El rol de AAPRESID y AACREA en la primera informacionalización
Alejandro Artopoulos[1]
Introducción
La transición de la sociedad industrial a la informacional en América Latina fue interpretada por la mayoría como una continuación de las revoluciones industriales. En la “tercerla ola” se la pensó como una llegada tarde a la primera marejada de informacionalismo, y en la actualidad porque ya se ha popularizado la idea de una cuarta revolución industrial bajo la marca de “Industria 4.0”.
Para una minoría de especialistas, sin embargo, tal inercia no debería ser tomada como dada. Con ellos podemos decir que la capilar adopción de tecnologías de la información y comunicación en gran parte de las actividades humanas, tal como lo presentó la transformación digital durante tiempos de la pandemia de COVID-19, no se restringió a los países avanzados, así como tampoco lo hizo el desarrollo informacional.
Para dicha minoría, la primera “revolución” informacional (1974–2008) fue experimentada por América Latina como globalización sin informacionalización (Calderón, 2003), para dar paso en la segunda etapa de este modo de desarrollo al consenso de los extractivismos informacionales, entre los cuales se destaca el agropecuario (Calderón & Castells, 2019; Svampa & Viale, 2015).
En el presente trabajo analizaremos cómo se alcanza el informacionalismo agropecuario tratando de establecer los procesos iniciales que dieron origen a la digitalización de la agricultura pampeana. A modo de hipótesis inicial, diremos que la agricultura chaco-pampeana, junto a otros ejemplos como la vitivinicultura cuyana, contrasta con las formas de apropiación de TIC de comunidades campesinas y otras formas de agricultura latinoamericanas, por su adopción temprana, durante los años noventa, e integrada a sus modos de desarrollo.
Los primeros se informacionalizaron en la primera ola de la informacionalización (1981-1995) de computadoras personales, sistemas cliente-servidor y teléfonos móviles 3G, en tanto los segundos recién accedieron con la plataformización de los teléfonos inteligentes basados en Android desde 2008.
La sociedad red alumbró en el entorno rural en Argentina nuevas identidades que emergieron en tándem primero como proyectos de reinvención de una burguesía “emprendedora” en el formato de agronegocios, y luego como identidades de conservación de formas de la producción informacionalizada.
El funcionamiento de este tándem encontró en las nuevas organizaciones de la sociedad civil agropecuaria como AACREA y AAPRESID incubadoras de formación de capital social, comunidades de práctica, de proyectos de desarrollo tecnológico aplicado, y fundamentalmente, un desarrollo institucional que matiza y modula diferentes formas productivas frente a la lógica binaria del proyecto vs. la resistencia.
Mediante la reconstrucción de la historia de los procesos de digitalización inicial de la producción agropecuaria en Argentina y el rol de dichas instituciones en los procesos señalados, pretendemos analizar cómo se desplegaron los territorios de los flujos agropecuarios.
Nos proponemos describir los procesos de informacionalización agropecuaria a través de la reconstrucción sociotécnica del rol del caso de AACREA, institución de la sociedad civil, en la formación de las identidades de proyecto en los actores agropecuarios.
Se utilizará el método de caso único en el marco del análisis sociotécnico de los procesos de informacionalización. El caso describe las etapas de crecimiento institucional durante el período de mecanización y la incorporación de la agroquímica de la “revolución verde” y la forma en que ejerció el rol en la introducción digital. Para lo cual se utilizarán fuentes propias de investigaciones previas y actuales en curso sobre la adopción de AgTech.
Utilizamos la metodología del análisis de los sistemas sociotécnicos que permite sopesar el componente digital como nuevo material estructural del modelo de producción de agronegocios que se basa en las prácticas tecnológicas de producción (contratos de arriendo y siembra directa), logística (contratistas) y comercialización (silo bolsa y gestión de mercados) organizadas en red.
Consideramos fundamental reconstruir el “trípode” sociotécnico del nuevo modelo empresarial agropecuario en el cual cumplieron un rol clave instituciones como el movimiento CREA y AAPRESID. Un trípode que sostiene cadenas de valor que trascendieron los límites de un sector específico, conectaron con la I+D universitaria y empresas tecnológicas del sector espacial y de software.
Desarrollo vs. subdesarrollo Informacional
La agricultura ha experimentado una serie de revoluciones tecnológicas que han incrementado la eficiencia, el rendimiento y la rentabilidad. Las revoluciones industriales de la energía, con la mecanización de tareas que antes se desempeñaban con trabajo humano asistido por animales de tiro, la biología con la experimentación en laboratorios con híbridos, y de los agroquímicos.
Los pronósticos de los trabajos prospectivos para el próximo decenio sugieren que una “revolución agrícola digital” será un cambio novedoso que podría ayudar a conseguir que la agricultura satisfaga las necesidades de la población mundial en el futuro. Sin embargo no está claro que la informacionalización agropecuaria en América Latina brinde los beneficios de su desarrollo para todos los actores involucrados (Trendov et al., 2019).
Partimos de la hipótesis de que la primera informacionalización fue un proceso de adopción de una pequeña fracción de productores medianos y grandes de la región pampeana. La adopción de la computación personal en la actividad agropecuaria se inició a principios de la década del noventa con un rol central del paquete tecnológico siembra directa-agroquímica-biotecnología en su tándem con la organización en red.
El proceso de informacionalización agropecuaria dio a luz nuevas identidades e instituciones polarizadas por la construcción social del extractivismo, identidades de proyecto e identidades de resistencia. Entre las identidades de proyecto, podemos encontrar la construcción social de los agronegocios, y entre las identidades de resistencia, los movimientos que denuncian al extractivismo. De manera que la primera informacionalización generó identidades contrapuestas.
El proceso de transición de la sociedad industrial a la sociedad-red o informacional es un proceso de cambio estructural que describió patrones tanto en la base económica como en la superestructura simbólica, en cada uno de los países, de acuerdo con su contexto e historias particulares. Todos los países, sin importar su nivel de desarrollo, fueron transformados por la creciente informacionalización, que se superpuso al modo de desarrollo anterior, reorganizando el capitalismo alrededor de la capacidad de la producción de conocimiento mediante el procesamiento de la información, el diseño de procesos, productos y servicios, y la investigación científica y tecnológica.
El modo de desarrollo es la forma en que el capitalismo mejora la productividad a través del cambio de las relaciones técnicas de producción. Dicha transición pasa de un modo de desarrollo industrial focalizado en mejoras en la productividad mediante la explotación de formas de energía para la producción de bienes y servicios, a la manipulación de signos, datos e información para la concepción, diseño y producción de bienes y servicios (Castells, 1996, 2001).
Si bien el conocimiento disciplinar o científico es uno de los insumos, la fuente principal es el conocimiento tácito aplicado a la producción, distribución, y diseño de bienes y servicios asistido por la información en línea. Se trata de una economía basada en la manipulación de signos. Qué ocurre cuando además de incorporar las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), se producen cambios en la organización, es decir se modifica la división técnica de las actividades humanas. Esto no siempre ocurre, hay actividades que permanecen funcionando bajo el paradigma industrial aunque apliquen una mínima capa de tecnologías digitales (Castells, 1996, p. 93).
Si bien la producción, circulación y consumo se fueron organizando crecientemente a escala global, el control del pasaje a la Sociedad de la Información se sigue encontrando en los Estados nacionales. Cada país debe lidiar con el advenimiento del desarrollo informacional en las dimensiones material, la actividad económica de los sectores y empresas específicas que logran transicionar, como en la simbólica de las identidades y los conflictos sociales, como en la esfera de las políticas públicas (Pérez, 2010).
El núcleo del modo de desarrollo informacional se encuentra firmemente instalado en los países desarrollados y se expresa de acuerdo con las diferencias institucionales y culturales en varios contextos, tanto en sus Estados como en los organismos multilaterales. Lo hacen “sin esfuerzo” ya que es del sentido común tanto la realidad sociomaterial de la economía de plataformas como los debates políticos y culturales acerca de cómo lidiar con dichos cambios (Kenney & Zysman, 2016; Srnicek, 2016).
No siempre las discusiones globales de la teoría socioeconómica se hacen carne en los debates públicos nacionales sobre el desarrollo. Castells y Himanen estudiaron las formas del desarrollo informacional encontrando diversas vías a la Sociedad-Red. Proponen una teoría del desarrollo para tiempos de plataformas que distingue entre las posibilidades de los países de producir riqueza material (dimensión informacional), de distribuirla (dimensión humana), y la capacidad de apropiación de capital humano, recreación de códigos y organización socio-cultural (dimensión institucional) (Castells & Himanen, 2014, p. 15).
