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Tras las promesas de la Modernidad

Geopolítica de lo digital y territorios rurales bajo la supremacía de Internet de las cosas

Luz Lardone[1] y Ricardo Garro[2]

Introducción

El trabajo que se presenta en este capítulo pretende revisar e identificar, desde una perspectiva decolonial, puentes de sentidos, de significaciones transdisciplinares, que permitan establecer correspondencias entre epistemología y patrones de poder de la Modernidad, con los territorios rurales e Internet de las Cosas (IoT). Un objetivo ulterior procura favorecer un pensamiento crítico para la construcción colectiva de un desarrollo local “otro”, donde sea posible aprovechar el potencial digital con identidad territorial, y en el que las realidades específicas de entornos rurales puedan alcanzar, no de forma aislada, la inclusión digital rural con los seres humanos en el centro. El camino se recorre en la interrelación entre la geopolítica de lo digital –la trama de relaciones y significados que reproduce– con IoT y los territorios rurales.

El interés principal se pone en considerar los territorios rurales como “periferias digitales” del capital económico y de conocimientos. Un ejercicio que permite aproximarse a la praxis y los pensamientos de comunidades de actores sociales que dan cuenta de la construcción de imaginarios a lo largo de sus historias –regímenes de verdades sobre la realidad y su dinámica–. Modos de pensar que se plasman en una determinada forma de ser, de sentir, que condicionan formas de hacer y de expresarse, porque articulan símbolos, códigos y significados históricamente construidos e interiorizados y potencialmente deslocalizados que, ahora, deben al menos no desencajar bajo la supremacía de IoT. En síntesis, se busca contribuir con la construcción crítica de alternativas para “desarrollos territoriales inteligentes” físicos y/o virtuales, donde se puedan generar mejoras constantes de los espacios rurales basados en sus propias expectativas, con la participación mayoritaria de su capital social, y que aseguren la sostenibilidad de su entorno, donde lo digital proporciona herramientas para un fin ulterior. Dicho de otro modo, no necesariamente se puede pensar en forzar las innumerables posibilidades de lo digital a encajar en los territorios rurales, sino que es necesario repensar, además, cómo esos territorios pueden apropiarse de herramientas tecnológicas para generar modelos de desarrollo con identidades particulares que propicien la transformación socio-productiva, contribuyan con un modelo de país socialmente justo, económicamente viable, ambientalmente sostenible y tecnológicamente soberano.

Breve construcción discursiva geohistórica de “lo rural” en el camino hacia el desarrollo

A lo largo de la historia, la existencia humana ha transcurrido y transcurre en medio de tramas discursivas. Discursos y contradiscursos que conviven, se interrelacionan y se jerarquizan hasta volverse hegemónicos (De Souza Silva, 2004:14). En el interjuego, el desarrollo de “lo rural” hunde sus raíces en una construcción discursiva geohistórica. Ahora bien, un discurso puede definirse como un régimen de representaciones, que crea una determinada realidad, y un marco cultural para percibirla y reproducirla (Escobar, 1996). Hace conocer modos de interpretación y origina prácticas que se corresponden entre la discursividad y las formas que la (re)producen, la ponen en práctica y la sostienen en el tiempo. Como régimen de representaciones, el discurso sobre “lo rural” puede vincular valores, objetos y prácticas, que institucionalizan la interrelación y el manejo de los significados, al tiempo que establece un espacio técnico, que se transforma en el mundo de los expertos, donde la ciudadanía tiene poca o ninguna influencia (De Souza Silva, 2004).

En busca de explicaciones que inviten a desandar constructos y a establecer un punto de inicio, si de representaciones históricamente construidas hablamos, cabe recordar que hace algo más de dos siglos, en el xix, Sarmiento pensaba que el gran problema –de la Argentina en particular y de América Latina en general–, era el dilema entre la civilización y la barbarie. Lo manifestaba como parte de un proyecto político ineludible, cimentado en la búsqueda del progreso. Como muchos de su época, entendía que la civilización se identificaba con la ciudad, con lo urbano, con aquello que estaba en contacto con lo europeo y propendía al progreso. Por el contrario, la barbarie era el campo, lo rural, el atraso, el indio y el gaucho. No obstante, según Sarmiento, también había barbarie en el español, ya que el conquistador era considerado como destructor y violento. De allí que el gaucho, simbólicamente asociado a lo rural, fue doblemente execrable por su doble descendencia bárbara: la europea y la americana. Si bien el modelo ideológico fue Europa, el modelo del progreso y la supremacía de lo técnico se referenciaba en Estados Unidos. Esta disyuntiva, según Sarmiento, y desde lo binario excluyente, sólo podía resolverse con el triunfo de la civilización sobre la barbarie (Pigna, 2005:70). A modo de ejemplo, en su obra Facundo, Sarmiento había manifestado que:

La ciudad es el centro de la civilización argentina, española, europea; allí están los talleres de las artes, las tiendas del comercio, las escuelas y colegios, los juzgados, todo lo que caracteriza, en fin, a los pueblos cultos. El hombre de la ciudad y el hombre de campo reflejan dos sociedades distintas, dos pueblos extraños uno de otro […] Todo lo que hay de civilizado en la ciudad, está bloqueado en la campaña, proscripto afuera. Falta la base de todo desarrollo social […] El enfrentamiento entre las ciudades y el feudalismo de los campos, entre la vida que se va y la vida que se acerca, el paso de una época a otra (Pigna, 2005:269-270).

Hace más de 200 años, el pensamiento de Sarmiento se enmarcaba en una de las construcciones más potentes de la cosmovisión moderno-colonial: la categorización en ámbitos separados de la vida. Dimensiones como lo histórico/social, el pasado/presente, las sociedades modernas/sociedades atrasadas, lo social/lo económico/lo político, etc. (Lander, 2006:231). Siguiendo esa lógica binaria, y en el tablero de relaciones de poder que generaban a los pares inferiores/superiores, bárbaros/civilizados, centros/periferias, se le sumó la dualidad campo-ciudad. Todas ellas, divisiones polarizadas, dicotómicas, excluyentes que, a partir del siglo xix, y como manifestara Sarmiento, se expresaron fuertemente.

Desde finales del siglo xx, los parámetros clásicos de la polarización urbano-rural comenzaron a quedar cortos para explicar la multidimensionalidad que involucra uno y otro concepto. Mucho más cuando en la actualidad se asiste a cruces, intersecciones y solapamientos entre ambos. Urbano y rural comenzaron a no remitir, ni significar, lo que en otros tiempos y espacios. Lejos fueron quedando las imágenes de semiautarquía que se les atribuía algunos años atrás. Hasta llegar a hoy, donde campos y localidades urbanas, se articulan por medio de diversas redes, tanto tangibles, como intangibles. Aunque, en algunos imaginarios, pareciera persistir la dicotomía o, en el mejor de los casos, se la ha (re)significado.

