En este capítulo se abordan los aspectos teóricos de la Identidad desde una perspectiva psicosocial a partir de autores referentes sobre el tema e investigaciones. Se abordará la socialización como proceso en el cual se construye la identidad, la identidad transexual, la afirmación de género y la vulnerabilidad.
La Identidad
Según Erikson (1972) la identidad es una definición de sí mismo. Es responder a la pregunta ¿quién soy yo? Se trata de una necesidad que el ser humano no podría estar sano si no encontrara algún modo de satisfacerla (Fromm, 1993). Es una necesidad afectiva (por ser sentimiento), cognitiva (por significar conciencia de sí misma/o y de la otra y el otro como personas diferentes) y activa (el ser humano tiene que tomar decisiones haciendo uso de su libertad y voluntad) (Fromm, 1993). Se puede afirmar, entonces, que la identidad tiene que ver con nuestra historia de vida, que será influida por el concepto de mundo que manejamos y por el que predomina en la época y lugar en que vivimos (González, 2004). Por lo tanto, hay en este concepto un cruce persona-grupo-sociedad, por un lado, y de la historia personal y social, por otro. Y es en este punto, cuando las personas, los grupos y las culturas tienen conflictos de identidad (González, 2004).
Desde la perspectiva de Serón y Catalán (2021) la identidad es, por encima de todo, un dilema. Un dilema entre la singularidad de uno mismo y la similitud con nuestros congéneres, entre la especificidad de la propia persona y la semejanza con los otros, entre las peculiaridades de nuestra forma de ser o sentir y la homogeneidad del comportamiento, entre lo uno y lo múltiple. Pero la identidad es también un constructo relativo al contexto sociohistórico en el que se produce, un constructo problemático en su conceptualización y de muy difícil aprehensión desde nuestras diferentes formas de teorizar la realidad social (Serón y Catalán, 2021).
Para Íñiguez (2001) la singularidad, la unicidad, la exclusividad parecen ser características imprescindibles, al menos en nuestra cultura, de eso que llamamos identidad. A estas características hemos de añadirles sin duda una cierta continuidad en el tiempo, aunque la temporalidad identitaria como tal reproduzca de nuevo la tensión entre lo igual y lo diferente: todos nos sabemos la misma persona que fuimos en el pasado, pero al tiempo nos reconocemos como cambiadas y diferentes (Íñiguez, 2001).
Bajtín (2015) diseñó el estudio de la constitución del ser, siempre en función del otro, de la alteridad.
La Perspectiva de George Mead
Esta idea del otro en la construcción de la identidad nos lleva a Mead (1934/1999) quien considera que el self o sí mismo supone la capacidad reflexiva a través de la cual el individuo es capaz de observarse a sí mismo desde la perspectiva de los otros, es decir: se vuelve un objeto para sí. El desarrollo del self y de la mente es un proceso social; resulta de la participación del individuo en interacciones con otros individuos.
La idea parte de la noción de espejo de Cooley (1902): los otros reflejan a modo de espejos las imágenes que nosotros damos y es a partir de esa imagen de dónde generamos la identidad self.
La Perspectiva de Berger y Luckmann
Berger y Luckmann (1967) toman la construcción de la identidad de Mead (1934) y también de Cooley (1902). Para estos autores la identidad se construye en la interacción social, a partir del constructo “yo especular”. Es el otro quien tiene la cave de mi identidad, pero en la práctica es un interjuego entre lo objetivamente atribuido y lo subjetivamente asumido. De ahí que la identidad asumida sea diferente para cada uno.
Berger y Luckmann (1967) toman la idea de Mead de que no nacemos miembros de la sociedad, pero que llegamos a serlo por la interacción social, a partir de la incorporación del lenguaje. Por medio de éste, el niño internaliza: sociedad, realidad e identidad. Ese proceso de internalización se da en la socialización, en especial en la primaria, que finaliza cuando cristaliza el otro generalizado en la conciencia. Se trata de un proceso a cargo de los otros significantes, por lo que se produce con una gran carga afectiva. Agregan los autores que existen esquemas de socialización para hombres y mujeres en cada contexto social, porque se llega a ser lo que la cultura prevé. Berger y Luckmann (1967) consideran que cuando esto no sucede, es porque hubo alguna falla en el proceso de socialización, y que apareció la opción cuando no debía ser así. Es de destacar que se trata de un texto sociológico que no se interesa en particular por la identidad sexual.
