Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

La sustentabilidad y el ambiente

En el diccionario se define como “ambiente” a las “condiciones o circunstancias físicas, sociales, económicas, entre otras de un lugar, una colectividad o una época”. Esta acepción refleja las primeras concepciones estáticas del ambiente como un espacio circundante y las cuales fueron evolucionando en el sentido de definirlo desde las interacciones, tensiones, y los consecuentes estados de equilibrio-desequilibrio, armonía-desarmonía que se abrevaron de la ecología[1] y que ponían de esta manera en crisis aquellos enfoques estáticos de contenido y continente.

Desde el campo de la arquitectura, el término “ambiente” experimentó múltiples resignificaciones. Maldonado (1972), en la década del 70, definió “ambiente humano” como un “ambiente construido en parte por nosotros mismos” y señaló los orígenes de esta concepción de “ambiente humano” como “un medio físico y sociocultural” asimilable a las definiciones de cultura” de la década del 50 (1972, p. 13)[2].

En ese escenario, para los ecólogos, el ambiente humano era uno de tantos subsistemas que componían el vasto sistema ecológico de la naturaleza. Estos no vacilaban en atribuirle a este subsistema un comportamiento singular, pues lo distinguían por usar sus relaciones con otros subsistemas o abusarse de ellas y por influir radicalmente sobre los destinos de estos (Maldonado, 1972, p. 16).

Este autor plantea el interrogante acerca de si este ambiente humano era un producto carente de intencionalidad y derivaba de “una superposición arbitraria y discontinua de hechos aislados, incontrolado e incontrolable”. Aunque para él las relaciones de los hombres con los objetos (que definían el “ambiente humano”) habían arribado a un “grado de irracionalidad exasperante”, eran el resultado “de un mismo proceso dialéctico, de un mismo proceso de formación y condicionamiento mutuos” (Maldonado, 1972, p. 19). Las preocupaciones sobre el ambiente humano anidaban en este, se constituía como un sistema con un comportamiento muy particular, en cuanto usaba sus relaciones con otros subsistemas y se abusaba de ellas, a manera de perturbación, influyendo radicalmente sobre sus destinos de forma irreversible. Este enfoque entraba en resonancia con las corrientes poshegelianas sobre la adquisición de una conciencia crítica que permitiera discernir en el conflicto fundamental entre las necesidades y las libertades humanas.

Se alertaba además sobre que “ninguna perturbación” era sectorial y que antes o después acababa por alterar la estabilidad de todo el sistema, incluyendo el subsistema que había sido el agente inicial de la perturbación (Maldonado, 1972, p. 16).

Fue frente a este concepto y a estas posturas cuando se reconoció el comienzo de una conciencia moderna política y pública de los problemas ambientales globales que generaron un impacto real en las políticas ambientales, especialmente en Europa.

A partir de ese momento, las concepciones sobre el ambiente se vieron fuertemente influenciadas por los debates producidos en los foros internacionales que fueron desencadenando simultáneamente diferentes acciones de protección y acuerdos de jerarquía nacional o transnacional. Las sucesivas conferencias, cumbres, tratados y convenios tendieron a desarrollar cierta conciencia ambiental y a fortalecer las políticas a lo largo de las siguientes décadas.

Estas preocupaciones por la estabilidad ambiental y social entraban en resonancia con la crisis energética global y favorecieron la promoción de la sustentabilidad y del desarrollo sustentable a nivel global, que se sintetizó en el informe de Brundtland de la Comisión Mundial del Ambiente y Desarrollo, en la Conferencia de la ONU, en la Cumbre de Río en 1992 y más tarde en la Cumbre Ambiental de la Tierra de la ONU[3].

Los tres pilares fundamentales para que una sociedad se desarrolle y evolucione (los sistemas ecológicos, económicos y sociales) proporcionan el marco al concepto de “sustentabilidad”; estos tres sistemas integrados proveen, a su vez, ayuda mutua en el proceso de desarrollo de la distribución racional de recursos. Los tres principios que ayudan a conformar un marco conceptual para la sustentabilidad[4] son, por un lado, las necesidades y aspiraciones futuras en el principio de la equidad entre generaciones, por otro, prestar particularmente atención a las necesidades básicas y a la pobreza, y, por último, la preocupación ambiental global y los impactos según el principio de la responsabilidad transfrontera (Evans, 2010, pp. 14-15).

Con la Agenda 21, se introdujo la distinción entre sustentabilidad y desarrollo sustentable. Para enmarcar el espíritu del término “desarrollo sustentable”, se tomará como referencia una tabla ampliada que confecciona Julián Evans (2010), en función de una serie de principios agrupados en tres categorías principales desarrolladas por Du Plessis (1998, citado en Evans, 2010). Estas categorías son ambientales, económicas y sociales, a las que se agregan subcategorías y el concepto de “adaptabilidad” (Du Plessis, 1998, p. 46, citado en Evans, 2010). Ubica en la categoría ambiental a los principios de conservación de la vitalidad y de la diversidad del planeta (y de los sistemas de soporte), al uso sustentable de recursos renovables y a la minimización de aquellos no renovables y de los daños ambientales. Considera como principios de lo económico a la promoción de la equidad entre naciones y generaciones y a la promoción de políticas éticas como el apoyo a economías locales. Finalmente, para este autor, corresponden a la categoría social los que promueven la integridad cultural y social, como mejorar la calidad de vida y animar la participación y la cooperación (Evans, 2010, p. 16). Sin embargo, para transferir estos aspectos relativos a la sustentabilidad y al análisis del hábitat construido, resulta necesaria la definición de criterios particulares y específicos.

