Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

2 Tierra, capital y mercado mundial

Reorganización territorial y primera aceleración metabólica (1870-1914)

1. Mercantilización del suelo y transformación territorial

Si el capítulo anterior reconstruyó la estructura ecológica de la región pampeana como base material del desarrollo agrario, el presente analiza el momento en que esa base comenzó a reorganizarse bajo la lógica del capital. Entre 1870 y 1914, se consolidó un proceso decisivo: la mercantilización del suelo, la expansión ferroviaria, la colonización agrícola y la inserción exportadora configuraron una nueva arquitectura territorial y, simultáneamente, una primera aceleración metabólica.

El objetivo de este capítulo es demostrar que la expansión agrícola no puede entenderse únicamente como crecimiento productivo, sino como transformación de los flujos materiales y energéticos regionales. La integración al mercado mundial generó, por un lado, un mayor volumen de exportaciones, y también un cambio estructural del intercambio sociedad-naturaleza. Se produjo entonces un incremento sostenido de la apropiación humana de biomasa y una creciente transferencia de nutrientes hacia los centros industriales (Foster, 2000; Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). Se profundizó aquí la dimensión ecológica del proceso, integrando el debate sobre acumulación, frontera productiva y ruptura metabólica.

La consolidación del régimen agroexportador argentino a fines del siglo XIX no puede comprenderse sin atender al proceso de mercantilización del suelo y a la reconfiguración territorial que lo acompañó. La expansión del Estado nacional sobre territorios indígenas –especialmente tras las campañas militares de la década de 1870– y la posterior distribución y venta de tierras públicas configuraron una estructura de propiedad concentrada, con fuerte predominio de grandes explotaciones y un mercado de tierras dinámico (Hora, 2010; Sábato, 2008).

Este proceso no fue únicamente político o militar. Constituyó una condición estructural para la expansión agrícola capitalista. La consolidación de derechos de propiedad, la delimitación catastral y la inserción del suelo en circuitos de compra, venta y arrendamiento transformaron radicalmente su significado económico y ecológico. La tierra dejó de ser ante todo soporte ecológico y espacio de reproducción biológica para convertirse en activo transable, susceptible de valorización especulativa y de cálculo financiero.

Históricamente, la incorporación masiva de tierras al mercado supuso la subordinación del territorio a la lógica de acumulación. El valor del suelo comenzó a depender de variables exógenas al funcionamiento ecológico local. Entre los principales factores de valorización, pueden señalarse los siguientes:

  • Proximidad a líneas férreas, que reducían costos de transporte.
  • Acceso a puertos exportadores, clave para la inserción internacional.
  • Aptitud cerealera, vinculada a la calidad edáfica y al régimen de lluvias.
  • Expectativas de precios internacionales, determinadas por la demanda europea.

La expansión ferroviaria, financiada en gran medida por capital británico, actuó como catalizador de la valorización diferencial del suelo (Barsky & Gelman, 2009). Parcelas próximas a estaciones o ramales adquirieron mayor precio, independientemente de cambios sustanciales en su estructura ecológica. El territorio se reordenó según criterios de rentabilidad y conectividad, lo cual generó una nueva geografía productiva.

En este contexto, la fertilidad natural de los molisoles pampeanos se convirtió en fundamento de una renta diferencial, en el sentido clásico del término. Como señaló la tradición de la economía política agraria, la calidad del suelo y su localización condicionan la formación de renta (Marx, 1894/2008). En este territorio, la base material del sistema agrario atesorada durante miles de años fue incorporada al cálculo económico como ventaja competitiva.

La estructura de propiedad resultante mostró altos niveles de concentración en amplias zonas de la región. Grandes estancias coexistieron con colonias agrícolas, pero el predominio de la gran propiedad configuró relaciones sociales específicas. El arrendamiento se convirtió en modalidad dominante en numerosas áreas, especialmente en las zonas de expansión cerealera (Barsky & Gelman, 2009).

Los contratos de arrendamiento, frecuentemente de corta duración, introdujeron incentivos productivos de corto plazo. La necesidad de maximizar rendimientos en plazos limitados redujo el interés por prácticas de conservación de suelos o por rotaciones que implicaran períodos de descanso. Ello contribuyó territorialmente a acelerar la roturación del pastizal y a intensificar el uso agrícola continuo.

La modificación espacial no solo entrañó subdivisión y parcelamiento, sino también homogeneización productiva. Grandes extensiones fueron destinadas a monocultivos cerealero-ganaderos, lo que configuró paisajes agrarios simplificados y funcionales a la exportación. La mercantilización del suelo intensificó la extracción de biomasa sin modificar sustancialmente las prácticas de reposición de nutrientes. La lógica de valorización financiera operó como motor de expansión productiva, mientras que los límites ecológicos quedaron subordinados a la expectativa de rentabilidad.

La elevada fertilidad natural de los suelos pampeanos comenzó a funcionar progresivamente como una forma de renta diferencial capitalizada, es decir, como un atributo económico que incrementaba el valor del activo tierra en el contexto del modelo agroexportador. Para la economía política, esta renta derivaba de la productividad diferencial asociada a la calidad natural del suelo, que permitía obtener mayores rendimientos con menores costos relativos (Marx, 1894/2008). Sin embargo, la valorización económica no incorporaba de manera explícita los costos ecológicos asociados al deterioro potencial de los suelos.

La extracción creciente de nutrientes a través de la exportación de granos se sostenía fundamentalmente sobre el stock de fertilidad almacenado durante siglos bajo el régimen de los pastizales naturales, sin que existieran mecanismos sistemáticos de reposición equivalentes. Diversos estudios sobre los agroecosistemas pampeanos han señalado que esta dinámica supuso una progresiva utilización del capital natural del suelo, basada en la explotación de su elevada materia orgánica y fertilidad inicial (Viglizzo, 1994; Hall, Rebella, Ghersa & Culot, 1992; Ghersa & León, 1999).

