Gustavo Cimadevilla[1]
Introducción
La temática de las transformaciones de la sociedad contemporánea, por el desarrollo y expansión de las tecnologías de información y comunicación (TIC), cobra particular fuerza en la agenda global a partir del denominado Informe Nora Minc que, elaborado en Francia en 1977, pronto monopolizó la grilla de las discusiones más atentas a los modos en que la informatización de la sociedad se concretaba con diversa densidad y velocidad a nivel mundial. Informatización, digitalización, automatización fueron, entonces, vocablos corrientes. Al principio, rodeados de incógnitas y presagios de diverso tipo, incluyendo de voceros tecnofóbicos (Gilbert, D. y otros, 2003) y tecnofílicos (Negroponte, 1995) y, luego de algún tiempo, moneda corriente para una condición que vino para quedarse.
En la región, en tanto, la investigación que llevara adelante Héctor Schmucler y Armand Mattelart (1983) sobre la penetración de las TIC a nivel de Estados y sectores industriales y comerciales situó la perspectiva en América Latina y advirtió acerca de la tendencia que seguirían esos procesos de difusión tecnológica y sus impactos en la política, la economía y la vida cotidiana.
¿Quedaría algo por fuera? ¿Habría algún tipo de escenario que no contemplase su presencia? Seguramente no. La lógica es planetaria, adelantaban Mattelart y Schmucler cuatro décadas atrás, y afirmaban: “la introducción de la informática en América Latina no es una cuestión de futuro sino que es la realidad presente y constituye un factor determinante de la historia de mañana” (1983: 126). Y agregaban:
son los actores sociales los que, en su acción, seleccionan y otorgan valor de uso a la información [y sus dispositivos, podríamos agregar]. La relación entre ambas –información y acción- está en el centro de la actual encrucijada de América Latina (Mattelart y Schmucler, 1983:131).
El tiempo pasó y los datos cotidianos lo confirman. Sea en el plano horizontal –de las geografías y los espacios–, vertical –de la sociedad y sus posiciones– y/o transversal –de cualquier recorte de clase, etnia, religión y género; por citar los reiterados–, pensar la contemporaneidad es pensar a y con las TIC.
A partir de allí, múltiples líneas de investigación se cultivaron para analizar las diversas dimensiones de la problemática, tan solo por citar algunas: la tecnológica (BID, 2013; CABASE, 2018); la económica (CAC, 2015); la política (Baladrón, 2018); la de seguridad y empleo (CEPAL, 2017); la demográfica (INDEC, 2019); la cultural (Reguillo, 2018; SINCA, 2018) y, por supuesto, la comunicacional (Becerra y Mastrini, 2011; Piscitelli, 2009, 2010;). A las que, desde nuestro lugar de trabajo, sumamos diversos aportes (Macchiarolla y Asaad, 2015; Grillo, 2010, 2016; Rusconi, 2006; Cimadevilla, 2007, 2009; Carniglia y Tamargo, 2019; y Cantú, 2009), entre otros.
En ese marco de proyecto-realidad planetaria, uno de los ambientes siempre revisitados es el rural. Quizá porque la sociología clásica (Pitirim Sorokin y Carlo Zimmermann, Principles of Rural-Urban, 1929) siempre lo tomó como refractario o menos permeable a recibir los adelantos de la modernidad. Pero desde aquellas presunciones de inicios del siglo xx ocurrieron muchas otras cosas y lecturas. Estas últimas, incluso, radicales como la de Anderson, Guigou o Lefevbre, que entendían que la urbanización del globo era inevitable y que la ruralidad tendería a desaparecer, según puede leerse en sus escritos de los años setenta como Problemas de sociología rural (Lefevbre, 1970; en Souza Martins, J. de (Org.). Introdução crítica à Sociologia Rural), o en A revolução urbana (Lefebvre, H. [1970], 2004).
En nuestro caso, claro, preferimos pensar que, contrarias a esas tendencias imaginadas, los espacios latinoamericanos no pueden leerse desde los caminos de la industrialización y urbanización absoluta. Procesos de rurbanización, procesos en los que lo urbano se mezcla con lo rural y lo rural se mezcla con lo urbano, conviven en las diversas realidades del continente con matices propios (Cimadevilla y Carniglia, 2009; Kenbel, Demarchi y Galimberti, 2020). Y lejos están de augurar extinciones. Más bien, advierten que corresponde encontrar otras formas de interpretar esas conjunciones.
¿Cómo enfocar entonces esa inversión de perspectiva? ¿Cómo leer esas tramas que en la intersección de los significados y las prácticas revelan otras condiciones y formas de ser y estar en el mundo, incluso cuando de tecnologías de alcance planetario se trata?
Este texto procura esbozar una lectura renovada sobre las dinámicas sociales que –en tanto procesos de ruralización de la ciudad, así como de urbanización de lo rural– dan vida a nuestros escenarios y sus emergencias sociales manifiestas y se detienen a observar qué pasa con las TIC en esos ambientes de hibridez.
Para ello, se explicita el enfoque, las tradiciones teóricas y disciplinarias que colaboran con nuestro campo, y el aporte de la dialéctica que en el principio de interpenetración de los contrarios permite postular una entrada comunicacional a la cuestión rurbana (Cimadevilla, 2010) cuando son las TIC las que disparan los interrogantes.
