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1 Marco teórico y contexto

Este capítulo está dividido en tres partes: a continuación desarrollaré las líneas teóricas que guían la tesis y las investigaciones más importantes realizadas en Argentina sobre la temática. Luego explico los argumentos y las posiciones en el debate que –desde hace más de tres décadas– atraviesa la producción intelectual sobre la prostitución, y delineo el enfoque del que he partido en esta tesis. Finalmente cierro este capítulo brindando una contextualización básica para comprender el derrotero que ha seguido la prostitución en nuestro país.

Brújulas teóricas. Algunos conceptos clave

En esta sección me refiero a algunos conceptos básicos que han servido a modo de brújulas, es decir dando una orientación general en el recorrido de esta tesis. A lo largo de los siguientes capítulos continuaré enlazando el análisis con el desarrollo de otros elementos teóricos más puntuales. Aquí he organizado el tratamiento de los enfoques y conceptos desde los planteos más globales a aquellos más delimitados. Comienzo por nociones panorámicas (género, sexualidad) para pasar a las que enmarcan el análisis (experiencia, identidad) y finalmente algunas más específicos y centrales para esta tesis (estigma, tácticas). A su vez, para cada concepto he trazado lineamientos teóricos básicos para luego enriquecerlos a partir de varias críticas.

En las ciencias sociales, desde hace un tiempo se han abierto una cantidad de discusiones sobre la sexualidad, el sexo y el género. Aquí sostengo una posición enmarcada dentro de la tradición amplia del constructivismo. Este enfoque concibe tanto sexualidad como sexo y género como producciones sociohistóricas cuyo análisis cuestiona divisiones taxativas entre naturaleza y cultura.

Un punto de partida es lo que Gayle Rubin llamó “sistema de sexo-género” y que define inicialmente como: “el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas” (1986: 97). Para Rubin la opresión de las mujeres está ligada a las relaciones que producen y organizan el sexo y el género. Ella señala tres cuestiones que sintetizan la forma en que se organiza el sexo: el género, la heterosexualidad obligatoria y la constricción de la sexualidad femenina. A partir de las ideas de Levi-Strauss sobre los sistemas de parentesco, Rubin destaca el papel del “intercambio de mujeres” como forma de funcionamiento del sistema de sexo-género y critica las asimetrías que aquel supone.

Aquí un asunto importante para esta tesis es entender el papel de la interdependencia económica que surge de la división del trabajo, como forma de producir género y asegurar el matrimonio heterosexual. Rubin subraya la necesidad de ir más allá del planteo marxista y concebir una economía política del sexo, para entender cómo se reproducen las asimetrías de clase por el sexo-género. “El parentesco y el matrimonio siempre forman parte de sistemas sociales totales, y siempre están ligados con ordenamientos económicos y políticos” (Rubin, 1986: 138). Así, el comercio de sexo por fuera de esas estructuras de parentesco queda sancionado como una trasgresión y, podemos agregar, en la asimetría de la sanción –que cae sobre las mujeres, pero no tanto sobre los varones– se refleja la asimetría más general del sistema de sexo-género.

Rubin también retoma críticamente los desarrollos del psicoanálisis, para pensar el papel del complejo de Edipo en la producción de sexualidad que gesta el sistema de sexo-género. En ese sentido establece una comparación con los efectos del capitalismo para producir sujetos obreros:

El complejo de Edipo es un aparato para la producción de personalidad sexual. Es un lugar común decir que las sociedades inculcan a sus jóvenes los rasgos de carácter apropiados para llevar adelante el negocio de la sociedad, por ejemplo, E.P. Thompson habla de la transformación de la estructura de la personalidad de la clase trabajadora inglesa, cuando los artesanos se convirtieron en buenos obreros industriales. Así como las formas sociales del trabajo exigen ciertos tipos de personalidad, las formas sociales del sexo y el género exigen ciertos tipos de gente. (Rubin, 1986: 123)

Así delineado el sistema de sexo-género sirve de base a la opresión, pero Rubin deja en claro que esta no es una característica inmutable. Para comprender de qué forma se producen y reproducen las posiciones de género podemos recurrir a Judith Butler y su teoría de la performatividad. Dejaré de lado la discusión sobre la relación entre género y sexo[1], para concentrarme en la performatividad como forma de comprender cómo el accionar de las personas reproduce un género. Este enfoque permite abandonar el carácter estático de las identidades de género y complejizar las relaciones entre género, prácticas sexuales, y otras coordenadas:

Si una “es” una mujer, es evidente que eso no es todo lo que una es; el concepto no es exhaustivo, no porque una “persona” con un género predeterminado sobrepase los atributos específicos de su género, sino porque el género no siempre se constituye de forma coherente o consistente en contextos históricos distintos, y porque se entrecruza con modalidades raciales, de clase, étnicas, sexuales y regionales de identidades discursivamente constituidas. Así, es imposible separar el “género” de las intersecciones políticas y culturales en las que constantemente se produce y se mantiene. (2001: 35)

La inestabilidad del género se explica por el carácter iterativo de la performatividad, por su repetición ritualizada[2]. Butler deja claro que no hay un sujeto que lleve los actos performativos según su pura voluntad, tanto como que no debe entenderse la performatividad como un acto único ya que la naturalización es un efecto de la reiteración.

Como un efecto sedimentado de una práctica reiterativa o ritual, el sexo adquiere su efecto naturalizado y, sin embargo, en virtud de esta misma reiteración se abren brechas y fisuras que representan inestabilidades constitutivas de tales construcciones, como aquello que escapa a la norma o que la rebasa, como aquello que no puede definirse ni fijarse completamente mediante la labor repetitiva de esa norma. (2002: 29)

Siguiendo la lógica iterativa de Jacques Derrida, Butler señala que la necesidad de repetición abre una “distancia entre momentos” donde acecha la desestabilización[3]. Así como el concepto de “sistema de sexo-género” me permite tematizar la construcción de asimetrías, la performatividad del género habilita a pensar su inestabilidad.

Además esta concepción no agota la explicación del género en su jerarquía como sucede en otros enfoques[4], sino que permite pensar también las complejidades de las posiciones subalternas o abyectas, en particular sus escisiones y ambivalencias en la identificación. Tras reconocer la influencia de Homi Bhabha en este punto, Butler indica: “la condición dividida de identificación [es] crucial para una idea de la performatividad que ponga énfasis en cómo se forman y al mismo tiempo se dividen las identidades minoritarias en situaciones de dominación” (2001: 16).

Butler explica que sería un error pensar “la identidad” en primera instancia para luego analizar la identidad de género pues los sujetos se hacen inteligibles en tanto tales sólo cuando se ajustan a una cuadrícula de inteligibilidad, la matriz heterosexual.

Los géneros “inteligibles” son los que de alguna manera instauran y mantienen relaciones de coherencia y continuidad entre sexo, género, práctica sexual y deseo. […] La matriz cultural –mediante la cual se ha hecho inteligible la identidad de género– exige que algunos tipos de “identidades” no puedan «existir»: aquellas en las que el género no es consecuencia del sexo y otras en las que las prácticas del deseo no son “consecuencia” ni del sexo ni del género. [cursivas agregadas] (2001: 50)

Es fácil ver cómo homosexuales y personas trans quedan por fuera de la inteligibilidad y caen en el campo de la abyección, pero ¿qué sucedería con las prostitutas” que tienen, por lo general, prácticas heterosexuales? Podemos considerar a priori que cuando se hace sexo por dinero dichas prácticas sexuales no son “consecuencia” del deseo, al menos no del deseo sexual. Esta forma de abyección pasa inadvertida para Butler (en la segunda parte de la cita puede verse que habla directamente de “prácticas del deseo”, soldando así prácticas y deseo). En esta tesis indago sobre esto que Butler pasa por alto, la forma que toma la abyección para quienes tienen prácticas socialmente concebidas como sexuales pero desligadas de su deseo sexual como motor de la actuación. Ello introduce especificidades respecto de los otros abyectos. Uno de los desafíos de esta tesis es repensar dichas especificidades y explorar la particular dislocación entre prácticas y deseo sexuales, algo que no ha recibido suficiente atención en aquellos estudios que han pensado sobre la abyección del sexo-género.

Precedente de los desarrollos de Butler, la concepción foucaultiana sobre la sexualidad también resulta de interés para esta tesis. Michel Foucault (2002) analiza el surgimiento de un dispositivo de poder que denominará “dispositivo de sexualidad”, el cual instaura las dinámicas del poder-saber vinculándolas al campo del placer y produce la noción moderna de “sexualidad”. Este dispositivo exhorta a los individuos a confesar sus placeres, y así, a decir su verdad, ya que la inteligibilidad misma de toda la subjetividad se halla enraizada en la sexualidad que ha de ser confesada.

El dispositivo de sexualidad no sólo busca la normalización de los cuerpos sexuados, sino también implica la implantación de las “sexualidades periféricas”. Pero para Foucault las relaciones de poder que se instauran no pasan sólo por la represión, sino que son productivas. Si bien las sexualidades periféricas son hostigadas, son, al mismo tiempo, multiplicadas por el aparato de saber-poder donde el complejo médico psiquiátrico juega un importante papel.

Al situar al sexo como clave para descifrar la identidad subjetiva, el dispositivo de sexualidad genera personajes perversos, esencializando ciertas prácticas calificadas como “desviadas” y postulándolas como meros emergentes, puntas de un iceberg que esconde un complejo sistema subjetivo pervertido. Así se configuran histórica y socialmente los estereotipos que gobiernan no sólo las ideologías y los discursos sobre estas sexualidades periféricas, sino también las prácticas y las técnicas de control sobre las mismas. Este enfoque permite comprender la constitución de la figura de “la prostituta” como uno de los efectos de este dispositivo, sumado a leyes específicas que generan el aislamiento de estas mujeres y la segregación del resto de la población (Guy, 1994; Walkowitz, 1980).

La sexualidad emerge como “la cifra de la individualidad, a la vez lo que permite analizarla y torna posible amaestrarla” (Foucault, 2002: 177). Si la sexualidad es la clave de comprensión de un sujeto, las prácticas sexuales constituirán manifestaciones de esa subjetividad, espacios en los que esa subjetividad sexuada se corporeiza.

En efecto, es por el sexo, punto imaginario fijado por el dispositivo de sexualidad, por lo que cada cual debe pasar para acceder a su propia inteligibilidad (puesto que es a la vez el elemento encubierto y el principio productor de sentido), a la totalidad de su cuerpo (puesto que es una parte real y amenazada de ese cuerpo y constituye simbólicamente el todo), a su identidad (puesto que une a la fuerza de una pulsión la singularidad de una historia). (2002: 189)

A partir de estas conceptualizaciones de sexo, género y sexualidad, me ha sido fructífero retomar el concepto de identidad (al que pongo en juego junto con la noción de experiencia). Se ha cuestionado largamente la noción de “identidad” como una entidad unificada y originaria, con efectos esencializadores y reificantes (por ejemeplo en Brubaker y Cooper, 2001)[5]. No obstante, considero que algunas formulaciones permiten evitar dichos efectos, tal como el enfoque que asume Stuart Hall. En un artículo que presenta una síntesis de muchas perspectivas, Hall plantea la posibilidad de usar el concepto de identidad bajo la idea derrideana de someterlo a “borradura”:

Esto indica que [los conceptos clave] ya no son útiles “buenos para ayudarnos a pensar”– en su forma originaria y no reconstruida. Pero como no fueron superados dialécticamente y no hay otros conceptos enteramente diferentes que puedan reemplazarlos, no hay más remedio que seguir pensando con ellos, aunque ahora sus formas se encuentren destotalizadas o deconstruidas y no funcionen ya dentro del paradigma en que se generaron en un principio. (2003: 12-13)

En el caso de la identidad, es necesario sostener esta categoría para poder pensar cuestiones como la agencia, pero ello no implica volver a una noción transparente y no mediada del sujeto. La forma que Hall plantea para pensar el “proceso de sujeción a las prácticas discursivas, y la política de exclusión que todas esas sujeciones parecen entrañar” (2003: 15) apunta a recuperar el carácter procesual e inconcluso. Por ello, propone pensar la identidad como “identificación”, de forma que también ponga de relieve el carácter contingente de la misma.

Las identidades están ligadas a la lógica de la diferencia, es decir que, lejos de partir de una esencia profunda o unívoca del yo, se sostienen a partir la exclusión de un “otro”.

Esto implica la admisión radicalmente perturbadora de que el significado “positivo” de cualquier término –y con ello su “identidad”– sólo puede construirse a través de la relación con el Otro, la relación con lo que él no es, con lo que justamente le falta, con lo que se ha denominado su afuera constitutivo. (Hall, 2003: 18)

Esa diferencia implica una jerarquía donde el otro siempre representa el término marcado: hombre/mujer; blanco/negro, y para el caso de esta tesis: (buena) mujer/puta –o también santa/puta o madre/puta–. De esta forma, en los procesos de identificación tiene un papel importante la ambivalencia, donde ese otro amenazador permanece siempre demasiado cerca. Bhabha ha señalado la doble condición, de incorporación y amenaza, que yace en el carácter ambivalente de las identidades coloniales, las que comprende bajo la figura del mimetismo. Este, asociado a la técnica de camuflaje, implica la identificación y la diferencia puesto que la mímesis produce algo que es casi lo mismo, pero no exactamente”, es decir que se construye como una ambivalencia, pues para ser eficaz “el mimetismo debe producir continuamente su deslizamiento, su exceso, su diferencia” (Bhabha, 2002: 112). Por ello el mimetismo produce dominación y apropiación del otro, pero siempre hay un resto inapropiado que emerge como amenaza. En particular para esta tesis me interesa considerar el papel que tiene el mimetismo respecto de la interdicción:

La visibilidad del mimetismo es producida siempre en el lugar de la interdicción. Es una forma de discurso colonial que es proferido ínter dicta: un discurso en la encrucijada de lo que es conocido y permisible y lo que aunque conocido debe ser mantenido oculto; un discurso proferido entre líneas y como tal a la vez contra las reglas y dentro de ellas. (Bhabha, 2002: 116-117)

La comprensión de esta identidad ambivalente conlleva también considerar no sólo las formaciones discursivas o estructurales y sus interpelaciones a los individuos, sino también las formas en que impactan y son reconocidas (o eludidas) por los individuos y sus prácticas discursivas. La acepción de identidad de Hall permite concebirla como un punto de “sutura” temporaria entre ambas.

Uso “identidad” para referirme al punto de encuentro, el punto de sutura entre, por un lado, los discursos y prácticas que intentan “interpelarnos”, hablarnos o ponernos en nuestro lugar como sujetos sociales de discursos particulares y, por otro, los procesos que producen subjetividades, que nos construyen como sujetos susceptibles de “decirse”. (2003: 20)

Emerge así una concepción no fijada de la identidad, sino estratégica y posicional. La respuesta frente a la interpelación supone un margen de variabilidad que habilita una posibilidad de desplazamientos dentro y más allá de las identificaciones.

No somos cuerpos tan inmensamente dóciles ni la interpelación es tan ineludible y tenemos un margen que puede ser más o menos amplio de transgresión, distorsión o incluso desconocimiento de tales identificaciones. Incluso poseemos espacio para construir marcos referenciales en base a experiencias colectivas muchas veces ni siquiera tematizadas cognitivamente, es decir, no vividas como identidades. (Figari, 2012: 41-42)

Para trabajar sobre este campo complejo donde las identidades pueden nombrarse o eludirse, me he valido también de la noción de experiencia. Esta me ha servido como referencia teórica para enmarcar los relatos de las entrevistadas sobre los distintos aspectos que comprende su paso por la prostitución.

El concepto de experiencia ha sido objeto de diversas elaboraciones teóricas, especialmente al interior de los feminismos. Desde la función que tuvo la “experiencia de mujeres, ligada a la política en los grupos de concienciación, a las más actuales discusiones sobre el valor epistemológico de la experiencia, los feminismos han construido varios conceptos de “experiencia” (Bach, 2010). Un punto de partida fue considerar la experiencia como ligada a las posiciones que ocupan los sujetos, en tal sentido las experiencias están atravesadas por el sexo-género, y aquellas de las mujeres son concebidas como experiencias desde un lugar subordinado, que han sido históricamente silenciadas como fruto de su posición subalterna.

Para precisar el alcance de este concepto, Joan Scott critica las concepciones que parten de la experiencia como evidencia. Advierte que si se atribuye una transparencia a los contenidos de las experiencias, tomándolos como un dato incuestionable, se obtura la posibilidad de hacer un análisis que cuestione la propia producción de la experiencia y se naturalizan los términos ideológicos que la estructuran. Esos usos acríticos de la experiencia

toman como evidentes las identidades de aquellos cuya experiencia está siendo documentada, y de este modo naturalizan su diferencia. Ubican la resistencia fuera de su construcción discursiva, y hacen real a la agencia como un atributo inherente de los individuos, descontextualizándola. (Scott, J. W., 2001: 47-48)

Las experiencias deben ser interpretadas en relación a los discursos que las producen, allí se encuentran las claves para comprender sus significaciones. Esta mirada evita la naturalización de las identidades, pero permite ligar las experiencias con el terreno de las subjetividades, como plantea Scott siguiendo a Teresa de Lauretis.

La experiencia es el proceso por el cual se construye la subjetividad para todos los seres sociales. A través de ese proceso uno se ubica o es ubicado en la realidad social y de ese modo percibe y comprende como subjetivas (referidas a y originadas en uno mismo) esas relaciones –materiales, económicas e interpersonales– que de hecho son sociales y, en una perspectiva más amplia, históricas. (de Lauretis, citada en Scott, J. W., 2001: 53)

Scott valora el trabajo de E. P. Thompson sobre la experiencia como encarnación de las posiciones de sujeto, pero critica la preponderancia que otorga a la clase como determinante de las experiencias por encima de otras dimensiones. El mismo tipo de crítica dirige a las miradas feministas que universalizan la experiencia de mujer, tal como lo hace, según Scott, el enfoque de Catharine MacKinnon. En este sentido interpreto los cuestionamientos del feminismo poscolonial sobre el sentido homogeneizante que asume el género y la figura de “la mujer del tercer mundo” como categoría que aplana las variaciones. “Este tipo de análisis feminista, al homogeneizar y sistematizar las experiencias de los diferentes grupos de mujeres en estos países, borra todos los modos marginales y resistentes de experiencias.” (Mohanty, 2003: 40). En el caso abordado por esta tesis, he tomado esta crítica para repensar la homogeneización en torno al género en las experiencias de las mujeres que hacen sexo comercial, y habilitar los cruces con otros clivajes (por ejemplo, clase, raza, edad, nacionalidad) que permitan concebir una diversidad de experiencias.

Historizar las experiencias, como sugiere Scott, va de la mano con el intento de hablar de identidades sin esencializarlas, y para ello la tarea es entender las operaciones por las cuales las identidades se adscriben, resisten o aceptan. Esto se vincula a un tema cardinal para esta tesis, el comprender las formas en que las mujeres que hacen sexo comercial se identifican (o desidentifican) ligándolo a sus experiencias. En este punto en particular, el trabajo de Dominick LaCapra (2006) me permite pensar dichos vínculos entre experiencia e identidad pues uno de los sentidos que LaCapra otorga a la experiencia es el de “haber pasado por algo” y esto incluye tanto a quienes se identifican o rechazan la identificación con dicha experiencia. Los procesos experienciales incluyen aquellos que pueden devenir en una identificación, pero no se agotan allí, sino que la exceden.

Varias/os críticas/as han señalado que el planteo de Scott de la experiencia como un efecto discursivo –en una tónica foucaultiana– anularía la capacidad de agencia del sujeto (Bach, 2010). Pero Scott niega que la conexión de las experiencias con los discursos produzca un determinismo lingüístico pues los sistemas discursivos siempre sostienen una dimensión de conflictos y contradicciones, y no hay ningún orden fijo de significados. Y aclara:

Los sujetos tienen agencia. No son individuos unificados y autónomos que ejercen su libre albedrío, sino más bien sujetos cuya agencia se crea a través de las situaciones y estatus que se les confieren […] Estas condiciones hacen posibles elecciones, aunque éstas no son ilimitadas. Los sujetos son constituidos discursivamente, la experiencia es un evento lingüístico (no ocurre fuera de significados establecidos), pero tampoco está confinada a un orden fijo de significado. (Scott, J. W., 2001: 66)

Sin embargo, Scott no establece claramente cómo funcionaría esta agencia de los sujetos. Para abordar este punto he recurrido al enfoque de Lois McNay, quien ubica la cuestión de la experiencia y la agencia en el terreno sociológico. McNay propone concebir la experiencia –en especial la del género– no desde el nivel de una posición estructural, sino como una “relación social vivida” (lived social relation). En su enfoque, que la autora plantea como complementario al de Scott, la noción de agencia permite comprender esta imbricación de las fuerzas abstractas estructurales en la vida de las personas.

Es mediante el desarrollo de conceptos de mediación, en este caso la agencia, que la fuerza de la determinación de las relaciones económicas y culturales sobre la vida diaria se puede hacer visible y, de este modo, la cuestión de la identidad se puede conectar a la de la estructura social. (McNay, 2005: 175)

La conceptualización de McNay me permite ir más allá (o más acá) del plano discursivo abstracto y, sin dejar de considerar las posiciones estructurales, comprender las experiencias de las mujeres ­entrevistadas en el marco de sus acciones cotidianas. Este enfoque me habilita para atender el orden de la interacción sin descuidar el marco social, que le da sentido, pero no la determina. Retomando la propuesta de McNay, entiendo las experiencias de las mujeres en el sexo comercial, a la vez que sus procesos de reconocimiento (o no) en las identidades que las interpelan, en términos de sus agencias, y las negociaciones y tensiones que surgen en este escenario. En esta tesis recupero la idea de que la reproducción de identidades “no puede entenderse simplemente como una cuestión de posicionamiento dentro del lenguaje, sino como una relación social vivida que pasa necesariamente por la negociación de conflictos y tensiones.” (McNay, 2005: 185)

La cuestión de la experiencia no puede concebirse sin pensar en las posiciones que se ocupan en la sociedad. LaCapra resalta el papel significativo –aunque no automático– que tienen las “posiciones subordinadas” en la experiencia y agrega otro punto significativo para el caso que analizo: “Podemos tener una posición subordinada sin experimentarla, y a menudo nuestra experiencia de ella depende del reconocimiento, muchas veces ofensivo, de otros” (2006: 88).

Desde aquí parte la necesidad de pensar el papel de esa “ofensa” tanto en las experiencias como en las identidades de las “prostitutas”. Para ello me ha servido la noción de estigma, considerando críticamente la formulación de Erving Goffman. En su conocido estudio Estigma, la identidad deteriorada, aborda la cuestión del estigma en el marco de la interacción. Goffman sostiene que la sociedad produce formas de categorizar a las personas según sus atributos, y así se construyen estereotipos que, cuando nos hallamos frente a un extraño, permiten hacer anticipaciones que luego se convierten en “expectativas normativas”. Al caracterizar “en esencia” a los individuos, irreflexivamente, se constituye la identidad social virtual, que será contrastada en la interacción con la identidad social real, es decir aquella cuyos atributos pueden demostrarse de hecho. El estigma funciona como un atributo que “constituye una discrepancia entre la identidad social virtual y la real en especial cuando “produce en los demás, a modo de efecto, un descrédito amplio” (Goffman, 1986: 12).

Goffman indica que no debe pensarse al estigma de forma sustancialista, lo que se necesita es un lenguaje de relaciones. Entonces, más que un atributo en particular, “un estigma es, pues, realmente, una clase especial de relación entre atributo y estereotipo” (1986: 14). Sin embargo, este autor no profundiza las implicancias de este lenguaje de relaciones (volveré sobre este punto) ni los procesos mediante los que surgen los estigmas, sino que se limita a concebir los distintos tipos de estigma que son “atributos que resultan desacreditadores en toda nuestra sociedad” (1986: 14). Los clasifica en tres tipos: abominaciones del cuerpo, defectos del carácter del individuo y estigmas tribales (de la raza, la nación y la religión, a los que se podría sumar el estigma de clase baja). Puede considerarse que las mujeres que se dedican a la prostitución cargan con el segundo y, muchas veces, también con el tercer tipo de estigma.

Otro aspecto desarrollado por Goffman relevante a los efectos de esta tesis es la doble situación que se plantea según se conozca o no la “calidad de diferente” del individuo, pues serán “desacreditados” o “desacreditables”, respectivamente. El “estigma de puta” que marca a las mujeres que se dedican a la prostitución, las pone en distintas posiciones según los contextos. Para desacreditados o para desacreditables, el manejo de la información, las posibilidades de encubrimiento y toda la dinámica de la interacción (y de las relaciones con esa “identidad deteriorada) son distintas. Mientras “los normales” usualmente –a excepción de los “sabios”[6]– construyen una teoría del estigma que explica la inferioridad y peligrosidad de las personas estigmatizadas, estas últimas pueden responder de diversas formas. Con frecuencia entre los/as que sufren un estigma surgen sentimientos de vergüenza como fruto de la distancia entre las autodemandas (internalizadas) y el yo, ya sea en el contacto con los normales o frente a un espejo. Otra chance es que se intente corregir el defecto, lo cual, según Goffman, no redunda en la adquisición de un estatus de normal, sino de “normalizado”, situación que usualmente se acompaña de una “tendencia a la victimización” (1986: 20). Finalmente, la última posibilidad es el empleo de una interpretación no convencional acerca del carácter de su identidad social, que puede incluir pensar al estigma como forma de obtener “beneficios secundarios”, como un aprendizaje y/o reevaluar las limitaciones que tienen los normales.

