Matías E. Centeno[1]
Introducción
Los jóvenes son objeto y problema de estudio de pensadores de distintas épocas, disciplinas y latitudes. Desde la perspectiva generacional introducida por Durkheim (1976) a los estudios transculturales de Canevacci (2000), de la Escuela de Chicago a la juvenología latinoamericana, de la sociedad adolescente (Coleman, 1961) a la generación hashtag (Feixa, 2014), múltiples trabajos y autores han buscado comprender y describir una categoría social tan amplia, compleja y controvertida.
El digitalismo es una de entre otras llaves posibles para ingresar a la problemática de los jóvenes y las juventudes. Habilita una vía que permite explorar algunos de los fenómenos más recientes que están atravesando y moldeando las sociedades y la cultura contemporánea.
En los intersticios del despliegue tecnocultural (Piscitelli, 2002), el presente texto busca abrir un espacio posible para pensar las juventudes, sus problemáticas y maniobras en un mundo tan interconectado como conflictivo, entendiendo que los jóvenes son ese espejo que permite analizar hacia dónde se mueve la sociedad (Reguillo, 2012).
El ingreso a la problemática es a través del sector agropecuario, un terreno en el que las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) han ampliado su espectro de acción (Chapman, Slaymaker y Young, 2003; OCDE, 2015; Graeub et al., 2016), revisando, en su paso, algunas categorías clásicas de la ruralidad y desafiando imaginarios históricos, como aquellos que enfrentan dicotómicamente lo urbano con lo rural, o naturalizan la modernidad con lo primero y ubican el atraso en lo segundo.
Este punto de partida es útil para poner en discusión algunas dimensiones teóricas que rodean y contienen a las juventudes en la agricultura familiar,[2] la actividad predominante en el sector agropecuario, que concentra al 66 % de los productores en Argentina (INDEC – CNA, 2002) y produce el 80 % del alimento mundial (Graeub et al., 2016).
Internet, sus tecnologías conexas y el auge de las comunicaciones instantáneas aceleran y catalizan la movilidad sobremoderna (Urry, 2007; Augé, 2007), a la vez que obligan a revisar las coordenadas espaciotemporales del mundo, en el que las características del digitalismo se intensifican y expanden por diversos nichos sociales, culturales y territoriales.
En este escenario, las TIC evidencian paradojas que tensionan la condición juvenil con su contexto de reproducción e interacción. En el plano de lo sociotécnico (Thomas y Buch, 2008), estalla la histórica noción de lapso o vuelta generacional, lo cual se corresponde con una situación en la que los jóvenes son más expertos que la generación anterior (Tapscott, 1998; Chisholm, 2003), en una innovación clave para la sociedad como lo es la tecnología digital.
Estos jóvenes –unos 166 millones en América Latina y el Caribe–[3] son los mismos que tienen serios problemas de acceso al empleo,[4] a pesar de llegar con mayores logros educativos que los adultos y, simultáneamente, manejan con mayor facilidad los medios de información y comunicación pero acceden en menor grado a los espacios consagrados de la deliberación política. En palabras de Hopenhayn (2008: 53), se trata de sujetos sociales que expanden exponencialmente el consumo simbólico pero no así el material.
El escenario planteado evidencia la necesidad de lecturas complejas que permitan conocer con mayor detalle y profundidad las enredadas, diversas y dinámicas relaciones entre jóvenes, comunicación y tecnologías. Una travesía que en el ámbito específico agropecuario explica algunas transformaciones socioculturales recientes que, desde las TIC, están desafiando los bordes de una actividad que ocupa a la humanidad desde hace más de diez mil años.
El presente texto intenta dar cuenta de algunas de esas transformaciones, focalizando en los nuevos modos de gestión que los jóvenes construyen a partir de la expansión de la virtualidad y la deslocalización en el agro, que implican nuevas destrezas de ver-ser-hacer. Se organiza en cuatro partes, que proponen un recorrido que va de lo global a lo específico, desde los grandes desplazamientos que vienen interpelando la constitución juvenil hasta los movimientos que desde las tecnologías digitales afectan las territorialidades y subjetividades rurales.
Los distintos conceptos y enfoques presentados son puestos en diálogo con el resultado de una investigación teórica-empírica sustentada por el método cualitativo, desarrollada en la provincia de San Luis con actores de la agricultura familiar.[5] El análisis interpretativo y situacional logrado sugiere que internet es mucho más que una base catalizadora de cambios tecnológicos y productivos: su relevancia se manifiesta en las posibilidades que el avance digital abre como fenómeno complejo y sociocultural.
La condición juvenil: una batalla contra el tiempo
A modo de contextualizar la cartografía en torno a jóvenes, comunicación, tecnologías y ruralidades, se presenta en este primer apartado una rápida exploración de la condición juvenil. Camino que puede iniciarse con Jean Jaques Rousseau, autor de lo que algunos pensadores señalan como una de las piedras fundamentales de la concepción moderna de la juventud en Occidente. En 1762, el filósofo y político advertía que tanto la infancia como la adolescencia tenían sus maneras de ver, pensar, sentir que les eran propias, motivo por el cual los niños debían ser educados a través de sus intereses y no por la estricta disciplina (Martínez y Sánchez, 2015).
De Rousseau surgió la noción de juventud como segundo nacimiento del ser humano (González Cangas y Feixa, 2013: 69), a la vez que una de las primeras delimitaciones biologicistas de la condición juvenil, pensada entonces en el rango de 15 a 20 años. Su insistencia en los estadios de vida, el rol relevante de las crisis adolescentes y la diferenciación de género marcaron los posteriores desarrollos psicológicos que asumieron la temática juvenil a partir de considerarla como una etapa de la vida del hombre.
La perspectiva social presente en el discurso del polímato suizo sirvió de punto de partida para construir una visión de la juventud separada de la familia y colocarla dentro de la institución escolar. Desde Latinoamérica, Urteaga y Pérez Islas (2013: 125) advierten que ese recorte conceptual impulsó la trivialización e invisibilización de los jóvenes como sujetos sociales, su criminalización e idealización en las agendas públicas.
Lo que vino después de Rousseau fue una diversidad de enfoques puestos en juego en investigaciones y ensayos de sociólogos, antropólogos, politólogos, médicos, filósofos, comunicadores y psicólogos, en donde los jóvenes y las juventudes fueron apareciendo, con relativa intermitencia, en el debate académico y en la problematización contemporánea acerca de la reproducción social, el recambio generacional y las políticas públicas.
En América Latina, la irrupción de los jóvenes en la escena pública reconoce un hito trascendental durante la Reforma Universitaria de Córdoba, hace un siglo atrás. No obstante, la coyuntura que ha marcado a muchos de los estudios contemporáneos se conecta con fenómenos más recientes como los movimientos estudiantiles de finales de los años sesenta (Balardini, 2000; Reguillo, 2012; Natanson, 2012).
En el último siglo, la ruta teórica-empírica plantea un desplazamiento que va de la visión estatal de una “juventud a educar y disciplinar“ a una “juventud a controlar y sancionar“. Estas miradas son complementadas desde la academia a fines del siglo pasado al evidenciarse el crítico contexto que ubica a los jóvenes de la región como actores sociales dañados y el riesgo potencial que la situación representa para la sociedad (González Cangas y Feixa, 2013: 7).
Yanko González Cangas y Carles Feixa destacan que aunque los actores, perspectivas y focos de investigación se hayan ampliado e intensificado “aún subsisten enormes interregnos investigativos y múltiples retos en orden a reconceptualizar la juventud desde una perspectiva latinoamericana“ (2013: 11). Lo que subyace detrás es la búsqueda de una nueva forma de entender la ciudadanía latinoamericana del siglo xxi (ibidem, 2013: 14).
Según Rossana Reguillo, el intermitente pero duradero debate en torno a quiénes son, qué piensan y cómo actúan los jóvenes se ha encauzado en tres grandes narrativas:
- Los jóvenes como sujetos inadecuados, actores de la violencia, del deterioro o la pérdida de valores, desimplicados y hedonistas.
- Los jóvenes como reservas para un futuro glorioso, el “bono demográfico“ de los países de Latinoamérica.
- A caballo de las dos narrativas anteriores aparece también la figura del “llanero solitario“, el joven que triunfa a pesar de todo, que flota como figura espectral en las ondas televisivas y la retórica de los gobiernos (2012: 12).
En su mayoría, las políticas públicas y las conceptualizaciones no suelen asumir a la niñez y la juventud como sujetos históricos (Salazar y Pinto, 2002: 9). Los jóvenes son abordados desde una homogeneidad sin fisuras, como sujetos que poseen una fecha de nacimiento en común, lo cual permite concluir sobre ellos como si fuesen todos iguales (Margulis y Urresti, 2008).
