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Tiempo y vida cotidiana[1]

Las mujeres como sujetos de innovación cultural

Carmen Leccardi

Introducción

Tematizada como producción de nuevos cuadros de referencia conceptual, nuevos esquemas interpretativos que transforman los modos de definir la realidad y de uniformarla, la innovación cultural constituye un aspecto de importancia estratégica para la comprensión de las dinámicas de cambio social. Si estas últimas, en la modernidad, vienen frecuentemente analizadas en referencia a la relación privilegiada entre tecnología, economía y sociedad, el enfoque en clave cultural tiende más bien a enfatizar la vida cotidiana y el rol de los sujetos en ella, en la producción de universos de significado, desde lo inédito, en la deconstrucción y reconstrucción de las visiones del mundo.

En el contexto de la reflexión aquí propuesta, que pone la atención sobre las mujeres como sujeto colectivo y sobre las dinámicas específicas de innovación cultural de las cuales ellas son protagonistas, la vida cotidiana asume, desde otro ángulo, una relevancia especial. Ha sido, en efecto, el movimiento neofeminista el cual puso en discusión desde la raíz, en los años 70, el cotidiano como lugar de lo banal, tiempo privado y sin historia por excelencia. Derrocada esta visión, la vida cotidiana ha sido constituida como terreno privilegiado en cuyo interior se expresa subjetividad política, poniendo en discusión las relaciones de poder existentes en el plano social. Ha sido desencadenada, a través de este cambio de perspectiva, una verdadera y propiamente tal revolución cultural con consecuencias a largo plazo.

Los análisis del tiempo de la vida cotidiana como ámbito del “hacer historia”, característicos de los últimos decenios del siglo pasado –con una revalorización estratégica del tiempo de la reproducción, como parte integrante del tiempo productivo–, ejemplifica bien este proceso.

¿Qué permanece hoy de estas importantes dinámicas innovadoras que han conformado los perfiles sociales y políticos de las mujeres al comienzo del nuevo siglo? ¿El cotidiano sigue constituyendo para las mujeres el terreno soberano de la innovación cultural? ¿O, más bien, ha sido reconfigurado como tiempo que oprime más que exalta las subjetividades de las mujeres producto de la creciente velocidad y escasez que lo caracteriza? Utilizando la dimensión del tiempo analizada en clave sociológica, este artículo se propone dar respuesta a tales interrogantes. En el corazón del análisis está la convicción de que las formas de innovación cultural, de las que las mujeres continúan siendo protagonistas en el cotidiano, construidas en torno a la experiencia de la multiplicidad no jerárquica de los tiempos de la vida cotidiana, carecen hoy de adecuadas formas de reconocimiento social.

Modernidad, innovación y vida cotidiana

El concepto de vida cotidiana, al igual que el de innovación, puede ser considerado para todos los efectos hijo de la modernidad (Lefebvre, 1972). En efecto, es solo en el siglo xix que la vida cotidiana llega a ser objeto de reflexión crítica, tema de representación artística y literaria. Análogamente, es solamente con la modernidad (Neuzeit, “tiempo nuevo” en sí mismo) que la innovación se carga, en cuanto tal, de significados positivos sobre la base de una capacidad humana de conocer y de crear considerada, en línea de principio, inagotable. Los dos conceptos son, sin embargo, no pocas veces considerados antitéticos. Si la innovación es asociada al cambio dirigido, capaz de erosionar la tradición, “al acortar los períodos de tiempo que permiten una experiencia homogénea”(Koselleck, 1986: 79), de manera polar, la vida cotidiana muestra la rutina que garantiza la construcción de un orden tranquilizador y protegido. Mientras el cotidiano es el reino de lo dado por supuesto, del sentido común que pone a disposición (al menos virtualmente) un escudo contra la incerteza, es el universo silencioso de la reproducción y de la familiaridad; los procesos de innovación redefinen, por el contrario, aquello que se había dado por descontado, abren a lo inédito, meten en discusión las certezas cotidianas. El primero está inmerso en el tiempo circular de la repetición, los segundos en el tiempo lineal de la historia.