Ahora bien, creo necesaria una revisión de la teoría de Goffman sobre la estigmatización, especialmente, en relación a la despolitización de su mirada. La ausencia de una crítica contextualizada sobre las relaciones de poder se vincula al menos con tres aspectos. En primer lugar, el nivel de enfoque restringido al plano de las interacciones. Sin embargo, esto se puede corregir de dos formas que se complementan, sin desechar el análisis microsociológico. Por un lado, tomar más en cuenta los aspectos de las posiciones de sujeto –respecto al sexo-género, la clase, la raza, nacionalidad, edad– que circunscriben las “jugadas (moves) que cada participante de la interacción puede hacer. Por otro lado, considerar los marcos discursivos que le dan un sentido a la interacción que será siempre discutible y objeto de pugnas. Otro punto a cuestionar tiene que ver con el tratamiento de diversos tipos de estigma bajo un único enfoque. Esto no sería criticable en términos de las propias pretensiones del estudio de Goffman, cuya intención es abordar el conjunto de estigmas. Sin embargo, para el uso que hago en esta tesis, buena parte de sus reflexiones sobre los estigmas asociados a “deformaciones” o “defectos físicos” oscurecen los conflictos que subyacen a la formación y sostenimiento de un estigma como el asociado a la prostitución. A su vez, el lenguaje relacional” que Goffman sugiere que debemos usar para entender los estigmas queda fuera de foco en su estudio. Esto se vincula a un último punto donde mi enfoque se diferencia del goffmaniano: la ausencia de una concepción agonística de las relaciones sociales –lo que Carlos Figari (2008) imputa, junto con la carencia de una categoría de abyección, a toda la escuela de Chicago–. Goffman se ha mostrado más interesado por analizar las formas en que se sostiene el orden o se lo restaura, que por indagar sobre cómo se desarrolla el conflicto. Un ejemplo de esta armonía en las interacciones entre “normales” es la idea de “fachada de consenso” (Goffman, 1997) que, aunque permite vislumbrar la ruptura no profundiza en sus implicancias políticas. En el caso de las relaciones entre estigmatizados/as y “normales”, Goffman sostiene que se produce una “cooperación tácita” que sostiene cierta armonía, pero esta se funda en la sumisión tácita de las/os estigmatizadas/os quienes “se abstendrán voluntariamente de reclamar una aceptación más allá de los límites que los normales consideran cómodos” (1986: 152).

Aun así, es posible hacer un uso crítico de los conceptos de Goffman, siempre que podamos leer su significado ligándolo a una trama social más amplia y conflictiva (esta es parte de la función que cumplen los enfoques sobre experiencia e identidad). Este nivel de análisis puede ser descripto, tomando la expresión de Ian Hacking (2004), como aquel cruce entre discursos en abstracto y la interacción cara-a-cara –por referencia a los trabajos de Foucault y Goffman respectivamente–. Busco, entonces, poner en juego la idea goffmaniana del sí mismo” como efecto dramatúrgico, sin perder de vista la concepción foucaultiana del sujeto como efecto discursivo.[7]

Para reconsiderar los procesos de estigmatización me ha resultado productiva la propuesta de Richard Parker y Peter Aggleton (2003), quienes han abordado la cuestión del estigma en relación al VIH y desde allí han sugerido una relectura politizada de la estigmatización. En primer lugar, los autores destacan los inconvenientes de las usuales interpretaciones del estigma como “un tipo de cosa” más o menos estática. De esta forma se remite el asunto a la esfera individual, omitiendo la trama de relaciones sociales y de poder, así como los factores estructurales que subyacen a la interacción y que generan la exclusión de la vida social. Parker y Aggleton proponen que la estigmatización como proceso social “sólo puede ser comprendida en relación a las nociones más amplias de poder y dominación” y afirman que “el estigma juega un papel clave en la producción y reproducción de las relaciones de poder y control” (2003: 16), por ende, establece asimetrías entre los grupos sociales. Asimismo, el estigma debe ser comprendido como un hecho histórico inserto en un contexto sociocultural determinado que permite entender su función en la reproducción de inequidades. Parker y Aggleton se valen de la concepción foucaultiana del poder/saber como fuerza que produce sujetos a partir de la diferencia, lo que para Goffman aparece como “desviación”. Así, se puede elaborar un marco conceptual combinando ambas miradas, “dentro de este marco, la construcción del estigma (o, más simplemente, la estigmatización) conlleva subrayar las diferencias significativas entre categorías de personas, y a través de ese énfasis, su inserción en sistemas o estructuras de poder” (2003: 17). La estigmatización no es entonces un fenómeno aislado, sino un mecanismo fundamental de la constitución del orden social. Los autores comprenden este último punto, y la función estratégica del estigma, recurriendo a las nociones de “violencia simbólica” y “hegemonía”, planteadas por Pierre Bourdieu y Antonio Gramsci respectivamente.

Primero, si como establece Bourdieu, todos los significados y prácticas culturales expresan intereses y señalan distinciones sociales entre los individuos, grupos o instituciones, entonces muy pocos significados y prácticas lo hacen tan clara y profundamente como el estigma, la estigmatización y la discriminación. Por lo tanto, el estigma y la discriminación operan no solamente en relación con la diferencia (como nuestras lecturas de Goffman y Foucault tienden a enfatizar) sino aun más claramente en relación con las desigualdades sociales y estructurales. De hecho, la estigmatización puede visualizarse jugando un rol principal en la transformación de la diferencia en desigualdad, y en principio puede funcionar en relación con casi cualquiera de los ejes principales de la desigualdad estructural presentes transculturalmente: clase, género, edad, raza o etnicidad, sexualidad u orientación sexual, etc. Segundo, y aun más importante, la estigmatización no ocurre simplemente de una manera abstracta. Por el contrario, es parte de luchas complejas por el poder que se encuentran en el centro de la vida social. Más concretamente, el estigma se despliega a causa de actores sociales concretos e identificables que buscan legitimar su propio estatus dominante dentro de las estructuras existentes de la desigualdad social. (Parker y Aggleton, 2003: 18)

También con una perspectiva gramsciana, el enfoque de James Scott sobre las relaciones entre dominados y dominantes me he resultado sugerente para comprender en un entramado de poder más amplio las relaciones entre personas estigmatizadas y normales. A partir del estudio de distintos grupos subalternos, Scott plantea la necesidad de concebir el accionar de estos bajo dos modalidades: discurso oculto (hidden transcript[8]) y discurso público (public transcript). Este último representa una “descripción abreviada de las relaciones explícitas entre los subordinados y los detentadores del poder” (2000: 24), mientras que el discurso oculto remite a

la conducta ‘fuera de escena’, más allá de la observación directa de los detentadores de poder. El discurso oculto es, pues, secundario en el sentido de que está constituido por las manifestaciones lingüísticas, gestuales y prácticas que confirman, contradicen o tergiversan lo que aparece en el discurso público. (2000: 28)

Según los grupos dominados se encuentren o no bajo la mirada de los dominantes, emergerán el discurso público o el discurso oculto respectivamente. Scott aclara que los discursos público y oculto no deben interpretarse como falso y verdadero (aunque esa posibilidad recorre su texto), y plantea que la frontera entre ambos discursos es porosa. Sin embargo, los contextos que estarían dentro y fuera de la mirada de los grupos dominantes sí parecen estar más claramente definidos, así como los sectores en pugna. La concepción de este autor resulta un tanto esquemática para el caso de esta tesis y el uso que hago de ella es menos uniforme. En este sentido, resulta necesario no dicotomizar las fuerzas en pugna ni los espacios donde dichas fuerzas se encuentran y se oponen o se esconden.

Algunas de las diferencias entre las conceptualizaciones de Scott y el modo más matizado en que las empleo en esta tesis tienen que ver con las diferencias de casos. Su libro Los dominados y el arte de la resistencia analiza grupos sociales en relaciones de servidumbre o esclavitud, campesinos y sus levantamientos, casos extremos que llevan a presuponer una cuota de rebeldía que se expresa como “deseo de revancha” en los discursos ocultos. Sin embargo, muchas de estas expresiones permanecen ocultas y su desarrollo depende de un ámbito colectivo, ese espacio “fuera de escena” que no siempre es tan sencillo de hallar. Así, cuando Scott se refiere al “caso del género”, el contraste le sirve para cuestionar qué tan separadas están las supuestas esferas separadas donde puede emerger un discurso oculto (un asunto que indagaré a lo largo de la tesis). Desde esta perspectiva, la prostitución como forma de relación puede ser pensada como un punto intermedio donde se combinan formas de dominación impersonales (asociadas al mercado, las fuerzas económicas, la legislación, el género y la sexualidad como dispositivos discursivos) y formas de dominación más personales –más similares a las analizadas por Scott– en las que se ponen en juego las posibilidades de accionar de los dominados.

Es en esta última cuestión donde la mirada de Scott me resulta útil para pensar lo que él llama la “infrapolítica, asociada no sólo al discurso oculto, sino también a un conjunto de prácticas (las tácticas dilatorias en el trabajo, el hurto, los engaños, la ignorancia fingida, la evasión de impuestos, el trabajo deliberadamente mal hecho). En el ámbito que indaga esta tesis no creo pertinente interpretar estas dimensiones como expresión en potencia de un discurso contrahegemónico, como indica Scott, pero sí como una forma de entender el encubrimiento y sus tácticas en términos de relaciones de poder. De esta forma es posible pensar al ocultamiento como la contrapartida de la vigilancia –sobre la que Foucault llamó la atención– y la invisibilidad como una posibilidad deseable en algunos contextos para los grupos subordinados. Entonces, aun sin pretensiones contrahegemónicas, se pueden leer distintas connotaciones políticas de la dramaturgia –figura a la que apela Scott, tal como Goffman– y el manejo de emociones y sentimientos[9] llevado a cabo por los grupos en posiciones subalternas.

Otra noción útil para pensar las actuaciones de las/os subalternas/os es la de “táctica”, formulada Michel de Certeau. Para conceptualizar las tácticas las contrapone a las estrategias.

Llamo “estrategia” al cálculo de relaciones de fuerzas que se vuelve posible a partir del momento en que un sujeto de voluntad y de poder es susceptible de aislarse de un “ambiente”. La estrategia postula un lugar susceptible de circunscribirse como un lugar propio y luego servir de base a un manejo de sus relaciones con una exterioridad distinta. La racionalidad política, económica o científica se construye de acuerdo con este modelo estratégico.
Por el contrario, llamo “táctica” a un cálculo que no puede contar con un lugar propio, ni por tanto con una frontera que distinga al otro como una totalidad visible. La táctica no tiene más lugar que el del otro. Se insinúa, fragmentariamente, sin tomarlo en su totalidad, sin poder mantenerlo a distancia […] debido a su no lugar, la táctica depende del tiempo, atenta a “coger al vuelo” las posibilidades de provecho. Lo que gana no lo conserva. Necesita constantemente jugar con los acontecimientos para hacer de ellos “ocasiones”. Sin cesar, el débil debe sacar provecho de fuerzas que le resultan ajenas. Lo hace en momentos oportunos en que combina elementos heterogéneos […] pero su síntesis intelectual tiene como forma no un discurso, sino la decisión misma, acto y manera de “aprovechar” la ocasión. (de Certeau, 1999: L)

Esta conceptualización de los “modos de hacer” de los dominados parece más cercana al caso de la prostitución, pues de Certeau está pensando en un contexto moderno y urbano[10] que no presupone salir de la mirada vigilante del poder. La táctica

debe actuar con el terreno que le impone y organiza la ley de una fuerza extraña. No tiene el medio de mantenerse en sí misma, a distancia, en una posición de retirada, de previsión y de recogimiento de sí: es movimiento “en el interior del campo de visión del enemigo”. (1999: 43)

Las tácticas, aunque también “artes del débil” tal como el discurso oculto para Scott–, son menos pretenciosas en cuanto a sus efectos políticos, al menos en la forma en que las interpreto aquí. Atento a la crítica que plantea Paula Abal Medina (2007) sobre los límites de la concepción de resistencia en de Certeau (sucintamente: la dificultad para pensar la articulación colectiva de las tácticas y la relación de exterioridad de estas respecto al poder), más que una resistencia confrontativa, contrahegemónica, los sentidos de “ardid” o “elusión” serían los más cercanos a la táctica tal como la comprendo. Busco así evitar lo que Lila Abu-Lughod llamó romantizar las resistencias”, es decir “leer todas las formas de resistencia como signos de la ineficacia de los sistemas de poder y de la resistencia y la creatividad del espíritu humano en su negativa a ser dominado” (1990: 42). A partir del análisis de las prácticas de resistencia cotidiana de mujeres Beduinas, Abu-Lughod, siguiendo a Foucault, propone observar las resistencias en relación con el poder y no desligar prácticas y estructuras significativas. El desafío supone concebir la resistencia, pero sin atribuir consciencia política a la experiencia, a la vez que entender la convivencia de la resistencia con la sumisión sin verla como una falsa consciencia (pues se negaría la propia compresión de las mujeres).

Estado del arte de los estudios sobre prostitución en Argentina.

En este apartado me referiré brevemente a algunos estudios que han trabajado la temática de la prostitución en Argentina. La guía que esbozo aquí se completa en la siguiente sección donde abordo el debate feminista sobre la prostitución, y luego en el desarrollo de los capítulos iré poniendo en juego elementos puntuales de los estudios sobre prostitución así como los enfoques teóricos más generales.

Una de las primeras investigaciones sobre prostitución en Argentina a las que pude acceder es el estudio de Estela Soto realizado en Ogaporá, Misiones, a mediados de los 80’ en el renacer feminista de la democratización (Schmukler y Di Marco, 1997). Aún no era tan fuerte en el país la polarización de posiciones que generó el debate feminista, lo cual puede percibirse en el análisis de la autora donde no desaparecen ni la coerción ni la agencia. Soto, desde un marco de “antropología de la mujer” y valiéndose de entrevistas semi-estructuradas, historias de vida y datos del sector de profilaxis de los servicios de salud, indaga sobre las vivencias y representaciones de mujeres de sectores de pobreza urbana. Se interesa por “su inserción en el núcleo familiar, en la sociedad global, en la estructura de ocupación y en la elección de la prostitución como estrategia de adaptación a sus condiciones de existencia” (Soto, 1988: 9). En su estudio son consideradas distintas modalidades de prostitución –con mayor énfasis en la prostitución callejera y de pequeños “boliches– así como las relaciones que las mujeres traban entre sí, con los servicios de salud y la policía, en las que abunda la violencia. La pregunta que busca responder este estudio es por los motivos y las formas de entrada en la prostitución, una interrogación muy usual en el enfoque de la sociología de la desviación (ver Davis, 1937). Soto complejiza sus conclusiones incluyendo variables de género y socioeconómicas. Señala no sólo la participación de mujeres en los sectores más informales y peor rentados de la economía, sino también la construcción de la identidad femenina ligada al ámbito familiar y personalista, ajeno a los intercambios económicos explícitos del mercado laboral. Estas mujeres de Ogaporá tienen opciones reducidas, por estar en un sector rural no pueden proletarizarse. Las principales alternativas parecen ser el servicio doméstico, la prostitución –que tendría un carácter transitorio– o el concubinato con un varón que las sostenga. Las que

eligen prostituirse [generan] un juego de roles paralelos: uno, el que desarrolla con respecto a su grupo familiar, su vecindario, los patrones, los funcionarios, pretendidamente adecuado a las presiones del conjunto de valores de la sociedad global; y otro que constituye el contrarol del primero, que se opone y agrede a esos valores; soportando el estigma en actuaciones de desparpajo, cinismo y agresividad. (Soto, 1988: 98-99)

Según Soto, las mujeres que toman esta alternativa creen que se liberan, pero caen bajo otra forma de control de la sexualidad femenina donde “son mayores la subordinación, el sometimiento y la pobreza” (1988: 99).

Este estrato de prostitución asociado a la pobreza extrema ha sido objeto de otra investigación, de menor extensión, en Resistencia, Chaco. El estudio presentado por Ana Pratesi (2001) incluye entrevistas a diversos actores/as asociados a la prostitución, aunque la investigación se centró en las y los adolescentes, también incluyó mujeres adultas considerando sus vínculos familiares y la violencia en ellos. Una investigación más extensa sobre la explotación sexual comercial infantil en varias localidades de Argentina, aparece en un informe elaborado para UNICEF por Silvia Chejter (2001). Aquí se recorta la problemática en torno a la prostitución infantil y especialmente la cuestión de sus mecanismos de ingreso o reclutamiento. Chejter complejiza la idea de que la iniciación sexual ligada a la coerción y el abuso tienen una causalidad directa en el ingreso de las/os niñas/os a la prostitución. Para la autora es necesario darle importancia al contexto familiar, y el efecto de aislamiento del mismo que produce el abuso, así como al contexto social más amplio que invisibiliza las dimensiones de la prostitución infantil para tener una comprensión más ajustada del fenómeno.

Más recientemente Nora Das Biaggio, Adriana Vallejos, Zulma Lenarduzzi e Isela Firpo realizaron un estudio en Paraná, Entre Ríos, donde indagaron sobre las relaciones de género en la prostitución. Un aspecto original de esta investigación es que incluye entrevistas tanto a mujeres en prostitución / trabajadoras sexuales de clase media urbana empobrecida o pobres estructurales, como a varones clientes de prostitución. Con un marco teórico plural, donde tiene un peso importante el postestructuralismo de cuño deleuziano, se analizan historias de vida de las mujeres, varias de ellas ligadas a una organización de “trabajadoras sexuales” (AMMAR CTA). Así a partir de la noción de nomadismo de Rosi Braidotti se comprenden las multiplicidades de quienes son,

a la vez, meretriz, madre, ‘madresposa’ y trabajadora sexual, en un corrimiento permanente de los límites fijos para la comprensión del sujeto en situación. La situación de mujer anclada en la prostitución se constituye a partir de este concepto en un punto de inflexión que permite anunciar su destino nómade. (Das Biaggio, et al., 2008: 53)

Aunque se mencionan algunos aspectos sobre sexualidad, incluyendo la “prohibición de dar besos”, el análisis se centra en las relaciones de género. Se plantea la concepción de la prostitución como una forma de “proletarización del trabajo femenino con características particulares” (2008: 116) que les permite ir más allá de los roles tradicionales ligados a la reproducción. Esto no significa que la maternidad deje de ser un eje vital para estas mujeres. Las autoras ven a la prostitución como una salida defensiva frente a la pobreza que reduce a las mujeres a ser servidoras del deseo masculino. La crítica de las relaciones de género[11] no impide a las autoras concebir a la agremiación bajo la denominación de “trabajadoras sexuales” como una maniobra de resistencia. Los procesos de organización son valorados como una salida a la esfera pública, abandono de los lugares de enclaustramiento femenino y cuestionamiento del Estado, caracterizado como principal proxeneta. Las autoras también sostienen una mirada multifacética en las reflexiones sobre el papel de los varones clientes. Aunque denuncian la invisibilización de los clientes y las asimetrías de las sanciones sociales, no por ello dejan de advertir que algunos entablan vínculos más afectivos. Las autoras apuntan así a cuestionar las estructuras sociales que ponen a los varones en el consumo de sexo pago y dejan de lado el esquema de víctima-victimario.

La importancia de poner en escena a los clientes o “prostituyentes ha sido señalada varias veces desde el feminismo, aunque aún continúa siendo un tema relativamente poco estudiado empíricamente. En Argentina existen dos trabajos al respecto: reflexiones desde la psicología a partir de la terapia de psicoanálisis de un conjunto de pacientes varones que consumen o consumieron sexo pago (Volnovich, 2006) y desde la sociología el estudio de Chejter (2011) con extensa población de entrevistados. Aunque con distintas metodologías y enfoques, ambos trabajos parten de una posición ideológica explícitamente abolicionista y apuntan a los clientes como responsables por sostener la prostitución. En el caso de esta investigación sociológica empírica –algo poco frecuente para muchos de los textos que abordan la cuestión de la prostitución, dirigir la mirada hacia una población extendida (115 entrevistas) no sólo brinda datos para sustentar las posiciones ideológicas, sino que acarrea necesariamente a tomar en cuenta algunos matices[12]. Chejter se centra en las características de lo que denomina “discurso prostituyente” (2011: 9) donde se subraya el papel de la cosificación de las mujeres, la naturalización de prostitución como construcción de la hombría y como forma de dar cauce a una sexualidad supuestamente incontenible. La cosificación que experimentaron los propios entrevistados es analizada sucintamente[13] como una “inversión” de la realidad, en tanto los relatos de sus frustraciones y los cuestionamientos de sus propias prácticas son desestimados o evaluados como efectos de la situación de entrevista.

Luego también he tenido acceso a tesinas de licenciatura (Irrazábal, 2006; Justo von Lurzer, 2004) y de maestría (Lahitte, 2012), todas situadas en la ciudad de Buenos Aires. Las primeras examinan los discursos normativos sobre la prostitución en Argentina y los procesos de organización y posterior división de las mujeres en situación de prostitución y las trabajadoras sexuales. Gabriela Irrazábal se centra en los discursos legales, de política criminal y control social que garantizan el crecimiento de la prostitución fuera del espacio público. A ello se agrega el papel de distintas expresiones culturales (letras de tango, literatura, etc.) que generan y sostienen los imaginarios sobre las prostitutas como sujetos del desorden social. Carolina Justo von Lurzer suma los discursos médicos y “moralistas” al discurso legal[14]. Luego se concentra en las formas de representación que toman las mujeres que a mediados de los ’90 comienzan a organizarse, puntualmente sobre la lucha de estas organizaciones, que Justo von Lurzer interpreta como “comunidades bivalentes”, en la clave de Nancy Fraser, pues enfrentan luchas de redistribución y reconocimiento simultáneamente. La tesina hace hincapié en los efectos de la estigmatización y las formas de representación hegemónicas, las cuales se tornan obstáculos para su visibilización y movilización política tanto para las que se representan como “mujeres en situación de prostitución” como para las “trabajadoras sexuales”. Finalmente, la tesis de maestría de Leticia Lahitte parte de un enfoque etnográfico, con dos momentos de trabajo de campo ambos realizados en el barrio de Flores, Buenos Aires. A partir de los contactos mayoritariamente con las mujeres de una de las organizaciones, esta investigación aborda también las experiencias de las mujeres en la prostitución callejera, tomando como marco la idea de una economía política de la calle, en el sentido que le da Philippe Bourgois (2006). Se analiza el cruzamiento entre cuerpo y género, para ello se plantea que “el cuerpo es tanto fuente de metáforas como de emociones, conocimiento y resistencia, se exploran tanto las asociaciones corporales como sus formas de resistencias” (Lahitte, 2011: 1) y se intenta dejar de lado la dicotomía opresión / liberación. Según Lahitte, la capacidad de agencia sigue presente en estas mujeres cuando ellas logran, a través de las conexiones emocionales, producir corrimientos de su “situación” y por ejemplo abandonar la prostitución.

Otros estudios importantes son de corte historiográfico, de varios de ellos me he valido para realizar la contextualización de esta tesis (Barrancos y Ceppi, 2005; Dain, Otero y Vassallo, 2003; Di Liscia, Billorou y Rodríguez, 1999; Grammático, 2000; Guy, 1994; Múgica, 2001, 2009). Fuera del país, en la región latinoamericana, destaca la producción brasileña sobre prostitución (Araújo, 2006; Blanchette y Silva, 2009; Fonseca, 1996; Freitas, 1985; Gaspar, 1985; Olivar, 2013; Pasini, 2000; Piscitelli, 2005, 2007, 2008; Piscitelli, Oliveira Assis y Olivar, 2011entre otras ). Este cúmulo de investigaciones ha sido fructífero a la hora de alimentar algunos puntos de mi propio análisis. Las posiciones y hallazgos de varios de estos estudios –así como de otros realizados en diversos países– serán referidos, expuestos o discutidos a lo largo de esta tesis.

Debate sobre la prostitución. El contexto de polarización como obstáculo a la comprensión de la complejidad

Un producto ideológico no sólo constituye una parte de una realidad (natural o social) como cualquier cuerpo físico, cualquier instrumento de producción o producto para consumo, sino que también, en contraste con estos otros fenómenos, refleja y refracta otra realidad exterior a él. (Valentín Volosinhov)
“Polarizar: 1. tr. Fís. Modificar los rayos luminosos por medio de refracción o reflexión, de tal manera que queden incapaces de refractarse o reflejarse de nuevo en ciertas direcciones.”

Dentro de los feminismos, tanto en los ámbitos académicos como del activismo, desde la década de 1980 se viene desarrollando un debate acerca de la prostitución, originado en el ámbito euro-norteamericano y luego extendido a nivel internacional. Varios puntos están en disputa en este debate: las concepciones de sexualidad y de género, de autonomía y opresión, las distinciones u homogeneizaciones entre las modalidades de prostitución. Las posiciones han tendido a polarizarse en torno a la concepción de la prostitución ¿es un trabajo o es esclavitud? Tal como se lee habitualmente el debate[15] parece que de la respuesta a esta pregunta se derivan –linealmente– posiciones políticas: de un lado se busca legitimar la prostitución concibiéndola como “trabajo sexual” y por el otro se la condena como una forma de dominación y se pretende la abolición de la “prostitución/esclavitud sexual”. Sin embargo, en la politización y polarización del debate no siempre se advierten los matices y las diferencias teóricas de una ni otra posición. Entre quienes sostienen la idea del “trabajo sexual” existen visiones más liberales que piensan la prostitución como un contrato entre partes iguales y otras que, además de poner el foco en otros aspectos como la estigmatización o la criminalización, buscan registrar las asimetrías sin por ello reificar las posiciones. Las miradas que no ven a la prostitución como trabajo también varían, desde el feminismo radical, que entiende toda forma prostitución como violencia contra las mujeres –equiparándola con la violación y la “esclavitud sexual”, hasta otros enfoques, que matizan y contextualizan la mirada.

