Estudiar, escribir, interpelar(se), incomodar(se) y politizar(se) desde la(s) masculinidad(es)
Tomar todos los naipes mezclarlos bien mezclados
y repartir esta mano al revés
que todo puede ser muy diferente
y es urgente desarmar algunas cosas
que se pasó de moda sostener.
“El Desarme”, Ana Gómez[1]
Como mencioné en la investigación, tuvo una gran implicancia mi doble inscripción como investigador y como trabajador, pero además mi implicancia como varón cis. Este trabajo no solo me interpeló, me cuestionó y me transformó en mi condición de varón cis, sino que me incomodó. Me incomodó en mi dispositivo de masculinidad, no solo por la autovigilancia como varón, sino también por ver reflejadas cuestiones estudiadas en mi propia trayectoria de vida. La pregunta fue “Bueno… ¿y ahora qué? ¿Cómo se continúa con todo el proceso que no solo fue académico?”.
En el grupo de varones, siempre menciono que no hay un punto de llegada, que termina el espacio grupal y no es que le damos un carnet de “deconstruido”, sino que es una forma de transitar la masculinidad diferente. Nunca me agradó la idea de proceso que se le asocia a la deconstrucción, capaz porque en ese proceso se escondía un grado de responsabilidad en mi accionar (“Perdón, me estoy deconstruyendo”). Pienso la deconstrucción como algo que me permite comprender cómo se fue conformando un sentido común en el que después quedamos sumergides y normatizades. La deconstrucción también te hace ver que hay condicionamientos de los que muy probablemente no podamos salir. Incluso el acto de deconstrucción puede ser motivado por una sujeción y empujarte a una circularidad de la cual es muy difícil salir. Pero la conciencia y hasta la misma circularidad también pueden ser en algún punto emancipadoras. La deconstrucción es una práctica política revolucionaria porque desestructura todos los pilares sobre los que se fundó nuestra concepción de la realidad. Y acá quiero sumar nociones como la vergüenza de género; cuando tuve la entrevista con Ariel para la investigación, veíamos ahí una posibilidad para no volver a cometer los mismos errores, luego leí el texto de Rafael Blanco y Daniel Jones[2] en el cual plantean que, si nuestros errores los asociamos a nuestras formas de ser varón y sentimos esa sensación de vergüenza de género (esa vergüenza del varón que fuimos), podremos identificar el carácter inequitativo o violento de prácticas antes naturalizadas. De esta manera, y descubriendo que muchas veces nos encontramos en un loop patriarcal, como mencioné recién, pese a tener ciertos avances en la deconstrucción, se plantea la vergüenza como motor de cambios en la masculinidad. Obviamente teniendo los recaudos posibles para no detenerse en una mirada culpógena autoindulgente; por eso resulta imprescindible politizar aquello que quizás consideremos un problema estrictamente personal para no dejarlo librado solamente a un acto de voluntad y poder resaltar los aspectos culturales e históricos de las emociones.
Tampoco pienso que sea casualidad incorporar la dimensión de las emociones y los afectos, por lo menos para mí[3]. Incorporar el reconocimiento de la vida emocional es de importancia para el análisis del proceso que hacen los varones que ejercen o ejercieron violencia por razones de género. El objetivo es poder sumar herramientas e indicadores que nos puedan dar cuenta de cierto reposicionamiento en los varones que habitan el espacio grupal. ¿Qué papel ocupan los afectos, las emociones y la corporalidad en la constitución del sujeto y su entorno? Esta pregunta desafió las oposiciones convencionales entre la emoción y la razón, el discurso y el afecto, poniendo de relieve la compleja relación entre poder, subjetividad y emoción de la teorización política. De esta manera, poder conocer los aportes de Sara Ahmed, la teoría feminista y la teoría cuir fue de gran utilidad no solo para el desarrollo académico, sino para poder cuestionarme mi construcción de masculinidad ligada a las emociones y los afectos. Luego de realizar la investigación, decanté en varies autores, entre los cuales me topé con Po/éticas afectivas. Apuntes para una reeducación sentimental de Vir Cano[4]. En este libro se reflexiona en torno a la educación sentimental cisheteronormativa y las maneras en que ella no solo produce y obtura emociones, sino cómo también limita y cercena las posibilidades de construcción de redes de sostén compartido en un mundo que hace todos sus esfuerzos por mantener a la gente lo más aislada posible, agrupada apenas en pequeñas unidades familiares y domésticas. El adoctrinamiento sentimental cisheteropatriarcal, gordofóbico, neoegoliberal, capacitista, especista, xenófobo (y podríamos seguir sumando…) al que somos sometides con sistematicidad desde la niñez. En Po/éticas la propuesta es partir de una reflexión autobiográfica y autoteórica para reflexionar, desde allí, respecto de los modos en que nuestros trayectos singulares se anudan a dispositivos sociales que hacen de afectos como el amor, el duelo y la vergüenza. Hay un apartado muy recomendado, al menos para varones cis hetero, denominado “Pasiones viriles”, donde plantea que no es que los varones somos inmunes o menos sensibles que el resto de les mortales. En este aspecto menciona las pasiones futboleras o las pasiones políticas como pruebas de esas emociones, afirma que los varones no estamos privados del afecto y la expresión de nuestra sentimentalidad, sino que realizamos nuestra propia economía afectiva que nos permite apasionarnos por un gol que no hacemos, por el resultado de unas elecciones, por nuestro “éxito” laboral o personal, pero que nos obstaculiza asumir otros dolores, otros malestares, otras impotencias, transitar una angustia, transitar la fragilidad, transitar la vergüenza.