Para superar este enfoque dicotómico, que resulta limitante, es necesario introducir un plano de reflexión adicional capaz de mostrar cómo la vida cotidiana misma puede desempeñar un rol relevante en el desarrollo de las dinámicas de innovación. Como trataré de argumentar, aquello no solo ocurrió en los años setenta producto del movimiento de las mujeres, sino cuando el cotidiano se transformó en terreno generador de pensamiento estratégico y lucha política. De hecho, la vida cotidiana continúa constituyendo, todavía en nuestros días, al menos para una parte de las sujetos de género femenino, un ámbito de particular valor para la construcción de procesos de innovación. Para iluminar estas dinámicas es, sin embargo, fundamental concentrar la atención, en primer lugar, sobre aspectos culturales (y cognitivos) de la innovación.

Redefinir el mundo

Considerada desde el punto de vista cultural, la innovación atañe a las formas de la racionalidad, las representaciones y también las identidades de los sujetos que la producen. La capacidad de renominar los problemas, de ponerlos en un marco cognitivo diverso, constituye uno de sus rasgos distintivos (Donolo y Fichera, 1988). A través de esta ruta, los sujetos están en grado de problematizar el sentido común, reformulando juicios y expectativas (Jedlowski, 2003). De tal modo, construyen una visión diversa del mundo y piden el reconocimiento. Es como si, en un momento dado y sobre la base de una constelación de condiciones, los marcos cognitivos que regulan la existencia cotidiana –aquellos que cada uno y cada una pueden dar por descontandos sin interrogarse sobre la validez del propio punto de vista, aquellos que se confirman a través de la repetición– fuesen puestos en discusión. La realidad viene filtrada a través de lentes diversos de aquellos del sentido común, por ejemplo reconsiderando bajo una luz diversa situaciones ya conocidas. De este modo pueden producirse transformaciones también profundas en las visiones del mundo. Un ejemplo concreto puede contribuir a clarificar estas dinámicas.

Consideremos en esta óptica el concepto de doble presencia, elaborado por Laura Balbo (1978), en la segunda mitad de los setenta, en una fase histórica en la cual el neofeminismo había sabido hacer valer el propio punto de vista sobre áreas cruciales de la vida social, redefiniendo problemáticas estratégicas como aquellas ligadas a la sexualidad, a la salud, a la relación entre hombres y mujeres y, más en general, a la política.

Con el tiempo, el concepto de doble presencia ha adquirido rasgos siempre más normativos, llegando a indicar no solo una forma de identidad de la que son portadoras las mujeres adultas implicadas en el mercado del trabajo y con carga familiar –que perenemente penden de un hilo entre sus compromisos profesionales y sus responsabilidades de cuidado–, sino también un verdadero modelo identitario normativo en el cual las jóvenes mujeres son socializadas[2]. En la formulación originaria emergían, sin embargo, también rasgos de signo diverso, exquisitamente innovadores bajo el perfil cultural. Más allá de los aspectos más inmediatamente gravosos, vinculados a la dimensión del doble rol y de la doble fatiga, eran, en efecto, subrayadas las “potencialidades de innovación, de creatividad, de diferencia” (Balbo, 1978: 4) activadas por el cruce cotidiano de varios mundos por parte de una cuota creciente de mujeres adultas. Tal “contaminación” de códigos, de estilos, de formas de conciencia no solo aparecía en grado de hacer más rico y reflexivo el proceso de definición de sí, sino que era considerada una base de partida esencial para redefinir la propia relación con el mundo social. De hecho, desde cuando fue planteado, más de treinta y cinco años atrás, el concepto de doble presencia ha tenido la capacidad de producir formas decisivas de innovación bajo el punto de vista cultural y simbólico, capaces de incidir positivamente sobre la capacidad de las mujeres de reconocerse (y de ser reconocidas) como sujetos de la propia historia y, conjuntamente, protagonistas de la historia social.

La vida cotidiana como terreno de innovación: los años setenta

Los movimientos sociales, debe enfatizarse, son agentes de innovación cultural de primer orden (Leccardi, 2003a, 2003b). Así fue, por ejemplo, para el feminismo de los años setenta (Bertilotti y Scattigno, 2005), también en relación al rol que ha jugado en la redefinición de los significados de la vida cotidiana. El movimiento ha redescubierto el cotidiano como lugar de la experiencia –un término paraguas para expresar aquello que es activo, creativo, provisto de intenciones y de significado–. Revisemos a través de cuál itinerario.