Ahora bien, ¿por qué y para qué relacionar la construcción discursiva de “lo rural” con las tecnologías de información y comunicación –TIC– y los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS)[3]? Se suele afirmar, casi categóricamente y sin distinguir entre espacios físicos ni tampoco entre medios y fines, que tanto el acceso como los usos de las tecnologías de información y comunicación son, hoy en día, indispensables para el logro de los ODS, para el crecimiento y el bienestar de las naciones, donde el “mundo rural” no queda exento. Desde esta perspectiva, la conocida sentencia definida como revolución digital y de los datos coloca lo tecnológico en el centro de la escena, donde las tecnologías pueden ser vistas tanto como portadoras de problemas como de soluciones y oportunidades. Objetivos y tecnologías no apartados de tensiones y conflictos de intereses, para uno de los mayores cambios de paradigma a escala global que, en la actualidad, puede converger y resumirse bajo el concepto de Internet de las Cosas (Internet of Things, en inglés, o sus siglas IoT[4]), y donde, una vez más, el “mundo rural” no queda fuera.

Sólo un ejemplo de la afirmación anterior y a escala supranacional es que, en enero de 2016, el gobierno de Japón presentó al mundo las ideas básicas del Quinto Plan Básico de Ciencia y Tecnología (2016-2020): la Sociedad 5.0 o sociedad superinteligente. Allí se expuso una sociedad conectada, donde el big data, la IoT, la inteligencia artificial –IA– y los robots se encontraban completamente integrados unos con otros y con los humanos y las humanas, con el objeto de proporcionar una infraestructura digital y física para la vida cotidiana de todos los ciudadanos y ciudadanas. El video promocional del gobierno japonés[5], muestra a una joven colegiala que se despierta en su casa, situada en una pequeña localidad rural de Japón. Un dron de delivery la espera en el exterior para entregarle un paquete. Luego, en la cocina, “dialoga” sobre su desayuno con los electrodomésticos, que es preparado, automáticamente, a partir de la interacción de voz. A continuación, un asistente de IA le recuerda que ya es hora de ir al colegio y le gestiona el almuerzo en un comercio ubicado en el trayecto hacia la parada del autobús escolar. Entretanto, la abuela de la joven es asistida por telemedicina, donde un profesional de la salud interactúa con ella a través de un monitor y la atiende a partir de lecturas inteligentes de su presión sanguínea, llevadas a cabo en su domicilio y de manera remota. Camino a tomar el transporte escolar, la muchacha pasa junto a un tractor inteligente que, de manera autónoma, está trabajando la tierra de un campo. A continuación, recoge el almuerzo en el comercio y pasa su smartphone para escanear un código y dar por finalizada la tarea. Luego, ya en la parada del transporte escolar, espera junto con otro estudiante la llegada del vehículo autónomo que los llevará a clases. Ésa es, en pocas palabras y en no más de un minuto y medio de duración, la representación audiovisual de la Sociedad 5.0, según el gobierno de Japón.

Vale decir que, como construcción simbólica, la joven representa las nuevas y futuras generaciones, mientras que la abuela, significa la futura sociedad envejecida. Lo llamativo es que para el gobierno japonés de entonces, el futuro avizorado no transcurre ni se presenta en un medio urbano. Una vez más, el “mundo rural” queda incluido, incluso como el protagonista principal de una visión de la sociedad futura, en la que los actores sociales se encuentran en el centro del uso tecnológico, integrado con una economía que pareciera definirse y centrarse casi exclusivamente en los servicios y los consumidores. Se resignifican: logística, transporte, asistencia sanitaria, sistemas inteligentes de la cadena alimentaria, agricultura de precisión y sistemas de producción inteligentes, valorización de la cadena energética, entre otros. Todo ello, con altos requerimientos en el desarrollo de arquitecturas de sistemas relacionados con IoT e inteligencia artificial (Kovacic, 2019).

Supremacía de las TIC en un mundo de ODS y de revolución digital

Bajo el macro contexto expresado en el apartado anterior, ya no es novedad que las TIC se presenten y emerjan como instrumentos y herramientas indispensables en todos los sectores de las actividades políticas, económicas, sociales y culturales. Considerar a las TIC como factor de cambio social en “el mundo rural” ha llevado a debates acerca de, por ejemplo y en términos extremos, si son las tecnologías las que impactan en las sociedades rurales, o las ruralidades son quienes se apropian y moldean las tecnologías. En línea con la posición de la preponderancia de las TIC, el discurso del determinismo tecnológico se funda en la idea por la cual, ante los sistemas tecnológicos, no cabe resistencia alguna ya que se referencia en sociedades avanzadas, quitándoles a los seres humanos su papel activo y de dirigencia social. La creencia según la cual las tecnologías son capaces, por ellas misma, de incidir de manera directa y positiva en el desarrollo socioeconómico de un grupo o en un contexto social específico, como podría ser el rural, parece haberse convertido en un nuevo discurso legitimador (Huguet, 2003). De ello dan cuenta algunas estadísticas.

Ya para 2011, según CISCO Systems, empresa global con sede en Estados Unidos:

Internet de las cosas, algunas veces denominado Internet de los objetos, lo cambiará todo, incluso a nosotros mismos. Si bien puede parecer una declaración arriesgada, hay que tener en cuenta el impacto que Internet ha tenido sobre la educación, la comunicación, las empresas, la ciencia, el gobierno y la humanidad (Evans, 2011:2).

Los impactos que menciona Evans (2011) afectan al “mundo rural” y lo desafían para no mantenerse impasible en los márgenes y periferias de la “revolución” en curso. Transformaciones vertiginosas que se profundizan en tiempos actuales de lógica multicultural de capitalismo global, transnacional y tardío (Harvey, 1988; Jameson, 1991; Zizek, 1997). Del paso de una economía fordista basada en la producción material de objetos a una economía posfordista, centrada en la producción inmaterial –conocimiento e información– (Cajigas Rotundo, 2007)[6]. Tiempo de una red global de poder, integrada por procesos sociales, económicos, políticos y culturales, cuya suma retroalimenta todo el sistema y hunde sus raíces en la otrora búsqueda del progreso moderno. Un mundo –como totalidad–, que busca el desarrollo sostenible/sustentable, donde rara vez se ponen en duda los fundamentos de la productividad y el economicismo que constituyen el a priori de la sustentabilidad, apoyados en Cadenas Globales de Valor (CGV)[7].

