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4 Masculinidades de no dominación, de respeto y de igualdad

Perspectivas de otras masculinidades,
horizontes de una política pública

Este capítulo tiene como objetivo analizar cómo los dispositivos de atención de varones cis que han ejercido violencias se establecen como una estrategia de acción dentro del sistema de abordaje integral de las violencias por razones de género. Nos proponemos reflexionar sobre la inclusión del enfoque de género en estos dispositivos en diferentes niveles de actuación de las políticas públicas.

Los países de América Latina y el Caribe sancionaron en 1996 la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Convención de Belém do Pará). Allí se estableció por primera vez en la región el derecho de las mujeres a vivir una vida libre de violencia. Asimismo, esta convención ha inspirado en todos los países miembros una serie de campañas de acción y de información, normas y procedimientos jurídicos, modelos de atención, procesos de sensibilización y capacitación de personal de los campos del derecho, la salud y la seguridad, iniciativas de monitoreo, evaluación y seguimiento, y servicios de asesoría y atención para mujeres sobrevivientes. La convención establece que los Estados parte deben

modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres, incluyendo el diseño de programas de educación formales y no formales apropiados a todo nivel del proceso educativo, para contrarrestar prejuicios y costumbres y todo otro tipo de prácticas que se basen en la premisa de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los géneros o en los papeles estereotipados para el hombre y la mujer que legitiman o exacerban la violencia contra la mujer (Convención de Belem Do Para, 1996).

Oszlak y O’Donnell (1976) denominan “políticas públicas” o “políticas estatales” al conjunto de acciones y omisiones que manifiestan una determinada modalidad de intervención del Estado en relación con una cuestión que concita la atención, el interés o la movilización de otres actores en la sociedad civil. Les autores también advierten que, a partir de ella, puede inferirse una cierta direccionalidad, una determinada orientación normativa que previsiblemente afectará el futuro curso del proceso social hasta entonces desarrollado en torno a la cuestión.

En los años ochenta, las políticas públicas de igualdad en el ámbito internacional estuvieron basadas en un enfoque centrado únicamente en las mujeres. A partir de esa época, se introduce una nueva perspectiva en el diseño y la aplicación de las políticas de igualdad (nombrado como “género y desarrollo”), lo que favorece que de forma paulatina se vaya prestando cada vez más atención al papel que los varones pueden desempeñar en la lucha por la igualdad con las mujeres. A principios de los años noventa, los Estados y las organizaciones internacionales comenzaron a entender el esencial rol que pueden, y deben, adoptar para el logro de la igualdad. 

Es relevante aclarar que, en el marco de la Organización de Naciones Unidas, se creó la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer en 1946, órgano que tiene por objeto la promoción de la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer a nivel político, social, económico y educativo[1]. La comisión desempeña una labor crucial en la promoción de los derechos de la mujer, documentando la realidad que viven las mujeres en todo el mundo y elaborando normas internacionales en materia de igualdad de género y empoderamiento de las mujeres. En 1995, 189 países adoptaron programas de trabajos plurianuales dirigidos a evaluar los progresos y a formular recomendaciones adicionales para acelerar la implementación de la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing de 1995. La plataforma define que la igualdad entre mujeres y varones es una cuestión de derechos humanos y tiene como objetivo hacer realidad todos los derechos de las mujeres, como el de vivir sin violencia, asistir a la escuela, y tener igual remuneración por trabajo igual. El documento define una serie de objetivos y medidas estratégicas concretas que los países se comprometieron a cumplir en 12 esferas de especial preocupación: la mujer y el medio ambiente; la mujer en el ejercicio del poder y la adopción de decisiones; la niña; la mujer y la economía; la mujer y la pobreza; la violencia contra la mujer; los derechos humanos de la mujer; educación y capacitación de la mujer; mecanismos institucionales para el adelanto de la mujer; la mujer y la salud; la mujer y los medios de difusión; la mujer y los conflictos armados.

En la Declaración y en la Plataforma de Acción adoptadas con ocasión de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada en Beijing en 1995, se “alienta a los hombres a que participen plenamente en todas las acciones encaminadas a garantizar la igualdad de mujeres y hombres”, y comienzan a realizarse recomendaciones específicas sobre el papel de los varones en el logro de la igualdad de género y la responsabilidad de los Gobiernos para que esto sea posible. 

En el recorrido de la teoría feminista desde fines de los setenta, la relación entre Estado y género tuvo tres vertientes teóricas (el feminismo liberal, el marxismo socialista y el posestructuralismo) que se diferenciaban en la definición de Estado y su rol para la equidad de género (Bonder, 1999). En este sentido, cabe destacar que, a partir de la década de los años ochenta, el avance de los estudios de las mujeres y las propuestas de los feminismos dieron bases para tipificar los enfoques de políticas públicas predominantes o en auge durante esas décadas: desde enfoques asistencialistas hasta las políticas de la igualdad, se han incluido diferentes concepciones del rol y de los derechos de las mujeres frente a los roles y derechos de los varones y las obligaciones de los Estados nacionales en relación con la población femenina (Prince, 2008). En este sentido, Pautassi (2012) menciona:

El concepto de género define aquello que ya formaba parte de la vida cotidiana y comienza de este modo una amplia producción de teorías e investigaciones que reconstruyen las historias de las diversas formas de ser mujer y de ser varón. Este marco teórico inédito promovió un conjunto de ideas, metodologías y técnicas que permitieron cuestionar y analizar las formas en que los grupos sociales han construido y asignado papeles para las mujeres y para los varones, las actividades que desarrollan, los Espacios que habitan, los rasgos que los definen y el poder que detentan (p. 280).

Laura Pautassi (2011) define al enfoque de género como un prisma que permite dilucidar aspectos que de otra manera permanecerían intangibles, a través de ideas, métodos y técnicas que proponen una nueva mirada a la realidad. Esta mirada nos permite dar cuenta de las relaciones de poder entre varones y mujeres con el fin de observar las desigualdades; abordar y problematizar la desigualdad de oportunidades, trato y resultados; reconocer las relaciones jerárquicas entre varones y mujeres; proveer una herramienta de análisis y acción con el objetivo de generar igualdad real. Por su parte, García Prince (2009) define a las políticas públicas para la igualdad como el conjunto de principios, normas y objetivos formulados explícitamente (a través de fórmulas legales y técnico-administrativas) y sancionados por el Estado (autoridades) dirigidos a la consecución de la igualdad de hecho y de derecho de mujeres y varones.

A partir de la inclusión del género en el desarrollo de políticas, y en vínculo con los sistemas de abordaje de la violencia de género, analizaremos la incorporación de políticas orientadas a la atención integral de las violencias por razones de género, que incluyen dispositivos de atención de varones cis que han ejercido violencias, así como también políticas de sensibilización orientadas a la igualdad de género. Es en este sentido en que se desarrolla la incorporación de los varones en las políticas públicas de sensibilización, prevención y atención de la violencia por razones de género en la búsqueda de la equidad.

En el capítulo 1, analizamos las modalidades de abordajes con varones que ejercen o ejercieron violencia por razones de género, haciendo hincapié en las intervenciones técnicas que se dan en la dinámica grupal. En este apartado se propone incorporar estos espacios en el diseño de políticas públicas y programas como parte de un abordaje integral de las violencias por razones de género.

Teniendo en cuenta la masculinidad como dispositivo de poder orientado a la producción social de varones cis hetero (Fabbri, 2020), exploraremos las respuestas de los varones destinatarios de las políticas de atención integral de las violencias a los efectos de analizar el impacto y el tipo de resistencias que suscitan estos dispositivos. En este sentido, nos preguntamos qué mecanismos de evaluación se presentan para el varón que asiste al espacio. En relación con esto, se reflexiona sobre la necesidad de incrementar los esfuerzos en la prevención de la violencia por razones de género teniendo en cuenta la eficacia de estos espacios.

Finalmente, se analiza cómo se despliegan las masculinidades entre la incomodidad, el miedo y el cinismo (Sánchez, 2020). ¿Estos dispositivos propician reposicionamientos subjetivos por parte de los varones cis agresores? ¿Qué interrogantes acerca de la masculinidad propician estos espacios? ¿Qué grado de efectividad presentan? ¿Cómo impactan en la configuración de la masculinidad de estos varones?

4.1. Derechos humanos de las mujeres

Uno de los hitos fundamentales en la institucionalización de los mecanismos de avance de las mujeres fueron las Conferencias Mundiales de las Mujeres, organizadas por Naciones Unidas entre 1975 y 1995. La primera se realizó en la Ciudad de México, donde se aprobó la Declaración de México sobre la igualdad de la mujer y su contribución al desarrollo y la paz, y el plan de acción mundial para la consecución de los objetivos del Año Internacional de la Mujer[2]. Este plan de acción identificó objetivos orientados a la igualdad de género, la erradicación de la discriminación, y la participación de las mujeres en el desarrollo, así como metas para su cumplimiento[3].

