En la presente tesis se aborda el estudio del taller como dispositivo de intervención social gerontológico en contextos de desigualdad desde una perspectiva situada en el contexto latinoamericano En el primer apartado de este Capítulo se desarrolla el estado actual del conocimiento sobre el tema abordando principalmente los antecedentes recientes situados en el contexto latinoamericano en torno a la intervención social y las políticas sociales destinadas a las personas mayores, la desigualdad en la vejez. Asimismo, se desarrollan los antecedentes del taller, y del taller con personas mayores situado en el contexto latinoamericano.
En el apartado siguiente se abordan los procesos históricos, sociales, políticos, económicos y culturales de producción de la desigualdad en la vejez desde la perspectiva decolonial. Comprenden procesos que niegan o invisibilizan la participación en el proceso social de ciertas vejeces por el solo hecho de ser viejes y condicionadas por la posición en que son situadas en la clasificación jerárquica de raza/etnia, clase social, género, impuesta por la colonización europea en América para legitimar las relaciones de dominación. En este sentido, en el tercer apartado se desarrolla la configuración de un campo de disputas de sentidos en el marco de las teorías sociales gerontológicas. Se trata de conceptualizaciones en disputa en tanto sus fundamentaciones reproducen o cuestionan la construcción biologicista, homogénea y estereotipada de la vejez. Desde el enfoque biomédico, las primeras conceptualizaciones construyen la vejez como un problema en tanto interpela el orden social fundamentado en el patrón de poder colonial, capitalista y patriarcal. En este campo de disputas de sentidos, las últimas décadas registran la crisis del paradigma científico dominante heredado de la modernidad, donde se ubica la tercera generación de teorías sociales en gerontología. Principalmente fundamentadas desde las teorías críticas y el enfoque de derechos, la vejez es abordada en términos integrales como sujeto biopsicosocial dando cuenta de la diversidad y heterogeneidad en los procesos de envejecimiento y en la vejez. El siguiente apartado desarrolla una conceptualización de la vejez desde los aportes de las teorías críticas, el enfoque de derechos y la perspectiva decolonial. Estos aportes permiten deconstruir y desnaturalizar la jerarquización colonial, capitalista y patriarcal fundada en la raza/etnia, género, clase social, territorio y edad como ejes de distribución del poder. En este sentido, se desarrolla el concepto de vejez diversa y situada, en tanto construcción social, histórica, cultural y política. Finalmente, se incluyen referencias en torno a los antecedentes recientes en el campo gerontológico desarrollados en el contexto de pandemia. Estos estudios dan cuenta de procesos de profundización de las desigualdades existentes y de una reproducción del enfoque biomédico y los estereotipos negativos en la implementación de las medidas sociosanitarias. Lo que da cuenta de la coexistencia y vigencia del enfoque biomédico y el enfoque biopsicosocial en la construcción política con implicancias en las condiciones de vida de las personas mayores.
1.1. Antecedentes en el campo gerontológico desde el contexto latinoamericano
La presente investigación se inscribe en el campo de conocimiento gerontológico que comienza a ser desarrollado a partir de la década del ’40 principalmente en Europa y Estado Unidos. Estos comienzos se vinculan con las problemáticas emergentes donde el crecimiento del proceso de envejecimiento poblacional comienza a presentar complejidades y desafíos a las sociedades capitalistas. Estos primeros estudios se desarrollan principalmente desde disciplinas médicas prevaleciendo un enfoque biológico en el estudio y comprensión del envejecimiento y la vejez. Enfoque que se fue ampliando hacia la década del ´50 y del ’60 a partir de los aportes teóricos de las disciplinas psicológicas y sociales en diversos territorios en los que también comienza a registrarse el fenómeno de envejecimiento poblacional, particularmente acelerado en la región latinoamericana (Paola, 2021; Roqué, 2015). De esta manera, si bien el conocimiento gerontológico comienza a desarrollarse a partir de conceptualizaciones teóricas producidas en los contextos europeo y norteamericano, también comienza a ser objeto de estudio desde diversas disciplinas, en distintos territorios y momentos históricos conformando así diversas teorías y enfoques en el estudio y comprensión del envejecimiento y la vejez.
En efecto, la gerontología comprende una interdisciplina que estudia el proceso de envejecimiento y la vejez a partir de los aportes de distintas disciplinas que históricamente fueron conformando su matriz teórica a través del desarrollo de diferentes teorías gerontológicas (Monk en Manes, 2021). En este marco, las primeras conceptualizaciones desde las ciencias sociales se encuentran en torno a la década del ´50 y del ´60. Como señala Oddone (2013), en 1953 Havinghurst y Albrecht son considerados los precursores de la denominada gerontología social. En este momento histórico se destacan la “Teoría de la actividad” (Havinghurst 1953, Lemon 1972 entre otros), los aportes de la “Teoría del ciclo vital” (Neugarten, 1970) y en la actualidad el “Paradigma del curso de la vida” (Lalive d’Epinay, 2011). En esta matriz teórica de teorías gerontológicas se destacan a partir de la década del ´70 los aportes desde la filosofía de Simone de Beauvoir (1970). Así como desde el campo de la sociología de Bourdieu (1990) en la problematización y la caracterización de la vejez y las vejeces como objeto de estudio de las ciencias sociales. Estas teorías conforman antecedentes de la gerontología aportando su especificidad al objeto de estudio y construyendo una mirada particular acerca del proceso de envejecimiento y la vejez.
En nuestro país el proceso de envejecimiento y la vejez como momento de la vida comienza a ser conceptualizada desde las ciencias sociales en torno a la década del ´70 a partir de las primeras producciones teórico-conceptuales en gerontología (Salvarezza, 1981; Oddone y Knopoff 1981, Monk 1997, Gastrón 2008, Yuni y Urbano 2005, entre otros) y particularmente desde el trabajo social con el análisis de las políticas sociales gerontológicas y los problemas sociales que atraviesa la población mayor (Danel, 2012; Paola, 1998, Ludi, 1995, 2002, Zolotow, 2002). Los antecedentes recientes de las producciones latinoamericanas en el campo gerontológico se orientan a la construcción de conocimientos con diversos objetivos y desde distintas disciplinas abordando diferentes dimensiones acerca del envejecimiento y la vejez.
En este sentido, en el estado de conocimiento actual sobre el tema se mencionan algunas áreas mayormente estudiadas y desarrolladas en profundidad desde las disciplinas sociales, la psicología y el derecho. Entre ellas se encuentran estudios que abordan las conceptualizaciones teóricas de las categorías de envejecimiento, vejez y personas mayores (Paola, Manes, Samter, 2012; Ludi, 2012, Huenchuan, 2004; Salvarezza, 1998). Asimismo, se encuentra una amplia producción de estudios acerca de la cuestión de género y la sexualidad en la vejez (Rada Schultze, 2020; Navarro, 2020; Iacub et all, 2020; Danel y Navarro, 2019; Amaro, 2017; Giribuela, 2019; Farré y Salas, 2009; Yuni y Urbano,2008).
Así como también se encuentran investigaciones acerca de las políticas públicas orientadas a la población mayor, el proceso de envejecimiento poblacional y la intervención social en el campo de la vejez (Manes, 2021; Huenchuan, 2004, 2018; Roqué, 2015; Yuni, 2015; Gascón, 2015; Carballeda, 2015; Gastrón, 2011; Mariluz, 2007). En relación con otras áreas desarrolladas desde las ciencias sociales en el campo gerontológico es posible mencionar estudios respecto de la salud y los cuidados en la vejez (Dornell, 2021; Ortiz Espinosa, 2021; Zamora Carrillo y Vázquez López, 2021; Otero Zucaro y Danel, 2020; Sala, Pucci, Chavez Asencio, 2020) y de la dependencia y discapacidad en la vejez (Cruz Maldonado, 2021; Martins, 2020; Danel, 2020). Así como estudios que abordan la participación de las personas mayores en espacios educativos (Yuni y Urbano, 2016; Zolotow, 2012; Manes, 2012; Yuni, 2009). Y en los últimos años se han desarrollado investigaciones acerca de la diversidad y desigualdad en los procesos de envejecimiento (Danel, 2021; Manes et all, 2016; Oddone, 2014; Wood, 2022). Cabe destacar que además de los estudios que abordan específicamente la cuestión del envejecimiento y el género como objeto de estudio, muchas de las investigaciones de las últimas décadas abordan las distintas dimensiones desde la perspectiva de género y de derecho de manera transversal en sus análisis.