Tiempos, también, de diversidades y complejidades que vuelven imperativo superar lógicas binarias, excluyentes, históricamente construidas a partir de presupuestos epistemológicos de la Modernidad y que, en algunas dimensiones, continúan vigentes en el presente en tanto emergentes de las dinámicas de encuentros entre formas dominantes y no dominantes (Escobar, 2003:58). Tiempos, incluso, de disputas geopolíticas por la configuración de un nuevo orden mundial, “a partir de la profundización del sistema capitalista en su fase actual, en la disputa por la maximización de las ganancias, [que] conlleva necesariamente a la destrucción del ambiente y la naturaleza” (Schulz, 2020). Consecuencia de ello es, según este autor, “una crisis civilizatoria: la cultura del descarte y la obsolescencia programada [que] ponen en crisis la capacidad de auto reproducción de la naturaleza y, en consecuencia, la del ser humano mismo” Schultz (2020).

La geopolítica amalgama territorios y poder, con una comprensión histórica y, particularmente, sobre transformaciones vertiginosas que se profundizan en tiempos actuales y donde es necesario, una vez más, hablar de estadísticas porque, como diría Escobar (1996:357)las estadísticas cuentan historias. Son tecno-representaciones dotadas de complejas historias culturales y políticas”. En tal sentido, y según un informe técnico del año 2011, denominado Internet de las cosas. Cómo la próxima evolución de Internet lo cambia todo, de la empresa transnacional Cisco Internet Business Solutions Group (IBSG), es posible afirmar:

En el año 2003 había, aproximadamente, 6,3 mil millones de personas en el planeta, y había 500 millones de dispositivos conectados a Internet. Si dividimos la cantidad de dispositivos conectados por la población mundial, el resultado indica que había menos de un dispositivo (0,08) por persona. De acuerdo con la definición de Cisco IBSG, IoT aún no existía en 2003 porque la cantidad de cosas conectadas era relativamente escasa, dado que apenas comenzada la invasión de los dispositivos omnipresentes, como los smartphones […] El crecimiento explosivo de los smartphones y las tablet PC elevó a 12,5 mil millones en 2010 la cantidad de dispositivos conectados a Internet, en tanto que la población mundial aumentó a 6,8 mil millones, por lo que el número de dispositivos conectados por persona es superior a 1 (1,84 para ser exactos) por primera vez en la historia (Evans, 2011:2-3).

De igual forma, el mismo Informe Técnico de CISCO preveía entonces que, para 2015, podía haber 25 mil millones de dispositivos conectados a Internet, y 50 mil millones para 2020[8]. Igualmente, tal como se expresa en el White Paper. Informe anual de Internet de Cisco (2018-2023)[9], para el año 2023 casi dos tercios de la población mundial tendrá acceso a Internet; habrá 5.300 millones de usuarios totales (66 % de la población mundial), frente a 3.900 millones (51 % de la población mundial), en 2018. A su vez, para el mismo año, la cantidad de dispositivos conectados a redes IP será más de tres veces la población mundial; habrá 3,6 dispositivos en red per cápita, frente a 2,4 dispositivos en red per cápita en 2018. Paralelamente y para el mismo año, habrá 29,3 mil millones de dispositivos en red, por encima de 18,4 mil millones en 2018.

Asimismo, dentro de la categoría de conexiones conocidas como IoT o conexiones de máquina a máquina (M2M), las aplicaciones domésticas conectadas tendrán la mayor participación. Para 2023, más del 70 % de la población mundial tendrá conectividad móvil. Los dispositivos y conexiones 5G representarán más del 10 % de los dispositivos y conexiones móviles globales, lo que significa que crecerán de 8,8 mil millones en 2018 a 13,1 mil millones para 2023. Además, se duplicarán las velocidades de banda ancha fija y alcanzarán los 110,4 Mbps, frente a los 45,9 Mbps en 2018. Las velocidades móviles (celulares) y de wifi se triplicarán en 2023. Cerca de 300 millones de aplicaciones móviles se descargarán para 2023. Las aplicaciones de redes sociales, juegos y negocios serán las descargas más populares.

Al respecto, como sostiene Evans (2011):

Claramente Internet es una de las creaciones más importantes y poderosas de toda la historia de la humanidad. Ahora debemos tener en cuenta que IoT representa la próxima evolución de Internet, que será un enorme salto en su capacidad para reunir, analizar y distribuir datos que podemos convertir en información, conocimiento y en última instancia, sabiduría[10] (Evans, 2011:2).

Ahora bien, ¿cómo se vive esta evolución global en “el mundo rural”? ¿Podría considerarse la existencia de centros y periferias de acceso y uso a las TIC? ¿Cómo abordar las singularidades del “mundo rural” con perspectiva territorial? ¿Y de las ruralidades y heterogeneidades en plural? A partir de los principales datos, proyecciones y supuestos que subyacen a la idea de las transformaciones singulares, producto de las tecnologías para brindar soluciones profundas y duraderas a las problemáticas del “mundo rural, en algunos casos se ha sobredimensionado su potencial. Como instancia dialógica con el determinismo tecnológico, se destaca la necesidad de realizar un abordaje integrado que, además, recupere patrones epistemológicos modernos. Es decir, en tiempo de IoT y de desarrollo sostenible, es necesario (re)pensar “el mundo rural” desde la geopolítica y la decolonialidad. Hacerlo permite, por ejemplo, ver algunas de las promesas que la Modernidad –y la búsqueda del progreso–, no cumplió y/o lo hizo a medias y que se proyectan hacia el futuro que aún no llega para todas las latitudes ya que, en tiempos del capitalismo global y trasnacional contemporáneo, las exclusiones provocadas por las jerarquías epistémicas de la Modernidad se (re)significan, al igual que las prácticas geopolíticas constitutivas de los procesos de acumulación capitalista a diferentes escalas como puede considerarse la preeminencia de las TIC en “lo rural”.

El enfoque crítico contemporáneo de la perspectiva del proyecto colonialidad/decolonialidad (Quijano, 2000; Dussel, 1994; Lander, 1997; Mignolo, 2003a; Escobar, 2005; Walsh, 2005; Cajigas-Rotundo, 2007, entre otros), facilita el abordaje y repensar los interrogantes expuestos. Cabe decir que esta perspectiva se articula desde América Latina, pero no se circunscribe a ésta. Sus proposiciones permiten reflexionar acerca del sentido de pensar desde especificidades históricas y políticas. Lejos de presentar un mundo decolonizado, el proceso muestra que se han transformado las formas de dominación desplegadas por la Modernidad, pero no la estructura de las relaciones centro-periferia, a escalas que involucran tanto lo internacional como lo nacional, lo local/regional y lo urbano/rural. Estas estructuras de relaciones de poder, bajo las cuales las nuevas y las (re)significadas instituciones del capital global supranacional se ocupan de mantener a las periferias de todo tipo, considerando distintas escalas de enunciación, en una posición subordinada. Como propuesta epistémica, teórica y metodológica, la decolonialidad significa un tipo de actividad –pensamiento, giro, opción– de enfrentamiento a la retórica de la Modernidad y la lógica de la colonialidad. Ese enfrentamiento, que al decir de algunos autores de los estudios decoloniales y como se retoma en las consideraciones finales, no es sólo resistencia, sino reexistencia (Mignolo y Walsh 2018: 12).