La segunda Conferencia se realizó en 1980 en Copenhague y tuvo por objetivo analizar los avances en el cumplimiento de las metas. A partir de esta Conferencia, se observó la brecha entre la igualdad de jure (norma) y de facto (ejercicio) de los derechos de las mujeres, aprobando un plan de acción para la adopción de medidas para garantizar el reconocimiento del aporte de las mujeres en materia económica y social[4].

La tercera Conferencia se realizó en 1985 en Nairobi y tuvo por objetivo la evaluación de los logros del Decenio de la Mujer. El documento de esta conferencia, las Estrategias de Nairobi, destaca tres ejes, equidad, desarrollo y paz, y afirma que el pleno desarrollo de las mujeres es fundamental para el desarrollo de las sociedades e insta a los Gobiernos a la implementación de medidas para su participación económica, social, política y cultural[5].

La cuarta Conferencia Mundial de la Mujer se realizó en 1995 en Beijing y marcó un punto de inflexión en la visibilización, el reconocimiento y la institucionalización de los derechos de las mujeres y las niñas, reconociendo la diversidad dentro del colectivo: marca el rumbo para su empoderamiento y participación en todas las esferas de la sociedad para el logro de una plena igualdad y justicia de género. Entre otros puntos que destacar, en esta conferencia se incorpora el concepto de “género” y el concepto de mainstreaming o “transversalidad del enfoque de género”, así como una firme interpelación a los Estados para la institucionalización y el fortalecimiento de los mecanismos de adelanto de las mujeres, a través de un plan de acción[6].

Es importante destacar que la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos, realizada en Viena en 1993, establece, en términos generales, en su punto 5 que los derechos humanos son universales, indivisibles e interdependientes y están relacionados entre sí. Pero, en materia de derechos de las mujeres, es el primer instrumento que afirma que los derechos de las mujeres y las niñas son derechos humanos, hace un llamamiento a la erradicación de toda forma de discriminación y promueve la plena participación en todos los ámbitos de la sociedad:

Los derechos humanos de la mujer y de la niña son parte inalienable, integrante e indivisible de los derechos humanos universales. La plena participación, en condiciones de igualdad, de la mujer en la vida política, civil, económica, social y cultural en los planos nacional, regional e internacional y la erradicación de todas las formas de discriminación basadas en el sexo son objetivos prioritarios de la comunidad internacional[7].

Alda Facio (2011) realiza un análisis histórico de las luchas de las mujeres por la institucionalización de sus derechos y sostiene que no solo se logró que el poderoso discurso de los derechos humanos recayera sobre los asuntos de los derechos de las mujeres, sino que le dio otro significado al sujeto “mujer” del derecho internacional. A su vez, la autora explica, haciendo referencia a la cuarta conferencia, la diferencia que se da entre el término de “igualdad” y el término de “equidad”. Sostiene que en Latinoamérica se formó el concepto de la igualdad tomando al varón como modelo de lo humano, significando así que era la mujer la que debía alcanzar al varón para demostrar que ella era igual. Es decir, que no era diferente y que, por lo tanto, se merecía el mismo trato, el trato de ser humano. Es por todo ello por lo que las mujeres latinas lucharon para reemplazar el término por el de igualdad para demostrar así que no buscaban una igualdad formal y androcéntrica, sino más bien una real, ya que la realidad les demostraba que todos los derechos consagrados en las constituciones políticas de los Estados y los Tratados Internacionales no estaban dando los resultados esperados. En este sentido, la autora introduce el término de “equidad de género”.

El concepto de “equidad” es un principio ético-normativo asociado a la idea de justicia; bajo la idea de equidad, se trata de cubrir las necesidades y los intereses de personas que son diferentes, especialmente de aquellas que están en desventaja, en función de la idea de justicia que se tenga y haya sido socialmente adoptada (Facio, 2014). La igualdad es un derecho humano protegido por distintos instrumentos nacionales e internacionales en materia de derechos humanos. Además, tal como está expresado en la CEDAW, la igualdad va de la mano con el principio de la no discriminación, y, en este sentido, la igualdad solo será posible en la medida en que se erradique la discriminación contra las mujeres.

Facio (2014) afirma que, para garantizar el derecho a la igualdad, los Estados están obligados a instrumentar acciones específicas para eliminar la discriminación de género. Sin la garantía de igualdad, de nada servirían los derechos humanos porque habría miles de justificantes para limitarlos en razón del sexo, la etnia, la edad, la habilidad, la orientación sexual, etc.

A su vez, cabe destacar el binarismo y la heteronorma que se desarrollan en las diferentes propuestas aquí desarrolladas. En este sentido, tomamos el concepto de Pérez y Radi (2018) de “espejismo hermenéutico”, dado que existe una ilusión de que hay categorías adecuadas para analizar las situaciones de opresión, pero en verdad esto no ocurre. En este sentido, la Ley Nacional de Identidad de Género n.º 26.743 destaca el caso de una población especialmente vulnerada en virtud de la dogmática del género y la diferencia sexual, que, sin embargo, no es alcanzada por la noción imperante de violencia de género (Pérez y Radi, 2018).

Coincidiendo con Pérez y Radi (2018), se destaca que las iniciativas políticas sobre violencia de género son reconocidas únicamente en quienes se identifican como mujeres, mientras que las experiencias de otras personas que fueron asignadas al sexo femenino al nacer y no se identifican como mujeres, como es el caso de varones trans, son ignoradas. En este sentido, las autoras afirman:

La comparación entre mujeres y varones puede resultar adecuado para analizar las inequidades entre personas cis en función del género, pero no funciona entre personas trans: aunque las condiciones de vulnerabilidad de las mujeres trans son innegables, no son consecuencia de un supuesto privilegio de los hombres trans (Pérez y Radi, 2018, p. 80).

Comprendemos que sería equivocado considerar que todas las manifestaciones de violencia por razones de género estén reducidas a experiencias de violencia contra las mujeres. Si bien toda expresión de violencia contra las mujeres pueda ser entendida como violencia de género, no todas son casos de violencia contra las mujeres. Existen diferentes formas de violencia de género que afectan a minorías en situación de extrema vulnerabilidad, y no consideradas por las medidas referidas a la violencia contra las mujeres (Pérez y Radi, 2018).

4.1.1. Legislación Nacional

Argentina tiene una larga historia en la participación de las mujeres en la visibilización de las desigualdades, en el reclamo al reconocimiento de sus derechos, y en la resistencia a la opresión. Asimismo, desde principios del siglo xx, a raíz de la lucha organizada de mujeres, se fueron implementando paulatinamente un conjunto de normas para el respeto de sus derechos. El primer conjunto de derechos que fueron reconocidos a las mujeres estaban relacionados con la protección de su rol de madre. Si bien apuntaba a su protección y tutela al considerarla en “desventaja” para realizar los mismos trabajos que el varón, en su condición reproductora, las mujeres eran quienes garantizarían al sistema capitalista la mano de obra necesaria para la reproducción del sistema, por lo cual era importante garantizar un conjunto de cuidados destinados casi exclusivamente a las mujeres trabajadoras. Las mujeres de clases populares y migrantes en su mayoría habían ingresado al mercado de trabajo en condiciones aún más deshumanizantes que las de los varones.

En materia de derechos civiles y políticos, Argentina fue uno de los primeros países en América Latina en promulgar la ley de voto femenino, así como en incorporar el principio de igualdad jurídica entre los cónyuges y el de patria potestad. A partir de 1955, se estableció un orden político que osciló entre gobiernos democráticos y golpes de Estado. Durante los años sesenta y setenta, el terrorismo de Estado y la implementación del plan sistemático de desaparición, secuestro, tortura y muerte privó a la población de todo tipo de libertades. La recuperación democrática intentó reparar algunas desigualdades persistentes que obstaculizaban la emancipación de las mujeres.

Como se visualiza en el siguiente cuadro, en diciembre de 1994, se promulgó la Ley n.º 24.417 de Protección contra la Violencia Familiar. La sanción de esta ley significó un gran avance en la institucionalización de esta demanda del movimiento de mujeres. Si bien, a partir de 1985, se habían presentado proyectos para la prevención y sanción de la violencia en el ámbito familiar, no se habían aprobado. Para la elaboración del proyecto de ley, se convocaron especialistas y organizaciones de mujeres. El texto aprobado en Diputados en 1993 fue resultado de un trabajo previo destinado a lograr consenso entre les legisladores presentantes de distintos proyectos, así como de parte de las Comisiones de Asuntos Penales y de la de Familia, Mujer y Minoridad.

En 2009 se sancionó la Ley n.º 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los Ámbitos en que Desarrollen sus Relaciones Interpersonales, que marcará un punto de inflexión desde un modelo de conocimiento binario hacia un paradigma multicausal. En su definición entiende a la violencia contra las mujeres como toda conducta que por acción u omisión afecte la vida, la integridad (en todos sus órdenes) y la dignidad de las mujeres, de manera directa o no, en ámbitos públicos o privados, basada en una relación desigual de poder, inscribiendo en esta definición las relaciones de poder que se reproducen en el orden social y que devienen históricamente en el sometimiento de las mujeres en un sistema de dominación patriarcal que ha sostenido las diferencias biológicas para fundamentar y justificar desigualdades estructurales de orden social, económico y cultural.

