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Conclusiones

En estas últimas páginas quiero recuperar el argumento central de la tesis, luego ensayar relecturas y finalmente dejar planteados algunos interrogantes que han surgido de este trabajo.

A partir de los relatos de las entrevistadas hemos podido comprender cómo el espacio del sexo comercial articula un conjunto de funcionamientos en términos del mercado sexual con algunos sentidos y valores morales-sexuales. La prostitución emerge como un dispositivo que produce y consume cuerpos, deseos y dineros marcados diferencialmente en términos de género, clase, edad y raza/nacionalidad. Este dispositivo opera en un terreno indeterminado respecto de la legalidad, pero que en todo caso desoye y desprotege a estas mujeres, y está signado por la abyección.

Al comienzo de esta tesis me preguntaba cómo las mujeres lograban habitar o transitar este lugar inhóspito de la prostitución atravesado por las vulnerabilidades y asediadas por el estigma de puta. Una de las respuestas a esta pregunta se liga a la concepción del sexo comercial, el sexo que venden a los clientes, como un trabajo. Esta concepción es compartida por todas las mujeres entrevistadas y para todas implica buscar la forma de obtener el mayor rédito económico posible. Luego, para algunas esto entraña negar el carácter sexual a las prácticas que tienen con los clientes, para otras pocas sigue siendo sexo pero con una faceta comercial y para muchas esto supone poner límites a determinadas prácticas, al tiempo y al espacio donde se trabaja. Esta concepción del sexo como trabajo se liga íntimamente con otra de las respuestas al interrogante inicial: los procesos de desdoblamiento y ocultamiento. El desdoblamiento forma parte de las tácticas fundamentales para las mujeres que hacen sexo comercial. Aunque apunta mantener a la desarticulación entre los mundos fuera y dentro del “ambiente”, el secreto responde a la misma estructura de fronteras que las que permiten concebir como un trabajo al sexo. El lugar limítrofe de la prostitución se habita construyendo fronteras. Pero este no es un proceso sencillo ni lineal, por el contrario, encuentra diversos obstáculos, atraviesa contradicciones y reversiones. En este escenario, las respuestas de las entrevistadas muestran algunos matices que nos permiten comprender con mayor profundidad los alcances de estas construcciones de sentidos.

La experiencia de comenzar a hacer sexo comercial aparece narrada desde lugares marginales, sea con mayor o menor capacidad de agencia. El relato de esa experiencia la muestra como un efecto de condiciones materiales apremiantes y un mercado laboral restringido. Aunque hemos visto que los modos de entrada al mercado sexual pueden ser diversos –bajo presiones, engaños y/o protecciones de distintos actores–, la prostitución aparece como un lugar ajeno donde muy pocas logran reconocerse. Cuando aparece este reconocimiento está signado por un carácter expresamente coyuntural –sobre todo entre las más jóvenes y las escorts en particular– o por la ambivalencia que se manifiesta incluso entre las que se autodenominaban “trabajadoras sexuales”.

Desde esa experiencia de entrada, más o menos consciente para ellas, las mujeres comienzan a aprender la dinámica del mercado del sexo a partir de sus propios cuerpos. Esto supone una actualización de las pautas de valor erótico en términos del mercado sexual. Si bien algunas mujeres pueden ser conscientes de su capital erótico (e incluso utilizarlo fuera del mercado sexual, por ejemplo, para conseguir favores), en el sexo comercial deben traducir este valor monetariamente y comprender cuánto dinero puede producir el propio cuerpo y en qué condiciones. La estructura del mercado sexual implica que para la difícil tarea de lograr capitalizar el dinero se requiere de un rápido aprendizaje –para aprovechar el valor erótico de la juventud– y de ciertos recursos para lograr la autonomía.

