“[…] dar educación a las clases
trabajadoras pobres […]
se demostraría en efecto perjudicial
para su moral y su felicidad.
Les enseñaría a despreciar
su lugar en la vida,
en lugar de convertirlos
en buenos braceros agrícolas
o hacerles ocupar cualquier
otro industrioso empleo
al que su nivel social
los ha destinado […]
les capacitaría para leer panfletos sediciosos […]
les volvería insolentes con sus superiores”
(H. Spencer, Social Statics)
Diversidad y desigualdad son conceptos que refieren a procesos y campos distintos. El concepto de diversidad se aplica al mundo biológico, no solo para hablar de las distintas especies, sino también –y es lo que nos interesa en este libro- para referir a que los seres humanos (y todos los demás seres vivos) son distintos, tienen distintas habilidades, características; incluso los gemelos tienen distintos trayectos de vida aunque sus genomas sean casi idénticos. Desigualdad, por su parte, se aplica a las condiciones sociales, económicas, las oportunidades de acceso a la educación, la salud, la vivienda, etc. Está claro entonces que la diversidad es un problema biológico y la desigualdad un problema político. Así lo entendió la ONU y luego de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, la UNESCO se pronunció claramente en 1952: “la igualdad de oportunidades y la igualdad ante las leyes, al igual que los principios éticos, no reposan en manera alguna sobre el supuesto de que los seres humanos están de hecho igualmente dotados”. Pero, sin embargo, buena parte del desarrollo de las ciencias biológicas y sociales desde principios del siglo XIX se dio bajo el paradigma de justificar la desigualdad a partir de la diversidad.
El mundo antiguo explicaba con cierta facilidad la cuestión de la desigualdad social: los humanos son desiguales por naturaleza y eso se reflejaba en la estructura, funcionamiento y jerarquías de la sociedad. Para el pensamiento clásico (por ejemplo el mito de los metales de Platón o los lugares naturales de Aristóteles, por citar dos filósofos conspicuos sobre los que volveremos en el Capítulo 6), la desigualdad social no era más que el correlato de una desigualdad de otro orden que debía buscarse en la misma naturaleza humana, filosófica o racionalmente detectada. En la Modernidad el panorama se complica un poco. Luego de un largo proceso, a partir del contractualismo iusnaturalista del siglo XVII primero al que se agregan otras vertientes del pensamiento político después, la consolidación del modo de producción capitalista, los Estados nacionales y las revoluciones modernas (la Revolución Gloriosa en Inglaterra de 1688, la independencia norteamericana en 1776 y la Revolución Francesa en 1789), la igualdad por naturaleza de los humanos y los derechos individuales, quedarán instalados en el mundo occidental, al menos parcial y formalmente. Huelga aclarar que la igualdad real y material, más allá de algunos importantes logros en los derechos políticos y, más recientemente, en la fuerte reivindicación de los derechos de las minorías, no solo es algo que no se ha logrado sino que más bien estamos en un proceso regresivo en el cual cada vez hay mayor concentración de la riqueza en manos de pocas personas. Pero, como quiera que sea, el tópico filosófico de la igualdad por naturaleza y la igualdad ante la ley se instaló con fuerza. ¿Cómo justificar entonces la desigualdad de hecho, la esclavitud, el colonialismo, el rol secundario de la mujer, la desigualdad de derechos, etc.? En ese contexto, el discurso sobre la desigualdad se desplaza a la órbita de las ciencias biomédicas y la desigualdad social se explicará como el correlato de la diversidad biológica[1] inaugurando lo que se ha denominado “determinismo biológico”. Este será el tema del presente capítulo, comenzaremos por las condiciones que, en el siglo XIX, posibilitaron su surgimiento y luego abordaremos algunos ejemplos.
El contexto en el siglo XIX
Superiores e inferiores: racialismo y jerarquías humanas
Si bien las consideraciones racistas como rasgo cultural de desconfianza o temor hacia el otro o el extraño son, probablemente, tan antiguas como la humanidad, en el siglo XIX se cristaliza un abordaje distinto, consistente en buscar sustento científico para las diferencias y jerarquías entre las razas. Para dar cuenta de esta nueva perspectiva consistente en legitimar las diferencias raciales a partir de las ciencias T. Todorov[2] acuñó el término “racialismo”[3]. La mentalidad racialista, aunque con diferencia de matices a veces significativos, ha marcado el siglo XIX y primeras décadas del XX en casi todos los ámbitos académicos, científicos y políticos. Era casi un lugar común para toda literatura científica señalar que había razas inferiores (negros, polinesios y asiáticos) y razas superiores. Una mezcla de rasgos craneométricos, prejuicios culturales y consideraciones sociológicas pretendía sancionar tal jerarquía. Las consecuencias se han sentido hasta no hace mucho y en algunos casos aún se mantienen. Recuérdese el apartheid sudafricano que se mantuvo hasta 1992 o ese otro apartheid no declarado que funcionó en los EEUU hasta 1970 aproximadamente, por el cual los negros no tenían acceso a lugares exclusivos para blancos (incluido el transporte público, por ejemplo). En ambos casos tuvo que mediar mucho derramamiento de sangre para terminar con esas prácticas. Pero todo eso tiene una historia.
En 1684 F. Bernier (1625-1688) estableció una clasificación de cinco razas humanas: blanca, negra, amarilla, lapona y negros de El Cabo o bosquimanos. Karl von Linne (1707-1788) en su gran clasificación de todo lo existente diferenció entre homo americanus, europaeus, asiaticus y afer (a las que añadía una hipotética raza sylvestris y una monstruosa portadora de anomalías). La lista de autores se fue engrosando y la convicción no solo de que las razas son diferentes sino de que hay superiores e inferiores se instaló por siglos.
El conde Joseph Arthur de Gobineau (1816-1882), uno de los máximos exponentes del racialismo decimonónico a partir de su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (publicado en 1853-55), expone una historia universal basada en las características de las razas humanas: la negroide, la amarilla y la blanca, exaltando las virtudes de esta última como mejor exponente de los valores humanos (energía, inteligencia, amor a la vida, capacidad creadora y especulativa). Según Gobineau la mezcla de razas perjudica a la humanidad, ya que, si bien es cierto que las razas inferiores se benefician de su mestizaje con las razas superiores, éstas pierden en el cruzamiento más de lo que aquéllas ganan, de manera que el balance es negativo. Se trata de un pensador imbuido de una mentalidad romántica, aristocratizante y colonialista, y considera que la historia es el fruto de la hegemonía de las razas superiores, por lo que debe mantenerse la pureza de la sangre a toda costa para evitar la degeneración de la Humanidad.
En un texto de gran influencia hacia fines del siglo XIX (Les lois psychologiques de l’evolution des peuples, publicado en 1894), G. Le Bon (1841-1931) exponía las razones por las cuales era imposible que un pueblo inferior adoptara una civilización superior, de modo tal que la “inevitable anarquía de las repúblicas hispanoamericanas” era explicada por su propia composición racial. El médico argentino L. Ayarragaray (1861-1944) sostenía en la misma línea que las deficiencias políticas de la Argentina eran debidas a la constitución hereditaria, y debían ser tratadas como un problema de psicología biológica. Pensaba que la composición racial del país dificultaba la adopción de las instituciones políticas de los países más avanzados de Occidente, dadas las propensiones degenerativas de la población, siendo la inmigración europea la única esperanza de mejora. De hecho la necesidad de atraer la población europea, sobre todo la anglosajona, era una de las propuestas alberdianas, cuyo lema “gobernar es poblar” se convirtió en consigna hacia la segunda mitad del siglo XIX en la Argentina.
En Las conquistas de la higiene social, publicado en 1910, Augusto Bunge (1887-1948), rescata las imágenes brutales, despectivas y decadentes provistas por la literatura de H. G. Wells (1866-1946) en la cual se observan:
“[…] en las capas sociales superiores, el corrillo cínico y desdeñoso de una pequeña minoría de déspotas; y abajo, en los pisos inferiores […], el hormiguero de una humanidad inferior irremediablemente proletarizada […]. Hombres bestializados, de pequeños cráneos y salientes quijadas, de bocas casi simiescas y enormes puños prontos a golpear, sin más ideas que la fuerza y habilidad físicas, ni otra aspiración que satisfacer los instintos primordiales”[4]
Sobre este marco común racialista se instala la eugenesia según la consideración de que hay grupos humanos que deben ser favorecidos porque son superiores o mejores y, como complemento, evitar la decadencia de la especie/raza producto de la conmiseración y protección que algunas sociedades brindan a esos grupos inferiores que, además se reproducen en mayor cantidad. Sin embargo, conviene hacer algunas consideraciones importantes.
