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Reflexiones finales

Este libro procura contribuir al conocimiento del servicio doméstico en la Ciudad de Buenos Aires de fines del siglo XIX y principios del XX. Se trata de un estudio de historia social con perspectiva de género que integra las problemáticas de la historia del trabajo, la pobreza, la familia y la infancia. Reúne analíticamente una serie de elementos que permiten comprender mejor las características del sector: la estructura y el funcionamiento del mercado laboral, la situación de los inmigrantes, las condiciones de vida y de trabajo de pobres urbanos, sus dinámicas familiares, las prácticas de crianza, las políticas del Estado en relación con estas poblaciones.

En aquella sociedad porteña, varones y mujeres desde edades muy tempranas participaron de las actividades económicas. Aunque el mercado de trabajo exhibió un amplio abanico de alternativas ocupacionales, predominaron modalidades de empleo precarias que expusieron a la población a condiciones de gran vulnerabilidad económica y social. Es así que, aun teniendo trabajo, era difícil salir de la pobreza.

El servicio doméstico se encontraba entre los sectores más numerosos del universo laboral. Si bien las mujeres tendieron a ser mayoritarias, los varones participaron a lo largo de todo el período. Por su parte, la cuantiosa presencia de niños y niñas y la incorporación creciente de inmigrantes demuestran que el sector fue una puerta de entrada al mercado de trabajo urbano, sobre todo para los que recién llegaban. También resultó ser una alternativa para aquellos que se veían afectados por la falta de empleo en otros ámbitos de actividad. Ante condiciones laborales y de vida tan erráticas, el servicio doméstico operaba como una suerte de “empleo-refugio”.

La llegada de inmigrantes aumentó de forma considerable la competencia por el empleo. En momentos de crisis económica, la situación se agudizaba ya que para atenuar sus efectos, muchos buscaban una colocación doméstica para poder subsistir (al menos de forma transitoria). A esta sobreabundancia de brazos se le sumaba el recorte que sufrían los presupuestos de las familias que se hacían servir. Todo esto afectaba al gremio, atentando contra el valor de su trabajo y contribuyendo a su pauperización.

Por supuesto que existieron experiencias de empleo estable, de familias que protegieron a sus sirvientes y que los mantuvieron junto a ellos por años, décadas, incluso hasta su muerte. Varios relatos de la época evocan la existencia de vínculos cargados de afectividad, de mucho cariño y reciprocidad entre patrones y sirvientes.[1] En todo caso, como ha señalado Graham, esa protección podía ser considerada una ventaja frente a la inseguridad económica y social que el mercado de trabajo urbano ofrecía.[2]

Las condiciones de trabajo estaban en gran medida ligadas al nivel de vida de los patrones y al lugar que estos les daban a sus servidores al interior de la vida doméstica y familiar. No era lo mismo trabajar para el plantel de servicio de una adinerada familia porteña que ser la sirvienta “para todo trabajo” de un hogar modesto y numeroso. A su vez, las tareas que realizaban y las jornadas que tenían que sobrellevar se transformaban conforme a los progresos técnicos, la extensión de la infraestructura y los servicios urbanos, las modas y las tendencias en el consumo, etc.

El servicio doméstico estaba muy extendido porque resultaba accesible desde el punto de vista económico. Los hogares populares también demandaron sirvientes, sobre todo los de menor edad, ya que eran más baratos y relativamente fáciles de tomar. Con todo esto, para muchos patrones la cantidad y las características de sus sirvientes (y no solo la posibilidad de contratarlos) fueron importantes para delimitar fronteras sociales.

Las experiencias de domesticidad estuvieron condicionadas por la diferencia de clase, sexual, étnico-racial, el color, la nacionalidad, la edad, entre otros factores. Las vivencias de un cocinero francés adulto que se ofrecía a través de un aviso haciendo valer su acervo cultural y su trayectoria laboral no debieron asemejarse a las de una niña abandonada que, sustraída del orfanato, era colocada como “criada” por una defensoría de menores. Del mismo modo, las experiencias de una mujer indígena capturada durante las “guerras contra el indio” y ubicada por las damas de la beneficencia en la casa de una familia acomodada no debió ser la misma que la de un ama de llaves que, aconchabada en una agencia de empleo, conseguía colocarse en la misma casa para organizar y dirigir su plantel de servicio.

