La sociedad es realmente cruel con la infeliz mujer […] se la rechaza del seno de las familias donde servía porque su desigual engrosamiento es reputado como inmoral; no puede ganarse el sustento diario trabajando, porque es demasiado pesada la carga que lleva en sus entrañas; debe recurrir á las cuatro paredes de la Maternidad […] donde los dolores de la naturaleza purifiquen su falta, donde nazca un niño sin nombre y donde salve la moral […].
Y entonces se plantea ante la infeliz madre el más serio de los problemas […] no puede volver á casa de los patrones, porque de allí ha salido la falta; no puede ganarse el sustento diario, porque nadie quiere mucama con chico; y entonces ¿qué hace? Sería el caso de hacer el cuadro genial: “con hijo y sin trabajo”. […] Véase, pues, en estos tristes cuadros realistas, el deplorable estado social en que se encuentra la mujer embarazada! Y no hablo de excepciones: el cincuenta por ciento de las que concurren a las maternidades se encuentran en este caso; y se cuentan por centenares, por miles![1]
En la Ciudad de Buenos Aires de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la lactancia podía constituirse en una actividad asalariada. Contratar u ofrecer servicios de amamantamiento y crianza de niños era una práctica habitual. El trabajo de las amas de leche consistía en el cuidado y alimentación de los niños desde su nacimiento hasta los dos o tres años de vida, a cambio de un salario o el consumo de bienes de subsistencia (techo, comida, vestido). Esta actividad admitía diferentes modalidades de contratación. Algunas mujeres criaban “en su casa”, otras “daban de mamar por horas”, también estaban las que criaban “en casa del niño” o fuera de la ciudad, que formaban parte del plantel de servicio doméstico. Otra variante era trabajar como amas internas o externas para la Casa de Expósitos o en maternidades dirigidas por la Sociedad de Beneficencia de la Capital.
Arrastradas por la necesidad económica, las mujeres que se ocupaban de la lactancia asalariada formaban parte de los estratos más pobres de la ciudad. Por su parte, familias de diversa pertenencia social solicitaban sus servicios. De todas formas, se pueden establecer distinciones: mientras que las familias acomodadas contrataban amas para que criaran “en casa del niño” (modalidad más costosa), las de menores recursos entregaban a sus hijos para que ellas los criaran “en su casa”.
Aunque el análisis podría limitarse a las amas que se colocaban en casas de familia y formaban parte del servicio doméstico, sería un recorte forzado. Muchas de estas mujeres se ofrecían indistintamente para criar en su casa o en la del niño, y la modalidad de trabajo dependía finalmente de quienes las contrataban. La lactancia asalariada era una ocupación circunstancial que se complementaba o alternaba con otras actividades propias del trabajo a domicilio (costura, lavado, planchado) o del servicio doméstico. Es decir que podían ser estas mismas mujeres las que mudaban de ocupación y oficiaban unas veces de nodrizas y otras de sirvientas, mucamas, cocineras, lavanderas o planchadoras.[2] Además, en gran medida, la clientela de las amas que criaban “en sus casas” eran justamente los hijos de las sirvientas, como así también los de otras nodrizas que se colocaban para criar en casa de sus patrones.
¿Qué relevancia tenían las amas de leche en la sociedad de su tiempo? ¿Cómo eran sus condiciones de vida y de trabajo? ¿Qué características tuvo el mercado de la lactancia y cuáles fueron los efectos de los intentos de reglamentación de la actividad? ¿Qué nos dice su estudio sobre las prácticas de crianza, las dinámicas familiares y las formas de subsistencia de los sectores de menores recursos de la ciudad?
Las amas de leche fueron responsabilizadas por los altos niveles de mortalidad infantil, ya que se juzgaba que sus hábitos de alimentación y crianza provocaban a menudo la muerte de niños. Sospechadas a su vez de portar dolencias físicas y morales, se las acusaba de ser una fuente inagotable de contagios. Y lo que era peor aun, estas amenazas eran por partida doble, ya que no solo ponían en riesgo la salud de los niños que conseguían para criar, sino también la vida de sus propios hijos.
Asimismo, las mujeres que ejercían la lactancia asalariada fueron objeto de preocupación en el marco de la emergencia de una nueva percepción de la maternidad. Como ha señalado Nari, durante las dos primeras décadas del siglo XX persistió una gran preocupación en los médicos (aunque no solo en ellos) por “crear a la madre” en medio de una sociedad caótica y anómica. El proceso de “maternalización” de las mujeres, que implicó una progresiva confusión entre ser mujer y ser madre, entre la femineidad y la maternidad, encontró un soporte fundamental en el desarrollo de las ciencias médicas. Al estar inscripta en los cuerpos de las mujeres (en su “biología”), los médicos podían presentar a la maternidad como si fuera inherente a la naturaleza femenina y por tanto, universal. Era necesario internalizar el ideal maternal en mujeres “desnaturalizadas” de diversas clases sociales y modificar y homogeneizar sus prácticas con respecto a la crianza.[3] En la configuración de ese vínculo fundamental entre la madre y el hijo, la existencia económica y social de la nodriza no encajaba. Ya sea porque interfería en el “binomio madre-hijo” (al ser contratadas para lactar a un niño ajeno) o bien porque ellas mismas encarnaban la triste disolución de ese vínculo “natural” (porque dejaban de alimentar a sus hijos para amamantar a otros). En este escenario, las amas de leche atentaban de forma directa contra la construcción y fortalecimiento de este ideal.
Sin embargo, como a las amas de leche no se las podía erradicar debido a que eventualmente se las necesitaba como alternativa a la lactancia materna, las autoridades sanitarias intentaron controlar su actividad. Como se señalara en el capítulo anterior, inicialmente fueron incorporadas a través de una serie de disposiciones de reglamentación del servicio doméstico. Sin embargo, hacia el cambio de siglo, la lactancia asalariada comenzó a asociarse a la idea de salubridad y fue considerada un elemento fundamental de las políticas de protección de la primera infancia implementadas por la Asistencia Pública de la Ciudad de Buenos Aires. Fue constituyéndose en un problema en sí mismo, ya que médicos e higienistas la asociaron al fenómeno de la mortalidad infantil. En adelante, los intentos de regulación municipal estuvieron destinados a ofrecer al público nodrizas sanas que garantizaran el buen crecimiento y desarrollo de los niños mediante un férreo control de estas mujeres y del mercado del que formaban parte.
En este contexto, hubo un fenómeno que afectó a las amas de leche de la ciudad: el abandono de niños a su cuidado. Cuando no se podía criar a los niños, era posible entregarlos a una familia, solicitar su admisión en la Casa de Expósitos, abandonarlos en la vía pública, en un zaguán, en un baldío (estas eran las modalidades más frecuentes), dejarlos morir o matarlos. Dentro de este abanico de posibilidades, hubo quienes se inclinaron por una alternativa particular: contratar un ama de leche para que se ocupase de la crianza del bebé y, en ocasiones, para que lo abandonara. Quedar implícitamente a cargo de esta empresa parece haber sido un riesgo habitual para las mujeres que vivían del amamantamiento.
El mercado de la lactancia
El fenómeno de la lactancia asalariada no es privativo de la Argentina. Durante el siglo XVIII y XIX, la expansión de un mercado de nodrizas estuvo asociado a las transformaciones económicas en el ámbito rural, las migraciones, los procesos de urbanización, el abandono de niños y la extensión del servicio doméstico como alternativa ocupacional para muchas mujeres pobres. Todos estos factores contribuyeron a la expansión de este mercado, que en algunos casos asumió dimensiones dramáticas.[4] En el caso de Buenos aires, las mujeres que vivían del amamantamiento también formaban parte de los estratos más pobres de la ciudad. Esta ocupación era una alternativa precaria y circunstancial, asociada a un estado fisiológico particular.
La única ley que resguardó a las mujeres trabajadoras embarazadas una vez que eran madres, fue la Ley 5291 de 1907. De todas formas, esta no contemplaba todos los trabajos asalariados desempeñados por mujeres, sino solo aquellos que dentro de la actividad manufacturera eran considerados perjudiciales y peligrosos para la maternidad.[5] Ante la ausencia de políticas de protección social y de leyes laborales que resguardaran a las mujeres trabajadoras una vez que eran madres, y ante la imposibilidad de acceder a mejores empleos por falta de alternativas ocupacionales (y también por tener hijos a cargo), tomar un niño para criar a cambio de un salario se constituyó en una opción frecuente para hacer frente a las penurias económicas.