El discurso racialista resulta el marco conceptual sobre la superioridad- inferioridad en el cual se inscriben otras escalas de menor alcance. Por ello, parece más acertado ubicar el pensamiento del siglo XIX en este aspecto en una dialéctica de superioridad-inferioridad, es decir estableciendo jerarquías entre seres humanos. En efecto, aunque resulta un lugar común señalar la superioridad de la raza blanca (y la inferioridad de negros, indios y orientales), también es bastante corriente encontrar distinciones entre superiores e inferiores asociadas a diferencias de clase social, grupos o directamente nacionalidades, como gitanos, rusos judíos, hindúes y otros. Al mismo tiempo, dentro de la literatura eugenésica, se señala la existencia de grupos inferiores como delincuentes, prostitutas, alcohólicos, deficientes mentales, enfermos en general (epilépticos, locos, sifilíticos, tuberculosos, etc.), agitadores políticos, ácratas (es decir anarquistas), maximalistas (o bolcheviques). La detección y la intervención sobre estos grupos permitirían revertir la decadencia. Pero no sólo se reproduce el clásico cuadro estático de las razas superiores e inferiores sino que también incorpora, en clave evolucionista (predarwiniana), la idea según la cual la historia natural del hombre en cuanto especie biológica también habría producido la historia cultural de los hombres de modo tal que esa clasificación de las razas reproducía también los misterios del proceso civilizador al explicar por qué algunas sociedades habrían realizado esa marcha hacia adelante más rápidamente y mejor que otras (véase Hermann, 1997). Este segundo aspecto, generalmente olvidado en la actualidad complementa el concepto de inferioridad considerada meramente de un modo tipológico y estático.
Aunque la forma más típica de distinguir entre razas es anatómica, es posible encontrar en la literatura eugenésica otras formas complementarias y aun contradictorias de hacerlo: a veces se incluían factores biológicos, otras geográficos, climáticos, históricos y culturales, a veces se confundía raza con nacionalidad, o se consideraba como un todo a la suma de características biológicas y culturales. En este sentido puede encontrarse abundante literatura eugenésica en la cual el concepto de raza casi puede equipararse al de población, sobre todo en aquellos que, adoptando el discurso eugenista, tienen posiciones más blandas referidas tan sólo a la erradicación de algunas enfermedades.
Un punto importante es el rol que cumplieron las políticas de control de la inmigración de muchos países. Desde las primeras décadas del siglo XIX hasta mediados del XX masivas corrientes migratorias salieron desde Europa hacia distintos países (sobre todo EEUU, Argentina, Australia y algunos países balcánicos) en dos momentos bien diferenciados. El primero, con algunas variaciones, se extendió durante la primera mitad del siglo XIX y en algunos países como la Argentina y EE.UU. bastante más, y es el periodo en el que se desarrollan políticas para favorecer la inmigración por distintos medios de promoción. En un segundo momento se comienza a limitarla, no tanto por cantidad, sino por la calidad y los eugenistas comienzan a abogar por establecer prohibiciones de entrada para determinados grupos, razas o individuos. Una constante es la identificación del inmigrante como un delincuente (sobre la correlación más básica: raza- crimen) lo que incluía la criminalización de las luchas obreras, principalmente sobre los anarquistas. Sin embargo, en la construcción del discurso racialista hay que diferenciar entre entre los países expulsores de los receptores de población. En los primeros se invoca la “pureza de la raza original” (la “raza aria” en Alemania, la “raza latina” en Italia por ejemplo), que sería la causa de ese pasado mítico y glorioso que habría que recuperar evitando las cruzas y purificando la raza. En los segundos hay que hacer otra subdivisión. Por un lado los que, en general, habían exterminado a los pueblos originarios, y entonces utilizaban el otro argumento racialista consistente en determinar cuál sería la mejor mezcla de razas exóticas para conformar la raza local. La imagen de la Argentina como un crisol de razas refleja esto. Por otro lado, en los países que tenían una proporción importante de población descendiente de los pueblos originarios (como por ejemplo, Perú, México o Bolivia), se establecía un debate entre ambos argumentos: el discurso sobre la inmigración deseable que debía suplantar a la población original, y el otro que, al igual que los países expulsores de población, pretendía el rescate de un pasado glorioso perdido cuya vuelta dependería de la recuperación de la pureza de la raza.
Un siglo evolucionista
El siglo XIX fue un siglo evolucionista: la metáfora[5] de la evolución fue el marco de comprensión de los fenómenos naturales y sociales. Sin embargo, la idea de “evolución” es sumamente compleja en sí misma y refiere, entonces, tanto al cambio social e histórico como a la evolución biológica. Probablemente, dado que el primer aspecto ha caído en el olvido y el descrédito en el campo de las ciencias sociales y solo queda en pie la evolución biológica, se caiga en el error de comenzar a desenredar el ovillo conceptual desde el análisis del darwinismo, cuando habría que partir del análisis de la complejidad de la idea de evolución, sobre todo porque entre las distintas formas de entenderla hay tensiones y diferencias, cuando no contradicciones.
Es bastante corriente el error de suponer que el evolucionismo social decimonónico era simplemente la adaptación de las ideas del evolucionismo biológico, especialmente de Darwin, al estudio de las instituciones sociales y al decurso de las culturas. Sin embargo, las obras principales que contribuyeron a consolidar la idea del evolucionismo social son anteriores a la publicación de la teoría de Darwin en 1859, y algunas obras que aparecieron poco después, claramente no abrevan en la evolución biológica y son resultado de estudios anteriores e independientes. Más allá de esto, la cuestión de fondo atañe a la complejidad de la metáfora evolucionista en los distintos campos y abordajes.
El sentido de evolución ligado a la premisa del progreso – estigma de la modernidad-, cobra en el siglo XIX una fuerza inusitada y omnipresente y se transforma en una de las grandes metáforas articuladoras de la realidad social. Autores clásicos como G.H. Hegel (1770-1831), A. Comte (1798-1857) y K. Marx (1818-1883) (a quienes pertenecen respectivamente los párrafos que siguen), por señalar a los más importantes, se expresan inequívocamente en un sentido evolucionista.
