Todo es social (Latour)
Nunca es triste la verdad,
lo que no tiene es remedio
(J.M. Serrat)
Muchas personas (incluidos muchos científicos sociales) piensan que la impugnación de algunos determinismos biológicos burdos y caricaturescos, alcanza para desbaratar cualquier nivel explicativo de la biología en las conductas y características de los humanos. Esta creencia suele completarse con la tesis (a veces tan burda y endeble como los burdos determinismos de signo contrario) según la cual todo condicionamiento es social y por tanto reversible dado que el ser humano sería infinitamente maleable. Definitivamente los humanos somos diversos, hay algunos muy buenos para determinadas actividades y otros absolutamente ineptos para esas mismas actividades, aunque probablemente sean muy capaces para otras. Es que la confusión entre diversidad y desigualdad, no es un tópico exclusivo del determinismo biológico sino que también pueden hallarse versiones políticamente correctas del mismo. En efecto, cometen el mismo error, aunque en sentido contrario, quienes pretenden justificar la igualdad negando la diversidad. Por ejemplo, los que pretenden refutar el racismo con el argumento de que el genoma de las diferentes razas no difiere en casi nada y que incluso habría más diferencias genómicas entre individuos de la misma raza que entre genomas típicos de razas distintas. Algo similar ocurre con los que piden que se consideren los derechos humanos de algunas especies de simios amparados en la similitud genética con los humanos. No tengo nada que objetar al otorgamiento de derechos y protección a los animales –no solo a los simios- pero ello es independiente del genoma y procede más bien de la toma de conciencia de la Humanidad (o parte de ella). Es que la biología, digámoslo por última vez, tiene poco o nada para justificar o legitimar la desigualdad social y política.
Ahora bien, si las versiones más duras del determinismo biológico son, como decimos, seguramente falsas y los supuestos acerca de la naturaleza humana no tienen demasiado sustento, más allá de la mera creencia, entonces ¿qué nos queda?¿son los humanos infinitamente maleables?¿debemos renunciar a explicaciones naturalistas sobre el comportamiento humano y sus características? ¿indicar que algún rasgo o conducta humana es una “construcción social” invalida toda explicación naturalista?¿qué consecuencias políticas tiene afirmar que algo es una construcción social? ¿se debe suplantar el determinismo biológico por un indeterminismo social?
El término “construccionismo” hace referencia a muchas y variadas líneas de trabajo y teorías distintas de las ciencias sociales, ciencias de la educación y la filosofía de las ciencias. Aquí interesa en particular discutir un uso bastante extendido en la economía de los saberes –y la política- consistente en afirmar que una conducta o característica es una “construcción social” para distinguirla de lo “natural”. La eterna discusión/oposición entre naturaleza y cultura parece encontrarse a la base del problema, de modo que los construccionistas se oponen a los esencialistas y naturalistas de cualquier signo. Aquí tampoco se resolverá la cuestión, probablemente irresoluble, sino que más bien se expondrán algunos modos en que “construcción social” se opone a “naturalismo” a partir de unos pocos ejemplos particularmente relevantes en el contexto de los temas de este libro.
Aunque es posible encontrar antecedentes más antiguos de este tipo de discusión, puede decirse que el construccionismo comienza a tener una fuerte presencia en los ámbitos académicos y políticos alrededor de los años ’60 del siglo pasado en un momento que algunos caracterizaron como la Posmodernidad, periodo que habría comenzado a generarse en la segunda posguerra y, básicamente se caracterizó por su desencanto y desconfianza ante los presupuestos filosóficos y científicos de la racionalidad moderna centrada en el progreso y la racionalidad científico tecnológica. El supuesto fracaso de las promesas de la modernidad habilitaría a que puntos de vista escépticos, relativistas e incluso irracionalistas o anticientíficos puedan elevarse a clima de época y, en este contexto, la categoría de “construcción social” adquiere potencia crítica.