Asimismo, establece tipos (físico, psicológico, sexual, económico-patrimonial y simbólica), así como las modalidades en las que se expresa (doméstica, institucional, laboral, contra la libertad reproductiva, obstétrica y mediática). En este sentido, la ley menciona qué tipo de políticas públicas el Estado debe desarrollar para asegurar la asistencia y la prevención de la violencia hacia las mujeres. A los fines de este trabajo, se precisa contextualizar brevemente cómo se piensa la atención en violencia contra las mujeres. Para tal propósito, el Estado despliega políticas públicas, las cuales “no son el resultado de un proceso lineal, coherente y necesariamente deliberado de diseño o formulación, sino que son objeto de un proceso social y político que configura un campo en disputa” (Repetto y Fernández, 2012, p. 14). Aquí serán entendidas como

el conjunto de las tomas de posición del Estado (por acción u omisión) frente a una ‘cuestión’ que concita la atención, interés o movilización de otros actores de la sociedad civil. Como tal, involucra decisiones de varias organizaciones que expresan un determinado modo de intervención, las cuales no son necesariamente unívocas, homogéneas ni permanentes (Oszlak y O’Donnell, 1976, p. 113).

La política pública se expresa en proyectos y programas. A su vez, la política social forma parte de la política pública, junto con otros subsistemas, como, por ejemplo, la política económica o laboral. Siguiendo a Soldano y Andrenacci (2006), la especificidad de la política social alude a las intervenciones sociales del Estado que (re)producen y moldean las condiciones de vida (o sea de reproducción social) y además hace referencia a los distintos mecanismos que interfieren con grados variables de intensidad y estabilidad en el modo de integración de individuos y grupos. Diches autores entienden por política social

todas aquellas intervenciones públicas que regulan las formas en que la población se reproduce y socializa (sobrevive físicamente y se inserta en el mundo del trabajo y en el Espacio sociocultural del Estado-nación); y que protegen a la población de situaciones que ponen en riesgo esos procesos (Soldano y Andrenacci, 2006, p. 11).

Históricamente, una de las ausencias producidas en las leyes y políticas públicas es la de las mujeres como sujetes polítiques, debido a que el plano de la política institucional ha sido dominado no solo por varones, sino por un androcentrismo que desarrolla políticas por y para grupos específicos de varones y para proteger sus privilegios (Baker y Greene, 2011). Desde discursos y prácticas estatales, se reproducen ciertos juicios y presunciones respecto de las sujetas en situación de violencia de género. Que el Estado reconozca a la violencia de género como una problemática social que requiere de atención debe ser valorado positivamente. Sin embargo, es crucial que antepongamos una mirada crítica a las distintas intervenciones que se fueron diagramando para dar respuesta a las violencias y asegurar su cese. De esta manera, podemos ver cómo el Estado opera en la construcción de las buenas y las malas víctimas de violencia de género: a partir de discursividades que operan como actos performativos muy poderosos, por tener raíces ampliamente naturalizadas y difundidas en lo social. Así, la reproducción de ciertas performances desde el aparato estatal (no exclusivos de su accionar) adquiere legitimidad a través de él. Es por esto por lo que lo entendemos como un actor determinante en la construcción de las buenas y las malas víctimas de violencia contra las mujeres (Butler, 1997).

La consolidación de estos perfiles es un ejemplo claro de que, si no analizamos en profundidad los pronunciamientos por parte del Estado, probablemente nos encontremos con retóricas políticamente correctas y presuntamente avanzadas, pero esto mantendrá escasa correlación con la pertinencia de la acción y del discurso en todas sus instancias (Biglia, 2005).

De esta manera, tradicionalmente se ha considerado que el beneficio de las leyes y políticas públicas dirigidas a los varones alcanzaba “automáticamente” a las mujeres. Frente a esta invisibilización, y gracias a la lucha del movimiento de mujeres, feminista y LGBTIQ+, la representación política de las mujeres y de las disidencias sexo-genéricas ha ido en aumento de la mano de la visibilización social y política de sus demandas. A su vez, y en la búsqueda de un abordaje integral de las violencias por razones de género, son pocas las orientaciones, estrategias y acciones específicas en incorporar al trabajo preventivo con varones para enfrentar la violencia por razones de género (Aguayo, 2016).

Aunque violaciones a los derechos humanos existieron siempre, el movimiento de derechos humanos surge y recibe su nombre a partir de las violaciones masivas cometidas por agentes estatales en las dictaduras de Latinoamérica en la década de los años setenta. Las anteriores, silenciosas y cotidianas violaciones a las mujeres y la violencia a las disidencias sexuales tuvieron poca repercusión internacional y no se las incluía dentro de los derechos humanos de esos tiempos (Jelin, 2021). De esta manera, se coincide con la autora en la idea de que la represión de las dictaduras en Latinoamérica tuvo especificidades de género. Los impactos fueron diferentes en varones y mujeres por sus posiciones diferenciadas en el sistema de género, posiciones que implican experiencias vitales y relaciones sociales jerárquicas claramente distintas (Jelin, 2021).

La legislación internacional sobre los derechos de las mujeres en la década anterior y la presión del movimiento de mujeres confluyeron en los primeros esfuerzos estatales en materia de atención integral de la violencia por razones de género. Los movimientos de mujeres han jugado un rol fundamental en la lucha por el reconocimiento de los derechos y han generado cada vez mayor conciencia ciudadana de esta problemática social. Por esta razón, la protección de los derechos humanos de las mujeres y el tratamiento de la violencia por razones de género en las últimas décadas han experimentado avances sustantivos, los que se reflejan en la existencia de diferentes instrumentos jurídicos internacionales que refieren específicamente a esta materia. En ellos se interpela a los Estados en su responsabilidad en la protección y promoción de estos derechos, consignando, en primer lugar, que las distintas expresiones de la violencia de género constituyen una violación a los derechos humanos de las mujeres (Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, Asamblea General de Naciones Unidas, 1993).

En los últimos años, el movimiento feminista ha adquirido mayor protagonismo y masividad, a partir de las manifestaciones que tienen lugar cada año en el Día de la Mujer (8 de marzo), las convocatorias del Colectivo Ni Una Menos (3 de junio)[8] o las marchas del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (25 de noviembre), así como las decenas de convenciones, leyes, políticas públicas, planes, programas y proyectos que se desarrollaron en la segunda mitad del siglo xx por parte de los organismos gubernamentales y no gubernamentales a nivel internacional, regional, nacional y local.

4.2. Políticas públicas destinadas a varones que han ejercido o ejercen violencias por razones de género

El desarrollo de estrategias integrales para erradicar distintas formas de violencias por razones de género se vuelve fundamental en el diseño de políticas públicas, y, en este sentido, poder incorporar el trabajo con varones que ejercen o ejercieron violencia. El trabajo para su erradicación debe incluir medidas y actividades que permitan problematizar las estructuras sociales, los discursos y las tramas que profundizan las desigualdades y legitiman las posiciones de superioridad. En este sentido, Ariel Sánchez menciona:

Si a mí me decís qué es una política pública exitosa en estos términos, te digo que es la creación de estos espacios, segundo que estén vinculados institucionalmente, tercero es discutir la idea de que hacer justicia es hacer punición. Entonces, como discusión más amplia… como una política pública eficiente que empezó a legitimar el trabajo y estrategias no punitivistas de alojar, de acceso a la justicia, de acceso a una escucha, de personas que considero sujetos y seres humanos más allá que hayan ejercido violencia, digo para pensar políticas transformadoras[9].

De esta manera, poder trabajar sobre el reconocimiento y la responsabilidad de quienes ejercen violencia es una respuesta no punitiva e intenta modificar las relaciones de desigualdad y violencia existentes. Realizar abordajes e intervenciones especializados con varones que ejercen o ejercieron violencia por razones de género contribuye a la erradicación de la violencia doméstica, ya que la mayoría de los varones que la ejercen no se cuestionan ni se replantean sus conductas violentas, reproduciéndolas en futuras relaciones. Estos abordajes e intervenciones especializados son una estrategia más dentro de un conjunto de medidas y actuaciones multidisciplinarias e interinstitucionales que se deben centrar en la protección y autonomía de las mujeres y en la transformación de los varones (Bonino, 2004).

Los programas de intervención con varones que ejercen o ejercieron violencia tienen su origen en la década de los setenta en EE. UU. y Canadá (Peña Martin, 2015). El trabajo con varones surgió como respuesta a las demandas de grupos de mujeres, quienes planteaban que, para avanzar en la búsqueda de igualdad, principalmente en la erradicación de la violencia doméstica, era fundamental la transformación de la participación de los varones en las relaciones de género (Ayllón y Vargas, 2008). Su objetivo fue complementar los programas de atención y prevención de la violencia hacia las mujeres.