Como ya fue señalado, si tomamos el concepto de “apropiación humana de la productividad primaria neta” (HANPP), la intensificación agrícola asociada a la mercantilización territorial condujo a un aumento de la fracción de biomasa destinada al mercado (Haberl et al., 2007). La integración al mercado mundial amplió los flujos materiales y alteró la lógica de su organización: el territorio pasó a ser concebido como plataforma de exportación antes que como sistema ecológico con tiempos propios.

La presión ejercida sobre arrendatarios y colonos reforzó esta dinámica. La necesidad de cubrir rentas y asegurar retornos financieros incentivó la explotación continua del suelo. En ausencia de fertilización química sistemática o políticas públicas de conservación, la fertilidad natural fue tratada como recurso dado, no como reserva finita de nutrientes del suelo.

La mercantilización del suelo estuvo estrechamente vinculada a la consolidación del Estado nacional y a la redefinición de relaciones de poder en el espacio rural (Hora, 2010; Sábato, 2008). El territorio pampeano se integró a una estructura agraria capitalista en la que propiedad, infraestructura y mercado internacional se articularon de manera coherente.

No obstante, esta modificación territorial generó un cambio profundo de la relación sociedad-naturaleza. El suelo dejó de operar primordialmente como soporte ecológico autorregulado para convertirse en mercancía sujeta a valorización y especulación. Metabólicamente, ello significó la subordinación de los ciclos biogeoquímicos a la lógica de acumulación.

La tensión entre fertilidad natural y extracción intensiva comenzó a manifestarse como contradicción estructural. Mientras que la tierra era valorizada como activo financiero, su base ecológica –materia orgánica, estructura, nutrientes– era progresivamente erosionada por la intensificación productiva. La fertilidad operaba como fuente de renta, pero no como límite ecológico internalizado en el cálculo económico.

En consecuencia, la mercantilización del suelo no fue simplemente un cambio jurídico o institucional. Constituyó una transformación metabólica: reorganizó los flujos materiales, aceleró la extracción de biomasa y consolidó una estructura territorial orientada a la exportación. Esta dinámica sentó las bases de la ruptura metabólica que se profundizaría en el período siguiente, cuando la dependencia de insumos externos y la degradación del stock biofísico se volvieron más evidentes.

2. Ferrocarriles y rearticulación territorial del capital

La expansión ferroviaria entre 1880 y 1914 constituyó uno de los pilares estructurales del modelo agroexportador argentino. En pocas décadas, la red de vías articuló vastas áreas del territorio con los puertos de Buenos Aires y Rosario, y así redujo drásticamente los costos de transporte y amplió el radio económicamente rentable del cultivo cerealero (Hora, 2010; Barsky & Gelman, 2009). La infraestructura ferroviaria no fue simplemente un instrumento técnico; actuó como mecanismo de reconfiguración territorial y de integración metabólica al mercado mundial (López, Waddell & Martínez, 2007).

El ferrocarril actuó como un verdadero vector metabólico, al posibilitar la movilización masiva de biomasa y nutrientes desde el interior pampeano hacia los puertos de exportación. La expansión de la red –de menos de 1.000 km en 1870 a más de 30.000 km en vísperas de la Primera Guerra Mundial– acompañó y viabilizó el crecimiento de las exportaciones cerealeras. En este contexto, el sistema ferroviario no solo conectó territorios, sino que aceleró la circulación de materia, integrando los suelos agrícolas a un circuito global de extracción y transferencia de recursos.

Estudios sobre la infraestructura y el comercio agroexportador muestran que la densificación de la red ferroviaria estuvo estrechamente asociada al crecimiento de las exportaciones agrícolas y a la incorporación de nuevas áreas al circuito productivo (López, Waddell & Martínez 2007). El ferrocarril puede ser entendido como soporte logístico y como un dispositivo material que intensificó la extracción de biomasa y facilitó la transferencia de nutrientes hacia mercados externos, con lo que contribuyó de manera decisiva a la aceleración del metabolismo agrario regional. De este modo, el ferrocarril no transportó únicamente mercancías, sino también nutrientes incorporados en los granos, funcionando como un dispositivo técnico que hizo posible la exportación sistemática de fertilidad del suelo.

Desde el punto de vista económico, el ferrocarril permitió superar restricciones espaciales que antes limitaban la expansión agrícola. Tierras situadas a mayor distancia de los puertos, previamente marginales por los altos costos logísticos, se incorporaron al circuito exportador. La conectividad ferroviaria redefinió la geografía productiva, valorizando zonas según su proximidad a estaciones y ramales.

La reducción de costos de transporte modificó la ecuación de rentabilidad del cultivo cerealero. La posibilidad de movilizar grandes volúmenes de trigo y maíz hacia los puertos en tiempos relativamente breves transformó la escala de producción. El ferrocarril amplió el “espacio económico” del capital agrario, permitiendo que superficies más extensas fueran cultivadas con fines exportadores.

Esta dinámica generó una espacialización específica del capital: la red ferroviaria actuó como eje ordenador del territorio. Las estaciones se convirtieron en nodos de intercambio, surgieron pueblos y centros de acopio, y la trama productiva se organizó en función de la conectividad. El territorio pampeano se estructuró como un hinterland articulado a puertos y, a través de ellos, al mercado internacional.

Desde la historia económica, esto ha sido interpretado como parte de la integración periférica al capitalismo global (Hora, 2010). Sin embargo, desde una perspectiva ambiental y metabólica, la infraestructura ferroviaria debe analizarse también como dispositivo que amplificó la escala y velocidad de los flujos materiales.