Nadie duda de que los códigos jurídicos, la literatura o la arquitectura, por poner solo algunos ejemplos, sean construcciones sociales. Ni siquiera se dice tal cosa porque resulta una obviedad manifiesta. Salvo que alguien confíe en algún relato mitológico sobre el origen de estas actividades humanas: ¿qué otra cosa podrían ser sino una construcción social? Algo que los humanos han hecho en algún momento de su historia y que pueden cambiarlo cuando lo consideren necesario. Sin embargo cuando se dice, por ejemplo, que el instinto maternal es una construcción social, ocurre algo completamente distinto. Habitualmente, al menos para muchísimas personas, el instinto maternal, es decir el sentimiento de amor, cuidado y cariño de las madres hacia sus hijas o hijos, se concibe como “natural”, es decir como algo que viene en la naturaleza misma de las mujeres. Esa apelación a la “naturalidad” resulta, si se acepta, no solo un expediente probatorio suficiente de su existencia, sino también un patrón para juicios morales acerca de mujeres que parecerían no poseerlo en absoluto o en medida suficiente. Por ello cuando la filósofa francesa Elizabeth Badinter, en su ya clásico libro ¿Existe el amor maternal? en el que realiza un rastreo histórico del problema, asegura que hay una enorme cantidad de casos en que el padre es más maternal que la madre o que las madres son indiferentes y hasta crueles pero, sobre todo, cuestiona la naturalidad de ese amor ubicándolo en una perspectiva historicista y social, despertó grandes polémicas. Dice Badinter:
“(…) en los documentos históricos y literarios [de los siglos XVII y XVIII] la sustancia y la calidad de las relaciones entre la madre y su hijo hemos constatado o bien indiferencia, o bien recomendaciones de frialdad, y un aparente desinterés por el bebé que acaba de nacer.”[1]
Quizá no haya una respuesta taxativa a la pregunta ¿es natural o construido socialmente el instinto maternal? Quizá, como en tantos otros casos, sea una pregunta mal formulada. Como quiera que sea, y más allá de cuál sea la mejor explicación a los vínculos entre madres/padres e hijas/os humanos, nos interesa analizar las consecuencias de este tipo de planteos y repasar algunos ejemplos. De hecho, Badinter, en clave política y a la luz de las grandes diferencias que observa entre las épocas y culturas, se pregunta otra cosa: ¿por qué se pasó de la indiferencia a la atención exhaustiva de la niñez?
Como decíamos, recurrir la naturalidad de ciertas características, además de pretender ser una descripción, implica un patrón de comparación para calificar moral e ideológicamente actos y personas por su cercanía o lejanía con la conducta considerada natural. Por el contrario, asegurar que se trata de una construcción social no solo es un intento de descripción alternativa sino también una perspectiva que impugna un orden establecido, en este caso el rol de la mujer-madre en la familia y sobre todo en su inserción social, roles en los cuales se identifica sexo y función; es decir que hay un poder performativo es decir provocador y movilizador de acciones concretas más allá del mero acto comunicativo y político, en estos puntos de vista.
Hacking[2] formaliza algunas características del construccionismo social y sus pasos. Señala que los construccionistas sociales sobre algo, en este caso “X”, tienden a sostienen que
0. En la actual situación, X se da por supuesto al punto de parecer inevitable; pero
1. No era necesario que X existiera o no es necesario en absoluto que sea como es X, o X tal como es en el momento actual no está determinado por la naturaleza de las cosas, no es inevitable.
Aunque, señala Hacking, muy a menudo van más allá y mantienen que:
2. X es bastante malo tal como es
3. Nos iría mucho mejor si X fuera eliminado, o al menos radicalmente transformado
Desde el punto de vista de la teoría, todos los construccionismos presuponen la tesis 0 y sostienen la tesis 1, pero no es indispensable sostener también 2 y 3. Sin embargo, como los construccionismos tienen también una motivación política suele suceder que las tres tesis aparezcan conjuntas. Vale decir que al primer paso de concientizar y develar, le siguen las reivindicaciones puntuales de derechos que la existencia de X habría impedido. Veamos algunos ejemplos.
La puerta del construccionismo es muy amplia, tan amplia que por ella pueden pasar algunas versiones sobre la cual la mayoría de las personas tiene una opinión muy adversa, por ejemplo el uso que por la vía negativa hacen algunos negacionismos de la idea de “construcción social”. Si contar con las actitudes psicológicas negacionistas que algunos individuos tienen sobre sí mismos, muchas veces como mecanismo de defensa, el negacionismo del que nos ocupamos aquí consiste en rechazar conceptos básicos fuertemente apoyados por evidencia y aceptados por la comunidad de especialistas[3], por ejemplo la negación del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, en la Argentina –aún después del veredicto del juicio penal llevado adelante- la negación de las atrocidades cometidas por la dictadura militar que asumió el poder en 1976, la negación del cambio climático o los movimientos antivacunas. Los puntos de vista negacionistas aseguran no solo que hay una suerte de conspiración para a acallar sus puntos de vista -distintos y minoritarios- aprovechando la empatía con las víctimas que la gente suele tener sin siquiera averiguar lo que habría ocurrido, sino –y esto es lo que interesa aquí- que el Holocausto, la historia de la dictadura militar argentina, el cambio climático o los beneficios de la vacunación son “construcciones sociales” y por ello solo un relato mistificado o erróneo que simplemente es creído pero que no respondería a los hechos. Algunas empresas han sido cuestionadas por financiar acciones negacionistas – a través de publicidad, algunas ONG u otros mecanismos de difusión- por ejemplo sobre el cambio climático, el uso de agrotóxicos o, hace algún tiempo, sobre lo perjudicial que es el tabaquismo para la salud humana.
En los últimos tiempos se han afianzado los movimientos feministas, sobre todo alrededor del problema del género. La enorme heterogeneidad de las posiciones alrededor del tema conspira contra cualquier enumeración exhaustiva y no es nuestra intención hacerla. Solo mencionemos algunas generalidades.