El caso de Finlandia, según los autores, plantea la particularidad de haber alcanzado el desarrollo informacional desde el subdesarrollo industrial. A partir de una operación bifronte, con políticas públicas nacionales explícitamente informacionales, formuladas por actores sociales relevantes y luego legitimadas en las instituciones públicas. Estrategia nacional que requirió de la construcción deliberada de una fuerte identidad de proyecto colectivo que dio sustento a las instituciones que construyeron una forma igualitaria de informacionalismo (Castells & Himanen, 2002; Himanen, 2004).
En este sentido, el contrafáctico no sería el subdesarrollo informacional, sino el informacionalismo de mercado, es decir, la desarticulación de las tres dimensiones, económica, humana e institucional. Dicha desconexión ocurrió entre la locomotora económica y los “vagones” del desarrollo humano como sucede en el “modelo californiano” descrito por Saxenian. Se puede alcanzar el máximo grado de desarrollo digital de la economía en un contexto de mayor desigualdad, segregación laboral y brecha digital.
Silicon Valley, con déficits en bienes públicos para el desarrollo humano, se abastece de corrientes migratorias de trabajadores del conocimiento, principalmente asiáticos, en tanto margina a trabajadores informales indocumentados, en su mayoría latinoamericanos. Una dinámica que no sólo fue disrupida por las políticas antimigratorias de Trump, sino que puede ser profundamente alterada por una pandemia prolongada (Saxenian, 2014; Saxenian & Hsu, 2001).
En Latinoamérica, además de la desarticulación, la locomotora tiene problemas, dado que la locomotora nació con pocas capacidades de inclusión. El desarrollo informacional encuentra repetidamente un techo de cristal al crecimiento económico debido a que sus instituciones no están en condiciones de “engancharse” con la locomotora. En sus estrategias nacionales, los actores sociales relevantes no pueden traducir proyectos de políticas públicas que descifren los laberintos del informacionalismo ni generar capacidades autosustentables en lo económico ni en lo ambiental. Un ejemplo notable es la industria de las granjas de salmón chilenas (Chacón, 2014).
La industria salmonera chilena fue producto de una política pública de incubación deliberada mediante la transferencia de tecnología de origen noruego. Después de crecer a tasas de dos dígitos durante más de veinte años, desde el 2008 la industria salmonifera entró en una prolongada crisis ambiental (Calderón & Castells, 2019).
El estallido en 2008 de la anemia infecciosa del salmón, una enfermedad viral nativa que mata el salmón, sin afectar humanos, expuso el riesgo de la implantación de la industria salmonera sin articulación con el necesario desarrollo institucional. Regulaciones ambientales laxas, conductas empresariales predatorias, costos laborales bajos, ausencia de investigadores e incentivos para la I+D conformaron el cóctel del extractivismo sin informacionalismo. En el caso de la industria salmonera chilena, los vagones fueron demasiado pesados y detuvieron la locomotora (Iizuka & Katz, 2011; Svampa & Viale, 2015).
Como señaló Fernando Calderón, la región latinoamericana enfrentó el proceso de globalización sin el pleno uso de las políticas públicas promotoras del informacionalismo. Dentro del marco de la informacionalización de Latinoamérica nos preguntamos ¿cómo se puede interpretar el proceso de cambio de la producción agropecuaria en Argentina?, de manera que nos ayude a decodificar los procesos actuales de transformación digital agropecuaria en todo el continente. ¿Cuáles son los rasgos del extractivismo informacional en la actividad agropecuaria y los entornos rurales?, ¿cuáles son las identidades que emergieron en estos procesos?, ¿cómo se construyeron las identidades y cuál fue el rol de las organizaciones sin fines de lucro en esa construcción? (Calderón, 2003).
Orígenes de la informacionalización agropecuaria
Roberto Bisang (2003, 2008) describe el nuevo paquete tecnológico de los agronegocios desde sus componentes tecnológicos del sistema agropecuario, la siembra directa y la adopción de la semilla transgénica, e incluye un tercer componente organizacional de la organización-red (Alapin, 2008; Bisang, 2003; Bisang et al., 2008; E. Trigo et al., 2009; E. J. Trigo, 2011).
El lugar que ocupan las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en la argumentación sobre el nuevo modelo productivo es subsumida de la centralidad de las tecnologías bioquímicas en las narrativas del cambio tecnológico agropecuario o bien absorbida por la lógica del conformación de un nuevo tipo de organización en red. En ella las tecnologías de la información son un subcomponente de las tecnologías blandas organizacionales.
Los análisis sobre la incorporación de las TIC se especializaron en la descripción de la baja adopción de los sistemas de agricultura de precisión (Tey & Brindal, 2012; Wolf & Buttel, 1996). Dichos análisis estuvieron sujetos a la experimentación de los pioneros y pruebas en productores de vanguardia. Sin embargo soslayaron la adopción sostenida de sistemas ERP, de gestión logística y de control de la producción (Albornoz, 2007; Lepratte & Blanc, 2015; Melchiori et al., 2013).
Entre los estudios más recientes que intentan reconsiderar el análisis de la actividad agropecuaria y estudiar posibles evoluciones dinámicas encontramos Aprendiendo con el agro argentino. De la ventaja comparativa a la ventaja competitiva. El rol de las KIBs, en donde se establece la complejidad del proceso tecno-productivo y se intenta desentrañar el núcleo tecno-organizacional que sustenta la producción basadas en el uso de recursos naturales (Anlló et al., 2015).
Se caracteriza a los agentes dinámicos que construyeron y gestionaron la mayor complejidad y diversidad del conocimiento necesarias para poder llevar a cabo la producción agrícola de manera competitiva. Afirman que
el sujeto agrario deja de ser el productor agropecuario autónomo en su chacra para convertirse en una red de agentes vinculados desde diversos espacios físicos al sistema productivo de recursos naturales renovables. Sistema que permite la reducción de los costos operativos y el incremento de la productividad (Anlló et al., 2015, p. 3).
Siguiendo la perspectiva de Anllo, Bisang y Katz de la gestión de la mayor complejidad incorporamos como metodología la aproximación a los sistemas sociotécnicos (SST) en la agricultura pampeana. Esta permite superar los enfoques de cambio tecnológico sesgados por perspectivas industrialistas y también detalla los vínculos entre los componentes de los niveles micro (pionero/empresa), meso (institucional/comunitario) y macro (contexto global), en los que los SST logran alcanzar su estabilidad.
Los SST están compuestos por artefactos tecnológicos, organizaciones, conocimientos, artefactos legislativos, significados simbólicos y culturales. Artefactos físicos y simbólicos se ensamblan en un sistema contribuyendo a la meta común. Si algún componente es retirado del sistema o si cambian sus características, los otros componentes del sistema son afectados. La construcción y/o rearticulación de los SST está en manos de los actores sociales, algunos de los cuales asumen roles principales (Geels, 2005; Hughes, 1987).
En el caso del SST de la agricultura pampeana encontramos: 1) artefactos tecnológicos tales como cosechadoras (simbra directa), agroquímicos, semillas (RR), etc; 2) organizaciones: empresas, bancos, agencias gubernamentales; 3) instituciones: universidades (FAUBA), INTA, Movimiento CREA, Movimiento de la simbra directa, ONG que los representan como AACREA o AAPRESID; 4) conocimientos (dimensión epistémica): prácticas de labranza, libros, artículos, programas de materias, proyectos de investigación que a su vez pueden estar organizados por disciplinas: ingeniería agronómica, coaching, biología, química, programación, etc.); 5) artefactos legislativos: leyes, regulaciones, liberación de eventos OGM, retenciones a las exportaciones, certificaciones de SENASA, etc.; 6) significados simbólicos, valores culturales sostenidos por los actores sociales tales como sustentabilidad, familia, agronegocios, extractivismo, etc. Es decir, la misma narrativa que intentan poner en función los actores sociales para sostener sus SST.
El componente simbólico de un SST es fundamental ya que opera en la traducción del SST. La traducción ocurre cuando un actor social intenta convertir el problema particular al que apunta solucionar el SST que ha creado en un conjunto de problemas comunes a una red de actores aliados. Es decir, intenta un ensamble alternativo al ensamble en uso.
La aplicación del concepto de SST permite controlar el sesgo “bioquímico”, mediante la etnografía de la adopción de tecnologías, reconstruyendo los pasos seguidos en el armado del “rompecabezas”. Se puede balancear la función de cada tecnología en el funcionamiento general del nuevo SST alternativo analizando el ensamble de los componentes tecnológicos, organizacionales, epistémicos, legislativos, y culturales en un constructo sociotecnológico que intenta la estabilización.