“El principio de desarrollo supone también la existencia de un germen latente del ser- una capacidad o potencialidad- que lucha por realizarse. Esta concepción formal encuentra existencia efectiva en el espíritu, que tiene la historia del mundo como teatro propia, posesión privativa y esfera de su realización. No es propio de su naturaleza el agitarse de aquí para allá entre el juego superficial de accidentes, sino que es propiamente el árbitro absoluto de las cosas, completamente inconmovible a las contingencias que, por cierto, aplica y manipula para sus propios fines.”[6]
“El verdadero espíritu general de la dinámica social consiste, pues, en concebir cada uno de los estados sociales como resultado necesario del precedente, y el móvil indispensable del siguiente, de conformidad con el axioma de Leibniz: el presente está preñado de futuro. En este aspecto, el objeto de la ciencia es descubrir las leyes que gobiernan esta continuidad.”[7]
“Ningún orden social desaparece antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que puede albergar, y las nuevas y superiores relaciones de producción jamás aparecen antes de que las condiciones materiales de su existencia hayan madurado en el seno de la vieja sociedad.”[8]
Sea como el desarrollo de la razón hegeliano, como el pasaje por los tres estadios (religioso, metafísico y positivo) segun Comte, sea como la lucha de clases a través de distintos modos de producción donde subsisten explotadores y explotados en el marxismo, la metáfora evolucionista aparece por detrás de distintas ramas del saber y no solo en teorías estrictamente filosóficas o sociológicas que estudian la estructura y funcionamiento de la sociedad contemporánea, sino también en los abordajes de las culturas pasadas, y sobre todo para explicar la relación contemporánea entre las distintas culturas. El antropólogo L. W. Morgan (1818-1881) formuló una teoría de la evolución social que subrayaba la importancia de los factores tecnológicos en la sociedad y sus cambios. Creía en la existencia de etapas evolutivas definidas, por las que han de pasar todas las culturas. Sostenía que la humanidad había pasado por periodos similares porque las necesidades humanas en circunstancias análogas han sido las mismas, así como el funcionamiento de la mente es uniforme a través de las diferentes sociedades humanas. Ha tenido gran influencia su periodización del avance cultural en tres etapas: salvajismo, barbarie y civilización. Decía:
“Cuando es innegable que una parte de la familia humana ha existido en un estado de salvajismo, otra parte, en un estado de barbarie y todavía otra en un estado de civilización, parece igualmente que estas tres condiciones distintas están conectadas entre sí en una secuencia de progreso tan natural como necesaria. Es más, esta secuencia ha sido históricamente confirmada con respecto a toda la familia humana, hasta la categoría alcanzada por cada rama, respectivamente, se hace probable por las condiciones en las que se manifiesta todo el proceso, y por el avance conocido de diversas ramas de la familia a través de dos o más de estas condiciones”[9]
En el mismo sentido se expresaba otro antropólogo evolucionista, E. Tylor (1832-1917):
“[…] la tesis que me atrevo a defender- dentro de unos límites- es simplemente esta: que el estado salvaje representa en cierta medida una condición primitiva de la humanidad, de la que se ha desarrollado o evolucionado gradualmente la cultura superior, mediante procesos que siguen funcionando regularmente lo mismo que antaño […] Que la tendencia de la cultura ha sido similar a lo largo de la existencia de la sociedad humana, y que podemos juzgar justamente con base en su curso histórico conocido cuál puede haber sido su curso prehistórico, es una teoría que goza claramente de derecho de prioridad como principio fundamental de la investigación etnográfica.” [10]
Pero el nombre más asociado a la utilización del evolucionismo como modelo explicativo general de las sociedades, es el de Herbert Spencer (1820-1903), un pensador un tanto olvidado hoy, pero de enorme influencia en la segunda mitad del siglo XIX. Aseguraba que la sociología llegaría a ser ciencia únicamente cuando advirtiera que las transformaciones experimentadas durante el crecimiento, la madurez y la decadencia de una sociedad siguen los mismos principios que las transformaciones experimentadas por agregados de todos los órdenes, inorgánicos y orgánicos. También formuló una metáfora organicista de la sociedad pues entre organismos biológicos y sociales habría, sostenía, profundas analogías. Primero, tanto la sociedad como los organismos se diferencian de la materia inorgánica por un crecimiento visible durante la mayor parte de su existencia. Un niño crece hasta llegar a ser hombre, una pequeña comunidad se convierte en una gran ciudad, un pequeño Estado se convierte en un imperio. Segundo, así como las sociedades y los organismos crecen de tamaño, también aumentan en complejidad y estructura. Aquí Spencer tenía presente, no tanto la comparación del desarrollo de una sociedad con el crecimiento de un organismo individual, sino la afinidad del desarrollo social con una sucesión evolutiva de la vida orgánica. Los organismos primitivos son simples, mientras que los organismos superiores son muy complejos. Tercero, en las sociedades y en los organismos la diferenciación progresiva de estructura va acompañada de una diferenciación progresiva de funciones. Cuarto, la evolución crea para las sociedades y para los organismos diferencias de estructura y de función que se hacen posibles unas a otras. Quinto, así como un organismo vivo puede ser considerado como una nación de unidades que viven individualmente, así una nación de seres humanos puede ser considerada como un organismo. Debe notarse que, aunque Spencer participaba del clima evolucionista ya mencionado, su “evolucionismo” biológico es predarwiniano.
En un texto titulado The Principles of Psychology y Social Statics, define, algo crípticamente, su ley de la evolución:
“La evolución es una integración de la materia y una disipación concomitante de movimiento, durante las cuales la materia pasa de la homogeneidad indefinida e incoherente a una heterogeneidad definida y coherente, y el movimiento que subsiste sufre una transformación paralela.”
Básicamente expresa la tendencia de lo homogéneo o uniforme a hacerse heterogéneo o multiforme, considerando que se trata de una tendencia necesaria del universo en su conjunto y en todos sus sistemas, incluyendo desde los sistemas celestes hasta los organismos y las sociedades.
Ahora bien, más allá de la heterogeneidad de detalles, autores y áreas disciplinares que han echado mano de la metáfora evolucionista para explicar el funcionamiento de las sociedades humanas, algunos rasgos constantes subyacen a todos ellos:
1. El cambio es direccional y se da en una secuencia determinada, aunque, obviamente, ninguno de los autores evolucionistas establece plazos para esos cambios. Nisbet[11] sostiene que se puede definir el cambio en este sentido evolucionista como “una sucesión de diferencias en el tiempo dentro de una identidad persistente”. Ni la mera sucesión de diferencias o el mero paso del tiempo, ni mucho menos la persistencia podrían caracterizar la evolución social, pero sí los tres aspectos en conjunto. Por ello mismo,
2. Se identifican las etapas o periodos que se postulan a priori como indicadores de esa misma evolución. Pero esta sucesión no es un mero agregado o mero cambio sino que cada etapa contiene elementos que explican las características y la aparición misma de etapas posteriores. Para estos autores (herederos de la Ilustración, etnocentristas y modernos, al fin de cuentas) cada etapa incluye y supera a la anterior en una línea claramente progresiva,. Las posibilidades de decadencia o degeneración, es decir de una inversión o estancamiento del proceso, son contemplados como posibilidad, pero siempre resultan una ruptura del orden de lo real y un peligro contra el que hay que luchar. Los alertas sobre la decadencia, el estancamiento y la degeneración son frecuentemente utilizados como banderas políticas.
3. El cambio obedece a leyes naturales y, en ese sentido es inmanente. Es decir que no hay ninguna invocación a agentes trascendentes o, al menos, transita todo por una explicación secularizada. Ello explicaría no sólo los cambios progresivos sino también la acción humana para que determinados sucesos interrumpan o lentifiquen los procesos.
4. El cambio es continuo, no en el sentido de omnipresente o constante, sino como una gradación de pasos dentro de una serie única en un orden genealógico y no meramente estructural o taxonómico.
La teoría darwiniana de la evolución
La biología tuvo un desarrollo impactante en el siglo XIX. Mencionaremos aquí solo tres hitos fundamentales. En primer lugar la aparición, en 1859, de On the Origin of Species by Means of Natural Selection or the Preservation of Favored Races in the Struggle for Life, una de las dos más grandes obras de Ch. Darwin (1809-1882). La teoría de la evolución de Darwin marcó no solo una revolución científica fundamental sino también una revolución cultural, seguramente la más importante producida de la mano de una teoría científica. Más de un siglo después, uno de los grandes biólogos del siglo XX escribió un artículo titulado: “Nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución”[12]. Luego, los aportes de la genética (clásica o mendeliana, de poblaciones y molecular), el neodarwinismo y la teoría sintética fueron modificando pero a la vez reforzando la propuesta inicial darwiniana.
Pero, como se adelantó, el evolucionismo darwiniano desató una revolución cultural al romper con la imagen tradicional que el hombre tenía de sí mismo, según una antigua tradición antropológica que, por otra parte era dominante en la cosmovisión cristiana. El darwinismo significaba, después de todo, el abandono de explicaciones sobrenaturales sobre la irrupción del hombre –y de todas las especies- sobre la tierra. En este sentido valoraba S. Freud el programa darwiniano:
“En el curso de los tiempos la humanidad ha debido soportar de parte de la ciencia dos grandes afrentas a su ingenuo amor propio. La primera, cuando se enteró que nuestra Tierra no era el centro del universo sino una ínfima partícula dentro de un sistema cósmico apenas imaginable en su grandeza. Para nosotros esta afrenta se asocia al nombre de Copérnico, aunque ya la ciencia alejandrina había proclamado algo semejante. La segunda, cuando la investigación biológica redujo a la nada el supuesto privilegio que se había conferido al hombre en la Creación, demostrando que provenía del reino animal y poseía una inderogable naturaleza animal. Esta subversión se ha consumado en nuestros días bajo la influencia de Darwin, Wallace y sus predecesores, no sin la más encarnizada renuencia de los contemporáneos. Una tercera y más sensible afrenta, empero, está destinada a experimentar hoy la manía humana de grandeza por obra de la investigación psicológica; ésta pretende demostrarle al yo que ni siquiera es el amo en su propia casa, sino que depende de unas mezquinas noticias sobre lo que ocurre inconscientemente en su alma”.
