Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

4 Darwin y los argentinos

La recepción y el conocimiento de la figura de Darwin en el Río de la Plata fue casi inmediata, como en casi todo el mundo occidental y, como no podía ser de otra manera, estuvo atravesada por discusiones y disputas locales de la (incipiente) comunidad científica y cultural local. Siguiendo a Montserrat (1991) podemos decir que la mentalidad evolucionista –en verdad una mezcla de spencerismo, darwinismo y algo de transformismo predarwiniano- se instaló con cierta envergadura polémica a partir de la década de 1870 en una élite intelectual y política, “dentro del marco genérico de una ideología, la del Progreso”.

“A mediados de la década que arranca en 1870, el recurso de Darwin comienza a ser empleado por los nuevos grupos que conforman la avanzada intelectual de la generación del ochenta. El evolucionismo –en su discreta versión darwiniana o en su radical postulación spenceriana- se convierte en elemento central de su utillaje mental e impregna de un militante progresismo biologista el estilo y el contenido de nuestro positivismo” (Montserrat, 1999, p. 30)

No hay que perder de vista, pues no es un detalle menor, que la expansión del darwinismo en el Rìo de la Plata ocurre en el marco de las disputas políticas por la conformaciòn del Estado Argentino entremezcladas con controversias entre el clero católico y grupos anticlericales convencidos de la necesidad de abandonar el dogmatismo católico para entrar en la vía del progreso (véase Di Stefano, 2012, Capítulo 5: “El país laico”). De modo que no es raro encontrar que, en las discusiones sobre la teoría biológica, la cuestión (menor en términos biológicos) de la innegable inconsistencia con el relato bíblico y la ortodoxia cristiana se encuentre excesivamente presente así como también el ya mencionado debate sobre el progreso, al cual ya nos hemos referido, de un modo genérico, en el Capítulo 1.

Montserrat señala que en discusiones acerca del evolucionismo como la que lleva adelante el escritor y educador católico José Manuel Estrada (1842-1894), en un artículo titulado El génesis de nuestra raza. Refutación de una lección del Dr. D. Gustavo Minelli sobre la misma materia, y publicado sólo tres años después de la aparición de El Origen, no hay referencias a Darwin, aunque sí a algunas ideas evolucionistas que luego empalmaron con el darwinismo. No obstante, Estrada recoge algunas de las discusiones de la época y se nota su posición monogenista[1], compatible con el creacionismo científico y obviamente, compatible con el relato cristiano. También Estrada recoge las tesis del catastrofismo de Georges Cuvier (1769-1832) (previo al uniformitarismo de Lyell, guía e inspiración del joven Darwin) y los “esfuerzos concordistas del geologismo bíblico” (Monserrat, 1999, p. 21) que concluía que el relato bíblico recogía desde la última gran catástrofe hacia delante, intentando hacerse consistente con la conciencia cada vez mayor de un planeta mucho más antiguo de lo que se suponía, aunque aún muy lejos de la conciencia del “tiempo profundo” (véase Nota 17 del Capítulo 2). Estrada arremete contra el uniformitarismo de la “escuela de Hutton y Lyell” y contra el evolucionismo lamarckiano y otros:

“¿Creéis en las razas progresivas, creéis en el hombre pre-adánico?…Entonces no creéis en el alma, creéis en un bruto mortal y sin destino, en un ser sin conciencia del yo individual, sin la noción de justicia absoluta, creéis en Virey y en Lamarck, creéis en Proudhom y en Lucrecia, pero no creéis en Dios, Sois ateos.” (Citado en Monserrat, 1999, p. 21)

Estrada recoge una idea que es predarwiniana aunque el darwinismo luego la refuerza con elementos de prueba contundentes: el origen común de los seres vivientes. Pero lo hace en una versión ramplona que luego sobrevivió en una vulgata errónea del darwinismo y dio origen al mito del eslabón perdido, al que ya nos hemos referido: “(…) vosotros los que queréis hacer al hombre un descendiente de una marsopla que se parte la cola, o de un mono acatarrado, que alarga la nariz” (citado en Monserrat, 1999, p. 21).

