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1 Vida y cálculo: la ratio moderna y la época técnica

Del principio de razón a la meditatio del Ser

Elías Germán Bravo, Mariano Olivera[1]

La cotidaneidad y la cientificidad del principio de razón

El principio de razón no es una simple formulación teórica que atraviesa la historia de la filosofía, sino que obra poderosamente en su influjo cotidiano en la praxis del hombre. Si nos remitimos a las condiciones de su revelación, tal principio goza de una larga tradición y sufre de sus arrugas, en cuanto se puede percibir desde el origen de toda concepción racionalista del mundo, contando así con una línea de numerosos antecedentes y su marcha aún continúa, pues no cesara hasta que del mundo se apague toda chispa de razón, y con ello sucumba toda exigencia de racionalidad. Pero su pronunciamiento familiar, permaneció latente e implícito, operando en el pensamiento filosófico occidental durante 2500 años (desde el siglo VI a.c) y recientemente fue formulado e invocado por Leibniz en el siglo XVII, en su forma más madura, definitiva, explicita y breve: “Nihil est sine ratione” (Nada es sin razón). Con él culmina su tiempo de incubación o letargo, y tal proposición asume el estatuto y la dignidad de principio y ley con el reconocimiento de todo su alcance, llevado a validez ilimitada. Lo denomina principium rationis, y le asigna el rango de proposición suprema o fundamental. Por eso lo califica como el principio grande y poderoso, el principio más conocido y excelso o el muy noble e ilustre principio.

No es casual, además, que su aparición más manifiesta se propicie con el auge del racionalismo moderno y de la mano de un racionalista fervoroso como Leibniz. El principio de razón suficiente acompaña la racionalización de lo real, bajo la forma de la matematización “galileana” y el universo geométrico e infinito que desplaza al cosmos cerrado. El principio de razón está asociado con un hecho de suma importancia para la historia universal humana; el surgimiento de las ciencias modernas y el despliegue de la técnica. El “porqué” omnipresente en toda pregunta, es no solo el fundamento de todos los conocimientos posibles, sino también como afirma Schopenhauer, la “madre de todas las ciencias” (Schopenhauer, 1998: 41).En todo su operar, la ciencia moderna se halla íntimamente ligada con el principio de razón, en su exigencia infatigable de demostración de razones verdaderas. Aun así, más allá de toda concepción estricta, el fundamento también actúa -como hemos sostenido- en toda faena cotidiana, independientemente de su histórica formulación, siendo proposición tan evidente, supuesta y naturalizada; condición por la cual se debe la demora de su explicitación como principio.

[El principio de razón suficiente] parece al alcance de la mano y que, sin necesidad de ser formulado, ha regido en todas las circunstancias, las representaciones y el comportamiento del hombre. (Heidegger, 1962: 79)

Lo que enuncia la proposición del fundamento es para nosotros pues, cosa corriente y, por corriente, también de inmediato clara. A ello se debe igualmente que lo que la proposición del fundamento dice no esté, por de pronto, establecido propiamente como proposición, y menos todavía promulgado como ley. (Heidegger, 2003: 157).

Por ello partiremos, desde aquel enunciado tan claro, simple y evidente: “Nihil est sine ratione” que significa aquel acontecimiento decisivo de la historia del pensamiento: la formulación leibniziana de la proposición del fundamento elevada a principio, para extendernos a la reformulación e interpretación heideggeriana del mismo, donde finalmente asume y se transparenta su compromiso con el ser. Todo el recorrido de nuestro trabajo, a través de Heidegger, culminara en el salto al ser, en el desplazamiento del estadio óntico al ontológico, manifestando que el mismo principio de razón fue un medio más de su ocultamiento, retraimiento o dispensación enmascarada, pero que tiene un sentido distinto, un eco sordo, que remite al develamiento del ser en su identidad como fundamento de todo ente (sin fundamento).