La “cultura del cotidiano”, que el movimiento construye en este decenio, se nutre de dos dinámicas entrelazadas. La primera reenvía a la resignificación de lo “privado” como reto fundamental en una sociedad dominada por el autoritarismo patriarcal. Esta redefinición se vincula, de una parte, a las grandes movilizaciones colectivas (por ejemplo en torno a la liberalización del aborto); de la otra, al comienzo de nuevos itinerarios de construcción biográfica centrados sobre la idea de autodeterminación y diferencia. La segunda remite al plano pequeño de comportamientos en el cotidiano, puestos en marcha por las mujeres una a una y guiados por el deseo de poner en discusión las contraposiciones fundantes del orden social: público y privado, personal y político, cuerpo y mente, y de los respectivos tiempos (Melandri, 2000).

El radical cuestionamiento del cotidiano como lugar de lo banal, de lo inofensivo, como tiempo sin historia, y su rescritura, como punto de partida y punto de llegada en las transformaciones de las relaciones de poder propuesta por el movimiento, han contribuido, en medida determinante, a transformar el estatuto teórico y epistemológico de la vida cotidiana. Aquello ha sido posible por el carácter no abstracto de esta crítica, por su capacidad de atravesar todos los aspectos y las dimensiones de la organización material de la vida trastornando los significados. Antes incluso que en el plano del discurso –el cotidiano, como esfera estratégica para la reproducción de la vida social– la crítica ha involucrado el modo de vivirlo. La obviedad del cotidiano, entrelazada para las mujeres al silencio que lo envuelve y lo separa de los ámbitos “públicos” de la vida social, es rota para siempre. Se desencadena de tal manera un proceso de amplia duración, una revolución cultural en sentido propio que involucra las relaciones, en primer lugar aquellas familiares, pero también la relación con la esfera pública, las formas de acción individuales y colectivas.

Un aspecto adicional debe ser advertido para entender la intensa relación que el movimiento construye con el cotidiano en estos años. Me refiero a la identificación del espacio de la casa como un espacio político. Instrumento de esta identificación es el particular método de conocimiento que el movimiento practica, el autoconocimiento, jugado en torno al partir de sí como vehículo de crítica política y a las casas, como sede privilegiada para su ejercicio. Es así como un ámbito cotidiano y extrapúblico por excelencia, como es la esfera de la domesticidad, viene relaborado en términos de dimensión “pública” y política. Primer símbolo del cotidiano femenino y del aislamiento de las mujeres, la casa es transformada en espacio de elaboración colectiva y de crecimiento de subjetividad (Passerini, 1991). A través de las relaciones y las formas del saber común, en tal modo construidas –en las habitaciones transformadas en lugares de encuentro y de conocimiento, en colectivos y en los espacios autogestionados, en las reuniones y en otros momentos de encuentro oficial, pero también durante las vacaciones compartidas– la vida cotidiana coincide, de hecho, con la “cultura de las mujeres”. Y con prácticas que tienen una marca cultural fuertemente innovadora.

Tiempo y vida cotidiana en el nuevo siglo

Con la distancia de algunas décadas, ¿se puede afirmar que esta visión del cotidiano ha sido completamente absorbida por el neoliberalismo y los procesos de privatismo que lo acompañan? ¿O, en cambio, ella continúa a jugar un rol todavía en nuestros días? Considero que entre la representación del movimiento descrita y las experiencias del cotidiano elaboradas por numerosas mujeres adultas de nuestros tiempos, el nexo está constituido por la relación con el tiempo. Al igual que en los años setenta –no obstante el crecimiento exponencial de la velocidad de los ritmos sociales– estos sujetos femeninos aparecen en grado de elaborar formas de crítica práctica al dominio de las lógicas temporales puramente cuantitativas y al dualismo constitutivo que las sustancia (a partir de la dicotomía producción versus reproducción).

Ha subrayado Barbara Adam (1995), una de las estudiosas que con mayor originalidad y empeño han contribuido a dar relevancia social a la reflexión sobre el tiempo entrelazándola a problemáticas de corte feminista, cómo un análisis en clave temporal tiene la capacidad de dejar obsoletos los enfoques dualistas. Naturaleza/cultura, mente/cuerpo, sujeto/objeto aparecen, si se filtran a través de una “mirada temporal”, categorías que se implican entre sí. Si consideramos, por ejemplo, la dimensión del tiempo individual, podemos sin esfuerzo notar que en su interior tiempos biológicos y tiempos sociales, estaciones de la vida y escansiones del calendario, ritmos del cuerpo, ritmos naturales y sociales, pero también tiempo del reloj y sentido interior de la “duración” resultan de tal manera interconectados que llegan a ser de hecho no distinguibles[3].