Tanto las mujeres que se dedicaban a la lactancia asalariada como aquellas que las contrataban ‒sin una justificación considerada válida‒ eran objeto de una serie de cuestionamientos.[6] Muchos médicos e higienistas observaban que las mujeres de las “clases pobres” dejaban a sus hijos al cuidado de amas de leche para amamantar ellas mismas a un niño extraño a cambio de un salario, o bien para colocarse en el servicio doméstico. Así, mientras que algunos justificaban estas decisiones en caso de “necesidad”, otros consideraban que se trataba de mujeres “desnaturalizadas” y “ambiciosas” que, al guiarse por el lucro, caían en la más condenable de las mezquindades.[7] Por otra parte, estaban quienes reprobaban la actitud de las mujeres de las “clases acomodadas”, que por la “comodidad y las modas” abandonaban los “deberes de la maternidad”, con lo cual fomentaban el comercio de la lactancia y el abandono de niños.[8]
No obstante esta condena moral, el Segundo Censo Nacional registró la existencia de 674 amas de leche para 1895, mientras que los Censos de la Ciudad de Buenos Aires contabilizaron 520 y 595 amas, en 1905 y 1909 respectivamente. No se trata de un número significativo si se lo compara con otras ocupaciones desempeñadas por mujeres de bajos recursos, como las sirvientas, cocineras, lavanderas, planchadoras. De todas formas, estos relevamientos no deben haber contabilizado la totalidad de las mujeres empleadas en el rubro, no solo por los problemas de registro que tenían los censos en relación con el trabajo femenino, sino porque regían una serie de disposiciones municipales que prohibían desempeñarse en esta actividad sin un registro y control periódico efectuado por los organismos municipales creados a tales efectos. Es posible suponer, entonces, que muchas mujeres ejercían la lactancia asalariada por fuera de los marcos regulatorios (controles de sanidad, libretas, certificados, etc.) y no declararan esta ocupación.
Por su parte, los avisos de empleo de los diarios locales evidencian la existencia de un mercado de la lactancia que si bien nunca adquirió grandes dimensiones, tuvo una presencia constante a lo largo del período en cuestión. Es difícil estimar su escala ya que publicar en un diario local ofreciendo servicios era solo una de las modalidades para conseguir un niño para criar. En efecto, estas mujeres también podían dirigirse a una agencia de colocación de amas, acercarse a una institución pública (hospitales, maternidades, Casa de Expósitos, etc.) o contactar a una partera como intermediaria para conseguir una madre que precisase contratar sus servicios.
Las amas que criaban en sus propias casas eran las más económicas.[9] Por contraposición, las mujeres que criaban en casa del niño eran las mejor pagas, por lo que solo podían acceder a sus servicios las familias acomodadas de la ciudad. Estas amas podían calificarse como las “de primera categoría”, eran las que se veían “adornadas en las calles, en los paseos públicos, a pie ó en carruaje, llevando en sus brazos á la mina que ellas [explotaban] generalmente con toda sangre fría”.[10]
Quienes ejercían la lactancia asalariada eran mujeres jóvenes. En los anuncios en los que se hacía referencia explícita a la edad, se aprecia que tenían entre 20 y 30 años, concentrándose la mayor cantidad de los casos en edades menores a los 25 años. Las extranjeras eran mayoritarias (entre el 60% y el 70%). En los anuncios, cuando se trataba de inmigrantes europeas, el origen era un rasgo permanentemente destacado. Quienes se ocupaban en esta actividad se presentaban como amas españolas, vascas, italianas, lombardas, piamontesas.
Figura N° 8. “Ama de leche de seis meses para casa de los padres”

Fuente: Caras y Caretas, 19 de octubre de 1900, Nº 107, p. 37.
Generalmente con bajos niveles de instrucción y sin especialización laboral u oficio, llegaban a la ciudad e intentaban ingresar al mercado de trabajo. Y al igual que gran parte de los trabajadores, las mujeres que ejercían la lactancia asalariada vivían en conventillos o casas de inquilinato. Si se presta atención a las direcciones publicadas en los avisos, se observa que, además del nombre de la calle y su numeración, en la mayoría de los casos se apuntaba el número de habitación al que había que dirigirse. El doctor Manuel Podestá, en un estudio sobre los problemas higiénicos y sociales que afectaban a los niños pobres de la ciudad, señalaba en uno de sus capítulos, titulado “Amas”, que a las mujeres de este gremio había que buscarlas en el conventillo, donde vivían “en habitaciones estrechas, rodeadas muchas veces de un enjambre de hijos y de algunos animales domésticos”.[11]
Las que estaban solas y podían ser más flexibles se postulaban indistintamente para cualquier modalidad de contratación (“en casa del niño o en su casa” o “se ofrece para donde convenga”). También se ofrecían para “salir afuera” o para “campo o ciudad”. Por su parte, quienes especificaban el tipo de contratación “para criar en su casa” o “por horas”, seguramente debían atender a su familia (pareja, hijos) u otras alternativas laborales complementarias. Muchas de las que recurrían a esta actividad buscando un niño para criar en sus hogares no podían permitirse dejar de trabajar y privarse de un ingreso para cuidar al recién nacido. Algunas se dedicaban a las tareas de su casa, mientras que otras se desempeñaban en alguna actividad más lucrativa como costureras, planchadoras, lavanderas.
Estas amas oficiaban de madres de sus hijos y tenían al menos un niño a quien alimentar. La referencia al amamantamiento con “media leche” o “leche entera”, que aparece de forma reiterada en los avisos, estaba asociada justamente a la existencia (o no) de otros lactantes. Quienes criaban a media leche podían estar amamantando a su propio hijo o a más de un niño al mismo tiempo, por lo que se les daba el pecho completando generalmente su nutrición con leche vacuna rebajada con agua, papillas y preparados a base de harinas. No era raro encontrar mujeres que criaban dos o más niños al mismo tiempo. Muchas iban a buscarlos a la Casa de Expósitos y en estos casos, oficiaban de “amas externas” ya que era el establecimiento el que abonaba los sueldos.
Muchas de las familias que demandaban servicios de amamantamiento y crianza de niños se hicieron eco de estas situaciones potencialmente perjudiciales para ellos, ya que en los anuncios solicitaban de forma frecuente nodrizas sin hijos. Expresiones tales como “que no tenga chico”, “inútil presentarse si tiene hijo suyo” o “sin chico” fueron de lo más habituales. Esta exigencia debió ser conocida entre las postulantes, ya que la referencia a la inexistencia de otros niños (“sin hijo” o “sin criatura”) tuvo una abrumadora presencia al revisar las páginas de los avisos.
¿Qué sucedía con los hijos de estas mujeres? La lactancia asalariada implicaba privar al propio hijo de la leche materna, alimentarlo menos o por menos tiempo (aunque también podía haber fallecido). Las que provenían del extranjero, en ocasiones dejaban a sus hijos en sus países de origen. Otras, al no poder asumir su crianza, los entregaban a otras familias, a nodrizas, a la Casa de Expósitos, intentaban desentenderse de ellos abandonándolos o, en los casos más extremos y excepcionales, dejándolos morir o matándolos.[12]
Entre los requisitos exhibidos y exigidos para ejercer la lactancia asalariada, se hacía referencia también a la “moralidad” de las mujeres. La honorabilidad parece haber sido importante al momento de conseguir trabajo, y en este mercado corrían con ventaja quienes podían demostrar tener un buen nombre a partir de las referencias. Otro rasgo permanentemente valorado era la buena salud de las mujeres que vivían del amamantamiento. Calificativos tales como “sana”, “robusta”, “buena y abundante”, “vasca fresca”, “leche superior” o “leche gorda” eran recurrentes al momento de hacer gala de sus cualidades. Asimismo, la referencia a la antigüedad de la leche no era un dato menor, de allí que aparecieran especificaciones tales como “con leche desde 4 a 6 meses” o “con leche de no más de 3 meses”.
Una estrategia para mejorar las posibilidades de contratación era exhibir certificados en los que los médicos garantizaban las cualidades nutritivas de su leche. Al demostrar que gozaban de buena salud para alimentar a los niños, las mujeres podían competir mejor en el mercado. Las referencias al examen clínico (“reconocida por el médico”, “con certificado médico”, “con certificado de Dr.”, “con certificado de la Asistencia Pública”) se tornaron cada vez más frecuentes con el cambio de siglo. Esta tendencia pudo estar asociada a la puesta en vigor de ordenanzas que así lo requerían, pero también a una mayor difusión y aceptación de las ideas y prácticas médicas e higienistas, muy influyentes por aquellos años.
El problema de la mortalidad infantil
En el año 1875, el Dr. Emilio Coni publicó un estudio dedicado a las sociedades de caridad sobre la mortalidad infantil en Buenos Aires y en otros centros urbanos de la región.[13] Si bien el fenómeno era menos dramático que en otras ciudades europeas y latinoamericanas, no por eso ameritaba desestimar la cuestión. Con la divulgación de esta obra, el médico higienista pretendía “despertar la atención pública y avanzar así en las tareas de reforma”, para contrarrestar su incidencia. Su labor tuvo reconocimiento internacional al ser premiada por la Sociedad Francesa de Higiene. Sin embargo, a nivel local no obtuvo las repercusiones deseadas y hubo que esperar un tiempo para que dicho fenómeno adquiriese relevancia pública.
