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Proyectos de vida femeninos

(In)compatibilidad entre familia
y trabajo remunerado en la modernidad

Daniela Soto

Introducción: las mujeres, la modernidad

La antropología, que es entre todas las disciplinas la más competente para ocuparse de las cuestiones fundamentales de la causalidad sociocultural, debe dejar de considerarse a sí misma como si de algún modo fuera ajena y estuviera desvinculada de las principales corrientes del pensamiento occidental. (Harris, 1996: 5)

A pesar de lo controversial que se vuelve en la actualidad hablar de “modernidad”, resultan visibles los efectos que este proceso ha tenido en todas las esferas de la vida social (Giddens, 1999; Todaro y Yánez, 2004). Con sus distintas dimensiones, la modernidad ha conllevado un cambio importante en los discursos relativos al problema del individuo y de la sociedad, valorizando la libertad y la autonomía, legitimando la propia voluntad y racionalidad para regir la vida antes que las tradiciones –la racionalidad instrumental por sobre la acción tradicional en clave weberiana– (Weber, 1992). En este contexto cobra especial relevancia ya no el “colectivo”, sino el individuo. ¿Qué desea para su vida? ¿Quién quiere ser? ¿Qué expectativas tiene de sí mismo? Son preguntas que se tornan no solo legítimas, sino centrales. No tiene sentido vivir una vida de sacrificio, porque esa ha sido la vida que tradicionalmente se ha tenido: es la meritocracia la que regula la posición de las personas en la estructura social. La libertad entrega las posibilidades de desear, de proyectar la vida que queremos y las propias capacidades constituyen el mejor recurso a explotar para lograrlo.

Si bien el discurso que se afirma releva la libertad individual, la cristalización de esta en prácticas diferentes a las tradicionales ha sido compleja e incluso contradictoria, por cuanto se contrapone con lo esperado en el ámbito de la convivencia social, es decir, la dificultad de conciliar la acción humana que se desarrolla en un espacio concreto con las limitaciones estructurales y la existencia de normas sociales que cohesionan nuestra praxis (Todaro y Yáñez, 2004: 19). En otras palabras, la capacidad de elegir nuestras circunstancias –la libertad en su máxima expresión– se contrapone con las circunstancias concretas que constituyen nuestro origen social y la cultura en la que nos desenvolvemos. Discusiones entre libre albedrío y determinismo o entre agencia y cultura, entre agencia y estructura o entre cultura y estructura.

Es en efecto el juego recíproco de estos tres elementos antes mencionados lo que conforma el problema fundamental de la teoría social, por cuanto constituye una ambivalencia real y definitoria del ser humano como social:

Somos simultáneamente libres y estamos constreñidos, y tenemos también alguna conciencia de ello. Lo primero se deriva de la naturaleza de la realidad social, lo segundo de la reflexividad de la naturaleza humana. En conjunto, ambas generan una reflexión auténtica (aunque imperfecta) sobre la condición humana en sociedad. (Archer, 2009: 30)

Como ya se establece, la capacidad de conformar proyectos de vida –de proyectarnos en el futuro–, implica siempre alguna capacidad de intencionalidad y reflexividad sobre la realidad (agencia), la cual está altamente condicionada por el ambiente sociocultural (cultura[1]) en el cual nos desenvolvemos, pero también por la posición presente ocupada en la estructura social. Por supuesto, en la práctica, la interacción entre los tres elementos se desarrolla al alero de contextos situacionales e históricos específicos que la dotan de particularidad (personas específicas, con redes sociales específicas, en tiempos y espacios específicos, etc.) –de ahí que esta interacción no pueda pensarse desarraigada de los contextos en que se producen–. En este sentido, consideraremos la idea del dualismo analítico propuesto por Margaret Archer, donde la posibilidad de separar analíticamente estos conceptos se asume teóricamente, pues en la realidad esto no es posible (Archer, 1997: 14).

De esta manera, en el presente artículo se identifican algunos elementos claves que permiten mayor o menor libertad a la hora de generar “imágenes de futuro” (PNUD, 2012). Sin embargo, las estructuras se manifiestan en el nivel socioeconómico de la mano con el educacional, que a su vez se vinculan fuertemente con las posibilidades ocupacionales y salariales, configurando constricciones a las posibilidades de proyección y a las estrategias –más aún en un país tan desigual como el nuestro– (Valdés et al., 1999; Godoy y Stechner, 2008).

En este punto, la diferencia de género no puede dejar de considerarse entendiéndola como “… un sistema de representaciones, normas, valores y prácticas, construido a partir de las diferencias sexuales entre hombres y mujeres, que establece relaciones jerárquicas entre ellos y garantiza la reproducción biológica y social” (Ariza y De Oliveira, sin año: 204). En este sentido, a hombres y mujeres las diferencias estructurales no les afectan del mismo modo. Sin duda, las mujeres vivencian más limitaciones en sus propias proyecciones, no solo porque son más discriminadas en el espacio público y en ocupan espacios laborales más precarizados (OIT, 2006), sino que además, debido a que culturalmente se construyen desde lugares opuestos ocupando roles diferenciados.

En efecto, en lo relativo a las condicionantes de tipo culturales, se evidencia la relevancia del estado civil, el número de hijos/as y más importante aun, la edad estos/as; fundamentalmente en el caso de las mujeres. Ello remite de forma directa a la matriz cultural chilena que impone el modelo de mujer-madre (Valdés, Gysling y Benavente, 1999; Valdés, 2007; Todaro y Yáñez, 2004; OIT, 2006; Godoy y Stechner, 2008). No obstante, este debate adquiere aun mayor preponderancia por cuanto se trata de una población que en alguna medida está en transición en términos de sus prioridades y proyecciones.

La complejidad que enfrenta la población femenina radica justo en esta contradicción por la que a pesar de las transformaciones estructurales y de relaciones de género que suponen la salida de la mujer al mundo laboral, el peso de la matriz cultural-tradicional aún impide compatibilizar los cambios que supone la modernidad: las mujeres trabajan remuneradamente, pero todavía se llevan la carga del cuidado y la organización, mantención y orden de la vivienda familiar –además de emplearse–.

En este sentido, si bien existe abundante información de orden cuantitativo y centrado en variables de tipo estructural, parece interesante acceder a aquellos discursos que vinculan las experiencias cotidianas con las decisiones concretas que las mujeres van tomando, que constituyen finalmente la realización efectiva de sus proyectos de vida.

El presente capítulo busca precisamente profundizar en las distintas dimensiones de los proyectos de vida femeninos –a saber, el área familiar, laboral y personal– y caracterizarlos de acuerdo al marco conceptual hasta acá esbozado. Concretamente, se discuten las proyecciones de mujeres de niveles socioeconómicos y educacionales más bien bajos, asumiendo que hay en este segmento de la población más obstáculos para el desarrollo de los mismos y el peso de la matriz cultural tradicional es –como señalan diversos estudios (Raymond, 2006; Godoy y Stechner, 2008)– supestamente más fuerte. Entonces, el grupo considerado en este capítulo son mujeres sin educación superior, trabajadoras que se emplean (ya sea en el área pública o en el área privada) o bien que poseen pequeños negocios donde desarrollan oficios. A este grupo lo llamaremos la clase ocupacional dependiente público/privado y de oficios. Dicho análisis se realiza en el marco de un proyecto más amplio, en el cual se llevaron a cabo 12 entrevistas en profundidad, semiestructuradas, siguiendo un estudio cualitativo de multi-casos (Pires, 1997)[2] para relevar los principales marcos de sentido de las mujeres de esta clase ocupacional.