Breve trayectoria de transformaciones desde una perspectiva decolonial

Pensar decolonialmente, trabajar en la opción del giro decolonial –entendida en su singular perfil, aunque manifiesta en formas varias–, significa sumarse en un proceso de desprendimiento de las bases eurocentradas del pensar. La decolonialidad, como enfoque desde donde se apuntala el supuesto de que la división internacional del trabajo entre centros y periferias múltiples, así como la jerarquización étnico-racial de las poblaciones –formada durante varios siglos de expansión colonial europea–, no se transformaron significativamente con el fin del colonialismo y la formación de los Estados-nación en las periferias mundiales (Castro Gómez y Grosfoguel, 2007:13-15). La decolonialidad, como un enfoque que propone considerar la diferencia colonial, en la formación y transformación del mundo moderno/colonial de donde provine el binomio campo-ciudad y rural-urbano.

Bajo esta perspectiva, en la complejidad de las interacciones y desde un entrecruzamiento de reflexiones inter-tras-multi disciplinares, se reúnen y hunden sus huellas la Modernidad, los territorios rurales, las comunidades y territorios virtuales, la digitalización e Internet de las Cosas.

Para dar cuenta de algunas huellas y recorridos, a continuación, se expone un cuadro de doble entrada. Allí, y a los fines de este trabajo, se sintetizan cambios y construcciones discursivas a partir de la propuesta de “3 mundos” y un “mundo posible”, sin distinguir entre urbano y/o rural: donde el “mundo N.° 1” podría ser el pasado moderno; “el N.° 2”, la actualidad y; “el N.° 3” hacia dónde vamos. El “mundo posible” invita a los y las lectoras a imaginar y proponer. Se elige esta categorización a efectos de no profundizar en los debates sobre Modernidad-posmodernidad ya que no forma parte de este trabajo, y siguiendo el interrogante: ¿cómo pasamos a hablar de…?

Figura 1. Mundos posibles

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Fuente: elaboración propia.

En un breve repaso en el camino hacia la Sociedad 5.0, en función de lo expuesto y sintetizado hasta aquí y a partir de la síntesis de los “3 mundos”, invitamos a pensar el Mundo posible y el Mundo deseado.

Las realidades contemporáneas se muestran interrelacionadas y complejas, mucho más que aquélla que expresan las viejas categorías de lo urbano como contracara de lo rural y/o la preeminencia de lo tecnológico. La visión dicotómica difícilmente pueda atender realidades, prácticas y saberes que interactúan y dan lugar a situaciones intermedias, híbridas y coexistentes. Asimismo, en forma gráfica, el contenido del cuadro anterior podría expresarse de la siguiente manera:

Figura 2. Gráfica del proceso de transformación de las sociedades en la historia de la humanidad

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Fuente: cuadro de elaboración propia.

Las nuevas emergencias permiten repensar las ruralidades y su vinculación con las tecnologías desde otras perspectivas (Kenbel, 2006). Posiciones no excluyentes, incluso de convergencia y coexistencia.

Reconfiguraciones hacia lo smart: Modernidad, progreso, desarrollo

Contemporáneamente, cuando lo urbano y lo rural ya no pueden ser pensados exclusivamente desde la lógica dicotómica o binaria moderna de opuestos, sino que se integran, se solapan y hacen de las fronteras categoriales un espacio móvil y en disputa, hace ya algunos años se ha hablado de territorios –como concepto analítico–[11] y de, por ejemplo, Desarrollo Rural Territorial[12]. No obstante, en dicha emergencia de “lo actual” y sus conceptualizaciones, las relaciones de poder parecen continuar pasando por procesos binarios, diádicos, bipolares, de metropolización/periferización –también, por la tenencia de la tierra; por las formas de trabajarla; las tecnologías que se adoptan y utilizan y, la importación de prácticas innovadoras sin particularizaciones territoriales, entre múltiples aspectos cuyos abordajes no son parte de este capítulo–. Diseños que tampoco indagan, necesariamente, en sus interrelaciones socioculturales y sus conflictos e intereses en permanente reconfiguración, con una subjetividad y una base identitaria social y cultural que se fue configurando geohistóricamente.

De manera general puede decirse que lo rural no se hubiese concebido como tal sin la existencia de su contrario, y que la especulación ha permitido suponer que, en un tiempo lejano, el ambiente era genéricamente uno e indiferenciado. La distinción posibilitó cierta clase de categorización sólo cuando parte del territorio se delimitó y reconoció para cumplir funciones específicas. Independientemente de ello, si hay algo sobre lo que no caben dudas, es que, como aseveran Thornton, Cimadevilla y Carricart (2003:199), “existe coincidencia [entre numerosos autores] en que la ruralidad de nuestros países, [ha sufrido y] sufre mutaciones y transformaciones, que parecen cada vez más evidentes”. En la actualidad, esa distinción dual de opuestos, típica de la Modernidad, va adquiriendo matices. Las tendencias presentes en la transformación urbano/rural revelan la necesidad de avanzar en la elaboración de nuevas formas de interpretar las ruralidades, de maneras diferenciadas de dar cuenta de sus permanentes reconfiguraciones.

Una propuesta aún vigente ha sido la expresada por Cimadevilla y Carniglia (2008), para quienes hoy ya no se es tan sólo urbano o rural. Para los autores, ambos espacios expresan una nueva condición: la rurbana. Proponen el concepto de rurbanidad para reemplazar al urbanismo dominante y al ruralismo como padecimiento. “Existimos en una urbanidad no solo desordenada, voraz, sino que demuestra la radicalidad y decadencia de la Modernidad pues esta tiene como base la subordinación del espacio al tiempo, tiempo asumido como oro” (Cimadevilla y Carniglia, 2008). Su invitación remite a tiempos de nuevas definiciones globales, de interculturalidades y de diálogos entre el saber y ser cultural rural y, el saber y ser cultural urbano –considerados cada uno como diversidades propias que deben y pueden complementarse–.