Los altos niveles de mortalidad infantil registrados antes de la década de 1870 en la ciudad estaban asociados, principalmente, a la ausencia de políticas activas en ese sentido.[14] Hasta ese momento, las autoridades públicas habían estado abocadas mayormente a mejorar la higiene y la infraestructura de la ciudad mediante el desarrollo de obras de saneamiento.[15] A esa cruzada higiénica se sumó la necesidad de organizar un sistema público de atención de la salud y avanzar en el equipamiento institucional mediante la construcción de hospitales.[16]
Por otra parte, los índices de mortalidad general de la población (al igual que las posibilidades de reducirla) se relacionaban en gran medida con el comportamiento de la mortalidad infantil. En efecto, este fenómeno era considerado uno de los indicadores más sensibles de las condiciones sanitarias y socioculturales de la población.[17] La mortalidad infantil estuvo marcada por enfermedades infectocontagiosas y gastrointestinales. Entre 1869 y 1900, las patologías infecciosas fueron las que mayor participación tuvieron en las defunciones de ese segmento poblacional.[18] Sin embargo, mientras que estas disminuyeron conforme fueron controlándose las influencias insidiosas del ambiente urbano, las gastrointestinales permanecieron entre las principales causas de los decesos infantiles en las primeras décadas del siglo XX.
Las diferencias sociales en las causas de muerte de la población se tornaron cada vez más evidentes, una vez que las enfermedades del medio fueron controladas.[19] Los médicos e higienistas consideraban que las enfermedades de la infancia estaban directamente asociadas a la “ignorancia”, “superstición” y “miseria” de las madres y de las nodrizas. Ya sea por excesiva o insuficiente, de mala calidad o inconveniente, las irregularidades en la alimentación derivaban en afecciones gastrointestinales que conducían frecuentemente a los niños a la muerte. Esta percepción de las causas sociales de la morti-morbilidad infantil llevó a postular la necesidad de articular la atención médica con la asistencia social. Es por eso que las voces en favor de la implementación de políticas para protección de la infancia no tardaron en hacerse oír.[20]
En 1891, el intendente municipal de la capital, Francisco P. Bollini, nombró una comisión de especialistas, entre los que se encontraban figuras de la talla de Emilio Coni, José Penna, Horacio Piñero, Alberto Martínez, para estudiar las causas de la elevada tasa de mortalidad infantil de Buenos Aires y proponer medidas para su disminución. Los trabajos de la comisión fueron reunidos en una publicación de 1892, Patronato y Asistencia de la Infancia en la Capital de la República.[21] A raíz de esta labor colectiva que constituyó el primer plan completo de protección y asistencia de la infancia, fue creada al poco tiempo la institución municipal que llevó ese mismo nombre: Patronato de la Infancia.
La mortalidad infantil comenzó a llamar cada vez más la atención de médicos, higienistas y funcionarios públicos locales y el tratamiento del problema cobró impulso.[22] Las publicaciones y congresos médicos sobre este tema se incrementaron notablemente y una serie de políticas dirigidas al cuidado de los niños y el amparo de la mujer durante el embarazo, el parto y el puerperio (“protección indirecta de los niños”) se concretaron al despuntar el siglo XX.
Entre las acciones cabe mencionar la sanción de la Ley 5291 de 1907 que reguló el trabajo de mujeres y niños en fábricas y talleres, haciendo referencia en su articulado a la mujer obrera embarazada.[23] Como parte de esta campaña en favor del desarrollo de niños sanos, en 1908 se creó la Sección Protección de la Primera Infancia dependiente de la Asistencia Pública de la Ciudad de Buenos Aires. Esta dependencia tenía a su cargo la protección directa e indirecta de los niños menores de dos años y ejerció sus funciones a través de una red de instituciones como los dispensarios de lactantes, los institutos de puericultura y la oficina de inspección de nodrizas.[24]
Sin embargo, los establecimientos dependientes de la Asistencia Pública no constituyeron la única oferta de atención de la salud de mujeres y niños y tampoco fueron los más importantes. Como han señalado Álvarez y Reynoso, las instituciones de beneficencia resultaron, en gran medida, las responsables de poner en marcha lo que se podría definir como las primeras políticas públicas de atención a la infancia.[25] Establecimientos tales como la maternidad del Hospital Rivadavia, el Hospital de Niños San Luis Gonzaga y la Casa de Expósitos (que cumplía funciones de asilo y hospital) estuvieron entre los servicios más importantes de la ciudad y contribuyeron en gran medida a la atención de los niños lactantes.[26]
Como resultado de estos esfuerzos conjuntos, entre el último cuarto del siglo XIX y principios del siglo XX, se registró una marcada disminución de la mortalidad infantil en la Ciudad de Buenos Aires.[27] De todas formas, la morti-morbilidad de la primera infancia continuó asociada a problemas en la alimentación. Esto ocasionó que la lactancia asalariada (al igual que el resto de las alternativas nutricias) fuera objeto de análisis y discusión entre médicos e higienistas.[28]
El examen de las amas y la reglamentación de la lactancia asalariada
Cuantas veces hemos oído decir en la Oficina, Inspección de Nodrizas, á mujeres que solicitaban su certificado de amas de cría, el que era negado por poca cantidad de leche ó pobreza en elementos nutritivos de la misma: “¿cómo quiere que tenga buena leche si no tengo que comer?” Ó “¡denos de comer y verá cuánta leche tendré!” Y observaciones por el estilo.[29]
La actividad de las amas de leche fue motivo de intervención de las autoridades públicas y sanitarias de la ciudad. El Reglamento para el servicio doméstico, del 7 de mayo de 1875, contenía un capítulo reservado a ellas denominado “De las amas de cría”.[30] Las mujeres afectadas al “amamantamiento asalariado” debían registrarse en una oficina y estaban obligadas a portar una libreta, al igual que el resto de los y las trabajadores/as alcanzados por la ordenanza. Asimismo, debían someterse a controles médicos regulares establecidos por el municipio, de modo que, además de sus datos personales y laborales, en la libreta quedaban asentadas las condiciones físicas en las que se encontraban. Este chequeo debía realizarse cada vez que cambiaran de casa o patrón.
En relación con los vínculos laborales, la ordenanza establecía que el contrato duraría lo que la nutrición y crianza de la criatura, el despido del ama solo se justificaba por fallecimiento del niño, maltratamiento de la misma, “enfermedad o vicios” que tornaran peligrosa la lactancia, falta de leche o su descomposición, robo u otro delito cometido en la casa. Si las amas eran despedidas sin razón, tenían derecho a cobrar sus sueldos por el tiempo por el cual habían sido contratadas en un principio y solo se justificaba el abandono de la crianza en caso de enfermedad, maltrato corporal por parte de sus patrones o falta de pago de sus sueldos. Las amas que tomaban niños para criar en sus casas debían inscribirse y portar libreta al igual que las que vivían en casa de los padres de la criatura y se les prohibía tomar a más de un niño a la vez “bajo la pena de multa o prisión”.[31]
La puesta en vigencia y efectiva aplicación de esta normativa se vio obstaculizada y postergada por largo tiempo. Haciendo referencia a esta situación, ya en el año 1877 un facultativo exclamaba: “hemos llegado a reglamentar todo; ¡hasta la prostitución! y sin embargo nada se ha hecho respecto á la industria de criar niños; las autoridades son altamente culpables por su indiferencia criminal, respecto de una cuestión que tanto interesa á la familia como al Estado”.[32]
Mientras tanto, los exámenes y evaluaciones de las aspirantes a nodrizas corrían por cuenta de médicos particulares, o bien por entidades privadas, que frente a la ausencia de una regulación municipal ofrecían a las familias porteñas este tipo de prestaciones. Un caso ilustrativo es el del Dr. Villar, quien en 1880 inauguró en su consultorio particular la Administración de nodrizas, un “servicio a las familias” que tenía por objeto ofrecer nodrizas “garantidas” mediante el examen, registro y certificación de sus condiciones de salud y de moralidad.[33]
A pesar de reclamar reiteradamente que estos asuntos eran incumbencia de los médicos, las familias no acudían a ellos para seleccionar a las nodrizas sino que, “sin ningún criterio” (médico), se lanzaban a contratar a quien ofrecía el mejor aspecto. Generalmente publicaban un aviso en algún periódico local que atraía a una multitud de mujeres, “de todos colores y temperamentos”, algunas, “fuertes y aptas para desempeñar las tareas”, otras, “inservibles y peligrosas”.[34] También acudían a las agencias que se dedicaban a la colocación de diferentes especialidades del servicio doméstico o a aquellas que únicamente comerciaban con la oferta y demanda de nodrizas.