También Estrada se hace eco una creencia de la época, bastante extendida según la cual la Tierra tendría 6000 años (véase la nota 3 del capitulo 1). Más allá de lo ingenuo (y absurdo) del cálculo queda claro que es compatible con una mentalidad creacionista y a dios le sobra tiempo en 6000 años para realizar su tarea y por otra parte es claramente incompatible con un evolucionismo que necesita una Tierra enormemente más antigua para justificar los incontables y lentos cambios y con el uniformitarismo geológico.

Las lecturas (y apropiaciones) de Darwin

Antes de la década del ’70 del siglo XIX, probablemente el primer lector de El Origen del que se tenga registro por estas tierras, haya sido William. H. Hudson (1841-1922) a sus 18 o 19 años y muy poco después de aparecida la obra en Inglaterra. De esa lectura deja expresa constancia en las últimas páginas de Far Away and Long Ago – A History of My Early Life (Hudson, 1918). Luego de una primera lectura que no modifica en nada la actitud y creencias del joven Hudson, en un contexto muy particular (la muerte de su madre y un cuadro de fiebre reumática que lo tenía a maltraer) y merced a la insistencia de su hermano (“léelo otra vez de la manera apropiada para ti, como un naturalista”), Hudson realiza una segunda lectura del libro de Darwin y así lo relata:

“Releí la famosa obra en la forma en que me había aconsejado y luego me rehusé a preocuparme del asunto. Estaba harto de pensar. (…) A pesar de mi resolución de olvidarme de Darwin, mi mente o subconciencia –igual que un perro que con un hueso en la boca desobedece a su amo cuando éste le ordena soltarlo- seguí revolviendo el asunto. Aquella obsesión subsistía el día entero en mí, tanto cuando recorriendo el campo sujetaba el caballo para contemplar a gusto un ser cualquiera, como cuando boca abajo observaba entre los pastos la misteriosa vida de algún insecto. Y toda existencia que caía bajo mi vista, desde el gran pájaro describiendo círculos en la vastedad del espacio, hasta el miserable bichito que se encontraba a mis pies, entraban en el argumento y reflejaban un tipo, representando un grupo, marcado por sus semejanza de familia, no solamente en su aspecto, colorido y lenguaje, sino también en personalidad, costumbres y aun en los más ligeros rasgos de carácter y gestos. Y sucesivamente así, el grupo entero, a su vez, lo relacionaba con otro grupo y todavía con otros más y más alejados, haciéndose la analogía cada vez menos notable. ¿Qué otra explicación era posible sino la comunidad de origen? Parecía increíble que no se hubiera notado, aun antes de que se descubriera que el mundo era esférico y pertenecía a un sistema planetario que giraba alrededor del Sol. Todo este conocimiento sideral carecía de importancia comparado con el de nuestro parentesco con las infinitas formas de vida que comparten la tierra con nosotros. ¡Y sin embargo, no fue hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando la gran, casi evidente verdad, se abrió paso en el mundo!… En forma insensible e inevitable, me había convertido en evolucionista, aunque nunca del todo satisfecho con la selección natural, como la única y suficiente explicación de los cambios en la forma de vida. Y otra vez, insensiblemente, la nueva doctrina me condujo a modificaciones de las antiguas ideas religiosas y, eventualmente a una nueva y simplificada filosofía de la vida. Bastante buena en lo que se refiere a esta existencia, pero que desgraciadamente, no toma en cuenta la otra, la perdurable”. (Hudson, 1918 [1938, p. 363]

El relato de Hudson[2] refleja no solo el conflicto ineludible con la creencia religiosa tradicional sino también el debate acerca de la selección natural, aspecto de la teoría de Darwin que fue parcialmente cuestionado hasta la aparición de la teoría sintética en la década del ´30 del siglo XX, mientras que la cuestión del origen común de todo lo viviente –la otra gran hipótesis de Darwin- fuera inmediatamente aceptada sin reparos.

Algunos años después, Juan. B. Alberdi (1810-1884) en su extraordinaria, aguda y desopilante novela Peregrinación de Luz del Día. O Viaje y aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo, hace un uso particular de la teoría de Darwin, a veces absurdo en términos científicos, aunque consistente con algunas lecturas corrientes del darwinismo y la evolución. Alberdi dice de su propio libro:

“Es casi una historia por lo verosímil, es casi un libro de política y de filosofía moral por lo conceptuoso, es casi un libro de política y de mundo por sus máximas y observaciones; pero, seguramente, no es más que un cuento fantástico, aunque menos fantástico que los de Hoffmann”.

