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A modo de introducción

El abordaje de las masculinidades, en cuanto una política pública, dentro de las estrategias de atención integral de las violencias por razones de género[1], constituye el objeto de estudio de esta tesis. A efectos de analizar el lugar que tienen los espacios de atención a varones[2] que ejercen o ejercieron violencias, delimitamos como unidades de observación dos dispositivos psicosocioeducativos (PSE de aquí en adelante) destinados a las masculinidades. En tal sentido, el objetivo principal es analizar las estrategias y modalidades de intervención en los grupos PSE de dos espacios que abordan la temática en la Ciudad de Buenos Aires, uno con mayor recorrido y otro que se encuentra dando sus primeros pasos. Cabe destacar que, con el objetivo de resguardar la identidad de los participantes de cada espacio, se emplean nombres ficticios.

Las violencias por razones de género representan una problemática social que constituye una violación de derechos humanos que debe atenderse desde el Estado a través de políticas públicas, de forma integral. De esta manera, la atención y el acompañamiento de las mujeres y la población LGBTIQ+ que están en situación de violencia son tareas que deben llevarse adelante de forma inmediata y a través de la articulación de múltiples espacios institucionales. Del mismo modo, generar espacios para trabajar con varones, desde un enfoque de derechos humanos y de género, donde se garanticen servicios públicos de atención para el reconocimiento, la transformación y la reparación de las prácticas violentas.

Para abordar la problemática de las violencias desde el trabajo con varones, es necesario diseñar estrategias diversificadas de prevención desarrollando políticas, programas y acciones dirigidos al involucramiento de los varones en la lucha por la igualdad de género. Si bien se han registrado avances en materia de sanción y erradicación de la violencia de género en los diferentes ámbitos, se observa la ausencia de estrategias de prevención, atención y seguimiento en las cuales se vincule a la población masculina como lo son los dispositivos analizados en la presente tesis.

Para ello, definiremos en un primer momento cuál es el lugar de las masculinidades en los dispositivos de atención; en un segundo momento, analizaremos las transformaciones subjetivas en el abordaje de la violencia; luego describiremos las estrategias llevadas adelante en relación con la pandemia generada por el COVID-19; y, finalmente, expondremos sobre la construcción de otras masculinidades libres de violencia a los efectos de pensar los desafíos en materia de políticas públicas.

De esta manera, el libro se encuentra organizado en cuatro capítulos que presentan un eje transversal que es el abordaje de las masculinidades y sus definiciones técnicas en materia de políticas públicas frente a las violencias por razones de género.

El primer capítulo desarrolla las modalidades de abordaje y el tipo de intervenciones que se dan en los grupos destinados a varones que ejercen o ejercieron violencia contra sus parejas mujeres. Se describen transversalmente los espacios grupales y se aborda el marco cognitivo, los tipos de estrategia, las intervenciones técnicas, verticales y de autorregulación. Algunos de los interrogantes que serán desarrollados en este capítulo refieren a la modalidad de trabajo, cómo y qué aspectos se abordan en materia de prevención de las violencias por razones de género, qué eficacia presentan estas intervenciones.

En el segundo capítulo, analizamos, a partir de las intervenciones de los equipos de coordinadores y los dichos de los varones que asisten a los grupos, los lazos sexo-afectivos, los estereotipos de género y las emociones que se despliegan en estos espacios. Describimos las lógicas de ejercicio de cuidado, el registro de lo afectivo y cómo estos configuran las relaciones asimétricas de poder. Las preguntas que orientan este capítulo hacen alusión a qué tipos de configuraciones de lazos sexo-afectivos se advierten en los varones que integran los grupos, cuáles son las emociones privilegiadas en los emergentes grupales y de qué manera los estereotipos de género afectan a los varones que integran el grupo. Se analizan las posibilidades de transformación subjetiva en el abordaje de la violencia. Para este análisis se tuvieron en cuenta los estudios del giro afectivo, que enfatizan su carácter relacional, procesual, abierto e indeterminado. A su vez, se trata de abordajes profundamente críticos de las dicotomías “mente-cuerpo”, “razón-pasión”, “público-privado”, “actividad-pasividad” como matrices productivas para entender la constitución y el funcionamiento de los afectos. Para esto, desarrollamos nuevas concepciones acerca de los afectos en torno a estos varones que ejercen o ejercieron violencia.