El momento excel en La Pampa
Durante la década de 1990 tuvo lugar en la región pampeana de la Argentina un cambio entre un modo tradicional de organización de la producción agrícola, caracterizado por la integración vertical de sus actividades y la poca gestión de la información productiva, a un nuevo modo de organización que incorporó la naciente comunicación móvil y la posibilidad del cálculo acumulativo de las planillas en las computadoras personales (Artopoulos & Lengyel, 2019; Bisang et al., 2008; Pérez, 2001).
La nueva unidad productiva, a la vez que producía granos, oleaginosas y otros productos, generaba información para incrementar la eficiencia de servicios aplicados a la producción, la gestión y la logística agrícola. Como afirma Bisang, se trató de un proceso de destrucción creativa (schumpeteriano) donde, convivieron y aún conviven dos modelos de organización de la producción con sus respectivas tecnologías (Bisang, 2003, p. 414).
El nuevo SST tomó forma a partir de los cambios organizacionales de la unidad productiva y la incorporación de tecnologías del nuevo paradigma tecnoeconómico. Las prácticas y tecnologías del laboreo de la labranza cero, las biotecnologías, las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), y la aplicación de nuevos modelos de negocios rearticularon el SST anterior basado en tecnologías mecánicas, químicas y el mejoramiento genético tradicional de las semillas.
A partir del marco desarrollado por Freeman y Pérez (1988), y Freeman y Soete (1994), la última etapa de cambio tecnológico –el informacional– se caracteriza por: i) la centralidad del conocimiento en tanto factor productivo; ii) estructuras de competencia entre agentes basadas en la innovación; iii) mayor dinamismo de los procesos de innovación y de difusión de innovaciones; iv) nuevo mix de innovaciones asociado principalmente con tecnologías de propósito general tales como la biotecnología y la ingeniería genética, las tecnologías de la información y la comunicación, y la ciencia de materiales, y v) estructuras organizativas basadas en red, inter e intra organizaciones (Freeman & Pérez, 1988; Freeman & Soete, 1994; Roitter, 2017).
Los autores coinciden en señalar que las TIC –en particular los microprocesadores– constituyeron el punto de partida para ubicar la decadencia del paradigma de la producción en masa. Sin embargo, la emergencia del modo de desarrollo informacional no se observó sino hasta cuando las unidades productivas se reorganizaron para generar capacidades de procesamiento de información y la formalización los procesos de creación de conocimiento para la mejora de la productividad (Brynjolfsson, 1993).
Los cambios de las organizaciones interactuaron con la difusión de las TIC. Durante un largo tiempo, la inversión en TIC no tuvo retornos originando el fenómeno denominado “paradoja de la productividad” de los años 80. La primera recombinación surgida de la convergencia de las computadoras con las redes locales a comienzos de los años noventa, lo que permitió compartir en servidores departamentales los archivos de planillas de cálculo, provocó el primer salto de productividad. Es el punto de inflexión que se podría denominar el momento “excel”, aunque en su origen fue conocido como el momento “Lotus 1-2-3” (Bar & Borrus, 1992).
El momento “excel” de la agricultura pampeana aconteció entre 1995 y 1998, primero con algunos pioneros y luego definiéndose el uso de PC para la aplicación de plantillas y modelos preparados tanto para la producción agrícola como la producción ganadera. Un ejemplo de estas herramientas las podemos encontrar en la carpeta “publicaciones y software” en la página web de AACREA.[2]
La rearticulación del SST se inició con cambios en tecnologías industriales cuando se incorporó la labranza cero, y siguió con la introducción de semillas transgénicas. Ambas modificaciones produjeron un aumento de la productividad y de la complejidad de la gestión de la producción, dado que también elevó los costos debido a la incertidumbre de implementar un nuevo sistema productivo. Cuando los pequeños productores intentaron crecer, se hizo imposible la gestión de la empresa agropecuaria sin acceso a bases de datos compartidas y la coordinación de las actividades logísticas mediante el uso de telefonía celular.
Fue la búsqueda de la productividad, mediante métodos sustentables, la que trajo la informatización de la gestión de los datos agropecuarios. Es por eso que no hablamos de digitalización sino de informacionalización. Las TIC en el agro nacieron como andamiaje necesario para el nuevo nivel de productividad y sustentabilidad generado por el cambio tecnológico del paquete (de artefactos) siembra directa-agroquímica-biotecnología.
La informacionalización de la agricultura se define como el proceso de aumento de la productividad a un nuevo nivel, llevado a cabo por una red de servicios basada en TIC, mediante el reensamble de las tecnologías químicas y mecánicas anteriores con las TIC, la biotecnología y la labranza cero. Es decir, no hay informacionalización sin siembra directa, ni planilla excel. Ambos componentes son cara de una misma moneda.
La secuencia de estabilización del SST tuvo dos fases, una técnica y otra económica. La técnica se inició con la experimentación con la siembra directa a fines de la década de 1970, y la venta de glifosato desde 1980. La fase técnica tuvo como antecedente primordial el aumento de los egresados de carreras de ingeniería agronómica con sus consecuencias:
- el cambio a un perfil profesional de los productores;
- el aumento de la presencia de asesores técnicos;
- aumento de aplicación de conocimientos científicos de la química de suelos y biología de cultivos. Lo cual produjo el creciente uso experto de agroquímicos y fertilizantes. El aumento del consumo de estos productos puede haber sido producido por la baja de precios en la década del noventa, pero también hay que tener en cuenta el período de las dos décadas anteriores en el cual aumentó la cantidad de profesionales;
- la experimentación, desarrollo y difusión de prácticas ecotecnológicas de proceso (prácticas de labranza como la siembra directa o la rotación) y la constitución de sus comunidades de práctica tecnológica.
La económica requirió de la incorporación del uso de PC hacia fines de 1980 y del celular a mediados de la década de 1990. La difusión del uso de la computación personal y la telefonía celular en la actividad agropecuaria fue un fenómeno también relacionado con el aumento de la educación universitaria.
En segundo lugar, a partir de 1996, la adopción de biotecnologías de producto (semillas transgénicas) con resistencia al glifosato. De esta forma, al paquete tecnológico de Siembra directa+Herbicidas+Semillas transgénicas se le montó el desarrollo del modelo de negocio mediante la organización en red de servicios coordinada gracias a la aplicación de tecnologías de la información (Artopoulos & Lengyel, 2019; Bisang & Gutman, 2005).
La etapa de la difusión masiva de la siembra directa en el cultivo de la soja se inició en 1996 con el arribo al mercado argentino de la soja genéticamente modificada con resistencia al glifosato. Termina la etapa del despegue y comienza la etapa de difusión masiva. El aumento del área bajo labranza cero pasó de 300.000 a 22 millones de hectáreas, entre 1991 y 2008. En diez años, se registró un 42 % de aumento de la productividad, que pasó de 2,08 t por hectárea sembrada en la campaña 1996/97 a 2,96 t por hectárea sembrada en la campaña 2007/08.[3](E. Trigo et al., 2009).
Si bien disponemos de evidencias sobre la secuencia de estas cuatro tendencias, tal como se puede observar en la ilustración 1, sólo a través de la casuística es posible identificar cuándo fue el momento en que se ensambló el nuevo SST:
Fue en el año 94, el banco COMAFI hizo un fondo de inversiones, ¡que fue un caos!, porque en aquella época, sin teléfonos celulares, sin Internet…, fue terrible, porque uno sabía que tenía una cosechadora en algún lado andando pero no había forma de comunicarse con nadie cerca como para saber qué estaba haciendo, si el camión había llegado o no… Digamos, era una cosa que se pudo hacer porque había muy buenos precios en ese momento, pero con los números ajustados de hoy, sería imposible.[4]
Ilustración 1. Producción de trigo, girasol, maíz y soja, y difusión de la siembra directa y la semilla transgénica de soja en Argentina (1980/81-2013/14) (áreas: millones de toneladas, líneas: % del área sembrada)

Fuente: elaboración propia en base a SIIA del Ministerio de Agricultura de Argentina, Los Grobo (Satorre, 2005).
Esta estructuración de prácticas, tecnologías y conocimientos configuró un nuevo SST cuyo núcleo se cerró con la incorporación de las TIC. Una vez constituido, fueron incorporados otros componentes tales como el silo-bolsa, tecnología que permitió el acopio de bajo costo descentralizado, la aplicación de modelos de riesgo o la innovación en instrumentos de financiación y comercialización, la agricultura de precisión, la agricultura por ambientes, el riego inteligente, etc. Con mayores y menores grados de adopción.