En relación con la conceptualización teórica del proceso de envejecimiento, vejez y personas mayores las investigaciones expresan el desarrollo de las teorías sociales gerontológicas donde se fue incorporando el enfoque biopsicosocial hacia las décadas del ’60 y ’70, ampliando el tradicional enfoque biomédico que tiende a homogeneizar la vejez reduciéndola a su aspecto biológico. (Paola, Manes, Samter, 2012; Ludi, 2012, Salvarezza, 1998). En este sentido, los estudios en el contexto latinoamericano plantean que, si bien no existe un único paradigma de la vejez y el envejecimiento, el enfoque biopsicosocial implica una complejización del tema abriendo una diversidad de dimensiones de estudio y disciplinas que amplían la comprensión del envejecimiento y la vejez más allá de la dimensión biológica. Proceso en el cual el principal aporte de las ciencias sociales se relaciona con la comprensión de la categoría de envejecimiento como un proceso multidimensional situado en un determinado contexto social, histórico, político, económico y cultural que configura determinadas condiciones materiales y simbólicas de vida en el momento de habitar la vejez. En este sentido, los estudios expresan la heterogeneidad en la vejez planteando el concepto de “vejeces” para dar cuenta de la diversidad en los procesos de envejecimiento situados en determinados contextos sociohistóricos.
Asimismo, se encuentran estudios que abordan la desigualdad en la vejez desde la disciplina del derecho (Davobe, 2021) y desde las ciencias sociales (Danel, 2021; Manes, 2018; Ludi; 2013). En este sentido, desde distintas dimensiones las investigaciones abordan la desigualdad en la vejez en torno al diferencial de acceso a los derechos de las personas mayores, así como en torno a la desigualdad en los procesos de envejecimiento. Asimismo, desde la perspectiva decolonial (Quijano, 2007; Reygadas, 2012; Mignolo, 2010) la desigualdad en la vejez es abordada en forma situada en el contexto latinoamericano donde se ponen de relieve las relaciones de poder con base en las categorías de raza/etnia, género, clase social, edad y territorio en la producción socio histórica de la desigualdad en la vejez (Wood, 2022). Desde esta perspectiva se abordan los procesos de producción de la desigualdad en la vejez en el contexto latinoamericano como cuestión social y política, así como sus implicancias en la construcción de políticas sociales gerontológicas situadas en contextos históricos, sociales, políticos, económicos y culturales (Wood, 2022).
Los antecedentes en la región latinoamericana acerca del proceso histórico de las políticas sociales destinadas a la población mayor abordan principalmente el desarrollo desde los comienzos de implementación de intervenciones sociales del Estado hacia finales del siglo XIX (Roqué, 2015; Manes et all, Huenchuan, 1999). Si bien los estudios abordan particularidades regionales es posible considerar que comprende un proceso caracterizado por una tensión histórica en la construcción del sujeto de la política entre la concepción de la vejez en tanto objeto de cuidado y como sujeto de derechos, que continua vigente. Esta tensión expresa la prevalencia de cada concepción en diferentes momentos históricos, sociales, políticos, económicos y culturales.
En efecto, los estudios plantean que entre finales del siglo XIX y principios del XX las políticas destinadas a la vejez se caracterizaron por la presencia de organizaciones de beneficencia que fueron las encargadas de dar respuestas a la población mayor en situaciones de pobreza. En este sentido, los primeros asilos tenían la finalidad de ocultar e invisibilizar a los pobres, los mendigos y las personas mayores en situación de pobreza. En el marco del siglo XX las políticas se orientaron hacia acciones de protección social para las personas mayores con la creación de sistemas de jubilación y pensión, donde la vejez como cuestión social deja de ser entendida desde lo asilar para ser comprendida desde la integración social (Huenchuan, citada en Roqué, 2015).
En este contexto, en Argentina se destaca el Decálogo de la Ancianidad impulsado por Eva Perón en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas ampliando la mirada hacia las personas mayores al establecer el derecho al descanso, al cuidado de la salud física y moral, al esparcimiento, al trabajo y a la tranquilidad. Un tercer momento se ubica entre finales del siglo XX y principios del siglo XXI donde las políticas se caracterizan por la incorporación del paradigma de derechos humanos y donde las personas mayores son concebidas en tanto sujetos de derecho como fundamento de las políticas (Roqué y Fassio, 2012).
En tanto la tensión objeto de cuidado/sujeto de derecho continua vigente, las investigaciones recientes que abordan el estudio de los diversos instrumentos internacionales, regionales y nacionales de protección de los derechos de las personas mayores desarrollan la relevancia del enfoque de derecho en el diseño de políticas públicas de vejez que garanticen el pleno ejercicio de los derechos a todas las personas mayores, particularmente en el actual contexto latinoamericano caracterizado por una profundización de las desigualdades sociales y por un proceso de envejecimiento poblacional acelerado (Huenchuan, 2018; Cataldi, 2017; Paola, Tordó y Danel, 2015; Davobe, 2008).
Entre los estudios recientes que abordan la intervención social con personas mayores se destaca el análisis de los modelos de intervención con personas mayores en distintos momentos históricos, donde cada modelo se caracteriza por una determinada concepción de la vejez como sujeto de la política y una determinada modalidad de intervención (Manes, 2021). Así como los modos contemporáneos de pensar a la vejez y los desafíos que se instalan frente intervención en lo social (Carballeda, 2020). Por otro lado, se desarrollan las relaciones entre las representaciones sociales de la vejez y los fundamentos de las intervenciones sociales en el marco de las instituciones gerontológicas que las producen y reproducen (Yuni, 2018).
En este sentido, las investigaciones en el contexto latinoamericano desarrollan las construcciones teóricas y representaciones sociales acerca del envejecimiento y la vejez que fundamentan las políticas, las prácticas de intervención y las instituciones gerontológicas en distintos momentos históricos. De manera que es posible considerar la relevancia de abordar el estudio de las formas en que se expresan las relaciones entre las construcciones que producen y reproducen las políticas y las instituciones y las construcciones que en el plano microsocial crean las personas mayores en su participación en la sociedad.
Cabe destacar que en relación con las representaciones sociales los estudios expresan que se encuentran condicionadas por la presencia de mitos y estereotipos negativos asociados a la vejez que atraviesan las políticas públicas, las instituciones, las intervenciones sociales, y el lazo social. En este sentido, los antecedentes plantean que sustentada en el enfoque biomédico tradicional la vejez es conceptualizada en términos biológicos como un momento de déficit y de involución acentuando la percepción de la vejez como un proceso degenerativo y de decrepitud (Paola, 2012). Comprenden percepciones que sustentan el desarrollo de una serie de mitos y estereotipos negativos que asocian la vejez con la enfermedad, la improductividad y la pasividad, con profundas implicancias en la vida de las personas mayores. En efecto, expresando estas representaciones sociales de la vejez Butler (1969) define como “edadismo” al prejuicio y la discriminación dirigidos hacia las personas mayores, basados en la creencia de que el envejecimiento hace a las personas menos atractivas, inteligentes, sexuales y productivas (Atchley, 1997; Macionis, 1998). Desde los antecedentes en nuestra región, para hacer énfasis en la cuestión de la edad, Salvarezza (1998) define como “viejismos” al conjunto de prejuicios, estereotipos y discriminaciones que se aplican a las vejeces simplemente en función de su edad. Las investigaciones sociales recientes en el campo de las políticas públicas destinadas a la población mayor y las concepciones que las fundamentan han abordado principalmente el estudio de las políticas de seguridad social, de salud, el enfoque de derechos en el diseño e implementación de las políticas, y los dispositivos institucionales gerontológicos como centros de salud y residencias (Danani, 2018; Yuni, 2018; Davobe, 2008).
En este sentido, se aborda la construcción del taller con personas mayores como uno de los dispositivos de intervención social en el campo gerontológico. En relación con los antecedentes que conceptualizan el taller expresan su origen en el contexto medieval europeo asociado al trabajo. En efecto, el término “taller” proviene de la palabra francesa “atelier” que significa estudio, obrador, oficina. De esta manera hace referencia a un lugar donde trabaja un artista plástico o escultor, y que reúne a artistas conocedores de determinada técnica u obra, a fin de compartir lo que conocen al respecto, o bien a los discípulos de dicho artista a fin de aprender del maestro (Cano, 2012; González Cuberes, 1987). Desde estos antecedentes el taller es conceptualizado principalmente como una unidad productiva en el marco de la organización de la economía y el trabajo (Cano, 2012; González Cuberes, 1987). En este marco, cada taller constituía la unidad productiva de los artesanos quienes se organizaban en gremios. De esta manera, el taller como unidad productiva comprendía un escalafón jerárquico de trabajo que era propiedad de un maestro, cuyos oficiales y aprendices llevaban adelante un trabajo de producción en determinado rubro (Cano, 2012). Asimismo, los estudios refieren que en este contexto el taller presenta características de creación artística, una síntesis de trabajo y aprendizaje, y prácticas organizativas de los artesanos (Cano, 2012; González Cuberes, 1987). De acuerdo con el desarrollo de los antecedentes las mismas comprenden características que se configuran siempre vinculadas al carácter productivo económico del taller. En relación con los orígenes del taller en el contexto latinoamericano no se encuentran antecedentes recientes respecto de su surgimiento y conceptualización. Sin embargo, los aportes de Freire (2001) y Ghiso (1999) dan cuenta de experiencias de talleres con distintas poblaciones en distintos territorios de América Latina en las décadas del ‘60 y ‘70 asociadas principalmente a la educación.