Las entrevistadas acá analizadas describen proyectos de vida que guardan muchas similitudes. En primer lugar, en términos generales podemos hablar de proyectos de vida tradicionales y “adaptativos”, donde la preponderancia del subproyecto familiar es evidente, llegando incluso a ordenar las otras esferas en función de sus requerimientos. De ahí que la matriz cultural juegue un rol fundamental en la corrosión de las posibilidades del trabajo remunerado como eje central en la identidad y en la independencia económica, sobreponiendo siempre los roles maternos y de esposa. Por otro lado, se identifica una capacidad de “acomodo” de las expectativas en relación a las situaciones, donde prácticamente no se identifica un proyecto personal.

A continuación se presentan algunos antecedentes respecto de la masiva entrada de las mujeres al mundo laboral, en contraste con los modelos culturales tradicionales. Posteriormente se define teóricamente el problema de los proyectos de vida y se describen los subproyectos de las mujeres entrevistadas. Finalmente, las reflexiones aluden a las condicionantes estructurales y al problema que supone la contradicción vívida entre ellas mismas (ego) y sus familiares (otros/as) principalmente en lo relativo a sus hijos/as y a sus maridos.

Cambios en la configuración de la familia y la entrada de la mujer al mundo laboral: el trabajo remunerado como posibilitante de la emergencia del yo

La participación laboral femenina en Chile es del orden del 47,2% (CASEN, 2015). No solo está por debajo de la media latinoamericana[3] –que es del 49,8% según datos de la OIT (2012)– sino muy debajo de la media de los países de la OCDE, que es del 62,6% (al año 2013). Además, la cifra nacional mantiene importantes diferencias con la masculina, la que se sitúa en el 71,1%[4] en Chile.

Pese al paulatino aumento de la participación laboral femenina en esta sociedad, dicha dinámica está produciendo diferentes tipos de impactos en la vida social: no solo cuestiona la división tradicional de roles –y conlleva una creciente equiparación entre el número de hombres y de mujeres que estudian y que trabajan remuneradamente– sino que está impactando de forma evidente en las proyecciones y en las valoraciones de las mismas mujeres. Ya no son criadas para depender económicamente del marido, sino que han estudiado en el liceo. Así, es más probable que sus relaciones de género tanto con sus parejas como con otros/as se transformen. “Este fenómeno no solo conmociona el mundo del empleo, sino también la relación de las chicas con los estudios, las relaciones entre los sexos, el poder en el seno de la pareja; paralelamente al control de la fecundidad, la actividad femenina expresa la promoción histórica de la mujer que dispone del gobierno de sí misma, así como una nueva posición identitaria femenina” (Lipovetsky, 1997: 188). En este sentido, lo más importante es el cambio progresivo que ha tenido el sueldo femenino, por cuanto pasa de considerarse solo como un “apoyo” al sueldo del hombre/proveedor, a legitimarse cada vez más como sustento único o principal en los hogares.

De esta forma, el ingreso al mundo público (estudios y empleo) no solo genera cambios relacionales, sino que abre a las mujeres oportunidades para que emerja el yo (Mead, 1993) bajo la posibilidad de pensar en sus propias metas y expectativas de vida –beneficio de la autonomía económica– orientando entonces sus decisiones y prácticas para acceder a determinadas cosas en el futuro.

En Chile, esta apertura al mundo de lo público tuvo como principal sostén los procesos vinculados al comportamiento reproductivo de la población en los últimos 40 años, a saber: “El aumento en la tasa de nacimientos fuera del matrimonio, junto al descenso en la tasa de natalidad” (Valenzuela et al., 2006: 157), además del aumento de la escolaridad femenina, el ascenso de mujeres jefas de hogar y de separaciones y divorcios (PNUD, 2010: 119).

Sin embargo, y a pesar de la centralidad del trabajo en la (re)producción de la vida, las ocupaciones en las que se desempeñan las mujeres llaman la atención por ser de las más precarizadas (junto con los jóvenes en general), anto por el bajo nivel educacional que requieren los empleos en los que se desarrollan, como por la alta flexibilidad a la que están expuestas (CENDA, 2010). Esto queda de manifiesto tanto en el hecho de que el 60% de las mujeres con educación superior poseen contratos indefinidos, en contraposición con las mujeres que solo lograron la educación básica completa, donde este número desciende a 25% en el año 2006 (PNUD, 2010). Al mismo tiempo, existen claras diferenciaciones que correlacionan las variables educación con el quintil de ingresos. En este sentido, la participación laboral es directamente proporcional con el aumento en el nivel educacional y socioeconómico. De hecho, son las mujeres del último quintil las que presentan una tasa de inserción laboral semejante a la de los hombres (Acosta et al., 2005). Dicho de otro modo, cuando hablamos de precarización y de bajas tasas de participación, nos referimos mayoritariamente a la población de menor nivel socioeconómico, la que constituye, desde luego, la gran mayoría de trabajadoras en el país.

Al respecto, las cifras nacionales dan cuenta de la incompatibilidad entre el desarrollo de una trayectoria laboral femenina lineal y la crianza de los hijos/as, en la que la inserción laboral femenina depende usualmente de la presencia de hijos/as. Si bien tener/no tener pareja diferencia la participación femenina de manera negativa (prácticamente el doble de mujeres sin pareja se inserta en espacios laborales en relación a los mujeres que sí tienen); el nudo fundamental tiene que ver con la presencia de hijos/as y el trabajo doméstico. Más específicamente, la CASEN 2009, por ejemplo, da cuenta de que tener hijos menores de 5 años es la principal razón para no salir a trabajar[5]. La encuesta CASEN 2011 confirma este fenómeno desde otro lado, puesto que la principal razón tiene que ver con quehaceres domésticos, aunque no tener con quién dejar a los hijos/as constituye la segunda[6].

En Chile, esto está lejos de ser un modelo tradicional del pasado, lo que es aún evidente: mientras que las mujeres destinan un 39% del tiempo total de horas de trabajo remunerado durante la semana, el restante 61%, prácticamente el doble, lo ocupan los hombres. Esta mayor cantidad de tiempo ocupado por los hombres para el trabajo remunerado también se condice con mayores tasas de participación, mientras un 71,1% de la población masculina mayor de 18 años trabaja o busca trabajo, un 47,2%[7] de la femenina lo hace (a pesar de que esta cifra constituye el doble de la cantidad de mujeres que participaban durante los años 80). Inversamente, mientras que las mujeres consumen el 66,4% del tiempo en trabajo no remunerado, los hombres lo hacen un 33,6%[8]. Al respecto, la encuesta sobre uso del tiempo es clara:

El 77,8% de las mujeres destinan 3,9 horas para realizar trabajo doméstico no remunerado entre lunes y viernes y un 31,8%, unas 2,6 horas para el cuidado de personas en el hogar. En el caso de los hombres, es de 2,9 y 1,6 horas, pero con tasas de participación muchísimo más bajas (40,7 y 9,2%, respectivamente). (INE, 2009: disponible en línea)

Los datos entregados muestran continuidades:

… en la identidad de las mujeres la maternidad y el trabajo compiten como ejes centrales de la misma. Los varones difícilmente pueden pensarse a sí mismos sin trabajar. El trabajo es para ellos una obligación y no una opción […] En el caso de las mujeres, el trabajo es considerado todavía una opción, y es sobre todo la maternidad la que las afirma en su identidad como personas. (Guzmán y Mauro, 2004: 238)

Los cambios en la división social del trabajo no implican necesariamente transformaciones en la división sexual del trabajo al interior de los hogares. Esta carga femenina es lo que el concepto de “doble carga laboral” (Valdés, 2007; Todaro y Yáñez, 2004; entre muchos otros) ha relevado. En este sentido, siguiendo a Mattelart y Mattelart (1968), aún tiene vigencia hablar de “tradicionalismo moderno” en el sentido de que se aceptan los efectos de la modernidad (la salida de la mujer al mundo laboral), mas no sus consecuencias (cambio sustantivo en la división sexual del trabajo).

