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3 Carreras en el fango

De la experiencia de trasgresión a las reglas del mercado

En este capítulo haré una lectura de las experiencias de las mujeres en el sexo comercial a partir de dos aspectos ligados entre sí: las formas que toman sus carreras y las reglas que rigen el mercado sexual.

Las carreras, en el sentido goffmaniano, son tanto “carreras morales”, ligadas a las identidades, como carreras profesionales en términos de mercado. Utilizo la idea de carrera considerando esta característica particular:

Una de las ventajas del concepto de carrera consiste en su ambivalencia: por un lado, se relaciona con asuntos subjetivos tan íntimos y preciosos como la imagen del yo y el sentimiento de identidad, por el otro, se refiere a una posición formal, a relaciones jurídicas y a un estilo de vida y forma parte de un complejo institucional accesible al público. Gracias al concepto de carrera podemos, pues, oscilar a voluntad entre lo personal y lo público, entre el yo y su sociedad significativa. (Goffman, 1992: 133)

Para los objetivos de esta tesis el énfasis está puesto sobre el primer punto que señala Goffman. Pero este doble aspecto del concepto de carrera me permite articular el nivel experiencial y las transformaciones en la autoimagen con las características del mercado laboral y sexual, ese es el núcleo del presente capítulo.

Entonces, de un lado, primero buscaré comprender las formas en que las entrevistadas dan significado a sus experiencias de entrada en el sexo comercial y sus motivaciones. Aquí no me centro en las causas objetivas que llevan a las mujeres a la prostitución, sino en las reconstrucciones narrativas que ellas hacen de este proceso. En el análisis veremos cómo se entrecruzan constantemente las dimensiones morales-simbólicas con aquellas económico-monetarias. Esto nos da una idea de los desafíos que enfrentan las mujeres que entran en el sexo comercial y cómo afectará sus carreras y posibilidades de retiro.

Del otro lado, en la segunda sección abordaré las formas que adquiere el mercado sexual, y especialmente cómo son experimentadas e incorporadas (o no) sus normas, se vinculará directamente con las posibilidades que marcan el desarrollo de las carreras. En este sentido, el fango en el título del capítulo alude metafóricamente a las propiedades complejas del sexo comercial como mercado estructurado al margen de la legalidad. El análisis aborda estas propiedades desde las miradas de las entrevistadas para comprender mejor las diversas maneras en que impactan sobre sus experiencias.

Carreras en el sexo comercial

En esta sección abordo las carreras en el sexo comercial, los distintos modos de entrada y las formas en que emergen estos relatos, las experiencias iniciales y motivaciones, y, finalmente las salidas y los reingresos. El análisis de estos aspectos pone en juego el entrecruzamiento de concepciones de moral sexual y aspectos económicos y laborales. A este doble aspecto se refieren Brewis y Linstead (2000b) al señalar dos dimensiones de la carrera de las trabajadoras sexuales: la carrera comercial (business career) y la carrera moral, que se cruzan constantemente.

La entrada en el sexo comercial impacta también sobre los procesos de identificación, a los que seguiremos aludiendo a lo largo de la tesis. Aquí es útil recordar lo señalado por Goffman respecto a los tipos de carreras morales de los estigmatizados según el momento en que perciban su estigma. En el caso de las mujeres entrevistadas su carrera moral corresponde a la de quienes conocen su estigma en un momento tardío, estos

son individuos que han realizado un conscienzudo aprendizaje de lo normal y lo estigmatizado mucho antes de tener que considerarse a sí mismos como personas deficientes. Es probable que tengan un problema especial para re-identificarse consigo mismos, y una especial facilidad para la autocensura. (Goffman, 1986: 48)

Repuestas sin preguntas. Entradas y justificaciones económico-morales

La sanción moral que cae sobre las prostitutas me llevó a ser cuidadoso de no emitir juzgamientos en las conversaciones. Por ejemplo, busqué evitar la pregunta sobre por qué habían comenzado a hacer sexo comercial, pues esta interrogación podía interpretarse como un cuestionamiento moral. Sin embargo, la fuerza de la interpelación estigmatizante hacía que, aunque comenzara pidiéndoles que describieran con sus propias palabras la actividad que realizaban, varias respondían justificando su entrada en el sexo comercial (particularmente para mantener a sus hijos/as, o por no tener una educación que les permitiera buscar otro sustento). En otras ocasiones, al conversar sobre sus inicios y primeras experiencias emergía un relato justificatorio paradigmático. Algunas dijeron tener intacto” el recuerdo del primer día e incluían detalles sobre las necesidades económicas (casi siempre asociada a los hijos e hijas o la familia[1]) situándolas como impulso fundamental; o sobre el paso por otros trabajos en situaciones precarias –frecuentemente como empleada doméstica– con remuneraciones demasiado bajas como para sostener a sus familias.

Yo me fui de la casa de mis viejos con la niñita, cuando tenía un año, dos años la bebé. Y me fui a la casa de un tío, de vivir re cómoda con gas natural, mi camita, mis viejos que me hacían de todo, ¿Viste cuando vivís con tus viejos que tenés todo, la ropita planchadita, todo? Me fui a vivir a un saloncito que tenía el baño afuera, sin techo, al lado de un gallinero y piso de tierra, viviendo con mi hija ahí y dije: “No, yo no quiero volver a la casa de mis viejos, pero tampoco quiero que mi hija pase esto porque yo no lo he pasado”, ahí hice claro, era sí o sí. Con lo que yo ganaba limpiando, cortando el pelo y enseñaba alumnos, como yo terminé el secundario agarraba a los pendejitos de la villa –en una villa viví–, agarraba a los pendejitos de la villa y les enseñaba, les cortaba el pelo, estaban ardidos de liendres y piojos, los mocos por acá, vos no sabés, dije: “No, no, no sirvo para esto y tengo que salir de acá”. Y menos mi hija, ella ni se acuerda porque era un bebé, viví, ponele, tres, cuatro meses, un poquito más, ahí, me prestaban en una casa, viste, era un lote hogar que primero hacen la, la casita rápida, que hacen una piecita y le instalan un baño, bueno, y después le hacen una casa linda, bueno, yo me fui a vivir a la casa del fondo al lado de un gallinero, había un olor, no, no. Me acuerdo que tenía que calentar agua en una garrafita, que nunca había tenido gas envasado ¿Me entendés? (María)
Entonces me quedé sin trabajo […] justo cuando yo me quedé sin trabajo, mi mamá cayó internada… eh… por un… gastroenteritis… Y necesitaba medicamento y todo eso. Y la señora esa se fue sin pagarme el mes entero. Me había quedado sin gas, se nos venció la luz… Tengo dos hermanos más chicos, tengo uno, en ese tiempo tenía trece y el otro nueve… Siete tenía el otro. Y… no tengo, digamos, mi mamá está separada de mi papá hace quince años. Y éramos las únicas, digamos, que nos ayudábamos. Mi mamá cayó internada, estuvo como dos semanas internada. […] Entonces encontré a otra chica y me dice… Yo andaba re bajoneada ¿viste?, mal, porque no teníamos ni para comer… la luz cortada, mi mamá internada, un bajón total. Y me dice la chica… me dice: “¿Qué te pasa?” “No, –le digo– tengo problemas familiares” “Uh, qué bajón –me dice– ¿En algo te puedo ayudar?” Me dice: “¿Necesitás plata?”, me dice la chica, ¿viste? “Sí, la verdad que necesito plata. Necesito un trabajo ya” Entonces me dice: “Uh, ¿tan mal?” “Sí –y le empecé a contar– mi mamá está internada hace dos semanas, tengo mis dos hermanos, no tenemos para comer, nada” Y me dice: “Uh, ¿y vos no te animás?”, me dice, ¿viste? Y le digo: “¿Animarme a qué?” “A trabajar” (Sabrina)

Irene, me decía: “Atrás de todas nosotras siempre tenés…este. Atrás de cada piba que trabaja hay una historia y todas son tristes. Si las escuchás, ninguna va a ser linda y alegre. Todas son tristes”. Alexandra Oliveira (2004) entiende estos relatos como “técnicas de neutralización”, formas de justificar las trasgresiones morales por seguir un principio moral superior (en este caso mantener a sus hijos/as o familias). Otros estudios han señalado el papel de estas “historias tristes” como modo de impresionar a clientes –para obtener un mayor pago (Gaspar, 1985)– o a miembros de ONG, religiosos o investigadores (Blanchette y Silva, 2009). Renan Freitas afirma que la pregunta por los comienzos es “clásica” y por ello las mujeres estandarizan las historias para responder rápidamente y sin dar lugar a otras preguntas (1985: 108).

En mi lectura, estos relatos sobre los comienzos de las entrevistadas en el sexo comercial permiten conocer, más que las presiones económicas o de otras índoles, el valor que dan a la familia y los hijos/as en la construcción de la propia identidad. Además, en el nivel de detalles que se incluyen y en lo repentino del surgimiento de estas justificaciones, se connota la necesidad de establecer desde el comienzo una legitimación socialmente válida para hacer sexo comercial. La familia, especialmente el papel que muchas de las entrevistadas tenían como madres, aparece como la legitimación que más generalmente y que primero se expone para comenzar explicando “cómo llegaron ahí”.

Otro planteo frecuente en las entrevistas era que antes de empezar a hacer sexo comercial jamás habían imaginado hacer “algo así”. Incluso aquellas que dijeron que habían tenido una mirada crítica o prejuiciosa hacia “este trabajo” tampoco lo situaban dentro de sus expectativas y requirieron buenos motivos para comenzar.

Yo nunca critiqué si el trabajo este… o antes de empezar a trabajar, yo jamás lo critiqué, me pareció un trabajo más, pero yo hasta los 16 años, que empecé a trabajar, siempre fui de la idea que yo nunca iba a hacer una cosa así. Me costó tener un motivo, pero nunca pensé que iba a tener un laburo así. Y bueno, por la situación que me llevó mi familia. (Mariana)

Según Goffman (1986), la forma en que se reconstruye la experiencia inicial de la carrera moral permite enmarcar las creencias de las personas estigmatizadas. Poner al sexo comercial como un emergente de una situación económica crítica y lejos de sus expectativas constituye una forma de distanciarse de la actividad. Esta lejanía, más presente entre las mujeres de mayor edad, muestra que aunque se haya trasgredido la norma cultural que impide cambiar sexo por dinero, ello no supone que se cuestione el orden que ella implica, y este carácter de inimaginable denota la concepción del vender sexo como una zona de abyección[2].

La distancia que las separa del sexo comercial es aquella que las acerca a las concepciones más comunes sobre la actividad. Gran parte de las mujeres que entrevisté decía que antes de comenzar con la actividad miraban con “la mirada de la sociedad” a las que se dedicaban al sexo comercial. Otras lo veían como una fantasía, a través de películas o novelas

Carina: Empecé en San Luis. Estaba trabajando cama a dentro, me sentía que el pago era nada, y yo quería ayudar a mi familia, y un día pasé por este lugar en el que había luz roja y te imaginás…qué sé yo, como en las novelas, todas las novelas pasan en el prostíbulo y qué sé yo, voy a pasar…siempre pasaba por ahí, porque los días lunes iba a internarme cama a dentro, y decía, bueno: ¿Qué hago? ¿Paso, sigo? Y un día me animé.
Santiago: ¿Y cómo fue?
Carina: Les pregunté primero si necesitaban chica para limpieza, dijo que no el dueño, que él necesitaba chicas, pero no de limpieza. Imaginate, era flaca, alta, pelo largo hasta debajo de la cola, el tipo cuando me ve dijo: “acá vos pum”, y es cierto, dijo y pum.

El relato de Carina deja entrever cómo el carácter de impensado y excepcional, convive, paradójicamente, con los frecuentes deslizamientos que se dan desde otros trabajos al sexo comercial. En los propios relatos de las entrevistadas aparecía un tránsito entre las experiencias en el sexo comercial y otros empleos históricamente realizados por mujeres: cuidadora, niñera, masajista, mesera o el “trabajo por hora”[3].

Y, supuestamente yo vine a buscar trabajo por hora, en ese momento vine ahí, a la plaza, no había mucho trabajo, era así, te vuelvo a repetir, te llevaban un día, dos, hasta que un día vino una persona, que yo no conocía, y le dijo a una compañera: “quiero salir con esa fulana”. Vino mi compañera y me dijo: “sabés qué, aquel fulano quiere salir con vos”. Y yo le decía: “yo no salgo, si vos sabés que yo no salgo”. Y me decía que me iba a dar una propina. Así, hasta que me costó como… dos meses, porque me he ido sin plata para darle de comer a mis hijos. Un día que levanté y dije que dios haga lo que quiera, porque yo hago lo que que… lo que puedo, pero hoy traigo plata, como sea. (Nelly)

Aquí Nelly muestra cómo a veces el deslizamiento se facilita también por una proximidad espacial: varias de las plazas donde se ofrece sexo comercial (por ejemplo, dos de las plazas donde hice trabajo de campo, Flores y Villa del Parque) fueron y siguen siendo lugares donde se buscan mujeres para contratar como empleadas domésticas. En estos espacios compartidos se gesta una complicidad entre mujeres[4] que, en el marco de la necesidad económica, habilita el tránsito. Estas eran conocidas como plazas de “conchabe. Dos de las acepciones de este término resultan esclarecedoras: “contratar a alguien para un servicio de orden inferior, generalmente doméstico” y “dicho de dos o más personas: ponerse de acuerdo para un fin, con frecuencia ilícito.” (Real Academia Española, 2001)

La feminización y consecuente sexualización del trabajo doméstico está presente en buena parte del imaginario respecto a las relaciones entre mucamas y patrones varones[5]. Según los relatos de algunas mujeres que trabajaron como empleadas domésticas en agencias, a veces se suman requerimientos sexuales a los servicios domésticos (Puglia, 2012). El tránsito entre el empleo doméstico, visto como degradante y mal pagado, y el del sexo comercial, degradante y prohibido, pero bien pagado, es parte de los recorridos usuales entre estas mujeres y sin embargo muchas veces se experimenta como un cruce de frontera.