Desde estos antecedentes Ghiso (1999) señala que el taller es definido como un instrumento válido para la socialización, la transferencia, la apropiación y el desarrollo de conocimientos, actitudes y competencias en forma participativa y pertinente a las necesidades y cultura de quienes participan. En efecto, en el contexto latinoamericano el taller ha sido ampliamente desarrollado en los estudios vinculados con la pedagogía, la educación popular, la animación sociocultural y el trabajo social (Ghiso, 1999).
En este sentido, desde el trabajo social el taller surge en los países de América Latina en la década del ’70 en el marco de la reconceptualización, donde es incorporado en la formación profesional buscando modificar la forma en que se desarrollaban las prácticas de los/as estudiantes (Robles, 2008). De esta manera, el taller surge como una nueva modalidad en oposición a la tradicional educación bancaria donde el aprendizaje es concebido en tanto proceso unidireccional bajo el supuesto de que el estudiante no sabe y que quien enseña, como poseedor del saber, lo guiará en el proceso de adquisición de información. Proceso donde el modelo vincular que se propone, promueve y reproduce se asemeja a la relación opresor-oprimido que describe Paulo Freire en su “Pedagogía del Oprimido” (Robles, 2008). En este contexto, el taller surge en un cuestionamiento a un esquema vincular que incorpora la idea de un otro superior con quien identificarse para reproducir así una cadena de sometimientos (Robles, 2008).
1.1.a. Situando los antecedentes del taller con personas mayores
Los antecedentes desarrollados el apartado anterior expresan que en nuestra región el espacio de taller ha sido históricamente relacionado con la educación popular (Ghiso, 1999). Desde esta perspectiva se propone como un proceso de práctica, reflexión y construcción colectiva, un espacio para la praxis transformadora hacia procesos colectivos emancipatorios, donde hombres y mujeres se formen como sujetos autónomos y críticos, a partir de un diálogo que busca romper las jerarquías que reproducen las posiciones dominantes (Freire, 2001).
En este sentido, los antecedentes en relación con los orígenes del taller en el contexto europeo expresan su configuración principalmente como unidad de trabajo productivo caracterizado por una organización jerárquica en el marco de la organización social económica de la edad media. Mientras que en el contexto latinoamericano los antecedentes disponibles ubican las primeras referencias del taller hacia fines del siglo XX principalmente vinculado a la educación y orientado a la construcción de un espacio político de pensamiento y acción en el marco de un cuestionamiento a los sentidos y prácticas hegemónicas que producen y reproducen las relaciones de poder dominantes. En relación con el contexto histórico de creación y conceptualización del taller como dispositivo de intervención social gerontológico en contextos de desigualdad en el marco de las políticas públicas del Estado no se encuentran antecedentes recientes.
En este marco, en nuestro país se registran antecedentes de las primeras experiencias de grupalización de personas mayores jubiladas principalmente desde la disciplina del trabajo social desarrollando talleres, entre otras actividades, en el marco del INNSJyP-PAMI[1] hacia la década del ’70 (Paola, 1998). Estos antecedentes expresan el desarrollo de intervenciones sociales desde el trabajo social en el campo gerontológico orientadas hacia abordajes grupales y comunitarios en un contexto de búsqueda de ruptura con las intervenciones desarrolladas hasta el momento caracterizadas por abordajes individuales (Paola y otros, 2003). De acuerdo con los autores, hacia fines de la década del ’80, en el marco de su política de prestación de servicios tercerizados, el PAMI incorpora financiamiento al desarrollo de centros de día en diversas instituciones principalmente en el campo de salud, así como centros de jubilados en el área metropolitana de Buenos Aires. Ambos comprenden espacios institucionales ya existentes con modalidades autogestionadas o privadas, que a partir del financiamiento del PAMI comienzan a ser implementados en diversos territorios ampliando estos espacios destinados a la población mayor hacia la década del ‘80. Si bien se implementan con diversos objetivos, comprenden espacios institucionales donde se desarrolla una amplia variedad de actividades recreativas y comunitarias asociadas con la atención en salud, entre las cuales comienzan a desarrollarse talleres con personas mayores (Paola y otros, 2003). En este contexto, el primer centro de día en la C.A.B.A. fundado en 1978 de modalidad privada, se incorpora a la política de financiamiento del PAMI hacia la década del ’80. Los estudios al respecto expresan antecedentes de desarrollo de talleres con personas mayores en este centro de día hacia la década del ’90 principalmente con objetivos preventivos y terapéuticos desde diversas disciplinas como terapia ocupacional, psicología, educación y psiquiatría (Barca, 2012). Asimismo, en esa misma década y en el marco del Ministerio de Desarrollo Social de la C.A.B.A. se desarrolla el Programa de Centros de Día con la implementación del primer centro de día como política pública de vejez (Paola y otros, 2003).
A partir de estas primeras experiencias documentadas, desde la década del ‘90 en adelante comienzan a implementarse una diversidad de talleres con personas mayores como espacios grupales en distintos marcos institucionales generalmente asociados al campo de la salud y la educación. En este sentido, en la actualidad se encuentra una diversidad de producciones que describen y analizan experiencias de talleres con personas mayores en distintas instituciones y regiones del país, como centros de salud, centros de día, hospitales de día, residencias, centros de jubilados y universidades, entre otros. En este sentido, analizan experiencias particulares de implementación de talleres de estimulación de la memoria, talleres literarios, de noticias, de tango, de murga, entre otros, donde se desarrollan las relaciones entre el desarrollo de diversas actividades y los objetivos sociosanitarios, terapéuticos, educativos, recreativos y psicosociales (Risiga; 2011; Acrich, 2011; Kleiner, 2011; Bórquez. Gurman, Paniagua Fernández, Portela, 2012; Paola y otros, 2003).
1.2. Desigualdad en la vejez como manifestación de la cuestión social latinoamericana
En virtud de los antecedentes mencionados se aborda el área de vacancia respecto del proceso de creación y conceptualización del taller como dispositivo de intervención social en el campo gerontológico situado en el contexto latinoamericano caracterizado por la desigualdad. De esta manera, indagar y analizar los procesos sociohistóricos y las relaciones sociales que configuraron al taller con personas mayores como un dispositivo de intervención social puede contribuir al estado de conocimiento actual en el campo gerontológico. En este sentido, se propone la construcción de nuevas categorías conceptuales desde nuestros propios contextos latinoamericanos como aportes que sustenten nuevas prácticas de intervención social, así como al diseño decolonial de políticas sociales gerontológicas integrales y de derecho.
En este sentido, se comienza analizando los procesos históricos, sociales, políticos, económicos y culturales de producción de la desigualdad en la vejez en el contexto latinoamericano desde la perspectiva decolonial. Los procesos de construcción del taller con personas mayores como dispositivo de intervención social en contextos de desigualdad desde la perspectiva decolonial implican el abordaje de la desigualdad como manifestación de la cuestión social latinoamericana. En efecto, las manifestaciones de la cuestión social configuran el campo problemático de intervención social (Rozas, 2001). En este sentido, se comienza analizando la cuestión social situada en el contexto latinoamericano. Carballeda (2010) señala que las diferentes definiciones de cuestión social pueden ser clasificadas en dos grandes grupos, aquellas que la entienden como producto de determinantes sociales y aquellas que la explican desde condicionantes sociales. Desde la noción de los determinantes sociales la cuestión social se ubica en el siglo XIX, vinculada con la conflictividad específica que genera la revolución industrial y su impacto sobre la clase obrera europea como nuevo sector de la población que padece los efectos de la cuestión social. No obstante, los procesos socio-históricos particulares en América Latina dan cuenta de otros aspectos y características que involucran además otros factores para comprender y analizar las desigualdades en América Latina como manifestación de la cuestión social. En este sentido, a diferencia de la noción de los determinantes sociales, desde la perspectiva de los condicionantes sociales la emergencia de la cuestión social se asocia con el traspaso de una forma de sociedad a otra. En este proceso la cuestión social emerge al entrar en crisis los dispositivos que aseguraban la cohesión social configurando nuevas formas de desigualdad y conflictividad social.
De esta manera las manifestaciones de la cuestión social se expresan en escenarios donde se pierden los mecanismos de sostén, reciprocidad y solidaridad de diferentes grupos sociales que en ese traspaso quedan fuera del proceso de modernización y de integración social. En virtud de lo cual, desde la perspectiva latinoamericana el surgimiento de la cuestión social se vincula con los procesos de la colonización europea en América. En este sentido, las manifestaciones de la cuestión social se relacionan con la fragmentación de las sociedades conformadas por los pueblos originarios, produciendo la ruptura del lazo social, donde la diferencia se transformó en desigualdad.