El ferrocarril no modificó directamente la fertilidad del suelo ni los ciclos biogeoquímicos, pero sí alteró la magnitud de la extracción posible. Al facilitar el transporte masivo de granos, permitió lo siguiente:

  • incrementar los volúmenes exportados por campaña;
  • incorporar territorios antes marginales al circuito exportador;
  • homogeneizar patrones productivos en amplias zonas.

La integración ferroviaria favoreció la expansión del monocultivo cerealero en detrimento de sistemas más diversificados. La presión por producir para mercados externos, ahora logísticamente accesibles, reforzó la simplificación ecológica y la intensificación de uso del suelo.

El ferrocarril actuó así, como vector de circulación material, acelerando el flujo de nutrientes desde el suelo pampeano hacia mercados europeos. El nitrógeno y el fósforo contenidos en el trigo exportado abandonaban el sistema regional sin retorno equivalente. La infraestructura redujo la fricción espacial, de modo que permitía que la extracción superara límites previamente impuestos por costos de transporte.

La teoría de la fractura metabólica desarrollada por Foster (2000) resulta especialmente pertinente para analizar esta transformación específica. La exportación masiva de cereales dio lugar a una separación estructural entre el lugar de producción y el lugar de consumo. Los nutrientes incorporados en los granos eran transferidos a centros urbanos e industriales europeos, donde se acumulaban como residuos sin mecanismos sistemáticos de restitución al suelo de origen.

Este fenómeno puede entenderse como forma de transferencia ecológica internacional, en la cual territorios periféricos exportan biomasa y nutrientes, mientras que los centros industriales concentran beneficios económicos y externalizan costos ambientales (Foster, 2000; Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). El ferrocarril fue infraestructura clave para materializar esta transferencia.

Asimismo, la ampliación de la apropiación humana de la productividad primaria neta (HANPP) se vio facilitada por la infraestructura logística (Haberl et al., 2007). La capacidad de movilizar grandes volúmenes de biomasa permitió incrementar la fracción de productividad primaria destinada al mercado, de manera de reducir la proporción que permanecía en el sistema ecológico regional.

El espacio regional se reconfiguró como hinterland productivo subordinado a centros industriales y financieros. Esta transformación territorial fue simultáneamente económica y biofísica. Económica, porque redefinió patrones de inversión, propiedad y producción; biofísica, porque alteró la escala de los flujos materiales y la intensidad de extracción por unidad de superficie.

El territorio dejó de estar organizado en función de equilibrios ecológicos locales para integrarse a circuitos globales de acumulación. La espacialización del capital ferroviario significó la subordinación del espacio pampeano a una lógica de conectividad y exportación. La infraestructura no solo transportaba grano: transportaba energía solar convertida en biomasa y nutrientes acumulados durante milenios en los suelos.

En consecuencia, el ferrocarril puede interpretarse como catalizador de la aceleración metabólica iniciada con la expansión agrícola. Al ampliar la escala espacial y temporal de circulación de biomasa, consolidó la transición hacia un régimen agrario abierto y crecientemente dependiente del mercado mundial. La modificación territorial produjo un cambio ecológico importante.

3. Colonización agrícola e intensificación superficial

La inmigración europea constituyó un factor decisivo en la expansión cerealera de la región pampeana entre fines del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial. Colonos italianos y españoles –entre otros contingentes– se incorporaron masivamente al espacio rural, y aportaron mano de obra, conocimientos agronómicos y una cultura productiva orientada al cultivo de trigo y otros cereales destinados al mercado internacional (Barsky & Gelman, 2009; Devoto, 2003).

La política estatal de colonización y la disponibilidad de tierras bajo modalidades de arrendamiento o compra favorecieron la instalación de pequeños y medianos productores, especialmente en Santa Fe, sur de Córdoba y norte de Buenos Aires. Esto no solo tuvo consecuencias demográficas y sociales; supuso también una mutación ecológica significativa del territorio pampeano.

Entre 1890 y 1914, la superficie sembrada con trigo y maíz creció de manera sostenida, consolidando la transición desde un régimen predominantemente ganadero hacia un sistema mixto con fuerte predominio cerealero en amplias áreas (Barsky & Gelman, 2009). Desde una perspectiva ambiental, esta expansión mostró una intensificación superficial del uso del suelo, caracterizada por la conversión acelerada de pastizales en superficies cultivadas.

3.1. Roturación masiva y pérdida de cobertura permanente

El primer efecto ecológico inmediato fue la roturación masiva del pastizal. La implantación de cultivos anuales requirió la labranza sistemática del suelo mediante arado, lo que alteró la estructura edáfica construida bajo el régimen perenne de las gramíneas. Esto comportó la remoción de la cobertura vegetal permanente que había protegido el suelo frente a la erosión durante milenios.

A diferencia del pastizal natural –donde múltiples especies coexistían con distintos tiempos de crecimiento y profundidades radiculares–, el monocultivo cerealero concentró la productividad en una sola especie anual. La biodiversidad vegetal se redujo drásticamente, lo cual afectaba a la vez a la flora y también a las comunidades microbianas y faunísticas asociadas al suelo.

La simplificación estructural resultante disminuyó la resiliencia ecológica del sistema. Mientras que la diversidad funcional del pastizal permitía compensar variaciones climáticas, el monocultivo anual dependía de condiciones más estrictas de humedad y temperatura, lo cual aumentaba la vulnerabilidad ante sequías o eventos extremos.

La expansión agrícola puede caracterizarse como una intensificación superficial en cuanto amplió la superficie bajo cultivo sin incorporar todavía, de manera significativa, insumos industriales o fertilización química sistemática. La productividad inicial se sostuvo sobre la fertilidad natural heredada del pastizal.