Con el tiempo les fui encontrando mayor sentido a las masculinidades (in)estables, siempre lo pensé como algo descriptivo y como una apuesta a transitar la masculinidad con una incomodidad en continuum intentando que fuera una incomodidad productiva, una pedagogía de la incomodidad, como menciona Azpiazu. Me encontré presentando la investigación en diferentes ámbitos académicos donde mayoritariamente había mujeres cis y casi ningún varón cis, salvo aquellos que eran mis amigos, que me acompañaban por tener un vínculo de amistad conmigo y no porque les interesasen las masculinidades per se[5]. En estas instancias siempre intenté dejar en claro todas las categorías que me atravesaban (varón, heterosexual, cis, racializado, universitario, etc.) para que se supiera desde dónde hablaba o capaz para quedarme tranquilo de que estaba siendo “honesto” o en la búsqueda de cierta legitimidad del estilo “Estoy hablando de varones, pero yo también estoy atravesado por ese ser varón”. Del estilo “Yo también soy varón, pero no me quiero vender como ese compañero deconstruido nivel mil que hasta se sabe la definición de Lucho Fabbri de la masculinidad como dispositivo de poder de ‘pe a pa’”. También intenté comunicar desde qué lugar me paraba teóricamente, dejando en claro que el enfoque de género, disidencia sexual y giro afectivo eran las grandes líneas de mi posicionamiento que me transforman (o incomodan) día tras día.
Esas instancias fueron siempre del ámbito del trabajo social (mi disciplina de grado) y de los derechos humanos, mientras que eventualmente transitaba el mundillo psi. A esto quiero dedicarle unos párrafos en particular. La preocupación y alarma en torno a las crecientes situaciones de violencias por razones de género y la sensación cierta de que los dispositivos de abordaje para mujeres que padecen o han padecido de violencias no son suficientes para hacer frente a esta problemática[6] nos requieren de respuestas de un abordaje complejo e integral. En este sentido, me pregunto cuáles son los aportes conceptuales para la intervención en trabajo social desde el enfoque de las masculinidades. Soy trabajador social recibido en la Universidad de Buenos Aires, fui atravesado por los feminismos que militaban en cada m2 de la “FSOC”. El trabajo social como disciplina que construye saberes en la acción tiene herramientas para aportar a los debates y las reflexiones sobre las masculinidades. Es necesario que se siga construyendo conocimiento a través de investigaciones sobre lo que significa ser varón y reflexionando sobre las formas como se puede trabajar con varones para desmontar el sistema patriarcal. Tomo una de las afirmaciones potentes que nos comparten los feminismos para poder repensar nuestras prácticas: “Lo personal es político” (Millet, 1970). Extrapolando esta afirmación al mundo del trabajo social, la práctica profesional es política. Si bien la visión y perspectiva de género y feminista parece estar bien arraigada, no parece estarlo tanto la visión de los servicios públicos enfocados a atajar la raíz del problema. Como también, desde nuestra propia reivindicación política, comprometernos en que la Ley de Educación Sexual Integral y la Ley Micaela puedan realmente aplicarse a lo largo y ancho del país.