El análisis de la producción de la desigualdad en América Latina se aborda entonces inscripto en el marco de los procesos históricos, sociales, culturales, económicos y políticos, atravesados por relaciones de poder, en la construcción de determinadas relaciones sociales orientadas a conformar y legitimar una determinada sociedad, un determinado orden social. De manera que la emergencia de la cuestión social en América Latina involucra tanto factores económicos como sociales, políticos, culturales en un proceso de fragmentación del lazo social de los pueblos originarios, al mismo tiempo que una imposición de otra visión del mundo que establece así otro orden social. En este sentido, Suriano señala que la emergencia de la cuestión social en Argentina incluye “los problemas suscitados desde fines del siglo XIX en torno al género y relacionados centralmente con el rol de la mujer en su carácter de trabajadora y/o madre; por otro, descentrado el tema migratorio y obrero, la cuestión indígena, que tuvo su manifestación más dramática al finalizar la campaña de 1880 cuando miles de indígenas fueron exterminados y los que sobrevivieron sufrieron un proceso de desestructuración” (Suriano, 2000:2). En virtud de lo cual es posible considerar que los procesos de emergencia de la cuestión social desde la perspectiva latinoamericana se encuentran atravesados por una matriz colonial de poder, en tanto patrón de poder que emerge a partir de los procesos de la colonización europea en América pero que continúa vigente aún hoy. Refiere a un patrón de poder capitalista que se funda en la imposición de una clasificación jerárquica étnica/racial, de género, clase, nacionalidad -entre otros- de la población del mundo, transformando la diferencia en desigualdad (Quijano, 2007). Asimismo, en el mismo movimiento en que se impone un nuevo orden social jerárquico desde una perspectiva eurocéntrica, se construye y consolida un determinado orden mundial. Dussel (1992) señala que es en estos procesos donde Europa se construye como el “centro” del mundo, al tiempo que construye a América como la “periferia”. Así, la perspectiva eurocéntrica construye al otro no europeo como dominado bajo el control del conquistador en tanto dominio del centro sobre la periferia. En efecto, como señala Quijano (2007) la colonialidad es uno de los elementos constitutivos y específicos del patrón mundial de poder capitalista patriarcal. Procesos que implican la construcción de la idea de raza como el primer criterio fundamental para la distribución de la población mundial en los rangos, lugares y roles en la estructura de poder de la nueva sociedad. Se constituye así en el modo básico de clasificación social universal de la población mundial, como piedra angular de dicho patrón de poder que opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia social cotidiana y a escala societal. De manera que la idea de raza fue un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la colonización. Asimismo, con la expansión del colonialismo europeo sobre el resto del mundo se fue consolidando la elaboración de la perspectiva eurocéntrica de conocimiento y con ella la elaboración teórica de la idea de raza como naturalización de esas relaciones coloniales de dominación entre europeos y no-europeos. En virtud de lo cual es posible considerar que la relación capital-trabajo no constituye el único eje de poder, sino que existen otros ejes de poder que actúan en ámbitos que no son solamente económicos, como la raza, el género y la edad. De esta manera, la distribución del poder entre la población de una sociedad no proviene exclusivamente de las relaciones en torno del control del trabajo (Quijano, 2004). En efecto, el autor define el poder como un espacio y una malla de relaciones sociales de explotación/dominación/conflicto articuladas en función y en torno de la disputa por el control del trabajo, de la naturaleza, del sexo, de la subjetividad y de la autoridad. En estas relaciones de poder la clasificación social hace referencia a los lugares y a los roles de las personas en el control del trabajo, del sexo, de la subjetividad y de la autoridad. Así, la categoría de edad identifica lugares y papeles en las relaciones de poder que desde su aspecto biológico son presentados en tanto “naturales” (Quijano, 2000). De esta manera opera una naturalización de los espacios y roles sociales que corresponde ocupar según la edad. En este sentido, el lugar que ocupa la categoría edad en la escala de clasificación jerárquica no se desprende entonces de su aspecto biológico, sino que conforma una construcción histórico social en el marco de esas disputas de poder. De manera que, desde los procesos de colonización, desde el momento de surgimiento de la cuestión social latinoamericana, a la fragmentación de las culturas originarias se impuso un nuevo orden social mundial fundado en las clasificaciones jerárquicas eurocéntricas que se presenta en tanto orden natural de las cosas. Así, el pensamiento de las epistemologías hegemónicas eurocéntricas que fundamentan estas categorías jerárquicas se impone en tanto única visión legítima para ver y entender el mundo. Estas clasificaciones y visiones del mundo atravesaron los procesos de formación del Estado Nación en Argentina. De acuerdo con Svampa (2006), los procesos de formación del Estado Nación están atravesados por el mito de civilización-barbarie, construido por la ideología eurocéntrica. Plantea el concepto de la civilización como metáfora, en tanto remite a una determinada forma de alcanzar el progreso. De esta manera, el concepto de civilización también entraña su lado opuesto, aquel estado del cual provenía y al que había superado, la barbarie. Hacia el siglo XIX el término también fue utilizado para designar la alteridad, así, bárbaro es un vocablo a través del cual no se define, sino que se califica al otro, estigmatizándolo como salvaje, atrasado. De manera que resulta un término que jerarquiza y pondera un pueblo sobre otros. Así, la civilización se legitimará por la estigmatización de su contrario. Particularmente en Argentina, este pensamiento constituye una estructura de sentido que va construyendo el relato hegemónico en la construcción de identidades nacionales, donde las elites dirigentes se plantean alcanzar esa “civilización” asociada al “progreso” frente a la “barbarie” de los pueblos originarios, que son demonizados asociados al “salvajismo”. En este sentido, el relato nacional desde las clases dominantes construyó a los pueblos originarios desde la imagen del bárbaro interior, que sustentó y legitimó la exclusión y eliminación física, cultural y simbólica de los pueblos originarios, en tanto representaban la posibilidad de la amenaza al orden de las cosas, la amenaza de la destrucción de los principios morales y culturales desde el seno mismo de la propia sociedad. En estos procesos, ese otro es concebido como problema, en tanto “problema indígena”, “inmigrante” o “negro” (Ansaldi, 1992). Se trata de una clasificación jerárquica que naturaliza la desigualdad a partir de las diferencias.
Resulta relevante destacar que el mito de la civilización única y la barbarie original se fue trasmitiendo por siglos y todavía continúa vigente. Stavenhagen plantea su vigencia a través de diversas reactualizaciones mediante las que fue adquiriendo diversos sentidos que, si bien en algunos momentos puede prevalecer uno u otro, se encuentran interrelacionados. De esta manera, el mito refiere a la incapacidad de los pueblos originarios, así como también a su inferioridad en términos de raza. Asimismo, desde una visión esencialista de la cultura, se representa la “barbarie” en términos de una cultura atrasada que implica un obstáculo para el progreso (Stavenhagen, 2010). Se construyó así un relato donde toda diferenciación es percibida como negativa, y ciertas categorías identitarias (pueblos originarios, negros, inmigrantes limítrofes) invisibilizadas en el proceso de nacionalización (Mera y Vacotti, 2013). Con la complejización de las sociedades y el proceso de consolidación del sistema capitalista, patriarcal y colonial, las reactualizaciones del mito se complejizan y adquieren nuevos sentidos. Esta estructura de pensamiento único vinculada a la construcción de relaciones sociales capitalistas, patriarcales y coloniales construyó la vejez en términos homogéneos y asociada a estereotipos negativos como improductiva, como pasiva, convirtiéndola en un obstáculo para el progreso, y por lo tanto naturalizando su expulsión de los medios productivos. Desde estas aproximaciones es posible considerar que en estos procesos se construyen sentidos y significaciones biologicistas, estáticas y ahistóricas en torno a la vejez que naturalizan y legitiman la desigualdad en la vejez a partir de la expulsión social de las personas mayores por el solo hecho de ser viejes.