En ese marco, los objetivos del trabajo giran en torno a:
- problematizar la incorporación y uso de TIC en sectores rurbanos, atentos a discutir los enfoques clásicos de la comunicación sobre difusión/uso de tecnologías y los aportes que hoy pueden sumarse a esas perspectivas a partir de datos primarios;
- analizar tres casos concretos de adopción y uso de TIC en: i) productores rurales pequeños y medianos vinculados a la producción de cerdos; ii) maestras en ambientes de escuelas rurales próximas al sur de Río Cuarto; y iii) familias rurbanas con actividades de cirujeo; y
- aportar a la discusión de cómo las TIC se incorporan en los sectores minimizados/invisibilizados según sus propias condiciones de existencia.
Algunas preguntas orientadoras y una hipótesis de trabajo
¿La condición de presencia generalizada de una tecnología tipo TIC a nivel global augura que los diversos sectores de una sociedad sigan parámetros semejantes de adopción y uso?
¿Qué hipótesis pueden sostenerse para pensar la adopción y uso de TIC en grupos de baja visibilidad o minimizados por la lógica de los consumos?
La hipótesis de trabajo que sostenemos plantea que en los casos de tecnologías de adopción generalizada y uso cotidiano, los principales factores de adopción y manipulación en grupos de baja visibilidad o importancia para el mercado deben explorarse en las propias condiciones de existencia de los sujetos portadores (materiales y experienciales). Para el caso de las TIC, entonces, no son las tecnologías las que determinan las tipologías de adopción y uso, sino más bien son las condiciones de existencia de los propios sujetos las que hacen de ellas una posibilidad de incorporación y uso específico. En ese marco, el rompecabezas es de pocas piezas porque las posibilidades de apropiación son muy bajas y los usos más bien acotados.
Así planteado, los análisis clásicos, atentos a las ventajas relativas de las innovaciones y sus implicancias para la reproducción económica de los adoptantes (por ejemplo en el clásico enfoque de Rogers, 1962), requieren, en estos casos, de otras consideraciones que el análisis pretende aportar.
¿Hablar de rurbanidad? ¿Por qué?
Para los estudiosos de las ciencias sociales y los fenómenos a los que se vinculan, los últimos capítulos del siglo xx fueron signados por los flujos globales y las perspectivas de un mundo cargado de riesgos e incertidumbres: ambientales, de transformaciones tecnológicas –con alto impacto en los empleos y las economías– y fuertes choques en el plano civilizatorio. Sobre todo luego de que con la caída del muro de Berlín se fuera imponiendo con mayor fuerza el modelo occidental en lo político y económico; y ocurrieran penetraciones muy visibles en lo cultural, aun cuando diversos mecanismos de resistencia se activaron.
En ese devenir virulento, sostener inflexibilidades se volvió una posición fuera de época. O, para sintetizarlo en palabras de Beck, porque ya no era “la época del o” (Beck, 1996). Ya no era la época del “esto o aquello”, sino un escenario en donde los contrarios y sus variantes aparecían y convivían manifiestamente entrelazados y por eso el “y” ganaba su lugar como condición inherente.
Algo de ese tenor ocurrió con nuestros estudios que, a inicios de los años noventa, hicieron foco en las transformaciones regionales encausadas por el cambio tecnológico agropecuario, sus actores e impactos productivos y ambientales. A poco de andar, los protagonistas no cerraban filas únicamente identificando a productores, agentes de cambio, y comercializadores y entidades del sector. Tampoco lo ambiental podía reducirse a problemas de erosión y empobrecimiento de los suelos. Cualquier mirada invitaba a tratar de comprender los entornos y los sistemas. El cambio ya no podía asociarse a la acción única de ciertos agentes o instituciones; las consecuencias tampoco. Una multiplicidad de variables advertía que el concepto de complejidad venía para quedarse porque no había modo de aislar los componentes como en un laboratorio de unidades selladas.
Con esa consigna de lecturas abiertas, al iniciarse el nuevo milenio incorporamos análisis en nuestra agenda de estudios atentos a esos entrecruces. Por ejemplo, espacialmente, comprendiendo que algunas categorías clásicas como las correspondientes a lo urbano y lo rural no permitían dar cuenta de los nuevos escenarios. El primer esfuerzo nos permitió entonces advertir un cambio de época no menor. Lo rural, cuando de medios de información se trataba, ya no era consignado sino bajo la marca de lo agropecuario. En “Prensa, mercado y artificialización ambiental” (Cimadevilla, 2001), por ejemplo, el texto hizo foco en mostrar uno de los tantos modos en que se materializaba ese proceso y para ello se siguió como hipótesis de trabajo la sospecha de que el tratamiento informativo dominante se circunscribía a un enfoque prioritariamente productivo, dejando en el margen toda otra dimensión sociocultural propia de cualquier conjunto social. En ese caso, rural. Además de sospechar que las cuestiones ambientales –pese a los problemas serios que tenía la región en términos de procesos de degradación de tierras por erosión, pero también de otros vinculados a la calidad del agua y la contaminación de los afluentes, por citar solo algunos– no resultaban para nada prioritarias en las ediciones de cada semana.