Las palabras de Sigmund Freud (1856-1939), sin embargo, son algo exageradas. En primer lugar que la llamada “revolución copernicana” no fue, contemporáneamente, más que una revolución de especialistas a la que una reconstrucción posterior fue magnificando; en segundo lugar el ego de Freud no le permitió ser más modesto y reconocerse tan solo como alguien que aportó elementos valiosos a la psicología moderna. La gran revolución cultural es, seguramente, la evolucionista porque dice algo radicalmente revulsivo sobre la autocomprensión humana: la existencia misma de la Humanidad no es más que un evento aleatorio en la historia de la vida en el planeta Tierra. Volveremos sobre esto más abajo.
Ahora bien, la teoría darwiniana de la evolución biológica difiere sustancialmente de la evolución social más allá de compartir algunos aspectos generales como el cambio, y el carácter natural e inmanente de los procesos. La matriz evolucionista darwiniana elimina –al menos en principio- la idea de progreso, direccionalidad y pasos predeterminados en el desarrollo del mundo natural.
Una buena manera de entender esta diferencia surge de la reticencia inicial de Darwin por el uso de la palabra “evolución” (evolution) para designar al cambio orgánico. En cambio, designaba al proceso evolutivo como “descendencia con modificación” y el término “evolution” no aparece en las cinco primeras ediciones de El Origen, sino recién en la sexta y definitiva, cuando el sentido que tiene en su teoría ya había sido suficientemente difundido y aclarado. Estas precauciones se relacionaban con otros usos y acepciones corrientes del término. El ya mencionado evolucionismo general o social, pero también el uso en la embriología a partir de Albrecht von Haller (1708-1777) que mantenía las connotaciones del evolucionismo general. Haller hacía referencia a los cambios que se producen en el embrión en su desarrollo, según una secuencia fija y en tiempos perfectamente predeterminados, proceso con claras similitudes con la evolución social pero bastante diferente al de la evolución de las especies en la teoría darwiniana, en la cual evolución es la adaptación a ambientes cambiantes, no progreso.
A mediados del siglo XIX el pensamiento evolucionista resultaba paradigmático para comprender y explicar la historia y las culturas humanas, aunque solo había algunos tibios e incipientes antecedentes en biología, como el de Erasmus Darwin (1731-1802), abuelo de Charles; las obras de Buffon (1707-1788) y, sin dudas la más importante, la de Lamarck (1744-1829) publicada en 1809. Con todo, no se trataba más que de intuiciones o especulaciones (algo menos la de Lamarck) y prevalecía la explicación fijista (no evolucionista) acerca de la diversidad y el origen de lo viviente según la cual dios habría creado a las especies tal cual son en la actualidad. No es extraño. Es la más razonable desde el sentido común por razones que surgen de la experiencia cotidiana: la armonía, organización y estabilidad del mundo viviente con sus infinitas, exquisitas y sutiles formas de adaptación de los seres vivos en su entorno; la repetición permanente del ciclo en que los seres vivientes dan lugar a otros seres vivientes semejantes de generación en generación, al menos en términos del registro histórico humano que apenas recoge los últimos cuatro o cinco mil años, un instante en términos evolutivos. En este sentido, el fijismo decimonónico sostenía la invariabilidad de las especies y la independencia entre ellas. No era posible que de una especie pudieran surgir otras. Se concebía las especies de un modo tipológico o esencialista, es decir como un tipo ideal o esencial y las diferencias entre los individuos concretos como desviaciones menores y secundarias sobre el tipo común. Además, las teorías científicas fijistas eran compatibles con el pensamiento religioso estándar porque independencia e invariabilidad de las especies implican, a su vez, aceptar su aparición como un acto de creación especial. Fijismo implica creacionismo (aunque no a la inversa). Se trata del conocido y antiguo argumento del diseño, retomado por el teólogo William Paley (1743-1805), en Teología natural, publicado medio siglo antes que El Origen. Argumenta Paley que si nos encontráramos con un sistema complejo, por ejemplo un reloj tirado en el desierto, deberíamos suponer que o bien siempre estuvo allí –cosa inverosímil- o bien que fue concebido y construido intencionalmente por un relojero, es decir un creador inteligente. Del mismo modo, si se piensa en organismos evolucionados y complejos habría que concluir que un dios creador e inteligente los habría concebido y creado. Es, con algunos retoques secundarios, el mismo argumento que hoy defienden los nuevos creacionistas que hablan de la teoría del diseño inteligente, sobre la que más adelante volveremos. La teoría de Darwin viene a romper con el fijismo-creacionismo fuertemente instalado y a superar otras propuestas evolucionistas anteriores.
Las hipótesis centrales que definen la teoría de Darwin son dos: el origen común de los seres vivientes y la selección natural. Para Darwin afirmar que las especies evolucionan no significa tan sólo que cambian, sino también que las especies actuales derivan de otras antecesoras, algunas de las cuales (la mayoría) han desaparecido, hasta llegar quizá, si se retrocediera lo suficiente en el tiempo, a un único antepasado común para todos los seres vivos. Todas las formas vivientes tienen, según este modo de ver, un origen común. Dice en la Conclusión de El Origen:
“[…] los animales descienden, a lo sumo, de cuatro o cinco antepasados, y las plantas de un número igual o inferior. La analogía puede llevarme un paso más allá, es decir que todos los animales y las plantas descienden de algún prototipo […]”[13]
Se puede entender la idea del origen común, apelando a la metáfora del árbol de la vida. Imagínese un árbol frondoso en el cual cada ramita que llega hasta la parte más alta del árbol constituye una especie actual; las ramitas y ramas que no llegan hasta la parte más alta del árbol son especies y grupos de especies extinguidos. Si se desciende por el árbol (ese es el trabajo de los paleontólogos) se va hacia atrás en el tiempo, y la porción del tronco que se encuentra a ras del suelo representa el momento del origen de la vida (este árbol metafórico no tiene raíces, o en todo caso, las raíces son los elementos inanimados que componen los seres vivos). Cualquier rama se relaciona con otra a través de una rama de nivel inferior. En los casos de ramas que se encuentran muy próximas hay que ir muy poco hacia abajo (hacia atrás en el tiempo) para encontrar la rama que las conecta, es decir la especie que es el ancestro común, mientras que para aquellas ramas que se encuentran más alejadas hay que ir mucho más abajo (mucho más atrás en el tiempo) para encontrarlo. Y en los casos más extremos habrá que ir probablemente hasta el principio del tronco, al ancestro común de todos los seres vivientes. Concretamente, puede decirse que cualquier par de especies tiene un ancestro común si se va hacia atrás en el tiempo lo suficiente.
El padre de la taxonomía, el ya mencionado Karl von Linné había publicado en 1735 Systematica naturae, con un sistema de clasificación de los seres. Inicialmente firme defensor del fijismo y de la constancia de las especies, Linné fue, no obstante, fundamental para el desarrollo de las ideas evolucionistas, ya que la ordenación de los seres vivos puso de manifiesto sus semejanzas y diferencias y si bien ese árbol linneano reconstruía el orden continuo y sin saltos de la naturaleza, supuestamente pensado por dios, dejaba abierta la pregunta clave: el parecido entre especies diferentes –incluso entre algunas muy diferentes en otros respectos- ¿no inclina a pensar que habría algún parentesco de origen entre ellas? El árbol de la vida darwiniano, justamente, no representa tan sólo el orden de lo viviente conforme a criterios de semejanza, sino que se lo debe leer genealógicamente; es decir no como la fotografía de lo que dios imaginó al momento de la creación sino la forma en que, a través del tiempo unas especies fueron derivando de otras. Siguiendo con la metáfora, debe decirse que se trata de una explicación algo simplificada y hoy se discute si la historia de la vida en la Tierra puede graficarse con un magnífico e imponente árbol o, más bien, con un frondoso arbusto de múltiples ramificaciones, pero esto no lo discutiremos aquí.
Una vez que se ha planteado que las especies evolucionan, la pregunta que surge inmediatamente es ¿cuál es el mecanismo por el cual lo hacen y surgen nuevas especies? Para Darwin, el mecanismo principal (aunque no el único, pues también agregó la selección sexual), es la selección natural o “supervivencia de los más aptos” definida como “la conservación de las diferencias y variaciones individuales beneficiosas y la destrucción de las que no lo son”. El concepto de selección natural involucra cuatro elementos: la descendencia con variación, la diferencia entre tasa de reproducción y tasa de supervivencia, la lucha por la supervivencia y la herencia de los caracteres ventajosos.