A mediados de los años 80, los programas se extendieron dentro de los EE. UU., el norte de Europa y Australia. Desde EE. UU. llegaron a América Latina (México, Argentina y Nicaragua, entre los primeros) y, a principios de los noventa, a España. Asimismo, en esa época en EE. UU. los programas que inicialmente habían sido para varones que acudían voluntariamente se extendieron cada vez más en el sistema judicial (Geldschläger et al., 2010). Actualmente, el nivel de trabajo teórico sistematizado y de organización de redes de cooperación en Europa excede ampliamente el trabajo. Por ejemplo: la red europea de programas y profesionales que trabajan con agresores llamada European Focal Point for the Work with Perpetrators of Domestic Violence (2009). En algunos países europeos, se han creado asociaciones o federaciones de organizaciones, programas y profesionales que trabajan con varones que ejercen violencia: RESPECT en el Reino Unido (1992), Fédération Nationale des Associations et des Centres de Prise en Charge d’Auteurs de Violences Conjugales et Familiales en Francia, y Bundes-Arbeitsgemeinschaft Täterarbeit Häusliche Gewalt en Alemania (2007) (Geldschläger, 2011).

A escala latinoamericana, las organizaciones están más dispersas, lo cual dificulta su rastreo. Se conoce el Coloquio Internacional de Estudios de Varones y Masculinidades[10], el cual es organizado cada año por grupos e instituciones de los diferentes países donde se lleva a cabo, y, si bien no aborda específicamente el trabajo con varones que ejercen violencia, sí es uno de sus tópicos. Del mismo modo, la Red Latinoamericana de Masculinidades Men Engage[11] no tiene como punto exclusivo la labor con varones que ejercen o ejercieron violencia, pero sí lo toma entre sus tantas problemáticas referidas a la masculinidad. Las iniciativas latinoamericanas (experiencias de diversas instituciones en Argentina, Brasil, Honduras, México, Nicaragua y Perú) realizan el trabajo desde un marco teórico feminista y abordado desde perspectivas educativas y reflexivas sobre cuestiones vinculadas al género, la masculinidad y el poder (Toneli et al., 2010). Trabajos posteriores observan también la consolidación de este enfoque en Iberoamérica (Beiras, 2014; Carbajosa y Boira, 2013; Filgueiras, 2010). En 2017 ya se registran programas en al menos otros nueve países de América Latina y el Caribe: Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, Honduras, Nicaragua, Perú, República Dominicana y Uruguay (Bernardes Gonçalves, 2017; Aguayo, 2016).

Asegurar la intervención con varones que ejercen o ejercieron violencia está enmarcado dentro de la Ley n.º 26.485. En la norma se explicita la necesidad de “rehabilitar” y “reeducar” a los varones que son denunciados. A su vez, insta a garantizar abordajes de tipo integral. Además, compromete al Estado como responsable de la creación de políticas públicas de asistencia y prevención, garantizando de forma interinstitucional servicios integrales y programas reflexivos, educativos o terapéuticos. La ampliación y consolidación de políticas públicas que desde el Estado garanticen la implementación cabal de la ley, buscando incidir en la erradicación de relaciones desiguales de género, para modificar la reproducción vigente en pos de viabilizar otras reproducciones de la vida social resulta primordial. Desde que se reconociera que la violencia por razones de género es más que una problemática de individuos aislados, sino una problemática social, cultural y estructural, las intervenciones con los varones que han ejercido violencia contra sus parejas mujeres se han desarrollado sobre todo en dispositivos grupales (Romano, 2019).

A los fines del interés de este trabajo, tomaremos la contribución del dispositivo del Hospital Alvear que se estableció en 1991 (Payarola, 2015). En 1994 la Asociación Argentina de Prevención de la Violencia Familiar comenzó también a trabajar con grupos de varones y, en 1997, las iniciativas llegaron a las instituciones del Estado de la mano de la Dirección de la Mujer del Ministerio de Desarrollo de la ciudad, donde existe un programa para varones que ejercen o ejercieron violencia donde se trabaja desde los propios relatos de los integrantes desde diferentes unidades temáticas, como son los mitos, las costumbres, las creencias sobre los estereotipos de género y la cultura sexista, qué se entiende por equidad e igualdad entre varones y mujeres, la masculinidad y los abusos de poder, la violencia contra la mujer y les niñes y las conductas de control y poder para el cambio del proyecto personal de nuevas pautas de convivencia en armonía basadas en el respeto a las personas (Peker, 2012).

Los programas para el trabajo con varones que han ejercido violencia por razones de género han dependido históricamente de ONG que, sin el respaldo económico del Estado, han sido llevadas adelante mayoritariamente por equipos cuyo trabajo no ha sido remunerado. Así ha sido al menos hasta principios del siglo xxi, cuando comenzaron a surgir nuevos programas en organismos estatales, y a extenderse y organizarse las diferentes iniciativas de asociaciones de la sociedad civil. En 2011 la psicóloga social Malena Manzato, el psicólogo Aníbal Muzzín y el psicólogo Mario Payarola, entre otres profesionales, fundaron la Red de Equipos de Trabajo y Estudio en Masculinidades RETEM, la red que nuclea a equipos interdisciplinarios y profesionales que trabajan con varones que han ejercido violencia. En esta red se encuentran incluidos el Espacio A y el Espacio B[12].

En el 2016, en la provincia de Córdoba, comenzó a funcionar el Centro Integral para Varones, que asiste y evalúa a los varones que ejercen o han ejercido violencia contra la (ex) pareja. El centro coordina sus actividades con el Polo Integral de la Mujer, y su modelo de gestión se estructura en torno a áreas de asistencia, capacitación, docencia e investigación, trabajo interdisciplinario y extensión. El 7 de julio del presente año, se presentó la Red Federal de Espacios de Masculinidades (REMA). Además de reunir espacios de masculinidades de Argentina, la red intenta construir una agenda feminista para el trabajo con varones y así incidir en la producción de políticas públicas para que incorporen las experiencias de las organizaciones que la conforman[13].

En la actualidad, el trabajo desde la perspectiva de masculinidades es un eje transversal en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en el marco de la Iniciativa Spotlight Argentina (IS)[14] para la prevención y erradicación de la violencia por razones de género. Los principales alcances del PNUD en el marco de la IS se realizaron en alianza con la Dirección de Promoción de Masculinidades para la Igualdad de Género del Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad de la provincia de Buenos Aires y con la Dirección Nacional de Políticas de Género del Ministerio de Seguridad de la Nación.

RETEM y la Dirección de Promoción de Masculinidades desarrollaron una “Guía de orientaciones básicas para la prevención de las violencias por razones de género”. Este trabajo se enmarca en el proyecto “Prevención para construir masculinidad sin violencia”, realizado junto a la Iniciativa Spotlight (IS). RETEM estuvo a cargo de la elaboración del material y de la capacitación, llevada a cabo a fines del 2020 y destinada a más de 120 agentes municipales de 46 municipios de la Provincia de Buenos Aires. La guía, y la capacitación a los equipos técnicos, se suman a otras actividades que desde el Ministerio se vienen llevando adelante en articulación con las áreas de políticas de género municipales, las Mesas Locales Intersectoriales y otros espacios de la administración pública provincial que intervienen en los abordajes de violencias por razones de género, como en las políticas de prevención y promoción para la construcción de una provincia más igualitaria, justa y libre de toda forma de violencia y discriminación[15].

En este sentido, Ariel Sánchez, director de la Dirección de Masculinidades para la Igualdad de Género, comenta:

La dirección no tiene nada que ver a como se la pensó a lo que es ahora, fue pensada más desde el lado de la promoción y a la prevención y al trabajo más formativo, políticas en diferentes organismos, echar esa mirada de masculinidades en diferentes espacios y no tanto en el abordaje de varones que ejercen violencia. Lo que hicimos fue antes de salir a potenciar los espacios de varones fue generar claridad a la interna en la relación que hay el trabajo con varones, quiénes están a cargo de las mesas intersectoriales, quiénes trabajan casos críticos y quiénes trabajan cotidianamente los vínculos con las direcciones de género porque en un primer pantallazo y yo por conocer la provincia de antes ya sabía que muchos de los espacios que trabajaban de manera aislada de las otras políticas de abordaje de violencia de género[16].

Desde el PNUD se acompañó la creación y puesta en marcha de la Línea Hablemos, de atención telefónica a varones que ejercen o ejercieron violencia: una línea de acción innovadora puesta en marcha en el marco de la pandemia por COVID-19 que se encuentra a cargo de Ariel Sánchez. Es un piloto iniciado en 2020 que continúa hasta la actualidad. A continuación, se detalla información relevada del primer informe[17] de la línea, en la cual se expresa la gran demanda institucional y, a su vez, el relevamiento del Espacio A[18] que da cuenta de la misma situación: alta demanda institucional.

Gráfico 5. Detalles de las llamadas de Línea Hablemos

Tomado del Informe de Situación, septiembre de 2020, Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires, 2020.

