A Aukán, fuente de vida, de felicidad y de filosofía.
A Carla, con quien navegamos enamoradamente las aguas del Mar del Universo.
A mi familia (la nuclear y la extendida) y a mis amigos, que siempre están ahí cuando los y las necesito.
A Julieta, referente de verdad, de carne y hueso y del día a día.
A Marina, que me escucha y guía cuando recojo el hilo en este laberinto que soy.
A Alcira, que me ha guiado con sabiduría y entusiasmo por el camino de la profesión filosófica y quien desde el primer contacto me dijo que sí.
A Matías, por su predisposición, acompañamiento, contención, aliento y generosidad infinitas e incondicionales.
A Juana Koslay, San Luis, el paisaje que hizo posible este trabajo.
A Enrique Dussel y a todos los pensadores de la Liberación, que se animaron a pensar desde y para nosotras y nosotros.
A la Universidad de Buenos Aires, que me brindó educación pública de excelencia sin adoctrinarme jamás sino germinando y haciendo florecer en mí el sentido, la pasión y el compromiso por y con la filosofía argentina y latinoamericana en absoluta libertad. Una libertad colectiva, intercultural e interdependiente.
A mi mamá, Hebe, que me dio la vida para que todo esto me esté pasando.






