Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

2 Metodología. Construcción de puentes

La estrategia metodológica con que abordé la investigación de esta tesis está marcada por tres cuestiones: en primer lugar, los objetivos delineaban la necesidad de una estrategia cualitativa orientada a la comprensión a partir de la mirada de las involucradas. En segundo lugar, el interés por conocer una diversidad lo más amplia posible de experiencias y, finalmente, la accesibilidad al campo, terminaron de trazar las líneas metodológicas en cuanto a las técnicas de producción de datos empleadas y las modalidades de entrada.

En este capítulo describo la estrategia metodológica y las técnicas utilizadas, lo que me lleva a explicitar mi propio posicionamiento epistemológico. Además, a medida que describo la estrategia y las técnicas, las relaciono con las características del campo y mi propio posicionamiento allí como investigador, anticipando así algunos elementos de análisis. Relato también cómo mi abordaje se fue modificando tras los primeros avances y algunos hallazgos. Expongo los principales escenarios, los criterios de selección y los caminos de entrada al campo (aspecto crucial dado el difícil acceso y gran cantidad de rechazos en investigaciones con poblaciones estigmatizadas). También consideraré la cuestión de la investigación sobre sexualidades en contextos erotizados donde la posición de sexo-género regula roles específicos.

La investigación que dio origen a esta tesis ha utilizado una estrategia cualitativa, valiéndome de la técnica de entrevistas semi-estructuradas y complementándola con la observación. El criterio de selección apuntó a entrevistar a mujeres, de 18 años o más, que hubieran hecho sexo comercial de manera no esporádica por al menos doce meses, que se desempeñaran en Buenos Aires, San Juan o Rosario, y que aceptaran participar de la investigación, previa explicación y pedido oral de consentimiento. Los lugares de observación fueron definidos en primer lugar en base a la factibilidad y procurando observar lugares de distinta localización espacial, y de distinto nivel socio-económico (expresado en las tarifas de los servicios sexuales ofrecidos). Las observaciones fueron registradas mediante notas de campo y las entrevistas fueron grabadas –con consentimiento informado, garantizando el anonimato con pseudónimos y cambiando el nombre de los lugares– y luego transcriptas. A lo largo del trabajo de campo, desarrollado entre enero de 2008 y diciembre de 2011, construí una muestra de conveniencia compuesta de 35 entrevistas, de entre 40 minutos a una hora y media de duración en promedio.

(Ver cuadro con los detalles de las entrevistadas en Anexo)

Estrategia metodológica, posiciones epistemológicas y técnicas de obtención y análisis de datos

Teniendo en mente los objetivos que guiaron la investigación de esta tesis, opté por un abordaje cualitativo. Este tipo de abordaje no sólo es el más adecuado para indagar en cuestiones como significados, valores y experiencias, sino que además permite, incluso demanda, un reajuste constante a medida que se desarrolla el trabajo de campo. Así, enmarcada desde una tradición sociológica, la estrategia cualitativa permite indagar las interacciones, las prácticas, las narrativas y los procesos por los que las y los agentes se posicionan en relación a las instituciones, las reproducen y/o las desestabilizan. El conocimiento emergente representa ese carácter procesal y fluido, por ende, presupone una metodología que pueda transformarse y readaptarse con el devenir de los acontecimientos en el campo, como manera de alcanzar una mejor comprensión. A su vez la investigación cualitativa abre posibilidades interpretativas a partir de materiales diversos, por ello Denzin y Lincoln (2003) proponen la figura del bricoleur para representar a las y los investigadores. Son múltiples y abiertos los caminos y las modalidades bajo las cuales se compone este bricolage que será la investigación.

La meta de poder conocer un abanico amplio de situaciones y contextos sumada a la restricción de accesibilidad que presenta el trabajo de campo con sujetos/as estigmatizados/as, ayudaron a definir el tipo de técnicas a emplear en la investigación y el enfoque general de la estrategia metodológica. El llamado de atención sobre la necesidad de conocer las distintas circunstancias y formas en que se lleva a cabo sexo comercial es recurrente en casi toda la literatura que parte de una investigación empírica (por citar solo algunas Agustín, 2005a; Araújo, 2006; Aucía, 2006; Bernstein, 1999; Chejter, 2001; Daich, 2012; Kong, 2006; Lamas, 1993; O’Connell Davidson, 1998; Oliveira, 2004; Piscitelli, 2005; Sanders, 2006; Satz, 1995; Tabet, 2004). Surgió entonces la preocupación, guiada teóricamente, por abordar una diversidad lo más amplia posible de espacios y modalidades de sexo comercial, donde resultaba fundamental incluir a mujeres que no tuvieran vinculación con las organizaciones. El trabajar en tres ciudades diferentes y buscando indagar en las distintos estratos y modalidades de sexo comercial respondía a esta intención. Entonces desistí de una etnografía en el sentido más clásico (entiendo por esto el método que propone la investigación a partir de una interacción prolongada, permanencia, una convivencia con los y las informantes[1]). En este marco, adoptar una estrategia flexible, incorporar distintas técnicas y fuentes de datos, y abordar diferentes espacios y modalidades de sexo comercial me ha permitido conocer más la diversidad y complejidad de experiencias, y comprender mejor cómo se ligan estas con los procesos de identificaciones.

Desde este posicionamiento opté por usar la entrevista semi-estructurada como técnica de producción de material empírico. Las entrevistas habilitan la posibilidad de conocer los significados desde la perspectiva de las entrevistadas. Si bien no he realizado entrevistas etnográficas (Fontana y Frey, 1994) he apuntado a la flexibilidad de esta técnica. A partir de algunas entrevistas no estructuradas con informantes clave (dirigentes de las organizaciones) construí una guía de entrevista. Haber realizado yo mismo la totalidad de las entrevistas me permitió que, luego de las primeras entrevistas en terreno, el uso de la guía de entrevistas fuera haciéndose más flexible, y funcionara más como ayuda-memoria que como una serie de preguntas a responder por las entrevistadas.

A su vez, al usar el método de comparación constante (Glasser y Strauss, 1967)[2] los énfasis en las entrevistas se fueron modificando al ir saturando determinadas categorías (como el caso de uso de preservativo) y profundizando algunas líneas de indagación que aparecieron como elementos nuevos a partir de la primera fase del trabajo de campo (por ejemplo, las concepciones amorosas de las entrevistadas). También algunas preguntas triviales o aparentemente inútiles funcionaron como “puentes” hacia temas más importantes, pero más difíciles de abordar directamente (por ejemplo, preguntar si tenían alguna religión a veces sirvió para abordar cuestiones de moralidad). A fin de abrir los sentidos de las preguntas y evitar proponer yo mismo las categorías de respuesta empleé una técnica que probó tener resultados positivos: hacer algunas preguntas intencionalmente vagas y generales, especialmente al principio de la entrevista. En una primera instancia estas preguntas a veces desorientaban a las entrevistadas, pero luego encontré que las preguntas descriptivas permitían solucionar este problema –tal como sugiere Rosana Guber (2004)–. Esto permitió un margen mayor para que las entrevistadas propusieran orientaciones y expresaran su propia mirada en el diálogo.

He dicho que la principal técnica utilizada fue la entrevista, antes de referirme a las técnicas complementarias (observación) y los modos de análisis, quiero hacer un paréntesis para pensar sociológica y epistemológicamente las relaciones de investigación.

Entiendo la entrevista como un encuentro donde ambos participantes interactúan, la intención en todas mis intervenciones y gestos apuntaba a declinar cualquier posición de autoridad que pudiera inhibir a las entrevistadas para desarrollar sus relatos (Walby, 2010). Puse especial cuidado en que las relaciones en las entrevistas no tuvieran el tono paternalista que pueden asumir estos encuentros (Fontana y Frey, 1994) cuando no se toman en cuenta las relaciones de género entrevistador-entrevistada. Aunque no es posible hacer desaparecer las asimetrías, especialmente de sexo-género, mostrarme explícitamente como alguien que tiene una mirada no moralizante y abierta a conocer sus propios puntos de vista, facilitó que las entrevistadas se sintieran suficientemente cómodas. Atento a la crítica feminista sobre la técnica tradicional de la entrevista, donde el entrevistador se mantiene distante y sin mostrar sus sentimientos, como paradigma masculino que excluye las emociones y la sensibilidad (Oakley, citada en Fontana y Frey, 1994: 369), busqué posicionarme de otra manera. Muchas veces sin proponérmelo, simplemente como fruto de la empatía, me alegraba, indignaba, reía o entristecía junto con las entrevistadas. Esto significaba en ocasiones compartir también mi propia intimidad. Enlazada con una posición ética como investigador, hay aquí también una mirada epistemológica que supone la creación de conocimiento como un trabajo intersubjetivo, más que una oposición sujeto-objeto.

Parto de una posición epistemológica crítica tanto de las pretensiones de un conocimiento objetivo y no situado o neutral, que niega las características de quien conoce, como de los vínculos jerarquizantes entre investigador e investigados que signan la mirada científica masculinizada como un gesto hegemónico. Busqué construir relaciones de investigación donde la lógica no sea ni la de encasillar al otro –al estilo de la ciencia más tradicional– ni tampoco pensar la producción científica como una posibilidad para dar voz a las/os subalternas/os, confundiendo “las voces y los portavoces” (Pecheny, 2008a: 9). Este gesto vanguardista, que niega el papel de quien investiga como intérprete y traductor, puede llevar a representar a quienes no desean ser representados.(Figari, 2011)

En los vínculos de investigación, y especialmente las interacciones en las entrevistas, entiendo a la afectividad y las emociones como formas de generar puentes entre subjetividades. Esto implica situarme como investigador en lo que Figari llama una “posición amorosa” centrada en el otro, o también, siguiendo a Evelyn Fox-Keller, una percepción alocéntrica:

Una percepción alocéntrica se relaciona con el cuidado del otro (que no se resuelve tan simplemente con un consentimiento informado contractual). No se propone “sacar” información, pretende producirla. Acompaña, escucha, da soporte y soporta, ríe, pone el hombro, abraza, guarda silencio, habla, transmite o comunica y si es necesario, no dice nada. (Figari, 2011: 10)

Entonces el posicionamiento que habilita la entrada de los afectos y emociones en el marco de las entrevistas no tiene que ver con un gesto compasivo, ni tampoco con una mera estrategia metodológica, sino que ensambla con la concepción ético-epistemológica desde donde concibo la investigación. Justamente una entrevistada, Carina, fue la que me hizo notar esto –más que las lecturas teóricas– cuando, luego de una entrevista cargada de emociones e incluso lágrimas, se interesó con mayor profundidad por los objetivos de mi investigación y luego por otros aspectos de mi vida. El vínculo se cargó de afectividad enriqueciendo y trasformando la relación informante-investigador.

Como veremos, una de las características frecuentes en las experiencias de las mujeres que hacen sexo comercial es el secreto y/o el silencio como táctica para eludir la estigmatización. En este sentido el espacio de la entrevista –pero no necesariamente el texto que luego resulta de mi análisis– funciona como una posibilidad para la aparición de discursos soterrados o narrativas fragmentadas. Sin suponer que puede eliminarse completamente la asimetría de la situación de entrevista, cuando se abre la percepción alocéntrica, se garantizan el anonimato y la confidencialidad, y se logra generar un clima de confianza, la entrevista puede transformase en un espacio donde las entrevistadas construyen su propia reflexividad. Algunas veces, afortunadamente pocas, las entrevistas no lograron trascender un umbral mínimo de comunicación. Pero en muchas oportunidades el diálogo en la entrevista se transformó en un espacio donde las entrevistadas ponían en palabras una cantidad de vivencias y experiencias que permanecían silenciadas. Una entrevistada rosarina al finalizar la entrevista me agradeció –antes de que yo le agradeciera a ella–, me dijo que le había servido para hablar de muchos temas que no charlaba con nadie, entre risas me confió: “me hiciste de psicólogo, fue como una terapia”. Dejando de lado la referencia a la psicología, estas manifestaciones me permiten considerar a la entrevista como posibilidad de construir una (otra) narrativa personal. Otra expresión de estos puentes narrativos emergía cuando me revelaban sus dos nombres. Es difícil saber hasta qué punto yo y el artefacto de la entrevista pudimos transformar la interpelación como “prostitutas” a las mujeres, probablemente no se haya eliminado totalmente la interpelación, pero al menos se abrieron dudas sobre los sentidos y las valoraciones asociadas, permitiendo un lugar de escucha-diálogo.