La sexualización de los trabajos realizados por mujeres –típica del sector servicios– no responde a una moda de management económico, según Sara Barrón López (2012), sino que implica la rentabilización de este trabajo corporal y emocional que a la vez instituye una heterosexualización y objetificación que, bajo ciertas circunstancias, puede entenderse como violencia de género[6]. El deslizamiento hacia el sexo comercial puede ser visto como un crescendo de esta sexualización y su rentabilización. Así, como vimos en el relato de Carina más arriba, las mujeres cuyas características físicas son eróticamente valuables en términos de mercado pueden percibir la viabilidad de realizar sexo comercial mientras desarrollan otros trabajos como los de masajista, mesera o cajera. La posibilidad del sexo comercial se muestra como una alternativa económicamente rentable, aunque moralmente problemática.

Cuando lo tuve [a mi hijo] conseguí trabajo de mesera. Pero igual también dejé porque las presiones […] en vez de usar una camisa como todas las meseras de ese lugar, como yo estaba dando de amamantar, tenía… un buen físico…, digamos… que se notaba… El… dueño me pidió que fuera en musculosa, para mostrar un poco más de pechos. Que aprovechara que yo tenía bastante… No me gustó porque era… antiético, segundo era discri… para mí era discriminarme, porque yo lo que estaba haciendo era… dando de amamantar a una criatura recién nacida. Que creo que todo el mundo hemos pasado por eso cuando nacemos, y no me parece que por estar dando de amamantar o por tener un par de tetas grandes, tenga que estar mostrándoselas a todo el mundo. (Luli)
Nosotras éramos como diez cafeteras [sirviendo café a puesteros en horario nocturno]. Y en ese momento se ganaba muy bien. Y la dueña en ese momento nos aclaró bien: “Si venís a trabajar, venís a trabajar. Fuera del horario del trabajo, hagan las amistades que ustedes quieran.” En ese momento yo no se me cruzaba por la cabeza, ni por ahí, ni por las tapas a qué se refería ella. (Irene)

La sexualización de los trabajos de Luli e Irene incrementaba la proximidad con el sexo comercial. Como pasos previos a cruzar la frontera y entrar al sexo comercial, Luli pasaría de los pedidos de su jefe como mesera a ser empleada como cajera en cabaret, e Irene de las insinuaciones de su jefa como cafetera a “trabajar por hora” en la casa de una “chica que trabajaba” en la zona de Flores. Sin embargo, estas proximidades entre otros trabajos y el sexo comercial rara vez son tematizadas, aunque hay algunas excepciones, en general hacer sexo comercial aparecía como una actividad “inimaginable”.

En otros casos, generalmente entre las más jóvenes, la entrada en el sexo comercial es vivida de forma menos problemática. Susy, recordando sus comienzos en el sexo comercial, me dijo que no tenía un registro de esta “entrada” como algo traumático, pues como joven actuaba impulsiva e irreflexivamente “como un animalito salvaje”. La irreflexividad y el carácter impulsivo, que Susy asocia con la animalidad, parecen alejar de lo humano, por ende de lo moral y a la vez de las sensaciones de culpabilidad. En otras ocasiones las jóvenes descubrían la posibilidad de ganar dinero teniendo sexo sin por eso hacer una asociación directa con todo el imaginario de la prostitución. Daniela y una amiga, antes de comenzar a hacer sexo comercial, “robaban” dinero de “un viejo” con el que se iban a “hacer las novias” y a partir de ello se dieron cuenta de que podían cobrar por tener sexo. Así, cuando las prácticas no están tan directamente asociadas a la “prostitución” –sino a “hacerse la novia”– disminuye el cuestionamiento moral. Otro ejemplo es el de Anahí:

Yo salía con un chico y él quería estar conmigo, pero cuando él quisiera, cuando él quisiera estar en un telo, él me llamaba, sino chau olvidate, no hacemos nada. Ahí ella [Nazareth] me empezó a contar que yo tendría que trabajar, que tendría que cobrar. (Anahí)

Conocí a Anahí por intermedio de Nazareth, una travesti sanjuanina –ella es la mejor amiga de Anahí y su mentora en el sexo comercial–. Al dialogar con Anahí noté que estaba comenzando su carrera en el sexo comercial, le pregunté cuánto tiempo llevaba haciéndolo y me dijo que apenas algunos meses[7], pero al contarme esto agregó: “ahora ya estamos acá” con una sonrisa. En esta expresión subyace el sentimiento de irreversibilidad compartido por muchas mujeres, la impresión de que al haber hecho sexo comercial, aunque sea por unos meses, se ha cruzado una frontera, aun cuando esto no sea una experiencia traumática. Esta experiencia de la entrada al sexo comercial como traspaso irreversible de una barrera, aparece más marcada entre las mujeres. No era tan visible ni en las entrevistas que hice a travestis –para quienes el sexo comercial era un momento más de su devenir trans– ni aparece en la literatura sobre prostitución masculina –donde se señala que el tránsito por el sexo comercial, aunque estigmatiza, no deja una marca indeleble (Kong, 2009). Algunos estudios conciben esta irreversibilidad como un turning point en términos biográficos[8]. Si bien aquí no hago un análisis de historias de vida, sino un recorte en términos de la experiencia dentro del sexo comercial, el carácter de irreversible sirve para caracterizar parte del sentido que asume la entrada en esta actividad para las mujeres.

Al analizar el ingreso de las mujeres en la prostitución se suele intentar entender sus causas o evaluar si esta entrada es forzada o voluntaria. Me interesa aquí poner de relieve otro punto. Comenzar hacer sexo comercial supone una “entrada” tanto más marcada cuando se liga directamente con la imagen de la “prostitución” y más sutil cuando aparece como comenzar a cobrar “aprovechando” relaciones ya existentes. Esta entrada tiene algunas características particulares: muchas veces es vista retrospectivamente como inimaginable, si bien la sexualización de los trabajos llevados a cabo por mujeres podría permitir anticiparla. Aunque el sexo comercial sea pensado como un momento pasajero para varias entrevistadas, entrar en este “mundo” supone la trasgresión de una barrera moral que, vivida más o menos traumáticamente, al no cuestionar la norma se ve como irreversible. Con mayores presiones económicas, bajo la violencia de un proxeneta, o con mayor margen de maniobra, al comenzar a cobrar por sexo aparece la trasgresión de una frontera para la sexualidad. Aquí los relatos de las mujeres de mayor edad remiten a otra forma de “perder la virginidad”: perder la “virginidad” comercial. Si el discurso romántico solía explicar la pérdida de la virginidad en las mujeres en aras del amor, la trasgresión del sexo comercial demanda otro discurso que permita comprenderla. Y si bien el carácter trasgresor de esta práctica es reconocido por todas, el significado que se da a esta trasgresión es variable, desde la culpa y el trauma hasta las justificaciones y el juzgamiento con la vara familiar, maternal o simplemente económica. Al analizar los ingresos de las mujeres en el sexo comercial no pretendo determinar si estos son forzados o voluntarios, ni tampoco dar una explicación causal[9] de los mismos. La faceta que importa a los fines de esta tesis es comprender la propia experiencia del ingreso en el sexo comercial como una fase de un posicionamiento frente a las interpelaciones y como elemento de la configuración identitaria en relación a este marco.

Del proxeneta a la protectora

Como vimos al analizar el debate feminista sobre la prostitución, hay una tendencia a enfocar la atención en el carácter forzado o voluntario de la entrada en la prostitución. Creo que esta distinción produce una dicotomía que mal podría servir para comprender las experiencias y los diferentes márgenes de agencia. Además el centrar la atención en este único aspecto impide captar otras dimensiones de la entrada en la carrera de sexo comercial[10].

Entre las entrevistadas que habían empezado en el sexo comercial con un proxeneta la mayoría habían sufrido engaños y/o coerción (analizaré los vínculos con los que he llamado “maridos-proxenetas” al referirme a las relaciones de pareja en el capítulo 6). Sin embargo, no todos los casos responden a este modelo, hay una diversidad de elementos que condicionan la entrada de formas diferentes. En esta diversidad puede haber posiciones de clase y de género más o menos compartidas, pero la presión del género y la clase puede tornarse concreta y puntual encarnada en un proxeneta (sobre todo cuando se tiene un vínculo afectivo con este) o permanecer más anónima, por ejemplo, en la marginación del mercado laboral. Tener un proxeneta circunscribe aún más los márgenes de acción e impacta sobre la experiencia y la carrera en el sexo comercial. Mientras que una posición subalterna en términos de clase y de género puede empujar al sexo comercial a las mujeres, pero sin tener un efecto tan puntual sobre su carrera y sus experiencias. En este marco de constricciones más sistémicas y anónimas aparece otro tipo de entrada en el sexo comercial y otros vínculos, marcados por el género, pero de manera distinta.

Al escuchar los relatos sobre los comienzos en el sexo comercial de varias mujeres fui notando la mediación de un vínculo entre mujeres que la literatura apenas refiere (por ejemplo, en Araújo, 2006; o Williamson y Baker, 2009; también relaciones similares, pero con características más autoritarias se mencionan en Chejter, 2001; y Soto, 1988). Muchas de las entrevistadas comenzaron a hacer sexo comercial siguiendo los pasos de una amiga, de alguna compañera de trabajo o de una mujer que les “ayudaba”. Valeria recordaba con agradecimiento a la mujer que, frente a su situación crítica, la había introducido en el sexo comercial y le había dado los primeros consejos:

Valeria: Me senté en una plaza a llorar, de tanta impotencia no sabía qué hacer: robar, pedir. No sabía qué hacer, se acerca una mujer muy adulta, que trabajaba en la calle ella ya, me vio llorando, me preguntó qué me había pasado si me había caído, no tengo plata para comer hoy ni para darle de comer a mi hijo. Ella me tuvo pena, agarró compró gaseosa, dos sándwiches para mí y para mi hijo. Ella tenía un cliente que iba a venir a buscarla a ella, que le pagaba muy bien. Entonces, me dice: “yo lo único que puedo hacer es esto, por ahora, ¿dónde vas a ir a trabajar?” Y yo en el momento dije no: prefiero sentarme y pedir en la vereda que hacer la vida que tenía ella […] ella tenía mucha experiencia y me enseñó. Algunas cosas me explicaba, si quiere tal cosa te tiene que dar más plata
Santiago: ¿Qué cosas te explicaba?
Valeria: Por ejemplo, ella me decía “si entramos al telo si quiere chuparte las tetas, vos le tenés que cobrar un poquito más porque vale un poquito más. Vos sos joven tenés que hacerte valer, no como yo que soy una vieja chota que se las arregla con lo que tiene, pero vos sos jovencita, tenés que hacerte valer”. Es lo que ella me decía, “si pide otra cosa más cobrale otro precio, porque vos lo vales”. Entonces, ahí aprendí con ella, siempre usar preservativo. Ella me enseñó bien.

Como vemos en el relato de Valeria, en estas relaciones las mentoras enseñan a valorizar su cuerpo, su juventud y cotizar las diversas prácticas sexuales por las que deben cobrar extra a los clientes. Si bien en algunas oportunidades estas mujeres cobraban algún porcentaje sobre los ingresos de las que se iniciaban, en muchos casos hacían de “protectoras” sin recibir dinero a cambio. Uso la denominación de “protectora” para referirme a este vínculo pues a veces las mujeres hacían referencia a las chicas más jóvenes que adoptaban como “protegidas”. También denomino “mentoras” a estas figuras. Ambos términos me permiten señalar los aspectos de cuidado y de aprendizaje presentes en estos vínculos. Esta relación de protección y mentoría, no tiene una denominación estable en el ámbito del sexo comercial ni tampoco en la literatura específica, es una relación que permanece invisibilizada, como suele suceder con las alianzas entre subalternas.

Goffman señala que en las relaciones de los estigmatizados con sus “iguales” –“conocedores por experiencia propia de lo que se siente al poseer ese estigma”– estos pueden “enseñarle las mañas del oficio” (1986: 32). A partir de estas relaciones podemos comprender mejor cómo se pueden traspasar las fronteras morales y subjetivas que supone el vender sexo, sin necesidad de apelar a las presiones de un proxeneta. Las experiencias de entrada en el sexo sitúan en lugares distintos a las mentoras y los proxenetas: éstas son recordadas con aprecio y gratitud, aquellos son despreciados, odiados o desterrados de la memoria. Un punto importante que explica esta diferencia es que las mentoras son vistas como pares, como colegas con mayor conocimiento, no sólo introducen a las mujeres en el sexo comercial, sino que enseñan el oficio: dónde conviene trabajar, cómo tratar a los hombres, cómo cuidarse de los posibles peligros, y las tácticas o maniobras con las que intentan manejar en las coyunturas las desventajas estructurales.

Yo le cuidaba los chicos a ella […] Entonces yo le dije a ella: “Yo voy a ir a un boliche a trabajar.” Entonces ella me dijo: “Vos estás loca. ¿Vas a ir a trabajar en un boliche que te sacan el tanto por ciento? Ya que te arriesgás a hacer este trabajo, ¿por qué no te arriesgás directamente y trabajás para vos? Lo que sí, tenés que cuidarte, ¿eh?” […] “Te voy a llevar. Te voy a llevar por lo menos donde yo estoy y te voy a cuidar con otra chica. Te vamos a cuidar hasta que vos te puedas desenvolver.” (Irene)

Estos vínculos entre mujeres pueden disminuir algunos riesgos para las novatas e incrementar su autonomía. Todos estos aspectos no se perciben si se ve a estas mujeres como meras reproductoras de la dominación patriarcal. En el caso de Irene, antes que ser explotada en un boliche prefirió trabajar “sola porque estaba acompañada por su protectora.

