Carlos Astrada siempre estuvo movido por sus inquietudes filosóficas en torno al sentido de la vida. El para qué estar en el mundo y por qué. Ese, fue el móvil que lo llevó desde temprana edad a buscar un proyecto que tendiera a cambiar el mundo. Sus preocupaciones lo condujeron a encontrarse con los escritos de Senancour, donde la angustia de la finitud de la vida se presenta por primera vez, angustia que incluso se hace carne en su ser a partir de la muerte de su joven amigo.
La pronta recepción de Georg Simmel también estará atravesada en este período por su afán de entender si vale la pena pasar por este mundo. La toma de conciencia de que la cultura moderna contribuye a la huida de estas especulaciones será el punto de partida para analizar al hombre moderno, inmerso en la sociedad actual. La filosofía de la vida aflora para dar un mensaje apologético a favor del arte. La ciencia no responde a los afanes humanos, será el arte pues, el cauce en donde se pueda hallar alguna respuesta a la insoportable tarea de estar vivo. El arte tiene el maravilloso don de la originalidad, destacando que cada uno de los seres humanos son únicos e irrepetibles. Ese misterio es vital, marca el cambio constante, el devenir permanente lleno de novedades por descubrir.
Pero si hay un lugar en donde Astrada encuentra el centro especulativo para cumplir sus expectativas filosóficas es la filosofía de Martin Heidegger. Su encuentro casi casual con el maestro será decisivo en su vida intelectual. Por la vía de Max Scheler, por su crítica al concepto de “cuidado”, Astrada llegará a su gran maestro. Scheler lo atrapa también tempranamente con sus especulaciones en torno al Eros como motor de la vida. Centrado en el concepto de “persona” Scheler también afirmará que el hombre es único e irrepetible, y como tal, es el dador de sentido del mundo. Pero el problema que Astrada verá en la filosofía scheleriana gira en torno a su consideración de los valores. Astrada no se resigna a correr el eje de lo humano hacia algo objetivo, es por ello que seguirá su camino, obligado en parte por la repentina muerte de Scheler, bajo la impronta de la filosofía de Heidegger.
Previamente a su encuentro con el maestro, es posible encontrar una importante influencia de la filosofía de Nietzsche. Uno de los conceptos centrales que estarán presentes en su obra será el de “juego”. La vida es concebida como juego, en la cual hay reglas que va poniendo el mismo hombre. Astrada rescata la exhortación de Nietzsche de tomar conciencia de este carácter lúdico de la vida, permitiéndose cambiar las reglas cuando estas ya no respondan a las necesidades vitales de los hombres. La comprensión del ser será el juego más importante al que se verá enfrentado el hombre. El ser se juega en cada vida humana, pudiendo ser comprendido o no. Pero la vida del hombre moderno está sujeta a la regularidad de la ciencia, la cual produce un lenguaje rígido con pretensiones de universalidad. Es por ello que el juego constituye una liberación humana a través de un lenguaje que pueda ser flexible a sus necesidades. Por medio del desarrollo de su capacidad creativa podrá el hombre inventar un mundo en donde puedan desplegarse todas sus potencialidades. Astrada ya en este punto se anticipa a declarar la importancia de esta liberación para el hombre mecanizado del sistema capitalista, el cual va en contra de la naturaleza humana. El hombre necesita poder desdoblarse, es decir, salirse de si para verse reflejado en el mundo creado por él. Esto es lo que la ciencia moderna no tuvo en cuenta, al considerar sólo al ser humano como un ser racional. Pero la razón ya no puede dar todas las respuestas que el hombre necesita. Surge, así, una crisis en todo el ámbito especulativo.
En nombre de este gran desencanto de la razón, Astrada promulgará junto con Nietzsche, la reafirmación del mito y de la tierra, denigrados por la llamada Ilustración europea. También verá en Nietzsche un precursor de la filosofía de la existencia, ya que se interesa por la vida concreta de cada hombre, huyendo de las generalizaciones del proyecto moderno. El hombre que se afirma en la tierra con su voluntad de poder es el que se libera del lastre de la historia, concebida de forma lineal. Amando el instante reafirma su vida como potencia infinita de creación.