Una proporción creciente de la biomasa producida por el ecosistema fue destinada a la exportación, de manera que se reducía la fracción que permanecía en el sistema cumpliendo funciones ecológicas.

El monocultivo cerealero introdujo prácticas que alteraron el equilibrio previo:

  • Labranza recurrente, que aceleraba la mineralización de materia orgánica.
  • Exposición del suelo desnudo durante parte del año, lo que aumentaba la susceptibilidad a la erosión.
  • Mayor dependencia de condiciones climáticas favorables, al reducirse la diversidad estructural del agroecosistema.

Si bien los rendimientos iniciales fueron elevados gracias a la alta disponibilidad de nutrientes, la ausencia de fertilización sistemática implicaba que la producción dependía casi exclusivamente del capital natural acumulado. La extracción continua de granos significaba la exportación neta de nitrógeno, fósforo y otros macronutrientes sin mecanismos estructurales de reposición.

Desde la teoría de la fractura metabólica, esta etapa representa una profundización de la separación entre extracción y regeneración ecológica (Foster, 2000). La transferencia internacional de nutrientes, facilitada por la infraestructura ferroviaria y portuaria, consolidó una dinámica de exportación de biomasa que no contemplaba la restitución de elementos esenciales al suelo pampeano.

La colonización agrícola intensificó así la presión sobre el stock de materia orgánica. El tiempo económico –definido por campañas anuales y exigencias de mercado– comenzó a imponerse sobre el tiempo ecológico necesario para la regeneración de la materia orgánica y la estabilidad estructural del suelo.

No obstante, en esta etapa la degradación no se manifestó de manera inmediata ni uniforme. La magnitud del stock inicial de nutrientes permitió sostener rendimientos elevados durante varias décadas. Esta aparente abundancia reforzó la percepción de fertilidad inagotable y consolidó la lógica extractiva.

La colonización agrícola modificó la estructura productiva, a la vez que también lo hizo con la configuración espacial y social del territorio. La subdivisión en chacras, la emergencia de pueblos agrícolas y la articulación con mercados internacionales reconfiguraron el paisaje pampeano. El territorio pasó a organizarse en función de unidades productivas orientadas al mercado, integradas por infraestructura de transporte y redes comerciales.

En clave del metabolismo social, la colonización agrícola puede interpretarse como una ampliación del régimen agrario exportador. La intensificación superficial incrementó la escala de extracción sin alterar todavía de manera sustantiva la base energética solar-biológica del sistema. Sin embargo, sentó las bases para la posterior incorporación de insumos externos y tecnologías mecanizadas que profundizarían la ruptura metabólica.

En síntesis, el desarrollo cerealero produjo una transformación ecológica significativa: roturación masiva, simplificación biológica e incremento de extracción neta de biomasa. La fertilidad natural permitió sostener altos rendimientos iniciales, pero la dependencia exclusiva de la fertilidad edáfica almacenada anticipaba tensiones estructurales que se manifestarían con mayor claridad en el período siguiente.

4. Flujos materiales y exportación de nutrientes

El crecimiento exportador argentino a comienzos del siglo XX alcanzó dimensiones extraordinarias. Entre 1890 y 1914, el trigo se consolidó como uno de los principales productos de exportación del país e integró a la región pampeana de manera decisiva al mercado mundial de granos (Barsky & Gelman, 2009). La magnitud de los volúmenes exportados transformó no solo la estructura económica, sino también la escala de los flujos materiales movilizados desde el territorio.

Cada tonelada de trigo exportada implicaba la transferencia física de nutrientes acumulados en el suelo pampeano. El grano no es solo mercancía: es biomasa concentrada que contiene nitrógeno, fósforo, potasio y otros elementos esenciales para la fertilidad edáfica. La exportación masiva significó, por tanto, una salida neta de nutrientes del sistema regional hacia centros industriales y urbanos europeos.

Desde la teoría de la fractura metabólica, esta dinámica puede interpretarse como una separación creciente entre extracción y reposición local de nutrientes (Foster, 2000). En sistemas agrícolas tradicionales donde residuos orgánicos y estiércol retornan al suelo, los ciclos biogeoquímicos tienden a mantenerse relativamente cerrados. En contraste, el modelo exportador pampeano enviaba biomasa al exterior sin mecanismos estructurales de restitución equivalente.

La infraestructura ferroviaria y portuaria permitió que enormes volúmenes de grano abandonaran anualmente el territorio. La fracción de biomasa destinada a la exportación aumentó sostenidamente, lo que reducía la proporción que permanecía cumpliendo funciones ecológicas internas.

El nitrógeno y el fósforo contenidos en el trigo exportado eran incorporados a sistemas de consumo y desecho en Europa. Sin redes de reciclaje que devolvieran nutrientes al lugar de origen, el suelo pampeano operaba como proveedor neto de fertilidad para economías industriales. Esta transferencia ecológica internacional representó una forma concreta de intercambio desigual de energía y materiales.

Un rasgo central del período fue que la intensificación productiva no estuvo acompañada de políticas sistemáticas de conservación o fertilización hasta décadas posteriores. El uso de fertilizantes químicos fue marginal durante las primeras décadas del siglo XX. La producción se sostuvo, en gran medida, sobre la fertilidad natural heredada del pastizal.

Como fue señalado en investigaciones previas (Zarrilli, 1997), el discurso agronómico dominante enfatizaba la excepcional calidad de los suelos pampeanos y tendía a considerarlos prácticamente inagotables. Esta percepción reforzó prácticas extractivas que no incorporaban la reposición sistemática de nutrientes como componente estructural del modelo productivo.