El servicio doméstico reunió a sujetos libres con capacidad de contratar y a aquellos que, inferiorizados jurídicamente, eran tutelados y expuestos a contextos forzados de trabajo: menores de edad, indígenas, reclusas, etc. En definitiva, lo que Sabato y Romero observaron para un lapso anterior es aplicable también a nuestro período de estudio: la expansión del trabajo asalariado y la consolidación de un mercado de trabajo libre no implicaron la desaparición de diversas formas jurídicas y prácticas de restricción de la libertad de las y los trabajadores.[3]

El servicio doméstico anudó relaciones asalariadas con arreglos que implicaron diferentes formas remunerativas que borraron las distinciones entre el trabajo mercantilizado y el que no lo era. Los ofrecimientos de más de un sirviente por tan solo un salario (matrimonios, madre e hijo, hermanos) o de servicios a cambio del consumo de una serie de bienes de subsistencia son un buen ejemplo de ello. También lo son las colocaciones domésticas de niños y niñas a cambio de un exiguo salario o de vivienda, alimentación, vestido y, en ocasiones, formación. Todos estos elementos obligan a repensar el proceso de formación y las características del mercado de trabajo urbano, máxime si tenemos en cuenta que el servicio doméstico fue uno de los sectores de actividad más extendidos y numerosos (no se trató de un caso excepcional y tampoco de un sector marginal).

El tratamiento que el Estado le dio al sector no debe interpretarse únicamente en términos de abstención. Las colocaciones domésticas que efectuaban las defensorías de menores, los “sistemas de colocación y crianza” dirigidos por la Sociedad de Beneficencia y la “distribución” de población indígena para el servicio de las familias porteñas evidencian que participó de la configuración del sector a través de la formación y asignación de mano de obra barata, cuando no gratuita.

Por otra parte, en 1875 se sancionó la primera ordenanza para regular las relaciones entre patrones y sirvientes. Vinculándolo con problemáticas del orden de la “seguridad” urbana, la normativa intentaba registrar y controlar a los y las sirvientes para poder garantizar su “honestidad” y “decencia”. En este accionar, los patrones aparecían como los únicos que podían ser damnificados. La ordenanza fue resistida por las y los trabajadores y dio lugar a una serie de manifestaciones públicas y acciones colectivas de cierta trascendencia. Con el cambio de siglo, se observan nuevos esfuerzos por regular el sector que plantean el asunto en los mismos términos: aunque apuntaron a controlar el funcionamiento de las agencias de colocación, lo que intentaron fue garantizar a través de ellas la calidad del servicio doméstico.

Si bien es difícil pensar en iniciativas en favor de los y las sirvientes en 1870, el contexto era diferente en 1910. En el tratamiento que recibió el sector no hicieron eco ni la emergencia del “derecho del trabajo” ni el impulso de proyectos en beneficio de distintos grupos y sectores laborales que habían obtenido fuerza de ley desde principios de siglo.

Hubo un cambio en la forma en la que los y las sirvientes (al igual que otros trabajadores) percibieron su relación con el Estado. En un primer momento, primó una percepción negativa del avance municipal en la regulación de las relaciones laborales, interpretado en términos de restricción de las libertades individuales pero también de coerción y agravio a su dignidad. Luego, se observa una mayor predisposición a dicha intervención que se tradujo en un reclamo concreto por parte de la Liga Internacional de Domésticos para que el municipio los protegiera mediante la sanción y puesta en vigencia de reglamentaciones. Aun así, no se recuperó la “perspectiva de los trabajadores” y los legisladores porteños se abocaron a resguardar fundamentalmente a los patrones.