A su vez, en la mayoría de las formaciones propias del trabajo social, la perspectiva de género y los aportes de los feminismos son escuetos. ¿En cuántas instancias del trabajo social se imparten materias directamente relacionadas con la perspectiva de género? En los que se imparten, ¿es una optativa o es de carácter obligatorio? Debemos empezar por exigir en nuestra propia profesión para luego expandirla hacia otros terrenos. Como también debemos exigir, más allá de los espacios destinados a varones que ejercen violencia, la necesidad de promover otras masculinidades para la igualdad donde se impulse la corresponsabilidad de los varones en el cambio cultural que nuestra sociedad demanda para vivir una vida libre de violencias. Ya sean formaciones en género y masculinidades con equipos técnicos o campañas de sensibilización para promover la creación y el fortalecimiento de transitar otro tipo de masculinidades libres de violencia. Es el proceso de transversalización del enfoque de género que debe involucrar una transformación en la agenda pública y política con base en la diversidad y la igualdad. Si, en la atención directa a varones, seguimos orientándolos hacia roles tradicionales (ser proveedor, trabajador incansable, etc.), como colectivo profesional no estamos haciendo nada para cambiar el sistema de género ni para ofrecer nuevas visiones de la masculinidad.
Considerar a las masculinidades como construcciones sociales incluye las posibilidades de modificar ese orden y la situación de dominación patriarcal para erradicar las formas actualmente legitimadas de “ser varón”. No es una tarea sencilla, pero la propia historia nos muestra que las imágenes y representaciones que construyen a varones como patriarcas, guerreros y proveedores responden a demandas sociales y culturales, que de hecho han variado con el tiempo y debido a los distintos contextos y relaciones de poder. En este punto desde la propia disciplina, el concepto de la intervención social en el trabajo social está marcado por su recorrido histórico como profesión. El trabajo social surge desde una perspectiva crítica, la intervención social en trabajo social sería uno de los medios por los cuales se construirán reflexiones y herramientas de trabajo encaminadas a la eliminación de las violencias machistas y la transformación de la construcción hegemónica de los varones. Las metodologías y las acciones que surgen desde la intervención social en el trabajo social con perspectiva de género problematizarían las situaciones de desigualdad en una sociedad patriarcal. Desde el campo profesional, se ampliaría la mirada para comprender, analizar y modificar la situación de colectivos sociales y construir distintas estrategias profesionales para la emancipación de estos (Guzzetti, 2015). Es así como la perspectiva de género daría herramientas concretas para construir caminos de emancipación en los diferentes contextos de intervención; por eso no solo es una categoría útil para el análisis en las ciencias sociales, sino que iría encaminada en la construcción de las estrategias que se utilicen para combatir las violencias y discriminaciones en razón de género. Además, podemos desarrollar aspectos formativos propios de la carrera en torno a la grupalidad dado que el trabajo con varones, ya sea grupos de reflexión o grupos para trabajar el ejercicio de violencia, apela a la grupalidad, debido a esta construcción social de la masculinidad. Para hacer todo esto, debemos posicionarnos políticamente desde el enfoque de género y disidencia sexual y contemplar los aportes en torno a los feminismos y los estudios de las masculinidades.
Volviendo a Masculinidades (In)estables, pensé el juego palabras de “(in)estables” no solo para caracterizar el tránsito de los varones en el espacio grupal o como una propuesta a transitar la masculinidad, sino también porque, como se refleja de la investigación, el trabajo con varones en cuanto política pública se encuentra desanclado de las políticas de género. Cuando menciono que con el tiempo les fui encontrando mayor sentido a las masculinidades (in)estables, es porque en el compartir entendí que era una propuesta política, sin ir más lejos este libro también lo es. Una propuesta política que apunta a generar preguntas que de cierta manera incomoden al dispositivo de la masculinidad. Porque también me resulta importante pensar en ciertas respuestas frente a esta reacción (backlash) antifeminista y en contra de la perspectiva de género. Esto se ve reflejado desde movimientos en contra de la educación sexual integral (“¡Con mis hijos no te metas: no a la ideología de género!”) hasta utilizar herramientas jurídicas que atentan contra los derechos de mujeres y niñes, como es el falso síndrome de alienación parental (falso SAP), utilizado por las defensas de los varones denunciados en las causas de maltrato y abuso sexual infantil. Pero esto también afecta en términos políticos partidarios y lo podemos analizar en las propuestas políticas que se vieron reflejadas en las últimas elecciones, que lograron la victoria del espacio La Libertad Avanza (principal referente Javier Milei). Desde el Instituto de Masculinidades y Cambio Social, hace años vienen intentando comprender el fenómeno de la reacción antifeminista entre los varones jóvenes y adultos, y el impacto sobre sus posicionamientos políticos y prácticas relacionales. En ese intento, desde el instituto destacan el crecimiento y la proliferación de espacios de género, por la igualdad y para la erradicación de violencias contra mujeres y disidencias sexo-genéricas. La interpelación hacia los varones cisgénero y heterosexuales, sobre todo respecto de sus prácticas machistas y dinámicas de complicidad intragénero, estuvo muy presente en la agenda pública. No así la pregunta por el malestar de esos varones jóvenes, sus deseos y proyectos, frustraciones y temores.