En el tercer capítulo, detallaremos las características y particularidades que adoptaron los dispositivos en el contexto del aislamiento social preventivo y obligatorio (ASPO de aquí en adelante) primero, y del distanciamiento social, preventivo y obligatorio (DISPO de aquí en adelante) luego. Examinaremos las dificultades, los límites y los desafíos que tuvo el abordaje en pandemia. ¿Cómo se diseña e implementa un dispositivo en la virtualidad? ¿Qué grado de eficacia presenta? Finalmente, reflexionaremos sobre la incomodidad que para el género masculino ocasionó encontrarse lejos de las lógicas capitalistas de producción durante el confinamiento. Los datos proporcionados por la Línea 144 de atención, contención y asesoramiento en situaciones de violencia de género dependiente del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de Nación manifiestan un incremento de las consultas[3]. En este sentido nos preguntamos de qué manera se vieron afectadas las masculinidades en relación con las medidas de aislamiento por cuidados sanitarios?

Finalmente, en el último capítulo, reflexionaremos acerca de los dispositivos de abordaje de las masculinidades, a los efectos de pensar los desafíos en materia de políticas públicas en torno a las masculinidades y su involucramiento en el abordaje de la violencia de género. En este sentido, nos cuestionamos sobre un abordaje integral y sobre la incorporación de varones en la búsqueda de la equidad de género: ¿cómo se pueden implementar abordajes que desarmen masculinidades hegemónicas en el marco de una política pública? Problematizaremos algunas estrategias de monitoreo y evaluación para estos dispositivos con el objetivo de analizar herramientas para garantizar mecanismos de evaluabilidad de este tipo de políticas para la igualdad de género. En este aspecto tenemos en cuenta que las experiencias estatales de estos dispositivos son una excepción, los programas y las iniciativas para el trabajo con varones que han ejercido violencia contra las mujeres han dependido históricamente de organizaciones no gubernamentales. Esto implica que el respaldo económico por parte del Estado es mínimo o nulo y que la mayoría han sido llevadas adelante mayoritariamente por equipos cuyo trabajo no ha sido remunerado. Esto significa que la gran mayoría son experiencias estatales fragmentadas. A la vez, exponemos sobre la construcción de otras masculinidades libres de violencia y analizamos cómo se despliegan las masculinidades entre la inestabilidad, la incomodidad y el cinismo.

Por último, en las conclusiones presentamos los principales hallazgos del trabajo efectuado e intentamos aproximar respuestas a los interrogantes planteados. Proponemos algunos desafíos en torno a las políticas públicas y el abordaje de varones que ejercen o ejercieron violencia por razones de género.

Masculinidad(es), ¿desde dónde y para qué?

Los estudios de las masculinidades constituyen un campo disciplinar especializado que, en los últimos años, cobró mayor interés en la academia. Inicialmente se desarrollaron en países anglosajones como Estados Unidos, Australia, Canadá y el Reino Unido en los comienzos de la década de 1980, una vez que las luchas feministas ya habían establecido los debates en torno a la categoría de “género”. En este contexto, las demandas del feminismo de la llamada “tercera ola” reivindicaron la diversidad y las diferencias (sociales, étnicas, de clase, de orientación sexual o de religión) como ejes que contradicen las tradicionales ideas en torno a la mujer desde un único modelo.

La filósofa francesa Simone de Beauvoir, ya en 1949 en su libro El segundo sexo, enunciaba “No se nace mujer, se llega a serlo” (Beauvoir, 1949, p. 87). Esta conocida frase fue retomada para dejar en claro que la condición de género no se debe a las características biológicas de los cuerpos, sino que fundamentalmente se trata de una construcción social.

De este modo, los estudios sobre las masculinidades tratan de considerar el carácter histórico y situacional de la virilidad (Kimmel, 1997; Connell, 2006), diciendo que –si bien la figura masculina es omnipresente, explícita o implícitamente, en los estudios de la historia de la humanidad– no existe un modelo único y universal de hombre, como parecía reconocerse hasta ese momento. Por ejemplo, al reseñar la historia de las civilizaciones, de sus actores notables y de sus grandes momentos, se analizó la calidad o las cualidades de las personas en su condición de líderes, héroes, estadistas, militares, científicos, artistas o demás roles “altamente” varoniles. Sin embargo, nada o muy poco se habló acerca de los hombres en sí mismos, que, como tales, parecen invisibles. Entonces, los estudios de masculinidades comienzan a hablar del hombre como “el otro desconocido” (Badinter, 1993), con la intención de evidenciar que las concepciones sobre la masculinidad son variables en los diversos tiempos de la historia y en lugares específicos del mundo.