Movido por estas inquietudes llega a la filosofía de Martin Heidegger de quien rápidamente se convierte en el principal receptor en nuestro país y en uno de sus más considerados discípulos. El texto clave de este período es “Heidegger y Marx” en donde Astrada pone todo su futuro proyecto filosófico y político. Deliberadamente encuentra en el análisis de la cotidianeidad heideggeriano elementos que enriquecen el concepto de alienación en Marx. El contexto de la aparición de los Manuscritos tiene aquí un destacado intérprete argentino. Todos los existenciales del Dasein son tematizados a la luz del sistema capitalista. El das Man es el marco de constitución de todas las conductas de consumo masificadas en el capitalismo. El mit Sein es la condición para que se desarrolle el hombre en tanto ser social. La autenticidad es la salida del hombre de las comodidades que le ofrece la vida que hace todo el mundo para buscar sus posibilidades más propias de ser en el mundo. La praxis, entendida como despliegue de la historicidad del hombre, es urgida de asumir un cambio radical en las condiciones existenciales del hombre para que éste retorne al hogar perdido.
Del análisis del estar en el mundo del Dasein, Astrada deducirá que aun en la filosofía de Heidegger es la praxis la que determina la teoría. Las condiciones de significación de los entes remiten a cada Dasein por lo que el mundo es la conceptualización del trato con estos mismos. Nombrando a los entes, el Dasein constituye el lenguaje que es una estructura existencial del mismo. La otra estructura fundamental es la disposición afectiva, la que determinará el estado anímico del Dasein. Esto lo llevará a la angustia que es el punto clave para la comprensión del Ser. Todas estas cuestiones se dan en lo que Heidegger había llamado “el juego de la existencia”. El hombre es el jugador, quien justamente se pone en juego creando el mundo que lo rodea y sus propios significados. Si la existencia es esencialmente errante, el juego es el orden que propone cada jugador, incluso a veces sin ser consciente de esto. Aun fundiéndose en el Uno el hombre juega aceptando, en este caso, las reglas de los demás. Pero la tarea de la filosofía es hacer que el hombre retome la conducción de su juego para que sea auténtico. Esta comprensión tiene el precio de la conciencia de la finitud. El hombre retoma su rumbo cuando asume que es un proyecto y como tal tiene un principio y un fin. Así decide adentrarse en una “aventura existencial” en donde sabrá que cada significado emerge de él mismo. La comprensión de la existencia es incomunicable, es una experiencia propia. También lo es el fin de la vida. Por ello, quien ha tenido una vida propia, tiene una muerte propia, es decir ya ha podido anticiparse al fin y esto para Astrada es ser ónticamente valiente. Es decidirse a jugarse por entero, hacerse cargo del destino humano, a costa de vivir hacia la muerte.
Pero en contraposición a esto, la técnica moderna se dirige a automatizar la vida cada vez más, creando sujetos consumidores de bienes y valores que ofrece el mercado, quitando de ese modo en el hombre, las posibilidades de tenerse a sí mismo como propio. Los nuevos medios de comunicación, como la radio y el cine prometen también inmiscuirse en la vida cotidiana de todos de manera inconmensurable, creando opinión y distribuyendo un lenguaje, que si bien parece muy accesible a todos, en el fondo no es más que una nueva representación del “se” o el “uno” del que hablaba Heidegger. Es indispensable, por ello, junto a la analítica existencial, pensar una ética existencial, en donde sea el hombre mismo el que decida ser libre de elegir qué valores quiere promover y cómo va a utilizar los artefactos tecnológicos que avanzan sin cesar en el mundo moderno. Pensar un proyecto político que aúne esfuerzos y optimice todas las potencialidades del hombre real y concreto que tiene que habérselas todo el tiempo con esos cambios.
En esa línea, el advenimiento del peronismo suscitará en Astrada un entusiasmo descomunal. Analizando cada acción de nuestro pensador en el período de esplendor de este movimiento es posible aseverar que, por primera vez, se encuentra comprometido con un proyecto político que atina ser el suyo propio. Junto a un gran grupo de intelectuales, Astrada se encontrará participando de todo tipo de reuniones y debates acerca de las principales decisiones de Perón que quedarán plasmadas en una serie de artículos de importante divulgación. El mencionado “fetichismo constitucional” descrito por Astrada frente al rechazo de la reforma constitucional que Perón propone es un símbolo del uso de las ideas como herramienta para la discusión política del momento.