La propuesta autoral de Cimadevilla y Carniglia pretende caracterizar a un continuo que toma distancia de las lecturas polares y procura apoyarse en el supuesto de las penetraciones y articulaciones que modifican la dinámica y la lógica de los espacios, sin que por ello se anulen los precedentes (Cimadevilla y Carniglia, 2008). De esta manera, así como se urbaniza el campo, se ruraliza la ciudad. Ello, en la medida en que otros modos, estilos y lógicas de reproducción no siguen los parámetros de la razón dominante y se encarnan en los actores rurales que viven y/o trabajan en la ciudad y viceversa (Cimadevilla, 2000). Ahora bien, como ya se ha mencionado, comprender e identificar los retos para las comunidades rurales en un mundo cada vez más urbano e interconectado hunde sus raíces en explicaciones históricamente construidas. Lo digital en lo rural y lo rural en lo digital. Tras las promesas de la Modernidad, alude tanto a considerar una perspectiva sociohistórica marco, desde donde se parte, hasta problematizar lo digital en lo rural en la actualidad y viceversa. Dicho de otro modo y bajo este contexto, las huellas de la Modernidad, los territorios rurales, las comunidades y territorios virtuales, la digitalización e Internet de las Cosas se reúnen en la complejidad de las interacciones. Desde la geohistoria, es posible (re)pensar los rurales, en plural, hacia un paradigma globalizante del que aún no necesariamente forman parte.

A partir de lo expuesto hasta aquí, y desde una perspectiva decolonial –adoptada como propuesta epistémica desde América Latina que permite comprender relaciones de poder-dominio, así como tratar de superar la matriz histórico-colonial de poder en y desde lugares-tiempos específicos– (Lardone, 2019:82), es posible analizar trayectorias. Observar e interrelacionar algunos impactos de introducir tecnologías inteligentes en territorios rurales en desarrollo, no circunscriptos a lo rural tradicional o limitados a emular lo urbano desde límites dicotómicos. Y donde la finalidad no sea sólo reducir brechas entre el campo y la ciudad en la búsqueda del ansiado progreso ya que, en la actualidad, no es lo mismo pensar territorios rurales en desarrollo que desarrollos territoriales inteligentes. Esto es, a partir de lo digital en el presente sistema-mundo[13], al decir de Wallerstein (1974), de carácter eminentemente asimétrico dada la profundización del sistema capitalista en su fase actual, donde los beneficios son desigualmente repartidos y conllevan fragmentación, polarización y, fundamentalmente, disputas por la maximización de las ganancias.

Recuperando a Wallerstein casi cincuenta años después, en este sistema-mundo contemporáneo, habitualmente la digitalización del “mundo rural” pareciera comenzar por las tecnologías, es decir, por ser un fin en sí mismas. Sin embargo, a veces son un fin, y otras veces, medios para otros fines. Si IoT es, desde hace ya algunos años, un paradigma dominante transnacional y global instalado, ¿qué ocurre en la actualidad con la digitalización de los territorios rurales en el camino hacia el desarrollo sostenible? Desde una perspectiva geohistórica y geopolítica, ¿con las urgencias que se plantean desde IoT se renuevan y resignifican algunas de las promesas para las ruralidades que la Modernidad no cumplió o hizo a medias?

El momento actual de crecimiento exponencial y asimétrico de lo urbano a escala global; acceder a Internet; contar con infraestructura tecnológica adecuada; disminuir brechas digitales como una manifestación de otras brechas de tipo socio-económico; alcanzar las soñadas smart cites; redefinir el medio rural, digitalizarlo; ser parte de nodos de una red económica y de servicios cada vez más digitales; producir más con menos y ser competitivos; decidir a partir de algoritmos; obtener información y tomar decisiones independientes de los contextos; propender a la inclusión digital. La mayoría de los objetivos estratégicos de las agendas gubernamentales suelen estar dirigidos, más bien, hacia la infraestructura, hacia la conectividad digital. En menor medida se plantea la construcción de, en todo caso, smart territories o smart rural communities[14], que superen y amplíen la definición tradicional, que coloquen a los seres humanos en el centro de la escena y no necesaria y/o exclusivamente las tecnologías.

En este mismo orden de ideas, según Quilodrán (2018), por una parte, vivimos cada vez más en mundo de ciudades, y por otra, de manera cuasi aleatoria, las ciudades y las comunidades rurales deben ser inteligentes. Vale aclarar que bajo el paradigma IoT el concepto smart, tendencia a nivel mundial, no puede limitarse al ámbito de grandes urbes. Los territorios smart, no son la simple aplicación de TIC. Según se ha conceptualizado, deben ser capaces de recopilar y aprovechar información para poder orientar servicios y actividades con el fin de cumplir objetivos y prioridades. Pensar en “lo rural” como smart territories es acceder a una concepción más global, aprovechar las economías de escala y sinergias del territorio, y utilizar, de manera innovadora, las TIC para gestionar las singularidades. En síntesis, lo smart emerge para dar cuenta de las transformaciones y disrupciones en clave más inclusiva y directamente vinculada a los ODS[15] (Universidad del País Vasco, 2019).

Desde la misma lógica dicotómica del siglo xix, y si bien la distinción entre centros-metrópolis, semiperiferias y periferias suele utilizarse como una metáfora geométrica que contribuye a definir y describir la oposición entre al menos dos tipos de lugares en un sistema espacial, no deja de representar subalternidad. A partir de una mirada decolonial, el centro siempre es el dominante, y lo periférico es lo subalterno. Esta pareja conceptual, por oposición, tuvo su mayor impronta a partir de los aportes teórico-económicos sobre las desigualdades del desarrollo en América Latina. Posteriormente, otras disciplinas se sumaron al crecimiento de su conceptualización. Por lo tanto, su uso puede remitir a diferentes representaciones disciplinares, así como a disímiles niveles y escalas.

Hablar y pensar hoy de centros y periferias al pensar “lo rural” sigue remitiendo a un modelo explicativo de diferenciación, donde la periferia es siempre subordinada respecto al centro dominante. Permite, por ejemplo, reflexionar sobre la interacción espacial entre los otrora lugares separados en el mundo. Sería acertado hablar entonces de múltiples centros y periferias. Y, aunque los territorios se relacionen –endógena y exógenamente–, este vínculo continúa siendo disimétrico, fundado en una lógica de intercambio desigual. Ahora bien, es necesario reconocer y distinguir las disimetrías reales, de las históricamente asumidas e interiorizadas al decir de Mignolo (Walsh, 2005:8). Aquí, centros y periferias, “como un lenguaje pasado de moda, pero una situación histórica que no ha pasado de moda”. Escenario que no sólo continúa vigente, sino que posibilita reconocer, al menos, cinco distintas escalas de metropolización/periferización. Una escala mundial; entre naciones; a nivel interno de los países, entre provincias; a escala local/regional, entre distintos núcleos poblacionales de esas jurisdicciones provinciales, e inclusive, una quinta escala hacia el interior de las poblaciones entre lo urbano-rural.