Considerando lo anteriormente expuesto como antecedentes relativos al problema entre lo público (trabajo remunerado) y lo privado (familia) y que aquellos constituyen el punto de partida de las transformaciones en las posibilidades de proyecciones femeninas, a continuación se define el concepto de proyectos de vida para luego discutirlo a partir de los discursos de las mujeres entrevistadas.

Aproximaciones teóricas

Proyectos de vida: definiciones básicas

Si bien el término “proyecto de vida” no ha sido objeto de grandes teorizaciones –más allá de las metas, expectativas u objetivos asociados a las proyecciones–, destacan las alusiones a este desde distintas perspectivas conceptuales, ya sea como “La capacidad del hombre para imaginar –y a través de la imaginación, conjugar el futuro y hacer planes sobre él…” (Goodenough, 1975: 203), como “imágenes de futuro” (PNUD, 2012), objetivos culturales (Merton, 1964) o directamente, como proyectos de vida (Valdés et al., 1999; PNUD, 2012; Archer, 2009). En efecto, es Margaret Archer (2009) una de las pocas teóricas –otro ejemplo son los estudios de Sherry Ortner (2006)– que ha enfocado su atención en el desarrollo de este concepto, destacándolo como un eje de estudio en la interacción estructura-agencia. ¿De qué modo? Relevando que los proyectos de vida ponen de manifiesto uno de los poderes diferenciadores más importantes de las personas: su intencionalidad, entendida como la capacidad de generar proyectos y estrategias para desarrollarlos (Archer, 2009). Sin embargo, estos están sujetos a las condicionantes estructurales. Para esta autora el proyecto de vida se define bajo la idea de “cualquier meta que un agente social tiene, desde la satisfacción de necesidades biológicamente basadas hasta la transformación utópica de la sociedad” (Archer, 2009: 270).

Siguiendo a Archer se puede establecer que los proyectos de vida y las metas que se fijen tienen (i) una dimensión estructural que los constriñe y/o permite, (ii) una dimensión agencial en tanto deseos e intencionalidad. Al mismo tiempo, los proyectos de vida (iii) se refiere siempre a metas de los agentes y (iv) estas metas se plantean como posiciones a ocupar dentro del espacio social. En otras palabras, el proyecto de vida tendría más que ver con una trayectoria –como conjunto de posiciones ocupadas en distintos tiempos y espacios por una misma persona (Bourdieu, 2002)– antes que con una “historia de vida”, por cuanto no considera linealidad ni coherencia a lo largo de la existencia. Los proyectos son en sí mismos cambiantes no solo por los distintos periodos vitales, sino justamente porque se encuentran sujetos a los contextos históricos y situacionales de las personas, así como a condicionantes estructurales y culturales. No obstante, si el interés radica en la posibilidad de determinar pautas comunes en las proyecciones, la contingencia descrita se vuelve conflictiva. La clave consiste en entender las metas de las personas como culturalmente modeladas (como objetivos culturales –siguiendo a Merton (1964)). Esta interacción de elementos permite indagar en el juego recíproco entre la agencia que desarrolla ciertas metas espaciotemporalmente delimitadas, y la cultura, la que estructura esas metas independientemente del sujeto.

Ahora bien, Merton (1964) insiste en destacar un área que Archer (2009) no considera dentro de su definición: el vínculo que existe entre las metas que uno se propone y los modos legítimos de alcanzarlas:

Todo grupo social acopla sus objetivos culturales a reglas, arraigadas en las costumbres o en las instituciones, relativas a los procedimientos permisibles para avanzar hacia dichos objetivos. Estas normas reguladoras no son por necesidad idénticas a normas técnicas o de eficacia. (Merton, 1964: 141)

Aparecen entonces dos elementos claves: (i) las estrategias y recetas para conseguir las metas propuestas, donde se entiende que “toda receta es la exposición de un conjunto de condiciones que deben cumplirse si se pretende conseguir un objetivo” (Goodenough, 1971: 215), es decir, un conjunto de programas establecidos y normas sociales que con el tiempo, se han cristalizado en las prácticas de las personas, y (ii) creencias y valores que sustentan los proyectos y que se vinculan sin duda con normas y pautas culturales –donde destacan–. Estas últimas, siguiendo a Goodenough (idem), son entendidas en tanto proposiciones que se valoran de alguna u otra forma, según distintas razones que pueden ser sociales y/o emocionales. Por lo tanto, estas proposiciones se refieren al sentido común bajo la idea de la organización de la experiencia del mundo fenoménico para que tenga la estructura de un sistema de relaciones de causa-efecto que explican acontecimientos.

Los proyectos de vida constituyen entonces los cursos de acción (estrategias y recetas) que los agentes realizan para conseguir metas definidas por ellos mismos, que a su vez se basan en un conjunto de creencias. Al respecto, cabe finalmente agregar que estos proyectos de vida se subdividen en tres grandes tipos de proyectos en relación a las dimensiones o áreas de la vida a las que se refieren: el subproyecto familiar (esto es, metas, estrategias y recetas, y proposiciones y creencias referidas al ámbito familiar), el subproyecto laboral (lo mismo aplicado a este ámbito) y el subproyecto personal. En el informe 2012 del PNUD, estas áreas se consideran como sigue.

i. La familia nuclear

“De forma transversal y categórica, el espacio de los vínculos familiares es reconocido […] como un ámbito que concentra las satisfacciones cotidianas. En los relatos, la familia surge como el referente indiscutido de los bueno de la vida…” (PNUD, 2012: 223). Las metas se relacionan con bienestar económico y psicológico de la pareja (si es que la hay) y de los hijos/as –o bien de padres y hermanos/as–.

ii. El trabajo remunerado

Su relevancia en la vida se ha descrito. El trabajo remunerado “… asume la forma de una actividad estructurante de la cotidianeidad y del sí mismo, el cual, junto con imponer horarios y delimitar tiempos sociales, configura un ámbito de construcción identitaria y constituye una medida de integración social” (PNUD, 2012: 232). Igualmente el empleo, además de ser un medio para lograr metas, puede constituir en sí mismo un fin como es el caso de querer ascender en una empresa o mejorar el desempeño laboral. Igualmente, se consideran los estudios (enseñanza media, pregrados o posgrados) puesto que destacan como herramientas individuales de mejoramiento de oportunidades laborales o aumento de remuneraciones.