Las amas de leche eran desacreditadas por razones higiénicas y morales. Sobre ellas siempre había algo que decir: si abandonaban a su hijo para criar a otro, eran unas desalmadas; pero si no lo hacían y criaban a dos niños a la vez, eran unas criminales que arriesgaban la vida de ambas criaturas. Como bien ha señalado Machado Koutsoukos, los médicos no siempre reconocían el sacrificio de estas mujeres que vivían del amamantamiento como tampoco percibían que detrás de un ama se escondía a menudo una historia triste: una historia de desmembramiento familiar, de separación de una madre de su hijo, de fallecimiento de un niño.[35]
Con el cambio de siglo, la actividad de las nodrizas comenzó a ser objeto de un tratamiento particular, a asociarse cada vez más a la idea de “salubridad” y a constituirse en un elemento fundamental de las políticas de protección de la primera infancia, implementadas por la Asistencia Pública de la Ciudad de Buenos Aires. Una ordenanza sancionada el 12 de noviembre de 1902 creó dentro de la Asistencia Pública el “Registro de Nodrizas” una sección que se encargaría de la inscripción, inspección y extensión de los “certificados de aptitud” para ejercer la lactancia asalariada. Sin embargo, la insistencia en la imposición de multas y el rechazo de las amas a someterse a los exámenes médicos provocaron una reacción indeseada: el ejercicio de la actividad por fuera de los marcos regulatorios establecidos.
Muchas mujeres se resistían a los exámenes clínicos y no fue fácil para los médicos vencer el “pudor femenino”. Para la mayoría era una práctica nueva ya que hasta entonces sus cuerpos habían sido examinados por otras mujeres conocidas, con saberes medicinales populares.[36] Para sortear estos inconvenientes, el personal técnico de la Oficina fue conformándose por “señoritas” médicas y estudiantes de medicina a fin de “inspirar más confianza” a las mujeres y los niños que debían prestarse a dichos exámenes.[37]
A los pocos meses de su implementación, el Concejo Deliberante sometió a consideración nuevamente la normativa vigente, ya que el Registro no había prestado servicio alguno debido a que ningún ama se había inscripto en el transcurso de medio año.[38] El concejal que presentó el nuevo proyecto señaló que la mediocridad de los resultados se debía a las multas aplicadas a estas mujeres, ya que generaban un rechazo generalizado al control y a la reglamentación. En consecuencia proponía eliminar las sanciones pecuniarias, al tiempo que consideraba fundamental regular el funcionamiento de las agencias de colocación de nodrizas que operaban en la ciudad.
La ordenanza destinada a hacer más efectivos los controles fue sancionada el 16 de junio de 1903 y se presentó junto a otras disposiciones afines bajo el título de “Registro y agencias de amas”.[39] Por un lado, se eliminaron las multas impuestas a las nodrizas por incumplimiento de los contratos y por criar a más de un niño a la vez. Por el otro, se amplió la aplicación de la reglamentación a las agencias de colocación y a los lactantes.
Las mujeres que ejercían la actividad debían inscribirse gratuitamente en el Registro de Nodrizas, para que se les extendiera el certificado una vez aprobado el examen médico. Además de la inspección del ama y de la leche (que incluía un análisis “microscópico del porcentaje de manteca, su abundancia y su densidad”), las autoridades podían realizar el control de los niños bajo crianza ya que dispusieron que, “cuando fuese posible”, también se efectuarían exámenes a los lactantes. [40]
Ahora bien, además del control del niño lactante (demandante), las autoridades comenzaron a preocuparse por las condiciones de los hijos de las nodrizas. De allí que otros de los requisitos para obtener el certificado era que las amas probasen que sus hijos estaban bien atendidos y alimentados. La Asistencia Pública podía realizar las “investigaciones” necesarias, efectuar visitas al domicilio de la nodriza, verificar “condiciones higiénicas y estado de su habitación” y en función de los resultados extenderles (o no) los certificados.[41] Por su parte, las agencias y corredores que se ocupaban en la colocación de nodrizas debían estar habilitadas por la Asistencia Pública, se les prohibía colocar nodrizas que no estuvieran registradas y no poseyeran certificado, de lo contrario serían penados con una multa para cada infracción.[42]
¿Cuáles fueron los efectos de la implementación de esta normativa? En el Anuario Estadístico de la Ciudad de Buenos Aires se publicaron los resultados del registro y control de las amas de leche en las primeras décadas del siglo XX. Del total de mujeres examinadas por la Asistencia Pública, entre el 30% y el 60% no pasaron los controles. Esto significaba que, para las autoridades sanitarias, no estaban aptas para efectuar la lactancia asalariada y, en consecuencia, no se les extendía el certificado pertinente.[43]
Gráfico N° 7

Fuentes: Nari, Marcela, Políticas de maternidad y maternalismo político, Buenos Aires, Biblos, 2005, p. 295.
Entre los principales motivos para denegarles la entrega del certificado que las habilitaba para vivir del amamantamiento, se encontraban la cantidad y la calidad de la leche y el poco peso del niño a su cuidado, aunque la mala higiene, la detección de infecciones mamarias, la falta de certificados, la ausencia del niño al momento del control y la falta de vacunación fueron también causas frecuentes. En menor medida aun, la detección de sífilis, tuberculosis, sarna, el límite de edad, el rechazo a los exámenes médicos, la muerte de niños por atrepsia (desnutrición) fueron motivos expuestos.[44]
Con niveles tan elevados de rechazo, es de esperar que muchas nodrizas hayan sido esquivas a este tipo de controles o que hicieran caso omiso a los mismos. Al parecer, existían distintas formas de burlar a las autoridades y de ejercer la actividad sin habilitación municipal, ya que las amas a las que se les negaba el certificado podían procurárselo mediante el pago o préstamo del de otra nodriza autorizada. Este tipo de artimañas eran favorecidas por las agencias donde acudían las amas presurosas en busca de una colocación. Los agencieros conservaban en la medida de lo posible los certificados de las nodrizas que colocaban, ya que les servían para colocar después a las que eran rechazadas o carecían de certificado, cobrándoles por ello una comisión mayor.[45] Sin embargo, era difícil lidiar con este problema porque las multas establecidas por las ordenanzas para este tipo de irregularidades eran ínfimas frente a las elevadísimas ganancias de las agencias, las que podían, por cierto, pagar fácilmente una multa por semana.[46]
De todas formas, al despuntar el nuevo siglo se hicieron más frecuentes los avisos donde se destacaba la existencia del certificado de la Asistencia Pública. Al parecer, con el paso de los años se tornó cada vez más necesario obtener el certificado de buena salud. Esto pudo deberse a un aumento del control municipal del mercado de la lactancia que forzó a las mujeres a someterse a su regulación, o bien a que, en caso de no tener problemas de salud, era más efectivo al momento de buscar trabajo someterse a dichas inspecciones y quedar registradas en aquella dependencia municipal, que conchabarse en una agencia particular.