La incursión en el sexo comercial podría funcionar como intento de fuga de la disciplina y resignación que el mercado laboral les impone a las mujeres, especialmente a las de las clases populares. Pero la estigmatización viene a reasegurar que la ganancia de capital económico sea compensada por la pérdida de capital simbólico, amenaza de pérdida multiplicada si se atreve a salir de la invisibilidad. Así las ganancias costosamente obtenidas aparecen como dinero difícil de manejar, cuya suciedad simbólica inicial complejiza la administración e impone su secreto. Sin embargo, también vimos que esta no es una propiedad intrínseca ni ad infinitum del dinero, pues luego también el dinero circula como regalos o como “ayudas” hacia ellas o de ellas hacia sus familias. Es el pago por la “salida” el que lo marca como “dinero sucio” cuando las mujeres comienzan a hacer sexo comercial. Luego, la redistribución de este dinero hacia la familia y en especial hacia los hijos/as, permite redimir el origen ilegítimo del mismo, o al menos lo silencia.

Entonces la entrada en el sexo comercial supone aprender a manejar no sólo el propio cuerpo –desplegando tácticas para rentabilizarlo–, sino también los mundos de relaciones con las compañeras, con los proxenetas, con la policía y con las propias familias. Para las que entran en el sexo comercial en el marco de la relación de amor-coacción que plantean los maridos-proxenetas los mundos dentro y fuera del ambiente se articulan bajo el signo de la explotación intrafamiliar. Sin embargo, el carácter más explícitamente expoliativo y violento de estos vínculos habilita muchas veces un alejamiento, de la mano de la desaparición del velo romántico. El esfuerzo que requieren estas separaciones no parece posible sin el apoyo de otras compañeras. Para las que no tienen un marido-proxeneta los vínculos familiares van a estar signados por la dinámica del secreto, que también influirá en el aislamiento de las compañeras.

En torno al secreto y la efectividad de las tácticas de desdoblamiento, como en relación a las posibilidades de cierta autonomía, se expresan las variaciones más importantes entre las ciudades incluidas en esta tesis. Hacer sexo comercial en Buenos Aires, Rosario o San Juan implica diferencias a nivel de las formas de inserción en el mercado sexual –sobre todo a causa de la diversa legislación y del accionar de la policía– y a nivel de las relaciones con los grupos familiares y los otros significativos –especialmente por las variaciones en la visibilidad y las posibilidades de sostener el ocultamiento–.

A su vez, esto último puede ligarse también a las complejidades que supone la organización en las ciudades de menor tamaño. Los procesos de organización y las solidaridades entre las mujeres que hacen sexo comercial se enfrentan no sólo a las diversas violencias (física, simbólica, económica) del mercado sexual, las dinámicas de atomización, competencia y la re-estigmatización entre compañeras, sino también a la invisibilidad que impone el secreto como forma (infra)política. El intento de segregar los mundos dentro y fuera del “ambiente” tiene un costo monetario, el silencio intrafamiliar se paga con los aportes económicos, y otro costo político donde la elusión del estigma se paga con el aislamiento respecto de las compañeras y especialmente de las organizaciones.

Si el desdoblamiento y el secreto son parte de las formas de transitar la experiencia de hacer sexo comercial, otra clave es la forma en que se manejan las relaciones sexuales. Esto supone la concepción del sexo comercial “como un trabajo” y la construcción de los límites que organizan el sexo-servicio. En la delimitación de zonas o las modalidades para trabajar, los horarios, la seducción-indagación y el control del tiempo de los encuentros, se ponen en marcha límites y tácticas para intentar ganar dinero y eludir la violencia física y simbólica.

Buena parte del esfuerzo por poner límites en el sexo comercial se funda en la necesidad de continuar siendo una “mujer normal” y que el salto de la barrera moral de entrada en la prostitución no implique caer al vacío. Tener sexo para ganar dinero, sin amor ni un vínculo de pareja, se permite bajo condiciones especiales, pues no se busca poner en cuestión la frontera que distingue entre “mujeres” y “putas”, sino simplemente desplazarla unos metros. El placer sexual, los enamoramientos y acceder a tener cualquier práctica sexual con los clientes o con otras mujeres, aparecen como las nuevas barreras que demarcan la aparición de las verdaderas “putas” (las “trolas de alma”).