La ocupación constituye entonces mucho más que un indicador de clase social. En efecto, la categoría “trabajo” destaca como una de las más importantes en términos teórico-empíricos (De la Garza, 2001), no solo por la centralidad que posee en lo relativo a la división social y sexual del trabajo, sino también en la definición del quehacer y de la identidad de las personas. Así, la centralidad del concepto de trabajo se refiere: (i) a la dimensión de obligatoriedad que constituye por cuanto se relaciona con la (re)producción de la propia vida, vinculando así (ii) tanto la división social como la sexual del trabajo; (iii) al hecho de que determina nuestra posición en la estructura social; (iv) y, finalmente, el trabajo es, asimismo, una fuente fundamental de conformación de identidad en las sociedades modernas (idem, 2001), pudiendo inclusive llegar a ser (v) un área de desarrollo y realización personal.

iii. La propia persona

Referido al sí mismo, es precisamente

En los relatos [donde] se concentra las referencias a la satisfacción o lo bueno de la vida en términos de libertad y disfrute. Son frecuentes las alusiones a esta categoría como un tiempo propio, en el cual es posible realizar las actividades que se desean, lejos de las imposiciones cotidianas y la rutina. (PNUD, 2012: 241)

Así, este proyecto describe principalmente aquellas expectativas que las mujeres explicitan por/para ellas –como lo es por ejemplo la pareja en una relación bilineal y no como parte de un proyecto familia. Se ha denominado como “personal” y no “individual”, a propósito para destacar –siguiendo a Mead (1993)– la dimensión biológica de este segundo, frente a la dimensión agencial de este primero. Entonces, por “persona” se entenderá:

… algo que tiene desarrollo; no está presente inicialmente, en el nacimiento, sino que surge en el proceso de la experiencia y la acividad sociales, es decir, se desarrolla en el individuo como resultado de sus relaciones con ese proceso como un todo y con los otros individuos que se encuentran dentro de ese proceso. (Mead, 1993: 167)

De este modo, la pregunta por el subproyecto es paradigmática en el desarrollo de la modernidad y está enfrentada a múltiples tensiones por cuanto se torna no solo legítima, sino que fundamental en relación a la pregunta por la individualidad.

Proyectos de vida de mujeres de clase ocupacional dependiente y de oficios

Los proyectos de vida de las mujeres entrevistadas se caracterizan por ser adaptativos, ya que varían según las posibilidades contingentes y se desarrollan más como “anhelos y deseos” que como expectativas visualizadas en un futuro más o menos cercano y que contienen estrategias identificadas para su consecución. Es así que tanto las metas como las estrategias son ambiguas y se refieren a planos a veces contradictorios que se superponen en condiciones probables avizoradas por las entrevistadas.

La tabla a continuación sintetiza parte de las observaciones al respecto, no obstante, una breve descripción de cada subproyecto se hace fundamental para comprenderla a cabalidad. Las metas que consideran las entrevistadas suelen ser bastante homogéneas, destacándose dos ejes de orientación que permiten organizarlas y compararlas, logrando así una tipologización de proyectos. Por una parte, se identifica el eje material-concreto intangible versus lo ideacional-afectivo. Este primer elemento señala todas aquellas metas referidas a la posición ocupada en el mercado (Weber, 1992), tanto aquellas materiales tangibles (bienes valorizados en el mercado del tipo vivienda), como aquellas que siendo concretas[9] no son palpables; es decir, que tienen como objeto algún servicio que es transable en el mercado (como la educación o salud). Contrariamente, el elemento “ideacional-afectivo” identifica aquello que no es intercambiable y refiere al mundo emocional, reflexivo y relacional (felicidad y bienestar, comunicación, confianza, etc.). En la misma línea, pero en términos temporales, es posible dar cuenta de algunas metas referidas al corto plazo (1 o 2 años) y otras al largo plazo (5 o 10 años, o más).

A continuación se caracterizan las estrategias explicitadas. De forma genérica, se distinguen entre aquellas estrategias donde lo fundamental radica en la reflexividad respecto de las propias capacidades o habilidades para lograr las metas; se trata de estrategias autoreferidas. Por ejemplo, dentro de este tipo de estrategias se encuentra la comunicación con los demás, la preocupación, la responsabilidad, entre otras. Contrariamente se identifican estrategias que tienen que ver con agentes externos, con condiciones y contextos que escapan al control subjetivo de las personas mismas, estas son estrategias exoreferidas. Un claro ejemplo lo constituyen la compra de terrenos o el acceso a educación de algún grado.

Finalmente, las creencias fueron clasificadas en tres tipos. La primera clasificación refiere a las creencias que están centradas en las habilidades de los individuos mismos, en correlación con las estrategias. No obstante, dado que estas refieren a la capacidad de reflexividad de las personas, se las ha denominado creencias agenciales (también indican tips o consejos de sabiduría popular para tener éxito en la vida). Por otro lado, aquellas que dicen relación con valores o normas sociales (tales como la importancia de la educación o de la familia) que de alguna manera refieren a las valoraciones de ciertas instituciones o status dentro de una cultura, se han denominado creencias normativas.

Cuadro N° 1

Subproyectos

Descripción











Proyectos
de vida

 

Subproyecto familiar Educación para los hijos/as. Bienestar de los mismos/as. Proyecto adaptativo

Metas

Ambigüedad: dimensión material-concreto intangible en corto plazo; dimensión ideacional-afectiva de largo plazo

Estrategias

Auto y exorreferidas

Creencias

Normativas
Subproyecto laboral Ganar más dinero y poder ahorrar. Independencia. Dejar el empleo

Metas

Estrictamente material-concreto intangible, mayoritariamente en el corto plazo

Estrategias

Autoreferidas

Creencias

Agenciales

Subproyecto personal

No está definido. Se imbrica en el laboral y/o usualmente en el familiar. Proyecto adaptativo

Metas

Dimensión material-concreto intangible en largo plazo

Estrategias

Indeterminado

Creencias

Agenciales

Fuente: (2012). Elaboración propia en base a las entrevistas recopiladas.

A continuación se exponen con detalle los tres subproyectos que componen los proyectos de vida de las mujeres entrevistadas. El orden en que son expuestos no ha sido aleatorio. Primeramente, y siguiendo el rol tradicional de las mujeres como madres-esposas, se indaga en el área familiar. Luego, siguiendo la progresión que ha tenido la inserción laboral femenina, se abordan las proyecciones en esta área. Finalmente, y como suerte de síntesis entre uno y otro, la emergencia del yo ha traído a colación –como ya veíamos– el problema de la propia persona que constituye la última esfera expuesta.

Subproyecto: la familia

Las familias de las mujeres entrevistadas de clase ocupacional dependiente y de oficios, que corresponden a diez de las doce entrevistadas, tienen dos hijos/as (salvo un caso, que tiene tres). Seis de ellas se encuentran con pareja estable y las otras cuatro, solteras o separadas. Sin duda, las configuraciones familiares son variadas, encontrando situaciones más tradicionales donde la pareja casada vive con sus hijos/as; otras donde hay separaciones de hecho, pero donde aún viven en la misma casa los exesposos; familias extendidas que conviven; mujeres que viven con sus padres y los cuidan; mujeres separadas que conviven con sus parejas y sus hijos/as; mujeres que viven solas con sus hijos/as. En términos de las viviendas, la mayoría es dueña de su casa por medio de subsidios. Tan solo 3 arriendan. Las comunas de residencia varían, aunque se identifican algunas recurrentes como Peñalolén, Maipú, La Reina y Puente Alto.

En términos de este proyecto, las metas principales son dos que aparecen con mucha frecuencia: educación y bienestar subjetivo. En primer lugar, está el tema de la educación de los hijos/as, que supone un paso adelante sobre ellas como madres:

La meta más importante es quedarme tranquila con la educación de mi hija, que ella termine, yo creo que eso es lo más que pienso, porque la chica yo sé que lo va a lograr, va a sacar su carrera, pero la preocupación mía es la de que termine su carrera. (Jefa de local comercial, casada).