Ese resultado nos permitió a posteriori preguntarnos acerca de esas dominancias urbanas para tratar los temas, cualquiera sea su especificidad y, por tanto, analizar si la literatura europea de mediados del siglo xx –por ejemplo Anderson y Guigou (1960), citado por Souza Martins, 1976– tenía cierta razón al postular que lo rural iría desapareciendo en la medida en que lo urbano se generalizase como estilo, pauta de sociabilidad y lógica de organización social. Tesis que, por otro lado, iba teniendo adeptos regionales toda vez que se planteaba la necesidad de revisar cómo las actividades propias de las áreas rurales se iban reacomodando bajo cierta lógica del pluri empleo y de la pluri actividad, en lo que comenzó a identificarse como “nuevas ruralidades” (Graziano da Silva, 1999) o Ruralidades Urbanizadas.[2]
Acompañando esas perspectivas, ya en 1999 describimos la otra cara de esos procesos de rápida combustión. En un artículo que se publicara bajo el título “Las transformaciones del mapa occul-tural” –en alusión a un artículo de Jesús Martín Barbero que titulara “Las transformaciones del mapa cultural”–, arriesgamos la hipótesis de que ciertas transformaciones que preocupaban a la sociedad y se centraban fundamentalmente en ambientes megaurbanos y cierta lectura acerca de la extinción de lo rural merecían otras consideraciones. Para nosotros, por ejemplo, lo rural, lejos de desaparecer, se manifestaba “oculto” en un conjunto de procesos sociales que no podían interpretarse únicamente desde una prefiguración urbana y que formaban parte de ese todo social de fines del siglo xx.
Las respuestas, por ejemplo, sobre la pobreza, las migraciones forzadas, la marginación, entre otras, debían incluir también una mirada que contemplara lo rural como dimensión que ayudase a comprender mejor lo que sucedía en esos grandes centros urbanos. A partir de allí y provocados por un contexto social cada vez más tenso (Argentina, fines del 2001), nuestra atención se dirigió particularmente a un fenómeno que no era nuevo, pero que sí irrumpía con una visibilidad antes no manifiesta. Un número creciente de familias resolvían su existencia diaria catando basura, ayudadas y transportadas por carros tirados por caballos, aquí, en esta ciudad de Río Cuarto, pero también en otras de Argentina y en muchas más del continente. Esa postal no era típica, no era rural, tampoco era urbana.
El concepto de rurbanidad (que debemos a Charles Galpin, 1918) nos ayudó entonces a enfocar el fenómeno. Las entradas para conceptualizarlo y estudiarlo se fueron sumando. Por un lado, el fenómeno llamó la atención por la visibilidad e invisibilidad que tiene en la sociedad y por el modo en que los medios de comunicación lo tratan o excluyen de su agenda, pero también por el tipo de lecturas que genera en la opinión pública. Luego, formas culturales inherentes y formas culturales expresas se agregaron como postales para ese enfoque en donde lo rurbano permite adentrarse en aquellos entramados en los cuales la hibridez entre lo urbano y lo rural da vida a nuevas condiciones para el ser y el estar. Así, segmentos particulares de la población conviven en hábitats donde los paisajes, las prácticas, los dispositivos y los saberes remiten de manera continua a ambos polos de la tradicional relación que ahora se encuentra subvertida, mezclada y sintetizada. Pequeños productores rurales, maestras de campo, carreros son figuras que se comprenden mejor como partícipes del mundo rurbano. Un mundo en el cual, si las preguntas giran en torno a cómo viven, si son emprendedores o trabajadores, y qué hacen en sus rutinas, no puede identificarse solo con lo urbano o solo con lo rural sino, en todo caso, con ambos.
Dime dónde estás y te diremos, por el momento, qué puedes hacer
Pero presentados los actores, volvamos a nuestro asunto. Sin dudas, Armand Mattelart y Héctor Schmucler (1983) fueron observadores tempranos de un fenómeno que con el inicio de la expansión en los setenta ya anunciaba a poco de andar –en los ochenta– que sus implicancias y consecuencias serían globales. Por entonces, las discusiones todavía se apoyaban en el poder de los Estados para crear y sostener satélites que amplificaran y reprodujeran la información como antes no se conocía. Pero la posterior aparición y difusión de la fibra óptica como insumo clave para armar las redes dio otra vuelta de página en esas innovaciones, los actores económicos se multiplicaron y las posibilidades de conexión exponencializaron las comunicaciones. En los noventa, mientras tanto, las redes sociales se popularizaron de la mano de internet, y la telefonía móvil no tardó en copar el mercado. “Estar” era, entonces, “estar conectado”. Y en los últimos veinticinco años esa máxima se asentó, consolidó y clonó sin horizonte último de llegada.
Para los estudiosos de la tecnología y las transformaciones socioeconómicas radicales, el nuevo escenario era el del cambio permanente y el de la presunción de que todo se “revolucionaba”. Rattner (1980), Osborne (1982), Rogers y Balle (1985), Tomelin (1988), Valente (1994), Rifkin, (1998) y Castells (1999), tan solo por citar algunos, ofrecieron infinidad de análisis para ilustrar y mostrar las tendencias del mundo global que se avizoraba.