Los diversos arreglos de trabajo, la variedad de formas remunerativas y las prácticas de colocación y crianza de niños y niñas contribuyeron a desvalorizar e invisibilizar el trabajo en el marco del servicio doméstico. A principios del siglo pasado, esa realidad no fue objeto de reflexión por parte de aquellos que comenzaban a batallar por la sanción de leyes protectoras del trabajo de mujeres y niños. El horizonte cultural de lo políticamente posible aquí se vuelve palpable. El fenómeno del trabajo infantil en el sector no fue ni siquiera cuestionado por las corrientes más progresistas. Incluso, algunas figuras representativas en la problemática del trabajo lo miraron con buenos ojos. Consideremos sin ir más lejos, las posiciones de Bialet Massé, quien insistía en la necesidad de avanzar en la reglamentación del trabajo de menores de 14 años en fábricas y talleres, mientras sostenía que en el caso del servicio doméstico no había necesidad de que las autoridades públicas intervinieran:

[…] La ordenanza limita la edad para el trabajo de taller y no para el servicio doméstico; porque en nuestras costumbres está la de criar niños, hijos de sirvientes, peones y empleados, de una manera desconocida en otros pueblos, y que son la expresión más pura de la caridad de las familias. Una señora europea se llenaría de asombro, viendo a nuestras damas cuidar á su chinita, no sólo en su alimento, en su vestido, sinó hasta en su aseo personal y soportar después todos los inconvenientes que esta trae á la familia y no pocas ingratitudes.

Cierto es, pero ello es muy excepcional, que hay quien abusa y maltrata á estos seres desvalídos, pero la caducidad del contrato por causa de sevicia y malos tratamientos, la intervención de los padres y tutores y la del Ministerio de Menores, son medios bastantes para evitar y corregir los abusos; mucho más cuando, en honor de nuestra sociabilidad debe decirse, que no hay abuso que escape á la crítica del pueblo, y fácilmente llega a las columnas de la prensa. [4]

Bialet Massé no solo no objetaba la existencia de niños y niñas sirvientes, sino que además consideraba en términos positivos la ambigüedad de esas relaciones de trabajo y de crianza que eran habituales en el servicio doméstico. Pensaba que se trataba de costumbres que denotaban sentimientos caritativos y humanitarios por parte de las familias que tomaban menores bajo esa condición (que solo se cuestionaban cuando existían abusos o malos tratos). Este tipo de expresiones parecen haber formado parte de un sentido compartido, independientemente de las posiciones ideológicas.

El servicio doméstico como destino para los niños y niñas pobres era una realidad que estaba naturalizada y que gozaba de aceptación social. Su entrega a partir de los arreglos de trabajo o de crianza (los límites eran muy difusos) era una alternativa válida para resolver la subsistencia. En los hogares de menores recursos era habitual que la crianza implicara como contrapartida la ejecución de una serie de trabajos o la prestación de servicios domésticos por parte de aquellos que eran “criados”. De esa forma, los aspectos (¿más?) laborales de esos vínculos quedaban muchas veces solapados por la proximidad y afectividad que suponían, porque se consideraba que pertenecían al ámbito de las relaciones familiares.

El servicio doméstico también resultó “funcional” a las necesidades de un Estado que, ejerciendo un rol tutelar, sacaba a los niños de la calle o del conventillo y los reubicaba en casas de familia para que los “criaran” y los “educaran” a cambio de sus servicios. Este segmento laboral estaba articulado a un andamiaje institucional porque era considerado una “solución” frente a otras amenazas. Además de descongestionar asilos atestados e insuficientes en su infraestructura y sus recursos y de achicar los gastos de las arcas públicas (en definitiva los gastos de aquellas “crianzas” recaían en los particulares), a los ojos de las autoridades, las colocaciones de menores en casas particulares funcionaban como un ámbito de contención, como un “refugio”. En definitiva, y sobre esto existía un generalizado consenso, el mayor problema era que los niños estuvieran en las calles. Frente a los riesgos y peligros que ello representaba, eran preferibles las colocaciones domésticas porque al menos de esa forma quedaban contenidos en un entorno familiar y bajo el control de una autoridad moral, los patrones.

