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4 Los reversos del fuego

Experiencias de sufrimiento y malestar entre los trabajadores

Toda práctica devela, y algunas parecieran mostrar nuevos mundos. También, una práctica, sobre todo institucional y sistemática, es una tentación a la rutina y, por ende, al peligro de su muerte. Esta posibilidad y este desafío afrontamos desde que comenzamos a trabajar en la cárcel de menores por la que transitan – y a veces se quedan meses y meses- jóvenes en conflicto con la ley penal (Colectivo de Acompañantes Juveniles, 05/08/2010)

La sumisión y la resistencia se desarrollan también –y quizá prioritariamente– en el campo de las prácticas, en el del sufrimiento psíquico y corporal, o sea, en el campo de un sufrimiento las más de las veces silencioso. Es en este nivel –que muchas veces no tiene expresión verbal, ideológica, ni política– en el que quizá se estén gestando espacios posibles de resistencia (Wallace, 1998, p. 257).

En este capítulo abordo los procesos de sufrimiento y malestar que atraviesan los trabajadores, para reconstruir a partir de ellos un repertorio posible de sentidos que den cuenta de cómo vivencian el trabajo en contextos de encierro. El movimiento que busco producir es caracterizar esas experiencias para –a partir de allí– desentrañar aquello que comienzan a nombrar en términos de “lógica institucional”, como una nueva categoría que mixtura conflictivamente prácticas punitivas y de cuidado, a la cual, en ocasiones, ubican como motivo de una serie de malestares que inciden en su salud mental y que los conducen al pedido de una licencia laboral por carpeta psiquiátrica. Siguiendo la propuesta de Alberto Bialakowsky, Cecilia Lusnich y Ernestina Rosendo (2000), cabe reparar en el proceso de trabajo en términos de un “inconsciente institucional”, frecuentemente silenciado, pero plausible de ser indagado para poner de relieve los modos de organización de la cotidianeidad, la circulación del poder y las violencias que –al modo de grafías– lo constriñen y le dan forma.

Como mencioné en el capítulo 2, la cárcel es una institución, pero el encarcelamiento es también una experiencia situada históricamente, que se desenvuelve en un espacio ritmado, que produce afectaciones (Despret, 2022). Desde estas consideraciones, pueden ponerse en relevancia las situaciones de malestar y sufrimiento psíquico. De esta manera, parafraseando a Giovanni Berliguer (1983, 2006), si los padecimientos pueden operar como los principales “espías” de las contradicciones sociales (Menéndez, 2015, p. 303), quizás una aproximación a las experiencias de los trabajadores en esta clave pueda devolvernos una imagen más acabada del proceso de trabajar, sufrir y experimentar malestar en una institución carcelaria. Aún más, si la noción de experiencia remite a la inviabilidad de escindir los procesos de trabajo y vida, el sufrimiento puede ser un potente analizador que dé cuenta de dicha imposibilidad, como veremos en el trayecto que propongo para este capítulo.

Habida cuenta de estas anticipaciones, en el primer apartado deslizo algunos aportes conceptuales para acercarnos a los procesos de malestar y sufrimiento vinculados al ámbito laboral, particularmente atribuidos a la idea de que “acompañar en el encierro” es un trabajo que “quema”.

El capítulo se estructura luego a partir del trabajo con dos aproximaciones que operan al modo de movimientos que permiten abordar la comprensión de los procesos de sufrimiento y malestar. Un primer movimiento consiste, entonces, en reconstruir un suceso trágico –la muerte de uno de los jóvenes– acontecido a partir de una situación acaecida en el instituto, mientras llevaba a cabo el trabajo de campo, para –partiendo de allí– analizar los lineamientos institucionales propuestos, los procesos de tramitación de este hecho por parte de los trabajadores y un mapa de alianzas y disputas en torno a la “lógica institucional”. Los afueras y adentros del encierro, la intensidad de las horas de trabajo en el instituto, la abrasividad de la jornada laboral intramuros y la cárcel como un espacio genéricamente construido serán claves para hablar de un conjunto de situaciones de malestar. Además, incorporo una reflexión metodológica sobre mi propio involucramiento en el campo y las formas de elaborar este suceso.

A partir de estas problematizaciones, en la segunda aproximación elijo centrarme no en un evento, sino en el repertorio de sentidos que dan cuenta de los procesos de sufrimiento cotidianos, que dan textura a la idea de “quemarse”, así como en otras situaciones que son tramitadas a partir del pedido de una licencia por motivos de salud mental. Exploro las formas en que los trabajadores lidian con un conjunto de emociones enlazadas al modo en que perciben las transformaciones en su vínculo con los adolescentes, y las asociaciones entre juventudes y violencias, que ubican como productoras de un grupo de afectaciones, entre ellas el sentimiento de “convivir con duelos constantes”. Examino las conflictividades con las líneas de trabajo que producen efectos en su salud mental, así como reparo en el pedido de licencias como forma de lidiar con las violencias en el ámbito laboral.

Finalmente, elaboro una recapitulación compuesta por una caracterización de la “lógica institucional” a partir de las experiencias recuperadas, así como por su problematización en relación con los procesos de sufrimiento y malestar, y con las estrategias de los trabajadores para abordarlos.

I. Discutir la idea de “quemarse”. Puntos de partida para comprender los procesos de malestar y sufrimiento vinculados al trabajo en una institución de encierro

En el recorrido trazado hasta aquí he analizado las apropiaciones, tensiones y conflictividades que se entraman en las circulaciones, reformulaciones y aplicaciones del frente discursivo sobre la protección integral de las adolescencias atravesadas por el campo penal en clave local, a partir de la experiencia de los trabajadores a quienes se encomienda su implementación en los espacios cotidianos de detención en la ciudad de Rosario. Sujetos que son convocados de acuerdo a sus trayectorias de militancia previa, que imprimen un sello distintivo tanto a su proceso de trabajo como a la producción de sí mismos como trabajadores estatales con “la camiseta de los derechos humanos”. La tarea de “acompañar en el encierro” hilvana, así, ideas de “artesanía”, “voluntad” y “militancia”, gestos y disposiciones que conforman la manufactura de una “lógica convivencial” que busca disputar la gobernabilidad del espacio carcelario, signada por el predominio de la “lógica tumbera”, afrontando momentos de tensión y apaciguamiento.

Este último enlace, que liga trabajo a militancia, también funciona como puntapié para abordar la militancia por el trabajo: las luchas por las condiciones laborales de los trabajadores y habitacionales de los jóvenes, por el pase a la planta permanente del Estado provincial, por el mantenimiento de su función y por el cierre progresivo de los espacios de encierro y la promoción de espacios de puertas abiertas. Primeramente, el espacio formado por el Colectivo de Acompañantes Juveniles funcionó como instancia organizativa, a la par que como un campo afectivo central: un lugar donde imaginar formas de “acompañar en el encierro”, compartir deseos, angustias, anhelos; diseñar estrategias de lucha y definir afiliaciones y alianzas. Con posterioridad, la actividad organizativa pasó a estar referenciada en el espacio gremial de ATE Rosario, en el cual –si bien se mantuvo la participación de buena parte de los trabajadores– algunos no continuaron interviniendo con la asiduidad de otros tiempos. Esto se vio unido a un proceso de institucionalización del rol de los acompañantes en el organigrama de la DPJPJ, generando sistemas de promoción de ciertos trabajadores a puestos de coordinación y dirección. Desde la lectura de algunos sujetos, esto fue una instancia propicia para poder incidir con mayor peso en los lineamientos institucionales, de acuerdo a la experiencia que podía aportar su trayectoria como acompañantes y/o profesionales. Para otros, se trató de una forma de fragmentación del colectivo.

En este derrotero, una de las tensiones estructurantes de las experiencias de trabajo y vida de los sujetos se vincula a las mediaciones posibles –e imposibles– entre cuidado y control, castigo y acompañamiento en los espacios abocados al gobierno de los adolescentes atravesados por el campo penal, lo cual permite definirlos como lugares de paradojas. Estos polos han tenido diversos momentos y tónicas en su vinculación, y en la pugna por devenir hegemónicos, siendo emblemas de luchas del conjunto de trabajadores y también consignas identificadas con “polvaredas mediáticas” y “oleadas progresistas”, ligadas a la fuerza política que ha detentado el gobierno provincial. A la par, el gobierno penitenciario del espacio carcelario ha mantenido más una constancia silenciosa que un despliegue altisonante de sus fuerzas.

Sin embargo, como vimos en el capítulo precedente, sería un error pensar solo en clave de dicotomías al interior de la institución, de allí la necesidad de definir su aspecto paradójico, antes que su enfrentamiento antagónico. En el transcurrir de este espacio –y, extendiendo el análisis, de la DPJPJ– algunos de estos matices se han entremezclado, metabolizado y reconfigurado.

A su vez, en este recorrido hemos notado como aparecen imágenes que aluden a metáforas asociadas al fuego: la necesidad de “foguearse y formarse” ante una institución que se presenta como “caliente”, que “quema”, reclamando por una política de rotación para este sector. Ambas cuestiones, la mutación en la organización de los procesos de trabajo y la percepción del desgaste en la tarea, configuran procesos de malestar que serán eje de este capítulo.

Ahora bien, ¿a qué remite la idea de “quemarse”? ¿Por qué se la vincula con las “carpetas” de salud laboral que insinúan el pedido de licencias psiquiátricas? ¿A qué sentidos, sensaciones, emociones aluden esas experiencias? Felipe, representante gremial de los trabajadores nucleados en ATE durante varios años, proponía volver sobre esta idea:

Muchos de los compañeros que faltan en IRAR están con carpetas. A ver, con la frase esa de “trabajando mucho tiempo te quemás” Lewis tiene razón, el problema es que si vos tenés o no una política de rotación y de poder –dentro de los derechos de los trabajadores– abordar eso, y que los compañeros no se quemen. (…). Lo que te quema es la institución total, las fuerzas de seguridad. Nosotros corremos del eje la peligrosidad de los jóvenes. Si vos partís de la idea de que los jóvenes son peligrosos y que no se puede trabajar…/hace un movimiento de negación con su cabeza/ Cosa que cambió hoy, está más compleja la situación y se puede repensar eso, pero no lo planteamos así (Entrevista Nro. 24, 2023).

Ciertamente, como expresa Felipe, en el período en el cual realicé trabajo de campo se fueron haciendo cada vez más frecuentes las alusiones a situaciones de desgaste y malestar entre los trabajadores, enlazadas a ciertos desplazamientos en las relaciones, orientaciones y características del espacio laboral, así como a los resquebrajamientos de las instancias organizativas que los agrupaban. Varios trabajadores de los dispositivos de la DPJPJ y, en particular, del IRAR/CERPJ, pedían “carpeta”, es decir, tramitaban una licencia por motivos de salud mental. “Quemarse”, “limarse”, “fisurarse”, fueron expresiones usuales para hablar de esas situaciones.

La relación entre trabajo y salud ha sido históricamente explorada desde una serie de enfoques divergentes.[1] Sin embargo, si nos remitimos a la imagen de “quemarse” en contextos laborales como la cárcel, la escuela o el hospital, es frecuente la asociación con los estudios que exploran el síndrome de burnout (SBO) o el síndrome de quemarse por el trabajo (SQT).

A lo largo del proceso de investigación muchas veces colegas, compañeros, familiares e incluso trabajadores me han preguntado si me interesaba investigar “el burnout”, ante lo cual no podía más que sorprenderme por la extensión de esta categoría, casi en términos de un uso social compartido. En esta idea “el burnout” es algo que “se tiene”, y que equivale a “quemarse”. Desde una perspectiva clínica, el SBO (o SQT) es conceptualizado por el psiquiatra Herbert Freudenberger (1974)[2] como una progresiva pérdida de energía que lleva al agotamiento, produciendo síntomas de ansiedad, depresión, agresividad, desmotivación y fracaso en el trabajo (Spinelli, 2013; Saborío Morales e Hidalgo Murillo, 2015). Posteriormente, Christina Maslach y Michael Leiter (1981), desde una perspectiva psicosocial, lo definen como un “síndrome psicológico”, descripto en trabajos vinculados al cuidado, a los servicios sociales y a la educación, que implica la respuesta individual y prolongada a la relación con “estresores interpersonales crónicos en el trabajo” (Maslach, 1993, 2009).[3] Esta respuesta tiene tres dimensiones, leídas en clave sintomática: agotamiento extenuante, sentimiento de cinismo y desapego por el trabajo, y sensación de ineficacia y falta de logros (Maslach, 2009, p.37). Para otros autores, se trata de un concepto con límites borrosos, construido desde discursos psicológicos, médicos (que lo definen como una enfermedad individual, ajena a circunstancias sociopolíticas) y socio laborales (que lo detallan como un riesgo asociado a condiciones de trabajo nocivas) (Saborío Morales e Hidalgo Murillo, 2015).[4] Si bien la OMS lo define como un factor de riesgo laboral, no se halla incorporado al DSM-V, ni a la CIE – 10,[5]pese a que es uno de los enfoques que puede encontrarse con predominancia en el estudio de la salud de los trabajadores de áreas como docencia y enfermería (Arís Redó, 2009; Saborío Morales e Hidalgo Murillo, 2015; Torre, Santos Popper y Bergesio, 2019; Arrigoni, 2020).

Cabe entonces preguntarse: ¿qué es lo que “quema” en estos ámbitos laborales? Considero que, por momentos, estas perspectivas parecerían hablar de la imposibilidad de los sujetos por desplegar mecanismos protectores ante esos “estresores interpersonales crónicos” que la definición del SBO contempla, o de condiciones de trabajo que lo provocarían en términos de “riesgo”, sin ser problematizadas políticamente. Además, en ciertas ocasiones, el hecho de que las licencias por motivos de salud mental prevalezcan en algunos espacios de trabajo por sobre otras es leído, en contextos locales, en términos de una de las imágenes invocadas en el capítulo anterior: la de “ñoquis que piden carpeta por cualquier cosa”, que “no quieren ir a laburar”. En esta idea, parece asomarse como aspecto primordial la desafectación por el trabajo, resultado o no del proceso de “quemarse”.

Se trata, por un lado, de una conceptualización que parece ligar la unidad de análisis a quien “se quema”, sin reponer el entramado social y político en el que esto sucede o, de hacerlo, ubicándolo solo en términos de contexto (Spinelli, 2013).[6] Por el otro, parece aludir a procesos en ámbitos de trabajo fagocitantes, que imprimen sus condiciones sobre sujetos idealistas pero un tanto pasivos, sin dar cuenta de las resistencias más o menos organizadas, las negociaciones y las estrategias para lidiar con el malestar que despliegan. Nos hablan del “quemado” pero no nos dicen de qué manera se origina un incendio, quién avivó el fuego, ni sugieren que pueda quemar tanto la llama como el hielo. Nos devuelven la imagen del automatismo en ciertos trabajos y en determinadas instituciones, esta vez en clave de un “autómata que padece”.

En este trabajo quisiera ensayar un camino diferente al que siguen los enfoques mencionados, recuperando la invitación de Mabel Grimberg (1991), quien aboga por persistir en el esfuerzo de construir una mirada antropológica que pueda poner en juego las experiencias de los sujetos sociales, las modalidades de los procesos de trabajo y las condiciones de vida resultantes, en las cuales salud y enfermedad aparecen como dos momentos “de un mismo proceso histórico-social más amplio, que se desenvuelve al interior de la polaridad mayor vida-muerte, en el ámbito de las colectividades.” (p. 22).

La propuesta consiste, entonces, en seguir un trayecto analítico centrado en resituar a la salud en el ámbito de la cultura, vislumbrando la necesidad de comprenderla en clave histórica, atendiendo a las condiciones de vida, de trabajo, a los modelos de acumulación, entre otros factores (Menéndez, 1994).[7] Además, se trata de recuperar la premisa de no escisión de los procesos sociales. Esto es, volver a situar la dimensión de la enfermedad en la vida,[8] lo que implica visibilizar las perspectivas del sufrimiento por fuera de las categorías médicas (Kleinman, 1980, 1988; Scheper-Hughes, 1990, Good, 1994; Mol, 2002; Grimberg, 2009), entendiendo que comportan la modulación de cuerpos, sensibilidades y sentidos morales a partir de los cuales se instauran modos de vida que definirán lo apropiado, lo correcto, lo anormal, lo saludable y sus reversos.[9]

La invitación a atender estas dimensiones continúa siendo fructífera ya que “hablar en términos de malestares y padecimientos hace posible problematizar y mapear modos de sufrir con una batería conceptual propia de la disciplina antropológica” (Epele, 2012, p.8). Nos introducimos, entonces, en la dimensión de los procesos de fragmentación, fragilidad y sufrimiento social, como experiencias que se resisten a ser escindidas (Wallace, 1998; Manzano, 2018).

Como sostienen Ceres Gómes Víctora y Antonio Leite Ruas Neto (2011), el sufrimiento desafía las aproximaciones tradicionales del conocimiento, las cuales muchas veces acaban por fragmentar la experiencia humana. Por ello, la etnografía puede ser una propuesta metodológica para abordarlo, dado que la integralidad de las formas de sufrimiento ‒que se incorporan a la vida social y que son corporeizadas‒ convive con la inhabilidad de las instituciones políticas y sociales que lidian con este fenómeno. Un estudio antropológico del malestar y el sufrimiento puede adentrarse en los contextos en los que ocurren y explicitar ‒de la forma más integral posible‒ las dinámicas de vida que acompañan las situaciones en las cuales emergen, enfocándose no solo en la salud, en la enfermedad, en el dolor o en el desamparo a partir de sus significados culturales, sino también comprendiendo su multiplicidad en las interrelaciones con el mundo social. Esto implica sostener una antropología de la salud en tanto “antropología de las políticas de la vida”, como propone Didier Fassin (2021b), que pueda problematizar la autoridad de los saberes y los usos del poder, las violencias estructurales y las desigualdades sociales. Es decir, que no descuide dos dimensiones que son simultáneamente individuales y colectivas. Por una parte, la dimensión objetiva de la incorporación; esto es, los modos en que los hechos estructurales se imprimen en los cuerpos (es decir, las condiciones sociales). Por la otra, la dimensión intersubjetiva, que refiere a los modos en que esos hechos son vividos, interpretados y relatados (es decir, la experiencia histórica). Así, cobran especial relevancia los modos y condiciones de trabajo y de vida variables históricamente y entre grupos sociales, que se manifiestan en procesos de desgaste y reproducción diferenciales; es decir, que configuran la producción social del malestar.

Esto posibilita la tarea de “dar sentido al sufrimiento” (Das, 2008) a partir de la insistencia sobre los procesos de la vida cotidiana que contribuyen a develar el rol de las instituciones sociales en su producción; pero también sobre los modos específicos en los cuales los sujetos lidian con él. Es esta la tarea que busco llevar a cabo en este capítulo. Lejos de estudiar “el burnout”, a lo que quiero aproximarme es a las experiencias de sufrimiento y malestar de los trabajadores, intentando evitar dos riesgos: tanto la lectura del autómata que “se quema” como así también la del determinismo institucional que lo lleva a “quemarse”.

Decir que “quiero aproximarme” parecería indicar, sin embargo, que poseo una relación de exterioridad con esas experiencias. Nada más lejos de eso. Analizar estos procesos conlleva retomar el desafío de indagar en las emociones, en tanto cualidad sensitiva de la experiencia (Sirimarco y Spivak L´Hoste, 2018). Por ello, resulta pertinente recuperar la observación de Byron Good (1994), quien sostiene que la complejidad de las historias a partir de las cuales se narran las experiencias de sufrimiento no solo tiene una relación entreverada, fragmentaria y, en ocasiones, de apariencia ambigua para quienes las relatan, sino también para quienes las investigamos,[10] ya que nuestros propios marcos de comprensión se imbrican en las formas en las que estética, cognitiva y emocionalmente entendemos las experiencias de los demás. Esto es, las entendemos por aquello que suscitan en nosotros (p. 255).

En el trabajo de campo, como señalé previamente, pude compartir parte de esa experiencia sensible con los adolescentes alojados en el IRAR/CERPJ y con varios trabajadores, acompañantes, profesionales y talleristas de la DPJPJ. Pensar que puedo mantenerme desafectada ante las emociones que aún genera en mí el proceso de investigación es una pretensión de ascetismo necio. Puedo, sin embargo, intentar realizar el necesario ejercicio de “compromiso y distanciamiento” (Elías, 1990) que aprendemos como premisa para la investigación social. Parte del compromiso, entonces, consiste en poder reponer ‒entre las variables de indagación, problematización y reflexión‒ mis propias afectaciones, analizando ciertas situaciones que devinieron instancias críticas del proceso de investigación, que me conmocionaron, conmovieron e interpelaron fuertemente.

Habida cuenta de estas anticipaciones, avanzaré en hilvanar la reconstrucción que elaboran los trabajadores de sus experiencias de malestar, a partir de dos movimientos. En el primero de ellos, que se inicia a continuación, intentaré aproximarme a la comprensión de las formas de tramitar un hecho trágico en el espacio laboral.