En ese sentido, el antropólogo David Gilmore es considerado una referencia común entre quienes cuestionan la universalidad de lo que significa “ser un hombre”. En su estudio Hacerse hombre: Concepciones culturales de la masculinidad (1994), el autor compara los ideales de virilidad en sociedades tan diferentes como la Grecia Antigua, la de aborígenes de América del Sur y la estadounidense contemporánea, entre otras. La investigación de Gilmore revela la diversidad de rituales de iniciación y de paso, los múltiples cultos y prácticas de interacción, así como las particularidades de los lugares de la socialización, que exigen a los varones actuar como “hombres de verdad”. Señala que existe una “estructura profunda” o un imaginario de la masculinidad presente en el mundo que se impone como “doctrina viril del logro” para luchar en condiciones adversas (superar lo naturalmente dado), sobrellevar la escasez de recursos (generar riqueza) y no tener miedo (confrontar el riesgo). Desde esta concepción, las diversas maneras de “hacerse hombre” terminan por contribuir tanto a la supervivencia y continuidad de los sistemas sociales, como a la integración del individuo varón en su comunidad.

Desde una mirada crítica, podríamos decir que el autor supone que los varones siempre se hacen varones en la socialización entre varones. En este sentido, si bien las investigaciones sobre varones avanzaron en el campo académico, también es cierto que muchos de esos trabajos carecen de una perspectiva relacional de género. Es decir, a menudo, los estudios sobre masculinidad se caracterizan por no contemplar en sus análisis la relación de los hombres con las mujeres y con las diferentes formas de orientación sexual o de identidades de género.

En algunas de las aproximaciones a la temática de la masculinidad, parecen quedar implícitas las ideas de que “ser varón”, “demostrar serlo” y “demandar ser tratado como tal” son imperativos funcionales que deben cumplirse mientras haya enemigos a los cuales vencer. Así, pareciera que la construcción de las masculinidades es resultado de los desafíos impuestos por la hostilidad del entorno y por determinantes de tipo biológico.

Frente a esto, otras posturas insisten en recuperar la conceptualización del género como una forma de ordenamiento social no biológico que estructura las relaciones de poder y que incorpora, sistémicamente, la relación entre las feminidades y las masculinidades. El sociólogo francés Pierre Bourdieu propone algo en este sentido en su libro La dominación masculina (2000). Para él, el sistema de género y la división entre los sexos se construye a través de esquemas de percepción, de pensamiento y de acción presentes en el “orden de las cosas” (p. 21), tanto en el mundo social como en los cuerpos y en los hábitos incorporados de la gente. El orden social que se retroalimenta con la dominación masculina “funciona como una inmensa maquinaria simbólica” (Bourdieu, 2000, p. 22) y se reproduce con la división sexual del trabajo, la segregación de las actividades, los usos de los espacios público-privados y los momentos de visibilidad asignados a cada uno de los géneros. Las estructuras de significación para “lo masculino” y “lo femenino” orientan las construcciones de sentido para la totalidad de las prácticas sociales.

Cuando se incorpora el carácter relacional del género, se suele observar el sistema binario de códigos, positivo-negativo, que acompaña el proceso psíquico, social y cultural en la construcción de masculinidades. Con base en esos códigos, los varones adquieren rasgos de diferenciación respecto a lo que se considera “con menos valor”. De tal manera, la inclusión y permanencia en el grupo de hombres se basa en el mérito que se debe demostrar, y al mismo tiempo se niega la pertenencia a otro grupo. Según este razonamiento, los hombres en su construcción como sujetos sociales aprenden, interiorizan y reproducen lo que no deben ser: no ser mujer, no ser homosexual y no ser un niño. En ese sistema de codificación, lo que subyace es una aversión hacia lo considerado débil, sentimental, abyecto, dependiente, inmaduro y blando y hacia todo lo que se supone tiene una connotación social y culturalmente desvalorizada o negativa.