Gráfico 6. Tipo de consulta de Espacio A

Tomado del Informe Semestral – Espacio A, 2021.

Ambos espacios evidencian la gran demanda institucional que existe para la atención a varones que ejercen o ejercieron violencia. Cabe destacar que tanto la Línea Hablemos como el Espacio A se habilitaron en el contexto de pandemia frente a la imposibilidad de seguir con los trabajos presenciales que se realizaban.

A su vez, desde PNUD también realizaron un mapeo y lineamientos metodológicos de los dispositivos de abordaje con varones que ejercen violencia de género con el objetivo de contribuir al fortalecimiento de los espacios de atención para varones que han ejercido violencia, identificando sus experiencias particulares, sus diferentes percepciones sobre la realidad con la que trabajan, y las principales necesidades y desafíos a los que se enfrentan en su quehacer cotidiano.

Dicho mapeo fue presentado en agosto de 2021 y corresponde a un relevamiento realizado durante el mes de noviembre de 2020 y cuenta con información geolocalizada de 200 espacios que trabajan en todo el país desde una perspectiva de género, de diversidad y de derechos humanos. La plataforma contiene información sobre organizaciones que trabajan con varones y masculinidades, espacios de atención a varones que ejercen y han ejercido violencia, experiencias del sector público en los diferentes niveles del Estado, y recursos que abordan estas temáticas[19].

El mapeo fue un trabajo realizado entre el Estado Nacional, la Iniciativa Spotlight, Naciones Unidas, la Alianza Global de la Unión Europea y los dispositivos locales, provinciales y de la sociedad civil. En este mapeo se encuentran registrados tanto el Espacio B como el Espacio A. Cabe destacar que el trabajo con varones se encuentra dentro de los ejes del Plan Nacional de Acción contra las violencias por motivos de género 2020-2022[20].

También en el marco del acuerdo con el Ministerio de Seguridad de la Nación, se realizaron dos líneas de acción con personal de las fuerzas de seguridad federales y provinciales de las provincias de Salta y Jujuy. En una primera etapa, se desarrolló una propuesta pedagógica basada en talleres sobre género, masculinidades y violencias para el trabajo con agentes varones que prestan servicio en Salta, ya sea en las fuerzas de seguridad federales o provinciales, y que han sido denunciados por violencia intrafamiliar o laboral por cuestiones de género. A través de esta propuesta de talleres, se procura abordar críticamente el modo en que ciertas normas y valores sociales definen un tipo de masculinidad que, en muchos casos, derivan en prácticas violentas. El diseño de los talleres fue elaborado por el Instituto de Masculinidades y Cambio Social (MasCS)[21].

4.3. Momento de la evaluación: la eficacia del impacto de los dispositivos grupales en varones que ejercen o ejercieron violencia por razones de género

Como venimos analizando, y siguiendo con los aportes de Leyton (2006) y Medina (2002), se señala que las investigaciones que han evaluado las intervenciones, en general, emplean diseños cuasi experimentales, lo que no permite una rigurosidad metodológica. A esto, se suman limitaciones metodológicas como la poca respuesta en las encuestas con las mujeres en situación de violencia y los varones que ejercen o ejercieron violencia, seguimientos cortos, falta de medición de variables de intermediación, ausencia de una “teoría del cambio”, exclusión de las evaluaciones de aquellos sujetos que no terminan su participación (Chalk y King, 1998; Davis y Taylor, 1998; Hamby, 1998, en Medina, 2002).

A su vez, si bien existe un consenso generalizado en la necesidad de incrementar los esfuerzos en materia de prevención de la violencia por razones de género y de que los abordajes grupales en la región utilicen un marco feminista en sus intervenciones, existen voces que cuestionan las iniciativas que trabajan con varones que han ejercido violencia contra las mujeres en sus vínculos de pareja. Entre las resistencias pueden destacarse la creencia que afirma que los varones que han ejercido violencia no cambian. Al respecto, el equipo de Rebecca y Russell Dobash (2000), que lleva décadas trabajando la temática, señala que pueden cambiar o no hacerlo, al igual que en otro tipo de fenómenos. En ese sentido, Ariel Sánchez, director de Promoción de Masculinidades para la Igualdad de Género del Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires, destaca:

Yo estoy convencido de la eficacia de esto por los relatos artesanales de cada uno de los dispositivos que no es 100 %, lo cierto es… para mí no hay que caer en el exitismo falso de esta persona no va a volver ejercer violencia porque eso no lo puedo decir ni sobre mí mismo… Entonces no buscar eso. Sino que hay que hacer un trabajo más artesanal, más cuali, si se quiere, pero para ir construyendo un instrumento[22].

Como venimos desarrollando, el cambio cualitativo implica que toda la sociedad esté involucrada y que los cimientos de nuestra cultura machista y patriarcal sean removidos. Son escasos estos dispositivos que trabajan desde el reconocimiento del ejercicio de la violencia, para luego crear las condiciones de cambio y que, de esta manera, no solo los varones sean parte del problema, sino de la solución. Pero, como menciona Sánchez, aún hay “relatos artesanales” del registro de estos espacios. En este sentido, es importante poder desarrollar instrumentos de evaluación para poder pensar este trabajo desde una política pública y de allí un modelo integral contra la violencia de género que se convierta en política de Estado. El coordinador del Espacio B, quien trabaja desde hace más de diez años coordinando grupos para varones que ejercen violencia o ejercieron, expresa la necesidad de evaluar el tránsito de los varones en el espacio grupal:

Creo que una de las mejores formas es evaluar el proceso. Hay evaluaciones de proceso, de procedimiento, hay evaluaciones de resultado… Cuantas más evaluaciones se puedan forjar sobre esos hombres y que uno pueda contar con eso, más herramientas va a tener y por sobre todas las cosas luego de egresarlo del espacio grupal realizar un seguimiento[23].

De esta manera, se destaca la importancia de realizar evaluaciones y seguimientos grupales e individuales de cada varón. Así como se desarrolla una modalidad de trabajo que consta de entrevistas de admisión donde se realiza una evaluación del varón que llega al espacio, también hay que desarrollar instrumentos que evalúen el tránsito y el egreso del varón en el espacio grupal. De este modo, resulta importante poder evaluar qué objetivos se cumplieron y cuáles no de cada espacio para con estos varones, para poder dar cuenta del trabajo sin caer en el “exitismo falso” que mencionaba Ariel Sánchez. En este sentido, la coordinadora el Espacio B menciona sobre la importancia de no dar certezas con relación al trabajo con varones:

No ponemos las manos en el fuego, no damos garantías… porque puede haber “recaídas”, a veces el cambio no es total, pero sí hubo un cambio para mejor, a veces la separación de la pareja es un cambio importante, y ese hombre no se va a volver a relacionar de la misma manera, no va a ejercer violencia al menos del mismo grado[24].

Tanto el Espacio A como el Espacio B durante este tiempo realizaron egresos de participantes, algunos con objetivos cumplidos, otros no. El tiempo y la constancia en los grupos PSE resultan significativos para las transformaciones subjetivas de los varones que asisten. Estas pautas en relación son mencionadas en las entrevistas de admisión tanto del Espacio B como del Espacio A, como así también se destaca que solo se permiten dos faltas por año sin justificar[25]. Estos aspectos, a su vez, son trabajados en la dinámica grupal una vez ingresados al grupo. En este sentido, Matías, quien ya lleva ocho meses en el Espacio A, comenta: “Yo pensé que algunas cosas ya las tenía clara desde que estoy acá y demás… Pero el sábado me encontré en una situación de violencia con mi pareja y revoleé una cerveza contra la pared”[26]. Teniendo en cuenta este aspecto, en el Espacio A, cuando comienzan a participar, se les envía un mail para informar tanto al participante como al juzgado interviniente lo siguiente:

El Espacio A se encuentra diseñado como un dispositivo psicosocioeducativo, que se lleva a cabo una vez por semana en reuniones de 90 minutos (hoy se realizan virtualmente), con una duración como mínimo de dos años. Al ser un grupo psicosocioeducativo son tratamientos a largo plazo. Se trabaja desde una perspectiva de género y de derechos humanos. Se parte del concepto de que la violencia de género no es una problemática individual, sino socio-cultural que impregna de aprendizajes las vivencias humanas[27].

Así, queda clara la importancia del tiempo, el compromiso y la constancia que requiere este trabajo para con los varones que asisten. La intervención por parte de la coordinación en ese sentido fue plantear que no es un “camino lineal”, que hay “recaídas” y que tal vez no haya cosas tan claras todavía, pero que es importante la identificación y traerlo a la dinámica grupal para poder trabajarlo.