El ens rationale calculador y la pregunta por el fundamento

La tradición declara y define al hombre como animal rationale, ente que se caracteriza por vivir conforme a la seguridad de los fundamentos, que demanda, exige, busca y halla razones que justifiquen su existencia y su transcurrir cotidiano.

En todo lo que nos rodea, nos importa y nos sale al encuentro, vamos mirando a la busca de fundamentos […] A menudo nos contentamos con los fundamentos más cercanos; a veces, indagamos en pos de fundamentos más distantes; finalmente, nos atrevemos a acercarnos a los fundamentos primeros y preguntamos por el fundamento último. (Heidegger, 2003: 157).

Sin percatarse, recae en la insistencia del “¿por qué?” que rige y guía todas sus acciones, circunstancias, enunciados, motivaciones y comportamientos. Frente a todo acontecimiento se puede constatar que busca y apela al “porqué”. En este se halla concentrado todo el carácter racional del hombre, del que consiguientemente proceden en sentido interrogativo, el “como”, el “cuando” y el “para que” causal.

Heidegger reformula o resignifica la clásica definición racionalista del hombre, refiriéndose al individuo moderno y contemporáneo:

El hombre es el animal rationale, el ser viviente que pide y da cuentas […] el ser viviente calculador, entendiendo el calcular en el amplio sentido que la palabra ratio -originalmente, una palabra del lenguaje mercantil romano-, adopta ya en Cicerón, en la época en que el pensar griego es vertido en el modo romano de representar. (Heidegger, 2003: 171)

El sentido de razón que Heidegger adopta no es el del logos antiguo y la definición filosófica-helénica del hombre, sino la ratio moderna, en su original sentido latino, como calcular o computar que no se limita al estrecho sentido de operar con números, sino que se extiende a todos los demás asuntos humanos, en una actitud útil y aseguradora. Calcular en sentido amplio y esencial, significa contar con algo, asegurarlo, explicarlo, utilizarlo, poniéndolo a resguardo en la trama de consecuencias y ordenamientos causales. Que el hombre pida y rinda cuentas, es que el mismo se esfuerza en la obtención y demostración de razones útiles y por ende verdaderas. Así es el ser viviente calculador.

Sin más, la pregunta por el ¿por qué?, refiere a la exigencia más íntima de nuestra razón, consonante con la definición racional del hombre, según la cual nada puede ser simplemente sin razón, ya que el hábito y cálculo humano requiere de cierto margen de necesidad y estabilidad, por la que la razón hace ser todo lo que es, “como es”, y no de otra manera. Se rehúye a la ausencia del fundamento, porque no podemos concebir un mundo desordenado en mera contingencia o devenir azaroso, si guiamos tácitamente por el principio de razón, nuestro humano representar y comportarnos en el mundo moderno.

Pero para Heidegger la esencia del hombre, no se agota en tal definición del animal rationale y su pensar útil o calculante. El hombre es capaz de otro modo de pensar, que se remite más allá de todo ente y su apropiación.

Hacia la pregunta por el fundamento sin fundamento

Trascendiendo la pregunta por este, aquel o cualquier ente en general, es capaz de dirigirse a la pregunta por el fundamento de todo ente: el ser. De aquí se rompe con la definición racional del hombre, al indicarlo como ente capaz de pensar meditativamente e interrogarse sobre el sentido del ser. Es posible en el hombre, el salto del plano óntico (o concerniente al ente) y epistémico (concerniente al objeto de representación) al ontológico y la formulación de la pregunta de todas las preguntas, el interrogante fundamental: “¿Por qué es en general el ente, y no más bien la nada?”, lo que es lo mismo pronunciar: ¿Por qué (necesariamente) el ser? Es la inquietud y la mirada de un fundamento diferente a todos los demás fundamentos, un porqué distintivo que se eleva sobre todos los demás, meramente contingentes y accidentales. Así de la proposición de todas las proposiciones, la proposición del fundamento proseguimos a la pregunta ontológica fundamental. Ambas cuestiones que remiten veladamente al Ser.

