En este capítulo, se complementa el análisis del sistema social desde un enfoque complejo con los cambios que está provocando la evolución tecnológica y su influencia en las instituciones. La revolución tecnológica permite simplificar muchas actividades y generar nuevos mecanismos de decisión y control; sin embargo, genera mayor incertidumbre y obliga a modificar instituciones tradicionales que ya no se adaptan a las nuevas sociedades. Por otro lado, la sociedad 4.0 también está signada por la sustentabilidad, como proceso necesario para poder seguir viviendo y produciendo en el mediano y largo plazo.
La revolución tecnológica y el impacto en el Estado
La palabra revolución indica un cambio abrupto y radical (Schwab, 2016). Las revoluciones se producen cuando nuevas tecnologías y formas novedosas de percibir el mundo desencadenan cambios que afectan a los sistemas económicos y a las estructuras sociales. Para algunos autores, el mundo está transitando la “tercera revolución industrial” o la “revolución de la inteligencia” (Rifkin, 2011), cuyos pilares son la transición hacia la energía renovable, el desarrollo tecnológico y la utilización de Internet.
Dentro de esta transición, viene observándose un fenómeno progresivo y expansivo que afecta a casi todas las actividades y procesos que se desarrollan en el mundo. Muchos autores no dudan en llamar a este fenómeno la “cuarta revolución tecnológica”. Esta revolución se caracteriza por el uso generalizado de las tecnologías de la comunicación y del Internet, pero también por el avance en nuevas tecnologías disruptivas, como la inteligencia artificial, la impresión 3D, la robótica, la biotecnología y la nanotecnología. Es decir que la cuarta revolución conjuga el desarrollo de las tecnologías entre las dimensiones físicas, digitales y biológicas.
Las nuevas tecnologías digitales revisten tanta importancia porque permiten interacciones estrechas entre el mundo físico y el digital en torno a:
- La generación, el almacenamiento, la transmisión y la publicación de datos de manera masiva: a través del Internet de las cosas, la computación en nube, la computación cuántica, el big data y el open data.
- La deshumanización progresiva del trabajo: a través de la analítica informática, la inteligencia artificial, la robótica.
- Las interacciones humano-máquina: a través de la realidad virtual y la aumentada, las interfaces táctiles, las gráficas de usuario y los sensores de diferente clase.
- La conversión de lo digital a lo físico: a través de impresoras 3D y 4D.
- La convergencia de conocimiento y tecnologías para la producción de nuevos materiales desde el campo de la microtecnología, la biotecnología, la nanotecnología y la tecnología verde (Martínez, Palma & Velásquez, 2020).
Si se considera la raíz de la teoría de Luhmann (1997), que establece que el sistema social está constituido por comunicaciones, es fácil imaginar que una revolución en las comunicaciones y en la información dará como resultado sociedades aún más complejas (Rifkin, 2010). Es decir, a la complejidad propia de los vínculos sociales y su organización, se le suma ahora la incidencia de las tecnologías de la información y las comunicaciones.
Por otro lado, el desarrollo de las nuevas tecnologías —inteligencia artificial, robótica, biotecnología, etc.— va modificando los paradigmas de producción y consumo, afectando también el mercado del trabajo, la salud, la educación, la vivienda, el transporte y muchos otros aspectos que abren un espacio de desafíos y oportunidades para la órbita política de los países. En otras palabras, la evolución tecnológica no solo alcanza la vida privada de los individuos, sino que afecta el rol del Estado y la administración pública.
Se espera que el Estado moderno satisfaga las necesidades de los ciudadanos aplicando mecanismos apropiados a la época en que se vive, es decir, utilizando las herramientas tecnológicas que están disponibles. Cabe destacar que estas necesidades evolucionan a través del tiempo y que muchas de ellas requieren de una transformación o adecuación organizacional e institucional.
“Las tecnologías de la información y de las comunicaciones permiten una mayor eficiencia y productividad interna, así como una mejor relación con los ciudadanos, posibilitando interesantes formas de participación de éstos” (Toro Quintana, 2011, p. 19). Entonces, la modernización les impone a los gobiernos una necesidad de implementar acciones de coordinación, inversión, cambio estructural, apoyo político, con visión de largo plazo.
En los últimos años, por ejemplo, las administraciones públicas de varios países han comenzado a aplicar la tecnología blockchain, o cadena de bloques, en diversos procedimientos. Se trata de una tecnología que fue creada para otras disciplinas, como las finanzas, pero que rápidamente está adaptándose a nuevos escenarios. Sucede que la tecnología blockchain, correctamente utilizada, puede aportar múltiples beneficios a las instituciones:
- En todas las instituciones públicas, reducción del fraude y de los sobornos. Estos actos de corrupción son detectados en la mayoría de los países del mundo, debilitan las instituciones y obstaculizan los servicios a la ciudadanía (Campos Mínguez, 2019).
- En el sistema judicial, ahorro de procesos e intermediarios. Se facilita la tramitación de los procesos judiciales y se reducen los tiempos.