De acuerdo con Dobash (2000), las medidas punitivas atenúan la reincidencia en el corto plazo, pero la participación en programas y grupos ofrece resultados a largo plazo. Dobash afirma que el principal cambio radica en que los varones dejan de percibirse como objetos que reaccionan sin control a situaciones externas y a los que la violencia les es “generada desde fuera” (generalmente considerando a las mujeres como causa de sus conductas), y pasan a percibirse como sujetos responsables de sus percepciones y acciones, capaces de tomar conciencia y reflexionar sobre el lugar que han ocupado la violencia y el género en sus vidas y en sus relaciones.

De Stefano Barbero (2021) sostiene que son las medidas punitivitas las que se priorizan sobre las políticas de prevención que realizan un trabajo de manera integral y transversal. Es así como estas últimas quedan relegadas y sin presupuesto, mientras que la lógica punitivista es la que se termina desarrollando. Frente a este panorama que describe el autor, Ariel Sánchez considera la importancia de estos espacios como respuesta no punitiva:

Siempre que hay una escucha, para mí, ya baja el riesgo de la persona que denunció. Para mí no es lo mismo una persona que va dando vueltas con un oficio sin entender ese oficio… creer que tiene que vengarse, que una persona que alojás, que estabilizás si querés emocionalmente… en esa bronca y empezás a hacer un trabajo. En principio creo que no puede hacer más daño. Estos espacios vienen a desarmar ese punitivismo, lo que yo valoro del modelo de RETEM es haber pensado esto, un modelo, echar mano, estudiar modelos que existían en otra parte del mundo[28].

Respecto a este tema, Segato (2016) sostiene que la cárcel no puede ni debe ser la respuesta, y que aquellas en las cuales se hace justicia desde lo punitivo están ligadas a la lógica patriarcal. Además, considera que se debe constituir un feminismo antipunitivista.

Otra de las resistencias señala que los esfuerzos y recursos económicos que podrían destinarse a las mujeres se dedican a los varones, como tradicionalmente ha sucedido, y señalan la importancia de “poner el mayor esfuerzo en las mujeres” (Peker, 2012). En este sentido, Ariel Sánchez destaca:

La resistencia viene de gente que está por fuera o movimientos que están exigiéndole al Estado u organizaciones feministas… quienes están trabajando con mujeres de manera estallada están diciendo “Por favor hagan algo con estos tipos porque ese mismo tipo es denunciado una y otra vez”. Tomar esa demanda fue importantísimo y nosotros tuvimos que armar un mapa ahí[29].

La perspectiva de trabajo con varones que ejercen o ejercieron violencia de género es fundamental, no solo desde un enfoque de sensibilización o prevención, sino también como un modo de reparar los efectos de las violencias ejercidas contra mujeres y personas LGBTIQ+. Estas políticas de atención y abordaje con varones forman parte de las políticas ampliadas de protección y prevención de aquellas personas que han denunciado o están en una situación de violencia por razones de género.

Una cuestión importante en este trabajo es el seguimiento una vez finalizado el espacio, haciendo referencia a la importancia de monitorear por algunos meses o incluso años a dichos varones. Como sugieren Lima, Ibarra y Reyes (2015):

Reconocemos la necesidad de proporcionar a usuarios de este tipo de programas, un seguimiento prolongado en el tiempo, al menos durante el año siguiente a la participación en el programa. Esto es fundamental para evaluar los impactos en la comunidad, la eficacia del trabajo, el sostenimiento de los logros en el tiempo y la prevención de recaídas en las conductas de violencia (p. 20).

Lo cierto es que las evaluaciones sobre el grado de eficacia de los programas de atención a varones que han ejercido violencia resultan todavía escasas y los datos disponibles no son considerados concluyentes, ya que muestran una gran variabilidad (Arias, Arce y Vilariño, 2013; Taylor y Barker, 2013). Con la intención de profesionalizar los dispositivos de abordaje psicosocioeducativos de las masculinidades, en cuanto una línea de intervención en materia de políticas públicas de lucha contra las violencias por razones de género, se desarrolla en el anexo de la presente tesis un aporte valioso para dicho trabajo. El documento constituye una herramienta técnica de diseño de políticas de masculinidades para la igualdad de género y, a su vez, una herramienta para los dispositivos de atención integral de varones que han ejercido violencias por razones de género. Además, se brindarán recursos para el monitoreo y la evaluación de políticas de atención integral de las violencias por razones de género para los dispositivos de abordaje de las masculinidades.

Teniendo en cuenta las políticas públicas para la creación y el seguimiento de los dispositivos de atención de varones, desde una mirada feminista y desarmando las lógicas patriarcales, desde la Dirección de Promoción de Masculinidades para la Igualdad de Género a cargo del Lic. Ariel Sánchez, desarrollaron documentos para el abordaje integral con varones que ejercen o han ejercido violencias por razones de género como parte de las acciones de acompañamiento para los espacios de trabajo con varones. La mirada de la dirección comprende al trabajo con varones como parte de las políticas públicas destinadas al abordaje integral de estas violencias y por consiguiente es una tarea fundamental para alcanzar el fin último, la erradicación de las violencias por razones de género. Los documentos que se presentan están destinados al diseño, la planificación, el desarrollo y la evaluación de los espacios o dispositivos de abordaje integral con varones que han ejercido o ejercen violencias por razones de género[30].

4.4. Las masculinidades (in)estables

En este apartado analizaremos qué ocurre con las masculinidades que transitan los espacios psicosocioeducativos para varones que ejercen o ejercieron violencia por razones de género. Para esto se tiene en cuenta que el estudio de las masculinidades (dentro de la perspectiva de género) plantea el desafío de definir de qué se habla cuando se habla de masculinidades y, por supuesto, de quiénes se habla, reposicionándose nuevamente lejos de los esencialismos o de los discursos normativos del deber ser.

En este sentido, los estudios feministas abrieron posibilidades para el estudio de masculinidades. Ya sea para contradecirla o para basarse en ella, el estudio de masculinidades nace de la recurrente invitación que hace la teoría feminista a pensar el lugar de los varones en la sociedad (Schöngut-Grollmus, 2012). La particularidad de estos estudios es que se refieren a los varones como tales, habla sobre ellos como actores genéricos, acerca de cómo experimentan las formas de masculinidad (Kimmel, 1992).

Fabbri (2020) plantea una reconceptualización de la masculinidad como dispositivo de poder orientado a la producción social de varones cis hetero, en cuanto sujetos dominantes en la trama de relaciones de poder generizadas. Esta conceptualización no pretende negar las existencias de masculinidades en plural, en cuanto performances de género encarnadas por sujetes diverses, sino que está orientada a precisar la distinción entre una masculinidad en singular, como norma, y la multiplicidad de masculinidades que se ven afectadas por ella. En este sentido, el autor plantea las resistencias de los varones cis a los procesos de despatriarcalización, entendiendo este proceso como de democratización de las relaciones de poder en los diferentes espacios[31]. Una de las características fundamentales de la masculinidad, como estructura de poder, es su invisibilidad como conjunto de normas, valores, expresiones, roles que definen lo que debe o no ser un varón en nuestra sociedad. La masculinidad parece adquirir notoriedad solo cuando aparece en un cuerpo que no es el del varón blanco heterosexual de clase media. Michel Kimmel (1997), en este sentido, plantea que los varones viven como si no tuvieran género.

Estas resistencias se manifiestan en los varones que asisten tanto al Espacio A como al Espacio B. En un primer momento, se trata de que asuman la responsabilidad por la violencia ejercida y poder ampliar la conciencia de problema. Quinteros y Carbajosa (2010), en este sentido, afirman que, si los participantes niegan o justifican sus conductas, serán resistentes a cualquier intervención, por este motivo es una condición para introducir en ambos espacios el reconocimiento del ejercicio de la violencia.

Para Chiodi, Fabbri y Sanchez (2019), poder comenzar a problematizar las desigualdades de género resulta fundamental que quienes se asumen como varones hagan el ejercicio de pensarse como grupo social, trascendiendo la individualidad. En este sentido, uno de los varones que asiste al Espacio A reflexiona:

Me di cuenta de lo que somos capaces y en principio de lo que soy capaz. Entonces sentí cómo yo el ejecutor de ese dolor… ese dolor en la mujer, y no me gustó sentirme así. Yo sé que soy el victimario, por eso se me revuelven las tripas, así estuvo mi mujer hace un año, así estuvieron mis otras parejas… Así puede estar mi hija dentro de poco tiempo[32].

La anterior reflexión se dio en el espacio grupal luego de que uno de los varones compartiera la letra de la canción “Sola”, del artista Tiago PZK[33]. Se puede analizar cómo el espacio grupal a través de diferentes disparadores genera momentos críticos reflexivos en torno a los pensamientos y las creencias que justifican el ejercicio de poder y de violencia. ¿Qué implica ese “Se me revuelven las tripas”? El reconocimiento y la elaboración de la violencia ejercida generan ese malestar, esa incomodidad que a su vez es miedo por de “lo que somos capaces”. De Stefano Barbero (2021) señala que, cuando se le pide a un varón que reconozca el ejercicio de violencia, se le está pidiendo que se reconozca como portador de un atributo propio. El autor señala que hoy se considera violencia lo que antes se pensaba como autoridad masculina. Este proceso de reconocimiento no solo de la violencia ejercida, sino del reconocimiento del ser varón, genera cierta inestabilidad frente a la posición de dominación, control y poder que se espera de los varones (Seidler, 1995).