Ahora bien, el concepto de interseccionalidad pone de manifiesto las relaciones de poder que se ocultan en la construcción de la idea de un orden social naturalmente dado. Como señala Yuval-Davis (2013) el concepto de interseccionalidad tiene una larga historia, y en la reconstrucción de sus orígenes plantea el libro de Bell Hooks (1981) titulado “¿Y acaso no soy una mujer?” en el que rechazaba la homogeneización de la opresión de las mujeres por parte de las feministas blancas. El titulo recoge la pregunta expresada por Sojourner Truth, una mujer negra liberada de la esclavitud, quien en su campaña tanto por la abolición de la esclavitud como por los derechos de la mujer, argumentó en la convención de Derechos de la Mujer en 1851 en Akron, Ohio (EE. UU) que dada su posición en la sociedad, trabajaba arduamente, soportaba pesadas cargas, pero esto no la hacía menos mujer ni menos madre que las mujeres de orígenes privilegiados que eran construidas como débiles y con necesidad constante de ayuda y protección como resultado de lo que la sociedad consideraba como las características ‘femeninas” (Brah, 2013; Yubval Davis, 2013). Asimismo, aunque el concepto de las divisiones sociales y el de la articulación de los diferentes ejes de poder han circulado durante largo tiempo, el término interseccionalidad fue acuñado por la feminista negra estadounidense Kimberlé Crenshaw teórica del derecho contra el racismo legal en su artículo en 1989, donde identifica las bases de su propuesta en el discurso de Sojourner Truth (Brah, 2013; Yubval Davis, 2013; Sales Gelabert, 2017). En su texto discute temas relacionados con el empleo de las mujeres negras en los Estados Unidos y la interseccción de asuntos de género, raza y clase en su explotación y exclusión. Asimismo, como señala Yubval Davis (2013) en referencia a lo que puede considerarse como un análisis interseccional fue desarrollado también más o menos al mismo tiempo por varias feministas europeas y postcoloniales. En este sentido, cabe destacar que desde sus orígenes el concepto ha sido objeto de debates, aún vigentes, generando nuevos interrogantes y produciendo nuevos desarrollos teóricos desde diversas perspectivas epistemológicas, así como diferentes críticas dando lugar a una amplia y diversa producción teórica en distintos momentos y en distintas latitudes (Brah, 2013; Yubval Davis, 2013; Zapata Galindo, García Peter, Chan de Avila, 2013; Sales Gelabert, 2017). Las diferentes producciones expresan el énfasis en el carácter relacional de los procesos sociales en la producción y reproducción de la desigualdad. En este sentido el concepto de interseccionalidad pone de manifiesto críticamente las relaciones entre los diferentes ejes de poder en procesos que configuran grupos oprimidos y privilegiados de la sociedad. Como considera Sales Gelabert (2017) los diferentes desarrollos en las últimas décadas han insistido en la necesidad de considerar que la realidad social es relacional, constituida por múltiples ejes de relaciones asimétricas de poder que configuran posiciones diferenciales, produciendo situaciones de vulnerabilidad y situaciones de privilegio. Se trata de relaciones sociales en las que se configuran las disputas de distribución del poder, del sentido que adquieren las categorías relacionales y las interrelaciones entre ellas. En este sentido, es posible considerar la relevancia de análisis que permitan “vislumbrar las diferentes formas de articular políticamente las diferentes relaciones de poder que descubre el concepto de interseccionalidad” (Sales Gelabert, 2017:254). En efecto, como señala Yuni (2015) los aportes de las corrientes feministas permitieron complejizar la perspectiva de análisis al poner de manifiesto las articulaciones entre sistemas de dominación “en particular del patriarcado y del Estado a través de las políticas públicas” (pp. 326). De esta manera el concepto de interseccionalidad permite develar el carácter relacional en los procesos de desigualdad en la vejez. En virtud de lo cual, no solamente descubre la diversidad y heterogeneidad en los procesos de envejecimiento y en las formas de pensar, significar y habitar la vejez sino los condicionamientos diferenciados de portar y disputar significados y espacios dentro de la vida social (Yuni, 2015).
Los procesos de exclusión y expulsión de espacios sociales por el solo hecho de ser viejes adquiere características particulares en las formas de ser transitada, construida, significada y habitada por las personas mayores en relación con la configuración de sus posiciones subjetivas y objetivas en torno a las vinculaciones entre los ejes de poder de género, raza/etnia y clase social, profundizando y complejizando los procesos de desigualdad en la vejez en tanto nuevas manifestaciones de la cuestión social, “Así ser anciana, pobre, analfabeta y campesina configura ciertas expectativas, condiciones y posibilidades de experimentar la vejez, ampliamente diferenciadas de las que se generan como anciana de clase media alta, con niveles educativos medios y altos que reside en un núcleo urbano” (Yuni, 2015:327). Como señala el autor, no se trata solo de una cuestión de acceso a bienes culturales, sino de acceso a los recursos de la salud, de la seguridad social, de inserción y participación en las relaciones de producción y reproducción de las condiciones de existencia. Estos significados y prácticas que se construyen en torno a la vejez expresan asimismo las particularidades de la región como contexto socio histórico de envejecimiento. En este sentido, como señala Paola (2005) la propuesta de la denominada “Declaración de Buenos Aires” expresa que en nuestros contextos latinoamericanos el envejecimiento tiene la característica de darse en poblaciones que presentan una gran diversidad cultural, a la vez que altos índices de pobreza vinculados fundamentalmente a la desigualdad en la distribución de la riqueza. De esta manera la diversidad cultural, y por lo tanto la heterogeneidad en los procesos de envejecimiento se ven negados, invisibilizados “por la imposición de pautas culturales hegemónicas propias de los sistemas de producción capitalista, las leyes de mercado globales y la apuesta al individualismo” (Paola, 2005:6). Se trata entonces de procesos históricos, sociales, culturales, económicos y políticos donde se construye un determinado orden social que naturaliza las desigualdades en la vejez tanto a partir de las diferencias en los procesos de envejecimiento como en las formas de transitar y habitar la vejez, donde muchas voces fueron silenciadas, donde ciertas vejeces quedan invisibilizadas. A su vez, estos procesos construyen prácticas y procesos intersubjetivos donde circulan estas construcciones de sentido en torno a las vejeces que se extienden a la vida social en su conjunto, expulsando ciertas vejeces de diversos espacios sociales de participación y de toma de decisiones, espacios donde se construyen procesos de identidad y pertenencia. En virtud de lo cual, surgen interrogantes en torno a los significados y sentidos que construyen el momento de la vejez a lo largo de la historia.
1.3. Teorías sociales gerontológicas: la vejez en disputa
El envejecimiento y la vejez como objeto de estudio de las ciencias sociales comienzan a ser abordados hacia la década del ´40, principalmente en Europa y EE. UU. asociados a diversas problemáticas emergentes y construida como un problema. En efecto, como señala Paola (2015) la gerontología nació “en el contexto de la sociedad postindustrial o moderna, donde el envejecimiento de la población ha adquirido su mayor complejidad en la intersección de cambios sociales claves del siglo pasado” (pp.45). Al respecto, Roqué (2016) plantea que la gerontología surge a comienzos del siglo pasado de la mano de un biólogo ruso, Elie Metchnikoff, quien abandona sus estudios sobre los sistemas de inmunidad para abocarse a investigar al proceso de envejecimiento a nivel orgánico. Como señala la autora, la gerontología surge entonces en un contexto “en el que reinaba el positivismo y la legitimación de las ciencias sociales recurría a la metodología aplicada en las ciencias duras, con el estandarte de la objetividad como algo observable y verificable” (pp.14). El primer trabajo que corresponde al desarrollo de la gerontología científica surge en EE. UU. en 1939 con la obra de Cowdry “Problemas del envejecimiento” (“Problems of Aging”) concebido principalmente desde el punto de vista médico, mientras que lo social y psicológico aparecen como aspectos a desarrollar en “los problemas del envejecimiento”. En este sentido, Yuni y Urbano (2008) plantean que los primeros estudios constituyen una tradición científica que comprende el envejecimiento como un proceso individual, de naturaleza esencialmente biológica, y en la que subyace una concepción decremental y deficitaria de la vejez.