A continuación recorreré algunos puntos de vista feministas previos a la polarización sobrevenida en los 80’ y las circunstancias que conducen a este punto. Luego consideraré las posiciones del debate, sus características, variaciones e implicancias, para finalmente presentar la posición de partida que he tomado en esta tesis.

La prostitución ya era un tema importante desde el feminismo de la primera ola. Estas feministas hacían énfasis en dos elementos: las condiciones socio-económicas de las mujeres y una crítica del matrimonio. Mary Wollstonecraft denominaba a este último “prostitución legal”, y un siglo más tarde Cicely Hamilton (1909) concebía al matrimonio como un oficio llevado a cabo en pésimas condiciones laborales, asemejándolo a la esclavitud, mientras planteaba que la prostitución permitía al menos negociar algunas de estas condiciones y otorgaba un medio de subsistencia. También Emma Goldman criticaba al sistema de explotación capitalista como principal causa de la prostitución.

No es más que una cuestión de grado que ella se venda a un hombre, dentro o fuera del matrimonio, o a varios. Que nuestros reformistas lo admitan o no, la inferioridad social y económica de la mujer, es directamente responsable de la prostitución (Goldman, 1911: 184)

Según Barbara Sullivan (1995) estas miradas del feminismo de la primera ola comprendían a la prostitución –de forma similar a otras feministas de la segunda ola– dentro de un continuo de intercambios sexuales-económicos que marcaban las posiciones de las mujeres. Probablemente ello se deba a que la categoría de prostituta, separada como una identidad especial distinta del resto de la clase obrera, era una invención aún reciente. Antes de los comienzos del siglo XIX los intercambios de sexo por dinero eran actos indiferenciados dentro de un conjunto de trasgresiones sociales (Agustín, 2005b). Judith Walkovitz (1980) muestra cómo varias medidas[16], reformas legales y la persecución policial generan que las “prostitutas” sean escindidas de la población obrera y comiencen a ser aisladas como una minoría proscrita. Entonces la prostitución comienza a ocupar un lugar diferente pues deja de ser una actividad ocasional y se configura como tarea más permanente.

El abolicionismo ligado a la prostitución[17] surge de la movilización contra estas medidas, especialmente aquellas vinculadas al control de las enfermedades venéreas que se dictaron en Inglaterra en la década de 1860 (como la Contagious Diseases Act, CDA). Josephine Butler, una de las líderes de este movimiento, consideraba que estas leyes tendrían consecuencias represivas no sólo para las prostitutas, sino para las mujeres en general (Pheterson, 1989). Las opiniones sobre Butler y cuáles eran los objetivos del abolicionismo se dividen. Para algunas la inglesa criticaba, junto con la CDA, la doble moral sexual, pero –a diferencia de Goldman buscaba la castidad de los hombres más que la liberalización de las costumbres sexuales de las mujeres (Ditmore, 2006). Esto explicaría las asociaciones de este abolicionismo con los movimientos de templanza[18]. Para otras autoras, fueron estas alianzas las que extremaron la idea original de Butler y llevaron a que el movimiento buscara la abolición no sólo de las leyes que controlaban a las prostitutas, sino de la prostitución en sí (Pheterson, 1989). Dora Barrancos (2008) ha propuesto que el abolicionismo más extremo de los países anglosajones podría vincularse con la ausencia de regímenes propiamente reglamentaristas (con burdeles regidos por proxenetas) en dichas naciones, a diferencia de los países latinos donde el abolicionismo se dirigía sobre todo a combatir a quienes lucran con la prostitución de otras/os.[19]

Otro fenómeno va a colaborar en las transformaciones de las miradas de algunas feministas. Luego de lograr la eliminación de algunas de las leyes a las que se oponía –como la CDA–, el movimiento abolicionista se orientó hacia la cuestión de la “trata de blancas”. A fines del siglo XIX y en las dos primeras décadas del siglo XX la mayoría de los países europeos consideraban que sus mujeres[20] eran traficadas, entre otros países a Argentina –y particularmente a Buenos Aires–, para ser explotadas sexualmente. Algunas como Goldman pensaban que esta percepción estaba sobredimensionada, lo que luego reafirmarán varias historiadoras que plantean la idea de que había surgido un pánico moral (Guy, 1994; Walkowitz, 1980). De todas formas, el tema del tráfico de mujeres tendría gran impacto sobre el movimiento feminista.

Más adelante, tras haber logrado que gran cantidad de países se declararan abolicionistas y sancionaran penalmente al proxenetismo, sobrevendrían algunos años de silencio (Barrancos, 2008). Pero esta misma temática reflotaría a fines del siglo XX, denominada ahora como “trata de personas”[21] y acicateada por los fenómenos económicos trasnacionales asociados a la globalización y trasformaciones geopolíticas[22].

A esta circunstancia se sumó también en los 80’ el debate feminista sobre la sexualidad, que en el marco del feminismo euro-anglosajón se conoce como las guerras del sexo (sex wars). Aquí se opondrán las concepciones de feminismo radical, que conceptualizará al sexo en un contexto patriarcal como un peligro y el feminismo libertario, o pro-sexo, que lo enfocará como una posibilidad de placer (Ferguson, A., 1984). En estas discusiones las prostitutas ocuparon tanto el lugar de esclavas sexuales como de paradigma de la subversión sexual (Chapkis, 1997). Asimismo, ya desde mediados de los 70’, algunas prostitutas habían comenzado a pelear por sus derechos por primera vez públicamente y conformando movimientos junto a otros actores. A partir de la década siguiente florecerán en todo el mundo diversas organizaciones de prostitutas. En este contexto, nuevas formas de pensar y denominar a la prostitución, concebida ahora como “trabajo sexual”, serán el marco para que algunas feministas y académicas/os comiencen a investigar y pensar esta problemática, estudios que se visibilizarán a lo largo de la década del 90’ (Piscitelli, 2006).

Si bien ya entre las primeras feministas sufragistas había visiones diferentes en relación al rol de la sexualidad en el feminismo, sus posiciones en relación a la prostitución no eran antagónicas. A partir del escenario descripto para las últimas décadas ha sobrevenido una polarización del debate sobre prostitución. A continuación me referiré a los principales puntos de cada posición y algunos de los matices que no siempre son advertidos.

Abolicionismo(s) y feminismo radical[23]

Entre los feminismos asociados con la posición abolicionista, el feminismo radical[24] presenta la posición más tajante en relación a la prostitución. Esta es concebida como una forma de violencia contra las mujeres. Aquí se ponen en juego dos elementos: la violencia y la asignación de sexo-género. Por un lado, la violencia aparece expresada en el daño y en este sentido Sheila Jeffreys (2004) afirma que la prostitución es y debe ser conceptualizada como una “práctica cultural perjudicial” que origina la subordinación de la mujer. Esta noción (harmful cultural/tradicional practices) fue desarrollada en el seno de las Naciones Unidas a partir de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, art. 5) impulsada, en principio, por la problemática de la mutilación genital femenina. Jeffreys sostiene que la prostitución, en cualquiera de sus formas, encaja perfectamente en esta definición[25]. Desde otro ángulo, pero haciendo énfasis también en el daño, Melissa Farley liga la prostitución con la violación y el abuso sexual (1998; 2000; 2005), y plantea que es un crimen de odio (1996). Esta autora, mediante técnicas psicométricas en cuestionarios y siguiendo las definiciones del DSM[26], asevera que hay una elevada correlación estadística entre la prostitución y los síndromes de estrés post traumáticos (PTSD por sus siglas en inglés). A partir de estas generalizaciones empíricas, que Farley corrobora en diversos contextos, asegurará que en cualquier modalidad “la prostitución es intrínsecamente traumatizante[27] (Farley, Lynne y Cotton, 2005: 263). Todas las variantes posibles, de contexto sociocultural, modalidades, trayectorias, parecen insignificantes ante el ultrajamiento esencial que supone cualquier práctica de venta de sexo.

Por otra parte, las posiciones de género también son constitutivas de la concepción del feminismo radical sobre la prostitución. Este argumento contiene un punto clave: la prostitución está atravesada por relaciones de género. Luego, de este punto se derivan posiciones y significados fijos: los clientes o “prostituyentes” son varones y dominantes, las “prostituidas” y dominadas son mujeres. Catharine MacKinnon, una de las principales pensadoras de esta vertiente feminista, afirma: “el lugar del sexo y el género en la prostitución, y de la prostitución en la inequidad sexual, parece casi demasiado obvio para ser discernido” (2001: 1349). MacKinnon comprende a la prostitución como una forma de expropiar y vender la seguridad de las mujeres en función de la afirmación de la masculinidad. “La prostitución como institución social da el estatus de persona [personhood] a los hombres –en este caso, la masculinidad [manhood]– a través de privar a las mujeres del suyo” (MacKinnon, 1993: 14). Estas concepciones han llevado a algunas investigadoras a poner de relieve el papel de los clientes en la prostitución. Aquí el cliente aparece como el agente causal del “sistema prostitucional”. Por ejemplo, Chejter (2011) indica que el verbo prostituir debería conjugarse poniendo al sujeto del lado de los clientes (por ello llamados “prostituyentes”), pues es su demanda la que origina y sostiene el sistema prostituyente.

Carole Pateman, cuya teoría ha sido muy influyente en el abolicionismo, ha conceptualizado el “contrato de prostitución” como una modalidad del contrato sexual”. Ella muestra que el contrato sexual –base de la dominación masculina– no aparece en las teorías contractualistas de la modernidad y lo define como el derecho patriarcal de los varones sobre las mujeres[28]. Al referirse específicamente al contrato de prostitución, Pateman subraya que allí se hacen explícitos y públicos los significados patriarcales, y se reafirma el poderío masculino sobre las mujeres.

Cuando los cuerpos de las mujeres se venden como productos en el mercado capitalista, no pueden olvidarse los términos del contrato original; la ley del derecho sexual masculino se afirma públicamente y los hombres obtienen reconocimiento público como amos sexuales de las mujeres: eso es lo que tiene de malo la prostitución. [cursivas agregadas] (1995: 287)

Para Pateman, la prostitución actualiza el poder masculino y recuerda los significados de la sexualidad masculina y femenina: dominación y subordinación respectivamente. Este enfoque funciona, como también el de MacKinnon, en el marco de la filosofía política, pero transpolar esta mirada para una investigación sociológica, empíricamente fundada, acarrea varios problemas. Hay en este último plano, desde el que se plantea esta tesis, una serie de matices y conflictos que no pueden ser advertidos desde la mirada normativa de la filosofía política. Por ejemplo, Pateman afirma que a través de la prostitución los hombres están reafirmando su masculinidad y son reconocidos públicamente como “amos”. Sin embargo, no se pregunta por qué “no todos los varones desean, en términos generales, ser reconocidos como compradores de tal bien (Pateman, 1995: 261). Considerar esta situación llevaría a una apreciación más detallada de los significados y de las distintas formas en que estos se ponen en juego e incluso los conflictos entre las formas de masculinidad[29]. Pensar la prostitución desde una mirada sociológica implica, sin negar las relaciones de poder y de género, tener en cuenta los diversos valores que las culturas le atribuyen al sexo, o la situación de marginalidad legal, entre otros factores que permitirán conocer qué significados se producen allí. Además, tomar en consideración la prostitución de travestis habilita comprender de otras formas las relaciones entre las posiciones de sexo-género en la prostitución, pues allí se transforman los vínculos con clientes (ver por ejemplo Fernández, 2004; Kulick, 1998).

La mirada del feminismo radical aporta algunos elementos importantes: el énfasis en el carácter generizado de la prostitución y la crítica de una concepción liberal contractualista. Sin embargo, este enfoque percibe, o mejor dicho, da importancia únicamente a un cierto rango de procesos en la prostitución, aquellos estructurales. Por ello me ha resultado más productivo pensar en términos de relaciones de género, entendidas como un producto históricamente construido, pero también como los resultados del constante enfrentamiento cotidiano entre e intra-géneros, las redefiniciones de sus posiciones y las disputas por los significados que le son asociados. Aunque la caracterización del orden social vigente como patriarcal sea correcta, desechar las variaciones, los desplazamientos y las luchas o los subterfugios de las mujeres al interior de esa estructura implica la concepción de una dominación monolítica y estática que no se condice con la mirada historizada y dinámica que los procesos sociales reclaman, y que constituye una de las bases de los feminismos. Tal como habría una ceguera en una mirada que hace foco sólo en nivel individual, también al observar sólo la estructura social –concebida como un bloque homogéneo– corremos el riesgo de producir conceptos estáticos que no registren posibilidades de corrimientos, desestabilizaciones o fugas.

Es posible notar algunas de estas características en los planteos de Pateman. Al discutir la afirmación de Marx sobre la prostitución (como una expresión de la prostitución general del trabajador), Pateman busca una diferencia clara y distinta para el “contrato de prostitución” respecto de otros contratos de trabajo en el marco de un capitalismo patriarcal.

“Ninguna forma de fuerza de trabajo puede separarse del cuerpo, pero sólo a través del contrato de prostitución, el comprador obtiene, por cierto, el derecho unilateral de uso sexual directo del cuerpo de una mujer”. (1995: 281)
Existen, también, otras diferencias entre el contrato de empleo y el de prostitución. Por ejemplo, la prostituta siempre está en una singular desventaja en el “intercambio”. El cliente hace uso directo del cuerpo de la prostituta y no hay criterios “objetivos” por los que pueda juzgar si un servicio ha sido llevado a cabo satisfactoriamente. Los sindicatos negocian el salario y las condiciones de los trabajadores, y el producto de su trabajo tiene un “control de calidad”. A las prostitutas, en contraste, los varones pueden siempre negarles el pago alegando que sus demandas no se han visto satisfechas. (1995: 286)

Pateman conoce la “variedad de estrategias de distanciamiento o acercamiento ‘profesional’ en el trato con los clientes” (1995: 285) que utilizan las prostitutas. Incluso sabe que estas estrategias socavan el reconocimiento de los varones como amos y cita investigaciones donde los clientes se quejan del “acercamiento mercenario” de muchas mujeres. Sin embargo, el énfasis de su propuesta teórica apunta a otro lado, no da importancia a estas cuestiones y reafirma el poder absoluto de los clientes sobre las prostitutas como efecto del contrato de prostitución. El riesgo de aplicar sin mediaciones enfoques como este para hacer sociología radica en que, al partir de la comprensión simbólica a nivel estructural de la institución de la prostitución como dominación patriarcal, se sobreimprime un libreto fijo a las interacciones de varones y mujeres.

Un punto crucial para esta tesis es la forma de comprender las relaciones que se dan en la prostitución. El esquema de Pateman, paradigmático para el feminismo radical, supone las posiciones fijas de varón-amo y mujer-esclava. No obstante, como señala críticamente Nancy Fraser (1993), la mercantilización del sexo en vez de otorgar dominio irrestricto al cliente –y ser así una ejemplificación perfecta del “derecho sexual masculino” que postula Pateman–, más bien plantea limitaciones al mismo. El contrato de matrimonio tiene una duración indeterminada donde el “marido puede obtener más fácilmente servicios fieles y un reconocimiento de su dominio” (Pateman, 1995: 286). En cambio, en la prostitución, generalmente fuera del marco de amor romántico, la interacción supone un enfrentamiento más claro por poner límites a la dominación e incluso disputas por los sentidos que se ponen en juego en esa performance. Las relaciones de poder que se establecen en la prostitución y especialmente la forma en que se materializan en cada interacción reclaman una comprensión que las aborde en su variabilidad. De esta manera es posible, sin olvidar las constricciones globales de la dominación patriarcal, comprender mejor las experiencias y los sentidos que las mujeres les atribuyen a sus performances.

A su vez, el modelo amo/esclava que utiliza Pateman tampoco permite comprender cabalmente las formas estructurales e impersonales que moldean las constricciones y que no dependen del comando de un varón individual (Fraser, 1993). Este mismo esquema de comprensión parece aplicar MacKinnon cuando interpreta al pago en la prostitución como una forma de coerción que la iguala con una violación: “el dinero sirve para coaccionar el sexo, no garantiza el consentimiento. Esto convierte a la prostitución en una forma de violación en serie” (2011: 17). En este mismo sentido, cita a Janice Raymond –fundadora de la Coalición contra el Tráfico de Mujeres (CATW)– quien afirma que el dinero “meramente redefine a la violación como prostitución” (citada en MacKinnon, 2001: 1401). Además de no contemplar la variedad de sentidos y formas de circulación del dinero en la prostitución, no hay aquí una diferencia explícita entre la forma de coerción que supondría el pago –coerción económica y generizada que depende de unas posiciones de vulnerabilidad en la estructura social, y la coerción física y/o psíquica de una violación. Sin negar los efectos de ninguna de las dos, es necesario comprender específicamente los mecanismos con que funcionan y por los que se las puede combatir de forma diferenciada.

La característica de la mirada del feminismo radical sobre la prostitución es, como venimos viendo, sostener férreamente posiciones absolutas. Esto se refleja también en las homogeneizaciones que se operan sobre las distintas modalidades en las que se comercializa sexo, subsumidas bajo el signo de la dominación. Se desestiman las diferencias entre los distintos estratos socioeconómicos, entre adultas y niñas, si hay o no proxenetas y/o coacción física y/o psíquica. MacKinnon plantea que cualesquiera de estas distinciones son “moralistas” e “ideológicas” (2011: 16) y Andrea Dworkin define la prostitución de forma unívoca:

Prostitución: ¿qué es? Es el uso del cuerpo de una mujer para tener relaciones sexuales con un hombre, él paga dinero, hace lo que quiere. En el momento en que se alejan de lo que realmente es, que se aleja de la prostitución en el mundo de las ideas […] La prostitución no es una idea. Es la boca, la vagina, el recto, penetrados usualmente por un pene, a veces por manos, a veces por objetos, por un hombre y luego por otro, y luego por otro, y luego por otro, y luego otro. (1993: 1)

Dworkin aclara que ninguna de las circunstancias en que ocurra la prostitución importa “porque estamos hablando de la utilización de la boca, la vagina y el recto. Las circunstancias no mitigan o modificar lo que es la prostitución.” (1993: 2). Desde estas concepciones, con los márgenes de error y varios déficits que presentan las estadísticas en relación a la prostitución (Weitzer, 2005), se hacen afirmaciones universalizantes. Por ejemplo, Kathleen Barry, otra de las referentes del feminismo radical, señala:

En todas las regiones del mundo, las estimaciones de las organizaciones que abordan la explotación de las mujeres que ejercen la prostitución, incluyendo algunos grupos de la prostitución, muestran que del 80 al 95 por ciento de toda la prostitución es controlada por proxenetas. (1996: 198)

A partir de esta forma de comprender la prostitución Barry propone la noción de “esclavitud sexual” para englobar, a excepción del cinco por ciento que no tiene proxenetas, todas las formas de prostitución[30]. Esta conceptualización la lleva afirmar que “virtualmente la única distinción que se puede hacer entre el tráfico de mujeres y la prostitución callejera es que el primero involucra cruzar fronteras” (1988: 20). También algunas intelectuales y activistas feministas en Argentina adhieren a este enfoque y desestiman diferencias entre distintos tipos de prostitución, incluyendo la trata de personas con fines de explotación sexual y desestimando el papel de la prostitución sin proxenetas (por ejemplo ver Campaña ni una mujer más víctima de las redes de prostitución, 2008; Chejter, 2009; Fontenla, 2008; Rodríguez, 2012 ).[31]

En el mismo sentido, MacKinnon (2001) lanza una crítica a Simone de Beauvoir quien en El segundo sexo identificaba en las condiciones materiales los aspectos más problemáticos de la prostitución y por ello distinguía entre la baja prostitución y las hetairas[32]. “La diferencia esencial consiste en que la primera hace comercio de su pura generalidad, de modo que la competencia la somete a un nivel de vida miserable, en tanto que la hetaira se esfuerza por ser reconocida en su singularidad.” (Beauvoir, 1997: 338). Para la norteamericana, ni el precio que se pague ni las condiciones del intercambio alteran en nada la explotación sexual, el abuso que transforma a las mujeres en una cosa y les quita su humanidad. MacKinnon tampoco repara en distinciones pues hay un tipo de “mujeres prostituidas” que tiene “características estándar” (standard condition) –por lo que podríamos llamarlo estereotipo–; estas son: haber escapado de sus hogares, no tener vivienda y ser pobre (runaway, homeless and poor) (MacKinnon, 2001: 1416). Esta mirada puede ser útil para comprender de manera normativa y abstracta la prostitución; pero para el análisis sociológico que busca esta tesis es importante tomar en cuenta cómo inciden las variaciones de las condiciones materiales en las experiencias de las mujeres involucradas.

Estas experiencias serán interpretadas en términos de pasividad y sufrimiento pues para la vasta mayoría de las mujeres del mundo la prostitución es la experiencia de ser cazadas, ser dominadas, ser abusadas sexualmente y ser física y psíquicamente maltratadas” (Farley, et al., 1998: 420). Kari Kesler, académica feminista y ex-prostituta, critica estas concepciones del feminismo radical que aplanan las experiencias de las prostitutas:

[Pateman] afirma que ‘la prostitución es el uso del cuerpo de una mujer por un hombre para su propia satisfacción. No hay ningún deseo o satisfacción por parte de la prostituta’. Ella ignora las experiencias de mujeres que disfrutan su trabajo como prostitutas, y trivializa el papel de la prostituta. Su foco está solamente en el cuerpo, sin prestar atención a las habilidades y servicios que una prostituta pone en el encuentro, despoja a las mujeres prostitutas de toda agencia. Las prostitutas no son simplemente ‘cuerpos’, y yo encuentro muy irónico que un análisis feminista de la prostitución deba cosificar [objectify] a las mujeres de esta manera. (2002: 229)

El énfasis en las relaciones de dominación entre varones y mujeres, y los significados fijos que se atribuyen a las prácticas sexuales, llevan a subrayar las experiencias de las mujeres en torno al padecimiento. (Barry, 1988; Farley, et al., 2005; Jeffreys, 2009). MacKinnon incluso se vale de la generalización del sufrimiento para cuestionar la idea de que las mujeres en la prostitución –las “prostitutas”– son perversas, lujuriosas, y mostrar que son mujeres iguales a las demás. Para esta autora, el hecho de que las mujeres sufran en la prostitución es la prueba de que “son mujeres normales”[33]. El sufrimiento garantiza la normalidad. MacKinnon no critica el principio de la norma que estigmatiza a las “prostitutas”, que las divide y jerarquiza entre las “putas” (las que podrían llevar la prostitución con placer o sin sufrimiento) y las “santas” (que no pueden sino sufrir), su estrategia para la crítica del estereotipo es la homogeneización por normalización. La pregunta que podría plantearse entonces es: ¿Las mujeres que no sufren en la prostitución son anormales?

Si la victimización satura las posibilidades interpretativas de las experiencias de las mujeres en prostitución, en los casos en que ellas mismas se ubiquen de otra forma este posicionamiento puede ser desmentido. Con un enfoque similar al de Farley, pero desde la tradición psicoanalítica argentina, se plantea que los casos de mujeres que se apartan de la posición de víctima

muestran una falsa fortaleza yoica, con actitudes de desparpajo que ocultan su extrema indefensión. Les resulta imprescindible realizar un simulacro ante los prostituyentes y su disociación se incrementa aún más ya que para resultar atractivas fingen dando una idea de fortaleza dentro de esa ficción (Gonzáles, 2005: 10)

El papel de víctima asignado a las mujeres prostituidas, no difiere en gran medida de la concepción más general del feminismo radical sobre las experiencias de mujeres. Al abrir el capítulo “Sexualidad”, MacKinnon interroga:

¿Qué es lo que tiene la experiencia de las mujeres que produce una perspectiva particular acerca de la realidad social? […] La cosificación de la mujer, primero en el mundo, luego a nivel de la mente, primero en la apropiación visual y luego en el sexo forzado y por último en el asesinato sexual, proporciona las respuestas. (1987: 127)

Entonces, ¿hay algo particular en la experiencia de las mujeres prostituidas respecto del resto de las mujeres? ¿Cuál sería el problema en homologar la experiencia de las mujeres prostituidas con otras experiencias laborales? La especificidad de la prostitución para el feminismo radical deriva de su concepción de sexualidad, la cual constituye el núcleo argumental más duro para negarle el carácter de trabajo. MacKinnon es concluyente:

Una teoría sobre la sexualidad se vuelve feminista de manera metodológica, en el sentido post marxista del término, si trata la sexualidad como un constructo social de poder masculino: definido por los hombres, impuesto a las mujeres y constituyente del significado de género. Este enfoque centra el feminismo en la perspectiva de la subordinación de las mujeres al hombre al identificar al sexo –es decir, la sexualidad del dominio y la sumisión– como crucial, como fundamental, como definitivo en cierto nivel, en dicho proceso. (1987: 130)

En su análisis de las posiciones feministas respecto a la prostitución y la sexualidad, Wendy Chapkis (1997) señala que aun dentro del feminismo radical se pueden separar dos concepciones de sexualidad, una que llama “anti-sexo” y otra, “pro-sexo positivo”. Dentro de la primera, enmarca las concepciones que se oponen a toda forma de sexualidad, y en la segunda, las que consideran que el sexo en el marco de reciprocidad o amoroso o igualitario puede ser una práctica positiva desde un punto de vista feminista.