Este cambio produjo un aumento acelerado del volumen de producción debido al desplazamiento de la frontera agrícola pero también al aumento de la productividad, la modificación de los patrones de especialización y un proceso de internacionalización del sector. En el período 1990-2005, la producción de granos y oleaginosas de la Argentina cambió su patrón de crecimiento, y fue de 5,7 % anual acumulativo, mientras el PBI lo hizo al 3,4 %.
Desde el punto de vista de la especialización del sector agropecuario, pasó de una actividad centrada en la ganadería y la producción agrícola de trigo y maíz a una actividad agropecuaria liderada por la producción agrícola con una fuerte especialización en la soja. En tanto en 1980 el maíz y el trigo superaban el 80 % de la producción y la soja apenas llegaba al 11 %; en 2007, los dos primeros alcanzaron el 30 % y la soja el 53 %. Este cambio en la producción coincide con el ingreso de China en el mercado mundial de importación de soja, país que de no tener casi participación en dicho mercado a principios de la década, llega en 2003 a ocupar el primer lugar con el 25 % (USDA, 2019).
La empresa agropecuaria durante la etapa de desarrollo industrial se basó en la posesión de la tierra, el predominio de la ganadería y el monopolio del dueño de la tierra del conocimiento tácito necesario para su explotación. Dicho conocimiento se acumulaba por experiencia, destrezas intuitivas y manejo artesanal de la tecnología disponible (atrasada), sujeto a las inclemencias del clima y las plagas, con infraestructuras mínimas, y dependientes del financiamiento de las empresas acopiadoras-exportadoras (Bisang & Gutman, 2005, p. 135).
La organización de la empresa agropecuaria tradicional tenía una elevada integración interna de las actividades de laboreo que incluía la disposición de maquinarias y equipos propios (un campo = un tractor). La tecnología disponible se reducía a la autoreproducción de semillas de híbridos y una inversión baja en agroquímicos.
En cuanto a la comercialización, se dependía de las empresas acopiadoras y exportadoras, y, por ende, no disponían de capacidades para establecer estrategias de defensa ante precios desfavorables. Por último, el acceso al crédito se reducía al autofinanciamiento y la oferta de la banca pública y cooperativa cuando existiere.
No se utilizaban medios de explicitación de datos e información. El único registro de las actividades se realizaba en el cuaderno de notas del dueño, habitualmente el único miembro de la fuerza de trabajo con competencias de lectoescritura.
Si bien la forma de organización tradicional de la empresa agropecuaria no ha desaparecido completamente, se encuentra en retirada por su baja productividad. Por lo tanto convivieron dos tipos de SST con una diversidad de estrategias. Estrategias defensivas de las pequeñas explotaciones sin capacidad de aprendizaje, y estrategias expansivas de los nuevos productores dinámicos basadas en la incorporación de nuevas tierras bajo contratos de arriendo que estabilizaron la separación entre la propiedad de la tierra y la capacidad de gestionar las actividades productivas.
Las estrategias expansivas incluyeron proyectos de informacionalización sistemática con la incorporación de ERPs y tecnología de base de datos. En tanto las estrategias defensivas no pudieron sacar provecho del nuevo SST ni de las TIC que lo sustentaban.
Esto provocó el aumento de la escala promedio de las explotaciones, que ascendieron de 13.000 hectáreas a 300.000 hectáreas sembradas por año y la deslocalización de las sedes de las empresas agropecuarias. Se separa el lugar donde se desarrolla la producción del lugar donde se concibe y ejecuta la estrategia de negocios. En ese sentido, el destino de las pequeñas empresas agropecurias “defensivas”, si bien implementaron algunos componentes del nuevo SST, son difíciles de ser diferenciadas de los pequeños productores de comunidades rurales en cuanto a la adopción de TIC de la primera informacionalización.
La sociotécnica de la producción agropecuaria en red fue resultado de la construcción iterativa de productores capaces de asegurar la mejora de la productividad en base a la producción de información, y la aplicación y producción de conocimiento, fueran dueños o no de la tierra. También el nuevo SST incorporó la renovación tecnológica permanente de las flotas de maquinaria agrícola mediante la tercerización de actividades no centrales, lo que constituyó la aparición de un nuevo actor, el contratista.
El principio organizativo de la nueva empresa agropecuaria es la capacidad de coordinación de una red de contratos (formales e informales) de servicios con los diferentes nodos de la red: dueños de las tierras que arriendan, contratistas que ejecutan las operaciones de siembra y cosecha, los proveedores de insumos y las ONG técnicas en donde aprenden a mejorar sus organizaciones.
Si bien es materia de debate, el nuevo SST cambió la estructura social del mundo rural, llevando lógicas del orden social secularizado propios de grandes medios urbanos a los pueblos rurales de la pampa húmeda. Las nuevas relaciones técnicas de producción generadas por la disolución de la unidad tierra-conocimiento, el desacoplamiento entre la propiedad de la tierra y la capacidad de gestionar rompieron el orden estamental rural.
Ilustración 2. SST de producción agropecuaria en red de servicios

Fuente: Elaboración propia en base Bisang et al. (2008, 181).
Ahora no necesariamente por ser dueño de la tierra se tiene que ser buen productor. Esto tiene impacto sobre la sociedad. Antes era productor solo quien era hijo de estanciero o de chacarero. Hoy puede serlo un ingeniero agrónomo hijo de un obrero. El modelo genera una democratización del acceso y facilitó la movilidad social muchísimo más.[5]
El cambio social tuvo efecto también en las formas de participación. La búsqueda de soluciones a problemas locales, empresariales y técnicos, pero también subsidiarias de la emergencia de una nueva identidad agropecuaria, abrieron espacios de creación y expansión de las organizaciones de la sociedad civil. Estas organizaciones tuvieron un rol fundamental en la difusión de las tecnologías y prácticas tecnológicas, y constituyeron nuevos actores sociales que se legitimaron por fuera del sistema político construyendo conocimiento técnico y representando valores de la sustentabilidad productiva.
El SST de la producción agropecuaria en red de servicios se coordinó por relaciones entre diferentes actores (empresas, individuos, asesores, instituciones de ciencia y tecnología, ONG técnicas, organizaciones gremiales, proveedores de insumos y tecnología, etc.) orientado a objetivos de logro comunes. Si bien en términos numéricos fueron muy pocas las empresas agropecuarias grandes y medianas que, en su mayoría, adoptaron el SST de agronegocios, sus efectos, dada su naturaleza, fueron sistémicos ya que estableció dos SST en transición, en tensión, y las instituciones que los impulsaron.
Rol de las instituciones
El capital intelectual colectivo del sector agrícola que cerró el rompecabezas de la informacionalización se acumuló a partir del resguardo y organización de conocimientos tácitos y codificados en instituciones tanto públicas como de la sociedad civil.
Desde el año 1956, la fundación del INTA, y al año siguiente el movimiento CREA, crecieron entre los años 1960 y 1980 dando lugar a la profesionalización de los productores y asesores, impulsadas por el crecimiento de las carreras universitarias en agronomías y la investigación agronómica aplicada.
En la década de 1990, las instituciones de la sociedad civil emergieron como actores institucionales claves en la difusión del núcleo del SST de agronegocios. El intercambio de información que promovieron conformó un tejido de una institucionalidad blanda, o lenta, que permitió la generación de conocimiento arraigado y la difusión completa de nuevos sistemas productivos.
Portes señala que las instituciones blandas son las productoras de sentido de los procesos de desarrollo. Dado que la emprendedora es una institución que requiere de nuevos repertorios de habilidades (nuevas reglas arraigadas), además de dar certidumbre y previsibilidad mediante normas de roles conocidos, también son portadoras de nuevos “paquetes” de capital cultural que se acumulan mediante el desarrollo de nuevas habilidades que crean marcos normativos alternativos. Estas “nuevas” normas se institucionalizan al calor del cambio de las prácticas tecnológicas y del entorno técnico en las constituidas nuevas comunidades de práctica tecnológica (Constant II, 1987).
En tanto el institucionalismo duro de la economía mainstream definió instituciones como: 1) normas y valores (ej. los derechos de propiedad) y 2) organizaciones con fines públicos (ej. escuelas, iglesias o agencias estatales), la perspectiva blanda del neoinstitucionalismo o “institucionalismo denso” (thick institucionalism) incorporó una tercera acepción de instituciones como 3) el espacio de creación de nuevas conductas, habilidades, roles y normas (Portes, 2009, p. 478).