Al respecto, los autores señalan que “el análisis de los supuestos y valores sociales subyacentes en la construcción teórica de la gerontología tradicional lleva a relativizar el pretendido alcance universal de sus conceptos clave” (pp. 154). En efecto, expresan que a partir del análisis de conceptos tales como autonomía, salud, independencia, vejez y declinación, Tornstam establece su funcionalidad con los valores de la sociedad occidental, blanca y de mediana edad (citado en Yuni y Urbano, 2008). Desde la prevalencia de estas concepciones la gerontología y la cuestión de la vejez se van construyendo como disciplina y foco de atención en las sociedades modernas y occidentales en un contexto de industrialización y de expansión del capitalismo donde el trabajo deviene en el gran eje de ordenamiento social (Roqué, 2016). De manera que, en el marco del paradigma positivista, en el proceso de surgimiento y desarrollo de la gerontología se evidencia la predominancia del pensamiento único en la construcción de la vejez desde el campo científico como un problema, en tanto interpela el orden social fundamentado en el patrón de poder colonial, capitalista y patriarcal. Como señala Yuni (2015) la emergencia de la vejez como objeto de conocimiento de las ciencias sociales “se constituyó a partir del carácter problemático y dilemático que le plantea a las sociedades capitalistas, occidentales y urbanizadas, el fenómeno del envejecimiento poblacional y las transformaciones cualitativas en los modos de ser, vivir y construir la vejez como destino individual y como proyecto de comunidad” (pp. 324). Respecto de estas construcciones teóricas Yuni y Urbano (2008) registran en las últimas décadas la crisis del paradigma científico dominante, heredado de la modernidad, a la vez que el surgimiento de un conjunto de nuevas teorías sociales que configuran la emergencia de nuevos enfoques en los modos de construcción teórica del proceso de envejecimiento y la vejez. Así, desde el surgimiento de estos primeros abordajes científicos en una revisión histórica encontramos la configuración de un campo de disputas de sentidos donde se expresa una diversidad de conceptos que comprenden la vejez desde distintos aspectos que surgen en el cuestionamiento al pensamiento único. En este sentido, desde las primeras conceptualizaciones construidas desde la perspectiva hegemónica se fue configurando un campo de disputas de sentidos donde la cuestión del proceso de envejecimiento, la vejez y las personas mayores comenzó a ser pensada y definida desde distintos territorios, momentos sociohistóricos y nuevas perspectivas epistemológicas. En principio cabe señalar que la gerontología se conforma como un campo interdisciplinar al que pertenecen diversas disciplinas científicas relacionadas con el proceso de envejecimiento humano (Monk en Manes, 2021). De esta manera, como interdisciplina se configura a partir de diversos aportes científicos que conforman su matriz teórica. En la revisión histórica se destacan los aportes de Havinghurst y Albrecht en 1953 como precursores de la gerontología social (Oddone, 2013). Asimismo, entre los antecedentes teóricos de la gerontología como interdisciplina se encuentran la teoría de la actividad (Havinghurst 1953, Lemon 1972), la teoría del ciclo vital (Neugarten, 1970) y el paradigma del curso de la vida (Lalive d’Epinay, 2011). Así como también se destacan los aportes desde la filosofía de Simone de Beauvoir (1970) y desde el campo de la sociología de Bourdieu (1990) en la problematización y la caracterización de la vejez y las vejeces como objeto de estudio de las ciencias sociales. En Argentina se da comienzo a una sistematización de las primeras producciones teórico-conceptuales en gerontología a partir de 1970 (Salvarezza, 1981; Oddone y Knopoff 1991, Monk 1997, Gastrón 2008, Yuni y Urbano 2005), mientras que en los últimos años se han recuperado conceptos teóricos generados por pensadores nacionales sobre diversas temáticas.
Como señala Oddone (2011) estas teorías sociales en gerontología pueden ser abordadas cronológicamente en tres momentos de conceptualización teórica que configuran las denominadas teorías de primera, segunda y tercera generación. Esta clasificación da cuenta de los movimientos en los distintos momentos históricos, sociales, culturales, económicos y políticos que configuran las disputas de sentidos en torno al envejecimiento y la vejez. La primera generación de teorías se sitúa entre los años 1949 y 1969, y se encuentra conformada por la teoría la actividad, la teoría del descompromiso y la teoría del envejecimiento como subcultura. Desde la década de 1970 hasta 1985 surgieron las teorías de segunda generación, en oposición a las anteriores, como la teoría del fracaso/competencia social, la teoría del intercambio, la teoría de la modernización, la estratificación por edad y la economía política del envejecimiento. Las teorías de tercera generación surgieron a fines de la década de 1980, como crítica a las precedentes y comprenden las teorías del construccionismo social, curso de vida, edad y sociedad, las teorías feministas del envejecimiento y la teoría crítica (Oddone, 2011). En efecto, cada generación de teorías comprende y conceptualiza el envejecimiento, la vejez y las personas mayores desde distintas perspectivas. En el marco de hegemonía del paradigma positivista en el campo científico, las teorías de la primera generación se construyeron desde las tradiciones teóricas del funcionalismo estructural y el interaccionismo simbólico para explicar modelos adaptativos exitosos o disfuncionales centrándose en el individuo como unidad de análisis independientemente del contexto cultural o la situación social. De esta manera tienen en común el análisis a nivel microsocial basándose en conceptos como roles, normas y grupos de referencia para explicar el grado de adaptación a la declinación que consideraban propia del envejecimiento. Mientras que la segunda generación de teorías desde una perspectiva estructural funcionalista centra su enfoque en el nivel macrosocial y normativo, haciendo foco en las estructuras sociales como determinantes del envejecimiento y la vejez (Oddone, 2011). A continuación, se desarrolla el concepto de vejez desde los aportes de las teorías críticas en su cuestionamiento a las construcciones de las teorías precedentes.
1.4. Vejez diversa y situada: aportes de las teorías críticas, la perspectiva decolonial y el enfoque de derechos
En la actualidad se ubica una continuidad de la tercera generación de teorías gerontológicas situando su enfoque en una vinculación entre los niveles macro y microsocial. Comprende un conjunto de teorías emergentes como la Gerontología Feminista y la Gerontología Crítica que se posicionan desde un cuestionamiento al enfoque que denominan gerontología tradicional. En efecto, en el campo de la gerontología crítica y las comprensiones sobre la vejez Yuni (2015) señala que en las últimas décadas se ha configurado un enfoque multiforme y diverso conocido como gerontología crítica, que reconoce como sustento epistémico y marco de interpretación científica de la vejez y el envejecimiento los aportes de las Teorías Sociales Críticas. Desde este marco, la gerontología crítica plantea una problematización del enfoque biomédico hegemónico articulado con visiones funcionalistas e individualistas (Yuni, 2015). En efecto, estas teorías cuestionan las construcciones del envejecimiento, la vejez y las personas mayores desde el paradigma positivista centrado en una concepción biomédica de los clásicos estudios de gerontología social (Paola, 2015; Manes, 2021).
En este sentido, desde diversas perspectivas se propone una concepción integral del proceso de envejecimiento que además del aspecto biológico considera una multiplicidad de factores sociales, políticos, económicos y culturales que configuran diversos procesos de envejecimiento, diversas situaciones de habitar la vejez y de ser personas mayores. En estos movimientos de construcción de sentidos acerca del envejecimiento, la vejez y las personas mayores se encuentran asimismo conceptualizaciones desde el enfoque de derechos. En este marco, diversos instrumentos internacionales y regionales, desde una concepción integral del proceso de envejecimiento y la vejez, postulan la concepción de las personas mayores como sujetos de derechos. En este sentido, como señala Manes (2021) el enfoque de los derechos humanos de las personas mayores fue instalándose en el plano internacional a partir de la Declaración de los Derechos de la Ancianidad impulsada por Argentina en el año 1948. En efecto, desde la mencionada Declaración la autora expresa un recorrido que luego se fue consolidando a lo largo de los años a partir de una serie de declaraciones y tratados. En este marco desde la mirada disciplinar del derecho las personas mayores tienen los mismos derechos que corresponden a todos los seres humanos. Asimismo, Davobe (2013) da cuenta de la construcción histórica desde la disciplina del derecho en relación con las personas mayores y su aporte específico a la Gerontología como interdisciplina (citado en Manes, 2021). Como señala Davobe (2018) el derecho como disciplina se incorporó a la gerontología en la década del ´80, década que se corresponde con el momento de surgimiento de la tercera generación de teorías gerontológicas, y lo hizo a través de un documento “simbólico”: la Resolución de la Asamblea Mundial de Naciones Unidas sobre el Envejecimiento, celebrada en Viena en 1982. La misma surge a partir de las preocupaciones que presentan los desafíos del proceso de envejecimiento poblacional en constante aumento. Entre sus principios se establece que:
El envejecimiento es un proceso que dura toda la vida y deberá reconocerse como tal. La preparación de toda la población para las etapas posteriores de la vida deberá ser parte integrante de las políticas sociales y abarcar factores físicos, psicológicos, culturales, religiosos, espirituales, económicos, de salud y de otra índole (pp.9)
Asimismo, resulta relevante la concepción situada del proceso de envejecimiento y los condicionantes que atraviesan las formas de envejecer y habitar la vejez:
Los problemas humanitarios y de desarrollo de las personas de edad pueden resolverse mejor en situaciones en que no prevalezcan la tiranía ni la opresión, el colonialismo, el racismo, la discriminación por motivos de raza, sexo o religión, el apartheid, el genocidio, la agresión y la ocupación extranjeras y otras formas de dominación extranjera, y en las situaciones en que se respeten los derechos humanos (pp. 10)
Al respecto, la Resolución establece que las acciones políticas deben orientarse hacia la eliminación de la discriminación por edad en la construcción de sociedades integradas con participación de todas las generaciones propiciando la construcción del lazo social intergeneracional:
Un importante objetivo del desarrollo social y económico es el logro de una sociedad integrada desde el punto de vista de la edad, en la que se haya eliminado la discriminación y la segregación por motivos de edad y se aliente la solidaridad y el apoyo mutuo entre las generaciones (pp.10)