La Perspectiva de Butler
Butler sostiene que, en la modernidad occidental, se ha construido e instituido un régimen normativo en lo concerniente al género y la sexualidad: la heteronormatividad o heterosexualidad obligatoria (Butler, 1990/2007, p. 8; Femenías, 2002). Este régimen define cuáles son las identidades de género inteligibles y correctas, y castiga aquellas que no lo son. Según los cánones de la heteronormatividad, solo existen dos identidades sexuales verdaderas, a saber: hombre y mujer.
Así, por ejemplo, para ser considerado como hombre dentro de los patrones de esta matriz cultural, un individuo debe contar con órganos genitales definidos como masculinos, seguir prácticas de género adscriptas normalmente a la masculinidad y orientar su deseo a sujetos del sexo femenino.
En caso de no existir una concordancia perfecta entre estos tres aspectos de la sexualidad, el sujeto en cuestión es estigmatizado como anormal y sometido a rigurosas consecuencias punitivas. Efectivamente, para Butler, la matriz cultural heterosexualista “exige que algunos tipos de ‘identidades’ no puedan ‘existir’: aquellas en las que el género no es consecuencia del sexo y otras en las que las prácticas del deseo no son ‘consecuencia’ ni del sexo ni del género” (Butler, 1990/2007, p. 73). Estas identidades falsas o ininteligibles son víctima de una severa violencia excluyente que las condena a una suerte de “suspensión de la vida, o [a] una sentencia de muerte sostenida” (p. 24).
Desde el punto de vista butleriano, un actor social cumple con el guion del drama de género cuando intenta personificar con relativo éxito el papel de género que le fue asignado en su nacimiento. Se trata de un intento de personificación, y no de una personificación lograda, porque los ideales morfológicos de género -la masculinidad y la feminidad- son, en última instancia, “sitios ontológicos fundamentalmente inhabitables” (Butler, 1990/2007, p. 284), esto es, “normas […] fantasmáticas, imposibles de personificar” (p. 274). En este sentido, Butler puede afirmar que la performance de género es una imitación o una parodia siempre fracasada de originales de género imposibles de ser encarnados, solo existentes en un plano ideal” (p. 269).
Los actores sociales, en efecto, tratan de acercarse a estos ideales mediante la repetición paródica sostenida de actos de género, sin conseguir jamás adecuarse completamente a ellos.
A la luz de lo precedente puede comprenderse con más facilidad el rol fundamental que ejerce el análisis del travestismo en la argumentación butleriana. Sustentada en el estudio de la antropóloga Esther Newton, Mother camp. Female impersonators in America, Butler asegura que la imitación hiperbólica y amplificada que las drag queens realizan del ideal morfológico femenino pone al descubierto el carácter imitativo de toda performance de género. Tanto la “travesti” como la “mujer biológica” intentan acercarse al ideal de la feminidad mediante la performance sostenida de actos de género. “¿Es el travestismo la imitación del género o bien resalta los gestos significativos a través de los cuales se determina el género en sí?” (Butler, 1990/2007, p. 37). “Al imitar al género, la travestida manifiesta de forma explícita la estructura imitativa del género en sí, así como su contingencia” (p. 269).
En resumen, Butler (2006) explora ampliamente las implicaciones personales, sociales, económicas y políticas del tema. Sus conclusiones apoyan, con matices, la opción asimilacionista, que pasa por el sometimiento al diagnóstico, a la cirugía e, incluso, a la sentencia, es decir, al poder médico, al judicial y, en definitiva, al del Estado y sus principales aparatos de control social. A cambio, los transexuales obtienen su nuevo cuerpo, o al menos aquellos que lo desean Butler (2006).