En el apartado anterior hice hincapié sobre el hecho de que existe una “entrada” en el sexo comercial, ello no implica que sea idéntica para todas. Hay una diversidad de relaciones y modalidades bajo las que se podría entrar en el sexo comercial: de forma independiente (en la calle, o con un anuncio), con una amiga o protectora” (sea que esta recibe algún pago en dinero o que trae a la “nueva” para ayudarla), con una proxeneta que también hace sexo comercial, entrando en una agencia, “boliche” o “privado (donde los requerimientos y el nivel de explotación pueden variar), con un marido-proxeneta (bajo distintas forma de combinar pareja y opresión) o bajo toda una gama de relaciones que van desde las migraciones laborales hasta el engaño y la coerción en la trata de personas. Estos modos de entrada impactan sobre la carrera, afectan la forma de afrontar las tensiones entre las presiones derivadas de la posición de clase y de sexo-género, y las negociaciones morales a nivel subjetivo. En este sentido, comenzar a hacer sexo comercial de la mano de una protectora proporciona a las mujeres una perspectiva diferente a la de aquellas que son sometidas por un proxeneta. Sin borrar los cuestionamientos morales internalizados, los aprendizajes que brinda una mentora facilitan el llevar a cabo las performances de sexo comercial de forma más efectiva y con menor sufrimiento. Los vínculos con las mentoras no son suficientes por si mismos para cuestionar la ideología estigmatizante, pero proveen alianzas que, al ampliarse en una red, pueden hacer florecer dichos cuestionamientos. Por último, aun en el marco de las constricciones estructurales, las protectoras proporcionan elementos que permiten sostener algunos grados de autonomía, especialmente en relación a los ingresos y la administración del dinero

“Por la plata”. Dinero, mercado laboral restringido y moralidad

Empecé cuidando con unos nenes, a pocas cuadras de mi casa, la chica me dijo que de diez de la mañana hasta las cuatro o cinco de la tarde que yo los cuidaba, me pagaba cincuenta pesos por día, de lunes a viernes. Eh… y bueno, y ella en un momento me dijo… eh…, después, ¿no?, cuando empezamos a tomar confianza, me dijo: “¿Sabes que yo… eh… patino?” Me dijo: “Yo soy trabajadora sexual desde los dieciocho años La mina tenía treinta y cinco, treinta y siete, por ahí… “Y el tema es así y así”… Me contó del lugar, cuánto cobraba, cuántas cosas hacía por día, cuánto se llevaba por día. A mí no me entusiasmó el tema de… encamarme con tipos, a mí me entusiasmaba el tema de la guita. (Inés)

Las principales motivaciones para comenzar a hacer sexo comercial son la necesidad de mantener a sus hijas e hijos o colaborar con la economía familiar y/o la posibilidad concreta de mejorar sus ingresos y posición socioeconómica, ambas están ligadas al dinero. En los relatos de las entrevistadas la necesidad de dinero lleva a las mujeres a trasgredir las barreras culturales y morales que les prohíben vender su sexo. Más arriba he analizado el papel de los relatos que emergen como justificaciones frente a otros, estos a la vez funcionan como motivos subjetivos y dan un sentido de proyección en el futuro de los hijos e hijas.

Eso pensé cuando me metí en la prostitución. No tengo nada que perder. Lo único que tengo es sacar adelante a mis hijas. Mi propósito era sacar a mis hijas adelante. Tener una casa, una casa digna, dar una educación bien a mis hijas y que nunca sepan lo que es necesidad, porque yo lo pasé muchas veces. (Irene)

Pero también las que no tienen hijos/as mostraban siempre una clara motivación económica: la posibilidad de obtener un nivel de ingresos más elevado en el sexo comercial que en otros trabajos. Jo Weldon (2010), activista y trabajadora sexual, señala que el aspecto económico –central para comprender la motivación de muchas mujeres– es frecuentemente eclipsado por el sexual, y critica el desinterés por la cuestión del dinero entre quienes investigan sobre trabajo sexual. Según Weldon, es mucho más común que en las entrevistas las preguntas que buscan conocer los motivos por los que las mujeres entran en la industria sexual apunten al abuso sexual infantil que al dinero.

Comprender cómo funciona el dinero como motivación requiere tener en cuenta las características del mercado laboral para las mujeres, y en particular para aquellas de clases bajas. El mercado laboral argentino tiene persistentes inequidades en términos de género. Aunque en las últimas décadas hubo un ingreso masivo de las mujeres al mercado laboral, este continúa siendo menor al de los varones y en peores condiciones, como resultado de una inserción laboral más precaria (Rojo Brizuela y Tumini, 2008)[11].

Paradójicamente, las mujeres por primera vez fueron autorizadas con toda legitimidad a salir de sus hogares en el momento en que se reducían los derechos de los sectores del trabajo, cuando menguaban las garantías obtenidas hacia mediados del siglo XX (Barrancos, 2007: 217)

Además, estas características generizadas del mercado laboral se cruzan con la diferencia de clase que significa una entrada al mercado laboral más temprana y más precaria. Por ello el ingreso al mundo laboral y la concepción del trabajo como espacio de liberación pudo ser una de las reivindicaciones feministas para las mujeres de clases medias, pero un planteo difícil de comprender para otras.

Para la mayoría de las entrevistadas, las condiciones del mercado laboral se reflejaban en las bajas remuneraciones de los trabajos que realizaban antes de comenzar a hacer sexo comercial. La amplia diferencia de ingresos permite hacer primar el interés económico y tolerar el desinterés a nivel del deseo sexual, la estigmatización y los cuestionamientos morales –incluso cuando se dice que el sexo comercial “de bueno no tiene nada, sólo la plata”. Además, los mayores ingresos en el sexo comercial pueden llevar a cuestionar otras alternativas laborales como poco dignificantes –o percibir otros tipos de maltratos, como vimos con Luli en su trabajo de camarera–, y comenzar a verlos como “limpiar la mugre de los demás” o “hacer trabajos de negra”.

Santiago: ¿Y cómo pensaste en empezar a trabajar?
Abril: Necesitaba plata, necesitaba…yo alquilaba y necesitaba plata, punto. Trabajar en otro lugar era trabajar… era, era trabajar… como negra, ganar unos mangos y no te alcanzaba, o sea, vivías de… ¿cómo? No me sirve.

El cálculo nunca es sólo económico, aunque sea lo primero que se menciona, la ecuación se complejiza con la ponderación moral. En pocas ocasiones las mujeres tenían empleos paralelos, pues las escasas remuneraciones recibidas en otros trabajos hacían que nunca “den los números”. Pero algunas me comentaron que tenían otros trabajos, más que por el dinero, como una prueba para demostrarse a ellas mismas que eran capaces de hacer otras cosas además de “estar en la esquina”.

Cuando yo empecé a trabajar, después me empecé a dar mucha manija con el tema de que una prostituta es muy poca cosa. Yo como…me auto…me autocontrolaba. Yo trataba de buscar otra cosa. Y decir si realmente servía solamente para estar en la esquina o también para hacer otras cosas. Entonces yo siempre buscaba cosas para hacer, depende del horario de… estuve trabajando en Liniers en una…en un geriátrico. Estuve mucho tiempo trabajando ahí, de día. (Irene)

Varios estudios de corte socio-económico analizan la cuestión de los ingresos más elevados que reciben las mujeres que hacen sexo comercial en comparación con los de otros trabajos[12]. Aquí he indagado acerca del papel que juega el dinero en la compensación por la trasgresión, poniendo de relieve cómo se conjuga una economía moral entremezclada con aquella monetaria.

Una forma de ver este punto es a través de las respuestas a la pregunta por los ingresos mensuales. Este suele ser un tema sensible y los/las informantes rehúyen a brindar esta información (Weiss, citado en Adler y Adler, 2001). En varios estudios sobre prostitución se ha encontrado alguna resistencia a declarar los ingresos mensuales. Por ejemplo, Oliveira (2004) atribuye la subdeclaración de los ingresos a la estigmatización –lo cual se invierte al referirse a las tarifas cobradas cuyas elevadas cifras son mencionadas casi con orgullo–.

Al hablar sobre los ingresos noté tres tipos de respuesta: algunas no tenían un cálculo claro sobre sus ingresos mensuales, algo que puede ligarse con cierta dificultad para administrar sus finanzas[13]. Varias declaraban sus ingresos, contándome orgullosas como habían podido acceder a bienes inmuebles o, sin explicitar una cifra, me daban a entender que ganaban muy bien (especialmente las “escorts”). Finalmente otras preferían no responder o se negaban a declarar sus ingresos pues así lo decidía su organización[14].

En cualquiera de los casos se pone en juego un vínculo con la estigmatización y la trasgresión moral implicada en el sexo comercial: para las que declaraban sus ingresos –caracterizándolos como elevados o buenos por contraste con sus otras alternativas laborales– es posible pensar que la calidad de vida que logran y el bienestar que otorgan a sus hijos e hijas compensa la falta moral y les permite referirse al dinero ganado con su sexo.

En cambio las otras respuestas, tanto las que aquellas que no recordaban sus ingresos como las que no respondían, pueden ser entenderse remitiéndonos a la idea de “dinero sucio” en el sentido de que es moralmente cuestionable (Zelizer, 2008). Aquí la suciedad de este dinero puede captarse en las no respuestas: es un dinero “difícil de contar”, tanto en el sentido de llevar una contabilidad, como de hablar de él. Luli, por ejemplo, me decía que cuando contaba el dinero que había ganado a veces necesitaba tomarse vacaciones; pero no porque había ganado lo suficiente, sino porque la suma de dinero –que se traducía en una cantidad de relaciones– le daba asco. Estos dos elementos, el dinero y la suciedad o el asco, emergen sobre todo cuando se evocan las primeras experiencias en el sexo comercial.

Primeras experiencias, “suciedad” y dinero

Cuando conversábamos acerca de las primeras veces que hicieron sexo comercial todas las entrevistadas señalaban en primer lugar que les impactaba el enfrentamiento a lo desconocido. Esto se ligaba con emociones y significaciones específicas como el “asco” y la “suciedad”. Lo desconocido refiere aquí tanto a hacer sexo por dinero, como a hacerlo con un desconocido, pues los clientes son, sobre todo en las primeras experiencias, desconocidos por definición.

Estás con alguien que no conociste en tu vida, es la primera vez que lo ves y te tenés que ir a acostar. No es un pibe que te gusta, que conocés, que te re calienta y que te querés ir a encamar, no, es alguien que no conocés, que no tenés, no sabés ni cómo se llama. (María)

Dentro de las pautas que orientan la conducta sexual de estas mujeres no parece haber una pauta para el sexo con un extraño que no resulta atractivo. Una manera de menguar el impacto de las primeras experiencias es tener estos primeros encuentros con un cliente al que las protectoras consideran de confianza”[15]. Esto atenúa el efecto del desconocimiento del primer cliente, quien a su vez puede dejar pasar ese primer encuentro sin que tengan relaciones sexuales aunque pague por ellas, según relataban las entrevistadas.

Estuve ahí un rato, al final me decidí, le dije que sí. Me citó con el señor, me explicó, y poco y nada, yo todo le decía que sí. Entonces, me llevó al hotel y lo único que me puse a llorar, como una marrana, lloraba porque no quería que me toque. Y bueno hasta que al final el señor me tuvo piedad, me tuvo un poco de piedad, se ve que era bueno “dale, por qué lloras tanto, no te voy a hacer nada del otro mundo” Y bueno, me pagó igual sin tocarme nada y salí del hotel; eso fue mi primera experiencia. (Valeria)

Desaparece el sexo de la escena, uno de los elementos que marcan la trasgresión en la “prostitución”, pero aún se mantiene el intercambio de dinero. Seducir a un varón, o tener sexo como forma de conseguir beneficios no resultaba una práctica ajena para algunas, sin embargo, hacerlo directamente a cambio de dinero parecía tener otro significado.

Marisol me dijo que siempre recordaba lo que hizo cuando terminó su primer día: “Yo la primera vez que llegué a mi casa di vuelta la cartera y había una montaña así de plata y me parecía que estaba tan sucia”. En repetidas oportunidades las entrevistadas mencionaban sentirse “sucias” en sus primeras experiencias en el sexo comercial.

El conocido estudio sobre la suciedad y la pureza de Mary Douglas (1973) brinda una clave de lectura. Allí se plantea que la suciedad es desorden y la contaminación ritual tiende a reforzar la estructura de una sociedad dada, es una defensa de las fronteras de esa estructura cuando están amenazadas. Entablar relaciones de sexo comercial implicaba para estas mujeres, al menos al principio, una ofensa al orden sexual. La contaminación que proviene de trasgredir las normas morales respecto a la sexualidad y el intercambio de dinero impregnaba los cuerpos de las novatas. En estos casos, para algunas mujeres bañarse funcionaba como técnica ritual de purificación

Irene: Lo primero que uno hace es bañarse y sacarse como que…sacarse la mugre que te quedó. Es psicológicamente, por supuesto, porque en realidad eso te queda acá también [señalando la cabeza].
Santiago: Pero a veces ¿vos te bañás como una forma…?
Irene: Sí, sí, me baño, me baño, me baño como una forma de decir que me quedo más limpia.

Según Douglas, combatir la suciedad contiene dos aspectos el cuidado por la higiene y el respeto por las convenciones. Este tipo de prácticas de limpieza –junto a otras que van más allá de bañarse e incluyen el uso de fármacos para hacerse lavajes vaginales– ha sido también documentado en otras investigaciones (Gaspar, 1985; Lahitte, 2012). En el relato de Irene, la necesidad de higiene y el intento por reparar el orden trasgredido eliminando la contaminación simbólica aparecen combinados. Irene llevaba a cabo esta operación simbólico-corporal a nivel consciente, pues aclara “es psicológicamente, por supuesto”. Pero además, el uso del impersonal para explicar el procedimiento que lleva a cabo (“lo primero que uno hace”) da cuenta de una operación que, en tanto compartida por un colectivo y socialmente codificada, puede ser pensada como rito de purificación y, tal como apunta Douglas, crea cierta unidad en la experiencia.

Otra emoción, asociada a la “suciedad” de esas primeras experiencias, es el “asco”. Por ejemplo, Irene me comentó que incluso vomitó tras sus primeros encuentros con clientes. Figari retoma el análisis de Douglas, suma las reflexiones de Martha Nussbaum acerca de la repugnancia y señala:

El asco es la forma primordial de reacción humana a lo abyecto. El asco representa el sentimiento que califica la separación de las fronteras entre el hombre y el mundo, entre sujeto y objeto, entre interior y exterior. Todo lo que debe ser evitado, separado y hasta eliminado; lo peligroso, inmoral y obsceno entra en la demarcación de lo hediondo y asqueroso. (2009: 133)

Sin embargo, las sensaciones de asco y la suciedad tienen una contrapartida, ya no simbólica sino económica, en el dinero obtenido. Este es también uno de los recuerdos más evocados de las primeras experiencias en el sexo comercial. El relato de María enlaza el asco frente al cuerpo desconocido de un “viejo” con la cantidad de billetes que recibía de sus manos, lo cual, a su vez, la eximía de tener que limpiar la suciedad ajena (su trabajo anterior había sido como empleada doméstica)

Fue asqueroso porque nunca había estado con un hombre grande, ¡uugh! y verlo desnudo nada más me dio, uugh, qué asco […] lo único lindo fue cuando vi la plata en la mano, dije bueno, en vez de estar limpiando la casa, la mugre ajena ocho horas, me banqué este viejo que me quiso besuquear todo el tiempo y me gané mucho más, me gané lo que una mina laburando una semana limpiando. (María)

El pago recibido hace más tolerable la contaminación en el sexo comercial que limpiando “mugre ajena”. Como venimos viendo, junto con las motivaciones económicas hay una ecuación de contaminación simbólica que se juega en la entrada –como proceso inaugural de la estigmatización– y en las primeras experiencias de sexo comercial. Ninguno de estos aspectos, ni el económico monetario ni las economías morales, pueden ser omitidos ni separados a la hora de analizar estos procesos.