Mouffe (2018) explora cómo las emociones y los afectos influyen en la política y en la construcción de identidades colectivas. La autora argumenta que la política no puede entenderse solo a través de la razón… Los sentimientos desempeñan un papel crucial en la movilización social y en la formación de alianzas. Además, plantea que espacios asociados a una “izquierda”, al enfatizar la razón, a veces rechazan las emociones como manipuladoras o irracionales, lo que puede dificultar la conexión con sectores de la población que están motivados por sentimientos de injusticia, frustración o desesperanza. En este sentido, también podemos visualizar la creciente politización por derecha de los varones jóvenes. Según una encuesta nacional y representativa realizada en el marco del proyecto POLDER[7], “los hombres jóvenes son el núcleo más intenso del giro a la derecha que vive Argentina. Ser hombre y menor de 25 años es hoy en Argentina un muy buen predictor de conservadurismo”. El fenómeno se ha reflejado en otros países. La brecha política de género ha aumentado entre los hombres y las mujeres jóvenes de países como México, Alemania, Corea, Estados Unidos y el Reino Unido, con los varones más receptivos a discursos conservadores y de extrema derecha y mujeres más convencidas del progresismo, según un estudio del Financial Times publicado este año[8].
Mouffe (2018) destaca la importancia de reconocer el antagonismo y las divisiones en la esfera política, sugiriendo que los afectos pueden ser tanto una fuente de cohesión como de polarización. Propone que las pasiones pueden ser canalizadas hacia formas democráticas de participación, enfatizando la necesidad de un espacio político inclusivo que acepte la pluralidad y el conflicto. En este sentido, la ausencia de políticas públicas e institucionales, así como de construcciones colectivas y comunitarias, que puedan alojar la desorientación y el malestar de los jóvenes contemporáneos hacia los feminismos alimentó un repliegue silencioso de muchos, y la radicalización antifeminista de otros tantos. A la desestabilización identitaria y subjetiva en clave de género, se sumó la creciente precariedad material, con ingresos al mercado de trabajo cada vez más informales y costos de vida cada vez más altos. La imposibilidad de cumplir de forma satisfactoria con los mandatos de la masculinidad tradicional vinculados al éxito económico a través del trabajo, el mérito y el esfuerzo dio paso al cansancio, la frustración y un fuerte sentimiento de enojo y resentimiento. Dubet (2018) habla de las pasiones tristes que atraviesan estos tiempos. El odio, el resentimiento y la indignación se multiplican y se instalan como una forma de politicidad. Eso no es antipolítica, es antipolítica del progresismo políticamente correcto. A mi entender, Milei comprendió cómo irrumpir en la escena pública conectando las nuevas sensibilidades de defraudados, tristes, desesperados y endeudados con la cultura política contemporánea. Milei conectó con esa comunidad afectiva. Milei canaliza las pasiones tristes, el desencanto hacia un modo de tramitar las demandas que no es satisfactorio para una parte importante de nuestra sociedad. Pero, al mismo tiempo, propone un futuro que produce presente, un proyecto, una alternativa a lo existente. Encauza las pasiones tristes y las pone en perspectiva. No las del conjunto de la sociedad, sino las de una minoría intensa que parece más importante cuanto más cámara y redes va desarrollando.