Rogers, por ejemplo, por citar a uno de los intelectuales que más popularizó el estudio de la difusión de innovaciones, pudo observar cómo en poco tiempo sus dimensiones y categorías de análisis tempranas (1962) requerían de nuevas lecturas. El tiempo de difusión, sobre todo, ya no respondía a ninguno de los ritmos y las cadencias imaginadas por sus estudios de las innovaciones –medidos en años– socioculturales o aquellas mecánicas o agroproductivas. Las categorías de adoptantes dispuestos en la campana de Bell y las razones para aceptar la innovación se veían, frente al tamiz de las TIC, con un universo innovador donde la presión social y referencial para adoptar alteraba los análisis basados en los deseos, las capacidades y experiencias previas, para dar lugar a otros como las necesidades para no quedar fuera o simplemente “desaparecer” de todo listado ad hoc. (Shingal, 2016, Van Dick, 2016).
Estar o no conectado, entonces, dejaba de ser una condición apenas contigente. Pero el cumplirla, tampoco aseguraba, como oportunamente planteáramos (Cimadevilla, 2007), que los actores resolvieran sus principales necesidades y articulaciones sociales y productivas.[3]
La problemática de las brechas digitales, por existencia o no de infraestructuras, pero también por la posesión o no de capacidades y disponibilidades; el peso de la cultura en el posicionamiento de los géneros y su vinculación a cierto tipo de roles y actividades; los ingresos y rentas que cubren o no los servicios; los códigos de los lenguajes y los códigos de las generaciones y grupos de pertenencia y referencia; los aprendizajes necesarios y los disponibles; entre otros, complejizan el universo de las adopciones y los usos, sobre todo cuando de grupos con ciertas especificidades como los rurbanos están en el foco.
Si esto es así, entonces, ¿qué es lo que se vislumbra en esas realidades donde heterogeneidad, desigualdad e hibridez –rurbana– caracteriza los entramados sociales? Veamos entonces cómo, ante casos situados, se expresa el fenómeno.
Nuestros casos de estudio
El análisis de tres casos concretos de adopción y uso de TIC nos permitirá avanzar en la problematización propuesta. Estos son: i) productores rurales pequeños y medianos vinculados a la producción de cerdos en el centro-sur de la provincia de Córdoba; ii) maestras rurales en ambientes escolares de escuelas rurales próximas al sur de Río Cuarto, y iii) familias rurbanas con actividades de cirujeo en la propia ciudad de Río Cuarto. Tres realidades que oportunamente fueron motivo de estudio, en la medida en que esas experiencias se llevaron a cabo articuladas a nuestra línea y programa de investigación (disponible en: www.comunicaciónyrurbanidad.org).
La primera experiencia se asoció a la elaboración de una tesis doctoral (F. Giovannini) que tomó a la región de Río Cuarto y a los pequeños y medianos productores porcinos como caso de estudio, luego comparado con otro de una zona semejante del sur de Brasil; siguiendo la metodología clásica del trabajo con informantes claves, realización de entrevistas a productores en terreno y cotejo de información secundaria y documental; la segunda, como realización de una tesis de maestría (Tamargo) que igualmente procedió a efectuar trabajos de campo en espacios al sur de Río Cuarto con informantes claves, directivos y maestras rurales, y alumnos de esos establecimientos, además de otras consultas documentales, y, la tercera, como estudio ad hoc vinculado a una beca de investigación de grado (Florencia Guttlein), que incluyó el trabajo de campo mediante entrevistas en profundidad a grupos familiares de sectores vulnerables (rurbanos, carreros y trabajadores informales) de la ciudad de Río Cuarto.
Veamos los casos.
1) TIC y pequeños y medianos productores rurales dedicados a la actividad porcina.
En su tesis doctoral, Fabiana Giovannini (2018) se orienta a conocer la presencia y modalidades de adopción de TIC en productores porcinos de pequeña y mediana escala en dos casos, uno ubicado en la región Centro Sur de Córdoba, Argentina, y el otro en el Oeste de Santa Catarina, Brasil. Su elección no fue por azar. La incorporación de TIC en el medio rural sigue parámetros que, aunque en detalle pueden divergir de los presentes en otros ambientes como los densamente urbanos, sin embargo responden a pautas globales de uso y articulación social y económica. Para ello, realizó entrevistas a productores rurales en sus lugares de trabajo siguiendo un abordaje cualitativo y el trabajo con muestras por saturación; además de aprovechar documentación, informantes claves y posibilidades de poner en discusión sus resultados de manera comparativa.
En ese marco, avanza en su estudio de problematizar las modalidades de incorporación de esas tecnologías y su vinculación a los modelos organizacionales que les dan contexto a las prácticas productivas. A decir de la autora: uno de gestión más integrada en Brasil y otro menos articulado en Argentina. Para su indagación, la identificación de los modelos de gestión fue medular porque le permitió sostener la hipótesis que la integración agroindustrial era factor de peso para la adopción de TIC, por cuanto éstas se constituían, en esos grupos, como herramientas necesarias para su gestión y un elemento indispensable para su relación con las industrias.