Los límites a las prácticas sexuales construyen otro mapa del cuerpo para el sexo comercial y al mismo tiempo intentan rescatar provincias para el amor. Por un lado, un movimiento desterritorializa prácticas sexuales (especialmente el sexo oral y el coito vaginal con preservativo) de la codificación sexo-amorosa. Por otro lado, estas prácticas son reterritorializadas en la codificación sexo-mercantil donde se tasan en relación al capital erótico y otras variables más coyunturales (las tarifas de la zona o de las otras compañeras, las necesidades económicas). Las que recurren a este nuevo mapeo delimitan otras zonas interdictas (la boca en el beso, el contacto sin preservativo, el ano, entre las más comunes). Los dos sentidos en que las entrevistadas hacían trabajo emocional reflejan estos dos movimientos. Hacia adentro, la inhibición del placer y el enamoramiento, emociones que sólo deben aparecer en la intimidad, lejos de las relaciones comerciales. Hacia afuera, la inhibición del asco y las performances románticas cargadas de simpatía, excitación o afecto, entre aquellas que hacían servicios “onda novia” como forma de incrementar ingresos, obtener pagos “extras” o lograr transformar un cliente en “fijo”.

Estos límites no son (y no pueden ser) barreras fijas. Fruto del esfuerzo performativo e iterativo, objeto de batallas marcadas por las asimetrías, los límites muestran sus fallas, sus desplazamientos, sus borrones, tránsitos y redefiniciones. Tanto las divisiones que separan la carrera en el sexo comercial de otros trabajos; aquellas que mantienen aparte a las familias o del “puterío”, o las que intentan segregar sexo comercial y dinero de los afectos, la intimidad y el placer; todas estas fronteras son a la vez cuidadosamente trazadas, sostenidas con esfuerzo y burladas, removidas o redibujadas, pero difícilmente ignoradas.

Aun cuando concebir las prácticas que se tienen con los clientes como “trabajo” implica ciertos desplazamientos, esto no necesariamente supone cuestionar las concepciones asociadas al sexo, especialmente aquellas que lo asocian a la intimidad, al amor y a lo no-comerciable (pues a veces la concepción del “trabajo” implicaba que el sexo-servicio era pensado como un no-sexo). En los relatos de las entrevistadas muchas veces las posibilidades de resignificación de las relaciones con los clientes aparecen en las márgenes del sexo comercial, donde se desdibujan las fronteras que oponen matrimonio y prostitución. El matrimonio por un lado y el sexo comercial por el otro constituyen regulaciones de los intercambios sexuales económicos, en uno parece primar una lógica estatal-religiosa y en el otro la lógica mercantil, pero esta división no impide fugas y tráficos de sentidos[1].

Las fronteras que delimitan el sexo comercial y los vínculos puramente mercantiles que este supone son demarcaciones porosas. Los vínculos sexuales que entablaban las entrevistadas mostraban un abanico de posibles relaciones que estructuraban circulaciones de distintas prácticas sexuales-corporales, emociones y afectos, y dineros o bienes bajo diversas modalidades. En el siguiente cuadro he organizado, esquemáticamente, estas relaciones como forma de sintetizar lo planteado anteriormente.

Intercambio económico

Intercambio Sexual

Duración

Exclusividad

Intercambio emocional

Cliente nuevo u ocasional

Pago “salida”

Sexo-servicio con límites

Efímera

Ninguna

Ninguno

Cliente-Amigo

Pago “salida”

+ Ayudas

+ Regalos

Sexo relajado (- límites y puede incluir placer)

Larga

Depende del arreglo con las compañeras

Afecto e intimidad pero no amor

Amante-Renta

Ayuda

+ Regalos

Sexo relajado

Larga

Apariencia de exclusividad

Amor material / Performance romántica

Novio

Regalos pero no dinero

Sexo con placer

“Hasta tanto”

Fidelidad coyuntural

Amor contingente

Pareja

Manutención

Cariño (más que placer sexual)

“Para toda la vida”

Fidelidad

Amor material

Marido-proxeneta

Explotación

1º sexo con placer

2º Evitar el sexo

Hasta la emancipación

Ninguna

Amor Romántico

Cuadro 2. Relaciones sexo-económicas y afectivas.

