Conceptos finales [1]
A continuación, presentamos una revisión a obras con las cuales hallamos algunos puntos comunes y grandes divergencias. La obra de Pierre Bourdieu realmente es de una extensión extraordinaria, su dedicación a la escritura da cuenta de miles de artículos publicados y una condensación en libros donde profundizó su gran aporte de los campos científicos o campos de conocimiento.
Esta noción de ‘campos’ ha hecho que revisemos sus ‘campos ideológicos’, por lo cual nos dedicamos a presentar los puntos con los cuales sintonizamos y de los cuales tomamos distancia. Su crítica al Partido Comunista Francés y al comunismo soviético, ciertamente le permitieron hacerse un lugar en la intelectualidad aceptada por las ciencias sociales oficiales, en Europa y en América Latina. Haciendo esta salvedad, también ubicamos muy relevantes los esfuerzos por reconocer el papel del conocimiento científico en la producción material de la ideología en los aparatos burocráticos del Estado francés.
Realizamos una lectura del trabajo de investigación de Vilma Liliana Franco Restrepo, eludiendo la relevancia puesta al papel de los medios de comunicación en la dominación del ‘bloque contrainsurgente’. Por lo demás, su libro fue desmenuzado en cada detalle considerando relevante hacer explícita nuestra posición respecto a su investigación, resaltando su coraje para denunciar las atrocidades del paramilitarismo en Colombia.
Sin embargo, el lugar de observadora que descalifica el rol de los subalternos se distancia de nuestra convicción gramsciana de investigar desde el lugar de los débiles a las clases dominantes. La revictimización a las víctimas del conflicto interno social y armado colombiano, lejos está de ser uno de nuestros objetivos, por el contrario, definimos desde el epígrafe como hemos entendido que el estudio de la sociedad civil es realizado a partir de estudiar al Estado o a los grupos de Estados que se han ido refiriendo en la secuencia del contenido de la investigación.
Por último, realizamos una aclaración teórica, la República no fue destruida. La tesis de Francisco Gutiérrez Sanín sobre el periodo de 1930-1950 consideramos que tiene una intencionalidad muy diferente a la que hemos expuesto en la conformación del bloque hegemónico colombiano. Esta conversación es retomada de una entrevista frustrada, tras entender las limitaciones de los tiempos académicos. La imposición de un ‘orden contrainsurgente’ en Colombia, no ha sido nuestro tema. Sin embargo, es necesario dialogar en última instancia con estas investigaciones de la historiografía colombiana reciente.
Los ‘campos ideológicos’
El artículo que elaboran Bourdieu & Boltanski (1976) en La producción de la ideología dominante, constituye una valiosa condensación de conceptos elaborados por Bourdieu en libros que compilan su producción académica Intelectuales, Política y Poder (2003) y Poder, Derecho y Clases Sociales (2000), y la obra de Las Estructuras Sociales de la Economía (2003 [2000]). Realizamos una rigurosa lectura del artículo del cual extraemos el concepto de ‘campos ideológicos’, tratando de ampliar su conceptualización en una lectura somera de estas obras complementarias.
Consideramos que Bourdieu, aun no siendo un autor de la tradición del materialismo histórico, y sí un crítico del Partido Comunista Francés, logra un acertado análisis sobre el papel de la ideología[2]. Su lectura de la ideología de la ciencia es ampliamente argumentada en una perspectiva crítica de las ideologías dominantes en la Francia de posguerras[3]. A su vez, resulta ser un escritor preocupado por el lugar de las ciencias sociales en el universo científico.
Estos elementos fueron fundamentales para retornar a su obra, en la fase final de las conclusiones de la tesis. Sin duda, entender el ‘campo de poder cultural’ desde la doble lógica de producto y modo de producción de la ‘ideología dominante’, es el punto de partida para enlazar con la caracterización teórica de los componentes ideológicos del bloque hegemónico colombiano.
Este punto de partida es clave, si comprendemos igual a la ‘ideología dominante’ en el periodo estudiado de 1930 a 1950, “tanto como producto como modo de producción” (BOURDIEU & BOLTANSKI, 1976, pág. 3), haciendo posible profundizar en las consecuencias de larga duración del bloque hegemónico colombiano, asemejando que fue el poder ideológico del discurso de la planificación y la producción de los planes de desarrollo, el que se impuso desde los años sesenta.
Reiterando que no hacemos comparaciones ni traslaciones de época y lugar de conceptos importados desde Francia. Traemos el mismo concepto que hemos elaborado en todo el desarrollo del contenido teórico e histórico de la investigación, este es, el de ‘ideologías dominantes’ definido en la obra de Bourdieu desde una perspectiva sociológica a la luz de la sociedad francesa.
Las semejanzas son causalidades en el uso de los términos y en algunas de las posiciones políticas. La ideología del progreso y el desarrollo expandida a occidente en el mundo de posguerras, supuso una adhesión política al ‘futuro de la ciencia y la tecnología’. En este contexto, denominar al “evolucionismo optimista del conservadurismo reconvertido” (BOURDIEU & BOLTANSKI, 1976, pág. 3) para diferenciarlo del “pesimismo del conservadurismo declarado” (Ibid.), encierra a la misma corriente política en una lógica con la cual es factible hallar similitudes,
Una combinación aparentemente contradictoria, el conservadurismo progresista es el trabajo de una fracción de la clase dominante que se da a sí misma como su ley objetiva lo que constituye en ley objetiva de su perpetuación, es decir, cambiar para conservar (BOURDIEU & BOLTANSKI, 1976, pág. 3).
La conflictividad política interna durante el siglo XX en Francia, es materia de otra investigación, sin profundizar más allá, Juan Roger (1957) coincide con Bourdieu & Boltanski (1976) en poner la cuestión en los polos de la «derecha» y la «izquierda». Lo desactualizado del debate, no difiere de su claridad, las clases dominantes francesas, se unen en propósito de ‘evitar’ “la subversión de un orden establecido” (BOURDIEU & BOLTANSKI, 1976, pág. 3).
Según Roger (1957) en Francia hacia 1957 ya no existía el «Partido Conservador»[4]. Las reconversiones de las alianzas partidarias en el juego de los sistemas de partidos políticos tienen algunos puntos comunes de observación. Tanto Europa como Suramérica, han tenido en la teoría la referencia de la ‘democracia’ norteamericana de Alex de Tocqueville, y en la práctica a los partidos demócrata y republicano. Las alianzas desde el centro con la izquierda y la derecha se pueden documentar en cada sistema político con ciertas variaciones menores, pero sin duda con un objetivo común, crear las condiciones de mantenimiento del poder de los intereses económicos que participan políticamente del poder legislativo y ejecutivo.
Los conceptos de Bourdieu & Boltanski (1976) resultan bastante llamativos, ‘retaguardia conservadora’, ‘vanguardia progresista’ y ‘conservadurismo ilustrado’. Estas categorías puestas en otro contexto permiten dar cuenta de la situación del Partido Conservador Colombiano en el Gobierno de Laureano Gómez (1950-1953). Como hemos referido en capítulos anteriores, las posiciones del conservadurismo laureanista fueron diluyéndose en la medida en que su antiamericanismo disminuía tras onerosos acuerdos de cooperación militar y préstamos financieros de Estados Unidos a su Gobierno. La entrevista que anexan Galvis & Donadio (1986) en su investigación sobre la reunión de diplomáticos norteamericanos con Gómez en 1951, da cuenta de las múltiples transformaciones del ideario político conservador de la época[5].
El modo de producción del discurso político que se emite como intermediación para el diseño, elaboración, implementación y evaluación de planes de desarrollo, así como para ejecutar políticas públicas por medio de las cuales se disponen recursos económicos del Estado para atender distintos niveles de necesidad sociales, culturales y socioeconómicas, permite comprender como el discurso se materializa en productos político-económicos. La definición que brindan permite clarificar la intencionalidad de su alcance,
El discurso dominante es el que acompaña a una política, una profecía que contribuye a su propia realización porque quienes la producen se interesan por su verdad y tienen los medios para hacerlo realidad (BOURDIEU & BOLTANSKI, 1976, pág. 4).
Sin mencionar ni adherir a Engels o Gramsci, Bourdieu & Boltanski (1976) incorporan nociones de la tradición, a saber, ‘la fracción dominante de la clase dominante’. La fracción dominante que elabora el discurso político comprende su principal función, esto es, “expresar y producir la integración lógica y moral de la clase dominante” (BOURDIEU & BOLTANSKI, 1976, pág. 4). En otras palabras, mantener el orden establecido evitando alzamientos o subversiones.
El papel de los agentes políticos e intelectuales que se mueven en estos ‘dos mundos’ de la academia y la administración de lo público, permitieron forjar en el pensamiento de la planificación francesa un ‘campo intelectual’, un ‘campo de poder’, por medio del cual, el discurso se materializa como producto “donde la palabra se convierte en poder” (BOURDIEU & BOLTANSKI, 1976, pág. 6).
Lo que puede resultar contradictorio en la política colombiana de los años cincuenta, no difiere demasiado de las condiciones de la política francesa, entendiendo que siendo el ‘conservadurismo progresista’ la corriente que detenta el poder del Estado, este poder de la administración del tesoro público se lleva adelante por medio de la ‘planificación liberal’[6].
La observación a la composición de la ‘ideología dominante’ alude a “una adherencia particularmente frecuente e intensa al catolicismo” (BOURDIEU & BOLTANSKI, 1976, pág. 7) que en la tradición francesa vendría desde inicios del siglo XX, como una visión de mundo que se había propuesto reconciliar diferentes posiciones políticas en la administración del Estado. Estos dos eslabones de rojos y azules están difuminados en el modo de producción del discurso dominante que conduce la política de Estado.
Sin comprometer la extensión de la definición de ‘Estado capitalista’ al territorio francés, es posible entender la definición del carácter ideológico del bloque hegemónico, a partir del concepto de ‘campos ideológicos’ [Bourdieu] dado que desarrolla una nueva perspectiva del estudio de las ideologías, distinguiéndolo de los conceptos de ‘bloque de poder’ [Poulantzas] y de ‘bloque histórico’ [Gramsci]. Conceptos con los cuales hemos definido que el Estado capitalista colombiano a partir de los años cincuenta asumió una ‘ideología dominante’ con la fórmula de conservadurismo político y liberalismo económico.
Precisamente a partir de indagar por la composición del ‘liberalismo económico’ en la obra de Bourdieu, revisamos su libro Las estructuras sociales de la economía, un estudio sociológico de la economía, en sentido de romper con las preconcepciones de una ciencia pura, extrapolando el “arraigo social de las prácticas económicas” (BOURDIEU, 2000, pág. 18). El concepto de Estado que elabora refiere a sus propios conceptos de ‘especies de capital’[7], contiene la alusión al ‘monopolio de la fuerza’ de Max Weber y las ‘relaciones de fuerza’ de Antonio Gramsci. La secuencia del análisis de la historia del pensamiento económico que estudia para concluir que el ‘campo económico es el dominio del Estado’, no se detalla en la obra, más allá de las distinciones de su concepto de ‘capital cultural’ del que elabora Gary Becker de «capital humano» (Ibid.).
El apartado ‘Principios de una antropología económica’, aborda la ‘razón económica’ desde las disposiciones y estructuras ‘socialmente constituidas’, deteniéndose a describir ‘La estructura del campo’ y ‘El habitus económico’. En el ‘campo económico’[8] comprende lo que en otras palabras Marx denomina como las ‘relaciones de producción’, pero desde el ámbito de los ‘agentes económicos’ que circulan en un ‘conjunto de empresas’, definición muy ligada a la concepción de ‘grupos económicos’ como ‘fuerzas políticas’[9].
Las luchas que se libran en el ‘campo económico’ están relacionadas con la ‘distribución del capital’ tanto en las acciones de las empresas como en la liquidez de cada agente económico. Lo que significa que la capacidad de ‘acumulación de capital’ dará lugar a las ‘posiciones dominantes’ en el ‘campo económico’, al igual que, dependiendo del poder de tal acumulación se definen las relaciones con las empresas y el Estado[10].