Luego, a medida que avanza en el trabajo, Giovannini encuentra en los entrevistados de Argentina y de Brasil algunas características comunes:
- En los emprendimientos, se da una interacción constante entre la unidad doméstica y la unidad productiva, con participación de integrantes de la familia en la gestión y el aporte de trabajo en las tareas operativas, siempre con la presencia de TIC colaborando en las rutinas y sociabilidades;
- Los objetivos vinculados a lograr eficiencia técnica y económica, con reproducción social de la familia, coexisten explícitamente;
- La pluriactividad en el campo incluye la combinación de la actividad porcina con otros rubros productivos, y
- En ambos casos –Argentina y Brasil– hay un acceso significativo a telefonía fija y celular, a computadoras, Internet y, en menor medida, a dispositivos electrónicos para control de condiciones ambientales e identificación animal. Accesos, por otro lado, heterogéneos e irregulares.
En ese marco, encuentra Giovannini que el uso, tanto de la telefonía como de Internet, se vincula principalmente a la resolución de aspectos comerciales de la actividad porcina, pero con desaprovechamiento de las TIC para otras funcionalidades como, por ejemplo, asesoramiento y capacitación a distancia, interacción ampliada en redes sociales digitales, o aprovechamiento de gestiones reguladas por organismos públicos, así como la posibilidad de ampliar su agenda a otros contactos.
Si algo puede observarse con claridad, sin embargo, es que con las TIC predominan las rutinas de uso sobre lo conocido. Es decir, sobre prácticas elementales ya adquiridas, y no se exploran o producen apropiaciones o adaptaciones, sino más bien acomodaciones a los dispositivos por lo que ellos posibilitan en sus funciones elementales.
Por el contrario, cuando se observan situaciones diferenciales, ellas sobre todo se vinculan a:
- El rol de los jóvenes –generalmente hijo de productores– como mediadores tecnológicos que se adaptan mejor al uso de TIC para la administración de los sistemas productivos y provocan cambios.
- La escala productiva, ya que a mayor complejidad de los establecimientos, mayor es la necesidad de que recurran a sistemas de gerenciamiento sofisticados que incluyan, por ejemplo, el planeamiento. Particularmente visible en los productores medianos.
- La dependencia administrativa –según la ubicación de los establecimientos– para cumplir con gestiones ante organismos regulatorios y entidades fuera de su ejido que los obligan a buscar alternativas de resolución mediadas por la tecnología.
- La disponibilidad “extraordinaria” de infraestructuras –servicios disponibles y calidad de las conexiones, por ejemplo– que faciliten el uso pleno de las TIC.
- La disponibilidad de apoyos y asesoramientos técnicos que colaboren y atiendan mediante el uso de TIC.
- Y la integración con las agroindustrias, que imponen mayor tecnologización y eficiencia productiva y sanitaria para la comercialización a escala.
Es decir, confirmando alguna de las generalidades que los estudios vienen señalando respecto de los procesos de adopción y uso de TIC, a saber, que las variables que explican un diferencial en la adopción y usos se vinculan a: i) cuestiones generacionales, ya que los jóvenes incorporan antes la tecnología que otros grupos mayores (Thornton, 2003; López Bonilla, L. y López Bonilla, J., 2011; Crovi, 2013); ii) la bondad de las infraestructuras y servicios, que son las que facilitan una mayor difusión y adopción de los dispositivos (The World Bank, 2006; Martinez, Palma y Velásquez, 2020); iii) el tamaño de las empresas y sus compromisos/dependencias con el circuito de los mercados y organismos reguladores, ya que inciden en las decisiones de adopción para cumplir con las obligaciones (LAWLER III et al., 1998; Gargallo Castell, 2007), y iv) la posibilidad de contar con apoyos de asesoramiento técnico y profesional, ya que colaboran en apurar las adopciones (Miele y Waquil, 2007; Nagel, 2012 y Cottura, 2014), por citar los factores que más frecuentemente se referencian.
2) TIC y educación en entornos rurales: la magia en el campo
Un segundo estudio de casos que nos interesó, vinculado a nuestro programa de investigación, lo llevó adelante Cintia Tamargo con la dirección de Edgardo Carniglia. En ese caso se trata de una investigación asociada a una tesis de maestría que Tamargo cursó en la UNRC. Su trabajo, luego publicado bajo el título Maestras y TIC en escuelas ruralizadas. Claves del acceso en la pampa cordobesa (Tamargo y Carniglia, 2020), parte de un interrogante específico:
Cuál es la integración de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) por las maestras y los maestros de la escuela rural pública y primaria en un entorno sociocultural que intensifica el acceso del sistema, las instituciones y los actores educativos a la computadora, la telefonía móvil, las redes y otros dispositivos digitales? (Tamargo y Carniglia, pág. 8).
Y a partir de allí procede a observar, dialogar y registrar testimonios en 16 entrevistas semiestructuradas, individuales y colectivas, complementadas con observaciones de campo realizadas entre 2013 y 2016 en un extenso e intermitente trabajo con 19 docentes de 18 escuelas rurales primarias y públicas ubicadas en el sur de la provincia de Córdoba.