Santiago: ¿Te acordás cómo eran esas primeras veces?
Mariana: Sí, ¡muy difíciles! ¡Muy difíciles!, sí, para mí, sí, porque no estaba acostumbrada. O sea, me era muy difícil. Inclusive los primeros meses me han jodido varias veces y (Risas) hasta que ya bueno, me avivé, me avivé rápido, bastante rápido y ya no me jodieron más. Pero las primeras veces fueron difíciles. Me sentía como violada, como… por ahí llegaba a mi casa, llegaba y lloraba en el baño, me sentía sucia, me miraba en el espejo y me sentía mal, pero bueno, la parte económica me compensaba al otro día cuando podía comprar todo lo que yo quería.

La contaminación simbólica-corporal y el balance económico aparecen mezclados. Mariana muestra tanto el sentirse, sucia y hasta “como violada”, los duros aprendizajes del sexo comercial (“avivarse”), como el poder adquisitivo que le permite salir de las penurias económicas (“comprar todo lo que yo quería”). La compleja ecuación entre estos elementos contribuye a trazar el devenir de las carreras de estas mujeres.

La suciedad no es sólo interna, también aparece asociada en estas primeras experiencias a la vergüenza y la culpa ante sus parejas y, sobre todo, frente a sus hijos/as. La mirada de los hijos, aparece como un juez que interpela sus trasgresiones como “putas” a la luz de los atributos que se requiere a una “madre”.

Los primeros tiempos, yo te puedo asegurar, la primera salida que hice estuve, más o menos, dos o tres días que ni lo miraba a mi ex, no lo miraba porque me daba… no miraba a mi familia en sí porque me daba tanta vergüenza, porque yo era parte de esta sociedad (Doris)
Vos llegabas a tu casa y venían los chicos, te saludan así, pero como que vos no… como que los corrías porque vos te sentías… así… sucio, por más que te bañaras. Yo me sentía así… como que… yo por adentro decía… Viene mi hijo a abrazarme y pensar que estaba con un tipo así, tipo asá… Como que… te sentís culpable de él. Yo por ejemplo me sentía culpable. Y con él… no podía… no podía porque me sentía culpable. ¿Entendés? Como que yo lo estaba engañando, algo así… (Daniela)

Siguiendo a Douglas, la contaminación y el riesgo de contagio de la suciedad de las trasgresoras se contraponían a la pureza de sus hijos/as. Los ojos de su propia descendencia son la encarnación más interpelante de los ojos de una sociedad de la cual, según Doris, ella “era” parte. Algunos estudios señalan también los cuidados especiales que toman las mujeres previamente a tener algún contacto con sus hijos/as (Lahitte, 2012). Volveré sobre estos puntos en el próximo capítulo cuando me refiera a las relaciones madre-puta/hijo.

La suciedad nunca es absoluta, sino que depende de la mirada del observador, de un sistema de clasificación: “La suciedad, tal como la conocemos, consiste esencialmente en desorden. No hay suciedad absoluta: existe sólo en el ojo del espectador”. (Douglas, 1973: 14). Esta concepción sobre la suciedad como un efecto de un sistema de clasificaciones culturalmente construido permite pensar en su complejidad tanto las fuentes de contaminación como las formas de combatirla. Estas últimas llevan o bien a la confesión que asume la culpa, o a involucrarse en rituales de purificación que la evaden. Sin embargo, la búsqueda de la pureza encierra para Douglas una paradoja irresoluble:

La paradoja final de la búsqueda de la pureza reside en su intento de obligar a la experiencia a que entre dentro de las categorías lógicas de la no contradicción. Pero la experiencia no es fácil de manejar y quienes lo intentan se ven inmersos en contradicción. (1973: 217)

Estas contradicciones pueblan la experiencia, especialmente, de las mujeres dedicadas a la “doble carrera” como la llama Claudia Fonseca (1996): el sexo comercial y la maternidad, es decir, la gran mayoría de las entrevistadas. Pero esta contradicción lleva a que las mujeres no permanezcan pasivas en el lugar de la culpabilización. Si dejamos de considerar únicamente las primeras experiencias, los sistemas de clasificación pueden verse como esquemas dinámicos que pueden ser modificados o al menos negociados a lo largo del tiempo y con el desarrollo de la carrera en el sexo comercial. La permanencia de las mujeres en este trayecto supone un trabajo activo sobre las propias estructuras de significación y los límites simbólicos para poder superar la experiencia de la suciedad. A lo largo de la carrera se aprende a construir una subestructura que permite refugiarse, esta tiene varios componentes que iremos viendo en los capítulos subsiguientes.

Tanto el esfuerzo de combatir la contaminación, como las dificultades económicas y otras variables estructurales (por ejemplo, los efectos de las sanciones legales), pueden hacer que una carrera, cuando se corre en el terreno resbaladizo y viscoso de la abyección, se parezca más a un laberinto que a un recorrido lineal.

Salidas y reingresos, la proyección a futuro

Otra forma de lidiar con la trasgresión de fronteras y la consecuente contaminación que implica la entrada en el sexo comercial, es concebirla como un pasaje coyuntural que tuvo un origen y tendrá una pronta conclusión. Sobre todo para las entrevistadas más jóvenes o las que llevaban poco tiempo, la carrera en el sexo comercial es pensada como un capítulo breve de su biografía, un puente hacia otra cosa, más que un elemento constitutivo.

Yo lo estoy haciendo hasta cumplir lo que yo quiero hacer, después sé que voy a trabajar en mi peluquería, y aparte…nada, quiero buscar un laburo en blanco. Es hasta lograr el propósito de comprarme mi casa, ponerme mi negocio, y decir basta. (Yamila)
Yo si hubiese sido por mí ya hubiese dejado a fin de año, de este año. Pero ya te dije, quedé embarazada de la bebé. Y bueno, mi idea es trabajar todo este año, seguir juntando, y a fin de año irme a vivir a Paraná con mis hijos y hacer de cuenta que esto fue… ¿me entendés?, algo que tuve que hacer por ellos. (Mercedes)

Thaddeus Blanchette y Ana Paula Da Silva señalan que entre sus informantes mujeres de Río de Janeiro la prostitución es más bien un medio para lograr un fin puntual, antes que “una opción totalizante de vida” y por tanto, siguiendo las propias afirmaciones de las mujeres, sería más correcto decir que “se están prostituyendo y no son prostitutas” [cursivas en el original] (2009: 21). Fonseca (1996) afirma que muchas veces las mujeres, aun cuando puedan asumir su papel en el sexo comercial como una profesión o un trabajo, no piensan su trayectoria en términos de una carrera profesional. Tanto la entrada como las salidas o los reingresos al sexo comercial se supeditan a su trayectoria como novia, esposa o, sobre todo, como madre.

La mayoría de las mujeres que entrevisté pensaban hacer sexo comercial sólo por un tiempo y algunas habían tenido retiros temporales. Estos últimos tenían que ver con embarazos o, muchas veces, con varones que las “sacan de la calle”. En general, ellas no confiaban en la proyección de retirarse del sexo comercial con un matrimonio como parece más frecuente entre las mujeres brasileras (ver Blanchette y Silva, 2009; Piscitelli, 2008)– ya que muchas conciben las relaciones de pareja como algo problemático y que difícilmente pueda perdurar.

El plazo para abandonar el sexo comercial es a veces más indeterminado y otras veces muy preciso. Lo programaban en función de conseguir mejorar su posición económica, comprar una casa, terminar la educación de sus hijos/as o reunir un capital económico que les permita iniciar algún negocio. Pero pocas expresaron una idea clara de cómo instrumentar su retiro en términos prácticos y varias eran conscientes de que alejarse del sexo comercial no suele ser sencillo.

Tengo chicas, o sea, compañeras así… que hacen diez años, más de diez años que están trabajando. Y siempre dicen: “Sí, yo también decía… yo quiero salir. Y mirá hace diez años que estoy trabajando”. No sé si voy a llegar a diez años de estar trabajando. Pero no me gustaría… no me gustaría. […] una compañera mía me decía, el dicho que ella me decía: “No seas tonta, si vos ponés el culo, ponelo pero para algo que vos el día de mañana, cuando ya no trabajes y… estés y te sentés y digas: esto lo hice con mi culo [con énfasis] (Daniela)

Compartiendo saberes con sus compañeras, Daniela reflexiona sobre su futuro en el sexo comercial y fuera de él. Siguiendo la enseñanza de su compañera (que Daniela concibe como una premisa colectiva al nombrarla como un “dicho”) busca asegurar que el dinero que obtiene por uso del cuerpo redunde en una propiedad durable, trataba de no gastar en ropa –algo muy común en las que recién se inician– y apuntado a una casa por ejemplo. Esto que le permitiría, al momento de su retiro, re-apropiarse de su “culo”, al menos en parte. Sin embargo, también una compañera la pone al tanto de las dificultades que supone el retiro. En este sentido, las dificultades para administrar el dinero obtenido en los intercambios son conocidas entre las mujeres que se dedican al sexo comercial.

La “suciedad” del dinero contaminado simbólicamente hace difícil su administración y se gasta rápidamente en bienes de consumo, pero este no es el único problema. Weldon (2010) plantea que las fantasías de casarse con un hombre rico –lo que llama síndrome del “caballero blanco”– tienen efectos desastrosos sobre autogestión financiera. Nelly no pensaba en ningún caballero blanco y desconfiaba de las promesas de los clientes, pero me comentaba que “también es malo trabajar de esto, porque cuando más trabajás de esto pensás que vas a ganar plata más rápido, pero no, te metés en más cuentas”. Vanesa, como muchas, dijo que había empezado para alimentar a su hija, pero luego aclaró: “después no me quedé por ella, me quedé porque me gustó la plata”. Carla Corso, ex prostituta y activista por los derechos de las prostitutas, ha señalado al respecto:

Yo creo que con este trabajo se corre el riesgo, la mayoría de las veces, de perder el sentido del valor del dinero. Lo gastas con una facilidad tremenda, cien mil como si fuesen diez mil, porque sabes que te lo puedes gastar hasta el último céntimo. Después sólo tienes que salir dos horas y siempre consigues juntar algo. No tienes que esperar a final de mes, no tienes que esperar a que te acaben de pagar, es un dinero que tienes antes, antes de trabajar, y lo puedes ganar cuando quieras, por la mañana, por la tarde, a cualquier hora del día. Así que, pongamos que tenga cien mil, las gasto tranquilamente, porque sé que aunque sean las doce de la noche… salgo, y siempre encuentro algo; en fin, consigo algún dinero. Muchas mujeres entran en este mecanismo perverso de gastos, de dilapidar todo antes todavía de ganarlo, así que están siempre sumidas en las deudas, y a pesar de todo viven en la miseria más negra”. (Corso, citada en Ruiz, 2002: 7)

La dificultad para retirarse se manifiesta aquí en lo costoso que puede resultar administrar el dinero, por ejemplo, para alcanzar los objetivos que se proponen como pre-condiciones. Esta dificultad responde también a que para muchas el cálculo de cuánto pueden llegar a incrementar su capital económico, cómo invertirlo y cuáles son los límites de su productividad están fuera del rango de valores monetarios sobre los que normalmente han calculado sus ingresos y sus proyecciones. Doris me explicaba: “Vos entendé que una, una chica que está trabajando en casas [servicio doméstico] no se va a comprar un terreno, no se va a comprar camioneta”.

En términos bourdesianos podríamos pensar en un desplazamiento de su posición social original, no sólo por el incremento del capital económico, sino también por el constante riesgo pérdida de capital simbólico que supone el estigma y todo el desplazamiento que implica el sexo comercial para su posición respecto a las relaciones de género, e inclusive desplazamientos en términos geográficos, usualmente desde poblaciones pequeñas a grandes ciudades. Toda esta transformación provocaría un desgarramiento en sus habitus[16] y la consecuente pérdida de la capacidad de cálculo y proyección.

Bueno, a vos no te pasó porque no estuviste así, pero… generalmente las personas que no tenemos casa, hogar donde… siendo tan niña… tratamos de sobrevivir el hoy… Que como hoy… que… dónde duermo hoy… y mañana pienso… por mañana. (Susy)

Susy llevaba más de 30 años haciendo sexo comercial. Desde sus comienzos –huyendo de su hogar con pocos recursos y embarazada con 16 años– migro varias veces y pudo comprar su casa, donde viven sus hijos en una provincia pequeña. Pero sistemáticamente contrae deudas –en parte tal vez también porque pierde dinero jugando al bingo, porque paga un alquiler de una pieza de hotel, o porque gasta desmedidamente en el teléfono para comunicarse con sus hijos–. Mejoró notablemente su situación económica y habitacional, así como pudo dar a sus hijos/as la educación –una de ellas a punto de alcanzar el grado universitario– que ella no tuvo, pero no ha podido planear cómo pagar sus deudas y retirarse con algún ingreso. Incrementar su capital económico, pero cuyo valor simbólico implica la impugnación moral del “dinero sucio”, resulta un arma de doble filo para escapar a la pobreza de una forma definitiva.

Además, la escasa oferta laboral, sobre todo cuando son mujeres mayores y con baja o nula calificación, así como la precariedad de los trabajos alternativos que consiguen, también son motivos para permanecer o volver a hacer sexo comercial. Carecer de experiencia laboral fuera del sexo comercial –como señalaba Susy– y no tener jubilación pueden hacer que, aun cuando se consideren retiradas, sostengan algunos encuentros con clientes de tanto en tanto ante eventuales necesidades económicas. Fernanda expresaba lo relativo de su retiro:

Obvio… Vuelvo a contradecirme, si el día de mañana… por x cosa, porque uno nunca puede decir: de esta agua no bebo yo… Si… por mis hijas, o por mí misma, por llevarme un pan en la boca… tengo que volverlo hacer… lo hago. (Fernanda)
Nelly: Y te digo la verdad, el que dice que no vuelve nunca más a esta vida está mintiendo. Tarde o temprano siempre volvés acá. Siempre volvés acá.
Santiago: ¿Por qué?
Nelly: Situación económica llamale, tiene muchos nombres, comodidad, como dicen algunos, la vejez, te dicen que sos vieja para trabajar. Pero la situación económica sobre todo, porque te vuelvo a repetir vos podés salir con un carro a vender, pero si la gente no te compra… (Nelly)

El “siempre” en la frase de Nelly expresa lo polifacético de las dificultades para un retiro efectivo. Además de las condiciones desfavorables del mercado laboral, la normativa legal que criminaliza (y/o la arbitrariedad del accionar policial), así como la ausencia de políticas públicas especialmente dedicadas –tal como demandan algunas organizaciones[17] y activistas–, estrechan el camino de salida de aquellas que buscan abandonar la actividad.