La cercanía de Astrada con el grupo de John William Cooke denotará la línea de interpretación del movimiento que seguirá Astrada, conservando siempre su visión hegeliano-marxista de la historia. Es en las masas de obreros en los que estos grupos tendrán puestas todas sus expectativas de cambio social y es su asunción a la escena política lo que más les entusiasma de ese presente.
Con “Sociología de la guerra y filosofía de la paz” Astrada se consagrará como el vocero filosófico frente a un grupo de marinos que perplejos advertirían que la llamada “tercera posición” era algo más que una estrategia económica y política, pues una argumentación sobre la paz mundial quedaría en sus memorias formadas en las artes militares.
El concepto de “justicia social” es en los escritos de Astrada entreverado con una filosofía nietzscheana que, lejos de propugnar una aristocracia gobernante, resaltará a la vida como un valor insoslayable, a la capacidad creativa del hombre y a la consecuente necesidad de que todos los hombres sean libres de la opresión capitalista.
Por otra parte, el gobierno de Perón también da a unos de sus principales exponentes un lugar privilegiado en el ambiente académico. La Facultad de Filosofía y Letras engrosará sus traducciones de los más destacados filósofos del pensamiento alemán –quienes estarán a cargo del mismo Astrada- el cual gozará de una dedicación exclusiva en su cargo y de la dirección del Instituto de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires. Asimismo, en la realización del Primer Congreso de Filosofía tendrá un lugar preponderante.
Pero el libro más arriesgado de las obras de este período es El mito gaucho. Allí nuestro pensador expresa la posibilidad de instaurar una filosofía de la argentinidad que pueda captar el mensaje del mito de la nación. Este es el mito gaucho, el que da sentido a la propia historia. Ésta tiene un comienzo y es mayo de 1810, cuando el hombre argentino se decidió a liberarse de las ataduras coloniales y comenzó a trazar su auténtica historia. La fuerza que hizo aflorar tamaña empresa fue justamente el mito gaucho que de las entrañas de la tierra dio su mensaje de libertad. Los gauchos de la pampa tenían el sello de la argentinidad y por eso pelearon con bravura para defender su destino y el de su pueblo. Destino que viene a coronarse ahora con el advenimiento de los hijos de esos silenciados héroes al escenario político a través de la hazaña de Juan Domingo Perón. Este mito está expresado en el Martin Fierro y por ello lo convierte en el poema nacional. No fueron contingencias del destino las razones por las que este libro fue tan intensamente recepcionado y amado por el pueblo. Y este sentimiento aflora cada vez que la comunidad nacional vuelve a reencontrarse. Los hijos de Fierro son los que tienen el germen de la nación. Ellos, según Astrada, estaban en las masas que arribaron el 17 de octubre pidiendo la libertad del coronel Perón.
La culminación de este período anunciará también su despedida. La revolución existencialista expresa, si bien algunas líneas de conexión con las obras anteriores, el proyecto que quizá Astrada había imaginado para el peronismo pero que a estas alturas ya estaba dejando atrás. Marx cada vez iría ocupando más espacio en sus pensamientos y esto se ve reflejado en el acento que pone nuestro discípulo de Heidegger en la posibilidad de que se entre en diálogo con el marxismo. La Carta sobre el humanismo de Heidegger da a Astrada el marco referencial desde donde partir para continuar con su empresa de rescatar al hombre moderno de la alienación a través de la filosofía existencial y el marxismo.