Según aclaran los autores, la experiencia de conocimiento indaga sobre cuatro dimensiones analíticas a saber: a. disposiciones como el interés, el atractivo y otros estados “subjetivos”; b. condiciones materiales como la tenencia o propiedad de equipos y el acceso a redes; c. habilidades instrumentales, informacionales y estratégicas generadas por la educación, los equipos y otros apoyos sociales, y d. usos establecidos a través de los diferentes dispositivos y aplicaciones.
Entre las consideraciones más significativas y relevantes del estudio, vale mencionar la tesis principal que sostiene y algunos otros resultados que a continuación exponemos.
A nivel de su razonamiento principal plantean:
dadas las limitaciones sistémicas, institucionales e individuales para la integración de las ambivalentes tecnologías de la información y comunicación (TIC) en la escuela primaria y estatal de la ruralidad pampeano-cordobesa, las maestras rurales del sur de la provincia de Córdoba (Argentina), unas mediadoras entre territorios urbanos y rurales, a) incorporan de modo periférico y desigual las computadoras, las redes digitales y la telefonía celular en las dimensiones pedagógico-didáctica, organizacional, administrativa y comunitaria del trabajo docente al tiempo que b) despliegan tres modos específicos de aprendizaje en servicio dentro de su relación con estas tecnologías (Tamargo y Carniglia, p. 420).
En ese sentido, el estudio advierte, además, que hay al menos tres dominios de limitaciones sistémicas y convergentes que dificultan la integración de las TIC: a) la infraestructura básica, por ejemplo la carencia de electricidad en varios establecimientos; b) las políticas educativas generales, que no favorecen la capacitación sistemática de los docentes, y c) los programas específicos para las tecnologías info-educativas que raramente se contemplan para áreas con carencia de internet.
El contexto educativo en todos los casos incluye a pocos alumnos, generalmente de recursos medidos y con dependencias de bonanza climática para acercarse a los establecimientos; docentes de amplia mayoría femenina (18 sobre 19 casos) con tareas multifuncionales y una marcada mayoría de residencia fuera de los establecimientos rurales. Dependiendo, por tanto, de que el transporte, el clima y otros imponderables no afecten su asistencia.
El estudio, finalmente, consigna que la políticas para el sector precisarían enfocarse en torno a: i) mejorar el equipamiento integral de los establecimientos (acceso a energía, redes y dispositivos) y las capacitaciones docentes; ii) multiplicar las posibilidades educativas y culturales para los niños escolarizados y sus familias atentas a formaciones situadas y a las dinámicas del trabajo con el plurigrado, y iii) la articulación de las escuelas a través de tutores técnico-pedagógicos aptos para la transferencia de las propuestas didácticas al aula.
Como destacan los autores, la expresión “acá, entre las vacas y el tambo, usar internet es mágico”, resume en gran parte las experiencias y percepciones de las maestras entrevistadas que manifiestan, al mismo tiempo que recuerdan, lo singular y extraño que les resulta poder usar esos dispositivos en el aula, generalmente ausentes en sus prácticas.
El estudio, entonces, resalta sobre todo las variables estructurales que denuncian cómo la discusión sobre las brechas digitales no es una cuestión de literatura o posicionamientos personales, sino, en todo caso, de políticas que puedan revertirlas (Martínez, Palma y Velazquez, 2020) y de actores que, bajo otras condiciones, puedan sumarse efectivamente a los nuevos desafíos de la tardo-modernidad. De ese modo, la incorporación de TIC y su posible uso, está totalmente condicionado por las infraestructuras disponibles y a su vez por las políticas estatales que puedan –dado el carácter público de los establecimientos– facilitarlas.
3) Cirujas, carreros y TIC: todos somos modernos
El último estudio que vamos a considerar responde directamente a la línea de investigación que el equipo “Comunicación y Rurbanidad” viene siguiendo (disponible en https://bit.ly/301ihm2). En ese marco, sobre un pequeño subconjunto de familias con actividades de cirujeo[4], particularmente apoyadas por carros y equinos, se procedió a analizar la relación que sus miembros tienen con las TIC en su vida cotidiana. Al respecto, sobre los testimonios que registrara Florencia Guttlein, algunos relevantes indican:
- Las personas con mayor edad incorporan el celular, pero no se consideran entendidas en internet, y suelen usar Whatsapp mediante aprendizajes que reciben de sus hijos.
- El uso más frecuente para ellos es la llamada con familiares lejanos –o no próximos– o clientes (por ejemplo de los que les compran arenas o solicitan changas).
- Tener celular para contactar o recibir pedidos de los clientes es fundamental. Todos tienen la presunción de que –en la medida que los carreros más jóvenes ya lo tienen– no pueden dejar de incorporarlo, porque perderían gran parte de sus posibilidades de trabajo.
- La continuidad del uso del celular se ve interrumpida por la falta de datos móviles o el acceso de wifi libre.
- En tanto, entre los carreros hay más hombres que mujeres conduciendo las unidades, suele encontrarse que en los grupos familiares el uso más asiduo del celular está en manos de los hijos –jóvenes, adolescentes– y de la esposa o compañera, en tanto el hombre recibe pedidos de las labores a través de aquellos.