Lejos de representar un modo unívoco de intercambios los relatos de las experiencias de las mujeres que hacen sexo comercial muestran un abanico de relaciones (entre las cuales también surgen encabalgamientos). Los diferentes tipos de vínculos nos muestran que el sentido denigratorio de la venta de sexo puede llegar a ser negociado mediante la imposición de límites para preservar ciertas porciones de identidad libres de polución (y la implementación de tácticas para incrementar las ganancias). Pero este sentido desvalorizante puede ser también redefinido donde aparecen vínculos de larga data, que, sin borrar asimetrías ni intereses económicos, incorporan afectos y permiten poner entre paréntesis la devaluación simbólica. Esto muestra que dichas construcciones simbólicas y los valores que se les asocian son fruto de relaciones sociales inscriptas en la historia y en las estructuras sociales, que son relaciones de clase, de género, etc., pero cuyos sentidos no están escritos de una vez y para siempre. A su vez esto implica un punto importante: las resignificaciones y revaloraciones del sexo comercial no dependen únicamente de los procesos de reconstrucciones o críticas que las mujeres puedan llevar a cabo –participando en organizaciones o fuera de ellas–, sino también de las posiciones que asuman quienes compran sexo.

Quiero hacer un señalamiento que retoma un detalle pequeño pero significativo.
Las entrevistadas llamaban simplemente “amigos” a algunos clientes que yo he denominado clientes-amigos. El objetivo de esta denominación fue distinguirlos de aquellos que eran únicamente amigos. Esta distinción permite ver otra arista de la frontera que separa la vida privada del sexo comercial. Hemos visto cómo una relación puede transformarse y un cliente puede devenir un cliente-amigo o incluso una pareja. Sin embargo, en los relatos de las entrevistadas el tránsito no ocurre en sentido contrario (es decir que un amigo o una ex-pareja pase a ser un cliente). Incluso cuando lo plantee como mera posibilidad las mujeres veían como insostenible este pasaje. Esto muestra que tampoco las permeabilidades borran la frontera que impide comercializar el sexo a cualquier persona. Aunque sea difícil sostener la barrera (como en el caso del enamoramiento o cuando se tiene una pareja y se continúa haciendo sexo comercial) también es difícil hacerla desaparecer.

Si en las relaciones intersticiales con los clientes-amigos algunas podían sentir que no estaban “trabajando”, en otras oportunidades la concepción del sexo comercial como un “trabajo” refuerza la estructura de desdoblamiento. Aquí “trabajo” equivale a desimplicación subjetiva. Los contenidos de “esfuerzo” y “dignidad” que se asociaban al trabajo eran más o menos problemáticos para su articulación con la prostitución, la remuneración y el dinero como intercambio impersonal y fin último de la actividad permite entender cómo se piensa el sexo “como un trabajo”.

En términos políticos esta concepción pone en una situación difícil a las organizaciones. Por un lado, el uso universal de la denominación “trabajo”, así como su efectividad en términos pragmáticos, implica fuertes contradicciones para las organizaciones que se oponen al enfoque laboral. Si la narrativa de la victimización puede ser una de las ordenadoras de las experiencias en la prostitución, esta se carga de ambivalencia cuando las mujeres siguen “trabajando” e incluso sostienen las pautas que distinguen a las buenas “profesionales”. Pero, por otro lado, las buenas profesionales –en las concepciones de la mayoría de las entrevistadas, a excepción de algunas escorts– son las que no se implican personalmente en el trabajo, especialmente las que ponen límites, no sienten placer y mantienen su intimidad aparte. Tras estas barricadas sigue acechando la “puta”, entonces la identificación como “trabajadora” resulta mucho más problemática y sólo posible bajo una fuerte ambivalencia.