Creo que es una parte de la sociedad que se encuentra con cierto descontento político, pero tampoco quiero tener una mirada derrotista sobre la juventud en este aspecto, porque también pienso que hay muchos jóvenes varones que no coinciden con este posicionamiento. Lo veo en los talleres de masculinidades de la organización Vientos de Libertad perteneciente al Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), donde participo como tallerista. La participación en los talleres logra que haya una mínima reflexión sobre cuestiones relacionadas con la masculinidad tradicional, en que además los participantes muestran su vulnerabilidad frente a otros varones, sin importar la exposición, que en muchos casos puede generar distintos cuestionamientos. Por ejemplo, permitirse llorar o “mostrarse quebrado”, como así también sentir vergüenza ante pensamientos y acciones donde las prácticas machistas han sido parte de su vida cotidiana. Intervenir desde los afectos proporciona herramientas para analizar cómo las emociones y las relaciones afectan la construcción y experiencia de las masculinidades. Este enfoque permite una visión sobre la construcción de las identidades masculinas, considerando no solo las normas y expectativas sociales, sino también cómo los afectos y las experiencias emocionales influyen en la vida de los hombres (Ahmed, 2004). Estos espacios son un punto de partida y una piedra de toque para poder poner en cuestión el ejercicio de la masculinidad y la violencia, pero también para poder abordar esas pasiones tristes de las que habla Dubet. Por eso la decisión política de que estos espacios existan en una organización que trabaja con varones en situación de calle y en situación de consumo problemático es de vital importancia.
Al pensar las masculinidades (in)estables, también las pienso en esta línea de propuesta política, creo que estos aspectos nos abren el debate sobre cuál es el papel de los varones cis en los feminismos, cómo nos interpelan y qué nos sucede con eso. Poder pensar que de esta manera se pueden cambiar (y mejorar) nuestras relaciones y amistades de una manera más cooperativa y equitativa, con mayores cuidados y responsabilidades, y trabajar para comprender que la violencia de género no es una cuestión individual, sino una problemática social. Entonces, ¿es posible pensar una sociedad con otras formas de ser varón, alejadas del desarrollo de una sexualidad activa y potente? ¿Cómo se piensan los varones cuidadores? ¿Cómo se pueden desarmar dinámicas de complicidad machista? ¿Se puede construir otra masculinidad libre de violencias?
bell hooks (2020) propone al feminismo como un movimiento político de masas que interpele a mujeres y a varones para poner en el centro de los debates y las reflexiones los problemas de los márgenes, como la pobreza, el racismo, la explotación laboral, entre otros márgenes. La autora nos propone establecer alianzas, pero sin ocultar las desigualdades. hooks, referente del feminismo intersectorial, menciona a los varones como camaradas en la lucha para erradicar el sexismo. Los feminismos frente a los femicidios nos interrogaron en relación con que “todas nosotras tenemos una amiga violentada y ustedes ningún varón que ejerza violencia”. ¿Por qué callamos cuando un amigo ejerce control y violencia sobre su pareja? ¿Qué ocurre con los varones cis hetero cuando se enteran de que su género cometió otro femicidio? ¿Qué pasa con los varones entre esos grupos de pares con los femicidios? ¿Se habla? ¿Se cuestiona esa construcción de masculinidad violenta? Porque también hay un discurso políticamente correcto que adoptamos los varones en público, pero luego en espacios privados se producen acciones de silencio, complicidad o incluso de cierta reproducción de machismo. Es en esa socialización entre varones donde se ofrecen las resistencias machistas y donde todavía los feminismos no entraron. En definitiva, el “hacerse varón” es determinado y juzgado por otros varones, por ese grupo de pares, y es allí donde se tejen las complicidades machistas. Politizar la categoría de varón implica visibilizar el fenómeno, darle nombre, hacerlo presente en la realidad y así poder trabajarlo colectivamente.
Por eso, como ya mencioné, detrás de cada una de estas historias de reproducción de poder y violencia, está también mi propia historia como varón cis (y la de cada varón cis que lea estas líneas) atravesada de vergüenza, de silencios y de humillaciones. No reconocer el legado del poder masculino sería aportar a la construcción de esa masculinidad cínica que desarrolla Ariel. ¿Cuánto de nuestro accionar sostiene el orden de género y cualquiera de las estructuras de desigualdad? Reconocer la posición heterosexual hegemónica y saberme comprometido en la lucha contra la violencia me implica una inestabilidad en continuum. Reconfigurar mi identidad masculina, mi subjetividad, y, a su vez, intentar modificar mi posición en el orden de género es un proceso profundamente desestabilizador.