Además de las entrevistas utilicé como técnica suplementaria la observación en terreno con diversos grados de participación[3] (más abajo analizaré las limitaciones que aparecían para las formas de participación, especialmente para la participación como cliente). En cada escenario el grado de involucramiento era distinto (en plazas y calles debía mantener por momentos una cierta distancia para no entorpecer las tareas de las mujeres, mientras que en bares y cabarets podía permanecer e interactuar desde la proximidad). En una primera fase la observación me sirvió para conocer el terreno y las/os posibles informantes, y para hacer una caracterización general del entorno. Tras haber iniciado la observación sin parámetros previos, esbocé una guía de observación –más o menos flexible– para focalizar en algunos aspectos[4]. Llevé un registro de cada salida al terreno mediante notas de campo. Busqué ampliar el espectro de observación variando la localización espacio-temporal realizando observaciones en diferentes lugares y zonas, en diversos días de la semana y a distintos horarios. Usé esta técnica para observar en espacios como plazas, bares y cabarets, lo que me permitió registrar distintas características de las interacciones entre las mujeres y con los clientes.

La principal potencialidad de la observación se halla, en gran medida, ligada a su capacidad de ser vinculada con otras técnicas (Adler y Adler, 1994; Atkinson y Coffey, 2001), en el caso de esta investigación con la entrevista semi-estructurada. Aquí fue importante desestimar una pretendida primacía de las acciones por sobre lo que se dice de ellas[5], o la consideración de los dichos de las/os entrevistadas/os como posiblemente distorsionados. A los fines de mi investigación, estas supuestas distorsiones tienen un valor importante pues no sólo expresan la mirada particular de las entrevistadas, sino que también muestran la forma en que logran o prefieren narrar sus experiencias, algo que difícilmente podría conocer de otra manera. Entonces más que recurrir a las observaciones para hacer un careo[6] con los relatos de las entrevistas, las he usado para complementar otros aspectos. Este enfoque que mezcla datos de observación con entrevistas ha sido también utilizado exitosamente en varias investigaciones sobre sexo comercial. (Sanders, 2006)

Por último, otra fuente de información fue la participación en reuniones, acciones, charlas y eventos, llevados a cabo por las diferentes organizaciones y grupos de activistas[7]. He utilizado de forma secundaria material de foros en Internet de clientes de sexo comercial –donde también participaban las propias mujeres–. De forma menos sistemática, he consultado textos y blogs escritos por mujeres dedicadas al sexo comercial y por clientes; literatura y producciones audiovisuales cinematográficas, de ficción y documentales, así como material periodístico –particularmente donde aparecían entrevistas a “prostitutas” o “escorts”–.

Para analizar los datos las entrevistas fueron trascriptas y comencé las primeras fases del análisis a medida que fui avanzando con el trabajo de campo. Esto me permitió tener algunas pautas iniciales y temas de interés al hacer la codificación. El análisis y la codificación partieron tanto de una mirada teórica como de construcciones inductivas a partir del material de las entrevistas. Con la lectura minuciosa de las entrevistas puede ir depurando y re-codificando algunos fragmentos. Luego los códigos fueron reunidos en torno a ejes temáticos y según los intereses analíticos planteados en respuesta a los objetivos de la investigación, las discusiones teóricas y las cuestiones emergentes del propio material fruto del trabajo de campo.

En este proceso me resultó útil el uso de software específico para codificar y manejar los códigos creando vínculos entre ellos, agregar memos y distintas anotaciones sobre las transcripciones. Luego el análisis cualitativo, a diferencia del trabajo con estadísticas, no puede automatizarse con el uso de computadoras[8]. Sin embargo, el software me permitió organizar y manejar con ductilidad la gran cantidad de información reunida. Así pude realizar con precisión búsquedas en las trascripciones referidas a distintas combinaciones de códigos o por agrupaciones de los documentos de entrevista (según ciudades, pertenencia a organizaciones, franja etaria, etc.) o rastrear palabras clave y sus asociaciones. Esto no sólo me facilitó la lectura del material, sino que amplió las posibilidades interpretativas.

En el análisis he seguido algunas de las nociones de la teoría fundamentada, pero de una manera flexible, adaptándola al propio contexto de esta investigación y combinándolas con otras modalidades de análisis –como la construcción de esquemas analíticos gráficos (algunos incluidos en el cuerpo de los capítulos) para plantear y organizar las distintas relaciones entre categorías, sus propiedades, dimensiones y conceptos–. El fruto de este análisis está plasmado en los capítulos siguientes, durante cuya escritura continué volviendo constantemente al material y reinterpretándolo a partir del diálogo con la literatura.

Características del trabajo de campo. Conformación de la muestra

El trabajo con poblaciones estigmatizadas suele presentar problemas de accesibilidad y/o rechazos, este es el caso de las mujeres en el sexo comercial (Sanders, 2006; Shaver, 2005). Patricia y Peter Adler señalan que las características que pueden llevar a que una persona no quiera responder o participar de un estudio pueden ser varias, entre ellas destacan la pertenencia a los sectores más altos o más bajos de la sociedad o aquellas personas que poseen un secreto (Adler y Adler, 2001). Las mujeres que se dedican al sexo comercial usualmente tienen una o más de estas características. A la habitual (y esperable) falta de tiempo y/o de deseos de participar en una investigación de la que no obtienen ningún beneficio tangible, también se pueden sumar la posesión de un secreto y la estigmatización como causas de los rechazos a dar entrevistas.

Otros puntos también dificultaban la accesibilidad[9]. El estatus legal de la prostitución hace que buena parte de este sector esté ligado a situaciones ilegales y/o clandestinas. Estas condiciones, sumadas a la arbitrariedad del accionar de la policía, desalentaban a las mujeres para conceder una entrevista. Asimismo, tener que trabajar en muchas oportunidades en un horario nocturno también hacía más difícil o riesgoso el acceso. Finalmente, otro problema en relación a la accesibilidad en la ciudad de Buenos Aires fue el alto grado de enfrentamiento y enemistad entre las dos organizaciones. Tanto la polarización del debate feminista como la historia de división y enfrentamiento de las organizaciones, llevan a que las activistas busquen asignar rápidamente a las y los actores de uno u otro lado del debate. Esta situación hizo que el acceso al campo a través de las organizaciones fuera un sendero estrecho e implicara repetidos escrutinios acerca de mi investigación, los objetivos de la misma y, especialmente, cómo me posicionaba respecto al debate. Las dirigentas de las organizaciones querían saber “de qué lado” estaba, sin embargo, mi forma de posicionarme no encaja con esta visión dicotómica. Aunque esto resultó problemático en términos de accesibilidad, también ha servido para poner de manifiesto y comprender mejor los posicionamientos de las organizaciones y de las mujeres que tienen algún contacto con ellas. En términos generales tanto los rechazos como los asuntos de accesibilidad han servido para mostrar que estas mujeres, aun en una posición de subalternidad, no son pasivas y eligen cómo manejar su información.

En este contexto, en consonancia con los motivos que me llevaron a trabajar en tres ciudades diferentes y entrevistar a mujeres en distintas modalidades de sexo comercial, decidí que la mejor forma de encarar el trabajo de campo sería tener tantas puertas de acceso como fueran posibles[10]. Tanto por el interés teórico de construir un campo lo más diverso posible, como por la dificultad del acceso, debía multiplicar los caminos de entrada, cada posibilidad me brindaría alguna perspectiva. Dos vías de entrada confluyeron en el inicio del trabajo de campo. Por un lado el acercamiento a las organizaciones y sus referentes, y por el otro el contacto directo con las mujeres en las zonas de sexo comercial callejero, en los cabarets o boliches, o a través del teléfono.

Tras haber entrevistado a las dirigentas de las organizaciones y relatarles los objetivos y el alcance de mi investigación, les pedí contactar a otras mujeres para entrevistarlas. En este primer momento temía que la reproducción de un discurso cerrado en torno a las representaciones de cada organización obturara el relato de las experiencias de cada una. A lo largo del trabajo fui descubriendo –y luego de finalizadas las transcripciones de las entrevistas lo confirmé–, que mis temores eran infundados, pero esto anticipaba el problema de trabajar las tensiones y contradicciones de estos discursos. Así como las mujeres tenían distintos grados de involucramiento con las organizaciones, también en las entrevistas aparecían –a excepción de las dirigentas– concepciones más o menos matizadas y pobladas con elementos discordantes. Esto me permitió conocer un abanico de posiciones en las relaciones con las organizaciones, desde militantes de tiempo completo hasta simples colaboradoras eventuales.

Por su parte, establecer contacto directamente con las mujeres, si bien generaba gran cantidad de rechazos, fue una vía importante para acceder a algunas entrevistas a “escorts” (las mujeres que hacían sexo comercial en las modalidades más exclusivas y el grupo de acceso más difícil). Persuadido por la afirmación de Perlongher, “no hay mejor manera de estudiar el callejeo que callejeando” (1993: 20), deambulé (“yiré”) por diversos escenarios. En las calles y los cabarets realicé aproximaciones sucesivas a partir de la observación en terreno en distintas localizaciones. Esto ha sido llamado “vagabundeo”:

un acercamiento de carácter informal, incluso antes de la toma de contacto inicial, al escenario que se realiza a través de la recogida de información previa sobre el mismo: qué es lo que lo caracteriza, aspecto exterior, opiniones, características de la zona y entorno, etc. […] Vagabundear implica situar aquello que es común; informarse sobre los participantes, aprender dónde se reúnen, registrar las características demográficas de un grupo de estudio, construir mapas sobre la disposición física de un lugar, y establecer una descripción del contexto de los fenómenos o procesos particulares objeto de consideración (Gómez, Flores y Jiménez, 1996: 72)

Estos dos caminos, por intermedio de las organizaciones y por contacto directo con las mujeres, me habilitaron una doble entrada en el campo para ampliar los posibles límites de acceder solamente bajo una línea de contactos. A partir de allí utilicé la “bola de nieve” como técnica para multiplicar contactos y a la vez tuve en cuenta procedimientos para “saltar el cerco” (Guber, 2004), es decir iniciar nuevas líneas de entrada –algo difícil cuando establecía contacto mediado por las organizaciones ya que ellas decidían a quiénes me presentaban–.

Sin abandonar el rumbo que señalan los contactos ya entablados, se puede intentar otros nuevos que pertenezcan a fracciones distantes u opuestas a las iniciales. Generalmente, estas redes inexploradas pueden ser fuente de perspectivas y de información con diferentes puntos de vista y pertenecientes a los opositores de los primeros contactos. Por eso es necesario advertir que prácticamente a cada fracción de informantes se contraponen o distinguen otras –ya se plantee como clivaje o diferenciación política, personal, religiosa, etc.–. Cuanto más amplio sea el acceso del investigador a todas las “campanas”, más profundo y complejo será su conocimiento sobre ese mundo social. (Guber, 2004: 137)

La selección de las tres ciudades en que realicé trabajo de campo se debió a razones teóricas así como de conveniencia y oportunidad. Busqué caracterizar y analizar las experiencias de mujeres en ciudades que suponen diferencias tanto en lo económico y sociocultural, como en los procesos de constitución histórica del sector del sexo comercial y de las organizaciones que nuclean a las personas que realizan sexo dicha actividad. Buenos Aires, una metrópolis urbana y moderna, es la ciudad donde mayor importancia tienen las organizaciones (y en el período en que realicé trabajo de campo, la única donde había una organización con una posición abolicionista, AMMAR Capital), mientras que en San Juan, una ciudad pequeña, periférica y de aires conservadores, no existía ningún tipo de organización[11]. Estas ciudades presentan grandes diferencias en cuanto a las posibilidades de posicionamiento de las mujeres: una megalópolis como Buenos Aires brinda un cierto “anonimato” que abre diversas posibilidades a la visibilización de las y los estigmatizados, una ciudad pequeña como San Juan funciona como una suerte de panóptico donde la marca estigmatizante se vuelve omnipresente. La tercera ciudad, Rosario, surgió de la participación en una investigación[12] que me dio la chance de hacer trabajo de campo allí. Incorporar esta ciudad, que inicialmente no estaba contemplada en la investigación, fue una forma de obtener mayor diversidad para la muestra al incorporar una ciudad de tamaño intermedio, enriquecer las posibilidades comparativas y dar mayor propiedad y rigor al análisis que de ellas se deriva. Pero además abrió la posibilidad de trabajar en una ciudad muy significativa en esta temática. La importancia que históricamente ha tenido el sexo comercial en la ciudad de Rosario ha sido documentada por varios estudios[13]. También, especialmente a partir del asesinato de la dirigenta Sandra Cabrera, una de las organizaciones de mujeres que realizan sexo comercial (AMMAR CTA) ha tenido un destacado papel en la ciudad y es una referencia fuerte para las mujeres que hacen sexo comercial allí.[14]

Las particularidades de cada una de las ciudades y mi inserción en ellas marcaron las posibilidades del trabajo de campo. En Buenos Aires la vía de acceso más frecuente, para las entrevistas, fue a partir de las organizaciones, aunque también residir en esta ciudad me permitió complementar con varios contactos establecidos directamente en las calles, y a través de llamadas telefónicas. Aquí el trabajo de campo, observación incluida, abarcó: las plazas de “Once” y “Flores”, el barrio de Constitución, Villa del Parque, Palermo y la zona “Costanera Sur” y tres “boliches” o “night clubs” localizados en Almagro, Balvanera y Recoleta.