A los pocos años, las nodrizas fueron sometidas a una nueva reglamentación con la sanción de la Ordenanza del 9 de septiembre de 1910.[47] Las disposiciones introducidas en esta ocasión evidenciaron un cambio en la sensibilidad de las autoridades públicas en relación con los hijos de las nodrizas, ya que las modificaciones se orientaron básicamente a reforzar el control sobre ellos con el objeto de protegerlos. En adelante, para poder acceder al certificado de aptitud, además de todos los requisitos antes mencionados, se les solicitó a las amas que exhibieran certificados de vacunación de sus hijos, documentos que acreditaran su identidad y, en caso de fallecimiento, las actas de defunción con especificación de la causa de la muerte. Asimismo, debían realizarles exámenes médicos regulares.[48]
Entre las obligaciones de las nodrizas que habían obtenido el certificado, figuraba que en caso de conseguir un niño para criar, debían dejar a sus hijos bajo la vigilancia del Dispensario de Lactantes más próximo a su domicilio; comunicar a la Inspección de Nodrizas los datos de la persona que se encargaría de su crianza e informar cada vez que cambiasen de cuidadora. Por otra parte, las autoridades sanitarias podían quitarles el certificado o denegárselo al momento de su renovación a las amas que, estando sus hijos mal atendidos, no hubieran cambiado de cuidadora una vez que eran informadas de la situación. Esto podía ocurrir ya que la persona encargada del hijo de la nodriza debía concurrir al dispensario cada quince días, para su vigilancia. Por último, vuelven a entrar en vigencia los “correctivos” que recaían sobre las nodrizas, ya que tanto ellas como las cuidadoras de sus hijos podían ser sancionadas con multas de 50 a 100 pesos si no cumplían con las prescripciones de la ordenanza.[49]
Para cerrar este recorrido por los intentos de regulación y control de la lactancia asalariada, es necesario señalar que un año más tarde, el Dr. Piñero, por entonces director general de la Asistencia Pública, propuso que las médicas de la Oficina realizasen inspecciones domiciliarias a fin de evaluar las condiciones de salud e higiene de los hijos de las amas (y en caso de que el estado no fuese satisfactorio, tomar medidas al respecto). De esta forma se contribuía a que la cuidadora (otra ama), sabiéndose vigilada, se ocupase más del niño que tenía a cargo. Por su parte, el Concejo Deliberante de la ciudad sancionó la Ordenanza del 13 de noviembre de 1911 que completó la reglamentación de la Sección Protección de la Primera Infancia y le adjudicó una suma considerable de dinero que le permitió dar un salto cualitativo a sus instalaciones y servicios.[50]
La reglamentación exigía a las mujeres que ejercían la lactancia asalariada que, en caso de conseguir un niño para criar, entregaran sus hijos a una “cuidadora” (que bien podía ser otra nodriza) y que por ende, soportaran ellas mismas los costos de esos servicios de amamantamiento y crianza. Las nodrizas, en definitiva, no escapaban a las vicisitudes de la mayoría de las mujeres que habitaban la ciudad: las de intentar compatibilizar maternidad y subsistencia.
El abandono de niños al cuidado de amas de leche
Contratar los servicios de amas de leche era una costumbre habitual en la ciudad porteña de fines del siglo XIX y principios del XX. Con el pasar de los años, las clases acomodadas fueron abandonando este hábito a medida que nuevas nociones sobre la niñez y la maternidad arraigaban en el imaginario social de la época, y a medida que se perfeccionaba la alimentación artificial. Sin embargo, las mujeres y varones de menores recursos que ineludiblemente debían resolver su subsistencia y la de sus hijos continuaban demandando sus servicios. Las dificultades económicas, la falta de establecimientos de cuidado infantil (salas-cuna), las precarias condiciones del mercado de trabajo y la vulnerabilidad de muchos inmigrantes recién llegados operaron como factores determinantes al momento de implementar estrategias para enfrentar la situación de pobreza.
Como ha señalado Cicerchia, las decisiones sobre el destino de los infantes dependieron solo en parte de la moralidad dominante de la época.[51] Las prácticas de cesión y entrega, interpretadas como “abandono de niños”, fueron un fenómeno social popular y eminentemente urbano que se agudizó hacia fines del siglo XIX. En el año 1889, por ejemplo, unas criaturas fueron depositadas en la Casa de Expósitos de la ciudad. La desintegración del grupo doméstico parece haber sido una alternativa para garantizar su sobrevivencia. Muchas veces se trataba de una medida transitoria para resolver la situación de los más pequeños (al menos en lo inmediato). Las fuentes indican que la opción de la entrega o cesión de niños no siempre fue irrevocable ni definitiva y que, en muchos casos, existió la voluntad de recuperarlos.[52]
El abandono de niños al cuidado de amas parece haber sido frecuente. La posibilidad de desprenderse de esa responsabilidad a través de estas mujeres aseguraba en la mayoría de los casos el ingreso de las criaturas a los establecimientos que les daban cobijo.[53] Esta modalidad de abandono seguramente resultaba menos comprometida que entregarlos al asilo personalmente, sobre todo si se considera que el sistema del torno libre dejó de implementarse en la Casa de Expósitos en 1892.[54] Por otra parte, deshacerse de las criaturas confiándoselas a un ama para que las alimentara y las cuidara (al menos por un tiempo) era acaso una alternativa menos angustiante que dejarlos expuestos en calles, baldíos, zaguanes o basureros.
Las amas se contactaban con los padres de las criaturas a través de los avisos que publicaban en los diarios o dirigiéndose a hospitales, maternidades u orfanatos, para conseguir un niño para criar. El problema se les planteaba cuando estas mujeres no solo eran perjudicadas porque dejaban de percibir sus ingresos sino que, a su vez, se veían imposibilitadas de tomar a otro niño hasta no resolver la reubicación o el destino del que habían dejado en su poder, viéndose implicadas en situaciones aun más complejas.
Son ilustrativos algunos ejemplos: el ama Faustina Saponaré tomó una niña de siete meses de edad en julio de 1890, para criar en su casa. La madre, doña Consuelo Iglesias, estaba colocada como ama interna en la Casa Cuna, donde se domiciliaba. Por la crianza de la pequeña Julia Carmen, acordaron una suma de veinticinco pesos mensuales. Sin embargo, la madre de la niña no cumplió con lo establecido y desapareció. Luego de siete meses de cuidado, por estar “escasa de recursos”, el ama se dirigió a la Defensoría de Menores para solicitar que la niña fuese recibida en la Casa de Expósitos. Al parecer, la Sociedad de Beneficencia admitió a la criatura y le dio cobijo en dicho asilo.[55]
El abandono de niños al cuidado de amas de leche adquirió tanta frecuencia y notoriedad a partir del novecientos, que despertó la preocupación de las autoridades públicas. En los últimos días de 1902, se produjo un intercambio de notas entre la presidenta de la Sociedad de Beneficencia y el defensor de menores de la Sección Sud de la Capital en relación con este problema.[56] La presidenta manifestaba que las inspectoras de su institución habían identificado elementos que ponían en duda la veracidad de algunos de los casos presentados. En su respuesta, el defensor de menores convalidó esa preocupación ante las frecuentes presentaciones de niños que aparentemente eran abandonados por sus madres al cuidado de amas que no querían continuar amamantándolos “porque no habían sido satisfechos sus salarios”. Sospechaba que esos hechos podían ocultar una “especulación o un nuevo método más fácil” para evitar la presentación directa de la criatura que se quería abandonar en la Casa de Expósitos. Para reducir las posibilidades de engaño, la Defensoría estableció que “la postulante” (es decir, el ama implicada en el suceso) acreditase ‒invariablemente‒ por medio de una nota de la Policía que “la madre de la criatura abandonada había sido buscada por ella y no se había hallado”. Una vez presentado dicho documento, se procedía a solicitar la admisión de los niños en la Casa de Expósitos. El funcionario reconocía que la información recogida por esa vía podía ser incompleta pero justificaba su accionar planteando que si las autoridades públicas no lo protegían, “el ama burlada trataría por todos los medios a su alcance de deshacerse del niño para poder tomar otro cuya madre le abonase su crianza”. En consecuencia, prefería exponerse a ser “víctima de un engaño” antes de arriesgar “la vida de una […] criatura a las contingencias de una espera prolongada para hacer averiguaciones mas detenidas”.
Los resguardos institucionales se reforzaron. Un ejemplo de las trabas burocráticas del nuevo sistema la encontramos en el caso de doña Gerónima Sifredi de Navarro, víctima de esta modalidad de abandono. Despuntaba el mes de marzo de 1902 cuando se dirigió a la Casa de Expósitos para “sacar una niña para criar”. En la puerta de dicha institución una desconocida le pidió que amamantara y cuidara de su hijita de tres meses a cambio de una remuneración mensual. En ese momento, y a pesar de no tener referencia alguna, cerró el trato y se llevó a la criatura consigo.[57]
Semanas más tarde, “la Navarro” cayó en la cuenta de que había sido víctima de un engaño y que seguramente nunca más volvería a ver a aquella mujer. Regresó a la Casa de Expósitos a solicitar que le dieran cobijo a la criatura abandonada. No logró que admitieran a la niña, pero le recomendaron dirigirse a la Policía.[58] Esta gestión también resultó infructuosa, puesto que no había datos de la “supuesta madre” de la niña. Se dirigió esta vez a la Defensoría de Menores para hacer entrega de la criatura, ya que no podía alimentarla “por falta de leche”. Nuevamente fracasó en el intento porque el funcionario de turno no recibió a la niña, aunque le sugirió que se dirigiera a la Asistencia Pública para que le realizaran un reconocimiento médico. Es que para gestionar el ingreso de la pequeña a la Casa de Expósitos era necesario “comprobar” primero si era cierto lo que Gerónima alegaba respecto de su estado físico.[59] El ama se presentó ante la oficialidad médica y se sometió a las inspecciones requeridas. Obtuvo así un certificado que acreditó que efectivamente se “encontraba enferma” y que “carecía de leche necesaria para amamantar a una criatura que no era suya”.[60]
Con la denuncia de la Policía y el certificado de la Asistencia Pública, el ama regresó a la Defensoría para entregar de una vez por todas a la niña. Sin embargo, recién en ese momento el oficial envío una nota a la presidenta de la Sociedad de Beneficencia de la Capital solicitando que realizara las gestiones necesarias para que la criatura fuera admitida en la Casa de Expósitos.[61] A su vez, la Sociedad pidió un informe sobre el caso a la Casa de Expósitos que, por su parte, respondió corroborando lo sucedido.[62] A pesar del peregrinaje del ama Gerónima por los diferentes establecimientos (Casa de Expósitos, Comisaría, Defensoría de Menores, Asistencia Pública) no es posible saber si finalmente pudo hacer entrega de la niña a las autoridades públicas.