Sanders (2007) analizó los casos de mujeres que intentan abandonar el trabajo sexual y construyó una tipología de formas de salida[18]. Aun desde un marco de interaccionismo simbólico, Sanders niega que el principal obstáculo para dejar el trabajo sexual sea la falta de compromiso de las mujeres. Si bien en todos los tipos de salida intervienen elementos de agencia individual, tanto las que trabajan en las calles como las escorts que trabajan puertas adentro están sujetas a factores estructurales como el peso de la criminalización y las modalidades que toman las políticas públicas con respecto al trabajo sexual.

También opera en esta dirección la estigmatización y la consecuente discriminación que se halla presente en todas las ciudades donde realicé trabajo de campo. Aunque muchas habían migrado en el pasado para trabajar en otros lugares, ninguna de las entrevistadas mencionó la posibilidad de migrar como forma de retirarse y evitar la discriminación (probablemente a causa de que la migración incluiría a sus hijos/as). Mirta me contaba cómo incluso cuando encontró otro trabajo sus patrones eran cuestionados por emplearla:

Santiago: ¿Y cuando trabajabas cuidando a esa señora, te convenía eso o tampoco te convenía?
Mirta: Sí porque, hay gente como la que yo encontré trabajando en esos años, en esos 4 años [cuando estuvo retirada], muchos a lo mejor te cierran las puertas, entendés, al saber que vos has estado en una esquina. Yo te explico, ellos, son peluqueros, o sea, y a él, a mi patrón le reclamaban que por qué tenía [empleaba] a una mujer sabiendo que yo había estando laburando.
Santiago: ¿Él sabía?
Mirta: Sí, sí, pero es como ellos dicen, “¿ustedes la van a cuidar a mi vieja?”, porque era la madre de él, “yo le digo a ella que se vaya, pero a lo mejor ella quiere también cambiar de vida ¿por qué no hay que darle otra oportunidad?… ella quiere cambiar de vida, no estar siempre en la misma” entonces estuve, y es lindo, o sea, porque yo estoy acostumbrada a trabajar… pero bueno a veces te cierran las puertas después de que vos has laburado en la calle y te ven y te… no te dan trabajo.

El obstáculo de la discriminación se acentúa en las ciudades de menor dimensión. En San Juan, donde la exposición es mayor, se torna más difícil escapar a las miradas y los juicios condenatorios, incluso habiendo abandonado la actividad. Pero aun en Buenos Aires, donde habría mayores posibilidades de mantener el anonimato, el requerimiento de un certificado de antecedentes –algo común al momento de ingresar en un trabajo– puede traer complicaciones (“el pasado siempre te condena” según Susy).

Un caso que me resultó ilustrativo es el de María quien, tras comenzar en el sexo comercial puso su propia “agencia de chicas”, sin abandonar ella misma los encuentros con algunos clientes. El caso de María puede entenderse como unos de los patrones de proxenetismo que O’Connell Davidson (1998) llama “proxenetismo de emprendedor/a” (entrepreneur pimping). En esta modalidad de proxenetismo[19] es frecuente hallar a quienes han hecho o aún hacen sexo comercial, tal como María, y tiene funciones claramente definidas, sea montando un “departamento” (working flat) –lo que en la jerga local es un “privado”– o una agencia. Esto representaría, según O’Connell Davidson, una progresión en la carrera, aun en los casos en los que las mujeres todavía trabajan, pues hay una clara diferencia entre sus condiciones laborales y las de “sus chicas.

No obstante este progreso en su carrera, en el testimonio de María es posible ver, a la vez, la dificultad para retirarse completamente de la actividad (me dijo “para mí para todo hay una etapa, viste lo que me pasó a mí, fui puta, pasé a… a manejar las chicas” aunque sigue haciendo sexo comercial), los problemas para administrar el dinero (“yo no sé ahorrar, pero junto”) y el intento, aún dubitativo, de planificar su retiro completo del sexo comercial (“si pudiera tener una remisería la tendría, algunos negocios donde tenga ubicadas a mis hermanas, a mi familia, viste, de ropa, de lo que sea, y un par de autos, capaz que ahí cuelgo el teléfono”). Aunque el plan de María para retirarse aún no era muy preciso, ella reflexionaba sobre las carreras en este mercado. Esto quedaba muy claro cuando me relataba cómo aconsejaba a “sus chicas” con un tono propio de relaciones laborales paternalistas:

Hay algunas que yo les agarro cariño y las estoy viendo que se ponen viejas y les digo: “Fijate si podés estudiar algo, andate buscando otra cosa”, como ya veo que no salen mucho a laburar, pero aparte porque las qui… Les tengo cariño, les digo que vayan buscando otra cosa, que se vayan, vayan estudiando, o que vayan haciendo otra cosa como para que dejen de laburar, a veces las incentivo para que dejen de laburar ¿Viste? Y es porque ya no venden, cuando no venden no las podés tirar a la calle así nomás, les vas diciendo: “Mirá, ya te estás poniendo vieja”. (María)

Algunas de las entrevistadas que tenían mejores ingresos, las “escorts”, me contaron algunos proyectos más organizados para dar paso a su retiro. Luli por ejemplo pensaba abandonar el sexo comercial dentro de dos años, continuar su carrera como profesora de artes marciales y abrir su propia academia. Tenía claros los peligros de acostumbrarse demasiado al nivel de ingresos que le ofrece el sexo comercial, e incluso lo pensaba como algo a manejar con precaución respecto a su hijo (algo poco usual, pues generalmente se da una tendencia a satisfacer cualquier tipo de demandas cuando provienen de los/as hijos/as). Con un agudo sentido del funcionamiento de este segmento del mercado, ella me explicó:

Te cuesta conseguir la plata, te cuesta salir adelante, porque –vamos a ser sinceros– uno no empieza trabajando para uno mismo… arranca trabajando para alguien… [tenés que] juntarla para poder sacar a tu familia para salir adelante, juntarla para poder salir a trabajar sola después… […] tratar de juntarla… y mientras que vas haciendo tu vida, te vas molestando vos… eh… juntarla la que es tuya y ponerla… en lo que son tus metas, para el día de mañana salir. No embobarte con esto, porque esto no es eterno, nuestra juventud no es eterna… Los precios van cambiando, la economía va cambiando, los clientes van cambiando… Se van renovando constantemente el staff, siempre hay chicas nuevas…, siempre hay chicas más jóvenes… eh… Ahora conseguí que… tres se operan, te cobran el 40% de una operación para ponerte siliconas. Está muy complicado el mercado, considero que es muy complicado. Y nada… si la vas delirando a medida que las vas haciendo… nunca vas a salir… (Luli)

Luli, así como otras escorts, ha podido pensar e ir planeando su retiro. María percibía que “esto, laburar con el cuerpo, es para la que es vaga, para la que es viva, no sé… pero no es para toda la vida”. Las características del funcionamiento del sexo comercial en el mercado configuran una forma determinada para la carrera. En este sentido, Yamila comparaba la actividad en el sexo comercial con otras carreras:

De positivo tiene, como te dije, que en el momento te da ingresos, te da plata, y de negativo que tiene un límite, no es que, por ejemplo, yo me recibí de doctora y voy a tener mis conocimientos de doctora hasta que yo me muera. Esto tiene un límite, hay un límite de edad, los clientes ya no te van elegir, obviamente (Yamila)

Poder incorporar esta dinámica y organizar la propia carrera tomándola en cuenta, supone pensar la incursión en el sexo comercial como una carrera profesional y no como un mero recurso de emergencia, lo cual permitiría adicionalmente planificar mejor el retiro. No pienso esta diferencia como una mera cuestión de voluntades individuales. Ambas cosas, pensar al sexo comercial a la manera de una carrera y calcular el retiro, suponen además de un posicionamiento particular respecto de las normas de la moral sexual, poseer los recursos y las condiciones objetivas para ello.

Hasta aquí hemos visto que hacer sexo comercial implica una “entrada” que conlleva pasar una barrera moral. Esta trasgresión es experimentada de diversas formas, más traumática para las mayores o menos reflexiva para las adolescentes, pero siempre como el traspaso de un umbral. Ello se hace visible en la emergencia más o menos espontánea de relatos justificatorios a partir de las necesidades económicas (particularmente aquellas de los y las hijas) y en la experiencia de irreversibilidad de la entrada.

Ese ingreso no siempre es bajo la coacción de un proxeneta, sino que también puede hacerse bajo la tutela de una “protectora”, lo cual implica más autonomía relativa en el manejo del dinero –y mejores ingresos por aprender más prontamente las tácticas del oficio. Aun dentro de los márgenes de un mercado laboral restringido y signado por las inequidades de género y de clase, esta mayor autonomía en el manejo del dinero es muy valorada pues este aparece como la principal motivación para comenzar a hacer sexo comercial. Para algunas, las diferencias en los ingresos respecto a sus otras alternativas laborales permitían saldar simbólicamente la trasgresión moral –sobre todo para las madres– aunque para otras estos mayores ingresos eran “dinero sucio”.

La “suciedad”, que marca tanto al dinero como a sus cuerpos, es una de las referencias más significativas de las primeras experiencias en el sexo comercial. Desde entonces se pondrán en marcha diversos procesos que buscan eliminar la suciedad, algunos ligados a los ritos de purificación y otros que implican aprendizajes más a largo plazo. Estos aprendizajes serán clave tanto para gestionar, más que eliminar, la persistencia de la suciedad en sus cuerpos y en el dinero.

Este último aspecto pone de relieve las dificultades para manejar una carrera que se niega como carrera, pero reconociendo –y justificando– la entrada, se busca pensar como un puente hacia otro estatus. Para algunas el desafío pasa por construir el retiro exitoso y a tiempo, mientras que para otras la carrera parece más un ciclo de repeticiones, para ambas las constricciones estructurales son igualmente complejas.

En el mercado: cuerpos y reglas

Arriba me he referido a las carreras de las mujeres en el sexo comercial, a continuación abordaré algunos aspectos del terreno donde se corren estas carreras. Las observaciones y diálogos con las mujeres involucradas me permitieron conocer cómo se estructuran y, sobre todo, cómo se incorporan normas de una actividad cuya legitimidad está cuestionada. Veremos cómo impactan estas características en la experiencia a partir de dos ejes: el papel de la edad y de las modalidades de sexo comercial.

El mercado sexual valoriza los cuerpos principalmente a partir de tres rasgos: edad, sexo/género y raza/etnia. En esta tesis he enfocado mi análisis sobre mujeres y no ha sido posible lograr en la muestra variedad en términos de raza/etnia, por lo cual me centraré en la edad como un eje organizador del mercado.

Además de los cuerpos, los efectos de valorización –así como otras reglas y “códigos”[20] de funcionamiento del mercado sexual– se ligan a las distintas modalidades del sexo comercial. El segundo eje de este análisis aporta una descripción de las normas que regulan estas modalidades, haciendo énfasis en los conflictos y tensiones que significan para las mujeres que hacen sexo comercial.

Juventud, divino tesoro. La cuestión etaria en un trabajo corporal

Fernanda, la única afrodescendiente que pude entrevistar, se negó a decirme su edad. Sabiendo de la dificultad del ojo blanco para leer la edad en la piel negra, me dijo con una sonrisa: “Esas son mis armas…”

La edad es un factor clave en el sexo comercial y actúa a diversos niveles condicionando parte del capital erótico[21] con que se cuenta pues afecta al cuerpo y puntualmente a la belleza física y el atractivo. El concepto de belleza es relacional, histórica y culturalmente construido, e intervienen en él distintos elementos además de la edad. Sin embargo, en la mirada de los clientes –tal como la percibían las entrevistadas la ecuación se simplifica un poco y la regla general es: a mayor edad, menos atractiva. Esto repercutirá en la cantidad de clientes y el precio que se cobra, incidiendo sobre los ingresos y el tiempo necesario para obtenerlos. La juventud, con la capacidad de atraer clientes y cobrarles más, permite seleccionarlos y evitar “tener que subir a todos”.

Varias mujeres mayores –de más de 40 años de edad– me comentaban que en “esta época” no había dinero como antes, y atribuían la merma de sus clientes a que “la gente no tiene plata”. Antonia con sus 50 años me comentaba: “Al principio había plata, sí, hacías la plata en dos horitas ya te ibas a tu casa”. Valeria era un poco más joven –aunque con 36 años ya es “vieja” para los estándares del mercado–, casi retirada, hacía un año trabajaba sólo algunos días por mes para complementar los ingresos que obtiene de la verdulería que montó con sus ahorros y los de su marido, ella me explicaba:

No hay nada, antes laburaba porque era joven, ahora tampoco soy tan vieja, pero ya el cuerpo cambió. Engordé bastante, me siento gorda, el cuerpo es diferente, ahora ya no es el cuerpo de antes; no me siento… Antes por ejemplo no estaría nunca parada, entraba y salía, entraba y salía, ahora ya estoy tres horas parada, dos horas parada, una hora parada. Así que todo cambia. […] ellas [las mujeres mayores] dicen: “¡antes, cómo laburaba, antes yo re laburaba, antes laburaba!” Yo me pongo a pensar si yo hubiese laburado cuando ellas laburaban yo hubiese comprado un departamento, alquilan departamento, pagan alquiler. Yo quiero saber, ¿Qué hicieron con su plata? ¿Qué hiciste con tu plata que ganabas antes? Que alguna vez vienen te piden dos pesos, me da pena. Yo dije yo voy a aprovechar la juventud, lo demás, no, no voy a ir a dar lastima, que me den dos pesos. (Valeria)

Tener una edad avanzada es un obstáculo para cambiar de modalidad. Antonia habría preferido no pasar tantas horas esperando clientes en la calle y poder estar puertas adentro, pero “lo que pasa que nosotros cuando ya tenemos una edad ya no entramos”. Si el acceso a lugares como cabarets o “privados” está vedado a las mujeres mayores, en los contextos de calle se organiza el espacio según las edades. Esto puede funcionar delimitando la “zona” o dividiéndola en “paradas”.