Otro rasgo distintivo del andamiaje teórico y empírico sobre las juventudes es el sesgo urbano que lleva a invisibilizar a los jóvenes del sector agropecuario. Quienes observan este vacío (Durston, 2000b; Kessler, 2006; Pezo Orellana, 2014) creen necesario particularizar las problemáticas del joven rural y presentarlo como un sujeto distinto al que reside en las ciudades.
Los estudios de la juventud rural son relativamente recientes, los primeros antecedentes datan de 1970 (González Cangas, 2003). El ingreso a la condición juvenil se produce desde las carencias irresueltas: mientras en Europa y Estados Unidos predominan investigaciones sobre el recambio generacional, la migración y el arraigo rural, en América Latina los trabajos se enfocan hacia la construcción identitaria y los problemas de tránsito por la escuela y el trabajo (Kessler, 2006).
Con distintos matices, afirma Kessler (2006), predominan las definiciones del joven rural como un sujeto de hasta 30 años que reside en el campo o en núcleos agrícolas aledaños. En función de ese marco generalizador, las miradas de la juventud exacerban, para los ámbitos rurales, su sesgo biologicista, económico y geográfico.
No es extraño que los estudios sobre la juventud rural estén atravesados también por los imaginarios históricos en torno al campo y la ciudad. En este sentido, existe una especial atención académica e institucional por abordar a los jóvenes rurales como estandartes de la pobreza (Becerra, 2015) y el desempleo (Dirven, 2016), sitiando la categoría en intersticios oscuros (González Cangas, 2003: 155) que la configuran como una dimensión analítica del estructural-funcionalismo más que como un grupo social.
Para Kessler (2006), a diferencia de sus pares urbanos, los jóvenes rurales se encuentran especialmente atravesados por el dilema de la migración: la disyuntiva central se plantea entre partir o permanecer, entre continuar estudiando o trabajar, entre identidades locales o globales (Kessler, 2006).
Así, las miradas del joven rural aparecen atrapadas en un círculo de carencias más extremas que en los contextos urbanos; los sujetos agrarios, subocupados, sin tierras ni capital económico propio, enfrentan contracciones en su constitución identitaria puesto que la ruralidad se presenta como un lugar sin espacios materiales para ejercer la juventud (González Cangas, 2003: 172).
Más allá de los contextos territoriales de reproducción social, los debates más recientes sobre la condición juvenil parten de un escenario simplificado que pretende homogeneizar a unos actores sociales ampliamente diversos, utilizando como herramienta operativa hegemónica definiciones de carácter biologicistas y demográfico.[6] Desde este enfoque la juventud supone la transición de la niñez a la adultez, que se inicia con la pubertad y la adquisición de la capacidad reproductiva, terminando con en el momento de la madurez fisiológica.
Desde el siglo xx, las diversas recreaciones y límites entre adultez y juventud se han intentado comprender desde la complejidad en tanto figuras articuladoras de las nuevas relaciones entre edad social y biológica (Bourdieu, 1990; Morin, 1999). Un dilema que, ilustrado por Néstor García Canclini (2004: 167), nos ayuda a comprender que la averiguación sobre lo que significa ser joven es, sobre todo, una pregunta por el tiempo.
Durston (2000a) avanzó en definiciones más complejas que fueron dejando atrás visiones estrictamente cronológicas. Surgieron así conceptos con énfasis en la socialización, situando a las juventudes como objeto progresivo dependiente de condiciones socioculturales e históricas más que individuales y genéticas.
Estas perspectivas se fueron convirtiendo tardíamente en centrales para reconceptualizar la juventud en América Latina (González Cangas, 2003), que con el correr de las décadas fue consolidándose, sobre todo en el discurso académico, como una etapa de desarrollo emergente, un periodo opcional, no universal (Pérez Islas, 2008: 25).
Infancia, juventud o vejez son categorías imprecisas, con límites borrosos, lo que remite, en parte, al debilitamiento de viejos rituales de pasajes relacionados con lugares prescriptos en las instituciones tradicionales y, sobre todo, a la fuente y progresiva heterogeneidad en el plano económico, social y cultural (Margulis y Urresti, 2008: 13).
La juventud termina siendo un concepto que si bien parece ubicarnos en un marco clasificatorio preciso, enseguida nos confunde y nos induce a la ambigüedad y la imprecisión; por ello resulta necesario que las miradas sobre las juventudes se complementen desde la multiplicidad de situaciones sociales en que este trayecto de la vida se desenvuelve.
El concepto de juventud alude a una categoría temporal tanto si lo entendemos como clase de edad, como generación o como etapa biográfica. Dentro de la temporalidad juvenil, Enrique Gil Calvo (2009) distingue dos conceptos interrelacionados: el de trayectoria y transición. La trayectoria es el resultado último de la estrategia personal adoptada como hoja de ruta durante la juventud para planificar la construcción del futuro adulto (Gil Calvo, 2001); las transiciones son las tácticas esgrimidas a corto y mediano plazo para tratar de alcanzar los objetivos estratégicos previamente adoptados.
Las investigaciones sobre juventud han demostrado que las transiciones de los jóvenes a la vida adulta se han vuelto mucho más prolongadas y complejas, lo que ha puesto en jaque al régimen fordista del tiempo. La transición entre la educación y el empleo y los procesos de autonomización de los jóvenes –que en las sociedades de posguerra se describían como lineales y predecibles– se vuelven, en consecuencia, diferenciados y fragmentados, transformando las trayectorias juveniles en biografiadas e individualizadas (Bendit, 2013).
Estas y otras transformaciones permiten identificar el nacimiento de una nueva condición juvenil (Miranda, 2006), que emerge de la crisis de las dos instituciones tradicionales de transmisión de la cultura legítima –la educación y el empleo–, quedando los grupos familiares como principal sostén estructural y subjetivo del tránsito hacia la vida adulta.
La nueva condición tiene como atributos centrales, por un lado, la fuerte autonomía individual referida principalmente a aspectos emocionales y afectivos y, por otro, el retraso en la emancipación económica del grupo familiar de origen, vinculado a la escasez de oportunidades laborales, entre otros factores (Miranda, 2006: 17-18).
El ciclo de vida tripartito (niñez-adolescencia-adultez), propio de la sociedad industrial, experimenta así profundas transformaciones (Oddone, 2013), por lo cual las trayectorias biográficas de los individuos ya no siguen la clásica consecución de tres etapas de la vida. Beck (1998) ilustra este fenómeno a partir de una creciente desestandarización del trayecto de las edades.
La teorización de la condición juvenil en torno a las nociones de trayectoria y transición aparece como una tercera vía teórica posible, a fin de superar los sesgos de las otras dos corrientes (ciclo de vida y generación), “sin caer en pretensiones ni eclecticismos fáciles, y encontrar un camino que permita un enfoque de la juventud más sociológico, más político y también más próximo a las elecciones racionales y las emociones de los actores”, afirma Casal (2013).
De esta manera la juventud se entiende como un tramo dentro de la biografía, que va desde la emergencia de la pubertad física hasta la adquisición de la emancipación familiar plena, y desde la salida del sistema escolar hasta la inserción laboral y el acceso a un domicilio propio e independiente; es decir, se orienta la delimitación del concepto hacia la adquisición de posición social y de emancipación familiar, cuestiones que rebasan el enfoque etario.
En una mirada integradora de las categorías hasta aquí exploradas, Margulis y Urresti (2009) creen necesario avanzar sobre definiciones de la juventud en el plano material y simbólico. La propuesta es asumir que la categoría joven no es sólo un signo ni se reduce a los atributos de una clase en particular; presenta diferentes modalidades y depende de variables que pueden presentarse a veces antagónicas.
Culturas digitales juveniles
El sujeto juvenil en el mundo occidental contemporáneo se ha configurado en función de cinco elementos centrales: los dispositivos de socialización-capacitación de la fuerza del trabajo, el discurso jurídico, la llamada industria cultural, los dominios tecnológicos y la globalización. Esto significa que los jóvenes han adquirido visibilidad social como actores diferenciados y a la vez definidos; en líneas generales, como sujetos pasivos que se clasifican en función de competencias y atributos que una sociedad considera deseables para dar continuidad a cierto modelo asumido (Reguillo, 2012: 40-41).
Una mirada en perspectiva de los avances sobre la problemática en Occidente durante los últimos dos siglos permite, en paralelo, localizar tensiones estructurantes en la construcción de conocimiento, y problematización en torno a los jóvenes y las juventudes. Se trata de grandes disputas que integran elementos tan diversos como la institución educativa, la edad, el trabajo, el vínculo intergeneracional, la identidad, el género, los cuerpos, la clase social, la cultura, las temporalidades y, más recientemente, las TIC (Centeno, 2020).