Vendrell Ferré (2009) enfatiza que no todos lo desean. No para todos aquellos que optan por una vida en la transversalidad de género la opción transexual es la mejor; a veces no es ni siquiera deseable. Como lo apunta Spargo: “¿Y qué ocurría con quienes no se adecuaban a la imagen o no se sentían ‘en casa’ en el mundo positivo, seguro, caracterizado por la movilidad ascendente, de la política y la cultura asimilacionistas?” (Spargo, 2007, pp. 41-42). Estas personas existieron y existen en el ámbito lésbico-gay; existieron y existen en el ámbito queer, y de igual forma han existido y existen en relación con la transversalidad de género. Como lo muestra claramente Butler, los triunfos del asimilacionismo significan para los disidentes un aumento de las dificultades. La normalización de los unos implica la marginación acentuada de los otros, de los “inasimilables”. Ello justifica el mantenimiento de una posición crítica del científico social que intente comprender los procesos en su conjunto y desde un cierto distanciamiento, y no únicamente desde las opciones de una parte de los actores sociales implicados.
La Socialización
Tal como fue planteado anteriormente por Berger y Luckmann (1967) la socialización consiste en la internalización del lenguaje y por su intermedio internalizamos la sociedad, la realidad y la identidad, como resultado, nos hacemos miembros de la sociedad.
El rol socializador de la familia es un elemento básico para el desarrollo de la identidad sexual de cada individuo, nicho que sustenta la concepción esencial de lo femenino/masculino en la cultura (Rocha, 2009). Estos mandatos se pueden transmitir mediante el trato diferencial hacia el infante según su género. De este modo, la familia inserta en la sociedad a este individuo con la investidura de roles y comportamientos esperados, según las funciones tradicionales para cada naturaleza sexual. Se ha planteado también la importancia del aprendizaje social banduriano como modulador del género, “masculino” o “femenino” en virtud de la imitación resultante de la observación e interacción con otros (Rocha, 2009).
Según la Teoría de Rol de Género, la identidad es un cuerpo de significados compartidos que permiten el mantenimiento de un determinado equilibrio social y que enmarcan los límites para los modos de interacción, perpetuando roles estereotipados y categoriales, que luego son interiorizados por los individuos (Etchezahar, 2014). Para Foucault, la sexualidad está operacionalizada dentro una intrincada red de disposiciones de dominio en determinado marco cultural y contextual. La producción de discursos derivados de “lo sexual” están sujetas a las fuerzas sociales de poder (Elliot, 2009).
Contreras Contreras y Flores Aguilar (2022) asumen que ciertas dinámicas intencionadas desde lo educativo podrían contribuir a la transformación sociocultural para una socialización de género que promueva nuevas comprensiones relacionales y condiciones de desarrollo equitativas para niñas y niños. A partir de la revisión, se considera que los mayores desafíos en la educación infantil se presentan en aspectos como la necesaria evolución y fortalecimiento integral de los procesos formativos de educadores y educadoras infantiles; el aprovechamiento de las habilidades de las nuevas generaciones en la sociedad de la información, la tecnología y el conocimiento, para posibilitar la socialización de nuevos paradigmas de género y, por último, la promoción de espacios reflexivos y críticos, tendientes a la deconstrucción del modelo machista, especialmente de aquellos vicios y perjuicios que acarrean fenómenos como el currículum oculto y la educación sexista (Contreras Contreras y Flores Aguilar, 2022).
Género, Transgénero, Disforia de Género
El género es definido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como “conceptos sociales de las funciones, comportamientos, actividades y atributos que cada sociedad considera apropiados para los hombres y las mujeres” (OMS, 2002). Del mismo modo, según la World Health Organization (WHO) este comportamiento aprendido determina los roles propios de los géneros en la sociedad y compone la identidad de género (WHO, 2011).
En este sentido, la Comisión Internacional de Juristas (ICJ) considera que la identidad de género es la experiencia íntima, interna e individual del género en cada persona, la cual puede o no corresponder al sexo asignado al nacimiento (ICJ, 2007). Se manifiesta a través de la vestimenta, gestos, modo de hablar, expresión corporal y patrones de comportamiento con los demás, y puede incluir la modificación de la apariencia o función corporal mediante procedimientos médicos, quirúrgicos o de otra índole, aunque no necesariamente constituyendo el concepto de expresión de género (Coleman et al., 2012).