De la misma forma comprende el reconocimiento de los grupos más vulnerados en los distintos contextos históricos, sociales, económicos, políticos y culturales estableciendo entre sus principios que “los gobiernos, las organizaciones no gubernamentales y todos los interesados tienen una responsabilidad especial hacia los senescentes más vulnerables, en particular las personas pobres, muchas de las cuales son mujeres, y las procedentes de zonas rurales” (pp. 11). De manera que ya en el Plan de Acción en la década del ´80 se expresan los procesos de construcción de la desigualdad en la vejez a partir del reconocimiento de la discriminación por edad en la expulsión de las personas mayores de diversos ámbitos de la vida social por el solo hecho de ser viejes. A la vez que se expresan dentro de ese grupo social los ejes de clasificación social en la distribución del poder a través del género, la raza/etnia, la clase social y territorio, expresando las situaciones particulares de vulnerabilidad respecto de quienes se encuentran en situación de pobreza, las mujeres y las poblaciones rurales. En este sentido, en el marco del denominado periodo desarrollista, contexto en el que predomina una visión economicista, propone que, para atender a las necesidades esenciales de su población, incluidas las personas de edad, es preciso instaurar un nuevo orden económico basado en nuevas relaciones económicas internacionales mutuamente provechosas, lo cual posibilitará la utilización justa y equitativa de la riqueza y los recursos. A nivel internacional, además del Plan de Acción Internacional de Viena sobre el Envejecimiento, se destaca también el Plan de Madrid en el año 2002 como los primeros instrumentos legales que establecen específicamente los derechos de las personas mayores desde una mirada integral (Manes, 2021). El Plan de Acción de Madrid del año 2002 establece a su vez la importancia de avanzar en el reconocimiento de los derechos de las personas mayores a través de la implementación de políticas púbicas destinadas a garantizar su pleno de ejercicio expresando las particularidades del proceso de envejecimiento poblacional en el contexto del siglo XXI. En su prólogo expresa que:
Desde la celebración de la primera Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento en 1982, el mundo ha cambiado de tal manera que actualmente resulta casi irreconocible. En aquel entonces el envejecimiento de la población era un problema que afectaba fundamentalmente a los países desarrollados, mientras que hoy en día también está cobrando verdadero protagonismo en los países en desarrollo (pp. 4)
En este sentido, plantea que el Plan de acción constituye un nuevo programa en el abordaje tanto de los desafíos como de las oportunidades que presenta el escenario sociodemográfico a nivel mundial en el contexto sociohistórico del siglo XXI. Al respecto, en el ámbito regional se realizó la Primer Conferencia Regional Intergubernamental sobre envejecimiento en América Latina y el Caribe en el año 2003, donde se comenzó a trabajar en la construcción de un espacio institucional para la elaboración de una Convención Internacional de Derechos Humanos para las Personas de Edad. En el marco de este espacio los países de la región, especialmente Argentina, Brasil y Chile, avanzaron en la elaboración de la denominada Declaración de Brasilia en el año 2007 conformando un instrumento necesario como un avance hacia la Convención en el marco de las Naciones Unidas. Asimismo, desde la Organización de Estados Americanos (OEA) se fue avanzando en la elaboración de un instrumento orientado hacia el escenario regional de América Latina (Manes, 2021). A partir de estos procesos en el año 2015 se sanciona la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, ratificada en Argentina en el año 2017. De esta manera, América Latina comprende la primera región en elaborar un instrumento específico para las personas mayores constituyendo un hito en la declaración de los derechos de esta población (Manes, 2021). En efecto, en el marco de la protección de los derechos de las personas mayores la Convención plantea que su aprobación:
ha significado un gran avance en el cambio de paradigma en torno a la vejez y el envejecimiento ubicando a las personas mayores como sujetos de derecho. Este tratado logra unificar la dispersión de instrumentos existente hasta el momento y constituye el primer instrumento que enfatiza la comprensión del envejecimiento desde la dimensión de género (OEA, 2015:1)
Asimismo, en su Artículo N°1 establece como objetivo “promover, proteger y asegurar el reconocimiento y el pleno goce y ejercicio, en condiciones de igualdad, de todos los derechos humanos y libertades fundamentales de la persona mayor, a fin de contribuir a su plena inclusión, integración y participación en la sociedad” (OEA, 2015:11). Desde este posicionamiento, la Convención define el proceso de envejecimiento como el “proceso gradual que se desarrolla durante el curso de vida y que conlleva cambios biológicos, fisiológicos, psico-sociales y funcionales de variadas consecuencias, las cuales se asocian con interacciones dinámicas y permanentes entre el sujeto y su medio” (OEA, 2015:12). En este proceso se considera como persona mayor a aquellas personas mayores de 60 años, expresando las particularidades respecto de la edad cronológica de acuerdo con las leyes internas siempre que esta no sea superior a los 65 años. Mientras que la vejez es definida como la construcción social de la última etapa del curso de vida. Asimismo, de acuerdo con su objetivo, la participación social de las personas mayores es definida como la participación activa, productiva, plena y efectiva dentro de la comunidad y la sociedad para su integración en todas ellas, desarrollando sus capacidades y potencialidades, reconociendo que las personas, a medida que envejecen, deben seguir disfrutando de una vida plena, independiente y autónoma, con participación activa en las esferas económica, social, cultural y política de sus sociedades (OEA, 2015). En este marco, nos posicionamos desde la gerontología crítica y el enfoque de derechos para abordar el análisis del envejecimiento, la vejez y las personas mayores. En este sentido, el proceso de envejecimiento es abordado como un proceso dinámico y multidimensional que opera a lo largo de la vida de los seres humanos y se encuentra influido por diversos factores endógenos y exógenos por sobre las personas que, en su conjunto, contribuyen a incrementar progresivamente la tasa de mortalidad específica para la edad (Paola, J; Manes, R; Samter, N, 2011). Esta concepción del envejecimiento comprende un posicionamiento crítico respecto de la concepción biomédica, en tanto comprende que el envejecimiento no configura una enfermedad, ni un error evolutivo, sino que se encuentra atravesado por una multiplicidad de procesos donde el momento de la vejez se plantea tan heterogéneo como lo son los seres humanos sujetos de las mismas (Paola, 2012). Asimismo, el proceso de envejecimiento no comienza cuando las personas cumplen 60 años, sino desde el nacimiento y se desarrolla durante toda la vida. En este sentido, la edad cronológica resulta insuficiente para pensar y definir la vejez en tanto los procesos culturales situados en diferentes territorios y momentos sociohistóricos configuran diversas vejeces en distintas edades cronológicas (Paola, 2012; Ludi, 2012).
Esta concepción respecto de la edad cronológica pone de manifiesto que el momento de la vejez no se relaciona directamente con la cantidad de años, sino que comprende una construcción histórica social. Y en tanto construcción social e histórica en su concepción y definición se evidencia la vinculación entre los niveles de análisis macro, meso y micro social. Es decir, en su definición se vinculan en forma simultánea tanto las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales, como las instituciones y organizaciones del Estado y la sociedad civil, y las formas de pensar y habitar la vejez a nivel del individuo. De esta manera, se propone que para definir la vejez en principio es necesario situarla en el tiempo y un espacio histórico social abordando las relaciones entre los niveles macro, meso y micro social. En este sentido, es posible considerar que la vejez comprende una construcción social pero también política, histórica, cultural y situada. Se trata de proponer una concepción de la vejez que asumiendo los movimientos en las construcciones teóricas pone de relieve la cuestión de las disputas de sentido, de la distribución de poder y las construcciones subjetivas.
En efecto, en los distintos contextos históricos, políticos, económicos, sociales y culturales se configuran diversos procesos de envejecimiento y diversas situaciones de habitar la vejez como personas mayores. Como señala Salvarezza el proceso de envejecimiento no es idéntico para cada persona que lo transita, “Cada sociedad produce su propio proceso de envejecimiento” (1998, citado en Paola). En este sentido, Ludi (2012) plantea que la vejez se construye social y culturalmente en cada espacio y tiempo, de acuerdo con ciertas condiciones materiales y simbólicas de vida. La autora plantea que “envejecer es un proceso particular y complejo que comprende factores biológicos, psicológicos, sociales; constituye una experiencia singular, concreta, “marcada” por las huellas de trayectorias de vida, de prácticas sociales” (Ludi, 2012:45). De esta manera, el envejecimiento y el momento de la vejez configuran procesos caracterizados por la heterogeneidad, lo que pone de manifiesto no solo la diversidad en las situaciones de envejecimiento sino también la diversidad de formas de habitar la vejez y de ser personas mayores. Al respecto, desde una perspectiva latinoamericana Oddone (2014) señala que a pesar de las tendencias hacia la homogeneización del concepto de vejez y envejecimiento “cuando focalizamos sobre las realidades regionales y/o locales, observamos características diferenciales entre los países y, muchas veces, al interior de un mismo país, localidad o, también, en los grupos de personas mayores” (pp.84). Así, plantea que el abordaje de la diversidad implica ampliar la mirada dando cuenta de la heterogeneidad del proceso de envejecimiento. De esta manera, la autora se enfoca en las características del envejecimiento entendiéndolo como un proceso complejo y multidimensional que se produce entre los diferentes países que conforman la América Latina. En este sentido, desde la perspectiva decolonial se trata de procesos de envejecimiento y formas de habitar la vejez situados en el contexto latinoamericano que permita dar cuenta de la diversidad en los procesos de envejecimiento y en las formas de habitar la vejez, hacia la visibilización de las formas históricas propias del contexto latinoamericano caracterizado por la complejidad y la desigualdad. De esta manera, la concepción de la vejez diversa y situada se inscribe en el campo de disputas de sentidos histórico en torno a la vejez.