El movimiento neofeminista de los años setenta, cabe subrayar, ha contribuido de modo decisivo a revelar la posibilidad, que el análisis en clave temporal incluye, de ir más allá de los enfoques dicotómicos (a partir, como se ha señalado precedentemente, de la puesta en discusión de las dicotomías público/privado y personal/político). Estratégico se ha revelado, a este respecto, el particular método que el movimiento ha adoptado, ya mencionado precedentemente, y que se resume, en pocas palabras, en la práctica de relaciones entre mujeres. Un método capaz de devolver a la unidad la subjetividad (en primer lugar la subjetividad política) y el plano de las relaciones sociales.

A partir de una desestructuración de las categorías temporales dominantes, el feminismo de los años setenta ha, por lo tanto, mostrado cómo la reflexión sobre el cruce de más mundos y más universos simbólicos, característico del tiempo de las mujeres –la búsqueda de autoexpresión ya sea dentro de los tiempos plasmados por las lógicas públicas, como en la construcción de relaciones significativas en privado, la necesidad de “fidelidad a sí misma” (Buttarelli, 1997: 95) y de expresión del propio deseo en todas las áreas de la vida cotidiana– permite una redefinición global y unitaria del sentido del tiempo.

La restructuración analítica así producida ha construido una crítica radical a la concepción económica dominante del tiempo, aquella concepción que lo aborda como dimensión abstracta y neutra, depurada de la referencia a los sujetos y a sus contextos, lineal y comercializada, pero también fragmentada y parcelada en segmentos “fríos”, sin relación recíproca. Subrayando las interdependencias y la circularidad de las experiencias, se ha revelado el carácter conjuntamente creativo, generativo y abierto del tiempo y el claro signo sexuado de las representaciones y de los comportamientos temporales. Un rol de primer plano ha jugado, en este reconocimiento, la centralidad atribuida por el movimiento feminista al cuerpo y a las prácticas capaces de elaborar los lenguajes. La diferencia entre los sexos en la relación con el tiempo puede así llegar a ser una referencia asumida y, conjuntamente, la base para la construcción de procesos de innovación cultural que pongan el tiempo, como dimensión sexuada, al propio centro.

De estos saberes y de estos procesos, a mi juicio, mucho penetra en las visiones del tiempo de numerosas mujeres del nuevo siglo, cómplice de ello es la típica condición de ambivalencia que caracteriza y unifica, más allá de la diversidad, sus experiencias. Además de que en la lógica temporal dominante, construida en torno a la producción de bienes, ellas están en efecto involucradas en la vida de cada día, incluso en una diversa forma de temporalidad conectada a la producción de relaciones sociales personalizadas. Como consecuencia, la conciencia temporal que esta mayoría desarrolla aparece típicamente compleja y diferenciada. Esta acoge como central, al lado de la dimensión cuantitativa, aquella relacional, no funcional, no lineal, no guiada de lógicas económicas, estructurada sobre el reconocimiento de la multiplicidad del propio tiempo y del de los otros. Aparece, asimismo, capaz de reconocer la relevancia social no solo del tiempo para el mercado, sino también del tiempo del trabajo no remunerado, sintonizado sobre otros principios, no de prestación, y sobre otros ritmos temporales. No puede, en efecto, ser medido simplemente con el reloj aquel tiempo de las relaciones, de la socialización, de la atención al bienestar de las personas de los cuales el cotidiano está tejido (Leccardi, 2015).

Aunque forzadas en la vida de cada día a transformarse en “malabaristas del tiempo”, perennemente en búsqueda de empalmes entre tiempos diversos, siempre más veloces y gobernados por reglas temporales diferentes, muchas mujeres adultas desafían cada día, a través de sus prácticas de vida, la equivalencia de tiempo y dinero. El tiempo, en este horizonte, no se configura solo como dimensión abstracta y homogénea, separada de los seres humanos y a ellos externa. Se delinea, al contrario, como dimensión que contiene reservas de sentido que los sujetos pueden activar autónomamente. Es un tiempo generativo, capaz a su vez de crear otro tiempo, otras relaciones. No es este, entonces, un tiempo que enfatiza exclusivamente la dimensión del control, la ausencia de involucramiento emotivo, la distancia de la esfera personal. Trayectorias importantes de innovación cultural nacen de esta conciencia.