MacKinnon afirma que la sexualidad es, en sí, una construcción del poder masculino constituida en y por el significado y la práctica de la dominación y la agresión de forma incuestionable[34]. La prostitución únicamente hace más visible lo que es constitutivo de la sexualidad. Para las mujeres, la única forma de combatir ese poder es por la negativa, es la resistencia al sexo. Negociar el placer sexual no conlleva a ninguna forma de libertad, ni es el placer un tema central de la sexualidad femenina; la cuestión es la dominación y la forma de detenerla (MacKinnon, 1987). La radicalidad de este planteamiento[35] parece conducir a la trascendencia, siguiendo la lectura que sugiere Judith Butler[36]:

En los términos de su propio análisis la ‘libertad’ que MacKinnon evoca consiste en una trascendencia radical de la ‘realidad’ social tal como ‘es’; no consiste en luchar dentro de los términos de la fábrica social, en discernir los márgenes que escapan a la marca hegemónica, o reevaluar las posiciones de subordinación como posiciones de eficacia socialmente constituida”. (1991: 94)

Un punto intermedio de esta concepción está representado por autoras como Sheila Jeffreys que dirigen la crítica especialmente al sexo heterosexual, y dejan la posibilidad de una sexualidad igualitaria para ciertas relaciones lésbicas (excluyendo las que involucran prácticas sadomasoquistas o las parejas butch-femme).

Por último, otras feministas radicales conciben posibilidades de sexualidad heterosexual que no implicarían la dominación de las mujeres. Por ejemplo, para Carole Pateman, a pesar de criticar el contrato matrimonial, existen chances de sexualidad no opresiva en el vínculo conyugal pues “la relación conyugal no es necesariamente de dominación y en eso difiere de la prostitución” (1983: 563). Incluso un vínculo sexual sin afecto y sin amor puede ser moralmente aceptable si es el resultado de la mutua atracción física libremente expresada por los dos individuos” (1983: 563). Pateman construye una noción de sexualidad indisociablemente unida a la identidad: “el yo no se subsume por completo en su sexualidad pero la identidad es inseparable de la construcción sexual del yo” (1985: 284). Por ello, “cuando una prostituta contrata el uso de su cuerpo, se está vendiendo a sí misma en un sentido muy real” [énfasis en el original] (1985: 285) y así la prostitución no puede ser jamás consentida ni expresar ninguna forma de mutualidad. A pesar de las variantes en sus concepciones de sexualidad, este último punto –la relación intrínseca entre sexualidad, intimidad e identidad o self– es compartido tanto por Jeffreys como por MacKinnon, quien indica que “la sexualidad es al feminismo lo que el trabajo al marxismo: lo que es más propio de cada una/o pero también lo más robado” (1982: 515).

Aunque el feminismo radical es la línea teórica más desarrollada dentro de las posiciones abolicionistas, o que no ven a la prostitución como trabajo, también podemos encontrar otras autoras que se reconocen como feministas y comprenden de otras formas la prostitución y su vínculo con la sexualidad. En el contexto local –aun con una posición política que se opone a la prostitución como institución– algunas autoras han indicado la necesidad de captar variaciones objetivas y subjetivas enraizadas en las diferentes condiciones en que se lleva a cabo la prostitución, así como de valorizar los procesos políticos de estas mujeres (Das Biaggio, et al., 2008). Dora Barrancos ha llamado la atención sobre la necesidad de escuchar, comprender y dialogar con aquellas mujeres que se reconocen como trabajadoras sexuales[37]. “Cerrar la cuestión de la prostitución en un discurso normativo que solo evoca la raíz patriarcal del sometimiento, es tan equivocado como el de argumentar simplemente que se trata de una actividad económica” (Barrancos 2008: 164). Ella propone repensar la sexualidad y el erotismo desde el feminismo y “no juzgar apenas con la teoría patriarcal en la cabeza, porque es insuficiente, más allá de su esquemática corrección” (2008: 164).

En este sentido, algunas miradas proponen dejar de lado las dicotomías forzada/libre, prostituta víctima / “prostituyente” victimario. A contramano del feminismo radical –ampliamente difundido en el ámbito local–, pero también crítica de las activistas que defienden el trabajo sexual, Analía Aucía plantea:

Pensar a las mujeres en situación de prostitución, cualquiera sea su forma, como si estuviesen en un estado de servidumbre sexual permanente, significa fijarlas en un lugar de impotencia, de victimización. Quitar márgenes de elección, de decisión, cuando es posible ejercer cierta autonomía, que de hecho se ejerce, implica constreñir a las mujeres involucradas a una posición de objeto donde la dimensión subjetiva, cultural y la historia singular quedarán borradas. El efecto de este borramiento obtura la posibilidad de explicar a la prostitución de las mujeres desde una dimensión política, más precisamente, desde el entramado de poder que la ha producido y la sigue reproduciendo. Por otro lado, asimilar la prostitución a una opción laboral, entre otras, rotulando sin más a las mujeres como trabajadoras sexuales implica desconocer el contexto cultural, social y económico en el que se han constituido, se conforman y desarrollan las diversas prácticas de sexo a cambio de dinero.” (2006: 47).

También a nivel global otras autoras desarrollan una comprensión contextualizada de la comercialización del sexo, desarticulando cualquier esencialismo. Desde estas posiciones se toma en cuenta el papel del género –pero no como una estructura de dominación dicotómica e inamovible– sin desatender el rol que juegan la clase y la raza. Por ejemplo, Laurie Shrage (1994), retomando a Geertz, entiende que las prácticas e instituciones deben ser comprendidas no sólo en relación con las categorías que organizan las relaciones sociales, sino también como artefactos creados y transformados en cada escenario sociohistórico. A partir de allí, Shrage critica los intentos de construir una descripción unívoca y evolucionista de la prostitución, y busca comprender sus significados a partir del contraste con otras culturas y épocas. Propone hablar de “prostituciones” mostrando que tienen distintos orígenes y consecuencias sociales, y que no todas conllevan un sentido degradante (por ejemplo, aquellas ligadas a los cultos de fertilidad o la poliandria informal). Shrage concluye que en la sociedad norteamericana contemporánea los significados asociados a la práctica de la prostitución son efectivamente degradantes para las mujeres. Para ella la prostitución está actualmente construida a partir de una serie de creencias que perpetúan tanto su propia existencia como la marginación hacia las mujeres y las personas afroamericanas. Sin embargo esta no es una característica intrínseca de la práctica, sino culturalmente contingente[38].

Otra mirada que busca comprender a la prostitución desde un enfoque no esencialista es la de Debra Satz (1995). Ella, como Shrage, parte de la idea de que no es posible determinar a priori qué es la prostitución y reconoce la necesidad de evaluar los distintos contextos en que ocurre, poniendo a consideración las diferencias entre las “call girls” (el estrato más alto, que en la jerga local se llaman “escorts”) y las “streetwalker” (prostitución callejera) y la prostitución masculina. La posición de Satz se distancia tanto del enfoque economicista que comprende a la prostitución desde una mirada abstracta en términos de mercado, como del enfoque esencialista que la ve como inherentemente dañina. Al tomar en cuenta distintas vivencias de la sexualidad, Satz apunta la crítica en otro sentido. Para ella, lo problemático de la prostitución es que contribuye a degradar el estatus de las mujeres frente a los varones, aunque esta no es una característica propia de la comercialización del sexo, sino del contexto de inequidad de género y los modos actuales de los mercados de labor sexual.

Una mirada que ha aportado varios elementos para esta tesis es la de Julia O’Connell Davidson, quien combina el enfoque de género con la crítica marxista del contrato liberal que revela las asimetrías entre las partes contratantes. La autora señala que esta crítica no está presente en algunos de los discursos que sostienen la idea del trabajo sexual (O’Connell Davidson, 2002). No obstante, objeta tanto las miradas abolicionistas como las pro-trabajo sexual; cuestiona la concepción reificada del poder, que para unas aparece en manos de los clientes y/o proxenetas, y para otras se halla concentrado en el estado y en la legislación que criminaliza a la prostitución. También discute las concepciones naturalistas del sexo, inextricablemente ligado al self de las prostitutas para el feminismo radical, o naturalizado en el deseo/necesidad sexual del cliente para las que defienden la idea del trabajo sexual. En este punto, O’Connell Davidson critica acertadamente los planteos de Chapkis y de Pat Califia[39] quienes se basan en la supuesta satisfacción de necesidades vitales de los clientes para fundar el valor social de la prostitución, permitiendo que se reinstale, sin notarlo, la idea del deseo sexual masculino como irrefrenable.

O’Connell Davidson conceptualiza a la prostitución como “una institución que permite a los clientes obtener temporalmente ciertos poderes de mandato sexual sobre prostitutas” (1998: 3). Al igual que otros contratos de trabajo asalariado en el capitalismo, la prostitución implica una rendición de los poderes personales sobre la propia voluntad a favor de otro[40]. A ello se suman las inequidades que marcan el mercado del sexo en términos de clase, raza y nacionalidad, además de los más evidentes de género –aunque la autora señala que no por evidentes deben ser tratados de forma simplista como lo hace el feminismo radical al fijar posiciones estáticas para varones-dominantes y mujeres-subordinadas–. Pero las diferencias con otras formas de explotación no sólo radican en las inequidades del mercado, sino también en la relación entre el self y la sexualidad. O’Connell Davidson se distancia de las miradas esencialistas que ligan inextricablemente la sexualidad con el self, pero advierte que el sexo está construido socialmente como una esfera gobernada por nociones no comerciales (el honor, la vergüenza, el placer, el amor y la lealtad, entre otras) (1996: 193). Esto posiciona a los intercambios de sexo por dinero en un espacio liminal, marcando a la prostituta como Otro social (1998). Ahora bien, en este punto O’Connell Davidson no problematiza las distintas formas en que las mujeres que se dedican a la prostitución se sitúan respecto de esta concepción hegemónica que liga al sexo con el amor y la intimidad, algo que he abordado en esta tesis a partir de los relatos de las entrevistadas.

La concepción de trabajo sexual y el feminismo pro-sexo

La otra posición del debate feminista sostiene la noción de “trabajo sexual” como forma de conceptualizar a la prostitución. Aquí ocupan un lugar importante las feministas que en el contexto de las sex wars se han denominado pro-sexo”. Para este conjunto de intelectuales y activistas la comprensión de la prostitución funciona dentro de un marco más amplio. Se analiza, además de la prostitución, el lugar de la pornografía, el sadomasoquismo (S/M), y otras prácticas sexuales desvalorizadas dentro de lo que Gayle Rubin (1989) denominó la “jerarquía de valor sexual”. Allí, las distintas prácticas sexuales y los contextos en que se llevan a cabo se distribuyen en un orden que sanciona como negativo todo lo que se aleje de la heterosexualidad monogámica, procreativa y doméstica.

Es necesario establecer distinciones dentro de los planteos pro-sexo, pues allí encontramos miradas que perciben a la prostituta en un sentido diametralmente opuesto al del feminismo radical, como un agente de subversión del orden sexual. Chapkis (1997) denomina sexual libertarianism a esta posición –que diferenciará de las sex radicals y pone como ejemplo a Camille Paglia quien invierte los términos del discurso victimizante del feminismo radical: son los varones quienes están desprotegidos frente a la sexualidad femenina y, en una posición de inferioridad, sólo pueden apelar al dinero frente a las prostitutas. Ellas, no sólo dejan de ser víctimas, sino que están en total control de la situación. Luego, afirma Paglia, simplemente dejando de lado los prejuicios moralistas del feminismo, la prostitución puede ser vista no sólo como un trabajo igual a cualquier otro, sino mejor pago. Incluso describe la figura de la prostituta como aquella mujer rebelde (outlaw) que logra liberar su sexualidad[41]. Esta forma de concebir las posiciones de los sujetos en abstracto reduce las interacciones a decisiones de actores individuales y hace caso omiso de los procesos sociales más amplios que las enmarcan y atraviesan. El foco en el nivel individual se asemeja a las posiciones liberales, que acertadamente critica el feminismo radical[42], donde la ficción del contrato oblitera las asimetrías que subyacen entre las partes.

Según Chapkis, las feministas sex radicals elaboran sus concepciones sobre sexualidad teniendo en cuenta un contexto cultural de dominación masculina: “el sexo se entiende como construido por esta cultura, sin ser completamente determinado por ella (1997: 23). Lo que caracteriza a esta perspectiva es la noción de que el sexo es un terreno de lucha y no un campo de posiciones fijas de género y de poder. Dos casos que ejemplifican esta posición son la reflexión sobre las prácticas de prostitución sadomasoquistas (S/M) y la redefinición del tráfico de mujeres. En esta última, se abordan las actuales cruzadas anti-trata trazando paralelos con el clima de pánico moral que cundía a fines del siglo XIX con la “trata de blancas” (Doezema, 2000; Schettini, 2013). A su vez, los procesos que muchas veces son interpretados como casos de trata con fines de explotación sexual son reenmarcados –a partir de los relatos y las experiencias de las mujeres– dentro de diversos tipos de tránsitos transnacionales y problemáticas migratorias, sin perder de vista la agencia de estas mujeres (Agustín, 2006; Kempadoo, 2005; Piscitelli, 2008; Piscitelli, et al., 2011). En el caso de la comercialización de servicios S/M, la posición dominante de la prostituta y subordinada del cliente –si bien son una fantasía delimitada y no subvierten todo el orden social y sexual– complejizan los significados de la práctica. Las interpretaciones sobre los servicios S/M pueden ir desde la subversión representada las “amas” o dominatrix, al énfasis sobre el marco más general y el deseo del cliente que sigue rigiendo la interacción, pero en cualquier caso dejan de lado la matriz lineal y dicotómica del amo y la esclava. (crf. McClintock, 1993; O’Connell Davidson, 1996)

La puesta en cuestión de los significados dominantes en relación a la sexualidad y la atención que se presta a las experiencias que se articulan en los grupos sexualmente marginales son aspectos centrales de la concepción de las miradas pro-sexo. Carole Vance advierte que:

Dar por hecho que los símbolos tienen un significado unitario, el que les da la cultura dominante, significa dejar de estudiar la experiencia y el conocimiento de los símbolos en los individuos, así como la capacidad individual de transformar y manipularlos de una forma compleja que se nutre del juego, la creatividad, el humor y la inteligencia […] Dejar de lado el potencial de cambio es colocar a las mujeres, sin pretenderlo, fuera de la cultura, salvo como receptoras pasivas, de los sistemas ofíciales de símbolos. (1989: 33)

Sin embargo, un deslizamiento puede conducir desde la comprensión compleja y matizada del poder a considerar directamente como subversivas ciertas prácticas. Tanto el individualismo descontextualizado de Paglia como el determinismo de MacKinnon se dejarían de lado en la concepción sex radical que comprende al sexo como una “táctica cultural” –según Chapkis en referencia a la noción acuñada por de Certeau–. Se propone que dicha táctica puede servir para desestabilizar o reforzar el poder masculino (Chapkis, 1997).

Ahora bien, diferenciar cuándo la táctica funciona en una u otra dirección y en qué medida es efectiva, implica dos claves de análisis. Por un lado, como dije más arriba, si se quiere evitar una mirada “romántica” de las resistencias será necesario ponerlas en relación con el poder, no desligar las prácticas y las estructuras significativas, para poder responder a las difíciles preguntas: ¿Hasta qué punto estas prácticas pueden desestabilizar o, más puntualmente, disputar la hegemonía masculina que les otorga sentido? ¿Se ensamblan en un proyecto político colectivo que se opone a las formas instituidas de las relaciones de poder o son elusiones, ardides que sólo desestabilizan momentáneamente el sentido y las relaciones de poder, operando sobre todo en un nivel micro?

Por otro lado, si nos referimos al sexo que acontece en la prostitución es necesario considerar, sin desestimar las variaciones, las características que la signan y delimitan sus propiedades como terreno de lucha particular dentro de la sexualidad. Aunque las concepciones constructivistas sobre sexualidad que enmarcan esta tesis coinciden en un nivel general con las posiciones pro-sexo, considero que algunos aspectos específicos de la prostitución como trabajo sexual se pierden en el enfoque de las sex radicals. Al partir del esquema de la jerarquía de valor sexual y englobar a la prostitución junto con otras formas de sexualidad marginadas y estigmatizadas, se omiten algunos reparos previos para pensar a la prostitución como una forma de sexualidad. No me refiero a los reclamos de las feministas radicales que igualan prostitución y violación, sino a los propios reclamos de la posición del “trabajo sexual”, las miradas de feminismo marxista (o de las propias mujeres que se dedican a la prostitución y la conciben como un trabajo).

A diferencia de otras formas de sexualidad estigmatizada, la prostitución cruza sentidos sexuales y económico-laborales. En el análisis laboral, la explotación y precarización laboral, así como la resistencia contra ella, son puntos centrales, más que los que ligan la práctica al deseo o al erotismo. Rubin señala: “las prostitutas y otros trabajadores sexuales difieren de los homosexuales y demás minorías de este tipo. El trabajo sexual es una ocupación, mientras que la desviación sexual es una preferencia erótica (1989: 148), pero luego su análisis se ocupa más de los rasgos que los asemejan, dejando de lado esta diferencia. Si bien en esta tesis efectivamente concibo que la sexualidad es un terreno de lucha donde se disputan los sentidos y las valoraciones, también pienso que es necesario caracterizar a la prostitución como una práctica sexual que, además de estigmatizada, es atravesada por variables erótico-económicas. A diferencia de otras formas eróticas marginadas, este es fundamentalmente un erotismo de mercado que se constituye dentro de las formas de explotación capitalista y patriarcal[43].

En este último punto hay también otro matiz que considero indispensable para pensar la relación entre sexualidad y prostitución. Aun sosteniendo una concepción del género como un conjunto de posiciones móviles y en conflicto, es imprescindible tener en cuenta que la prostitución es globalmente un fenómeno constituido de forma asimétrica. Es decir, la gran mayoría de las que comercializan su sexualidad son mujeres o travestis feminizadas y quienes compran en este mercado son varones. Entonces, si la mirada del feminismo pro-sexo tiende a independizar la sexualidad del género, puede cuestionarse en qué medida este enfoque es útil para analizar un fenómeno tan atravesado por el género. Comparto en términos más globales la crítica de Rubin a la fusión total entre sexo y género para pensar la sexualidad. No obstante, para conceptualizar el caso puntual de la prostitución creo más pertinente la perspectiva de las Notas sobre la economía política del sexo (1986) y su concepto de sistema sexo-género, que aquella de las Notas para una teoría radical de la sexualidad (1989), donde sexo y género son considerados como dos vectores de opresión relacionados, pero pensando en una teoría autónoma de la sexualidad[44]. De hecho, Rubin aclara este punto en dos fragmentos:

El desarrollo de este sistema sexual se ha producido en el contexto de las relaciones entre géneros. Una parte de la moderna ideología sexual es que el deseo es atributo de los hombres y la pureza lo es de las mujeres. Las mujeres han sido hasta cierto punto excluidas del moderno sistema sexual […] En la industria del sexo, las mujeres han sido excluidas de la mayor parte de la producción y consumo, y se les ha permitido participar principalmente como trabajadoras. (1989: 184)
Las herramientas conceptuales feministas fueron elaboradas para detectar y analizar las jerarquías basadas en el género. En la medida en que dichas jerarquías se sobreponen a las estratificaciones eróticas, la teoría feminista posee cierto poder de explicación (1989: 186)

Es crucial no olvidar estos señalamientos. Muchas lecturas de los planteos de las sex radicals se ven perjudicadas por el juego político de polarización. En este sentido, Adriana Piscitelli sostiene la necesidad de correrse de las posiciones extremas que tienden a la simplificación de la problemática. En Gênero no mercado do sexo –un artículo clave que sintetiza este punto de vista– Piscitelli aclara que los problemas ocurren cuando se interpreta la sexualidad como mera corporificación del género –tal como se puede leer la perspectiva de MacKinnon– o como parte de posiciones o identidades de género fijas; pero también cuando en una perspectiva de identidades fluidas se dificulta el acceso a los scripts que están siendo performados en un contexto (Piscitelli, 2005: 20).

La cuestión de la identidad y las formas de identificarse han sido una clave para el desarrollo del enfoque que concibe a la prostitución como trabajo. Este punto tiene relación con el hecho de que esta perspectiva surgió del diálogo entre cientistas sociales y movimientos de prostitutas. Según la activista y prostituta Carol Leigh (1997), la expresión “sex work” y luego “sex worker fueron acuñadas por ella en 1980 debido a los problemas que les causaba a las mujeres presentarse como prostitutas” en los contextos feministas. Este neologismo, que acabará desplazando las anteriores reivindicaciones bajo la categoría de “puta” (whore)[45], según Leigh no es un eufemismo, sino un intento de construir una identificación positiva y dejar de lado la vergüenza. Entonces la concepción de la prostitución como un trabajo se halla estrechamente ligada desde su surgimiento a dos problemas centrales: la estigmatización y las divisiones entre mujeres. Ambos han sido puntos cruciales de las reflexiones de los movimientos de prostitutas, tal como se manifestó en los primeros congresos internacionales de prostitutas. Allí, avanzaron los intercambios y la cooperación entre activistas y académicas que quedaron plasmadas en A vindication of the right’s of whore.[46] El juego con el título del libro de Mary Wollstonecraft denota la intención de poner en cuestión las divisiones entre putas y el resto de las mujeres.

En ese contexto, Gail Pheterson (2000) ha desarrollado la noción del “estigma de puta” como elemento constitutivo sin el cual no puede comprenderse a la prostitución. Asimismo, Pheterson subraya la interacción entre estigma y género –visible en las diferencias que implica involucrarse en la prostitución para mujeres y para varones– y también con la clase, etnia y nacionalidad. Para Pheterson, lo que se sanciona específicamente con el estigma de puta es el pedido explícito de dinero, pero además se condena cualquier gesto de autonomía femenina[47]. Así, el estigma y el epíteto de “puta” actúan no sólo sobre las prostitutas, sino sobre todas las mujeres. Dolores Juliano (2002, 2003) ha retomado esta idea al concebir a la estigmatización de las putas como modelo de control sobre la sexualidad femenina, que refuerza la división entre mujeres puras y putas aislando a las prostitutas en un submundo. Por ello, para estas autoras, como para toda la posición pro-trabajo sexual, es clave la alianza entre putas y no putas como forma de poner en cuestión la división patriarcal entre mujeres “buenas” y “malas”. Kamala Kempadoo también ha sugerido otras alianzas posibles a partir de la redefinición de la prostitución como trabajo sexual pues se vincula con:

Las luchas por el reconocimiento del trabajo de la mujer, por los derechos humanos básicos y por condiciones de trabajo dignas: luchas que no son específicas de la prostitución y el comercio sexual, sino que son comunes a la lucha general de las mujeres [y a su vez esta redefinición] destaca la naturaleza variada y flexible del trabajo sexual así como sus similitudes con otras dimensiones de la vida de las/los trabajadores/as. (1998: 1).

El enfoque del trabajo sexual expande tanto las nociones de trabajo como las de sexualidad. Por un lado, en el caso de la sexualidad permite ir más allá de los intercambios que usualmente se piensan como “prostitución”, es decir sexo a cambio de dinero y sin afecto. Por ejemplo, las investigaciones de Piscitelli (2008) consideran los vínculos afectivos que las mujeres brasileras entablan con turistas sexuales, con quienes migran y pueden casarse, como parte de una estrategia para tener una movilidad social ascendente que en su contexto vernáculo les sería imposible. También Kempadoo (1996) examina lo que en las sociedades del Caribe como en África se conoce como “sexo transaccional”, es decir intercambios sexuales a cambio de bienes o mejoras diversas. Esta autora critica la homogeneización de las experiencias de las mujeres del “Tercer mundo”. Señala que las miradas del feminismo radical suponen que los valores sexuales deben fundarse en la intimidad pues el sexo involucra lo más personal, privado y sensible de nuestro ser físico y psíquico. Kempadoo discute esta concepción tan general del sexo puesto que “borra otras definiciones y experiencias culturales de sexualidad y relaciones sexuales-económicas, como las que se encuentran, por ejemplo, en varios países de África y el Caribe, o en la juventud tailandesa y brasileña, e impone una definición muy estrecha de sexo desde una visión de sexo feminista estrictamente occidental y burguesa”. (1998: 4). Detrás de la concepción de las mujeres del “Tercer mundo” como meras víctimas sin ninguna capacidad de agencia, existe, según Kempadoo, un neocolonialismo que acalla las voces de estas mujeres e imagina su experiencia a partir de las concepciones de género y sexualidad hegemónicas en el primer mundo occidental[48].