Mapa 1: Zonas de trabajo de campo en la Ciudad de Buenos Aires

mapa buenos aires

En Rosario a través de una ONG de lucha contra el VIH/sida conocí a Brenda, una travesti que ofició de portera (gatekeeper). Ella, además de acompañarme durante varias noches, me habilitó gran cantidad de contactos en distintas zonas con mujeres (y travestis) de organizaciones y fuera de ellas. Además, tener familiares en la ciudad me facilitó la estadía y pude hacer algunos otros contactos vía telefónica.

Mapa 2: Zonas de trabajo de campo en la Ciudad de Rosario

mapa rosario

Las zonas en que hice trabajo de campo en Rosario fueron las calles Av. Provincias Unidas, Av. Presidente Perón (ex-Godoy) y la zona de la Terminal de ómnibus, las calles aledañas y en algunos “privados”, y en cabarets en los barrios de Pichincha[15] y del Centro.

Finalmente, en la ciudad de San Juan establecí contactos directamente con personas que hacían sexo comercial en las principales zonas. Haber vivido muchos años en esa ciudad incrementó la accesibilidad al campo por conocer de antemano las zonas de trabajo y los horarios pertinentes para los encuentros. También, a través de algunos amigos en común, conocí a María, quien me permitió contactar y entrevistar a algunas escorts en esta ciudad, algo que parecía casi imposible por otra vía. Por último, a partir de contactos con organizaciones locales de travestis, pude lograr otra línea de entrada al campo. En esta ciudad trabajé en las zonas de: Av. Rawson, las calles aledañas a la terminal de ómnibus, Av. Benavidez y la plaza Aberastain; y dos “boliches” ambos cercanos a la Av. Circunvalación (que rodea la zona más céntrica de la ciudad).

Mapa 3: Zonas de trabajo de campo en la Ciudad de San Juan

mapa san juan

A partir de esta multiplicidad de entradas al campo conformé una muestra de conveniencia guiado por criterios teóricos intentando buscar la mayor diversidad posible de entrevistadas. La muestra quedó integrada por 35 entrevistas, las que fueron grabadas previo consentimiento (excepto una entrevistada que prefirió no ser grabada). Se realizaron en distintos horarios y lugares (en bares, en las calles o plazas –durante las horas de poca afluencia de clientes–, en las sedes de las organizaciones y en las casas de las propias entrevistadas). Los lugares respondían a la comodidad de las entrevistadas y/o la necesidad de mantener el secreto respecto de su familia y encontrar un lugar seguro y discreto para ellas.

Dadas las condiciones de accesibilidad, hay algunas limitaciones para esta muestra: no contiene gran variedad en cuanto a características de nacionalidad y étnico-raciales, ya que sólo entrevisté a cuatro mujeres extranjeras y una única afrodescendiente, y las entrevistas a mujeres de los estratos más exclusivos del sexo comercial –de tarifas más altas–, las “escorts”, son una proporción menor de la muestra. Por supuesto, el tipo de muestra implica que los hallazgos de esta tesis no pueden ser simplemente extrapolados a la generalidad de las mujeres que hacen sexo comercial. A pesar de ello creo que el valor de la investigación de esta tesis se halla, no en un intento de explicar y generalizar[16], sino en la posibilidad de comprender cómo se estructuran las experiencias y los procesos de identificación[17].

Además de las 35 mujeres entrevistadas, con otras tantas tuve varias charlas informales cara a cara y con menor frecuencia por teléfono, vía mail o chat. También realicé 13 entrevistas semi-estructuradas a travestis (cinco en Rosario, cuatro en San Juan y cuatro en Buenos Aires). Estas entrevistas no formaron parte del análisis central de esta tesis, pero han servido de contraste para comprender mejor las experiencias de las mujeres. Asimismo, sostuve conversaciones informales con otras dos mujeres que fueron actrices de pornografía y ofrecieron servicios de video chat erótico, y realicé tres entrevistas a clientes regulares de sexo comercial. Aunque el foco central del trabajo de campo y el análisis esta puesto en las entrevistas con mujeres, estos otros datos han servido para enriquecer las posibilidades analíticas y de comprensión de las experiencias y las formas de identificación de las mujeres que hacen sexo comercial.

Investigar sobre sexo comercial siendo varón

En esta sección[18] me propongo reflexionar sobre las formas de interacción que acontecieron durante el trabajo de campo enfocando en las dimensiones sexo-genéricas y erotizadas de dichas relaciones. Desde el comienzo de la investigación tuve en cuenta mi posición de sexo-género, de clase y raza. A medida que se fue desarrollando el trabajo noté la necesidad de tomar en cuenta las dinámicas de seducción, atracción, es decir, la forma en que la interpelación sexual se hacía presente en el marco de mi trabajo de investigación y en particular cuáles eran las implicancias del rol de cliente que presuponía mi lugar de varón (también presuntamente heterosexual).

La búsqueda por construir las ciencias sociales como un cuerpo de conocimientos objetivos ha resultado en varios problemas, uno de ellos es el intento de fabricar una mirada descorporeizada, es decir, que omite en su análisis los cuerpos de quienes investigan. Un largo tiempo ha transcurrido hasta poder abordar explícitamente el papel que tiene quien investiga en la producción de los datos. En todo caso, la investigación con estrategias cualitativas ha sido más permeable a este tipo de reflexiones, Ana Lia Kornblit señala: “Hay que tener en cuenta que los resultados de las investigaciones cualitativas que escriben los científicos sociales son interpretaciones en las que intervienen sus propios mundos culturales (incluyendo sus trayectorias biográficas y su condición genérica).” (Kornblit, 2007: 10).

Retomo esta mirada sobre mi propia posición como investigador para comprender más cabalmente desde dónde parte esta investigación. Es clave aquí el papel que juega la reflexividad, entendida como “consciencia del investigador sobre su persona y sus condicionamientos sociales y políticos en el proceso de investigación” (Guber, 2001: 48). La reflexividad ha permitido tanto iluminar algunos de los diversos sesgos, o marcas de situación, como puntualizar parte de las asimetrías de poder que supone la relación entre los sujetos que investigan y los sujetos/objetos que son investigados.

Pero esta reflexividad pocas veces ha tomado como foco la posición no sólo sexuada –como ya había señalado la epistemología feminista–, sino también sexualizada o erotizada de quien investiga. Es importante preguntarnos, como lo hace Esther Newton (1996) en un artículo señero en abordar este problema, si el poder de nombrar a un “otro” subordinado plantea un problema ético, ¿por qué no se ha problematizado el poder que atraviesa las relaciones erótico sexuales con ese “otro”? Recién desde mediados de los ’90 han comenzado a surgir este tipo de cuestiones (Kulick y Willson, 1995; Markowitz, 2003; Newton, 1996; O’Connell Davidson, 2008; Sanders, 2006). Desde la antropología, se ha puesto en cuestión el mandato hegemónico de celibato para los etnógrafos, que surgió no sólo para garantizar la objetividad de la información adquirida en el trabajo de campo, sino también como forma de mantener a salvo el self del investigador (ver Wengle, citado en Kulick y Willson, 1995). A su vez, la falta de un registro explícito de las dimensiones sexuales y eróticas de la investigación en el campo, resguarda de la crítica a la mirada del varón blanco heterosexual construido como la posición no marcada desde la cual se produce una mirada supuestamente neutral. (ver el capítulo de Andrew Killick en Kulick y Willson, 1995)

Muchas veces, en las investigaciones sobre sexualidades las relaciones entre investigados/as e investigadoras/es adquieren un particular cariz sexual y según Kevin Walby (2010) las entrevistas sobre sexualidad pueden devenir en una sexualización de quienes investigan. Así, investigar sobre sexo comercial hace improbable evitar un cierto grado de sexualización o erotización de quien investiga, todas las marcas que refieran a su identidad de sexo-género aparecen y dan un influjo a la investigación, tal vez con más evidencia que en otras áreas. Por ello no es extraño que desde estas áreas –la antropología de la sexualidad, la sociología de la sexualidad– hayan brotado los primeros interrogantes al respecto, aunque en Argentina no ha sido un tema central para muchos trabajos, sino más bien algo infrecuente (Pecheny, Manzelli y Capriati, 2010). Según Teela Sanders (2006) en las investigaciones sobre la industria sexual tampoco es frecuente el análisis de las relaciones erótico-sexo-genéricas entre investigadoras/es y las/os informantes profundizando en las discusiones metodológicas ni la reflexividad sobre el papel que ocupa quien investiga. En algunos estudios, fundamentalmente realizados por mujeres se abordan cuestiones metodológicas, aunque haciendo foco fundamentalmente en la accesibilidad del campo y la seguridad dentro del mismo. (por ejemplo Gaspar, 1985; Justo von Lurzer, 2004; Oliveira, 2004)

Mi posición de sujeto como varón investigando mujeres supone potencialidades y limitaciones, muchas de ellas enraizadas en los diferenciales de poder que estructuran las relaciones de género. Sin olvidar esto, es importante contextualizar cuáles son las implicancias y cómo se conjugan las relaciones de género que se establecen en las interacciones en el campo. Alejarse de posiciones preestablecidas y esencialistas –por ejemplo, la tradición que dicta que sólo mujeres entrevisten a sus congéneres– permitirá evaluar en el contexto particular de cada investigación, cómo y cuáles efectos pueden producir las relaciones de género pues estos no son a priori generalizables, unidireccionales ni homogéneos (Pecheny, Manzelli y Capriati, 2010). Asumir directamente que las entrevistas hechas por una mujer en el contexto del sexo comercial lograrían necesariamente un mejor rapport y mayor intimidad no es correcto –especialmente teniendo en cuenta que el estigma de “puta” divide precisamente al interior de las mujeres entre “putas” y “santas” o “normales” y podría resultar en una mayor visibilidad de la asimetría entrevistadora-entrevistada (Gaspar, 1985). En todo caso, cada perspectiva permite conocer y comprender algunos aspectos, y no es posible resolver a priori cuáles serán, pues si bien es vital tomar en cuenta la posición (y el cuerpo) de quien investiga, tampoco entiendo que ser varón o mujer sea una construcción inmodificable y con sus sentidos completamente cerrados. “Desde el conocimiento situado como una posición crítica la relación de investigación siempre va a ser cuerpo a cuerpo, no importando qué cuerpo, es decir, como un lugar y no una esencia; como el ‘carácter situado de una mirada’” (Figari, 2011: 4). En mi caso me interesa evaluar, especialmente tomando en cuenta tanto mi posición epistemológica como los objetivos de mi investigación, cuáles eran los riesgos y potencialidades de mi posición subjetiva como “varón”, algo que en el contexto del sexo comercial se carga de sentidos consolidados, aunque nunca definitivamente.