Los límites del principio de razón

La pregunta por el fundamento sin fundamento es provocada allí donde nos topamos con los límites de nuestra racionalidad: ¿Cuál es la razón del principio de razón? ¿Sobre qué está fundado? ¿Cómo hallar el porqué (búsqueda del fundamento) del porque (fundamento en sí)? )? Un principio es aquello que contiene la razón (ratio) de otra cosa, tal es la definición clásica de Wolff discípulo de Leibniz. Hecho por el cual no podemos concebir principio externo que gobierne o se halle por encima del principio que merece ser llamado principio supremo o primerísimo, presente en todos los demás principios.

Nos enredamos con un círculo vicioso, al pretender dar una fundamentación de aquel principio que en todo exige una explicación, por suponer todo racionalmente explicable. Lo mismo que afirmar: se necesita una razón del derecho a exigir una razón. En vano podríamos ir en busca de otro principio que lo justifique como su consecuencia, y otro a este, cayendo inevitablemente en una serie de principios y consecuencias hacia al infinito.

El principio de razón es el principio de toda explicación […] no es explicable, porque no hay ningún principio para explicar el principio de razón –lo mismo que el ojo lo ve todo, pero no puede verse a sí mismo– (Schopenhauer, 1998: 121).

Ciertamente, el conocimiento ceñido a nuestro principio, nos puede presentar la visión onírica de un mundo perfectamente ordenado en el que todo objeto tiene su correspondiente lugar según ciertas formas a priori, y encuentra allí donde se lo pueda hallar su porqué y su para qué. A la ciencia y al modo de conocimiento ordinario esa visión ensoñada les bastaría. Pero no a la conciencia o reflexión filosófica que debe percatarse pronto de toda insuficiencia; de que la explicación guiada por el principio de razón encuentra un límite en el que ya no caben más razones y la cuestión del “por qué” se convierte en una pregunta por el “que”, por el supuesto inexplicado de toda explicación. A esas alturas se habrán terminado ya los recursos del conocimiento y la ratio ha de guardar silencio: y entonces le toca el turno al ser. Aquí es momento de obedecer al imperativo que rescata Heidegger de Goethe: «Tú atente al porque y no preguntes: ¿por qué

Siempre que andamos en pos de fundamentos de los entes, preguntamos: ¿por qué? […] El porqué no da descanso ni ofrece tregua, no brinda ningún punto de apoyo […] la infatigable investigación […] ¿Pero entonces a que podemos atenernos aún? […]: ¿Qué dice el porqué? El porqué rehúsa investigar el porqué y, por ende, la fundamentación. Se niega a fundamentar y sondear. Pues el porque es sin porqué; carece de fundamento; es, él mismo, el fundamento […] aquello sobre lo cual todo se aquieta, aquello que ya de antemano yace para todo ente, como soporte (Heidegger, 2003: 168-169).

Del dominio del ente a la meditatio del Ser

En la época moderna sólo es propiamente ente, lo que es susceptible de representarse y someterse como objeto al cálculo asegurador de la ratio. El ente se vuelve objeto determinable para el sujeto representante, ya no preocupa al hombre moderno su physis originaria o naturaleza esencial. El mundo es tal, en la medida que se mensura y objetiva. El principio de razón suficiente es “el dominio del poderoso elemento en el que se mueven las ciencias, como el pez en el agua y el pájaro en el aire” (Heidegger, 1962: 83; 2003: 192).

De tal modo, el principio de razón acompañando el avance y un desarrollo casi delirante de las ciencias modernas y de la técnica, conduce a lo que Heidegger denomina la época de la técnica o era atómica.

La era atómica, entendida como época planetaria de la humanidad, se caracteriza por el hecho de que el poder del todopoderoso principium reddendae rationis se despliega de un modo ominoso. (Heidegger, 1962: 95)

La ciencia dirigida por la técnica moderna, se somete cada vez más a la llamada del principio de razón, en cuanto está obligada a asegurar la utilidad y, ante todo, la calculabilidad de la energía atómica. Calculo y aseguramiento, los grandes caracteres de la ratio, se muestran en la conexión de las ciencias tecnificadas con la energía atómica.