II. Primera aproximación al malestar: acerca del procesamiento y tramitación de un hecho trágico

Como fue mencionado previamente, diversas orientaciones, racionalidades y proyectos han conformado la historia de la DPJPJ y del instituto, dando una textura de capas conflictivas, presentes tanto en documentos públicos, preceptos internos, ordenamientos en el conjunto de trabajadores; como también en gestos, modos de adscripción, circulaciones espaciales, disposiciones corporales, prácticas de trabajo y de organización que se han entremezclado, metabolizado y reconfigurado. De esta manera, se conforma una “lógica institucional” como resultante de ese proceso, expresión que alude a formas de organización de los procesos de trabajo en diversos dispositivos estatales de gobierno de los adolescentes atravesados por el campo penal en la ciudad de Rosario y en el sur de la provincia de Santa Fe.

A la sucesión de etapas que ha atravesado el IRAR/CERPJ en particular ‒y la DPJPJ en general‒ se le superpone una periodización de los itinerarios de los adolescentes atravesados por el campo penal que los mismos trabajadores elaboran, como fue señalado en el capítulo 1. En resumidas cuentas, se trata de una suerte de sistematización que incorpora el desplazamiento desde recorridos vinculados a contextos de pobreza y delitos hacia la propiedad, hacia una mayor presencia de trayectorias ligadas a las tramas de narcocriminalidad que atraviesan la ciudad.

En este sentido, uno de los aspectos relevantes del trabajo en contextos de encierro con jóvenes atravesados por el campo penal se vincula a la cercanía con las experiencias mortíferas. Si bien un conjunto de autores (Braudillard, 1980; Ariès, 1984; Elías, 1989b) expresan que la actitud del occidente moderno ante la muerte adopta la forma de su negación ‒concibiendo a la muerte violenta como un hecho excepcional, una aberración y un crimen‒,[11] en el contexto local existen muertes violentas que no se presentan como hechos accidentales, sino como fruto de regularidades sociales (Di Marco, García Acevedo y Maglia, 2020). Las muertes violentas de adolescentes pobres en la ciudad de Rosario pueden causar estupor, pero no sorpresa: forman parte del entretejido que conforma los procesos de violencia hacia la vida (Mantiñán, 2018). Esto implica atender a la violencia no como una sustancia, sino como una tensa relación que se articula entre espacios, sujetos y lógicas de poder, que se imprime con modalidades e intensidades disímiles en la trama urbana y que alcanza a los jóvenes de sectores populares en forma de escaramuzas barriales, pugnas con las fuerzas de seguridad, conflictos en unidades penales, enfrentamientos armados; a la vez que despliega una sucesión de lógicas de sospecha (Epele, 2007). A partir de allí, la muerte de los jóvenes de barrios populares urbanos no aparece como una excepción sino como un destino posible en sus vidas. Sin embargo, como señala Inés Mancini (2015), esto no implica que quienes trabajan con estos jóvenes incurran en una rutinización de las muertes. En este sentido, cabe poder distinguir las formas específicas en las que la aflicción ante ellas puede tener sitio. Así como los jóvenes ven a la muerte como destino posible, las muertes concretas no dejan de ser vivenciadas como hechos disruptivos por sus pares y por los trabajadores que los acompañaron en su tránsito institucional.[12]

Sin embargo, si bien la muerte es un problema con el cual se convive al trabajar con jóvenes atravesados por el campo penal en la zona inhabitable del encierro carcelario; cabe decir que “no todas las muertes se viven del mismo modo ni tienen el mismo valor” (Zenobi, 2015, p.182). En este sentido, pese a que la muerte temprana es algo que alcanza frecuentemente a estos jóvenes, las muertes ocurridas dentro de la institución –en el espacio de trabajo cotidiano– adquieren ribetes singulares y desencadenan procesos de malestar y sufrimiento.

Considerando, entonces, que el encarcelamiento es una experiencia que produce afectaciones, analizaré ciertos preceptos que estructuran la lógica institucional del espacio carcelario a partir de un hecho trágico ocurrido en el año 2018: el intento de suicidio –y posterior muerte– de Luis, unos de los jóvenes que se encontraba detenido en el instituto. Es, precisamente, en el marco de la tramitación de este suceso, donde escuché por primera vez expresiones alusivas a los pedidos de “carpeta” entre los trabajadores.

A los fines del análisis que propongo, que se trate de una muerte por suicidio y que se haya desencadenado en el interior de la institución,[13] la configura como hecho prematuro, antinatural y traumático, por lo cual lo califico como “trágico”. Asimismo, este suceso puede entenderse en términos de un “incidente revelador” (Mantiñán, 2018), que condensa elementos a partir de los cuales puede elaborarse una pregunta antropológica.

Ahora bien, ¿cómo volver sobre esa dimensión para pesquisar aquello de lo cotidiano que se revela a partir de instancias trágicas, en lugar de ceder a la tentación de tomar lo trágico como algo excepcional e imposible de ser indagado, debido a su contundencia?

Mi interés por recuperar esta situación en términos analíticos se vincula a que, en este ámbito de trabajo, la muerte o la percepción de contacto con ella resulta una situación cercana y puede ser experimentada como sufrimiento. Este es un aspecto que debe ser problematizado, tanto a partir de los malestares individuales y colectivos que significan para el conjunto de los trabajadores (desazón, depresión, miedo, sensación de institucionalización) como también en relación a la forma en que se reconfiguran y abordan a nivel de los procesos de organización institucional. Es decir, atendiendo a cómo se tramitan colectiva e institucionalmente las experiencias de cercanía con la muerte. Pero también a cómo –en tanto investigadora– a partir de esta experiencia fue necesario que problematizara algunas cuestiones no interrogadas de mi formación, de mi ingreso y permanencia en el campo y de los juicios morales desplegados en torno a dicha situación.

Los duelos y sus escalas: “los pibes siempre flashean que se quieren matar”

Es importante destacar que, si bien habían existido denuncias en torno a las condiciones de alojamiento, en el instituto no ocurría un hecho similar –al menos que hubiera tenido trascendencia pública– desde el año 2011, momento en el cual había acontecido la muerte de Mariano, uno de los jóvenes que estaba detenido allí. Miranda, psicóloga del equipo profesional, recordaba este suceso con mucho dolor, testimoniando las dificultades institucionales para configurar un escenario en el cual fuera posible propiciar un ritual similar al luto:

Cuando pasó lo de Mariano, que murió en IRAR, yo estaba con Marisa que era la trabajadora social, en ese momento trabajábamos por duplas. Llegamos nosotros y la directora me dice “se colgó, llamen a…”. Nosotras queríamos preguntar si estaba muerto, y me dice, “por favor hagan un informe de las intervenciones”. O sea, cero registro de humanidad, asqueroso. Y no hay institución estatal por la cual no haya pasado Mariano, o sea, todos los estamentos habían reconocido su situación, o sea que no es que no hubo intervenciones /se quiebra su voz/… después se encargaron de avisarnos que la investigación dio, como resultado, que había sido un suicidio, no que había sido resultado de la violencia. Nunca más se habló de Mariano. Era mejor, dejó de existir (Entrevista Nro. 10, 2018).

La muertes ocurridas en contextos de encierro son indicios que dan cuenta de las modalidades de administración de la vida y la muerte de las personas privadas de la libertad que lleva a cabo el Estado, como también de una parte del control y la gobernabilidad de la población carcelaria; problemática que se expresa tanto en la producción de datos sobre este fenómeno como en la impugnación de las categorías clasificatorias por parte de diversos colectivos de derechos humanos (Di Marco, García Acevedo y Maglia, 2020).[14] En este sentido, constituyen una de las formas de expresión de la violencia en las cárceles (López, Guemureman y Boully, 2012; Cesaroni, 2013; CELS, 2016; Gual, 2019; Di Marco, García Acevedo y Maglia, 2020), aspecto que Miranda parece resaltar al poner en juego a dicha muerte más allá del evento físico que permite caratularla en términos médicos y jurídicos. Habla, por ello, de una ausencia de registro de que fue “la violencia” lo que llevó a Mariano a la muerte. Se trata, en numerosas oportunidades, de muertes que son atendidas en términos burocrático-formales (son informadas, sujetas a clasificación, destinatarias de informes y autopsias) pero desatendidas en términos del ritual necesario para que las experiencias de sufrimiento puedan ser inscriptas en un sitio, hallar un lenguaje que pueda reponerlas en una trama. La “muerte desatendida” [15] implica no atender a quien ha fallecido ni a quienes duelan, ya que –como parece reclamar Miranda en su relato– son necesarias ciertas operaciones que habiliten un espacio de solidaridad donde deudos y allegados pueden habitar la muerte (Panizo, 2010).

Esas operaciones pueden acontecer o no en los espacios institucionales, entre ellos los laborales. Por ello, como expresan Veena Das y Arthur Kleinman (2001), en ocasiones los efectos de las respuestas burocráticas a problemas humanos hacen de las instituciones espacios productores de sufrimiento, pudiendo profundizar problemas que deberían reparar. Esto pone de relieve la dimensión política que tiene el sufrimiento, incluso el que puede parecer trivial y cotidiano (Gómes Víctora y Ruas Neto, 2011, p.38).[16] Así, la posibilidad de tramitación de las experiencias de sufrimiento es también un acto de disputa, en el cual se entremezclan sentidos que deben esclarecerse, memorias y legados que se busca preservar o discontinuar, ya que “el sentido de la violencia no es independiente de los modos en que el dolor es inmediatamente administrado, apropiado, distribuido y contestado por diversas instituciones, organizaciones y agentes” (Ortega, 2008, p. 36).

Pero, además, una muerte en el contexto de una institución de encierro conlleva la pregunta por la dimensión política del duelo y del sufrimiento puesto en juego allí. Como señala Judith Butler (2006), hay una dimensión de la vida política relacionada con nuestra exposición a la violencia y la complicidad con ella, con nuestra vulnerabilidad a la pérdida y al trabajo de duelo que le sigue, que debe existir para propiciar una capacidad comunitaria, ya que interroga las lógicas de merecimiento que otorgamos tanto a la vida en general como a las vidas concretas que “valen la pena” (p.58). En este sentido, para la autora, un duelo se elabora cuando se acepta que la comunidad va a cambiar a causa de la pérdida sufrida, probablemente para siempre. El duelo, vivido en estos términos, permite elaborar el sentido de una comunidad política. Sin embargo, prevalece una suerte de “escala de duelos” que ponen de manifiesto que la vida y su vulnerabilidad existen de maneras radicalmente diferentes entre los sujetos. Mientras que algunas vidas exaltan y movilizan fuerzas que las protegen, otras ni siquiera adquieren el estatuto de vidas que “valen la pena”.

Cabe entonces, teniendo en cuentas estas argumentaciones, explorar qué sucede con los duelos que no pueden sintetizarse en rituales mortuorios, en prácticas de luto compartidas, que deben conjurar una tramitación forzosa, que siembran interrogantes, que no admiten inscripción posible. Esto da cuenta de un problema político, en tanto que –si la violencia se ejerce contra vidas por fuera de toda lógica de merecimiento– desde el punto de vista de la violencia misma no hay daño o problema alguno (Butler, 2006). Se aplica a vidas que ya son negadas, para las que no cabe ningún duelo, pero que deben ser sometidas a esa negación constantemente: “no se habló más de él, dejó de existir”.

Con posterioridad a este hecho, la ausencia prolongada de muertes al interior de la institución fue identificada como una suerte de “logro” por parte de los trabajadores de diversas áreas, enlazado al retraimiento del SP de realizar funciones convivenciales.

Varios años después de la muerte de Mariano, en el mes de octubre de 2018, ocurrió en el instituto el intento de suicidio por ahorcamiento de Luis, un joven de 16 años, que se encontraba en las celdas del sector ingreso (el cual funcionaba también como sector de aislamiento), quien posteriormente falleció en el hospital de emergencias local. Este hecho, así como el pedido de un hábeas corpus correctivo y colectivo presentado por Asesoría de Menores de los Tribunales ante un Juzgado de la ciudad, alcanzó trascendencia en la prensa de Rosario en las semanas posteriores, debido a sospechas por las condiciones de alojamiento y la posibilidad de que en el instituto se llevaran a cabo prácticas de violencia institucional.

Luis era un joven de Venado Tuerto, localidad del sur santafesino ubicada a unos 170 kilómetros de Rosario.[17] El juez a cargo de su causa, aparentemente ligada a un delito contra la propiedad sin demasiada trascendencia, había ordenado que viniera a esta ciudad 3 meses antes de que se produjera su muerte. Como señalé previamente, al no existir al momento un régimen de responsabilidad penal juvenil, las intensidades y plazos de las medidas de las cuales los jóvenes son destinatarios tienen un carácter discrecional e indeterminado. En algunos de los talleres de los que había participado se lo veía como un joven tímido, que intentaba lentamente integrarse al grupo de su sector de alojamiento. Luis tenía a uno de sus hermanos preso en una cárcel de adultos de la provincia y, de acuerdo a las opiniones de sus compañeros de sector, “estaba triste porque su vieja no podía venir a verlo a Rosario” (Registro Observacional Nro. 25, 2018). Por ello, salía con un compañero, Marcos, cuando recibía visitas de su familia. Este joven, quien concurría asiduamente a los talleres, se encontraba ligado a causas de mayor complejidad. De acuerdo a lo que uno de los acompañantes de la institución nos comentó “la mamá de Marcos es dealer y ese día le había traído pastillas” (Registro Observacional Nro. 24, 2018). El relato de algunos trabajadores es que Marcos y Luis consumieron estas sustancias y tuvieron conflictos con otros compañeros del sector en el que estaban alojados, por lo cual se los llevó al sector de ingreso.[18] Más allá de la secuencia en la cual fue hallado un día viernes y su derivación al hospital de emergencias, donde falleció el lunes siguiente, en el relato de la mayoría de los trabajadores se explicaba el intento de suicidio en función de su tristeza y soledad, y del “bajón” o “resaca” que provoca el consumo de pastillas, ante el cual uno de ellos, Javier, decía “los pibes siempre flashean que se quieren matar” (Registro observacional Nro. 24, 2018).

La muerte de Luis no solo puso en juego cuestiones en torno a la experiencia de cercanía de lo mortífero y a experimentar a la misma en términos de sufrimiento, sino que provocó también algunas controversias, interrogantes y tensiones en las prácticas laborales y en la forma de organización de los trabajadores para elaborar el duelo, en ausencia de una posible conjuración institucional del luto.

Enlazado a lo anterior, y conforme al modo en el cual me encontraba llevando a cabo esta investigación, la muerte de Luis no solo me interpeló en tanto observadora de campo, sino en tanto tallerista que había compartido brevemente espacios de diálogo y juego con él. De alguna manera, deslizando mis propios presupuestos, al enterarme de la noticia mediante un mensaje de Whatsapp de la coordinadora del voluntariado al grupo que compartíamos, me sentí conmocionada; pero aventuré que la situación de los acompañantes debía ser aún más dolorosa y apremiante, al ser quienes compartían más tiempo con él.

Al enterarnos de las condiciones en las cuales se había producido su muerte y al no registrar ningún llamado de las autoridades para definir qué coordenadas debíamos seguir, los talleristas decidimos reunirnos al día siguiente del suceso, ya que continuábamos asistiendo a la institución. En dicha instancia de reunión ‒y en los días sucesivos‒ la muerte de Luis se mostró reveladora no solo de lo trágico y de las múltiples violencias que caracterizaban al instituto. Antes bien, en lo que me interesa reparar es que, a partir de las discusiones en torno al modo de construir una estrategia institucional de abordaje sobre este hecho, se pusieron en juego procesos de desgaste, sufrimiento y malestar, así como formas de comprender y significar ciertas prácticas de trabajo. Aún más, se visibilizaron modos de mirar y representar que cada grupo de trabajadores, acompañantes y talleristas, desplegaba sobre el otro. En lo que sigue, tomaré parte de los registros observacionales de mi trabajo de campo para reconstruir esta situación en términos que posibiliten su análisis, así como recuperaré parte de las notas de mi diario de campo para dar cuenta de ciertas emociones que me atravesaron durante esos momentos

“Yo a esto lo hago solo”. Tramitación individual y fragmentación del colectivo de trabajadores

Jaime, acompañante juvenil y facilitador cultural, es uno de los trabajadores con más antigüedad y referencia en el instituto. Al ser formalmente acompañante –y haber desempeñado ese rol durante muchos años– mantenía una suerte de doble posición: era tomado como compañero tanto por los talleristas como por los acompañantes. Además, en ese momento se encontraba por presentarse a elecciones como delegado gremial por ATE Rosario. A partir de su relato, supimos que la totalidad de los acompañantes aún no estaba al tanto de la muerte de Luis, ni tampoco el resto de los jóvenes alojados, excepto por los que compartían el sector con él. Esto obedecía a una decisión de las autoridades de la institución, transmitida a los coordinadores de guardia:

Jaime: – Lo que hizo la dirección es juntarse con los coordinadores y bajarle línea. Dijeron que a la única que le avisaron es a la familia y que no quieren que se entere nadie más.

Pedro: – No lo puedo creer

J: – Es que es increíble. Lo que pasa es que entre los 4 coordinadores estaban de acuerdo con que nadie sepa, con que no hay que hablarlo con ningún pibe, salvo que el pibe lo exprese. Que se entere de alguna manera que no seamos nosotros, que va a ser por la televisión o porque se lo va a decir el SP. (…) El discurso, porque lo dijo Carlos hoy, porque representa lo que dicen de arriba es que no hay ningún error. Esto pasó, no hay culpas de nadie. No vamos a cambiar nada en la forma de trabajar (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

Estas expresiones causaron sorpresa en el grupo de talleristas, sintetizadas en la frase de Pedro y en un marcado posicionamiento de la casi totalidad de ellos en torno a que era necesario hablar del tema, expresando como un hecho inentendible que los acompañantes no quisieran hacerlo. Yo compartía esta sensación.

Intentando deslizar alguna explicación en torno a esto, Jaime introducía que el silencio institucional era extensivo incluso hacia algunos trabajadores de las áreas civiles, imposibilitándose instancias de encuentro entre ellos para hablar de lo sucedido:

Yo en realidad esta noche me quería juntar con los acompañantes, pero no querían. ¿Por qué? Porque hay algunos que no lo saben, entonces no sabían cómo iban a reaccionar. Juana [una de las coordinadoras de guardia] salió a decir que hay varias embarazadas que están de licencia porque tuvieron problemas de tensión y no se lo querían decir de una. Mañana, si lo saben todos, a la noche capaz que nos juntemos los acompañantes. Los dos que lo vieron por última vez son Hernán y Agustín. Hernán fue el que le llevó la comida y le dije “¿querés que nos juntemos?” y me dijo “no, yo a esto lo hago solo. Me la como yo solo”. Así. Está loco (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

En el diálogo durante la reunión, Jaime expresaba que hubiera preferido reunirse primeramente con sus compañeros y que quizás ese encuentro se produciría al día siguiente, pero avizoraba que muchos no asistirían, deslizando que “muchos lo toman a nivel individual, como que lo quieren absorber solos, sin compartir”. Incluso uno de los trabajadores que había experimentado mayor cercanía con Luis en su aislamiento en el sector de ingresos, Hernán, se manifestaba reacio a una instancia de encuentro para hablar del tema. Algunos talleristas que llevaban más tiempo en la institución, como Leda, manifestaban que “por eso se liman más”, a lo que Jaime refería que “varios están con carpeta”, en alusión al pedido frecuente de licencias psiquiátricas que se producen entre los trabajadores del instituto. Fabiana y Antonia, del taller en el cual me desempeñaba, referían a tiempos pasados en los cuales se realizaban reuniones de actores institucionales en las cuales “se bajaba línea, pero al menos nos encontrábamos”.