En mi propia experiencia como investigador en el contexto del sexo comercial, y mi posición como varón, presuntamente heterosexual, universitario de clase media, “blanco” (para el canon étnico latinoamericano), noté que la identidad de varón facilita una entrada al campo. Probablemente ser mujer suponga una menor accesibilidad y permanencia en los espacios de sexo comercial, tal como señala en su etnografía María Dulce Gaspar (1985). Ser varón abre las puertas al campo, aunque de cierta forma particular. En un contexto de sexo comercial nadie cuestiona “¿qué hace un varón acá?”, como sí sucedería si hubiera una mujer que no estuviera ofreciendo sexo comercial. Según la bibliografía, para las mujeres aparecen otros elementos que complejizan la ecuación: investigar sobre sexo comercial puertas adentro parece menos accesible para investigadoras mujeres, aunque representaría una menor exposición a violencia o inseguridad de los contextos de calle, otros asuntos son la posible percepción de las investigadoras como “competencia” para las mujeres que están haciendo sexo comercial y las interpelaciones sexuales de los varones clientes (cfr. Justo y Morcillo, 2011). Ser varón en contextos de sexo comercial representaría comparativamente un menor riesgo frente a sucesos violentos (Nilan, 2002), pero también pude notar que –en contraste con las investigaciones conducidas por mujeres (por ejemplo Gaspar, 1985; Lahitte, 2012)– limitaba los comentarios respecto a algunas cuestiones de embarazo, higiene femenina y menstruación. Cada posición tiene sus puntos dilemáticos, más o menos variables, así como para algunas mujeres investigadoras puede aparecer el dilema sobre si hacer observación participante implica directamente hacer sexo comercial (Sanders, 2006), para los investigadores varones la disyuntiva sería si participar implica transformase en clientes. Es justamente esta potencialidad de tornarse clientes que tendrían los varones la que garantiza un acceso menos problemático, pero acarrea otros conflictos.

¿Cómo se abre el juego al entrar en los espacios de sexo comercial, cómo es la primera aproximación para interactuar en el campo? En estos contextos, las formas de seducción parecen circular más directa y unidireccionalmente que en otros como bares o discotecas (Lacombe, 2009). Es decir que, desde un lado, el de quienes ofrecen sexo comercial, está definida una manera específica de seducción que tiene un fin comercial y que, en principio, no se basa en una atracción de tipo erótico. Ahora bien, desde el otro lado de la interacción el sentido no siempre está claro. Los individuos que se acercan o pasan son observados según sus potencialidades de ser cliente, sobre todo en el contexto callejero. La importancia de la mirada es clave en el contexto de sexo comercial. Es imprescindible para interpretar tanto que una mujer está ofreciendo sexo comercial –pues en las calles o plazas, esto no siempre es inteligible a partir de la vestimenta o de las posturas corporales–, como que un varón está queriendo comprar lo que ella ofrece. En estos contextos, las marcas que hacen inteligible un cuerpo como varón y heterosexual, y las que lo inscriben en determinadas clases, aumentan la potencialidad de alguien como cliente. Aquí la pretensión de que los investigadores/as sostengan una mirada supuestamente neutral –y para ello descorporeizada– se hace (evidentemente) insostenible.

La categoría de “frecuentadores”, que Elisiane Pasini (2009) acuña para englobar a los varones que transitan por el contexto de sexo comercial sin ser necesariamente clientes e incluye la homosocialidad, ofrece un paraguas para los roles de varones. Sin embargo, esta categoría, que no excluye a clientes ni potenciales clientes, parte desde el enfoque de los propios varones. En cierta medida se diferencia de los esfuerzos de las mujeres que hacen sexo comercial quienes, como lo aclara la autora y pude constatar en mi trabajo de campo, estereotipan a los varones a partir de algunas características para clasificarlos. Un lugar fundamental de esta clasificación es la contraposición entre el cliente o potencial cliente y los otros tipos de relaciones que se entablan con varones como novios, amigos, etc.

Incluso más allá de la propia dinámica de los espacios de sexo comercial y las concepciones de quienes los habitan, las implicancias de ser varón y estar en un contexto en que se ofrece sexo comercial, parecen evidentes para el resto. Por ejemplo, al comentar sobre mi investigación aparecía siempre una presuposición de que mi trabajo de campo consistía en “ir de putas”. Esta presunción se repetía sin importar el género de mis interlocutores (aunque unos la expresaran con más desenfado y otras con más timidez) y fuera o dentro del ámbito académico. La fuerza y ubiquidad de estas presuposiciones me indicó que analizar cómo posicionarme me permitiría comprender algunos aspectos no sólo relativos a la estrategia metodológica, sino respecto a las concepciones de las propias mujeres en el sexo comercial.

Tanto por la dinámica específica del campo como por el sentido común estaba claro que el principal peligro era ser asimilado con el rol de cliente, o potencial cliente. ¿Por qué entiendo esto como un peligro? Varios elementos entran en juego. En primer lugar, posicionarme como cliente para lograr el acceso, la permanencia y la información en el campo supondría en buena medida ocultar mi investigación. Desde algunos enfoques que conciben la posibilidad de usar métodos encubiertos esto no sería necesariamente un obstáculo para una investigación. Varios textos han tratado la cuestión de los métodos encubiertos, y una investigación sobre sexualidad es un ejemplo frecuente en estas discusiones: el controversial estudio de los tearooms de Laud Humphreys (1974) donde el investigador mantuvo ocultas las intenciones de su estudio como forma de garantizar la accesibilidad[19]. Desde mi posicionamiento epistemológico –que incluye, necesariamente, una posición ética y política– entiendo que usar otra fachada, ocultar mi rol como investigador y, más aun, luego hacer públicos aspectos íntimos de las personas, es inadmisible y alimenta una forma de construir conocimiento desde el distanciamiento (y la expropiación), una relación sujeto-objeto muy distinta de mi concepción sobre la investigación.

Además, la posición de varón-cliente suponía dificultades en el terreno pues, a veces, podía ocurrir que algún varón-cliente tratara autoritariamente hacia quienes están haciendo sexo comercial y me reclamara una supuesta complicidad dándome más motivos, no sólo metodológicos, sino ético-políticos, para distanciarme de la posición de cliente cuando asume estas características.

Finalmente, investigar desde el rol de cliente podía ser un obstáculo para mis propios objetivos de investigación, donde las relaciones de poder entre los clientes y las mujeres que hacen sexo comercial ocupan un papel importante. Más que las prácticas sexuales en sí, me interesaba indagar en los sentidos que las mujeres les otorgaban. Quedar en la posición subjetiva de cliente implicaba que, aun develando las intenciones de mi estudio, muy probablemente se me hubieran ocultado informaciones que constituyen datos importantes para mí. Por ejemplo, me hubiera sido inaccesible el “discurso oculto” (Scott, J. C., 2000). Frecuentemente quienes hacen sexo comercial encaran las interacciones con los clientes usando la “psicología” y el “chamuyo”[20], es decir, usando tácticas que buscan anticipar los sentidos y posibles derroteros de la interacción, y dirigir la atención de los clientes usando una verborragia no exenta de engaños. Leer las prácticas desde el lugar de cliente no supone una aproximación más íntima a las experiencias de las mujeres en el sexo comercial pues justamente buena parte de esa experiencia consiste en segregar a los clientes de su intimidad. Si bien existen otro tipo de vínculos con algunos clientes, como mostraré más adelante, estos pueden aparecer bajo ciertas condiciones, entre ellas el sostenimiento de un vínculo durante un tiempo muy prolongado, usualmente de varios años. Entonces, aun cuando las fronteras que segregan a los clientes puedan ser porosas, si compartir intimidad en los vínculos de las entrevistas demandaba un esfuerzo, el camino para lograr intimidad en un vínculo de sexo comercial resulta mucho más difícil y cargado de contradicciones. En el corto y mediano plazo identificarme como cliente habría complicado la posibilidad de un vínculo empático y afectivo, sumando otra barrera de accesibilidad más.

Mi opción de no involucrarme en relaciones sexuales comerciales con las mujeres no surge de las concepciones que postulan al celibato como forma de sostener el distanciamiento y garantizar el conocimiento objetivo. Comparto la crítica a un celibato obligatorio como forma de garantizar la objetividad y de resguardar el self de quien investiga, y abogo al mismo tiempo por una puesta en juego de este self (put the self at stake), como propone Kulick (Kulick y Willson, 1995), y por desdibujar los límites simbólicos (y corporales) que distancian a quien investiga de quien es investigado/a. Ahora bien, tal como el impacto de las posiciones de sexo-género de quien investiga es relativo a cada investigación, lo mismo sucede con la sexualización o erotización. En el contexto del sexo comercial la forma en que habitualmente se trazan los límites simbólicos no sitúa las prácticas sexuales comerciales del lado de la intimidad, sino lejos de ella.

Los intentos por diferenciarme de los clientes estaban supeditados a varios factores propios de la dinámica de los espacios de sexo comercial. Uno de ellos era la constante confusión entre mi interés por lograr interactuar, conversar, entablar vínculos y el interés sexual. Entonces, además de las características que tienen los contextos de sexo comercial como escenarios altamente erotizados, se sumaban las similitudes que hay entre la dinámica de seducción, por un lado, y el rapport y cierta proximidad que se debe generar en el trabajo de campo, por el otro (Lacombe, 2009). En este sentido, me vi obligado a no rechazar de antemano el juego de seducción y, a la vez, tampoco involucrarme demasiado en él. Como dije más arriba, usualmente la primera aproximación en los contextos de sexo comercial es a partir de una mirada seductora, entonces se hace difícil la interacción sin entrar en este juego al menos por un momento. Pero claramente debía transformar mi posición rápidamente, pues la seducción en este contexto es parte del negocio y no una forma de ganar intimidad.

Asimismo, cuando abandonaba la “bola de nieve” e intentaba “saltar el cerco” entraba en contacto por canales utilizados también por los clientes, lo que demandaba reforzar los intentos por distanciarme de esa posición. Muchas veces debía hacer varias llamadas o visitas hasta que las mujeres dejaran de creer que era un cliente “haciéndome el vivo” –es decir, pretendiendo sacar beneficios o sexo gratuito–. Otros investigadores han relatado situaciones similares, por ejemplo, Walby (2010) ha señalado que algunas de las formas de establecer contactos con sus entrevistados (varones que hacían sexo comercial) se asemejaban a las de los clientes, aunque sus intenciones eran distintas. Sin embargo en este caso el investigador remuneraba a sus entrevistados como forma de obtener las entrevistas, algo que nuevamente lo asimilaba al lugar de cliente.

Tanto las vías de contacto como el espacio donde ocurren los encuentros condicionan de diferentes formas los sentidos que pueden atribuirse en la interacción. En el contexto de calle, aun en una “zona roja”, hay mayor circulación de personas y de sentidos para connotar la interacción. Esto me habilitó a usar algunas tácticas que aclaraban mis intenciones y me distanciaban del rol de cliente. En las calles pude trabajar sobre mi apariencia e incluso llevar visiblemente una carpeta, papeles y lapicera que daban, ya desde antes de abrir el diálogo, algunas señales de qué es lo que estaba buscando en esas interacciones, adónde se dirigían mis miradas.

Este atuendo enmarcaba mi posición en el campo, alejándome de la posición de cliente y era un signo cuya significación era compartida (al menos parcialmente) por mí y las entrevistadas. En el marco de las entrevistas la forma de interacción supone que las preguntas fluyan en una dirección, pero estos roles están siempre abiertos a reinterpretaciones y por momentos se invertían. Entonces este marco de interacción, cuya fachada –grabador, libreta– suele ser concebida como distanciadora, no habilitaba tanto roles predefinidos para entrevistador y entrevistada, sino una puerta al diálogo donde la entrevistada desglosaba y reconstruía aspectos de sus experiencias que se encuentran normalmente ocultos o encubiertos, al tiempo que podía inquirir sobre mis propias experiencias. Allí la entrevista propiciaba un marco de intimidad auténticamente fructífero.

La situación era diferente en los contextos de sexo comercial puertas adentro, pues allí ya no había lugar para los elementos de mi atuendo que me diferenciaban de los clientes. A ello se suma la fuerte heterosexualización de estos entornos que dejaba poca cabida a otras posiciones sexuadas más allá de la que supone ser varón y, por ende, heterosexual. Aquí, entonces, despojado de libretas y grabador, se ponían más en juego los aspectos que tenían que ver con mi propia posición de sujeto y los márgenes que podía hallar en la interacción para abrir sentidos al respecto.