- En el sistema legislativo, desarrollo eficaz y seguro de la normativa. El sistema de cifrado permite que los ciudadanos consulten permanentemente cualquier norma y sus modificaciones en el mismo instante en que son publicadas en el Boletín Oficial. A la vez, les permite a los legisladores controlar los avances en las sesiones y los puntos que son modificados.
- En el sistema democrático, mayor transparencia sobre la elección de los partidos políticos, lo que contribuye además al cuidado del medioambiente.
- En los registros de propiedad, descentralización del manejo y custodia de los datos, mayor transparencia en las transacciones e imposibilidad de adulterar la información de los propietarios.
El Estado moderno viene asociado al concepto de gobierno abierto, el cual propugna principios tales como la transparencia, la rendición de cuentas, la participación y la innovación. Estos principios son los medios para crear un ecosistema propicio para la apertura gubernamental.
En el gobierno abierto, el Estado debe desarrollar los mecanismos necesarios para que la ciudadanía participe activamente de las decisiones, sin intermediarios, con transparencia y rendición de cuentas por parte de los funcionarios. Esta participación masiva debe ser ordenada y eficaz para no generar cuellos de botella y poder reducir la burocratización. En este proceso son muy importantes los sistemas de información y transferencia de datos seguros.
También hay que considerar que la velocidad con la que avanza la tecnología y se generan los cambios en la era digital produce una demanda al sector público y a las instituciones de responder a tiempo a las nuevas necesidades. La respuesta debe provenir de nuevas leyes o normas, pero su aparición puede verse frenada por las posiciones contrarias de los agentes para llegar a un acuerdo y hacer efectivas las medidas. Esto genera que la respuesta frente a los cambios sea más lenta que la requerida para resolver las necesidades. Entonces, debe generarse cierta flexibilidad de la política pública frente a este nuevo escenario que permita generar medidas en un tiempo de respuesta más corto que el habitual (Martínez, Palma & Velásquez, 2020).
Volviendo al tema de las revoluciones, es de esperar que los cambios paradigmáticos se ejecuten cada vez más rápido y, por ello, lleguen nuevas y más profundas revoluciones. Cabe aclarar que estas revoluciones no serán una prolongación de las revoluciones anteriores por tres razones (Schwab, 2016):
- La velocidad: no se encuentran precedentes históricos que marquen transformaciones tan rápidas y exponenciales.
- El alcance: poseen mayor amplitud y profundidad porque se basan en la revolución digital y combinan múltiples tecnologías, que permiten el cambio de paradigmas en la economía, los negocios, las sociedades y las personas.
- El impacto de los sistemas: la complejidad aumenta y todo está interrelacionado, dentro de los países y entre ellos.
Byung-Chul Han (2021) habla de una transformación, que ya se está produciendo gradualmente, para pasar del orden terreno al orden digital, o dicho coloquialmente por el autor, “de la cosa a la no-cosa”. La revolución está desnaturalizando las cosas del mundo para informatizarlas. Las no-cosas se producen en todos los ámbitos y situaciones, reciben el nombre de informaciones y hacen al mundo cada vez más intangible:
Hoy nos encontramos en la transición de la era de las cosas a la era de las no-cosas. Es la información, no las cosas, la que determina el mundo en que vivimos. Ya no habitamos la tierra y el cielo, sino Google Earth y la nube. El mundo se torna cada vez más intangible, nublado y espectral. Nada es sólido y tangible (Han, 2021, p. 8).
Para el autor, las cosas retroceden a un segundo plano de atención, porque todo está recubriéndose de información, lo que genera mayor incertidumbre y agitación. Concuerda con Luhmann (1997) en que la información no brinda estabilidad porque su cosmología no es la cosmología del ser sino de la contingencia.
Las implicancias de la nueva revolución cambian el modo de pensar de los consumidores y los emprendedores. Los consumidores ya no se obsesionarán con las cosas como lo harán con la información y los datos. A diferencia de las revoluciones anteriores, esta no expandirá la esfera de las cosas, solo las convertirá en derivados necesarios de la información.
Esto provocará que los emprendedores creen nuevos modelos de negocios, más colaborativos, interactivos y digitales. Los nuevos clientes no percibirán diferencias entre su vida física y digital. Las nociones sobre la privacidad cambiarán totalmente, y se esperarán nuevas experiencias de consumo a través del conocimiento en tiempo real de lo que hace y quiere cada consumidor.
Por lo tanto, es necesario desarrollar el marco adecuado para que pueda transcurrir de la mejor manera posible. Los países que se adapten rápidamente a las nuevas necesidades serán los grandes beneficiados. Con esta revolución se esperan más innovaciones en comunicación, sistemas logísticos, medios de transporte y producción de energía; pero también avances muy importantes en la nanociencia, la nanotecnología, la biotecnología y la ingeniería genética. Todos estos campos, cuyo objetivo último es el desarrollo humano, necesitan contar con un marco institucional adecuado.