La institucionalización del “productor agropecuario” de “agronegocios” como nuevo actor social emplazó una nueva figura frente a la tradición del “patrón” o el más formal “estanciero”. Con un perfil más agrícola que el anterior, se utilizó en forma creciente el genérico “productor”, que surgió ante la imposibilidad de seguir nombrando los antiguos pequeños actores de las actividades agrícolas “arrendatario” o “chacarero”.
Luego, con el reposicionamiento central de estos actores y su conversión de pymes a multinacionales del agro, se sumaron nuevas identidades creadas en los medios de comunicación para identificar el fenómeno, como el “rey de la soja” utilizado para caracterizar a Gustavo Grobocopatel, el “productor” de “agronegocios” de perfil más visible en los medios de comunicación. Una suerte de primus inter pares.
La nueva institucionalidad “blanda” no solo identificó a los pioneros sino también a sus organizaciones colectivas. Las nuevas instituciones derivadas de la acción emprendedora tuvieron un rol determinante en cuestiones mucho más perennes que los contratos. Marcaron nuevos límites a las estructuras de poder. Al crear nuevas formas de acción y estructurar su campo de práctica establecieron núcleos de conocimiento, lugares de enunciación, espacios comunitarios de acumulación de conocimiento arraigado (tácito y explícito), fundamentales para procesar localmente la importación y/o transferencia de tecnología y seleccionar o reconfigurar los paquetes tecnológicos de acuerdo con los requerimientos domésticos.
El proceso de profesionalización converge con la emergencia de instituciones estatales surgidas entre 1956 y 1974. En este período, primero con la creación del INTA y luego la creación de carreras de ingeniería agronómica en universidades nacionales del interior de la región pampeana (como se puede observar en la tabla 1), contribuyeron a incrementar el volumen de profesionales agrónomos modificando, a partir de la década de 1980, el perfil del productor y del asesor.
De ser una profesión de élite entre la década de 1960 y la de 1970 se convirtió en una profesión accesible a la clase media que permitió el incremento del conocimiento de la empresa agropecuaria, la experimentación aplicada y también la aparición de actividades de naturaleza emprendedora entre investigadores y productores, colaborando en la migración del rol de “patrón” al de “productor” (Portes, 2007).
La transición del SST atravesó la difusión de innovaciones y la acumulación de conocimiento en una trayectoria no lineal. Los actores institucionales fueron surgiendo de la misma “cantera” de instituciones universitarias públicas de ciencia, tecnología y/o educación superior producto de la institucionalización de prácticas de investigación aplicada y el pionerismo en la búsqueda de nuevas soluciones.
El acceso a los estudios universitarios de calidad y el rol que cumplieron las instituciones de educación en el proceso de profesionalización y la transición del SST tuvo forma de salto generacional como lo muestra el caso de Grobocopatel. Se graduó de ingeniero agrónomo en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires en 1984. Una vez recibido, continuó su actividad en la universidad en la cátedra de Manejo y Conservación de Suelos desde la que ejerció la docencia e investigó durante ocho años tras realizar estudios de posgrado en EE.UU. De esta forma, se interiorizó en profundidad en las nuevas técnicas de manejo de suelos que no estaban difundidas todavía en la Argentina.
Dicha experiencia de enseñanza e investigación profundizó su formación y lo introdujo en una comunidad de práctica tecnológica:
(en la cátedra) tuve acceso a tipos que eran más senior que yo. Mamé de ellos no solamente el conocimiento de una clase teórica sino también de convivir con ellos, del trabajo junto con ellos. De mi especialidad que eran los suelos pero también en otros temas. [6]
En la comunidad tuvo acceso a una tradición de práctica, a sus objetos de conocimiento y a la red social de expertos e iniciados.
Tabla 1. Instituciones estatales de investigación y desarrollo agropecuario en la región pampeana 1883-1980 (ordenadas por año de fundación)
| Año | Acrónimo | Nombre | Ciudad, Provincia |
| 1883 | UNLP | Universidad Nacional de La Plata | La Plata, Provincia de Buenos Aires |
| 1890 | UBA | Universidad de Buenos Aires | Ciudad de Buenos Aires |
| 1956 | INTA | Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria | Varias pero centralizado en Castelar, PBA |
| 1959 | UNLPAM | Universidad Nacional de la Pampa | Santa Rosa, La Pampa |
| 1960 | UNMDP | Universidad Nacional de Mar del Plata | Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires |
| 1964 | UNVM | Universidad Nacional de Villa María | Villa María, Córdoba |
| 1966 | UNC | Universidad Nacional de Córdoba | Córdoba Capital, Córdoba |
| 1967 | UNR | Universidad Nacional de Rosario | Rosario, Santa Fe |
| 1972 | UNRC | Universidad Nacional de Río Cuarto | Río Cuarto, Córdoba |
| 1973 | UNLU | Universidad Nacional de Luján | Luján, Provincia de Buenos Aires |
| 1973 | UNL | Universidad Nacional del Litoral | Santa Fe Capital, Santa Fe |
| 1973 | UNICEN | Universidad Nacional del Centro de PBA | Tandil, Olavarría y Azul, Prov Buenos Aires |
| 1974 | UNS | Universidad Nacional del Sur | Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires |
| 1974 | UNER | Universidad Nacional de Entre Ríos | Paraná, Provincia de Entre Ríos |
Fuente: Elaboración propia en base a CONEAU e INTA.
El desarrollo de la siembra directa durante los 70 y 80 fue producto de la difusión de las ideas de movimientos “grassroots”, de raíz conservacionista, entre los académicos de la agronomía y un grupo de productores preocupados por problemas de erosión del suelo. Jorge Molina, profesor de la Universidad de Buenos Aires, divulgador de la siembra directa en Argentina, tradujo La insensatez del agricultor, libro de referencia. Invitó a la Argentina al investigador agrónomo norteamericano Hugh Bennett, pionero de la investigación de la erosión del suelo, que influenció en el desarrollo de una corriente conservacionista.[7]
Tabla 2. Organizaciones de investigación y desarrollo agropecuario de gestión privada de la Argentina (ordenadas por año de fundación)
| Año | Acrónimo | Nombre | Objeto |
| 1960 | AACREA | Asociación Argentina de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola | Desarrollo del empresario agropecuario |
| 1982 | ASAGIR | Asociación Argentina de Girasol | Investigación y desarrollo del girasol |
| 1989 | AAPRESID | Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa | Difundir y promover el sistema de siembra directa |
| 1996 | AAPROTRIGO | Asociación Argentina de Productores de Trigo | Agregar valor a la producción triguera argentina |
| 1997 | ACSOJA | Asociación de la Cadena de la Soja de Argentina | Mejorar el desempeño y productividad de la cadena de la soja |
| 2004 | MAIZAR | Asociación Maíz Argentino | Aumentar la eficiencia en todos los eslabones de la cadena de valor de maíz |
Fuente: Elaboración propia.
Los valores de la conservación y protección del suelo para asegurar una agricultura sustentable desde el punto de vista medioambiental se extendieron de la mano de los movimientos sociales verdes posindustriales nacidos en los años 1970 (Castells, 1996, p. 128).
La introducción y difusión de la siembra directa pasó por tres períodos en la Argentina: el período de experimentación e incubación de las primeras experiencias de 1960 a 1985, el despegue de la adopción en la cual tuvieron gran incidencia los grupos CREA, entre 1985 y 1990, y finalmente, desde 1994 a 2002 la etapa de la adopción masiva.
Alapín señala que la preocupación por labranzas menos agresivas fue consecuencia del crecimiento del sector agropecuario a partir de 1960 basado principalmente en la mecanización completa de las tareas, el desarrollo genético en semillas y las mejoras en el manejo agronómico y la gestión empresarial. Junto con autores como Barsky (1988), el proceso de intensificación agrícola tuvo consecuencias negativas sobre los suelos. La creciente erosión de los suelos y la consecuente incidencia en la productividad de los cultivos por pérdida de materia orgánica y humedad justificó la experimentación con la siembra directa. (Alapin, 2008, p. 99; Barsky, 1988).