En síntesis, los comportamientos temporales cotidianos de un número consistente de sujetos femeninos presuponen la consideración de aspectos que la razón económica expulsa: la racionalidad respecto al valor, el bien-estar no solo personal, la dimensión creativa, el sentido de responsabilidad personal, la lentitud buscada como expresión de calidad de la relación. Estos comportamientos apuntan también a una diversa cultura temporal, potencialmente capaz de construir una organización del tiempo diferente, de carácter no exclusivamente utilitarista. De una mirada innovadora similar sobre el tiempo de la vida cotidiana son portadoras hoy numerosas mujeres. Se trata entonces de reconocerlo y valorizarlo, sabiendo que esto puede restituir visibilidad a los aspectos menos comercializados y más cualitativos del tiempo colectivo, aquellos que el neoliberalismo, de hecho, cancela. Un aspecto, este, cuya relevancia es análoga para los hombres, como para las mujeres.

Bibliografía

Adam, B. (1995). Timewatch. The Social Analysis of Time. Cambridge: Polity Press.

Balbo, L. (1978). La doppia presenza. Inchiesta, 32(8), 3-11.

Bertilotti, T. y Scattigno, A. (2005) (eds.) Il femminismo degli anni Settanta. Roma: Viella.

Buttarelli, A. (1997) Lavorare radicalmente. En Buttarelli, A.; Longobardi, G.; Muraro, L.; Tommasi, W. y Vantaggiato, I., La rivoluzione inattesa. Donne al mercato del lavoro. Parma: Pratiche, 85-105.

Donolo, C. y Fichera, F. (1988). Le vie dell’innovazione: forme e limiti della razionalità politica. Milano: Feltrinelli.

Jedlowski, P. (2003). Senso comune, esperienza e innovazione sociale. En Id., Fogli nella valigia. Sociologia, cultura, vita quotidiana. Bologna: Il Mulino, 57-68.

Koselleck, R. (1986). Futuro passato. Per una semantica dei tempi storici. Genova: Marietti. (1993. Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona: Paidós).

Leccardi, C. (2003a). Le ricerche sui giovani e la dimensione del tempo. En Jedlowski P. y Leccardi, C., Sociologia della vita quotidiana. Bologna: Il Mulino, 47-81.

Leccardi, C. (2003b). La ricerca delle donne e la vita quotidiana. En Jedlowski P. y Leccardi, C., Sociologia della vita quotidiana. Bologna: Il Mulino, 83-108.

Leccardi, C. (2015). Sociologías del tiempo. Sujetos y tiempo en la sociedad de la aceleración. Santiago: Universidad Finis Terrae (ed. or. 2009).

Lefebvre, H. (1972). La vida cotidiana en el mundo moderno. Madrid: Alianza (ed. or. 1968).

Libreria delle Donne di Milano (2008). Il doppio sì. Lavoro e maternità – esperienze e innovazioni. Quaderni di Via Dogana, n.º 85.

Melandri, L. (2000). Una visceralità indicibile: la pratica dell’inconscio nel movimento delle donne degli anni Settanta. Milano: Franco Angeli.

Passerini, L. (1991). Storie di donne e femministe. Torino: Rosenberg & Sellier.

Zanuso, L. (1987). Gli studi sulla doppia presenza: dal conflitto alla norma. En Marcuzzo, M. C. y Rossi Doria, A. (eds.) La ricerca delle donne. Studi femministi in Italia. Torino: Rosenberg & Sellier, 41-58.


  1. Este capítulo fue traducido al español por la Dra. Ana María Yévenes Ramírez.
  2. En este escenario la reflexión propuesta del Grupo de trabajo de la Librería de las Mujeres de Milán busca más bien subrayar la creciente capacidad de las jóvenes mujeres para ejercitar subjetividad y construir formas de control sobre su propio tiempo de vida. Al respecto, ver “El doble sí. Trabajo y maternidad”, anexo de “Quaderni di Via Dogana”, 2008, n.º 85.
  3. Nuestros ritmos individuales son, a su vez, el producto complejo del cruce entre los ritmos circadianos de nuestro cuerpo –gobernados de la alternancia día/noche, de los movimientos del planeta como la Tierra y la Luna– y la estructuración social del tiempo (del sistema de los horarios a la periodicidad mensual y anual de la vida colectiva). Más precisamente, ellos pueden ser considerados el resultado de la elaboración reflexiva, y altamente subjetiva, de este entramado.


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