Las revoluciones nunca son fáciles ni sus resultados finales son totalmente previstos. Se genera un alto nivel de incertidumbre, especialmente para los trabajadores. Muchos puestos de trabajo se pierden y se crean otros nuevos, pero con exigencias distintas. En esta nueva revolución, además, se unirán las industrias y las disciplinas. Entonces los especialistas deberán capacitarse en nuevas formas de pensar, abarcando más conocimientos.
La realidad de la disrupción y los efectos que tienen las revoluciones son inevitables, sin embargo, no hay que quedar inertes ante la situación. Es responsabilidad de la sociedad establecer el conjunto de valores comunes para tomar decisiones políticas correctas, que permitan generar oportunidades para todos sus miembros (Schwab, 2016).
La institucionalización de las innovaciones
Si una de las mayores características que tiene la era actual es la revolución tecnológica y digital, es coherente pensar que los procesos sociales deben adecuarse a los cambios que imponen, pero además fijar el mejor escenario posible para que se desarrollen las innovaciones. Como el conjunto de reglas sociales que es, el marco institucional tiene que adaptarse y fomentar la actividad inventiva por parte de la sociedad. Es por ello que se propone un análisis sobre los motivos que generan innovaciones y su institucionalización.
Los autores Aghion, Antonin y Bunel (2021) centran su análisis de crecimiento económico de las naciones desde un concepto interesante que Schumpeter (2008) denominó “destrucción creativa”. Por medio del proceso de destrucción creativa, pueden emerger continuamente innovaciones que permiten la evolución de la tecnología, reemplazando lo ya existente por lo nuevo. Entonces, parte de la divergencia en el crecimiento de los países podría explicarse por el nivel de estímulos que las empresas tienen para entrar en el proceso de destrucción creativa.
El modelo de crecimiento basado en la destrucción creativa es también conocido como el paradigma schumpeteriano y se basa en tres premisas:
- La innovación y difusión del conocimiento están en el corazón del proceso de crecimiento. Solo mediante la sistematización del conocimiento, la innovación puede ser acumulada y avanzar hacia nuevos saberes.
- La innovación depende de los incentivos y la protección de los derechos de autor. Los inversores deben tener estímulos para poner sus esfuerzos en I+D.
- Las “nuevas” innovaciones hacen obsoletas las innovaciones previas. Entonces se produce un dilema entre impulsar lo nuevo pero desconocido o mantener lo anterior.
La destrucción creativa es una fuerza propia del capitalismo, que impulsa una trayectoria progresiva de crecimiento, pero al mismo tiempo genera riesgos y turbulencias. No se debe perder de vista que la innovación puede producir una serie de efectos negativos, especialmente en el corto plazo, tales como la pérdida de puestos de trabajo, el cierre de mercados o el aumento de la desigualdad.
Por las implicancias sociales, estos riesgos deben ser administrados y regulados. Es ahí donde las instituciones toman relevancia nuevamente. En su rol, deben encontrar un equilibrio que permita un marco de seguridad para la innovación privada o público-privada, sin descuidar los controles para minimizar los riesgos asociados.
Desde el punto de vista de los estímulos, puede decirse que cualquier disposición o política que asegure beneficios para el inversor, protegiendo los derechos de propiedad intelectual o desgravando actividades, incentivará a los empresarios a invertir más en innovaciones. Por el contrario, cualquier circunstancia que ponga en peligro los beneficios, como la ausencia de protección contra la imitación o los impuestos confiscatorios para los ingresos por innovación, va a desalentar la inversión. Generalizando, la innovación responde a los incentivos positivos o negativos de las instituciones y políticas públicas, lo cual la convierte en un proceso social.
Robinson, Torvik y Verdier (2006) destacan que las instituciones económicas inclusivas crean los incentivos necesarios para promover la creatividad y las innovaciones, a través de las patentes y los derechos de propiedad o exclusividad sobre los resultados obtenidos. Esto luego termina mejorando los sistemas productivos en donde se apliquen y sirve como base para otros desarrollos. El problema de las instituciones extractivas es que no generan incentivos.
Incluso, los autores Aghion, Antonin y Bunel (2021) manifiestan que el propio capitalismo debería ser regulado para poder explotar mejor sus capacidades, tal como en el caso de la destrucción creativa. En el capitalismo, las empresas que ya están en el mercado pueden tener incentivos para impedir nuevas innovaciones, en vez de tener incentivos para la propia I+D. Estas empresas le ponen trabas al ingreso de empresas jóvenes altamente innovadoras al mercado. Si no tienen la fuerza suficiente para sobrevivir, es muy probable que fracasen en el corto plazo.
A lo largo del siglo pasado, los países que más crecieron fueron los que adoptaron políticas que estimularon la innovación continua y establecieron instituciones que reforzaron esos estímulos. Al contrario, Argentina tuvo políticas públicas que por lo general favorecieron el crecimiento mediante la acumulación de capital, como fue el caso de las políticas de sustitución de importaciones. Sin embargo, no pudo adaptar las instituciones para estimular una economía de innovación permanente, y perdió así grandes oportunidades.