Es inevitable reconocer que, al hablar de la digitalización del “mundo rural” en la actualidad, aún está presente lo expresado por Wallerstein en 1974, en el sentido de la existencia de centros, semiperiferias y periferias en el seno de la economía mundial (Wallerstein, 1979). Esta distinción ayudó a tomar conciencia de que las periferias son, también ellas, centros (Mignolo, 2005), proposición enriquecida desde otras perspectivas que fueron más allá de lo considerado por este autor. Enfoques que proponen considerar la diferencia colonial, en la formación y transformación del mundo moderno/colonial de donde provine el binomio campo-ciudad y rural-urbano –hasta remitir incluso a civilización/barbarie–. Esta diferencia colonial –que hasta mediados del siglo xx hacía honor a la distinción clásica de centros y periferias–, en la segunda mitad del siglo xx cambió. Las emergencias del colonialismo global, gestionado por las corporaciones internacionales, eliminaron las distinciones que habían sido válidas con respecto a las formas tempranas de colonialismo y la colonialidad del poder. Según Mignolo (2005), hoy todo eso ha acabado, tanto en las periferias del centro, como en los centros de las periferias.

Consideraciones finales: reflexiones y una propuesta geopolítica

Los debates en las ciencias sociales sobre espacios, territorios, regiones, categorizaciones y fronteras han sido muy amplios y diversos. Las perspectivas multidisciplinarias se han impuesto sobre las unidisciplinarias. Cada vez más se reconoce la urgencia y la necesidad de abordajes teóricos y metodológicos más integrales, sobre todo cuando se analizan temas como la geopolítica de lo digital y territorios rurales bajo la supremacía de IoT. El ciberespacio constituye un intrigante mundo, donde las tecnologías informáticas y digitales tienen como objetivo estratégico el nexo con Internet. La conectividad 5G en la base de IoT; máquinas autónomas; impresiones 3D; robótica avanzada; inteligencia artificial, blockchain; criptomonedas; realidad virtual, aumentada y extendida; big data; machine learning; cloud service; M2M; algoritmos y más algoritmos. En el mundo actual, las tensiones geopolíticas incluyen lo digital y los territorios rurales. ¿Qué legados y huellas epistémicas del pensamiento moderno totalizante siguen vigentes en la supremacía tecnológica/digital que se impone en tiempos del capitalismo tardío, transnacional y global? ¿Se hacen visibles en “el mundo rural”? ¿Cómo? ¿Qué significa pensar el desarrollo territorial inteligente?

Al plantear los interrogantes expuestos hasta aquí, no es posible pasar por alto la densidad teórica que abarca cada uno de ellos, pero es fundamental, al menos, revisarlos para aproximarnos a problemáticas que no sólo tienen que ver con el pasado, con las herencias coloniales, sino que juega un papel igualmente medular en el presente y se proyectan hacia el futuro. Como diría Bauman (2003:12), en relación con lo expresado por Castoriadis sobre el problema de la condición contemporánea de “la civilización moderna”, no formular ciertas preguntas conlleva más peligros que dejar de responder las que ya figuran en las agendas oficiales.

Paralelamente, este autor afirma que formular las preguntas equivocadas suele contribuir a desviar la mirada de los problemas que realmente importan. Ello porque el silencio se paga con el precio de la dura divisa del sufrimiento humano”. Por lo tanto, para Bauman, formular las preguntas correctas constituye la diferencia “entre someterse al destino y construirlo, entre andar a la deriva y viajar. Cuestionar las premisas ostensiblemente incuestionables de nuestro modo de vida es, sin duda, el servicio más apremiante que nos debemos a nuestros congéneres y a nosotros mismos” (Bauman, 2003:12).

Analizar las tecnologías y “el mundo rural” en la actualidad, con perspectiva geopolítica, histórica y sociocultural permite, entre otros aspectos, una manera de construir a partir de indagar sobre mecanismos y prácticas discursivas que han servido y sirven de operadores sociopolíticos y económicos de sucesivos modelos hegemónicos. Hoy, la emergencia de las tecnologías y de lo digital revela, además y parafraseando a Marcel Proust, la necesidad no sólo de una nueva mirada, sino de nuevos ojos. Pensarlos críticamente, desandando un proceso histórico moderno/colonial, una matriz colonial naturalizada y universalizada. Una mirada que permita –a partir de recuperar la historia y los contextos– entender cómo las prácticas asociadas al “mundo rural” se (re)construyen dentro de la colonialidad del presente digital. Dentro de un modelo hegemónico y global de poder, instaurado desde la supremacía tecnológica e internalizado que, entre otros aspectos, no facilita visualizarse y/o asumirse como productores y gestores vinculados a las heterogéneas ruralidades.

No obstante, las formas de mirar el mundo no son neutrales. Son subjetivas y por ende político-ideológicas, y condicionan las maneras de actuar en él. De este modo, cualquier interpretación genera consecuencias en las prácticas socioculturales (De Souza Silva, 2008). Las miradas de quienes observan e interpretan hoy “el mundo rural” están saturadas de imaginarios, relaciones e intereses construidos geohistóricamente –que condicionan y orientan una determinada observación de las realidades–. Dice Escobar (2000:125) que las mentes se despiertan en un mundo, pero también en lugares concretos, donde el conocimiento local es un modo de conciencia basado, exactamente, en el lugar. Una manera-lugar específica de otorgarle sentido al mundo. Sin embargo, el hecho es que, con la globalización, los lugares parecen haber desaparecido.

En la actualidad, muchos de los discursos sobre “el mundo rural” se expresan desde la globalización. Por ende, suelen igualar lo global al espacio, al capital, a la historia y lo local, con el lugar, el trabajo y las tradiciones (Escobar, 2000:114). Es decir, el lugar se volatiliza, se desdibuja en el inconmensurable espacio de lo global. Las consecuencias que esto genera pueden verse en las dificultades para comprender las culturas, el conocimiento, la naturaleza y las economías, en un largo etcétera. De allí que resulta imperativo recuperar la importancia del lugar. Desde la dimensión del lugar en primer término, pero también desde otras dimensiones, se busca rescatar las singularidades de “lo rural”. Una acción que permita (re)introducirlo en la globalidad desde sus particularidades geohistóricas. La historia –el tiempo– permite seguir la pista a las relaciones y contribuye a descubrir cómo y por qué se han producido y producen determinados hechos en “el mundo rural”. La geografía –el espacio– facilita ver cómo las sociedades han actuado y actúan sobre su medio. El énfasis se pone en los vínculos múltiples, en las interrelaciones, sin naturalizar o construir como fuente de identidades auténticas y esencializadas (Escobar, 2000:115).

