Héctor Jorge Padrón[1]
1. El horizonte de la realidad
En algún lugar de su obra el P. Thomas Merton escribe: “[…] Sólo deja que la realidad de lo real se hunda en ti, para que a través de las cosas reales podamos alcanzar a Quien es infinitamente real”. En la estela que abren estas entrañables palabras es donde deseamos insertar nuestro modesto trabajo atentos, por una parte, a la realidad de la Regla de los Monjes de san Benito[2] y, por otra parte, atentos al vivo interés que suscita la significación terapéutica y los resultados del dispositivo de atención plena a la realidad.
Parece que el acto de atención a la realidad —profundo y renovado— a través de la observancia de la RB (Prólogo) consiste, ante todo, en dos operaciones prestigiosas y solidarias: escuchar[3] con verdadera humildad y obedecer lo escuchado con verdadero amor. En efecto, en la RB, Pról. se lee: (1) “Escucha hijo, los preceptos del Maestro e inclina el oído de tu corazón”; “recibe con gusto el consejo de un Padre piadoso y cúmplelo verdaderamente”.
Es manifiesto que en el texto del Prólogo de la RB el escuchar comporta el ser re-engendrado a un modo de ser que nos exige regresar hacia Aquél de quien nos hemos apartado por “causa de la desidia de la desobediencia”, y esto a través (2) “del trabajo de la obediencia”. Ahora bien, este regreso que promueve y establece un ser humano renovado es posible a partir de una clave esencial de la vida monástica en particular y de la vida cristiana en general: el hábito de renunciar. La RB declara: (3) “renunciar a tus voluntades propias[4] y tomar las fortísimas armas de la obediencia”, “para militar por Cristo Señor, verdadero Rey”. Aquí, precisamente, la RB establece una condición para el camino de la perfección en el orden real de lo cotidiano: (4) “Ante todo, pídele [al Señor] con una oración muy constante que lleve a su término toda obra buena que comiences”.
Inmediatamente, el Maestro y Padre piadoso explica: (6) “se trata del deber de obedecerle con los bienes suyos que Él depositó en nosotros”. Es manifiesto que este deber de obediencia comporta un acto de seria atención a la realidad de sí mismo y un conocimiento sereno y racional en términos de una profunda experiencia de sí mismo, a fin de discernir y reconocer cuáles son, en efecto, “aquellos bienes suyos que Él depositó en nosotros” para servirle y, así, participar y (7) “querer seguirlo en su Gloria” porque, ciertamente, estos hombres no sólo conocen su realidad personal sino que en el mismo acto racional renuncian —cada día— a fabricar y a complacerse en su propia gloria. Estos son los que pueden cantar —en su corazón— el Salmo 14, 4; 113, 9: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Tu Nombre da la gloria”[5].
Esta atención a la realidad necesaria y aun urgente para el discípulo consiste textualmente (8): “en levantarse del sueño y ponerse de pie con prontitud a fin de (9) abrir los ojos a la luz divina y oír con oído atento lo que diariamente recomienda el Dios que clama: (10) “Si oyeren hoy su voz, no endurezcan sus corazones” […] “El Espíritu dice a las Iglesias”: (…) (12) “vengan, hijos, escúchenme, yo les enseñaré el temor del Señor”. (13) “Corran mientras tengan la luz de la vida, para que no los sorprendan las tinieblas de la muerte”.
Vista la importancia decisiva de esta admonición y (14) “la búsqueda por parte del Señor de su obrero entre la muchedumbre del pueblo”, conviene advertir aquí la nota de normalidad y de racionalidad que comporta el llamado de Dios: (15) “¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?” (16) “Si tú, al oírlo, respondes “yo”, Dios te dice”: (17) “Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y corre tras ella”.
El hombre que obre de este modo —con rectitud de corazón— hará la experiencia de saber que el Señor es el Primero en todo y que se adelanta en todo: en efecto, el texto de la RB dice: (18) “Y si hacen esto, pondré mis ojos sobre ustedes, y mis oídos oirán sus preces, y antes de que me invoquen les diré: “Aquí estoy”.