La producción del hábitat requiere de una gran elaboración de recursos energéticos y materiales disponibles en sus distintas fases, escalas y procesos. Los edificios provocan importantes impactos ambientales que van desde la extracción y producción de materiales pasando por el proceso de diseño, su construcción y posterior mantenimiento, como así también la propia deconstrucción. Es por ello por lo que la edificación sustentable promueve diversos beneficios que representan el establecimiento de un nuevo orden de principios básicos de diseño en todas y cada una de las escalas. Más allá de la práctica profesional, que hoy responde mayoritariamente a una práctica interesada en mostrar la tecnología de los países desarrollados (aun en contextos de fuerte desequilibrio social), se está desarrollando, tanto en ámbitos profesionales como gubernamentales, una fuerte y creciente conciencia ambiental, que persigue que el debate sobre edificación sustentable se centre en “la capacidad de eficiencia y de óptimo comportamiento”, lo cual puede considerarse al menos “un punto de partida valorable”. Dentro de este contexto, es importante destacar la definición establecida en las Normas ISO/IRAM: “Mientras el desafío de la sustentabilidad es global, las estrategias de sustentabilidad en la edificación son locales y difieren en contexto y contenido de región a región” (Evans, 2010, p. 18).

En Latinoamérica las políticas actuales están orientadas hacia una “sustentabilidad básica” que focaliza en los sectores más vulnerables de la población. Los componentes de sustentabilidad en este contexto requieren un foco muy diferente respecto de los países centrales, cuyo énfasis está puesto en la eficiencia energética para reducir el impacto ambiental debido al calentamiento global y al cambio climático. Además, existe una baja conciencia a nivel profesional e institucional y en las legislaciones específicas acerca del bajo impacto ambiental y económico que ejercen los beneficios de una construcción eficiente energéticamente. Para una coexistencia de los dos mundos, formal e informal, se requiere de la construcción de un conjunto de criterios específicos para ambos contextos acompañados por el establecimiento de términos integrales de sustentabilidad y también desarrollo de parámetros regionales y nacionales de edificación sustentable para materiales, factores culturales y climáticos y condición de vida local, diferentes de los establecidos en países desarrollados y de otras latitudes (Evans, 2010, pp. 28-29).

En Argentina, más allá de las Normas IRAM de acondicionamiento térmico establecidas en 1970 y actualizadas regularmente, que definen la zonificación bioambiental y tres niveles recomendados de aislamiento térmico como “mínimo”, “medio” y “óptimo”, no existe una conciencia generalizada sobre la necesidad de conservar recursos energéticos o de reducir las emisiones de los edificios.

El uso racional del agua constituye otro criterio incluido en los sistemas de evaluación de sustentabilidad de edificios.

Desde la academia se han desarrollado avances en investigaciones y en la enseñanza en relación con el ambiente y la energía en edificios. Se han llevado a cabo reuniones anuales, foros nacionales e internacionales, congresos y jornadas que abordan estudios sobre el ciclo de vida de materiales, eficiencia energética, acondicionamiento natural y sustentabilidad a escala urbana.

Si bien se está trabajando en normativas y certificaciones, es necesario consolidar la integración con actores claves como la industria, las organizaciones profesionales y las políticas oficiales que den respaldo a estas iniciativas (Evans, 2010, pp. 29-30).

Este autor también plantea que, cuando se habla de edificación sustentable, se debe hacer mucho hincapié en considerar tanto el sector formal como el informal, dado que este último representa en Latinoamérica a más de la mitad de las viviendas que se construyen, que, como consecuencia de los materiales y las técnicas constructivas empleados y la falta de guías de diseño, tienen muy alto impacto ambiental. Por lo tanto, la edificación sustentable deberá responder tanto a las necesidades básicas de los sectores sociales vulnerables, como también a los impactos ambientales generados por el sector formal que tiende a seguir las influencias internacionales en arquitectura, diseño y urbanismo.

Sin embargo, para lograr avances en el campo de la edificación, se requiere necesariamente de la educación; desde concientizar al público, hasta desarrollar políticas nacionales de implementación de instrumentos regionales, junto con la transferencia y aplicación de conocimientos técnicos (Evans, 2010, p. 32).

Edwards (2011) considera que el concepto de “sustentabilidad origina la visión del ambiente como un sistema global e interdisciplinario que influye en el proyecto de arquitectura, en la construcción y en la gestión de los edificios, desafía la visión fragmentaria de la arquitectura artística y de alto consumo y del beneficio a costa de la sociedad y del ambiente. Este autor promueve, además, en este sentido, una visión ética del papel del arquitecto con un enfoque multidisciplinario con valores comunitarios, sociales y culturales y un nuevo lenguaje estético para la arquitectura y el pensamiento ecológico (2011, pp. 48-49).


  1. El biólogo y filósofo prusiano Ernst Haeckel en 1886 fue responsable de crear el término “ecología” en su trabajo Morfología general de los organismos. La ecología es la ciencia que estudia las interrelaciones de los diferentes seres vivos entre sí y con su entorno y cómo estas interacciones entre los organismos y su ambiente afecta a propiedades como la distribución o la abundancia.
    El término original es Okologie, del griego oikos, que significa ‘casa’ u ‘hogar’, y logos, que significa ‘estudio. Podría definirse a la ecología como “el estudio de los hogares”. Disponible en t.ly/V6PTG.
  2. Si bien Maldonado cita autores de diferentes procedencias, sus referentes más importantes son Gehler y White (Maldonado, 1972, p. 105).
  3. Como fueron ya descriptos en la primera parte.
  4. Según Haughton y Hunter (1994, p. 17).


Deja un comentario