La ausencia de fertilización no implicaba ausencia de impacto. La exportación sostenida de granos operaba como proceso de minería de nutrientes. Si bien la magnitud de la fertilidad natural acumulada permitía mantener rendimientos elevados durante años, la lógica extractiva introducía un desequilibrio progresivo entre extracción y regeneración.

Cuantitativamente, la superficie sembrada y los volúmenes exportados crecieron de manera sostenida hasta la Primera Guerra Mundial (Barsky & Gelman, 2009). Este crecimiento consolidó la inserción internacional de la economía argentina y transformó la estructura productiva regional.

Sin embargo, la ausencia de degradación visible generalizada en esta etapa no debe interpretarse como evidencia de equilibrio ecológico. La fertilidad acumulada durante milenios actuó como amortiguador, ocultando tensiones biofísicas que se manifestarían con mayor claridad en décadas posteriores.

Desde una perspectiva del metabolismo social, puede afirmarse que el sistema pampeano transitó hacia un régimen de mayor apertura y dependencia externa. Los flujos materiales se aceleraron y ampliaron, mientras que los mecanismos locales de reciclaje permanecieron limitados. El tiempo económico –marcado por campañas anuales y demandas del mercado internacional– se impuso sobre el tiempo ecológico necesario para la regeneración de materia orgánica y estabilidad estructural del suelo.

La exportación masiva de nutrientes sentó las bases de un desequilibrio estructural que se profundizaría en el período posterior. La integración al mercado mundial consolidó una dinámica en la cual la fertilidad natural operaba como insumo implícito del comercio internacional.

Desde una mirada histórico-ecológica, la etapa previa a 1914 puede caracterizarse como fase de expansión acelerada apoyada en reservorio de nutrientes acumulado. La fractura metabólica no se manifestó de manera abrupta, pero sus fundamentos quedaron establecidos: separación entre extracción y reposición, transferencia internacional de nutrientes y subordinación del territorio pampeano a circuitos globales de acumulación.

El crecimiento exportador, celebrado como signo de modernización y prosperidad, llevó simultáneamente a una transformación biofísica de gran alcance. El territorio se integró plenamente a un metabolismo global de energía y materiales, lo cual inauguró una etapa en la que la sustentabilidad ecológica quedaría crecientemente tensionada por la lógica de acumulación capitalista.

5. Tiempo ecológico y tiempo del capital

Uno de los rasgos estructurales más significativos de la transformación agraria pampeana fue la subordinación progresiva del tiempo ecológico al tiempo del capital. El pastizal natural operaba bajo ritmos estacionales y ciclos plurianuales de regeneración: la acumulación de materia orgánica, la estabilización estructural del suelo y la dinámica de nutrientes respondían a temporalidades largas, inscritas en procesos biofísicos de lenta maduración. La reproducción ecológica del sistema no estaba orientada por exigencias de mercado, sino por la interacción entre clima, vegetación y suelo.

El capital agrícola, en cambio, exigía ciclos anuales de cosecha, rotación rápida del capital invertido y rentabilidad previsible en plazos cortos. La agricultura cerealera reorganizó el territorio según una lógica temporal distinta: cada campaña debía producir excedentes exportables, amortizar inversiones y sostener contratos de arrendamiento. La sincronía relativa que había existido entre regeneración natural y uso extensivo fue sustituida por una dinámica de compresión temporal.

En el régimen de pastizal perenne, la regeneración de la cobertura vegetal y la acumulación de carbono orgánico en el suelo operaban en escalas temporales amplias. La alternancia de años húmedos y secos, los incendios periódicos y el pastoreo de baja intensidad formaban parte de una dinámica ecológica que mantenía la estabilidad estructural del sistema.

La fertilidad edáfica era resultado de procesos acumulativos de largo plazo. La formación de humus, la incorporación de nitrógeno orgánico y la consolidación de agregados estructurales no respondían a ciclos productivos anuales, sino a secuencias ecológicas extendidas. Este tiempo ecológico estaba asociado a la resiliencia del sistema: la capacidad de absorber perturbaciones sin perder funcionalidad.

Con la expansión cerealera, la lógica productiva cambió radicalmente. El cultivo anual de trigo o maíz exigía preparación del suelo, siembra, cosecha y comercialización en plazos definidos por el calendario agrícola y por las fluctuaciones del mercado internacional. La reducción de barbechos y la expansión continua de la superficie sembrada comprimieron los tiempos de recuperación del suelo.

El régimen extensivo inicial, relativamente sincronizado con la regeneración natural, dio paso a un régimen de extracción acelerada. La materia orgánica se mineralizaba con mayor rapidez debido a la labranza recurrente; la exportación anual de nutrientes no era compensada por reposición sistemática; los períodos de descanso se acortaban o desaparecían en zonas de agricultura continua. Esta compresión temporal llevó a un aumento en la tasa de extracción por unidad de tiempo, es decir, una intensificación de los flujos materiales que atravesaban el sistema regional (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). La reproducción económica pasó a depender de la capacidad de sostener campañas anuales exitosas, mientras que la reproducción ecológica operaba en escalas más extensas y menos visibles.

Jason W. Moore (2015) ha señalado que el capitalismo histórico se caracteriza por la búsqueda sistemática de “naturaleza barata”, entendida como apropiación de trabajo no remunerado de la naturaleza –energía, nutrientes, suelo fértil– para sostener procesos de acumulación. Esta lógica no se limita a la explotación de trabajo humano; incluye la incorporación de la productividad ecológica al circuito de valorización.

La región pampeana funcionó como una frontera ecológica. La fertilidad heredada del pastizal, acumulada durante milenios, fue apropiada como insumo implícito del modelo agroexportador. La baja regulación ambiental y la ausencia de políticas sistemáticas de conservación facilitaron la extracción intensiva sin internalización de costos ecológicos.