La diligente atención a la realidad en la observancia de la RB comporta el ejercicio de nuestra voluntad no sólo de nuestra razón. Así, será preciso (21) “ceñirnos la cintura con la fe y la práctica de las buenas obras. Seguir sus caminos guiados por el Evangelio, para merecer ver en su reino a Aquél que nos llamó”.
Cada uno —con el Profeta— puede preguntar: (23) “¿quién habitará en tu morada o quien descansará en tu monte santo?” Y el Señor responde: (25) “el que anda sin pecado y practica la justicia; (26) “el que dice la verdad en su corazón y no tiene dolo en su lengua”; (27) “el que no hizo mal a su prójimo y no permitió que se lo afrentara”. (28) “El que apartó de la mirada de su corazón al maligno diablo tentador y a la misma tentación y lo aniquiló, y tomó sus nacientes pensamientos y los estrelló contra Cristo”. (29) “Estos son los que temen al Señor y no se engríen de su buena observancia, antes bien juzgan que lo bueno que ellos tienen no es obra suya sino del Señor”. Más aún, “son los que engrandecen al Señor que obra en ellos, diciendo con el Profeta: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Tu Nombre da la gloria.[6]
Así, entonces, cada uno en particular necesita percibir e interiorizar el vínculo que une el escuchar y el construir como una exigencia de su fidelidad en la existencia cotidiana, esto es: construir cada día —sobre el fundamento de piedra que es la palabra de Dios— a fin de existir en esa morada como un verdadero hombre, sostenido por ella, dentro de ella. Esta forma de existir comporta un verdadero y muy profundo diálogo entre (35) sus consejos y nuestras obras que deben ser —a lo largo de nuestra vida— obras de rectificación, de corrección. En efecto, se lee en el texto (37) “[…] la paciencia de Dios te invita al arrepentimiento”, ya que (38) “el piadoso Señor dice: No quiero la muerte del pecador sino que se convierta y viva”[7]. El realismo profundo de este Prólogo de la RB advierte sobre el fin de nuestra vida personal: evitar las penas del infierno y llegar a la vida eterna desde el lapso de tiempo que a cada uno le es concedido y; durante dicho lapso temporal, la RB nos urge (43): “mientras haya tiempo, y estemos en este cuerpo, y podamos cumplir todas estas cosas a la luz de esta vida, (44) “corramos y practiquemos ahora lo que nos aprovechará eternamente”. El texto introduce y subraya un ritmo de atención y de acción agónico, es decir: la clara conciencia de la brevedad de nuestro tiempo y lo inconmensurable del bien prometido; de allí, entonces, que los verbos que emplea la RB sean: “corramos” y “practiquemos” ahora. Ciertamente, el Autor de la Regla reconoce que el camino de la Salvación comporta (48) “un comienzo estrecho” —en la medida que no contiene desvíos y no tolera desviaciones—; pero, es igualmente cierto (49) el progreso en la vida monástica y en la fe traen consigo “la dilatación del propio corazón” y, al mismo tiempo, la experiencia de una amplitud que permite “correr con inefable dulzura de caridad” a través del camino de los mandamientos de Dios.
2. La multivocidad de la realidad y la necesaria atención antropológica
Sobre el trasfondo doble de una rica historia monástica precedente y sobre lo concreto de su propia historia personal, san Benito discierne en la RB cuatro clases de monjes en el capítulo 1: (1) la primera es la de los cenobitas, esto es: “quienes viven en un monasterio y militan bajo una regla y un Abad”; (2) la segunda clase es la de los anacoretas o ermitaños, quienes después de “una larga probación en el monasterio aprendieron a luchar contra el diablo, enseñados por la ayuda de muchos. Bien adiestrados en las filas de sus hermanos (…) para la lucha solitaria del desierto (…) son capaces de luchar con sólo su mano y su brazo, y con el auxilio de Dios, contra los vicios de la carne y de los pensamientos”. (3) La tercera clase de monjes, Benito la llama pésima y es la de los sarabaítas. “Éstos no han sido probados como el oro en el crisol por regla alguna en el magisterio de la experiencia”, “sino que blandos como el plomo, guardan en sus obras fidelidad al mundo, y mienten a Dios con su tonsura”. “Viven…sin pastor, reunidos no en los apriscos del Señor sino en los suyos propios”. “Su ley es la satisfacción de sus gustos: llaman santo a lo que se les ocurre o eligen, y consideran ilícito lo que no les gusta”.
