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Prólogo

Mario Róvere

Antes de hablar, quesería decir unas palabras.

                                  

Niní Marshall

Extraída del humor popular, esta frase, un verdadero pase de comedia, puede, sin embargo, ser una forma sencilla de explicar el rol de un prólogo en donde se intenta colocar en perspectiva, acercar el sentido por el que el lector, la lectora “quesería” entrar en diálogo con experimentados autores –que por ello mismo son también actores– de una gesta, que, en forma de tramas construidas, se despliegan en la formación profesional por más de diez años, luego de promulgada la Ley Nacional de Salud Mental.

Es un privilegio y una gran responsabilidad ser invitado a prologar la tarea de varias decenas de autores, pero sobre todo de hacedores al poner por escrito sus experiencias, sus indagaciones, sus recorridos al amparo y en la militancia de una ley.

“Lo instituyente y lo instituido”; difícil resistir el apelar a esta dinámica dialéctica que, quizás, encontremos detrás de toda “ley” que se precie de tal. Hay en este par dialógico un implícito que supone una producción y una potencialidad, que nos habla al mismo tiempo de lo ocurrido, de lo logrado, de lo consolidado, pero también de promesas, de deseos, de expectativas que aún están por ocurrir o, mejor aún, que hay que hacer ocurrir.

Por eso puede resultar útil una breve apelación a “de dónde venimos” y el “hacia dónde vamos” en una tarea tan compleja como la de inscribir las prácticas de salud mental en los dinámicos campos de la salud y de los derechos humanos, territorios que no se conquistan de una vez para siempre, sino que requieren la permanente mirada atenta de cada actor y actora del campo.

Y es que, si consideramos el sentido más profundo de ser pro-“fe”-sional (como el de ser pro-“fe”-sor/a) –etimológicamente, quien detenta saberes técnicos certificados y al mismo tiempo está formado en valores–, surge clara la exigencia de formar un ciudadano, una ciudadana en lo mejor del estado del arte, con competencias y con capacidades para trabajar en equipos interdisciplinarios, para mantener abierta su capacidad de aprender, pero siempre dotados y dotadas de un sólido sistema de valores, en nuestro caso, con un inclaudicable compromiso con el derecho a la salud.

El movimiento de salud mental en Argentina reconoce antecedentes muy anteriores a “la ley” tanto nacionales como internacionales, tal como se van nombrando en el texto. La mayoría de los actores y formadores de opinión del campo podrían coincidir en que “las tramas” rizomáticas que convergen al momento legislativo invitan a remontarse bastante atrás si consideramos apenas los relatos más frecuentes, aunque los énfasis y la heterogeneidad serán sus rasgos constitutivos.

Como señala M. Foucault, nada ha sido más infame en la historia de la salud después del “tratamiento” social de la lepra como los crueles tratamientos “brindados” a las personas declaradas como enfermos mentales. Eso explica que el no restraint de Philippe Pinel o el hospital sin puertas (“Open Door”) de los escoceses hayan sido traducidos por los higienistas del primer siglo de la república como “civilizatorios”. Mucho más oculto se encuentra el período eugenista de entreguerras al que resulta imprescindible interpelar para poder interpretar adecuadamente el clima de época con el que confrontó el primer ministro de Salud de nuestro país Ramón Carrillo.

Años después un servicio de salud mental en un hospital general sería la experiencia pionera que, conducida por Mauricio Goldemberg en el Hospital Evita de Lanús, serviría como un verdadero “seminario” de contramodelos en el tratamiento del padecimiento mental.

Las experiencias comunitarias y sus protagonistas fueron especialmente reprimidos por la dictadura genocida. Los avances generados a partir de la recuperación de la democracia son imprescindibles para explicar la existencia de la Ley 26.657 (2010) y su demorada reglamentación. En efecto, el ensañamiento de las dictaduras con la salud mental y sus referentes constituyó una fuerza ética muy significativa en la recuperación de la democracia (diciembre de 1983). Competía entonces con el seguro nacional de salud, pero, sin embargo, con base en las transformaciones y la inversión en la dimensión formativa, el movimiento de salud mental se mostró más resistente y sustentable a lo largo de cuatro décadas.

La existencia de este marco legal ha instituido una fase nueva que a diez años de la sanción de la Ley Nacional de Salud Mental continúa representando un desafío, porque es ineludible reflexionar sobre lo logrado y tanto más en lo que invita/obliga a suceder.

Qué perfiles profesionales necesita el país es siempre una pregunta de difícil respuesta, pero más aún lo es responder qué perfiles profesionales necesitará el mundo. Esa es la pregunta tan imprescindible como imposible de contestar en el campo de la educación profesional. Imprescindible porque provee el sentido direccional necesario para priorizar contenidos y estrategias educativas, e imposible porque supondría una capacidad de anticipación de las necesidades de salud de la población para los próximos 30 años, las que comprenden una dinámica tan incierta y plástica, lo cual se puede constatar mirando para atrás en un período similar.

Las ondulaciones de énfasis de apogeo y de eclipse de la salud mental se han movido, aun en democracia, como las trayectorias de un delfín, y, más que con las políticas de salud, coinciden fuertemente con el movimiento de derechos humanos.

Cuando se menciona el carácter abolicionista de las prácticas manicomiales de la Ley de Salud Mental, se asocia inmediatamente con los procesos de desmanicomialización, pero Vicente Galli llama la atención sobre otra operación deconstructiva. Es que la ley –a excepción del artículo 43, en donde obligadamente debe usar el término ya que sustituye un artículo del código civil (art. 482)– omite intencionadamente el uso del término “enfermedad mental”, remplazándola por “padecimiento mental”.

Vemos allí una operación simbólica con fuerte impacto en la formación de los equipos de salud al desalojar el lugar de la salud mental como una cuotaparte de la morbilidad y colocarla en otro diálogo en los procesos de salud, enfermedad, atención y cuidado. Conceptualizar el padecimiento mental que genera enfermedad y la enfermedad “orgánica” que genera padecimiento mental invita a pensar nuevas formas de articulación de equipos y de trabajo interdisciplinario.

Es en este marco interpretativo en el que me permito invitar a recorrer las cartografías rizomáticas de un viaje de diez años irrepetibles, un viaje que reúne, sistematiza y aprovecha aportes de muchas generaciones y siembra “gérmenes de futuro” para lo que aún no ha sido instituido.



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