Acá, nos paramos, somos tres chicas que nos paramos acá, pero somos chicas jóvenes… atrás de la terminal paran varias mujeres que ya son, ya viejas… y para el lado de la plaza Aberastain, paran otras chicas que son grandes, y paran todos los travestis (Deby)
Una es más vistosa que la otra, o una es más joven que la otra. Entonces, esas chicas se tienen que tratar de pararse en otro lugar, donde no joda a la otra. (Irene)

Al inicio de mis observaciones pude ver, con sorpresa, que las mujeres en las calles o plazas no llevaban ropas que denotaran lo que hacían –esto se notaba más en su forma de pararse y en la mirada–. Sin embargo, pude observar dos excepciones a esta regla de discreción: las travestis y las chicas muy jóvenes. Según Cressy (citado en Blanchette y Silva, 2009) mudarse a una zona con menor competencia en términos de edad, es decir donde no abunden mujeres más jóvenes, puede ser una estrategia para las mujeres que envejecen en el sexo comercial. Otras veces para dirimir el conflicto se imponen tarifas diferenciales para las más jóvenes.

“Encima que sos pendeja y cobrás barato… y si cobrás barato”, me dice, “nos vas a sacar a todos” Y le digo: “No, está bien, y no sé… ¿cuánto es lo que tengo que cobrarle?” (Risa leve) Y me dice: “Y vos como sos pendeja, tenés que cobrar cien pesos mínimo… Porque sos pendeja” –me dice– “nosotras cobramos cincuenta”. (Sabrina)

Para las más jóvenes cobrar precios más elevados a los clientes no sólo es una posibilidad, sino que suele ser una regla que funciona en cada zona de trabajo. En un estudio económico Moffatt y Peters (2004) concluyen que el determinante más importante sobre los precios de los servicios en el mercado del sexo es la duración del encuentro, aunque también hallan un efecto no lineal de la edad, el lugar del encuentro y la zona. Saliendo de la lógica estrictamente económica podemos advertir que estas variables, que se tratan como elementos aislados, funcionan en una articulación compleja entre la edad, el punto de la carrera, la modalidad y la zona.

Al igual que en otras actividades donde el cuerpo juega un rol fundamental, como en el deporte, la edad va incidiendo en el valor de mercado y en las capacidades personales. Si la mirada asedia los cuerpos femeninos en general, este fenómeno se potencia en el sexo comercial donde el cuerpo es la herramienta de trabajo. Yamila se desnudaba completamente con los clientes, pero ya anticipaba su futuro: “no soy acomplejada con mi cuerpo, mientras pueda (risas) ahora cuando empiecen a sobrar unas cosas digo: hoy no me saco la remera (risas)”. Ser mayor de edad y tener “complejos” con el cuerpo reduce la capacidad de trabajar, por ejemplo, reduce la posibilidad de desnudarse frente a los clientes, algo que las más jóvenes prefieren hacer para aumentar la excitación de sus clientes y acelerar el tiempo del encuentro.

Algunas de las “escorts” más jóvenes calculaban el momento de su carrera para intervenir quirúrgicamente sus cuerpos. Las operaciones estéticas aparecen como una estrategia para mejorar sus ingresos, o mejor dicho para enfrentar la desvalorización de sus cuerpos. Luli a los 25 años ya estaba al tanto de una “promo” de descuentos para operarse. Si bien ella dijo que se operaría también por su propio interés, el cálculo del impacto sobre su actividad en el sexo comercial no le era ajeno en absoluto. María, con 31 años, es completamente explícita al respecto “si ahora tuviera que laburar de puta, primero me hago enterita, me hago tetas, cara, culo, todo, y cobraría el doble, el triple, más.”

Abril pensaba que le quedaban dos años más pues, para mi sorpresa, con sus 25 años me dijo: soy vieja, ya me conoce todo el mundo, aparte es diferente ya…en dos años voy a tener 27 años, casi 28, y es complicado, ya necesitás orientar tu vida hacia otro lado”. Cómo se define la juventud es algo relativo a cada ámbito, rangos etarios que en otros campos pueden considerarse dentro de la “juventud” son edades avanzadas y que comienzan a restringir las posibilidades en el mercado sexual. La incidencia negativa del envejecimiento sobre el capital erótico conspira contra las posibilidades de acumulación y rápidamente margina del mercado a las mayores. Pero tampoco las más jóvenes pueden capitalizar fácilmente el valor erótico de su edad. Al final de esta sección retomaré una paradoja que expone esta dificultad.

¿Calle o puertas adentro? Modalidades de sexo comercial en las experiencias

Las experiencias de las mujeres presentan variaciones ligadas a las diversas modalidades de sexo comercial. Cada modalidad supone formas de organizar el espacio y los tiempos, regular contactos, pautar los encuentros y definir valores; en definitiva supone modos de producción/explotación. Es decir, la “calle”, los cabarets o whisquerías, los departamentos o “privados” y los contactos a través de avisos en el diario o en Internet, suponen: diferentes formas de seleccionar (o no) a los clientes, jornadas diarias y semanales de diversa duración y regularidad, mayor o menor riesgo de maltrato, distintas posibilidades de negociar precios y prácticas sexuales, y finalmente, cuando intervienen terceros, diversos modos de extracción de la plusvalía (O’Connell Davidson, 1998). Más allá de las condiciones objetivas o estructurales del mercado, mi pregunta es ¿cómo se significan estas variaciones en las experiencias de las mujeres?

Las entrevistadas destacaban como positivas algunas características del sexo comercial callejero: administrar su dinero y su tiempo. La posibilidad de manejar sus horarios y no “rendir cuentas” a nadie eran mencionadas frecuentemente por las que trabajaban en la calle.

Yo no estoy pendiente que tengo que venir acá a la calle, ¿viste? Lo hago tranquila, hago todo lo que tenga que hacer, si tengo que venir más tarde lo hago. No tengo ningún problema, en ese sentido me desenvuelvo bien (Lidia)
Vos… de tu plata hacés lo que querés, tenés tu horario. Vos podés estar todo el día como ama de casa, con tus hijos, dedicarte a tus, yo voy a natación, voy a mi organización y de noche puedo venir a trabajar, quedarme dos o tres horas y, por la inseguridad, a la 1 o 2 de la mañana me voy, no tengo que estar hasta las 5 o 6 de la mañana ni darle el 50% a nadie (Marisol)

Como deja entrever Marisol, esa autonomía tiene restricciones. En la calle deben respetar los horarios en que se dividen las paradas –en caso de que en la zona haya varios turnos–. Además, deben evaluar una compleja ecuación considerando el desgaste físico de trabajar de noche y a la intemperie, los horarios en que hay menor exposición a las miradas de los transeúntes (sobre todo si pueden ser del entorno familiar), pero también cuándo menor control policial, mayor afluencia de clientes y menor riesgo de asaltos.

Juana, entre las modalidades que había conocido, por agencia y en la calle, optaba por la segunda: “la agencia no te conviene porque es a medias [50% de ‘comisión’], en cambio lo que vos cobrás acá en la calle es para vos, listo… Pero sí, tenés muchos riesgos, yo me he largado de autos andando”. Aun conociendo los riesgos en carne propia, Juana, al igual que muchas otras, prefería la calle. Allí la posibilidad de una relativa autonomía y los riesgos van de la mano. La contrapartida para quedarse con el cien por ciento de lo cobrado, y evitar la comisión que deben pagar en los departamentos, “privados”, agencias o cabarets, es la exposición en la calle (que incluye las miradas y la posibilidad de agresiones de los transeúntes y otros/as).

Esta peligrosidad puede mostrar al sexo comercial callejero como un terreno caótico y sin normas. Según Mabel, “en la calle tenés que imponerte, es la ley del más fuerte”. Pero veremos que esta ley sigue algunas pautas:

Inés: Como que la calle tenés que ganarte la parada… Yo empecé a rotar, estaba un tiempo en una esquina, después allá, después allá… y bueno, después encontré una esquina en la que yo me sentí cómoda para trabajar, por el tema que estaba… había un grupo reducido de chicas, que no eran la mayoría, eran muy pocas, entonces ahí fue donde me quedé.
Santiago: Ajá. ¿Y antes en los otros lugares donde… ibas parando?
Inés: No, no había problema, lo que pasa era que éramos muchas chicas. Igualmente es ahí, a una cuadra de donde yo estaba.
Santiago: ¿Y cómo es eso que vos decís ganarte la parada?
Inés: Ganarte la parada en el tema de… de respeto con tus compañeras. Cuando yo entré ahí era muy jovencita y siempre me hacían problema por todo.
Santiago: ¿Porque eras muy jovencita?
Inés: Claro, me hacían problema porque “saliste con mi cliente…” eh… porque “ya te llevaste tanto, y tenés que irte a tu casa, dejá laburar a las otras…”.
Acá no te vamos a permitir [que una nueva se pare], pero para allá, podés ir para allá que te cobran el derecho de piso, te cobran por cada salida 20 pesos, allá en la plaza y acá no, nosotros no cobramos, no dejamos que se pare nadie. (Lidia)

“Hacer la calle” conlleva aprendizajes y no cualquiera puede sencillamente “pararse” para vender sexo, fijar tarifas y apropiarse del dinero obtenido. Las reglas de mercado se combinan con los “códigos” que surgen entre las mujeres. Algunas formas de “ganarse la parada” incluyen haber caído presa varias veces, o llevar un tiempo prolongado de permanencia trabajando. La relativa autonomía que implica estar libre de explotadores/as sólo puede lograrse a lo largo de un tiempo.

Esa autonomía tiene otras regulaciones y “códigos” internos en cada zona. Beatriz señalaba: “ahora pedís cien dólares y te matan. Claro, hay muchas, en estado de prostitución, muchas chicas trans, eso es lo que también, también cuesta que las mujeres puedan trabajar y ganar un poquito más”. Aun en las condiciones de clandestinidad en que funciona el mercado sexual, la oferta y la demanda funcionan y son parte de los mecanismos que regulan las tarifas que las mujeres pueden cobrar. En general, el precio es fijado entre las mujeres y varía por zona y/o por horarios.

El precio generalmente se cobra lo que cobran las mujeres. Si vos preguntás en el día, a lo mejor piden cuarenta, cincuenta pesos, si preguntás a la noche, son ochenta, cien. Y si te vas a Palermo… te piden en la calle trescientos y si vas a un boliche te piden mil […] yo no puedo irme a sentar en un boliche de Palermo… y pedir ochenta pesos, y… las chicas están saliendo por mil. Es como… pasar sobre ellas, buscarme problemas. Me van a decir: “No, te vas de acá, porque acá estamos pidiendo mil” ¿Entendés? (Susy)

Por fuera de los “códigos” establecidos entre las propias mujeres, la autonomía en las calles se encuentra amenazada por dos poderes: las fuerzas policiales y los proxenetas. Las mujeres acuerdan entre sí en algunas zonas, pero en otras puede haber “dueños/as de las paradas” y/o policías que las ahuyenten o les pidan sobornos. Ambos pueden ser motivos de disputas –incluso entre las propias mujeres– y/o de traslados.

Santiago: ¿Y parabas siempre en el mismo punto?
Beatriz: Al principio iba rotando, donde veía, es por calle, antes era donde, bah, siempre hice, trabajé bien ¿No? Gracias a dios, trabajé bien, pero iba rotando las esquinas hasta que a lo último me quedé con Pavón y Salta y ahí quedé, con los últimos años que estuve ahí en Constitución. También paré en Flores, Palermo, cuando yo vine acá empecé en Palermo, después pasé a hacer Constitución.
Santiago: ¿Y por qué ibas cambiando? ¿Qué cosas te hacían que fueras, cambiaras de una esquina a otra, de una zona a la otra?
Beatriz: Y, porque a veces se ponía muy bravo Constitución, hubo una época muy jodida. Con la policía. […] Viste, pero era yo contra todos, porque cuando vos te parás en una esquina sin tener marido te quieren sacar y yo decía “a mí nadie me va a sacar porque me planto acá y que venga quien sea”, porque hay que tener, en esa situación tenés que sacar valor, que creés, que capaz no lo tenés pero lo tenés que sacar. […] [Cuando tenía proxeneta] yo no tenía derecho a irme a sentar a tomar un café, pero yo lo hacía igual, a mí no me importaba, lo hacía igual, yo quería comer y comía, si iba a tomar un café, lo hacía, pero las otras mujeres no.

Beatriz relató que había comenzado en el sexo comercial engañada por su marido-proxeneta. En ese régimen la mirada del proxeneta controla las acciones y los tiempos de las jornadas (“trabajaba 18 horas por día ¿Me entendés? Más vivía presa que vivía en mi casa”). Sin embargo, abandonó a su marido y comenzó a trabajar de forma independiente. La denominación de “loca suelta”, que reciben las mujeres que trabajan sin estar bajo el control de un proxeneta, da cuenta del aislamiento y la irreverencia que supone lograr la autonomía. Queda claro que la calle, como territorio que nunca puede ser apropiado definitivamente, muestra la falta de un lugar propio que de Certeau (1999) indica como características de las tácticas; desde este espacio ajeno, siempre en disputa, es desde donde las mujeres deberán movilizar sus intentos de autonomía.