Finalmente, “la cuarta clase de monjes es la de los giróvagos, quienes pasan su vida (…) hospedándose tres o cuatro días en distintos monasterios”, (11) “siempre vagabundos, nunca permanecen estables. Son esclavos de sus deseos y de los placeres de la gula y peores en todo que los sarabaítas”. (12) La vida monástica de estos hombres es considerada por san Benito misérrima y, en consecuencia, juzga que en este caso es mejor callar. “Y dejándolos de lado (…) se propone organizar, con la ayuda del señor, el fortísimo linaje de los cenobitas”. Esta profunda y rica fenomenología de los tipos de monjes más característicos habla —sin duda— de una atención vigilante a la realidad antropológica de la vida monástica en términos de una alertada meditación alimentada ante todo por la profundidad y la verdad que proceden de la experiencia antes que de alguna teoría posible.
3. La atención a la realidad a través del nombre
En el Cap. II. Cómo debe ser el Abad. El texto de la RB se abre con una consideración ontológica de extrema importancia: (1) “Un Abad digno de presidir un monasterio debe acordarse siempre cómo se llama” “y llenar con obras el nombre de superior”. (2) “Se cree, en efecto, que hace las veces de Cristo en el monasterio, puesto que se lo llama con ese nombre”, (3) “según lo que dice el Apóstol: Recibieron el espíritu de adopción de hijos, por el cual clamamos: Abba, Padre”. Y añade el Autor de la Regla: (6) “Recuerde siempre el Abad que se le pedirá cuenta en el tremendo juicio de Dios de estas dos cosas: de su doctrina y de la obediencia de sus discípulos”. Además, la RB establece las condiciones de su gobierno: (8) “emplear toda su diligencia de pastor con el rebaño inquieto y desobediente; emplear todos sus cuidados para corregir su mal comportamiento”. Su conducta de Abad debe regirse por el Profeta (9) “No escondí tu justicia en mi corazón, manifesté tu verdad y tu salvación…[8]
En breves palabras: (30) “El Abad debe acordarse siempre de lo que es, debe recordar el nombre que lleva, y saber que a quien más se le confía más se le exige”. Y estar en cada instante advertido de la índole de su tarea: (31) “Y sepa qué difícil y ardua es la tarea que toma: regir almas y servir los temperamentos de muchos (…) de modo que no sólo no padezca detrimento la grey que le ha sido confiada, sino que él pueda alegrarse con el crecimiento del buen rebaño”. Adviértase el aspecto de santo equilibrio y moderación razonable: el Abad-Pastor (39) “al cuidar de las cuentas ajenas, se vuelve cuidadoso de la suya propia”, (4)” al corregir a los otros con sus exhortaciones, él mismo se corrige de sus vicios”.