El capital agrario operó sobre la premisa de abundancia: la disponibilidad de suelos fértiles y extensiones amplias permitió expandir la producción sin enfrentar inmediatamente límites biofísicos evidentes. Sin embargo, la subordinación del tiempo ecológico al tiempo del capital introdujo una tensión estructural. La regeneración natural no podía acelerarse al ritmo de la demanda exportadora.

Esta diferencia constituye un eje interpretativo central para comprender la trayectoria agraria pampeana. Mientras que el capital exige ciclos cortos de retorno y expansión continua, el suelo requiere intervalos de recuperación y acumulación orgánica. La reducción de barbechos y la intensificación superficial comprimieron estos intervalos, de manera que incrementaron la vulnerabilidad del sistema.

Desde el concepto de “fractura metabólica” (Foster, 2000), la desincronización temporal profundizó la separación entre extracción y reposición. La exportación anual de nutrientes operaba en un ritmo acelerado, mientras que los procesos de regeneración edáfica permanecían anclados en temporalidades largas.

La transición no fue inmediata ni produjo degradación generalizada en el corto plazo, debido a la magnitud del stock biofísico. No obstante, estableció las bases de un desequilibrio estructural: la subordinación de la reproducción ecológica a la lógica de acumulación.

En síntesis, la transformación agraria pampeana supuso no solo cambios espaciales y productivos, sino también temporales. El pasaje de un régimen relativamente sincronizado con los ciclos naturales a un sistema orientado por la urgencia del mercado mundial marcó el inicio de una nueva fase histórica. La región, convertida en frontera de naturaleza barata, integró su productividad ecológica al metabolismo global del capital, lo cual inauguró una dinámica cuya tensión estructural se haría más visible en las décadas siguientes.

6. Diferenciación subregional y expansión hacia el oeste

La expansión agrícola pampeana entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX no fue un proceso homogéneo ni ecológicamente uniforme. Si bien el modelo cerealero se consolidó como matriz productiva dominante, su aplicación territorial presentó diferencias significativas según gradientes climáticos, edáficos y topográficos internos. Las zonas más húmedas del este y sudeste del territorio regional ofrecían condiciones favorables para el cultivo continuo de trigo y maíz, con menores riesgos inmediatos de degradación. En contraste, las áreas occidentales –incluyendo el territorio nacional de La Pampa– se caracterizaban por precipitaciones más variables y menores acumulaciones hídricas anuales, lo que incrementaba la vulnerabilidad ecológica frente a la roturación intensiva.

Desde una perspectiva ambiental, esta diferenciación subregional es clave para comprender los límites estructurales del modelo agroexportador. El gradiente pluviométrico este-oeste implicaba variaciones en productividad potencial, y además también diferencias en resiliencia frente a perturbaciones. Mientras que en zonas subhúmedas la fertilidad natural y la mayor disponibilidad de agua permitían sostener rendimientos relativamente estables, en áreas semiáridas la agricultura continua reducía márgenes de seguridad ecológica.

La lógica de expansión capitalista tendió a aplicar el modelo cerealero de manera relativamente uniforme, priorizando la rentabilidad inmediata sobre consideraciones ecológicas diferenciales. La roturación de pastizales avanzó sobre territorios con menor aptitud hídrica, incorporando progresivamente espacios occidentales al circuito exportador.

En regiones semiáridas, la eliminación de la cobertura vegetal permanente y la implantación de cultivos anuales incrementaron la exposición del suelo a erosión eólica. La estructura granular de los molisoles occidentales, menos protegida por densas comunidades vegetales y sometida a mayor variabilidad climática, resultó más vulnerable frente a eventos extremos.

Investigaciones posteriores han mostrado que estas áreas experimentaron procesos tempranos de degradación que se harían más visibles durante las décadas de 1930 y 1940, cuando sequías prolongadas y tormentas de polvo evidenciaron los límites ecológicos del modelo expansivo (Zarrilli, 1997). La expansión hacia el oeste no solo amplió la frontera agrícola; trasladó el riesgo ecológico hacia territorios con menor capacidad de amortiguación.

La expansión hacia zonas marginales puede interpretarse como forma de desplazamiento de frontera metabólica. Cuando la presión productiva comienza a tensionar condiciones favorables en áreas centrales, el sistema se expande territorialmente para sostener tasas de acumulación y niveles de exportación.

Este desplazamiento implica incorporar nuevos territorios al circuito de extracción, ampliando la base material del modelo sin modificar sustancialmente su lógica interna. La fertilidad natural de zonas más húmedas fue complementada con la incorporación de áreas semiáridas, aun cuando estas presentaban mayor riesgo estructural.

La expansión territorial funcionó así como mecanismo de compensación. En lugar de ajustar prácticas productivas o introducir reposición sistemática de nutrientes, el sistema amplió la superficie cultivada. Metabólicamente, ello significó incrementar la escala espacial de apropiación de biomasa y de transferencia internacional de nutrientes.

Entre 1870 y 1914, la región pampeana experimentó una reorganización estructural que combinó múltiples dimensiones:

  • Mercantilización del suelo, transformando la tierra en activo financiero y base de renta diferencial.
  • Expansión ferroviaria, que articuló territorios productivos con puertos exportadores.
  • Colonización agrícola, impulsada por inmigración europea y arrendamientos.
  • Crecimiento exportador, con aumento sostenido de superficie sembrada y volúmenes exportados.