- Las resistencias a tener el dispositivo celular, en todo caso, es explicada por lo que implica asumir sus costos y ciertos aprendizajes que algunos consideran no están a su alcance.
- Los usos son elementales y casi la funcionalidad única del celular es la de actuar como el tradicional teléfono. Si es con Whatsapp, es para abaratar costos y quizás porque es más efectivo para el registro de los contactos, además de que les facilita dejar mensajes grabados o mensajes escritos –para el caso de los alfabetizados[5]–, en tanto con el teléfono tradicional solamente pueden o deben hablar en línea.
- Su lenguaje, por otro lado, suele no incorporar el universo conceptual de las plataformas y el conjunto de neologismos que tal vez sí manejen los jóvenes de clases medias o superiores. Pero ese no es un punto que les resulte de interés ni consideren necesario resolver, en tanto el dispositivo les facilite el contacto.
- La computadora es eventual en los hogares y más bien son los chicos o jóvenes los que las usan. Por ejemplo, los equipos de Conectar Igualdad que recibieron en la escuela –en el escaso número de los que asisten[6] – o que alguien les regaló.
- De las redes sociales algunos participan de Facebook, sobre todo los más jóvenes.
- Los mayores dicen saber qué es Facebook pero aclaran que no tienen tiempo para eso.
- A medida que se desciende en los grupos de edad, por ejemplo de 50 años a menos, el celular es de adopción generalizada, aun cuando su uso resulte alterno en virtud de no disponer de “créditos” –como suelen decir– o acceso a la red.
- Del conjunto de las aplicaciones disponibles, su uso es muy acotado o restricto. Por ejemplo, es más común encontrar que se incorporen a Whatsapp y a Facebook o que accedan a ciertas aplicaciones de juegos que ya tienen los teléfonos.
“Navegar”, en ese segmento de la población, es menos común de lo que puede ser para otros segmentos más acomodados de la pirámide social. Más bien es la sociabilidad y la necesidad –laboral, reproductiva de su fuerza de trabajo– la que explica la mayor parte de sus usos e interacciones posibles, incluso por fuera de los bordes de la rentabilidad que las industrias desearían que se generen con los consumos. Como ya claramente lo planteara Van Dick, los dispositivos son objetos dinámicos y son los usuarios y propietarios los que validan sus funcionalidades (Van Dick, 2016), incluso cuando estas no responden a los propios intereses de sus diseñadores y las corporaciones que los promueven y gestionan.
Rurbanos y TIC. Algunas consideraciones sobre su vida cotidiana
Al presentar nuestro trabajo focalizamos el interés en conocer cómo, ante una realidad en la que las denominadas TIC cubren el globo mediante una presencia generalizada, podía comprenderse el modo en que los grupos sociales de baja visibilidad, por su lógica restricta de consumos, se integran a los procesos de adopción y uso.
Expresamos entonces como hipótesis principal de trabajo que en esos sectores los principales factores de adopción y manipulación debían explorarse en las propias condiciones de existencia (materiales y experienciales) de los protagonistas. Por eso arriesgamos la afirmación de que no eran las tecnologías las que determinaban las tipologías de adopción y uso, sino más bien las propias condiciones de existencia de los sujetos las que orientaban las opciones de incorporación y prácticas posibles. En ese marco, afirmamos que el rompecabezas es de pocas piezas porque las experiencias de apropiaciones son muy bajas y los usos muy acotados, con conductas de adopción y manipulación de los dispositivos acordes a los rasgos ya identificados por la literatura general –y, en cada caso, referenciadas–.
A nivel de análisis, acudimos entonces a tres casos de experiencias de actores protagonistas de entramados rurbanos por sus condiciones de productores rurales o maestras rurales con anclajes urbanos, y familias de sectores vulnerables dedicadas al cirujeo con prácticas netamente rurbanas.
Los tres estudios, a los que acudimos para observar las pautas de incorporación y usos de TIC, nos permitieron apreciar como plausible nuestra conjetura de trabajo y revelaron que:
- La incorporación de TIC es una práctica común en todos los actores relevados y en cualquiera de los ambientes en que fueron situados. Del dispositivo más usado, los celulares conectados a redes, a computadoras con prestaciones diferenciadas, su adopción responde sobre todo a necesidades manifiestas y concretas: se requieren para el trabajo como instrumentos de vinculación comercial o productiva, y/o para los servicios, por más modestos e informales que sean, lo que permite su reproducción social mínima.
- Las tenencias de determinados tipos de dispositivos responden a las disponibilidades del mercado, incluso del usado o reciclado, y no a la búsqueda de ciertas sofisticaciones o representaciones que se quieran proyectar.
- Las prácticas y los usos habituales son los básicos. El celular hace de teléfono y la computadora de procesadora de información mediante sus softwares originales.
- La existencia o no de infraestructuras desplegadas y disponibles condicionan los niveles de potencialidad de los usos y esto afecta las prestaciones posibles a las que adhieren.