Sobre el desarrollo continuo de innovaciones en el plano digital, es recomendable tener presentes los 9 Principios para el Desarrollo Digital emitidos por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 2018. Estos principios pueden ser tomados como elementos clave para “fomentar resultados en el desarrollo a través de métodos digitales más sostenibles y socialmente beneficiosos” (BID, 2019, p. 1). Estos principios se denominan “vivos” porque fueron creados con una naturaleza dinámica y adaptativa. A medida que se producen más aprendizajes y experiencias, los principios pueden transformarse para adaptarse a un mundo cambiante.
Principio 1: diseñar con el usuario
Este principio propone que, para que sean exitosas, las iniciativas digitales deben tener en cuenta las características, necesidades y desafíos de los usuarios. Se debe incluir a todos los grupos de usuarios en las etapas de planificación, desarrollo, implementación y evaluación.
Principio 2: comprender el ecosistema existente
Las iniciativas y herramientas digitales deben considerar las estructuras y las necesidades particulares que existen en cada país, región y comunidad. De esta manera, se logra que las herramientas aplicadas sean relevantes, sostenibles y no dupliquen el esfuerzo existente.
Principio 3: diseñar a escala
Muchos proyectos solo alcanzan la etapa piloto, pero no pueden lograr escalabilidad. Esto puede suceder por falta de fondos, de socios, de composición geográfica o sociológica, etc. Es por ello que se necesita evaluar las alternativas que permitirían una rápida escala de la herramienta desarrollada desde el principio del proyecto.
Principio 4: construir para la sostenibilidad
Las plataformas y herramientas digitales desarrolladas deben tener en cuenta el impacto a largo plazo. La sostenibilidad garantiza que las contribuciones de los usuarios no se reduzcan debido a interrupciones, como la pérdida de fondos.
Para muchas iniciativas digitales, la institucionalización por parte de una organización no gubernamental, empresa privada o gobierno local es el objetivo final para lograr un impacto positivo a largo plazo. Para otros, la institucionalización se logra mediante el desarrollo de un modelo de negocio que tiene una generación de ingresos sostenible (BID, 2019).
Principio 5: ser impulsado por los datos
Este principio pone en un lugar de relevancia la producción y manejo de datos. La iniciativa que se basa en datos puede obtener información de calidad y tomar medidas cuando se detectan desvíos.
Principio 6: utilizar estándares, datos, código e innovación abierta
Un enfoque abierto del desarrollo digital puede ayudar a aumentar la colaboración en la comunidad y evitar la duplicación del trabajo que ya se ha realizado. Incluso, los gobiernos de distintos países pueden apoyarse en el avance que ya realizaron otros pares.
Principio 7: reutilizar y mejorar como formas de adaptar los recursos existentes
Es propicio que, antes del desarrollo de una nueva herramienta, se identifiquen métodos, estándares, plataformas de software, herramientas tecnológicas y contenido digital relevantes que ya hayan sido probados, para analizar su utilidad en el caso bajo estudio.
Principio 8: manejar la privacidad y seguridad
Este principio recuerda que hay que considerar cuidadosamente qué datos se recopilan, cómo se utilizan, almacenan y comparten. Es decir que hay que ser transparente, pero protector de los datos confidenciales.
Principio 9: ser colaborativo
Este principio insta a compartir información, conocimientos, estrategias y recursos entre proyectos, organizaciones y sectores, lo que conduce a una mayor eficiencia e impacto. Une a todos los demás en la práctica y, en conjunto, brindan una forma organizada y eficaz de innovar.
La sustentabilidad en el sistema social
Como se mencionó anteriormente, el horizonte de la revolución actual confluye en revertir el cambio climático y virar hacia un Green New Deal global (Rifkin, 2019). Para Jeremy Rifkin (2011), se debe buscar la “democratización” de la energía. Esto tiene profundas implicancias en la forma de organizar el conjunto de la vida humana. En muchas comunidades, ya se están implementando pruebas piloto para lograr que las viviendas y las empresas puedan autogenerar la energía que necesitan y compartir con el resto su excedente.
Sin embargo, el cambio es más profundo según este autor, porque se dejará de lado el modelo económico neoclásico para entrar en la “era del capitalismo distribuidor” y la “era colaborativa”. En estas nuevas eras, la antigua noción de propiedad parece ceder su lugar a un nuevo concepto, que se relaciona con el libre acceso a la información y las experiencias compartidas.
En este nuevo orden, la sustentabilidad debe estar presente en todos los aspectos sociopolíticos y económicos que permitan satisfacer las necesidades de la comunidad, pero a largo plazo. En otras palabras, asumiendo que el mundo se mueve dentro de una estructura de sistemas y subsistemas complejos, la sustentabilidad debe ser considerada como un subsistema más que afecta a todos los otros y es afectado por ellos.
La Organización de las Naciones Unidas ha intentado reflejar esta idea en la definición de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), al plantear un modelo complejo de interacción, tal como se muestra en la siguiente figura.