Es decir, la tranquilidad personal está vinculada de manera directa con el acceso a la educación de los hijos/as y define a la familia como una de las áreas más importante de desarrollo o realización. Asimismo, cabe destacar que si bien en esta cita la preocupación no está centrada en las capacidades o preferencias de los hijos/as mismos, en otros casos, la incertidumbre respecto del desempeño futuro de estos es fuente de inquietud para las madres. En este caso, si bien lo central está en tener la capacidad como madre de brindar las posibilidades de estudios medios y superiores, las elecciones que los hijos/as realicen quedan más bien al alero de ellos/as mismos/as.

Muy vinculado a ello, quizás como la otra cara de la moneda: dar la posibilidad de educación a los hijos/as solo tiene sentido en la medida en que los provee de herramientas importantes para desenvolverse en el mundo (como aparece en las creencias) y que les permite ser felices. Esta idea aparece como una meta generalizada que integra y proyecta al conjunto del sistema familiar, bajo la idea de que esta “tenga lo mejor”.

Que haya cariño y amor en mi casa no más. Y eso lo tengo. Esos son mis mejores metas. No esas familias que viven peleando, que pelean por todo, no. (Manipuladora de alimentos, soltera).

 

Yo también soy relajada con los estudios, porque yo a mis hijos los quiero realmente, quiero cabros felices, a mí eso me pasa entonces yo quiero cabros felices. (Trabajadora en empresa familiar, casada).

Además, esta meta adquiere una connotación diferente según el estado civil: en el caso de las casadas la expectativa de la unión y continuidad (referida al núcleo familiar), que en el caso de las solteras solo se manifiesta como el bienestar de los hijos/as y su felicidad. Finalmente, resalta la necesidad de tener una vivienda propia. Destaca que, a pesar de concentrar varias metas en la dimensión ideacional-afectiva y de largo plazo, la concentración más notoria ocurre en la dimensión contraria; es decir, material-concreto intangibles y de corto plazo.

En lo relativo a las recetas (Goodenough, 1971) que se despliegan en el área familiar, el elemento más mencionado para la consecución de la felicidad de los hijos/as, es la comunicación y participación de todos los miembros de la familia.

Pucha la constancia, “oye, vengan a sentarse. Conversemos”. La comunicación. Eso, es importante, eso en las familias: comunicación. Si no hay comunicación, nadie pesca a nadie po. (Transportista, casada).

Asimismo, pero referido a las claves estratégicas para lograr una buena crianza (que se vincula al bienestar de los hijos/as), se destaca la propia educación como una clave para el apoyo a los hijos/as; pero, principalmente, las entrevistadas señalan la importancia de los límites entre el amor y la disciplina, y del trabajo personal de ellas como madres:

Creo que, a lo mejor, a favor, yo estudié y terminé y con eso yo también los puedo ayudar y puedo seguirlos apoyando hasta donde yo pueda. No sé po, también nosotros con ellos somos como muy de cariño y todas esas cosas y también les gusta harto, bueno, pero cuando hay que retarlos, hay que retarlos. Pero, generalmente, somos como muy de jugar y esas cosas. Me preocupo que cada uno sea, no tienen las misma tareas o de repente las mismas, siempre, o sea, a cada uno le doy como su tiempo. (Repostera, casada).

En este ámbito se identifican creencias relativas a la importancia de la educación superior formal en tanto se constituye como una herramienta fundamental para el futuro, para poder elegir qué hacer con la propia vida, para llegar más lejos, para ser más que los padres y las madres, como se señalaba antes. En este sentido, la educación es un capital cultural altamente valorado que permite “ser alguien en la vida”, tener buenas y propias cosas, ser mejores personas y también destaca la posibilidad de independencia en caso de separación o de trabajo como apoyo al marido. Pareciera entonces que la herencia clave para el bienestar de los hijos/as radica en esta.

Sí, yo pienso que eso, porque, si usted no le da estudios a sus hijos, ¿qué van a hacer? No pueden elegir en lo que van a trabajar, tienen que trabajar en chuzo y la pala no más po. Entonces yo siempre quería que mis hijos fueran otra cosa, o sea que no fueran como es uno que trabaja en casa, no es por deshonrar, pero ¿a quién no le gustaría tener una profesión? No estar haciendo, lavando ollas, ni planchando po. (Asesora del hogar, separada).

Como las entrevistadas señalan, los hijos/as son una preocupación fundamental para ellas, existiendo una entrega intransable para con ellos. En términos de Oiberman (2004), el maternaje (la experiencia cultural que significa la maternidad como experiencia biológica) de este grupo de entrevistadas tiene un carácter tan totalizante que ordena las metas femeninas en función de los ciclos vitales de los hijos/as.

Por otro lado, a partir del discurso de las entrevistadas se desprende la relevancia de conformar un proyecto familiar claramente delimitado; es decir, casarse y luego tener hijos/as –que en algunos casos, en términos de crianza, llega a constituir al proyecto familiar como único proyecto de vida femenino–.

En resumen, el bienestar familiar (sobre todo en lo relativo a la educación superior y la felicidad de los hijos/as) constituyen las principales orientaciones en las vidas de las mujeres entrevistadas, centrándose las metas en dos ejes diagonalmente opuestos: destaca el eje temporal de largo plazo, pero que se inserta, en la mayoría de los casos, en el eje ideacional-afectivo (felicidad del grupo), versus el eje de corto plazo con metas de tipo material-concreto (educación superior).

Subproyecto: el trabajo remunerado

¡Claro! Eso sería bacán… no trabajar, porque igual estuve tanto… estuve como tres… estuve como no sé… mucho tiempo sin trabajar… me acostumbré a no trabajar. (Asesora del hogar, conviviente).

En el caso de este proyecto, su posición no es tan clara. Por un lado, el trabajo remunerado es parte de las proyecciones en el mediano y/o largo plazo (ascender, desarrollarse en algún área específica, independizarse, etc); pero por otro lado, esta área juega un rol estratégico por cuanto permite igualmente (en su dimensión económica como salario) llevar a cabo otras metas de tipo personal o familiar (PNUD, 2012). En esta área, una de las metas más nombradas en este espacio es generar más ingresos –y en algunos casos, esto se evalúa en función de la capacidad de ahorro[10] que permite el sueldo. En este sentido, la dimensión más rescatada tiene que ver con lo material concreto que es el pago por los servicios prestados.

En efecto, el trabajo remunerado aparece con un rol diferenciado según estado civil. Por un lado, las mujeres casadas o convivientes parecen no encontrar satisfacción en esta área:

Es que no sé qué uno espera del trabajo. Es tan monótona la cuestión de la pega que no. Que nos siga yendo bien po, que nos sigan saliendo niños en los próximos años. Que siga trabajando ahí mismo… (Transportista, casada).

Y aún más, una meta común (articulada más bien como deseo) tiene que ver directamente con dejar de trabajar: “él trabaja y yo me quedo en la casa” (Asesora del hogar, conviviente) y ocupar roles tradicionales, esencialmente una vez que dejen de tener gastos por concepto de educación formal de los hijos/as.

A ver, yo espero dejar de trabajar, y dedicarme a hacer manualidades, cachai a mí me gustan mucho las manualidades, no, espero tener cierta tranquilidad con mi familia… (Trabajadora en empresa familiar, casada).

Contrariamente, dentro de las mujeres separadas o solteras, aparece otro valor atribuido al trabajo. Aquí prima la necesidad de seguir empleadas el mayor tiempo posible y aun más: el desarrollo total dentro de las posibilidades laborales.