Los varones que asisten a estos espacios se encuentran confrontando con su propia masculinidad. Se encuentran en un contexto en el que demostrar ser el varón que fueron durante gran parte de su vida es profundamente problemático. De esta manera, construir relaciones igualitarias donde ejercer el poder está deslegitimado y la autoridad resulta no ser del todo clara lleva a una incomodidad y a una inestabilidad desconocida. Ahora, ¿podemos considerar esa incomodidad como algo productivo? Azpiazu (2017) propone la idea de pensar en una pedagogía de la incomodidad. El autor, siguiendo a Garcés (2013), propone generar espacios de incomodidad productiva acercándose a esa incomodidad para aprender a escuchar transformándose, rompiendo algo de uno mismo, para de alguna manera sentirse afectade.

Esta posición de responsabilidad que estos espacios intentan posicionar a los varones muchas veces genera malestar (y a veces culpa también), como se visualiza en la cita anterior. Podemos pensar en ese malestar como un punto de partida para la transformación subjetiva. Esa incomodidad inicial del proceso de transformación, que en ocasiones puede llevar a una victimización, debe traducirse en un compromiso de cambio, y esa es la principal función de los espacios aquí analizados. Lograr un aprendizaje de ese malestar, de esa incomodidad, de esa inestabilidad que se produce. De lo contrario, sería desviar la atención del problema y posicionar a los varones que asisten como culpables desde posturas poco productivas y autocomplacientes.

Muzzín (2019) cuestiona la hegemonía basada en la construcción genérica de los varones y problematiza lo que es entendido como beneficio evidenciando los perjuicios en la vida de los varones y de quienes los rodean. De esta manera, el autor sostiene que otras formas de ser varón son posibles mediante un proceso de desidentificaciones respecto al ser macho, jerárquico y dominante. En este sentido, Rivas (2006) sugiere que hay que informar acerca de otras formas de ser varón y otras dimensiones potencialmente constructivas de la masculinidad. Ariel Sánchez profundiza sobre el tema:

En los 80 era más fácil porque estaba más cristalizado el varón que ejerce violencia como arquetipo… Hoy pensar así a un varón que llega al dispositivo es equivocarse con el sujeto que estás hablando, un sujeto cerrado que responde a los mandatos de masculinidades porque están atravesados por un montón de cosas y más los que la justicia[34].

En esta línea, podemos analizar cómo se van conjugando las masculinidades entre incomodidad/malestar, inestabilidad y miedo. La incomodidad y el sentimiento de vergüenza que genera el reconocer la violencia ejercida especialmente en el ámbito público, como puede ser en el trabajo. Surge la inestabilidad a partir de esa crisis identitaria de la masculinidad tradicional, como mencionaba uno de los varones que participa en el Espacio A unos párrafos anteriores. Finalmente, se detecta cierto cinismo como respuesta a esa transformación subjetiva que no es tal. Resultan falsas escisiones como el actuar en público y como verdaderamente soy, propias de las pedagogías del cinismo (Sánchez, 2020).

Azpiazu (2017) menciona que los cambios, las atenuaciones y las crisis en los modos de habitar la masculinidad pueden arrastrar percepciones liberatorias si fijamos la mirada en los elementos que conforman la identidad como piezas que van entrando y saliendo. Es allí donde desde la coordinación de estos espacios debe poner la atención, porque es en ese momento donde las pedagogías del cinismo entran en acción. Entonces, si, por un lado, pueden operar ese no reconocimiento y esa invisibilidad en los modos de hacerse varón en las sociedades contemporáneas y la negación de formas de violencia, por el otro, ante la aparición de un discurso público vinculado al feminismo, pueden surgir ciertas reacciones cínicas para enfrentar estas cuestiones. Es la situación de Iván, que plantea:

Yo me tengo que acostumbrar a que hay cosas que son así, pero no es porque… yo sé que vos me decís que trabajamos con hombres, lo entiendo, y estamos nosotros saliendo adelante con los problemas que tuvimos, pero, si desde la coordinación no sabe cómo está la otra persona con la que convive, es muy difícil que yo venga acá, me siente, te cuente que mi pareja me está rompiendo los huevos y capaz no es así y soy yo el que hincha las pelotas. Vengo acá, tiro una info de cómo estoy y no sé… me parece raro. Capaz yo no termino de entenderlo…[35]

Juan Pablo también menciona:

Ricardo me podrá contar que es la madre Teresa de Calcuta, pero yo no sé. Por más que él venga y me cuente a mí que su pareja o la de Nicolás o la de Leandro me diga que está perfecto, es porque él me lo cuenta[36].

¿Hasta qué punto puedo ser políticamente correcto en la vida pública y continuar ejerciendo violencia en lo privado? Esto es posible porque hay una red que sostiene esas formas de violencia, de desigualdad, de jerarquía. De esta manera, se configura un cinismo en torno a la masculinidad, una masculinidad cínica. Estos espacios también deben funcionar como desarmado de estas construcciones para aquello que se da en el ámbito público no se transforme en subjetividades cínicas que en realidad ya saben lo que no tienen que hacer, pero que en lo privado siguen reproduciendo (Sánchez, 2020).

A su vez, si no se pone a prueba la eficacia de estos programas en relación con reducir la violencia que ejercen los varones participantes, “estos no sólo supondrían un malgasto de los recursos sino que, además, comprometerían la seguridad de las víctimas al crear falsas expectativas” (Geldschläger, 2011, p. 17).

Ambos espacios grupales aquí analizados toman contacto con la pareja para ir dando cuenta de los cambios (o no) que los varones van realizando no solo con sus conductas, sino con su propia construcción de masculinidad. En este sentido, Espacio A se comunica con las parejas de los varones al inicio y cada tres meses durante la permanencia del varón en el grupo. Por su parte, el Espacio B toma contacto también al inicio y cada seis meses.

Esta situación nos permite plantear el rol de las parejas de estos varones durante la permanencia en el espacio. En una de las reuniones de supervisión del equipo de Espacio A, se menciona:

Las entrevistas con las parejas son importantes a tener en cuenta, cuando uno busca un elemento de evaluación en el varón a nivel mundial, se encuentra que los instrumentos de evaluación son para las mujeres, no para los hombres, porque los elementos de evaluación tomado a los varones queda entre comillas con la información que nos dan los hombres y sabemos que los hombres mienten, sabemos que minimizan, justifican, se victimizan, maximizan, etc. Por eso siempre hay que tratar en estos grupos de una forma muy cuidadosa y en los informes poner lo menos posible, porque no te podes jugar dando una información como real cuando no tenés la información acabada de eso que estas certificando, por decirlo de alguna manera[37].

De esta manera, se analiza que el rol que ocupan las actuales parejas de los varones que asisten al espacio es de “veedoras” del proceso que realizan los varones y es utilizado como parte de la evaluación que hace la coordinación a ese varón que asiste al grupo. Carrasco (2015) analiza y propone:

Surge automáticamente la evaluación a través de la mujer, ¿ella volvió a denunciar?, si denuncio nuevamente, entonces el varón no cambió. Lo que implica que, si no denunció nuevamente, entonces el varón cambió. No. Para evaluar qué es lo que le pasa al varón, hay que evaluar al varón, no los cambios familiares contextuales, sino los cambios subjetivos de los que él pueda dar cuenta que ha logrado, a partir de un proceso de trabajo (p. 167).

Teniendo en cuenta estos aspectos y, como vimos en el apartado anterior, que la efectividad de estos espacios están en evaluación, es importante desarrollar protocolos de evaluación, de detección y de proceso de cambio sin que esto recaiga en la pareja. Siguiendo el pensamiento de Carrasco, y como mencionamos en el apartado anterior, es necesario que estos espacios cuenten con herramientas para evaluar al varón.

4.5. Reflexiones finales

Las violencias por razones de género se han transformado en un eje transversal de los derechos humanos. Las acciones que se desarrollan impactan en diferentes niveles, como son visibilización, sensibilización, capacitación, prevención, asistencia, tratamiento o abordaje. Todos los niveles de acción constituyen un eslabón importante en el gran entramado que, como vimos en este capítulo, se viene gestando desde hace décadas y que hoy adquiere mayor carácter institucional.

