En este capítulo, es necesario ofrecer una contextualización histórica y sociocultural que permita comprender quién fue Jesús Malverde y cómo, a partir de su figura legendaria, se ha conformado una devoción popular que hoy funciona como una comunidad de fe activa, tanto en espacios físicos como digitales.
La figura de Jesús Malverde, también conocido como el bandido generoso o el santo del pueblo, surgió a finales del siglo xix en el estado de Sinaloa, en el noroeste de México. Según la leyenda[1], Malverde fue un joven obrero que trabajó en la construcción de vías férreas. La muerte por hambre de sus padres lo llevó a tomar el camino de la delincuencia, aunque no en el sentido tradicional: robaba a los ricos para repartir entre los pobres, en un gesto que lo emparenta simbólicamente con la figura de Robin Hood. Esta dimensión altruista y justiciera hizo que Malverde comenzara a ser visto por los sectores populares no como un simple criminal, sino como un protector del pueblo. La leyenda continúa con su captura y ejecución en 1909, ordenada por el gobernador de Sinaloa. Fue ahorcado en un árbol de mezquite, y se le negó el derecho a una sepultura digna. Según el relato popular, su detención fue posible gracias a la traición de un amigo cercano, lo que recuerda, de manera simbólica, la historia de la traición de Judas a Jesucristo, reforzando así la dimensión sagrada de su figura. Su carácter sacrificial, la injusticia de su muerte y su compromiso con los pobres constituyen los elementos fundacionales del mito.
Concretamente, la devoción a Malverde nació a partir de un milagro. Un campesino que había perdido su ganado acudió, desesperado, al sitio donde colgaba el cuerpo del bandido, y le imploró ayuda con la promesa de darle sepultura si recuperaba sus animales. Al día siguiente, el ganado apareció, y el hombre cumplió su promesa. Este suceso es considerado el punto de partida del culto popular. A partir de entonces, comenzaron a colocarse piedras sobre su cuerpo hasta formar una gruta que, con el tiempo, se convirtió en una capilla.
Este acto fundacional condensa los elementos esenciales del culto: un personaje marginado que actúa como benefactor de los desfavorecidos, una muerte injusta, un milagro inicial y una respuesta comunitaria que da origen a un lugar de culto. La devoción se consolidó desde entonces como una forma de religiosidad popular, profundamente arraigada en el entorno social y simbólico de Culiacán. Esta última es una ciudad del noroeste de México, fundada en 1531, que representa un importante centro agrícola, comercial y cultural. Sin embargo, es también ampliamente conocida como uno de los principales epicentros del narcotráfico en México, cuna del Cártel de Sinaloa, históricamente vinculado a figuras como Joaquín “El Chapo” Guzmán. Su proximidad a la Sierra Madre Occidental –una zona de difícil acceso y propicia para el cultivo de amapola y marihuana–, así como su conexión con corredores de transporte hacia Estados Unidos, han favorecido el crecimiento del crimen organizado. Esta realidad, junto con la imagen del bandido o delincuente, ha llevado a que ciertos medios de comunicación vinculen directamente la figura de Jesús Malverde con el narcotráfico, etiquetándolo como “el santo de los narcos”.
Sin embargo, esta interpretación es cuestionable por al menos dos razones. En primer lugar, no existen pruebas concluyentes que respalden la idea de que los narcotraficantes rindan culto sistemático a Malverde. En segundo lugar, y más importante aún, desde la perspectiva de sus propios devotos, Malverde no es visto como un símbolo del crimen, sino como el protector de los pobres, de los marginados y de aquellos que no encuentran justicia en las instituciones oficiales. Es decir, su figura representa una espiritualidad popular que ofrece amparo a quienes viven en la precariedad, más que una forma de legitimación religiosa del crimen organizado. Este contraste entre la mirada mediática y la experiencia devocional cotidiana revela una tensión entre el estigma social y el significado íntimo que la comunidad otorga a su santo. En este sentido, Culiacán no solo es el lugar donde comenzó la devoción, sino también el territorio simbólico en el que se proyectan las ambivalencias morales y sociales de una religiosidad popular profundamente arraigada en el pueblo mexicano.
La devoción a Jesús Malverde ha evolucionado con el tiempo hasta configurarse como una verdadera comunidad religiosa popular, que se caracteriza por un sistema simbólico compartido, un centro de culto, rituales, objetos devocionales y, sobre todo, una identidad común. A través de estos elementos, sus fieles construyen un sentido de pertenencia que los une más allá de su origen geográfico o social.
La identidad colectiva que se articula en torno a Malverde está profundamente marcada por valores como la justicia social, la ayuda mutua y la protección ante la adversidad. Sus devotos lo consideran un intercesor eficaz, especialmente en situaciones de precariedad, persecución o enfermedad. En las oraciones que se le dirigen, es común encontrar súplicas relacionadas con necesidades económicas, problemas familiares o amenazas externas, así como expresiones de gratitud por favores recibidos. Esta figura aparece como una alternativa espiritual cercana, accesible y empática.