Las personas transgénero (trans) son aquellas cuya identidad y expresión de género difieren en diversos grados del sexo que se les asignó al nacer (Bockting, 1999). Si bien, un grupo importante de estas personas encontrarán un rol y expresión de género que les resulte cómodo, incluso si difieren de las normas o expectativas de género prevalecientes en la sociedad, no es la situación general (Murad et al., 2010).
En este contexto, existe el concepto de Disforia de Género que se refiere al intenso disconfort o distrés ocasionado por la discrepancia entre la identidad de género y el sexo asignado al nacimiento, frecuentemente de origen social (Knudson et al., 2010). Es sumamente importante destacar que no todas las personas con disconformidad de género experimentan disforia de género, es decir, no es inherente a las identidades trans, que en sí no son patológicas (Coleman et al., 2012).
La Identidad de Género
La dimensión de identidad de género expresa el sentido personal que cada individuo le da a su propio género basado en su propia experiencia y sentido de ser (Cooper et al., 2018). Puede ser consistente o diferente al sexo biológico asignado al nacer. Aquellas expresiones e identidades que difieren de lo binario se describen dentro de un espectro de fluidez de género o género no binario. La identidad de género es un proceso de desarrollo temprano, observándose conductas identificatorias ya a los dos años de vida en población general (Martin et al., 2002).
Seguel Arriagada y Jiménez Pérez (2024) considera que la construcción de la identidad sexual es un proceso dialógico y recursivo que los sujetos (re)construyen a lo largo de su trayectoria de vida. Se compone de la identidad de género, el rol de género, el sexo biológico y la orientación sexual.
Para Barnichou Sierra (2024) el concepto de género sigue siendo central en los estudios sociales, dejando así de lado a menudo cualquier reflexión en torno al sexo por considerarlo algo naturalmente dado. No obstante, feministas como Butler criticaron directamente este esquema sexo-género y atacaron el fundamentalismo biológico poniendo sobre la mesa la posibilidad de que el sexo sea también una construcción social (Stolcke, 2004).
Stolcke (2004) menciona la importancia de analizar las condiciones que propician la construcción del género. En lugar de enfocar la investigación asumiendo que el sexo constituye el elemento biológico y asumir apriorísticamente ese dualismo sexual, se debe preguntar por las circunstancias en las que tiene lugar y observar sus consecuencias sociopolíticas. Con ello se pretende también abordar críticamente las narrativas esencialistas que pretenden justificar la identidad y las diferencias de género Stolcke (2004).
Méndez (2017) expone que la idea de que la identidad sexual es una construcción social impuesta a los sujetos es todavía muy rechazada debido a que el esquema ontológico hegemónico en las sociedades occidentales es el de la dicotomía naturaleza-cultura. No obstante, este binomio no siempre se suele interpretar de la misma manera. En ocasiones existen posiciones que interpretan la naturaleza en términos positivos, y se la asocia con lo originario, lo universal y lo valioso y a la cultura con aquello que corrompe al individuo. Una interpretación positiva de la naturaleza se encuentra, por ejemplo, en los discursos que pretenden justificar las desigualdades, pues se entiende que lo que se da por naturaleza es lo deseable (Méndez, 2017).
Por otro lado, se encuentran interpretaciones peyorativas de la naturaleza y vemos que hay algunos que la relacionan con lo caótico y la consideran como un elemento que hay que dominar, mientras que aquello que caracteriza a la cultura es el orden y la razón (Méndez, 2017). Por ejemplo, en periodos de crisis sanitarias o ante catástrofes naturales, tiende a imperar una concepción peyorativa de la naturaleza, pues se la entiende como una fuerza incontrolable e inhóspita (Méndez, 2017).