Descendencia con variación: Los individuos de una misma especie no son exactamente iguales entre sí; de hecho las crías en cada generación no son exactamente iguales que sus progenitores. Se trata de una elemental constatación empírica, pero mientras que para los fijistas era irrelevante la variación individual, para Darwin resulta fundamental porque es la clave para que haya evolución.
Tasa de reproducción y lucha por la supervivencia: Todas las especies se reproducen a una tasa que siempre excede la capacidad del medio para mantenerlos. De hecho, cualquier especie que se tome en la naturaleza, si sobreviviera toda la descendencia que puede dejar y no hubiera una gran cantidad de individuos que muriera prematuramente, rápidamente invadiría el planeta no dejando lugar para ninguna otra. Por ello hay una proporción variable de esa descendencia que sucumbe antes de llegar a ser adulta (y poder reproducirse) en una lucha por la supervivencia. Darwin aplica al mundo biológico ideas tomadas del economista Robert Malthus (1766-1834), quien en su Ensayo sobre el principio de la población (publicado en 1798), dice “[…] que la población, si no se pone obstáculos a su crecimiento, aumenta en progresión geométrica, en tanto que los alimentos necesarios al hombre lo hacen en progresión aritmética”. Esta diferencia de crecimiento entre el alimento disponible y los comensales origina según Malthus una competencia por hacerse un lugar en la empobrecida mesa.
Herencia de los caracteres: El éxito en esta “lucha” le dará a los que lo logren una mayor capacidad reproductiva, es decir que tendrán descendencia y, en ocasiones más descendencia, con la consecuencia de que los caracteres distintivos (y ventajosos) de los padres, probablemente, prevalecerán en una mayor cantidad de individuos en la nueva generación. Para que haya consecuencias evolutivas, es necesario, de hecho, que los caracteres en juego sean hereditarios.
Es necesario ahora hacer algunas precisiones. La selección natural actúa sobre los individuos, pero no tiene sentido alguno decir que los individuos, como tales, evolucionan. La evolución es el cambio que se produce en la constitución promedio de una población de individuos a medida que se suceden las generaciones. Los individuos sólo sobreviven y se reproducen transmitiendo sus características, o bien mueren antes; las especies o poblaciones evolucionan. La selección natural es un proceso en el cual ciertas condiciones ambientales o del entorno provocarán la muerte o la incapacidad de dejar descendencia de aquellos individuos cuyas características no resulten favorables. Como resultado de este mecanismo la constitución media de la población de organismos va a ir cambiando de modo tal que las formas con variaciones menos favorables se irán haciendo cada vez más escasas, y aumentará la cantidad de los que tengan características que resulten favorables.
La condición de “más apto” –que en ocasiones se ha identificado ideológica y erróneamente con “supervivencia del más fuerte”- siempre es relativa al medio, y no sólo variará de especie a especie, sino también en los distintos momentos, de modo tal que lo que en un momento resultó una característica ventajosa puede representar lo contrario en un contexto diferente. En ocasiones ser más apto significa ser más rápido, por ejemplo para escapar de los predadores; en otras necesitar menos alimento, por ejemplo en épocas de escasez; pero también puede ser tener un repertorio de conductas más flexible; ser mariposa clara u oscura según la época; ser bacteria resistente al antibiótico A o B según las circunstancias. Para que estas características operen evolutivamente tienen que ser puestas en juego en una condición ambiental dada y representar una ventaja que algunos individuos posean y otros no; es decir que tiene que haber presión selectiva, de lo contrario solo serán variaciones y capacidades irrelevantes evolutivamente.
Según Darwin, las nuevas variedades, y eventualmente las nuevas especies, tienen su origen en la supervivencia de las pequeñas variaciones acumuladas a lo largo de las generaciones. Defendió con mucha fuerza la hipótesis según la cual el proceso evolutivo se desarrollaba en forma gradual, pero este gradualismo le trajo no pocos problemas, ya que esta nueva relación cambio-tiempo que surgía de los mecanismos evolutivos debía ser compatible con las estimaciones sobre la antigüedad de la Tierra y la estrategia evolucionista debía llevar a probar que la Tierra poseía una antigüedad mucho mayor que la estimada en ese momento. Si bien la creencia en un planeta joven se fue desmoronando a partir de los trabajos paleontológicos y geológicos, a mediados del siglo XIX los científicos no poseían técnicas de datación fiables y precisas[14]. El gradualismo de Darwin estaba en línea con la nueva teoría geológica de Lyell, según la cual la Tierra tenía millones de años, lo cual resultaba indispensable para pensar la evolución, pero además, sostenía que las características geológicas del planeta son el producto de la lenta y continua acción de causas uniformes y no de unos pocos, esporádicos y extraordinarios cataclismos.
Resumiendo, puede decirse que la diversidad de especies a partir de un origen común resulta de la supervivencia y acumulación de variaciones individuales azarosas. El azar no se refiere a que el cambio es caprichoso, sino a que esas variaciones no están relacionadas con los cambios en el ambiente; de hecho las especies pueden extinguirse si esos cambios son muy grandes y no nacen individuos con características que les permitan sobrevivir. No sólo la conformación, sino también la existencia misma de cualquier especie, entonces, no es más que el resultado aleatorio de esta combinación de fuerzas naturales. La inquietante consecuencia, que Darwin no trata en El Origen, pero sí lo hace en El Origen del Hombre (The descent of man, and selection in relation to sex) de 1871 es que el homo sapiens no sólo proviene de ancestros no humanos, sino que la propia existencia de la Humanidad es aleatoria en la historia de la vida en el planeta. Estos aspectos referidos al contenido mismo de la teoría, más el fundamental hecho de que Darwin inaugura, definitivamente, un modo de proceder que rehúsa la apelación a causas sobrenaturales para explicar la existencia misma de la diversidad y de la especie humana, nos enfrenta con las consecuencias antropológicas fundamentales de la teoría de la evolución.
Puede afirmarse que la consecuencia científica, filosófica e ideológica del darwinismo ha sido la superación, en el mundo de lo viviente, del pensamiento teleológico, es decir de la idea según la cual todos los procesos del mundo y el mundo mismo tienden a cumplir con una finalidad que le es propia y natural, una meta final. La visión teleológica de la naturaleza es antigua, rastreable hasta el mundo griego cuando menos, en el cual adquiere su forma filosófica más elaborada y perdurable por siglos, en el pensamiento aristotélico de las cuatro causas. Entremezclado con el cristianismo, el pensamiento teleológico, concibe la marcha del mundo como el plan predeterminado de dios, en el cual la aparición de la Humanidad correspondería al punto culminante y más alto de la creación. Incluye el ingrediente del progreso, expresado en la scala naturae o escala de la perfección que reflejaba la creencia en una progresión ascendente en la disposición y funcionamiento de los entes naturales. Con la teoría darwiniana de la evolución, el pensamiento teleológico que había encontrado su límite en el mundo físico de los objetos con el mecanicismo en el siglo XVII, también era expulsado del mundo biológico, para escándalo del pensamiento religioso.
Sin embargo, la discusión incluye aristas variadas, no sólo porque el lenguaje común nos tiende continuamente trampas conceptuales y ontológicas sino porque las explicaciones conforme a fines o metas son, en sí mismas, bastante complejas y de diversa índole. La palabra telos, que se encuentra en la raíz de teleología, designaba en el pensamiento aristotélico el tipo de procesos resultantes de la llamada causa final. El telos de una semilla, por ejemplo, es hacerse árbol. Sin embargo, cuando se habla de procesos tendientes a una finalidad en la biología se suelen decir cosas diferentes.