La Verdad, cansada de vivir en Europa donde todos viven según moldes burdos y decadentes, y de soportar los triunfos de su indigna rival, la Mentira, y para no suicidarse tan joven, decide viajar a América bajo el nombre de “Luz del Día” y, dado que la Verdad no tiene sexo, adopta forma de mujer. Al llegar a destino se encuentra con todos los personajes literarios que representan los aspectos negativos de la Europa de la época: con Tartufo (personificación de la mentira), Gil Blas (el gestor político, servil y acomodaticio) y Basilio (la calumnia); con el Quijote y Sancho Panza; con el Cid y también con Pelayo y con Fígaro. A su vez, puede intuirse e identificarse, en estos personajes a los protagonistas de la política argentina como Domingo. F. Sarmiento, Bartolomé Mitre, Adolfo Alsina, Dalmacio Velez Sarsfield y otros.

En su periplo, vive numerosas aventuras y realiza diversos experimentos y estudios de “zoología moral” sobre la sociedad del nuevo continente hasta que, al final, abatida por sus experiencias en América, Luz del Día decide regresar a Europa dando previamente un discurso sobre la libertad en Sudamérica ante un esacasísismo público que, además, bosteza y se duerme, lo que la lleva a concluir que ese país nunca será de sus dominios, de la Verdad.

La figura de Darwin, y sobre todo el darwinismo, aparecen en la novela en el llamado “Episodio de Quijotania” que resultaba parte de los datos que “Fígaro suministraba a Luz del Día para prepararla a dar su conferencia sobre la libertad y el gobierno libre en Sud-América”. Allí Alberdi relata el experimento que Don Quijote, a la sazón con “una ensalada en su cabeza insegura y fantástica”, ensaya en América y que consistía en aplicar la teoría de Darwin a la regeneración social. El delirante proyecto del Quijote en la Patagonia no podía terminar de otra manera: con el ideólogo y su mayordomo gallego sometidos a un proceso criminal. El Quijote fue benévolamente absuelto por “demencia o monomanía” aunque hay que aclarar que no se trató en este caso de novelas de caballeros sino que había sido el libro de Darwin sobre El Origen de las especies lo que lo enloqueció y, por tal motivo, se le había confiscado.

Alberdi escribe su Peregrinación de Luz del Día entre 1870 y 1874 en que se publica. Recién en 1871 se publica The Descent of Man, la segunda gran obra de Darwin quien, hasta ese momento ya había publicado cinco de las seis ediciones de El Origen. Todavía no se había traducción al castellano (la primera es de 1877), aunque sí al alemán y al francés. Darwin ya es un personaje muy famoso, criticado despiadadamente y defendido con la misma vehemencia.

La referencia de Alberdi se encuentra más en línea con ese complejo, largo y más o menos difuso proceso que denominamos “darwinismo”, básicamente la recepción y expansión cultural de la teoría de la evolución en un contexto evolucionista general y que incluye una tensión irresoluble con la teoría biológica propiamente dicha, como ya se ha explicado. Pero resultaría una imperdonable ausencia de sutileza intelectual y, sobre todo, un absurdo categorial, buscar los paralelos, discontinuidades y aun los errores de interpretación de la obra literaria, alegórica y política, con relación a la obra biológica original, pues la alusión que hace Alberdi sobre Darwin, además de metafórica, irónica y sarcástica, está en clave política y sociológica. Veamos algunos detalles comenzando por el párrafo con el que el Quijote introduce la idea de la evolución:

“(…) según las pruebas que ofrece la historia natural de la tierra, procedían originariamente de cuatro o seis tipos en que la vida animal y vegetal había verosímilmente hecho su primera aparición sobre la faz de nuestro globo; que una ley peculiar a la vida orgánica los había multiplicado al infinito, y que esta ley era la selección natural, o la perfectibilidad espontánea de que las especies son capaces por la acumulación de las mejoras creadas por la educación al favor de la sucesión orgánica; que según esta ley de creación natural y continua la especie humana tenía probablemente por origen otra especie menos perfecta, la del mono, por ejemplo”

La idea del origen común de lo viviente a partir de algunas pocas especies originales, es expresada por Darwin siempre de la misma manera en las seis ediciones de El Origen, refiriéndose a “cuatro o cinco” formas primeras. En el párrafo final de todas las ediciones siempre dice “unas pocas formas o incluso una sola”. Alberdi se refiere repetidamente a la “selección natural”, hipótesis que, como ya se dijera, fue algo resistida durante varias décadas. Nótese también la idea de “mejoras creadas por la educación” que no aparece en El Origen y resulta más bien la lectura evolucionista en lo social sobre lo cual ya hemos dicho suficiente.