Otra de las fuerzas que buscan controlar a estas mujeres es la de la policía, cuyos efectos son similares a los de los proxenetas[22]. La persecución policial no sólo impone el dominio por medio de la coacción legal y el uso de la violencia (legítima o no), también incide económicamente pues, además de las “coimas”, los días de arresto son también días donde se pierde la posibilidad de ganar dinero (a veces incluso generando deudas, como le sucedía a Susy, quien cuando salía de la cárcel se encontraba con que debía varios días de alquiler en el hotel). También se pierde la posibilidad de incrementar los ingresos por no poder llevar “juguetes sexuales”, ya que la policía los toma como evidencia, según Mabel. Finalmente, el asedio de la policía puede empujar a las mujeres a cambiar de zona –perdiendo sus clientes regulares– u optar por trabajar puertas adentro y someterse a condiciones de explotación más intensas, lo cual Susy asociaba con la “trata”

Yo estaba por todos lados, ¿viste?, con esto de la persecución [policial]… Yo estaba en la época de persecución… y siempre… uno… este… trata de cambiar de lugar para que no se persiguiera tanto… Incluso esto de la persecución, digamos, a situaciones de trata. Porque la policía al perseguir, uno busca lugares donde no te persiguen, porque no quiere uno estar presa. Entonces caen en situaciones de tratas, como en situaciones de trata […] Si bien no me obligaron y me llevaron con un revolver, pero yo caí en esos lugares porque… eh… estaba cansada de que me lleven presa… ¿Entendés? Entonces es como un descanso para uno no caer presa […] he estado en casa así que… que tenía que dejar el 50% de lo que… O sea, ellos te reciben toda la plata… y después te dan la mitad de lo que hiciste. Por ejemplo… dan así… este… quince días, veinte días… y todo lo que uno hace… todo lo tiene que dar, y después cuando te vas, te dan la mitad de lo que hizo. Y algunos no te la dan nada. Hay mujeres que no le dan nada… Yo tuve una situación así, como que tuvimos que dibujar que me iban a buscar y que iban hacer lío, porque no me daban la plata. Y yo tenía… 22; 23 años… y no me daban la plata (Risa leve) Y hay muchos que se la quedan… (Susy)

Huyendo de la persecución policial y de los riesgos de la calle, muchas optan por hacer sexo comercial puertas adentro, en cabarets, boliches o privados, manejados por proxenetas. En los casos como los que relata Susy, la vulnerabilidad se incrementa y los proxenetas aprovechan esta situación al máximo posible.

El costo monetario por evitar los riesgos de la calle es muy variable, entre las mujeres con las que hablé las comisiones cobradas iban desde el 30 hasta el 60 por ciento de lo ganado. O’Connell Davidson (1998) señala que parte del alto grado de explotación al que son sometidas las mujeres se debe al hecho de que los proxenetas solo pueden obtener “plusvalía simple”, es decir que sólo incrementan sus ganancias a partir de la duración de las jornadas de las mujeres. Por ello el recurso de incrementar los porcentajes de las “comisiones” es una de las variables de ajuste y quienes fijan porcentajes de comisión tanto como tarifas son los dueños-proxenetas. No obstante, Yamila me explicaba que “obviamente la plata es diferente que en zona, no es la misma plata acá [Capital] que en zona sur”, también el nivel socioeconómico de los barrios donde funcionan los boliches puede intervenir en los precios.

Una variante de modalidad extractiva se da en los boliches o cabarets donde las mujeres trabajan como “alternadoras”. Allí antes de “hacer el pase” con los clientes ellos deben pagarles algunos tragos y las mujeres pocas veces reciben un porcentaje de estos.

Vos… por llegar a trabajar, ponele, hasta las doce de la noche, cumplir el horario, la primer copa es tuya. Y después tenía que pagarte dos o tres copas como mínimo, para poder sacarte o… hacer el pase ahí adentro. Ellos se aseguraban con lo que tomaran la chica y el… Pero allá [Santa Cruz] es más distinto, por ejemplo allá te sacan el 30% y te quedabas con el 70% de las salidas. Acá no, acá [San Juan] y en todas estas provincias, te sacan mitad y mitad. Te has hecho cuatro mil pesos un mes… y vos seguro que cobrás dos mil. Y a veces que te puentean la plata, con suerte te pagan dos mil y sino te pagan mil. (Úrsula)

Además de las condiciones estructurales –las asimetrías de género y de clase del mercado laboral, y la vulnerabilidad en términos legales–, en mi trabajo de campo pude encontrar otros elementos que, según las mujeres, también influyen sobre el grado de explotación. Úrsula había trabajado en varias ciudades además de San Juan y había notado que, en las provincias más pequeñas, donde el control policial es más intenso y son menores las posibilidades de desplazarse a otras zonas, las comisiones que retienen los cabarets o privados son mayores.

Las entrevistadas veían otra desventaja en el incremento de la competencia, pues en los lugares puertas adentro usualmente trabajan muchas mujeres.

Fernanda: El dueño no te exigía mucho. ¿Por qué?, porque era un boliche grande, había minas de todos los colores…
Santiago: ¿No te exigía que los clientes tomaran copas y eso?
Fernanda: No, no me exigían, como no… tenés que ir y… como decía el cliente, para esto… Era como que… bueno, no trabajo, no me llevo un peso… […] era como que dice: “si no te movés… no vas hacer un peso”, y si no hacés un peso… ponele que me daba una semana, ya a los quince días… me decía: “No podés entrar porque hay muchas mujeres” Pero a mí lo que me quedaba en claro, era [que no podía entrar] porque no le daba producción
Una vez fui a un sauna, un lugar que tenés que estar desnuda, un bikini y en corpiño. No me gustó… porque sentía que no… estar tanto en la calle y estar desnuda ahí y competir con 30 mujeres, entraba uno loco, tres locos y tenías que estar ahí poniéndome en cada pose para que me de bola, viste. Mucho no me gustó, y más la plata que le tenía que dar al chabón [el dueño-proxeneta]. (Valeria)

El relato de Valeria muestra otro inconveniente, la exposición física. En los cabarets a veces, tras terminar el “show” de striptease y bajar del escenario, las mujeres no podían disimular el pudor por su desnudez y recorrían apresuradamente el trecho que las separaba de los camarines. Si bien en el contexto de calle hay una mayor exposición en términos cuantitativos (la cantidad de individuos que las miran), en los cabarets exposición es cualitativamente más intensa por la desnudez.

Otra característica negativa de los “privados” es la falta de margen para filtrar clientes. Estos incluso pueden exigir algunas prácticas sexuales con la amenaza de “quejarse con los dueños”. Daiana sintetizaba las características de estos espacios:

El cabaret no me gustó, era o sea, muchísima exposición y muchas veces para nada… claro, porque obviamente, en un cabaret tenés 20 chicas, entendés, de diferentes países, y bueno no me gustaba el tema de la exposición, exposición muchas veces para hacer 40 pesos, entendés entonces no me parecía, estar toda la noche, también cumplir un horario, no, no me parecía, en cambio así, si quiero salgo, si no quiero no salgo, si quiero hacer cuatro servicios por día hago cuatro, si quiero hacer uno hago uno, si no quiero hacer ninguno no hago ninguno, no importa, entendés, esa es la diferencia de estar trabajando para alguien o en un lugar o trabajar sola, esa es la diferencia. (Daiana)

Daiana trabajaba entonces como “escort independiente”, esta modalidad aparece como la que mayor margen de autonomía relativa les brinda en términos de horarios y administración de sus ingresos. Además, algunas percibían esta modalidad como menos riesgosa en términos de los clientes que recibían. Contrastaban esa situación con el contexto de calle donde supuestamente corren mayor riesgo porque “no sabés quién puede venir”. Luli sentía que trabajando como escort en el departamento que alquilaba a otra compañera tenía bajo control el riesgo de violencia por parte de los clientes, pero no pensaba así sobre la calle:

Santiago: ¿Y nunca trabajaste en calle, por ejemplo?
Luli: No, no me gusta…
Santiago: ¿Por?
Luli: Le tengo miedo. Eh… sé artes marciales, sé defensa personal, pero nunca sabés hacia dónde te llevan. Te subís al auto y no sabés adónde terminás. No sabés con quién terminás, no sabés si va a coger con forro o sin forro. Si te va a violar, si te va a contagiar algo…; si te va… si va a tomar el servicio y después te va degollar… Nunca sabés.

Además de disminuir riesgos, hacer sexo comercial como escort significaba otro tipo de protección. Cuando le pregunte si alguna vez había trabajado en la calle, Abril me explicó “trabajar en la calle supone…trabajar…no sé, cobrar poco…y tener que aguantarte un montón de gente. El que viene de cosechar ajo con todo el olor, ¡imagináte, me muero!”. En su explicación se mezclan la esfera económica con la simbólica –tal como vimos más arriba que pasaba con las experiencias asociadas a la “suciedad”–. Trabajar como escort, o “ser una escort” –como algunas aceptaban sin problemas–, supone también una protección simbólica pues, muchas veces, emerge una lógica de distinción (en el sentido bourdesiano) respecto a las otras modalidades. Para las escorts trabajar en la calle es algo muy “bajo”, tanto en términos simbólicos como en el valor de la “salida”. Abril fue enfática para dejar claro que ella trabajaba a “otro nivel” mucho más reservado y seleccionando clientes, pero también me relató su paso de estar en relación de dependencia a hacer sexo comercial por su cuenta, primero poniendo avisos y luego exclusivamente “por contactos”:

Abril: Yo trabajaba en una casa de compañía, trabajaba de 7 de la tarde a 7 de la mañana. Generalmente ahí no podías elegir con quién salir y con quién no, es a eso a lo que me refiero con que yo puedo escoger con quién salir y con quién no, ¿sí? Existe una gran diferencia entre un principio y ahora. Qué sé yo, 7 de la mañana, a veces día sábado, a veces día domingo…trabajaba hasta las 9 de la mañana, eran 12 horas de corrido, donde tenías que atender mucha gente para que…para que realmente te fuera conveniente, para ganar cierta cantidad de plata y vos decir: bueno, me conviene. Y a veces había días que no aparecía nadie, que éramos 20.000 chicas y en la cual…vos pasabas, te presentabas y eras un objeto más. Pasaban y decía bueno con esa, pum el tiempo era reducido, entrabas, sexo y a otra cosa, y mientras más rápido era mejor, más atendías y era mejor.
Santiago: ¿Y ahí cómo arreglabas, vos tenías que dejar…?
Abril: Ganábamos el 50%… en ese momento era como ir y decías: necesito plata y punto, no te interesaba con quién ibas a estar, ahora no, o sea…

Luli había hecho un recorrido similar, dijo que ahora como escort puede capitalizar realmente su trabajo, pero para ello tuvo que empezar “trabajando para otro” y finalmente logró ahorrar e independizarse. María pudo hacer lo mismo utilizando un “regalo” de un cliente con el cual pudo alquilar un departamento y dejar de estar en relación de dependencia. Todas las escorts que entrevisté habían pasado por otras modalidades previas donde eran explotadas.

La modalidad de escort permite al mismo tiempo, en términos del capital económico, la valorización cualitativa de los servicios, y en términos de capital simbólico, cierta distinción respecto a las otras modalidades de sexo comercial que puede atenuar parte de los efectos de la estigmatización. Pero acceder a esta modalidad supone una posesión de capitales económico, cultural y erótico (salvo una, todas las escorts tenían hasta 30 años o menos y un nivel educativo superior a la media[23]), por ello esta modalidad, más claramente que otras, es a la vez un estrato. Entonces podemos pensar esta modalidad como más “exclusiva” en ambos sentidos, tanto por la distinción como por la exclusión que presupone.

Para la mayoría de las mujeres que entrevisté una de las cuestiones más importantes en relación a las modalidades de sexo comercial era lograr manejarse con la mayor autonomía posible. Para otras pocas la exposición que implicaba obtener esa autonomía en la calle era lo suficientemente elevada como para resignarse en aras de la protección asociada a los lugares puertas adentro. La modalidad de las escorts permite seleccionar más a sus clientes y manejan con relativa autonomía su actividad (en cuanto a horarios, tarifas y servicios). Esta modalidad exige un conjunto de recursos que no parecen estar al alcance de todas. Más aun, leída a través de los testimonios de las entrevistadas, la dinámica del mercado sexual está marcada por tres tendencias: aumentar la explotación y la segregación, y restringir la autonomía[24]. En la búsqueda de trabajar con mayor autonomía, algunas reúnen los capitales, económico y erótico como para lograrlo como escorts, mientras otras intentarán gestar su autonomía en la calle. Las condiciones adversas para la autonomía actúan como una tenaza de constricciones puntuales: policía por un lado (calle) y proxenetas por el otro (privados, cabarets o agencias).

A estas características se suma la presión de la edad, como principal condicionante sobre el capital erótico. Más arriba ya dije que el envejecimiento actúa devaluando en mayor o menor medida el capital erótico y por ello este es un capital difícil de acumular. Pero además, en la forma de funcionamiento del mercado sexual que he podido observar, el efecto de la juventud como potenciador del capital erótico supone una paradoja respecto de la autonomía. Obtener cierto grado de independencia, sea como escort o en la calle, supone un tiempo de permanencia en el mercado, usualmente algunos años, con lo cual los años de mayor juventud probablemente serán explotados por algún proxeneta o la policía. En este esquema, una vez conseguida cierta autonomía, las mujeres estarán eventualmente compitiendo con otras más jóvenes, reforzándose así las tendencias del mercado a socavar la autonomía y expropiar la valorización del capital erótico.

Recapitulación

En este capítulo he abordado las experiencias de las mujeres en el sexo comercial bajo dos ángulos que se ligan entre sí: sus carreras y sus percepciones sobre el mercado sexual.

En términos de sus carreras, comenzar a hacer sexo comercial implica entrar en un terreno atravesado tanto por la economía como por la moralidad. Vimos que varias de las entrevistadas construían un relato justificatorio espontáneamente –es decir sin que mediara ninguna pregunta al respecto– para narrar su entrada en el sexo comercial. Aquí se pone de relieve tanto el peso simbólico asignado a la maternidad como la distancia respecto de la prostitución que aparece como inimaginable (aun cuando forma parte de las estrategias de subsistencia de las mujeres que las rodean, por lo que varias entran de la mano de una “protectora”).

En términos del mercado laboral, atravesado por asimetrías de clase y de género, y de la sexualización de los empleos otorgados a mujeres, hacer sexo comercial podría parecer simplemente una variante más, no muy lejana a las otras alternativas laborales. Sin embargo, desde la experiencia de las mujeres no se reconstruye esa continuidad, sino que comenzar a hacer sexo comercial es vivido como una trasgresión.

Para otras pocas la entrada en el sexo comercial aparecía como un deslizamiento irreflexivo y no traumático –que de hecho en su momento no era pensado/vivido como una “entrada”–. En estos casos desaparece en buena medida el relato justificatorio, todo lo cual podría hacernos pensar que no existe para ellas la experiencia de una “entrada” en el sexo comercial. Sin embargo, un elemento continúa denotando el cruce de frontera, pues aún en los casos en que no es traumático, el comienzo se acompaña de un sentimiento de irreversibilidad. Este tiene una marca de género específica pues se liga a las experiencias de las mujeres –a diferencia de aquellas de las travestis donde el punto de inflexión está más ligado a mostrarse “montadas” en público y el sexo comercial es apenas una dimensión en el proceso más amplio de devenir trans.