En tanto proceso social de significación, la cultura abarca el conjunto de mecanismos de producción, circulación, consumo y reproducción de la sociedad (García Canclini, 2004). Diversos factores históricos confluyen para que en la era digital las sociedades profundicen su camino hacia la heterogeneidad, la explosión y dispersión de las referencias culturales e identitarias.
El digitalismo aceleró las profundas transformaciones en las culturas del último siglo, a distintos ritmos y con matices. Algunos años antes de las primeras pruebas de internet, McLuhan (1964) ya introducía la tecnocultura como dimensión analítica, en tanto Pierre Lévy (2007: 6) aparecería décadas más tarde con la noción de cibercultura: el conjunto de técnicas materiales e intelectuales, de prácticas, de actividades, de modos de pensamiento y de valores que se desarrollan conjuntamente en el crecimiento del ciberespacio.[7]
Alejandro Piscitelli (2002: 22) sostiene que la tecnocultura es también una entrada a nuevas ecuaciones del tiempo y el espacio, un ambiente caracterizado por la naturalización de un entorno artificial, la proliferación de objetos interactivos, la multiplicación de interfaces, y la aceptación de la robotización y el automatismo. Modos culturales que se complementan con nuevas formas de aislamiento y sobrecarga cognitiva, de dependencia, de dominación, de explotación y de “tontería colectiva“ (Lévy, 2007: 18).
Siguiendo a Scolari (2008), la evolución de las ciberculturas puede dividirse en cuatro fases:
- las “ciberculturas populares“, a partir del despliegue de la web;
- las “ciberculturas académicas“, preocupadas por las comunidades virtuales y las identidades en línea;
- la “cibercultura crítica”, que centró su interés en las relaciones entre lo social, lo cultural y lo tecnológico, y
- los “estudios de internet”, nuevas e interdisciplinarias conversaciones científicas en torno a la red.
Cualquiera sea el ingreso temporal, la emergencia y extensión del ciberespacio es fruto de un movimiento social liderado por la “juventud metropolitana educada“, concluye Lévy (2007: 99). Tres constataciones llevan al filósofo francés a formular tal tesis: la interconexión, la creación de comunidades virtuales y la inteligencia colectiva.
Luego de teds, mods, rockers y skinheads, otro tipo de subculturas juveniles comenzaron a alumbrar una época distinta en el estudio de las juventudes, sus expresiones y formas de organización. A fines del siglo xx, clubbers y ravers (Thornton, 1995; citado en Feixa y Nofre, 2012) se ubicaron en el amanecer de una nueva juventud que se expandía sobre la cresta de la música electrónica.
En paralelo, los temores y condicionamientos sociales preexistentes sobre las redes de computadoras cambiaban hacia finales de la década de los setenta. La cultura nerd (Turner, 2006; citado en Van Dijk, 2016: 20) surgió entonces por una adhocracia de pares, antecedente de lo que más adelante se profundizaría con la aparición de los hackers (Himanem, 2002) como primeros fetiches de las emergentes ciberculturas juveniles.
Marcelo Urresti (2008: 46) cree, en efecto, que el mundo de vida de los jóvenes del nuevo siglo dispone, a partir de las TIC, un renovado sistema cultural compuesto de nuevos objetos, modos de comunicación que les son propios, formas de consumo y prosumo[8] divergentes a sus antecesores en la línea temporal, formas sobreexpuestas de intimidad y una conformación comunitaria en la que priman “lazos de pertenencia tribal”.
Alejandro Piscitelli (2002: 25) se refiere a esta etapa como la del estallido de las categorías ancestrales que definieron la interacción humana: la ruptura de la narrativa lineal, la emulación del comportamiento neuronal en paralelo, la instauración del modelo de obra abierta y el intercambio dinámico de roles entre autores y lectores. Estas dinámicas hipertextuales son el paradigma de la nueva forma de construcción colectiva de sentido, en un desplazamiento que va del cálculo numérico a las realidades virtuales, de lo escritural a lo operacional; un cambio tan significativo como el paso de la oralidad a la escritura (ibidem, pág. 26).
Un sistema en el que el acceso es asimétrico y configura distintos tipos de experiencias comunicacionales en diversos escenarios socioculturales. Desde este lugar se cuestiona el tecno-idealismo que forja el concepto de nativos digitales (Prensky, 2001). Es tan impreciso pensar que todos los que nacen después de internet tienen las mismas posibilidades de conectarse como asumir que todos los jóvenes son seres automáticamente informados (Boyd, 2014: 177).
La noción de nativo digital descubre una cultura global, una agencia, que no está definida estrictamente por la coyuntura generacional (Palfrey y Gasser, 2010). Las investigaciones de Eszter Hargittai (2010) aportan en este sentido que las habilidades tecnológicas de los jóvenes están fuertemente correlacionadas con la calidad de acceso a la red, cuestión directamente relacionada al estatus socioeconómico de los sujetos. De allí que muchos jóvenes, idealizados como conectados por defecto, digitales desde su nacimiento, más que nativos son bastante ingenuos digitalmente (ibidem, 2010).
En cualquiera de los ingresos a la tecnocultura, los jóvenes manejan estrategias diversas para enfrentar la incertidumbre, la estrechez de los mercados, las relaciones con la escuela, el consumo mediático o la activación política, que se vive y encara de modos múltiples. Emergen sujetos fuera de las jerarquías oxidadas; más imaginativos, pero también más precarios.
Y es que ante la fuga de oportunidades, los jóvenes terminan elaborando sus propias formas de organización que actúan hacia el exterior como “criterios de protección y seguridad ante un orden que los excluye y, hacia el interior, como espacios de pertenencia y adscripción identitaria, a partir de los cuales es posible generar un sentido compartido sobre un mundo incierto” (Reguillo, 2012: 13).
El imaginario en torno a la “sociedad de la transparencia” y el auge de la desintermediación como fetiche del siglo xxi mantienen viva la ilusión sobre que los grupos sociales, en particular los jóvenes, pueden engañar al sistema, hackear la Matrix (Wachowski y Wachowski, 1999). Crary (2015: 72) trae a este plano el “mito del hacker“ como una imagen que perpetúa la fantasía de que la relación asimétrica entre individuo y la red puede torcerse de modo creativo a favor de la sociedad y, en especial, de los más desvalidos.
La discusión de fondo aquí es la precaria relación que tienen los jóvenes con el futuro, un escenario en el que fijarse objetivos remotos y “sacrificar el presente” en nombre de la incertidumbre no resulta una respuesta atractiva, al menos no tanto como “viajar livianos” en un mundo en el que el futuro es, en el mejor de los casos, borroso, peligroso y lleno de riesgos (Bauman, 2002: 173).
De allí que muchas veces estos jóvenes parezcan desimplicados, apáticos, como en fuga hacia alguna parte (Giroux, 1996: 9). Como el Marty McFly de Volver al futuro (Zemeckis, 1982): los jóvenes son viajantes del tiempo sólo para escapar al presente. Una travesía que puede volverse menos divertida y más traumática si el trayecto es como el de los perdidos de Lost (Abrams, Lieber, Lindelof, 2004-2010), sujetos de la fuga eterna, la indefinición y la invisibilidad.
Junto al debilitamiento social de los controles familiares y la crisis de la familia patriarcal se inserta un desordenamiento cultural que se refuerza por las tecnologías digitales (Martín-Barbero, 2002). En este punto, el discurso público sobre las culturas juveniles constituye un ámbito contradictorio de ponderación de los alcances de las TIC.
Por un lado, la actividad digital de los jóvenes aparece frecuentemente juzgada por las organizaciones tradicionales de la sociedad industrial. El agro también es testigo de los diversos temores y moralismos que se erigen en torno al joven conectado, preocupaciones que se asocian generalmente al uso del teléfono móvil y a la interacción en las redes sociales. Así aparece en los relatos recogidos en el trabajo de campo en San Luis:
A veces los jóvenes se encierran con el celular y eso a los mayores no les cierra mucho (Emiliano, 26 años, productor hortícola). [9]
Subís una foto y ya te tildan de cualquier cosa (estudiante secundario, grupo focal realizado en el sur de San Luis).
En general los jóvenes están cada vez más callados y cada vez más metidos en el teléfono. Cuando vos ves que no hay un nexo con ellos, se meten de cabeza al teléfono. Creo que eso los hace poco conversadores, muy tímidos. No tienen tapujos para hablar de ciertos temas pero no son fluidos para iniciar el dialogo […] Antes la palabra era sagrada. Vos llegabas a un acuerdo y eso permanecía intacto. Eso ahora cambió, los jóvenes se olvidan de lo que acordamos, no lo registran (Silvana, 52 años, asesora técnica).
