Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Lo que la masculinidad nos esconde

A modo de epílogo

Matías de Stéfano Barbero

En tiempos donde presumimos tener una respuesta rápida para todo, Masculinidades (in)estables nos interpela a restituir el valor de hacernos más y mejores preguntas, a devolver la condición de interrogante allí donde todas nuestras certezas no hacen más que obturar el movimiento necesario para pensar, y nos dejan, paradójicamente, inquietos. Si pensar a los varones que ejercen violencia y cómo se trabaja con ellos puede resultar incómodo, es porque al hacerlo podemos ir más allá de un “ellos” y un “nosotros”, y considerar cómo los varones cis heterosexuales construyen su masculinidad y se vinculan con sus mandatos.

Como sugiere el autor retomando las palabras de Ariel Sánchez, los varones –y también los que ejercen violencia– no son sujetos cerrados que responden sin más a los mandatos de la masculinidad. Allí donde hemos tendido a construir un sujeto estereotipado, casi caricaturizado, emergen discursos y experiencias que muestran que los mandatos no se traducen en experiencia, que el “ser” y el “deber ser” son interdependientes, pero no iguales. Es precisamente en la tensión de ese intersticio donde la masculinidad se ve frustrada, donde emerge el reverso de un sujeto que no es tan poderoso como anhela, ni como tendemos a creer. Esteban A. Vaccher nos muestra en estas páginas que, en los relatos de los varones que ejercen violencia, allí donde el mandato de masculinidad nos lleva a esperar racionalidad, emergen constantemente las emociones, donde esperaríamos orgullo, emerge intempestivamente la vergüenza, donde imaginamos fortaleza, se presenta tarde o temprano la tan temida fragilidad. Si esto puede resultar contraintuitivo, es porque poder y violencia nos remiten con demasiada facilidad el uno al otro. Sin embargo, allí donde el poder es fuerte y estable, no suele ser necesario el ejercicio de violencia, porque donde el poder convence, no es preciso el ejercicio de la violencia para imponer. Como apunta el autor, en los vínculos de pareja –pero no solo allí–, la violencia devuelve a los varones a una imagen de sí, a una posición masculina que restituye una ficción de control allí donde se perdió, una pretensión de poder allí donde el poder está, precisamente, profundamente debilitado. Las relaciones de poder que caracterizan a las relaciones de género son, entonces, también relaciones atravesadas por la vulnerabilidad. Una vulnerabilidad que, en el proceso de “hacernos hombres”, los varones, con frecuencia, hemos concebido negativamente, y asociado con debilidad y victimización. Es cierto que la vulnerabilidad es una posición que supone un riesgo, pero ¿a qué nos arriesgamos cuando estamos en una posición vulnerable? A que, allí donde nos exponemos y podrían avergonzarnos, nos veamos contenidos, a que, allí donde confiamos y podrían traicionarnos, la confianza salga fortalecida, a que, allí donde tememos que nos humillen, encontremos comprensión, a que, allí donde podrían dejarnos solos, nos acompañen aún más, a que, allí donde podríamos perder al otro, terminemos ganando juntos. El ejercicio de violencia es un intento de conseguir un poder que imaginamos arrebatado, pero no es más que una huida pavorosa a dejarnos atravesar por la vulnerabilidad, a ser capaces de poner en juego el poder y entregarnos a la posibilidad de que circule.

Quienes trabajamos en los espacios de atención para varones que ejercen violencia tenemos la tarea de trabajar con ellos sobre el reconocimiento de la violencia ejercida, sobre la posible reparación del daño producido, en la prevención de nuevos ejercicios de violencia y en la reflexión y deconstrucción de las condiciones de posibilidad que la propician. Sin embargo, además, y como muestra Vaccher, el trabajo en los espacios de atención pone en jaque la presunta estabilidad de una masculinidad encarnada en sujetos que, en realidad, habituados a huir de sí mismos, suelen buscar en sus relaciones de pareja una seguridad cristalizada que les permita reafirmarse en su condición masculina. La tarea supone, entonces, acompañar el reconocimiento de esa inestabilidad, pero también el pasaje a la construcción de una estabilidad nueva y diferente, capaz de abrazar el riesgo del encuentro con el otro, donde, a partir del mutuo reconocimiento de las subjetividades, sea posible la apertura necesaria para transformarse en ese encuentro, y habitar nuevas posiciones en las relaciones de género, más allá de estructuras jerárquicas. Una nueva estabilidad donde haya espacio para entregarse a la vulnerabilidad, que no solo supone enfrentar la incertidumbre y el temor que genera el riesgo de perder algo en ese encuentro, sino que nos permite la posibilidad de abrazar las diferencias y construir conflictos sobre los que puedan fortalecerse y profundizarse aún más nuestros vínculos, pero también el vínculo que tenemos con aquella parte de nosotros que la masculinidad nos esconde.



Deja un comentario