Por el otro lado, en el caso del trabajo, la concepción de trabajo sexual ligada a la noción de mercado del sexo (Pisictelli, 2005) o de industria sexual (Agustín, 2005a) muestran una plétora de actividades, directa o subsidiariamente movilizadas por la comercialización de sexo. Estas autoras señalan que la prostitución es sólo un servicio dentro de esta industria de la cual forman parte:

Burdeles o casas de citas, clubes de alterne, ciertos bares, cervecerías, discotecas, cabarets y salones de cóctel, líneas telefónicas eróticas, sexo virtual por Internet, sex shops con cabinas privadas, muchas casas de masaje, de relax, del desarrollo del ‘bienestar físico’ y de sauna, servicios de acompañantes (call girls), unas agencias matrimoniales, muchos hoteles, pensiones y pisos, anuncios comerciales y semi-comerciales en periódicos y revistas y en formas pequeñas para pegar o dejar (como tarjetas), cines y revistas pornográficos, películas y videos en alquiler, restaurantes eróticos, servicios de dominación o sumisión (sadomasoquismo) y prostitución callejera. (Agustín, 2000: 2)

A partir de esta expansión, el concepto de “trabajador/a sexual” da la posibilidad de conectar la prostitución, tanto con otras actividades de la industria del sexo, como con otras actividades de las mujeres trabajadoras. Esto, según Kempadoo, “puede ser la base de movilización en luchas por condiciones de trabajo, derechos y beneficios y por formas de resistencia más amplias contra la opresión de los/las trabajadores/as en general y de las mujeres en particular” pues esta concepción “pone de manifiesto que los intereses comunes de las mujeres trabajadoras pueden articularse dentro del contexto de luchas (feministas) más amplias contra la devaluación del trabajo de las ‘mujeres’ y la explotación de género dentro del capitalismo.” (1998: 3).

A pesar de estas potencialidades políticas –cuyos alcances podremos ir sopesando en paralelo con el desarrollo los capítulos siguientes–, a nivel analítico el concepto de trabajo sexual puede encontrar algunas limitaciones. La consideración de la prostitución como un trabajo supone tomar en cuenta las similitudes con otras situaciones de explotación en el sistema capitalista, con el riesgo de homogeneizarla y descuidar sus especificidades. Kempadoo por ejemplo, siguiendo el análisis de Louise White, concluye que “el trabajo sexual comercial –trabajo sexual transformado en mercancía– es específico de una forma capitalista, abierto a similares formas de presión y manipulación que cualquier otra forma de trabajo asalariado” [cursivas agregadas] (1998: 2). Al igual que subsumir a la prostitución con otras formas de sexualidad estigmatizadas puede hacernos perder de vista ciertas características, algo similar sucede al concebirla “como cualquier otro trabajo”. Si bien esta homogeneización no se halla generalizada en los estudios académicos sobre trabajo sexual, en el contexto de polarización y enfrentamiento con concepciones como las del feminismo radical, los aspectos distintivos de la prostitución suelen recibir menos énfasis que aquellos que la conectan con otros trabajos. A esto se suman sentidos que aparecen en el significante “trabajo” que no siempre son acordes con la forma de funcionamiento de la prostitución –más abajo retomaré este punto–.

Un posicionamiento clave para esta tesis radica en poner de relieve la importancia del trabajo de investigación empírica como fuente del análisis, más que el posicionamiento político a priori desde concepciones ideológicas. No existe investigación sin posicionamiento político e ideológico, sin embargo existen –y con validez en su terreno– dichos posicionamientos sin investigación. Tal es la posición que planteó Elizabeth Bernstein a fines de los ’90. Tras conceder que ambas perspectivas, abolicionistas y pro-trabajo sexual, pueden acertar sobre determinados aspectos de la prostitución, Bernstein (1999) señala la necesidad de realizar investigaciones empíricas para situar el análisis, especialmente considerando las diferencias que existen para los distintos mercados sexuales. Sólo recientemente en Argentina se ha comenzado a señalar esta necesidad y, a la vez, la relevancia de poner atención en las distintas narrativas de las mujeres dedicadas a la prostitución / trabajo sexual y realizar una crítica de las posiciones esencialistas respecto a la sexualidad (Daich, 2012).[49]

Bernstein propone una contextualización e historización de las distintas formas de prostitución. Un intenso trabajo etnográfico le permite diferenciar mercados para sugerir que actualmente nos encontramos en un momento de transición: desde el paradigma de prostitución moderna industrial hacia un paradigma de sexo comercial postindustrial. Este pasaje se plasma en diversas características de la transacción, en consonancia con las transformaciones entre la esfera doméstica, laboral y la “ética sexual”: el crecimiento del sector servicios, las familias recombinadas y la producción de relaciones individuales, temporarias y flexibles[50] (Bernstein, 2007b: 173). Entonces, para construir un análisis adecuado de los mercados y sus transformaciones, las prácticas de sexo comercial no deben ser vistas como excepciones, sino situadas en los cambios económicos y culturales actuales.

Siguiendo a Bernstein, entiendo que contextualizar y enlazar las variantes de prácticas puntuales de sexo comercial con los mercados sexuales y las estructuras culturales y económicas reinantes, más que trazar una distinción esquemática entre prostitución libre / forzada, permiten una comprensión balanceada de las distintas formas de intercambio.

Hago hincapié en la necesidad ética de distinguir entre los mercados de trabajo sexual, basada en la ubicación social y los rasgos definitorios de cualquier tipo dado de intercambio. Esto no significa sugerir que exista una división sencilla y de fácil aplicación entre la prostitución “forzada” y “voluntaria” o (aplicando una valencia moral diferente) entre trabajadoras del sexo “inocentes” y “culpables”. Más bien, estoy abogando por el escrutinio cuidadoso y atento, sobre qué precisamente está mal –y, potencialmente, bien– con diferentes modalidades de comercio sexual. (2007b: 180)

Sexo comercial: un artefacto analítico como intento de reabrir sentidos

El concepto de “sexo comercial, aunque no es una categoría nativa, apunta a mantener una apertura para captar las miradas de las propias mujeres involucradas y pensar la prostitución desde un lugar diferente tanto de los estereotipos como de las posiciones extremas del debate. La polarización me convenció de buscar otra noción, no sólo por las diferencias en el plano teórico, sino porque varias de las mujeres entrevistadas se alineaban con, o pertenecían a organizaciones posicionadas de cada lado del debate[51] tal como se ha construido en estos años en la Argentina. De esta manera, también busco evitar la extrapolación de las categorías del debate en tanto se ligan con las discusiones sobre sexualidad emergidas en el contexto norteamericano, cuyo par antinómico (peligro / placer) no responde específicamente al análisis de las formas de sexualidad propias de la prostitución, ni de las concepciones de sexualidad en Argentina. Utilizo la denominación “sexo comercial” para hacer lugar a la comprensión de los diferentes discursos y experiencias relevadas en mi trabajo de campo y abrir las posibilidades reflexivas sobre la cuestión, poniendo entre paréntesis las dicotomías y los supuestos que implican.

Al pensar los intercambios sexuales-económicos como “sexo comercial” busco alejarme –para comprender mejor– del carácter de aberrante y la marca moral estigmatizante que señala la categoría “prostitución”. No pretendo que “sexo comercial” funcione como un eufemismo ni como gesto de corrección política, sino como un distanciamiento que permita comprender críticamente la norma que estigmatiza la prostitución. Distanciamiento por un lado y contextualización histórica por el otro; pues otro de los tantos sentidos que circulan ligados a la “prostitución” es el latiguillo del “oficio más antiguo”. Con “sexo comercial” quiero situarme históricamente en un período concreto, la modernidad capitalista, y así diferenciarlo de esa omnipresencia histórica que se imputa a la “prostitución”. A su vez, el significado que tiene la “prostitución” en el lenguaje cotidiano tampoco ayuda. En los diccionarios aparecen tres acepciones: La Real Academia Española (2001) señala:

prostituir v. tr.
1. tr. Hacer que alguien se dedique a mantener relaciones sexuales con otras personas, a cambio de dinero.
2. tr. Dicho de una persona: Deshonrar, vender su empleo, autoridad, etc., abusando bajamente de ella por interés o por adulación.

Y el Diccionario Manual de la Lengua Española Vox (2007) agrega:

1. Hacer que una persona mantenga relaciones sexuales a cambio de dinero.
2. Deshonrar o envilecer un cargo, autoridad, etc., generalmente para obtener dinero u otro beneficio: el poder y el dinero prostituyen la política.
3. Deshonrar o envilecer una cosa, especialmente una cualidad o facultad natural.

Estos significados y sus confusiones son problemáticos para el enfoque de esta tesis. Estas acepciones no sólo presuponen que es un sujeto quien “hace que” otro lleve a cabo la práctica, además reiteran la usual descalificación moral de la “deshonra” o “envilecimiento” y sugieren que lo que se degrada es “especialmente” algo “natural”, lo cual va en dirección contraria a cualquier intento sociológico constructivista de desnaturalizar la sexualidad. Además, como señala Shrage, “prostitución” pone énfasis en la “invasión de las normas materialistas” (1994: 122), presuponiendo una relación de exterioridad entre estas normas económicas y el sexo, a la vez excluye cualquier sentimiento afectivo de la “prostitución”. Por último, los lazos entre la denominación “prostitución” y los sentidos patológicos, criminales o pecaminosos me convencieron de utilizar este significante para aludir a los discursos que alimentan esos significados, pero no a toda la práctica.

Aunque algunos de los efectos que produce la redefinición como “trabajo sexual” son productivos para esta tesis, dicha denominación también acarrea inconvenientes, sobre todo en el marco de polarización política en torno al estatus legal que debería tener la prostitución. Muchas veces se propone una distinción tajante entre el trabajo sexual, pensado como derivado de decisiones autónomas, y la trata de personas, pensada como resultado de la imposición violenta, distinción que otorga un papel definitorio a la presencia o ausencia de consentimiento de la mujer, considerado a su vez como algo bien identificable. El significado del consentimiento debe ser leído en un contexto amplio, y de manera dinámica. Al darle un papel definitorio per se al consentimiento, ya sea formal o implícito, se puede caer en la visión ideológicamente liberal, en este caso de las mujeres como sujetos que actúan libremente y guiadas por su sola voluntad, tal como el sujeto racional autónomo, habilitando una mirada contractualista que omite e invisibiliza las asimetrías estructurales, de género, clase y etnia-raza-nacionalidad; y las demás constricciones (legales, culturales) que subyacen en los encuentros “prostituta-cliente”. Buscar una distinción precisa entre prostitución forzada y voluntaria es caer en una trampa. La salida que propongo aquí no supone negar las constricciones, sino ponderarlas a partir de las experiencias de las propias protagonistas.

Asimismo, una distinción taxativa entre mujeres “tratadas y aquellas que ejercen el trabajo sexual “voluntariamente”, negaría la capacidad de agencia a las primeras, instaurando una nueva división entre subalternas. Pia Covre (2004), prostituta y activista de la primera ola de movimientos de prostitutas, desconfía de los efectos de la denominación sex worker pues para ella no sólo traba el reclamo por derechos de ciudadanía junto al trabajo, sino que a la vez sirve para segregar y excluir a las migrantes que hacen sexo comercial (por ejemplo en los casos de la legislación alemana y holandesa). De igual manera, Elina Penttinen (2008) a partir del trabajo etnográfico ligado al tráfico de mujeres rusas y del báltico, critica las formas de exclusión de las “traficadas y las “drogadictas”[52] que pueden aparecer en algunas versiones del discurso del trabajo sexual con tintes liberales e individualistas. Para Penttinen es necesario, sin romantizar la posición de la trabajadora sexual como agente de libertad sexual, considerar también la capacidad de agencia de las/os abyectos. Así como es política y teóricamente problemático asimilar todas las formas de prostitución con la esclavitud y la trata de personas; también lo es plantear una barrera clara y distinta a partir de la “voluntad” de un sujeto para entrar en el mercado.

En muchos aspectos el sexo comercial puede pensarse de formas similares a otros trabajos (por ejemplo, aquellos que incluyen trabajo emocional, corporal o de cuidado y que se sitúan al margen de la formalidad)[53]. Tener en mente estas similitudes es especialmente importante a la hora de comprender parte de las experiencias de las mujeres involucradas. Sin embargo, como señala Kathi Weeks (2011), el propio significante de “trabajo” incluye un aura de dignificación y de cierta institucionalización, algo que podría llevar a descuidar las características particulares del sexo comercial asociadas al estigma que acarrea y su cuasi ilegalidad[54]. El “comercio” puede pensarse como desplazamiento de los lugares fijos tanto de la degradación asociada a la “prostitución” como de la dignificación del “trabajo”. Laurie Shrage (1994), quien usa la denominación “sex commerce” entre otras, plantea también la posibilidad de acuñar un término como “sex lending, sex trafficking” o “sex sharking”, que mantienen parte de las connotaciones de ilicitud de la actividad; sin embargo, las traducciones de estos términos al español no tienen los mismos efectos de significado.

El “comercio del sexo ocurre actualmente en un mercado que, aunque crece y se diversifica, funciona como un mercado negro o clandestino en el que desaparece la simetría entre las partes que supone el contractualismo liberal. Esta situación puede reflejarse en una de las acepciones de “comercio”: “comunicación y trato secreto, por lo común ilícito, entre dos personas de distinto sexo” (Real Academia Española, 2001). El mercado del sexo no termina de ser un ámbito pacificado como lo son otros a partir del proceso civilizatorio (Elias, 1993) y la institucionalización del capitalismo. El “sexo comercial no termina de dejar atrás su pasado, donde la “prostitución” emergió como la contracara ilegítima del matrimonio –el régimen precapitalista de regulación religiosa-estatal de la sexualidad (Ariès, Béjin y Foucault, 1987; Rossiaud, 1986)[55]–. Estas características suponen, como dije más arriba, la mezcla de formas de dominación más impersonales ligadas al mercado y otras más personales ligadas a la servidumbre, combinando elementos de ambos tipos.

El sexo comercial tiene características que permiten pensarlo como un “trabajo servil” tal como lo concibe Marx, e involucra elementos que parecen responder a un orden pre-capitalista –o que no acaban de encajar en las formas capitalistas–, ellos están ligados a las concepciones hegemónicas sobre la sexualidad. Por supuesto, es difícil definir qué pautas son las que estructuran la sexualidad hoy, o mejor dicho, las sexualidades. Por una parte habría un crecimiento de formas de sexualidad desligadas de los marcos de compromiso a largo plazo afectivo, emocional (y patrimonial) como fuera el matrimonio (Bauman, 2005; Beck y Beck-Gernsheim, 1995; Giddens, 1998). Por otra parte, incluso aceptando un creciente avance de estas formas de sexualidad, todavía se socializa a las personas dentro de pautas que colocan al sexo por fuera de lo comercial y lo laboral. En particular en el caso de las mujeres, aunque ya el vínculo matrimonial no sea el marco privilegiado para regular la sexualidad, es posible notar todavía una ligazón del sexo con el amor y la pareja (Szasz, 2004). Estas concepciones están sujetas a múltiples variaciones y algunas intelectuales feministas han planteado que se socializa a las mujeres para dar sexo a los varones a cambio de beneficios (ver en MacKinnon, 2001). No obstante, aun en medio de estas transformaciones, un punto parece claro: recibir directamente dinero a cambio de sexo permanece como tabú. Según Rubin, “las leyes del sexo prohíben severamente la mezcla de sexo y dinero excepto vía matrimonial” (1989: 152; ver tambien De Zalduondo y Bernard, 1995). Si bien siempre está presente la posibilidad de instrumentalizar el sexo, el intercambio directo por dinero aparece paradigmáticamente como la última de las posibilidades. En la cultura dominante, vender el propio sexo es una opción para todos y en particular para las mujeres, pero aparece connotado como la última opción.

Estos significados también signan la constitución histórica del mercado del sexo como un mercado que, aun en constante crecimiento, es persistentemente expulsado a las márgenes de la vida social. Brewis y Linstead (2000a) han sugerido, siguiendo a O’Connell Davidson, que el sexo sufre una mercantilización (commodification) incompleta. Podemos pensar en una pugna entre una sexualidad liberada de las ataduras tradicionales y por momentos compulsiva (Giddens, 1998) –acicateada por el mercado y otras instituciones como la medicina–, y el carácter sagrado que aun sostiene, en parte, el sexo[56] en su ligazón con la intimidad. El efecto de esta pugna no es la integración plena del sexo en el mercado –posible apenas en sus estratos más altos (Bernstein, 2007b; Brents y Hausbeck, 2010) pero tampoco su exclusión, sino que el sexo toma un carácter paradojal: una suerte de mercancía sagrada[57], doblemente fetichizada –como mercancía y como sexo–. El sexo comercial se situaría así en el cruce entre la mercantilización del trabajo que genera el capitalismo, la escencialización de la sexualidad que provoca el dispositivo de sexualidad (Foucault, 2002) y el consumismo incrementado de los modelos socioculturales actuales.

Así como el trabajo implicado en el sexo comercial presenta particularidades respecto de lo que más comúnmente puede concebirse como “trabajo”, lo mismo sucede respecto a cómo se sitúa en relación a la sexualidad y las relaciones de poder implicadas; para caracterizarlo con precisión es necesario distinguir todas sus facetas. Ann Ferguson (1984), tras analizar las posiciones del debate feminista sobre sexualidad, propone distinguir entre prácticas sexuales “prohibidas” y “riesgosas”. Las primeras son aquellas donde existe una indiscutible situación de dominación y subordinación (violación, incesto, abuso sexual infantil). La diferencia con las segundas es epistemológica, pues las prácticas riesgosas pueden “ser sospechosas de conducir a relaciones dominante/subordinado” (1984: 111); esta sospecha no puede confirmarse a priori ni de modo conclusivo.

Esta distinción epistemológica me parece clave para comprender en su complejidad las implicancias de cada práctica sexual y sus significados. Esto implica desglosar las características de las prácticas riesgosas que Ferguson enumera no sólo en términos de relaciones de poder. Del conjunto de prácticas nombradas como riesgosas (sadomasoquismo, pornografía producida de forma capitalista, prostitución y relaciones en una familia nuclear de varón-proveedor y mujer-esposa), a excepción del sadomasoquismo, todas están directamente atravesadas por una dimensión económica. A su vez, salvo la relación marido-esposa, el resto de las prácticas también se hallan más o menos estigmatizadas. Finalmente, la prostitución no sólo se halla estigmatizada y atravesada por una dimensión económica, sino que es, en muchos casos, criminalizada. A ello se suma el papel del género, la clase y la racialización que recorre todo el mercado sexual. Todas estas especificidades nos permiten comprender con mayor profundidad las dimensiones que pueden estar produciendo asimetrías en la práctica de la prostitución, sin por ello subsumirla junto con la violación y otras prácticas que sí constituyen a priori formas de dominación o violencia contra las mujeres.

El sexo comercial como estructura social, como institución paradójica, férreamente anclada en las márgenes de la vida social, es la expresión más nítida –aunque no la única– de la incursión del capitalismo en el orden de la sexualidad. Sólo puede funcionar, tal como lo hace actualmente, en el contexto del uso del dinero como principal medio de expresión de las relaciones capitalistas; pero también en el contexto de los efectos del dispositivo de sexualidad. Así es que, como señala Néstor Perlongher (1993), el “dispositivo de prostitución” puede ser comprendido como máquina de captura que atrapa cuerpos marcados por alguna o varias asimetrías –no cualquier cuerpo, cuerpos de feminizados y/o cuerpos de clase baja y/o cuerpos racializados, y/o cuerpos extranjeros–, los sexualiza, los produce como perversos, erotiza las asimetrías y rápidamente licúa el deseo en dinero, que produce perversiones y las rentabiliza. Siguiendo lo que señala fugazmente Foucault respecto a la prostitución, entiendo al sexo comercial como una mediación de las tantas sexualidades perversas que implanta el dispositivo de sexualidad, que hostiga y a la vez acicatea en una eterna persecución entre el poder y el placer. Este papel que cumple el sexo comercial contribuye a reafirmar lo duradero del juego entre poder y placer, pues como mediación asegura la recaudación económica (Foucault, 2002).

Retomando la concepción de Pheterson (2000) del estigma de puta” como constitutivo y distintivo de los intercambios explícitos de sexo por dinero, y sumando el carácter asimétrico en términos de género, clase, raza, nacionalidad y edad, podemos caracterizar globalmente al sexo comercial como una institución que reproduce asimetrías. Sin embargo, ni lo que sucede en una institución se agota en la reproducción, ni este proceso se da en forma lineal o exenta de conflictos.

Además, para examinar diversas formas del sexo comercial retomo el esquema de O’Connell Davidson (1998) que considera distintas modalidades de prostitución considerando tanto si existe un intercambio más o menos delimitado (x servicio, durante x tiempo, por x cantidad de dinero) como la relación de empleo, que puede ser de “esclavitud”, directa o indirectamente empleada, cuando interviene un tercero, o por cuenta propia.

El cruce de sexo y comercio muestra tanto las fronteras que distinguen estos intercambios como sus tránsitos. Mi intención al pensar el sexo comercial es tener en mente tanto sus especificidades como los puntos que lo conectan con otras prácticas e instituciones. Por ello recurro también a la concepción de Paola Tabet (2004) quien señala la existencia de un abanico de formas en que se intercambian sexo y bienes económicos, donde se incluyen la prostitución y el matrimonio –y también, siguiendo a Piscitelli (2011), las distintas variantes de sexo transaccional y sexo táctico[58]–. Tabet planeta dichos intercambios como un continuum donde pueden apreciarse matices respecto a quiénes intercambian, la modalidad y temporalidad del intercambio, y las formas de retribución económica.

Entonces, sin olvidar el marco cultural e histórico, el “sexo comercial”, operativamente definido, refiere a la transacción de una cantidad de dinero a cambio de una performance delimitada temporalmente cuyo contenido supone la disponibilidad de algunas prácticas sexuales y puede representar diversos grados de afecto o intimidad. Estas características son sólo una guía para aproximarnos a las fluctuaciones que produce la performance, cuyos guiones, atravesados por las micro-luchas y los desplazamientos, no se ajustan al de amo-esclava ni al de la compra-venta del libre mercado. En la medida en que los elementos intercambiados varían –por ejemplo, el dinero se transforma en “regalos” o deja de ser una contraprestación; el tiempo se expande o pierde sus límites; la intimidad, el afecto o la violencia toman más o menos protagonismo; o se incluyen otros repertorios de prácticas sexuales– se difuminan los límites del sexo comercial. Este constituye así un recorte puntual, culturalmente cargado de significados, dentro del continuo de intercambios sexuales-económicos. Allí también se inscriben la “esclavitud sexual y el matrimonio, con diversas correlaciones de poder, en términos de los márgenes de autonomía de quienes intercambian y la trama simbólico material que marca cada arreglo[59], desde el marco amoroso y de legitimidad del matrimonio[60] a la abyección de la prostitución callejera.

Pensar desde este continuo de intercambios me permite dar un significado más básico al “trabajo sexual, comprendiéndolo en el sentido que le asignan Jean Duncombe y Dennis Marsden (1996), es decir, como un esfuerzo emocional-sexual que se lleva a cabo para lograr la satisfacción emocional-sexual de otra persona. En el marco de un matrimonio o una pareja ocurriría un trabajo sexual no remunerado, o al menos no remunerado bajo una tarifa, y legitimado por el supuesto lazo amoroso. Lo que constituye el objeto de estudio de esta tesis podríamos denominarlo “trabajo sexual comercial”, al cual, por los motivos que expliqué y para acortar la expresión, llamo “sexo comercial. Un trabajo, en el sentido más amplio del término –un esfuerzo que produce una modificación sobre el mundo–, puede ser remunerado o no. En cambio, el comercio supone siempre algún tipo de intercambio y suele involucrar dinero. Por tal motivo, “comercio” resalta mejor que “trabajo las características específicas de mercantilización que signan a la prostitución; en este sentido el sexo comercial sería una forma específica de organización social del trabajo sexual.[61]

Quiero cerrar esta sección con una digresión sobre las posiciones políticas implicadas en el debate feminista. Tanto transformar a la prostitución en un trabajo legal y socialmente aceptado como su abolición por ser una situación deplorable y de inexorable violencia, son dos proyectos políticos que implican fuertes transformaciones sobre la realidad actual de la actividad. En este momento, la polarización entre quienes pelean por dichos proyectos impide su diálogo. Sin embargo, no creo que sean mutuamente excluyentes en todos los aspectos. Por ejemplo, se comparten la oposición al control y la opresión que ejercen la policía y los grandes proxenetas. Y, en un plano más general, deberíamos pensar si la propia transformación de la prostitución no puede significar su desaparición, tal como sugiere Shrage (1994). Intentar salir del corsé de “la prostituta” y retomar la escucha crítica de los relatos de las mujeres involucradas puede dar un nuevo aire para este estancado debate.

Este último es el objetivo central de esta investigación y en ese sentido que creo que desde la idea de sexo comercial es posible trazar un arco que permita comprender las distintas experiencias de las mujeres que se dedican a esta actividad. Las organizaciones, sean de “mujeres en situación de prostitución o de “trabajadoras sexuales”, representan a sectores subalternos y en ese sentido no habría una diferencia en términos políticos. Ambas pelean por mejorar las vidas de este grupo de mujeres. Desde que comencé a involucrarme en esta problemática he sido inquirido varias veces a tomar partido por alguna de las posiciones del debate, sin embargo he resistido tanto como pude a las fuerzas de la polarización que conllevan a la simplificación de los matices[62]. Si tengo que tomar partido, pues es imposible escribir y hacer sociología desde una posición neutral fuera del campo de juego, tomo partido por este grupo subalterno en su totalidad y en su complejidad. Ciertamente esta puede ser una de las limitaciones de esta tesis, pero es a la vez su objetivo: intentar comprender la polifonía de este grupo subalterno. La sociología proporciona herramientas para comprender mejor las realidades sociales en sus complejidades y procesos, y a través del conocimiento se puede generar herramientas para transformar.