La presencia de niños en el sector no fue puesta en cuestión durante mucho tiempo porque se conectaba con los procesos más amplios de reproducción social. El servicio doméstico descomprimía, aliviaba presiones. Esto era así tanto para las familias que enviaban a sus miembros de menor edad a trabajar para resolver su subsistencia, como para un Estado muy poco inclinado a responder a las necesidades de asistencia y protección social de su población. A su vez, aquellas familias que no podían costearse un sirviente de mayor edad o que querían ampliar su plantel doméstico, se contentaban con tomar niños o niñas como sirvientes.

Los elementos desplegados a lo largo de este estudio muestran la distancia que existía entre los hogares populares (sobre todo en sus escalones más bajos) y las modernas ideas de familia, maternidad y niñez que se estaban configurando (la familia nuclear, la intensidad afectiva, el hombre como autoridad y proveedor, la mujer como esposa y madre, los niños como hijos y alumnos). Las bases materiales que debían sostener esos arquetipos no estaban garantizadas para una parte importante de la población. Ante las urgencias que les imponía la subsistencia, las familias se desmembraban, las mujeres buscaban un empleo o medio de vida, los niños se criaban por fuera de sus hogares de origen, no asistían a la escuela y trabajaban como los adultos. De todas formas, como ha señalado Cosse, esos modelos tuvieron un gran efecto normativo, ya que contribuyeron a definir lo que era “correcto”, “deseable”, “natural” operando sobre una realidad social caracterizada por una gran diversidad de formas y prácticas familiares que no se adecuaban a los preceptos.[5]

Seguramente, entre los casos más emblemáticos se encontraban las mujeres que se colocaban en el servicio doméstico y aquellas que ejercían la lactancia asalariada. Ahondar en el análisis de las imágenes y representaciones construidas en torno a estas mujeres demuestra que las concepciones sobre el trabajo femenino no fueron homogéneas. Las mujeres se insertaron en muchos ámbitos laborales y la consideración que se tuvo de las fabriqueras o de las empleadas de comercio no fue la misma que la que se tuvo de las sirvientas, las amas de leche o las maestras. Las investigaciones que profundizan el conocimiento de distintos segmentos del mercado laboral contribuyen a enriquecer la historia de las mujeres y del trabajo femenino.

Este estudio ha procurado ofrecer un camino de acercamiento, entre muchos posibles, al mundo y el punto de vista de aquellos habitantes de Buenos Aires, tan numerosos y tan difíciles de aprehender. Y es mucho lo que queda por delante. Sin duda, nuevos estudios retomarán el tema, para desarrollar nuevas dimensiones, para agregar complejidad al retrato de esas vidas. Restituir a los trabajadores y trabajadoras domésticos su lugar en la historia es una tarea que apenas comienza.


  1. Nos referimos a las narrativas que ofrecen algunas memorias y obras costumbristas: López, V. Lucio., La Gran Aldea, CEAL, 1980; Wilde A., Buenos Aires desde sesenta años atrás, Espasa Calpe, 1946; Mansilla, Lucio V., Mis memorias (infancia adolescencia), París, Casa Editorial Garnier Hermanos, 1913. Un tratamiento de estos y otros textos: Cárdenas, Ramona y el robot…
  2. Graham, Proteção e obediencia…, p.16.
  3. Sábato y Romero, Los trabajadores de Buenos Aires…”, pp. 175 y ss.
  4. Bialet Massé, Juan, Proyecto de una ordenanza reglamentaria del servicio obrero y doméstico de acuerdo con la legislación y las tradiciones de la República Argentina, Rosario de Santa Fe, Tip. de Wetzel y Buscaglione, 1902, pp. 57-58.
  5. Véase: Cosse, Isabella, Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta, Buenos Aires, Sigo XXI, 2010, pp. 13-14.


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