Jaime, por su parte, vinculaba la situación de tramitación individual de la muerte de Luis y la convalidación de la decisión de los directivos de no brindar información sobre el hecho con procesos más amplios de reorganización del grupo de trabajadores, en particular con la generación de las coordinaciones de guardia y las consecuencias que esta forma de trabajo conllevó:

(…) algunos aceptaron, otros no aceptamos. Carlos [en ese momento vicedirector de la institución] fue uno de ellos. Aceptaron sin decirnos nada. Chau, ahí se pudrió todo. Se dividió el grupo y ahora está todo… Vega [coordinador de guardia] que estaba hoy, me dice: “yo lo voy a tramitar solo a esto. Yo soy así, me la trago solo” (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

En la instancia de reunión, la totalidad del grupo de talleristas acordaba con que “había que hablar” sobre la muerte de Luis. “No puedo hacerme la boluda”, “si no se habla, el taller no se da” fueron algunas de las expresiones que circularon entre compañeras del voluntariado. De alguna manera, se compartía la perspectiva de que la muerte de Luis debía elaborarse colectivamente, a fin de trazar alguna estrategia de cara al encuentro con el resto de los jóvenes alojados en el instituto. Al mismo tiempo, circulaba la pregunta “¿qué más podemos hacer?”, ante la cual se lanzaron tentativas como las de contactarse con la Defensoría de Niños, Niñas y Adolescentes, con legisladores provinciales y municipales y redactar algún comunicado. Al respecto, Gabriel –tallerista de carpintería–, defendiendo la idea de organizar alguna acción que incidiera en el exterior de la institución, advertía que:

También es verdad que hay una gran parte de la sociedad que quiere que pase eso. Yo leía los comentarios [en la página web del diario La Capital] “ojalá se mueran todos, ojalá pongan una bomba”. Pero bueno, hay otra parte que no quiere que se mueran y que no se van a enterar si no hacemos algo (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

Si bien se expresaba dolor ante el hecho, se explicitaba una suerte de menor cercanía con la experiencia de la muerte, aludiendo –en palabras de Gabriel– a que “los acompañantes son los que conviven con esto”. Por ello, pese a que se criticaba su convalidación de la definición de los directivos en torno a no hablar con los jóvenes alojados, al mismo tiempo se esperaba que fueran estos trabajadores quienes generaran algún tipo de comunicado que los talleristas acompañaríamos. Ramón, tallerista de serigrafía, planteaba la necesidad de aguardar a que esto sucediera:

(…) caí hoy justo al instituto a buscar una llave. Estaban los acompañantes y la verdad estaban destruidos, todos como llorando, re mal. Yo no creo que no quieran decir nada. A lo mejor están shockeados (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

Acordando esperar, entonces, a que los acompañantes se reunieran para pensar en alguna estrategia de visibilización y denuncia de las condiciones de alojamiento del instituto, la conversación se orientó en torno a pensar qué podía modificarse “hacia adentro”. Es así como se pusieron en juego miradas en torno a la lógica de trabajo que sostenían los acompañantes. Pedro, quien se desempeñaba como tallerista desde el año 2015, manifestaba que

Acá no hay que absorber nada, acá hay que plantarse con algunas cuestiones (…) Las condiciones de ingreso es lo que se cae de maduro, pero también hay otras cosas que estaría bueno hablar. El otro día… hay unas lógicas que yo, por el trato, las veo en los acompañantes. Capaz son bajadas de línea de la dirección. Algunas lógicas de castigo. La lógica del informe a mí también me hace un poco de ruido, hasta donde les puede servir para algo y hasta donde es una buchoneada por la cual el pibe termina después en ingreso. Yo, no sé, se me escapa en la práctica porque no estoy en la convivencia. A veces cierta forma de trato, de cosas como “así se trabaja acá”, muy poco vincular la relación, mucho más de armar un dispositivo a veces funciona, a veces no, pero si no funciona hay un castigo… hay una salida represiva (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

La convalidación de algunos acompañantes en torno al silencio sobre la muerte de Luis y el deslizamiento que hacía Pedro en torno a formas de trabajo que se vinculaban con el castigo, me contrariaba. Al desandar qué sucedía con estas prácticas, Carina, coordinadora del programa provincial del que forman parte varios talleres, preguntaba si se trataba de una “bajada de línea” por parte de la dirección. Esta interpretación podría haber funcionado como un refugio para mi incomodidad. Sin embargo, Jaime brindaba una respuesta que complejizaba la articulación entre disciplina y consenso entre los acompañantes:

Es complicado. Hoy en el acompañante vos ves discursos más penitenciarios, por así decirlo: la conducta, el castigo, el informe. Vos ves que el 80% de la gente de cada guardia tiene ese discurso. Y lo peor es que al pibe se lo comunican. Lo primero es cortar la actividad, “te voy a hacer un informe”. Antes eran muy pocos los que hacían eso. Carlos lo hacía, pero bueno, no es que él se lo transmitió al resto. Es que es una lógica que, si vos no resistís un poco, se te va metiendo. Los acompañantes dicen que una de las limitaciones que tienen es que vos te vas acostumbrando y lo reproducís sin querer. Porque cualquiera te va a decir que está mal, pero en el día a día van y lo hacen. Por eso es que estando adentro no pasó nada. Y hoy que fui no lo pude hablar con nadie, porque todos naturalizaban eso. Hace 5 o 6 años atrás un pibe se trataba de ahorcar y a la noche nos juntábamos 3 horas a tomar porrón y a hablar. Era distinta la cosa (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

En el testimonio de Jaime puede distinguirse la diversidad de engarces de una trama, en la cual tienen sitio los efectos de las transformaciones en las prácticas de trabajo en las experiencias de los trabajadores. Así, no solo se trata de la imposición de ciertas formas de sostener la labor de “acompañar en el encierro”, sino de un complejo proceso por el cual se actúa de formas que –a priori– parecen contradictorias. Jaime parecería sugerir que esa batalla “cuerpo a cuerpo” con el SP de los primeros tiempos toma, actualmente, sitio en el propio cuerpo de los trabajadores civiles, que deben “resistir” a una “lógica que se te va metiendo”, vinculada a intervenciones “más penitenciarias”, como el castigo (a través de la suspensión de actividades que implican a los adolescentes permanecer en el sector) o la producción de informes, que implican un “suplemento punitivo” (Foucault, 2008).[19] Pero también alude a las posibilidades de encuentro, discusión y abordaje que el conjunto de trabajadores desplegaba ante sucesos que los conmovían y consternaban en otros momentos, que parecen no tener lugar ante la muerte de Luis, primando una tramitación individual de este suceso. En lo que sigue, intentaré profundizar algunos ejes de análisis derivados de esta extensa reconstrucción, a fin de vincularlos con las experiencias de sufrimiento y malestar de los trabajadores.

Orientaciones de la “mínima intervención”: la lógica institucional “se te va metiendo”

La vinculación entre tramitación individual del hecho y fragmentación del colectivo de trabajadores que trae Jaime en su relato –y que recuperan talleristas, como Fabiana y Antonia– abre algunas líneas que permiten atender no solo al control coercitivo y externo (lo que, en este caso, directivos y funcionarios imponen), sino también a los modos en los cuales se interiorizan prácticas, saberes y representaciones a partir de consensos en los espacios de trabajo (Palermo, 2017), ya que estos en ocasiones otorgan sentido a las intervenciones, así como legitimidad y coherencia lógica intramuros a ciertas decisiones y orientaciones prácticas. Si bien estas, por un lado, producen un desconocimiento del circuito de las intervenciones desplegadas en cada etapa del proceso por parte de los diversos conjuntos de trabajadores; por el otro, permiten sostener el enunciado de que –ante una situación fatídica– se ha obrado correctamente y la responsabilidad sobre la misma no es ni institucional ni individual. Como recuperaba Jaime: “El discurso, porque lo dijo Carlos hoy, porque representa lo que dicen de arriba, es que no hay ningún error. Esto pasó, no hay culpas de nadie. No vamos a cambiar nada en la forma de trabajar” (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

De acuerdo a lo anterior, cabe señalar asimismo las posibles defensas corporativas que surcan la tramitación institucional de sucesos trágicos, como la muerte de Luis. Este hecho es una mirilla que permite traer a escena algunos aspectos de la estructuración del IRAR/CERPJ, en tanto institución carcelaria que contrarían los fines que expresa tener. En este sentido –en actos y omisiones– allí se producen y reproducen mecanismos de violencia institucional (Polola, 2015). La relación con ellos es compleja. Si bien se atribuyen principalmente al SP, Jaime también menciona que no se trata de directivas impuestas, sino de “lógicas” que “si no las resistís se te van metiendo”. Por otra parte, la aplicación de formas de trabajo que suponen el castigo dentro del encierro son, en buena medida, fruto de consensos entre ciertos sectores sociales sobre lo que “debe hacerse” con los adolescentes atravesados por el campo penal. Como mencionaba Gabriel, al leer los comentarios del portal online del principal diario de la ciudad ante la noticia de la muerte de Luis: “hay gran parte de la sociedad que quiere que pase eso” (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

Akhil Gupta (2015) señala que, en los ámbitos locales, resulta al menos opaco poder experimentar al Estado como realidad óntica coherente. Si percibimos al Estado es por sus fragmentos, por prácticas institucionales que permiten que pueda ser imaginado. Por ello, sugiere que es necesario indagar en aquellos aspectos que aparentan ser disfuncionales –pero recurrentes– en las organizaciones estatales, para poder ver allí no solo las presuntas anomalías, sino los mecanismos por los cuales el Estado en sí –en tanto máscara como ficción (Abrams, 1988)– se constituye. Por ello, reparar en las prácticas cotidianas de las burocracias estatales habilita a pesquisar los efectos que el Estado tiene en la vida, cuestionando las divisiones apriorísticas que podrían existir entre éste y la sociedad civil.

En el caso analizado, resulta necesario incorporar a la violencia como un elemento constitutivo de la sociedad, que es reproducido por las agencias estatales como parte del orden social, lo que permite dejar de considerar como una mera “anomia” a los actos de violencia institucional, para echar luz sobre las formas en las cuales, a través de acciones o negligencias, se implementa (Polola, 2015). En este sentido, así como Miranda señalaba que, ante la muerte de otro de los jóvenes, el primer requerimiento que tuvo fue el de “hacer un informe”, Jaime menciona que ante la muerte de Luis el discurso de los directivos remarca que se trata de un suceso que “no va a modificar la forma de trabajar”. Un discurso que produce, en cierta manera, una defensa corporativa que no deja lugar a elaborar las posibles deficiencias estructurales de la institución. Daniela Polola (2015), retomando a Roberto Kant de Lima, Lucía Eilbaum y Lenin Pires (2012), apunta la idea de “ética corporativa” como conjunto de reglas que otorga a los agentes un marco normativo y valorativo de sus prácticas, que entra en tensión con las de otros grupos y que puede ubicarse en contradicción con aquellas presentes en textos legislativos. A su vez, desde esta posición se crean penalizaciones y “mecanismos de blindaje” particulares, que permiten sancionar a sujetos que se apartan de los estándares de la misma, sin que se ponga en riesgo a la corporación como conjunto.

Sin embargo, este no es un proceso homogéneo ni sin disensos. En la situación mencionada, pese a las posibles defensas corporativas, se expresan un conjunto de tensiones. Si bien una parte de los trabajadores se pliega al discurso “de arriba”, sostenido por los funcionarios y comunicado por los directivos, respecto a “no cambiar nada en la forma de trabajar”, otra parte de los trabajadores cavila sobre las posibilidades de convocar al organismo de contralor correspondiente, la Defensoría de Niñas, Niños y Adolescentes.

Asimismo, ciertos elementos de las decisiones y orientaciones en el proceso de trabajo son leídos por algunos de los sujetos en términos de lógicas que deben ser cuestionadas, como expresaba Pedro al mencionar la necesidad de “plantarse con algunas cuestiones”, recuperando situaciones en las cuales algunos de los acompañantes producían informes como manera de amenaza ante las conductas de los jóvenes.

Las palabras de Jaime y Pedro ponen en juego un aspecto interesante, consistente en la homologación de ciertas orientaciones en el trabajo que parecerían acercar los modos de desenvolverse de los acompañantes a los del SP, con el cual durante mucho tiempo han mantenido disputas hacia el interior de la institución. Aún más, como se ha reconstruido a lo largo de esta pesquisa, su incorporación se produce, justamente, para limitar las funciones del mismo. Pese a esto, Jaime expresaba que –en la puja por delimitar las funciones de los acompañantes y que se pudieran especificar sus tareas– “hay algunos que plantearon “nosotros nos ocupamos de lo convivencial y nada más. Y eso hizo que el servicio vaya tomando terreno de nuevo, funciones” (Registro Observacional Nro. 24, 2018). Por otra parte, en el registro anterior puede leerse la dificultad por parte de los talleristas en reconocerse como trabajadores legítimos de la institución. Como si la categoría de “actores externos” encarnara en sus experiencias, produciendo la exterioridad que enuncia, se consideraba a los acompañantes –en función de la intensidad de su contacto y la mayor permanencia de horas en el instituto– como quienes debían hablar de lo sucedido.

En una institución en la cual aparecen recortadas las orientaciones, los lugares de encuentro y la información en torno al proceso de trabajo que poseen los trabajadores civiles, resulta comprensible que se sobrepongan como legítimas las prácticas sostenidas en la línea de trabajo del SP, históricamente asociadas a la intervención en estos espacios.

En este sentido, la propia posición de los trabajadores en tanto “militantes por los derechos de los pibes” que trabajan en una institución de encierro es paradójica, pero lo es aún más al agrietarse ciertas instancias organizativas. Si sus experiencias de militancias previas dieron lugar a una forma de subjetivación bajo la idea de “trabajo militante”, con la “camiseta de los derechos humanos”, esto se debía –en parte– a la posibilidad de construir un cuerpo de trabajadores que discutía, se organizaba, proyectaba líneas de acción y también compartía instancias de su vida cotidiana por fuera del espacio laboral. Al desmembrarse, se conjura una forma de subjetividad sin cuerpo colectivo que reponga su potencia. Más cercana, quizás, a la figura de la subjetividad heroica (de la Aldea, 2014), a partir de la cual un trabajador –casi en términos individuales– impugna los mandatos institucionales de los cuales no se percibe como parte. Si decíamos en capítulos previos que la posibilidad de foguearse en el proceso de trabajo se vinculaba a la viabilidad de elaborar y tramitar las experiencias dentro de una inscripción colectiva como forma de pensamiento estatal, al desmembrarse ese cuerpo adviene la sensación de “quemarse”.

Como ha sido explicado para ámbitos laborales como los servicios de salud (Dotti, Font y Torres, 2014; Beliera, 2014; Merhy y Franco, 2016), en los procesos de organización del trabajo que marginan los espacios de encuentro, diálogo y supervisión deviene, en numerosas oportunidades, un desplazamiento del núcleo del cuidado que poseen estas tareas en favor de la aplicación de procedimientos, protocolos y formas más rígidas de intervención. Asimismo, Bialakowsky, Hermo y Lusnich (2000) destacan que los procesos de trabajo en estos ámbitos pueden llevar a fundar sistemas defensivos que producen encerronas trágicas (Ulloa, 1995): si bien preservan a los trabajadores, reproducen dicha matriz. La idea de que la lógica institucional “se te va metiendo” pone de manifiesto que la naturalización de ciertas rutinas, ritmos y hábitos que estipula la organización del proceso de trabajo impacta en sus subjetividades, provocándoles la sensación de estar “institucionalizados”.

“Ser acompañante es tremendo”. La posición ante el escenario inhabitable y las posibilidades de su (des)naturalización

En lo recorrido hasta aquí, puede notarse que la propia diferenciación que construyen los sujetos en función de su mayor o menor proximidad al espacio carcelario (si se es “interno” o “externo” a éste) es una hendija por la que logran entreverse algunos condicionantes que marca la organización del proceso de trabajo, que en ocasiones incitan a la fragmentación y dificultan la conformación de una experiencia en términos colectivos (Palermo, 2012). Parecería entonces que la dependencia a distintos ministerios, el carácter voluntario o no de la tarea, y la relación contractual que mantienen constituyen clivajes en la conformación de un “nosotros/otros”, “internos/externos”, que condiciona el devenir de sus relaciones y la lectura que tienen de ciertas experiencias en el espacio laboral, pero también fuera de él. Un “adentro” que siempre permanece en tensión con un “afuera”, aunque todos los sujetos realicen su tarea al interior del instituto.

Por otra parte, esa diferenciación es también la que retorna a la hora de considerar ciertos procesos de malestar, como apuntaban Leda y Pedro, talleristas de uno de los espacios del PNO:

Pedro: – La cuestión de estar en contra de la dinámica que tiene una cárcel y, a la vez, ser parte de ese funcionamiento es un lugar difícil, digamos. Muchas contradicciones. Si bien siempre estamos pensándolo y tratando de no repetir esas lógicas, es muy difícil a veces, ¿no? Porque así funciona la cárcel. Nos pasan cosas que, igual somos críticos y tratamos de no hacerlo, pero tenemos a alguien que nos acompaña en el taller y le dice al pibe “si no te ponés las pilas te volvés al sector”. Capaz que el pibe vino ese día y no se quiere poner las pilas, y para nosotros está bien igual. Como que a veces uno no quiere, pero bueno, si hay alguien de la institución que le dice así, ¿qué vas a hacer?

Entrevistadora: -¿Y en general quién los acompaña a los talleres?

Leda: – Uno de los acompañantes, pobre… cada vez es peor, está mucho tiempo ahí adentro /sacude su cabeza en señal de negativa/. Igual hay confianza para decirle, por ahí nos pasa. Ahí te das cuenta de que alguien piola igual se empapa de esa manera. Quizás uno no se da cuenta por el tiempo que pasamos estando ahí, pero en realidad es poco tiempo el que vamos. Eso es lo único por lo que podemos seguir yendo.

P: – Ser acompañante es tremendo, yo a los profesionales no los conozco, lo único que escucho son quejas de los pibes. No sé bien qué hacen, no lo entiendo mucho, tampoco lo critico porque desconozco. Pero de los acompañantes que uno los ve, es un trabajo con muchísimas contradicciones, todo el tiempo. Es difícil estar ahí, es como sin solución. Tienen que estar ahí porque si no es tremendo; pero a la vez están, y sí o sí entran en esa lógica. Yo creo que sí, yo creo que el ir poco tiempo nos hace sobrevivir, pero que el impacto está. Yo ayer cuando me enteré que mataron a uno de los pibes, el mejor actor, todavía estoy tocado /mira hacia abajo/, no sé. (…) Creo que también lo que decía Leda tiene que ver con que el estar todos los días como acompañantes, los empieza a hacer inevitablemente naturalizar situaciones que no son dignas de ser naturalizadas. Y a nosotros nos pasa que nosotros no necesitamos naturalizarlas, porque la vemos medio de costado o porque podemos hacer eso y ellos no pueden. Porque si vos tenés que ir al otro día, no es lo mismo que una semana después (Entrevista Nro. 27, 2023).

Leda y Pedro expresan la dificultad y el malestar que les genera “la dinámica de trabajar en la cárcel”, en el cual la tarea de evitar “repetir ciertas lógicas” es ardua. La posición que sostienen en su trabajo, en el cual intentan construir un espacio de taller vinculado a prácticas culturales en el instituto, así como las acciones de otros trabajadores, les generan contradicciones. Es interesante notar que aluden a no “necesitar” naturalizarlas, debido a que concurren poco tiempo, situación que les permite “sobrevivir”: persistir en su trabajo en el instituto, pese a las paradojas que logran visibilizar en él. Sin embargo, identifican que no ocurre lo mismo con otros trabajadores. Al hablar de algunas situaciones vinculadas a su práctica cotidiana, marcan el contrapunto entre la necesidad e importancia del trabajo de los acompañantes y la imposibilidad de que puedan tener cierta continuidad en su función sin “entrar en esa lógica”. Ahondan, así, en la idea de que la permanencia intensa y cotidiana, la “intensiva abrasividad del acompañar” (Candil, 2016) provoca procesos de naturalización de aquella dimensión invivible que se pone en juego en el espacio carcelario. En una de las citas que abren este capítulo, los mismos acompañantes avizoraban parte de esta ambivalencia: el trabajo al interior de la cárcel como el desafío de construir una nueva práctica y su reverso, la posibilidad de su rutinización, su peligro de muerte.

Para Adriana –una de las trabajadoras con mayor recorrido en diferentes espacios de la DPJPJ, ya que se desempeña allí desde el año 2005– posicionarse “del portón para afuera” del instituto será el modo de permanecer en este espacio laboral. Una suerte de enfriamiento, de desafectación, pese a que la temática la “convoque”:

A mí me convoca la problemática, pero también pude –y sigo pudiendo– separar el trabajo de mi plano personal; porque si no hoy por hoy estaría con psiquiatría. (…) Y bueno… del portón para afuera, ya está, los chicos siguen estando ahí, la vida sigue, y espero venir y no encontrarme con algo estallado, pero tengo mi vida afuera (Entrevista Nro. 26, 2023).

Desde el punto de vista de Adriana, parecería que es necesario producir una separación entre el trabajo y la vida personal a riesgo de que –de estar entramados– la afectación sería tan grande que provocaría el desencadenamiento de un padecimiento ligado a su salud mental: “estaría con psiquiatría”. La disociación de los espacios de trabajo y vida como forma de objetivación de la experiencia parecería ser, entonces, la estrategia posible para que pueda sostener su puesto laboral.

Otro de los trabajadores, Jonás, vinculaba al reiterado contacto con situaciones de sufrimiento de los jóvenes como una experiencia que produce ciertas formas de desafectación, las cuales le permiten sobrellevar su tarea y construir una intervención que –desde su perspectiva– resulte eficaz ante ellos:

Jonás: – (…) Obviamente, estás para la demanda urgente –si uno se quiere ahorcar, se cortó– somos la primera contención psicológica, de acompañarlos en una charla o un abrazo.

Entrevistadora: – ¿Y encontrarte con eso te pega?