Siguiendo la caracterización que hace Mayr, en primer lugar se encuentran los procesos teleonómicos, aquellos que deben su dirección hacia objetivos en función de un programa desarrollado:
“La conducta (…) dirigida a finalidades se halla ampliamente difundida en el mundo orgánico; por ejemplo, la mayor parte de las actividades vinculadas con la migración, la búsqueda de alimento, el cortejo, la ontogenia y todas las fases de la reproducción se caracterizan por esa orientación a fines (…)es quizá el rasgo más característico del mundo de los organismos vivientes.”[15]
La clave de los procesos teleonómicos es la existencia de un programa[16] genético, es decir un conjunto de instrucciones o información codificada que controla los procesos (o conductas) dirigiéndolos a un objetivo. Pero hay tipos diversos de programas. Los que determinan instrucciones completas (como por ejemplo los que controlan la conducta instintiva de los insectos y de los invertebrados inferiores). Los incompletos, es decir los que pueden incorporar información externa mediante aprendizaje u otras experiencias anteriores (la mayoría de las conductas de los humanos y otros animales que sobre una gama de patrones de respuestas posibles pero limitadas, permiten opciones diferentes); en estos casos queda claro que el programa no dispara en los organismos el despliegue de acciones y conductas preformadas completamente, sino un proceso que se reajusta en función de las continuas perturbaciones internas y externas. Mayr agrega un tercer tipo de programa que llama “somático”:
“(…) por ejemplo cuando un pavo real macho se pavonea ante una hembra, sus movimientos de despliegue no se hallan directamente controlados por el ADN en los núcleos de sus células, sino más bien por un programa somático de su sistema nervioso central. Este programa neuronal, por cierto, fue registrado durante el desarrollo bajo control parcial de instrucciones provenientes del programa genético. Pero es ahora un programa somático independiente”[17]
Un segundo tipo de uso del término “teleológico”, el menos problemático sin duda pero justamente por eso el más trivial, está referido a la conducta intencional de organismos con estados de conciencia. Sobre todo los humanos (y, muy probablemente otros animales) realizan muchas de sus acciones con un propósito perfectamente definido, con intenciones y con plena conciencia de sus actos e incluso diseñan estrategias para sus logros.
Un tercer tipo de procesos teleológicos son los rasgos que contribuyen a la adaptación. Se trata sin embargo, de una evaluación errónea, y predarwinista, del mundo biológico. Procede de la creencia en una teleología cósmica y los rasgos que proveen la armonía y adaptación habrían sido originados por alguna fuerza teleológica de la naturaleza. El acento puesto en el orden, la armonía y la (aparentemente) perfecta adaptación de los seres vivientes con relación a los otros seres vivientes y a su entorno, que maravillaban al sentido común de los hombres desde la antigüedad, empalmaba muy bien con las creencias religiosas. Esta creencia resulta en gran medida un legado de la teología natural, con su creencia en que dios habría otorgado una utilidad a cada rasgo. Pero a partir de Darwin, la biología considera que estos mecanismos cuyo resultado a posteriori –nunca establecido a priori– es la adaptación, son sólo el resultado de la variación evolutiva, derivada de la producción de gran cantidad de variaciones en cada generación desacopladas de otros cambios en el medio ambiente circundante, y la supervivencia estadística de los individuos que quedan tras la muerte de los menos aptos.
Finalmente hay una forma más abarcativa de pensamiento teleológico – la teleología cósmica- cuya eliminación por parte del pensamiento darwiniano, provocó la oposición más acérrima e inclaudicable por parte del cristianismo. Como ya se ha señalado, según el punto de vista teleológico, todos los cambios en el mundo se debían a una fuerza interna o a una tendencia hacia el progreso y hacia una perfección cada vez mayor. A partir de Darwin, los cambios en la historia del mundo biológico serían concebidos como el resultado de la acción de leyes naturales. Incluso la aparente tendencia a la perfección que el intelecto humano se siente tentado a inferir cuando se comparan individuos de especies muy simples con los recientemente evolucionados mamíferos se explica perfectamente desde una legalidad natural ciega. Señala Mayr:
“Hay algo que queda claro: la selección natural aporta una explicación satisfactoria del curso tomado por la evolución orgánica y torna innecesario apelar a fuerzas sobrenaturales y teleológicas. Y quienes aceptan que en la evolución ha tenido lugar un avance o progreso no lo atribuyen a fuerzas o tendencias teleológicas, sino más bien a la selección natural”[18]
Los tres primeros tipos de procesos (teleonómicos, conductuales y de adaptación) sólo son teleológicos en apariencia y pueden perfectamente ser explicados por causas naturales y no hay necesidad de involucrar en ellos causas sobrenaturales. El cuarto tipo (la teleología cósmica) simplemente no existe porque la selección natural opera en cada individuo y en cada generación sin ningún objetivo externo ni de mediano o largo plazo. Los individuos simplemente sobreviven y se reproducen o mueren. Sólo la reconstrucción retrospectiva (digamos, la que realiza el paleontólogo) mediante un relato histórico unificador que relaciona las especies actuales con sus ancestros puede generar la ilusión de que hay una meta o una direccionalidad.
Algunos señalamientos en esta misma línea. La teoría de la evolución, y justamente por las características que se acaban de describir, es incapaz de predecir, en un sentido relevante, el futuro de las distintas especies o familias de especies y este ha sido el objeto de una crítica, ilegítima desde luego, a su cientificidad. En segundo lugar, la escala temporal de la evolución se mide en cientos de miles o millones de años, de modo que cualquier transformación humana en los tiempos culturales –digamos en el orden de los cientos de años- de ningún modo puede esperar explicaciones en los tiempos biológicos[19].
Como quiera que sea, esta elucidación conceptual, lograda luego de décadas de discusiones, no estaba presente en el siglo XIX y principios del XX y entonces la frontera entre evolución biológica y evolución social se tornaba sumamente borrosa e incluso ha llevado a la construcción e instalación de algunas categorías problemáticas como por ejemplo la de “darwinismo social” muy usada por historiadores y sociólogos. El “darwinismo social” se ubicaría en el difuso entrecruce de ciencia, ideología y poder en el cual la teoría darwiniana de la evolución (sobre todo la idea de selección natural que, curiosamente, fue relativamente resistida en el campo específico de la biología durante algunas décadas) se solapaba con el evolucionismo sociológico y cultural. Pero se trata de una expresión, cuando menos, equívoca y poco útil historiográficamente para dar cuenta de la relación entre la teoría darwiniana y otras expresiones sociológicas y políticas. Álvaro Girón Sierra, en un excelente trabajo, muestra que el darwinismo no fue simplemente una extensión del programa de Darwin sino más bien “un consenso laxo en torno al concepto de evolución que fue adquiriendo un perfil científico distinto a lo largo de los años”; asimismo, que si bien la obra de Darwin puede estar asociada a los intereses de la burguesía británica en ascenso, “ello no impidió que distintos grupos del más variado perfil ideológico, se apropiaran de la teoría y vocabulario darwiniano para los fines más diversos” y finalmente que la expresión “darwinismo social” es desafortunada “no sólo porque el darwinismo fue social desde el principio, sino porque la pluralidad de lecturas a que dio lugar la obra darwiniana hacen imposible definir a este supuesto darwinismo social como un bloque preciso con fines estables a lo largo del tiempo”[20].Como quiera que sea, el “darwinismo social” no es la extrapolación lineal y simple de un modelo explicativo exitoso en lo biológico al ámbito de las explicaciones sociológicas e históricas, sino que se trata de vinculaciones y entrecruces mucho más complejos.
Por otro lado, resultaría estéril realizar una exégesis minuciosa y vigilante de los escritos de Darwin para luego denunciar en qué sentidos se lo ha malinterpretado o forzado porque, finalmente, los científicos no son nunca ni genios en un mar de ignorancia portadores de la verdad contra todo prejuicio, ni pobres hojas en la tormenta de la sociedad y la cultura. Las expresiones de Darwin a veces no dejan lugar a dudas sobre su convicción de la inferioridad de algunos seres humanos, sobre todo los que encontrara en su viaje por la Patagonia. Darwin no hace más que aceptar y repetir una creencia más que arraigada en la Inglaterra victoriana con respecto a las desigualdades y jerarquías raciales, creencia milenaria que encuentra en el siglo XIX una nueva y más fuerte fundamentación en la ciencia. Sin embargo, puede decirse que Darwin tenía antes que una actitud de desprecio para con las “razas inferiores”, una actitud paternalista, que expresa repetidas veces en su extensa correspondencia y en su Autobiografía. De hecho se ha manifestado contra la ignominia que significaba la esclavitud en repetidas ocasiones.
El problema es bien profundo, pues la biología evolucionista, a partir de Darwin, vino a ocupar por su propia índole teórica, un área de intersección entre las llamadas ciencias naturales, en el sentido más estricto, y las ciencias sociales. Esta doble pertenencia de los saberes biológicos se manifiesta en las conexiones directas o indirectas (reales, imaginarias, ideológicas o potenciales) que los trabajos en muchas áreas de la biología establecen con las condiciones sociales de producción, legitimación, reproducción y circulación del conocimiento y con las prácticas y puesta en marcha de tecnologías sociales.