Al referirse al habitus económico[11], vuelve a los debates disciplinares en las ciencias sociales. Entendida la economía como una ciencia social es posible comprender los cuestionamientos a ciertas escuelas económicas, a las cuales les ha costado visualizar el orden social de la economía,
Es indudable que son muchos los que están interesados en que no se establezca ese vínculo entre […] las políticas llamadas económicas, cuyo carácter político se afirma por el hecho mismo de que se niegan a tomar en consideración lo social, y el coste social, y también económico -que, con un poco de buena voluntad, no resultaría tan difícil de calcular-, de sus efectos a corto y a largo plazo (pienso, por ejemplo, en el incremento de las desigualdades económicas y sociales resultante de la puesta en funcionamiento de políticas neoliberales y en los efectos negativos de esas desigualdades sobre la sanidad, la delincuencia, etcétera) (BOURDIEU, 2000 [a], pág. 260).
El caso estudiado por Michael Foucault del “ordoliberalismo alemán” [12] podría ampliar esta perspectiva. La planificación alemana del ordoliberalismo alemán, tiene en la Escuela de Friburgo una salida distinta a la Escuela de Frankfurt contra el nacionalsocialismo, “definir o redefinir o recuperar la racionalidad económica que permita anular la irracionalidad social del capitalismo” (FOUCAULT, 2007, pág. 134). El trabajo de retornar al liberalismo en Europa entre 1939 y 1948, resultó en la adaptación de una doctrina de liberalismo con recortes al Estado que ha dominado al mundo de la posguerra.
El pensamiento austriaco de Ludwig Edler von Mises y Friedrich A. von Hayek definieron el “neoliberalismo norteamericano”[13], estudiando la economía planificada alemana y la economía planificada soviética, para hacer posible que la ‘economía de mercado’ se expandiera al mundo a partir de 1948. Los ‘ordoliberales’ redefinieron la fórmula “la libertad de mercado como principio organizador y regulador del Estado” (FOUCAULT, 2007, pág. 149), en el cual la reformulación resulto en “un Estado bajo la vigilancia del mercado más que un mercado bajo la vigilancia del Estado” (Ibid.).
El Plan Marshall absorbió estos nuevos análisis en la reconstrucción de la sociedad europea e impuso un nuevo método de planificación en el cual la ‘economía de mercado’ se rigió bajo los designios del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio-GATT de 1947. En mismo año en que se firmó este Acuerdo, aconteció la reunión en el Mont Pelèrin [Monte Peregrino], en Suiza, en la cual se profundizó el modelo económico liberal del imperio del mercado sobre el Estado. Entre sus desarrollos pueden seguirse los Gobiernos de Margaret Thatcher [1979-1990] en Reino Unido, Richard Nixon [1969-1974] y Ronald Reagan [1981-1989] en Estados Unidos, y los Gobiernos de los sesentas y setentas en Chile y Argentina.
La crítica del sistema capitalista neoliberal que realiza Bourdieu (2000), resulta bastante pertinente, puesto que comprendemos que el modelo neoliberal es un invento europeo que tras algunas décadas finalmente se impuso con el recetario redactado por Estados Unidos en el Consenso de Washington (1989) a todo el continente latinoamericano. La misma lógica de los ‘grupos económicos’ o de las empresas de ‘agentes económicos’ que luchaban en los límites nacionales por conseguir los grandes contratos con el Estado, paso a ser la pugna internacional por la extracción de los recursos en el capitalismo monopólico.
El problema que destaca Bourdieu (2000) responde a las dificultades de los ‘pequeños productores’ que “se ven sometidos a la norma objetivamente impuesta por la competencia de fuerzas productivas y de modos de producción más eficientes” (BOURDIEU, 2000 [a], pág. 276). A lo cual, viene a referir las mismas dificultades que tuvo el proceso de unificación de los distintos estados norteamericanos,
en los años treinta, Roosevelt tuvo que establecer unas reglas sociales comunes relativas al trabajo (con medidas tales como el salario mínimo, la limitación del horario laboral, etcétera) para neutralizar los efectos destructores de la integración nacional y evitar la espiral descendente de los salarios y la degradación de las condiciones de trabajo resultantes de la integración en un mismo mercado nacional de regiones desigualmente desarrolladas (BOURDIEU, 2000 [a], pág. 276).
Estas traslaciones de época y lugar no difieren de las cuestiones de fondo, las ‘ideologías dominantes’ han pertenecido a reducidos centros de poder político y económico de las capitales tanto en Colombia, Francia o Estados Unidos. Los conflictos internos refieren precisamente a la irresuelta cuestión de unificación de las condiciones de producción en igualdad de oportunidades a regiones periféricas, tanto en los límites nacionales como entre las fronteras continentales.
El estallido de indignación nacional que produjo en Bogotá el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 evidenció las grandes diferencias regionales que han permanecido en Colombia. El auge de la zona andina, el desarrollo del eje cafetero y la economía portuaria de la costa Atlántica, contrastan con la desigualdad socioeconómica de la Orinoquía y los Llanos orientales, además del atraso económico del pacífico en el Chocó, con la gran característica de estar habitado mayoritariamente por afrocolombianos, los cuales de una u otra raíz vinieron del mismo continente africano, en los tiempos donde el sistema colonial español durante tres siglos sostuvo la importación de esclavos.
Esta breve geografía socioeconómica, da cuenta del accionar de las ‘ideologías dominantes’ para un reducido y selecto grupo que se ha sostenido en un sistema plutocrático, recordando la definición de Marco Palacios (1995) sobre el sistema democrático colombiano representado por linajes familiares de ascendencia regional.
Los debates sobre la ‘respetabilidad académica’ entre el eurocentrismo francés frente a la ‘sociología americana’ son aún más extensos y podrían ser externos a la ubicación de los ‘componentes ideológicos’ o de las ‘ideologías dominantes’. No obstante, algunas referencias pueden dar cuenta de la similitud de un mismo problema, la influencia del pensamiento norteamericano en el diseño de la administración de los Estados modernos[14].
La discusión pasa por el ‘prestigio’ de los investigadores académicos y sus vinculaciones con las asesorías al Estado capitalista colombiano. Para entender lo pertinente que sería profundizar sobre el papel del ‘campo científico’ en los términos de “una lucha, más o menos desigual, entre agentes desigualmente provistos de capital específico, por lo tanto, en condiciones desiguales para apropiarse del producto del trabajo científico” (BOURDIEU, 2003, págs. 90-91). La competencia por las asesorías intelectuales en la administración del Estado sigue siendo desigual, en un proceso de difícil formación de posiciones distintas al bipartidismo colombiano, en la carrera del reconocimiento científico de los intelectuales en la burocracia institucional.
La relación de clases e ideologías dominantes en el bloque hegemónico colombiano, supeditadas a la contratación de asesores internacionales, puede verse con notable evidencia en las misiones Kemmerer años veinte y treinta, y en los Informes económicos Currie y Lebret en los cuarenta y cincuenta. Las decisiones en política monetaria y fiscal han estado condicionadas a las asesorías exteriores que expiden balances que contendrán siempre un favorecimiento al país externo desde donde proceden las recomendaciones. Aún más complejo ha sido el traspaso de las asesorías y cooperaciones militares, en el caso de las Fuerzas Aéreas y la Aeronáutica en Colombia, vimos cómo se modificó la presencia de Alemania por la intervención de Estados Unidos.
La modernización del Estado capitalista colombiano se vio condicionada en general a las asesorías exteriores y a la mediación de colombianos educados en Estados Unidos. Al caso, corresponden las intermediaciones que realizó el Sr. Emilio Toro, colombiano director ejecutivo del Banco Mundial, quien se aseguró que la Junta Directiva del Banco de la República aprobará las condiciones de los préstamos del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, en octubre de 1948.
De esta manera puede entenderse la lucha de clases y de las fracciones de clase en el ‘campo de producción simbólica’[15]. La definición de la visión del mundo que se imprime en el diseño de las políticas económicas y militares obedece a la concepción de mantener el orden establecido para el sostenimiento del poder de las clases dominantes. Esta función del ‘capital físico’, en la lógica de ‘sitiadores’ y ‘sitiados’, es la función de la represión para impedir el alzamiento de los sometidos a vender su fuerza de trabajo, en un sistema que los reprime por la vía de la coerción física o por medio del consenso político que les reduce sus derechos laborales.
Las ‘ideologías dominantes’ en Colombia, entre 1930 y 1950, se limitaron a la fórmula del liberalismo económico y el conservadurismo político[16]. Los Partidos tradicionales fundados en 1848-1849, se hicieron del poder político, el poder económico y el poder militar, para cerrarle el camino a cualquier otra fuerza política que se propusiera ganarles el poder por la vía democrática o por la vía armada a partir de los años cincuenta.
Esta ha sido la tesis central de la investigación de la conformación del bloque hegemónico colombiano, sin ser dirigentes ni hegemónicas las clases dominantes colombianas lograron mantenerse en el poder del Estado, conciliando las contradicciones de los proyectos político-económicos en la cima del poder. Constituyeron un pacto político que les permitió solventar la confrontación armada de las bases conservadoras y liberales, dando lugar a la alternación de la administración del Estado con reparto burocrático equilibrado en cada periodo de gobierno.
Llegar a una concepción de la ‘ideología dominante’ como la refiere Arnoldo Córdova (1977) en el caso de la Revolución Mexicana, en la cual se institucionaliza el régimen revolucionario en la Constitución de 1917, no ha sucedido en la historia colombiana. El caso de la Constitución de 1991 consignó el modelo de libre comercio e institucionalizó el Consenso de Washington, con la consecuente reducción y precarización del Estado. Tampoco ha sido posible posicionar los ideales revolucionarios europeos o soviéticos en la realización de un Gobierno socialista o comunista.
Si bien las revoluciones de la independencia del sistema colonial español en 1810, brindan un marco ideológico de los próceres con Simón Bolívar como estandarte. Las contradicciones de su legado en el Partido Conservador Colombiano contrastan con el pensamiento legalista de Francisco de Paula Santander, que ha fundamentado al Partido Liberal Colombiano en una tradición de la ley sobre la fuerza. Puede aseverarse que tales principios de revolución independista forjaron al sistema bipartidista de las clases dominantes colombianas, proceso partidario que en el siglo XX no fue ni progresista ni revolucionario.
En tal sentido, comprendemos que las ideologías dominantes “deben su estructura y sus funciones más específicas a las condiciones sociales de su producción y de su circulación” (BOURDIEU, 2000, pág. 96). Obedecen tanto a las clases dominantes o a la fracción de la clase dominante que propicia su formulación como también a sus formuladores. La producción de la ideología dominante se dedica al mantenimiento del poder para la clase dirigente que tiene dominio en el poder económico, político y cultural.
Las discusiones en Francia, entre Althusser, Foucault y Bourdieu, tienen un epicentro común: Paris y su historia. Si un hilo los une es precisamente la herencia revolucionaria de los obreros de la Comuna. En distintos grados reconocen desde afuera y desde adentro del Partido Comunista Francés, el papel de la clase trabajadora en la formación social de la sociedad francesa. Bourdieu aun siendo crítico del marxismo estructuralista, coincide con Gramsci y Althusser en la interpretación de la política a partir del ‘análisis de las relaciones de fuerza’,
[al] ver en el derecho y la jurisprudencia un reflejo directo de las relaciones de fuerza existentes, donde se expresan las determinaciones económicas, y en particular los intereses dominantes, o bien, como dice claramente el lenguaje del Aparato, reactivado por Louis Althusser, un instrumento de dominación (BOURDIEU, 2000, pág. 166).
Aún en la crítica, señala la ausencia del análisis del ‘discurso jurídico’ en la tradición marxiana, asunto complejo de adherir si no se entiende la Critica a la filosofía del derecho de Hegel¸ que Marx escribiera en 1848 y que Giorgio Agamben (2003), también paso por alto. La génesis de ‘las fuerzas históricas’ del derecho, radica en ser uno de los instrumentos de dominación del aparado de Estado.
Sin embargo, el crédito a darle está en que realmente el ‘discurso jurídico’ como producto crea un ‘universo social’[17]. Fueron los decretos del ‘Estado de sitio’ de 1949, los que produjeron la legislación de represión a la protesta social, la censura a la prensa y la restricción de la opinión pública fue este ‘discurso jurídico’ convertido en ley en los años sesenta, el que legitimó la represión física contra el alzamiento social que ha enfrentado al Estado capitalista colombiano.
El ‘nuevo derecho’ que representó la Ley de los Llanos, podría asumir una nueva interpretación a partir del entendimiento del ‘discurso jurídico’. Ese ‘orden simbólico’ que representa la redacción de una Constitución de un ‘nuevo Estado revolucionario’ al interior del Estado capitalista. Tal intento ‘subversivo’[18] comprendió un trabajo acumulado de la experticia del ‘campo jurídico’, al construir una nueva legislación el sujeto revolucionario del ‘formalismo jurídico’, permitió instaurar un ‘nuevo orden’ en los Llanos orientales colombianos, aquel que posibilitó declararse en contra del orden establecido.