El otro punto que se destaca en el párrafo refiere a que el “hombre desciende del mono”, lo cual remite a la frase que cierra The Descent of Man en que Darwin asegura que el hombre “lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen”. Lo cierto es que la versión vulgarizada expandió el error teórico de “el hombre desciende del mono”. El Quijote de Alberdi se apoya desde el inicio en esta figura que se constituyó en uno de los tópicos de cierta malversación del darwinismo. Las caricaturas periodísticas de Darwin con figura simiesca y otras variantes del tema proliferaron en la época. Esta vulgarización sesgada también se expone en la discusión sobre el “eslabón perdido”.

Rápidamente, el Quijote señala algo que constituye un absurdo biológico pero resulta efectivo para las intenciones del autor al señalar que el carnero es el ancestro de los humanos:

“Si el hombre es pariente del mono, se dijo él, con doble razón se le debe creer pariente más cercano del carnero; y a fe que este parentesco hace más honor al hombre, pues el mono es bellaco, indecente, inútil, ladrón, inmoral, mientras que el carnero es el símbolo religioso de la mansedumbre y de la bondad: el carnero hace vivir al hombre, sin vivir del hombre, lo que de paso confirma que es el padre del hombre.”

Obsérvese el comentario acerca de la calidad “moral” de los monos porque esa visión negativa de nuestros “primos” biológicos era moneda corriente. La naturaleza animal, en esa imagen progresiva de la evolución, representaba un estadio negativo y brutal. Incluso fue un recurso utilizado por el médico italiano C. Lombroso en su argumentación acerca del carácter atávico de la criminalidad nata[3]. Ese rasgo animal que estaría aletargado en el desarrollo ontogenético, en algunos individuos afloraría y lo llevaría a cometer crímenes. Pero además, las descripciones físicas de los delincuentes natos acentúan sus supuestos rasgos simiescos.

Alberdi ubica a la locura de su Quijote en la Patagonia, cerca de las Falkland, a partir de que: “Él sabía que la Patagonia había inspirado a Darwin su grande idea sobre el origen de las especies”. Es bastante discutible el lugar y la ocasión de inspiración de cualquier teoría científica, al menos en el sentido heroico y fundacional que, a veces, se le quiere dar. Las cartas, la Autobiografía y el Diario del Viaje de Darwin alrededor del mundo alimentan, en alguna medida, chauvinismos cientificistas menores de argentinos, uruguayos, chilenos y ecuatorianos acerca del privilegio del lugar y momento preciso en que a Darwin le surge su peligrosa idea. Lo que sí se puede asegurar es que algunos hallazgos en Punta Alta, la cordillera de los Andes, la Patagonia y su relación con los indios de esta zona, ocupan un lugar destacado en el posterior rompecabezas de la evolución.

Los planes de regeneración social del Quijote incluían una propuesta anticipatoria de lo que décadas después fue el movimiento eugenésico, sobre el que volveremos en el capítulo siguiente:

“Para ello debe la ley señalar un término improrrogable a las ovejas y demás ciudadanos animales, pasado el cual todo habitante que, en vez de nacer en forma de hombre, nazca como hasta aquí en forma de carnero, será suprimido según el uso de Esparta, como ciudadano imperfecto e inútil, o como un mal tipo, según la ley de Darwin (selección natural).”