Una mirada que igualmente se preocupa por el carácter relacional de la construcción de las masculinidades y las feminidades es la que ofrece la socióloga australiana Raewyn Connell. La autora advierte que “el género significa práctica organizada en término de, o en relación con, la división reproductiva de personas en varones y mujeres” (Connell, 1987, p. 140). Así, considera que el estudio sobre las masculinidades no debería limitarse a la descripción del conjunto de rasgos típicos o al comportamiento promedio de un grupo, un colectivo o un ideal de hombre(s). Por su parte, el estudio de la masculinidad situada debería observar los procesos y las relaciones a través de las cuales los hombres y las mujeres viven ligados al género. Dice Connell (2003) que la masculinidad

es un lugar en las relaciones de género, en las prácticas a través de las cuales los hombres y las mujeres ocupan ese espacio en el género, y en los efectos de dichas prácticas en la experiencia corporal, la personalidad y la cultura (2003, p. 108-109).

Las relaciones de género están en los diversos ámbitos y elementos de socialización que se consideran fundamentales para definir las posiciones de las feminidades y las masculinidades, tales como las tradiciones y costumbres, las prácticas laborales, los momentos de ocio, las formas de organización gremial y de militancia política, la concurrencia a espacios de consumo y eventos públicos, en la propia casa. En dichos ámbitos se establecen relaciones con diferencias y asociaciones de género complejas que superan la mera distinción entre lo público y lo privado.

Tal como propone Connell, el estudio de las masculinidades no solo define tipologías de los comportamientos, los rituales o las costumbres de distintos individuos o grupos de hombres en los ámbitos de la vida que les son habituales (el hogar, el trabajo, el grupo de amigos, el ejército, el bar, el barrio, la cancha de fútbol, etcétera), sino que debe extenderse hacia el conjunto de prácticas y relaciones entre los hombres y con las mujeres, en la sexualidad y en otros espacios de la vida cotidiana.

Connell propuso el concepto “masculinidad hegemónica”, el cual se difundió ampliamente en los ámbitos académicos e incluso en los medios de comunicación. Para elaborar el concepto, la autora recuperó los aportes de Antonio Gramsci con el fin de explorar los mecanismos de poder que permiten a un grupo –o a un modelo de masculinidad– exigir y sostener una posición de mando en la vida social basada en la combinación dinámica de coerción y consenso. Así, Connell (2003) define a la masculinidad hegemónica como

la configuración de la práctica de género que incorpora la respuesta aceptada, en un momento específico, al problema de la legitimidad del patriarcado, lo que garantiza (o se considera que garantiza) la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres (Connell, 2003, p. 117).

Para la autora, en los niveles más altos de las instituciones sociales –como el ejército, el gobierno y los negocios–, se construyen y reproducen ciertas imágenes y representaciones convincentes de la masculinidad hegemónica, que refuerzan una estructura de poder patriarcal. La masculinidad hegemónica se constituye a través del sistema de dominación patriarcal, contra el cual discuten los movimientos feministas y los activismos por la diversidad sexual y la defensa de los derechos humanos.

Masculinidades y poder

Ahora bien, la distribución desigual de poder en las sociedades patriarcales no solo se da entre hombres y mujeres, sino también entre los mismos hombres. Connell identifica que las masculinidades (en plural) son sujeto de estratificaciones jerárquicas entre los varones según participen o no de procesos de hegemonía, subordinación, complicidad y marginación. Cabe destacar que estos otros modos de ejercer la masculinidad están siempre en relación dialógica con las formas de masculinidad hegemónica.

La masculinidad subordinada se refiere a la dominación que ejerce un grupo de hombres sobre otros. Un ejemplo de ello sucede con las acciones y expresiones de estigmatización, reprobación y violencia que ejercen o ejercieron los varones heterosexuales hacia los varones homosexuales. La subordinación de los hombres gays por los heterosexuales alcanza tanto la esfera íntima como la cultural y la política. En este sentido, son los boicots contra los gays en el ámbito de la familia o el trabajo, o bien la persecución y la caracterización como “enemigos” que les asignan algunos sectores conservadores en los gobiernos, los partidos políticos y las instituciones religiosas. La masculinidad hegemónica suele desechar simbólicamente todo rasgo de feminidad. Así, las expresiones de subordinación en la masculinidad también son parte de la construcción de sí mismos que hacen los hombres que se asumen y reconocen como heterosexuales. En el entorno social, el desprecio hacia la mujer y hacia lo “femenino” o “afeminado” se hace presente a través de muecas y palabras aisladas. Además, cuando la misoginia y la homofobia se fomentan y exacerban, se abren las puertas a la violencia que motivan crímenes de odio –lesiones físicas, violaciones, asesinatos– que, como sabemos por noticias que nos llegan frecuentemente por distintos medios, a menudo no son denunciados ni correctamente atendidos por las instituciones responsables de la impartición de justicia. En la escala de sometimiento impuesta por el modelo hegemónico de masculinidad, igual pueden incluirse a los hombres “inmaduros” (infantiles) o “débiles”, clasificaciones denigratorias de las que se desprenden innumerables adjetivos que denotan el abuso: “pendejo”, “puto”, “niñita”, “negro”, “maricón”, “friki”, “gil”, etcétera.