Creo en una forma de hacer sociología que toma partido sin sentimentalismos, es decir sin eludir aquellas investigaciones o descubrimientos que podrían incomodarnos y hacer tambalear nuestras convicciones (Becker, 1967). No sostengo un posicionamiento que busque la neutralidad –por ello la concepción agonística de la vida social me llevo a repensar el esquema interaccionista clásico–, pero lo que busco no es librar batallas entre subalternas, sino contra el olvido frente a los procesos estructurales que disponen asimetrías, así como contra la ceguera frente a los matices, las trasgresiones, los deslizamientos de cada interacción. Para ello me sirve tener en mente tanto los planteos ligados al abolicionismo que abordan la complejidad de la prostitución sin ceder a la tentación de la simplificación, como aquellos que conceptualizan el trabajo sexual sin caer en la celebración y sin ignorar las opresiones.

Contextos. La prostitución en Argentina

Para enmarcar las experiencias de las mujeres que analizaré en esta tesis, repasaré algunos elementos que permiten comprender las características locales. El lugar que ha ocupado la prostitución en la sociedad argentina ha cambiado en algunos sentidos y permanece afincado en otros. Del reglamentarismo de mediados del siglo XIX a las actuales políticas anti-trata, las transformaciones en la legislación nos guiarán para comprender qué se transforma y qué permanece en relación al lugar de la prostitución. A continuación realizaré un recorrido por algunas de las principales medidas y posiciones que ha adoptado el Estado frente a la prostitución[63]. De la gama de discursos sobre la prostitución he seleccionado los que tienen que ver con el Estado y la legislación pues sus transformaciones permiten trazar una breve historia de la prostitución en Argentina. A su vez, a través de este análisis enhebraré algunos elementos de los discursos médico y religioso-moral sobre la prostitución.

Los enfoques legales sobre prostitución suelen clasificarse en tres tipos: reglamentarista, abolicionista y prohibicionista. En el primero el Estado regula la actividad, registrando y exigiendo controles sanitarios para las prostitutas, usualmente confinándolas a determinadas zonas y cobrando impuestos. El enfoque abolicionista supone la sanción de terceros que fomentan o lucran con la prostitución, se busca así desincentivar la actividad, pero sin penalizar a las/os que se dedican a ella. El prohibicionismo criminaliza directamente a todas las personas involucradas, transformando en delito toda la actividad. Esta clasificación permite orientarnos, pero rara vez representa de forma exacta las legislaciones que los estados han establecido, donde frecuentemente se mezclan los distintos enfoques[64]. La descripción de los enfoques tampoco es representativa del funcionamiento concreto de las normas, si se toman en cuenta los desfasajes entre la letra de la ley y su aplicación.

El reglamentarismo. Fundamentos científicos, morales y contradicciones[65]

En Argentina hasta antes de la mitad del siglo XIX la prostitución no recibía una atención específica del Estado, pese a ser considerada un desorden social, su control no estaba expresamente regulado y las mujeres podían ser castigadas arbitrariamente por la policía (Guy, 1994) o llevadas a los cuarteles militares[66] (Ferguson, J., 2010). Pero junto con el avance de la urbanización y el crecimiento de la migración comienzan a aparecer en distintas ciudades las primeras medidas reglamentaristas para intentar controlar la prostitución: Rosario será la primera en 1874, seguida de Buenos Aires en 1875. A partir de entonces varias municipalidades autorizaron los burdeles a través de ordenanzas que reglamentaban el ejercicio de la prostitución, pero sin que hubiera ninguna medida a nivel nacional. La reglamentación estaba inspirada en el sistema francés cuyos dos pilares son el control policial y sanitario, a ellos se sumaba el control administrativo (Múgica, 2001). Este sistema permitía que los organismos de control recaudaran para las arcas estatales, sea por el cobro de impuestos o multas, por los cánones en concepto de atenciones médicas o por los arreglos extra-legales con las fuerzas de seguridad.

Quiero detenerme en los fundamentos ideológicos del reglamentarismo, pues estos explican la articulación con los discursos médicos y religioso-moral: a nivel científico estaba basado en la doctrina higienista y a nivel filosófico se apoyaba en la doctrina de la tolerancia. El higienismo influirá sobre los sistemas reglamentaristas de buena parte de América Latina (Nuñez, F., 2001 en México; Obregon, 2002 en Colombia; Trochon, 2009 en Uruguay). Helen Ward y Sophie Day (1997) afirman que para el higienismo –e incluso en toda la epidemiología clásica del tratamiento de enfermedades sexualmente transmitidas– las prostitutas son vistas como una suerte de reservorio de infección, un grupo medular (core group) con altos niveles de prevalencia. Este grupo sostiene la infección, impidiendo erradicar la enfermedad y esparciéndola al resto, al que se suele llamar la población general”. Con el estudio señero de Alexandre Parent-Duchâtelet (1845), quien realizó la primera encuesta epidemiológica a prostitutas de París en 1836[67], se logra un doble efecto: por una parte se alimenta, con fundamentos científicos, un imaginario sobre las prostitutas que asocia, entre otros aspectos, pobreza, enfermedad y fallas morales[68]; y por otra parte, cristaliza la construcción de las prostitutas como una “población” en sentido foucaultiano[69], como un objeto susceptible de ser regulado. Así, se establecieron, en diversas ciudades de Argentina, controles que incluían el registro de las prostitutas, a quienes se les otorgaba un carnet que debían llevar siempre consigo y donde debían constar los controles médicos. Estos controles se intensificaron a partir del aumento de los índices de sífilis –aunque nunca incluyeron a los clientes–. A pesar de la evidencia empírica en sentido contrario, el higienismo no cuestionaba la creencia de que el contagio era de las prostitutas a los clientes, pero no a la inversa.

Estos controles y las encuestas epidemiológicas contribuyen a la construcción del cuerpo de la prostituta en tanto conjunto de caracteres patológicos (y a la vez moralmente reprochables), susceptible de un tratamiento y hospitalización. La construcción del cuerpo de la prostituta se enmarca en, y se refuerza por, una internación / reclusión, donde se denota el carácter moral subyacente. Aparecen tres lugares de encierro para la segregación de las prostitutas: por un lado el hospital y particularmente el hospital de sifilíticas[70]. Allí, aisladas de su contexto malsano, las prostitutas son analizadas, tratadas, evaluadas, interpeladas moralmente –buscando su arrepentimiento– y finalmente también castigadas, en tanto el hospital funcionaba a la vez como cárcel. También la prisión pone de manifiesto las vinculaciones de la prostitución y la delincuencia –sobre todo para las clases bajas. Finalmente, el burdel, devenido “casa de tolerancia” contribuye a segregar a las prostitutas. Estos establecimientos debían cumplir con determinadas condiciones edilicias[71] y administrativas –que apuntaban a establecer normas de salubridad–, y tener un determinado emplazamiento en la ciudad. Preciado (2008) señala la tensión entre desarrollo urbano y burdeles: mientras que estos proliferan con las ciudades, se corren a los márgenes o en un espacio bien delimitado evitando (o más bien controlando) el contacto con el resto de la urbe.

No es casual entonces la denominación “casas de tolerancia” para estos dispositivos de gestión del comercio sexual, pues es la lógica de la tolerancia la que impera en este sistema. Este esquema de administración o gestión de los efectos colaterales de un fenómeno no deseado, es muy caro al catolicismo, donde tuvo origen la doctrina de la tolerancia[72]. Repasemos brevemente estas concepciones que en buena medida continúan vigentes para algunos sectores[73]. El pensamiento de Agustín, considerado uno de los primeros teólogos que reflexiona de modo sistemático acerca de la prostitución, plantea:

“¿Qué cosa más horrible que un verdugo? ¿Ni más truculenta que su alma? Y, sin embargo, él tiene lugar necesario en las leyes y está incorporado al orden con que se debe regir una sociedad bien organizada. Es un oficio degradante, pero contribuye al orden ajeno castigando a los culpables. ¿Qué cosa más sórdida y vana que la hermosura y las torpezas de las meretrices, alcahuetas y otros cómplices de la corrupción? Suprime el lenocinio de las cosas humanas y todo se perturbará con la lascivia. Pon a las meretrices en lugar de las matronas y todo quedará envilecido, afectado y mancillado. Así, pues, esta clase de hombres de vida desordenada se reduce a un vilísimo lugar por las leyes del orden”. (Agustín, citado en Blázquez, 1986: 385).

En este pasaje de su De Ordine, Agustín muestra cómo ciertos sujetos y actividades contribuyen al sostenimiento del orden para fundamentar la necesidad de su existencia. Así, la prostitución será vista como un mal menor que debe ser tolerado para evitar males mayores. La doctrina de la tolerancia establecerá también la necesidad de un control sistemático para evitar los daños colaterales en particular el escándalo y el contagio de enfermedades.[74]

La reglamentación que se pone en vigencia a mediados del siglo XIX en Argentina retoma buena parte de estos fundamentos de la tolerancia: se tolera un “mal menor y necesario” el cual por su peligrosidad (y rentabilidad) es preciso controlar. La alianza entre la mirada tolerante y el higienismo que se plasma en el reglamentarismo argentino, soporta la prostitución, la rentabiliza, y a la vez la aísla como forma de defender los valores que representan el matrimonio, la masculinidad heterosexual y la nación (Guy, 1994).

A fines del siglo XIX y comienzos del XX las modificaciones de las normativas continuaron dentro de una misma perspectiva de control por parte de los funcionarios, médicos y policía[75]. Estas disposiciones, las crecientes exigencias de controles, los altos impuestos, hacían oscilar el ejercicio de la actividad entre la legalidad, la ilegalidad y la clandestinidad absoluta.

Las dos características fundamentales de estas regulaciones (el control sanitario y la segregación espacial) planteaban contradicciones. En primer lugar, entre el importante papel que jugaban los burdeles en el desarrollo urbano, su regulación legal e institucionalización por un lado, y por el otro, el intento de invisibilizarlos, ocultar y segregar a las mujeres que trabajaban en ellos. La tensión, urbanización/guetización, será provechosamente gestionada para las arcas municipales. En segundo lugar, otra aparente anomalía surge en relación a los exámenes sanitarios. Estos eran pretendidamente rigurosos y burocráticamente administrados, pero exclusivamente aplicados a las mujeres y no a sus clientes mostrando así su sesgo de género –y además un sesgo de clase pues tampoco se controlaba a las prostitutas de clase alta, consideradas “menos peligrosas” (Guy, 1994)–. Si bien estos controles sanitario/morales carecían de cualquier eficacia en términos de control epidemiológico, sí resultaban productivos a la hora de distinguir entre las mujeres buenas y las otras[76].

La llegada del abolicionismo y las pequeñas incongruencias locales

A partir del contexto del pánico moral que originará la cuestión de la “trata de blancas”, en las primeras décadas del siglo XX se pondrá en cuestión el sistema reglamentarista (Guy, 1994). A ello se suma la adhesión que generó el abolicionismo en la Argentina, cuyos postulados fueron recogidos por algunos de los primeros movimientos de mujeres –con figuras como Julieta Lanteri o Alicia Moreau de Justo– y por legisladores como Alfredo Palacios. Ya en 1913 se había promulgado la denominada “Ley Palacios” que sancionaba a los traficantes y proxenetas. En 1930 se dictará en Buenos Aires un decreto que abolía la prostitución autorizada por la municipalidad. La fundamentación de este decreto suponía el reconocimiento por parte de las autoridades de que “la prostitución legalizada era una farsa ineficaz” y de la fama que Buenos Aires ganaba como centro internacional de la “trata de blancas” (Guy, 1994: 163).

Las críticas al reglamentarismo señalaban el crecimiento de la prostitución clandestina y el fracaso en la lucha contra las enfermedades venéreas. Se subrayaban tanto los problemas que generaba la resistencia de las prostitutas al control coercitivo, como la evidencia de que los clientes también podían ser fuente de contagio. Tal como señala María Luisa Múgica (2009), los mismos argumentos de salubridad e higiene que habían legitimado al reglamentarismo ahora eran usados para sostener un enfoque abolicionista[77]. Aun así, buena parte de quienes abogaban por este enfoque apuntaban más a la abolición del sistema de burdeles y prostitución legalizada, y de la “trata de blancas”, que a la eliminación toda forma de prostitución[78].

La condena del proxenetismo y la trata aparece en los artículos 125 a 127 del Código Penal[79] en 1921. Luego en 1936, durante el gobierno del general Justo, se sancionó la ley 12.331 de profilaxis social, que en su Artículo 15 indica: “Queda prohibido en toda la República el establecimiento de casas o locales donde se ejerza la prostitución, o se incite a ella.” y además condena a sus dueños/as y gerentes/as. Pero no quedaba claro el alcance de esta normativa respecto a las mujeres que trabajaban de forma independiente, ¿era esto una infracción? ¿dependía de la cantidad de mujeres, de la propiedad del inmueble utilizado?[80] Al abolir las casas de tolerancia y toda su reglamentación se desdibujaba –en un movimiento repetido que se prolonga hasta la actualidad– la frontera entre la prostitución clandestina y aquélla legal.

En 1951 Argentina ratificó su posición abolicionista –sostenida hasta la actualidad– a través de sus compromisos con los tratados internacionales[81]. Sin embargo, ello no ha impedido que proliferen un conjunto de múltiples legislaciones menores que tensionan este posicionamiento, me referiré aquí a los edictos policiales y los códigos contravencionales, y también a la reglamentación de “whiskerías” o “cabarets”.

Luego de la clausura y prohibición de los burdeles por la ley de profilaxis, la prostitución quedó bajo la órbita policial. Así se comenzará a controlar su ejercicio a través de diversos edictos vinculados especialmente a los comportamientos “escandalosos”. A su vez las distintas legislaciones provinciales sancionaron la prostitución en los códigos contravencionales, principalmente en sus apartados de faltas a la decencia o a la moralidad, bajo dos modalidades: la “prostitución escandalosa” y la “prostitución peligrosa. En la primera se sanciona a quienes estén ofreciendo públicamente relaciones sexuales a cambio de dinero en forma “escandalosa”, algo que en ninguna ocasión es definido claramente, por lo cual son los agentes policiales y los comisarios quienes imponen su criterio haciendo así de “juez y parte”. Esta situación no respeta las garantías ciudadanas básicas e instaura una suerte de “estado de excepción” (Tiscornia, 2004) que contribuye a naturalizar los arrestos arbitrarios contra prostitutas y consolida un imaginario que asocia el sexo comercial con el delito. En la segunda figura, la prostitución peligrosa”, se refuerza la concepción de las prostitutas como fuente de infecciones, pues la “peligrosidad” radica en la transmisión de enfermedades venéreas. Las sanciones a estas faltas se incluyen tanto como un agravante al escándalo o como una falta en sí y se indica un “tratamiento forzoso”. Este carácter compulsivo de los exámenes y tratamientos médicos, vulnera los derechos hoy consagrados por la “ley Nacional de Sida”[82]; más aún, la sanción contravencional se termina constituyendo en una barrera de acceso a los servicios de salud.

Las diferencias en cuanto a estas legislaciones locales en las tres ciudades abordadas en esta tesis muestran los distintos escenarios con que uno puede encontrarse. En San Juan prima una situación casi prohibicionista para la prostitución callejera pues se sostienen todas las penalizaciones contra las personas que hacen sexo comercial. El código de faltas vigente (Ley 7819) en el “Título IV: Contravenciones contra la moralidad” pena la prostitución escandalosa y prostitución peligrosa, y prescribe análisis compulsivos[83]. Desde ya, esto no impide que haya efectivamente mujeres y travestis ofreciendo sexo en las calles y plazas, sino que meramente habilita las arbitrariedades policiales, los procedimientos para-legales de la justicia y de los servicios de salud[84].

El caso de la Ciudad de Buenos Aires muestra cómo, pese a las modificaciones de pretendido tono abolicionista, se sostiene la normativa reglamentarista. Desde mediados de los ’90, la lucha contra los abusos de las fuerzas policiales movilizó a mujeres y travestis, quienes comenzaron a organizarse, en primer lugar, para intentar defender sus derechos y luego para transformar la legislación. Tras derogarse los edictos policiales, las sucesivas modificaciones de las sanciones estuvieron comprendidas en la sección de la Ley Contravencional[85] denominada “Uso del espacio público”. No sería la oferta o demanda de sexo lo que se penaliza, sino el llevarla a cabo en el espacio público. Si bien no se encuadra bajo una sección de “moralidad” como en San Juan, la penalización tampoco busca limitar una actividad perjudicial para las mujeres –lo cual sería afín a la posición abolicionista–. El objetivo es quitar del espacio público una actividad considerada disruptiva del orden per se. En el año 2004 se dicta la última modificación –aún vigente–, y la sección pasa a llamarse “Protección de uso del espacio público o privado”. Allí el artículo 81 sanciona a “Quien ofrece o demanda en forma ostensible servicios de carácter sexual en los espacios públicos no autorizados o fuera de las condiciones en que fuera autorizada la actividad”. Dichas condiciones se detallan apenas en una cláusula transitoria que dicta:

Hasta tanto se apruebe la autorización a la que se hace referencia en el artículo 81, no se permite la oferta y demanda ostensible de servicios de carácter sexual en espacios públicos localizados frente a viviendas, establecimientos educativos o templos o en sus adyacencias. En ningún caso procede la contravención en base a apariencia, vestimenta o modales. Se entiende por “adyacencias” una distancia menor de doscientos (200) metros de las localizaciones descriptas precedentemente.
En las contravenciones referidas en el párrafo precedente, la autoridad preventora sólo podrá proceder al inicio de actuaciones por decisión de un representante del Ministerio Público Fiscal.

En la Ciudad de Buenos Aires el trazado urbano y la densidad poblacional hacen que casi ningún espacio público cumpla estas condiciones, lo cual se refleja en la importante cantidad de contravenciones que genera esta figura[86]. A pesar de la diferencia que supondría que “en ningún caso procede la contravención en base a apariencia” y que se involucre al Ministerio Publico Fiscal –por ello aparentemente menos arbitrario que sancionar el “escándalo” juzgado por la propia policía– el tono moral reaparece en los parámetros con que se restringe la actividad en la cláusula transitoria, los mismos que se solían utilizar en las normas reglamentaristas.

De las tres ciudades abarcadas en esta tesis, sólo Rosario tiene, recién desde 2010, despenalizada la prostitución. En ese año la Ley 13072 derogó el artículo 87 (ex 81) del código de faltas de la provincia de Santa Fe, que sancionaba la prostitución “escandalosa” como una falta “contra la moralidad y las buenas costumbres”. El código que rigió hasta junio de 2010 sancionaba a

El que ofreciere públicamente a mantener relaciones sexuales por dinero o promesa remuneratoria o provocare escándalo con tal motivo; o que en lugares públicos o locales de libre acceso hiciere manifiestamente proposiciones deshonestas u ofreciere relaciones sexuales con otras personas, será reprimido con arresto hasta treinta días. Si las proposiciones o incitaciones fueren dirigidas a un menor de dieciocho años, la pena podrá elevarse hasta sesenta días. (Art. 87)

La derogación de este artículo sólo fue posible tras arduas luchas de las organizaciones de trabajadoras sexuales (AMMAR CTA) y otros colectivos de mujeres. Allí tuvo gran importancia el trabajo político de la activista y trabajadora sexual Sandra Cabrera, dirigenta de AMMAR CTA Rosario, que fuera asesinada en 2004 tras denunciar casos de corrupción policial. Hasta lograr la derogación la normativa había permitido la arbitrariedad y la violencia de las fuerzas policiales[87] que tenían una sección especial, denominada “Moralidad Pública, para combatir la prostitución escandalosa.

Otras normativas locales que tensan la posición abolicionista de Argentina son las que reglamentan los “cabarets” o “whiskerías”. Aunque desde mediados de la década del ‘30 las casas de tolerancia dejan de ser consideradas legales[88], no por ello dejarán de existir. Pasarán a ser locales con “reservados”, casas de masajes, whiskerías, locales de alterne o cabarets, entre otras múltiples denominaciones. En el plano local la reglamentación, ya no de burdeles, sino de “cabarets”, continúa vigente muchas veces a nivel de las ordenanzas municipales. Si bien recientemente se ha comenzado a cambiar la normativa, aún en muchas ciudades están vigentes este tipo de regulaciones. Tal es el caso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde el código de habilitaciones (Ordenanza nº 33266, de 1976) estipula las condiciones para los locales bailables “clase A”. Entre estas condiciones conviven: la denominación un tanto ambigua de “alternar”[89] con los clientes, un régimen complejo de visibilidad (los locales no pueden situarse en las proximidades de establecimientos educativos, templos y/o viviendas, no deben ser visibles desde la vía publica pero deben tener un letrero que los identifique como “clase A” y a la vez se les prohíbe tener habitaciones, reservados o lugares no visibles en el interior[90]), y la exigencia de una libreta sanitaria para las “alternadoras”. Las similitudes con las regulaciones que legalizaban las “casas de tolerancia” son evidentes[91], aunque la legislación busque afanosamente garantizar que lo que se está habilitando no es un burdel, el pudor parece impedir la referencia explícita al intercambio de sexo por dinero.

La legislación en San Juan atribuye como recursos municipales” las patentes de “cabarets, casa de tolerancia, albergues transitorios y boîtes” así como la “Inscripción e inspección de inquilinatos, casas de vecindad, de departamentos, cabarets, garages de alquiler, establos, casas de tolerancia, albergues transitorios y casas de masajes” (Ley 6289 art. 94). A su vez, la ley tarifaria fija los montos de “impuestos mínimos” y las tasas sobre ingresos brutos más elevadas (el 15%) para “Cabarets, espectáculos ‘strip tease’ y otros establecimientos análogos, cualquiera sea su denominación.” (Ley 7946 arts. 56 y 58)[92]. Según noticias periodísticas recientes, por pedido del ejecutivo se presentará un proyecto prohibiendo cualquier tipo de establecimiento donde se ejerza la prostitución con motivo de “luchar contra la trata de personas” –penalizando también a los clientes, en consonancia con una tendencia a la que me referiré más adelante–.[93] Sin embargo, aún al momento de escribir esta tesis la legislación de San Juan se preocupa más que nada por obtener ingresos de los negocios del mercado del sexo y por segregarlo del espacio público.

En Rosario, desde 2010 las modificaciones a las ordenanzas buscan restringir más la actividad de los “cabarets o whiskerías”. Estas modificaciones presentan como fundamentación la lucha contra la trata de personas con fines de explotación sexual y contra el proxenetismo, cuestionando la función de “alternadora pero sin proponer una norma prohibicionista[94]. En este sentido, son importantes para la situación de las mujeres que trabajan en estos locales las ordenanzas 8667 y 8674 que, respectivamente, derogan el requisito de libreta sanitaria para las “alternadoras”[95] y exigen a los propietarios de los locales que presenten los contratos de locación de servicios de las empleadas –y recuerdan, explícitamente, que los empleadores bajo ningún concepto pueden exigir a las “alternadoras” que sostengan relaciones sexuales con los clientes. Incluso la reglamentación de esta ordenanza, por el decreto 2054 de agosto de 2012, indica que los contratos de las “alternadoras” deben ser certificados por el Instituto Municipal de la Mujer y agrega

Dicha dependencia deberá realizar las consultas y averiguaciones que considere pertinentes a fin de garantizar el libre consentimiento de los prestadores del servicio. En el mismo acto se ofrecerá a las los alternadoras/es un curso de formación y capacitación básica en materia de derechos humanos, especialmente en derecho internacional de la mujer. (Art. 6)

Sin embargo, estos esfuerzos por proteger a las mujeres sin caer en el prohibicionismo no han sido la característica de los últimos años.

Nuevas tendencias. Entre abolicionismo y prohibicionismo

La problemática de la trata de personas con fines de explotación sexual ha recibido creciente atención a nivel global en la última década –por ejemplo en Argentina, llevará a que se dicte en 2008 una nueva legislación sobre trata (Ley 26.364)–. En este contexto han tenido auge ciertas tendencias que, al subsumir las distintas formas del sexo comercial bajo la figura criminal de la trata, acercan la mirada abolicionista al prohibicionismo. Esta tendencia, que algunos llaman “nuevo abolicionismo” o “feminismo carcelario (Bernstein, 2007a), tiene origen en los países centrales pero se pueden encontrar algunas expresiones recientes en Argentina. En primer lugar algunas de las organizaciones de mujeres nucleadas en la Campaña “Ni una mujer más víctima de las redes de prostitución” (2008), tanto como el propio gobierno nacional[96] proponen la penalización de los clientes de prostitución como forma de luchar contra la trata y la violencia contra las mujeres. Aunque no hay aún una penalización para los clientes en Argentina[97], quienes proponen la penalización toman como modelo la legislación de otros países europeos[98].

En segundo lugar, en los últimos años se han multiplicado las ordenanzas que prohíben la habilitación de cabarets en cada vez más ciudades[99]. Esta medida ha suscitado críticas de parte de las mujeres nucleadas en AMMAR CTA –pues afirman que afecta a “trabajadoras sexuales autónomas”– y cierta insatisfacción entre aquellas de AMMAR Capital –por la escasa protección que reciben las mujeres una vez clausurados los cabarets. En Argentina estas propuestas legislativas son muchas veces elaboradas haciendo caso omiso de las voces de las propias involucradas y sus organizaciones, ya sea que se posicionen con el abolicionismo o defiendan al trabajo sexual[100].