El desarrollo y adaptación de esta tecnología a la realidad agroecológica pampeana no fue sencilla. Alapin destaca que los principales desafíos fueron el control de malezas y la implantación de la semilla. La primera etapa de experimentación de siembra directa en el ambiente pampeano (y en América del Sur) se puso en marcha por iniciativa de investigadores de las Estaciones Experimentales Agrícolas (EEA) del INTA en Pergamino y Marcos Juárez. El INTA fue uno de los organismos estatales más controlados y reprimidos por la dictadura militar en el denominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). Más de 800 trabajadores del INTA fueron cesanteados. Entre ellos el pionero de la siembra directa Rogelio Fogante. Durante esta etapa de experimentación, hubo tanto reuniones dentro del INTA Marco Juárez como actividad fuera del organismo por efecto de la represión. Fogante siguió el desarrollo fuera de la institución.[8]
Cuando se recuperó la democracia en 1984, se creó el Proyecto de Agricultura Conservacionista (PAC) en el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria). Sin embargo, al poco tiempo desde 1985 investigadores y productores, pioneros de la siembra directa, optaron por seguir sus actividades fuera del Estado al fundar la Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa (AAPRESID) en 1989. La decisión de iniciar un camino en la sociedad civil tiene su base en los grados de libertad que experimentaron en forma “forzosa” durante el tiempo de la dictadura pero se afirma también en el crecimiento de organizaciones no gubernamentales, organizaciones con intereses públicos de gestión civil, tanto en su número como en la cantidad de sus actividades durante ese período en Argentina. Entre ellas recordemos a las organizaciones de derechos humanos y LGBT, como la Fundación Huésped, producto de la epidemia de HIV/SIDA. Estas instituciones se emparentan con el cambio social y cultural posindustrial.[9]
La solución a diversos problemas técnicos convocó a la conformación de redes de proyectos que, además de productores e investigadores conservacionistas, comprometió a proveedores de insumos y fabricantes de sembradoras, entre otros. Los primeros ensayos tuvieron el apoyo de la empresa Duperial, proveedora del producto Gramoxone, clave para resolver el cuello de botella del combate de las malezas.
El dinamismo del sector de maquinaria agrícola se puso en juego con diseños originales de sembradoras especialmente adaptadas para trabajar en el suelo irregular cubierto con restos vegetales que pudieron responder a las necesidades de esta técnica. Fabricantes de sembradoras como Agrometal, Migra, Gherardi y Schiarre realizaron modificaciones para lograr sembrar sobre el suelo cubierto con rastrojo: los abresurcos a la cuchilla ondulada, la barra portaherramientas de la sembradora de grano grueso en tren (Lengyel & Bottino, 2011, p. 386).
La etapa de despegue estuvo caracterizada por las fricciones y resistencias de los productores tradicionales ya que la disrupción propuesta por la siembra directa puso en tensión los supuestos de las comunidades de práctica normales. La eliminación del arado, propuesta central de la labranza cero, fue percibida como una amenaza radical a la integridad de las tradiciones. Así lo relatan los pioneros de la siembra directa:
“Fue toda una ruptura, porque el símbolo de la agricultura era arar la tierra desde hacía miles de años.” (Jorge Romagnoli).
“Muchos nos menospreciaban, otros nos decían que estábamos locos, pero nosotros nos estábamos dando cuenta que la agricultura con labranza pagaba un alto costo porque se destruía mucha materia orgánica.” (Víctor Trucco).
“Los que miraban de afuera decían que el arado era insustituible, pero después veían los resultados, sobre todo con la humedad, y se animaban.” (Luis Giraudo).[10]
Además de la batalla cultural ante las comunidades tecnológicas agropecuarias normales y la llegada de la siembra directa a la agenda pública de la agricultura argentina, el período del despegue estuvo regido por la resolución de la viabilidad económica de la siembra directa. Esta viabilidad se alcanzó una vez resueltos los problemas técnicos, uno de los cuales fue el lanzamiento en Argentina del glifosato, herbicida no selectivo sistémico, de marca comercial Round-up de Monsanto en 1980.
Este herbicida fue un efectivo complemento de la siembra directa, la pieza del rompecabezas técnico que los pioneros estaban esperando. La compañía Monsanto encontró en la siembra directa un vehículo adecuado para el lanzamiento del herbicida. Promocionó la siembra directa durante esta etapa de despegue ya que encontraban que la siembra directa generaba un mercado objetivo de volumen para su producto.
En los primeros años de comercialización, los altos precios (40 dólares el litro) no hacían posible la difusión de la siembra directa como un modelo de negocios viable. El problema del precio se resolvió cuando se lanzó la soja RR. El efecto del paquete tecnológico convocó la concurrencia de todas las compañías proveedoras de agroquímicos, provocando la caída del precio en 2005 a 2,35 dólares. Ambos fenómenos combinados, el “cierre” del paquete tecnológico y la competencia sobre el glifosato, viabilizaron el modelo de negocios.
La siembra directa rehabilitó la agricultura en zonas fronterizas de la zona pampeana, zonas con problemas de erosión, y por ende, de fertilidad. Permitió la viabilidad de la agricultura en estas zonas a costos aceptables. También la práctica de la siembra directa descubrió nuevos sustratos de productividad. El más importante de los descubrimientos fue la soja de segunda, la posibilidad de sembrarla inmediatamente en el mes de diciembre luego de cosechar el trigo. Este descubrimiento colaboró en el aumento de la productividad agrícola.
En este contexto se fundó AAPRESID en 1989, una organización agropecuaria de carácter técnico no gremial cuyo principal objetivo fue el desarrollo y difusión de la siembra directa. Los miembros fundadores de AAPRESID eran sobre todo pequeños y medianos productores, investigadores y asesores técnicos. La organización se focalizó en la difusión y el intercambio de información con respecto a las prácticas de labranza cero. Nacida de valores conservacionistas propios de los movimientos verdes posindustriales, se creó como una institución abierta con el objetivo de integrar a representantes de todos los grupos de interés.[11]
La nueva institución creció muy rápidamente; no obstante, la difusión masiva de la práctica aconteció seis años después, cuando la confluencia de los problemas de erosión de suelos, el aumento de los costos operativos y la accesibilidad económica a los herbicidas no selectivos permitieron un control de malezas más efectivo e hicieron de la siembra directa una tecnología económicamente viable.
La difusión se inició entre los productores medianos y grandes, los cuales podían solventar los costos, contratar expertos y tomar riesgos en comparación con los productores chicos, sin la escala o la capacidad de inversión. Durante este proceso, como dirían los técnicos de AAPRESID: “el suelo no fue más el suelo, sino un laboratorio móvil”. La agricultura se volvió una actividad sofisticada, profesional y de conocimiento tecnológico aplicado a cada contexto (Alapin, 2008, p. 52).
AAPRESID, en el período fundacional (1989-1995), organizaba congresos anuales a los cuales asistían la comunidad de expertos en siembra directa. En estos congresos los expertos compartían sus experiencias. Un bien público gestionado por esta organización del tercer sector, ya que tanto el Estado como las empresas privadas no habían podido liderar su construcción (Gras & Hernández, 2016, p. 142).
En siembra directa no había desarrollo tecnológico, porque el INTA no se había metido, la universidad tampoco. Fue una tecnología que nació de los productores y después cuando vieron que andaba vinieron los investigadores a vernos. […] En el CREA de Saladillo empezamos con este tema primero y después lo adoptaron todos los regionales. […] Lo que instrumentamos en AAPRESID lo llevé a los Grobo después.[12]
Ostrom et al. (2002) señala que el gobierno de los bienes comunes es producto de la evolución de las instituciones de acción colectiva. El problema de sobreexplotación de los recursos comunes planteado por Garrett Hardin, conocido como la Tragedia de los comunes, puede resolverse cuando se construyen arreglos institucionales y contratos entre los interesados con los cuales se autoorganizan, dando como resultado la explotación de los recursos comunes de manera sostenible. La acción colectiva señalada por Ostrom describe la iniciativa de los productores involucrados en el tándem AAPRESID-AACREA (Ostrom, 2002).
La viabilidad económica del nuevo SST ocurrió cuando los Grupos CREA (Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola), oficiando como vehículos de difusión, constituyeron nodos de las redes de proyectos que extendieron el alcance de la experiencia y el conocimiento aplicado de la siembra directa sobre organizaciones profesionales, más grandes y con gestión de la información.
Los vínculos entre los actores de la red fueron creando lenguajes y códigos comunes forjados a partir del cambio de paradigma agrícola. Un concepto clave surgido de los grupos CREA fue el de “tranqueras abiertas”, que señala el valor y la forma de compartir el conocimiento agropecuario. Estos lazos de confianza hicieron que cada nodo de la red encontrara conveniente cumplir con sus objetivos particulares a la vez que se compartían objetivos comunes de la red.
