entre otros.
Los centros metropolitanos son zonas de uso heterogéneo, no predominan usos del suelo determinados como sí sucede en las periferias (Coulomb, 2009). Por eso es que al interior del centro metropolitano, sobre todo el histórico, se pueden detectar diferencias que pueden llevarnos a zonificarlo, donde predominan algunos rubros comerciales o de servicios, o donde aún existe un predominio habitacional o, finalmente, donde se desarrolla un uso del suelo mixto.
La manera de acercarnos al propósito de esta investigación parte de la existencia de varias zonas de residencia que pueden ser identificadas por símbolos urbanos, puntos de referencia o núcleos de población: Barrio la Luz; Barrio Antiguo; zona de la Purísima; Condominios Constitución; Zona de Santa Lucía; Calle Venustiano Carranza; Escuela Plutarco Elías Calles; Alameda; Central de autobuses, etc. El alcance de cada zona está determinado por el habitante o residente que se identifica con algunos símbolos o actividades (Casas, 2007).
Un texto de Salgado (2006) que analiza el proceso de renovación del Barrio Antiguo concluye que la inversión pública no llevó a un proceso de gentrificación, sino a un proceso basado en la rentabilidad de los usos del suelo. Esto permitió a los inversionistas desdeñar el desarrollo o rehabilitación de vivienda, porque la rentabilidad del uso del suelo residencial es mucho más bajo que el comercial y de servicios.
Por eso es que ahora las autoridades municipales buscan promocionar la inversión privada en edificios con usos del suelo mixtos. Con ello se buscaría aprovechar la plusvalía del terreno para impulsar también el proceso de gentrificación habitacional en el centro de la ciudad. ¿Pero qué tanto se está logrando? ¿Y cómo lo visualizan los residentes?
II. Marco teórico/marco conceptual
María Carla Rodríguez (2015) apunta que las ciudades han sido el escenario de la reestructuración urbana y las políticas neoliberales, donde los componentes urbanos se volvieron objeto de especulación. Así, la ciudad sirve a los intereses del capital y es apropiada mercantilmente, el Estado es aquí el principal orquestador (Díaz, 2015).
El papel de Estado ha sido estratégico para la entrada de los inversionistas inmobiliarios en las ciudades:
Las políticas neoliberales implicaron un cambio en la presencia, injerencia y responsabilidades del Estado […] la construcción y consolidación de nuevas institucionalidades estatales orientadas a facilitar todo tipo de instrumentos privados con fines de negocios junto con la privatización y desregulación destinadas a construir nuevas áreas de ganancias: empresas públicas, impuestos, reformas laborales, operaciones financieras. (Rodríguez, 2015, p. 210)
En los casos más extremos el Estado puede participar en las acciones de desposesión del patrimonio de familias y personas de bajos recursos, al igual que dotar de cierta infraestructura a áreas de la ciudad a las que desea que llegue la inversión privada; asimismo, elabora discursos sobre el deterioro y la amenaza de ciertas áreas de la ciudad, particularmente el centro, para avalar y crear un consenso en torno a acciones de rehabilitación y reestructuración urbana que emprende en conjunto con la iniciativa privada.
En América Latina, el Estado ha emprendido una serie de “acciones estratégicas para adecuar las ciudades a las nuevas necesidades de acumulación del capital” (Díaz, 2015, p. 14). La gentrificación es una manifestación de lo antes dicho, una primera oleada aparece en la década de los ochenta principalmente vinculada a los centros históricos, muchos de los cuales fueron declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Estos lugares, reúnen una serie de condiciones que logran el desarrollo de los sectores inmobiliarios y turísticos (Díaz, 2015).
A diferencia de las primeras expresiones de la gentrificación estudiadas por Ruth Glass[6] en el contexto del Estado de bienestar, la gentrificación latinoamericana se enmarca en el neoliberalismo (Rodríguez, 2015; Brenner, Peck, Theodore, 2015). Ibán Díaz (2015) identifica cuatro aspectos claves de este proceso en la región latinoamericana: 1) la primacía de las políticas públicas en dicho proceso; 2) la relevancia de los centros o lugares históricos; 3) el patrimonio y su uso turístico y comercial y 4) la movilización de las clases populares para dificultar los procesos y la vulnerabilidad que como consumidores en este proceso tienen las clases medias.
Al respecto, Ricardo Gómez (2015) señala que en la región se establecen una serie de políticas públicas tendientes a beneficiar a los agentes inmobiliarios. Se han creado nuevos mercados inmobiliarios cuyas manifestaciones más claras son la privatización y los cotos cerrados tanto en el centro de las ciudades como en la periferia. Por último, aparecen los actores más importantes en este proceso, los consumidores de la gentrificación o los latino-gentrificadores, es decir “la gente conectada con los trabajos del sector terciario y de ingresos medios que elige los barrios centrales, incluyendo jóvenes profesionistas, viviendo solos o en pareja, con o sin hijos” (Gómez, 2015, p. 367).