Fuente: elaboración propia con base en ONU, 2021.
Entonces, es muy importante no solo poder visualizar un modelo de sustentabilidad, sino también entender que no se trata de un modelo estático o inerte. Forma parte y es consecuencia de otros sistemas complejos, porque apunta a resolver problemas que de por sí son complejos y dinámicos. Con este concepto, se buscó exponer el grado de complejidad y flexibilidad con el que se transitan los atributos de cada una de las dimensiones de la sustentabilidad, a partir del análisis del discurso científico. El resultado de ese trabajo quedó resumido en la siguiente figura.

Fuente: elaboración propia con base en Nieto Caraveo (2019) y Thomas Muñoz (2022).
Dentro del modelo complejo, la sustentabilidad debe atravesar las cuestiones ambientales, sociales, económicas, políticas y culturales en el corto, mediano y largo plazo. Cada una de las palabras que se expone en el modelo anterior es una dimensión dentro del sistema.
Autores como Herrán (2012) no dudan en asegurar que “sin la plena integración de la variable medio ambiental en el diseño de las políticas económicas y sociales, el desarrollo sostenible seguirá siendo una quimera” (p. 1). Por lo tanto, el marco institucional es sumamente importante para que se cumpla el objetivo de sustentabilidad.
Sin embargo, se advierte que el problema del cambio climático y los modelos de desarrollo que no son sostenibles no afectan a las comunidades de un país de manera aislada, sino que perjudican a todo el planeta en su conjunto. Es por ello que el marco institucional que se debe adecuar a estos requerimientos de sustentabilidad también es global.
En este caso, el marco institucional es el
conjunto de organismos, organizaciones, redes y acuerdos, de nivel internacional, regional, nacional y subnacional, que de una u otra forma participan en la definición e instrumentación de lineamientos y políticas orientados a la consecución de los objetivos establecidos en materia de desarrollo sostenible (Herrán, 2012, p. 1).
Desde que se realizó la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro en el año 1992, donde se trazaron los vínculos entre desarrollo y medioambiente, se ha observado un crecimiento muy importante de instituciones y acuerdos orientados a alcanzar el desarrollo sostenible. Sin embargo, la mayoría de estas instituciones están concentradas en un reducido número de países. Esta disparidad hace que el marco institucional global siga siendo débil y se caracterice por una falta de coherencia y coordinación, lo que a su vez explica el incumplimiento de los objetivos ambientales esperados. En concreto, pueden distinguirse tres fallas del marco institucional global:
1. Incapacidad para integrar objetivos sociales, económicos y ambientales en las políticas
Los objetivos que deben perseguir los países en el contexto actual muchas veces parecen ser contradictorios unos con otros. Además, los actores interesados en el cumplimiento de cada uno de ellos poseen distintos niveles de poder, lo que genera una puja desigual de las distintas esferas analizadas. Es así como, hasta la actualidad, el pilar medioambiental sigue siendo el más débil y sacrificado en la toma de decisiones de un país. En otras palabras, se mantienen vigentes políticas que permiten comportamientos ineficientes o que agravan los problemas que la legislación ambiental busca resolver.
2. Falta de coherencia entre acuerdos ambientales multilaterales e incapacidad para adaptar y hacer cumplir la legislación medioambiental a nivel nacional
Los acuerdos multilaterales han sido fundamentales en la creación de estándares, políticas y directrices para la protección del medio ambiente, pero su implementación ha sido menos exitosa.
3. Dificultad para lograr participación ciudadana masiva
En muchos países no se ha invertido adecuadamente en la creación y gestión de los acuerdos necesarios para una gobernanza más participativa.
Ante esta situación, desde la Secretaría General de las Naciones Unidas se han propuesto 6 objetivos tendientes a fortalecer el marco institucional para el desarrollo sostenible:
- Garantizar la coherencia y la integración de las políticas en las esferas económica, social y ambiental.
- Mejorar el análisis, la evaluación y el asesoramiento científicos.
- Reforzar la ejecución, supervisión y rendición de cuentas.
- Limitar la duplicación de actividades.
- Alentar la participación.
- Reforzar las capacidades nacionales y locales para el desarrollo sostenible.
Actualmente, los medios de comunicación están teniendo un creciente interés para funcionar como hilo conductor del tema de la sustentabilidad. Sin embargo, la comunicación sobre los temas ambientales y la sustentabilidad será exitosa solo cuando esos temas sean también institucionalizados apropiadamente. La información, los conocimientos y las ideas deben tener una estructura de apoyo institucional para que se produzca la difusión. Pues la información por sí sola no genera la acción.
Thomas Muñoz (2022) expone que la comunicación y la información propician una “cultura mediática de la sustentabilidad” (p. 130), donde se definen los temas y puntos de vista que más le convienen al sector que tiene el poder dominante de dichas culturas. Este poder no necesariamente lo ostenta el Estado.