Connell refiere también a las masculinidades cómplices que acompañan a la masculinidad hegemónica, para referirse a los hombres que, sin estar al frente de las estructuras de poder que sostienen el patriarcado, aprovechan los beneficios de la masculinidad hegemónica. En este sentido, debemos reconocer que los hombres, por el solo hecho de ser reconocidos socialmente como tales desde su nacimiento, gozan relativamente de mayores privilegios que las mujeres. Esto puede conducir hacia una paradoja, ya que los varones se encuentran permanentemente sometidos a la presión social del cumplimiento del “deber ser hombre” para satisfacer expectativas de liderazgo y prestigio, de poder adquisitivo, de proveeduría, de desempeño sexual, de aptitud para el combate y para el ejercicio de la violencia. Como señaló Bourdieu, “el privilegio masculino no deja de ser una trampa… el ideal imposible de la virilidad es el principio de una inmensa vulnerabilidad” (Bourdieu, 2000, p. 68).

Las masculinidades que son cómplices de la hegemónica no necesariamente se sitúan en una posición de poder institucional de dominación hacia las mujeres, las masculinidades subordinadas o la feminidad en general. La complicidad con la masculinidad hegemónica puede aparecer sin ser explícita con agresiones físicas, sexuales, psicológicas, económicas o de cualquier otra índole. Muchas de las actitudes y los comportamientos de la relación entre hombres y mujeres se enmarcan por cierta violencia sutil y seductora (Fernández, 1993). Esta relación de dominación/subordinación se manifiesta mediante mecanismos de control del empleo del tiempo y de dominio privativo de espacios, con formas inequitativas de distribución del trabajo doméstico y los recursos salariales, con la descalificación de competencias y la desaprobación de opiniones, con la vigilancia y prohibición de relaciones de amistad o para la concurrencia a ciertos lugares, entre muchos otros actos –en ocasiones casi desapercibidos o encubiertos por atributos seductores– que llegan a considerarse como “lo normal” y “lo esperado” en el relacionamiento entre hombres y mujeres.

Otra forma de las formas en que el género dominante se configura en la práctica es a través de las masculinidades marginadas. Estas reflejan una forma de autoridad que evidencia la intersección de estructuras de poder en una sociedad, como el género, la clase social y la raza. Por ejemplo, en un contexto donde el grupo que detenta el poder económico y político está conformado mayoritariamente por descendientes de migrantes europeos, las masculinidades de otros orígenes nacionales o étnicos desempeñan un papel simbólico, “marginal” y hasta cierto punto variable en la construcción de género del grupo dominante. Las masculinidades marginadas se enmarcan por las tensiones y contradicciones propias de la relación dinámica entre las masculinidades de las clases dominantes y las subordinadas. En nuestro ejemplo, en determinadas coyunturas históricas, el origen étnico de poblaciones indígenas puede ser reivindicado como referente de identidad, de heroísmo y de orgullo patriótico para los hombres hegemónicos. Sin embargo, ciertos estereotipos que asocian a comunidades indígenas con un “atraso” respecto de la norma cultural dominante también se pueden poner en juego como atributos negativos en la configuración de la masculinidad hegemónica, derivando en actitudes de menosprecio y desaprobación. La propuesta de Connell representa una forma de estudiar las configuraciones de la práctica social que emergen o se repliegan en situaciones particulares. Por decirlo de otro modo, un individuo hombre o un grupo de hombres puede(n) tener –en distintas interacciones, situaciones y momentos– mecanismos de subordinación o de dominación.