4. Los instrumentos de las buenas obras
En el capítulo IV de la RB, ésta declara que a través de la totalidad de su vida monástica, el monje deberá usar siempre los instrumentos indispensables de las buenas obras. Estas buenas obras incluyen en primer término el cumplimiento de los Mandamientos; inmediatamente el texto da algunas precisiones: (8) “honrar a todos los hombres”; (10) “Negarse a sí mismo para seguir a Cristo”. (11) “Castigar el cuerpo”; (12) no entregarse los deleites”; (13) “amar el ayuno”, y a través de tareas diversas y precisas: (14) “Confortar a los pobres”; (15)“vestir al desnudo”; (16)”visitar al enfermo”, (17) “sepultar al muerto”; (18) “Socorrer al atribulado”; (19) “consolar al afligido”; (20)”Hacerse extraño al proceder del mundo”; (21)“no anteponer nada al amor de Cristo”; (22) “no ceder a la ira”; (23) “no guardar rencor”. (24) “No tener dolo en el corazón”, (25) “no dar paz falsa”; (26) “no abandonar la caridad”. (27) “No jurar. No sea que acaso perjure”; (28) “decir la verdad con el corazón y con la boca”. (29) ”No devolver mal por mal. (30) “No hacer injurias sino soportar pacientemente las que le hicieren”. (31) “Amar a los enemigos”. (32) “No maldecir a los que lo maldicen, sino más bien bendecirlos”. (33) “Sufrir persecución por la justicia”. (34) “No ser soberbio”. (35) “ni aficionado al vino”; (36) “ni glotón”; (37) “ni dormilón”; (38) “ni perezoso”; (39) “ni murmurador”; (40) “ni detractor”. (41) “Poner su esperanza en Dios”. (42) “Cuando viere en sí algo bueno, atribúyalo a Dios, no a sí mismo; (43) en cambio, sepa que el mal siempre lo ha hecho él, e impúteselo a sí mismo”. (44) “Temer el día del juicio”, (45) “sentir terror del infierno”; (46) “desear la vida eterna con la mayor avidez espiritual”; (47) “tener la muerte presente ante los ojos cada día”; (48) “Velar a toda hora sobre las acciones de su vida”, (49) “saber ciertamente que, en todo lugar, Dios lo está mirando”. (50) “Estrellar inmediatamente contra Cristo los malos pensamientos que vienen a su corazón, y manifestarlos al anciano espiritual”, (51) “guardar su boca de conversación mala o perversa”; (52) “no amar hablar mucho”; (53) “no hablar palabras vanas o que muevan a risa”; (54) “no amar la risa excesiva o destemplada”. (55) “Oír con gusto las lecturas santas”; (56) “darse frecuentemente a la oración”, (57) “confesar diariamente a Dios en la oración, con lágrimas y gemidos, las culpas pasadas”, (58) “enmendarse en adelante de esas mismas faltas”. (59) “No ceder a los deseos de la carne”, (60) “odiar la propia voluntad”, (61) “obedecer en todo a todos los preceptos del Abad, aun cuando él -lo que no suceda- obre de otro modo, acordándose de aquel precepto del Señor: Hagan lo que ellos dicen, pero no lo que ellos hacen”. (62) “No querer ser llamado santo antes de serlo, sino serlo primero para que lo digan con verdad”. (63) “Poner por obra diariamente los preceptos de Dios”, (64) “amar la castidad”, (65) “no odiar a nadie”, (66) “no tener celos”, (67) “no tener envidia”, (68) “no amar la contienda”, (69) “huir de la vanagloria”. (70) “Venerar a los ancianos”, (71) “amar a los más jóvenes”. (72) “Orar por los enemigos en el amor de Cristo”; (73) “reconciliarse antes de la puesta del sol con quien se hay tenido alguna discordia”. (74) “Y no desesperar nunca de la misericordia de Dios”. (75) “estos son los instrumentos del arte espiritual”. (…) (78) “El taller, empero, donde debemos practicar con diligencia todas estas cosas, es el recinto del monasterio y la estabilidad de la comunidad”.
Una larga y muy meditada experiencia y el ejercicio constante de una muy fina atención a la realidad de la vida monástica en comunidad, ha permitido al Autor de la RB enumerar y proponer esta colección de instrumentos del arte espiritual.
5. La atención a la realidad y la discreción del contenido de la regla benedictina
En el último capítulo de RB se advierte la culminación no sólo del acrisolado ejercicio de una atención a la realidad de Dios, de los hombres y de las cosas sino que, además, se pondera un realismo que dimensiona las muchas ilusiones que podrían alentarse sobre la experiencia de la vida monástica.