La juventud es muy difícil que te venga a vivir al campo y si vienen al campo te piden que tengas internet y todas esas comodidades […] Hay una crisis de responsabilidad, tenemos cuidado a quien subimos arriba del tractor (Diego, 41 años, asesor ganadero).
Lo primero es desconfiar de los jóvenes. Los adultos piensan que hacés todo con poco esfuerzo. En el laburo siento que siempre tengo que hacer un esfuerzo extra por ser joven y por ser mujer … mucho más (Florencia, 33 años, emprendedora tecnológica).
La estigmatización sobre el uso de internet convive con miradas positivas sobre las culturas digitales juveniles, escenarios de revitalización de la política, dinamización de la economía, amplitud al dialogo, implicación en la transformación social. Las entrevistas de campo permiten vincular este tipo de beneficios a la incursión juvenil en actividades como el trabajo y el dialogo presencial:
Los chicos son mucho más abiertos, menos especuladores que los más viejos. Son muchos más fluidos en eso; son más abiertos a la asistencia técnica y al trabajo en red, son más francos también. Al toque sabés si le interesa o no […] Los veo muy entretenidos en las relaciones humanas, se vinculan más y con este tipo de tecnologías. Los llama a conversar en el pueblo, a diferencia que los viejos que son más cerrados (Silvana, 52 años, asesora técnica).
Muchas veces los adultos subestimamos y pensamos que los adolescentes están solo en el día a día, no piensan. Y cuando te ponés a escucharlos hablar de temas de la realidad, te das cuenta que están metidos, que no es tan así. Los temas que tratan son muy buenos y uno aprende mucho cuando los escucha (docente de nivel secundario, grupo focal realizado en el sur de San Luis).
En el choque entre prejuicios y ventajas, las miradas sobre las tecnoculturas juveniles suelen despreciar el mismo poder de interacción que luego es ponderado como motor de cambio. La balanza se inclina por ubicar los perjuicios en el plano de la sociabilidad online y las prácticas desintermediadas, donde los jóvenes transcurren con mayor autonomía, y los beneficios en los ámbitos consagrados de la sociedad industrial analógica, bajo el control de la “policía de las edades” (Oddone, 2013) que representan los adultos y las instituciones.
El escenario plantea una desconcertada reorganización profunda de los modelos de socialización contemporáneos, que instituciones como la familia, el Estado, el mercado y el sistema educativo suelen resistir: “ni los padres constituyen el patrón-eje de las conductas, ni la escuela es el único lugar legitimado del saber, ni el libro es el centro que articula la cultura” (Martín-Barbero, 2002).
Pensar las juventudes desde sus consumos y prácticas culturales puede resultar un camino de nuevos puentes entre deber y ser, nuevos diálogos y modos ambientales de comprender a los jóvenes desde el lugar en el que ellos desean habitar el digitalismo y no desde el casillero donde se pretende que permanezcan disciplinados.
Territorios rurales en movimiento
La agricultura familiar es una actividad ancestral de la humanidad, la forma predominante de trabajar el campo en el mundo (Graeub et al., 2016). Su conceptualización contemporánea alude a un modelo de organización rural de vida comunitaria, centrada en las relaciones sociales locales entre una constelación de actores, iniciativas y procesos.
Los lazos familiares, productivos y tecnológicos que atraviesan la actividad, habilitan un ámbito posible, y a la vez relevante, para pensar la comunicación, el digitalismo y las culturas juveniles, sus dilemas, despliegues y estrategias en un mundo tan interconectado como conflictivo.
Estas lecturas no pueden realizarse al margen de los ámbitos de reproducción social de los sujetos agrarios. De allí la relevancia de codificar la contemporaneidad a partir de las interfaces territoriales, atravesadas hoy por un proceso de rescate y revalorización de los espacios en común, según lo marcan diversos autores (Coraggio, 2008 y Madoery, 2008, entre otros). Se trata de encuentros que pueden adquirir diversos matices y tonalidades, articulando distintas dosis de conflictos, oportunidades, problemas, expansiones, tensiones y beneficios.
Desde que la sociedad industrial se definió como un proceso civilizatorio, uno de cuyos elementos fundamentales fue la urbanización, podría pensarse que lo rural nunca se ha definido específicamente (Baigorri, 1995), quedando como una categoría residual de “lo que aún no es urbano”.
La dicotomía ciudad-campo se viene planteando en términos de polarización y luego de oposición, con una consecuente jerarquización de lo urbano por sobre lo rural, en una situación que evoca la conquista. Numerosas discusiones contemporáneas rompen esas naturalizaciones y abren una nueva cartografía para la trama conversacional de la territorialidad contemporánea.
Con el auge de la deslocalización y la virtualidad, la ciudad emerge como una gran categoría sociocultural que incluso rebasa las cuestiones estrictamente urbanas. Y es que rever las matrices actuales de la ruralidad implica simultáneamente repensar la ciudad, lo cual se configura como un punto de quiebre (también de vínculos y comunicación) respecto de la relación histórica entre ambos espacios, en un desplazamiento que va de la polarización a la confluencia, de la lógica espacial a la socio-territorial.
Es lo que Augé (2007: 41) presenta como la “universalización de la ciudad“, un ámbito de reproducción y tránsito del homo mobilis (Amar, 2011), en el que se trazan, desdibujan y reescriben nuevos bordes, fronteras y barreras; un escenario en donde la ciudad “se alarga y se disloca” (Augé, 2007: 36).
Fenómenos como la postmetrópoli (Soja, 2008), la contraurbanización (Arroyo, 2001), la neoruralidad (Trimano, 2007) o la rurbanidad (Cimadevilla y Carniglia, 2009), entre otros, hacen evidente una operación de influencia mutua entre el espacio percibido (lo material), el concebido (lo imaginado) y el vivido. En este interdiálogo, las TIC, las migraciones poblacionales y la llegada de aparatos socioespaciales como centros comerciales y barrios cerrados van cambiando la imagen que los pobladores tienen sobre su entorno, al mismo tiempo que mutan sus prácticas para hacerlas consistentes con estas nuevas formas de ejercer y transitar el mundo (Greene, 2014: 13).
Lo que une estos fenómenos de ruptura y apertura del espacio es un rasgo contemporáneo de la sociedad posindustrial: a la par de la histórica mirada desde las migraciones, emerge el commuting como rasgo distintivo de la era de las movilidades pendulares de una sociedad inquieta que desafía al arraigo como categoría central de la reproducción sociocomunitaria.
Newby (citado en Camarero, 1993: 49) destaca la larga e infructuosa búsqueda de una definición sociológica de lo rural: “una renuncia a reconocer que el término rural es una categoría empírica y no sociológica” (1983: 20). A partir de allí, las diferencias entre las comunidades rurales y la sociedad global desaparecen como consecuencia del incremento de la movilidad individual; el hábitat social desborda al asentamiento y se convierte en hábitat regional.
Al analizar las reconfiguraciones de las formas de organización del mundo rural en las últimas décadas, Marcelo Sili (2010: 26) destaca la creciente diferenciación y fragmentación social, a partir de la masiva transformación tecnológica en las comunicaciones digitales y el aumento de la movilidad espacial de los sujetos agrarios.
Así, desde el punto de vista sociocultural:
la movilidad permite diversificar las formas y los modelos de construcción social de la realidad modelando una profunda transformación de los territorios rurales, especialmente desde su dimensión social. En efecto, la mayor movilidad permite a los hombres incorporar mayor información, aumentar el capital cultural y además construir representaciones y relaciones sociales muy diferentes a las locales, lo que genera con el tiempo modelos culturales y grupos sociales muy diferentes dentro de una misma área rural (Sili, 2010: 26-27).
La movilidad es un fenómeno que excede al hábitat rural y se inscribe en un contexto mayor en donde confluyen diversas variables como la profundización de la globalización, la creciente migración inversa y pendular, la proliferación de la comunicación móvil, el aceleramiento tecnológico, la multiterritorialidad (Haesbaert, 2013), el nomadismo como característica de época y la necesidad imperiosa de nuevas estrategias de desplazamiento del ser humano en un espacio cada vez más congestionado y conflictivo.
Para Marc Augé (2007), el escenario impulsa una nueva antropología del espacio y la movilidad.
La movilidad sobremoderna se refleja en el movimiento de la población (migraciones, turismo, movilidad profesional), en la comunicación general instantánea y en la circulación de los productos, de las imágenes y de la información. Asimismo, señala la paradoja de un mundo en el que, teóricamente, se puede hacer todo sin moverse y en el que, sin embargo, la población se desplaza (Augé, 2007: 15-16).
El fenómeno de la movilidad debe ser examinado en términos de interdependencias fluidas entre diversas esferas, que establecen entre sí conexiones desmaterializadas, involucrando personas, máquinas, imágenes, información, poder, política, dinero, ideas y todos “los peligros que implica estar en movimiento” (Sheller y Urry, 2006: 221-222).