Sin una crítica de las concepciones de sexualidad la identificación con las tareas realizadas es muy difícil. Identificarse como “prostituta” podía ser un efecto de diferenciación de las “putas”, aquellas que se entregan al placer y/o se enamoran y “se regalan”. Pero en este caso, las consecuencias en términos de micropolítica son peligrosas pues continúan afirmando la moral sexual que sanciona a algunas mujeres como “putas”. Si la idea de “mujer” está marcada por su sexo, la “puta” aparece como un exceso de mujer que la anula. Allí donde el amor y la inscripción en la familia inscriben el sentido moral del sexo, la “puta” es el desborde, sobresexualización que será sancionada como “mala mujer”. La construcción ambivalente de las identidades en torno a la prostitución articula varias interpelaciones además de la de prostituta/puta, mujeres, consumidoras, y entre ellas destaca el binomio prostituta-madre. Aquí, la maternidad aparece como intrínsecamente valiosa y es abrazada por casi todas más allá de las edades, las clases y otras diferencias. “Ser madre” es esgrimido como una legitimación incuestionable que parece desterrar todas las ambivalencias de su seno (o al menos mantenerlas silenciadas por el terror que despiertan, recordemos aquí el pánico frente la mirada de los hijos e hijas como jueces implacables, ¿o es que aceptan algún soborno?). La figura asexuada de la “madre” sirve como contrapeso de la hipersexualización de la “puta”, pero en ningún caso pone en cuestión el valor significativo de la denominación de “puta”, ni aparecen elementos que apunten a una posible desarticulación.

Las tácticas de desdoblamiento pueden ser más o menos efectivas contra la estigmatización, pero implican una doble estructura que se carga de ambivalencia. El desdoblamiento que atraviesa las experiencias de las mujeres que hacen sexo comercial puede remitirnos a la noción de habitus desgarrados. Bourdieu plantea que estos habitus emergen en posiciones sociales que reflejan un bajo grado de “cristalización” del estatus ocupado, corresponden “a posiciones contradictorias, aptas para ejercer sobre sus ocupantes ‘dobles coerciones’ estructurales” (1999: 210). Estos son habitus “divididos contra sí mismos, en negociación permanente consigo mismos y con su propia ambivalencia, por lo tanto condenados a una forma de desdoblamiento, a una doble percepción de sí y también a las sinceridades sucesivas y la pluralidad de identidades” (Bourdieu, 1993: 446).

Sin embargo, también podemos interpretar esta ambivalencia como una potencial crítica. He señalado, siguiendo a Bhabha, la ambivalencia y la mímica que se articulan en las identificaciones subalternas como prostituta-madre, una que performa el sexo pero “como un trabajo” y otra que cuida de sus hijos/as como si fuera una “mujer normal” pero con el dinero de la prostitución. Ambas podrían cuestionar los estereotipos montados en torno a una y otra figura: la “normalidad” y “santidad” o asexualidad de las madres, así como la “perversión” y lujuria de las prostitutas. También cuando se contrastan las posiciones con aquellas que ocupan las esposas emerge una crítica del supuesto desinterés de la unión matrimonial en el marco del amor romántico, tal como varias entrevistadas dejaban entrever. En términos más generales, el cuestionamiento podría extenderse a diversos nudos simbólicos: los controles y estructuras –tanto del mercado sexual como matrimonial o románticas– que producen y regulan sexualidad y deseo, la falta de deseo en el trabajo capitalista, y la división público/privado que deja al sexo del lado de la intimidad y lo supone aislado de la mercantilización. No obstante, estos cuestionamientos podrían hacerse efectivos bajo la condición de que se abandone el ocultamiento, el secreto y la estructura de desdoblamientos, para poder mostrar la coexistencia de ambas identificaciones y hacerlas estallar. El secreto opera aquí como táctica que elude la sanción, pero también evita discutir los sentidos sobre la prostitución, o mejor dicho, silencia las voces de las principales implicadas.

Preguntas abiertas

Una de las preguntas que surge de los problemas abordados en esta tesis vuelve sobre una discusión importante para el feminismo. Para transformar el conjunto de tácticas elusivas y de supervivencia en una resistencia que busque disputar la hegemonía de los sentidos estigmatizantes de la prostitución, ¿es necesaria una política de identidad? Aun dejando en suspenso esa pregunta, que ya ha suscitado grandes debates, es posible pensar lo problemático de intentar una lucha contrahegemónica, que implica una disputa abierta y en el espacio público, a partir de formas de identificación cuya característica es el ocultamiento. Entonces resulta importante reflexionar sobre las posibles estrategias políticas de los movimientos de mujeres tomando en cuenta las características locales de las mujeres que se hallan implicadas.