Los partidos políticos
La misma historiografía colombiana lleva de nuevo al plano teórico, de la mano de Gutiérrez Sanín (2017), a referir y engrandecer los postulados de Maurice Duverger (2010) en Los Partidos políticos. Un análisis de ‘los Partidos’ en cuanto “los problemas de la evolución de las estructuras […] su número y sus relaciones recíprocas [y] su papel en el Estado […]” (DUVERGER, 2010 [1951], pág. 9).
El punto de partida es “El origen de los Partidos”, el cual conlleva a una detallada exposición que se extiende en dos apartados “La estructura de los Partidos” y “Los sistemas de Partidos”, conteniendo las claves de interpretación para entender la composición de la ‘estructura’, los ‘miembros’, la ‘dirección’ y sus diferencias con la ‘autoridad’ y los ‘dirigentes’. En cuanto al ‘sistema de partidos’, aporta definiciones claves en términos de ‘multipartidismo’, ‘partido único’ y ‘alianzas de partidos’, como en la relación con los ‘regímenes políticos’ con la ‘estructura del Gobierno’.
La breve alusión sobre la historia de los partidos políticos en Francia puede ampliarse con la obra de Maurice Duverger (2010), en la cual realiza un análisis de ‘los partidos’ en cuanto las estructuras internas, el número de partidos, las relaciones entre los partidos y ‘su papel en el Estado’ (DUVERGER, 2010 [1951], pág. 9). Resultando un valioso material para la definición del concepto de ‘alianzas de partidos’. Es un autor, importado a la historiografía del trópico colombiano por Francisco Gutiérrez Sanín en su obra La destrucción de una república, a partir de la cual define a los partidos tradicionales como partidos de notables, en su preocupación por descomponer su ‘organización interna’, en clave de entender el funcionamiento de los directorios.
La trayectoria de Maurice Duverger, investigador francés en el campo jurídico y político, lo llevaron a publicar su obra en 1951. El acumulado de conocimiento teórico fue llevado a la práctica, al ser electo como eurodiputado en 1989. Su obra tiene un conocimiento teórico y práctico del sistema de partidos europeos, reflejado en cada definición de las células comunistas o de las milicias del fascismo. Las alianzas entre los partidos cristianos y socialistas resultan pormenorizadas. Al caso, queremos revisar en estas últimas notas de conclusiones o contestaciones teóricas, el concepto de ‘alianzas de partidos’.
Lo primero que menciona son las formas y los grados de las alianzas partidarias[19]. En cuanto a la capacidad de duración, estás tendrán un carácter provisional (coaliciones) o indefinido (alianzas). Entre los factores, ubica el ‘número de partidos’, en lo que encontramos la fórmula del bipartidismo, la ‘Unión Nacional’ (DUVERGER, 2010 [1951], pág. 350). Resalta también distintas situaciones de las alianzas partidarias, en el ‘plano electoral’ con las coaliciones de partidos en las elecciones, y en el ‘plano gubernamental’ o parlamentario una vez electos.
Las ‘alianzas’ como ‘uniones durables’ pueden estar presentes de ‘forma vertical’ en las elecciones, en el parlamento y en el Gobierno. Las de ‘forma horizontal’ están relacionadas con “las alianzas de izquierda o derecha, la unión de los centros o concentración, la conjunción de los extremos y las diversas ‘uniones nacionales’” (DUVERGER, 2010 [1951], pág. 362). Estas formas de alianzas partidarias tienen múltiples expresiones durante el siglo XIX y XX, en las idas y vueltas de la reorganización de los regímenes europeos de la Monarquía a la República, en autóctonos formatos de ‘democracias’ con elecciones populares.
En el caso del bipartidismo colombiano del Partido Liberal y el Partido Conservador, la fórmula de la ‘Unión Nacional’ está registrada desde 1916[20]. Sosteniéndose como una ‘comunidad de intereses’ político-económicos entre los empresarios y representantes de los partidos tradicionales. La ‘geografía política’ además de su ‘forma horizontal’ puede visualizar el plano del regionalismo político y las rivalidades de los departamentos del Valle y Antioquia, en una explosiva puja contra Bogotá.
Rivalidad que surge de las diferencias entre las tendencias del federalismo expresadas en la Constitución de Rio Negro (1863) y la condensación del centralismo de la Constitución de 1886. Manteniéndose en los años cuarenta con la predominancia de Antioquia en las sociedades industriales y agrarias, al dominar en la Federación Nacional de Cafeteros y concentrar el desarrollo de las industrias de textiles.
La ‘Unión Nacional’ fue posible desde el 13 de marzo de 1909, con la generación del centenario llevando adelante la ‘Unión Republicana’ (MESA, 1983, pág. 109). La Asamblea Nacional que reformó la Constitución de 1886 fue instalada el 15 de marzo de 1905[21]. Gutiérrez Sanín (2017: 64) la denomina “Asamblea Constituyente de 1910” y refiere que fue presidida por el general Ramón González Valencia. La fragmentación regional de los partidos políticos colombianos tiene en estos antecedentes algunas de las raíces de sus divisiones y alianzas.
La revisión del fin de la ‘Regeneración Conservadora’ y la elección del Gobierno liberal de Enrique Olaya Herrera (1930) le permite a Gutiérrez Sanín (2017) ubicar la organización de los partidos como su objeto de estudio. La tesis de la ‘destrucción de una república’ aun admitiendo la fatalidad del término, sólo se refiere al cambio de Partido al final de lo que denomina ‘República Liberal’ (1930-1946).
Diferimos de concluir con un ‘final de nuestro recorrido republicano’ (GUTIÉRREZ SANÍN, 2017, pág. 595), puesto que hemos argumentado que, a diferencia de demostrar un ‘final’ o una ‘destrucción’, durante el periodo 1930-1950, si se quiere sumando los antecedentes de la ‘Regeneración’, lo que ocurrió fue la conformación del bloque hegemónico colombiano, con su ‘fórmula política’ de un conservadurismo político y un liberalismo económico, muy en sintonía de la interpretación del término de Gaetano Mosca.
El análisis político de la ‘destrucción’ ciertamente se concentra en demasía en la fuerza represiva. Está dedicado a la ‘dimensión estratégica’ mucho más que a la ‘dimensión ideológica’, la cual es uno de nuestros hilos conductores. En el sentido del “cierre del universo político” (DE ZUBIRÍA SAMPER, 2015), realmente no existió apertura democrática, las elecciones siguieron en manos de los mismos partidos políticos.
La modificación del cambio de los gobiernos conservadores en 1930, no difiere en mayor medida al de los liberales en 1946. El sistema de ‘Unidad Nacional’ de 1910, tiene lazos estrechos con el ‘Frente Nacional’ de 1958[22]. Es decir, el sistema de partidos colombiano desde 1910 hasta 1990, se mantuvo en un formato de alternación de poder en un campo restringido del bipartidismo.
La ilusión de una República ‘democrática’, ha estado más ligada al desarrollo de la división de poderes ejecutivo, legislativo, judicial y, agregado en Colombia por legado de Bolívar, el poder de control político de la Procuraduría General, que realmente a la actividad de rotación de los cargos de elección popular. La modernización de la República ha tenido serias dificultades en más de dos siglos de constituida. La alternación del poder tuvo leves variaciones en la sucesión de las familias de los próceres que se hicieron de las carreras públicas. Hasta el Gobierno de Olaya Herrera (1930-1934) el voto universal masculino estuvo restringido a los dueños de capital, y sólo hasta 1954, en el Gobierno Militar de Rojas Pinilla, se extendió el sufragio universal a las mujeres.
Destruir una república, por el cambio del Gobierno en 1946, no revela un determinante de lo destruido. Si en todo caso, se quiere hacer la alusión a las ruinas que dejo el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, la destrucción de Bogotá fue esquivada por las grandes naciones republicanas que, unas semanas después continuaron con el desarrollo de la IX Conferencia Panamericana. Lo que, si apuntaron a destruir, fue la posibilidad de desplegar el ideario comunista en el continente americano.
En los términos de ‘continuidad y cambio’, coincidimos con su afirmación en cuanto a que el “eje izquierda-derecha es fundamental para comprender la política moderna” (GUTIÉRREZ SANÍN, 2017, pág. 632), y claro, la caracterización que este eje supone a los partidos tradicionales ubica en la derecha al Partido Conservador, y en la derecha, centro al multiclasismo y faccionalismo del Partido Liberal, es imposible categorizar en estos partidos algún atisbo de izquierda.
El estudio de los ‘Programas’ de los partidos políticos requiere de una mayor dedicación, hubiéramos tenido que revisar la documentación de cada Convención, en la cual se realizaron reformas a los Estatutos y Programas de cada partido. Asunto que por lo demás, casi nunca queda registrado con documento público de Actas y participantes de los debates fundamentales para analizar los niveles de facciones, fracciones o fragmentaciones, sino que requiere una investigación-participante que a veces resulta muy subjetiva para la clasificación de las pugnas internas en cada partido político.
Estas últimas notas son parte de un diálogo interrumpido con el profesor y el autor de la tesis sobre La destrucción de una república, una manera de encontrar las respuestas a una entrevista que no tuvo lugar, acerca del ‘estudio de los partidos políticos colombianos en la primera mitad del siglo XX’. Redactamos este breve diálogo con su obra, en la lógica de entender sus reflexiones sobre las “identidades partidarias” en las cuales persiste como objetivo de investigación la especificidad colombiana de mantener una convivencia estable entre democracia y altos niveles de represión, sin acceder ni excavar en tal ‘dimensión estratégica’.
De una República que quisieron destruir al orden contrainsurgente impuesto
El problema de las ‘autodefensas’ lo mencionamos como una de las incitaciones a la toma de las armas que anunció el Partido Conservador Colombiano desde las tribunas de sus representantes políticos en la ‘pequeña violencia’ de 1931-1933 y luego de los hechos de la masacre de Gacheta en 1938. Estos atisbos de violencia fueron desatados sin freno alguno, después del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán. La violencia de rojos y azules en las bases del pueblo colombiano primero fue ejercida en defensa de las posiciones de los directorios de cada partido tradicional. Luego persistieron las luchas de las guerrillas liberales y comunistas organizadas contra el Gobierno conservador de Laureano Gómez.
Las autodefensas fueron una creación del derecho de ‘legítima defensa’ que promulgó el Partido Conservador. Por lo cual, constatamos que las armas en organizaciones paramilitares al servicio de intereses económicos para la defensa de la propiedad privada es un tema de larga duración en la historia colombiana. La obra Orden contrainsurgente y dominación de Vilma Liliana Franco Restrepo (2009) ha puesto el problema del orden y la violencia, en los términos de “producción y reproducción del orden, y, por tanto, de exclusión de cualquier otro orden posible” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 31).
En términos de concluir la caracterización del bloque hegemónico colombiano, reiteramos que el conservadurismo político tiene su máxima expresión en el carácter represivo hacia lo que considera problemas de ‘orden público’. Esta constante de larga duración en la historia colombiana hizo que realizáramos una contestación a la obra que referimos, con el fin precisamente de comprender el sentido de la investigación sobre el ‘bloque contrainsurgente’[23].
Situamos el surgir de las guerrillas en el Llano, al igual que en distintas regiones de Colombia, a finales de la década del cuarenta, a raíz de la represión ejercida contra los pueblos liberales desde la asunción del Gobierno de Mariano Ospina Pérez (1946-1950). El pueblo llanero confrontó el monopolio de las armas al Estado desde los comandos y las juntas que conformaron los gaitanistas, hasta la creación formal de las guerrillas que han sostenido la lucha armada contra el Estado capitalista colombiano desde los años sesenta.
Este que sería el inicio de lo que han denominado ‘bloque contrahegemónico’ es un estudio realmente pendiente de investigación. Su contrario, el ‘bloque contrainsurgente’, es un concepto que queremos diferenciar del que hemos elaborado, a partir de indagar en las crisis y los procesos la conformación del bloque hegemónico colombiano.
La obra busca el papel del Estado colombiano en la conformación del ‘bloque de poder contrainsurgente’, tanto en la composición e involucramiento de las instituciones militares y jurídicas, como en el accionar de los sectores subalternos que han cooperado con el mantenimiento del poder de las clases dominantes. Aborda el concepto de Poulantzas (1969) del ‘bloque en el poder’ en clave de entender las relaciones que construye en el Estado capitalista. Entendiendo el mantenimiento del orden que instaura el ‘bloque de poder contrainsurgente’ al poner en funcionamiento una estructura paraestatal, en cuanto mecanismo de una práctica coercitiva legitimada desde el Estado.