La finalidad de este trabajo ha sido tratar de recobrar algunos presupuestos epistemológicos fundamentales en los que se ha basado la construcción de “lo rural”, en tanto emergentes de las dinámicas de encuentros entre formas dominantes y no dominantes (Escobar, 2003:58) que se evidencian en el camino hacia las Sociedades 5.0. Es decir, enfrentarse con el dilema entre la Modernidad, en el sentido occidental, y el espíritu de su propia y larga historia (Grosfoguel y Mignolo, 2008:34).

Consecuentemente, en función de la perspectiva decolonial –que permite comprender relaciones de poder-dominio, así como tratar de superar la matriz histórica-colonial de poder en y desde lugares-tiempos específicos–, se hace necesario posicionarse geopolíticamente. Desde el poder eurocentrado occidental, el “mundo rural” se asoció a la dicotomía superior-inferior. Fue presentado discursivamente a través del binomio “civilizado-primitivo”. Luego, bajo la hegemonía de los Estados Unidos, la dicotomía cambió desde lo semántico, aunque no necesariamente desde lo discursivo y sus impactos. Se presentó, y se presenta, en medio del binomio “desarrollado-subdesarrollado” o “emergente”. En medio de esas tensiones binómicas, las TIC han emergido y se posicionan como portadoras de futuro para las rurbanidades, para los territorios rurales.

No obstante, cuando se habla de geopolítica, en la base se encuentra el hecho de comprender determinados acontecimientos que afectan el devenir de un espacio específico. Pero dicha comprensión no deja de ser compleja y particular, aunque desde algunas posiciones deterministas, se enfatiza en la existencia de procesos y prácticas que le confieren cierta homogeneidad cultural al mundo actual. Ello surge, por ejemplo, como producto de considerar un mundo extraterritorial global interconectado, uniformado por tecnologías y mercados, donde “lo rural” no siempre es incluido. Sin embargo, a partir de entender “ese mundo”, desde la trama y el solapamiento de perspectivas amplias no deterministas –que incluyen las interrelaciones socioeconómicas, culturales y políticas–, es posible asegurar que, sin importar “nuestro lugar en el mundo”, no somos seres planetarios abstractos ni deslocalizados. La afirmación anterior es necesario repetirla una y otra vez, sobre todo, cuando durante largo tiempo, en distintas latitudes de América Latina, bajo premisas y leyes modernas, se adoptaron conceptos universales, concebidos desde “otros lugares”, legitimados como verdaderos y válidos para cualquier territorio del mundo.

Porque dentro del umbral histórico de la Modernidad, la manera aceptada de estudiar “el mundo” procedía de “universales” y de “verdades” que debían prevalecer por sobre cualquier otra posibilidad epistémica. Sobre todo si se aspiraba a que la actividad de generar conocimientos fuera considerada como Ciencia –en singular y mayúscula, y además, racional, objetiva y neutral–. Hoy, bajo el paradigma de IoT, se habla de ciencia y tecnología. Una dupla a la que se suele acompañar con los conceptos de innovación y/o sociedad. No obstante, cabría aquí recordar que, afín al discurso de la Modernidad, se crea la ilusión de que el conocimiento, las ciencias y las tecnologías son desincorporadas y deslocalizadas, y, en consecuencia, se hace necesario como en otros tiempos, “subir” a la epistemología de la Modernidad desde todas las regiones del planeta (Walsh, 2003). Sin embargo, los modelos epistémicos tradicionales, baluartes de la ciencia moderna, han sido cuestionados, repensados y debatidos. Los paradigmas con los cuales se rigió la construcción del saber moderno han entrado en disputa con nuevos modelos, propuestas y líneas de pensamiento.

Siguiendo a Bourdieu (1999), podría decirse que, en los territorios rurales bajo la supremacía de IoT, lo digital refuerza la propuesta de considerar el espacio social como la materialización de las relaciones de poder y las interacciones entre los actores sociales insertos en campos de fuerza. Donde dichos actores desplieguen sus capitales, estructurando las diferencias con una dialéctica de conflicto y en una continua proyección de sus representaciones sociales. En palabras del autor, se trataría de las disposiciones del habitus, entendidas como esos mecanismos de posesión y posición sobre/en el espacio que producen territorio (1999: 12-14). Para Bourdieu, habitar es significar y apropiarnos del espacio. Si lo rural ha sido construido como subalternidad, son esas subalternidades las que hoy pueden habitar y habilitar espacios desde una lógica diferente, resignificada. Lo digital de los territorios rurales debe ser habitado por quien los habita, y el diseño de su futuro también.

No se trata de un nuevo campo experimental, ahora de la inteligencia artificial. Tampoco ser el destino obligado de vehículos autónomos de precisión o de drones que hacen rural delivery. En concordancia con Mignolo y Walsh (2018:14), es partir de la fuerza creativa de la resistencia y la re-existencia –como potencia para la crítica y las alternativas factibles–, desde donde se invita a pensar la praxis decolonial y pluri-versal de los territorios rurales bajo la supremacía de IoT. Una forma, opción, punto de vista analítico, proyecto, práctica y, fundamentalmente, praxis porque en el camino hacia el desarrollo sostenible, la Modernidad renovó sus promesas. ¿Cuál es el mundo que queremos construir a partir de ahora?