- A nivel individual, cuando las variables y categorías están atentas a caracterizar las modalidades de incorporación y uso, se confirman algunas de las generalidades que los estudios vienen señalando respecto de los procesos de adopción y uso de TIC, a saber, que: los jóvenes son mayores traccionadores para la adopción y el uso; las disposiciones para la adopción se abren cuando los escenarios de los emprendimientos lo requieren y los apoyos y capacitaciones están disponibles, y que los grupos de pertenencia y las pautas locales son factores que pesan en las adopciones posibles.
En ese marco donde la globalización no deja espacios sin penetrar, donde las estructuras y los actores encuentran al Estado y a la economía por un lado y a los agentes sociales por otro, lo que resulta evidente es que cuando las entidades y los sectores transitan por los bordes de la invisibilidad, es decir, por donde sus niveles de participación en la economía de escala y consumos de punta son apenas de reproductibilidad, las TIC se suman en su menor expresión y densidad. Al preguntarnos por el cómo, entre quiénes y tendiendo a qué, las respuestas, por tanto, ofrecen pocas novedades.
Así, en este andar de al menos un cuarto de siglo de popularización de las redes digitales, los dispositivos individuales y las exponenciales formas de tramitarse los intercambios de datos y las comunicaciones, dos impresiones acompañan este particular análisis de casos:
a) lo básico ya se da más o menos por conocido, así como también el cómo funcionan las carencias y las indisponibilidades; pero lo que nos sigue desafiando, sin embargo, es cómo resolver en esas trayectorias las grandes desigualdades. Y, cuando ciertas políticas públicas hacen la diferencia –por ejemplo ofreciendo infraestructuras y capacitaciones–, la pregunta es en qué se vislumbran sus impactos estructurales. De esto todavía se sabe poco y bien podría constituirse en una interesante agenda para la investigación que sigue.
b) Si la idea de lo mágico sigue transitando entre los actores de esos espacios es porque el paso del tiempo y las promesas del desarrollo –por ejemplo de lo que se espera que llegue y resuelva técnicamente– no han permitido aún asentar las expectativas, ofrecer soluciones y señalar suficientemente los caminos por seguir.
En esos entramados rurbanos, entonces, las TIC se articulan a necesidades específicas y se incorporan desde su más llana elementalidad. El rompecabezas es de pocas piezas y su juego ya no sorprende. No hay quijotes ni molinos, solo se juega a cómo se puede y sin mucho más que agregar. Mientras tanto, resulta absolutamente vigente el reto que “está todo por hacer”.
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- Docente investigador de la Universidad Nacional de Río Cuarto y director del Doctorado en Ciencias Sociales. Contacto: gcimadevilla@yahoo.com.ar.↵
- Un texto reciente para considerar es La ruralidad en tensión, de Cerdá, J. y Mateo, G (Coord.). Buenos Aires, Edit. Teseo. 2020.↵
- En el artículo “Nuevos medios, legitimaciones y dominios. Algunas falacias de la sociedad de la información” (2007), planteamos un conjunto de falacias que permiten explicar por qué las soluciones de la sociedad digital no operan linealmente. Entre ellas: primera falacia: la existencia supone disponibilidad; segunda falacia: la disponibilidad lleva al acceso; tercera falacia: el uso permite alcanzar resoluciones; cuarta falacia: la resolución más conveniente se alcanza desde la virtualidad. Y quinta falacia: la virtualidad, en cuanto información, suplanta a la comunicación y se constituye en su equivalente.↵
- Un relevamiento de familias con actividades de cirujeo (Cimadevilla y Carniglia, 2015) arrojó, en 2014, el registro de 400 familias que practican la actividad. El estudio fue solicitado por el municipio de Río Cuarto y un informe sintético sobre la experiencia puede consultarse en: https://bit.ly/3q0P1Xf.↵
- En esa población el nivel de analfabetismo es cinco veces superior al de la media nacional. Ver: https://bit.ly/3b0UdpI.↵
- En el relevamiento de referencia se expresa que: el nivel de escolaridad declarado según el sexo indica que el 42 % de las mujeres finalizó la primaria, en tanto que en los hombres se reduce al 38 %. Si se considera el nivel secundario para aquellos que finalizaron la primaria, se observará que finalizó la secundaria solamente el 14 % de las mujeres que obtuvieron el primario, lo que en la población se reduce al 5,8 % del total femenino. En los hombres, finalizó la secundaria el 13 % de los que finalizaron la primaria y en la población de su género representa solamente el 4,8 %. Si se consideran los intervalos de edades, puede apreciarse que hay mayor proporción de personas que concluyeron la primaria en los más jóvenes. Es decir, actualmente hay más jóvenes que finalizan la primaria que antes: 17, aunque los valores deben seguir preocupando. Entre los que tienen 14 y 17 años, una cuarta parte no terminó la primaria, y entre los que tienen de 18 a 25 años, esa proporción es mayor (34 % de los casos). Algo similar ocurre si se considera el nivel secundario. Se identificaron 154 personas que dicen no saber leer ni escribir. Ese número proyectado indica que casi uno de cada diez personas que es miembro de familias con actividades de cirujeo es analfabeto completo o funcional. Esa proporción quintuplica los valores que se registran a nivel general nacional. En términos de hogares, en uno de cada tres hogares hay un miembro de al menos 14 años o más que no sabe leer (pp. 16 y 17).↵