Finalmente, otra expresión de normativas que puede ser leída en consonancia con los ecos prohibicionistas del abolicionismo tuvo lugar durante 2011 cuando se anunció la promulgación del decreto 936/11. Este en su artículo 1º indica:

[…] prohíbense los avisos que promuevan la oferta sexual o hagan explícita o implícita referencia a la solicitud de personas destinadas al comercio sexual, por cualquier medio, con la finalidad de prevenir el delito de Trata de Personas con fines de explotación sexual y la paulatina eliminación de las formas de discriminación de las mujeres.

Apoyado por algunos sectores del feminismo abolicionista, el decreto se fundamentó en dos puntos: la lucha contra la trata de personas con fines de explotación sexual y contra las distintas formas de violencia ejercida contra las mujeres (Ley 26.485). Sin embargo es cuestionable en qué medida contribuye a estos fines[101] (cfr. Maffía y Moretti, 2012)

Al vedar la publicación de todos los avisos se recorta una de las herramientas de quienes buscan ofertar sus servicios sexuales por su propia cuenta[102] sin exponerse a los maltratos policiales ni las miradas interpelantes que supone la oferta sexual callejera –penada en casi todo el país– y sin aceptar condiciones de explotación como las de los prostíbulos –prohibidos– los cabarets o whiskerías –legalmente reguladas en buena parte del país pero, sin tener en cuenta las condiciones laborales de las mujeres, excepto en relación a las ITS[103]–.

Según las organizaciones de trabajadoras sexuales, tanto el decreto 936/11 como la clausura de cabarets y whiskerías –que muchas veces, según afirman, incluye los domicilios de “trabajadoras sexuales autónomas”–, en el contexto local de corrupción policial, son normas que favorecen la clandestinización, restan autonomía y dificultan la detección de los casos de trata. Algo similar han planteado otros autores en países con legislaciones similares, o donde se incluye la penalización de los clientes (Kulick, 2005; Kuosmen, 2010).

Para sintetizar el recorrido de la prostitución en Argentina se pueden plantear tres momentos: primero un impulso reglamentarista, donde subyacen las tensiones urbanización/ guetización y control sanitario/ control moral; luego este esquema se complejiza al superponerse una normativa abolicionista con restricciones arbitrarias y de tono moralizante sobre el espacio público, y habilitaciones con subterfugios para los “cabarets”; y por último, aparece en ciernes un modelo de nuevo abolicionismo (con ecos prohibicionistas) que, al homogeneizar todo el mercado sexual bajo la “trata de personas” y concebir a las mujeres en prostitución meramente como víctimas y degradadas, reactualiza las calificaciones morales sobre la comercialización de sexo.

Las estrategias legislativas, que se pretenden abolicionistas, han apuntado muchas veces a la intervención sobre el espacio público, atacan la visibilidad[104] o las formas de administración, pero no abordan estructuralmente el problema pues no inciden sobre las asimetrías socioeconómicas y de género, ni sobre la estigmatización y vulnerabilidad que supone dedicarse al sexo comercial. Lejos de abolir, este esquema legal al perseguir fundamentalmente la prostitución callejera produce clandestinización. Así, muchas veces obliga a las mujeres a trabajar en contextos de mayor explotación –como suelen ser los “cabarets” o “privados”– socavando las posibilidades de relativa autonomía que ofrecería el contexto callejero, pues esta modalidad es comparativamente la que más prescinde de proxenetas y resulta más accesible a las personas con menos recursos.

Este panorama legal permite pensar que el marco vigente contribuye directamente a normalizar los abusos policiales contra prostitutas, clandestiniza la actividad y, por ende, apuntala los estereotipos que ligan al sexo comercial con el delito. A su vez, las tensiones legales estarían vinculadas tanto al sostenimiento del estigma que pesa sobre la prostitución, como a mantener condiciones precarias para este mercado, las cuales serían funcionales a los intereses de algunos actores beneficiados. Es decir que el mercado sexual –o al menos la forma en que actualmente funciona la prostitución como parte de él– requeriría la producción de un marco normativo que impida su completa institucionalización, unas formas legales que dejen entrever la existencia de algo problemático en este sector. Otros dos elementos que podrían servir a la comprensión serían por un lado la vinculación de este modelo legal espurio a una dinámica de interdicción-erotización[105] y a la regulación y control sobre la sexualidad femenina (Juliano, 2003).

Un punto importante para comprender la forma que toma la legislación en Argentina y cómo se construye la dinámica de funcionamiento del mercado sexual es la invisibilización de las voces de quienes hacen sexo comercial (sea que se reconozcan como en situación de prostitución o que sostengan la idea del trabajo sexual). Esto consolida una forma de legislar que parece más orientada a sostener los límites de la sexualidad socialmente aprobada (y ocultar aquella no aprobada) que a favorecer a sectores subalternizados. En este sentido es importante pensar qué efectos simbólicos tendrá ocultar del espacio público y/o prohibir determinadas expresiones y prácticas, sobre todo cuando esto se hace sin escuchar las voces de las propias involucradas.