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  1. Universidad Nacional de La Pampa, Gobierno de La Pampa, Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria – EEA Anguil Ing. Agr. Guillermo Covas.
  2. Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria – EEA Anguil Ing. Agr. Guillermo Covas, Laboratorio de Sistemas Digitales.
  3. De acuerdo con el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD, 2001), el desarrollo humano puede ser entendido como crecimiento económico equitativo y sostenible. Es además un concepto incluyente, en el sentido de que abarca los conceptos sinónimos de desarrollo sostenible, sostenibilidad y sustentabilidad. Ello indica, por consiguiente, que todos y cada uno de los diferentes sectores (económicos, sociales, políticos y ecológicos, entre otros) deberían tener como meta el desarrollo humano y no sólo el económico. No obstante, el debate se ha dado, generalmente, entre distintas visiones ideológicas del desarrollo.
  4. Según Cisco Internet Business Solutions Group (IBSG) los orígenes de IoT se pueden remontar al Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Un grupo de investigadores, fundado en 1999, realizaba investigaciones en el campo de la identificación por radiofrecuencia en red (RFID), y las tecnologías de sensores emergentes. Los laboratorios estaban conformados por siete universidades, ubicadas en cuatro continentes para diseñar la arquitectura de IoT. Según el Grupo de soluciones empresariales basadas en Internet (IBSG, Internet Business Solutions Group) de Cisco, IoT es el punto en el tiempo en el que se conectaron a Internet más “cosas u objetos” que personas. Evans (2011).
  5. Video disponible on line en https://bit.ly/2HOgGdX.
  6. Bajo este marco se hace referencia, por ejemplo, a un tiempo histórico denominado, genéricamente, como sociedad y hasta era del conocimiento. O también, como afirman algunos economistas, una época donde se vive en una Economía del Conocimiento (EC), de capitalización del mismo, caracterizada por la expansión de las actividades asociadas con su producción, almacenamiento y distribución. Como construcción política e ideológica, The Knowledge Society se ha desarrollado de la mano de la globalización neoliberal. Ha sido adoptada y legitimada dentro de las políticas públicas por organismos, tanto nacionales como internacionales, siguiendo la lógica global de descentralización. Por ello, hoy más que nunca, el énfasis parece estar deliberada y especialmente puesto en el conocimiento como recurso, su instrumentalidad, su valor de cambio y su “productividad” a escala mundial. La EC denota una transición hacia una producción basada en la ciencia y la tecnología, pero que además de estos elementos “objetivos”, “lógicos” o “racionales” del conocimiento, la EC incluye, también, elementos “subjetivos”, “analógicos” o “emocionales” (Carrillo, 2005:2-3).
  7. El comercio internacional ha experimentado importantes cambios a lo largo de las últimas décadas. La reducción de las barreras arancelarias al comercio y el cambio tecnológico han favorecido la internacionalización de los procesos de producción, en la cual incluso ganaron relevancia muchos servicios que antes eran no comercializables. Por lo tanto, el comercio internacional y la inversión están inextricablemente entrelazados a través de las redes internacionales de producción de bienes de las empresas que invierten en todo el mundo, así como en la comercialización de insumos que forman parte de las cadenas de valor transfronterizas con diversos grados de complejidad. Estas cadenas de valor, ya sea intraempresa o interfirmas, regionales o de naturaleza global, se las conoce como Cadenas Globales de Valor o CGV, en inglés: Global Value Chains (Ferrando, 2013:1).
  8. Según el informe los cálculos no tienen en cuenta los rápidos avances en la tecnología de Internet o de los dispositivos. Las cifras se basan en la totalidad de la población mundial, gran parte de la cual no está aún conectada a Internet. Y se advierte que, si se reduce la muestra poblacional a las personas realmente conectadas a Internet, el número de dispositivos conectados por persona aumenta drásticamente. Por ejemplo, es sabido que aproximadamente 2 mil millones de personas utilizan Internet en la actualidad. A partir de esta cifra, el número de dispositivos conectados por persona asciende a 6,25 en 2010, en lugar de 1,84.
  9. El White Paper, informe anual de Internet de Cisco (2018-2023), es un pronóstico/análisis global que evalúa la transformación digital en varios segmentos. Se proporcionan proyecciones cuantitativas sobre el crecimiento de los usuarios, dispositivos y conexiones de Internet, así como el rendimiento de la red y los nuevos requisitos de las aplicaciones. Los análisis y evaluaciones cualitativas también se proporcionan en cuatro áreas estratégicas: aplicaciones, seguridad, transformación de infraestructura y empoderamiento de empleados y equipos.
  10. Los antecedentes de la Sociedad del Conocimiento –The Knowledge Society– se le atribuyen al austríaco Peter Drucker y al economista de la misma nacionalidad Fritz Machlup. La idea de estos teóricos estaba mucho más cercana al concepto de información y describieron las tendencias que siguieron las sociedades posindustriales del siglo xx y principios del xxi. No obstante, existieron otros aportes teóricos que reforzaron su conceptualización. Mattelart (2001) enumeró muchos de ellos en su publicación Historia de la sociedad de la información: Bell (1960) y la sociedad postindustrial; Rostow (1960) y las etapas del crecimiento; McLuhan (1962); Etzioni (1968) y el tecnocomunitarismo; Brzezinski (1970) y la tecnotrónica; Touraine (1971) y las sociedades postindustriales; Bell (1973); Machlup (1980); Toffler (1971) y las olas; Nora y Minc (1978); Lyotard (1979) y el saber como fuerza de producción; también Masuda (1981); Fukuyama (1993); Negroponte (1995); Levy (1995). Además de los citados por Matellart, podrían sumarse, entre muchos otros, Beniger (1996) y la sociedad del control, Lafontaine (2004) con el imperio de la cibernética, y Clash (2005), para quien la comunicación es la conexión entre la información y la globalización en las sociedades actuales (Lardone, 2009:35-38). La característica distintiva de estas sociedades es que los conocimientos teóricos y servicios basados en la información y el conocimiento son los principales componentes de cualquier actividad económica.
  11. Sobre el concepto analítico de territorios, algunos de los referentes temáticos son: Abramovay (2006), Schejtman y Berdegué (2003), y Manzanal (2007). Estos autores visualizan el territorio ya no como escenario o como simple continente de objetos y procesos, sino como construcción social definida por las formas de interacción entre individuos, organizaciones e instituciones. Ello implica comprender la naturaleza de tales lazos y considerar factores tales como la identidad, la idea de pertenencia, las tramas socio-institucionales, etc.
  12. Schejtman y Berdegué (2003), en su análisis del Desarrollo Territorial en el ámbito rural –DTR–, exponen la idea de la necesaria complementariedad entre competitividad y sostenibilidad económica, así como la permanente motivación a la interacción de los actores locales como ejes para la vinculación del territorio con mercados dinámicos y agentes externos relevantes. En este sentido, entienden el DTR como un proceso de transformación productiva e institucional en un espacio rural determinado, cuyo fin es reducir la pobreza rural.
  13. Durante años, diversos académicos e intelectuales se han ocupado y trataron de encontrar algunos porqués de las dinámicas de nuestro mundo. Una de ellas, aunque muchas veces restringida para explicar con exclusividad la dimensión económica mundial, ha sido y es la del sistema-mundo del sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein (1974). Propuesta analítica-conceptual que, a su vez, enlaza con la teoría del centro-periferia, teoría de la dependencia o intercambio desigual.
  14. Los Territorios Inteligentes suelen definirse como espacios geográficos con los que se puede interactuar, compuestos por numerosas realidades complejas que van respondiendo a las necesidades de su población, mediante complejos sistemas integrados y articulados de información interconectados y en interacción permanente con la ciudadana.
  15. Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (2019) Smart Rural Communities (SRC): ¿Hacia un nuevo modelo de desarrollo rural ‘inteligente’ en cooperación internacional para el logro de los ODS? UDA IKASTAROAK. Cursos de Verano. Presentación.
    Web https://bit.ly/2PzTbbS.


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