J: – Tengo el callo tan hecho… Estoy como… No es que soy insensible, de hecho soy sensible en un montón de cuestiones. El hecho es que vos sabés que… muchas veces arranca de artilugio, si alguno se rasguña llamo a enfermería, algo que llame la atención. Son cosas que te da la experiencia, ya detectás si en el fondo hay algo serio. Entonces hasta ahí, hacer lo posible para sacarlo de ahí, porque si nos largamos a llorar los dos, estamos en el horno. El pibe está en una situación de mierda, y tenés que decirle “te entiendo, pero mirá para adelante, loco, te comprendo, pero hay casos peores”. Trabajarlo desde lo anímico, porque no tenés otra que la palabra. Yo al menos trato de no hacer tanta carne y uña con el pibe, porque no nos sirve ni a él ni a mí. El pibe a esa palabra que suena como cassette la termina valorando, porque hay muchas situaciones muy complicadas. Y todo es bala, todo es matar a la vieja… es difícil la situación. Pero bueno, trato de que no me afecte (Entrevista Nro. 25, 2023).

Jonás asocia, así, que el hecho de tener que oficiar como primera contención de los jóvenes lo ha llevado a realizar una suerte de estimación de las situaciones y sus gravedades, que le permite reconocer si se trata de una demanda urgente o de un “artilugio”, una forma de “llamar la atención”. La experiencia de convivir y trabajar con estas situaciones es algo que lo lleva a distanciarse, a no establecer vínculos de tanta proximidad con los adolescentes. Le provoca un “callo”, un engrosamiento o endurecimiento de su capacidad de afectarse por ellos, ante lo cual desarrolla como estrategia el responder con palabras previamente establecidas (“un cassette”), dado que –desde su perspectiva– esto es algo que los adolescentes valoran como intervención.

Desde otro punto de vista, Hernán, acompañante en la institución desde hace muchos años, trae a escena que aquello que ocurre en la cárcel se enhebra con otras formas de percibir el cuerpo y el dolor. Estar en contacto con esas formas es algo que le produjo desgaste:

Entrevistadora: – Y vos hablabas de desgaste, ¿eso con qué te parecía que tenía que ver?

Hernán: – Era otra institución, era mucho más violenta, vos tenías 2 sectores grandes y era un montón, capaz que tenías un sector y se cortaban todos. Yo llegué… la primera vez que vi un pibe cortado me chocó. Desde mi punto de vista –no me voy a meter mucho en la cuestión de por qué se hacen el corte– lo que sí tengo en claro, bah… creo que tengo en claro… es que esa percepción del cuerpo que tiene la persona que pudo acceder a una facultad, no es la misma percepción de los pibes que terminan privados de la libertad. Esa cuestión grave, como poder llegar a ver ese corte tan grande, que sangra y que tienen que ir al hospital a que lo cosan y que se lo realice el mismo joven, no es tan grave como podría ser para nosotros, y es una práctica re común, inclusive afuera. Y bueno, esa fue la primera vez que vi un corte, después lo vi como 100 veces más, entonces no era el mismo efecto. De alguna manera afectó a mi vida, a mi salud mental (Entrevista Nro. 20, 2023).

Hernán describe a la institución como “violenta” a partir del contacto con situaciones (como las autolesiones) que le resultaron imposibles de tramitar al encontrarse inicialmente con ellas, pero que son prácticas usuales en las experiencias de los jóvenes, dentro y fuera del instituto. Menciona que esto afectó su vida, su salud mental, generando un proceso en el cual los encuentros posteriores con estas situaciones “no tuvieron el mismo efecto”, lo que permite considerar de manera más compleja su necesidad de “tramitar solo” la muerte de Luis. Como sostiene María Epele (2009)

La progresiva objetivación de las experiencias de dolor y sufrimiento conlleva una disociación de la experiencia subjetiva que, como solución de compromiso, define una distancia con el cuerpo que hace posible estar menos involucrados en las experiencias dolorosas (Connors, 1996; Csordas, 1994). (…) Pero, a esta objetivación corporal (…) se le agrega el proceso de fragmentación progresiva que hace del cuerpo un compuesto irregular de zonas delimitadas no sólo en relación con las experiencias de dolor y placer, sino de los rastros, marcas y cicatrices que estas experiencias dejan en su superficie (p.143).

De alguna manera, aquello que aparece como intramitable, que desfonda el mundo social, se hizo presente para estos trabajadores. Produjo afectaciones que perduraron y que configuraron las formas posteriores de encontrarse con esas situaciones, de trabajar en una zona en la cual se juega una dimensión social de lo invivible y lo inhabitable. En una entrevista que realizamos varios años después de que ocurriera la muerte de Luis, Iván vinculaba la “naturalización” –ni consciente, ni deliberada– de ciertas situaciones atravesadas en el instituto, como el consumo de sustancias psicoactivas por parte de los jóvenes y los efectos que provocaba esta actividad en el encierro, como una de las experiencias que más impactaron en su salud:

Yo las peores experiencias que tuve ahí adentro de… ni siquiera de reducción de daños porque muchas veces a lo mejor las intervenciones que vos hacés para reducir daños, no es que resolvés el conflicto, sino que tratás de que el conflicto tenga el menor impacto posible, digamos. Pero que un pibe consuma pastillas un día te puede significar de todo. Hasta lo más grave, que termine colgado, digamos, en la celda. Eh… que termine absolutamente cortado por todo el cuerpo. Porque se desconocen, digamos, es lo peor. O sea, no te hablo ni de marihuana, no te hablo ni de cocaína, te hablo lo que es un pibe cuando se toma 7, 8, 9 pastillas, o sea, adentro del sector, con el cual el día anterior de consumir esa pastilla convivía perfectamente… ese consumo, esa ingesta de pastillas puede generar absolutamente una transformación de la institución completa, digamos, porque vos a raíz de ese conflicto tenés que, transformar el grupo convivencial, tenés que desparramar pibes para todos lados y convengamos que no hay gente, no había gente para hacerlo, así y todo lo hacíamos igual (…) y el enojo nuestro, hablo en realidad por todos, es que no hayan visto durante mucho tiempo, digamos, el desgaste. Porque no había un escalafón para reemplazar a la gente que se estaba quemando la cabeza, digamos, pero más que nada para seguir jerarquizando el laburo nuestro, nuestra función, porque se va desgastando (…) Te vas desgastando. O sea, a mí me ha pasado de enojarme con los pibes de, por momentos, ponerme a la misma altura de los pibes, a los gritos, cosas que antes no me sucedían. Y, obviamente, uno tiene que tener registro de eso, personal, y bueno. ¿Qué me está pasando? ¿Qué onda? ¿Estoy para seguir curtiendo este tipo de laburo? Te encontrás en un montón de situaciones. A mí, en lo personal, me empezó a suceder que me atravesaba, al principio medio como que lo podía manejar. Fui pasando como por varios momentos, digamos. Al principio medio como que me llevaba todo lo que vivía ahí adentro, me lo llevaba a mi casa, y era mucha angustia, no poder dormir y toda la bola. Y después como que el mejor mecanismo de defensa que encontrás, y a la vez es el peor, es naturalizar el… no digo tu trabajo, naturalizar todo: la violencia, la ausencia del Estado, y es muy difícil separar lo que sucedía ahí adentro con lo que sucedía afuera. Uno que a lo mejor viene más del palo militante, donde hay cosas que te afectan mucho. (…) Son trabajos, o son lugares en realidad, donde uno no sé si puede permanecer mucho tiempo (Entrevista Nro. 19, 2023).

En su testimonio, Iván liga al consumo problemático de sustancias –en parte, desconocidas, ya que son sustancias ilegalizadas, en formato de pastillas, proporcionadas por algunos familiares en las visitas a los jóvenes– como uno de los hechos que producían mayores situaciones de conflicto en los grupos convivenciales de cada sector, a partir de las autolesiones, los enfrentamientos y, en ocasiones, los intentos de suicido que sucedían. Pero, además, la intervención posible en ese contexto consistía en “desarmar el grupo convivencial”, como ocurrió ante la ingesta de pastillas de Luis y Marcos, en 2018. Esto es, retirar a los jóvenes que habrían expresado mayor conflictividad del sector, alojarlos en el sector de ingreso y volver a rearmar los grupos, pensando en cuáles podrían ser los sectores que alojaran a los adolescentes que se habían enfrentado, para que no se suscitaran nuevas disputas. En el relato de Iván, esta disponibilidad de pastillas para el consumo personal y grupal, aunada a los hechos de violencia posteriores, se ve complejizada ante la falta de registro del desgaste que esto producía en los trabajadores. Fruto de este desgaste, algunos de ellos “se queman la cabeza”, pidiendo licencias psiquiátricas. Otros, como plantea Iván sobre sí mismo, intentan “manejar” las experiencias de malestar que la cercanía con lo abyecto provoca. “Se la llevan a su casa”, intentado procesarlas de manera privada.

Si bien los trayectos de acción que los sujetos seguimos en el intento de atender un padecimiento o aflicción –nuestros “itinerarios terapéuticos” (Alves, 2014; Pratto, 2020)– suelen comenzar con la autoatención[20] brindada en el grupo doméstico, como unidad en la que despliegan cuidados y se sugieren cursos de acción para aliviarlos, la idea de “llevar los problemas a la casa” parece ser indicio de un proceso en el cual el dolor se incrementa en lugar de apaciguarse. En este sentido, el procesamiento privado del malestar habla de un movimiento por el cual “se amplifica el peso y capacidad de las relaciones vinculares próximas desplazando hacia la intimidad el intento de alivio de los padecimientos y violencias que se inscriben en la contextualidad que nos constituye” (Candil, 2016, p. 194). Como correlato de este desplazamiento, se producen angustias, trastornos del sueño, enojos y el desarrollo de un “mecanismo de defensa” que parece mostrar alivio, pero luego provoca un aumento del sufrimiento: la “naturalización” de las violencias.

Sin embargo, cabe desplegar aún una serie de reflexiones sobre estos procesos, que aparentarían enlazarse con una actitud de conformismo u obediencia. Como se desprende de los registros de entrevistas con Adriana, Jonás, Hernán e Iván, la naturalización de la situación presente, en tanto material con el que se trama la vida, no surge a partir de un automatismo ni de un desapego cínico con la tarea, como parecerían sugerir enfoques como el del SBO. Si, para algunos. la desafectación prima como mecanismo para poder sostenerse en el trabajo, para otros, como Hernán, produce efectos en su salud mental. Por su parte, Iván trae a colación un proceso de desgaste, en el cual los trabajadores ensayan diversas estrategias para lidiar con el malestar que vivencian, comenzando por intentar elaborarlo en el ámbito íntimo de su hogar, junto a sus redes afectivas (amistades y familiares). Pero también aparece aquí otra dimensión. La del enojo, la del grito, la de aquello que se resiste a ser incorporado en armonía, que pone a la naturalización en duda y que provoca una interrogación sobre sí mismo: “¿qué me está pasando?”. Veena Das (2008) plantea que estos gestos, estas intuiciones que nos indican que existen violencias que no pueden verbalizarse en los ámbitos cotidianos, habilitan a reconocer que “no se puede trabajar en ellas dentro de una cotidianidad quemada y anestesiada” (p.314), lo cual parece poner en juego Iván al hablar de una situación de violencia desmedida entre los jóvenes, así como de una sensación de desgaste extremo por parte de los trabajadores.

“La cárcel es el patriarcado en su versión más agresiva” o cómo leer el malestar en perspectiva de géneros

Otro punto relevante a atender, respecto a las violencias que no pueden ser verbalizadas en ámbitos cotidianos, es considerar al instituto como un espacio genéricamente construido. Con esta expresión no refiero meramente al hecho de que se trata de un ámbito donde la mayoría de los sujetos que lo transitan son varones, ya que masculino y femenino son posiciones relativas (Segato, 2020)[21] que, en las instituciones totales, pueden modular anatomías uniformes (Sirimarco, 2004). Así, existen arquetipos ligados a ciertas ocupaciones y a ciertos espacios, que enlazan la construcción de horizontes normativos a la producción de sujetos institucionales con cualidades ponderadas a partir de su inscripción en un sistema de géneros. Pese a tratarse de una ficción, producen efectos concretos: “ordenan y regulan al mundo laboral (…) a la vez que imprimen una imagen unificada a una institución desigual, jerarquizada y generizada” (Garriga Zucal, 2019, p. 219).[22] En esta clave de análisis, los espacios institucionales también pueden concebirse a partir de atributos construidos de manera generizada. Por ello, es posible pensar que existe un arquetipo del espacio carcelario como tributario de características asociadas a lo masculino.

De acuerdo a Mariana Sirimarco (2004), es así como la masculinidad deviene una modalidad de actuación que no solo da forma a un sujeto masculino, sino también a un sujeto institucional que, subordinando su cuerpo individual al cuerpo político-social, comporta formas peculiares de ser y de actuar en espacios institucionales concretos, lugares practicados a partir del género. Este, entonces, resulta más un registro a partir del cual insertarse en una trama de relaciones que una entidad empíricamente observable.

En este caso, dicha trama de relaciones se despliega en orientaciones, discursos y prácticas vinculadas a una determinada manufactura de la masculinidad (Palermo, 2017). El instituto en particular, y la cárcel en general, son espacios en los cuales desbordan símbolos enlazados a una construcción hegemónica de aquello concebido como lo masculino dentro de un paradigma de relaciones androcéntricas. Leda y Pedro manifestaban parte de esto al sintetizar algunas de las cuestiones que ocurrían en los encuentros cotidianos con los jóvenes allí:

Leda: – Hay cosas que no se pueden nombrar… es como “la palabra banana no se puede nombrar” ¿viste? Disfrazarse con algo de mujer es imposible. Ahora que estuvimos haciendo esta colecta[23] nos ofrecían ropa de mujer, y no.
Pedro: – Porque resulta que vamos a exponer a un pibe, y nos va a terminar saliendo al revés. Yo me quedo con algunas cuestiones por ahí interesantes. Me quedo con Fausto Vera diciendo “amigues” después, cuando estaba afuera. Digo, ahí es el patriarcado… lo dice César Gonzáles… La cárcel es el patriarcado en su versión más agresiva. Y el pibe igual pudo registrar, a pesar de que transitó ese espacio y que nunca dijo “leche” sino “vaca rallada”, igual pudo registrar. Entonces, a mí lo que me parece es que, a veces, hay que pelear sin esperanza, lo tenemos que seguir sosteniendo, porque por ahí algún registro le queda al pibe. (…) Entre los pibes es bastante difícil. Aparte viste que está en los grupos quién manda. Nos pasa con un pibe que quieren venir al taller, pero el que decide que vengan al taller no quiere y no hay manera. Hemos tratado de hablar, de ir… esas cuestiones también tienen que ver con el patriarcado, con quién conduce ahí. Que son cuestiones enormes, que exceden a la institución, porque vienen de afuera (Entrevista Nro. 27, 2023).

Como mencionan Leda y Pedro, en el espacio intramuros se expresan, quizás con mayor énfasis y agresividad, orientaciones, sentidos, principios (como la figura de “quien manda”), que enlazan adentros y afueras, que hablan de experiencias encarnadas de los jóvenes varones en sus construcciones de la masculinidad. De las cuales Fausto, uno de ellos, si bien había mantenido durante su estadía en el instituto, también había podido registrar. O, quizás, había podido producir transacciones y lecturas de contextos: decir “vaca rallada” y no leche estando preso; decir “amigues” a la hora de invitar a algunos trabajadores de la institución a una actividad en la que participaba. Sin embargo, esto también nos habla de aquello que no se nombra en el espacio carcelario: indicios que puedan devenir en una suerte de fragilización de esa masculinidad, de allí que –para Pedro– la cárcel sea “el patriarcado en su versión más agresiva”.

Cabe remarcar que esto no solo se evidencia en aquellas prácticas directamente vinculadas a los varones, sino en la forma en que algunos imperativos ligados a esa manufactura de la masculinidad se cuelan en las orientaciones cotidianas de la tarea, modulando las lógicas de trabajo que mencionamos. Asimismo, encuentran expresión crítica en el repertorio de acciones posibles y consideradas legítimas para tramitar un hecho trágico, como la muerte de Luis.

La apreciación de Jaime en el apartado anterior, en la cual aludía a que la lógica institucional “se te mete adentro”, sugiere una dimensión simbólica que condensa dos cuestiones clave. Por un lado, el modo en que se insertan los trabajadores en una estructura en la cual, si bien son contratados para sostener tareas convivenciales y de cuidado, que auspicien la construcción de referencias subjetivas para los jóvenes alojados, lleva la marca de imperativos como la prohibición y el control. Por el otro, el lugar privilegiado que tiene el despliegue de prácticas androcéntricas en dicho orden simbólico, que puede devenir en que la inserción de los acompañantes –aun cuando no expresan características atribuibles a las formas de ser varones valorizadas dentro del instituto– se produzca a partir de expresiones vinculadas a esa lógica de control, entre un repertorio más complejo de opciones que, sin embargo, son también limitadas.

Quizás una aproximación a lo acontecido en el campo ilustre este punto. Para ello me valdré de reconstruir el registro de la jornada llevada a cabo en el taller de voluntariado la misma semana del fallecimiento de Luis.

A los dos días de realizarse la reunión del grupo de talleristas, acudí junto a mis compañeras al instituto, para llevar a cabo el taller. Este, de alguna manera, comenzaba el día previo, momento en el cual solíamos definir la dinámica que realizaríamos.[24] Esto se tornaba difícil, ya que –a diferencia de los talleres mayormente vinculados a oficios, que funcionan en espacios más pequeños y suelen trabajar con los mismos jóvenes–, en el espacio que sosteníamos se trabajaba por sector,[25] por ende, desconocíamos con qué grupo nos tocaría trabajar en esa oportunidad. Pese a esto, definimos sostener una dinámica a partir de un juego basado en el armado de refranes y dichos populares,[26] pero sin resignar el “hablar de lo que pasaba”. Tomé el colectivo, como solía hacerlo, a las 15:10 horas, dando aviso por mensaje a Fabiana, Jorgelina y Renata, ya que cada una de ellas iba subiendo en las paradas que estaban más cercanas a su hogar. En el camino hablamos mucho de nuestras impresiones luego de la reunión, nos sentíamos inquietas por el “clima” que podía llegar a haber. Jorgelina y Fabiana recordaban una situación ocurrida en el año 2015, en la cual habían sentido una “bajada de línea fuerte” sobre lo que se podía hacer en los talleres, ante “ciertas cosas que se generaban en los pibes”. Al llegar al instituto, aproximadamente a las 16 horas, esperamos unos minutos para que se produjera nuestro ingreso a través del portón y nos retuvieran los documentos. Una vez constatados, ingresamos al edificio, donde otra guardia del SP volvió a tomar nuestros datos en el “nudo”, en el cual había además una pizarra con los apellidos de algunos jóvenes escritos en tiza, refiriendo a quienes se encontraban en el sector de ingreso en ese momento, entre los cuales creí divisar el apellido de Marcos. Atravesamos una puerta de rejas e ingresamos por el largo pasillo que describí en el capítulo 2 al office de acompañantes, donde nos encontramos con Jaime. En el camino, oímos gritos de algunos jóvenes que nos vieron llegar desde los sectores que dan al pasillo. En el box figuraba una especie de horario con los distintos talleres que se llevaban a cabo. Allí solía estar la guardia de acompañantes de ese día.[27] Por lo general, mientras 2 acompañantes miraban las planillas en las cuales estaban los números de los distintos sectores y los apellidos de los jóvenes anotados, para decidir cuál de ellos saldría al taller y cuál haría “campo”[28] ese día, otro organizaba el reparto de meriendas y otro la salida de los jóvenes que estuvieran cursando la escuela. En esos momentos, intercambiamos algunos comentarios, sobre todo acerca de nuestras actividades, de cómo habían visto a algunos jóvenes[29] o si alguno de ellos estaba con salidas, y qué otras actividades había en la institución. Ese día solo hablamos previamente con Jaime, ya que el resto de los trabajadores estaba abocado a otras tareas. Creí entender que una de las trabajadoras de la guardia, Claudia, estaba con licencia. Jaime nos comentó que varios de los jóvenes “ya sabían lo que había ocurrido con Luis” (Registro Observacional Nro. 25, 2018). Al llegar las 17 horas nos acercamos al espacio previsto para realizar el taller, el primer salón ubicado a la izquierda de un pasillo más pequeño, donde solían desarrollarse las clases de primaria hasta unos minutos antes.[30] El aula tenía bancos similares a los de una escuela y láminas hechas a mano pegadas en las paredes, con alusión a alguno de los contenidos, fundamentalmente de lengua y matemática. También contaba con un pizarrón al frente, para escribir con tizas. Acomodamos las mesas y sillas con otra disposición, para generar una ronda, mientras esperábamos a los jóvenes, que llegaron a la puerta del aula junto a un acompañante y un oficial del SP. Los jóvenes, 6 en total, fueron trasladados hasta allí sin esposas, e ingresaron de a uno al salón; luego de lo cual el SP cerró la puerta del aula, como lo hacía usualmente.