La secuencia temporal de la conformación del ‘bloque contrainsurgente’ consta de tres ciclos referidos por la autora: 1] régimen consociacionalista y auge de la Guerra Fría (1948-1965); 2] reorganización de la fuerza y la reestructuración del bloque contrainsurgente (1978-1982); y 3] fin de la Guerra Fría y la formulación de la nueva Carta Constitucional (1989- 1994) (FRANCO RESTREPO, 2009, págs. 261, 264, 267). Puede agregarse según sus referencias un último ciclo, 4] del neoliberalismo al ‘Estatuto de Vigilancia y Seguridad Privada’ o renovada legalización del paramilitarismo (1995-2006).
Según la secuencia, la investigación de la ‘legítima defensa’ de las autodefensas anti-insurgentes en Colombia, tiene una debilidad en los saltos cronológicos de la perspectiva histórica que aborda entre los años 1946 y 2006. Esta ausencia de sistematicidad historiográfica no demerita la exploración de los problemas investigados, resultando ser esta lectura-escritura una manera de aproximarnos a ese extenso periodo no abordado formalmente en la investigación doctoral 1950-2006.
Las cuestiones sobre la ‘legítima defensa’ en cuanto “violencia ejercida por el paramilitarismo” y la motivación de “organización y movilización para la guerra contrainsurgente” (FRANCO RESTREPO, 2009, págs. 62, 84), están direccionadas principalmente desde el campo de la filosofía del derecho. Esta perspectiva filosófica enraíza su conocimiento en los fundamentos sobre la justicia, los cuales determinan el análisis de la legitimidad del uso de las armas. En una lógica en la cual, la ‘dimensión estratégica’ del lenguaje de la guerra entra como centralidad en la indagación sobre la reproducción del orden contrainsurgente.
El lugar de la enunciación del reconocimiento del paramilitarismo como un objeto de estudio, desde la rigurosidad de la filosofía jurídica y política, tiene en primera persona un sentido subjetivo que permite visualizar las narraciones, desde la infancia que relata en la introducción hasta la formación profesional que se cuestiona sobre el fenómeno investigado. Asentir la empatía que puede transmitir la investigadora con su objeto de estudio, pareciera confundir las diferencias de posición con el accionar develado, más aún en las referencias que realiza hacia los subalternos. Esta encrucijada, la hemos constatado al darle voz al contrincante, referenciar sus palabras resulta una maniobra de riesgo, al saber que existe un lector desprevenido o una traducción malintencionada que puede modificar el sentido crítico de su labor.
El objeto de estudio de ‘la guerra contrainsurgente’ del aparato de Estado colombiano, refiere a la “acción conjunta entre bloque en el poder y sectores de apoyo” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 42). El papel de los subalternos, su configuración y determinación histórica, como las intersecciones entre legalidad-ilegalidad y coerción-consenso, constituyen una investigación reciente en la historiografía colombiana que tiene como marco teórico fundamental las obras de Nicos Poulantzas, en diálogo con los clásicos de la teoría política polemizando la concepción sobre el derecho de ‘legítima defensa’.
La condición de los ‘subalternos’ del bloque contrainsurgente, difiere del análisis gramsciano respecto a esta categoría. La obra supone un lugar de los débiles al servicio de los mercenarios. Dando en distintos lugares un tratamiento verbal hostil hacia las víctimas del conflicto armado o hacia los campesinos desplazados. En la interpretación cuesta seguir la defensa de una postura crítica, dado que cada argumento pareciera afirmar una secuencia entre la versión del agresor y la teoría de la violencia.
Al mejor estilo, Gramsci advirtió que la “revolución de los bolcheviques” era una “revolución contra El Capital de Karl Marx” (GRAMSCI, 2015, pp. 141-142), a lo cual vale decir que la interpretación del conflicto armado colombiano a la luz de un ‘marxismo burgués’[24] puede arrojar conclusiones en contravía de la lucha de clases. El pueblo colombiano que ha sido sometido a la subordinación es el mismo que ha padecido toda la precarización de los derechos sociales a medida que se conforma y mantiene en el poder tal ‘bloque contrainsurgente’.
La ‘guerra civil’[25] que se narra desde el bloque contrainsurgente, resulta ser la guerra de las clases dominantes con apoyo de los subalternos contra un declarado ‘enemigo interno’, no es ya La Guerra Civil en Francia, ni menos la exaltación a los oprimidos para alzarse contra sus verdugos[26]. La preocupación es “la producción de la violencia en la guerra civil” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 533), describiendo distintas versiones de los motivantes que han tenido los perpetuadores de la crueldad. El mercenario, paramilitar, ‘guerrero’ o soldado, según Franco Restrepo (2009) hace parte de una “sociedad subalterna” (Ibid. pág. 534). Los ‘rebeldes’[27], aquellos que no pertenecen, serían el objetivo contra el cual se organiza ‘desde arriba’ una ‘guerra civil’ para confrontarles.
La centralidad de las cuestiones de ‘seguridad’ y ‘defensa’ en las obras de Francisco Gutiérrez Sanín[28] y Vilma Liliana Franco Restrepo (2009) destacan el papel que estos temas ocuparon en la agenda política durante la segunda mitad del siglo XX en Colombia. Durante este periodo fue ubicado el “componente militar en el centro de la sociedad a través de la redefinición de sus funciones de defensa” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 91). La extensa marca temporal entre los ‘cincuenta y sesenta’ y la ‘década de los noventa’, describe los saltos históricos, al ir y venir temporalmente en la influencia que ha tenido la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos en los lineamientos de política militar en Colombia.
Franco Restrepo (2009) aunque no relaciona el papel otorgado al aparato represivo en el Estado moderno desde la promulgación de la Constitución de la Revolución Francesa (1791), al plasmar el artículo de la invención del ‘Estado de sitio’ que crea el mecanismo para reprimir a la clase obrera[29]. Comprende con claridad la semejanza que el concepto de ‘acumulación originaria’ representa para la acumulación de capital en el desarrollo del Estado capitalista colombiano[30].
De la noción de ‘seguridad’ pasa a analizar el ‘modelo de seguridad’ a partir de la constante del Estado de Sitio (Constitución de 1886) y el Estado de Conmoción Interior (Constitución de 1991). Este punto resulta relevante en cuanto precisamente es una de las caracterizaciones del bloque hegemónico colombiano, siendo la inclinación represiva contra la ‘perturbación del orden público’ el factor determinante del conservadurismo político.
El análisis sobre la promulgación del Estatuto de Seguridad Nacional en 1978 sobrepasa la extensión temporal del estudio realizado de las crisis y los procesos acontecidos entre 1930 y 1950. Sin embargo, es Franco Restrepo (2009) quien ya se ha encargado de relacionar la carga contrainsurgente de la ‘seguridad’ y el peso que esta Ley Estatutaria ha tenido en la lucha contra la insurgencia hasta la primera década del siglo XXI.
Realizamos la conexión de la caracterización represiva del conservadurismo político desde la ‘pequeña violencia’ (1931-33) en continuidad con la gran Violencia de los años cincuenta. Comprendiendo que desde los Gobiernos conservadores de Mariano Ospina Pérez (1946-1950) y Laureano Gómez (1950-1953), se institucionalizó el uso represivo de las fuerzas de coerción legitimado con el cierre del Congreso y la promulgación del Estado de sitio en 1949.
Este ‘Estado de sitio’ se convirtió en permanente, dado que los decretos promulgados fueron convertidos en leyes durante los años sesenta e incorporados en el Estatuto de Seguridad Nacional en 1978. Esta constante del conservadurismo político conecta en la historia reciente con el Decreto 3222 del 27 de diciembre de 2002, por el cual se reglamentó el ‘Estatuto de Vigilancia y Seguridad Privada’, el cual legalizó durante el primer Gobierno de Álvaro Uribe Vélez al fenómeno del paramilitarismo (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 113).
La distinción entre la conformación del bloque hegemónico colombiano y la definición de ‘bloque contrainsurgente’, se realizó precisamente para distanciarnos de la inclinación que se ha desatado sobre los estudios del fenómeno del ‘paramilitarismo’ en la última década. Las consecuencias que esto ha tenido, en términos de las orientaciones políticas y las recepciones académicas de la obra, aún estamos advirtiéndolas. Aun así, consideramos pertinente contestar a la investigación de Franco Restrepo (2009), en cuanto reconocemos que ha realizado una ardua labor de excavación política a los fundamentos filosóficos de un fenómeno aniquilador.
Mencionamos algunas de las referencias que realiza sobre las obras de Poulantzas, con las cuales, tal vez, clarificamos nuestra distancia. Si la ‘defensa del aparato jurídico-político’ no hace referencia a un ‘interés general’ sino a la ‘articulación institucional’ entendida como “condensación material de la correlación de fuerzas entre fracciones de clases que determina la realización de algunas de las finalidades que le han sido atribuidas”[31], es claro que el ‘bloque en el poder’ no representa la totalidad de las clases dominantes que mantienen el poder del Estado[32].
Entendiendo esta interpretación del concepto de ‘bloque en el poder’ en Poulantzas (1969), esta fracción de las clases dominantes no defienden el Estado de derecho, sino el ‘régimen de producción’ que les permite conservar el ‘fraccionamiento de la sociedad’ en clases sociales desiguales (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 161). En los términos de Maurice Duverger (2010 [1957]) esta ‘alianza’ corresponde al tipo de ‘coalición’[33] entre fracciones de clases dominantes que conjugan una unidad de intereses político-económicos, sin mencionar directamente los partidos políticos a los cuales responden, aunque sí, algunas de las empresas que representan.
Al reconocer que existen fracciones de clases dominantes en la ‘reorganización de la hegemonía’[34], es entendido que no existe una sola hegemonía al interior de las clases dominantes colombianas porque no ha existido un proyecto político de una clase dirigente que logré el monopolio de las armas del Estado neutralizando la confrontación de esos bloques hegemónicos. Las clases dominantes tradicionales con el ‘bloque contrainsurgente’ también ha generado divergencias en las alianzas de clases en el mantenimiento del poder del Estado.
En la investigación Franco Restrepo (2009) destaca las fracciones entre el sector agrario de los terratenientes que ha tenido una confrontación directa con el sector industrial y comercial, en cuanto diferencias en el entendimiento de la defensa de la propiedad privada. La propiedad territorial difiere de la propiedad de la fábrica o la propiedad de la fuerza de trabajo que comercializa productos.
Por tanto, es comprensible que estas diferencias hacen posible entender que para las fracciones de las clases dominantes “defensa y expropiación de la propiedad privada no son en esencia procesos contradictorios sino que su simultaneidad revela dos partes de un mismo proceso” (FRANCO RESTREPO, 2009, págs. 209-210). El proceso de la acumulación capitalista de una ‘fracción hegemónica’ que domina al ‘bloque en el poder’, en un ejercicio de poder que realiza un equilibro de intereses político-económicos confrontados cuando no pueden ser consensuados.
La forma concreta de la propiedad privada capitalista que defienden las fracciones dominantes que constituyen el ‘bloque contrainsurgente’ es la que ha sido acumulada por el proceso de despojo de la tierra y de la fuerza de trabajo. En tal sentido, “la guerra contrainsurgente es un gasto productivo que sirve a la reproducción del capital” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 217).
El argumento es claro, la ‘descentralización’ o ‘reorganización del monopolio de la fuerza estatal’ responden a un “orden unitario de la fuerza que favorece al poder del Estado”[35]. Este poder, es la legitimación de la defensa de la propiedad privada que ha sido acumulada a partir del desplazamiento forzado del campesinado colombiano.
El ‘bloque de poder contrainsurgente’ es una parte del ‘bloque en el poder’ que se ha mantenido en el Estado colombiano, durante la extensión temporal de 1946 a 2006. Es decir, desde los Gobiernos conservadores que desencadenaron una transición dictatorial antes de pactar el régimen del consociacionalismo. La conformación del bloque hegemónico colombiano la hemos definido en un desenvolvimiento de las crisis y los procesos que acontecen entre 1930 y 1950, en una caracterización de conciliación de intereses político-económicos entre el conservadurismo político y el liberalismo económico.