Por lo tanto, sería necesario crear nuevas relaciones entre la cultura y el poder, entre la lógica del mercado y la producción, entre la modernización y la democratización, pues de ello depende que nuevos modelos sean creados e impulsados por aquellos a quienes el modelo vigente y la sustentabilidad aún no han considerado (Thomas Muñoz, 2022).
Las sociedades posmodernas
Sorprendentemente, el inicio del siglo XXI ha quedado en el pasado, porque la vorágine de los cambios de esta nueva era hace que todo transcurra de manera más acelerada a causa de la tecnología. Sin lugar a dudas, en este lapso han cambiado muchos estándares del modo de vida y de las formas de organización social, incluidas las instituciones.
Con el uso de Internet, la información circula libremente; los derechos de autor y las patentes están utilizándose con menor frecuencia. Se está desarrollando un mecanismo de código abierto de dominio público que permite la colaboración de todo el que quiera hacer su aporte. La manera de adquirir la propiedad de un bien o servicio ha cambiado, para reducir los costos de transacción y generar un mayor fluido del capital en todo el mundo.
Bauman (2003) reflexiona que el espacio y el tiempo toman otro sentido en este siglo, porque ayudan a trascender de la modernidad a la posmodernidad, como etapa histórica. La sociedad posmoderna toma las características de un fluido, porque es más adaptable, soluble, flexible. El espacio-territorio no impone ataduras al ser humano, gracias a la tecnología y la información. Es por ello que el autor llama a esta nueva era la “modernidad líquida”.
La característica de flexibilidad de la modernidad líquida genera mayor complejidad al modelo, porque se crean multimodernidades que dependen de los escenarios culturales que se formen. Estos son cambiantes e interactúan entre ellos, gracias a la globalización y a los medios de comunicación. En este espacio temporal posmoderno, las sociedades toman nuevas características que vale la pena considerar.
Sociedad 4.0
La sociedad 4.0 es un concepto complejo que se refiere a un nuevo tipo de sociedad que está atravesada por las transformaciones de la cuarta revolución industrial y la revolución digital. Estas transformaciones impactan en cuestiones tan diversas como la gestión del trabajo, las actividades empresariales, la producción y el consumo, el entramado de las redes sociales, las políticas públicas, entre otras tantas.
Abordar el tema desde la mirada de las sociedades 4.0 evidencia un crecimiento de la desinstitucionalización. Sucede que el tránsito de la modernidad a la posmodernidad muestra una acentuada dificultad de legitimación en ciertas instituciones, que fueron creadas para mantener un tipo de formación social que está en proceso de desaparición (Doménech i Argemí, Tirado Serrano, Traveset & Vitores González, 1999).
Dentro de esta sociedad 4.0, la concepción de los modelos económicos y sociales ya no puede ser la tradicional, por el solo hecho de que no son representativos de la realidad. Es así como aparecen nuevas corrientes, como la economía de los encargos o la economía del intercambio.
Según Scribano (2019), la economía de los encargos o gig economy tiene cuatro características fundamentales:
- Flexibilidad en las modalidades de coordinación de acciones.
- Transformaciones de recursos para garantizar competencias.
- Contingencia de enlaces temporales y espaciales entre consumidores y productores.
- Transformación de medios de pago por bienes y servicios de la economía.
A su vez, la economía del intercambio o economía colaborativa considera que los diferentes sectores de la sociedad logran interacciones económicas más eficientes gracias al uso de las plataformas tecnológicas. Esto da como resultado innumerables transformaciones sociales. Entre ellas, se destaca el cambio en la percepción del consumidor, que resignifica el concepto espacio-tiempo y elige “experiencias de uso” antes que “la propiedad de las cosas”, o incluso, una nueva definición de libertad.
Tal como comenta Han (2021), cada época define la libertad de forma diferente. Si bien en la Antigüedad la libertad significaba ser un hombre libre y no un esclavo, en la modernidad la libertad se obtiene con la autonomía del sujeto. Es decir, alguien es libre cuando tiene libertad de acción. A su vez, en la posmodernidad, la libertad de acción se reduce a la libertad de elección y de consumo. En el futuro, las personas no buscarán hacer libremente más actividades, sino poder explorar y explotar la información con libertad.
Ahora bien, la información no se puede poseer como ocurre con las cosas. “El mundo de la información no está hecho para la posesión, puesto que en él rige el acceso. Los vínculos con cosas o lugares son reemplazados por el acceso temporal a redes y plataformas” (Han, 2021, p. 18). Sin posesión —es decir, sin una real identificación con las cosas y los lugares— la identidad individual y social va a ser principalmente determinada por la información.
En este sentido, Jeremy Rifkin (2014) advierte que la transición de la posesión al acceso implica un profundo cambio de paradigma que provocará cambios drásticos en la vida humana. El autor predice el surgimiento de un nuevo tipo de humano, desinteresado de las cosas y de las posesiones, que no se someterá a la “moral de las cosas”, basada en el trabajo y la propiedad.