Teoría celular
La segunda mitad del siglo XIX asistió a desarrollos como la teoría celular y la teoría de la evolución además de la embriología, fisiología y morfología que transformaron completamente el campo. La nueva ciencia de la microbiología no solamente había abierto un excitante nuevo reino de la biología sino que proveyó a la medicina con un conocimiento de las causas de las enfermedades contagiosas y aun mostró los modos de prevenirlas o curar algunas de ellas.
El citólogo estadounidense E. B. Wilson (1856-1939) sostuvo en 1896 que la teoría celular era la segunda gran generalización hecha en biología (la teoría darwiniana de la evolución había sido la primera). Esta teoría celular ha tenido gran repercusión en la teoría social porque el concepto de un organismo natural como un sistema organizado de células vivas proveyó de una nueva fundamentación científica para una concepción organicista de la sociedad; la relación todo-parte observada en los seres vivos proveía de una buena metáfora para lo social, ya que las células parecen asemejarse a los miembros individuales de la sociedad humana en la medida en que cada célula tiene una vida propia, además de constituir un grupo mayor cuando están juntas. Además, las células de los seres vivientes se organizan según el principio de la división fisiológica del trabajo, dado que cada tipo de célula tiene una estructura especialmente adaptada para su función dentro del organismo. Este principio se convirtió en central para el pensamiento biológico de Milne Edwards (1800-1885) y otros, y de ellos pasó a través de diversas mediaciones a teóricos de la sociedad como Emile Durkheim (1858-1917), quien lo utilizó en su tesis doctoral. Por otro lado, las células se agrupan en unidades funcionales mayores -tejidos y órganos- tal como los individuos humanos están organizados en distintos tipos de unidades sociales. Aun la distribución o circulación de alimentos y la descarga de productos de desecho se podría ver analógicamente en los cuerpos naturales compuestos de células y en los cuerpos sociales compuestos de humanos.
La significación de la teoría celular para la ciencia de la sociedad fue reforzada por los descubrimientos embriológicos de K. E. von Baer (1792-1876) y sus sucesores. El reconocimiento de los estados de desarrollo del embrión por división celular desde una única célula, y la subsecuente elaboración de órganos y tejidos, sugirió una secuencia similar de la organización social, a partir de una única madre -como la célula original- y, por subsecuente multiplicación, acompañada por la agrupación de individuos- similar a la agrupación de células-, formando unidades familiares, luego tribus, y eventualmente países.
Las sociologías organicistas de fines del siglo XIX concebían a la sociedad como un organismo y a éste como una estructura armónica, ordenada y estable. Se imponía así el paralelo entre enfermedad y conflicto social en tanto elementos que desorganizan o desarmonizan el sistema. En ambos casos se trata de elementos exógenos o anomalías del normal funcionamiento. La consecuencia en ambos casos es que hay extirpar el agente atacante para preservar la armonía social y la salud.
Determinismo biológico
S. J. Gould define al determinismo biológico como la creencia en que:
“Tanto las normas de conducta compartidas, como las diferencias sociales y económicas que existen entre los grupos- básicamente diferencias de raza, clase y de sexo- derivan de ciertas distinciones heredadas, innatas, y que, en este sentido, la sociedad constituye un fiel reflejo de la biología.”[21]
En la definición de Gould intervienen dos elementos diferentes pero vinculados. Por un lado se afirma que los principales rasgos son hereditarios. Pero no es solo una afirmación con alcances biológicos en el sentido de explicar la diversidad solo a partir de la herencia genética sino que, por otro lado, legitima el orden y funcionamiento de las sociedades –la desigualdad- sobre la base de esa diversidad biológica (real o supuesta). La primera afirmación ya de por sí implica una serie de consideraciones que hacen que en sus versiones más duras (todo está determinado por los genes) muy probablemente sean falsas, pero sus contrarias, es decir aquellas que aceptan que hay una determinación genética de base pero sus manifestaciones son casi infinitamente maleables, no informan mucho y puede decirse que son trivialmente verdaderas. Pero aun cuando no conozcamos con certeza el alcance de las determinaciones genéticas y admitamos al menos a modo de ejercicio intelectual que el determinismo biológico es verdadero, queda aún pendiente el enorme salto que se hace con la segunda afirmación. Más adelante volveremos sobre este punto.
Por ahora vale la pena detenerse en algunas cuestiones acerca del determinismo biológico. En primer lugar, señalar que no es una teoría científica en el sentido estándar, sino más bien un estilo de pensamiento o argumental que puede encontrarse en múltiples teorías científicas: frenología, craneometría, antropología criminal, eugenesia, sociobiología humana, psicología evolucionista.
En segundo lugar, la vigencia pasada y presente de esta estructura argumental, hace inútil discurrir sobre el hecho de que esta suerte de invasión categorial o salto lógico ilegítimo. Se trata, en efecto, de una suerte de error lógico consistente en obtener conclusiones en el ámbito del deber ser (es decir en el ámbito de la social, lo jurídico, lo ético) a partir de lo que es[22] (en este caso el ámbito de lo biológico). Dicho de otro modo: de la constitución biológica de los individuos no pueden sacarse –legítimamente- conclusiones acerca de lo que es correcto o legal.
En tercer lugar, una cuestión epistemológica. La habitual relación que el determinismo biológico ha tenido con algunas políticas brutales, la estigmatización de extensos grupos sociales o razas como inferiores ha llevado a muchos autores a preguntarse si se trata de un producto científico o de verdaderos abusos de la ciencia. Por ejemplo Gould, se pregunta si la ciencia aportó datos legítimos que alteraron o reforzaron un argumento ya esbozado a favor de la jerarquización racial, o por el contrario, la opción a priori a favor de dicha jerarquización moldeó las preguntas científicas que se formularon e incluso los datos que se recogieron para sustentar una conclusión fijada de antemano. La respuesta fue en muchos casos la segunda opción, pero la pregunta de Gould aborda una cuestión importante y legítima, pero esquiva el problema central. Es cierto que se han forzado datos; es cierto que se han llenado lagunas con datos inventados; es cierto también que las teorías del determinismo biológico funcionan como una especie de profecía autocumplida, dado que vienen a justificar las diferencias sociales existentes y a reforzarlas sobre la base de prejuicios de época; también es cierto que estas teorías fueron y son funcionales al mantenimiento del statu quo. Pero plantearlas como un “abuso de la ciencia”, como una suerte de conspiración, implica por un lado adoptar una visión un tanto simplificada o ingenua de la ciencia, pero por otro lado, y creo que esto es lo más importante, impide ver el alcance y el origen verdaderamente científico de tales manifestaciones. Las críticas al determinismo biológico basadas en detectar las afirmaciones falsas o las argumentaciones falaces (y en esto el libro de Gould es excelente) desnudan una parte del problema. Tampoco alcanza con señalar la influencia en favor de consecuencias sociales perversas. Lo cierto es que cuando todo el aparato productor de conocimiento científico (personas, instituciones, publicaciones, formación de científicos en las universidades, etc.) obtiene un producto que llama ciencia; cuando ese producto es reconocido como ciencia por los contemporáneos porque está en correlación con el imaginario cultural, y goza de eficacia simbólica y material, ¿cómo habría de llamársele si no “ciencia”? Las condiciones sociales de producción y aceptación de conocimientos por parte de la comunidad científica y de la sociedad en general no constituyen un factor externo a esos conocimientos, sino más bien verdaderas condiciones de posibilidad de los mismos y, en ese sentido las distintas formas de determinismo biológico son parte de la ciencia, son configuraciones de la experiencia disponible en un aparato teórico. En todo caso lo que se impone es revisar tanto la concepción de ciencia que la ubica lejos del poder y la manipulación, como su consecuencia práctica: creer que la verdad científica puede justificar siempre y excluyentemente las estructuras y las decisiones de la sociedad.