Hablar de la movilidad como fenómeno cultural habilita una lectura holística. La movilidad deviene así en un “cuasiderecho social”, como la salud, la educación o un servicio público: “la movilidad es entendida cada vez más en términos de creación de relaciones, de oportunidades y de sinergias” (Amar, 2011: 13-14).
Georges Amar (2011: 73) utiliza el término de religancia como una manera de expandir el significado de la conectividad en la era móvil. La noción intenta ir más allá de las redes físicas y nodos de interconexión digital y contiene los modos de socialización y contacto que proliferan entre personas multimodales, comunicantes, cocreadoras y coproductoras de su propio mundo.
Se trata de un proceso álgido de enriquecimiento del capital relacional que para su reproducción intercala formas reales, virtuales e híbridas. La noción de religancia proviene del sociólogo belga Marcell Bolle de Bal (2000; citado en Amar, 2011: 73) quien se refiere al acto de unir-unirse y sus resultados.
Llevando estas nociones al campo de la ruralidad, Marcelo Sili afirma que estamos en presencia de un
modelo de organización rural fragmentario, que se caracteriza por la existencia de fragmentos socioterritoriales rurales que integran diferencialmente a la sociedad global, con lógicas de funcionamiento económicas y sociales específicas que definen en consecuencia diferentes modelos productivos, valores y representaciones sociales, así como diferentes modos de relación al espacio y la cultura local construida históricamente. Así se puede hablar de una multiplicidad de espacios rurales para una única área geográfica, donde cada uno de estos fragmentos rurales tiene su propia lógica, su propia red de actores, usuarios, administradores, etc. que son específicos y muchas veces no locales (2010: 32).
Este modelo de fragmentación y movilidad, continúa Sili (2010: 32-33), ya no considera la oposición rural-urbano como el modelo dicotómico, ni la existencia de un continuum donde la ciudad tiene que integrar al campo para su beneficio, sino la emergencia de ámbitos que conviven, dialogan y colisionan, generando nuevos y desconcertantes conflictos.
Otras formas de hacer el agro
La fragmentación de las relaciones socioeconómicas se encuentra en el centro de las transformaciones de los espacios rurales en el marco del paradigma de la movilidad. Sili (2010: 27) refiere un doble proceso en donde la “deslocalización funcional“, tanto en la adquisición de bienes y servicios como de canalización de la renta, confluye con la “deslocalización social y cultural“, que genera la fragmentación territorial.
Existen ejemplos variados de este tipo de configuraciones en Sudamérica: en Argentina, Brasil y Paraguay los productores de soja manejan sus explotaciones agropecuarias desde las principales ciudades, en muchos casos a cientos de kilómetros del lugar de producción; además comercializan a distancia, compran insumos en ciudades distantes y emplean personal de otras provincias o regiones del país.
El panorama no es exclusivo de los exportadores y las empresas agrícolas. El fenómeno de la movilidad detona formas multimodales de gestión también en la pequeña y mediana agricultura familiar. Las juventudes emergen en este contexto como actores relevantes en una metamorfosis que afecta los modos históricos de comercialización, comunicación, producción y gestión de este sector predominante en la economía agraria mundial y nacional.
Gestión, virtualidad y dislocación
Para los jóvenes de San Luis, internet ocupa un rol relevante y crucial en su vida. Aun cuando posean dificultades de acceso o manifiesten poco interés en las tecnologías, la esfera digital transversaliza clases sociales, atraviesa en alguna parte diversas actividades productivas y penetra donde otras tecnologías no pudieron ingresar.
De los testimonios recogidos en el estudio situacional, puede reconstruirse que, a partir de las TIC, los jóvenes (aunque no solo ellos) están encontrando salidas más eficientes para el monitoreo y la planificación del agro. La eficiencia en este contexto adquiere valores que exceden lo económico y productivo; se destaca su importancia en el mejor aprovechamiento de los recursos naturales, la reducción del impacto ambiental, el ahorro energético, la recreación, la sociabilidad y la administración del tiempo, un bien muy preciado para pequeños y medianos productores que poseen diversas ocupaciones.
Yo trabajo con el WhatsApp; a mis clientes les mando fotos, videos, todo por WhatsApp […] Yo no vivo en el campo y cada vez que voy me tengo que organizar bien, tengo que tener disponible como mínimo cuatro horas para ir, trabajar y volver. Es mucho más fácil vivir en el campo para trabajar, pero bueno no siempre se puede. A mí me tiene que rendir el tiempo (Gastón, 26 años, productor forestal).
Si me tengo que comunicar con alguien el celular ayuda mucho. Ayuda a ahorrar mucho tiempo (Javier, 39 años, productor hortícola).
Cuando estoy en la calle no lo uso mucho, en el campo le doy más utilidad. Yo tengo unas hamacas paraguayas puestas arriba de un árbol, como a tres metros del suelo. Y ahí me pongo a ver Netflix cuando agarro buena señal (Juan, 28 años, productor hortícola).
En su figuración de un mundo con bordes imprecisos y la recreación de la territorialidad desde la movilidad, los jóvenes trastocan algunos modos de gestionar la explotación familiar, ya sea desde su interior, en los casos que la estructura familiar haya favorecido o contenido su inserción, como por fuera de ella, asesorando técnicamente o emprendiendo un proyecto propio.
Con ello, se modifican también las prácticas productivas, se tuercen hacia la virtualidad lo más que pueden. Aún en los casos de sujetos agrarios que residen cerca de la unidad de producción, la presencialidad es una variable que cambia de valor con el avance digital; aún se considera relevante pero ya no es excluyente, se reserva para situaciones críticas en las que las tecnologías disponibles no permiten solucionarlas a la distancia.
Uno de los apéndices de la gestión en el agro es el registro, tarea que según los sujetos consultados también se resignifica desde las tecnologías digitales. Crece la virtualización de la tarea agraria a partir de las posibilidades que las TIC abren para almacenar y procesar información a través de software especializado, registrar acuerdos en la nube, trabajar con documentos compartidos y hojas de cálculo digitales.
A mí me encanta la tecnología y siempre trato de tener el último teléfono. Me sirve un montón, lo uso en el campo aún así sea cuando no tenga señal. Tengo planillas de Excel, hago videos de los animales, de la condición corporal, saco fotos de la bosta… (Pablo, 46 años, productor ganadero).
WhatsApp lo usamos como un acta, como un resguardo de acuerdos. Es como una nueva forma que tuvimos que encontrar para establecer acuerdos y entablar el dialogo con los chicos de ahora (Silvana, 52 años, asesora técnica en la agricultura familiar).
No hago registros de producción pero estoy empezando a hacerlos; los tengo anotados en el papel y los tengo que pasar a la computadora. Los papeles siempre se pierden así que cuando puedo paso todo a la computadora (Emiliano, 26 años, productor hortícola).
Internet no aparece en el relato de los consultados con un carácter eliminativo frente a otras tecnologías y modalidades vigentes en la explotación familiar. En ámbitos de la producción, no se perciben como herramientas completamente supletorias de la intervención humana o la intermediación técnica de otras naturalezas; se consideran complementarias y ampliatorias de los procesos agrarios.
En este contexto, de acuerdo a lo relevado en San Luis, las tecnologías digitales son un engranaje entre otros de la producción, un proceso de adopción y adecuación híbrido en el que los sujetos articulan prácticas digitales y analógicas en el trabajo cotidiano. Esto confirma el carácter acumulativo de la praxis digital que se introduce en la gestión agropecuaria como un elemento que articula innovaciones tecnológicas con ritos y habitus históricos.
Al campo vas con un papel y un lápiz. No es un impedimento no tener señal. Llego a mi casa y paso todo a la compu. La cámara de fotos la llevo siempre. El GPS, el teléfono son esenciales. Uso mucho los registros meteorológicos. Programo todas las visitas con el teléfono y me ayudaba a estar en contacto con los productores y organizar todo mi trabajo a campo (Vanesa, 33 años, asesora agrícola y emprendedora forestal).
La creciente movilidad del sujeto agrario contemporáneo tiene un correlato en la, cada vez mayor, cantidad de aplicaciones que ofrecen soluciones digitales a problemas de la gestión agropecuaria en su amplio espectro y diversidad socio-productiva. La limitante ya no es la conectividad sino la disponibilidad de software capaz de desenvolverse en contextos de tránsito móvil y conectividad inestable.
De esta manera, los teléfonos celulares se configuran como una herramienta crítica para habitar estos espacios híbridos y transicionales, en donde se habilitan “multitrayectorias“, “movilidades múltiples“ en términos de Sheller y Urry (2006: 212); renovadas formas de gestionar el espacio.