Toda política pública de igualdad que tenga por objetivo revertir la desigualdad no puede dejar de tener en cuenta el bloque de creencias, supuestos sociales y culturales que definieron a las sociedades y delimitaron las esferas públicas y privadas en torno al determinismo sexual. De esta manera, se asignan excluyentemente roles, prácticas, oportunidades y deseos diferenciados a varones y mujeres: desde la devaluación del trabajo doméstico no remunerado, las barreras en el acceso y la promoción en sus carreras laborales, la naturalización de las violencias y prácticas discriminatorias y estereotipadas, entre otras construcciones culturales. En esta línea, es relevante comprender la politización de las identidades no heteronormativas, y esa politización ocurre incluso desde el humor, el arte y las performances, como modos de cuestionar tanto a propies y ajenes en sus representaciones normativas. Estas dinámicas de politización se encuentran centradas en la ruptura de las ideas naturalizantes en torno a la construcción del género y la sexualidad. Las organizaciones de diversa índole o incluso las agrupaciones autodefinidas como disidentes producen espacios de participación política en torno a las sexualidades. Entonces, para pensar políticas públicas para la igualdad, resulta fundamental la aplicación del enfoque de género de manera transversal, como metodología en el diseño, la implementación y el monitoreo de las políticas públicas nos permite hace foco en las desigualdades y discriminaciones por sexo. A su vez, la aplicación de herramientas analíticas que permitan observar el cruzamiento de las diferentes identidades que devienen en distintas experiencias de vida: a esto se denomina “interseccionalidad” (AWID, 2004). La incorporación de los varones al abordaje de las violencias por razones de género pretende fomentar nuevas maneras de entender la identidad masculina que ayuden a los varones en el proceso de construcción de nuevas identidades sin predominio de poder y autoridad de un género sobre otro, ni exclusión social por cuestiones de raza, color y sexo, promocionando la igualdad desde las diferentes formas de ver el mundo y de relacionarse (Lomas, 2004).

En este capítulo dimos cuenta de cómo estas masculinidades se despliegan entre la incomodidad, el malestar, la inestabilidad, el miedo y el cinismo. A su vez, visualizamos la falta de herramientas técnicas para evaluar los procesos de transformación subjetiva de los varones que asisten, lo que conlleva que sus parejas actúen como “veedoras” de estos varones. Consideramos que incluir el trabajo con las masculinidades que ejercen violencia, tanto en materia de prevención, de detección temprana y de intervención, es un camino que se debería transitar desde un abordaje integral de la política pública para abordar las violencias por razones de género.

Ariel Sánchez, a la hora de caracterizar el trabajo de la Dirección de Promoción de Masculinidades para la Igualdad de Género, dice:

Mi trabajo es pensar con toda la creatividad posible… eso me enseño el feminismo, creatividad, estrategia, imaginación fundamentalmente… para pensar la reparación, un tipo preso no es reparador para nadie, ni siquiera para la persona que denunció. Estamos trabajando cotidianamente para ir pensando las formas de radicación de las violencias, no es que decimos “Esta es la posta”… Estamos creando, porque lo que hicimos hasta acá no estaba funcionando del todo, porque las denuncias se multiplican igual que los femicidios, las perimetrales no se cumplen, las cárceles están estalladas… de varones pobres[38].

Luego de la constitución del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades a nivel nacional y provincial, quedó visibilizado que todo el trabajo de abordaje de las violencias ameritaba no solo un trabajo cada vez más específico, sino también un trabajo articulado entre las distintas dependencias públicas y las instituciones, las organizaciones y los colectivos de la sociedad civil, a fin de poder mancomunar los esfuerzos bajo criterios unificados que cumplimenten la normativa vigente.

Como vimos, el Estado, junto con organizaciones internacionales, empezó a convocar a las organizaciones no gubernamentales en la capacitación de los equipos de las distintas dependencias del ámbito público para fortalecer la formación de les profesionales en esta temática específica. La necesidad de contar con registros públicos unificados y con protocolos de abordaje en la materia también resulta necesario como evaluación propia del abordaje con varones que ejercen o ejercieron violencia por razones de género.


  1. Resolución 11 (II) del Consejo Económico y Social (21/07/1946).
  2. ONU. Resolución 3010 (xxvii) del 18 de diciembre de 1972.
  3. Más información disponible en www.un.org/womenwatch/daw/beijing/mexico.html.
  4. Más información disponible en www.un.org/womenwatch/daw/beijing/copenhagen.html.
  5. Más información disponible en www.un.org/womenwatch/daw/beijing/nairobi.html.
  6. Más información disponible en http://www.unwomen.org/-/media/headquarters/attachments/sections/csw/bpa_s_final_web.pdf?la=es&vs=755.
  7. Declaración y Programa de Acción de Viena, 1993. Punto 18.
  8. Ni Una Menos surgió de periodistas, artistas y escritoras frente a una serie de femicidios ocurridos en 2015. El 26 de marzo en la plazoleta del Museo de la Lengua, en el predio de la Biblioteca Nacional. Algunas de las mujeres participantes fueron Florencia Abbate, Selva Almada, Ingrid Beck, Karina Bidaseca, Virginia Cano, Marta Dillon, Luciana Peker, entre otras representantes de la Colectiva de Antropólogas Feministas. Tras esa primera acción, y frente a la incesante escalada de femicidios como el de Chiara Páez, una adolescente de 14 años que estaba embarazada y que falleció por los golpes que le dio su novio en la provincia de Santa Fe, se convocó a una primera manifestación, celebrada el 3 de junio de 2015.
  9. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021 al Lic. Ariel Sánchez, director de Promoción de Masculinidades para la Igualdad de Género en el Ministerio de Mujeres y Diversidades de la Provincia de Buenos Aires.
  10. Más información disponible en www.coloquiomasculinidades.cl.
  11. Sitio oficial: menengage.org/region/latin-america.
  12. El Espacio B forma parte de la red desde sus comienzos, y el Espacio A se sumó en junio de 2021 luego de comenzar a trabajar con entrevistas de admisión en mayo de 2020.
  13. Impulsan la REMA los siguientes entes: Instituto Masculinidades y Cambio Social (MasCS), Colectivo de Varones Antipatriarcales (CABA), Privilegiados, Desarmarnos – Masculinidades en Cuestión, Marchatrás – Colectivo de Masculinidades Antipatriarcales (La Plata y Tucumán), Mesa de Masculinidades Chivilcoy, Varones Recalculando, Colectivo de Varones Desobedientes (Oeste-PBA), Varones Beta (Salta), Equipo de Género y Masculinidades de la Asociación Ecuménica de Cuyo (Mendoza) y Paternando. Red social: www.instagram.com/rema.arg/?hl=es-la.
  14. Una alianza global de la Unión Europea y las Naciones Unidas para eliminar la violencia contra las mujeres y niñas en todo el mundo.
  15. Algunas de esas líneas de acción son estas: armado de red provincial de equipos que coordinan espacios de trabajo con varones que ejercen violencia por razones de género; asistencias técnicas y supervisiones a equipos técnicos para generar dispositivos de atención a varones que ejercen violencia por razones de género; fortalecimiento del trabajo con varones en el marco de las mesas locales y áreas de género municipales; desarrollo de metodología de trabajo común a partir de la elaboración de un documento de intervención; línea telefónica de primera escucha, seguimiento y derivación para varones que ejercen violencia de género; incorporación de la mirada sobre masculinidad como factor de riesgo en las estrategias y políticas públicas de prevención, promoción y abordajes territoriales.
  16. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021 al Lic. Ariel Sánchez.
  17. Informe disponible en ministeriodelasmujeres.gba.gob.ar/pdf/linea_hablemos.pdf. El gráfico presentado fue extraído del mencionado informe. El informe releva los datos del 3/08 al 31/08 del 2020.
  18. Informe brindado por la Coordinación Operativa de donde depende el Espacio A. El informe es del periodo de junio de 2020 a junio de 2021.
  19. Información disponible en mevym.mingeneros.gob.ar.
  20. Disponible en www.argentina.gob.ar/sites/default/files/plan_nacional_de_accion_2020_2022.pdf.
  21. Sitio oficial: http://institutomascs.com.ar.
  22. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021 al Lic. Ariel Sánchez.
  23. Información relevada en entrevistas semi-dirigidas efectuadas en el mes de mayo de 2021.
  24. Información relevada en entrevistas semi-dirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021.
  25. Información del Protocolo que se encuentra en el anexo.
  26. Nota de campo del Espacio A, 27/04/2021.
  27. Información proporcionada por el Espacio A.
  28. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021 al Lic. Ariel Sánchez.
  29. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021 al Lic. Ariel Sánchez.
  30. Disponible en www.gba.gob.ar/mujeres/masculinidades.
  31. Su estudio se basa en la desmasculinización de la política como estrategia para la despatriarcalización de las organizaciones populares.
  32. Observación del Espacio A, 4/05/2011.
  33. La canción narra el modo en el que la madre del artista fue víctima de violencia de género por parte de su padre. Esta canción llegó a ser parte de una campaña de Naciones Unidas para visibilizar ese flagelo que padecen millones de mujeres en el mundo.
  34. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021 al Lic. Ariel Sánchez.
  35. Registro de observación del Espacio A, 27/04/2021.
  36. Registro de observación del Espacio A, 27/04/2021.
  37. Nota de campo, reunión de supervisión del Espacio A, 11/05/2021.
  38. Información relevada en entrevistas semidirigidas efectuadas en el mes de junio de 2021 al Lic. Ariel Sánchez.


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