Poulantzas (1970) en la obra Poder político y clases sociales en el Estado capitalista, desarrolla el concepto de ‘bloque en el poder’ en términos de la ‘unidad y autonomía relativa del tipo capitalista de Estado’ a partir de los cuales examina la “función específica en las relaciones de las clases y fracciones dominantes dentro de una formación capitalista” (POULANTZAS, 1969, pág. 387).
El ‘campo general de la lucha de clases’ hace que retomemos brevemente el análisis de Miriam Limoeiro (1975), respecto a los niveles en los cuales se desenvuelve la ‘lucha de clases’, donde se confunde el poder político con el poder ideológico. Tema al que nos dedicamos en el marco teórico, en razón de establecer las múltiples interpretaciones de la metáfora del edificio de la ‘infraestructura’ y la ‘superestructura’[36]. Contestar a la totalidad de la obra de Poulantzas (1969) es desbordante, simplemente generamos este enlace como punto de conexión de la interpretación del sentido que le otorga Franco Restrepo (2009) en la definición del ‘bloque contrainsurgente’.
La ‘coexistencia’ de “fracciones de clases constituidas en el bloque en el poder” (POULANTZAS, 1969, pág. 387) orienta la elaboración conceptual de Franco Restrepo (2009), sobre las fracciones de clases que han constituido la dominación del orden contrainsurgente en Colombia entre 1946-2006. La relación por la cual coexisten obedece a la formación social del modo de producción del Estado capitalista colombiano, un régimen de acumulación primario-exportador que ha generado la acumulación de capitales a partir de la ‘usurpación’[37] de recursos estratégicos, a manos de multinacionales extractivistas de hidrocarburos principalmente, pero también de minerales y enclaves agroindustriales.
De esta manera la propiedad privada territorial es defendida por la clase social de terratenientes, aliados con los intereses de defensa de la propiedad de los sectores de la burguesía ‘comercial, industrial y financiera’. La unidad de las ‘fracciones dominantes’ ya no sólo estaría orientada por la ‘clase dirigente’ en la concepción gramsciana, sino sería una “unidad dominada por la clase o fracción hegemónica” (POULANTZAS, 1969, pág. 387). De esta unidad de clases depende la ‘unidad del poder de Estado’ en cuanto condensa los ‘intereses específicos de esa clase o fracción’ (Ibid., págs. 388-389), subordinando a sus intereses a las demás fracciones de clases que participan del ‘bloque en el poder’.
La ‘clase o fracción hegemónica’ no quiere decir bloque hegemónico colombiano, aunque su definición pueda resultar de gran ayuda en la interpretación de su conformación. Al no lograrse constituir una ‘clase dirigente’ que logre la hegemonía política, económica, cultural, militar e ideológica (Gramsci, 1986). Puede entenderse que desde finales de los sesenta la obra de Poulantzas (1969) logró comunicar una constante política en la historia de Grecia y Francia.
La lucha de clases sociales, desde que fuera estudiada por Marx y Engels en 1848, había sido librada entre ‘fracciones de clases dominantes’ y ‘clases de subalternos’. Esa realidad se corresponde con una singularidad en el caso de Colombia, a pesar de las ‘contradicciones’, principal y secundarias, las clases dominantes colombianas han logrado mantenerse en el poder del Estado, en un relevo administrativo que constituye el simulacro de la democracia del bipartidismo durante el siglo XX.
La singularidad colombiana pasa entonces por comprender precisamente en el trabajo de Franco Restrepo (2009) el ‘papel del Estado’ en la conformación de las fracciones de clases dominantes y de las clases de subalternos que participan del ‘bloque en el poder’. No obstante, en nuestra investigación en específico, es necesario entender y diferenciar como objeto de estudio a las clases dominantes que han conformado el bloque hegemónico colombiano.
La ‘unidad política’ que ha permitido el mantenimiento del poder del Estado capitalista colombiano, pasa precisamente por comprender que la existencia de la ‘fracción hegemónica’, que equivale a la ‘clase dirigente’, no está en una sola ‘fracción dominante’, sino que conforman un bloque hegemónico con la alianza de las clases dominantes que hacen parte de la fórmula del liberalismo económico y el conservadurismo político.
La ‘fracción hegemónica’ comprende la cúpula del bipartidismo, una alianza de partidos que desde sus directorios lograron superar las contradicciones de sus intereses político-económicos para crear un pacto político de consociacionalismo con el Frente Nacional (1958-1974). El papel organizador de los ‘partidos burgueses’, a los cuales hemos preferido denominarlos ‘partidos tradicionales’, por la composición ‘multiclasista’ que les caracterizó, en mayor medida al Partido Liberal pero también al Partido Conservador.
Lo revisamos con la obra de Maurice Duverger (2010 [1957]) al estudiar unas definiciones generales de los partidos políticos europeos, con las cuales pueden analizarse los partidos políticos colombianos, manteniendo la distancia. Estos análisis permiten comprender la composición del sistema de partidos, con mayor acento en los poderes visibles en elecciones democráticas, en el poder ejecutivo y en el poder legislativo. Sin embargo, la composición del bloque hegemónico va más allá de las contiendas electorales por los cargos de elección popular.
El proceso de las revoluciones burguesas, que constituyeron las distintas vertientes políticas partidarias en Europa, difiere de la revolución de independencia del sistema colonial español y las guerras civiles nacionales que dieron lugar a los partidos tradicionales en Colombia. El desarrollo del Estado capitalista colombiano no ha tenido tampoco las características de los Estados capitalistas europeos, en la concepción de las revoluciones burguesas (industrial y francesa) que confrontan a la República contra la Monarquía, o en el alzamiento del proletariado industrial contra las mismas clases revolucionarias de la burguesía.
La formación social capitalista de Colombia hace parte de lo que Aricó (2010) denominó ‘sociedades no típicamente burguesas’ (ARICÓ, 2010 [1980], pág. 82), fue desarrollada a partir de un largo proceso de descolonialización del modo de producción primario-exportador, el cual persiste en los rasgos del neocolonialismo extractivista.
Se puede entender que al son de la ‘Unidad Nacional’ vuelve el grito de independencia de Bolívar. Al sonar la trompeta, todas las generaciones del pueblo colombiano en todos los matices políticos se unen en el llamado patriótico del libertador. Esa ‘unión de intereses’ se comunica ‘desde arriba’ por medio de las interconexiones familiares de los próceres de la independencia que conservan la tradición de la ‘plutocracia’ que liga genéticamente al bipartidismo. A la vez que, es la inspiración ideológica de los movimientos sociales y ha sido la bandera de las luchas guerrilleras. Esta compleja singularidad tiene un legado de dos siglos, si se suman los genes indígenas, el arraigo contradictorio se vuelve milenario e indescifrable.
Por ende, la ‘unidad política’ en el poder del Estado que analiza Poulantzas (1969) desde Francia[38], lejos está de ser la misma ‘Unidad Nacional’ que se constituye en Colombia a partir de la Asamblea Constituyente de 1910. José Aricó (2010) en Marx y América Latina, indaga precisamente la “dificultad histórica real” (ARICÓ, 2010 [1980], pág. 84) de las traslaciones del pensamiento europeo al latinoamericano, en un caso controversial, la interpretación que dejó Marx sobre el libertador de La Gran Colombia, desde su escrito publicado en el New American Cyclopaedia, titulado Bolívar y Ponte[39], en el cual puede leerse la asimilación de Bolívar con “un tipo de dictador bonapartista” (ARICÓ, 2010 [1980], pág. 158).
El fondo real está puesto en “el examen del sistema colonial como parte del sistema capitalista” (ARICÓ, 2010 [1980], pág. 94) a partir del análisis de la crisis económica del Estado burgués en 1847, los cuales fueron plasmados en los escritos de Marx y Engels sobre las revoluciones europeas de 1848-49. La distinción de la formación social del Estado capitalista colombiano con los Estados capitalistas europeos retoma el planteamiento de Poulantzas (1969), sobre la destrucción del mito de una burguesía sin fracciones dominantes en el pasado y la conformación de una ‘fracción hegemónica’ a partir del desarrollo del capitalismo monopolista de Estado[40]. O lo que podría resultar semejante, en la continuidad de las relaciones de dominación entre el Estado colonial y el Estado actual.
La cuestión sobre los países con sistemas coloniales en Marx, tendría que seguirse hasta los Gundrisse, siguiendo las interpretaciones de Aricó (2010 [1980]). Dado que en estos escritos profundiza sobre la situación de los trabajadores en la ‘nación dependiente’ y la lucha de clases en la ‘nación dominante’ a partir de la necesidad de la emancipación nacional de Irlanda y la búsqueda de una emancipación social en Inglaterra. La singularidad de nuestra historia de independencia del sistema colonial español en 1810 hace que este tema se enlace con el “conflictivo problema de las relaciones entre lucha de clases y lucha nacional” (ARICÓ, 2010 [1980], pág. 106).
Si bien no podemos sostener una tesis que corroboré la persistencia de una ‘fracción hegemónica’ en el ‘bloque en el poder’ desde los procesos de independencia hasta la conformación del bloque hegemónico colombiano entre 1930 y 1950, dado que las interconexiones familiares son una investigación de larga duración en la historia colombiana, que no se define en las conclusiones de un corto periodo de dos décadas.
Si es posible sostener que el problema de la soberanía nacional en el tardío desarrollo de la formación social capitalista en las nuevas Repúblicas de América Latina, además de las dificultades sobre la construcción de los ‘Estados independientes’, ha tenido una persistente lucha por superar la dominación política y económica del imperialismo capitalista norteamericano (ARICÓ, 2010 [1980], pág. 146).
La independencia política que fundó a la República de Colombia tuvo que afrontar la “nueva realidad emergente del derrumbe del orden colonial” (ARICÓ, 2010 [1980], pág. 151). Con el nuevo orden de la independencia, la soberanía política ha tenido que lidiarse con el desarrollo de una nueva “formación económico-social”[41], bajo la dirección de unas clases dominantes que han conducido el régimen económico.
En el caso colombiano la ‘autonomía relativa’ del Estado capitalista, no está dada en los mismos términos por los cuales el sistema presidencialista pueda engendrar un emperador en un país republicano. La inclinación de la burguesía europea a retornar al régimen del Imperio ha estado fuera de lugar en la historia colombiana. La autonomía que ha tenido el Estado en la división de poderes, respecto al accionar de las instituciones en sintonía o contravía con los intereses de la ‘fracción hegemónica’ de las clases dominantes, corresponde a la distribución equilibrada de los ministerios y de la elección de los cargos representativos de las ramas del poder judicial entre las distintas facciones del liberalismo y del conservadurismo.
De esta manera damos paso a la condensación de unos apartados finales que tienen el objetivo de responder a unas conclusiones a modo de engranaje de toda la investigación del archivo histórico y de las fuentes secundarias que dieron lugar a la lectura e interpretación de múltiples estudiosos de la historia colombiana. A la vez que esta historia se articula con el criterio histórico-político desde el paradigma del materialismo histórico, en clave de aportar al entendimiento del papel que ha tenido el país de la esquina del continente suramericano.