Estos procesos interactuaron de manera sinérgica. La mercantilización facilitó la expansión; el ferrocarril amplió el radio rentable; la colonización intensificó la producción; el crecimiento exportador consolidó la integración internacional. Este período representó una primera aceleración significativa en la apropiación de biomasa y una creciente transferencia internacional de nutrientes (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007; Foster, 2000). La fertilidad natural acumulada bajo el régimen del pastizal actuó como subsidio ecológico implícito, permitiendo sostener altos rendimientos sin reposición sistemática.

La diferenciación subregional revela que la expansión no se apoyó en condiciones homogéneas. Mientras que las áreas más húmedas amortiguaban parcialmente la intensificación, las zonas occidentales evidenciaban vulnerabilidades estructurales que anticipaban crisis ambientales posteriores.

La integración territorial al mercado mundial no eliminó estas diferencias; las subordinó a la lógica exportadora. El capital agrario operó bajo el supuesto de disponibilidad continua de “naturaleza barata” (Moore, 2015), extendiendo la frontera productiva cuando los límites comenzaban a visibilizarse.

Por lo tanto, la expansión hacia el oeste debe entenderse como expresión territorial de una dinámica metabólica expansiva. La región pampeana, lejos de constituir un espacio uniforme, mostró gradientes ecológicos que condicionaron la trayectoria histórica del modelo agroexportador. La transformación estructural de 1870-1914 sentó las bases de un régimen agrario abierto y territorialmente expansivo, cuya tensión ecológica se manifestaría con mayor claridad en el período siguiente.

7. Expansión agrícola y degradación de los suelos pampeanos

El proceso de cambio agrario del área estudiada entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX condujo no solo a una profunda reorganización económica del territorio, sino también a una alteración sustantiva de sus equilibrios ecológicos. La expansión de la agricultura cerealera, estrechamente vinculada a la inserción de la Argentina en los mercados internacionales de granos, modificó de manera significativa la relación histórica entre sociedad y naturaleza en las llanuras pampeanas. Desde una perspectiva de historia ambiental, puede interpretarse como una fase de intensificación del metabolismo socioecológico del agro pampeano, caracterizada por la apropiación creciente de recursos naturales –especialmente suelo y nutrientes– y por la progresiva simplificación de los sistemas productivos.

Las primeras observaciones sobre la vulnerabilidad ambiental de estos paisajes preceden, sin embargo, a la consolidación de la agricultura extensiva. Durante su viaje por Sudamérica, el naturalista británico Charles Darwin describió en Journal of Researches (1845) los efectos de una prolongada sequía en las llanuras de Buenos Aires y Santa Fe. Darwin señalaba que la superficie del suelo se encontraba tan desagregada que el viento levantaba grandes cantidades de polvo, hasta el punto de alterar la visibilidad del paisaje y borrar referencias espaciales del terreno. Más allá del carácter anecdótico de estas observaciones, el relato resulta relevante porque sugiere la existencia de condiciones ambientales –en particular la recurrencia de sequías y la fragilidad estructural de ciertos suelos– que podían favorecer procesos de erosión incluso antes de la expansión agrícola sistemática.

La variación más profunda de estos paisajes comenzó a desarrollarse durante la segunda mitad del siglo XIX, cuando la región pampeana se incorporó de manera creciente a los circuitos de producción y exportación de cereales. Este desarrollo estuvo estrechamente asociado a la expansión de las colonias agrícolas, al avance de la infraestructura ferroviaria y a la llegada de corrientes migratorias europeas que impulsaron el poblamiento y la explotación intensiva de nuevas tierras. Las primeras colonias agrícolas organizadas surgieron hacia la década de 1860 en la provincia de Santa Fe y posteriormente se extendieron a otras áreas de la llanura pampeana. A partir de la década de 1880, el avance de la frontera agraria se aceleró notablemente, favorecido por la expansión del ferrocarril y por la consolidación del modelo agroexportador (Barsky & Gelman, 2009; Scobie, 1964).

Dicha dinámica implicó una transformación profunda del paisaje pampeano. Las praderas naturales, que durante siglos habían sustentado sistemas ganaderos extensivos de baja intervención sobre el suelo, comenzaron a ser progresivamente roturadas para dar lugar a una agricultura cerealera cada vez más especializada. El trigo se consolidó rápidamente como el cultivo dominante, seguido por el maíz y la alfalfa, mientras que otros cereales ocupaban superficies menores. La expansión agrícola supuso así una creciente simplificación de los sistemas ecológicos originales, caracterizados anteriormente por una diversidad vegetal mayor y por dinámicas de regeneración natural propias de los pastizales templados.

La incorporación de millones de hectáreas de praderas naturales a la agricultura supuso la apertura de un nuevo régimen de intercambio material entre sociedad y naturaleza. La producción cerealera destinada a la exportación generó una transferencia sostenida de nutrientes desde los suelos pampeanos hacia los mercados internacionales. Desde el enfoque del metabolismo socioecológico, puede interpretarse como una forma de “minería de nutrientes”, en la cual la fertilidad acumulada durante largos períodos geológicos y ecológicos fue progresivamente exportada en forma de granos sin mecanismos adecuados de reposición (Viglizzo, 1994; Viglizzo & Jobbágy, 2010).

Durante las primeras décadas de expansión agrícola, la elevada fertilidad natural de los suelos pampeanos permitió sostener niveles de productividad relativamente altos. Los suelos ricos en materia orgánica –resultado de miles de años de acumulación biológica bajo el régimen de pastizales– actuaron inicialmente como un “capital natural” que amortiguó los efectos de las nuevas prácticas productivas. Sin embargo, esta aparente estabilidad ocultaba procesos graduales de deterioro que comenzaron a hacerse visibles a comienzos del siglo XX.