Los grupos CREA, como dijimos, actuaron de plataforma de difusión de las tecnologías para productores medianos y grandes. Aun cuando fueron cambiado su forma de organización a lo largo de su historia, hay patrones que se mantuvieron constantes. Son grupos de trabajo formados por productores agropecuarios medianos y grandes que tienen por objetivo fomentar el desarrollo técnico, la administración y la gestión de los RR. HH. para coordinar más eficientemente la empresa agropecuaria.
A diferencia de AAPRESID, en AACREA encontramos, además del valor de la sustentabilidad medioambiental, la sustentabilidad de la empresa familiar. No solo se trataba de ayudar a los miembros en esquemas productivos sino también en aspectos administrativos y comerciales. Es por eso que el movimiento CREA tuvo un rol activo en la difusión de nuevas formas de gestión y de uso de las TIC entre la población de productores agropecuarios.
Conclusiones
Como hemos desarrollado en este trabajo, la primera informacionalización de la actividad agropecuaria se limitó a una población específica. Se trató de un tipo de actividad compleja que sólo pudo ser llevada a cabo por una minoría de productores agropecuarias medianos y grandes identificados con la identidad de los “agronegocios”.
Esto se debió no sólo a la naturaleza del sistema sociotécnico construido por el paquete tecnológico, sino también porque las tecnologías de la información involucradas, tanto la PC como los teléfonos móviles, estaban disponibles para una porción minoritaria de la población de productores agropecuarios. Si bien no hay estadísticas para el sector, la brecha digital durante la década del noventa para la población general nunca superó el límite del 30 %.
Como dijimos, los cultores de los agronegocios abordaron proyectos de informacionalización sistemática que en el extremo de mayor escala incorporó ERP y tecnología de base de datos, pero como mínimo requerían el uso adecuado de planillas de cálculo. Tecnologías que sólo tuvieron sentido para explotaciones agropecuarias que implementaran todo el paquete tecnológico.
En tanto, las estrategias defensivas no pudieron sacar provecho del nuevo SST ni de las TIC que lo sustentaban, las pequeñas empresas agropecurias “defensivas” quedaron, como los pequeños productores de comunidades rurales, como adoptadores pasivos de las TIC de la era de las plataformas, ya que no pudieron alcanzar el umbral del SST requerido y mucho menos saldar la brecha digital rural.
Brecha digital que ha sido estudiada en tiempos de COVID-19 por el reciente estudio “Conectividad Rural en América Latina y el Caribe – Un puente al desarrollo sostenible en tiempos de pandemia”, encargado por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y Microsoft.
El estudio revela que sólo un 37 % en la ruralidad cuenta con opciones de conectividad, una brecha de 34 puntos porcentuales respecto de la población urbana (77 %). Del total de personas sin acceso a internet en la región, 46 millones viven en territorios rurales. De acuerdo con el propio parte de prensa
La investigación constató grandes limitaciones en los datos estadísticos oficiales disponibles, lo que impide mostrar con mayor precisión el estado real de la situación de conectividad en los territorios rurales de las Américas: sólo el 50 % de los países de la región cuenta con mediciones específicas sobre conectividad en el ámbito rural (IICA et al., 2020).
Desde la aparición del teléfono inteligente en 2007, y en particular de las tiendas de aplicaciones de sistemas operativos móviles en 2008, se inició una nueva etapa en los procesos de informacionalización dominada por las plataformas, también conocida por el discurso de la industria TIC como la “transformación digital”. Pero no fue sino hasta el advenimiento de la pandemia de COVID-19 que se demostró que la desigualdad en el acceso sólo se hacía evidente cuando, como en una situación excepcional de cuarentena, la conectividad no era opcional o un lujo, sino el límite entre los incluidos y los excluidos de la sociedad-red.
Esta nueva etapa signada por la difusión masiva y capilar del teléfono móvil inteligente, tiene además la implementación de tecnologías complejas como la computación en la nube, la aplicación del big data, la utilización vehículos autónomos, tanto terrestres como aéreos (drones), y otros dispositivos de la internet de las cosas (IoT), la emergencia de los nanosatélites, la internet de los servicios (IoS) y la convergencia institucional en la definición de estándares para la denominada Industria 4.0. (Brynjolfsson & McAfee, 2014; Kenney & Zysman, 2016; Srnicek, 2016; Van Dijk et al., 2018).
Si bien es necesario revisar cómo se constituyó el núcleo tecnológico del nuevo modelo de organización en red primario, la economía de las plataformas plantea nuevos desafíos para explicar tanto la evolución de los cambios organizacionales y tecnológicos como de la transformación del trabajo en la ruralidad, y plantea la hipótesis del desdoblamiento del modo de desarrollo informacional en una nueva etapa.
Es decir, la transformación digital, no sólo promete una segunda etapa de la AgTech para grandes y medianos productores, sino también plantea finalmente la posibilidad de la informacionalización más amplia en los pequeños productores en la ruralidad. Las preguntas que quedan abiertas en este caso, serán, cómo se cultivarán las nuevas prácticas del desarrollo informacional agropecuario y cuáles serán las instituciones en donde tendrán lugar estas transformaciones, si acontecen.
Bibliografía
Alapin, H. (2008). Rastrojos Y Algo Más: Historia de la Siembra Directa en Argentina. Teseo. https://bit.ly/2ZU4wFw.
Albornoz, I. (2007). Informática para el sector agrícola y ganadero en la Región Pampeana. In M. Delfini, D. Dubbini, M. Lugones, I. N. Rivero, G. Yoguel, & P. Suárez (Eds.), Innovación y empleo en tramas productivas de Argentina. Prometeo Libros. https://bit.ly/3kvvCfC.
Anlló, G., Bisang, R., & Katz, J. (2015). Aprendiendo con el agro argentino. De la ventaja comparativa a la ventaja competitiva El rol de las KIBs.
Artopoulos, A., & Lengyel, M. F. (2019). Nuevas tecnologías digitales y trabajo : el caso de la producción agroindustrial en la Argentina.
Bar, F., & Borrus, M. (1992). Information networks and competitive advantage: issues for government policy and corporate strategy. International Journal of Technology Management, 7(6/7/8), 398. https://bit.ly/3r12tvs.
Barsky, O. (1988). La agricultura pampeana. Transformaciones productivas y sociales (B. A. FCE-IICA-CISEA (ed.)).
Bisang, R. (2003). DIFUSSION PROCESS IN NETWORKS: The case of transgenic soybean in Argentina. CONFERÊNCIA INTERNACIONAL SOBRE SISTEMAS DE INOVAÇÃO E ESTRATÉGIAS DE DESENVOLVIMENTO PARA O TERCEIRO MILÊNIO. GLOBELICS, 1–23.
Bisang, R., Anlló, G., & Campi, M. (2008). Una revolución (no tan) silenciosa. Claves para repensar el agro en Argentina. Desarrollo Económico, 48(190/191), 165–207. https://bit.ly/37V73DQ.
Bisang, R., & Gutman, G. E. (2005). The accumulation process and agrofood networks in Latin America. CEPAL Review. https://bit.ly/3spAExc.
Brynjolfsson, E. (1993). The Productivity Paradox of Information Technology. Commun. ACM, 36(12), 66–77. https://bit.ly/2O7jVQc.
Brynjolfsson, E., & McAfee, A. (2014). The Second Machine Age: Work, Progress, and Prosperity in a Time of Brilliant Technologies. W. W. Norton. https://bit.ly/3ksLNul.
Calderón, F. (2003). ¿Es sostenible la globalización en América Latina?: debates con Manuel Castells. Fondo de Cultura Economica.
Calderón, F., & Castells, M. (2019). La Nueva América Latina. Fondo de Cultura Economica.
Castells, M. (1996). La era de la información. Economía, Sociedad, y cultura. Alianza Editorial.
Castells, M. (2001). Cap 3. E-Business y La Nueva Economía. In La Galaxia Internet.
Castells, M., & Himanen, P. (2002). The Information Society and the Welfare State: The Finnish Model. Oxford University Press, USA.
Castells, M., & Himanen, P. (2014). Reconceptualizing Development in the Global Information Age. Oxford University Press. https://bit.ly/2ZVcrmb.
Chacón, I. (2014). Pacifism, Human Development, and Informational Development: The Costa Rica Model. In M. Castells & P. Himanen (Eds.), Reconceptualizing Development in the Global Information Age. Oxford University Press.
Constant II, E. W. (1987). The Social Locus of Technological Practice: Community, System or Organization? In The Social Construction of Technological Systems: New Directions in the Sociology and History of Technology. MIT Press.