  1. Al respecto sólo señalaré que entiendo que Butler cuando postula al sexo como un efecto discursivo del género está lejos de negar su materialidad –por lo que habla de “materialización”– sino que está radicalizando los efectos de desnaturalización que produce la inicial división sexo/ género.
  2. En este sentido interpreto el carácter de “ritual” que adquiere la performance como ligado también a la idea de habitus de Pierre Bourdieu, tal como señala la propia Butler (2001: 15).
  3. “La ‘distancia entre momentos’ de tiempo no puede, según la terminología de Derrida, espacializarse o limitarse como un objeto identificable. Es la différance no tematizable que erosiona y se opone a toda afirmación de una identidad distintiva, incluyendo la identidad distintiva del ‘momento’.” (Butler, 2002: 31)
  4. Tal es el caso de MacKinnon, cuya concepción resulta tautológica según Butler (ver 2001: 13). También Joan Scott (1990) ha señalado la circularidad existente entre la jerarquía de género y el propio género.
  5. Para Rogers Brubaker y Frederick Cooper, la noción de identidad resulta esencializadora (en sus versiones “fuertes”) o bien se torna demasiado ambigua (en sus versiones débiles). Aunque considero valiosas las críticas y los comentarios de estos autores, cuando sugieren abandonar la categoría de identidad uno de los sucedáneos propuestos es la “identificación”, noción que desarrolla con mayor profundidad y más críticamente Stuart Hall.
  6. Los “sabios” son “personas normales cuya situación especial las lleva a estar íntimamente informadas acerca de la vida secreta de los individuos estigmatizados y a simpatizar con ellos, y que gozan, al mismo tiempo, de cierto grado de aceptación” (Goffman, 1986: 41)
  7. Otros autores también señalan la potencialidad antiescencialista interaccionismo en este sentido: “El sujeto situacional-interaccionista nace de la interacción, y es a través de esa multiplicidad de situaciones, muchas de ellas superficiales, epidérmicas, como se hace a sí mismo. Se trata de un sujeto necesariamente múltiple, marcadamente antiesencialista” (Marrero-Guillamón, 2012: 324). En estas propuestas aparece la posibilidad de articular interaccionismo y postestructuralismo, tal como he intentado hacer en esta tesis. Usar una mirada microsociológica es forma de abordar empíricamente los planteos postestructuralistas que, si bien pueden aportar una mirada donde la estructura aparece valorada más justamente, muchas veces restringen el análisis a un nivel semiótico. Esta articulación teórica ha encontrado una limitación en el campo del psicoanálisis lacaniano, retomado con frecuencia por el postestructuralismo. Giddens ha intentado una articulación entre psicoanálisis e interaccionismo, pero deja de lado explícitamente las vertientes lacanianias y se limita a las psicologías del yo (Besse, 2001). La articulación que propone Giddens, si bien fructífera en muchos aspectos, no explota al máximo la lectura anti-escencialista del interaccionismo. Algo similar se puede afirmar de las apropiaciones feministas de la teoría lacaniana que hace Nancy Chodorow, quien según Manning (2005) podría colaborar en la articulación interaccionismo-psicoanálisis, pero reintroduce nociones universalistas que dificultan una crítica cultural (ver varias críticas en Nicholson, 1992). Otros/as autores/as han indagado en las potencialidades de esta articulación (Hochschild, 2008; Manning, 2005; Wiley, 2003), enfatizando la importancia del análisis sociológico de las emociones. Sin embargo, muchas veces las relecturas del psicoanálisis reconducen a veces al esencialismo y/o la omisión de un análisis interseccional que considere no sólo género, sino también la clase, raza, nacionalidad.
  8. Menciono las expresiones en inglés pues es importante considerar la nota del traductor al español quien refiere la siguiente explicación de Scott: “‘transcript se usa casi en el sentido jurídico (procés verbal, acta judicial) de la transcripción completa de lo que se dijo en un juicio. Esta transcripción completa incluye, sin embargo, también actos que no usan el habla, como los gestos y las expresiones faciales’. Según esa explicación, transcript debería traducirse en español corno ‘declaración’. En otros momentos del texto, la palabra transcript parece significar ‘guión preestablecido’; en otros más, simplemente ‘lenguaje’ (lenguaje público / lenguaje oculto). Pero todos esos términos resultan a la vez ambiguos y estrechos. Por ello, hemos preferido traducir transcript por ‘discurso’.” (Scott, J. C., 2000: 25)
  9. Siguiendo a Arlie Hochschild, llamaré “trabajo emocional” a estas actuaciones. En el capítulo 5 ahondaré sobre esta noción y el uso que hago de ella.
  10. Las tácticas son a veces interpretadas como un síntoma del capitalismo tardío (Buchanan, 2007).
  11. Aunque las autoras critican el papel que representa la prostitución en las relaciones de género como una forma de reproducir las asimetrías, la ven como un “trabajo precario con fragilidad en los soportes relacionales” en referencia a la estigmatización (Das Biaggio, et al., 2008: 95).
  12. Lo mismo sucede en el trabajo de Volnovich cuando se hace referencia a la investigación de Bouamana (una encuesta en Francia a partir de 13000 casos). La soledad y el sentimiento de frustración de estos varones, o sus enamoramientos, el papel de las mujeres en prostitución como poseedoras de una sabiduría sexual y emocional, son aspectos que emergen claramente tanto en el estudio de Bouamana como en las entrevistas de Chejter.
  13. El libro está compuesto en su mayor parte por fragmentos de las entrevistas, y se dedican apenas unas pocas páginas a esbozar un análisis. Según la autora, el objetivo no es comprender las motivaciones de los clientes ni analizar su posición de sujeto, sino “sólo hacer visible su discurso” (Chejter, 2011: 14), maniobra que supone la transparencia del discurso y por ende la futilidad del análisis.
  14. Un trabajo posterior de Justo von Lurzer abordará la cuestión de la prostitución desde la óptica de los discursos de los medios de comunicación (2011)
  15. Ver por ejemplo Jeffreys (2009); o en el contexto local Lipsicz (2003).
  16. Además de los controles médicos ligados a las enfermedades venéreas, también surgen otras medidas como la institucionalización de las prostitutas en distintos “hogares” (muchas veces religiosos, como los Magdalen Homes o Asilos de las Magdalenas, del Reino Unido). Se apuntaba no sólo al control epidemiológico sino a la reforma moral (ver en Ditmore, 2006)
  17. Que había tomado la denominación del movimiento abolicionista de la esclavitud.
  18. El objetivo de estos movimientos será regular los placeres y lograr la moderación o la abstinencia. En ellos conviven la medicina secular y la moral religiosa. La templanza es entendida aquí como virtud que implica el uso de la “razón iluminada por la fé”. (Figari, 2007)
  19. De todas formas, existen matices también en estos países. Por ejemplo en Inglaterra, un abolicionismo que busca la eliminación de la prostitución y es más proclive a solicitar legislación punitiva al Estado, convive con otro abolicionismo que se propone la descriminalización y por ello logra entablar un diálogo con los movimientos de prostitutas (Laite, 2008).
  20. Por ello se la denominaba trata de blancas.
  21. El cambio de denominación obedecía al sesgo racial y a la incorporación de otros sujetos (niños, varones, etc.) (Ezeta, 2006). Una definición precisa llegará recién en 2000 con la creación del “Protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños, que complementa la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional” (conocido como Protocolo de Palermo), no obstante, la problemática ya estaba en la agenda del movimiento desde antes.
  22. Por ejemplo la “lucha contra el terrorismo” (war on terror) que libra Estados Unidos, las transformaciones en las políticas seguridad y de migratorias, entre otras, articulan un escenario donde el fenómeno de la “trata de personas” sirve para canalizar estas tensiones (Chapkis, 2005), donde se pueden trazar similitudes con aquellos temores que condujeron a la cruzada contra la “trata de blancas” (Doezema, 2000; Weitzer, 2007) y también en términos del tipo de alianzas que entablan algunos sectores del feminismo (Bernstein, 2010), (Para un análisis de la configuración del movimiento anti-trata en Argentina ver Varela, 2013).
  23. Este apartado fue posteriormente reelaborado y publicado (Morcillo, 2016)
  24. Resulta difícil sintetizar las posiciones de feminismo radical. Para el contexto de esta tesis tomaré como rasgos centrales de esta vertiente la idea del patriarcado como un sistema donde varones dominan a las mujeres y donde los roles de género y especialmente la sexualidad (heterosexual) juegan un papel clave –más que otras variables como la clase, raza– para sostener dicha dominación. Dejaré de lado otras características como la exclusión de los varones del proyecto emancipador o el uso de la consciousness raising como método de lucha política. (para una crítica certera de dos autoras fundamentales esta corriente ver Butler, 1991)
  25. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en el Folleto Informativo Nº 23 Prácticas tradicionales perjudiciales para la salud de la mujer y el niño no formula una definición precisa, pero señala: “Las prácticas culturales tradicionales reflejan los valores y creencias de los miembros de una comunidad a menudo por períodos que abarcan varias generaciones. Todo grupo social tiene prácticas culturales específicas tradicionales y creencias, algunas de las cuales son beneficiosas para todos los miembros, mientras que otros son perjudiciales para un grupo específico, tales como las mujeres. Estas prácticas tradicionales dañinas incluyen la mutilación genital femenina (MGF), la alimentación forzada de las mujeres, el matrimonio precoz, los diferentes tabúes o prácticas que impiden a las mujeres de controlar su propio la fertilidad […] A pesar de su carácter dañino y su violación de las leyes internacionales de derechos humanos, estas prácticas persisten debido a que no se cuestionan y toman un aura de moralidad en los ojos de quienes los practican”. La adecuación de esta categoría para pensar la prostitución parece problemática, pues: opera una universalización bajo el supuesto del daño –lo cual se vincula con la concepción de sexualidad de Jeffreys como veremos más adelante– y omite el aspecto económico que es central para esta práctica, además el “aura de moralidad” que se atribuye en la definición de las “prácticas culturales perjudiciales” resulta discutible en relación a la prostitución. Para mostrar el daño que produce la prostitución, Jeffreys menciona estadísticas de probabilidad de transmisión de HIV en prostitutas en países de regiones con altas tasas de prevalencia (África subsahariana y el Sudeste asiático), o alude al uso de drogas y alcohol entre aquellas “sobrevivientes de la prostitución” que piden ayuda en centros de asistencia (2004: 390-391)
  26. Diagnostic and statistical rnanual of mental disorders.
  27. En un estudio afirma haber encontrado que “la severidad del PTSD no estaba relacionada con la violencia física en la prostitución ni con el tiempo transcurrido en la actividad” (Farley y Barkan, 1998: 42) y deja abierta la pregunta sobre si la asociación con el PTSD se da en todas las formas de la prostitución. En otro trabajo posterior señala: “A menudo se asume que la prostitución callejera es cualitativamente diferente de la de escorts o en burdeles. Nuestros datos arrojan algo de luz sobre este supuesto. Encontramos significativamente más violencia física en la calle que en el burdel. Sin embargo, no hubo diferencia en la incidencia del trastorno de estrés postraumático en estos dos tipos de la prostitución. Esto sugiere que el trauma psicológico es intrínseco al acto de la prostitución” (Farley, et al., 1998: 421)
  28. “El pacto originario es tanto un pacto sexual como un contrato social, es sexual en el sentido de que es patriarcal –es decir, el contrato establece el derecho político de los varones sobre las mujeres– y también es sexual en el sentido de que establece un orden de acceso de los varones al cuerpo de las mujeres. El contrato original crea lo que denominaré, siguiendo a Adrienne Rich, ‘la ley del derecho sexual masculino’. El contrato esta lejos de oponerse al patriarcado; el contrato es el medio a través del cual el patriarcado moderno se constituye”. (Pateman, 1995: 11). A partir de esta idea, Pateman construye una certera crítica del contractualismo y de las miradas liberales sobre los individuos –las que usualmente hacen abstracción de las condiciones sociohistóricas– y se concentra en el papel oculto que tiene el sexo en los contratos. Al introducir la historia del patriarcado queda expuesto el papel ideológico de la concepción liberal del contrato como un acto de libre voluntad. Este punto es un pilar fundamental para las críticas al rol del consentimiento, pues demuestra que este debe ser comprendido en un contexto sociocultural más amplio que permita determinar el significado de lo consentido.
  29. Nancy Fraser (1993) señala la necesidad de considerar las culturas masculinas actuales que menosprecian a los que “tienen que pagar” para conseguir sexo. Carla Corso habla del “estigma del cliente” y señala que “los hombres quieren ser identificados como hombres pero no como clientes” (2004: 122). También otros estudios han analizado los múltiples sentidos, distintos de la dominación, que están presentes en las concepciones de los clientes de prostitución (Bernstein, 2001).
  30. Resulta interesante que Barry aplique la noción de esclavitud sexual –entendida como todos aquellos casos en que las mujeres no pueden abandonar una situación de violencia y abuso sexual– también a las esposas, dejando de lado a la vez las distinciones entre “esposas y putas”, tanto como entre prostitución “libre y forzada”. Sin embargo, la forma en que sortea estas barreras es unificando la posición de todas estas mujeres en la esclavitud, de la cual Barry aclara que no es una figura retórica sino una “realidad objetiva”.
  31. (Para una crítica de la homogeneización de trata y prostitución ver Skulj, 2012)
  32. Beauvoir usaba esta denominación para las prostitutas de clase alta por referencia al nombre que recibían las cortesanas de este estrato en la Grecia antigua (para indagar sobre las condiciones que diferencian los estratos sociales de la prostitución en la antigüedad ver Kurke, 1997).
  33. “La idea de que las mujeres prostituidas no son dañadas por la prostitución es refutada por sus propios relatos y por estudios científicos. Ellas son mujeres normales.” (MacKinnon, 2001: 1395)
  34. E incluso este significado de la sexualidad podría ir más allá del género “También puede ser que la sexualidad esté tan marcada por el género que conlleva el dominio y la sumisión, independientemente del género de sus participantes.” (MacKinnon, 1987: 145)
  35. En una conferencia en Buenos Aires MacKinnon (2011) moderó el tono de sus concepciones frente al público. Allí señaló que la prostitución no es “sexo verdadero” pues no sostiene la mutualidad, y concluyó que, si los/as académicos/as que defienden el “trabajo sexual” no conciben otra realidad, las mujeres en prostitución sí pueden imaginar una vida con “trabajo y amor reales”, usando un apelativo tono moral, aunque sin precisar qué características tendrían estos.
  36. En la aguda crítica de Butler los problemas de MacKinnon no se limitan a su concepción de sexualidad, sino que la forma determinista en que teoriza el poder deja una incógnita sobre desde que posición la propia MacKinnon podría iluminar la universal dominación de la mujer. Esta posición, acríticamente asumida por MacKinnon, es para Butler similar a la de un dios omnisciente, lo que la lleva a preguntarse, con preocupación por los efectos políticos de esta mirada, si MacKinnon es una teórica o una teóloga.
  37. Otras intelectuales y activistas como Diana Maffia también han convocado al diálogo entre las distintas organizaciones de mujeres involucradas –abolicionistas y pro-trabajo sexual–, a fin de identificar en el proxenetismo al enemigo común. (ver Berkins y Korol, 2007).
  38. La contingencia de los sentidos asociados a la prostitución se revela también en su propuesta de “un aparato regulatorio que busque detener la prostitución por la subversión de algunos de los principios que le dan forma. Este dispositivo debería proteger a las mujeres de la explotación capitalista extrema de formas no paternalistas” (Shrage, 1994: 125).
  39. (Ver una crítica similar en Overall, 1992). Dicha cuestionamiento también cabe a las reflexiones de Laura Agustín vertidas en un artículo de 2012 donde valora el papel del trabajo sexual como forma resolver demandas de satisfacción sexual, pero no considera significativo el hecho de que la mayoría de los clientes sean varones y pasa por alto el papel de las técnicas autoeróticas como formas de resolver la supuesta necesidad sexual.
  40. Aquí se agrega la crítica a la ficción liberal de la propiedad de sí mismo, lo que Marx denominará la “fuerza de trabajo”, como algo inescindible de la propia persona.
  41. Podemos preguntarnos si los parámetros con que se juzga a la prostitución como práctica sexual subversiva responden a las pautas de las sexualidades contemporáneas o a los que regían en la época de la represión victoriana de la sexualidad femenina.
  42. (ver especialmente la crítica de Pateman a Ericsson, 1983)
  43. Este marco revela que para el caso de la prostitución serían insuficientes los puntos que Rubin sienta para evaluar las prácticas sexuales con una moralidad democrática: la forma en que se tratan quienes participan en el acto sexual, el nivel de consideración mutua, la presencia o ausencia de coerción y la cantidad y calidad de placeres que aporta (1989: 142). Evaluar las prácticas sexuales-laborales únicamente bajo estos criterios podría no contemplar los intereses de las/os “trabajadoras/es sexuales”. Si se consideran los placeres que aporta la práctica –los intereses de los clientes– podríamos pensar en una asimetría fundamental, pues sólo uno de los participantes usa su deseo sexual como criterio, tal como plantea O’Connell Davidson (1998). La mutualidad y reciprocidad sólo podría aparecer bajo la difícil traducción del deseo sexual en interés económico. Sin embargo, en el esquema de Rubin no hay ninguna consideración de los beneficios económicos o extra-sexuales. Tomar en cuenta aspectos económicos y laborales supone una reconsideración específica del sexo mercantilizado para conocer cuáles son los valores en juego desde la perspectiva de las y los trabajadores.
  44. Sobre estos dos textos y sus diferencias de énfasis ver la entrevista de Butler a Rubin (Butler, 1994)
  45. Aunque algunas como Gabriela Leite o Pia Covre, persisten en la idea de reivindicarse directamente como “putas” y cambiar el sentido degradante de esta denominación.
  46. Traducido al español como Nosotras, las putas (Pheterson, 1989).
  47. Pheterson plantea una lista de actividades que supuestamente llevan a cabo las prostitutas, pero que pueden imputársele a cualquier mujer, por las cuales la sociedad las considera deshonradas: “(1) relacionarse sexualmente con extraños; (2) relacionarse sexualmente con muchas parejas; (3) tomar la iniciativa sexual, controlar los encuentros sexuales y ser una experta en sexo; (4) pedir dinero a cambio de sexo; (5) satisfacer las fantasías sexuales masculinas de manera impersonal; (6) estar sola en la calle por la noche, en calles oscuras, vestida para provocar el deseo masculino; (7) encontrarse en situaciones determinadas con hombres insolentes, borrachos o violentos que o bien una puede manejar (‘mujeres descaradas o vulgares’) o ser manejadas por ellos (‘mujeres convertidas en víctimas’)” (Pheterson, 2000: 59). También en el contexto del temor por la expansión de la sífilis –siglo XIX– existía una asociación directa entre las mujeres obreras y las prostitutas, como peligrosas para la familia, contrapuestas a la mujer decente esposa y ama de casa (Grammático, 2000).
  48. No sólo se homogeneizan las miradas sobre las sexualidades, sino que, en la polarización, las lecturas abolicionistas pueden llevar a igualar un discurso del trabajo sexual como el de Kempadoo con la doctrina de la tolerancia de la iglesia católica y plantear a ambos como etiquetas estigmatizantes. (ver Nuñez, L., 2002)
  49. Daich cuestiona el esencialismo del feminismo radical y afirma: “El sexo y la sexualidad no son degradantes ni deshumanizadores por sí mismos ni siquiera cuando hay dinero de por medio; ni siquiera si aceptáramos que el sexo –comercial o no– implica la cosificación del otro para el consumo o la satisfacción personal. Su decodificación depende siempre del marco cultural y social en el que se inscriben y en la imbricación compleja de ese marco con las diversas y diversificadas formas de experimentar subjetivamente el sexo”. (2012a: 80)
  50. Aunque puede ser fructífera la idea de repensar a la prostitución en el marco de las nuevas formas de sexualidad despojadas de compromisos afectivos de largo plazo –la sexualidad plástica de Giddens (1998) o el amor líquido de Bauman (2005)–, esta reflexión encuentra a mi juicio dos límites: por un lado, es necesario evaluar a qué punto y en qué clases y medios sociales (urbanos o rural) tiene cabida esta nueva ética sexual. Por otro lado, la relación con el género no sería la misma en un fenómeno que en el otro, pues estas nuevas formas de sexualidad no presentarían un carácter de género especialmente marcado, mientras que las nuevas formas de prostitución a que se refiere Bernstein continúan siendo consumos mayoritariamente de varones.
  51. En Argentina las organizaciones de mujeres que se dedican al sexo comercial se hallan divididas, en posiciones que replican las líneas del debate feminista: las que sostienen una posición abolicionista y se autodenominan “mujeres en situación de prostitución”, la Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos (AMMAR Capital), y aquellas que se reivindican como “trabajadoras sexuales”, la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR CTA). La similitud en las denominaciones se debe a que ambas organizaciones son fruto de una ruptura: desde mediados 1994 las mujeres estaban nucleadas en AMMAR, que al año siguiente comenzó a funcionar en la CTA (Central de Trabajadores Argentinos). En 2002 tras discusiones y diferencias aparentemente insalvables –sobre todo en torno a la definición como “trabajadoras sexuales” y el objetivo de formar un sindicato– un grupo de mujeres comenzó a funcionar autónomamente como AMMAR Capital y acabaron escindiéndose y abandonando la CTA. Este proceso de división ha sido analizado con mayor detalle por Justo (2004) e Irrazábal (2006).
  52. También en los discursos nativos el consumo de “drogas” suele ser uno de los puntos a partir de los que las mujeres trazan distinciones entre las que “trabajan” y las “otras”. En el capítulo 4 me referiré a estas distinciones.
  53. Para un análisis de los puentes y barreras que aparecen entre el trabajo corporal y sexual ver el artículo de Sarah Oerton y Joanna Phoenix (2001) donde se comparan las narrativas de mujeres masajistas y trabajadoras sexuales.
  54. Si bien los trabajos calificados como precarios se aproximan más a las características del sexo comercial, el significante “trabajo” continúa aún ligado al status más institucionalizado del trabajador asalariado (asociado a su vez a la masculinidad).
  55. Otro motivo para hablar de “sexo comercial” y no de “prostitución” es poder incluir la serie de cambios que, aun sosteniendo su carácter de ilícito, han transformado al mercado del sexo, desde la prostitución medieval de los albores del capitalismo y los primeros burdeles a las diversas modalidades que emergen en el capitalismo postfordista o postindustrial, como lo llama Bernstein (2007b).
  56. “El que la vagina siga siendo un fetiche y se la trate como algo sagrado, secreto y tabú, es la razón de que el sexo permanezca estigmatizado, tanto en la consciencia común como en la letra del derecho, pues ambas excluyen que las mujeres puedan decidir entregarse a la prostitución como si fuera un trabajo.” (Bourdieu, 2000: 16)
  57. Aun en los mercados sexuales de las clases altas y en sociedades postindutriales que describe Bernstein (2007b), donde la sexualidad aparece como mejor integrada al mercado, algunas de las mujeres que brindan estos servicios apelan a retóricas cuasi-religiosas o de una terapéutica ligada a la mística para describir sus vínculos con los clientes. (ver también la entrada “Prostitución sagrada contemporánea” en Ditmore, 2006)
  58. Piscitelli retoma definiciones de sexo transaccional y sexo táctico para reconstruir una diversidad de transacciones. El primero aparece como intercambio sexual económico en relaciones no maritales, que pueden ser con múltiples parejas consideradas como novias/os y el intercambio incluye tanto dinero como otros bienes –de subsistencia o de consumo– pero dentro de un marco más amplio de obligaciones. El segundo refiere al uso del sexo para aliviar las penurias económicas, sin eliminar el placer, el compañerismo y la amistad.
  59. Aunque no abordo en esta tesis la prostitución masculina, el análisis de Perlongher (1993) sobre las transacciones gay-miché muestra de qué formas pueden modificarse las jerarquías según quién sea considerado “desviado”, algo que puede ocurrir con ciertas prácticas en la prostitución femenina como veremos más adelante.
  60. Las relaciones entre matrimonio y prostitución también son consideradas desde el feminismo radical. Sin embargo, todo el espectro de variaciones queda aplanado bajo la rúbrica de la dominación patriarcal. Por ejemplo, Jeffreys (2009), en aras de trazar conexiones entre matrimonio y prostitución, descuida las transformaciones dentro de la institución matrimonial. A diferencia de Beauvoir, para Jeffreys la forma moderna denominada “matrimonio de compañeros” (companionate marriage) que tiene su auge en occidente a mediados del siglo XX, no introduce ningún cambio. Siguiendo la lectura de Pateman, Jeffreys sostiene que estas nuevas formas de matrimonio no modifican sustancialmente el derecho patriarcal de los varones a acceder a los cuerpos de las mujeres. Esta lectura parece pasar por alto el hecho de que en gran cantidad de países se ha legislado condenando las violaciones dentro del matrimonio y otorgando la posibilidad del divorcio de forma igualitaria a ambos cónyuges. El minimizar estas transformaciones, aún cuando sean recientes, supone dejar de percibir la posibilidad de transformaciones al interior de las instituciones, aunque fueran instituciones patriarcales.
  61. Kamala Kemapadoo, siguiendo lo planteado por Thanh-Dam Truong, señala: “Las nodrizas, la prostitución religiosa, la ‘reproducción’ en esclavitud, el alquiler de útero, el sexo de donación, el sexo comercial y la reproducción biológica pueden considerarse como ejemplos de formas históricas y contemporáneas de organización del trabajo sexual […] todas ellas con interpretaciones y significados culturales y sociales específicos” (Kempadoo, 1998: 2)
  62. Un ejemplo de esto es la postura de Janice Raymond quien discute el papel de los clientes y primero afirma: “Estamos de acuerdo en que los factores que promueven la expansión mundial de explotación sexual comercial son realmente complejos. Sin embargo, no estamos de acuerdo que la complejidad se debe permitir que sirva de excusa académica para la inacción” (2004: 1159). En la página siguiente, critica a O’Connell Davidson y Anderson por plantear que no hay una relación directa y unilateral entre la demanda y la expansión de los servicios sexuales, y que es dudosa la efectividad de criminalizar a los clientes. Entonces Raymond, para fortalecer su posición, sucumbe al impulso de la simplificación y construye un argumento tan irrefutable como contrafáctico: “Esto puede ser etiquetado como simplista, sin matices, o menoscabado conceptualmente, sin embargo, un mercado de la prostitución sin consumidores varones iría a la quiebra.” (2004: 1160)
  63. Parte de esta contextualización surge de un trabajo anterior. (Morcillo y Justo von Lurzer, 2012)
  64. Puede verse un ejemplo en el trabajo de Gema Nicolás Lazo (2007) donde se exponen las transformaciones de la legislación en España y se muestra cómo a veces bajo un rótulo de abolicionismo o reglamentarismo aparecen medidas prohibicionistas.
  65. Los aspectos sanitarios y médicos de este apartado y el siguiente fueron reelaborados y posteriormente publicados (ver Morcillo, 2015a)
  66. Por eso recibían el apodo de “chinas cuarteleras”.
  67. Parent Duchatelet es citado como uno de los fundadores de la investigación en temáticas sexuales desde las ciencias sociales y del comportamiento (Bullough y Bullough, 1996). El médico francés realizará un examen pormenorizado para su estudio: trabaja con encuestas y con registros policiales, hace exámenes médicos, revisaciones clínicas y biométricas –tomando, por ejemplo, medidas del clítoris de las prostitutas, lo que por la época se suponía explicativo de su comportamiento sexual–. Pero también hace un análisis exhaustivo de las condiciones de vida –hábitos cotidianos, alimentación, forma de vestir, etc.–, variables sociológicas de base e indaga sobre la respuesta frente a la autoridad, frente a la religión y al matrimonio, y los deseos de abandonar la prostitución. Estudios de este tipo serán luego replicados varias veces en otros países.
  68. La versión más amplia de la imagen que el higienismo creo de las prostitutas incluye: alcoholismo, mala alimentación, ociosidad, gusto por los consumos suntuarios, tendencia al robo, mala higiene personal, bajo nivel intelectual y poca capacidad de abstracción, necesidad de movilidad constante y una larga serie de patologías sexuales.
  69. Se explica así por qué la mayor parte de los estudios higienistas están preocupados por la “extensión” de la prostitución: se necesita medirla, conocer sus rasgos como grupo.
  70. Debe recordarse el papel que la sífilis tuvo como generadora de pánico social: caracterizada como “peor amenaza a la humanidad” y, en tanto contagia a las generaciones por venir, es concebida por el eugenismo como la principal causa de degeneración de la raza. (Potenzianni, 2006)
  71. Típicamente los prostíbulos debían estar alejados de templos y establecimientos educativos, en algunos casos no podían instalarse en el radio céntrico; las habitaciones no debían estar comunicadas por ventanas ni puertas con otras viviendas, ni las prostitutas podían asomarse por puertas o ventanas.
  72. El concepto de tolerantia según Bejczy (1997) tiene un origen medieval y aparece como un posicionamiento de la iglesia católica frente a otras religiones, en particular frente a los judíos. La tolerantia no implica dejar de categorizar como maligno a un elemento sino tan sólo adoptar una actitud pasiva –dejando de lado la posibilidad de buscar activamente su desaparición– para prevenir otros males mayores (en el caso de la prostitución estos males históricamente fueron el adulterio, las violaciones y luego la homosexualidad masculina).
  73. (Para una versión ampliada de estas visiones católicas sobre la prostitución ver Justo y Morcillo, 2008)
  74. En Europa, ya en la Edad Media podían encontrarse regulaciones respecto del ejercicio de la prostitución y controles sanitarios: se instalan los primeros conventos para prostitutas, cuyos objetivos eran la reeducación y reinserción social, y también la atención médica. Además, se demarcan claramente las zonas donde pueden transitar las prostitutas y ejercer su oficio. Las restricciones que se imponían a las prostitutas en la Edad Media son casi las mismas que aún imponen, con mayor o menor vigor, los Códigos Contravencionales actuales en varias ciudades de Argentina. En París en 1256 “Las prostitutas debían alejarse de las calles céntricas y de los lugares vecinos a las iglesias y a los cementerios, quedando relegadas y confinadas en los suburbios de la ciudad” (Blázquez, 1986: 400). Incluso en algunos lugares y períodos se llegó a la expulsión de las prostitutas de las ciudades. se determinan exámenes físicos con mayor rigurosidad luego de las epidemias de sífilis del siglo XV (cfr. Blázquez, 1986; le Goff, Truong y Pinto, 2005).
  75. En Rosario a partir de 1917 se obligó a las prostitutas a registrarse no sólo en las instituciones sanitarias, sino también en una división de la policía, que luego se llamaría “Moralidad Pública” (Múgica, 2009) lo cual aumentaba los requisitos para estar dentro del orden legal. En Buenos Aires se procedió al registro de los grandes burdeles, luego se los trasladó a calles secundarias de la ciudad; en 1919 se decidió cerrar las grandes casas de prostitución y se estipuló que las mujeres debían trabajar solas, una mujer por casa (Guy, 1994).
  76. Este efecto de distinción, más velado en el reglamentarismo del siglo XIX, fue buscado abiertamente en las prácticas tolerantes de la prostitución medieval que obligaban a las prostitutas a llevar el signo de Rajab (una cinta roja) y vestirse de forma que pudieran diferenciarse de las mujeres honestas (Blazquez, 1986; Rossiaud, 1986)
  77. En los discursos médicos el problema de la salubridad y las enfermedades venéreas han sido utilizados para legitimar tanto la abolición como el sostenimiento del sistema de burdeles reglamentados. En 1947 el Plan Analítico de Salud Pública planteará: “todas las estadísticas nos muestran […] que la Ley [12.331] no ha dado los beneficios profilácticos, que ha abolido la prostitución reglamentada, se nota el ascenso de la curva de contagios, estando en condiciones de afirmar que la abolición referida no ejerce mayor influencia en el movimiento de dicha curva”. (Di Liscia y Rodríguez, 2004: 79-80). De esta manera, muchos médicos también fueron críticos del sistema abolicionista pues favorecía el crecimiento incontrolado de las casas clandestinas (especialmente en las provincias del interior) y recrudecían los focos infecciosos entre la población.
  78. En ninguno de los artículos de la ley de profilaxis se prevé alternativas laborales para las mujeres que se ocupaban en los burdeles legales hasta ese momento. Este es uno de los motivos que lleva a pensar que la norma no apuntaba tanto a la abolición de toda forma de prostitución, como a la retirada del Estado de la regulación de ese sector del mercado sexual.
  79. El código penal hasta 1999 sancionaba estos delitos bajo el título “Delitos contra la honestidad”, donde se incluyó al adulterio hasta el año 1955.
  80. Frente a estas dudas la Cámara criminal de la Capital Federal emitió un dictamen en 1940 para clarificar la interpretación de la ley. Pero la claridad no logrará una gran extensión territorial. Si bien esta cámara resolvió que “el simple ejercicio de la prostitución por una mujer, en forma individual e independiente, en un local” sí era un delito, a pocos kilómetros, en Rosario, el criterio de la justicia iba en sentido contrario y se lo consideraba legal (Grammático, 2000).
  81. En 1949 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó el Convenio para la Represión de la Trata de Personas y de la Explotación de la Prostitución Ajena, un documento fruto de las luchas del movimiento abolicionista europeo donde se sanciona: Artículo 1.- Las Partes en el presente Convenio se comprometen a castigar a toda persona que, para satisfacer las pasiones de otra: 1. Concertare la prostitución de otra persona, la indujere a la prostitución o la corrompiere con objeto de prostituirla, aún con el consentimiento de tal persona; 2. Explotare la prostitución de otra persona, aún con el consentimiento de tal persona. Artículo 2.- Las Partes en el presente Convenio se comprometen asimismo a castigar a toda persona que: 1. Mantuviere una casa de prostitución, la administrare o a sabiendas la sostuviere o participare en su financiamiento. 2. Diere o tomare a sabiendas en arriendo, un edificio u otro local, o cualquier parte de los mismos, para explotar la prostitución ajena
  82. La ley 23.798 busca evitar la estigmatización, sostiene la voluntariedad de los exámenes y la confidencialidad de los resultados.
  83. El Código reza “PROSTITUCIÓN ESCANDALOSA ARTICULO 124.- La persona de cualquier sexo que individualmente o en compañía, moleste o dé ocasión a escándalo, se exhiba, ofrezca, incite, realice señas o gestos provocativos a terceros en lugar público, abierto o expuesto al público, con el propósito de mantener contactos o prácticas sexuales será sancionada, conjunta o alternativamente, con pena de instrucciones especiales, prohibición de concurrencia y/o arresto de hasta veinte (20) días. Queda comprendido en este supuesto el ofrecimiento llevado a cabo desde el interior de un inmueble o vehículo a la vista del público.- PROSTITUCIÓN PELIGROSA ARTICULO 125.- La persona comprendida en la disposición anterior que tenga o debiera tener conocimiento de estar afectada de una enfermedad venérea o contagiosa será sancionada con pena de arresto de hasta treinta (30) días.-MEDIDAS SANITARIAS ARTICULO 126.- En los casos previstos en los artículos 124 y 125 es obligatorio el examen venéreo y de detección de enfermedades de transmisión sexual y, en su caso, el tratamiento curativo. Comprobada la enfermedad el juez lo hará saber a las autoridades sanitarias a los fines de la aplicación de la legislación vigente, sin perjuicio de las sanciones que dichas normas prevean.”
  84. Según las entrevistadas, en San Juan las mujeres eran obligadas a hacerse los análisis y presentar los resultados en el juzgado, pero los jueces jamás firman las órdenes de testeo.
  85. Aunque los edictos fueron derogados en el año 1996, el Código Contravencional de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue sancionado recién en marzo 1998. Aunque en una primera versión no se penalizaba la oferta y demanda de sexo, en julio del mismo año, tras las presiones del Gobierno Nacional y la Policía Federal, será incluida como contravención.
  86. Según el Informe estadístico del Ministerio Público Fiscal las presuntas contravenciones al Art. 81 son la segunda causa contravencional en cantidad de casos en el período 2008-2010 y en ese lapso han tenido un crecimiento sostenido (122%) con el incremento más importante entre todas las figuras contravencionales en este último año. Por otra parte, estas causas se han concentrado casi en su totalidad en algunas comisarías de las zonas sur y sudeste, puntualmente en los barrios de Flores y Constitución. https://bit.ly/3h0DPsG
  87. Hasta la derogación del artículo 87 la Ley orgánica de la policía provincial de Santa Fe que entró en vigencia en 1975, incluía en su artículo 9 como función de la policía al inciso k) “Velar por las buenas costumbres en cuanto puedan ser afectadas por actos de escándalo público. Actuar en la medida de su competencia para impedir actividades que impliquen incitación o ejercicio de la prostitución en los lugares públicos” [cursivas agregadas].
  88. El último intento de retornar al sistema reglamentarista, a nivel nacional, fue en 1954. Juan Domingo Perón firmó un decreto –derogado tras el golpe de Estado de 1955– que permitía la apertura de burdeles en las zonas aledañas a los cuarteles militares o de “reconocida necesidad” –por ejemplo, las zonas portuarias– y a la vez aclaraba que la prostitución independiente no era un delito. Según Donna Guy (1994) este decreto se liga al “pánico homosexual” que, desde las filas militares, acechaba tanto a la masculinidad como a la nación.
  89. El diccionario de la Real Academia Española hace una distinción generizada para las acepciones de “alternar” que aplicarían a este caso, por un lado: “Hacer vida social, tener trato. Alternar con personas de cuenta”, y por el otro: “Dicho de una mujer: En ciertas salas de fiestas, bares y lugares semejantes, tratar con los clientes, para estimularles a hacer gasto en su compañía, del cual obtienen generalmente porcentaje”.
  90. El apartado de la ordenanza señala: “d) No contarán con comunicación de ninguna naturaleza con otros locales; e) No tendrán recintos ni compartimientos reservados y en caso de existir mamparas, divisiones o palcos, los mismos no podrán ser mayores de un (1) metro de altura, medido desde el respectivo solado; f) No se permitirán colgantes, rejas u otros elementos decorativos que pudieran obstruir la libre visibilidad de cualquier sector”.
  91. La confusión es tal que en 1980 en Buenos Aires se dicta una ordenanza (Nº 35.724) donde se deja establecido que “los locales de baile Clase A, a los que se refiere el Capítulo 10.2 del Código de Habilitaciones y Verificaciones, Ordenanza Nº 33.266 (B.M. 15.419 – AD 762.1), constituyen una actividad tolerada”; al parecer, era necesaria la aclaración.
  92. El rubro que le sigue en la escala impositiva es el de “Boîtes, café concert, pubs, dancing, night club y establecimientos análogos, cualquiera sea la denominación utilizada”.
  93. Ver nota en https://bit.ly/3h0eDlV
  94. En el transcurso de las correcciones de este apartado la legislación se modificó. Rosario, también bajo la fundamentación de luchar contra la trata de personas, pasó a prohibir todo tipo de “cabaret o whiskería”, sumándose así a las nuevas tendencias que describo en el apartado a continuación.
  95. Además de eliminar el requisito de libreta sanitaria la ordenanza detalla: “Art. 3O.- El Departamento Ejecutivo Municipal a través del Programa Municipal de Sida – Promusida- profundizará el alcance del trabajo de prevención en enfermedades de transmisión sexual (ETS), orientado a la población que atraviesa situación de prostitución, tomando los siguientes objetivos de acción: -Autonomía para la negociación en el uso del preservativo. – Posibilidad de negarse a una relación sexual coercitiva. – Lograr mayores grados de empoderamiento de las mujeres en las opciones de vida en el cuidado de la salud.”
  96. Ver notas del diario Página/12 https://bit.ly/3eSMyKU y https://bit.ly/3vJ0M7Z allí las palabras del ministro de Justicia y derechos humanos son claras: “vamos a impulsar la penalización del cliente de prostitución, como ya lo hicimos en la ONU y el MERCOSUR”.
  97. En 2010 ya se presentaron proyectos de ley afines (ver https://bit.ly/3ebqADD) Estas iniciativas contarían con el apoyo del gobierno nacional (ver notas en https://bit.ly/3efeObl y también https://bit.ly/3aZiGet)
  98. Es posible encontrar legislación de este tipo en otros países. Por ejemplo, en Inglaterra, donde también se sanciona la tenencia de pornografía “extrema”. Varios estudios (Carline, 2011; Sanders, 2009; Scoular y O’Neill, 2007) sostienen que éstas y otras políticas públicas de Inglaterra respecto a la prostitución, bajo argumentos supuestamente fundados en el feminismo radical, muestran connotaciones moralizantes. El modelo más consolidado –y más mencionado como ejemplo a seguir (ver MacKinnon, 1993, 2009; Raymond, J., 2003)– es el que se impuso en Suecia en 1999, que penaliza a quienes compren o intenten comprar “relaciones sexuales temporarias”. Don Kulick (2005) ha señalado tanto la ineficacia de la ley en términos de la cantidad de arrestos y procedimientos que efectivamente se han llevado a cabo, como los perjuicios que ha ocasionado a las trabajadoras sexuales de ese país afectando casi exclusivamente a las que trabajan en las calles y particularmente a las migrantes. Estos incluyen: menos posibilidades de seleccionar los clientes, incentivos a no utilizar preservativos (pues pueden servir como pruebas judiciales), mayor acoso policial, deportación inmediata para las indocumentadas, renuencia a denunciar a clientes violentos o proxenetas, y renuencia de los clientes a denunciar casos de trata o explotación. Las autoridades suecas no pueden determinar ciertamente si ha descendido la oferta de prostitución, salvo por su visibilidad en las calles. Pero los efectos problemáticos no acaban allí; en un estudio que analiza la recepción de la ley por los habitantes suecos (Kuosmanen, 2010) se puede observar que: la ley es vista positivamente aunque no se tiene certeza sobre si ha servido para disminuir la demanda o la oferta de sexo comercial; no ha habido cambios significativos en las actitudes hacia los clientes pues la influencia de la ley ha sido principalmente sobre quienes de antemano tenían una opinión desfavorable sobre la prostitución; y la mayoría, especialmente las mujeres, piensa que también debe prohibirse la venta de servicios sexuales. A nivel ideológico –aspecto fundamental si, como afirman quienes defienden la ley sueca, su objetivo es “dar un mensaje” sobre la prostitución–, Kulick (2005) advierte cómo, con las encuestas y las distintas producciones científicas sobre los clientes de prostitución, se está generando una nueva especie de perverso, en el sentido foucaultiano; es decir, pasando de una caracterización de “acciones aberrantes” a delinear un personaje (tal lo como Foucault señala en referencia al pasaje del sodomita al homosexual).
  99. Por ejemplo, en Santa Rosa y varios municipios de La Pampa, Gualeguaychú y Paraná – Entre Ríos, Villa Nueva – Mendoza, recientemente Rosario, entre muchos otros. Uno de los casos más resonantes fue el de Córdoba que provocó varias manifestaciones de repudio por parte de las mujeres de la filial de AMMAR CTA.
  100. Una excepción es la ordenanza 8955 dictada en Paraná que inhabilita a las whiskerías o cabarets, pero implementa una Comisión de Evaluación y Seguimiento de la implementación que incluye entre sus integrantes una representante de AMMAR CTA.
  101. Por una parte, al prohibir los avisos sólo se obstaculizaría, parcialmente, la publicidad de servicios sexuales, pero ello no implica detener ni las distintas formas de sexo comercial ni la trata. En cambio, limitar la publicación de avisos –bajo el supuesto de que se anuncian sólo servicios sexuales de mujeres traficadas o explotadas– puede significar, paradójicamente, bloquear posibles caminos de investigación de dichos casos. AMMAR-CTA ha propuesto el camino inverso como forma de luchar contra la trata: la distinción entre trabajo sexual autónomo y trata, y la participación de las propias trabajadoras sexuales como informantes calificadas para investigar los posibles casos de trata. Respecto de la publicación de avisos proponen la aplicación de un protocolo de publicación con el registro de los anunciantes. La prohibición de la publicación de avisos de oferta sexual elimina de la superficie de la prensa gráfica imágenes de mujeres consideradas denigrantes (ver Maffia y Moretti, 2012), al tiempo que elimina la posibilidad de contar con información sobre las condiciones en que los servicios sexuales serían ofrecidos. De hecho, la UFASE (Unidad Fiscal de Asistencia en Secuestros Extorsivos y Trata de Personas) en febrero de 2010 proponía el uso de los avisos para la “investigación proactiva” de posibles casos de trata, explotación sexual y delitos conexos. (Ver el “Informe anual 2010” UFASE o la Resolución UFASE expediente interno Nº174/09). “Investigaciones proactivas por publicación de avisos clasificados”. Allí se sugería el registro de quienes anuncian, en forma similar a lo propuesto por AMMAR CTA.
  102. Esta opción, constatada en mi trabajo de campo, fundamenta parte de las objeciones de las propias organizaciones de trabajadoras sexuales (AMMAR-CTA) pero desde el gobierno parece ser desestimada como poco significativa (ver https://bit.ly/3vDG3SL)
  103. El modelo epidemiológico del riesgo individual surgido en el contexto de la epidemia de VIH/sida (Pecheny y Petracci, 2006) mantiene en buena medida las nociones higienistas pues se aboca al control de las mujeres que ofrecen sexo comercial pero no al de aquellos varones que lo consumen. (ver Morcillo, 2015a)
  104. Por ello algunos autores han señalado que la prostitución acaba siendo abordada por el estado de forma similar a la mendicidad. (Ogien, 2012)
  105. Aunque no es posible desarrollar esta hipótesis aquí quiero al menos sugerirla. Siguiendo los planteos de Bataille, Perlongher señala que los estigmas y prohibiciones que pesan sobre la prostitución se reconvierten como fuentes de erotización a las que denomina operadores de intensidad libidinal: “El interdicto sexual funcionaría en un sentido positivo no sólo al ordenar los intercambios y designar los contrayentes: erotizaría el objeto mismo de la prohibición” (Perlongher, 1993: 130).


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