Tal como había mencionado Jaime, el sector de jóvenes no era aquel en el que Luis se había alojado, pero estaban al tanto de la situación. Antes de iniciar la dinámica propuesta para el día, nos presentamos con aquellos que no conocíamos y preguntamos cómo estaban. Uno de los adolescentes, Alexis, a quien veía por primera vez y estaba sentado a mi lado, comenzó a decir que estaba mal por la muerte de Luis: “no éramos amigos, pero yo también soy de Venado… Me pone mal porque se murió un pibe, un pibito como nosotros” (Registro Observacional Nro. 25, 2018). Mientras hablaba, comenzó a llorar y noté que tenía cicatrices que indicaban cortes muy recientes en su brazo. Algunos de sus compañeros hablaron del hecho, y de la muerte de amigos que tenían “afuera”. Reorientamos entonces parte de la dinámica, a partir de la cual charlamos sobre algunos de sus amigos, cómo se identificaban, qué les gustaba hacer, pensando en construir mensajes para ellos, y luego hicimos el juego propuesto.

A las 18 horas, el SP fue llamando a los jóvenes y retirándolos uno a uno del aula, luego de requisarlos. Nosotras salimos posteriormente y nos encontramos con Iván en el office de acompañantes. Nos saludó y preguntó cómo había estado el taller. Le comentamos la situación vivenciada con Alexis, dada cierta preocupación por su estado y los cortes que tenía. “No sé por qué llora, no son amigos. Ni siquiera lo conocía bien”, nos respondió. Fabiana le preguntó, entonces, “¿Y vos cómo estás?”. Sus ojos se pusieron vidriosos y respondió: “Mal, como todos. Pero bueno, ya está. No se puede hacer nada” (Registro Observacional Nro. 25, 2018).

Esto me recordó a lo que Ramón, tallerista de serigrafía, había comentado en la reunión, acerca de que había notado a los acompañantes “destruidos”, aludiendo a que quizás no querían hablar por “estar shockeados” (Registro Observacional Nro. 24, 2018).

La contención del llanto en tanto forma cultural de expresión de dolor, así como la crítica de Iván al llanto de Alexis también puede ser leída como un signo de masculinidad a preservar en el espacio del instituto, siendo objeto de escrutinio el motivo por el cual es legítimo que un varón llore o no. Actitud que es mantenida, incluso, sobre él mismo como trabajador dentro de ese espacio. En la opinión de Rosario Otegui Pascual (2009):

Si la conformación de diferentes formas de sentido del dolor y el sufrimiento se instauran como ideologías de los grupos sociales (…) no es de extrañar que, como ha señalado la antropóloga india Veena Das (1995), en esta producción de sentido y significación podamos rastrear las herramientas políticas que utiliza el poder para reproducir unas determinadas relaciones de dominación. La conceptualización de la categoría de resistencia y aguante ante la adversidad y el dolor como valor positivo, y su correlación con una determinada socialización por géneros en nuestra sociedad, apelaría a este tipo de utilización. De un lado, los procesos de socialización de los varones implican su necesaria absorción de unas categorías ligadas a la fuerza, entendida ésta como la capacidad de aguantar y no manifestar los sentimientos de dolor ante una agresión externa o interna (…) Los procesos de normalización de la masculinidad pasan por la aceptación y adecuación a esta premisa (p. 150).

También es significativo atender a los modos de tramitación de lo trágico que retoman orientaciones propias de concebir al dolor y la angustia como algo individual y privado, algo que debe “aguantarse”, expresadas en la voz de Iván al hablar con Jaime “yo soy así, me la trago solo” y en la de Hernán “me la como solo”. Resulta interesante recuperar, a partir de las alocuciones de Iván y Hernán que, aun cuando las fronteras entre géneros son flexibles, el lenguaje en cuanto a estos modula formas de pensar y decir las cosas (Lamas, 1994; Palermo, 2017).

Más allá de esta metaforización, es también relevante mencionar que la tramitación individual y en soledad de los hechos que nos producen sufrimiento no es una situación aislada; sino que puede ligarse a lo que ocurre con los padecimientos subjetivos en el capitalismo y a la estructura de espacios genéricamente construidos que propone. En este sentido, no sólo las tareas de cuidado se desplazan a la familia nuclear y al ámbito privado, vinculado a lo femenino, sino que también se traslada a las relaciones socioafectivas próximas y a los contextos de intimidad la necesidad de apaciguar los padecimientos y violencias vivenciados en otros espacios (Candil, 2016).

A partir de esto, puede sugerirse que, ante la falta de construcción de una instancia de elaboración colectiva del hecho entre los trabajadores, el espacio laboral no aparezca como un lugar legítimo y plausible para alojar las manifestaciones de tramitación individual, como el llanto, o para encontrar un par con el cual compartirlo. Más aún, cuando en este espacio se pone en juego una faceta pública de nuestras vidas e incluso, en el caso de los trabajadores del Estado, las interpelaciones que se realizan en torno a sus prácticas no se efectúan solo en términos personales, sino también políticos. Ante ello, las formas de tramitación son diversas, mediadas tanto por la sensación de estar “adentro” o “afuera” de la institución, así como por las posibilidades de un espacio laboral genéricamente construido. De allí que pueda decirse que la organización de los procesos de trabajo no configura únicamente imperativos de control, que se expresan en esa “lógica institucional” a la que aludían algunos trabajadores, sino también formas de sobrellevar, lidiar y, en ocasiones, “naturalizar” parte de los efectos del encierro carcelario y de las imágenes atribuidas a la propia labor, asociadas a procesos de desgaste y malestar. Los mismos son enunciados en términos de sentirse “quemados”, “limados”, “tironeados”, “fisurados”, padeciendo trastornos del sueño, ataques de pánico, episodios de depresión y de angustia, desencadenando experiencias de sufrimiento psíquico y padecimientos subjetivos, afectando “su vida, su salud mental” (Entrevista Nro. 20, 2023).

Desmontar las ficciones propias: una ineludible reflexión metodológica

Luego de haber puesto en juego algunas de las dimensiones que considero relevantes hasta aquí, debo decir que los atravesamientos y las afectaciones que ha producido la cercanía con los procesos de desgaste y sufrimiento de los trabajadores y, en particular, la tramitación de la muerte de Luis, se vincularon también a supuestos que tenía sobre mi rol como investigadora, sobre los sujetos con quienes construyo mi investigación y sobre mi posicionamiento en el campo. A partir de esto, quisiera esbozar una reflexión en torno a los replanteos e incógnitas que abrieron estas experiencias.

A menudo sostenemos que la antropología “documenta lo no documentado”, las tensiones entre lo que se dice, se hace y se dice que se hace. Sin embargo, como señalan Mariana Sirimarco y Ana Spivak L´Hoste (2018), la etnografía también nos ubica en situaciones que no son posibles de caracterizar sin tomar en consideración su emocionalidad, dado que los discursos y prácticas que oímos, observamos y registramos se revelan insuficientes para aprehender el mundo social que pretendemos analizar. En este sentido, el papel de las emociones es nodal, ya que

La emoción no sólo se dice por medio de la palabra. También atraviesa los cuerpos: se hace carne, se vive (…) se pone a disposición para subrayar lo dicho, o para refutarlo, o para ampliarlo, o para dar forma a aquello que no puede decirse con palabras. Los gestos de la emoción no son simples elementos retóricos, un plus destinado a conmover, algo añadido al discurso. Son grafías particulares con que hablar en el universo público. No comunican como palabras, comunican antes o más allá de ellas (Sirimarco y Spivak L´Hoste, 2018, p. 12).

Si las experiencias de encarcelamiento se encuentran marcadas por el esfuerzo por velar los aspectos emocionales (Narciso, 2012), este trabajo –a contrapelo de esto– pretende que puedan tomar lugar. El campo también se hace carne, se vive. Se trata de una verdad del oficio antropológico que vale la pena traer a escena: ciertas situaciones nos conmocionan y esto no es un elemento aleatorio, un componente residual del análisis, sino que la implicación emocional misma es “un ingrediente sustantivo del proceso de comprensión de un grupo social (…) una de las múltiples relaciones que construyen el campo” (Sirimarco y Spivak L´Hoste, 2018, p.12).

En este sentido, quizás sean más los interrogantes que las interpretaciones que puedo realizar en torno a la significación que hechos, como la muerte de Luis, pueden suscitar. No pretendo hacer en este apartado un ejercicio de análisis de lo que habría podido significar un proceso personal de duelo, sino recuperar algunas líneas que me permitan avanzar en la problematización de ciertos supuestos y juicios morales en torno a mi proceso de investigación y a mi doble rol en tanto tallerista e investigadora. No se trata, entonces, de incorporar las emociones como un aspecto anecdótico, el cual podría ser más que evidente, sino de hacerles un sitio para ponerlas a trabajar. En el transcurso de esta investigación me encontré frente a un conjunto de conmociones, balbuceos, residuos y fragmentos, y ante la sensación de tener que hacer algo con ellos: retomarlos para escarbar más profundamente en las perplejidades que imbuían este proceso. Hallar ese lugar requirió que tuvieran efecto orientaciones, lecturas, tiempos y distancias entre la escritura y algunos de los hechos a los que referí.

Una primera apreciación es clave. Si bien en lo recorrido hasta aquí he mencionado, en numerosas oportunidades, que fui tallerista de la institución, en mis palabras puede leerse la dificultad para percibirme como trabajadora de la misma, aun cuando ese trabajo fuera voluntario. No se trata de una cuestión de desvinculación con el trabajo en ámbitos estatales o en la cuestión social: soy, actualmente, trabajadora en otros ámbitos del Estado, así como militante en una organización de la sociedad civil. Deviene, antes bien, de una marca de posición original en mi ingreso al campo que, de alguna manera, sostuve –y me sostuvo– pero que fue necesario poner en conflicto.

Quizás, lo más indecible de la muerte de Luis para mí era, justamente, que dejaba al desnudo esta dualidad: si, por un lado, me encontraba profundamente conmovida; por el otro, quería deslizar alguna línea de interpretación que resultaba imposible ante la afectación del hecho en ese momento. Me consternaba percibir, en la reunión que mantuvimos con los demás talleristas, que parecía que “la vida institucional continuaba”, como expresé en esa instancia. Pero, al mismo tiempo, pretendía que mi vida en tanto investigadora continuara, y no podía cuestionarme en torno a eso. El problema es que soy la misma persona.

De alguna manera, consideraba –quizás por una marca de ejercicio naturalista de la profesión– que debía despojarme del dolor para poder escribir. Que escribir desde el dolor no era posible. Que si no lograba ese despojo no era una investigadora suficientemente buena. Que, incluso, debía renunciar a la posibilidad de investigar sobre este tema.

Esto se presenta revelador para mí, dado que –al mismo tiempo- las instancias de encuentro con los talleristas, las que sobrevinieron con los acompañantes y ciertas modificaciones en las prácticas de trabajo, como mantener conversaciones en las cuales pudiéramos intercambiar cómo habíamos notado a los jóvenes, planificar la salida de determinados sectores de acuerdo a las guardias, o realizar instancias recreativas, contribuyeron a la tramitación del duelo. Si bien podía hablar de la muerte de Luis junto a mis compañeros, por fuera de los marcos de la institución, durante un tiempo prolongado no pude reflejar esto en mi proceso de escritura, y fue necesario que mediaran muchos años para que comenzara a poder desandarlo.

Por otra parte, si bien podía notar como “la procesión iba por dentro” para algunos acompañantes y esto me resultaba incomprensible, no podía reparar en que una parte de mi tramitación de este hecho también lo hacía. En numerosas oportunidades he leído las valiosas sistematizaciones de un texto ya clásico de Elsie Rockwell (2009), en el cual señala que el trabajo de campo no transcurre en un vacío teórico. Que, si bien los marcos de análisis se modifican y no permanecen cerrados, existen. Que se construye siempre a la par de un “trabajo mental constante que permite una mayor observación e, incluso, una mayor apertura a la sorpresa” (p.25).

A la luz de lo expuesto, creo necesario añadir que el trabajo de campo tampoco transcurre en un vacío moral y afectivo. Por ello, la dirección que adquiere en relación al involucramiento del investigador no sólo se define por las decisiones que éste toma racionalmente, sino también por supuestos menos controlables, más difíciles de problematizar, como los modos aceptados de comportarse en un determinado contexto, o las ideas previas que sostenemos en torno a los sujetos de nuestra investigación y las características de las relaciones que mantenemos con ellos, como ha sido señalado por Diego Zenobi (2015).

Para rever este aspecto fue clave la lectura de las reflexiones de Beverly Skeggs (2019), quien retoma el hecho de sentirse próxima a las mujeres con quienes construye su investigación. Del mismo modo, en mi trabajo de campo había experimentado en numerosas oportunidades esa cercanía con los acompañantes. Me he encontrado en instancias formativas, gremiales, recreativas, políticas y –con algunos de ellos– mi trayectoria laboral ha tenido puntos en común. Como han señalado Claudia Fonseca y Andrea Cardarello (2005), en las investigaciones relativas a determinados ámbitos de los derechos humanos, no resulta sencillo trazar la distinción existente entre quienes nos desempeñamos como investigadores y los sujetos con quienes realizamos nuestro trabajo de campo, en relación a ideas, recorridos y posicionamientos. Somos parte de “un mismo proceso civilizatorio” (p.16). Entonces, ¿qué me afectaba de esta experiencia en relación a los sujetos con quienes construyo mi investigación, particularmente los acompañantes? ¿Qué sucedía –más allá de la sorpresa– cuando dicha cercanía no se expresaba en una conducta que esperaba, sino en una divergente? Skeggs (2019) señala, para el caso que estudia, que

Las mujeres estudiadas no tienen identidades coherentes, (…) las subjetividades no se producen como categorías coherentes. El rechazo de las mujeres a ser fijadas es la admisión de una imposibilidad. Fijar a las mujeres es proyectar sobre ellas mi deseo de fijación: siempre lo rechazan (p. 254).

La cercanía y experiencias compartidas con los acompañantes desembocaba, de alguna manera, en una suerte de proceso de racionalización en torno a las actitudes, disposiciones y conductas que para mí eran esperables, en tanto producía –sin haberla interrogado– una coherentización sobre sus modos de ser y obrar. Pero, aún más problemáticamente, orientaba lo que entendía como coherente o no en base a mi propia experiencia y a producir una identificación con ellos en términos de mismidad, sin prestar oído a las diferencias que podían existir.

Recapitulando lo analizado hasta aquí, considero relevante tanto reponer las propias emociones que conforman el proceso de investigación, como trascender el deseo de fijación de las actitudes de los trabajadores hacia la tramitación de las violencias, los dolores cotidianos y los sucesos trágicos. En este sentido, cabe reparar en las ambivalencias, antes que en intentar derivar interpretaciones sobre sus acciones a partir de concepciones que los postulan como sujetos con compromisos militantes altamente racionalizados, o como implementadores acríticos de lógicas de castigo. Como he mencionado, en muchas ocasiones, los trabajadores de las instituciones totales son referenciados como autómatas de estas. Espero que lo expuesto contribuya a percibir que no se trata de automatismos, sino que conviven aspectos divergentes y conflictivos. Así mismo, que a partir del análisis de sus experiencias puede decirse algo de los procesos de trabajo al interior de una institución de encierro, de los padecimientos, malestares y sufrimientos que atraviesan y de las estrategias que encuentran para resistirlos. Finalmente, que –como antropóloga, retomando la invitación de Das (2008)– puedo “prestar mi cuerpo (de escritos) a este dolor” (p. 335). Esto es, poner de relieve la tensión entre los procesos de sufrimiento y malestar, las estrategias para sobrellevarlos, los hechos trágicos y las violencias cotidianas, en el sinuoso derrotero de trabajar en un escenario abyecto.

III. Segunda aproximación al malestar: una mirada sobre el uso de licencias entre los duelos constantes, las violencias en el espacio laboral y los dolores cotidianos

Como expresé previamente, problematizar mi posicionamiento y las conclusiones que derivaban de allí, experimentar la contradicción entre ellos y las situaciones con las que me encontraba, dar espacio a la repregunta y a la perplejidad para persistir en el trabajo de campo me permitieron, a lo largo de los años, poder distinguir que –a diferencia de lo que acontecía para mí– para varios de los trabajadores, la muerte de Luis se entroncaba con procesos más amplios, menos visibles y más subterráneos de sufrimiento. Me refiero con ello a las producciones cotidianas del malestar, ante las cuales los trabajadores ensayaban diferentes respuestas: “naturalizarlos”, intentar separar las esferas del trabajo y de la vida personal, procesarlos en el ámbito privado, acudir al gremio, hacer chistes, reunirse con otros compañeros, consultar a un curador profesional, participar en otros espacios colectivos, “pedir carpeta”.

A partir de lo recorrido hasta aquí, es necesario resaltar que relatar un “hecho trágico”, acontecido en el instituto, sirve a los fines de presentar un eje de indagación analítica que permite hilvanar los preceptos que ordenan la “lógica institucional” como lógica transaccional que construye una función de acompañamiento (y designa los espacios, tiempos, formas y sujetos que la llevarán a cabo), en una institución que no deja de ser una cárcel (con su consecuente ordenamiento en clave jerárquica, masculinizada y rígida). Sin dejar de lado el dolor que produce un suceso de estas características en la vida de los trabajadores, cabe reparar en que existen otras experiencias –sutiles, casi obvias, cotidianas– en las cuales se producen y refuerzan el sufrimiento y el malestar. A partir de estas problematizaciones, pudieron tomar sitio procesos como la convivencia con “duelos constantes”, la “mala sangre” y las situaciones de violencia en el ámbito laboral, que serán ejes de este apartado.

Cuando el “saber hacer” no basta: “no me entraba más la violencia en el cuerpo”

Una de las dimensiones en las que se expresan los procesos de sufrimiento y malestar cotidianos se vincula a los anudamientos producidos entre las mutaciones en las prácticas de trabajo y organización –en parte descriptas anteriormente– y la intensificación de diversas violencias que se entraman en las vidas de los jóvenes atravesados por el campo penal, a los cuales los trabajadores deben “acompañar en el encierro”.

En torno a la situación mencionada no existe una perspectiva unívoca. Si bien Felipe aludía, al inicio de este capítulo, a que “lo que quema es la institución total”, también mencionaba que, pese a que nunca se puso como foco del reclamo por una política de rotación a “la peligrosidad de los pibes”, algunas cosas habían cambiado. Uno de los acompañantes, Iván, ligaba el malestar en su trabajo a las situaciones de violencias altamente lesivas que ocurren en la ciudad de Rosario:

Lo que yo entiendo es que hoy en día tendría que estar el CERPJ, pero también tendrían que estar los de puertas abiertas. No solamente para descomprimir al CERPJ, sino también para distinguir las causas de los pibes, porque hay causas que son mucho más jodidas que otras y los abordajes son diferentes (…) acá hubo [nombra una serie de apellidos asociados a barras de hinchadas de fútbol y bandas ligadas a la narcocriminalidad], o sea, pasamos por un montón de situaciones, que entiendo yo que también para las direcciones de la institución debe haber sido complicado (…) Pero llega un punto, por lo menos para mí, en el que lo que me pasaba, particularmente, es que no me entraba más la violencia en el cuerpo, pero era impresionante, digamos. O sea, iba, le ponía el cuerpo. Pero había como un correlato entre lo que sucedía afuera y lo que sucedía adentro, que a mí me pasaba el último tiempo que era como una cosa que no me podía desafectar de ninguna de las dos, digamos (…) por suerte no me pasó nunca nada a mí, pero ya sentís, digamos, lo que se vive en la ciudad (Entrevista Nro. 19, 2023).

Para Iván, el contacto con las múltiples violencias que atraviesan tanto al encierro carcelario como a la trama urbana (“lo que se vive en la ciudad”), le producía una situación de malestar. Los jóvenes con apellidos “más picantes”, con los cuales no hallaban herramientas para trabajar, son –en parte– quienes actualmente lideran algunas de los grupos asociados a un encadenamiento de hechos de violencia (control territorial de la venta de sustancias, extorsiones, conformación de bandas armadas, entre otras). Es importante remarcar que, como señala Iván, si bien esto le ocurre a él particularmente, se vincula al correlato de su proceso laboral y de un fenómeno de alcance estructural. Es su cuerpo el que sufre porque debe ser puesto en juego, pero se desgasta: “no le entra más violencia”. Esas violencias, si bien son fuerzas que ocurren más allá de su cuerpo, entran en juego con él disminuyendo su potencia. Quizás, de la magnitud y el carácter estructural de esas fuerzas deviene la sensación de que la afectación no cesa, de que lo que ha aprendido en su experiencia militante y en su experiencia laboral no basta para poder inscribir, tramitar, esa situación. De esta manera, la inmersión en un espacio liminal entre aquello que puede inscribirse y aquello que no, que se revela intramitable, aparece con una marca diferencial para los trabajadores.

