2 ¿Estado o mercado?

Una falsa dicotomía

FN: En la lista de ilustraciones que estabas mencionando recién, vayamos al tema del cambio climático, que considero que es probablemente la gran falla de mercado de la sociedad moderna y que nos obliga a tener políticas coordinadas. No alcanza con que un país haga algo: necesitamos coordinación a nivel global. Normalmente, lo que hemos visto en los últimos años es que el cambio climático, por un lado, y la desigualdad, por el otro, han sido los elementos que más han presionado sobre la forma en que se han tomado las decisiones de política económica y pública. Y quería preguntarte sobre la cuestión de los instrumentos en ese sentido. Los economistas tenemos la idea de que para poder hacer buena política de cambio climático se necesita buena economía de cambio climático. Existe la posibilidad o el peligro de que uno haga política de cambio climático con una mala economía, que básicamente significa gastar demasiados recursos, tirar recursos, o imponer restricciones al crecimiento y a la innovación. Eso es parte de lo que ha usado Estados Unidos para tratar de escapar del compromiso global. La reflexión que quería hacer con vos es si considerás que este instrumento es suficiente. Normalmente, cuando uno se enfrenta con externalidades –y los economistas tratamos de mirar problemas de fallas de mercado y de externalidades–, vemos que los instrumentos propuestos como impuestos, precios, subsidios, coexisten con regulaciones directas de tipo comando y control, o regulaciones impuestas por leyes como la de exigir un cierto porcentaje de energía renovable dentro de los mercados eléctricos. Los ejemplos abundan en este sentido. Y veo que hay algo ahí que no está del todo bien comprendido o terminado. Se percibe mucho énfasis en una dirección y nosotros los economistas tratamos de decir “hagamos la economía del asunto de manera correcta, tratemos de ser justos con todos los sectores, que no sea solo un sector el que lleve toda la carga”. ¿Cuál es tu reflexión?

 

JT: Creo que, en primer lugar, debemos comprender por qué tenemos un problema con el cambio climático. Ahí se ve claramente una falla del mercado. Cuando emito carbono, no tomo en cuenta, a fin de cuentas, cuáles serán los efectos de mis emisiones de carbono sobre las demás personas en mi propio país, en el exterior y en el futuro. Pero también hay una falla del Estado, que no hace lo que corresponde para combatir el calentamiento global. Y para mí, esta falla del Estado responde a dos cosas. Primero, a que no hay un Estado sino ciento noventa y seis. Cada Estado espera que el esfuerzo lo hagan los demás, porque el combate contra el calentamiento global es costoso. Y así, cada Estado adopta el comportamiento del “polizón” y tiene la expectativa de que el esfuerzo recaiga sobre los demás. Y, evidentemente, nadie hace el esfuerzo. Por otro lado –y hay que decirlo– somos egoístas respecto de las futuras generaciones. Somos muy egoístas y en parte se debe a que estas generaciones no votan; en este sentido ni siquiera existen.

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Jean Tirole y Fernando Navajas en la Alianza Francesa de Buenos Aires en ocasión de la filmación de Diálogos Transatlánticos (2017).