La movilización y resistencia de las clases populares
Como ya se señaló anteriormente, la gentrificación en Latinoamérica se da en el marco del neoliberalismo, siendo los sectores populares los más afectados, pues el cambio de escenario (gentrificación simbólica), las alzas en las rentas del suelo y el cambio en su uso les obligan al desplazamiento. Sin embargo, no podemos suponerlos pasivos a los cambios que sufre el lugar en el que habitan, en el cual han construido una memoria colectiva y han experimentado su trayectoria de vida.
Algunas personas pensarán que los pobres también sacan ventaja al vender sus casas al mejor precio; no debemos perder de vista que casi siempre se usan recursos normativos para que sus viviendas sean entregadas: cotizar las viviendas según su valor catastral y no comercial y usar el recurso de expropiación; esto sin contar que la gentrificación simbólica también desplaza a las personas al ir desapareciendo formas tradicionales de consumo y lugares que reproducen la memoria colectiva. Consideremos que esta apropiación de los espacios urbanos por parte de los agentes inmobiliarios urbanos privados ocurre bajo una acumulación por desposesión.
Casgrain y Janoschka (2013) consideran importante revisar la resistencia a la gentrificación, lo cual implica analizar el dinamismo de las prácticas sociales y dejar de ver fenómenos como el que aquí se analiza de una manera estática. La resistencia que aquí nos ocupa es la de artistas y activistas que desarrollan sus actividades en el centro metropolitano de Monterrey.
III. Metodología
Los resultados que aquí se presentan son parte de un proyecto más amplio titulado “Permanencias, transformaciones y tendencias. El proceso de gentrificación en el Centro metropolitano de Monterrey”. La metodología que hemos utilizado para el desarrollo de este proyecto y de los resultados parciales que exponemos sigue un enfoque cualitativo de carácter exploratorio. Las técnicas utilizadas para la recolección de los datos han sido las observaciones in situ, a través de recorrido a pie por el centro metropolitano; el mapeo de manzanas que componen la zona, a través de Google maps comparando dos momentos, 2008 y 2016, y las entrevistas semiestructuradas de final abierto.
IV. Análisis y discusión de datos
Habitar el centro como forma de resistencia
En este trabajo consideramos que el discurso de un centro abandonado, decadente y peligroso manejado por el Estado y difundido por los medios de comunicación ha sido un recurso utilizado para justificar la obras de reestructuración urbana realizadas por el gobierno del estado de Nuevo León y que tiene sus antecedentes en la destrucción que ocasionó la edificación de la Macroplaza. Si bien podemos considerar que existen amplias zonas del centro abandonadas, esto obedece a diversas causas, por una parte, algunos de estos terrenos son producto de la liberalización de terrenos que vía expropiación se hicieron a los habitantes durante las obras de la Macroplaza y el Paseo Santa Lucía; otra causa se debe a las propiedades intestadas o a los elevados precios de venta, que no han sido regulados por el Estado, ni en el monto, ni en el tiempo de venta. Sin embargo no puede considerarse el total abandono del centro, este sigue vivo y con una existencia muy dinámica.
Los entrevistados fueron activistas, artistas y comerciantes o prestadores de servicios, algunos combinan dos o más de las actividades mencionados, sus edades van de los 40 a los 50 años, todos son hombres y se dedican al activismo social, la promotoría cultural y las actividades comerciales de nuevo cuño (restaurantes gourmets, tiendas vintage o de productos artesanales); los colectivos a los que pertenecen son La banqueta se respeta, Caminando en mi barrio y Vecinos del Centro de Monterrey. La mayoría de ellos llegó a vivir al centro en los años noventa o principios de los dos mil.