Un primer paso –conceptual, político e ideológico- de las luchas de organizaciones de mujeres fue introducir una categoría nueva, distinta a la noción “naturalista” de sexo: el género. Al tiempo respetaban las tres tesis señaladas más arriba en la cual “X” significa: las relaciones sociales que se apoyan en la distinción de sexos que a su vez se identifican con las funciones sociales. La idea central es que la distinción biológica de sexos no determinan ni el género ni sus atributos ni las relaciones que se puedan establecer sino que el género resulta un elemento contingente y social que se superpone a la anatomía y fisiología.
Sin embargo, sobre la base de esta impugnación fundacional, hay muchos y diversos feminismos que, en general profundizan el punto de vista. Por ejemplo Scheman (1993) sostiene una especie de funcionalismo del género, es decir que:
“La categoría de género se usa entre nosotros al servicio de fines de los que los miembros de un grupo social pueden no ser conscientes, fines que benefician a algunos y sólo a algunos miembros del grupo. La tarea es desenmascarar estos fines, desenmascarar la ideología. Cuando Scheman dice que el género es socialmente construido quiere decir, en parte, que motiva imágenes en las que se sostiene que las mujeres están sometidas esencialmente, por su propia naturaleza, a la dominación masculina”[4]
Butler[5] va más a fondo al decir que los individuos adquieren su género por lo que hacen, por sus prácticas y rechazar la idea de que el género sea algo construido que viene a superponerse sobre lo puramente biológico. De hecho sostiene que los cuerpos masculino y femenino no son algo dado sino que son parte de la vida de cada uno y de cómo se vive esa vida depende el tipo de cuerpo que se tenga. Dice Butler: “Quizá este constructo llamado “sexo” sea tan culturalmente construido como el género […] con la consecuencia de que la distinción entre sexo y género deja de ser una distinción en absoluto”[6]. Es interesante al planteo de Butler porque radicaliza la pregunta sobre lo construido para cuestionar la idea misma de que el sustrato biológico que se denomina “sexo” sea prediscursivo y algo dado. Para ella también “sexo” resulta de prácticas discursivas concretas.
Como se comprenderá, y el caso de los feminismos es un ejemplo de ello, la noción de “construcción social” no resulta clara y unívoca apenas se alza un poco la mira por encima de la tesis 1, a punto tal que la fragmentación y proliferación de los diversos feminismos se ha acelerado y radicalizado en los últimos tiempos de manera hiperbólica, diversidad que no podemos abordar aquí.
Otro ejemplo que resulta particularmente significativo en el contexto de este libro es el de “raza”. Ya hemos señalado algunas características del racismo, devenido racialismo en el siglo XIX, según palabras de Todorov. Los pensadores racistas operan en un sentido similar a los que sostienen que hay rasgos esenciales (aquí natural puede asimilarse a esencial) en el sentido de definir lo que se es. También en nuestro ejemplo anterior, el sexo ha funcionado durante siglos como características esencial o definitoria de lo que los individuos son. En ambos casos, desarmar los dispositivos discursivos e ideológicos operantes resulta más arduo en la medida en que suele haber características biológicas expuestas y claras: el sexo biológico en el primer caso y las características más o menos diferenciadas entre tipos humanos en el segundo. En el caso particular del racismo se identifican algunos rasgos con determinadas funciones y características y luego con una escala jerárquica en la cual hay razas superiores e inferiores.
Para finalizar, cabe señalar algunas semejanzas en el funcionamiento del argumento de la construcción social con el de la naturaleza humana. En ambos casos aparecen como elementos fundantes de un estado de cosas, es decir tienen una función performativa o política con los problemas ya señalados que surgen de obtener conclusiones éticas o normativas (deber ser) a partir de lo dado (ser). El estado de cosas que se puede fundamentar a través del recurso a la naturaleza humana o del construccionismo puede ser actual o deseado, de modo que su carácter conservador o revolucionario deviene tan solo de la coyuntura histórica, es decir que se trata de recursos consistentes con diversas posiciones políticas conservadoras o radicalizadas.
- Elisabeth Badinter, L’amour en plus. Histoire de l’amour maternel (XVIF – XX siécle), Flammarion, París, 1980. En castellano: ¿Existe el amor maternal? Barcelona, Paidós/Pomaire, 1981, pág. 65.↵
- Ian Hacking, The Social Construction of what? Cambridge, Harvard University Press, 1999. En castellano: ¿La construcción social de qué?, Barcelona, Paidós, 2001, pág. 26.↵
- Está claro que la comunidad de especialistas puede errar y equivocarse –la historia abunda en episodios de este tipo-, pero la ciencia mantiene siempre vigentes mecanismos de autocorrección que, más tarde o más temprano, funcionan. En cambio los negacionismos suelen tener posiciones dogmáticas. ↵
- Ian Hacking, ob. cit., pág. 29.↵
- Judith Butler, Gender trouble: feminism and the subversion of identity, Nueva York, Routledge, 1990.↵
- Judith Butler, ob. cit., pág. 7.↵