El Quijote se refiere al típico caso espartano, pero también a la eugenesia moderna como derivado de la teoría de Darwin. Aunque los trabajos de Francis Galton (1822-1911) –primo de Darwin y padre fundador del movimiento eugenésico- son posteriores a este escrito de Alberdi, Galton no hizo más que sistematizar y tratar de fundamentar una serie de creencias que también retoma Alberdi y que flotaba en el ambiente de fines del siglo XIX: se debe realizar una selección artificial de los individuos superiores de una sociedad para mejorarla. La eugenesia se encuentra, premonitoriamente, en el mandato del Alberdi de unos años antes cuando sentenciaba “gobernar es poblar”, porque se trataba de una población seleccionada. Unos sesenta años después (en 1930, cuando el movimiento eugenésico está instalado en casi todo el mundo) el médico psiquiatra argentino Gonzalo Bosch recoge la tensión ya presente en el mandato alberdiano, aunque creyendo que instalaba alguna novedad: “Alberdi decía: ‘gobernar es poblar’, concepto muy propio de su época; nosotros, hoy diríamos: Gobernar es seleccionar”.

Lucio V. Mansilla (1831-1913) en sus Causeries[4] (en la denominada “Los animales desconocidos”) aborda la cuestión de la evolución evidenciando un conocimiento de los debates alrededor del evolucionismo al comentar un libro del “Dr. Jousset”, un católico alarmado porque la ciencia moderna es anticristiana, intolerante y conduce al materialismo. Cabe destacar, del escrito de Mansilla, en primer lugar y en línea con lo que venimos diciendo, que se refiere a las “teorías evolucionistas y transformistas cuyos grandes representantes son Carlos Darwin y Herbert Spencer”. Spencer es un pensador muy leído y respetado en la época. El argumento que esgrime Mansilla en defensa de Darwin, y contra la crítica católica, es la convicción del inglés de no poder dar cuenta del origen de la vida, sino solo del origen de las especies, cuestión que expresa claramente en la Autobiografía:

“La dificultad es extrema, es casi una imposibilidad, cuando se trata de concebir ese inmenso y sorprendente universo, inclusive el hombre, con su facultad de mirar tan lejos en el pasado y tan lejos en el porvenir, como el resultado de una casualidad ciega o de la necesidad. Cuando reflexiono en ello, me siento obligado a considerar una causa primera, teniendo una inteligencia análoga, en cierto modo a la del hombre; y merezco el nombre de deísta”.[5]

Asimismo, el solapamiento de Darwin/Spencer va de la mano del tema recurrente de la recepción del evolucionismo como progreso. Inequívocamente, dice Mansilla: “Nuestras sociedades civilizadas no son perfectas ni han llegado al último término de la civilización, ni llegarán. El progreso es indefinido y evolucionista” (Mansilla, 1889/1890 [1963, p. 562]) Y, por otro lado, el aspecto por el cual la teoría biológica es más rupturista con la tradición, esto es la acumulación de variaciones espontáneas o al azar, es asimilado por Mansilla con una confesión, por parte de Darwin, sobre la ignorancia de las verdaderas causas de la variación,es decir de las leyes de la herencia. En cambio la idea del origen común es rescatada:

“(…) las conclusiones a que Darwin llega son sintetizadas: que los primeros antepasados del hombre han debido ser animales más o menos parecidos al mono, pertenecientes al gran grupo antropoideo, y aliados a los antepasados del orangután, del chimpancé y del gorila. (…) Darwin no niega, ¿y quién puede negarlo?, la acción del medio físico, la influencia de ese medio sobre los caracteres y sobre el desarrollo de las plantas y de los animales, pero no le da al ambiente una importancia superior al medio orgánico. (…) Él pone siempre la fuerza modificadora o creadora principal en los fenómenos mismos de la vida. Darwin no da un paso en su jardín, sin ver bregando las fuerzas que limitan las especies”. (Mansilla, 1889/1890 [1963, p. 557]

Reforzando esta idea comenta un caso ocurrido en La Rioja sobre dos jóvenes encontrados en los montes, en estado de completo salvajismo, incluso sin poder hablar y que murieron poco después de ser rescatados y llevados a población humana. Agrega que le envió a Darwin una carta “en la que detalladamente y como una confirmación de la teoría evolucionista en el sentido del progreso y viceversa, yo le refería todo esto, desde Roma, para que la agregara a la inmensa serie de sus documentos de observación”.