Si bien existen transformaciones previas en las orientaciones del proceso de trabajo, estas situaciones se montan sobre ellos, produciendo nuevas mutaciones. Los conflictos personales, familiares y barriales colocan a algunos jóvenes ante un peligro potencial, que es reforzado por el hecho de no contar aún con un régimen penal de la minoridad que permita discriminar delitos y penas. Así, existen al interior del espacio lealtades, respetos, estructuras y jerarquías que “vienen de afuera” (Juana, Entrevista Nro. 18, 2023), a la par que conflictividades, deudas y disputas que cada vez involucran más la producción del “miedo” por parte de los jóvenes como una arista en la manufactura de sus masculinidades, como exploramos en el capítulo 1.

Sin embargo, respecto a la asociación entre estas caracterizaciones y las prácticas de trabajo, Cecilia, matizaba la alianza que podría establecerse entre conflictividades en la tarea y el “perfil” de los jóvenes alojados:

(…) creo que son los obstáculos que vos tenés para poder balancear y ver los triunfos. Siempre es como una lectura es “si está todo mal, es porque los pibes son de perfil muy alto; si está todo bien es porque los pibes son otro tipo de pibes. “Esta camada son más tranquilos, no sé qué…”. Y esas lecturas lo que no permiten ver son las líneas de intervención, las formas de abordaje, los marcos institucionales; para bien o para mal, así poder modificarlos. Es una cosa que está fuera, no depende de los laburantes ni de la institución, sino que es del pibe, o “los pibes azarosamente que llegaron a la institución” (…) Me parece que es una forma, la protección subjetiva, de justificar una situación institucional que está del ojete. Ya la función del acompañante no existe como tal, el cuerpo de acompañantes se ha desmembrado totalmente (Entrevista Nro. 23, 2023).

Así, para Cecilia, hacer foco en la trayectoria de los jóvenes y los delitos por los cuales son procesados o condenados impediría problematizar las mutaciones en las líneas de intervención. Operaría como una “protección subjetiva”, una suerte de mecanismo de defensa que acabaría justificando el retraimiento en las funciones de los trabajadores civiles. Desde esta perspectiva, percibir que el conflicto medular es “el perfil” de los jóvenes obtura la problematización de las condiciones institucionales en las cuales la función de los trabajadores civiles es desmembrada. Por ello, da cuenta de una tensión que se cierne sobre la propia práctica. Esto es, que la condición inicial sobre la que debe intervenir (las vidas de los jóvenes atravesados por el campo penal) acabe siendo la justificación de su ineficacia, en lugar de problematizar las líneas de acción, las formas de abordaje, las prácticas y las orientaciones institucionales. En este sentido, puede pensarse que el foco sobre los “perfiles” de los jóvenes atravesados por el campo penal actúa al modo de una “ficción necesaria” (Dubet, 2013), como creencia que permite, lábilmente, proporcionar una protección ante cierta cotidianeidad agrietada a raíz de los cambios en la organización del proceso de trabajo y en las propias instancias colectivas de los trabajadores. Renunciar a esta creencia implicaría que el trabajo acabe vaciándose de contenido, dificultad que parece deslizar Cecilia en su testimonio.

Pero, aún más, cabe preguntarse por la asociación entre esas “ficciones necesarias” y los propios procesos ocurridos en las instancias organizativas –formales y autogestionadas– de los trabajadores. Como enunciamos previamente, el IRAR/CERPJ es un lugar de paradojas, donde pueden producirse “aberraciones del bien” en el intento de procesar las tensiones entre cuidado y control, como mencionaba Carlos en el capítulo 2 (Entrevista Nro. 22, 2023). Sin embargo, si los procesos de trabajo y vida no pueden escindirse, si la noción de experiencia nos remite a “vivir con significado, actuar de acuerdo a valores y tradiciones” (Fernández Álvarez, 2017, p. 86), debemos reparar en cómo experimentan esas paradojas los sujetos que trabajan allí. Esto puede tamizarse en diferentes aspectos. Por una parte, Felipe e Iván traen en sus testimonios algunos indicios de la dificultad de sostener el trabajo desde una forma de subjetivación militante, “con la camiseta de los derechos humanos”, a la par que tramitar la afectación que produce en ellos la violencia vinculada a los hechos delictivos asociados a los jóvenes que deben acompañar. Por otro lado, resulta importante reparar en aquello que Cecilia menciona al hablar de un cuerpo de trabajadores “desmembrado” y, en ocasiones, desjerarquizado, con funciones que ya no existen como tales y con instancias en las cuales “solo queda el vínculo cariñoso” con los jóvenes, como también expresaba Juana (Entrevista Nro. 18, 2023). Imagen que parece remitir más a un último recurso del cual echar mano que a la idea de “distancia óptima” como encuadre del trabajo, que los acompañantes habían construido en otros tiempos, que les permitía trabajar desde una perspectiva de derechos, evitando tanto “endurecerse” como “hacerse mierda”.

En un taller organizado por la Defensoría, algunos trabajadores referían a estos procesos a partir de la idea del “mandato de la mínima intervención” como forma de organizar los procesos de trabajo:

Nicolás [IRAR/CERPJ): – Nosotros tenemos muchos compañeros, que están atravesando situaciones, por esta fisura, por esto de que el Estado te impone tanto y vos vas por otro lado. Terminas también con cuestiones sobre tu propio cuerpo, sobre tu salud mental. Hace mucho tiempo venimos trabajando y pidiendo espacios de retrabajo. Espacios donde nosotros podamos volcar nuestra práctica y nuestra experiencia, para que después no nos estalle todo el tiempo o en el laburo, en tu casa, con tus amigos, ¿No? Digamos, porque también nosotros tenemos muchísimos compañeros que están con carpeta médica por estas situaciones. Porque vivís con un constante tironeo, el deber ser, por decirlo de alguna manera, que también cae sobre tu propio cuerpo.

Vanina [ESPA Alvear]: – Eso es lo que iba a decir, mientras que vos lo hablabas lo imaginaba, digo, es la institución diciendo “ya se le va a pasar, esperemos que se desgaste y ya se le pasa”, porque es parte de cómo el sistema te pone en esa situación para que el deseo desaparezca. (…) Te terminan diciendo esto de la mínima intervención. O esto de que mientras que los pibes no se maten entre ellos ya está. Tu trabajo está hecho. Y es también angustiante, vos decís bueno, ¿hasta qué punto? (…) Porque está la contradicción que decía, bueno, ¿hasta dónde reclamamos? Porque queremos lo mejor para los pibes que están ahí adentro, los que peor la pasan son ellos. Pero después también está esto: si les importa, les interesa que funcione la institución, o en un momento a nosotros /hace un gesto moviendo su mano/… lo vacían y lo cierran (Registro Observacional Nro. 43, 2019).

Vanina y Nicolás destacan al menos dos aristas del proceso de desgaste y “fisura”: una de ellas, la situación de naturalización –ya no quizás tanto por parte de los trabajadores como de los directivos y funcionarios– el conceder la licencia por motivos de salud mental y esperar a que “se les pase”, sin otorgar espacios de retrabajo que son frecuentemente demandados por los sujetos. La otra, la experiencia de contradicción que esto provoca, al no encontrar formas de visibilización y reclamo de estas situaciones por temor, no solo a ser despedidos, sino a que se cierren otros espacios, como los de puertas abiertas. Así, enlazan los procesos de malestar a las representaciones que circulan en los ámbitos formales de discusión política en torno a los jóvenes que cometen hechos delictivos y a los espacios previstos para su alojamiento.

Estos procesos producen efectos en los cuerpos de los trabajadores, quienes experimentan estrés, ansiedad y desgaste ante la permanente tensión entre resistir a los imaginarios que son promocionados en torno a su trabajo, la escasez de recursos para llevarlo a cabo y la necesidad de continuar “acompañando en el encierro” como modo de defensa de los derechos conquistados para las infancias y juventudes.

El período de licencia como un tiempo para “procesar los duelos constantes”

Por otra parte, el trabajo en el encierro no solo implica el tránsito por esa zona inhabitable intramuros, sino también los “afueras” que son convocados. Esto es, tanto las disputas a nivel de los sentidos sociales sobre la asociación entre jóvenes, violencias y delitos, como también aquello que expresaba Felipe en una de las conversaciones que mantuvimos: “nuestro trabajo tiene que ver con disputar el sentido de la vida y, hoy por hoy, ese disputar el sentido de la vida tiene que ver con disputárselo a ciertas tramas de narcocriminalidad” (Registro Observacional Nro. 51, 2023).

En este sentido, los trabajadores sostienen que conviven con “duelos constantes” por las muertes de jóvenes que han acompañado en el encierro y que, en ocasiones, el pedido de una licencia por motivos de salud mental habilita el tiempo para dar lugar a su tramitación. Cecilia reflexionaba acerca de los modos de elaboración que desplegaba ante estas situaciones de sufrimiento de la siguiente manera

Yo fui de la idea de procesar, todos me decían “el laburo en el IRAR te quema, que el burnout” Y a veces las condiciones de un metalúrgico son peores que las nuestras. Cuando dejé de laburar, me acuerdo que tuve mucho tiempo al pedo /risas/, un día me fui a comprar alimento a los gatos y veo una jaulita con pajaritos y me re angustié /hace una pausa, su voz se quiebra/ digo ¡yo estuve viendo un montón de pibes! Y nunca dimensioné la violencia que eso era para mí, o sea, más para ellos, ¿no? De convivir con esa violencia, nunca terminé de dimensionar esas cosas, que las terminé de dimensionar después. Y que a la vez también fue convivir siempre con la posibilidad… siempre me preguntaban si había muerto alguien de mi familia y no, así cercano no, y pasás a convivir con que la persona con la que vos convivís permanente y le hacés el desayuno, y hacés chistes, te comparte su vida…Y que es ese reflejo de muchas cosas de la adolescencia… convivís con duelos constantes de pibes que están detenidos. Creo que mucha de toda esa violencia, la sublimamos en chistes. El chiste más común entre los acompañantes era “viste que cayó fulanito”, “ah, yo pensé que estaba en Harvard”, esa cosa así. No hacíamos o no decíamos mucho de cuando fallecía un pibe, porque era parte de la vida. Y cuando salí de IRAR eso se me empezó a hacer más explícito al enterarme de algunas muertes. Me pasó con un pibe, a mí me pasaba que me llevaba mejor con el que todos odiaban /risas/, y había uno que vos llegabas 8 de la mañana y él ya gritando “hola”. Después pasó a estar en Casa del Adolescente. En ese momento Lautaro [su pareja] estaba en Casa del Adolescente, y me dieron la libreta a mí, para que se la diera a Lautaro, pero el pibe después dejó de ir, no lo ubicaba. A ese pibe lo matan en un intercambio de zapatillas, y a los dos días yo encuentro la libreta. Esa cosa que vos te quedás con toda la potencia y las posibilidades de ese pibe (Entrevista Nro. 23, 2023).

Cecilia manifiesta haber desestimado durante un tiempo las condiciones en las que llevaba a cabo su trabajo, intentando compararlas con otro tipo de labores, rechazando inicialmente la idea de que se trata de una actividad que “quema”, y pudiendo “procesarlas” cuando dejó de trabajar, producto del pedido de una licencia. Parece indicar, entonces, que el estar fuera del escenario de la cárcel –al menos transitoriamente– es un movimiento que habilita a problematizar ciertas violencias. A partir de allí, señala que ese procesamiento de las condiciones en las que trabajaba la llevó a identificar la convivencia con “duelos constantes” como una de las situaciones de su trabajo que mayor sufrimiento le producía. Sin embargo, a la hora de dar cuenta de cómo se atendía a esto cotidianamente, lo que aparece es el uso del chiste como “modo de sublimar las violencias”, tanto las muertes de los jóvenes que egresan del instituto como sus condiciones de reincidencia e itinerarios de detención hacia el sistema penal de adultos. En este sentido, en el relato de Cecilia, el humor como modo de atención del malestar implica a un otro con quien hacerlo y a un conjunto de emociones, valores, sentidos y experiencias compartidas que permitan que acontezca como tal. Nos habla de un mundo social compartido, al cual alude al decir que se trata de chistes que se hacían entre compañeros, intentando sublimar una cotidianeidad resquebrajada.

Para Sigmund Freud (1973), quien estudia la relación entre el chiste y el humor, “la esencia del humor consiste en que uno se ahorra los afectos que la respectiva situación hubiese provocado normalmente, eludiendo mediante un chiste la posibilidad de semejante despliegue emocional” (p. 2997). Si el chiste involucra el surgimiento de elementos inconscientes en la realidad, el humor –en cambio– representa la negación de esa realidad, a fin de producir un ahorro del despliegue afectivo. Esta función del humor se caracteriza esencialmente como una estrategia defensiva, donde la actitud humorística se erige como una barrera ante el sufrimiento: el yo rehúsa dejarse ofender, persiste en desplegar mecanismos para mostrarse invulnerable ante los traumas del mundo exterior (Freud, 1973, p. 2998). En este caso, podríamos pensar en el sufrimiento que produciría en los trabajadores conocer una situación trágica, un itinerario decepcionante o angustioso en la vida de esos jóvenes con los cuales se compartía el día a día. Por ello, ante la pregunta por el presente de algún joven que ha egresado del instituto, responden con una posibilidad impensable para ellos, en lugar de por aquellas que resultan previsibles y dolorosas. Pero también, al ser compartido y presentado como un modo colectivo de “sublimar” parte del sufrimiento que les produce su trabajo, el humor resulta en este caso una sutil insumisión ante las expectativas que recaen en su tarea y las condiciones y escenarios de posibilidad en los que transcurre realmente (Scott, 2002). Asimismo, es significativo que Cecilia vincule la notoriedad que cobraron las muertes de los jóvenes en su vida, al hecho de haberse retirado –al menos temporalmente– del ámbito laboral, como si no existiera allí escenario posible para la tramitación de estas situaciones.

La “mala sangre” como expresión del sufrimiento cotidiano

Otra de las expresiones del malestar y sufrimiento cotidianos se enlaza a los efectos que la “mínima intervención”, como forma de trabajar, tiene en la vida de algunos sujetos. En este sentido, sus testimonios remiten a otro conjunto de relaciones, en las cuales el malestar se conjura a partir de la “mala sangre” que se produce en las discusiones cotidianas en el ámbito laboral:

El año pasado tuve un síncope. Está bien que no fue por esto exclusivamente. Yo había tenido la parálisis, sí, sí. Ahora ya estoy mejor, pero… viste, trato de no hacerme mala sangre. Me metí en una colectividad, ahora soy presidente de la Asociación Libanesa (…) ahora estoy todos los días, varias horas con eso. Y voy al IRAR a trabajar, o sea, a hacer cosas para… entonces como que estoy en otra ¿Me entendés? Pongo mi cabeza en otro lado, entonces como que no me calienta mucho. Tampoco es algo normal, pero bueno, es lo que hay ahora para zafar de la situación, pero así están todos… Lo que pasa es que lo niegan o, bueno, viste, cada uno tiene su forma de tramitarlo.

(…) Y lo difícil, siempre digo, son los adultos, o sea, la relación con los adultos. Muchas veces compañeros, funcionarios ni hablar. Después, la muerte de Mariano, yo le abrí la puerta con un empleado, pero no recuerdo eso tan doloroso como otras cosas. Cuando me pasó la parálisis que fue porque, o sea, gente que hace cosas… o una vez que hice todo un laburo como de 6 meses articulando con gente de afuera, con Economía Solidaria, para que no solo nosotros salgamos con los pibes a las ferias, sino que los otros se hagan cargo y vengan. (…) Todo un andamiaje que tardó y costó reuniones, armarlo y estaba todo listo. Y Valeria, que era la directora, que ya sabía todo lo que se había hecho, ¿entendés? me dice, “no, esto no lo vamos a hacer acá porque esto es una cárcel”. Y le digo “siempre fue una cárcel y esto hace 6 meses que se está pensando, me hubieses dicho antes, para qué me hiciste laburar al pedo”. No le dije así, pero bueno. Evidentemente a mí siempre me boicotearon todo. Pero eso fue como algo muy obvio… laburé 6 meses presentando siempre todo, o sea, ya sabían, y faltaba solo la autorización para salir con los pibes a la feria. Hasta habíamos hecho una consulta legal, por si eran menores de edad, porque iban a vender trabajos de ellos (…) Y bueno, me dice que no, pero así displicentemente, como hasta gozando de que me estaba diciendo que no, que no me lo decía a mí, se lo decía a los pibes (…) Esas cosas me hacían sufrir (Jaime, Entrevista Nro. 11, 2022).

En este enunciado, Jaime problematiza la idea que quizás surgiría con más inmediatez: que las instancias en que ha experimentado con mayor intensidad sufrimientos y malestares se vinculan a la relación con los jóvenes, en particular a vivenciar de manera muy cercana la muerte de uno de ellos, al encontrarlo en su celda. Pese a la contundencia de este hecho, Jaime alude a que ha sufrido más por “la relación con los adultos”, ligando el momento en el que se le desencadenó una parálisis a situaciones laborales, particularmente al hecho de que un proyecto en el que estuvo trabajando durante mucho tiempo fuera “boicoteado”. Este hecho lo lleva a constatar que el espacio en el cual trabaja –pese a las marchas y contramarchas de proyectos, intentos de cierre o refuncionalización– es una cárcel, con esa “violencia insoslayable” que la experiencia de encarcelamiento conlleva. Así, lo que aparece como vía para atender ese malestar, en el caso de este trabajador –quien con posterioridad sufrió un evento cardíaco debiendo pedir licencia– es, además de la consulta y tratamiento con curadores profesionales, “estar en otra”, participar de otro espacio como modo de “no hacerse mala sangre”. Lejos de la experiencia de desapego o de cinismo que destacan los análisis que retoman la categoría de burnout, Jaime señala que esta forma de tramitación, la cual parecería emparentar con la “negación” que sostienen otros trabajadores, le genera una interpelación: “no es algo normal”.

Iván también aludía a la gran cantidad de trabajadores que han debido hacer uso de licencias en los últimos años, incluido él mismo:

Bueno y la carpeta psiquiátrica por acá, una licencia por allá, otros automáticamente renuncian a la planta permanente. Y bueno, date cuenta de que hay algo mal. Y así y todo no, es como que no está la intención, o este último tiempo no estuvo la intención de reforzar esa área para laburar con los pibes (…) Puedo nombrar más de 10 personas, compañeros, compañeras, que no han soportado digamos el trabajo, y yo considero, en lo personal y en lo particular, que me termino yendo de la institución más afectado por el rol de los adultos, o la falta, o la inoperancia, o la falta de políticas institucionales o intervenciones de los adultos; que por el funcionamiento de los sectores o de los pibes, porque uno ya sabe que es así ese laburo. (….)

No refuerzan a la cantidad de personal, son cada vez menos los que laburan, es muy difícil irte de ese lugar porque, en realidad, vos al estar en planta permanente no querés renunciar a un laburo, porque te da seguridad económica y aportes jubilatorio y toda la bola. Por lo general siempre la salida es lo de la carpeta psiquiátrica y todo eso, que es un garrón. En mi caso yo me pedí una carpeta y en 2 o 3 meses pude resolver lo de poder seguir laburando dentro del mismo ministerio, pero en otro lugar, con una comisión de servicio. (…) De hecho, en la decisión que termino tomando, me ayudó mucho al gremio para darle curso… también mucha terapia ¿Viste? Qué sé yo, o sea el balance o la síntesis de todo es que la institución está peor que nunca (Entrevista Nro. 19, 2023).

De esta manera, la “mala sangre”, el “boicoteo” de ciertas propuestas e intervenciones, la constatación de la imposibilidad de desarrollar la tarea en los términos a los que se aspira, son experimentadas como procesos de malestar que llevan a que el trabajo se torne algo que resulta difícil “soportar”. Experiencias encarnadas que, más que un ordenamiento coherente, parecerían adoptar una “solución de compromiso” (Good, 1994), que permita entramarlas en un devenir del sufrimiento. De allí el uso frecuente de licencias, pedidos de “carpeta” por motivos de salud mental e, incluso, renuncias que no parecen encontrarse ligados a una pérdida de interés en la propia tarea, sino a definiciones en la esfera de las políticas públicas vinculadas a los jóvenes atravesados por el campo penal, a intervenciones con las que no se está de acuerdo y a la falta de recursos destinados al área de acompañamiento en el instituto.

Para algunos trabajadores, dentro del itinerario que los conduce a buscar alivio a estas situaciones, el gremio aparecerá como un lugar al cual acudir, en el cual encontrarán herramientas, sugerencias y recursos para poder arribar al pedido de licencias. Varios de ellos destacarán la “ayuda del gremio” para obtener un reconocimiento en términos laborales de las experiencias de sufrimiento y malestar, a partir del pedido de una licencia.