La capilla principal dedicada a Jesús Malverde, ubicada en Culiacán, se ha convertido en un verdadero santuario popular. Cada 3 de mayo, su festividad central, miles de personas peregrinan hasta allí para rendirle homenaje, presentarle ofrendas y participar en celebraciones que combinan elementos religiosos y culturales: música, danzas, rezos, lectura de oraciones, y las tradicionales Mañanitas. El espacio está decorado con altares llenos de billetes, objetos personales, fotografías, placas de agradecimiento y figuras del santo. Incluso policías y miembros de sectores armados han sido vistos orando allí, lo que revela la amplitud del fenómeno devocional.
Las formas de rendir culto a Jesús Malverde adoptan características claramente inspiradas en la religiosidad católica popular (a pesar de que la Iglesia católica rechaza totalmente esta devoción), manifestándose en una diversidad de rituales cargados de simbolismo. Sus fieles lo veneran mediante rezos, besan sus imágenes, depositan exvotos como ofrendas en altares y capillas dedicadas a su figura, le formulan promesas a cambio de favores esperados y participan en peregrinaciones para agradecer o solicitar milagros (Gudrún, 2014, pp. 46-48). Asimismo, se le ofrecen licores, cigarros y alimentos, y se le rinde tributo vertiendo licor sobre su estatua o tocándola como gesto de petición o agradecimiento por su protección. Estas prácticas rituales, aunque formalmente se parecen a las del catolicismo institucional, emergen desde abajo y son fruto de una apropiación y reelaboración personal y autónoma por parte de los creyentes, sostenida y reproducida por la fe al margen del reconocimiento oficial por parte de la Iglesia. Además, la devoción se expresa a través de objetos que portan su imagen –como camisetas, estatuillas[2], cadenas e incluso vehículos decorados durante las festividades–, los cuales funcionan como marcadores de identidad individual y asimismo como manifestaciones visibles de pertenencia a una comunidad de fe. Promesas, exvotos y peregrinaciones consolidan así una relación recíproca de compromiso entre el devoto y el santo.
En las últimas décadas, la devoción a Malverde ha experimentado un notable crecimiento[3], consolidándose como una de las expresiones religiosas populares más dinámicas y extendidas en el panorama sociorreligioso mexicano, junto con la devoción a la Santa Muerte. Desde Culiacán, esta comunidad de creyentes ha logrado superar los límites geográficos tradicionales para expandirse a diversas ciudades dentro y fuera de México. Actualmente, su influencia se extiende a lugares tan diversos como Tijuana, la Ciudad de México, varias urbes ubicadas en la frontera entre México y Estados Unidos, e incluso otros países de América Latina como Colombia (Gudrún, 2018).
Esta expansión no se ha limitado al espacio físico, sino que se ha extendido también al entorno digital. Con el avance de las tecnologías y la creciente penetración de las redes sociodigitales, la comunidad devocional a Malverde se ha trasladado a plataformas como Facebook e Instagram, donde los creyentes interactúan, comparten rituales, testimonios y símbolos, y mantienen viva su fe de manera colectiva, pese a la dispersión geográfica. De este modo, la devoción se reconfigura, integrando tanto lo tangible como lo virtual, y fortaleciendo la cohesión y presencia de sus seguidores en contextos cada vez más globalizados.
Después de haber reconstruido la historia de Jesús Malverde y la devoción que ha generado, en el próximo capítulo, me centraré en la investigación de campo que he realizado sobre esta devoción en un grupo privado de Facebook, con el fin de analizar las expresiones y dinámicas presentes en esta comunidad digital.
- He utilizado este término ya que no existen evidencias históricas verificables que confirmen de manera confiable su existencia real.↵
- Por ejemplo, una búsqueda en Mercado Libre permite observar la amplia oferta de objetos dedicados a Malverde: desde estatuas de distintos tamaños hasta escapularios, collares, dijes, medallas o talismanes, cuadros e incluso productos como “Perfumes Extracto con Feromonas Atracción, Dominio y Suerte”, entre otros. La búsqueda arroja 3477 resultados –aunque algunos deben descartarse por no estar directamente relacionados–, lo cual constituye, no obstante, una cifra significativa que evidencia la creciente difusión de esta devoción en el país. Los resultados completos pueden consultarse en la siguiente liga: listado.mercadolibre.com.mx/san-judas-tadeo#D[A:san%20judas%20tadeo.↵
- Según Da Cunha Rocha (2019), el “crecimiento vertiginoso del culto a Malverde” comenzó especialmente a partir de la década de 1970, impulsado por la transnacionalización de esta devoción. Este fenómeno brindó a sus seguidores “una nueva forma de espiritualidad relacionada con el problema más inmediato, cómo cruzar ilegalmente la frontera” (Da Cunha Rocha, 2019, p. 14). De este modo, la devoción se consolidó como una respuesta simbólica a las dificultades cotidianas que enfrentan sus fieles, ofreciendo protección y esperanza ante contextos adversos. Sumado a esto, como he mencionado en el texto, el auge de las plataformas digitales ha permitido que la devoción trascienda las fronteras físicas, expandiéndose hacia entornos virtuales. Durante mi investigación de abril de 2023, detecté 22 páginas y 66 grupos dedicados a Malverde en Facebook, lo que evidencia cómo esta práctica religiosa se adapta y se fortalece en espacios digitales de interacción colectiva.↵