En este sentido, la relevancia de esta disputa se expresa en lucha por la definición del problema y del sujeto de la política en las intervenciones sociales gerontológicas del Estado, produciendo distintas implicancias y condicionamientos en la diversidad de formas de habitar la vejez y particularmente en la participación de las vejeces en el proceso social, tendiendo a la reproducción o transformación de la desigualdad en la vejez. Es en este contexto de desigualdad histórica en la vejez que a principios del año 2020 irrumpe de manera inesperada un escenario de pandemia producido por la propagación del virus SRAS-CoV-2 a nivel mundial. En efecto, el contexto de pandemia emerge a partir de la propagación mundial de una enfermedad denominada Covid-19, causada por un nuevo coronavirus descubierto en China en el año 2019. En este marco, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró un estado de emergencia de salud pública de importancia internacional en enero del año 2020 instando a los gobiernos de los distintos países del mundo a implementar medidas con el fin de evitar el contagio y circulación de la enfermedad. De acuerdo con esta entidad la posibilidad de infección abarca a personas de todas las edades, aumentando el riesgo de enfermedad grave a partir de los 40 años, presentando los riesgos más altos en las personas que superan los 60 años (OMS)[2]. De esta manera, a nivel mundial se implementaron una serie restricciones orientadas a impedir el contagio de la enfermedad, con particularidades respecto de la población mayor. En nuestro país se implementó la medida de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) mediante el Decreto 297/2020 de marzo de 2020. En su Artículo N°2 establece que con el fin de prevenir la circulación y el contagio del virus COVID-19, durante la vigencia del ASPO las personas deberán permanecer en sus residencias habituales o en la residencia en que se encuentren, abstenerse de concurrir a sus lugares de trabajo y de desplazarse por rutas y espacios públicos, pudiendo realizar solo desplazamientos mínimos e indispensables para aprovisionarse de artículos de limpieza, medicamentos y alimentos. Posteriormente se implementa el Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (DISPO) mediante el Decreto 67/2021 desde febrero de 2021, que en otras medidas establece que las personas deberán mantener entre ellas una distancia mínima de DOS (2) metros, utilizar tapabocas en espacios compartidos y dar estricto cumplimiento a los protocolos de actividades. De manera que este escenario implicó profundas transformaciones en todos los ámbitos de la vida social afectando a toda la población y particularmente a las personas mayores. En este sentido, se trata de un contexto donde se hicieron visibles las históricas disputas de sentido acerca de la vejez a partir de la prevalencia de la concepción de las personas mayores como “grupo de riesgo” como categoría fundamentada únicamente en función de la edad cronológica. Desde la concepción de la vejez como construcción social, histórica, política y situada esta categoría comprende una reconstrucción de la vejez en términos homogéneos concebida únicamente desde la dimensión biológica del envejecimiento en tanto no toma en cuenta las dimensiones sociales, culturales y económicas que configuran diversos procesos de envejecimiento y formas de habitar la vejez. En efecto, desde esta concepción situada del envejecimiento y la vejez, la perspectiva interseccional da cuenta de la diversidad de formas de experimentar y habitar las restricciones implementadas con diferentes implicancias en relación con distintos grupos sociales en distintos territorios. Entre estas implicancias se destacan las condiciones de acceso a la atención de salud, las situaciones familiares, las condiciones de la vivienda y el nivel de ingresos respecto a la obligación de permanencia en el hogar. Así como también el acceso a la conectividad y dispositivos adecuados respecto de la virtualidad como principal medio de contacto y comunicación. En efecto, comprenden nuevas situaciones cuyas formas de ser habitadas se encuentran condicionadas en relación con el género, raza/etnia, clase social y territorio. En este sentido, en un escenario históricamente caracterizado por la desigualdad en la vejez las restricciones implementadas por las diferentes medidas de emergencia sanitaria implicaron procesos de profundización de las desigualdades existentes en tanto configuraron nuevos accesos desiguales en relación con la permanencia en el hogar, la resolución de las necesidades básicas, la comunicación a través de la virtualidad y la participación social de las personas mayores, entre otros. Asimismo, en este escenario de profundización de las desigualdades específicamente el actual contexto latinoamericano presenta ciertas particularidades. Si bien en nuestros contextos se registra un proceso de envejecimiento poblacional desde la década del ’70, en el actual escenario sociodemográfico comprende un fenómeno que se caracteriza por un crecimiento acelerado de la población mayor de 60 años, así como de la esperanza de vida. Como señala Oddone “en todas las sociedades siempre existieron personas viejas, pero actualmente una particularidad a destacar consiste en que, por primera vez en la historia del mundo, las “viejas” son las sociedades (Oddone, 2014:84). En este sentido, a continuación, se aborda el contexto socio demográfico mundial, así como las particularidades del proceso de envejecimiento poblacional en el contexto latinoamericano. Este escenario de complejidad creciente presenta interrogantes y desafíos a la organización social donde adquiere especial relevancia la disputa de sentidos en torno a la vejez y sus implicancias en la construcción de intervenciones sociales gerontológicas en tanto intervenciones específicamente sociales del Estado.
1.5. Aportes de los antecedentes en el campo gerontológico en contexto de pandemia
Si bien no involucra los objetivos de la presente investigación, el contexto caracterizado por la irrupción de la pandemia por Covid-19 a comienzos del año 2020 atravesó el proceso de trabajo de campo donde los relatos de las personas mayores entrevistadas expresaban significativas referencias a su participación en el taller en este nuevo escenario marcado por la incertidumbre y el aislamiento social. En este sentido, cabe destacar algunas reflexiones relevantes en torno al estado actual del conocimiento en el campo gerontológico donde comenzaron a desarrollarse estudios que abordan los procesos de envejecimiento y la vejez atravesados por el nuevo escenario de emergencia sociosanitaria. Estos estudios abordan diversas dimensiones del envejecimiento y la vejez en el contexto de pandemia, dando cuenta de procesos de profundización de las desigualdades existentes, y de una reproducción de los viejismos y estereotipos que asocian la vejez con la improductividad y la enfermedad desde las políticas públicas implementadas en este contexto. En el marco de estas políticas en muchos estudios se pone en cuestión la denominación de las personas mayores bajo la categoría de “grupo de riesgo” como una tendencia hacia la homogeneización de la vejez donde se expresan los estereotipos negativos, que a su vez ponen en tensión el pleno ejercicio de los derechos de las personas mayores. A la vez que se expresa una reconstrucción de la tensión histórica objeto de cuidado/sujeto de derecho en la construcción del sujeto de la política. (Danel, 2020; Dourado, 2020; Trecco, 2020; Cunzolo, Rada Schultze, 2021; Wood, Savino, Carchak Canez, Melechenko, 2021; Pérez Calarco y Piatti, 2021). Entre los estudios en el campo gerontológico en este contexto de pandemia es posible mencionar aquellos que abordan los derechos de la vejez (Davobe y Oddone, 2020), las situaciones de las personas mayores en las residencias gerontológicas (Danel, 2020; Cataldi, 2020), y las implicancias de la medida de aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO) en los aspectos psicosociales, la cuestión de los cuidados, de la atención en salud y protección social, la soledad, y las condiciones de la vida cotidiana de las personas mayores, entre otros (Manes, Di Gregorio, Charchak Canes, Melechenko, Merlo Laguillo, Savino, 2021; Manes, Carchak Canes, García Molina, 2021). De esta manera, comprende un proceso donde se configuraron nuevas expresiones y relaciones sociales en el campo del envejecimiento y la vejez que continúan en el actual contexto donde las restricciones ya no tienen vigencia, y por lo tanto se abren nuevas dimensiones de estudio en la contribución al conocimiento sobre el tema para ser abordadas en futuras investigaciones. En efecto, este contexto de emergencia sanitaria implicó nuevas configuraciones en todos los ámbitos de la vida social de la población en general y de las personas mayores en particular.