Los entrevistados refieren que vivir en el centro es lo mejor que les ha pasado, esta experiencia fue antecedida por una idea muy romántica del centro. Así se lee en los siguientes comentarios: “El centro es un lugar más bohemio que cualquier otro”[7]; “Yo soy un enamorado del centro, soy regiomontano y siempre he admirado el Barrio Antiguo… decía algún día voy a vivir en Santa Lucía”[8]; “Yo crecí en San Nicolás… y el centro era como ¡wow!, era excitante, era padre ir al centro… yo tenía la idea del centro como el lugar”[9]; “Como que se crea otro cosmos, otra forma de ver y estar en la vida… hay una frase que les digo a mis amigos y familiares ‘vivir fuera del centro es vivir en el error’”.[10]
Así también se expresaron sobre las ventajas de habitar este centro metropolitano. Una de las más mencionadas fue el ahorro en los traslados, ya que la movilidad en el centro se hace a pie o con bicicletas; por esta misma razón el uso del coche queda reducido a los trayectos que se hacen a los municipios metropolitanos. Casi todos los entrevistados refirieron haber vivido en la periferia del área metropolitana y haber tardado de una hora a hora y media para llegar a su trabajo o a sus actividades cotidianas. La realización de diversas actividades laborales y/o colectivas son parte de las ventajas que señalaron los entrevistados:
Buscábamos tener acceso a nuestro trabajo, a nuestras actividades, somos artistas, gente dedicada a la cultura, al arte, a la música, al video, a la foto, entonces aquí en el centro siempre ha sido el centro de actividades de todas estas áreas.[11]
Asimismo, las desventajas de habitar el espacio central, de acuerdo a las personas entrevistadas, son el descuido de la infraestructura y el equipamiento urbano: falta de luminarias, banquetas inadecuadas para caminar, la basura en la calles; la inseguridad de algunas áreas –algunos comentaron que fueron asaltados–; el ruido causado por el transporte urbano y la celebraciones de manifestaciones públicas, como las finales de fútbol o las peregrinaciones al Santuario de la Virgen de Guadalupe.
El activismo social como forma de resistencia
Una de las razones más importantes que está presente en los informantes es el activismo social y la promotoría cultural. Al respecto, Luis Berzosa (2016) apunta
Pertenezco al colectivo Caminando en mi Barrio, donde pues hacemos el trabajo de las banquetas […] con una técnica que se llama trencadis, que es utilizar los mosaicos rotos y con eso se forma arte. Bueno, nuestro colectivo está utilizando esta técnica artística para crear comunidad, que fue precisamente lo que se creó en el barrio El Neyajote.
El remozamiento de las banquetas bajo la técnica referida, de acuerdo a Luis Berzosa, ha hecho partícipes a los vecinos, de inicio son los vecinos los que deben autorizar la intervención en las banquetas; su participación ha consistido en la aplicación de la técnica o se acercan a observar, a conversar, lo que ha potencializado la convivencia entre vecinos y con los integrantes del colectivo. Asimismo, esta intervención ha propiciado, en parte, el cuidado y arreglo de las casas por parte de los propietarios.
Saúl Escobedo, artista, integrante del colectivo Vecinos del Centro de Monterrey y habitante del centro por más de una década, ha consolidado una asociación de vecinos de los barrios Mediterráneo y Purísima, quiene se reúnen todos los martes por la noche, desde hace ya cuatro.años. La mayoría de los que están en este grupo son antiguos propietarios cuya propuesta es proteger el patrimonio arquitectónico del centro; tienen miedo de que los grandes edificios que les tapen la vista, el aire, el sol. Se han estado informando de los planes de reestructuración urbana que el gobierno del estado de Nuevo León tiene en conjunto con las empresas inmobiliarias y están objetando el discurso oficial que dice “en el centro no vive nadie”. El grupo también tiene presencia en las redes sociales, a través de Facebook, donde la mayoría de los integrantes son jóvenes. Aunque pareciera que son dos grupos sin comunicación alguna, tanto unos como otros saben acerca de lo que se debate en cada uno de ellos, esto es gracias a los interlocutores, que informan a ambos grupos de integrantes del colectivo.
Los colectivos a los que se hace referencia están compuestos tanto por los antiguos habitantes del centro como por los recién llegados. Ambos tiene una idea clara de rescate del centro: si bien abogan por una renovación del centro, esta debe hacerse sin dañar el patrimonio arquitectónico del lugar y respetando las áreas habitacionales. Estos grupos tienden a oponerse a la gentrificación de los grandes grupos inmobiliarios.
V. Conclusiones
Actualmente la Zona Metropolitana de Monterrey tiene un poco más de cuatro millones de habitantes y está compuesta por nueve municipios. El centro de Monterrey ha tenido una relevancia en los últimos años debido a que la zona urbana ha crecido de forma extensa y desordenada, de tal manera que vivir actualmente en las periferias de esta gran metrópoli resulta altamente costoso, ya que los centros educativos y de trabajo están relativamente lejos de las zonas residenciales. Por eso, las autoridades han considerado impulsar las construcciones verticales, sobre todo, las que se concentren en el centro urbano o a su alrededor, ya que con esto se busca acercar al trabajador a su fuente de trabajo y así disminuir el uso de los vehículos motorizados. Los proyectos que se están promocionando y autorizando son los que contemplen el uso mixto del suelo. El problema radica en que estas opciones están destinadas a una población de altos ingresos, lo que limita el plan exitoso de renovación del centro y reduce sus beneficios sociales.