Este rescate tiene que ser llevado a cabo indefectiblemente por el hombre mismo, ya que, como Marx había señalado, éste es el motor de la historia. En este punto Astrada es implacable respecto a la posición de Heidegger: no es el hombre un mero pastor del ser, sino que es y será el protagonista de la historia. De hecho, teniendo en cuenta, como ya se dijo, que en este período la Carta sobre el humanismo es el punto de partida para su marxismo, también será su alejamiento de Heidegger ya que justamente elige el concepto de “humanismo” para su propio proyecto cuando su maestro lo acaba de denostar. Si Heidegger no había querido dar un paso más, él sería el encargado de hacerlo. Astrada contaba para esto con los conceptos que había aprendido tempranamente de Max Scheler: el hombre plenario reuniría todos los esfuerzos de las culturas del mundo para acometer esta empresa. Liberándose del lastre de la cultura moderna, incluyendo su moral –y en esto vuelve a estar presente Nietzsche- el hombre, consciente de sus propias capacidades, podrá dar el salto para acceder finalmente a su humanidad. De este modo el conocido concepto de “hombre nuevo” comienza a tomar forma en su filosofía.
Para dar ese paso prometido, Astrada se apoyará en la filosofía de Schelling, quien, realizando una crítica al concepto kantiano de libertad, el cual queda sin dilucidar del todo, plantea que el hombre es libre porque escoge entre el bien y el mal. El hombre está condenado a la libertad, en tanto que en cada una de sus elecciones se juega su ser. La voluntad, por ello es energeia, es decir potencia efectiva. Es el mismo hombre es el que incide en la historia del mundo, es él mismo su creador.
Tal como había explicado Heidegger, el hombre está impelido a existir, su estructura existencial es el cuidado, el cual lo pone en situación de compromiso con el mundo. Es aquí donde Astrada ve un ethos originario. Si el hombre es creador del mundo, depende de él embellecerlo o afearlo. Incluso se atreverá a decir que, por más que Heidegger no quiera admitir la posibilidad de una dialéctica en su postura, es el Dasein el que opera en el destino negando su presente para cambiar su futuro.
Dadas ya las condiciones para que el hombre emprenda el cambio social, Astrada se propondrá organizar a la sociedad para tal fin. La formación política, afirma, es indispensable para convencer a los miembros de cada comunidad a tomar las riendas del destino. El hombre nuevo será el que se encuentre a sí mismo en relación a la comunidad a la que pertenece. La formación será por ello, principalmente espiritual, a fin de que pueda penetrar en las entrañas de cada uno hasta encontrar el espíritu de cada pueblo.
Tan lejos ha llegado la alienación del hombre, que hasta el concepto de libertad tiene que volver a ser tematizado. El hombre cree ser libre pero sólo lo es de consumir los productos que el capitalismo ofrece. La libertad moderna, producto del proyecto eurocéntrico debe ser negada por otras formas de libertad que otros pueblos han sabido experimentar. Si la realidad se manifiesta dialécticamente la libertad no escapará a este movimiento. Occidente representa lo viejo, lo que debe ser dejado atrás para que otras culturas puedan aflorar hacia la liberación de todos los hombres. Unidad en la diversidad será la síntesis a alcanzar para que todas las culturas puedan ser elevadas a la universalidad.
Siguiendo la ruta heideggeriana, Astrada encuentra finalmente, en un escrito de su maestro una alusión a la tesis XI de Feuerbach, en donde habla de la necesidad de que el hombre transforme su situación por medio de su acción. En “La tesis del Kant sobre el ser” Heidegger hablará sobre la importancia de transformar el mundo. Definitivamente, asevera Astrada, Heidegger se ha decidido, en sus últimos años a plantear un proyecto filosófico que modifique las condiciones humanas actuales. Nuestro pensador interpretará en este punto que la filosofía de su maestro ingresa, de este modo, a la tan aclamada dimensión dialéctica.
De todos modos, aquello que en esta época pareciera entusiasmar más a nuestro pensador, son las efectivas posibilidades de cambio que encuentra en América Latina. Su interés por recuperar el acervo cultural de estas tierras va creciendo a medida que se involucra con sectores que creen fervientemente en la necesidad de volver a las fuentes originarias. Es por ello que nuevamente se encontrarán estudios sobre la importancia de lo telúrico y lo cultural. En una reedición de El mito gaucho, Astrada, afirma que el mito de los argentinos tiene una raíz más arcaica que el origen de la nación, ya que se remonta a épocas en las que esta división artificiosa no existía. Más bien le presta especial atención a la unidad que expresan los pueblos latinoamericanos y a las cosas en común que nos hermanan. Si el estado de ánimo que hace al hombre europeo encontrarse con el ser era la angustia, Astrada expresa que es más bien la alegría aquél que distingue al hombre latinoamericano. Es este sentimiento el que le permitió resistir a todos los embates que sufrió departe del poder dominante. Sometimientos económicos, políticos y culturales mantuvieron la cabeza abajo del hombre americano, pero es la hora, según Astrada, de la emancipación universal. Recogiendo la idea de “utopía” plantea que ha llegado el momento de su realización. Postulando una dialéctica de la praxis la utopía, lejos de ser un lugar imposible, se convierte en el acicate para la transformación social.