Yo aspiro aquí a ganar un sueldo mejor. Mi aspiración aquí, a lo mejor es alta, pero mi aspiración es llegar al tope de lo que pueda llegar aquí, pero que no tenga que ver con una jefatura, porque eso si que yo le veo, yo ya hice eso y me costó harto. (Funcionaria administrativa estatal, casada).

En el caso de las mujeres que trabajan en oficios, la estabilidad del empleo tiene más que ver con la estabilidad de la demanda, tener trabajo asegurado. Otra meta asociada al espacio laboral, dice relación con la posibilidad de ascenso.

Idealmente… que sí, que fuera, que yo trabajaría hasta no sé po, hasta que más pudiera. (Funcionaria del área de aseo, soltera).

 

… y creo que el paso que sigue si pudiera es ser supervisora, que ya sería lo más dentro de la empresa, porque hay jefas de locales que han pasado a ser supervisoras. Entonces eso, ya me queda eso, porque este puesto me quedó ya no sé si, como que siento que ya no tengo nada que hacer aquí […] Entonces ya como que llegas a un punto en donde ya no te llena, como que quieres avanzar un poco más. (Jefa de local comercial, casada).

Finalmente, dentro de los discursos más vinculados a anhelos se identifica la idea de un cambio de empleo –pero como tales, no poseen ni fijación temporal, ni estrategias concretas para lograrlos–. De modo que, una vez más, la concentración de las metas es clara en torno al eje material-concreto intangible, tanto en el corto como en el largo plazo.

Vinculado a las estrategias y recetas laborales, lo primero que resalta tiene que ver con el esfuerzo y otras características de la personalidad de tipo moral y ético –de las que ya se dio cuenta en las “creencias sobre el proyecto personal”– antes que cursos de acción concretos; es decir, la personalidad, el esfuerzo, la responsabilidad. En el mismo orden se observan algunas referencias a recetas que tienen que ver con lo que usualmente se conoce como hacer bien la pega.

nosotros las cosas las superamos con esfuerzo, con trabajo, con honestidad. Y eso se inculca desde chico. Por ejemplo, yo no dejaría que mi esposo se trajera algo de la pega, ni tampoco yo, yo creo que eso es una buena enseñanza, es la base de hartas cosas, el ser honesto. A lo mejor la honestidad va muy frontal, yo soy frontal… (Funcionaria administrativa estatal, casada).

Respecto de las creencias más extendidas, se identifica la idea de que el empleo y la habilidad de aprender a desarrollarse en cualquier trabajo son relevantes para lograr las metas que uno se propone:

Porque, cómo están los tiempos, cualquier cosa sirve; hasta aprender a poner un enchufe, te sirve po, pa tu casa. […] Hay que aprender todo en la vida, todo, todo, todo, todo, hasta lo más mínimo. […] O sea si tenís a alguien conocido que haga las cosas, aprende. Aprender, aprender, aprender, aprender, porque nunca uno sabe cuándo eso… eso lo puede necesitar o puede emplear. (Manipuladora de alimentos, soltera).

Esta cita ilustra claramente la idea de Rieznik (2001) sobre la característica primordial del trabajo moderno, donde ya no importa la actividad específica en la que se trabaja, sino la capacidad de trabajar: es decir, rescatar que mientras sea trabajo remunerado “cualquier cosa sirve”. Ello además establece un vínculo directo con la falta de especialización (o de estudios) para desenvolverse en el mundo laboral. Por otro lado, destaca la creencia que fundamenta la receta de “hacer bien la pega”, donde la calidad del trabajo, la responsabilidad constituye logros en sí mismos que se oponen a los trabajos malos o de personas flojas donde “no se entrega nada” y, por lo tanto, el trabajo pierde sentido.

Dentro de las creencias que rescatan los efectos de la agencialidad en las estrategias aparece el tema de la sumisión respecto de ciertas características del sistema (bajo la idea de “agachar el moño”) o bien la humildad. Ambas son valoradas por cuanto permiten lograr lo que uno quiere, aludiendo también a la gratificación religiosa que esto conlleva: “siendo humildes y sumisos se obtiene la gracia de Dios”. En contraposición, aun aceptando el sistema como es, otras entrevistadas recalcan el valor de la autonomía propia para buscar aquello que a uno le satisfaga si el empleo actual no lo hace, si la relación entre esfuerzo e ingreso no es satisfactoria, se señala como una habilidad que se debe desarrollar en pos del bienestar personal.

El sistema es así y uno tiene que trabajar como es el sistema, y si no te gusta trabajar acá… bueno habría que buscar otra cosa. Si yo estoy disconforme y considero que me están sacando la mugre por nada, yo no voy a empezar a desvalijar una tienda porque los patrones son malos, porque si no me gusta me voy y busco algo que me guste, que me paguen más y vea que no me van a pulmonar más. (Jefa de local comercial, casada).

En esta área intermedia entre un subproyecto en sí mismo y una estrategia para lograr las metas del proyecto familiar, destaca la clara concentración de metas en el eje material concreto de corto plazo. ¿De qué nos habla ello? Pues bien, probablemente el mismo problema de vulnerabilidad y de poca certeza impide a las mujeres proyectarse en un empleo con seguridad. Además, dentro sus metas está la idea tanto de cambiarse de empleo en el corto plazo, como de dejarlo en el largo plazo (en el caso de las casadas). En este sentido, la ausencia de desarrollo personal o mejoramiento en el trabajo remunerado como meta desemboca en una incapacidad de proyección dentro de la misma ocupación o empresa. Ello también explicaría la concentración de creencias referidas a sus propias capacidades en este ámbito –donde todo es problemático y la diferencia la hace la capacidad de resistencia y la personalidad de cada persona–.

Además, a pesar de que el tema económico en el empleo está presente, la mayor diferencia en este sentido tiene que ver con dos metas contrarias que se plantean: mientras que las entrevistadas casadas/convivientes explicitan, en su mayoría, el interés de dejar el empleo en el largo plazo (sujeto a las restricciones familiares), las solteras/separadas buscan, contrariamente, mantenerse trabajando el mayor tiempo que les sea posible.

Subproyecto personal

… si yo soy eso es lo que me pasa a mí, que yo no soy para mí. Yo me preocupo de todo lo demás, pero menos para mí. (Asesora del hogar, separada).

A diferencia de lo que propone el proyecto modernizador (Beck-Gernsheim, 2003), el discurso de este grupo de entrevistadas no logra articular aquí un espacio de proyección distinto al familiar, donde se distinga el “vivir la propia vida”, del “vivir para otros/as” (idem). Así, el peso de los roles tradicionales, en particular de la maternidad, copa la vida de las mujeres, dejando poco espacio a la emergencia activa del yo. El caso particular de las mujeres que aún no conforman un proyecto familiar es evidente, sus metas personales se transfiguran en el proyecto familiar: formar una familia. No obstante, en las mujeres que tienen hijos/as, se observa la noción explícita de que el espacio familiar es el espacio personal.

Personal, que mis hijos cumplan sus metas… (Jefa de local comercial, casada).

En este sentido, si bien en un caso aparece la necesidad de desarrollarlo en términos de “darse más tiempo para sí”, la situación general se vincula más con no tener claro el proyecto personal:

Claro, tengo como todo volcado en ellos. Así como a corto plazo que yo tenga algo personal, todavía no me he proyectado en nada. Pero sí, o sea de ellos 100%, digamos entre comillas como para ellos y como para mi familia […] Porque yo pienso en todos ellos, pero en mí yo no he pensado. (Repostera, casada).