Distanciarme de la posición de cliente no significó tener ya otro rol claro, sino que me interpeló en mis propias capacidades para ser yo –poner en juego ese yo– en el contexto del sexo comercial. Es decir, me empujó a reflexionar sobre cómo podía, desde mi posición subjetiva y mi experiencia vital, abrirme a entablar los tipos de vínculos que alimentaran la comprensión en dicho contexto. El planteo y las dudas iniciales sobre si podría o no ser un cliente, me permitieron no sólo clarificar metodológicamente mi posición como investigador, sino reflexionar también sobre mis propias construcciones significativas entorno a las prácticas sexuales, asociadas al deseo erótico, el afecto y cierta reciprocidad. Hacer explícitas mis concepciones, cuestionarme e interrogarme al respecto me habilitó una comprensión más cabal del trabajo emocional y de reelaboración de sentidos que supone dedicarse al sexo comercial. También en ese marco una ruptura amorosa durante el trabajo de campo me habilitó la escucha de los elementos del orden de ese discurso amoroso y romántico del que muchas mujeres me hablaban.

El cruce de ciertas características del campo y las mías propias como sujeto ponían algunos límites, sin por eso señalar ninguna dirección. Pero el rumbo se esclarecería no sólo desde la introspección y el cuestionamiento de mi lugar, sino fundamentalmente en la propia interacción en el campo y la reflexión constante sobre dichos eventos. La inicial sexualización de los espacios de sexo comercial es en cierto punto inevitable (Sanders, 2006), especialmente en los lugares cerrados al estar rodeado de mujeres desnudas o en ropa interior. Sin embargo, en un cierto momento logré una insensibilidad a dichos estímulos, o mejor dicho, logré descentrarme del lugar de varón/cliente y sensibilizarme desde otro lugar más próximo al de las mujeres y comencé a ver esa sexualidad como una performance laboral. Este proceso se acompañó de insinuaciones y chistes sobre temas sexuales o mi orientación sexual, saber cómo entender y responder en estos momentos significó poder ganar la confianza de muchas de estas mujeres. A medida que fui adentrándome en el campo y entablando vínculos con las mujeres, escuchando sus relatos, una dimensión deserotizada se fue haciendo presente. Pude notar que el vínculo entablado con las entrevistadas se tornaba diferente y abría una dimensión de intimidad no sexualizada cuando ellas mismas expresaban que después de haber charlado largamente conmigo no podrían tenerme como cliente.[21]

Mi posición subjetiva, que en un principio podía asimilarse a la del sujeto varón, blanco, de clase media ilustrada y heterosexual, resultaba problemática en una interacción con subalternizadas, tanto para involucrarme sexualmente como para hablar en condiciones simbólicas de igualdad sobre mi sexualidad en ese contexto. Pero la deserotización y el desplazamiento constante de la figura del cliente fueron habilitándome un espacio distinto. Allí ocupaba un lugar diferente, desde las interpelaciones que daban por sentada mi orientación homosexual hasta las dudas que despertaba una masculinidad no hegemónica. Esto me permite destacar que no es solamente el sexo-género lo que impactará en una investigación, sino también otros aspectos de las biografías, las características de clase, orientación sexual, de generación, lingüísticas, raciales, etc. (Pecheny, Manzelli y Capriati, 2010). Son varios los elementos que deben tomarse en cuenta, más cuando consideramos que el mercado sexual está atravesado no sólo por el género, sino también por la clase, la edad y la raza, entre otras. En este cúmulo de elementos fui encontrando qué lugares de mi biografía y de mi posicionamiento como varón facilitaban la empatía con mis entrevistadas (a mi masculinidad no hegemónica y mi trayectoria de rupturas de parejas, sumaba mi estatus de migrante en Buenos Aires o Rosario, ser de familia obrera, estar en una franja etaria intermedia, o cierto gusto por la música popular, entre otros).

En el campo se conjugan las miradas, o las llamadas, el acercamiento y demás formas de interacción que son connotadas con sentidos eróticos o no, según un conjunto de factores que van desde algunos más estructurales, como la posición de sexo-género, hasta variables más coyunturales como el tipo de entorno donde se da el encuentro. Sin embargo, los sentidos preestablecidos se pueden consolidar o poner en cuestión en el devenir de la interacción. Al abrir mi propia posición, atento a las respuestas (y preguntas) que esta genera, pueden emerger resignificaciones que habiliten otros roles distintos de los de cliente-prostituta. Como veremos más adelante, estas reflexiones no sólo fueron importantes metodológicamente para trabajar en el campo, sino que me ayudaron a comprender qué significaban las interacciones sexualizadas en el contexto comercial.

Tras muchos años de un silencio (pretendidamente) célibe[22], algunos textos han comenzado a discutir sobre el papel de la sexualidad y el erotismo en las investigaciones. Sin embargo, como suele suceder cuando una tendencia surge para contrarrestar a otra, algunas veces se hacen valoraciones sobre el papel de la sexualización en la relación con los y las informantes que pecan, por lo menos, de cierto simplismo. Tal es el caso cuando, a contramano de quienes afirmaban al celibato como una manera de garantizar objetividad y proteger el self de quien investiga, se plantea que entablar relaciones sexuales con nuestros informantes funciona como un puente que conecta mejor nuestro self con el de aquellas/os que investigamos. Esta posición presupone que el “buen sexo” funciona como una comunión y nos permite compartir dimensiones más íntimas y así franquear barreras intersubjetivas que bloquearían información muy rica (como afirma Ralph Bolton respecto a su trabajo de campo vinculado a las prácticas homosexuales, en (Kulick y Willson, 1995). Otras veces se sugiere, no necesariamente entablar relaciones sexuales, pero sí mostrarse como un/a investigador/a sexualizado/a como algo que puede servir –incluso a investigadores varones blancos heterosexuales– para construir un “nexo natural” con los informantes (Markowitz, 2003). Aunque esta última alternativa parece más viable en el caso de mi investigación, también resulta criticable la concepción naturalizada del sexo.

En estas posiciones subyace un sentido sobre el significado de la sexualidad que resulta problemático. De hecho, ya parece problemático asumir que haya un único significado sobre las sexualidades. Creo necesario comprender los distintos significados que en diferentes contextos pueden asumir las sexualidades y las prácticas sexuales. Incluso la identidad de género tampoco es una instancia subjetiva coherente, sino una serie de posiciones contradictorias, conflictivas y mutables que se establecen en contextos situados (Kulick y Willson, 1995). Entonces, tanto qué signifique ser varón como qué significaciones adquieran las prácticas sexuales no son algo que pueda ser definido fuera de las interacciones que se dan en el campo. En este sentido investigar sobre sexo comercial me ha interrogado constantemente sobre los significados que se asocian a las prácticas sexuales, cuestionándome si siempre el sexo es sinónimo de intimidad y de reciprocidad. Aquí las reflexiones metodológicas y epistemológicas se ensamblan dando paso directamente a algunos de los puntos centrales que conforman esta tesis, sobre lo que volveré en los capítulos subsiguientes.

Escenarios y protagonistas

En los siguientes apartados quiero, por un lado, dar algunas descripciones resumidas de las modalidades de sexo comercial que he investigado y, por otro, introducir a algunas entrevistadas. En consonancia con los objetivos de la tesis, estos relatos apuntan a comprender desde una mirada general sus carreras y sus diferentes posicionamientos en el sexo comercial. La descripción de las modalidades de sexo comercial y las historias de estas protagonistas funcionan ahora a modo de introducción narrada. Luego retomaré, antes de las conclusiones de la tesis, los casos de estas cuatro mujeres para reinterpretarlos a la luz del análisis.

Escenarios

El sexo comercial se organiza bajo múltiples variaciones locales, no obstante, es posible distinguir algunos rasgos centrales y delinear modalidades. Podemos partir de dos escenarios, el callejero y puertas adentro, donde se presentan diversas modalidades.

El sexo comercial callejero suele concentrarse en lugares de mucho tránsito, las cercanías de terminales de ómnibus o estaciones de tren, en algunas plazas y parques, o en avenidas y calles en áreas urbanas devaluadas. Las “zonas” del sexo comercial callejero se dividen por tiempo, según turnos, y por espacio, en distintas “paradas”. Dependiendo de los usos y costumbres de cada zona, del asedio policial y/o de diversos/as proxenetas[23], pueden haber distintos turnos. Aunque lo más característico es encontrar la oferta de sexo comercial por las noches, en muchas zonas es posible ver mujeres o travestis en sus “paradas” prácticamente en cualquier horario. El espacio suele estar celosamente dividido no sólo entre mujeres y travestis –que excepcionalmente pueden compartir las zonas–, sino también según las edades, las nacionalidades y/o etnias, y, especialmente, de acuerdo al tiempo que cada una lleva en su parada. Los clientes suelen pasar en autos para negociar las tarifas y servicios, pero también quienes están ofreciendo sexo pueden, además de esperar apostadas en algún punto visible, abordar a los transeúntes que detienen su mirada en ellas. En el contexto callejero las mujeres pueden trabajar individualmente y por su cuenta, explotadas por un/a proxeneta, o agruparse en pequeños conjuntos o duplas donde puede o no haber líderes según hayan pagado más o menos “derecho de piso”.

Dentro del sexo comercial puertas adentro, hallamos distintas modalidades. Los que se conocen como “privados” (o “PV”) son departamentos o pequeñas casas generalmente regenteadas. Esta es la modalidad que registra la mayor cuota de explotación según las entrevistadas, la gran mayoría de los avisos que se esparcen en la vía pública en Buenos Aires responden a esta modalidad. Aquí los clientes pueden llamar por teléfono o ser invitados por algún repartidor de avisos ubicado en las cercanías del departamento. Estos lugares, al no contar con ningún cartel o señalización –pues su intención es pasar desapercibidos– están diseminados por todo el ejido urbano y tienen distintos niveles –que inciden en la calidad de las instalaciones y en las tarifas que se cobran–. Una de las formas de funcionamiento más comunes en los “privados” consiste en la recepción de los clientes por el o la regenta quien informa las tarifas de los servicios y hace pasar una a una a las mujeres para que se presenten brevemente y los clientes seleccionen. Tanto de esta forma como en la variante donde las mujeres aguardan cada una en un cuarto (más común en hoteles o grandes inmuebles), no hay chances de filtrar clientes ni de fijar otras tarifas. Estas características cambian cuando los privados son autónomos, o sea, donde una o un pequeño grupo de mujeres asume los gastos de mantenimiento de un departamento y pueden llegar a compartir o “pasarse” algunos clientes, pero cada una administra sus ingresos de forma independiente. De esta última manera se organizan varias “escorts” (como dije, esta es la denominación nativa que hace referencia a un nivel más “exclusivo” expresado en las tarifas más altas). Para evitar las confusiones denominaré “privados” a la primera modalidad, regenteada por proxenetas, y llamaré “escorts” a quienes trabajan en departamentos o casas, pero de forma autónoma.

Puertas adentro también podemos encontrar los cabarets, boliches o whiskerías. Allí las mujeres alternan con los clientes mientras estos escuchan música y bailan o conversan, o ven algún show de striptease. El objetivo de las “alternadoras” es lograr que los clientes las “inviten” una determinada cantidad de copas y usualmente reciben una comisión por esos consumos. Pero, además, esa es la condición para poder abandonar el establecimiento con un cliente para hacer “la salida”, o hacer el “pase” en algún recinto del interior del cabaret. En el último caso los propietarios del cabaret cobran un porcentaje de la tarifa en concepto de uso de los cuartos. Cuando el encuentro sexual ocurre fuera del cabaret generalmente se utiliza algún hotel de las inmediaciones y es el cliente quien debe abonar la habitación. En esta modalidad es posible encontrar diversos niveles, con distintas tarifas tanto para la entrada y las “copas” como para los servicios sexuales, y además varían otros aspectos: el tipo de música, la ambientación, la forma de vestir de las mujeres y el lugar de la ciudad donde están ubicados. Así, mientras en un cabaret de una zona urbana degradada o a la vera de la ruta se escucha música popular con apenas algunas luces de colores y las mujeres semidesnudas abordan prestamente a los clientes, en un night club localizado en un barrio de clase alta se oye música electrónica tomando costosas bebidas importadas, mientras las mujeres vestidas de fiesta, conversan, bailan entre las luces y grandes pantallas de LCD, y miran aguardando a ser requeridas por los clientes.