Hasta aquí hemos podido ofrecer un rastreo de la manera en que Astrada llega a postular la posibilidad de que la filosofía de la existencia entre en diálogo con el marxismo. Diálogo que, según nuestro autor, puede darse a través de los conceptos a los que hemos hecho referencia. El análisis de la cotidianeidad del Dasein da como resultado que el hombre se encuentra caído y perdido y necesita recuperarse. Aquí hay un punto de contacto con la alienación marxiana. Por otro lado, el concepto de historicidad aparece en ambos filósofos como uno de las características esenciales del hombre, junto con la capacidad de dar sentido al mundo. La praxis, por lo tanto, se erige como la condición indispensable para el desarrollo de la teoría, ya que para ambos pensadores es en el manejo con los útiles en donde éstos cobran sentido. El mundo es el mundo de los hombres y es por ello que en ambos hay una exhortación a adueñarse del mismo. Si bien en Marx es más explícita, Astrada le pide a Heidegger que de un paso más.
A la imaginable respuesta de Heidegger a este pedido, Astrada continúa este camino, postulando el Humanismo de la libertad, el cual consiste en una propuesta de llevar a la humanidad a su plenitud. Este recorrido será dialéctico y es por ello que Astrada postula la necesidad de un cambio radical en la praxis histórico existencial del hombre a fin de delinear su destino. De este modo, seguirá ahondando en estas ideas, alejándose cada vez más de quien fuera su maestro. No obstante, hasta sus últimos días planteará que hay una dialéctica en el pensamiento de Heidegger, tal como queda documentado en su última obra.
El concepto de mito se encuentra presente, como hilo conductor, en toda la obra de Carlos Astrada. Para el autor mito y filosofía no tienen por qué ser escindidos en el pensamiento. El mito no debe separarse del logos, pues sólo va mutando en el devenir histórico que configura a la humanidad. Así afirma que hoy usamos el concepto de historicidad para referirnos a la constitución de lo que somos en la actualidad y esto quiere decir que nuestros antepasados determinan nuestro presente.
El mito de la humanidad hizo su aparición en Rusia, en donde, para Astrada, se había abonado el lugar para el advenimiento del hombre nuevo. Hombre pleno, que, liberado de la alienación moderna, podía constituir una sociedad justa. En nuestro país los lineamientos de la comunidad serán dados por el mito representado en el gaucho Martín Fierro, en virtud de ofrecer un sistema en el que no haya más hombres errantes y apátridos, sino que todos sean incluidos. Este mito tiene raíces arcaicas que afloran por medio de la tierra en la que habitamos. Así, para Astrada, es posible, luego de analizar la historicidad de cada pueblo, vislumbrar un pasado glorioso que pide retornar con ánimo vernáculo. Esa posibilidad de resolverse a la constitución de una sociedad auténtica, Astrada, pretende encontrarla lejos del viejo continente. Es así que Latinoamérica se le presenta como el lugar en donde la tierra pide el retorno mítico a fin de delinear su destino.
Por otro lado, luego de este recorrido, es posible vislumbrar que Astrada demuestra profesar una gran fe en la humanidad, conectada íntimamente con las culturas arcaicas, de que es posible retornar a las edades de oro para vivir en plenitud. Esta fe se emparenta con la esperanza en que el suelo americano pueda brindar ese marco de desarrollo de la utopía. De este modo, la propuesta de Astrada consiste en realizar, desde nuestro suelo, una deliberada empresa de reconstrucción de las culturas que nos precedieron a fin de encontrar el camino que nos lleve hacia la plenitud humana.