Justamente ello se materializa en los discursos donde aparecen con mucha más frecuencia “anhelos o deseos”, antes que metas concretas.

… lo que me he propuesto en la vida es surgir no más, pero metas para mí, soy totalmente egoísta conmigo misma, en ese sentido soy egoísta conmigo… (Manipuladora de alimentos, soltera).

 

Yo creo que en sí, proyecto personal mucho no tengo(Repostera, casada).

Las citas señalan dramáticamente la ausencia de un espacio legitimado de desarrollo personal, que en cambio está subsumido por los deberes impuestos y auto impuestos en torno al quehacer materno y de esposa. En este sentido, es interesante contrastar esta sobrecarga evidente –donde la familia y el trabajo remunerado copan el recurso escaso del tiempo femenino– con las razones que algunos estudios señalan para explicar la sensación de sobrecarga de las mujeres: donde opera, sin duda, la división sexual tradicional del trabajo, que como ha sido ampliamente señalado por la literatura, abre las puertas públicas a las mujeres, pero no hace lo mismo con las privadas en el caso de los hombres[11] (PNUD, 2010; Valdés et al., 1999).

Principalmente en este ámbito de proyecciones, los resultados coinciden con otras investigaciones:

En el caso de las mujeres de sector bajo, los proyectos de vida aparecen mucho más desperfilados. Estudiar, trabajar, formar pareja son opciones frente a las cuales las mujeres no tienen una definición expresa de qué esperan de sí mismas. Más bien, existe la idea de que las cosas “ocurren” sin que la propia voluntad sea determinante. Y al analizar las historias de sus vidas, estas se ven mucho más condicionadas por las circunstancias que las vidas de mujeres de sector medio alto; la necesidad opera como motivación, más que la voluntad. (Valdés et al., 1999: 47)

Como se observa a continuación, el principal objeto de estos deseos es o fue educarse formalmente (ya sea terminar enseñanza media o acceder a estudios superiores) pero la necesidad estuvo por sobre la voluntad. Y en la actualidad, no queda más que la nostalgia de un deseo que no pudo cumplirse (pero que vemos proyectado en el presente a los hijos/as):

Sí, igual siempre me hubiera gustado seguir estudiando, pero los medios no estaba digamos para poder seguir. Pero sí, igual me hubiera gustado seguir estudiando… (Repostera, casada).

Sin embargo, quizás la única meta explícitada se vincula con adquirir un terreno en el campo y dejar la vida citadina al término de la crianza (hijos/as que han terminado su educación formal o que están en ello). Finalmente, se hace evidente la ambigüedad de este ámbito, concentrándose las metas o deseos de la agencia únicamente en la dimensión material-concreto intangible y de largo plazo.

… quiero estar tranquila, quiero comprar una parcela, tener a mi hijo estudiando en la universidad. (Manipuladora de alimentos, soltera).

En lo relativo a las estrategias y recetas personales, considerando que en este proyecto no aparecen claramente diferenciadas, se observa un discurso bastante ambiguo. Particularmente la estrategia para acceder al “terreno en el campo” es seguir trabajando. Y ello destaca como una capacidad que no poseen todas las personas:

Más trabajo. Porque yo creo que con trabajo se te cumplen muchas metas po. (Transportista, casada).

 

El trabajo que he tenido toda mi vida no más po. Eso me ha logrado hacer todo lo que yo quiero, ser inteligente, a tirar pa arriba, así he logrado todos los logros que tengo. Porque cualquiera no lo hace, cualquiera no lo hace po. (Manipuladora de alimentos, soltera).

Dentro de las creencias respecto del mismo proyecto parece evidente la falta de legitimidad que este posee. No obstante, cuando se piensa en términos genéricos aparecen ideas vinculadas al valor de la individualidad para salir adelante.

No, yo creo que va todo enfocado a cómo uno es como persona cachai, lo que uno logra, y yo creo que también dentro de las habilidades y cualidades que tiene uno, uno de repente no puede hacer de todo en la vida tampoco, yo creo que todos sabemos cuáles son nuestras limitantes de repente para hacer las cosas. (Trabajadora en empresa familiar, casada).

En este sentido, resulta claro que más que agencialidad, las entrevistadas piensan en aquello que permite sobreponerse a las dificultades estructurales a las que están expuestas cotidianamente y, por lo tanto, refieren más bien a valores y normas culturales de deber ser. Es así como se identifican creencias normativas sobre cómo la personalidad propia incide en los logros, antes que ideas respecto de la propia subjetividad y posibilidades de realización personal.

La familia lo es todo y “Yo no soy para mí”

La relevancia del subproyecto familiar es vertebral en tanto articula lo laboral y niega lo personal. Dentro de las metas más destacadas en esta área se encuentra la continuidad del proyecto familiar, la cual contempla una pareja, hijos/as y la estabilidad de este conjunto a través del tiempo. En el caso de las mujeres solteras/separadas, esta es una meta que puede vincularse a la expectativa de ver crecer a los hijos/as y a la meta, dentro del proyecto personal, de encontrar pareja. En este sentido, la capacidad de brindar educación superior a los hijos/as se construye bajo el discurso del sacrificio donde el trabajo remunerado que las madres realizan tienen como fruto que sus hijos/as sean “más que ellas”. En sus palabras:

Que tenga su profesión po, que tengan su profesión y trabajen bien po, no anden como uno que ha trabajado toda su vida, maltratándose… (Manipuladora de alimentos, soltera).

Por otra parte, existe una leve inclinación dentro del proyecto laboral, hacia la necesidad de mejorar o mantener los ingresos en el caso de las mujeres que no cuentan con apoyo de una pareja en lo económico con los hijos/as –aunque también existen diferencias importantes según estado civil–.

Al graficar las metas que aparecen en los distintos proyectos, adquiere especial notoriedad la ausencia de expectativas de corto plazo en el área ideacional-afectiva. Las consecuencias de esto parecen vincularse de manera directa con la ausencia de proyectos personales. Mientras los proyectos familiares requieren esfuerzo, coordinación de dos o más personas y, por lo tanto, suelen ser de larga duración (lo cual explica que estén más cercanos a la temporalidad de largo plazo), las proyecciones personales pueden más fácilmente estar ubicadas en el corto plazo. Asimismo, la falta de identificación del empleo u oficio como un espacio de desarrollo personal, impide ubicar las metas de esta área en el eje superior (ideacional-afectivo). Una posible explicación a este fenómeno dice relación con las dificultades estructurales (sociales en términos de vulnerabilidad y de discriminación, educacionales, económicas, de vivienda, etc.) que enfrentan las mujeres entrevistadas, las que impiden a la agencia proyectarse con certezas. Esto, pues parecieran sentirse (i) con dificultades para controlar las situaciones que deben enfrentar y (ii) teniendo un estrecho margen de acción. Ello explicaría que frente a las adversidades recurran a creencias arraigadas en factores externos difíciles de cambiar (como explicaciones tangibles de sus conflictos) y que destaquen elementos referidos a sus propias capacidades y que están a la base del discurso de la relevancia del esfuerzo y la lucha para salir adelante.

Cuadro Nº 2. Metas en los distintos subproyectos

cuadro 2

Fuente: Elaboración propia en base a metas de entrevistadas. Las palabras subrayadas corresponden a las metas del subproyecto familiar; las palabras en redonda, al subproyecto laboral, y aquellas en cursiva, al personal.