Freeman, C., & Pérez, C. (1988). Structural crises of adjustment, business cycles and investment behaviour. Pinter.
Freeman, C., & Soete, L. (1994). Work for all or mass unemployement?: computarised technical change into the twenty-first century (Issue 331.101. 5 FRE). Pinter.
Geels, F. W. (2005). The dynamics of transitions in socio- technical systems : A multi-level analysis of the transition pathway from horse-drawn carriages to automobiles. Technology Analysis & Strategic Management, 17(4), 445–476.
Gras, C., & Hernández, V. A. (2016). Radiografía del nuevo campo argentino: del terrateniente al empresario transnacional. Siglo Veintiuno Editores. https://bit.ly/3dSdUSg.
Himanen, P. (2004). CHALLENGES OF THE GLOBAL INFORMATION SOCIETY.
Hughes, T. P. (1987). La evolución de los grandes sistemas tecnológicos. In Wiebe E. Bijker, T. P. Hughes, & T. J. Pinch (Eds.), Actos actores y artefactos. Sociología de la Tecnología. UNQ.
IICA, Microsoft, & BID. (2020). Conectividad Rural en América Latina y el Caribe. Un puente al desarrollo sustenible en tiempos de pandemia.
Iizuka, M., & Katz, J. (2011). Natural Resource Industries, “Tragedy of the Commons” and the Case of Chilean Salmon Farming. International Journal of Institutions and Economies, 3(2), 259–286.
Kenney, M., & Zysman, J. (2016). The rise of the platform economy. Issues in Science and Technology, 32(3), 61.
Lengyel, M. F., & Bottino, G. (2011). La producción en red en Argentina y sus fundamentos institucionales. Desarrollo Económico, 51(202/203), 369–407. https://bit.ly/3aWuLSf.
Lepratte, L., & Blanc, R. L. (2015). Nichos tecnológicos de producción y servicios especializados para la industria de agro-alimentos en Argentina: su relación con las PCTI. ALTEC 2015 Brasil.
Melchiori, R. J. M., Albarenque, S. M., & Kemerer, A. C. (2013). Uso, adopción y limitaciones de la agricultura de precisión en Argentina. Curso Int. Agric. Precisión, 12(2013), 7.
Ostrom, E. B. T.-H. of A. E. (2002). Chapter 24 Common-pool resources and institutions: Toward a revised theory. In Agriculture and its External Linkages (Vol. 2, pp. 1315–1339). Elsevier. https://bit.ly/3kudqTZ.
Pérez, C. (2001). Cambio tecnológico y oportunidades de desarrollo como blanco móvil. Revista de La CEPAL, 75, 115.
Pérez, C. (2010). Dinamismo tecnológico e inclusión social en América Latina: una estrategia de desarrollo productivo basada en los recursos naturales. Revista CEPAL, 100, 123–145. https://bit.ly/3dVGaUb.
Portes, A. (2007). Instituciones y desarrollo: una revisión conceptual. Desarrollo Económico. Revista de Ciencias Sociales, 46(184), 475–504.
Portes, A. (2009). Las instituciones en el desarrollo latinoamericano: un estudio comparado. Siglo Veintiuno Editores. https://bit.ly/3q0C3ZB.
Roitter, S. (2017). Cambio Tecnológico y Empleo: Aportes conceptuales y evidencia frente a la dinámica tecnológica en curso. INFORME FINAL Contrato de Colaboración Externa PROG / COLEX / 35 / 2017.
Satorre, E. H. (2005). Cambios tecnológicos en la agricultura argentina actual. Ciencia Hoy, 15(87), 24–31.
Saxenian, A. (2014). The Silicon Valley Model: Economic Dynamism, Social Exclusion. In M. Castells & P. Himanen (Eds.), Reconceptualizing Development in the Global Information Age. Oxford University Press.
Saxenian, A., & Hsu, J. Y. (2001). The Silicon Valley-Hsinchu Connection : Technical Communities and Industrial Upgrading. Industrial and Corporate Change, 10(4), 893. https://bit.ly/3uzz6T8.
Srnicek, N. (2016). Platform Capitalism. Wiley. https://bit.ly/3bOkk2t.
Svampa, M., & Viale, E. (2015). Maldesarrollo: La Argentina del extractivismo y el despojo. Katz.
Tey, Y. S., & Brindal, M. (2012). Factors influencing the adoption of precision agricultural technologies: a review for policy implications. Precision Agriculture, 13(6), 713–730.
Trendov, N., Varas, S., & Zeng, M. (2019). Tecnologías digitales en agricultura y las zonas rurales. In Documento de Orientación. FAO. https://bit.ly/3dQXnhz.
Trigo, E., Cap, E., Malach, V., & Villarreal, F. (2009). The case of zero-tillage technology in Argentina. This paper has been prepared for the project on Millions Fed: Proven Successes in Agricultural Development. In IFPRI Discussion Paper 00915.
Trigo, E. J. (2011). Ten Years of Genetically Modified Crops in Argentine Agriculture. In ArgenBio (Issue December).
USDA. (2019). Agricultural Statistics Annual 2019.
Van Dijck, J., Poell, T., & de Waal, M. (2018). The platform society: public values in a connective world. Oxford University Press.
Wolf, S. A., & Buttel, F. H. (1996). The political economy of precision farming. American Journal of Agricultural Economics, 78(5), 1269–1274.
Acrónimos
AACREA: Asociación Argentina de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola
AAPRESID: Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa
COVID-19: (inglés) Coronavirus Disease 2019. Enfermedad por coronavirus 2019
TIC: Tecnologías de la Información y Comunicación
AgTech: (inglés) Agriculture technology. Tecnología Agropecuaria. Nota: se refiere a la aplicación de Inteligencia Artificial, IoT, Blockchain combinada con tecnologías químicas y biotecnológicas a sistemas de producción agropecuaria.
I+D: Investigación y Desarrollo.
SST: Sistemas Socio-Técnicos.
ERP: (inglés) Enterprise Resource Planning, Planificación de Recursos Empresariales; sistemas informáticos destinados a la administración de recursos en una organización.
- Universidad de San Andrés. Contacto: alepoulos@udesa.edu.ar.↵
- https://bit.ly/2O5a7GF, consultada el 16 de enero de 2018.↵
- https://bit.ly/2NzyXP5 consultada en 4.8.2014.↵
- Entrevista a Fernando Solari, 4.11.2005.↵
- Entrevista a Gustavo Grobocopatel, 29 de agosto de 2014.↵
- Entrevista a Gustavo Grobocopatel en 10.8.2015.↵
- Los orígenes de la siembra directa se remontan al movimiento conservacionista del suelo cuyo referente es el libro “Plowman’s folly” (1947; Londres) en donde se cuestionan las fuentes científicas del laboreo mecánico. Desde 1955, cuando la compañía inglesa ICI introduce el Gramoxone, primer herbicida total, estuvieron dadas las condiciones técnicas para la experimentación. De la cual el productor Harey Young junto al profesor Shirley Phillips de la Universidad de Kentucky publicaron sus resultados en el libro Labranza Cero. https://bit.ly/3bNrPqj y https://bit.ly/3uCGNIb, consultados el 12.12.2017.↵
- Los pioneros de la siembra directa en Argentina fueron los investigadores Rogelio Fogante, decano de la Facultad de Agronomía UNR, Víctor Trucco y el productor Jorge Romagnoli. Sembraron los primeros lotes en la campaña 1978/79.↵
- Un ejemplo paradigmático de institución “informacional” es la Fundación Huésped. Institución nacida en el contexto de las luchas por el reconocimiento gubernamental de la necesidad de enfrentar a la pandemia de HIV. Las instituciones “informacionales” son aquellas que dada la naturaleza específica de su constitución, tanto por la identidad de proyecto, el campo de práctica como por los conocimientos que pretende construir, requieren alojarse en la sociedad civil.↵
- Los pioneros de la siembra directa en Argentina. A 25 años de la fundación de Aapresid, la entidad que formaron para impulsarla, el grupo que instaló la siembra directa en la Argentina cuenta la historia. https://bit.ly/3pZ6z66, consultado en 4.11.2014.↵
- La Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid) recibió el 5 de diciembre de 2017 en Roma el premio Glinka World Soil Prize, que otorga la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en el marco de la Alianza Mundial por el Suelo (AMS). La Nación consultado del 5.12.17 https://bit.ly/3bHeBLL.↵
- Entrevista a Fernando Solari, 4.11.2005.↵