- Estos escritos en anexos corresponden al contenido de la tesis, tuvieron que pasarse en formato de anexos por orientación de las autoridades del Doctorado en Ciencias Sociales, exigiendo reducción de la extensión de la Tesis.↵
- La crítica al PCF va más allá, son múltiples las alusiones que realiza en contra de la Unión Soviética, una de estas puede dar cuenta de su postura: “El internacionalismo, hoy desacreditado con razón por haber sido puesto al servicio de una forma particularmente perversa de imperialismo de lo universal, el imperialismo soviético, debe ser rehabilitado y restaurado en su verdad. Se trata de inventar una cultura universal que no sea el simple producto de la imposición universal de una cultura particular (cultura que no sería más universal, sino que sería universal el Estado que se nos anuncia cuando se nos dice que Estados Unidos es el ‘gendarme del mundo’). De hecho, no se puede esperar un progreso hacia una cultura realmente universal -es decir, una cultura formada por múltiples tradiciones culturales unificadas por el reconocimiento que ellas se otorgan mutuamente– sino de las luchas entre los imperialismos de lo universal. Estos imperialismos, a través de los homenajes más o menos hipócritas que deben rendir a lo universal para imponerse, tienden a hacerlo avanzar y, por lo menos, a constituirlo en recurso susceptible de ser invocado contra los imperialismos mismos que se valen de él” (BOURDIEU, 2003, pág. 158). ↵
- Una mención a su obra Intelectuales, política y poder, puede dar cuenta del debate sobre el estatus científico de la sociología: “La idea de una ciencia neutra es una ficción, y una ficción interesada, que permite dar por científica una forma neutralizada y eufemizada -por lo tanto, particularmente eficaz simbólicamente porque es particularmente irreconocible– de la representación dominante del mundo social [Nota al pie 37. De ello se deriva que la sociología de la ciencia (y, en particular, de la relación que la ciencia social mantiene con la clase dominante) no es una especialidad entre otras, sino que forma parte de las condiciones de una sociología científica]” (BOURDIEU, 2003, pág. 103).↵
- Entiéndase al respecto la siguiente alusión: “La derecha francesa, hasta ahora, de 1945 a 1957, tiene vergüenza de sí misma. Ya no existe el «partido conservador» o la «unión de derechas», sino un partido (¡republicano de la Libertad», «independientes» y sobre todo «sociales». Después de treinta años la derecha no se muestra con el rostro descubierto, y finge su lenguaje y su programa a la izquierda de la antevíspera. Además, presenta ese rasgo común a la política francesa, la multiplicidad de partidos divididos también entre sí. Se puede clasificar en la derecha a cuatro grupos parlamentarios, pero entre otros situados en el centro o en la izquierda se encontrará también un gran número de personas de derecha, y con frecuencia las más decididas: entre los radicales, los republicanos populares y los mismos socialistas” (ROGER, 1957, pág. 64).↵
- De las sesiones de asesoría de tesis doctoral con Gabriel Misas Arango, extraemos las siguientes notas del 4 de diciembre de 2020, en las cuales a partir de la desgrabación de su análisis, puede entenderse este concepto del ‘conservadurismo progresista’ en el Gobierno de Laureano Gómez: “En el caso de Colombia vemos claramente como por ejemplo el Partido Conservador se organiza en los años 30 en contra de la industrialización, en contra de la capitalización del campo, de la mercantilización en el campo, porque eso destruía la estructura jerárquica de la Iglesia con los curas mandando, etc. Sin embargo, al nivel de los pueblos hay un desarrollo capitalista y qué hace el Partido Conservador cuando llega al poder Laureano Gómez, independiente de lo que pensará él, o no pensara, eso es bien difícil saber, qué cual opinión tenía contra Estados Unidos cuando llega al poder, y qué hace, apoya la política de Estados Unidos, impulsa la industrialización e impulso la capitalización del campo. Hay un revolcón en la política económica y convierte en muy poco plazo a los terratenientes y empresarios capitalistas del campo y se excluyen las relaciones adscriptivas en menos de 10 años exactos. Es decir, porque no lo hizo cuando elogiaba a España y al mundo hispano, etc. Porque la situación del mundo fue cambiando y el campo del poder había girado hacia el capitalismo a través de la industrialización sustitutiva y a través de la capitalización del campo. El Gobierno impulsa eso y deja atrás las otras visiones que ha defendido personalmente en los años 20 y 30. En los 50 cambia la clase dominante, ya era imposible mantener el viejo discurso respecto precisamente a esta situación” (MISAS ARANGO, 2020).↵
- En todas las referencias del artículo usamos una traducción propia. Al respecto de la mención de la planificación liberal, puede entenderse la interpretación que define la unidad del liberalismo entre la más amplia diversidad de posiciones políticas: ““También debemos tener cuidado de no creer que la inculcación consciente de temas, tesis y métodos de pensamiento homogéneos puede hacer más que reforzar la unidad ideológica asegurada espontáneamente por la orquestación de hábitos de clase y la recuperación parcial de intereses (que son en sí mismas la condición de las empresas de producción colectiva): la planificación liberal de la producción ideológica no sustituye la coherencia perfecta y plenamente concertada de un “aparato estatal ideológico” por la coherencia práctica y aproximada asegurada por la división espontánea del trabajo ideológico. El discurso dominante debe su eficacia estrictamente simbólica (de la ignorancia) al hecho de que no excluye ni las divergencias ni las discordancias. Los efectos combinados de la orquestación espontánea y la consulta metódica significan que las opiniones políticas pueden variar ad infinitum de una fracción a otra e incluso de un individuo a otro, dependiendo de los privilegios particulares que tengan para justificar las competencias específicas que ejercen, pero que, producto de esquemas generadores homólogos y subordinados a funciones esencialmente idénticas, se remiten indefinidamente entre sí según simples leyes de transformación. El punto de honor liberal se alimenta de esta diversidad en la unidad” (BOURDIEU & BOLTANSKI, 1976, pág. 5).↵
- La definición de Estado que brinda es la siguiente: “El Estado es el resultado y el producto de un lento proceso de acumulación y de concentración de diferentes especies de capital: capital de fuerza física, policial o militar (al que se refiere la definición weberiana que habla del «monopolio de la violencia -física- legitima»; capital económico, necesario, entre otras cosas, para garantizar la financiación de la fuerza física; capital cultural o informático, acumulado, por ejemplo, en forma de estadísticas, así como de instrumentos de conocimiento dotados de validez universal dentro de los límites de su ámbito, como pesos, medidas, mapas o catastros; y, por último, capital simbólico. […] más que cualquier otro campo, el campo económico es el dominio del Estado, que contribuye en todo momento a su existencia y a su persistencia, así como a la estructuración de las relaciones de fuerza que lo caracterizan” (BOURDIEU, 2000 [a], pág. 27). Adicional a la definición de Estado, más adelante profundiza en la definición de las ‘especies de capital’: “La fuerza vinculada a un agente depende de sus diferentes bazas llamadas a veces strategic market assets, factores diferenciales de éxito (o de fracaso) que pueden proporcionarle una ventaja sobre la competencia, es decir, en concreto, del volumen y de la estructura de las diferentes especies del capital que posee: capital financiero, actual o potencial, capital cultural (que no hay que confundir con el «capital humano»), que puede especificarse como capital tecnológico, capital jurídico y capital de organización (del cual forma parte el capital de información sobre el campo), capital comercial, capital social y capital simbólico. El capital financiero significa el dominio directo o indirecto (por mediación del acceso a los bancos) de recursos financieros que constituyen la condición principal (con el tiempo) de la acumulación y de la conservación de todas las demás especies de capital. El capital tecnológico es la cartera de recursos científicos (potencial de investigación) o técnicos (procesos, aptitudes, hábitos y conocimientos únicos y coherentes, propios para reducir el gasto de mano de obra o de capital para aumentar el rendimiento) que pueden emplearse en la concepción y en la fabricación de los productos. El capital comercial (fuerza de venta) depende del dominio de las redes de distribución (almacenado y transporte) y de los servicios de marketing y de posventa. El capital social es el conjunto de los recursos movilizados (capitales financieros, pero también información, etcétera) a través de una red de relaciones más o menos extensa y más o menos movilizable, que proporciona una ventaja competitiva al garantizar a las inversiones unos rendimientos más altos. El capital simbólico reside en el dominio de los recursos simbólicos basados en el conocimiento y en el reconocimiento, como la imagen de marca (goodwill invetiment), la fidelidad a la marca (Brand loyalty), etcétera; poder que funciona como una forma de crédito (a ese poder se refiere Keynes cuando postula que una inyección de dinero actúa si los agentes creen que actúa)” (BOURDIEU, 2000 [a], págs. 238-239).↵
- La definición que brinda sobre el ‘campo económico’ es la siguiente: “Los agentes, es decir, en este caso, las empresas, crean el espacio, es decir, el campo económico, que sólo existe por los agentes que se encuentran en él y que deforman el espacio que les rodea, al que confieren una estructura determinada. En otras palabras, en la relación entre las diferentes «fuentes de campo», es decir entre las diferentes empresas de producción, es donde se engendran el campo y las relaciones de fuerza que lo caracterizan. Más concretamente son los agentes, es decir, las empresas, definidas por el volumen y la estructura del capital específico que poseen, quienes determinan la estructura del campo que los determina, es decir, el estado de las fuerzas que se ejercen sobre el conjunto de las empresas implicadas en la producción de bienes similares” (BOURDIEU, 2000 [a], pág. 237).↵
- Entendiendo la definición que elabora de ‘clase social’ a partir de ‘la existencia y práctica de los grupos’: “Una de las mayores apuestas en estas luchas es la definición de las fronteras entre grupos, esto es, la misma definición de los grupos que, asintiéndose y manifestándose a sí mismos como tales, pueden llegar a ser fuerzas políticas capaces de imponer su propia visión de las divisiones, y de este modo capaces de asegurar el triunfo de tales disposiciones e intereses en cuanto están asociadas con su posición en el espacio social. Así pues, al lado de las luchas individuales del día a día en las que los agentes contribuyen continuamente a cambiar el mundo social esforzándose por imponer una representación de sí mismos a través de las estrategias de presentación de sí, se encuentran las batallas colectivas propiamente políticas” (BOURDIEU, 2000, pág. 123).↵
- El juego de la clientela política empresarial o las cuotas de distribución de los contratos del Estado con los apoyos electorales al Partido Político que ha tomado el poder de la administración del Estado durante un Gobierno, repercuto en la siguiente definición de Bourdieu, mucho más visible desde los años setenta: “entre todos los intercambios con el exterior del campo, los más importantes son los que se establecen con el Estado. La competencia entre las empresas adquiere a menudo la forma de una competición por el poder sobre el poder del Estado -particularmente, sobre el poder de regulación y sobre los derechos de propiedad- y por las ventajas proporcionadas por las diferentes intervenciones estatales, tarifas preferenciales, patentes, créditos de investigación y desarrollo, adjudicaciones de infraestructuras, ayudas a la creación de empleo, a la innovación, a la modernización, a la exportación, a la vivienda, etcétera. En sus intentos de modificar a su favor las «reglas del juego» vigentes y sacar partido así de algunas de sus propiedades susceptibles de funcionar como capital en el nuevo estado del campo, las empresas dominadas pueden utilizar su capital social para ejercer presiones sobre el Estado y conseguir que modifique el juego a su favor” (BOURDIEU, 2000 [a], pág. 252).↵
- Respecto a la noción de habitus: “La principal función del concepto de habitus consiste en romper con la filosofía cartesiana de la conciencia y desechar, al mismo, la ruinosa alternativa entre el mecanicismo y el finalismo, es decir, entre la determinación a través de unas causas y la determinación a través de unas razones; o también entre el individualismo llamado metodológico y lo que se llama a veces (entre los «individualistas») el holismo, oposición semierutida que no es más que la forma eufemizada de la alternativa, la más poderosa, sin duda, del orden político, entre el individualismo o el liberalismo, que considera al individuo como última unidad elemental autónoma, y el colectivismo o el socialismo, que, supuestamente, otorga la primacía a lo colectivo” (BOURDIEU, 2000 [a], pág. 260).↵
- La Clase del 21 de febrero de 1979 del Curso en el College de France, sitúa un coloquio fundacional de 1939: en “ese coloquio Walter Lippmann que en la historia del neoliberalismo moderno contemporáneo es un acontecimiento relativamente importante porque en él vemos el cruce, en las vísperas mismas de la guerra de 1939, del viejo liberalismo tradicional, los miembros del ordoliberalismo alemán como Röpke, Rüstow, etc., y gente como Mises y Von Hayek, que van a ser los intermediarios entre ese ordoliberalismo y el neoliberalismo norteamericano que desembocará en el anarcoliberalismo de la Escuela de Chicago, Milton Friedman, etc.” (FOUCAULT, 2007, págs. 190-191).↵