En la RB LXXIII, con el título: “En esta Regla no está contenida toda la práctica de la Justicia”, se lee: (1) “Hemos escrito esta Regla para que, observándola en los monasterios, manifestemos tener alguna honestidad de costumbres y un principio de vida monástica”. (2) “Pero para el que corre hacia la perfección de la vida monástica, están las enseñanzas de los santos Padres, cuya observancia lleva al hombre a la cumbre de la perfección”. (3) “Porque ¿qué página o que sentencia de autoridad divina del Antiguo o del Nuevo Testamento, no es rectísima norma de vida humana?” (4)”¿O qué libro de los santos Padres católicos no nos apremia a que, por un camino recto, alcancemos a nuestro Creador”? (5) “Y también las Colaciones de los Padres, la Instituciones y sus Vidas, como también la Regla de nuestro Padre san Basilio” (6) ¿“qué otra cosa son sino un instrumento de virtudes para monjes de vida santa y obedientes”? (7) “Pero, para nosotros, perezosos, licenciosos y negligentes, son motivo de vergüenza y de confusión”. (8) “Quienquiera, pues, que te apresuras hacia la patria celestial, practica, con la ayuda de Cristo, esta mínima Regla de iniciación que hemos delineado”, (9) y, entonces, por fin, llegarás, con la protección de Dios, a las cumbres de la doctrina y virtudes que arriba dijimos. Amén”.
- Universidad Nacional de Cuyo.↵
- Cf. La Regla de los monjes. San Benito, trad. P. Saénz (Abadía de Luján: Buenos Aires,1996).↵
- Cf. C. Harrison, The Art of Listening in the Early Church (Oxford: Oxford University Press, 2013), especialmente Introduction. Voices of the Page, 1-14. La Autora de esta obra testimonia las cualidades sobresalientes de una erudición acrisolada en la meditación simpatética de autores de la Antigüedad helénica así como en la experiencia intelectual entrañable del iter complejo y profundo conocido como cristianismo temprano a través de muy diversos autores —especialmente san Agustín— y temas. Dicho esto, queremos señalar que esta obra erudita comporta además un acto filosófico de una enorme finesse e importancia actual. En efecto, la obra destaca el valor indeclinable de la palabra hablada y escuchada y de la música como claves de ejecución e interpretación para la situación de nuestra cultura del s. XXI y, en especial, para la calidad de la indispensable formación humanística en su seno. Harrison subraya —con razón— que nuestra cultura contemporánea se halla atravesada por el prestigio y el poder de las imágenes que ingresan en el orden de los diversos niveles de la comunicación y de la enseñanza en su totalidad. Así —escribe la Autora— se multiplican libros impresos, diarios impresos, revistas, e-mails, Facebook, Twiter, films, televisión, DVD, arte público, galerías y posters, play-stations, GPS, etc. La meditación filosófica de este bello libro se abre con una Introducción cuyo subtítulo: Voices of the page, es en realidad un examen y un programa de trabajo de una peculiar nobleza intelectual. La Introducción y su subtítulo, así como el desarrollo posterior a través de la obra, hacen posible la pregunta central: ¿Cuánto hace que —más allá de todos los soportes visuales auxiliares y su eventual utilidad— nosotros no escuchamos las voces de un texto? Y, en consecuencia, cuánto nos falta crecer en la experiencia de nuestra iniciación en la inteligencia del pensamiento de los textos en términos de su música inteligible más propia?↵
- Respecto de la renuncia y el desprendimiento de la voluntad propia presente en la RB, hay un prestigioso precedente monástico en San Doroteo de Gaza. Ver Doroteo de Gaza, Conferencias, introd. y trad. de F. Rivas; Vida de Dositeo, introd. y trad. de M. de Elizalde (Luján: ECUAM, 1990), xviii: “En la carta de presentación de las Conferencias de Doroteo que son enviadas al monje que las había solicitado, se lee: […] el bienaventurado Doroteo tenía siempre presente en su boca esta palabra de los Ancianos: ‘El que ha llegado a desprenderse de la voluntad propia ha llegado al lugar del reposo’. Su continua búsqueda lo llevó a descubrir que todas las pasiones tienen por raíz el amor a sí mismo (philautía) y que éste se halla ligado al amargo dulzor de nuestra voluntad; por eso se sirvió de ese remedio enérgico e hizo perecer junto con la raíz todos sus brotes malditos” (C. 2).↵
- Ver Flp. 2, 13.↵
- Ver Sal. 14, 4; Flp. 2, 13; Sal. 113, 9.↵
- Mt. 7, 28.↵
- Sal. 39, 11; Is. 1, 2; Ez. 20, 27.↵