Otro relato lleva al mismo destino pero por vías diferentes. Doña Graciana Caripito denunció en la comisaría que estaba criando a una pequeña de nombre Antonia pero que, luego de tres años de tenerla bajo su cuidado, la mujer con la que había realizado el arreglo, una partera llamada Telésfora M. de Taberna, había dejado de “abonarle las mensualidades” y se negaba a recibir a la menor en cuestión. La situación se tornó particularmente compleja cuando la imputada se defendió, señalando que no había sido ella quien había entregado la criatura sino la madre, Juana Tranalis, una pensionista que había desaparecido sin dejar dirección alguna. A pesar de los esfuerzos de la comisaría que intervino en el caso, no se consiguieron datos sobre el paradero de la madre de la niña. Lo único que se supo fue que se llamaba “Juana Tronchi” y no Tranalis (como aparecía en una de las notas referidas), que era soltera, de oficio costurera y que había trabajado en un taller. Por último, se tomó conocimiento de que su familia vivía en “el Azul”, provincia de Buenos Aires, pero que la joven “no había dado señales de su existencia”.
El ama Graciana se dirigió a la Defensoría de Menores con una nota de la Policía que detallaba lo ocurrido, al tiempo que solicitaba que se hicieran cargo de la criatura debido a que ella no “podía continuar teniéndola por falta de recursos”. Una vez que el defensor tomó conocimiento de la situación, emitió rápidamente una nota a la Sociedad de Beneficencia solicitando la admisión de la niña Antonia en la Casa de Expósitos debido a que era “una desamparada” y a que “las condiciones de indigencia de la cuidadora eran extremas”. [63]
El comportamiento de Juana Tronchi demuestra que la decisión del abandono no siempre estaba presente desde el primer momento. Esta mujer cumplió durante tres años lo acordado con el ama para costear la crianza de su hija, hasta que en un momento, interrumpió sus pagos y desapareció, dejando a la criatura en manos de su cuidadora.
Estos ejemplos parecen indicar que la decisión de abandonar a sus hijos era el corolario de dificultades económicas y de errantes condiciones de trabajo y de vida. Quienes tomaban este tipo de medidas eran mujeres de muy pocos recursos que conseguían colocación como sirvientas, amas, costureras, unas veces en la ciudad, otras en el campo, que aceptaban irse fuera de Buenos Aires dejando a sus hijos allí, quizás con la esperanza de volver por ellos en algún momento y recuperarlos.[64]
De todas formas, cuando se analizan otras situaciones, se pone en evidencia que las mujeres que vivían del amamantamiento y crianza de niños eran frecuentes víctimas de engaños premeditados, ya que los o las embaucadores/as las contactaban con el propósito de deshacerse de las criaturas.
Un caso ilustrativo es el de doña Teresa Millán de Martay. En octubre de 1906 se presentó en su domicilio una mujer desconocida que le hizo entrega de una niña de un mes y medio de edad, para que la criara mediante el pago de 25 pesos mensuales. A las pocas horas, el ama recibió una carta sin firma en la que le avisaban “que no irían en busca de la criatura” y que “podía disponer de ella como quisiera”. Con la carta en mano, el ama Teresa se dirigió a la comisaría donde realizó la denuncia y a los pocos días se presentó ante la Defensoría de Menores y entregó a la niña para que fuese admitida en Casa de Expósitos, alegando ser “una mujer pobre que carece de recursos”.[65]
Doña Francisca Q. de Ipósito también fue engañada por una desconocida. Corría el mes de abril de 1909 cuando se dirigía a la Casa de Expósitos para solicitar un niño para criar. En la puerta de entrada del establecimiento se topó con una mujer que le hizo entrega de un niño llamado Luis José de unos pocos días de vida, solicitándole que la aguardara un momento mientras iba en busca de ropa. El ama la esperó en vano durante ocho horas, la madre del niño nunca regresó.[66]
Los casos reseñados son solo un puñado de los cientos que acontecieron en la ciudad durante estos años. Este tipo de prácticas era un riesgo para las mujeres que vivían del amamantamiento e ilustran categóricamente las dificultades que tuvieron que enfrentar para ganarse la vida. Las consecuencias de esos actos de abandono cristalizaron en un itinerario institucional que hizo que estas mujeres recorrieran los mismos pasillos, perturbadas por acciones de terceros que afectaron inevitablemente su vida.
El mercado de las amas de leche comenzó a declinar a mediados de la década del veinte.[67] El ocaso de su existencia económica y social debe comprenderse a la luz de cambios culturales, científicos y técnicos. Por un lado, la emergencia y consolidación de un nuevo ideal maternal, y la difusión de la ideología de la “maternidad científica” centrada en la salud y la crianza del niño, sostenida por médicos e higienistas especializados en pediatría y puericultura.[68] Por el otro, los avances asociados a la alimentación artificial (el perfeccionamiento de los procedimientos de esterilización y pasteurización de la leche de vaca, el descubrimiento de nuevas fórmulas, nuevos formatos de tetinas y mamaderas, entre otras innovaciones). La historia de estos procesos y del auge y el ocaso de la lactancia como trabajo asalariado aún espera ser contada.
- Diputado Cantón, intervención en el debate del proyecto de ley para proteger el trabajo de las mujeres y los niños. Congreso Nacional, Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados (DSCD), año 1906, Tomo I, Sesiones Ordinarias, abril 22- septiembre 28, Buenos Aires, Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, 1907, sesión del 01/07/1907, p. 402.↵
- Las fuentes indican que muchas de las mujeres que oficiaban de amas de leche una vez que habían sido madres, previamente se habían desempeñado como sirvientas. A su vez, algunas de las que habían conseguido colocación como nodrizas, después del destete permanecían junto a la familia prestando otro tipo de servicios domésticos. También existía la posibilidad de que en algún momento de sus vidas estas mujeres ejercieran la prostitución. En su clásico estudio sobre la prostitución legal en Buenos Aires, Donna Guy ha señalado que en los registros públicos disponibles sobre las prostitutas, aparece de forma frecuente que muchas de estas mujeres declaraban haber sido sirvientas previamente. Guy, El sexo peligroso…
↵ - Nari, Políticas de maternidad…, pp. 101 y ss.; pp. 20-21.↵
- Una referencia ineludible para Francia: Faÿ~Sallois, Fanny, Les nourrices à París au XIX siècle, París, Payot, 1980. Para Estados Unidos: Apple, Rima D., Mothers and medicine: a social history of infant feeding, 1890-1950, Madison, University of Wisconsin Press, 1987. Para México: Blum, Domestic Economies. Family…, pp. 74 y ss. Para Chile: Milanich, “The Casa de Huerfanos…”. Para Brasil: Machado Kotsoukos, Sandra Sofía, “‘Amas mercenarias’: o discurso dos doutores em medicina e os retratos de amas – Brasil, segunda metade do século XIX”, en História, Ciencias, Saúde – Manguinhos, Rio de Janeiro, vol. 16., N° 2, abr.-jun. 2009, pp. 305-324.↵
- La aplicación de la Ley 5291 de 1907 fue restringida y su implementación muy difícil, por lo que al parecer, su cumplimiento lejos estuvo de ser efectivo. Mercado, Matilde A., La primera ley de trabajo femenino. La mujer obrera (1890-1910), Buenos Aires, CEAL, 1988; Lobato, Mirta Zaída, “Entre la protección y la exclusión: discurso maternal y protección de la mujer obrera, Argentina 1890-1934”, en Suriano (comp.), La cuestión social…; de la misma autora: Historia de las trabajadoras…↵
- En general se insistía en que las mujeres madres no debían eludir el cumplimiento de los deberes que les imponía su condición, excepto en aquellos casos forzosos que las obligaban a buscar otras formas de alimentarlos: por enfermedad, insuficiencias en la secreción láctea, fallecimiento de la progenitora.↵
- Véase: Cervera, Joaquín, Alimentación de la primera infancia. Lactancia materna y artificial. Tesis inaugural presentada para optar al grado de Doctor en Medicina y Cirujía, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Médicas, Buenos Aires, Imp. y Lit. Prina y Cía., 1897, pp. 31-32. ↵