- El análisis de Foucault y el tema mismo es mucho más extenso de lo que supone este párrafo, sintetiza en el nazismo “la organización de un sistema económico en el cual la economía protegida, la economía de asistencia, la economía planificada y la economía keynesiana constituían un todo sólidamente unido, cuyas distintas partes estaban ligadas con firmeza por la administración económica que se había instaurado” (FOUCAULT, 2007, págs. 138-139). Además, dice “que esos cuatro elementos que la historia económica y la política alemana habían presentado de manera sucesiva en el escenario de la acción gubernamental, esos cuatro elementos, señalan los neoliberales, están económicamente ligados entre sí, y se implementa uno no es posible escapar a los otros tres. | Y por medio de ese esquema y ese principio, estudian sucesivamente diferentes tipos de economía, por ejemplo, la planificación soviética. Los neoliberales que conocían bien los Estados Unidos, como Hayek, retomaron el ejemplo del New Deal, otros se ocuparon del ejemplo inglés y, en particular, de los ejemplos de la política keynesiana de los grandes programas Beveridge puestos en práctica durante la guerra. […]” (FOUCAULT, 2007, pág. 140).↵
- Puede leerse lo siguiente: “intentar medir la relación estadística que se establece entre el prestigio de un investigador y el prestigio de sus títulos escolares de origen (‘Grande École’ o facultad en Francia, universidad donde ha sido otorgado el doctorado para los Estados Unidos) una vez controlados los efectos de su productividad, es asumir implícitamente la hipótesis de que la productividad y el prestigio actual son independientes (entre ellos) e independientes de los títulos de origen: de hecho, en la medida en que el título -en tanto que capital escolar reconvertible en capital universitario y científico- encierra una trayectoria probable, dirige, por mediación de las ‘aspiraciones razonables’ que autoriza, todo lo relativo a la carrera científica (la elección de objetos más o menos ‘ambiciosos’, una productividad más o menos grande, etc.); de suerte que el efecto del prestigio de las instituciones no se ejerce solamente de manera directa –‘contaminando’ el juicio emitido sobre las capacidades científicas manifestadas por la cantidad y la calidad de los trabajos-, ni sólo de manera indirecta -a través de los contactos con los maestros más prestigiosos que procuran un alto origen escolar (lo más frecuentemente, asociado a un alto origen social)Ñ-, sino también por medición de la ‘causalidad de lo probable’, es decir, por la virtud de las aspiraciones que autorizan o favorecen las posibilidades objetivas (se podrían hacer observaciones análogas a propósito de los efectos de origen social, cuando los títulos escolares de partida son semejantes” (BOURDIEU, 2003, pág. 89).↵
- Compréndase al respecto la siguiente referencia sobre el ‘campo de producción simbólica’: “Las diferentes clases y fracciones de clase están implicadas en una lucha propiamente simbólica por imponer la definición del mundo social más conforme a sus intereses, el campo de las tomas de posición ideológicas que reproduce bajo una forma transfigurada el campo de las posiciones sociales. Ellas pueden conducir esta lucha, sea directamente en los conflictos simbólicos de la vida cotidiana, sea por procuración, a través de la lucha que libran los especialistas de la producción simbólica (productores a tiempo completo), y que tiene por apuesta el monopolio de la violencia simbólica legítima (cfr. Weber), esto es, del poder de imponer (léase inculcar) instrumentos de conocimiento y de expresión (taxonomías) arbitrarios (aunque ignorados como tales) de la realidad social. El campo de producción simbólica es un microcosmos de la lucha simbólica entre las clases: es sirviendo a sus propios intereses en la lucha interna en el campo de producción, y sólo en esa medida, como los productores sirven a los intereses de grupos exteriores al campo de producción. La clase dominante es el lugar de una lucha por la jerarquía de los principios de jerarquización: las fracciones dominantes, cuyo poder reposa sobre el capital económico, tienden a imponer la legitimidad de su dominación sea por su propia producción simbólica, sea por mediación de los ideólogos conservadores que sólo sirven verdaderamente a los intereses de los dominantes por añadidura y que amenazan siempre con tergiversar en su provecho el poder de definición del mundo social que detentan por delegación; la fracción dominada (‘intelectuales’ y ‘artistas’ según la época) tiende siempre a colocar el capital específico al que debe su posición, en la cumbre de la jerarquía de los principios de jerarquización” (BOURDIEU, 2000, págs. 94-95).↵
- Al respecto de las ‘ideologías dominantes’ en Colombia, véase el trabajo de investigación de WILDE, Alexander (1982) Conversaciones de caballeros. Bogotá: Ediciones Tercer Mundo. El mismo fue recomendado por Atilio A. Boron en la revisión de la versión final de la tesis, en cuanto a la relación que esta obra puede tener con la formación de una ideología liberal-conservadora en la mitad de siglo XX en Colombia.↵
- Es clave el siguiente análisis en una última interpretación del ‘nuevo derecho’: “Para romper con la ideología de la independencia del derecho y del cuerpo judicial, sin caer en la visión opuesta, es necesario tener en cuenta lo que las dos visiones antagónicas, internalista y externalista, ignoran en común: esto es, la existencia de un universo social relativamente independiente en relación a las demandas externas en cuyo interior se produce y se ejerce la autoridad jurídica, forma por excelencia de la violencia simbólica legítima cuyo monopolio pertenece al Estado y que puede servirse del ejercicio de la fuerza física” (BOURDIEU, 2000, págs. 167-168).↵
- Una interpretación sin comprometer las subversiones que Bourdieu pudiera tener presentes al momento de concluir su libro con la siguiente alusión: “La función de mantenimiento del orden simbólico que el campo jurídico contribuye a asegurar es, como la función de reproducción del campo jurídico mismo, de sus divisiones y sus jerarquías, y del principio de visión y división que está en su fundamento, el producto de innumerables acciones que no tienen por fin el cumplimiento de esa función y que incluso pueden inspirarse en intenciones opuestas, como los intentos subversivos de las vanguardias que, en definitiva, contribuyen a determinar la adaptación del derecho y del campo jurídico al nuevo estado de las relaciones sociales y a asegurar así la legitimación de la forma establecida de esas relaciones. Es la estructura del juego, y no un simple efecto de agregación mecánica, lo que está en el principio de la trascendencia, revelada por los casos de inversión de las intenciones, del efecto objetivo y colectivo de las acciones acumuladas” (BOURDIEU, 2000, pág. 223).↵
- Lo efímero y lo duradero de las alianzas: “Las alianzas entre partidos tienen formas y grados muy variables. Algunas son efímeras y desorganizadas: simples coaliciones provisionales, para beneficiarse de ventajas electorales, para echar abajo a un gobierno o para sostenerlo ocasionalmente. Otras son durables y están provistas de una sólida armazón, que las hace parecerse a veces a un superpartido” (DUVERGER, 2010 [1951], pág. 349).↵
- Entendida entonces como ‘comunidad de intereses’ la ‘Unidad Nacional’ del Partido Liberal y el Partido Conservador, se trazó de la siguiente manera: “La comunidad de intereses, presentida anteriormente más que experimentada, empezó ahora, vivida, a determinar una forma política. La tendencia se acentuaba bajo el impulso de las 135 empresas de 1916 que, en grados diversos, requerían protección aduanera, crédito barato, servicios públicos modernos, legalidad en vez de privilegios, vías, moneda bien asentada, la educación que se venía proponiendo desde el virrey Caballero y Góngora; y, por ser imprescindible primariamente para los empresarios, paz en lugar de guerra civil” (MESA, 1983, pág. 164).↵
- Darío Mesa relata las presiones que recibió el General Reyes durante su gobierno para realizar modificaciones sustanciales en la participación política: “La Asamblea -reunida el 15 de marzo de 1905- mostraba realidades políticas insoslayables: compuesta a base de una coalición de conservadores y liberales seleccionados por los gobernadores, era, por supuesto, adicta al gobierno y particularmente al general Reyes. En la oposición se hallaban también conservadores y liberales, sometidos frecuentemente a destierro, prisión, censura y discriminación civil. Dos ministros -Hacienda y Relaciones- eran liberales, contra la voluntad de casi todo el conservatismo; y el partido liberal mayoritariamente veía en Reyes el final de su ostracismo. Reyes era la concentración del poder político, y todas las reformas que la Asamblea iba a realizar en 1905, 1907, 1908 y 1909 girarían en torno suyo, con su aquiescencia o por su iniciativa” (MESA, 1983, págs. 101-102).↵
- Este análisis se ha elaborado con suficiente ilustración: “Por 1945, 1946 López comenzaba a agitar la bandera blanca del Frente Nacional, y Ospina llegó al gobierno con una propuesta de Unidad Nacional que implicó –en el mejor estilo de 1910- concederles posiciones claves en el gabinete y en el nivel subnacional a sus adversarios” (GUTIÉRREZ SANÍN, 2017, pág. 535). Recordando que luego de la reforma constitucional de 1910, el Partido Conservador habilitó la repartición de cargos en el gobierno con el Partido Liberal: “abrirle parcialmente las puertas al adversario no sólo tenía una función profiláctica, negativa -impedir que este echara para el monte- sino otra positiva -mejorar la calidad de la política-. Eran estos dos principios los que permitían amarrar en una sola fórmula el uso de la violencia y la incorporación de la oposición. Según el primero, los gobernantes debían tener horizontes temporales largos de tal suerte que la estabilidad del régimen tuviera prioridad sobre consideraciones coyunturales. Según el segundo, era mejor tener a la oposición votando y cogobernando, como socio menor, que disparando y creando desorden” (GUTIÉRREZ SANÍN, 2017, págs. 540-541).↵
- Téngase en cuenta que este concepto fue estudiado por los integrantes de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, cuyos informes fueron publicados previo a la firma del Acuerdo de Paz de la Habana en 2016. Las contradicciones del sentido que hallamos en la obra de Franco Restrepo (2009) pueden ser solo la derivación de una desviación profesional del análisis del discurso y análisis de contenido que se entrecruzan con el análisis socio-histórico. Puede que la interpretación este cargada de sospechas o distancias, sobre el papel que hemos observado juega el eje del ‘liberalismo de izquierda’ en la dinámica política interna del conflicto armado colombiano, a favor del mantenimiento del orden que ha favorecido a las clases dominantes colombianas en la larga duración de un persistente bipartidismo genealógico.↵
- Esta alusión de ‘marxismo burgués’ está orientada desde el siguiente entendimiento: “Convertida de hecho por el propio autor en una obra abierta, múltiple de sentidos, El Capital sirvió, no obstante, en la lectura hecha por el movimiento socialista, como fundamentación teórica de una visión teleológica de la evolución de las sociedades, a partir de la cual cada una emergía de la anterior siguiendo un esquema unilineal que desembocaba en el triunfo inexorable del socialismo. Y por ello una obra que era concebida por Marx como el mayor golpe teórico contra la burguesía y del cual jamás podría recuperarse se convirtió en los países atrasados en el libro de los burgueses, es decir, en el fundamento más sólido para la aceptación de la necesidad y progresividad del capitalismo tal como se configuró concretamente en Europa occidental” (ARICÓ, 2010 [1980], pág. 115).↵
- De las múltiples menciones que realiza en su obra de la denominación ‘guerra civil’ tener en cuenta la siguiente: “En el contexto de la guerra civil, el propósito de conservación de la estructura de dominación política como condición para la realización de intereses corporativos conduce a la formación de un bloque de poder contrainsurgente que es la articulación del bloque en el poder (o unidad política entre clases dominantes y un aparato estatal característicamente centralista) y coaliciones políticamente dominantes, con sectores subalternos e imperativos en torno al sofocamiento de todas las formas de oposición —armada y civil— que afecten la dominación y las condiciones de dominación, y de cualquier reclamación que afecte actual o potencialmente la tasa de ganancia. Es decir, aunque en el paramilitarismo parezca descansar ese poder contrainsurgente por la exposición de violencia y organización, su misión de orden es, como lo ha sido en otros países, producto de una alianza de intereses políticos y económicos dominantes que excede la dimensión militar y se estructura en un ámbito político e ideológico” (FRANCO RESTREPO, 2009, págs. 221-222).↵
- De esta manera la referencia al oprimido queda plasmada con la dirección a un caso extremo en el continente africano: “El oprimido, aunque quiera, no puede liberarse de todo aquello que lo sojuzga o ha optado por renunciar y adaptarse porque ha perdido la voluntad de persistir [Tsenay Serequeberhan, “El colonialismo y el colonizado: violencia y contraviolencia”, en: Emmanuel Chukwudieze, Pensamiento africano: ética y política, Barcelona, Bellaterra, 2001, pp. 95-132]” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 544).↵
- En algunas pocas alusiones se define al actor contra el cual combate el bloque contrainsurgente, esa extracción da cuenta de quienes serían los alzados en armas contra el Estado: “Las fuerzas rebeldes, las organizaciones de oposición y, fragmentariamente, los movimientos reivindicativos, además de una reforma agraria de ciertas características, reclaman por la propiedad estatal de los sectores estratégicos (energético, telecomunicaciones, puertos, recursos naturales, servicios públicos); un modelo económico basado en ampliación del mercado interno, seguridad alimentaria, y protección a los sectores productivo y agrario; modificación de la estructura del gasto público que priorice la inversión social y el equilibrio regional como estrategia de redistribución del ingreso; la modificación del régimen de ingresos tributarios que resguarde los sectores menos favorecidos, y la redistribución de la riqueza, entre otros” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 244).↵