En consecuencia, al girar la vida en torno a la ciencia y la técnica, al hallarse bajo el régimen predominante de la ratio y su principio, el hombre pierde su capacidad de asombro, en pos de tal razón calculadora de los objetos. Asume un nuevo modo de pensar que se obsesiona por el control y la conquista desenfrenada de los entes. Así entifica al ser, en pos de acumular saberes útiles y fines técnicos, hasta toparse con la peligrosa energía atómica. Se degrada el pensamiento en la actitud de la perdida de asombro ante el ser, que no se interroga por el mismo, y el hombre se halla estancado en el mero estadio del conocimiento, en la obsesión del pensar calculante. Esta propensión a entificar el ser, para luego emplazarlo (ocultarlo aún más), ante el sujeto en el modo de objeto del conocimiento, es lo que denominamos el olvido del ser.

El principio de razón suficiente contribuye a tal ocultamiento, en cuanto como llamado a la razón, recae en los entes y su objetivación. Tal es el velo que ciega al hombre moderno.

Sin embargo, es posible corresponder a la interpelación del ser que habla a través de la prevalencia del principio de razón suficiente de otra manera que no sea el puro sometimiento a él. Consiste en prestar oído y acoger la silenciosa exhortación que proviene del principio de razón por debajo de su manifestación pública, ruidosa y omnialarmante. Esa exhortación nos impele a dar el “salto” en el ser y reconocerlo como fundamento, en el pensar meditativo.

Es pues el momento de oír el llamado del ser, que nos interpela más allá de nuestra distinción como ens rationale. Puesto que el principio de razón, no concierne en su sentido más profundo sino al ser, que ha permanecido oculto o velado. El principio es un decir concerniente al ser, pero en secreto, calla su ser más propio.

Hablamos del fundamento sin fundamento, que da razón de todos los entes, de todo lo que “es” o está siendo. No se trata de que el ser “tenga” una razón, sino de que el Ser es en sí razón que funda. Fondo sin fondo, abismo (Ab-grund). Notese que Grund en alemán, además de significar fundamento, alude al significado de suelo y de fondo. El principio de razón suficiente tomado de tal manera, es un salto en el ser (el abismo), un trayecto que recorre de lo óntico a lo ontológico. Se trata de adentramos en el Ser y filosofar intempestivamente, dejando atrás la influencia de la época técnica y el desenfrenado dominio y consumo de los entes. Así resuena el imperativo de Goethe: «Tú atente al porque y no preguntes: ¿por qué

Referencias bibliográficas

Acevedo Guerra, J. (2003) En torno a la interpretación heideggeriana del principio de razón suficiente, texto resultante del proyecto FONDECYT 1010971, Universidad de Chile.

Heidegger, M. (1969) Introducción a la metafísica. “La pregunta fundamental de la metafísica”. Editorial Nova, Buenos Aires.

(2003) La Proposición del Fundamento. Ediciones del Serbal, Barcelona.

(1962) Le principe de raison. Éditions Gallimard, París.

Kruger Castro, J.C. (1998) El Principio de Razón Suficiente en Leibniz. Disponible en Revista Escritura y Pensamiento, año 1, N°2, pp. 9-75.

Leibniz, W.G.(1982) Principios de la naturaleza y de la gracia fundados en la razón; en Escritos Filosóficos (1663-1690), Editorial Charcas, Buenos Aires, pp. 597- 606.

Sauval, M.(1994) El principio de razón suficiente y la cuestión del ser en Heidegger (lectura y comentarios de “Le príncipe de raison” (1962) de Heidegger).

Schopenhauer, A. (1998) De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente. Editorial Gredos, Madrid.


  1. Universidad Nacional de Mar del Plata


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