Tenemos un problema y debemos enfrentarlo. Diría que el problema es esencialmente geopolítico mucho más que económico. Porque sabemos que para otros contaminantes resolvimos el problema aplicando instrumentos económicos. Y aquí llegamos a la cuestión de los instrumentos. Hay dos enfoques en este punto. En primer lugar, un enfoque económico que consiste en fijar un precio al carbono. Hay dos maneras de hacerlo. Por un lado, un impuesto al carbono, que se paga por cada unidad de emisión. Por supuesto, hay incertidumbre, pero los economistas dicen que ahora debería estar entre 50 y 100 dólares por cada tonelada de carbono emitida. Por otro lado están los “derechos de emisión negociables”. Se colocan en el mercado algunos derechos de emisión negociables, que corresponden a la preservación de una trayectoria compatible con el objetivo de 1,5°C o 2°C, y luego se fija un precio de mercado. Por ejemplo, si las empresas emiten carbono, deben tener un permiso, y si emiten y no pagan, pierden su permiso. Nuevamente, tenemos un precio unificado del carbono, que esperamos sea global y permita resolver los problemas. Pero los economistas no están de acuerdo sobre la preferencia entre la fijación de un impuesto al carbono y los derechos de emisión negociables. Hay economistas muy respetables en ambos bandos y es un debate muy complicado. Este es entonces un primer enfoque que apunta, finalmente, a ponerle un precio al carbono. Y es un enfoque que respeta, en definitiva, la humildad del Estado. Porque el Estado no tiene la información necesaria para saber si es la empresa A o la empresa B la que debe hacer el esfuerzo. Es la empresa la que va a tomar la decisión porque conoce su propia tecnología. Así, para que el Estado sea eficaz, debe ser modesto. El Estado debe respetar sus limitaciones en términos de información y debe renunciar a aquello que no puede hacer por no contar con la información necesaria. Y esto nos lleva, efectivamente, al segundo tipo de políticas, que son las de command and control, es decir, políticas que resultan muy directivas, orientadas a lo que hay que hacer. No me opongo a estas iniciativas. Seguramente, algunas de ellas pueden ser buenas. Pero, una vez más, el Estado debe dar pruebas de humildad. El Estado no sabe quién es el más apto para disminuir su contaminación o, por el contrario, para continuarla, porque resultaría muy caro reducirla. Los estudios de los economistas han demostrado que cuando se recurría a este mecanismo de command and control, se corría el riesgo de aumentar el costo de la descontaminación en función de un objetivo dado, en un 50% o 100%, dependiendo de la manera en que se hiciera. Para las empresas, esto incrementa los costos destinados a reducir la contaminación, lo que por cierto fragiliza la política porque los lobbies se robustecen: “¡Miren, nos sale carísimo!”… Y luego intervienen para detener estas políticas. A fin de cuentas, las políticas de precio único son mucho más simples y eficaces, tomando en cuenta las restricciones de información. Y diría lo mismo para las energías renovables, que son el futuro, por supuesto; son muy importantes para el futuro de nuestro planeta. Pero las incentivaríamos muy claramente si tuviésemos un precio del carbono y una previsión, finalmente, sobre la evolución del precio del carbono. Porque estas inversiones se hacen a cinco, diez, treinta años, y no solo hay que saber cuál es el precio hoy sino cuál será dentro de veinte o treinta años. Por eso muchas veces recurrimos a los mercados de futuros para intentar tener una previsión más o menos correcta. Solo con un precio del carbono decente, es decir, suficientemente alto, podríamos hacer grandes progresos. También para las energías renovables. No tendríamos que decir: “Bueno, vamos a corregir esta renovable” porque entraríamos en la política industrial. E insisto en que el Estado debe ser fuerte y a la vez dar pruebas de humildad. Dicho de otra forma, el Estado no puede afirmar “Creo que va a funcionar mejor la energía solar en lugar de la eólica, en lugar del hidrógeno o de cualquier otra solución”. Finalmente, quien decide es la innovación, no el Estado. Lo que el Estado puede hacer es acordar los incentivos adecuados. Y el incentivo adecuado es el precio del carbono. Pero ahora estamos muy lejos de esto. Si recordamos la COP21 de París, el diagnóstico fue el correcto pero se avanzó muy poco en materia de compromisos. Los compromisos fueron verdaderamente débiles, no vinculantes. Y es una pena. No sé si hubiese podido hacer algo mejor como negociador. Fue realmente muy difícil negociar esa COP21. Pero es verdad que, si queríamos tener ciento noventa y seis países como signatarios del acuerdo, sabíamos automáticamente que el acuerdo sería extremadamente débil, ya que países como Arabia Saudita o Venezuela iban a rechazar de plano la fijación de un precio del carbono para combatir el recalentamiento global, porque eso iba a perjudicar el petróleo. Hay que tomar conciencia de las restricciones geopolíticas. Estamos muy lejos de ese precio del carbono, pero hay una mayor conciencia. Incluso en Estados Unidos hay algunas municipalidades en diferentes estados que resisten a Donald Trump, lo que resulta bastante alentador. Hoy hay un precio del carbono en cuarenta países, mercados de derechos de emisión negociables, etc. aún muy débiles, salvo en Suecia. Pero, al fin y al cabo, hay que tomar conciencia del problema y no limitarse a invocar un crecimiento verde que supuestamente lo resolvería todo. ¡No! Hay que aceptar perder algunos puntos del PBI porque nuestro planeta bien lo vale.



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