- Las obras que refiere Vilma Liliana Franco Restrepo son: Francisco Leal Buitrago (1994) El oficio de la guerra, Bogotá, Tercer Mundo Editores; (2006) La inseguridad de la seguridad: Colombia 1958-2005, Bogotá, Planeta.↵
- La especificidad de la academia colombiana ha exigido dar cuenta de una variedad de autores, muchos de los cuales no se identifican en un paradigma de investigación o en un marco teórico sólido. La cantidad de autores referenciados por Franco Restrepo (2007) no da cuenta de una coherencia teórica de los fines de la investigación con los objetivos de la perspectiva de análisis. El liberalismo de izquierda de la autora puede seguirse a partir de los agradecimientos. Si bien, es una crítica al liberalismo de derecha y al conservadurismo, no sale del marco institucional del establecimiento liberal. Por lo cual, el eje de derecha, centro e izquierda del liberalismo colombiano permite que muchos autores públicamente liberales, pasen como socialistas o marxistas, en lectores externos al análisis de sus vínculos políticos. La ausencia de intelectuales que afronten o pongan en su lugar este tipo de trabajos, adolece de intelectuales que puedan asumirse en el campo partidario del Partido Comunista Colombiano. Siendo precisamente el partido de masas o el partido de cuadros uno de los debates que llevó a masivas renuncias durante el año 2020, perdiendo a un intelectual orgánico como Sergio De Zubiría de las filas del Partido, o prestando a Jairo Estrada a las filas del nuevo Partido FARC, ahora Comunes. En parte, este ha sido uno de los motivantes de esta lectura, dados los múltiples elogios y referencias que los barones de izquierda en Colombia han dado a este trabajo. Haciendo explicita la diferencia previa con otras interpretaciones sobre Gramsci que fueron a fundamentar el surgimiento del Movimiento Político de Marcha Patriótica, rodeado en su ‘marcha’ del liberalismo de izquierda.↵
- Si bien hemos referido lo anterior, dejamos al lector que concluya su propia apreciación a partir de la siguiente cita: “El despojo de la propiedad basada en el trabajo encuentra en la guerra contrainsurgente un mecanismo más expedito que constituye un punto de continuidad de una práctica que ha sido parte fundamental de la historia de la formación y expansión de la propiedad privada capitalista en Colombia. Esa usurpación violenta pareciera un retorno a la acumulación originaria o constituir la acumulación originaria misma. En medio de la movilización contrainsurgente por la defensa de la propiedad, la usurpación a través de medios violentos o fraudulentos es un principio para la incorporación de capital a la tierra, es un medio de transformación de medios de producción desperdigados en medios de producción concentrados, es la concreción de la disociación entre los campesinos y la propiedad sobre sus condiciones de trabajo. La diferencia con la acumulación originaria retratada por Marx está en que los contingentes de campesinos expulsados porque se niegan a transformar el uso del suelo, a trabajar la tierra bajo las condiciones de explotación de quienes tienen el capital o simplemente porque poseen la tierra, no llegan a las ciudades a engrosar las filas del proletariado y a integrar la sociedad de asalariados porque, en el actual régimen de acumulación, no hay mercado de trabajo que los absorba. Los desplazados forzados no se transforman de productores directos en obreros asalariados porque no tienen la libertad de vender su fuerza de trabajo. Una segunda diferencia reside en que la expropiación que facilitan las huestes mercenarias de la contrainsurgencia, aunque da lugar a nuevos terratenientes, tiene como función engordar la ya existente propiedad capitalista —la de capitalistas agrícolas, ganaderos y empresas multinacionales—. Pero sigue aquello que subraya Marx en las cartas de Robert Somers: “Los propietarios siguen la norma de diezmar y exterminar a la gente como un principio fijo, como una necesidad agrícola, lo mismo que se talan los árboles y la maleza […] y esta operación sigue su marcha tranquila y comercial” [Carlos Marx, El capital: crítica de la economía política, op. cit., vol. 1]” (FRANCO RESTREPO, 2009, págs. 207-208).↵
- En esta mención Franco Restrepo (2009) se refiere a las siguientes obras: Nicos Poulantzas, Estado, poder y socialismo, op. cit.; “Las transformaciones actuales del Estado: la crisis política y la crisis del Estado”, en: Nicos Poulantzas (ed.), La crisis del Estado, Barcelona, Fontanella, 1977, pp. 33-76 (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 159).↵
- De hecho lo sugiere desde el siguiente ángulo: “Más que la defensa del aparato, lo que invocan gobernantes, instituciones estatales, mercenarios y grandes propietarios como objetivo de la lucha contrainsurgente, es la protección de la “homogeneidad” respecto de todo lo que le pueda ser hostil u opuesto, la conservación del poder de Estado, de la hegemonía ejercida dentro y desde ese dominio estructural [Nicos Poulantzas, Clases sociales y poder político en el Estado capitalista]” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 160).↵
- Entendida en la siguiente alusión: “El objetivo de conservación del poder […], ha propiciado la configuración paulatina y nunca explícita de una coalición de intereses entre centros de poder económico (industriales y financieros a través de sus diferentes formas de organización), facciones institucionales (Fuerzas Armadas, representantes políticos y otras franjas de las distintas ramas de la burocracia estatal), fracciones de clase dominantes (ganaderos, terratenientes, comerciantes a través de sus formas gremiales o de manera independiente), gobierno norteamericano, empresas multinacionales, [Nota 77. Algunas empresas extranjeras han sido formalmente denunciadas en cuanto sus intereses han sido articulados en la lucha contrainsurgente: British Petroleum, Drummond, Chiquita Brands International, Dole, entre otras. En otros casos, los intereses simplemente están internalizados en dicha alianza o en las intervenciones institucionales] poderes locales y sectores subalternos (que han servido de apoyo en la configuración del orden interior a través de la represión). Esa coalición dio lugar a la formación de un bloque de poder que ha orientado, a través de la unidad legalidad-ilegalidad, la movilización contrainsurgente para controlar factores (tales como expresiones pacíficas o armadas de inconformidad política o en exigencia de justicia distributiva) que puedan introducir cierta inestabilidad o, en otras palabras, que puedan afectar las condiciones políticas de la acumulación así como la preservación de lo acumulado” [cursiva nuestra] (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 162).↵
- Lo refiere de la siguiente manera: “La formalidad democrática opera así, a través de la producción de cierta conformidad y satisfacción, en la inhibición de una fractura mayor en la cohesión social y el sistema de dominación política, al igual que en la reorganización de la hegemonía —en el bloque en el poder y con relación a los sectores subalternos—” (FRANCO RESTREPO, 2009, págs. 174-175).↵
- Comprendiendo que define la “descentralización del monopolio de la fuerza estatal” en cuanto “es una descentralización que ha aceptado el bloque en el poder, de manera que el monopolio estatal de la violencia se transforma en un orden unitario de la fuerza que favorece al poder del Estado, entendido en el sentido de Poulantzas” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 189). A la vez que “La estrategia de protección violenta descansa en la reorganización del monopolio de la fuerza estatal, que a su vez se expresa en tres formas de privatización de la seguridad: compra de servicios de seguridad a las Fuerzas Militares, mercenarismo corporativo contrainsurgente y contratación de compañías militares privadas” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 202).↵
- Al respecto es preciso traer al debate la siguiente referencia, en cuanto el desarrollo de esta metáfora encuentra una relación directa entre el sistema feudal y el capitalismo primitivo, o capitalismo tardío, como se ha denominado al desarrollo del capitalismo en América Latina: “En el marxismo reciente, autores como Althusser y Poulantzas han intentado dar un significado más preciso a este problema tradicional de la relación base/superestructura. […] En Poder político y clases sociales, Poulantzas, siguiendo ciertas citas claves en El Capital de Marx, sostiene que en los modos de producción precapitalistas los productores directos no están completamente separados de los medios de producción. Aunque en el feudalismo los campesinos no tenían propiedad legal de su tierra, sí disfrutaban de la posesión de los medios de producción y las condiciones de trabajo necesarios para la producción y reproducción de sus propios medios de subsistencia. Los campesinos tenían derechos consuetudinarios a los pastos comunes, a la recogida de madera en los bosques y a pequeñas parcelas de tierra en el alfoz; en términos económicos podían mantenerse, por lo menos parcialmente. Esta situación feudal es muy diferente de la existente en el capitalismo, en la que el trabajador asalariado se ve obligado a vender su fuerza de trabajo porque no posee ningún medio de producción. En el capitalismo, esta situación económica del trabajador es suficiente para garantizar que entregará su fuerza de trabajo, y en el capitalismo primitivo no se requiere más mecanismo que el de mercado para conseguir la subordinación real del trabajador. En el feudalismo, la subordinación del campesino debe descansar en «factores extraeconómicos», esto es, en mecanismos ideológicos y políticos” (ABERCROMBIE, HILL, & TURNER, 1987, págs. 70-71). Este extracto del capítulo 3. El Feudalismo, se complementa con los capítulos 4. El capitalismo primitivo, y 5. El capitalismo tardío. Recomendamos esta investigación al lector que sigue sugestionado con el término de ‘siervo feudal’.↵
- Entendiendo también lo que significa en los siguientes términos: “La usurpación, permitida por el aparato estatal como botín de guerra para los guerreros a cambio de la persecución a muerte del “movimiento insurgente”, o como garantía política y concesión económica para los inversionistas nacionales y extranjeros por lo que llaman su “invaluable aporte a la riqueza de la nación” (o diríamos mejor, por el privilegio de ser explotados por ellos), ha alimentado el apetito insaciable de enriquecimiento de emergentes y capitalistas, y se anuncia como una contribución al progreso de la acumulación del capital no sólo por la concentración de riqueza que asegura y habilita sino también porque genera condiciones para la expansión de la extracción del excedente. El costo de esa contribución es la producción de un reordenamiento de la propiedad territorial que constituye una prolongación trágica del problema agrario, de la pauperización del campesinado y su expulsión o condena hacia las franjas de miseria de las grandes ciudades” (FRANCO RESTREPO, 2009, pág. 217).↵
- Entendiendo que Poulantzas escribe en la Francia de posguerras. Es una diferenciación que resaltamos, aun comprendiendo el trabajo de Aricó al relacionar la cultura latinoamericana al legado francés, desde la siguiente observación: “En el último tercio del siglo XIX, y apoyada en los poderosos efectos de la recomposición cultural positivista, las repúblicas americanas se convierten en repúblicas ‘latinas’ identificadas con la Gran República Francesa, que guiaba el mundo hacia la civilización y el progreso” (ARICÓ, 2010 [1980], pág. 153).↵
- Sobre la obra de Aricó y el escrito de Marx profundizamos en el apartado sobre Análisis e interpretaciones de la obra de Gramsci en América Latina. ↵
- Al respeto entiéndase muy bien a Poulantzas (1969) al saber que la ‘fracción hegemónica’ en Colombia no deja de ser un ‘compradore’ según la definición que otorga: “Estas observaciones pueden, por otra parte, servir para destruir otro mito, bastante corriente en la actualidad, que consiste en ver en el Estado burgués del pasado el representante del conjunto de la clase burguesa, y en el Estado actual del capitalismo monopolista de Estado sólo el de la fracción monopolista. Esto, rigurosamente hablando, es doblemente inexacto: el Estado capitalista, aunque representa los intereses del bloque en el poder en su conjunto, funcionó siempre en una relación específica con la clase o fracción hegemónica de ese bloque, estuvo siempre al servicio de los intereses específicos de esa clase o fracción. Lo que impedía, antes al contrario, la dominación política de las otras clases y fracciones del bloque en el poder. Por otro lado, la relación actual del Estado y de la fracción monopolista hegemónica no impide de ningún modo que otras fracciones de la burguesía pertenezcan al bloque en el poder: no puedo aquí entrar en ese problema cuya discusión nos llevaría muy lejos. Me limito a indicar que el desarrollo del imperialismo, al dar nacimiento a nuevas fisiones y a desplazamientos de las contradicciones -burguesía imperialista y compradore [burguesía explotadora de la mano de obra en países subdesarrollados o coloniales], burguesía nacional, burguesía media-, no abolió las coordenadas fundamentales del bloque en el poder (en contra de una opinión que situaría la línea de demarcación actual de dominación política entre un puñado de viles monopolizadores de un lado y el resto de la nación del otro)” (POULANTZAS, 1969, pág. 394).↵
- Asimilando la interpretación que realiza Leonardo Paggi del concepto de Lenin sobre el desarrollo del capitalismo en Rusia (ARICÓ, 2010 [1980], págs. 112-113).↵