Pero, el colectivo más afectado por la naturalización de la identidad sexual es el colectivo transexual (Méndez, 2017). El autor utiliza la expresión “paradoja transexual” no para responsabilizar a las personas trans, sino para mostrar que son una víctima más de la creencia de que existe una relación necesaria entre sexo y género. En una sociedad basada en el dualismo sexual en la que la transexualidad se contempla como una disonancia, las personas transexuales ven como única posibilidad de adecuar su anatomía a su identidad deseada recurriendo a métodos clínicos (Méndez, 2017).
Se trata de una práctica que tiene lugar desde mediados del siglo XIX y que presupone que es el único remedio existente para aquellas personas a las “que su mente les dice que ellos o ellas no son lo que ese cuerpo sexuado dice socialmente que son, y que su orientación sexual es heterosexual” (Méndez, 2017) y, además, refuerza la idea de que existen únicamente dos sexos, dos géneros y una orientación sexual.
Sin embargo, otros autores afirman que los transexuales no pretenden, en realidad, cambiar de sexo, sino recuperar su sexo original (Martínez, 2005). Consideran que dicho sexo no se refleja en su apariencia, es decir, en su cuerpo. De alguna forma, el sexo verdadero se encuentra oculto en el cuerpo, inserto en un cuerpo equivocado. Para responder a la pregunta por la ubicación del sexo verdadero, o por aquello que realmente lo determina, existen diversas propuestas del tipo llamado en nuestra cultura “teorías”, o bien “hipótesis”, todas ellas procedentes o enmarcadas en discursos o saberes de la clase que llamamos “ciencia” (Vendrell Ferré, 2009).
Se debe enfatizar en comprender e investigar las formas de vivir la transexualidad, la mayor parte de personas transexuales también tienen interiorizada esta naturalización de la identidad de género, o por lo menos recurren a lo que el marco social considera propio de lo femenino o lo masculino para poder construirse como desean.
La Afirmación de Género
La World Professional Association for TransgenderHealth (2022) eliminó la palabra reasignación y aluden a terapias y cirugías de afirmación de género. Las cirugías de modificación corporal o de afirmación de género son procedimientos de adecuación corporal a la identidad de género autopercibida que incluyen intervenciones quirúrgicas genitales, mamarias, faciales, torácicas y de cambio de voz, entre otras.
El Decreto n° 903/2015 -que reglamenta la Ley 26.743 de Identidad de Género- enumera 10 intervenciones sobre el aparato genital masculino y femenino. Estas intervenciones incluyen el aumento de pechos y glúteos, la extirpación de mamas, testículos, útero, ovarios y trompas, así como la construcción de genitales que puede requerir el uso de prótesis.
Loewy (2023) aclara que cada persona tendrá su propia necesidad subjetiva y sabrá qué necesita para completar su esquema corporal. Agrega el médico que, si bien se interviene en un cuerpo, se trabaja en la identidad.
La afirmación de género es un proceso multidisciplinar que exige varias fases de evaluación psicológica (Moral Martos et al., 2022). La intervención psicológica debe ser individualizada y los objetivos terapéuticos que se plantean son, entre otros, apoyo en dificultades cognitivas o emocionales, desarrollo de estrategias de afrontamiento y adherencia al tratamiento médico (Moral Martos et al., 2022).
La solicitud de cambios físicos puede variar desde no necesitar ningún tratamiento a efectuar todos los cambios físicos clásicos, tratamiento hormonal y cirugías. Aunque es poco frecuente, hay veces en que se decide detransicionar al género asignado al nacer o identificarse como un género no binario no implicando (T’Sjoen et al., 2019). En la mayoría de los casos, un arrepentimiento del tránsito inicial e, incluso, la persona trans puede dejar la medicación por no necesitarla en un momento dado de su recorrido vital (Expósito Campos et al., 2022). Para el abordaje clínico lo importante es centrarse en las necesidades expresadas, tras una adecuada información de los caminos posibles que puede realizar. Entre los motivos para que la persona trans decida detransicionar, se encuentra la pérdida de oportunidades laborales y la falta de apoyo social, decidiendo volver al género asignado al nacer por factores psicosociales (Moral Martos et al., 2022).