Por último, otra modalidad puertas adentro, donde también podemos hallar diferentes niveles, es la que establece los contactos por teléfono. Aquí las mujeres o sus proxenetas, anuncian los servicios sexuales en los diarios, encubiertamente, o a través de páginas de Internet. Esta modalidad permite mayor flexibilidad, tanto en términos de horarios como de los lugares, ya que ambos son convenidos para cada encuentro. Así, en esta modalidad –que en San Juan se denominaba “trabajar con punto de encuentro”– la cita puede darse en un hotel; en un restaurante, o en otro punto de encuentro; en un departamento o casa, de quien brinda el servicio o bien de quien lo paga. Cuando es un o una proxeneta quien administra los contactos la modalidad suele llamarse “agencia”. Las “escorts” independientes usualmente también utilizan este método de contactos. Para ellas los aspectos positivos de la flexibilidad de horarios y lugares, tienen como contrapartida tener que entrar en contacto con algunos desconocidos, por lo que suelen hacer llamar más de una vez a los clientes nuevos para obtener información y tratar de descartar riesgos. Algunas, cuando ya tienen una cierta clientela más o menos estable, dejan de poner avisos y se limitan a un grupo de clientes ya conocidos y otros que llegan por recomendación.

Protagonistas

A continuación describo en líneas generales a algunas de las entrevistadas cuyos casos considero útiles para tener un panorama de las distintas experiencias y contextos, antes del análisis. Estos casos representan variantes en términos de las ciudades de residencia, las modalidades de sexo comercial, las edades, la vinculación o no con organizaciones, y me permiten reconstruir diversas formas de identificaciones. El tiempo presente utilizado en estas narraciones corresponde respectivamente a los momentos de cada una de las entrevistas. Todos los nombres y lugares han sido modificados para preservar la identidad de las entrevistadas.

Abril

Había conocido a Abril a través de María, quien me la presentó como una “chica muy interesante para charlar”. Después de algunas conversaciones combinamos para hacer una entrevista y me recibió en su casa al terminar su jornada. Era un departamento perfectamente equipado con mobiliario sencillo pero nuevo, muy cerca del parque más grande de la ciudad de San Juan, apenas a unas quince cuadras del centro comercial. Estaba vestida con unas delicadas sandalias, una remerita y un jean ajustado que marcaban su esbelta silueta, fruto del cuidado con dietas y el ejercicio en el gimnasio (apenas a unos metros de su casa). Abril tiene el pelo castaño largo cortado en degradé, las uñas pintadas, sus cejas prolijamente torneadas enmarcan sus ojos claros, sin mucho maquillaje luce un cutis perfectamente cuidado. Acepté el café que me ofreció y nos ubicamos en el living comedor, antes de sentarse me preguntó si me molestaba el humo, trajo un cenicero y encendió un cigarrillo.

Abril habla con seguridad y evitando usar lenguaje “vulgar”. En su voz ya casi no hay vestigios de la tonada sanjuanina que caracteriza al pequeño pueblo del interior de San Juan donde nació en 1986. A los 17 años no soportó más el pueblo, su “rebeldía” y su necesidad de “independencia” la llevaron a irse de la casa de sus padres y mudarse a la capital de San Juan. Abandonó la escuela secundaria y luego –me comentó rápidamente, casi con vergüenza– completó esos estudios en una escuela nocturna.

Recién llegada a la ciudad de San Juan se había encontrado con un alquiler y deudas que pagar. Después de un tiempo concluyó que los empleos precarizados que conseguía eran trabajar “como negra” a cambio de “unos mangos” que no eran suficientes. Buscó en los avisos clasificados del diario y llamó a una casa de “damas de compañía”, tomó un remis y empezó su recorrido en el sexo comercial. Con la estrecha moral sexual sanjuanina, Abril ya había sentido desde antes que su entorno la calificaba como “puta” por sus coqueteos con varones, por lo cual, según ella, hacer sexo comercial en relación a su imagen como mujer, era simplemente empezar a cobrar.

Al momento de la entrevista Abril llevaba siete años haciendo sexo comercial en diversos lugares y modalidades, según ella tuvo más sexo pago que gratuito. A pesar de su reputación como “puta”, había tenido su debut sexual a los 17 años y cuando empezó a hacer sexo comercial, “dos días antes de cumplir 18”, apenas tenía alguna experiencia. Los recuerdos la hacen reírse de su propia inocencia en esos primeros encuentros, pero me aclara que fueron momentos difíciles dónde tuvo que aprender muchas cosas. En el “privado” donde había comenzado a trabajar, acuciada por la necesidad económica, no se preocupaba demasiado por poner límites a los clientes ni tenía posibilidades de filtrarlos. Para Abril, lo único importante ahí era hacer “el pase” lo más rápido posible, considerando que sólo ganaba el 50%, era necesario sumar muchos clientes si quería ganar dinero.

Desde ese entonces Abril ensayó distintas formas de hacer sexo comercial: en cabarets en San Juan y luego en Mendoza, en Puerto Madryn en otro privado, en Río Cuarto, Villa Dolores, Córdoba capital, en Buenos Aires trabajando exclusivamente por contactos, entre otras. Relata distintas experiencias en este recorrido: ser explotada en los privados, divertirse en el ámbito festivo de los cabarets –aunque desgastada por el consumo de alcohol–, volverse frustrada de Madryn por no haber ganado casi nada de dinero –aunque dice que aprovechó para conocer–. Una de las vivencias que narra con mayor entusiasmo era la de viajar con algunos clientes. En esas ocasiones, no sólo ganaba sumas importantes de dinero, sino que además podía disfrutar de cenas, bailes y distintas actividades donde “no era un objeto sexual”. Marca así una gran diferencia respecto a cómo se sentía en el privado donde había “veinte mil chicas más” y toda la dinámica de funcionamiento la hacía sentirse un “objeto”.

Ahora Abril ha consolidado otra forma de trabajar, incluso dejó de publicar avisos hace ya un tiempo y se mueve exclusivamente entre “contactos”. Es decir, si alguien quiere tener un encuentro con ella deberá llegar a través de alguna de sus redes. Abril destaca tanto la selectividad que esta modalidad le permite como la discreción que puede garantizar. Por ello dice que jamás trabajaría en la calle, “no es que sea degradante” aclara, pero se cobra poco y no soportaría tener que estar con cualquier cliente, especialmente si no estuvieran bien higienizados –y, riendo, se admite “traumada” con los olores–. Tiene claro que una de las cosas que más exigen sus clientes es la discreción y mira con desengaño la hipocresía de las familias sanjuaninas que sólo se preocupan por las apariencias, “con la familia puede estar a las patadas, pero la sociedad no lo puede saber”.

Para Abril su actividad en el sexo comercial actualmente es algo que va más allá del “sólo sexo” e incluye saber cómo tratar a los clientes, generar lazos afectivos, no hacerlos sentir un “objeto” y tampoco sentirse ella de esa forma. En el trabajo señala dos puntos: un componente fundamental es “una cuestión de psicología” –lo cual relaciona con la carrera que estudia–. Esto da un marco diferente para el otro componente (sexual) pues Abril puede (y prefiere) sentir placer sexual y disfrutar sin culpa, previo haber dejado claro los términos del cobro. La claridad en los términos comerciales no le impide entablar relaciones de amistad con muchos de sus clientes. A la vez, ello tampoco niega la posibilidad de sostener contactos afectivos y sexuales con algún novio o affaire, sin demasiado romanticismo y siempre evitando cualquier situación que pueda producir “cuestionamientos”.

Abril no conoce ninguna organización de mujeres dedicadas al sexo comercial –salvo las organizaciones “mafiosas”– y prefiere no involucrarse con demasiada gente, ni clientes ni compañeras. Mantiene en secreto su actividad en el sexo comercial, pues su familia no lo vería con agrado. Sólo su hermana, que hizo una breve incursión en el sexo comercial, está al tanto. Por momentos Abril deja entrever que quisiera poder compartir sus relatos sobre el sexo comercial con algunos amigos sin tener temor a la reacción. Sin embargo, no vive el ocultamiento hacia el resto de su familia con angustia, por momentos piensa que sus padres y hermanos deben intuirlo y no le preocupa. Simplemente opta por no hablar de eso con sus padres, prefiere hablar de sus estudios de psicología, que no sólo le dan placer, sino orgullo.

De hecho, mencionó desde el principio de la entrevista que estaba estudiando Psicología y varias veces lo relaciona con su trabajo en el sexo comercial, tanto por su concepción de este, como porque le permite solventar el pago del instituto privado donde estudia. Abril se preocupa por priorizar su carrera como psicóloga y acomoda los encuentros con sus clientes de forma tal que no le interrumpan sus tiempos de estudio.

Descreída de los relatos victimizantes, Abril afirma que el sexo comercial le gusta, lo puede disfrutar y gana muy bien –incluso ironiza sobre sus ingresos diciendo con una sonrisa “y… ganaré por mes… 1500 pesos”–. Sin embargo, según ella no le queda mucho tiempo más en el sexo comercial, siente que con 25 años ya está empezando a ponerse vieja y todo el mundo la conoce. Le gustaría “establecerse” una vez que se retire –aunque aún no lo ha planificado demasiado– dedicarse a la psicología y a cuidar a sus padres, algo que ninguno de sus hermanos mayores hará.

Doris

En un primer momento Doris se mostraba desconfiada sobre el tono personal de las entrevistas y celaba a sus compañeras de organización. Ella estaba acostumbrada a responder entrevistas, pero hablando sobre el papel de la organización, su historia, cuáles son sus demandas. En ese terreno y en el de la prevención de VIH Doris tenía un repertorio armado. Finalmente, sus compañeras disiparon sus sospechas y accedió a aventurarse en el territorio más desconocido que le planteaba mi entrevista.

Doris tiene la piel de su rostro surcada por las arrugas y los ojos hundidos en ese rostro, estaba vestida con un buzo y un jean sueltos, el pelo aún teñido de rubia para ocultar, infructuosamente, sus 52 años. Fue la mayor de las entrevistadas. Doris se siente más cómoda cuando puede hablar usando lenguaje coloquial, le molestan los formalismos. Habla y fuma mucho. Recuerda con melancolía, pero también con picardía.

Nacida en Chaco en 1959, había aprendido de pequeña a trabajar el mimbre para comprar sus cigarrillos y ayudar a sus padres. Migró a Buenos Aires con sus siete hermanos cuando aquellos murieron. Sin saber leer ni escribir se lanzó a la gran capital donde la aguardaba el trabajo doméstico, el “trabajo por hora” como ella y las mujeres de la plaza de conchabe lo llaman. También cerca de la plaza hizo durante un tiempo trabajo de cocinera preparando “copetín al paso”. Aunque ha vivido en provincia de Buenos Aires y en otros lugares de Capital, Doris se siente más identificada con el barrio porteño donde trabaja que con su pueblo natal.

Se casó “de grande” según ella, pero profundamente enamorada, y para Doris el amor es algo “sagrado”. A los dos años de casada, con 26 tuvo su primer hijo, “ya sabía lo que hacía”. Al cabo de unos años más, alquilaba una vivienda en una ciudad pequeña de provincia de Buenos Aires. Allí vivía con su marido y tenía cuatro hijos para alimentar, dos propios y dos del matrimonio anterior de su marido. “El dolor por la viudez que él llevaba”, reflexionaba Doris, pudo haber sido el principio de la crisis de su pareja. Además, los ingresos del trabajo nocturno de su marido no eran suficientes. Ella “siempre fue de trabajar” y a los 31 años, tras discutirlo con su esposo, retomó el trabajo doméstico. Pero allí mismo donde se paraba para ofrecerse como empleada doméstica conocerá un rumbo inimaginable para ella. En la misma plaza se encontraba con grupos de mujeres que ofrecían sexo comercial (algunas de ellas también habían trabajado “por hora” antes). Doris ayudaba a estas mujeres a esconderse de la policía y también recibía ayuda de ellas en momentos de necesidad económica, hasta que después de un año de haber vuelto al trabajo doméstico, un día de febrero en la época en que más desciende la actividad de las que trabajan “por hora”, Doris comenzó a hacer sexo comercial.

Desde su inexperiencia en el terreno del erotismo será guiada por sus compañeras para aprender el oficio y lo primero que aprendió es que el placer debe ser para el cliente y no para ella. El desvanecimiento de aquel amor que la unió a su marido es, visto retrospectivamente, también algo que le permite entender a Doris cómo empezó a hacer aquello que había considerado un “pecado mortal”. Sólo persistía un respeto al matrimonio que hizo que “ni con el pensamiento le [haya] puesto los cuernos”. En ese contexto, sin reconocerlo, se enamoró de un cliente con el que salió durante tres meses. Aun casada disfrutaba las salidas, los paseos y comidas, pero jura que nunca tuvo un orgasmo con ese cliente. Hasta que un día lo vio salir con otra chica, según Doris ese fue el día que se “despertó” y se dio cuenta que ella era “una prostituta más, lo que la sociedad más discrimina”.