La instalación de la polémica

Antes de la muerte de Darwin, en 1875, Eduardo L. Holmberg (1852-1937), en ese momento un joven estudiante de medicina, publica Dos Partidos en Lucha, de pobre valor literario según la opinión de los críticos, pero importante por la repercusión que tuvo para avivar la discusión acerca del darwinismo y la evolución. Holmberg es, al decir de Montserrat “un heraldo singular” en la defensa de Darwin:

“No es extraño que el darwinismo golpeara entonces las puertas de una República ávida de novedades: lo insólito reside en que la primera profesión pública del credo darwinista fuese expresada a través de una obra de ficción escrita por un estudiante de medicina de veintidós años” (Monserrat, 1993, p. 25)

La obra se presenta como un manuscrito que un tal “Sr. D. Ladislao Kaillitz (darwinista)” habría entregado, antes de irse a Europa, al propio Eduardo Ladislao Holmberg que lo da a conocer. En la obra intervienen Pascasio Grifritz (darwinista) y Francisco P. Paleolítez (rabianista, partidario de Timoteo Rabian, asociado al antitransformismo en la novela) con su ayudante, Juan Estaca. “Francisco P.”, obviamente hace referencia a Moreno, “Pascasio” al mismo Moreno por su segundo nombre, “Estaca” probablemente se refiera a Ramorino o a un militar de apellido “Madera” (véase Monserrat, 2000). La disputa llega a niveles tan fuertes que llega a intervenir el propio Darwin, que llega a Buenos Aires (en la ficción) y es recibido por el presidente Sarmiento.

Cuando se crea la Sociedad Científica Argentina, en 1877, Darwin fue declarado miembro honorario, y, en ese mismo año se publica la primera edición en castellano de El origen. En 1878, también la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba, pocos días antes que la Académie des Sciences de París, lo declara miembro honorario.

Domingo F. Sarmiento en un discurso que diera poco después de la muerte de Darwin y al que volveremos más abajo, alude a un encuentro con el Darwin joven del viaje por el mundo y luego uno inequívoca y polémica definicion sobre el valor de la Patagonia:

“Pudiera decir, señores, que me era familiar el nombre de Darwin desde hace cuarenta años, cuando embarcado en la Beagle que mandaba Fitz Roy, visitó el extremo Sur del Continente, pues conocí el buque y su tripulación y desde luego el Viaje de un Naturalista que hube de citar no pocas veces hablando del Estrecho. Recordaréis que nunca me mostré muy celoso de nuestras posesiones australes, porque no las creía dignas de quemar un barril de pólvora en su defensa (…)”

Sarmiento manifestó tempranamente cierto conocimiento de la teoría de Darwin. En 1865, es decir apenas 6 años después de la primera edición de El Origen, según refiere Jalif de Bertranou (2009), Sarmiento en una carta a su amiga Mary Mann (a propósito de algunas consideraciones previas sobre el ganado argentino) le dice “Este hecho, fuera de toda duda, viene en confirmación de la teoría de Darwin sobre la selección de las especies”. Poco después y siendo ya presidente, el 12 de agosto de 1868, escribe en su diario de viaje de Nueva York a Buenos Aires “La teoria de Darwin es argentina y me propongo nacionalizarla por Burmeister” cosa que, evidentemente no pudo hacer por la acérrima oposición del alemán al evolucionismo, pero lo más curioso es su afirmación sobre el carácter argentino de la teoría. La figura de Sarmiento es altamente controvertida -y no es este el lugar ni la ocasión de avanzar en ello- por las diversas valoraciones que conocemos acerca de su figura sino, fundamentalmente porque reúne no solo la mentalidad de su tiempo –qué otra cosa podría ser- sino también las profundas tensiones, mucho más visibles en una lectura extemporánea. Junto con la apuesta por un progresismo positivista, basado en la educación laica universal, el desarrollo del ferrocarril y la agricultura y el rechazo por las ideas y costumbres consideradas bárbaras, Sarmiento refuerza continuamente un racismo militante y genocida.