No sólo los smartphones están introduciendo transformaciones en los modos de gestionar en el campo. Las herramientas tecnológicas de la denominada agricultura de precisión están penetrando también en la agricultura familiar, con especial énfasis en los sectores de mayores posibilidades de capitalización.
Se abren en paralelo nuevos espacios en el mercado de servicios agrícolas, que habilitan el ingreso al agro de nuevos jugadores, como los jóvenes emprendedores que desarrollan servicios digitales.
A los productores les encantan los drones. Cuando vas al campo con el aparato se vuelven locos. Hay muchísimas cosas que se pueden hacer y en San Luis recién estamos empezando. Yo personalmente construyo partes de los drones, los adapto para nuestros vientos y zona. Como también le hago a la impresión 3D, me encargo de diseñar e imprimir algunas partes (Víctor, 28 años, emprendedor tecnológico).
Descubrir otros modos de gestión en el agro introduce una preocupación: alentados por las posibilidades que abren las TIC, los jóvenes se ubican preferentemente en puestos de gestión y administración, agravando más aún la seria carencia de mano de obra agrícola (INDEC, 2006) en áreas críticas como las tareas de mantenimiento, la atención manual de cuestiones sanitarias o el manejo del rodeo.
La situación es congruente con las preocupaciones que organismos nacionales e internacionales vienen manifestando sobre la configuración del futuro del trabajo a partir del avance biotecnológico, en el que internet, la inteligencia artificial, la automatización y otras tecnologías exponenciales (Ismail, Malone y Van Geest, 2016) están cambiando la naturaleza de la mano de obra humana.
Estadísticas del Ministerio de Trabajo de Argentina (Guzmán, 2018) indican que, en promedio, el 65 % del empleo se verá interpelado por el cambio tecnológico; habrá sectores en los que la incorporación de nuevas tecnologías ayudará a crear empleo, pero habrá muchos otros en los que generará lo contrario. En el agro, contratistas, vendedores, peones rurales y mecánicos agrícolas tienen entre un 75 % y un 97 % de posibilidades (Scott, 2017) de ser reemplazados por una máquina, una plataforma o una aplicación online. Y el escenario es anterior al brote de la COVID-19, que, de acuerdo con lo que preliminarmente están analizando diversos organismos multilaterales, terminará por acelerar y profundizar estos cambios.
Producción, nuevas destrezas de ver-ser-hacer
La virtualización de las tareas y actividades agropecuarias redibuja las relaciones socioespaciales, impulsa un desanclaje del sujeto agrario. Con la digitalización, el campo pasa de ser el eje de toda la actividad agraria a un sitio al que acuden los actores agrarios para la explotación de los recursos naturales. De esta manera, el esquema de organización rural cambia sustancialmente debido a la movilidad (Sili, 2010: 27-28), creando otros patrones de organización espacial dispares.
Yo tengo clientes de la veterinaria que me hacen una videollamada para mostrarme los animales y yo online les digo qué tienen […] Yo le puse conexión a internet al campo. Hicimos una conexión punto a punto con wifi público del pueblo. Conecté también unas cámaras y veo el movimiento del rodeo porque por mi laburo profesional no puedo estar todo el tiempo en el campo. Con esto yo puedo estar todo el tiempo en el campo sin necesidad de estar físicamente (Eduardo, 39 años, productor ganadero y médico veterinario).
El celular lo tiene todo el mundo hoy. Hasta cualquier puestero del campo te manda un mensaje sobre cuánto llovió, si heló o no heló. Yo hago asesoramiento agrícola y de las primeras cosas que me fijo es que los puesteros puedan tener acceso a eso para que me lo informen apenas puedan; ellos son los ojos que miran todo lo que necesitamos saber del campo. Eso te agiliza mucho. En época de picado de maíces si heló necesitás tener el dato lo antes posible (Matias, 28 años, asesor agrícola).
A nivel global, algunas tareas agrarias que se dislocan con la irrupción de las TIC, en especial de internet, son el registro y la previsión climática (que se automatiza mediante estaciones meteorológicas de bajo coste o aplicaciones de acceso gratuito),[10] la detección temprana de enfermedades, la comercialización, el intercambio entre pares y la comunicación con el asesor o técnico mediante aplicaciones de mensajería instantánea, WhatsApp, principalmente.
Al mismo tiempo, internet abre nuevas formas de adquirir el oficio agrario. Los jóvenes, y por su intermediación, otros integrantes de la familia desarrollan una estrategia desintermediada de las entidades que, hasta antes de la web, eran las responsables de la inducción técnica. YouTube se posiciona como un nuevo acceso a la práctica agropecuaria, una nueva ventana de aprendizaje distinta a los padres, el ingeniero agrónomo, el médico veterinario, la escuela o la universidad.
Yo leo mucho de internet, muchas de las cosas que aplico hoy en la huerta las he sacado de ahí, manuales, instrucciones, libros. En la computadora hago búsquedas de información, me bajo libros, veo videos […] el celular lo uso más para lo instantáneo, para comunicarme con la gente […] Ahora estoy con un micro túnel que quiero armar y lo estoy aprendiendo a hacer por YouTube. Ahora tengo que terminar de comprar los caños y casi lo tengo listo (Emiliano, 26 años, productor hortícola).
No tenemos internet en el campo y nunca pensamos en poner conectividad porque ni siquiera tenemos luz rural. Cuando estoy en casa me conecto. En YouTube aprendemos cómo manejar algunas cosas del ganado (Joaquín, 36 años, productor ganadero).
Yo uso mucho el YouTube para aprender a hacer cosas que no sé (Vanesa, 22 años, empleada de escuela rural).
En este proceso, los jóvenes agropecuarios contemporáneos adquieren renovadas destrezas de ver-ser-hacer, a partir de su participación en procesos orientados a la resolución de problemas, conectados con su ámbito específico de interés; espacios que además se ajustan a sus tiempos y se plantean abiertos a la co-construcción con otros sujetos que se encuentran en similares condiciones.
Irrumpe así un sujeto de aprendizaje autónomo, interactivo y dúctil para combinar habilidades de producción, intercambio, consumo interactivo (Scolari, 2018) y aprendizaje colectivo. La inmersión cognitiva resulta gamificada, en tanto incorpora la implicación participativa de los actores mediante marcadores de prestigio social y otras tácticas de community building (Kim, 2000; citado en Pérez Latorre, 2013).
Estos nuevos ingresos al oficio agrario se producen en una cuádruple operación acumulativa que configura un tipo particular de proceso de aprendizaje: “aprender por la práctica”, “aprender por el uso”, “aprender por la interacción” y “aprender aprendiendo” (Pinch y Bijker, 2013: 243).
La búsqueda es la de trasvasar la centralidad de la escuela contemporánea, trascender las habilidades del aprendizaje centradas en la cultura general y avanzar hacia habilidades complementarias de la innovación y la creación, conocimientos para la vida y la carrera y, sobre todo en tiempos digitales, habilidades para la comunicación y la tecnología.
Sociabilidad y comercialización
Las aplicaciones de mensajería instantánea tienen especial implicancia en ámbitos geográficos aislados, donde no hay cobertura de telefonía fija o móvil. En estos ambientes, DirecTV y el wifi público[11] son, desde la llegada de la electricidad, las tecnologías que aportan nuevas salidas para la sociabilidad rural.
El teléfono acá no funciona, no hay señal, pero sí hay wifi público que tomamos desde la escuela. Con el WhatsApp estamos todos al día y nos mantenemos en contacto con todo el mundo, entre vecinos y con gente que nos compra la producción. Nadie sabe cómo llegar hasta el campo, pero le mandamos la ubicación por WhatsApp y nos encuentran (Graciela, 55 años, productora hortícola y dirigente de la agricultura familiar).
Tengo el celular para una básica comunicación, el celular es básico. Y si querés trabajar en grupo, más todavía. Lo que antes era el boca a boca ahora es el WhatsApp. Antes me preocupaba por ir casa por casa, ahora un mensajito y ya todos se enteraron, te contestan más rápido por ahí. Todo el mundo tiene WhatsApp, incluso en el campo. En los últimos dos años hay mucha gente que se han pasado al WhatsApp, mucha más gente tiene celulares (Emiliano, 26 años, productor hortícola).
Las cosas van mucho más rápido y eso que lo hacemos sin mucha internet. La comunicación con los empleados cambió rotundamente (José, 42 años, productor ganadero).
Las relaciones vecinales se revalorizan, aunque también comienzan a partir de un grupo de WhatsApp: ya sea en el desierto del oeste como en el llano sur sanluiseño, algunas comunidades rurales están naciendo virtualmente, a veces con algún correlato presencial, a partir del avance de la conectividad, iniciando un intercambio inédito entre actores agrarios que no se conocen físicamente.