Sin embargo, estos eventos producen un desgaste cotidiano de los trabajadores, sostenido y visible a lo largo de los años en los que desarrollé trabajo de campo. El reverso del fuego, entonces, remite a aquello que no se puede decir, la frialdad que impera en este tipo de instituciones que frecuentemente son consideradas calientes. Con esto me refiero, por ejemplo, a la idea de muerte desatendida o imposibilidad de construir una trama para ese duelo, pero también a situaciones más triviales: la indolencia, el “no hacer nada”, “dejar que se pase”.

De acuerdo a Rosario Otegui Pascual (2009), las experiencias de dolor se expresan a través de situaciones que pueden parecer incoherentes, desligadas, ajenas entre sí. Su síntesis posible estriba en que un sujeto social las vivencie como experiencias de sufrimiento, intentando dotarlas de un marco de comprensión. Esto es lo que permite ligarlas a unidades de significación más amplias, tales como la producción social del malestar, construcciones que sintetizan una experiencia individual encarnada en un proceso más vasto: el de las relaciones sociales, históricamente situadas, que otorgan a los sujetos un marco cognitivo, práctico y sensible para afrontar esos padecimientos. Así, “el dolor, resignificado como padecimiento, puede ser considerado un operador simbólico de primera magnitud para investigar las formas sociohistóricas y culturales de plasmación de relaciones sociales más amplias.” (ibíd. p. 148).

Las licencias como modo de lidiar con violencias en el ámbito laboral

En el último año en el que me encontraba realizando trabajo de campo, los trabajadores comenzaron a referir a un uso de las licencias que no había registrado previamente. Al calor de las modificaciones en las orientaciones en el proceso de trabajo (el “mandato de la mínima intervención”), las licencias y renuncias de varios trabajadores (el retraimiento del “cuerpo de acompañantes”) y el recogimiento de la actividad vinculada a reclamos sindicales, algunos acompañantes comenzaron a referir a una avanzada de ciertos oficiales del SP sobre los espacios laborales, las prácticas de trabajo con los jóvenes y el trato hacia las áreas civiles en su función de contralor. Dos de ellos, por ejemplo, manifestaron haber hecho uso de licencias luego de vivenciar episodios de conflicto con las fuerzas de seguridad, avaladas por las nuevas direcciones del instituto. Al referir a esto, Juana expresaba que una de las modalidades de hostigamiento laboral consistía en “tirarte al SP encima”:

Juana: – Todos esos compañeros que se fueron con licencia o están en otra institución, no solo fue un desgaste de ver que todo lo que se había logrado empezó a retroceder, sino que fue con persecución, con tirarte al SP encima… fue bastante heavy en algunos momentos.

Entrevistadora: – ¿Tirarte al SP encima qué quiere decir?

J: -Y por ejemplo que el SP quiera intervenir e intervenga en cuestiones que son propias del área de acompañantes juveniles y lo haga, porque nadie le va a decir que no. Y cuando vos se lo discutís, porque estás acostumbrado a hacerlo en determinado marco, sin que el pibe escuche, lo llamás aparte… Pasás a que vos estás hablando con un pibe, te aparezca el oficial atrás y te diga lo contrario. Eso provoca que le tengas que discutir ahí en el momento, generando una situación de violencia. (…) Y de los pibes hacia el servicio. Y nos pasó varias veces. Yo tuve una situación particular, donde estoy entrando a mi horario de trabajo, hubo una situación de violencia en un sector, con un pibe, en donde corre riesgo psicofísico el conjunto de los pibes. Unos meses atrás ese pibe ya estaría en el resguardo y vos ya estabas entrevistando uno por uno a los jóvenes, viendo cómo resolver para hacer la apertura y que siguiera la cotidianeidad. Entonces yo llego… a partir de eso me dejé de acercar a los sectores hasta no leer el reporte. Llego, me llaman de un sector, y los jóvenes estaban un poco alterados; me cuentan una situación y yo no sabía de qué me estaban hablando. En eso se acerca el oficial al grupo convivencial y los pibes estaban enojados con él, entonces uno lo insulta. El pibe lo invita a pelear, y el oficial le dice “a la noche entro” y yo parada ahí… Entonces, yo les digo a los jóvenes que iba a leer el reporte y hablar con el coordinador por esa situación. Lo llamo al oficial, quiero ir hasta adelante para poder charlar con él de esa situación, que tendría que dejar por escrito lo que había escuchado, y me empieza a increpar en el pasillo. Entonces yo tengo que responder en el pasillo del sector 1 y 2, todos los pibes escuchando, aparte el tipo me ponía la mano así /señala que le agarraba el hombro con el gesto de detenerla/, yo le decía al otro del servicio que cerrara la puerta para que los pibes no vieran. Y en eso viene el Director de la institución, pasa por detrás mío ¡y sigue de largo! Y tuve que apelar al Subdirector del SP para que frenara esa situación, que venía caminando rápido porque lo escuchaba gritar al tipo. De eso, varias (Entrevista Nro. 18, 2023).

En el fragmento precedente, Juana relata un episodio que da cuenta, simultáneamente, del retraimiento de las funciones del personal civil y de la potestad del SP para intervenir en situaciones en las cuales anteriormente no lo hacía. Ante la escalada de violencia y la presencia de amenazas entre un oficial del SP y uno de los jóvenes, ella intenta interponerse, como usualmente lo hacía en su rol de coordinadora de guardia, dentro de los marcos, orientaciones y preceptos que organizaban su tarea laboral. Pero el contexto ha cambiado y, en lugar de ser respaldada por las autoridades institucionales, estas “pasan de largo”, quedando expuesta a la violencia verbal y al amedrentamiento físico por parte del oficial del SP. En la clave de lectura que aporta Juana, este suceso no es una contingencia, sino que existieron varios episodios similares. Por ello, vincula al pedido de licencias y traslados de diversos trabajadores no solo al desgaste que producía el atestiguar que ciertas formas de trabajo se encontraban en retroceso, sino también a situaciones de persecución más sistemáticas.

A partir del relato de Juana, pueden reconstruirse situaciones que permanecerían opacas de apegarnos a una definición clásica sobre la idea de “quemarse”, que pone el acento en la capacidad –o incapacidad– de los trabajadores de lidiar con los factores causantes de malestar en el ámbito laboral. A través de este testimonio, puede verse que el pedido de una licencia por motivos de salud mental constituye, en ocasiones, una estrategia ante situaciones de violencia laboral, amedrentamientos y persecuciones. Suspender el contacto con las personas con las cuales se han tenido conflictos y retirarse del espacio de trabajo cotidiano como sitio donde ha tenido lugar la escena, hablan de una forma de tramitación que pareciera ser individual, pero que si se examina en su extensión –dado que varios trabajadores refieren a episodios similares y mencionan el acompañamiento del gremio en estos pedidos– indica una forma usual de abordar las violencias en el ámbito de trabajo. Así, bajo el rótulo del “pedido de carpeta” yacen una multiplicidad de situaciones que no remiten únicamente a las capacidades de un trabajador de lidiar con los factores estresores de su medio ambiente de trabajo (como indicarían enfoques como el del SBO), sino también a violencias por motivos laborales, por desacuerdo en los marcos de trabajo, por imposición de nuevas líneas de intervención. Examinadas en su devenir histórico, estas formas de resolución –que parecen dar cuenta de un recorrido individual de cada trabajador en la tramitación de su licencia– presentan indicios de una cotidianeidad que se agrieta y desgrana, de los conflictos por las transformaciones en la organización del proceso de trabajo, así como del retraimiento en las formas de organización colectivas que permitan sostener los acuerdos construidos en el pasado.

III. Lógica institucional, tramitación del malestar y estrategias de los trabajadores

Como resulta claro luego de lo recorrido hasta aquí, el trabajo en el encierro conjura una experiencia de cercanía con lo abyecto que oscila entre producir enojo y “naturalización”, disociación y sufrimiento. Asimismo, transcurre en un escenario en el cual se convive con “duelos constantes”, ya que la muerte temprana es un destino posible y frecuente para los jóvenes con quienes acompañantes, profesionales y talleristas trabajan, situación que intenta sublimarse a través del humor compartido. A la vez, cuando estas muertes transcurren intramuros, ponen en relieve la escasa –o nula– posibilidad de tramitarlas colectivamente, enfatizando en su atención solo en términos formales y burocráticos, por ejemplo, a través de la producción de informes.

Pero, además, en los modos de abordaje de estos sucesos, así como en las experiencias de dolor cotidianas, los sujetos ubican a la “lógica institucional” como productora de un conjunto de sufrimientos vinculados a su trabajo. Por ello, cabe deslizar una serie de precisiones que permitan conceptualizar aquello que se entiende bajo esta idea. En este sentido, pensar en clave de lógica institucional no tiene la pretensión de sustituir el argumento que alude a dos paradigmas enfrentados, postulando el reemplazo de la “lógica tumbera” por la “lógica convivencial”. Por el contrario, la idea de lógica institucional que propongo refiere a un modo conflictivamente transaccional de garantizar el gobierno del instituto, a partir de un sistema de equilibrios inestables, desde el cual los espacios carcelarios se co-construyen.

La lógica institucional puede caracterizarse, a partir de lo expuesto, como una síntesis siempre provisoria e imposible de las tensiones entre la represión y el cuidado, que da cuenta más de su articulación paradójica que de su enfrentamiento antagónico. Uno de los rasgos más notorios que estructuran estas formas de actuación, siendo quizás el que puede trazarse con mayor profundidad histórica, es la mixtura contradictoria de racionalidades y tendencias: acompañamiento y sanción, protección y responsabilización. No solo estipula modos de organización de los espacios, recorridos, pulsos, tiempos, ritmos, rutinas, articulaciones posibles, sino que lleva en su seno sentidos morales sobre las personas que se alojan en la institución, pero también sobre el conjunto de los trabajadores y sus funciones. Aún más, en ella se expresan formas de comprensión de la estatalidad, de la situación de las adolescencias, los derechos, las violencias, los delitos, de un momento particular del procesamiento sociocultural de las edades y de los castigos de los cuales, por efecto de Estado, luego es emblema.

Se trata de una lógica fragmentaria y sectorizada de las tareas, que organiza su accionar a partir de la protocolización de las intervenciones y de las sospechas en torno al trabajo del otro. Si bien enfatiza la idea de acompañamiento, posee un cariz altamente individualizante de los abordajes, al que podemos calificar de situacionocentrista, privilegiando la producción de informes individuales como mirada posible sobre las trayectorias de los jóvenes. Otro de sus atributos es la opacidad de los tiempos de intervención. Indeterminación que suele vincularse a que las medidas impuestas a los jóvenes poseen plazos poco certeros, pero que puede notarse también en las dinámicas de trabajo concretas: en las esperas, los titubeos, los aletargamientos, la fluctuación en las actividades, las interrupciones y discontinuidades, en la falta de recursos que dan forma a cuerpos “teniendo que soportar el peso de la caída de las instituciones”.[31]

En términos de lógica transaccional, la lógica institucional condensa imperativos conflictivos. Lo más auspicioso de la transacción podría pensarse como la flexibilidad de las lógicas punitivas frente a modos de trabajo que permitan “acompañar en el encierro”. Pero también el reverso de esa transacción puede darse al pensar en la adhesión a ciertos modos de gobernabilidad que refuerzan la persistencia del espacio carcelario y su robustecimiento. En este sentido, parecería ocurrir un desplazamiento entre quienes construyen el gobierno de la cárcel; revelándose como horizonte de posibilidad que éste oscile en torno a las disputas y acuerdos entre el SP y los jóvenes “más picantes” (especialmente, a través de la figura de los “pilotos de sector”), lo cual la asimilaría a la lógica penal de adultos. Allí, las posibilidades de “acompañar en el encierro” se desdibujan, generándose procesos de sufrimiento y malestar, esperas y desazones.

Por ello, a partir de lo transitado en este capítulo, deseo remarcar que la idea de que los trabajadores “se queman” trasciende ampliamente aquello que el burnout considera, tanto en términos de experiencia concreta como de clave analítica, de prisma por el cual mirar y aproximarnos a ella. Signos como “limarse”, “fisurarse”, “pedir carpeta” también pueden vincularse con los atravesamientos históricos de quienes se han desempeñado como acompañantes, así como con la dimensión de estatalidad que tiene su tarea. En este punto, no es únicamente el (auto) control lo que desemboca en una tramitación individual de los duelos, los “boicots” y las violencias, sino que cabe reparar en la demanda en términos vocacionales, afectivos, militantes, de cuidado y, también, de sacrificio, que supone como exigencia implícita el subordinar las coyunturas personales (el cansancio, la fatiga, el malestar e incluso el propio cuerpo) en pos de la realización de la tarea. Esto lleva a los trabajadores a experimentar dolor, percepciones de ineficacia en su labor e incluso una sensación de contradicción sobre el sentido del trabajo mismo. De acuerdo a lo que he podido relevar en el campo, estas experiencias afectan su salud mental, produciendo padecimientos como trastornos del sueño, episodios de ira, de depresión, ataques de pánico; pero también afecciones de la piel, del sistema digestivo, del sistema nervioso periférico, hipertensión arterial, eventos cardíacos, entre otros.

Sin embargo, la vivencia encarnada de las condiciones de trabajo, ligada al flujo normal de una cotidianeidad extenuante (Das, 2017) provoca cierta dificultad para reconocer los propios desgastes y padecimientos. Esto incide en la tramitación de estos malestares, en los cuales el enlace en términos de salud mental se produce luego de un largo derrotero, que conlleva la necesidad de un “tiempo para poder procesar”.

Si bien la primera forma de atención a estos padecimientos parecería ser “llevarlo a la casa, al grupo de amigos” o “comérsela solo”, tramitarlo de manera individual y privada, esta vía resulta infructuosa, como relataron numerosos trabajadores. Los procesos de trabajo y vida no se encuentran escindidos, así como tampoco el sufrimiento es una experiencia que se pueda diseccionar, motivo por el cual –ante la falta de un abordaje institucional- persiste como algo que “envenena”, hace “mala sangre”, no solo en las vidas particulares de cada trabajador, sino también en las formas de relación con sus compañeros (a partir de expresiones como “cada vez está peor”, “está loco”). Esto puede vincularse, asimismo, a la retirada de ciertos espacios de abordaje grupal para el malestar, a la par que a su falta de reconocimiento como instancias oficiales que formen parte de la tarea, de allí la demanda frecuente por la posibilidad de llevar a cabo espacios de retrabajo.

Así, la puja entre “resistir” a la lógica institucional y, al mismo tiempo, desplegar una práctica laboral cotidiana sin espacios de discusión y elaboración encarna en los cuerpos de los trabajadores. Como señalan Bialakowsky et al (2004), la fragmentación de las relaciones laborales, y la ausencia de espacios de contención y supervisión, deben ser consideradas en su vinculación con la impotencia que provoca aprehender la imposibilidad de intervenir sobre el campo social para producir una transformación de condiciones que son estructurales. Esto produce una “subjetividad mortificada”, sostenida en “silencios” y apegada a la dominación de la lógica institucional, desmaterializando al colectivo de trabajadores como instrumento de reivindicación.

Sin embargo, esta situación también presenta líneas de fuga. En varios de los itinerarios terapéuticos llevados a cabo por los sujetos que entrevisté, el gremio aparece como un lugar al cual acudir para poder recibir asesoramiento y orientación en este trayecto. En otros momentos de mi trabajo de campo, en los cuales la participación allí parecía haber mermado, al indagar en las instancias comunes de encuentro, algunos trabajadores traían a escena momentos de intimidad compartida. Pese a la dificultad de potenciar discusiones o proyectos comunes que habiliten otras formas de organización del proceso de trabajo; las actividades recreativas, los agasajos, los festejos, en los cuales coinciden trabajadores de distintas áreas (profesionales, acompañantes, talleristas), en lugar de traer la imagen del “afuera” como un territorio en el cual uno se desliga de lo que ocurre “adentro”, posibilitan encuentros desde los cuales sostener una trama afectiva posible y necesaria para sobrellevar los efectos que el trabajo en el encierro provoca

En los itinerarios de otros trabajadores, aparecen estrategias para aliviar el malestar tales como inscribirse en espacios colectivos “poniendo la cabeza en otro lado”, como plantea Jaime en relación a su participación en la Asociación Libanesa; desarrollar “callos” para contener los efectos que provoca el trabajo, como Jonás; o mantenerse “de la puerta para afuera”, como mencionaba Adriana. Al respecto, es significativo que parte de las prácticas orientadas al alivio de ese malestar consistan, de alguna manera, en poner una pausa ante las afectaciones de este trabajo, cuando en tiempos anteriores los asuntos vinculados con él parecían involucrar gran parte de la vida, al ser asumidos en términos de “militancia”.

Los procesos de desgaste del colectivo de trabajadores producen, como otra parte del itinerario desplegado para su tramitación, el pedido de “una carpeta”, es decir, de una licencia por motivos de salud mental. Resulta elocuente que más de la mitad de los sujetos que entrevisté que trabajan o trabajaron como acompañantes habían hecho uso de esta licencia al menos una vez, por períodos diversos en cada caso. Del mismo modo, también es significativo que el gran número de trabajadores con licencia y el escaso personal actual de la DPJPJ que realiza funciones de acompañamiento no parecieran inquietar al funcionariado provincial, pese a ser uno de los ejes de los reclamos de los espacios gremiales de los trabajadores.[32]

Esta constatación conlleva una observación adicional. En muchas de las situaciones, el pedido de licencia, es decir, la acción del y sobre el trabajador –y no sobre el proceso de trabajo y las racionalidades, orientaciones y prácticas que lo estructuran- aparece como la única vía posible de abordaje de ese malestar. En el despliegue del itinerario que cada sujeto recorre, la licencia opera frecuentemente como una instancia que luego se formalizará en una suerte de movimiento individual respecto de su ámbito de trabajo: un cambio de guardia o una rotación horaria, como aquellos más inmediatos. Un traslado a otro dispositivo de la DPJPJ, un pasaje a otra área del Estado provincial o, incluso, la renuncia al puesto de trabajo, como aquellas en la cual la licencia funciona como un “tiempo de espera” en el cual “procesar” el malestar. En otras situaciones, el pedido de licencia constituirá una forma de limitar el efecto de persecuciones, amedrentamientos y situaciones de violencia en el ámbito laboral, tanto a partir de conflictos con el SP como con las nuevas líneas de gestión de la DPJPJ y de los espacios institucionales.

Lejos de otorgar una valoración en términos morales al uso de licencias psiquiátricas entre los trabajadores, lo que esta observación permite poner de relieve es que aquello que no es reconocido como instancia legítima de abordaje colectivo del desgaste (los retrabajos y la propuesta de un escalafón de reemplazo, por ejemplo), se reconoce en términos individuales: como si se tratase de un padecimiento particular del sujeto, en base a un diagnóstico efectuado por un psiquiatra. El trabajador acaba teniendo un mayor reconocimiento de su situación en función de su diagnóstico, del que tendría en términos de propuesta, reclamo o exigencia de abordaje cotidiano del proceso de desgaste que experimenta. Poder llevar a cabo esa lectura y realizar un uso estratégico de las licencias forma parte de las tácticas, resistencias y posibilidades que los sujetos construyen y utilizan para aliviar su malestar.

La cita de Santiago Wallace (1998) elegida para abrir este capítulo, enlazada a la tomada del blog del Colectivo de Acompañantes Juveniles puede leerse como indicio de esas estrategias. Las interrogaciones, la necesidad de “hacer catarsis”, la reunión urgente, desafían la imagen del cinismo o del aplanamiento afectivo en el proceso de trabajo. Simultáneamente, el sufrimiento ocurre en un escenario fragmentado, vinculado a mandatos, lógicas institucionales, gobernabilidades del espacio carcelario, ritmos de las intervenciones, agrietamiento de la organización política de los trabajadores, riesgo de que ciertas prácticas “mueran”, entre otras cuestiones. Los procesos se implican recíprocamente. Su diferenciación es en términos analíticos. En términos de sufrimiento, todas estas aristas dan forma a una experiencia que es inescindible. De allí que el fuego tenga su reverso: el peso de la “mínima intervención”, el hielo, la indiferencia, la naturalización, el síntoma. Pero también de allí que sea apresurado decir que ante sujetos que se agobian, se interrogan, y sufren, hay subjetividades quemadas o automatismos indolentes.

Algunos autores, como Paul Farmer (1997), han señalado que el sufrimiento social lleva al silencio y a la inmovilidad. Otros, como Veena Das y Arthur Kleinman (2001), han planteado que existe la posibilidad de que los sujetos puedan encontrar una voz propia en la producción de su historia ligada a ese sufrimiento (Gómes Víctora y Ruas Neto, 2011). Por ello, la naturalización no es un proceso homogéneo con efecto totalizante: opera a la par que lo hacen otras construcciones que la ponen en duda, como puede verse a partir de los chistes, las impugnaciones, las instancias de celebración íntima y las interpelaciones con las que los trabajadores vuelven sobre sí mismos (Scott, 2000). A pesar de que las estructuras sociales intervienen en las formas de padecer, los sujetos crean formas particulares para intentar hacer “habitable la cotidianeidad” (Ortega, 2008, p. 160), enfrentando el peso que éstas les imponen. Incluso en escenarios abyectos, zonas agrietadas caracterizadas por violencias hacia la vida, los sujetos contribuyen a la creación de nuevos contextos, lo que permite concebir sus entornos cotidianos como lugares de lucha, en los cuales se manifiesta la puja entre sus capacidades de agencia y las circunstancias que padecen (Das, 2008).