El Círculo Médico celebró una conferencia pública en homenaje a Darwin, poco más de un mes después de su muerte, e invitó a Sarmiento como orador, en el Teatro Nacional el 19 de Mayo de 1882 (tambien disertaron Florentino Ameghino y Eduardo Holmberg). El discurso de Sarmiento comienza con referencias a los científicos en la Argentina, señala los conocidos y exitosos resultados de las cruzas de distintas raza de ganado realizadas por estancieros:

“Los inteligentes criadores de ovejas son unos darwinistas consumados y sin rivales en el arte de variar las especies (…) “Me parece que hay motivo suficiente para que seamos los argentinos partidarios de la doctrina del transformismo, puesto que nosotros transformamos una variedad de oveja en otra. Hemos construido una especie: la oveja argentífera, porque da plata y porque es argentina además”. Indica luego los resultados sociales de la teoría darwinista, para rematar con que si Darwin hizo sus investigaciones en nuestro país, por qué no habríamos de homenajearlo dado que todavía estaban frescos los rastros de “su paso por nuestro territorio, y es uno de nuestros propios sabios.”[6]

Más allá de estas consideraciones puntuales, la adhesión de Sarmiento a un evolucionismo general era clara:

“Yo señores, adhiero a la doctrina de la evolución más generalizada como procedimiento del espíritu, porque necesito reposar sobre un principio armonioso y bello a la vez, a fin de acallar la duda, que es el tormento del alma”.

Sin embargo, como venimos señalando en la recepción del evolucionismo, en una carta que Sarmiento le envió a Francisco P. Moreno, en ocasión de la publicación de Conflictos y Armonías de las Razas en América Latina, hay que comprender esta adhesión de un modo particular:

“Aprovecharé tan buena ocasión, sin embargo, de hablar del libro, dando algunas explicaciones y complementos. Bien rastrea usted las ideas evolucionistas de Spencer que he proclamado abiertamente en materia social, dejando á usted y á Ameghino las darwinistas, si de ello los convence el andar tras de su ilustre huella. Yo no tengo ni la pretensión ni el derecho de serlo. Con Spencer me entiendo, porque andamos el mismo camino”.

En la Argentina de fines del XIX, la figura de Darwin fue importante y se entrelaza con un contexto general de avance y consolidacion de las ciencias, la organización del Estado y una mentalidad positivista, no sólo en la cuestión científica, sino también en los aspectos políticos y culturales. Pedro Scalabrini, destacada figura de la también destacada Escuela Normal de Paraná (Entre Ríos) -fundada por el propio Sarmiento en 1870, cuando era presidente- publica un artículo titulado “Materialismo, darwinismo, positivismo. Diferencias y semejanzas”, redactado en 1888, donde trata de incorporar el darwinismo al positivismo.

Uno de los grandes evolucionistas argentinos fue Florentino Ameghino (1854-1911), al decir de Sarmiento y en alusión a su reconocimiento en el exterior: “un paisano de Mercedes que aquí nadie conoce, pero que es admirado por los sabios del mundo entero”[7]. De gran trayectoria y prolífica producción científica, Ameghino contribuyó a la paleontología, la geología y la antropología física; adversario intelectual de Germán Burmeister (1807-1892), también como éste llegó a dirigir el Museo Argentino de Ciencias Naturales. Imbuido del espíritu positivista cientificista y progresista decimonónico, evolucionista y con un toque chauvinista defendió la idea (equivocada) según la cual el origen de la humanidad habría acontencido en sudamérica (lo que algunos llaman “autoctonismo”). En “Antigüedad del Hombre en el Plata”, se refiere a restos óseos que supuso de gran antigüedad y consideró antecesores del hombre. Incluso arriesgó la hipótesis de que su origen databa de la época Terciaria. En una conferencia titulada “Un recuerdo a la memoria de Darwin. El transformismo considerado como ciencia exacta” señala, corrigiendo un error corriente de la vulgata evolucionista:

“Ni Darwin, ni su predecesor Lamarck, ni sus discípulos Huxley y Haeckel, ni ningún naturalista transformista ha dicho, que alguna de las razas humanas actuales descienda de alguna de las especies de monos actuales. Lo que afirman los transformistas es que los seres en general, y cada especie en particular, no han aparecido así nomás porque sí, de sopetón, de la noche a la mañana: que nada se forma de la nada, que por consiguiente todo debe tener antecesores, y concretándome particularmente a las formas superiores de la animalidad, cuya cúspide somos nosotros, lo que sostiene dicha escuela es que el hombre desciende de una forma inferior extinguida, que los monos antropomorfos actuales descienden de otro tipo también extinguido, que a su vez tuvo sin duda, por origen un tipo primitivo del cual se separaron igualmente en épocas sumamente remotas las formas precursoras del hombre. Ya veis que estamos muy lejos de la pretendida descendencia”.

