3 Frente al populismo: la ciencia y la educación

FN: En esta última parte de la charla, me gustaría conversar sobre cuestiones de política o de economía política, como prefieras– y traer algunos temas que han sido normalmente discutidos tanto en macroeconomía como en microeconomía, en función de ciertos problemas de política pública o de política económica pero que tienen un trasfondo político más fuerte, más fundamental. Me refiero esencialmente al tema del populismo, en términos generales. Es un término probablemente demasiado amplio como para ser encapsulado, pero entendamos a estos movimientos como tendencias que han tratado de favorecer a amplios sectores dentro de una sociedad en contra de lo que se consideran elites. En ciencia política existe una larga tradición en el estudio de este fenómeno, pero quisiera saber más sobre tu visión de la evolución de los populismos europeos. ¿Qué es lo que la economía puede decir ex ante en términos de la emergencia del populismo y ex post en términos de las consecuencias, de lo que estos movimientos pueden llegar a generar en el sistema económico? ¿Deberíamos estar preocupados por ello? Quisiera reflexionar con vos sobre su génesis y su evolución, a los efectos de la economía.

 

JT: El populismo, en la actualidad, existe prácticamente en todos los países –no solo en Estados Unidos, Inglaterra, Argentina o Francia–. En todos los países del mundo, los populistas juegan sobre nuestras frustraciones. Según cada caso, será el desempleo, la deuda, la desigualdad, los problemas del euro y todas esas cosas… También una educación a medias que tampoco es satisfactoria. Y además están nuestros miedos. Nuestros miedos frente al recalentamiento global, tal como hablamos, frente a los robots, que se van a quedar con muchos de nuestros empleos y un buen número de otras cosas, como el problema de si se podrá pagar la deuda, etc.

Vivimos en un mundo en el que la gente está, sin dudas, intranquila por razones totalmente legítimas y debemos enfrentar esta situación. Por cierto, los populismos son muy buenos para crear relatos y prometer milagros. Y en este punto juegan también con nuestras distorsiones cognitivas. En mi libro, insisto mucho en la psicología e intento explicar un problema al que nos enfrentamos, y es que la gente cree lo que quiere creer. Todos, evidentemente, queremos creer en un futuro radiante. Esto se aplica por ejemplo al calentamiento global. Queremos pensar que no va a ser tan costoso combatirlo. Por un lado, están los climate skeptics –aquellos que dudan del calentamiento global– o quienes creen que el crecimiento va estar acompañado, incluso, por inversiones verdes. Estamos derrapando, si puedo expresarme así, si pensamos que todo esto no tendrá ningún costo. Hay que hacer un esfuerzo de verdad. Pero, en general, cerramos los ojos en nuestros comportamientos cotidianos. No queremos creer que podemos sufrir accidentes o padecer enfermedades. A menudo no nos ponemos el cinturón de seguridad. O no nos hacemos los estudios médicos necesarios. Y así, creemos lo que queremos creer. Los populistas entienden esto muy bien y proponen políticas completamente irreales, que no pueden ser implementadas. Entonces, ¿cómo combatimos esto? Allí está el nudo del problema. Actualmente, están en todos los países y no solo en temas de economía. Sus discursos sobre los inmigrantes, por ejemplo, provienen del mismo tipo de razonamiento. Intentan consolidar las creencias del electorado en lugar de proponer buenas políticas, lo cual resulta extremadamente peligroso para nuestras democracias.