Pero también los varones tenemos que hacernos cargo y profundizar los debates en esos espacios de complicidad machista, es allí donde se sostiene el patriarcado. Es necesario frenar a ese amigo o compañero que está ejerciendo violencia porque, si no, el silencio es cómplice. Esa lucha debe ser llevada a esos espacios donde la resistencia es mayor, y no intentar ser reconocido por las mujeres como el varón deconstruido en el ámbito público. El objetivo es poder cuestionar en esos grupos de pares a fin de desarmar los mandatos y privilegios. Disputar ahí el sentido construido y las lógicas de poder del patriarcado para que no haya más varones protagonizando violencias. Siempre es más sencillo instalarse en un espacio discursivo y material dentro de los feminismos (donde hay grandes posibilidades de ser bien recepcionado) que entrar en conflicto con otros varones cuestionando prácticas machistas y rompiendo alianzas de la fratria masculina. ¿Hacia dónde deseamos ir? ¿Hacia dónde desean ir los varones que presentan diferencias con esa masculinidad normativa? ¿Cómo se desarma la masculinidad? Azpiazu (2017) plantea la abolición de la masculinidad al menos como utopía o para ampliar el marco de lo posible. Pero ese viaje utópico está lleno de incógnitas que requieren ir dando pasos que van desde las más pequeñas acciones hasta las grandes revoluciones que nos permitan pensar, imaginar y construir otras masculinidades más igualitarias realizables. Cualquier propuesta de trabajo que apunte a realizar ciertos reposicionamientos de la masculinidad no debe perder lo relacional del género, la jerarquía masculina, las dimensiones del poder y las dinámicas de las masculinidades.
La incomodidad productiva que menciona Azpiazu se direcciona en lograr un desarme de la masculinidad que a su vez requiere de la construcción de masculinidades no violentas, construir modelos que cesen la violencia contra sí y contra les demás. Capaz una posibilidad sea humanizar más la masculinidad desde la empatía, el cuidado, el reconocimiento y la desnaturalización de la violencia, para darnos cuenta, como dice Rita Segato, de que la masculinidad es un mal negocio. Este desarme no solo rompe pactos de silencio patriarcal, sino que va de la mano del reconocimiento de la vulnerabilidad y de la responsabilización de los cuidados que trasciendan el ámbito de las paternidades. Además, va unido a desaprender el marco de interpretación de la realidad desde un prisma patriarcal, transitando una toma de conciencia de las desigualdades de género. Pero este desarme no alcanza con que sea una responsabilidad individual: el giro debe ser colectivo para alojar esa incomodidad, no solo generando instancias crítico-reflexivas en torno a las masculinidades y sus vinculaciones con el poder y con la violencia, sino también con políticas públicas que hagan tambalear la desigualdad estructural. Habitar otras masculinidades de una manera inestable e incómoda y cuestionándonos sobre nuestra forma de ser varón es una profunda propuesta política que implica transitar el desarme de tan errantes modos de ser.
- Poeta. Trabajadora Social. Instagram: @leapoesia.↵
- “Varones en deconstrucción: límites y potencialidades de una categoría imprecisa”. Disponible en www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.13775/pr.13775.pdf.↵
- Acá quiero agradecer específica y destacadamente a Irma por su cálido, afectuoso y lúcido acompañamiento durante todo este proceso. ↵
- Es filósofe, docente, activista lesbiana y feminista. Ha publicado los libros Ética tortillera (Madreselva, 2015), Nietzsche (Galerna, 2015), Dar (el) duelo (Galerna, 2021) y Borrador para un abecedario del desacato (Madreselva, 2021). Ha editado la compilación colectiva Nadie viene sin un mundo (Madreselva, 2018), y es coautore junto a Judith Butler y Laura Fernández Cordero de Vidas en lucha. Conversaciones (Katz, 2018). Instagram: @doc.torta.↵
- Gracias, Fer y Pablo, por ese viaje compartido a Entre Ríos lleno de afecto. ↵
- Se cumplieron 9 años del primer Ni Una Menos, y los datos siguen siendo, al menos, preocupantes.↵
- Disponible en polarizacion.net.↵
- Disponible en https://tinyurl.com/42z7kawk.↵