El carácter transgresivo de la entrada en el sexo comercial se expresaba en la sensación de “suciedad” que se asociaba a las primeras experiencias. Esta suciedad impregna tanto los cuerpos de las mujeres –que serán sometidos a distintos procedimientos de purificación– como al dinero obtenido. La ecuación a resolver conlleva negociar la falta moral que expresa la suciedad con la necesidad económica y las pocas alternativas que impone la estructura de género y de clase del mercado laboral.

Una vez en el sexo comercial las características específicas del mercado sexual restringen la autonomía de las mujeres. Como alternativa a la fuerte explotación que es común en las modalidades puertas adentro, las mujeres intentan trabajar bajo modalidades que les brinden mayor autonomía. Las constricciones se expresan puntualmente en el accionar de policías y proxenetas, y, de forma más anónima, en el funcionamiento del propio mercado sexual y laboral. En este marco, los caminos para lograr algunos grados de autonomía relativa dependerán o bien de las posibilidades de acumular capitales (económico, cultural y más difícilmente capital erótico) en el caso de las que logran trabajar como escorts, o bien de la exposición a ciertos riesgos para las que “hacen la calle”. Allí la autonomía no será la del lugar propio, sino la que se consigue –siempre momentáneamente– mediante tácticas y respetando los “códigos” de la calle.

Otro punto que he resaltado respecto de la dinámica del mercado sexual es la valorización del capital erótico que se liga directamente con la juventud. Las más jóvenes tienen la posibilidad (o la obligación según los “códigos” de la “zona”) de cobrar tarifas más elevadas. Paradójicamente, esta ventaja es difícil de aprovechar pues las más jóvenes suelen ser novatas que tienen menor autonomía y serán explotadas por un/a proxeneta; incluso ingresando de la mano de una protectora, les tomará un tiempo prolongado aprender las tácticas del oficio y rentabilizar su capital erótico.

Finalmente, todos estos elementos se ponen en juego a la hora de lograr retirarse del mercado. Las múltiples dificultades para el retiro incluyen la desvalorización que supone el envejecimiento, los problemas para administrar el dinero –que abarcan la dimensión simbólica del “dinero sucio”–, la estigmatización que perdura aún después del retiro, y la complicación, para aquellas más desaventajadas, de planificar el retiro con antelación.

Podemos pensar las carreras también en términos de las ecuaciones de capitales. La “prostitución”, como forma de convertir directamente capital erótico en capital económico, supondría una pérdida de capital simbólico que se expresa en el “estigma de puta”. El complejo (des)balance de los capitales erótico, económico, cultural y simbólico, que se ponen en juego en las distintas modalidades del sexo comercial, marcará de distintas formas las carreras de las mujeres, según la posesión y acumulación de capitales que logren.

Las mujeres al comenzar a hacer sexo comercial entran en un territorio de abyección donde deberán aprender a manejar los costos simbólicos de la estigmatización (y al mismo tiempo intentar valorizar sus capitales) para subsistir. A lo largo de los capítulos siguientes continuaré analizando con qué herramientas cuentan y qué esfuerzos implica utilizarlas para moverse en este terreno fangoso.


  1. La mayor parte de las entrevistadas comenzaron en el sexo comercial cuando ya tenían hijos y la mayoría de ellas eran solteras.
  2. “Dentro de la socialidad hay ciertas zonas abyectas que también sugieren esta amenaza y que constituyen zonas de inhabitabilidad que el sujeto, en su fantasía, supone amenazadoras para su propia integridad pues le presentan la perspectiva de una disolución psicótica (‘Prefiero estar muerto antes de hacer tal cosa o ser tal cosa’)”. (Butler, 2002: 20)
  3. Esta denominación evita nombrarse en función de la tarea (“empleada doméstica”) por lo que podríamos pensar que ser una “mucama” también tiene una cierta carga de estigma. Pero a la vez, propicia sentidos equívocos para la actividad, causando a veces confusiones entre los “trabajos”. En el capítulo 7 me referiré a esto nuevamente.
  4. Frente al hostigamiento de la policía también surgen vínculos solidarios, y las mujeres que trabajan como empleadas domésticas permiten que las que hacen sexo comercial se mezclen entre ellas para ocultarse de la vigilancia policial.
  5. Además de la figura de la “mucama sexy” del imaginario masculino hegemónico, otros productos culturales reflejan la sexualización de este trabajo y su cercanía con la prostitución. La película brasilera Domésticas –basada en el texto de Renata Melo quien entrevistó a varias empleadas para su novela– retrata vívidamente esta situación. La deplorable situación de las domésticas, para la que “ninguna chica ha nacido” según una de las protagonistas, se contrapone al fantasma de la prostitución que sobrevuela sus historias. Sobre el final del film una de las empleadas parece haber conseguido mejorar su situación económica, aunque no siendo modelo como pretendía, sino que ha comenzado a ser prostituta.
  6. Un ejemplo de esta sexualización se puede ver en el análisis de Barrón Lopez (2012) sobre las “playeras” de las estaciones de servicio. Sin embargo, la autora aclara que no toda sexualización es de por sí violenta, sino aquella donde no hay una puesta en común de los roles y los significados ni una experiencia aceptada ni gratificante.
  7. Aunque Anahí llevaba relativamente poco tiempo (6 meses) haciendo sexo comercial, decidí incluir esta entrevista pues sus relatos resultaban valiosos para reflejar las posiciones de las que tienen aún poca trayectoria.
  8. Por ejemplo la tesis de maestría de Raffo (2012) plantea esta lectura, sin embargo allí la marca de género queda difuminada pues se pone en paralelo la experiencia de la entrada en el sexo comercial de las mujeres con aquella de las travestis.
  9. Una explicación más allá de la linealidad causal supondría considerar una combinatoria de elementos estructurales (configuración histórica del mercado del sexo y los patrones de sexualidad, de las relaciones de género), otros coyunturales (como transformaciones económicas de la estructura social, los procesos migratorios, los cambios en el mercado laboral y las estructuras familiares, entre otros) y probablemente otros factores a nivel individual. Además, como bien señala Pateman (1985), indagar exclusivamente sobre las causas por las que las mujeres optan por la prostitución a partir de sus testimonios puede llevar a suponer que la prostitución es más un problema de ellas que de los varones que demandan sus servicios. Shrage (1994) coincide, pero agrega que plantear lo mismo respecto a los clientes supone ponerlos en un lugar de agentes autónomos y causantes.
  10. Por ejemplo, en el modelo que propone Barry (1994) las mujeres, seducidas y engañadas por un proxeneta, hacen su primera salida con un cliente pensando que es una única vez o que no es algo trascendente a lo que deban prestar atención. Cuando describe la entrada de las mujeres en la prostitución se centra únicamente en el sometimiento y detalla con precisión las estrategias de los proxenetas. Sin embargo, sólo menciona al pasar cómo la estigmatización y la internalización de los juicios morales de la sociedad son lo que garantiza la efectividad de las prácticas con las que los proxenetas someten a las mujeres.
  11. Las mujeres tienen mayores tasas de desempleo, menor acceso al empleo asalariado registrado y menor ingreso por hora trabajada. Además, el mercado laboral presenta para las mujeres una segregación ocupacional tanto horizontal (recluyéndolas en algunas ramas de actividad devaluadas, especialmente las que tienen que ver servicios los trabajos de cuidados) como vertical (negándole el ascenso a puestos jerárquicos, lo que se conoce como “techo de cristal”). “Las trabajadoras acceden en menor proporción a cargos de conducción, aun presentando mayores niveles educativos, incluso en actividades muy feminizadas” (Rojo Brizuela y Tumini, 2008: 53).
  12. Algunos estudios plantean que los ingresos que se obtienen en el sexo comercial pueden representar, para mujeres de sectores populares, una posibilidad para salir de la miseria y lograr una movilidad social ascendente –tal como también es el matrimonio– (Blanchette y Silva, 2009). Para otros, las ganancias obtenidas deben superar la pérdida causada por la estigmatización y las dificultades para tener una pareja o un matrimonio, y ello explica por qué la prostitución reporta mayores ingresos que otros trabajos (Edlund y Korn, 2002). También se suele señalar que algunas características como la juventud o la capacidad de desarrollar trabajo emocional mejoran los ingresos (ver Blanchette y Silva, 2009; Edlund y Korn, 2002; Moffat y Peters, 2004 entre otros). Volveré sobre esto para considerar cómo estas formas de fijar valores del mercado sexual inciden en las carreras de las mujeres.
  13. Se podría considerar esta respuesta como un rechazo a declarar, pero cuando las entrevistadas no deseaban revelar este dato lo negaban directamente.
  14. La prohibición de hablar sobre los montos de sus ingresos que tenían las mujeres dentro de esta organización, podría leerse también en clave política. Las mujeres que daban entrevistas eras instruidas para declarar únicamente: “la calle está muy dura” sin precisar ninguna cifra. Esto podría ligarse a que uno de los reclamos de esta organización es que el Estado les brinde otras fuentes laborales más “dignas”, sin embargo, las razones de esta práctica no fueron expuestas, sino que cuando pregunté por qué optaban por no declarar sobre los ingresos las dirigentes respondieron que era un dato “muy íntimo”.
  15. Muchas veces estos primeros clientes entablan vínculos duraderos y afectivos con las mujeres tornándose clientes-amigos. Más adelante me ocuparé de este tipo de relaciones.
  16. “A posiciones contradictorias, aptas para ejercer sobre sus ocupantes ‘dobles coerciones’ estructurales, corresponden a menudo habitus desgarrados [habitus clivé], dados a la contradicción y la división contra sí mismos, generadora de sufrimiento” (Bourdieu, 1999: 210; ver también Suárez, 2012). En los siguientes capítulos veremos varios elementos más (el desdoblamiento, las fronteras) que alimentan esta interpretación.
  17. Especialmente Ammar Asociación por los Derechos Humanos (conocido como AMMAR Capital) que tiene como uno de sus objetivos encontrar posibilidades laborales y educación para lograr que las mujeres salgan de su “situación de prostitución”.
  18. Sanders propone cuatro tipos: “reactivo”, la salida como respuesta a un evento significativo en la vida (ej. embarazo, un episodio de violencia extrema, enamoramiento), “planeamiento gradual” la salida como fruto de un largo proyecto (tratamiento de rehabilitación de drogas, construcción de una carrera alternativa), “progresión natural” como fruto del agotamiento (envejecimiento, desmejoramiento en las condiciones de trabajo) e “idas y vueltas” (yo-yoing) sucesión de varias interrupciones (necesidad de vacaciones temporarias, entradas y salidas de la cárcel). Sería interesante analizar también el papel que juega la participación en organizaciones como forma de lograr un retiro. (ver Mathieu, 2003)
  19. O’Connell Davidson (1998) plantea la necesidad de definir quién es un proxeneta: aquel/aquella que obtiene un beneficio de la prostitución de otras/os, sea porque ejercen un control directo sobre estas/os y/o porque llevan a cabo una función específica en la reproducción cotidiana de dicha prostitución. Esto plantea la necesidad de no subsumir todo el proxenetismo bajo la figura estereotípica del “fiolo” (pimp), sino comprender la implicación de distintas modalidades de proxenetismo (patterns of pimping) según: el tipo de vínculo entre el proxeneta y la prostituta, el modo de extracción de la plusvalía y la forma en que se asegura la obediencia.
  20. Uso la denominación nativa “códigos” para aquellas pautas que las mujeres referían como formas propias de estructurar la actividad que se combinan, a veces de formas conflictivas, con la dinámica o las reglas de mercado.
  21. Recupero aquí, críticamente, la propuesta de Catherine Hakim sobre la noción de “capital erótico” como otra forma de capital que se sumaría a aquellas que conceptualiza Bourdieu. Según Hakim, el capital erótico es “una combinación de estética, atractivo visual, físico, social y sexual para otros miembros de la sociedad” (2010: 501). Esta conceptualización resulta útil pero la forma en que Hakim piensa el funcionamiento de este capital pone de relieve el esencialismo y la ingenuidad de su propuesta en términos de sexopolítica. Sintéticamente, no concuerdo con dos puntos planteados por Hakim que simplifican excesivamente la cuestión: que las mujeres tienen más capital erótico que los varones, pues se dedican más a cultivarlo; y que el capital erótico no está controlado por la clase y estatus, y tiene un carácter subversivo. En el primero de estos puntos se pierde de vista el carácter relacional del capital, es decir que lo que da valor a este capital no es sólo el trabajo personal sobre sí mismo, sino es la mirada del otro. Tener en cuenta esto pone también en cuestión el pretendido carácter subversivo. Hakim considera la sanción que pesa sobre las que comercializan sexo y el efecto inhibidor que tiene para el resto de las mujeres; pero no repara en las asimetrías de género y la heteronormatividad presentes en las formas de valorización del capital erótico que determinan –aun cuando sea campo de disputa– qué es erótico y qué no para un mercado sexual. Retomo por ello dos puntos que plantea Adam Green: la necesidad de trabajar con un concepto más restringido de capital erótico (belleza y atractivo sexual) e insertarlo en un “campo”. Coincido con Green (2013) en que el principal problema de la noción de capital Hakim es que deja de lado el concepto bourdesiano de “campo” y así pierde poder sociológico. Parte de mi análisis supone evaluar como funciona el “capital erótico” en el “campo” del mercado sexual, aunque acotado al caso del sexo comercial.
  22. Al momento de la escritura de esta tesis, algunas entrevistadas con las que continúo en contacto me comentaron que la policía estaba extorsionando a los clientes para que les pagaran coimas utilizando como amenaza los proyectos de leyes para penalizar a los clientes recientemente presentados (ver https://bit.ly/3td1DMl). En las palabras de Susy “hay una lucha entre la policía y las mujeres para ver quién le saca la plata al cliente”.
  23. Casi un tercio de las entrevistadas no había concluido la primaria. Las que trabajaban bajo la modalidad escort eran las únicas –a excepción de una entrevistada que estaba estudiando en el Ciclo Básico Común-que habían concluido la secundaria o comenzado estudios superiores.
  24. Otro indicio de las tendencias a restringir la autonomía aparece en la normativa legal que prohíbe la publicación de avisos clasificados, a la cual me referí antes. Esto, si bien no impide anunciar, lleva a que las mujeres tengan que movilizar más recursos pues la clandestinización encarece el servicio (según las entrevistadas habían subido los precios por anuncios en los propios diarios o en las páginas de Internet).


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