Especialmente en la pequeña agricultura familiar, pero también en los estratos medios, WhatsApp introdujo, además, el comercio electrónico por primera vez en sectores que hasta algunos años atrás dependían exclusivamente de ferias o la venta predial.
La modalidad que dan cuenta los sujetos consultados es la de acordar los términos de intercambio por WhatsApp y entregar luego los pedidos presencialmente en la finca, permitiendo a los consumidores acceder materialmente a las condiciones de producción de los alimentos que luego consumirán. Algunos productores exploran además con plataformas de cobro virtualizadas.
La experiencia amplifica posibilidades para los productores más chicos puesto que, de esta manera, se prescinde del traslado de la producción hacia las bocas de expendio, una de las principales limitaciones para la venta de excedentes en los sectores más descapitalizados.
He descubierto que con el marketing digital podés hacer la diferencia; a mí muchos clientes me compran por un contacto que tenemos por internet, por Mercado Libre, Argentina.com, OLX, que es por donde yo estoy vendiendo ahora las rosas. Antes tenía que salir a Córdoba, repartir tarjetas, caminarla; ahora vendo todo por internet, no me muevo de acá (Gastón, 26 años, productor forestal).
Las tecnologías de la información son una gran facilidad para el campo. Yo uso todo lo que puedo. Aunque no creas, uso el teléfono en el campo para vender hacienda, sacar fotos, mandar videos. No tengo internet en el campo pero cuando vuelvo al pueblo paso toda la información cuando llego al pueblo. Para comercializar es una gran facilidad (Ezequiel, 19 años, productor ganadero).
Nosotros en la feria vendemos re bien, y las redes o el WhatsApp son una herramienta que se articula muy bien con lo presencial (Javier, 39 años, productor hortícola).
Acá es muy baja la señal de internet. Lo de las fotos por WhatsApp es fantástico, cambió todo. Antes había que venir sacar fotos, revelarla y armar una carpeta para que los clientes vinieran a ver al campo. Ahora mandás todo por WhatsApp, no imprimís nada (David, 22 años, productor forestal).
Los jóvenes emprendedores son los motores de esta forma emergente de comercialización que puede inscribirse en el marco de la emergencia de una “economía de las relaciones”,[12] con impactos para los productores, que amplifican sus canales de venta, como para los consumidores, que acceden a productos de manera más rápida y personalizada. Ambos actores ganan autonomía a partir de la desintermediación que promueven las TIC.
Estas formas de comercio electrónico representan una oportunidad inédita: la web, las redes sociales y las aplicaciones de comunicación instantánea impulsan nuevas narrativas sobre la agricultura familiar. La red provee diferentes oportunidades para hacer más visible el trabajo agrario; las estrategias de marketing digital actúan simultáneamente en los planos de lo material y lo simbólico, al permitir a los productores contar cómo producen y qué ofrecen.
Así, los agricultores enriquecen sus productos contando la historia detrás de ellos, agregan valor en origen desde la cultura agraria, jerarquizando su trabajo a partir del saber local, la experiencia y su condición de “sujetos de la tierra”.
En el caso de los productores hortícolas, este movimiento performativo provee a los consumidores de alimentos acceso al detrás de escena y a involucrarse con la historia humana y social detrás de los productos a los que acceden. Las narrativas de la producción agropecuaria se renuevan, se retroalimentan de la revaloración de lo rural (Pérez, 2001: 25), la visión de lo agrario como una nueva, aceptable y mejor alternativa para la vida.
Agromobilis: apuntes en pandemia
La actividad agropecuaria vive históricos y desafiantes momentos. A los vaivenes de la economía y la política agraria, la fragmentación territorial que impulsa la globalización, acoplada ahora a la crisis de la COVID-19, está forjando nuevos estándares socioculturales y desafíos para el desarrollo rural.
Las modalidades de la agricultura familiar presentadas en el último tramo de este texto emergen de ese contexto de cambios en el que confluyen tecnologías, imperativos del mercado, luchas de poder y contrapoder, con nuevas coordenadas de operación del espacio en pleno auge del digitalismo. Lejos de cambiarlo, la pandemia de 2020 terminó por confirmar (y expandir) este escenario, haciendo emerger con fuerza los facilitadores y obstaculizadores de la tecnocultura contemporánea, exponiendo bondades pero también desnudando brechas y restaurando viejos dilemas.
Mientras nos vamos a acostumbrando a la idea de una pospandemia de largo aliento, existe un consenso más o menos generalizado acerca que la COVID-19 terminó por acelerar muchos de los cambios ya en marcha. Si bien nuevos pliegues se abren a partir de esta crisis global, el grueso de esta “nueva normalidad“ a la que muchos refieren se caracteriza por la cristalización de sistemas centralizados de poder, brechas que se abren, inequidades que se expanden hacia lugares ya conocidos, fricciones geopolíticas que se acentúan, temores que se reeditan. Las tecnologías digitales no hacen otra cosa que catalizar este proceso, como lo vienen haciendo con otras transformaciones que han irrumpido en la escena contemporánea.
Aun cuando las perspectivas económicas alumbran algunos datos positivos,[13] el agro no es ajeno al torbellino de problemas, incertidumbres y desafíos que se expanden exponencial y espasmódicamente. Por efecto de la COVID-19, la faz operativa humana está avanzando hacia una vertiginosa etapa de desmaterialización, marea que difícilmente se repliegue completamente cuando la crisis culmine. En esta situación, las brechas de conectividad hacen evidentes, como nunca antes, el desbalance en el despliegue de infraestructura digital: en América Latina el 67 % de los hogares urbanos está conectado a internet, en tanto que en las zonas rurales sólo lo está el 23 % de ellos (CEPAL, 2020).
En términos de grupos etarios, los más jóvenes, junto a los adultos mayores son los que tienen menor conectividad, de acuerdo con un reciente reporte de CEPAL (2020): el 42 % de los menores de 25 años y el 54 % de las personas mayores de 66 años no tienen conexión a internet.
Los ámbitos rurales se enfrentan así al desafiante contexto actual con amplia desventaja ante la generalización creciente del teletrabajo y la educación en línea. Transcurridos los primeros seis meses de la pandemia, Naciones Unidas calculó que las probabilidades de teletrabajar de los ocupados por la agricultura en América Latina es de apenas el 1 %.[14] En el plano educativo, el 46 % de los niños y niñas de entre 5 y 12 años de la región vive en hogares que no están conectados a internet, principalmente grupos sociales de bajos ingresos o residentes en áreas rurales; esto implica la exclusión de más de 32 millones de chicos y chicas del sistema educativo (CEPAL, 2020).
Existe una segunda brecha digital, a veces negada, que se esconde detrás de la calidad de conexión. Dentro de los que gozan acceso a la red, el 44 % lo hacen de manera precaria al no alcanzar la velocidad de descarga necesaria para desarrollar diversas actividades en línea simultáneas. En consecuencia: se consolidan situaciones de exclusión en donde diversos sectores sociales quedan precariamente facultados o bien directamente inhabilitados del uso de soluciones digitales de teletrabajo y educación en línea, que han crecido en 2020 el 324 % y el 64 %, respectivamente, por efecto del coronavirus (CEPAL, 2020).
Las salidas que encontraron algunos colectivos de la agricultura familiar frente a tantas limitaciones son las mismas que en otras épocas. Las tecnologías digitales se suman como un engranaje entre otros de la producción agropecuaria, un proceso de adopción y adecuación híbrido en el que los sujetos articulan prácticas digitales y analógicas en el trabajo cotidiano. Esto confirma el carácter acumulativo de la praxis digital que se introduce en la gestión agropecuaria como un elemento que articula innovaciones tecnológicas con ritos y habitus históricos.
Las sociedades con problemas de acceso no están fuera de la red; desarrollan estrategias diversas que les permiten estar dentro desde fuera del sistema tecnológico que forja el capitalismo conectivo. Es lo que Reguillo (2012: 139) describe como “inclusión desigual“: en un sistema único como el actual ya no hay exclusiones plenas, nadie parece quedar del todo afuera; se trata ahora de un proceso de inclusiones cada vez más desiguales en el que millones de personas se ven forzadas a ocupar posiciones que, si bien los mantienen en un adentro social, no son más que espacios precarizados que se alimentan de la fantasía de la pertenencia.
En el ámbito específico de la agricultura familiar, el déficit de conectividad se zanja a partir del despliegue de modos sociotécnicos y trayectos de movilidad territorial (Urry, 2007) que permiten a los actores de la producción desplegar estrategias conectivas y aprovechar el actual microecosistema de plataformas, aún con conexiones físicas inexistentes o inestables.