- Véase: Zauchinger, Adela, La protección de la primera infancia. Tesis presentada para optar al título de Doctor en Medicina, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Médicas, Buenos Aires, J.M. Monqaut, 1910, p. 112.↵
- A lo largo del período en cuestión, sus salarios rondaron en torno a los 20 o 25 pesos mensuales. Su precio era bastante accesible y el hecho de que una sirvienta pudiera costearlo no es un dato menor, porque significa que se comprometían por una exigua suma de dinero.↵
- Podestá, Manuel T., Niños. Estudio médico y social, Buenos Aires, Imprenta La Patria Italiana, 1888, p. 34.↵
- Ib., p. 35.↵
- Sobre la diversidad de prácticas de cesión y entrega de niños englobadas bajo la categoría “abandono de niños”, véase: Villalta, Carla, “La conformación de una matriz interpretativa. La definición jurídica del abandono y la pérdida de la patria potestad”, en Lucía Lionetti y Daniel Míguez (comp.), Las infancias en la historia argentina. Intersecciones entre prácticas, discursos e instituciones (1890-1960), Rosario, Prohistoria Ediciones, 2010. Véase asimismo: Cicerchia, “Las vueltas del torno…”; Guy, Donna J., “Niños abandonados en Buenos Aires (1880-1914) y el desarrollo del concepto de madre”, en Fletcher, Lea, Mujeres y cultura… Sobre el aborto, el infanticidio y el abandono como prácticas de regulación de la natalidad y del tamaño de la unidad doméstica, véase: Nari, Políticas de maternidad…, pp. 132-141; pp. 192 y ss. Sobre estas prácticas y sus representaciones en la criminología, la prensa y las prácticas judiciales, véase: Di Corleto, Julieta, Malas madres. Aborto, infanticidio y abandono de niños (Ciudad de Buenos Aires, fines del siglo XIX-principios del siglo XX), borrador de tesis para optar por el grado de Doctor en Historia, Universidad de San Andrés.↵
- En su trabajo, abordaba las causas de la mortalidad de los niños en Buenos Aires y proponía medidas para atenuar sus efectos, describía las afecciones vinculadas al fenómeno, ofrecía estadísticas comparadas sobre el tema en distintas ciudades y presentaba un estudio sobre los asilos que albergaban niños en la ciudad porteña. Coni, Emilio R., La mortalidad infantil en la Ciudad de Buenos Aires. Estudio comparativo con la mortalidad infantil de Río de Janeiro, Montevideo, Lima, México, y otras ciudades americanas, Buenos Aires, Imprenta de Pablo E. Coni, 1879.↵
- Entre 1858 y 1867, las defunciones de niños de 0 hasta 1 año de vida representaron el 31,5% de la mortalidad general mientras que entre 1868 y 1877, explicaron el 27,3% de la misma. Por su parte, si se incorporan los niños fallecidos de hasta 8 años resulta que la mortalidad infantil representó más del 40% de la mortalidad general de la ciudad (46% y 41%, respectivamente). Ib., pp. 11-12.↵
- La concepción de la enfermedad estaba asociada a la idea del contagio, y la higiene urbana era un elemento primordial a la hora de controlar la influencia del medio en la salud de la población. Desde 1854, la Ley Orgánica de Municipalidades había definido las funciones de las Comisiones de Higiene y Obras Públicas. Sin embargo, fue recién en el último cuarto de siglo ‒con la creación del Departamento Nacional de Higiene (1880) y la Asistencia Pública de Buenos Aires (1883) y tras el azote de una serie de ciclos epidémicos‒ que se comenzó a avanzar en el saneamiento del medio dotando a la ciudad de agua potable, red cloacal, pavimentación, plazas, recolección y depósito de basuras y desechos, etc. Mazzeo, Victoria, Mortalidad infantil en la Ciudad de Buenos Aires (1856-1986), Buenos Aires, CEAL, 1993, pp. 56-62; Armus, “El descubrimiento de…”, pp. 516 y 521.↵
- Después de 1880, al tiempo que se fueron ampliando las dimensiones y mejorando el equipamiento de los hospitales existentes, una decena de nuevos establecimientos de este tipo fueron creados en la ciudad. Véase: Kohn Loncarica, Alfredo Guillermo y Agüero, Abel Luis Alfredo, “El contexto médico”, en Biagini, Hugo E. (comp.), El movimiento positivista argentino, Editorial de Belgrano, Buenos Aires, 1986; Armus, “El descubrimiento de…”. ↵
- Mazzeo, Mortalidad infantil en…, pp. 7-8.↵
- Entre ellas: fiebre tifoidea, tétanos, viruela, sarampión, escarlatina, coqueluche, difteria y cruz. Ib.↵
- Armus, “El descubrimiento de…”, p. 520.↵
- La primera infancia se extendía desde el nacimiento hasta la aparición de los veinte primeros dientes, época en que el niño ingresaba en la segunda infancia. Kaminsky, Esther, Puericultura, Protección a la primera infancia en la República Argentina, tesis presentada para optar por el título de Doctor en Medicina, Universidad Nacional de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Médicas, Buenos Aires, La Semana Médica, Imp. de obras de E. Spinelli, 1914.↵
- Intendencia Municipal, Patronato y Asistencia de la Infancia de la Capital de la República, Trabajos de la Comisión Especial, Publicación oficial, Buenos Aires, Establecimiento Tipográfico El Censor, 1892. ↵
- En este mismo momento puede situarse la constitución y consolidación de la pediatría, especialidad médica centrada en la infancia. Ligada a esta disciplina surgió la puericultura, “ciencia de aplicación” vinculada con la higiene y orientada a la divulgación de métodos de crianza “racionales y científicos”. Colángelo, María Adelaida, “El saber médico y la definición de una ‘naturaleza infantil’ entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX en la Argentina”, en Cosse, Isabella; Llobet, Valeria et al. (eds.), Infancias: políticas y saberes en Argentina y Brasil. Siglos XIX y XX, Buenos Aires, Teseo, 2011, pp. 102-103.↵
- Esta primera normativa que protegió a las obreras en su carácter de madres más que de trabajadoras coronó una serie de intentos preexistentes. Reguló el trabajo de mujeres y niños en fábricas y talleres y estableció que las mujeres que daban a luz podían volver a trabajar hasta 30 días después del parto, por lo que se les debía guardar el puesto. Mercado, La primera ley…; Lobato, “Entre la protección…”. ↵
- Los dispensarios de lactantes, creados desde principios de siglo, tenían por objeto favorecer la lactancia natural y reglamentar la lactancia artificial. Ofrecían diversos productos a las madres que alimentaban a sus hijos de forma artificial, oficiaban como consultorios externos donde se atendía a niños sanos y enfermos y realizaban visitas periódicas a los domicilios de “sus protegidos”. Hacia 1910 funcionaban seis en la ciudad; diez años después, eran dieciocho. Por su parte, los institutos de puericultura, creados después del Centenario, disponían de consultorios externos, salas para internar a los niños, controlaban la evolución de los recién nacidos, su alimentación, asesoraban a las madres en el amamantamiento y los códigos de conductas higiénicas. Muchos de estos establecimientos tuvieron su origen ‒al menos en su concepción‒ en Francia y una vez implantados en la Ciudad de Buenos Aires, adoptaron y adaptaron los proyectos originales y les añadieron funciones complementarias. Véase: Canevari, Fortunato, Las causas de la mortalidad infantil, tesis presentada para optar al grado de Doctor en Medicina, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Médicas, Buenos Aires, Las Ciencias, 1904, pp. 79-80; pp. 82-93; Zauchinger, La protección de…, pp. 105-108; Nari, Políticas de maternidad…, pp. 123-127.↵
- Véase: Álvarez, Adriana y Reynoso, Daniel, “Entre el abandono y la debilidad. El cuidado de la salud en la primera infancia”, en Cosse, Isabella; Llobet, Valeria et al. (eds.), Infancias: políticas y…, pp. 126-127. Véase asimismo: Moreno, La política social…↵
- Mazzeo, Mortalidad infantil en…, pp. 56-60; Nari, Maternalismo político y…, pp. 125-126.↵
- Entre 1875 y 1904 se redujo en un 64% con un descenso promedio de un 2% anual. Al despuntar el nuevo siglo, la tasa de mortalidad neonatal representaba solo la cuarta parte de los valores arrojados a fines de la década de 1850 (pasando de un 98,5 por mil a un 24,1 por mil). También disminuyeron los niños nacidos muertos (con una serie de fluctuaciones) después de los altos niveles registrados hacia fines de la década de 1890. Mazzeo, Mortalidad infantil en…, p. 30. ↵