Para ilustrar lo anterior, podríamos pensar en la vida diaria de un varón, y reflexionar cómo es posible ejercer una masculinidad hegemónica en la relación con la mujer en el ámbito doméstico, pero ser subordinado en la escala jerárquica de virilidad en el trabajo. El mismo varón puede fomentar la complicidad con la masculinidad hegemónica de la dominación y la exclusión de las mujeres en los encuentros entre amigos o en las pautas de conducta que transmite hacia sus hijos. Igualmente, en algún otro contexto, la configuración de la práctica de género puede colocar la masculinidad en el lugar del marginado cuando, por ejemplo, se establece un estigma social racial o clasista para el individuo hombre que transita por un barrio que le es ajeno o desconocido, o cuando, por cualquier motivo, establece su residencia en un lugar distinto al de su origen.

En este recorrido se desarrolló la idea de que las masculinidades son construcciones sociales, esa misma definición incluye las posibilidades de modificar ese orden y la situación de dominación patriarcal para erradicar las formas actualmente legitimadas de “ser hombre”. No es una tarea sencilla, pero la propia historia nos dio muestra de que las imágenes y representaciones –que construyen a los hombres como patriarcas, guerreros y proveedores– responden a demandas sociales y culturales, que de hecho han variado con el tiempo y debido a los distintos contextos y relaciones de poder. Los hombres pueden optar por no aceptar el estereotipo convencional y renunciar a la “obligación” de mantener una fachada fiel a las expectativas sociales de masculinidad hegemónica.

Si “el deber ser” se impone como carga sobre los varones para demostrar la hombría, gestionar prácticas en contrasentido con las que ordena la configuración de género dominante es también un reto constante. Las simples demostraciones de afectividad y emotividad o las mínimas acciones que intentan repartir equitativamente la realización de tareas domésticas, junto con otras prácticas consideradas “afeminadas” o de “poco hombre”, permanecen todavía bajo la crítica social y llegan a incitar sospechas –aunque cada vez menos explícitas, sino encubiertas como chistes o bromas– acerca de si se es lo “suficientemente hombre” o no.

En ese sentido, la propia Connell ha considerado las potencialidades transformadoras de “la masculinidad que protesta” para referirse a aquellos comportamientos y representaciones que no aprueban ni asimilan el modelo hegemónico de masculinidad ni las pautas de complicidad. Las características de complejidad y multiculturalidad de las sociedades contemporáneas las revelan como arenas propicias para que se manifiesten y entren en disputa las masculinidades alternativas, heterogéneas, divergentes, disidentes o, como se han dado en llamar genéricamente, las “nuevas masculinidades”. Esos cambios en las maneras de “ser” y “hacerse” hombres corresponden a veces a alguna masculinidad reactiva; es decir, cuando se redefinen derechos y posiciones sociales, la masculinidad se desestabiliza y se transforma.

Michael Kaufman (1995) ha enunciado con claridad que “el patriarcado no es sólo un problema para las mujeres” (p. 81). En efecto, el patriarcado es una estructura profunda que determina por igual las condiciones de las prácticas de género en las esferas de la producción y de la reproducción, en las relaciones de poder y de dominación/subordinación, así como también en las relaciones de afecto, de emotividad y de sexualidad.

Masculinidades y feminismos

Por su parte, el feminismo en la década de los 70 ya había dejado claro que el pensamiento es acción y la teoría es política. La conocida frase de Kate Miller[4] “Lo personal es político” resume la afirmación de una postura que rompe con las visiones parciales que escinden las distintas esferas de la vida social y que invita a generar cambios en la práctica. El compromiso feminista de construir desde lo cotidiano una cultura de equidad e igualdad para hombres y mujeres, que erradique las estructuras de la dominación patriarcal, de a poco comienza a estar presente también en las reflexiones que los hombres llevan a cabo para su propia construcción como tales, en cuanto sujetos de género.

Los estudios de género, de masculinidades, feministas y la teoría cuir[5] constituyen el corpus teórico que sustentó la indagación de la tesis, ahora libro. Como categoría de análisis, el concepto de “género” fue propuesto por John Money (1955), que desarrolla el concepto de “rol de género” para describir los comportamientos asignados socialmente a los varones y a las mujeres. Una década después, Stoller (1968) definió la “identidad de género”, que no es determinada por el sexo biológico, sino por el hecho de haber vivido desde el nacimiento las experiencias, los ritos y las costumbres atribuidos a cada género. A mediados de 1970, empezó a utilizarse en las ciencias sociales de habla inglesa como una categoría con una determinada significación. Diez años más tarde, comenzó a usarse en textos en español, también para cuestionar las explicaciones biológicas como las únicas posibles sobre las diferencias entre los sexos. Lo cierto es que se trata de una categoría con diversos usos y acepciones. Vinculada, sin embargo, a otras nociones como “clase social”, “raza”, “etnia”, “religión”, “edad”, “identidad sexual”.