En este punto no hay soluciones milagrosas. Y es aquí donde aparece el tema de los expertos. En la actualidad, y tal vez sea culpa de ellos mismos, en muchos países se tiene muy poca confianza en los expertos. Sin ir más lejos, Marine Le Pen en Francia, los líderes del Brexit en Inglaterra y otros dicen “Yo le hablo al pueblo, no a los expertos”. Y esto es deliberado. No quieren hablarles a los expertos porque si lo hicieran, rápidamente estarían en una situación difícil. Por eso, de algún modo, hay que restablecer la confianza en los expertos. Evidentemente, los expertos tienen que hacer su parte. Pero también recae en la opinión pública el tener confianza en ellos. Y creo, en primer lugar, que hay que entender que existe un consenso entre los grandes especialistas de las distintas áreas a nivel mundial. Yo trabajo sobre el calentamiento global. No soy competente para opinar sobre cuestiones científicas. Aun siendo ingeniero, no tengo las competencias para opinar sobre los aspectos científicos del calentamiento global. Entonces, ¿qué hago? Miro cuál es el consenso. Veo que no es total. No es del 100%. Presto atención al consenso de los científicos autorizados en ese campo y eso me da una idea, desde mi posición de economista, para construir las políticas correspondientes. Creo que esto se aplica a la medicina, a la economía, a la biología, etc. En algún momento hay que comprender que necesitamos expertos y que existe cierto consenso entre ellos que puede no ser perfecto, que puede cambiar. Hablábamos hace unos instantes del Consenso de Washington, que es un buen ejemplo. Puede cambiar en el transcurso del tiempo, porque vamos aprendiendo, pero hay que utilizar la mejor ciencia con la que se cuenta en un momento determinado. Y eso está muy claro. Pero, a veces, los medios de comunicación, sistemáticamente, ponen la opinión de un experto y la contrastan con la opinión de otro experto que dice exactamente lo contrario y, evidentemente, con frecuencia, los lectores son incapaces de juzgar.

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Jean Tirole con los economistas Juan Cruces y Leandro Arozamena de la UTDT en ocasión del lanzamiento de La economía del bien común en Buenos Aires (2017).

Después hay otra cuestión de más largo plazo. ¿Cómo se puede restablecer en una población la confianza en los expertos? Entiendo que esto es esencial para la democracia. No hay soluciones perfectas, pero una de las cosas que podríamos hacer es iniciar a los alumnos desde la escuela secundaria en el método científico. No es tan difícil. Basta con tomar pequeños ejemplos. Pensemos en la diferencia entre una correlación y una causalidad. Correlación significa, simplemente, que dos variables actúan al mismo tiempo. Por ejemplo, el precio de las habitaciones de los hoteles y el índice de ocupación de las habitaciones de los hoteles tienden a variar en simultáneo. Pero no es una causalidad. Es decir que para aumentar el índice de ocupación de las habitaciones de tus hoteles no tenés que aumentar el precio sino, por el contrario, disminuirlo. Sucede simplemente que hay factores comunes que determinan, a la vez, el precio de las habitaciones de los hoteles y su índice de ocupación –es, efectivamente, la demanda en un momento puntual–. Estos ejemplos sencillos permiten distinguir entre correlación y causalidad. Son instancias típicas del discurso que usan muchísimos políticos, en particular los populistas. Toman correlaciones –que no significan nada– sobre las implicancias de las políticas públicas, pero, inmediatamente, las interpretan como si fuesen causalidades. Se podría enseñar todo esto –y, en general, la noción de ciencia– de manera muy sencilla en la escuela secundaria. ¿Qué es un hecho? ¿Qué es una teoría? No hay que hacerlo de forma abstracta sino de manera muy concreta, para que nuestros países respeten el método científico. Además, los propios científicos deben ser más íntegros. Solemos tener conflictos de intereses basados en conflictos de intereses económicos, sesgados por financiamientos, por dinero que se recibe de empresas o del Estado, sesgados por amistades políticas, sesgados simplemente por la ambición de ser un intelectual público y una estrella de televisión. Creo que hay que prestar mucha atención. No hay soluciones milagrosas y entiendo que no es sencillo evitar todos estos conflictos de intereses. Pero se necesita mayor transparencia. Creo que recientemente nos hemos vuelto un poco más transparentes, pero eso no resuelve todo el problema. También es necesaria una ética personal.

 

FN: Ha sido un privilegio y un verdadero gusto poder intercambiar estas ideas con vos. Te agradezco muchísimo tu paso por la Argentina. Sé que es tu primera visita. Espero que haya otras más en el futuro. Vamos a leer con mucho cuidado y disfrutar tu libro reciente, La economía del bien común. Espero que podamos seguir en contacto.

 

JT: Fue un placer participar de este diálogo transatlántico. Muchas gracias por la invitación.



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