La ausencia de proyectos personales pareciera también estar relacionado con la posición estructural que ocupan estas mujeres en clases sociales complejas, debido a las restricciones de recursos (educacionales y de remuneración) que las constriñen en sus proyecciones y estrategias, teniendo estas finalmente también un impacto importante en sus creencias y en el modo en como las visualizan. En otras palabras, los proyectos de vida están sujetos de forma relevante a la posición estructural de las sujetos como ya muestran estudios anteriores:

Estas condiciones socioeconómicas marcan en gran medida los proyectos de vida que las mujeres construyen, y sobre los que planifican en mayor o menor medida sus vidas. Los proyectos de las mujeres de nivel socioeconómico bajo son más diluidos que los de las mujeres de sector medio alto, menos claros. (Valdés et al., 1999: 48)

Lo anterior permite caracterizar los proyectos de vida como adaptativos, puesto que destacan los deseos y los anhelos, antes que metas claras –ahí donde la correlación de fuerzas es negativa, las aspiraciones se alejan más de estados futuros concretos. Asimismo, son proyectos menos delimitados en sus dimensiones (incluso con conciencia de no poseer proyecto personal) y más ambiguos en sus relaciones con estas. Si bien las metas familiares tienen una preminencia clara, las demás áreas e incluso las estrategias para lograr dichas expectativas se acomodan con mayor facilidad a los contextos situacionales que van viviendo estas mujeres. De forma que “No es sorprendente observar que las aspiraciones tienden a tornarse más realistas, más estrictamente ajustadas a las posibilidades reales, a medida que estas últimas aumentan” (Bourdieu, 2006: 96).

En este contexto, el peso del tradicionalismo moderno es aún más crudo que en las clases más bajas: la prioridad de las mujeres pareciera ser el cuidado infantil, otorgándose gran valor cultural a la tarea de educadoras de los hijos/as (Busquets y otras, 1995; citado en Raymond, 2006: 24). Cuestión que debe constituir sin duda un compromiso “fundamental, no negociable y se debe priorizar por sobre los intereses profesionales” (idem). Como se señalaba, la vivencia de un maternaje totalizante impide que el proyecto familiar conjugue otros proyectos, y sobre todo los subyugue.

De ahí entonces que en la vida femenina aparezca la maternidad como la máxima realización y principal fuente de satisfacción –hecho que se reafirma por cuanto en esa misma encuesta, la adhesión a esta idea es de un 94%–. Incluso la maternidad se concibe como sagrada permitiendo la plenitud en las mujeres:

… la maternidad es percibida, tanto por mujeres como por hombres, como la experiencia fundamental que articula la vida de la mujer. Está asociada a sentimientos básicos de amor, entrega, satisfacción y realización. Su dimensión de exigencia y sacrificio es connotada positivamente por las mujeres… (Rodó et al., 1993: 11)

Esto no debe sorprendernos, ni tampoco los testimonios de machismo violento que impiden a las mujeres la salida al mundo laboral: estudios del SERNAM dan cuenta de que más del 50% de los encuestados/as, en el 2000, está de acuerdo con la afirmación “una mujer es mejor esposa y madre si emplea la mayor parte de su tiempo con su familia y tiene pocos intereses fuera del hogar” (Raymond, 2006: 23). Otro estudio del año 2002 (SERNAM) establece que el 42% está de acuerdo con la idea de que “las mujeres que tienen un hijo de edad prescolar no deberían trabajar”, mientras el 48% promueve el trabajo con jornada parcial (idem). Como también corroboran estudios posteriores (PNUD, 2010; Plaza, 2005), existe un imaginario sobre la maternidad que llena la vida de las mujeres de manera total. El proyecto familiar adquiere tal potencia, que engloba el desarrollo de la propia persona, apartándolas del “ser para sí”, para volcarlas en el “ser para otro/a” más propio de la maternidad. En palabras de Beck-Grernsheim, las mujeres se encuentran atrapadas entre “el ‘ya no más’ y el ‘todavía no’” (2003, 142).

Para concluir, parece fundamental rescatar el problema de la desigualdad social como base explicativa para la conformación de proyectos adaptativos, en los que la estructura juega en contra y hace que sea más difícil conjugar las distintas exigencias de las mujeres en la actualidad. A su vez, el concepto de tradicionalismo moderno viene a visibilizar una autoimagen que se ajusta bastante a los parámetros de las entrevistadas, en donde la salida al mundo público no se vincula con el desligarse de otras obligaciones, sino muy por el contrario, con un vivir la vida en función de las necesidades, tanto económicas como psicológicas, de los familiares y descuidar al máximo el “yo”, al punto de pensarse como una última prioridad y una autonegación: no ser para uno mismo o “vivir una vida para otros/as”. Los discursos de sacrificio y entrega, tan presentes en los acá discutidos relatos, deben entonces abordarse desde un paradigma que incluya una división de roles equitativa, mas no necesariamente igualitaria.

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  1. Dado que los conceptos destacados, agencia y cultura, son los objetos principales, las discusiones teóricas respecto de sus definiciones son materia de los capítulos primero y segundo, respectivamente.
  2. Es decir, para hablar de un grupo se seleccionan algunos casos considerados representativos.
  3. Contraste aún más grande si se le compara con los países de la OCDE, cuya participación laboral femenina promedia el 62% (OCDE recuperado de: https://bit.ly/2DC8lXI). De estos, Chile solo supera a México, Sudáfrica, Turquía e India.
  4. INE en base a último trimestre junio-julio-agosto, 2012. Disponible en línea: https://bit.ly/1fWmRTH.
  5. La CASEN 2009 establece que el 26,3% de las mujeres declara no salir a trabajar principalmente por los quehaceres del hogar.
  6. Estos datos no consideran ni a la población que estudia, ni a la que está jubilada, ni a las mujeres que señalan que no trabajan por enfermedad.
  7. INE en base a último trimestre junio-julio-agosto, 2012. Disponible en línea: https://bit.ly/1fWmRTH.
  8. Datos de la encuesta exploratoria de uso del tiempo en el gran Santiago, disponibles en: INE. Mayo 2009. ¿Cómo distribuyen el tiempo hombres y mujeres? Disponible en línea: https://bit.ly/2y04Vbr (20/10/2012).
  9. Definición disponible en la Real Academia Española, cuya acepción refiere a cosas “precisas, determinadas, sin vaguedad”. Recuperado de https://bit.ly/2R7BsoF.
  10. En este caso, si bien el generar más ingresos obedece a una necesidad que espera ser cubierta en otros ámbitos, lo cierto es que los comportamientos laborales (horas extras, más empleos, o cambios de trabajo, etc.), que constituyen estrategias, están motivados por la meta de mejorar los ingresos. De manera que en el ámbito laboral, lo que mueve a las mujeres es esta expectativa.
  11. Como señalan los datos de la encuesta PNUD realizada al alero del Informe de Desarrollo Humano 2010 sobre género, la autoimposición femenina de los deberes contrasta frente a porcentajes menores de acuerdo por parte de la población masculina que visualiza la posibilidad de una distribución más equitativa de las tareas domésticas. No obstante, ambos coinciden en que las mujeres siguen haciéndose cargo del trabajo doméstico, porque (i) nadie más lo hace, (ii) es su responsabilidad (mayoritariamente lo piensan así las mujeres) y (iii) las mujeres piensan que los hombres lo hacen mal (mayoritariamente desde los hombres). Contrariamente, respecto de las razones esgrimidas para explicar la falta de vinculación masculina con los quehaceres domésticos, los principales argumentos dicen relación con la comodidad de ellos y con el hecho de que no se les exige hacerlos.


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