Rifkin (2014) también ofrece una mirada sobre la economía colaborativa que va surgiendo, a la que él llama “procomún colaborativo”. Se trata de un nuevo sistema económico basado en el paradigma del capitalismo y el socialismo surgido en el siglo XIX. Con su sistema, el procomún colaborativo ofrece la posibilidad de reducir las diferencias de ingresos, democratizar la economía mundial y crear una sociedad más sostenible.
Si bien algunas veces se cae en la tentación de pensar que el Estado y el mercado capitalista son los únicos medios para organizar la sociedad, existen otros modelos de organización que a diario intervienen para que el ser humano obtenga una gama de bienes y servicios que no dependen del Estado ni del mercado. Este es el caso del modelo del procomún colaborativo, que precede al modelo capitalista y al modelo del Estado representativo y que, según Jeremy Rifkin (2014), “es la forma institucionalizada más antigua de actividad autogestionada” (p. 30).
Obviamente, se trata de un proceso largo y complejo; sin embargo, ya se puede apreciar la aparición de una economía híbrida que se rige en parte por el mercado capitalista y en parte por el procomún colaborativo. Como todo proceso de transición, se observan momentos donde los dos sistemas económicos se complementan y otros donde compiten entre sí. Sin embargo, la sinergia generada entre ellos los beneficia y permite generar valor (Rifkin, 2014).
El posible ocaso de la economía capitalista que muchos autores vaticinan puede deberse a varios motivos que están interrelacionados. El primero de ellos es el colapso medioambiental al que ha llevado el sistema capitalista tradicional. El segundo motivo está relacionado nuevamente con la tecnología. La introducción de tecnología cada vez más sofisticada fomentará la productividad hasta un nivel óptimo, en el que el costo marginal de cada unidad adicional de producción se aproximará a cero. Esto puede generar que muchos de los bienes y servicios que abundan en la actualidad acaben siendo virtualmente gratuitos, y el beneficio se evaporaría.
Este fenómeno del costo marginal cero ya está impactando en muchas actividades y sectores, tales como la edición, la comunicación y el entretenimiento, porque una gran parte de la población tiene acceso a la información de manera casi gratuita. En estos segmentos, los empresarios están buscando nuevas formas de negocio con una mirada colaborativa con el propio público.
Dentro de esta nueva realidad marcada por la información, puede agregarse que la sociedad 4.0 se caracteriza por tener un elevado nivel de confianza en la ciencia. Sin embargo, esto facilita el surgimiento de una problemática central para las sociedades; se trata de la baja cobertura en seguridad sobre el manejo de los datos personales y la privacidad. En este nuevo escenario, “es posible percibir que la tensión entre lo personal y lo social adviene bajo la forma de un triángulo formado por tres lados: tecnología, confianza y privacidad” (Scribano, 2019, p. 151). Aquí, la confianza resulta un concepto cultural complejo y multidimensional, que define gran parte de los procesos de estructuración social, especialmente en esta nueva sociedad posmoderna.
La sociedad transparente
La libre circulación de la información está siendo utilizada en todos los ámbitos de la vida humana a través de la exposición en las redes sociales. Por ello, Han (2013) habla de una sociedad que se está volviendo “transparente” o que tiene un “exceso de iluminación”. La transformación digital hace que cada vez haya más individuos aislados pero hiperconectados. Esta condición podría impedir que los individuos de una sociedad sean capaces de consensuar una acción común o de andar en una misma dirección.
El ruido que genera la hipercomunicación digital impide la formación de un contrapoder con la capacidad de cuestionar el orden establecido por otro poder, como pueden ser las grandes empresas o la política. Conociendo la información de los ciudadanos a través de las redes sociales, el poder interviene en los procesos psicológicos inconscientes generando los resultados que busca y que, muchas veces, son negativos para la sociedad en general.
El desarrollo digital ha permitido pasar de la biopolítica de Michel Foucault (1975) a la psicopolítica de Han (2014), que es más eficiente porque permite vigilar, controlar y mover a las personas desde adentro. La psicopolítica utiliza un sistema de dominación que, en lugar de emplear un poder opresivo y tradicional, utiliza un poder seductor e inteligente. Con este sistema, las personas se someten por sí mismas al entramado de la dominación.
Así es que se llega a la sociedad del control (Han, 2012). A diferencia de otras épocas, la vigilancia no proviene de un único centro o perspectiva, como podía generarse en las monarquías o las dictaduras. La vigilancia de esta era es eficiente porque se produce desde todos los ángulos y en todas partes, gracias a la tecnología de la información y a la transparencia de la sociedad. Sin embargo, el poder le rehúye a la transparencia propia y aboga por la captación de la confianza popular.
La transparencia recíproca solo se lograría si la vigilancia fuera permanente, lo cual resulta excesivo para la sociedad. El control total neutraliza la libertad de acción y conduce a la uniformidad. “La confianza que produce espacios libres de acción, no puede suplantarse simplemente por el control” (Han, 2012, p. 90). Los ciudadanos deben confiar en sus gobernantes, y solo así les otorgarán libertad para accionar, renunciando al examen y control constante.