Luego se separó de su marido, perdió su casa y todas sus pertenencias, “porque así era en esa época” –previa a la ley de divorcio–. Del matrimonio sólo le quedaron dos hijos y los recuerdos de aquel amor, perdió también las esperanzas de volver a enamorarse de algún hombre –sobre todo habiendo conocido las constantes “traiciones” de estos–. Pero Doris ganó la libertad, según ella, de no estar atada a ningún hombre, y también ganó un nuevo amor: su militancia en la organización.

En un principio Doris era escéptica, no creía que las mujeres como ella pudieran tener algún derecho, para ella eran “NN”[24]. Pero ella, aún descreída, “era de querer ver las cosas”. Así fue que su compañera más cercana, su dupla en el trabajo, la convenció de ir a una reunión. Hasta antes del 2002 Doris seguía desconfiando cuando escuchaba lo que proponían las compañeras de las organizaciones. Una de las tantas veces que sus colegas de la plaza le pidieron ayuda para una mujer que había sido detenida, puso a prueba la palabra de las mujeres que dirigían las organizaciones. Tuvo una respuesta positiva y le enviaron abogados para ayudarla, ese día Doris comenzó a creer y a militar en la organización.

Desde entonces, Doris cambió su mirada respecto al sexo comercial, dejó de considerarlo un pecado y de “autodiscriminarse”. Ahora, separada, sigue manteniendo la estructura que aprendió al empezar el oficio (el placer es para el cliente y no para ella) pero ya no sostiene la sanción moral al placer propio. Para ella el “trabajo sexual” es un trabajo como cualquier otro, con la única diferencia que utiliza sus genitales para hacerlo. Dice que no es una elección como las de las clases más altas, sino que es una “opción” cómo las que suelen tomar las “clases pobres” sin muchas alternativas. Por eso lucha por “el reconocimiento del trabajo sexual” y para mejorar las condiciones laborales de sus compañeras.

Tras haberse “empoderado”, logró resituarse en el vínculo más problemático para las mujeres que hacen sexo comercial: pudo contarles a sus hijos que era una prostituta o una “trabajadora sexual” sin sentir remordimientos por ello, algo que pocas han hecho. Para Doris superar ese momento y dejar de estar sobrellevando este secreto en sus espaldas fue “sacarse una gran mochila”. Poder cambiar su perspectiva la pone en un lugar distinto en su familia, e incluso le permite interrogarse si realmente su ex marido ignoraba la actividad que ella hacía.

Doris dice que no le queda mucho tiempo más en la calle, quiere dedicarse a la organización y a sus nietos. La plaza que la vio crecer y donde trabajó toda su vida pronto no la verá más –aunque alguna de sus compañeras comenta que desde que está con la organización ya casi no viene a trabajar–. Sin embargo, el retiro del “trabajo sexual”, que percibe cercano, le deja por delante muchos años más para dedicarse a “la lucha” y defender los derechos de sus compañeras.

Beatriz

La entrevista con Beatriz fue muy extensa, al menos eso consideraban las dirigentas de su organización. Charlamos en tres ocasiones y al principio dudaba de la percepción de sus compañeras y el enfoque de la entrevista. Tras asegurarle el anonimato, Beatriz me relató con más tranquilidad su paso por el sexo comercial.

Antes de comenzar la entrevista Beatriz se pone los anteojos que cuelgan de su cuello e intenta trabajosamente responder un mensaje de texto en su celular. Estaba vestida con una blusa rosa y una pollera larga que cubrían su generoso cuerpo, no tenía ningún maquillaje, solo sus cabellos apenas teñidos de rubio que se mezclaban con algunas canas y una mirada expectante. Tenía 51 años cuando la entrevisté, el acento salteño había desaparecido en su hablar, había vivido casi la mitad de su vida en Buenos Aires.

Beatriz afirma que tuvo una “infancia muy jodida” con muchas carencias de todo tipo. Sin haber aprendido a leer ni escribir, sin haber entrado jamás en el sistema educativo, Beatriz tuvo una hija a los 16 años y se había casado muy joven, enamorada de un muchacho de su provincia. Su marido era muy tierno con ella, le hacía regalos y le mostraba todo el tiempo su amor. Por primera vez, a ella que no había sabido “ni lo que era un zapato”, alguien le mostraba una perspectiva distinta. Él le contó sobre la señora de un amigo, que “trabajaba así” y la podía ayudar a empezar, le habló de comprar una casa, viajar y salir de esa vida miserable que había tenido.

A los 19 años, en sus comienzos en el sexo comercial, Beatriz estaba un poco confundida, y según ella no comprendía bien lo que estaba sucediendo, pero seguía confiando en su marido y los obsequios que él le daba. Recién mucho tiempo después comprendió la situación de otra forma, dice que antes el enamoramiento y el relativo bienestar le impedían notar la explotación: “vos no te das cuenta de que sale eso de tu cuerpo”. Se “paraba” en una esquina cerca del centro comercial de Salta donde comenzó a sufrir el maltrato policial y las repetidas y prolongadas detenciones –hasta por 70 días–.

En 1984, el año que tuvo a su segunda hija, migró, la “trajeron”, a Buenos Aires. Aunque no tan violenta como en Salta, la persecución policial continuaba en la Capital Federal. Al llegar comenzó a trabajar en Palermo, pero luego rotaba hacia Flores y Constitución para evitar los arrestos. En los años del final de su carrera Beatriz se quedó en este último barrio, luego de que su marido negociara con la policía y con los otros proxenetas. Al maltrato policial se sumó el de su propio marido, el amor ya había desaparecido y Beatriz dormía con cancanes, pijamas y todo lo que pudiera para que él no intentara tocarla. Aquel tierno novio se había tornado un “alcohólico y adicto” que la “basureaba” constantemente. Las amenazas de muerte contra ella y sus hijos la disuadieron por un tiempo de huir, pero tanta violencia comenzó a encontrar respuesta. Beatriz llegó a intentar apuñalar a su marido, “gracias a dios no le hice nada porque se cerró la cortaplumas, dios sabrá por qué no habrá pasado eso”.

Finalmente 7 años más tarde, cuando Beatriz tenía 31 años, harta de la violencia y el maltrato logró abandonar aquel vínculo. Llevándose a su hijo con ella dijo: “No, basta, acá me planto. Me voy. Así como te di de vivir a vos, me voy a trabajar para mí”. Había logrado juntar algo de dinero y alquiló un pequeño departamento. Beatriz dice que hasta entonces no sabía manejar el dinero que ganaba porque se lo entregaba todo a su marido-proxeneta, no sabía manejar su vida autónomamente, según ella era como una adolescente hasta ese momento. A partir de alejarse de aquella situación opresiva y poder administrar su dinero comenzó a cambiar: “salir, saber lo que era una cena, vivir tranquila, saber ir a un baile tal vez, ir a pasear con mi hijo, sí, cambió un montón mi vida”.

Beatriz había aprendido el oficio, se había ganado la parada, se defendía de los otros proxenetas que, como no podían controlarla, la aislaban de sus compañeras. Beatriz había asimilado tácticas para mejorar sus ingresos, ahora los podía disfrutar. Pero el disfrute sólo estaba asociado al dinero y el consumo, pues ella había aprendido a ser “profesional” y se esforzaba mucho por evitar el placer sexual o, en su defecto, ocultarlo. Incluso aunque Beatriz tuvo algunos clientes que eran “buenos amigos” –como uno que la ayudó y acompañó durante su tercer embarazo–, siempre puso el placer junto al amor, del lado de su vida personal. Varias relaciones se sucedieron y entrelazaron en la vida de Beatriz, pero siempre respetando ese esquema. Así, se volvió a enamorar de quien fue el padre de su segundo niño. Durante seis años estuvo en una relación con él, pero cuando finalmente él dejó a su esposa, la pareja con Beatriz no prosperó. Ahora él la “ayuda un poco” con su hijo, pero no tienen otro vínculo. Otro hombre, un cliente conocido de hacía muchos años, se había enamorado de ella. Beatriz tenía una motivación económica y durante un tiempo se pusieron de “novios”. “Yo no lo quería, yo lo quería por lo que él me daba, ya no me pagaba, ya me daba lo que yo le pedía”. A pesar de la buena posición económica de este hombre y del buen trato hacia ella y su hijo, Beatriz “no podía amarlo”. También tuvo otras dos relaciones de pareja, durante las que Beatriz dejaba de trabajar o trabajaba intermitentemente, pero siempre retornaba el desamor y/o la infidelidad. Ahora dice que busca mantenerse alejada de cualquier posibilidad amorosa.

Al momento de la entrevista Beatriz llevaba cerca de quince años militando en la organización. Convocada por otras compañeras, había comenzado en “la lucha” durante los 90’ con las primeras manifestaciones. El espacio de la organización ha sido muy importante para darle contención a Beatriz y para impulsarla a abandonar su “situación de prostitución”. En la organización estaba haciendo sus primeros pasos para alfabetizarse. Allí también ha recibido ayuda psicológica para el “problema de los nervios” que tiene desde antes de separarse de su marido. Ahora sabe que ese que llamaba “marido” era un “proxeneta”. Beatriz agradece a dios la muerte de este hombre, a continuación pide perdón a dios por eso y me cuenta que hace algún tiempo viene intentando incorporarse a la religión cristiana que le da “mucha paz espiritual”. También me dijo, al principio de la entrevista, que sólo dios sabía que ella tenía que tomar un ansiolítico cada vez que –cada tanto y cuando tenía mucha necesidad de dinero– volvía a hacer eso que ahora había aprendido que no era un trabajo. Beatriz quería dedicarse a ayudar a esas otras mujeres:

me hace mal ver a mis compañeras ahí que están todavía trabajando porque, porque como yo te digo, no tienen otro recurso, ellas lo llaman trabajo, esto no es un trabajo ¿Me entendés? Nosotras no lo aceptamos como trabajo, aprendí ahora.
Mabel

Contacté a Mabel a través de una pequeña ONG de lucha contra el VIH/sida donde ella eventualmente colaboraba. Desde el primer momento se mostró muy dispuesta a dialogar, Mabel tiene cientos de historias y anécdotas por contar y disfruta relatando vertiginosamente e intercalando chistes, describiendo personajes y vívidos detalles.

Nos encontramos en un living que servía como oficina de la ONG, mi contacto se retiró y nos quedamos charlando y compartiendo mates con Mabel. Llevaba una pollera de jean desflecada por encima de la rodilla y lucía un largo collar por encima de una remera escotada, el pelo rubio con flequillo, los rasgos marcados y los labios pintados.

Mabel ha nacido y vivido sus 45 años en Rosario. Aunque no consiguió concluir sus estudios secundarios dice que viene de una familia de “clase media con buena educación”. De todas las decisiones de su vida sólo se arrepiente de haber despilfarrado demasiado dinero. A los 20 años salía con un muchacho a escondidas de su madre, “si sabía quién era me mataba, o sea, él no era un ladrón, pero era un muchacho que tomaba alcohol…”. Juntos conocieron el boliche de una amiga, una whiskería donde salían a divertirse y tomar whisky. La dueña ya había mirado a Mabel de pies a cabeza y le había dicho “vos tenés futuro acá”. Mabel quedó embarazada de su novio furtivo y tuvo su primer hijo. Según cuenta, a los 8 meses de haber tenido a su hijo el padre “cae preso”. La situación se tornó crítica, su madre y su abuela tuvieron problemas de salud. Al salir de la cárcel su marido la contactó con una amiga dueña de una whiskería. Mabel ya no ocultaba frente a su madre al padre de su hijo –se había mudado con ellas–, pero sí mantenía en secreto la actividad que hacía (decía que iba a cuidar a un enfermo). En la casa de un amigo tenía escondido un ropero repleto de prendas de última moda, allí se cambiaba cuando iba a trabajar. Cuando su madre supo que trabajaba en la whiskería, negó la faceta sexual y le dijo que sólo servía copas.