Moral Martos et al (2022) señalan la importancia del abordaje multidisciplinar y el trabajo de los profesionales especializados en identidad que sepan adaptarse a las necesidades que vayan presentando, dando cabida a la diversidad que presentan las personas trans respecto a la manera de concebir su cuerpo, su identidad o su expresión de género, más allá de las normas sociales impuestas. Recalcan la necesidad de que los esfuerzos en investigación vayan dirigidos a optimizar los tratamientos y disminuir en lo posible los posibles efectos adversos de los mismos. La sociedad, por su parte, debe avanzar en reducir el estigma de las personas trans y con diversidad de género.
Valdés et al., (2022) exponen que en el desarrollo psíquico es necesario que la integración sana de la personalidad vaya adherida a una adecuada construcción de la identidad genérica nuclear. Por lo tanto, favorecer el desarrollo de una identidad de género armónica juega un rol constitutivo fundamental del núcleo de identidad yoica de la personalidad.
Vulnerabilidad
La vulnerabilidad se refiere a ‘las características de una persona o grupo y su situación, que influencian su capacidad de anticipar, lidiar, resistir y recuperarse del impacto de una amenaza’ (Wisner et al., 2004, p. 11). En esta definición hay una diferenciación clara entre el componente físico de la amenaza (hazard) y la vulnerabilidad, la cual se ubica en la dimensión social. La interacción entre ‘la amenaza’ y la ‘vulnerabilidad’ genera condiciones de ‘desastre’, el cual puede ser catastrófico o crónico (Pelling, 2003, p. 15) de acuerdo con la temporalidad que se genera y desencadena.
Napiarkorvski (2012) enfatiza en su trabajo que las personas trans han sido históricamente condenadas a la exclusión, presentando dificultad de acceso a la condición plena de ciudadanía. La criminalización se ha dado como consecuencia de la segregación a la que han sido sometidas socialmente.
Napiarkorvski (2012) menciona que se trata de personas que son expulsadas de las instituciones educativas primero y de sus hogares después, se encuentran en situaciones de marginalidad en edades muy tempranas que las conduce en forma directa a prostituirse como único medio de supervivencia posible. Describe que sufren la discriminación desde la niñez, principalmente en la institución escolar, que reproduce sistemáticamente y mantiene el ideal de familia “tipo” y heterosexual, alejándose de la realidad que demuestra la existencia de diversos tipos de familia. Luego son expulsadas de sus hogares, teniendo que prostituirse para poder sobrevivir, pero no como una elección posible entre otras, sino como único medio de subsistencia, dentro de un sistema que las margina del ingreso a empleos de calidad y que las excluye del campo laboral (Napiarkorvski, 2012). Las motivaciones que las personas trans encuentran en el ejercicio de la prostitución son tan fuertes como la exclusión social que las obliga a practicarla; es decir, es el resultado de la marginación y la intolerancia; a la vez que lo consideran como el único espacio “permitido” para actuar el género elegido (Napiarkorvski, 2012).
Moraga (2017) plantea problemáticas similares, ya que la transfobia a nivel social, educativo, de salud y en el mercado laboral, genera un diferencia significativa y negativa en los niveles socioeconómicos entre personas trans y cisgénero (Moraga, 2017). Es reducida la población de personas trans que alcanza los niveles de educación escolar más altos (Moraga, 2017) y pocas posibilidades en el ámbito laboral (Marchant, 2019). La exclusión del ámbito laboral formal desencadena el desempeño de trabajos en el ámbito sexual o fuera del sistema de producción (Moraga, 2017; Marchant, 2020). Las situaciones más graves se dan cuando los jóvenes trans son expulsados de sus hogares, lo que deriva en vivir en situación de calle (Moraga, 2017).
Por estos motivos se utiliza en este trabajo la categoría vulnerabilidad para englobar la problemática de la población trans. A modo de resumen, la construcción de identidad trans va acompañada del abandono de la educación formal, y por lo tanto de la falta de capacitación que les habilite posibilidades laborales para su sustento. Si son expulsadas de sus hogares, pierden también el apoyo emocional y económico, el acceso a la salud se hace más lejano también, de ahí que la expectativa de vida se vea reducida respecto al resto de la población. Se trata entonces de una situación de inequidad social.