Y refiriéndose a la figura de Darwin afirma, curiosamente en una suerte de chauvinismo de inspiración:

“(…) puede considerarse como uno de nuestros sabios, pues el descubrimiento de su teoría está ligado a la historia de nuestro progreso científico, por ser aquí, entre nosotros, donde recogió los materiales para ella y tuvo su primera idea”

En nombre del positivismo y de la ciencia, Ameghino participaba también de las disputas con la religión católica de las últimas décadas del siglo XIX. Un curioso episodio tuvo lugar cuando publicó (1884) una carta satírica en el diario La Crónica, firmada con el seudónimo de Dr. Serafín Esteco “ex miembro del Club Concólico Apostacólico” en la cual, simulando una suerte de investigación policial, sostenia que la imagen de la virgen exhibida en Luján no era en realidad la que vino de Europa, sino una apócrifa fabricada con barro del lugar, “por manos poco expertas en el arte del alfarero”.

El darwinismo, pero sobre todo el evolucionismo en la clave ya descripta de desarrollo y progreso, marcó toda una época hasta bien entrado el siglo XX en la Argentina. Los fundamentos y el desarrollo del movimiento eugenésico resultan un claro ejemplo que va más allá de la mera discusión teórica y atraviesa la política, la educación, y toda la cultura. Ese será el tema del próximo capítulo.


  1. Antes de la teoria darwiniana había dos versiones acerca del origen de la Humanidad (sobre todo de sus diferencias) y ambas eran compatibles con las justificaciones racistas: los monogenistas, que respetando literalmente el relato bíblico de la creación de Adán y Eva, sostenían el origen único de la especie humana, y justificaban las diferencias existentes en que la degeneración que se produjo luego de la caída del paraíso no fue pareja para todos. La aparición de la teoría de la evolución, y una lectura algo peculiar de ella, proporcionó un apoyo extra a los que se encontraban en esta línea. Los poligenistas, por su parte, sostenían que las razas humanas eran grupos biológicos diferentes que procedían de distinto origen y “como los negros constituían otra forma de vida, no era necesario que participasen de la “igualdad del hombre”
  2. Sobre la figura de Hudson véase, entre otros: Montserrat (1999, 2012); Wilson (1981), Jurado (1971).
  3. Lombroso presenta una imagen antropomorfizada de la naturaleza y así aparecen hormigas cuya furia asesina las impulsa a matar y despedazar un pulgón; una cigüeña que, junto con su amante, asesinaba a su marido; una hormiga macho que no tiene acceso a las hembras reproductoras y viola a una obrera, cuyos órganos sexuales están atrofiados, provocándole la muerte en medio de atroces dolores; llega incluso a decir que cuando el insecto come determinadas plantas, su conducta equivale a un crimen (Citado en: Gould, 1993).
  4. Se trata de relatos breves, casi todos autobiográficos, escritos en tono coloquial, publicados en el diario Sud América y conocidos como causeries (charlas) de los jueves. Fueron publicados luego en 5 volúmenes entre 1889 y 1890. Hay reedición en: Mansilla, L. V., (1963).
  5. Ya hemos remarcado la forma en que Darwin se expresa en el último párrafo de El Origen, a propósito de esta cuestión.
  6. Debe notarse que, justamente el Capítulo 1 de El Origen refiere a la selección en estado doméstico, es decir el trabajo de criadores. Aunque no deja de ser algo incómoda la extensión del mecanismo de los criadores (con un pln y objetivos claros y predetrminados) al ámbito de la a selección natural.
  7. Algunos historiadores sostienen que nació en Luján, pero otros piensan que fue en Génova (Italia) y que llegó a la Argentina de muy chico.


2 comentarios

  1. Julio Orione 10/05/2017 9:13 pm

    Un trabajo excelente, lo digo como autor de “El darwinismo en la Argentina”, Todo es Historia, 228, 1986.

  2. Vivina Salvetti 15/05/2017 5:49 pm

    Muy bueno como material de consulta, y muchas gracias por el acceso abierto.

Deja un comentario