Desde este punto de vista, los análisis sobre las brechas tecnológicas se resignifican desde un marco complejo de “adecuaciones socio-técnicas“ (Thomas, 2013). Una mirada desde la ruralidad, pero también desde cualquier otro ámbito rezagado en infraestructura digital, permite concluir que el acceso no puede definirse sólo en función del desarrollo tecnológico. En este contexto, información y conocimiento tampoco son variables que alcancen para medir el progreso.
No sólo las tecnologías digitales y los modos de gestión remota que ellas habilitan son eje central de esta praxis pre y en pandemia. Existe otro rasgo central y es la disposición de los actores agrarios en el espacio: ser sujetos pendulares por decisión, que deambulan, se articulan, encuentran y retroalimentan en las transiciones urbano-rurales.
Es así que la movilidad emerge como un concepto clave para entender los cambios socio-territoriales en el mundo agropecuario. En este sentido, las TIC se configuran como herramientas que permiten conectar espacios híbridos, en donde, de acuerdo a la evidencia recogida en el trabajo de campo, los jóvenes agropecuarios están pudiendo encontrar salidas contemporáneas y generacionales a limitaciones históricas de la gestión, la comercialización y la producción agraria.
Los resultados del estudio situacional realizado en San Luis descubren la coexistencia de diversas formas y niveles de penetración de las TIC en la agricultura familiar, una relación que en medio siglo –de acuerdo con la reconstrucción que hacen quienes participaron de la investigación– ha ido forjando distintos tipos de sujetos agrarios frente al cambio tecnológico, en donde los jóvenes son uno de entre otros actores relevantes.
El portador de estas transformaciones es un joven que se disloca y se reconoce itinerante, un navegante divergente de la ruralidad, un “nuevo tipo de actor que trabaja“ (García Canclini y Urteaga, 2012: 193), organizado en proyectos de corta y mediana duración, que se lanza a emprendimientos independientes pero que sigue atado a muchas de las formas que lo estructuran y estigmatizan como sujeto agrario desde sus inicios.
Si bien el teletrabajo y la gestión deslocalizada no son tareas nuevas que emergen con internet, ni son exclusivas de las recientes generaciones, resulta relevante el poder amplificador que las prácticas digitales juveniles tienen en el entorno agrario. Estas prácticas terminan siendo legitimadas en la covidianidad, [15] un modus que nace en el seno de las culturas juveniles y se expande hacia el resto de los sujetos agrarios. Al igual que en la introducción de la informática, primero, internet, después, también en el campo de los modos de gestión, los jóvenes vuelven a actuar como mediadores sociotécnicos intergeneracionales; se consolidan como actores fundamentales para entender la dispersión de la tecnocultura en la agricultura familiar.
En un marco de virtualización creciente y un mercado digital en expansión acelerada tras el paso del coronavirus, que se bifurca hacia distintos estratos socioeconómicos, las juventudes forjan el agromobilis, esa plataforma performativa de un renovado modo de concebir, desplegar y reconocer lo rural, lo agrario y la producción a partir del auge de la movilidad sobremoderna y el digitalismo.
En su movimiento, los jóvenes manifiestan formas autoorganizadas en las que existen a través de ellos mismos (Reguillo, 2012: 75), más allá de las estadísticas, los mandatos familiares, las restricciones del mercado o la vigilancia institucional. Teléfono en mano, desmontan así críticamente el sistema que los contiene y los orienta, desafiando, en su paso, los bordes de una actividad que ocupa a la humanidad desde hace más de diez mil años.
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- Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y Universidad Nacional de San Luis (UNSL). Contacto: centeno.matias@inta.gob.ar.↵
- A los fines del presente trabajo, se entiende por agricultura familiar un tipo de producción donde la unidad doméstica y la unidad productiva están físicamente integradas, la familia aporta la fracción predominante de la fuerza de trabajo utilizada en la explotación, y la producción se dirige tanto al autoconsumo como al mercado (Ramilo y Prividera, 2013: 5).↵
- Información extraída del portal de datos abiertos de la División Población de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); recuperado de https://bit.ly/3klKM7c (consulta realizada el 12 de septiembre de 2020).↵
- El desempleo juvenil previsto para 2020 es del 18 %, el doble de la tasa general y tres veces más que la de adultos. En América Latina y el Caribe, hay 9,4 millones de jóvenes desempleados, 23 millones que no estudian, ni trabajan, ni poseen formación, y más de 30 millones que sólo consiguen empleo en condiciones de informalidad. La crisis de la COVID-19 ha agravado más aún la situación, provocando que uno de cada seis jóvenes en el mundo pierda su empleo (OIT, 2020).↵
- El estudio se sustenta en un trabajo de campo realizado en los nueve departamentos que conforman la provincia de San Luis, en el centro oeste argentino, involucrando la participación de 214 personas, mediante entrevistas, talleres y grupos focales de discusión. La investigación fue el sustento de la tesis doctoral “Jóvenes, comunicación y tecnologías: hacia nuevas modalidades de la agricultura familiar en San Luis, Argentina” (Centeno, 2020), defendida y aprobada en el ámbito de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), bajo la dirección de las doctoras Paulina Emanuelli (Universidad Nacional de Córdoba, UNC) y Mariana Piola (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, INTA).↵
- La Unesco y la OIT adoptan el criterio que va de los 14 a los 24 años, en tanto que la ONU, al igual que la CEPAL, reconocen variaciones de acuerdo con los contextos territoriales pero acuerdan que la juventud puede ubicarse en un rango más amplio que puede ir de los 10 a los 29 años (Villa, 2000:29). Para FAO, en los ámbitos rurales es posible ampliar más aún el rango etario, que puede variar dentro de un amplio rango que va desde los 8 a los 40 años (Becerra, 2000).↵
- William Gibson (1984) definió el ciberespacio como un nuevo medio de comunicación que emerge de la interconexión digital de los ordenadores; una vía de acceso no sólo a la informática sino al oceánico universo de informaciones. Citado en Lévy, 2007.↵
- Descubierto por McLuhan y Nevitt (1972) e introducido en el escenario digital por Toffler (1980), el concepto hace referencia al usuario que además de consumir también produce contenido de manera simultánea, alternando sus roles permanentemente.↵
- Al momento de presentar los aportes textuales de los entrevistados, se optó por la presentación del flujo de datos de manera disociada. Para resguardar su identidad, los sujetos consultados se identifican con un nombre que no coincide necesariamente con el real, pero se mantiene el género.↵
- En San Luis la Red de Estaciones Meteorológicas, unas 60 distribuidas en toda la provincia, ofrece información en tiempo real sobre las principales variables climáticas de áreas tanto rurales como urbanas. El servicio se ha montado sobre una plataforma de acceso público y gratuito mediante aplicativos web y móvil. Más información en https://bit.ly/3smU19W; consulta realizada el 26 de noviembre de 2018.↵
- Es necesario destacar que en San Luis la expansión de internet adquiere características especiales a partir del despliegue de una política pública de infraestructura y servicios digitales a escala provincial. Este universo tecnológico está contenido por una plataforma de servicios digitales que el Gobierno de la Provincia instrumenta desde el año 2001 e interconecta a todas las localidades mayores a 20 habitantes, a través de una red de 1.500 antenas de wifi pública y de acceso libre, distribuidas hacia los cuatro puntos cardinales de la geografía sanluiseña.↵
- Con la masificación de las redes sociales, primero, y la expansión de las plataformas digitales, después, las grandes compañías tecnológicas inician un proceso de monetización opaca de sus servicios, otorgando valencias económicas a factores como el tiempo y la atención que las personas dedican a las aplicaciones digitales. Los modelos de negocio mutan hacia una “economía de las relaciones”, en donde prima la experiencia de usuario, se abren posibilidades de compra y venta en comunidad, un proceso mediado por algoritmos que imperceptiblemente influyen en los procesos de adquisición de bienes y servicios (Centeno, 2020).↵
- En el ámbito económico, de acuerdo con datos preliminares de algunos organismos multilaterales, se abren oportunidades para el agro: el IICA proyecta que será uno de los pocos sectores productivos que terminará el inusual 2020 con números en alza, un 8,5 % más en el volumen exportado, frente a la caída de casi el 30 % en el conglomerado total de mercancías. Recuperado de http://bit.ly/agrocovid; consulta realizada el 1 de noviembre de 2020.↵
- Vale decir que el panorama tampoco es muy alentador para el promedio de los trabajadores en América Latina y El Caribe. De acuerdo con CEPAL (2020), sólo el 21,3 % de los ocupados están en condiciones para teletrabajar, índice que supera el 40 % en Europa y Estados Unidos, y se achica hasta el 15 % en África.↵
- El término covidianidad alude a los cambios en la vida cotidiana impuestos por la pandemia de la COVID-19. ↵