La creciente preocupación por la degradación del suelo se reflejó en una serie de estudios técnicos publicados en las primeras décadas del siglo XX, muchos de ellos centrados en el problema de la erosión eólica. Ingenieros agrónomos y técnicos agrícolas comenzaron a advertir que determinadas prácticas de laboreo –especialmente el uso reiterado del arado de reja y vertedera– podían alterar la estructura del suelo y favorecer su desagregación. Entre los trabajos pioneros, se encuentran los de Luiggi (1901), Issouribehere (1901), Ortiz (1901), Ferreyra (1910, 1913), Bovet (1910, 1912), Miatello (1915), Molins (1918) y Girola (1919), que constituyen algunos de los primeros intentos sistemáticos de comprender los procesos de degradación asociados a la expansión agrícola pampeana (Casas, 2004).

La expansión de la superficie cultivada se intensificó particularmente durante las primeras décadas del siglo XX. Nuevas corrientes migratorias y la creciente demanda internacional de cereales impulsaron la incorporación de amplias áreas al cultivo. Entre 1905 y 1908, se registró uno de los períodos de crecimiento agrícola más dinámicos de la región. Sin embargo, esta expansión coincidió también con episodios climáticos adversos, como las sequías registradas en 1905, 1911 y 1913, que pusieron en evidencia la vulnerabilidad ambiental de ciertos territorios agrícolas (Casas, 2004).

En ese contexto comenzaron a surgir las primeras advertencias sobre los riesgos asociados al manejo inadecuado del suelo. En distintas estaciones experimentales, se recomendaba, por ejemplo, adelantar las fechas de siembra del trigo para aprovechar mejor la humedad disponible y reducir la exposición del suelo desnudo a la acción del viento. Algunas observaciones empíricas recogidas por técnicos agrícolas sugerían incluso que prácticas de menor remoción del suelo –como la implantación directa de alfalfa con laboreo mínimo– podían ofrecer mejores resultados en áreas susceptibles a la formación de médanos. Estas experiencias tempranas anticipaban, de manera aún incipiente, principios que décadas más tarde serían retomados por las corrientes de agricultura conservacionista.

El Censo Nacional Agropecuario de 1914 reflejó la continuidad de la expansión agrícola, aunque con ritmos de crecimiento más moderados que en la década anterior. Durante los años siguientes, nuevas regiones –particularmente en La Pampa y el sur de Córdoba– se incorporaron al circuito productivo cerealero. Hacia fines de la década de 1920, el proceso de expansión agrícola alcanzó su punto máximo, con vastas superficies de la llanura pampeana dedicadas al cultivo de cereales (Instituto de Suelos y Agrotecnia, 1948).

Sin embargo, este modelo productivo comenzó a mostrar señales de agotamiento hacia fines de la década de 1920 y durante los años de la crisis económica internacional. La combinación de precios agrícolas desfavorables, sequías recurrentes y deterioro progresivo de los suelos condujo al abandono de numerosas áreas cultivadas. En algunas regiones particularmente afectadas por la erosión eólica, la agricultura retrocedió y fue reemplazada nuevamente por actividades ganaderas. La crisis de la década de 1930 no solo significó una caída de precios y producción, sino también una creciente intervención estatal en la regulación del sector agrario y en la formulación de políticas destinadas a estabilizar el sistema productivo (Girbal-Blacha, 1998).

Las sequías de 1937 y 1938 agravaron esta situación, lo que afectó amplias áreas de La Pampa, el sur de Córdoba y San Luis. Las pérdidas de cosechas alcanzaron millones de hectáreas y contribuyeron a profundizar la crisis social y económica de numerosos agricultores. Al mismo tiempo, estos eventos climáticos pusieron en evidencia la magnitud de los procesos de degradación del suelo que se habían acumulado durante décadas de expansión agrícola intensiva (Casas, 2004).

Estudios realizados hacia fines de la década de 1930 señalaron que estos procesos respondían tanto a factores naturales como a decisiones productivas humanas. Arena y Guiñazú (1940) identificaron entre los primeros la recurrencia de sequías y la estructura frágil de ciertos suelos arenosos, mientras que entre los factores antrópicos destacaron el desmonte de praderas naturales, el monocultivo cerealero, el sobrepastoreo y el uso de prácticas de laboreo inadecuadas.

Desde una perspectiva histórica más amplia, el período comprendido entre aproximadamente 1880 y 1940 ha sido interpretado como una fase de fuerte presión sobre los ecosistemas agrarios pampeanos. Analíticamente, Ernesto Viglizzo ha caracterizado este proceso como una etapa de “descarga ecológica”[1], en la cual el sistema productivo se sustentó fundamentalmente en la explotación de la reserva de nutrientes del suelo. Durante las primeras décadas, la elevada fertilidad de los suelos permitió sostener niveles altos de productividad sin recurrir a mecanismos sistemáticos de reposición de nutrientes. Sin embargo, la expansión agrícola, la intensificación de las labranzas y la recurrencia de sequías contribuyeron gradualmente a reducir el contenido de materia orgánica y a intensificar los procesos de erosión eólica e hídrica.

En conjunto, estos procesos reflejan las tensiones estructurales entre expansión agraria y sustentabilidad ecológica que caracterizaron la formación del sistema agroexportador pampeano. La expansión de la frontera agrícola no solo generó un cambio en la estructura económica del territorio, sino también una transformación profunda de los equilibrios ecológicos del suelo, cuyas consecuencias comenzarían a manifestarse con mayor claridad en las décadas posteriores.


  1. La “descarga ecológica” definida por Viglizzo en 1994 describe un período caracterizado por el sobreuso, el mal uso de los suelos y del ambiente productivo en Argentina. Se refiere a una etapa de intensificación agrícola donde el suelo y los recursos naturales fueron sometidos a una degradación activa por la expansión desordenada de la frontera productiva.


Deja un comentario