Luego Mabel experimentó otras modalidades –salió a trabajar en las calles, las rutas y playas de camiones cercanas a Rosario– para incrementar sus ingresos. Desde entonces tuvo que aprender a convivir con la corrupción de la policía rosarina. Los empleados de la “Brigada de Moralidad” sostenían la costumbre de cobrar coimas y/o llevar detenidas a las mujeres que ofrecían sexo comercial. Aun así, Mabel mejoraba sus ingresos, primero se mudó a un hotel y luego alquiló una casa. Cuando ya tenía clientes fijos que le “pagaban muy bien”, pudo comprar una casa y al tiempo tenía un bar. Allí tenía anotado a su “marido” como mozo aunque él no hacía este trabajo. “Sí, tuve un marido que me explotó también, siempre hay una primera vez” dijo Mabel, y aclaró que “no es que me explotaba, a mí en una palabra me cabió porque si a mí no me hubiera gustado algo…”.

Pero luego de unos 6 años de esta situación Mabel decidió que ya había sido suficiente tiempo de mantener a su pareja. “Hasta aquí llegó mi amor”, vendieron la casa y ella se fue con su hijo. Un año y medio más tarde conoció al que sería el padre de su segundo hijo. Mabel siente que amaba a este hombre, porque notó que la quería. Según sus palabras, él la retiró de la calle, mientras estuvieron juntos, hasta que un accidente la dejó viuda.

Aun en este período en que estuvo “retirada” de la actividad, Mabel no dejó de frecuentar las esquinas y los bares que compartía con sus compañeras. Su pareja no tenía problemas con eso, “él me conoció así”. Mabel aún hoy disfruta, no tanto los encuentros con los clientes, pero sí del “ambiente” de la noche, las salidas y las andanzas con sus compañeras. Se lamenta por la muerte de algunas de ellas y el retiro de otras. Mabel, tras los enfrentamientos con la policía y con otras mujeres, había consolidado un grupo de cinco mujeres que trabajaban en una esquina, se rotaban para salir con los clientes, sin competir entre ellas. También atacaban a las invasoras de su parada, Mabel sabe que la calle es un territorio difícil y donde debe ganarse el respeto de las y los demás. Explica: “las paradas se respetan porque es cuestión de vida o muerte. O sea, una ya es veterana y yo no voy a matar una persona… pero sí le doy…” y luego aclara que ya no pelea a golpes de puño, prefiere “herir” con las palabras.

A lo largo de sus años en el sexo comercial Mabel vio morir a algunas de sus compañeras con VIH/sida. Desde entonces ella se informó y colabora con las campañas de prevención, tanto con la ONG con la que me contacté, como con la organización de “trabajadoras sexuales”. Allí conoció a Sandra Cabrera y luego participó en la lucha por el esclarecimiento de su crimen. Mabel, dice que va a luchar para que nunca vuelva la “Brigada de Moralidad” y su corrupción, y también para ayudar a informar a las mujeres más jóvenes que hacen sexo comercial sin cuidarse y “por la bolsa” (por cocaína). Sin embargo, decidió distanciarse de AMMAR, colaboraba con ellas y con la ONG sin sentirse completamente parte de ninguna. Mabel hace las cosas a su manera, no usa pseudónimo para trabajar (“soy Mabel de noche y de día”), mezcla los santos católicos con los de la religión umbanda, le gusta ayudar a sus compañeras, pero no se aferra a las instituciones. Antes tuvo viviendo en su casa a una compañera que había contraído tuberculosis y había adoptado “como si fuera un hijo”, y a un “chico travesti” –”de día es un chonguito” pero “a la noche sale montado”– que está infectado con VIH. También convive con su hijo menor, un “amigovio” y de a ratos con su hermano que “viene y va”. Mabel dice con una sonrisa “somos una familia”, y siente que tiene una muy buena familia. Pero también hay otra familia que interpela desde los márgenes a Mabel:

Nosotros somos más marginados siempre porque [dicen] “¡ah!” las trabajadoras sexuales y los travestis “esta gente de la noche…” ¡No!, somos una familia grande, que algunos sirven y otros no, pero tratémonos de rescatarlo’, son seres humanos, tienen derecho a vivir, ¡tenemos derecho!

  1. Una crítica a los presupuestos de la etnografía clásica “malinowskiana” puede hallarse en el debate entre George Marcus y Judith Okely (2007). Ejemplos de las dificultades de plantear un enfoque etnográfico más clásico en estudios sobre prostitución se relatan en la investigación de Lorraine Nencel (2000) –quien encontró graves restricciones para entablar vínculos estables y obtener la cooperación de sus informantes–.
  2. De todas formas no he seguido puntualmente los pasos para la generación teoría fundamentada (grounded theory) tal como señalan Strauss y Corbin (ver en Jones, Manzelli y Pecheny, 2007), sino una variación libre.
  3. “La observación participante nunca es del todo neutral o externa pues incide en los sujetos observados; asimismo la participación nunca es total excepto que el investigador adopte, como “campo”, un referente de su propia cotidianeidad; pero aun así, el hecho de que un miembro se transforme en investigador introduce diferencias en la forma de participar y de observar” (Guber, 2001: 62)
  4. Algunas de las dimensiones de observación fueron: formas de manejar el cuerpo y gestualidad en la “parada” o en el cabaret; vestimentas, distancias y diálogos entre las mujeres que realizan sexo comercial; formas de abordar o aguardar a los clientes (proximidad, lejanía, gestos, tiempo que dura la negociación); disposiciones en el espacio, movimientos y lugares ocupados, relaciones entre las mujeres, horarios.
  5. La concepción de la observación participante como la técnica más completa, por sobre la entrevista, como sostenían Becker y Geer (ver en Atkinson y Coffey, 2001), tiñe de naturalismo a los comportamientos y concibe a la observación como la lente que puede captarlos en su transparencia.
  6. Una profesora me había aconsejado “desconfiar” y “no creerle todo” a mis entrevistadas. Desde mi perspectiva, no tiene mucho sentido desconfiar de lo que las mujeres me relataron. En todo caso mi clave de análisis ha sido la de comprender desde dónde y por qué optaban por relatar determinados eventos y de determinadas maneras, más que chequear la correspondencia de los relatos con los eventos.
  7. Entre otras varias reuniones y eventos llevados a cabo por las distintas organizaciones, fue de especial importancia la participación en la “Primera Consulta Nacional sobre Trabajo Sexual”. En esta reunión, que tuvo lugar en agosto del 2008, se congregaron trabajadoras sexuales de distintas provincias del país. Las discusiones mantenidas, organizadas en torno a tres ejes (violencia, estigma y discriminación; condiciones laborales y VIH/sida), dieron cuenta de las principales vulnerabilidades que marcan a estas mujeres y travestis, pero además fue un marco excelente para contrastar las diferencias y similitudes que se producen en distintas ciudades del país.
  8. El propio programa tiene una función llamada “Relevant text search” que entusiasma al/la usuario/a. Al ejecutarla emerge una ventana y aclara: “Mission impossible: Do you believe in magic?” recordándonos que los procesos interpretativos complejos del análisis no pueden conocerse bajo fórmulas preconcebidas y sólo pueden ser ejecutados por las y los investigadores.
  9. En un nivel anecdótico –pero ilustrativo del conjunto de diversos obstáculos para acceder al campo– puedo mencionar los bloqueos a las páginas de internet que tienen contenidos asociados a prostitución en las computadoras del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires.
  10. De todas formas, había optado por desechar algunas vías más problemáticas. La primera de ellas fue el uso de “métodos encubiertos”, utilizados en algunas investigaciones sobre mercado del sexo (ver Sanders, 2006). Un involucramiento profundo con sujetos investigados/as encubriendo los fines de investigación no sólo sería cuestionable desde un punto de vista ético, sino también metodológica y epistemológicamente, al menos para mis concepciones –más abajo retomaré este punto–. Otras/os investigadores han logrado un acceso al campo a través del contacto con las fuerzas policiales, sin embargo, esta vía me resultaba también problemática por el papel opresivo de la policía en relación a las mujeres en el sexo comercial –Sharpe señala que estas relaciones demandan una flexibilidad que bordea la esquizofrenia (citada en Sanders, 2006: 460)–. Acceder al campo como agente de servicios sociales o de salud hubiera generado confusiones y probablemente disminuido la posibilidad de indagar en temas personales, tal como señala Frances Shaver (2005: 302), además de tener que adaptar los objetivos de la investigación para compatibilizarlos con los de dichas instituciones. A su vez, también descarté pagar remuneraciones en dinero a cambio de las entrevistas por dos motivos. Por un lado, por la ausencia de recursos que me permitieran pagar montos apreciables para las entrevistadas, en particular para las escorts. Por otro lado, estimo que es muy difícil manejar con certeza los sentidos que introducía la mediación monetaria en la relación con las entrevistadas. Según algunos estudios el pago por las entrevistas en el contexto de prostitución puede significar la mercantilización del vínculo con las entrevistadas (Russo, 2008). Aunque los vínculos mediados por el dinero que estas mujeres tienen con los clientes pueden llegar a tener un cierto grado de intimidad (ver capítulo 6) esto sólo ocurre en algunas ocasiones y cuando la relación se sostiene en el largo plazo (muchas veces varios años). En este marco, las probabilidades de poder lograr un buen rapport en una entrevista paga parecían muy bajas, además el riesgo de la asimilación con un cliente aumentaba (más abajo me referiré a los problemas que esto acarrearía).
  11. Sólo en los últimos dos meses del trabajo de campo comenzó a gestarse una filial de AMMAR CTA, cuya continuidad está en duda al momento de escribir esta tesis.
  12. Sobre sexualidad y transmisión de VIH en el sector del transporte, que incluía al vínculo de camioneros con mujeres y travestis que practican sexo comercial (Pecheny, 2008b)
  13. A los estudios de Múgica (2001, 2009) se puede agregar, entre otros, el libro de Zinni e Ielpi (1992)
  14. También en Rosario tienen gran vigor organizaciones vinculadas a la diversidad sexual y las políticas de salud pública (sobre todo las relativas al VIH/sida y otras ITS).
  15. Este barrio concentraba el sexo comercial durante la época de reglamentarismo (Múgica, 2001)
  16. Más allá de las características de mi investigación, las dificultades para establecer generalizaciones en relación a la prostitución incluyen no sólo la dificultad del acceso al campo –que implica que la mayor parte de la literatura se base en muestras de conveniencia– sino que también las estadísticas sobre la temática son incompletas y poco confiables, y la historiografía sólo cubre algunos períodos. Según Ronald Weitzer muy a menudo en los estudios que parten de un marco de feminismo radical –los que llama victimization studies– “las conclusiones extraídas de muestras de conveniencia y por ‘bola de nieve’ no son debidamente caracterizadas como no-generalizables” (2005: 938). Además, Weitzer afirma que en estos casos usualmente las muestras están sesgadas por obtener entrevistas en lugares donde la victimización puede estar sobrerrepresentada, o directamente no se dan detalles de la metodología empleada.
  17. Siguiendo a Ana Lía Kornblit, pienso que la investigación con estrategias cualitativas: “se trata de un tipo de trabajo intensivo más que extensivo, con lo que se pierde la posibilidad de generalizar. Sin embargo, ello no implica dejar de lado la aspiración a llegar a un nivel de abstracción mayor que el de aquello que se describe. Al establecer la significación que determinados contenidos o determinadas prácticas tienen para los actores, se muestra simultáneamente algo sobre la sociedad a la que ellos pertenecen, y es posible que eso pueda extenderse a contextos más amplios”. (Kornblit, 2007: 9)
  18. Algunos fragmentos de esta sección han sido reelaborados a partir de un artículo anterior (Morcillo, 2010)
  19. Ver también en la discusión sobre esta investigación en Adler y Adler (1994).
  20. El “chamuyo” y la “psicología” son términos utilizados en la jerga, en el capítulo 5 me referiré al uso que hacen las mujeres que ofrecen sexo comercial.
  21. En este punto aparecían algunas diferencias en el caso de las travestis con quienes los juegos de seducción y las ofertas de “servicios” podían continuar, sin desaparecer del todo en ningún momento.
  22. El nombre del volumen compilado por Kulick y Margaret Wilson (1995) es elocuente, Taboo: sex, identity, and erotic subjectivity in anthropological fieldwork.
  23. Estos pueden ser varones o mujeres, donde los primeros serán generalmente los esposos o parejas de alguna de las mujeres, y las segundas mujeres que llevan más tiempo haciendo sexo comercial o se han retirado del mismo y cobran a las novatas o las extranjeras.
  24. Las iniciales “N.N.”, del latín nomen nescio, significan “nombre desconocido”, además connota alguien sin importancia para la sociedad.


Deja un comentario