  1. El estudio de la salud en el trabajo emerge a fines del siglo XIX, a partir de dos enfoques: la medicina del trabajo y la higiene y seguridad laboral (Grimberg, 1991), que –signados por las teorías médico ambientalistas- trasladan el Modelo Médico Hegemónico (Menéndez, 1988) al ámbito laboral, a través de la idea de riesgo. Por ello, se concentran en los accidentes de trabajo y las enfermedades laborales, dejando por fuera del análisis las condiciones de vida, las cuales serán objeto de la salud pública. Para Grimberg (1991), estas orientaciones -que predominan en la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización Mundial de la Salud (OMS)- pese a promover la función preventiva por sobre la asistencial, adolecen de una conceptualización del carácter social de la relación trabajo-salud.
    Por otro lado, la perspectiva multicausal del riesgo y proceso de trabajo, que aborda las Condiciones y Medio Ambiente de Trabajo (CyMAT), propone un enfoque preventivo y considera el trabajo como una realidad multidimensional. En este enfoque, los riesgos laborales se presentan como un “racimo” que incluye factores sociotécnicos, organizacionales y ambientales, los cuales determinan la carga global del trabajo que cada trabajador enfrenta según su capacidad de adaptación (Neffa, 1988). Vinculado a las CyMAT, el enfoque de los riesgos psicosociales en el trabajo (RPST), plantea que éstos se generan a partir de las condiciones y medio ambiente de trabajo en interacción con el funcionamiento físico, psíquico, mental y social, ante los cuales son centrales las “defensas propias” que construyen los sujetos para afrontar su trabajo cotidiano (Martínez, 1990; Amarilla, Sanabria y Corvalán, 2015). Según esta línea, existe una contradicción entre la importancia que los trabajadores atribuyen a los RPST y el escaso interés de los empleadores, lo que genera sufrimiento y predispone a enfermedades no reconocidas por la normativa vigente (Neffa, 2015).
    Aunque estas perspectivas ofrecen una visión multicausal y pueden ser útiles para analizar las condiciones laborales en ciertos sectores, arrojan una imagen fragmentada de los procesos de trabajo, en la cual los riesgos aparecen asociados al desconocimiento de los sujetos, en lugar de indagar en los saberes construidos a partir de sus experiencias, en sus prácticas de cuidado y atención; así como en sus entramados sociales concretos, las estrategias de organización de la fuerza de trabajo, las acciones del Estado y de las organizaciones sindicales (Grimberg, 1991, p.7). Una revisión exhaustiva de estos enfoques puede encontrarse en Grimberg (1991) y en Philipp (2021).
  2. Quien formula esta categoría al analizar el servicio de personal voluntario en la atención a personas con consumos problemáticos de sustancias.
  3. Estos autores construyen uno de los métodos para su relevamiento, medición y estandarización, denominado Maslach Burnout Inventory.
  4. Para Maicon Carlín y Enrique Garcés de los Fayos Ruiz (2010), la perspectiva psicosocial se diferencia de la perspectiva clínica en tanto considera al burnout como un proceso que se desarrolla por la interacción de características del entorno laboral y de orden personal, con manifestaciones bien diferenciadas en distintas etapas, “una respuesta al estrés crónico en el trabajo cuando fallan las estrategias funcionales de afrontamiento habitualmente usadas por el sujeto” (p. 170). En cambio, de acuerdo a estos autores, la perspectiva clínica considera al burnout como un estado, lo cual conlleva un etiquetamiento de la persona como “quemado”.
  5. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders y Clasificación Internacional de Enfermedades, respectivamente.
  6. En este sentido, pareciera tratarse de un efecto de los procesos de medicalización de la vida (Conrad, 2007). Es decir, de la extensión de la jurisdicción de la medicina –en este caso, de la psicopatología- sobre diferentes ámbitos de la vida social y cultural, que redunda en que ciertas situaciones se construyan y tematicen en términos de problemas médicos (como enfermedades, desórdenes, síndromes).
  7. Esto implica desplazar las definiciones que toman a la salud como un “estado” por la de procesos de salud-enfermedad-atención (o proceso SEA), como un universal frente al cual cada grupo ha desarrollado una respuesta específica (Menéndez, 1994). La perspectiva social de la salud de los trabajadores comparte este desplazamiento, ya que centra su análisis en el proceso de salud-enfermedad, en términos de proceso de desgaste y reproducción de la fuerza de trabajo (Laurell, 1986). En este examen, es central el concepto de riesgos, entendidos como la particular combinación entre los elementos del proceso laboral que involucran al cuerpo del trabajador (objetos de trabajo, medios de trabajo, organización y división del trabajo), los cuales se descomponen en diversas categorías a los fines analíticos (Laurell, 1987; Rodríguez y Volgemann. 2014). La potencia de esta perspectiva estriba en poner en escena el desenvolvimiento de los procesos de salud–enfermedad en la vida cotidiana de los sujetos que los experimentan, a la par que cuestionar los marcos de comprensión ofrecidos por la biomedicina, criticando tanto las visiones monocausales como las multicausales, que no atienden la relación entre proceso de salud-enfermedad y condiciones sociales (Philipp, 2021). Sin embargo, los conceptos de riesgo y desgaste en ocasiones enfatizan determinaciones estructurales en los procesos de salud-enfermedad, revelándose poco porosos a las emociones, las contradicciones, las imbricaciones de trabajo, salud y vida, así como las formas que los sujetos encuentran para atender y dar respuesta a sus malestares (Grimberg, 1991).
  8. Como reconocieron los estudios de Arthur Kleinman (1980, 1988), quien -desde la antropología médica crítica norteamericana- buscó desandar una visión monolítica de la enfermedad, a partir de la distinción analítica entre disease (patología), illness (padecimiento) y sickness (producción social de la enfermedad, malestar social). Este último término remite a la producción social de la enfermedad, a aquellas instancias que dan forma a los procesos de salud, enfermedad, daño, padecimiento y atención como emergentes de las condiciones de existencia de los grupos sociales (Grimberg, 2009; Weingast, 2013). Hablar en términos de sickness implica considerar los procesos de malestar, incorporando aspectos como las diferencias étnicas, las relaciones sociales basadas en la desigualdad y el poder, así como las condiciones sociales que influyen en la producción del conocimiento biomédico.
  9. Asimismo, cabe señalar que -en el campo de los padecimientos en salud mental- la noción de enfermedad mental ha remitido históricamente a una forma socialmente construida de designar a la anormalidad (Conrad, 1982), a partir del discurso de la psiquiatría. En este sentido, como señalan Bialakowski et al (2004) la enfermedad toma una dimensión valorativa: los diferentes atravesamientos, emociones e itinerarios de los sujetos de atención serán interpretados y juzgados en relación a su afección. Desde una posición crítica, la salud mental -como campo interdisciplinario donde se intersectan una multiplicidad de miradas, que incluye dimensiones biológicas, psicológicas, sociales, antropológicas y culturales- produce una reformulación del objeto epistémico de la psiquiatría y la psicopatología. Así, redefine los lugares que cada disciplina detentaba y genera una serie de desplazamientos que apuntan a restablecer el lugar del sujeto en el conocimiento sobre aquello que le ocurre, restituyendo su sufrimiento en el orden de la subjetividad y observando no sólo las prácticas médicas, sino los procesos de atención que lleva a cabo en sus itinerarios terapéuticos (Galende, 2012; Guirado, Gil y Llovera, 2023).
  10. En una posición provocadora y sugerente, Annemarie Mol (2002) plantea que el sufrimiento no es una entidad, así como tampoco un conjunto de significaciones, sino algo que se pone en acto, de allí que se muestre persistentemente como algo imposible de ser conocido. No se trata, entonces, de que existan diferentes sentidos o interpretaciones de la enfermedad, sino de que ésta no remite a un significado último, es una pregunta en permanente devenir y configuración de acuerdo al espacio y al cuerpo que la formulan. Esto no implica su relativización, lo que enfatiza es que la “enfermedad” involucra diversos modos de vivenciar y producir el sufrimiento, siendo actuada en cada espacio social (Alves, 2015, p.11). En este sentido, tal vez resulta fructífero pensar en clave de una heterología, como mirada que permita atender a lo radicalmente otro, radicalmente heterogéneo. Georges Bataille (1979, en Tonkonoff, 2014) dirá que este conocimiento de esa alteridad radical es una antropología trágica o una teoría social transgredida, una empresa que es siempre imposible e, inevitablemente y al mismo tiempo, siempre intentada. Una “ciencia de los objetos que, en rigor, sólo pueden ser conocidos como pathos (experiencia, prueba, sufrimiento, infortunio) y que, por lo mismo, pierden su condición de objetos” (Tonkonoff, 2010, p.9).
  11. De acuerdo a estos autores, esas mutaciones sociales en los sentidos, emociones y tratamientos asignados a los asuntos mortuorios han devenido en una menor participación de la comunidad en el duelo de un fallecido, teniendo como resultante que estas experiencias se vivan en el anonimato, sin recurrir a las etiquetas del luto. Al mismo tiempo –y contradictoriamente- ciertas fórmulas y ritos convencionales aún continúan proporcionándonos herramientas que permiten inscribir la muerte en un proceso de tramitación posible (Panizo, 2008).
  12. Un relevamiento realizado por parte de los trabajadores del IRAR/CERPJ, en el año 2015, visibilizaba esta problemática, a la que elegían llamar como “masacre por goteo”, retomando la expresión de Eugenio Zaffaroni (2012), analizando la cifra de jóvenes muertos en un promedio de cinco años posteriores a su egreso de la institución. Al respecto, puede consultarse https://www.rosarioplus.com/morir-despues-del-irar–55-casos-en-5-anos_a5f4c6113e3b3ad05b4ef2ad9
  13. Si bien no será mi objetivo explorar el carácter particular del suicidio en contextos de encierro, sino abordar su tramitación institucional, cabe mencionar que existen trabajos en nuestro país que se abocan a examinar esta problemática, especialmente el de Ramiro Gual (2019), quien sostiene que éste es el resultado de la relación de complementación entre factores personales, condiciones situacionales producidas por un cierto nivel de estrés carcelario y eventos desencadenantes concretos, en muchas ocasiones considerados problemas triviales, que expresan las dificultades para lidiar con la privación de libertad (p. 99). De acuerdo a la revisión sobre la temática realizada por el autor, esta problemática de análisis encuentra escaso desarrollo como tendencia general, excepto por algunos trabajos de la sociología del castigo anglosajona (Liebling, 1992; 1998; Liebling y Ward, 1994).
    Gual (2019) expresa que resulta dificultoso determinar si vulnerabilidades tales como los consumos problemáticos e intentos de suicidio previos a la detención, las alteraciones en la salud mental y los escasos contactos sociales y familiares preexisten a la prisión o son provocadas y agravadas por el encierro, lo que implica examinar estas dimensiones de manera relacional y de ningún modo eximir de responsabilidad estatal a los funcionarios judiciales y penitenciarios que deberían identificar y atender estas situaciones (pp. 103- 104).
  14. Al respecto, Martín Di Marco, Marina García Acevedo y Elea Maglia (2020) reconstruyen las formas de clasificación de las muertes ocurridas en unidades penales del Servicio Penitenciario Bonaerense. En su trabajo, señalan que la tradicional clasificación en muertes traumáticas y no traumáticas del SPB fue motivo de impugnación entre los años 2012 y 2015 por organismos de derechos humanos, promoviendo que pudieran catalogarse como “muertes violentas” y “muertes por problemas de salud y falta de atención médica’”. Si bien, inicialmente, el SPB respondió a este requerimiento aportando información más detallada sobre las causales de deceso e incluyendo una diferenciación entre homicidio, suicidio y accidente; en 2016 reemplazó la categoría “no-traumática” por “muerte natural” y la subclasificación de las muertes violentas en “suicidios” y “peleas”. Para estos autores, esta forma de categorizar a las muertes oculta tanto la vinculación entre los decesos y los contextos de detención como la historicidad y los procesos de conflictividad social que se expresan en ellas.
  15. Laura Panizo (2010) conceptualiza la “muerte desatendida” como aquella que, al verse desprovista de reconocimiento social, no es tramitada de las maneras esperadas. Por ello, “no produce las prácticas rituales que brindan apoyo y contención a los deudos (…) no conlleva ni un espacio físico ni un momento social (…) no se realizan las fases de agregación que concluyen el ritual de paso, cuando el muerto se integra en el mundo de los muertos y el deudo se reintegra adecuadamente en la vida social luego de un quiebre en las relaciones ordinarias” (p.24). Para esta autora, “atender la muerte” implica dos tipos de prácticas: el duelo y el luto. Mientras que por duelo puede entenderse al “conjunto de prácticas materiales, mentales y simbólicas referentes al ex viviente y que están, sobre todo, a cargo de los allegados supervivientes” (Cordeu, Illia y Montevechio, 1994, p. 135); por luto alude a los procedimientos rituales colectivos que permiten la reintegración de los deudos en la comunidad de vivientes. Se trata, entonces, de dos procesos íntimamente relacionados que implican –por una parte- al ámbito psíquico y emocional y –por la otra- al ámbito de las prácticas sociales, de los rituales mortuorios, como el velatorio y el entierro (Di Nola, 2007).
  16. En este sentido, Veena Das (2008) plantea que aquello del dolor que ha sido rechazado, sin poder ser integrado en una comprensión de los sucesos del pasado (en este caso, de los duelos previos), se inscribe en el cuerpo como un “conocimiento envenenado” (p. 367); acecha el mundo “con la misma insistencia y obstinación con la que lo real agujerea lo simbólico” (Das, 2007, en Ortega, 2008, p.33).
  17. Al momento de los sucesos que se relatan en este apartado, funcionaba allí un ESPA, que fue cerrado en 2020.
  18. Como señala Daniela Polola (2015), el uso de las celdas de ingreso implica –en numerosas ocasiones- que funcionen como “celdas castigo”, ante situaciones problemáticas atribuidas a la conducta de los jóvenes. Este uso replica, en cierta manera, la utilización de estos espacios –formalmente destinados a la admisión de las personas que ingresan a una institución carcelaria- en el sistema penal de adultos.
  19. La suspensión de actividades, la producción de informes, el alojamiento en celdas de aislamiento ante un conflicto, pueden entenderse como “suplementos punitivos” que suponen un sufrimiento adicional a la mera privación de la libertad, aspecto que ha sido ya señalado en los trabajos de Daniela Polola (2011, 2015). Como destaca esta autora, se trata de dinámicas de funcionamiento que no proponen tanto una relación de docilidad-utilidad en términos foucaultianos, sino una modalidad de intervención permeada por mecanismos de violencia física y simbólica, a las que las indeterminaciones y restricciones temporales (ausencia o suspensión de actividades pautadas, indeterminación de los plazos de las medidas, entre otros) se añaden como un “plus” de castigo.
  20. De acuerdo a Eduardo Menéndez (2015), se entiende por autoatención al conjunto de representaciones y prácticas que los sujetos ponemos en juego a nivel singular y social, de manera relativamente autónoma para “diagnosticar, explicar, atender, controlar, aliviar, aguantar, curar, solucionar o prevenir los procesos que afectan a su salud en términos reales e imaginarios, sin la intervención central, directa e intencional de curadores profesionales” (p. 52).
  21. Para Rita Segato (2020), “los géneros constituyen una emanación de posiciones en una estructura abstracta de relaciones fijadas por la experiencia humana, acumulada en un tiempo muy largo, que se confunde con el tiempo filogenético de la especie. Esta estructura impone al mundo una ordenación jerárquica y contiene la simiente de las relaciones de poder en la sociedad. Los géneros constituirían, desde este punto de vista, transposiciones del orden cognitivo al orden empírico (…) son, en última instancia, el registro en el cual nos instalamos al ingresar en una escena, en una trama de relaciones (…) son posiciones relativas, que se encuentran más o menos establemente representadas por las anatomías de hombres y mujeres en la vida social, en cuanto signos de esa diferencia estructurada. Pero no necesariamente” (p.56).
  22. José Garriga Zucal (2016) elabora la idea del “arquetipo del verdadero policía” como horizonte normativo, que modula a un sujeto institucional portador de cualidades percibidas como masculinas. Sin embargo, también es importante remarcar que este arquetipo no da cuenta de la multiplicidad de prácticas, acciones y valoraciones morales que el trabajo policial invoca. Al respecto, estudios como el de Álvarez (2018), sobre las experiencias de los/as policías que trabajan en una Comisaría del Menor y la Familia bonaerense dan cuenta de otras asociaciones que realizan en torno a su trabajo, vinculándolo a la escucha activa, a la intuición, al consejo y a la contención.
  23. Refiere a una colecta de ropa en desuso para ser usada en el taller como disfraz.
  24. Otra tarea importante era la de poder reunir los materiales necesarios para cada jornada, los cuales por lo general eran guardados en nuestras casas, y cuidar de no llevar objetos que pudieran aparecer como elementos de conflicto. Con esto me refiero a no llevar tijeras, abrochadoras ni trinchetas; en caso de llevar torta o algún alimento para compartir cortarlo previamente; contar los lápices o fibras que pudiéramos usar, entre otras cuestiones, dado que los jóvenes eran “cacheados” (requisados) al salir del taller y retornar a los sectores.
  25. Lo cual implicaba la dificultad de sostener una continuidad o progresividad en las actividades. Esto se debía a que, al ser 8 sectores, podíamos llegar a trabajar con el mismo grupo de jóvenes una vez cada 2 meses. Por otra parte, los grupos de jóvenes de los sectores en ocasiones eran modificados (ante conflictos convivenciales), por lo cual podía ocurrir también que trabajáramos con un nuevo sector pero se hallara allí un adolescente con el cual ya habíamos realizado cierta dinámica. Pese a esto, en la práctica, trabajamos mayoritariamente con 3 de los 8 sectores.
  26. Al modo de un rompecabezas, en el cual cada refrán o dicho popular se dividía en dos piezas y había que reconstruirlo. El juego preveía también piezas en blanco para plasmar, junto a los jóvenes, dichos o frases que utilizaran entre ellos.
  27. Durante los años 2018 y 2019 éstas estaban compuestas por 4 a 5 personas (un coordinador y 3 o 4 acompañantes).
  28. Con “hacer campo” los trabajadores referían a plantear actividades con los jóvenes en el patio de la institución, por ejemplo, jugar al fútbol. Estas actividades son llevadas a cabo por los acompañantes.
  29. Buena parte de esos intercambios solía destinarse a dilucidar quién era cada joven, ya que si bien los acompañantes y el SP llaman a los jóvenes por su apellido, en el taller solemos conocerlos por su nombre.
  30. A partir de posibilitar una coordinación cultural de las actividades, logró plantearse que los talleres no podían coincidir con el horario escolar. Por ello, los talleres llevados a cabo durante la tarde comenzaban a las 17 horas, momento en el cual finalizaban las clases.
  31. Uno de los aspectos en los que esto se torna visible es la forma de manejar el tiempo y la espera en el instituto. El mandato de la “mínima intervención” acaba redundando en un ritmo de una jornada laboral caracterizada por numerosos momentos en los cuales la tarea a llevar a cabo es la mera presencia en el office de acompañantes, a diferencia de los momentos relatados en el capítulo 2, en los cuales los acompañantes eran “una masa de energía estallando” y se los veía moverse continuamente por los pasillos de la institución. Javier Auyero (2013) al analizar algunas intervenciones en ámbitos de trabajo estatal, dirá que existen tanto prácticas vinculadas a los “puños visibles” del Estado (es decir, las acciones explícitamente represivas) como a los “tentáculos invisibles” (las formas de poder ejercidas por burócratas menores, prácticamente desprovistos de violencia física, dentro de las que se encuadran prácticas como la de “hacer esperar” como “excepciones regulares”). Estos procesos componen una percepción del tiempo peculiar, una tempografía de la dominación, que es vivenciada tanto por quienes producen y reproducen actitudes de insensibilidad ante el sufrimiento o la demanda así como por los sujetos en los que tiene efecto, en términos de percepción de incertidumbres y arbitrariedades ante las que deben desarrollar una “espera paciente”.
  32. Ya habiendo finalizado mi trabajo de campo, en los últimos meses del año 2023, los trabajadores de la DPJPJ llevaron a cabo algunas acciones de reclamo con trascendencia en la prensa local, en la cual advertían sobre esta situación, sin respuesta oficial que fuera ofrecida públicamente.


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