Del trabajo de esta tesis emergen también algunos señalamientos a nivel teórico. La mirada del interaccionismo simbólico no suele hacer foco en el peso de los factores más estructurales, sin embargo, ha sido útil para sostener un enfoque no esencialista sobre las identidades. Algunas lecturas del enfoque interaccionista desarticulan esta potencia anti-esencialista (ver por ejemplo Brook, 2009, que interpreta los conceptos de Hochschild leyendo al trabajo emocional como una simulación que se opone a un yo verdadero). Si bien Goffman no se posiciona explícitamente al respecto, puede hallarse una clave para esta cuestión en sus descripciones de los vaivenes de la incredulidad a la creencia y de la sinceridad al cinismo con que los actores interpretan papeles. Este punto, así como la concepción del sí mismo como efecto dramatúrgico, habilitan lecturas que descentran el sujeto y su identidad. Mi propia interpretación y uso de esta teoría en esta tesis ha partido de comprender que no es posible una distinción clara y estática entre un yo y las performances dramatúrgicas, pues caemos en el riesgo de una mirada esencializante y reduccionista. Varias investigaciones sobre mercados sexuales muestran la irrelevancia de la “autenticidad” de las emociones que entran en juego, pues las performances muchas veces producen desplazamientos desde lo ilusorio a lo afectivo. En este sentido, creo que en el cruce entre los estudios de la subalternidad y el interaccionismo puede construirse una herramienta teórica, ciertamente compleja, pero potente para el análisis. Aquí emerge un campo de interrogación que requiere investigación teórica para continuar potenciando esta articulación de enfoques.

Otro de los puntos a señalar surge a partir de la investigación de esta tesis. La escasa producción local hace manifiesta la necesidad de llevar a cabo más investigaciones empíricamente enraizadas y en mayor diversidad de mercados sexuales. A fin de lograr una mejor comprensión de las características variables que asume el comercio sexual sería importante investigar en particular sobre las modalidades de “escorts”, la prostitución de varones, y además conducir investigaciones de mayor extensión que permitan conocer y dimensionar mejor la economía política de la prostitución en el contexto argentino.

Al mismo tiempo, el análisis sobre la noción de trabajo ha puesto de relieve la especificidad local de las formas de pensar el “trabajo sexual” que, como señalé, se diferencian del sex work de las activistas norteamericanas. Esta especificidad supone no sólo la necesidad de realizar una investigación comparada que permita destacar las particularidades de la noción de “trabajo sexual” en las reapropiaciones locales, sino que de la mano con ella emerge una necesidad de generar nuevas formas de comprender la prostitución y, más generalmente, la sexualidad y el amor por fuera de las miradas que podríamos llamar “humanistas”. Varias/os autoras/es vienen sosteniendo que es necesario comprender a la prostitución dentro de un continuo de intercambios económico sexuales. Pero resta profundizar sobre las formas de pensar las sexualidades que ocurren en estos distintos intercambios. Buena parte de ellos reclama pensar la sexualidad como una producción maquínica, como apunta Perlongher, esta es una producción difícil de comprender bajo los criterios de peligro o placer. Las formas de sexualidad que se apartan de la matriz normativa, ya no por el costado del sexo-género, sino por la ausencia de deseo sexual (y que por ello aparecen como no-sexuales), implican esfuerzo, desarrollo de técnicas, y se calibran entorno a los márgenes de rentabilidad o explotación. Y estas formas de sexualidad merecen ser atendidas en sus particularidades.


  1. Me permito un breve comentario respecto a esto. En el marco del matrimonio, sustentado en el discurso del amor romántico, aparece más clara la intervención del afecto y el sexo suplantando la circulación del dinero por los llamados “bienes gananciales”. El matrimonio se plantea así como una instancia que se diferencia del mercado –y por ello la ley indica que no puede haber compra venta entre los cónyuges–. No obstante, el mercado y su lógica se hacen presentes, tanto en los comienzos de esta sociedad conyugal, donde existen los contratos prenupciales –descendientes modernos del matrimonio morganático–, como en los finales donde los juicios por divorcio muestran la desaparición del marco amoroso y el enfrentamiento descarnado por los bienes.


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