Joan Scott (2008) plantea que el término “género” puede ser empleado para referirse a las formas en que se conciben las relaciones entre varones y mujeres, pero ni las relaciones ni los “varones” y las “mujeres” deben tomarse como idénticos en todos los casos; por el contrario, es fundamental cuestionarse todos los términos y hacer un análisis histórico de estos. En este sentido, la autora sostiene que varones y mujeres son categorías variables desde un punto de vista histórico, el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre los sexos. De esta manera, se lo concibe como una forma primaria de relaciones significantes de poder.

En términos generales, por “género” se entiende la interpretación social e histórica de la diferencia sexual. Ello da lugar a un conjunto de representaciones sociales, prácticas, discursos, normas, valores y relaciones que dan significado a la conducta de las personas en función de su sexo. Como resultado, el género estructura la percepción y la organización concreta y simbólica de la sociedad. Ahora bien, puede ocurrir que socialmente se valoren los atributos o las representaciones de uno de los sexos en detrimento del otro, allí estamos en presencia de desigualdad de género. Esto se debe a que el género está en estrecha vinculación con las relaciones de poder, esto es, el género estructura relaciones asimétricas de poder entre mujeres y varones. De esta manera, en la mayoría de los contextos, los varones ocupan los cargos de jerarquía y ganan más salario que las mujeres.

En este contexto, las demandas del feminismo de la llamada “tercera ola” reivindicaron la diversidad y las diferencias (sociales, étnicas, de clase, de orientación sexual o de religión) como ejes que contradicen las tradicionales ideas en torno a la mujer desde un único modelo.

Simone de Beauvoir (1949) deja en claro que la condición de género no se debe a las características biológicas de los cuerpos, sino que fundamentalmente se trata de una construcción social. Luego Butler (2007) menciona que el género sería performativo, lo que implica una actuación reiterada y obligatoria en función de unas normas sociales que nos exceden. La actuación que podamos encarnar con respecto al género estará signada siempre por un sistema de recompensas y castigos. La performatividad del género no es un hecho aislado de su contexto social, es una práctica social, una reiteración continuada y constante en la que la normativa de género se negocia. En la performatividad del género, el sujeto no es el dueño de su género, y no realiza simplemente la performance que más le satisface, sino que se ve obligado a “actuar” el género en función de una normativa genérica que promueve y legitima o sanciona y excluye. En esta tensión, la actuación del género que une deviene es el efecto de una negociación con esta normativa.

De este modo, valeria flores (2013) plantea desde la categoría de disidencia sexual poner en debate el marco de inteligibilidad planteado por Butler (2007) del género en lo que respecta a la noción de “identidad de género”. De esta manera, la perspectiva de género y la disidencia sexual en las ciencias sociales nos condujeron hace décadas a la problematización de lo que se entiende como “normal”, “normalizado”, y que analíticamente ha sido considerado como dominante, hegemónico, etc. El campo de la disidencia sexual lleva, casi inexorablemente, a la problematización de la masculinidad y las masculinidades. El término reconoce que, en las relaciones de género culturalmente construidas, se producen ciertas normatividades sobre lo que significa ser varón, en este caso, y que esos modos de ser/parecer/actuar producen y expresan relaciones de poder.


  1. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), en su recomendación general n.º 19, afirma que “la violencia contra la mujer es una forma de discriminación que impide gravemente el goce de derechos y libertades en pie de igualdad con el hombre”.
  2. A lo largo de este documento, utilizaremos el sustantivo “varones” para referirnos a varones cis que atraviesan este espacio, a su vez también se emplea este término en lugar de “hombres” por el uso pretendidamente universal del término “hombre” como sinónimo de “humanidad”.
  3. Información disponible en www.argentina.gob.ar/generos/linea-144/datos-publicos-de-la-linea-144-ano-2020.
  4. En 1970, Kate Millet publicó Política sexual, el libro que hizo a partir de la tesis doctoral que leyó en la Universidad de Oxford de 1969.
  5. Se utiliza el término “cuir en vez de queer en función de una posición decolonial.


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