- Los médicos señalaban que la alimentación “artificial” (leche de origen animal o preparados a base de harinas) ocasionaba más víctimas que la “natural” (de la progenitora o de una nodriza). Cervera, Alimentación de la primera infancia…, p. 12.↵
- Kaminsky, Puericultura. Protección a…, p. 72.↵
- Digesto de Ordenanzas…, 1877.↵
- Una ordenanza posterior, sancionada en 1887, estableció que toda ama de cría que faltase a su contrato por otras causas que no fueran las especificadas en el art. 22º del reglamento de 1875 sería castigada con una multa de 100 pesos moneda nacional (m/n) (art. 48º). A su vez, la multa por alimentar a más de una criatura al mismo tiempo se fijó en 50 pesos m/n (art. 49º). Pagani, Estela y Alcaraz, María Victoria, Las nodrizas de Buenos Aires. Un estudio histórico (1880-1940), Buenos Aires, CEAL, 1988, p. 14.↵
- Beruti, Nicolás T., Lactancia, tesis para el Doctorado, Facultad de Ciencias Médicas, Buenos Aires, Librería, Imprenta y Encuadernación de J. Peuser, 1877, pp. 42-43. ↵
- Villar, Carlos L., A las madres de familia de la Ciudad de Buenos Aires. Administración de nodrizas, creada por el Dr. Carlos L. Villar en su Estudio Médico, Buenos Aires, Imprenta de M. Biedma, 1880. Sus servicios fueron publicitados en los diarios: “A las madres de familia. Administración de Nodrizas creada por el Doctor Carlos L. Villar. En su estudio médico. 481-Suipacha-481. La Administración de Nodrizas tiene por objeto practicar el exámen médico de las nodrizas que están al servicio de las familias, para garantir sus buenas condiciones y la crianza de sus hijos. Además se encarga de proporcionar nodrizas a las familias que las soliciten bajo las mismas garantías respecto á las condiciones necesarias para criar bien un niño, las que se espresarán en un certificado médico especial qué se espedirá cada vez qué las familias tome un niño de la Administración ó que teniéndola requiera exámen médico. […] Queda abierto un libro de matrículas en la Administración de Nodrizas, donde pueden inscribirse gratis las amas de leche que deseen entrar al servicio de las familias […]”. LP, abril de 1880.↵
- Podestá, Niños. Estudio médico…, p. 31.↵
- Machado Kotsoukos, “‘Amas mercenárias’: o discurso…”.↵
- Nari, Políticas de maternidad…, p. 46.↵
- Entre el personal técnico se encontró Esther Kaminsky, estudiante de medicina que se desempeñó como “practicante mayor” de la Oficina de Inspección de Nodrizas. Kaminsky, Puericultura. Protección a… En su tesis se encuentra una extensa descripción sobre el funcionamiento de dicha dependencia, pp. 80-87.↵
- Honorable Comisión Municipal, Versión taquigráfica de la Sesión celebrada el día 16 de junio de 1903, Presidencia del Dr. Manuel Obarrio, junio-julio de 1903, pp. 375-376.↵
- República Argentina, Digesto Municipal de la Ciudad de Buenos aires. Leyes, ordenanzas, acuerdos y decretos vigentes, Buenos Aires, Imprenta de M. Viedma é Hijo, 1907.↵
- Sobre la documentación que debían presentar las nodrizas para solicitar el certificado, ver arts. 32, 33, 34 y 35. Ib., pp. 206-208.↵
- Ver arts. 36, 37 y 38. Ib.↵
- Sobre las condiciones y multas aplicadas a las agencias, ver arts. 28, 29 y 30. Ib.↵
- Pagani y Alcaraz, Las nodrizas de…, p. 15.↵
- Pagani y Alcaraz, Las nodrizas de…, p. 15.↵
- Una médica especializada en puericultura sugirió que los certificados contaran con “el retrato” de la nodriza examinada. Zauchinger, La protección de…, pp. 125-126.↵
- Una propuesta alternativa fue sustituir el castigo pecuniario por penas de arresto de quince o más días, o bien, prohibir la existencia de agencias particulares, ya que desde principios de siglo funcionaba la oficina pública (Oficina de Inspección de Nodrizas) a la que se podía acudir para solicitar información sobre “nodrizas sanas”, que eran proporcionadas gratuitamente. Ib.↵
- República Argentina, Digesto Municipal de…, Título III, Protección de la primera infancia, capítulo I, Reglamentación del servicio de nodrizas…, 1918.↵
- Art. 1661. Ib.↵
- Arts. 1662, 1663, 1664 y 1671. Ib.↵
- En 1921 dependían de la Asistencia Pública dieciocho dispensarios de lactantes, cinco institutos de puericultura y la Oficina de Inspección de Nodrizas. Esta normativa promovió asimismo la creación de una escuela de niñeras y gobernantas, la instalación de un hospital para lactantes y la impresión de cartillas con consejos a las madres relativos a los cuidados de la mujer durante el embarazo, el parto y el puerperio, además de los cuidados que los recién nacidos necesitaban. Estas cartillas fueron confeccionadas y traducidas a distintos idiomas y distribuidas en maternidades, dispensarios de lactantes, institutos de puericultura, en la Oficina de Inspección de Nodrizas, en el Hotel de Inmigrantes y en las Oficinas del Registro Civil. Kaminsky, Puericultura. Protección a…, pp. 48-49.↵
- Cicerchia, “Las vueltas del …”, pp. 196-197.↵
- Ib., pp. 204-205; Guy, “Niños abandonados en…”, pp. 119-144; Villalta, “La conformación de…”, pp. 78 y ss.↵
- Los documentos analizados son parte del Fondo de la Sociedad de Beneficencia de la Capital que contienen información sobre el trabajo de las damas de la beneficencia y los defensores de menores que, como se ha señalado, tenían la responsabilidad de resolver la situación de los niños huérfanos o abandonados en la ciudad. Una de las problemáticas era el abandono de niños en manos de amas de leche. Los legajos registraron las experiencias de las nodrizas que recurrieron a las autoridades públicas para resolver la situación.↵
- El torno era una especie de cilindro ahuecado que, girando sobre su eje, comunicaba el interior del orfanato con la calle, y así permitía abandonar niños y garantizar el anonimato. Cicerchia, Ricardo, “Las vueltas del…”, p. 197.↵
- Nota del 29 de febrero de 1891. SBC, Defensoría de Menores, 1896-1904, Legajo 4, vol. 1.↵
- Comunicados del 15 y el 22 de diciembre de 1902. SBC, Defensoría de Menores, Legajo 4, vol. 2.↵
- Nota enviada por la Oficina de Recepción de la Casa de Expósitos a la presidenta de la Sociedad de Beneficencia el 14 de marzo de 1902. Ib.↵
- Ib.↵
- Nota enviada por la Defensoría al director general de la Asistencia Pública, el 13 de marzo de 1902. Ib.↵
- Informe realizado por la Asistencia Pública el 13 de marzo de 1902. Ib.↵
- Nota enviada por el defensor de menores de la Sección Sud a la presidenta de la Sociedad de Beneficencia de la Capital, el día 13 de marzo de 1902. Ib.↵
- Nota enviada por la Sociedad de Beneficencia a la Casa de Expósitos, el 13 de marzo de 1902. Ib.↵
- Nota del 12 de marzo de 1902. Ib.↵
- Ejemplos de pedidos de restitución se encuentran en Nota del 3 de mayo de 1894, SBC, Defensoría de Menores, Legajo 57, 1824-1895, vol. 1, folio 284; Nota del 20 de octubre de 1903, SBC, Defensoría de Menores, Legajo 4, años 1896-1904, vol. 2, Folio 245.↵
- Nota del 11 de octubre de 1906, SBC, Defensoría de Menores, Legajo 4, 1904-1907, vols. 3 y 4. Un caso similar se encuentra en Nota del 12 de septiembre de 1910, SBC, Defensoría de Menores, 1910-1911, Legajo 6, vol. 6.↵
- Con la criatura en su poder, el ama Francisca se dirigió a la comisaría a denunciar el hecho. Pasaron los días pero las averiguaciones practicadas no tuvieron los resultados esperados por lo que se presentó finalmente en la Defensoría para poder entregar al niño a las autoridades. Nota del 26 de mayo de 1909v SBC, Defensoría de Menores, Legajo 57,1908-1909, Vol. 4.↵
- Pagani y Alcaraz observaron el comportamiento del mercado de amas de leche a partir de la cuantificación de los anuncios asociados al rubro durante la primera mitad del siglo XX. Pagani y Alcaraz, Las nodrizas de…, p. 18.↵
- Un riguroso análisis de la emergencia de una “nueva percepción de la maternidad” y el influjo del discurso médico en dicho proceso en nuestro país se encuentra en Nari, Políticas de maternidad…↵