Fuera de estos planes, existe una población de jóvenes y adultos profesionistas que con sus propios proyectos y estilos de vida han decidido espontáneamente también acercarse a una zona que les permita tener una vida más integral, donde puedan desarrollar todas sus actividades cotidianas sin tener que desplazarse en automóvil. En este texto nos referimos a un grupo de este sector que se han instalado en el centro de la ciudad y que se dedican a actividades creativas y artísticas. En cierta manera ellos también con sus actividades están transformando simbólicamente el centro, ya que observamos una gentrificación que implica el establecimiento de nuevos sonidos (la música de los antros del Barrio Antiguo), olores (el de los cafés y los restaurantes veganos) y sabores.
Entonces, de la mano de esta última gentrificación han llegado nuevos habitantes al centro, algunos en los años noventa y otros a principios de los dos mil, quienes se han opuesto a la gentrificación inmobiliaria y han emprendido una serie de actividades artísticas culturales y de intervención social como forma de resistencia. Estas acciones han incluido a los vecinos de más antigüedad y se ha desarrollado una consciencia de lo que está ocurriendo en el centro metropolitano de Monterrey.
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- Todavía, en esos primeros años de la década de los ochenta, los precios del terreno por metro cuadrado eran mayores alrededor de la Macroplaza que en la zona de Valle Oriente. La estrategia del gobierno estatal era financiarse con la diferencia obtenida entre la compra (o expropiación) y venta de los terrenos, de tal manera que, los empresarios participantes se convertirían en uno de los actores principales que ayudarían al gobierno estatal a recuperar la inversión de la construcción de la Macroplaza (Fitch, Iga, Murguía, 2007).↵
- Fundidora de Monterrey fue una de las grandes empresas que dieron origen a la industrialización de la ciudad de Monterrey a principios del siglo xx. En 1986 se cierra esta fuente de trabajo que daba empleo a más de 6 mil trabajadores. Su área de 142 hectáreas, en 1988, se transforma en un gran parque ecológico por decreto del gobierno federal. Actualmente más del 50% de su espacio está privatizado y se usa para fines comerciales (Jurado, 2016).↵
- Fue un desplazamiento inmediato de la población que vivía en las áreas y en las aledañas de destrucción y renovación. Pero también debemos de considerar a la población que posteriormente tuvo que emigrar del centro debido a que las nuevas obras crearon zonas comerciales y de entretenimiento que alteraron las condiciones de vida comunitaria al aumentar el ruido, la contaminación y el tráfico y, por lo tanto, disminuir la calidad de vida.↵
- No conocemos sobre este proceso, suponemos su existencia, tomando en cuenta que se ha dado un despoblamiento del centro de la ciudad del 50% de acuerdo a los datos de los censos de población de 1990 y del 2010 (Salgado, 2006; INEGI, 2010). No obstante, es un proceso que está en una nueva etapa ya que en la década del 2000 al 2010 se ha estado observando un relativo repoblamiento que ha estado deteniendo esta tendencia hacia el despoblamiento agudo. La repoblación se realiza por dos vías: mediante la construcción de vivienda vertical por el capital inmobiliario y por la llegada espontánea de jóvenes y adultos profesionistas que utilizan el tipo de vivienda horizontal ya existente y en algunos casos le realizan renovaciones parciales, de acuerdo al estilo de vida que buscan desarrollar.↵
- En esta revisión notamos que, primero, se realiza un proceso de compra venta del bien inmueble y después una destrucción de la construcción que existe en el predio. Posteriormente, se reactiva un proceso de compraventa del lote baldío a precios más altos. Un tercer paso es la generación de un proyecto de construcción que pasa por la evaluación municipal, que últimamente ha sido muy permisiva, y finalmente se presenta una nueva construcción comercial, de servicios y en algunas ocasiones residencial, pero siempre bajo la forma de vivienda vertical. El otro tipo de proceso es el de renovación que busca aprovechar lo ya existente, generando un proyecto que transforma sin destruir. Pero está predominando el proceso de destrucción-construcción que está terminando paulatinamente con el modelo de vivienda de finales del siglo xix y principios del siglo xx y que utilizaba al sillar como principal material de construcción.↵
- Ruth Glass fue quien acuñó el término gentrificación para mostrar el desplazamiento de la clase obrera por miembros de la clase media en el Londres de mediados del siglo XX (Olivera, 2015).↵
- Entrevista realizada al artista, músico, diseñador y activista Chucho Colate, 12 de diciembre de 2016, Monterrey, N. L.↵
- Entrevista a Luis Berzosa, ingeniero, promotor cultural y activista, 20 de julio de 2016, Monterrey, N. L.↵
- Entrevista a Saúl Escobedo, artista y activista, 17 de agosto de 2015, Monterrey, N. L.↵
- Entrevista a Ángel Sendic, artesano, comerciante y promotor cultural, 12 de julio de 2017, Monterrey, N. L.↵
- Entrevista a Saúl Escobedo.↵










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