Ahora bien, cuando la confianza entre la sociedad y sus gobernantes desaparece, se comienza a exigir transparencia. Si los niveles de control y vigilancia social aumentan, es porque los valores morales de la sociedad, como la honradez y la lealtad, se han vuelto frágiles. En este caso, la sociedad de la transparencia sigue la misma lógica que la de la sociedad del rendimiento, donde el sujeto está libre de una fuerza externa que lo domina y lo explota. Sin embargo, termina siendo explotado por sí mismo.
Esa transparencia en que vive la sociedad produce, a su vez, una alienación de los individuos. Por ejemplo, el objetivo de realizarse personalmente según los estándares que impone el entorno provoca una autopresión que puede llevar al colapso. Así aparecen enfermedades conocidas como burnout o estrés, que cada vez son más frecuentes y que llevan a formar “la sociedad del cansancio” (Han, 2012).
Byung-Chul Han (2012) expone que el proceso de alienación al que se somete el individuo es imperceptible para él, porque primero experimenta la euforia de observar todo lo que consigue al autoexplotarse. Hasta que llega a su propio límite. Es decir, la propia explotación es más eficaz que la explotación ajena que analizaba Karl Marx hace muchos años, porque viene acompañada de un sentimiento de libertad. Esto propicia una ausencia de la resistencia o la revolución, que tarde o temprano aparecía en los trabajadores explotados de otras épocas. Ahora, el trabajador puede convertirse en empresario que se explota a sí mismo en su empresa (Han, 2013).
La sociedad del rendimiento
Todo el cambio en la política y en las fuerzas de poder, acompañado de los avances tecnológicos, va transfigurando la sociedad que veía Foucault, que era una sociedad del siglo XIX. Este autor describía una sociedad disciplinaria, que constaba de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, cuyos habitantes eran sujetos de obediencia. La sociedad disciplinaria era una sociedad de la negatividad y de la prohibición.
Ahora, Han (2014) observa una sociedad de rendimiento, llena de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, centros comerciales y laboratorios genéticos. Los sujetos que integran la sociedad son también sujetos de rendimiento, porque son emprendedores de sí mismos. Los muros de las instituciones disciplinarias, que delimitaban el espacio entre lo normal y lo anormal, tienen ahora un sentido arcaico. Ya no se observa una sociedad de la negatividad como tal, porque se está desregularizando aquello que imponía límites. Y sin límites, la sociedad se convierte en una sociedad del verbo poder.
El cambio de paradigma de una sociedad disciplinaria a una sociedad de rendimiento parece provenir del propio inconsciente social, porque en realidad se está buscando la maximización de la producción. Lo que se observa es que, a partir de cierto punto de productividad, la técnica disciplinaria —o el esquema negativo de la prohibición— alcanzó su límite. Entonces, para aumentar la productividad se está sustituyendo el paradigma disciplinario por el de rendimiento —o esquema positivo del poder hacer—.
En otros términos, a partir de un nivel determinado de producción, la negatividad de la prohibición comenzó a tener un efecto bloqueante en el crecimiento. A los ojos de la sociedad, “la positividad del poder es mucho más eficiente que la negatividad del deber. De este modo, el inconsciente social pasa del deber al poder” (Han, 2013, p. 19).
Nuevamente, la euforia que puede generar el paso de un tipo de sociedad a otro provoca también una situación de depresión en los individuos. La depresión comienza en el instante en el que el modelo disciplinario, que otorgó de forma autoritaria y prohibitiva diversos papeles a las clases sociales y a los géneros, es abandonado a favor de una norma que induce al individuo a la iniciativa personal. El individuo que se deprime es aquel que no tiene fuerzas o se encuentra cansado para asumir el nuevo desafío. La conjunción de individuos deprimidos por este cambio deriva también en la sociedad del cansancio descripta por Han (2013).
La importancia de comprender el cambio de la sociedad
Podría decirse que una de las principales características del siglo XXI es el permanente estado de cambio que transitan las sociedades. Los viejos paradigmas se rompen y se crean nuevos estándares, que avanzan en un mundo cada vez más complejo y dinámico. En esta nueva era, los cambios están impulsados por la información y las comunicaciones. La digitalización propone nuevas formas de negocios y de consumo, pero también nuevas formas de relacionarse dentro de la comunidad, con el Estado y con el resto de los actores de poder.
Es importante comprender las reales características de las sociedades del siglo XXI porque son ellas las que van a moldear los nuevos usos y costumbres, que, a su vez, darán paso a la transformación de las instituciones. Según la atención que la sociedad ponga a los manejos de las minorías de poder, podrá exigir y controlar aquellas acciones que tenderán al bienestar, no solo económico, sino social y ambiental. Si la sociedad se mantiene ensimismada o “alienada”, como dice Han, será muy difícil generar cambios institucionales en la dirección más beneficiosa para la mayoría.