La marca en el cuerpo y la obsesión por la medida
Hay dos rasgos definitorios que aparecen con mayor o menor fuerza en todas las formas de determinismo biológico a lo largo de los últimos dos siglos. En primer lugar, considerar que hay señales en el cuerpo, rastros visibles de lo que los individuos son, aun en su ser más profundo; la idea de la marca en el cuerpo. Esta idea, que no es nueva y que incluso puede encontrarse en el mundo griego clásico, aparece ahora atravesada por los ideales de la ciencia moderna, por lo cual- y este es el segundo de los rasgos definitorios- se considera que esas señales pueden (y deben) ser no sólo detectadas, sino también medidas: la obsesión por la medición y la cuantificación de esas marcas. No es de extrañar que con estas premisas, surgieran desde formas bastante burdas hasta otras mucho más elaboradas y sutiles: desde las que miden características anatómicas visibles, pasando por las que miden funciones como la inteligencia, hasta las últimas versiones del determinismo genético en las cuales la marca en el cuerpo se encuentra detectable pero oculta en el microuniverso de los genes. El clima de ideas que dio sentido a esta forma de concebir lo científico es resultado de largos y complejos procesos que incluyen el éxito más que centenario de la física newtoniana, elevada a modelo de cientificidad a imitar por las otras ciencias, incluyendo las incipientes ciencias sociales; el triunfo de los ideales de la Ilustración del siglo XVIII, a lo que se agrega, en las primeras décadas del siglo XIX, los ideales positivistas que rescatan lo positivo de la observación y el dato por sobre lo negativo de la especulación, lo real en oposición a lo quimérico, lo preciso en oposición a lo vago. La gran cantidad de disciplinas y áreas de investigación que surgen en el siglo XIX llevan grabadas a fuego estas marcas.
Algunas teorías deterministas
La frenología. Puede decirse que constituye un antecedente de los estudios morfofisiológicos actuales del cerebro humano, propiciados por los desarrollos tecnológicos de la microscopía electrónica y de los trazadores y marcadores neuronales; una suerte de inicio de lo que puede denominarse programa localizacionista en el estudio del cerebro. En efecto, el médico austriaco J. Gall (1758-1828) -que la llamó inicialmente “organología”-, intentaba detectar las zonas del cerebro en las que se encontraban localizadas con cierta precisión las distintas funciones, y cuyo desarrollo ocasionaba la hipertrofia de esas zonas con el consiguiente abultamiento del cráneo que les recubría. De modo tal que una buena lectura de ese mapa craneano informaba sobre las cualidades morales e intelectuales innatas de los individuos. Gall estableció casi treinta fuerzas primitivas que se podían medir examinando el cerebro, entre las que se encontraban las correspondientes a la reproducción, el amor, la progenie, la amistad, el odio, el instinto de matar o robar, aunque sus afanes estaban puestos en localizar la memoria, núcleo del funcionamiento cerebral. Se basaba en cuatro principios: 1) Las facultades intelectuales y morales eran innatas. 2) Su ejercicio dependía de la morfología cerebral. 3) Que el cerebro actuaba como el órgano de todas las facultades intelectuales y morales. 4) Que estaba compuesto por muchas partes, como órganos particulares para ocuparse de todas las funciones naturales de los hombres. Un discípulo suyo, J. K. Spurzheim (1776-1832), que inventó el término “frenología” con que hoy se denomina esta teoría en los libros de historia, también diseñó las prácticas médicas asociadas consistentes en diagnosticar pautas de comportamiento de un individuo palpando y analizando las protuberancias del cráneo.
La frenología creció notable e inmediatamente con otros investigadores como L. Rolando (1773-1831), P. P. Broca (1824-1880), K. Wernicke (1848-1905), y J. Hitzig (1838-1908). Rolando abordó el estudio de las circunvoluciones corticales, que sus antecesores habían abandonado. Creyó conveniente evitar conjeturas acerca de las relaciones entre el alma y las partes orgánicas que parecían ser sus instrumentos operativos. Broca demostró que el hablar depende de un área cortical frontal del hemisferio izquierdo y Wernicke que la lesión de áreas temporales izquierdas altera la comprensión de la palabra. Hitzig ensayó las primeras estimulaciones eléctricas de la corteza cerebral de los perros y describió las respectivas respuestas en el lado opuesto del cuerpo.
La craneometría. El internacionalmente famoso y reconocido médico estadounidense S. G. Morton (1785-1851), inauguró la craneometría con la intención de probar su hipótesis: “puede establecerse objetivamente una jerarquía entre las razas basándose en las características físicas del cerebro, sobre todo en su tamaño”.
Así, se dedicó por más de treinta años a coleccionar cráneos de distinto origen y a medir su volumen. Los resultados de la medición de más de mil cráneos, cuyo resumen publicó en 1849, no hacían más que “demostrar” lo que se esperaba de ellos, sobre la base de la tesis según la cual la medida del volumen craneano indica superioridad o mayor inteligencia: el grupo caucásico moderno tenían el mayor promedio (1508 centímetros cúbicos para “familia teutónica” integrada por alemanes, ingleses y norteamericanos); le seguía el grupo malayo (1393 centímetros cúbicos); el grupo negro (1360 centímetros cúbicos) y finalmente el grupo de indígenas americanos (“toltecas, peruanos, mexicanos y tribus bárbaras “ con un promedio de 1295 centímetros cúbicos)
Es muy interesante el análisis que hace Gould[23] (1996) de los trabajos de Morton señalando en primer lugar incongruencias tendenciosas o criterios modificados, ya que incluye o excluye muestras parciales numerosas para que los promedios puedan ajustarse a las expectativas previas; en segundo lugar la “subjetividad orientada hacia la obtención de resultados preconcebidos; en tercer lugar los defectos metodológicos muy gruesos como no tener en cuenta los promedios por sexo o estatura; pero la conclusión más interesante de Gould es que a través de todos los errores de cálculo y las omisiones no detecta “signo alguno de fraude o manipulación deliberada de los datos”. De hecho “la opinión generalizada era que Morton constituía un modelo de objetivismo para su época y que había rescatado a la ciencia norteamericana del pantano de la especulación infundada.[24]”
Pero uno de los nombres más ilustres, asociado a la craneometría, es el del médico francés Pierre P. Broca, quien adhiere a la tesis general:
“En general, el cerebro es más grande en los adultos que en los ancianos, en los hombres que en las mujeres, en los hombres eminentes que en los de talento mediocre, en las razas superiores que en las razas inferiores […] A igualdad de condiciones, existe una relación significativa entre el desarrollo de la inteligencia y el volumen del cerebro.[25]”
Los trabajos de Broca contribuyeron a diversificar técnicas, las medidas y relaciones cuantitativas consideradas relevantes. Comienza a ser común pesar los cerebros en lugar de medir su volumen por la cavidad craneana, en la convicción de que la densidad podía ser un mejor indicador que el volumen. Broca también comienza a trabajar también en la obtención del índice craneano según la relación existente entre el largo del cráneo y el ancho, clasificando a los individuos en dolicocéfalos —con cráneo alargado— y braquicéfalos —cuyo cráneo no presentaba mayor diferencia entre largo y ancho. Éstos últimos eran considerados inferiores. Si bien la abrumadora cantidad de personas exitosas que eran braquicéfalos, mostró rápidamente la debilidad de esta relación causal, durante muchas décadas siguieron apareciendo afirmaciones en este sentido.
Otro índice craneano bastante corriente y en el cual también incursionó Broca se obtenía de la proporción entre la parte anterior y posterior del cerebro, bajo el supuesto de que las facultades superiores de la inteligencia radican en el lóbulo frontal:
“Un rostro prognático [proyectado hacia adelante], un color de piel más o menos negro, un cabello lanudo y una inferioridad intelectual y social, son rasgos que suelen ir asociados, mientras que una piel más o menos blanca, un cabello lacio y un rostro ortognático [recto], constituyen la dotación normal de los grupos más elevados en la escala humana […] Ningún grupo de piel negra, cabello lanudo y rostro prognático ha sido nunca capaz de elevarse espontáneamente hasta el nivel de la civilización”[26]
No faltaban las comparaciones entre cerebros femeninos y masculinos, con el previsible resultado de un volumen y peso mayor en los cerebros de los machos humanos. Si bien estos autores eran conscientes de que la diferencia podía llegar a explicarse perfectamente por la proporción con el volumen del cuerpo en general, no obstante concluían que tales diferencias eran indicadoras de jerarquías diferenciadas. El eminente fundador de la psicología social y reconocido científico G. Le Bon, seguidor de las ideas corrientes y misógino militante sostenía:
“En las razas más inteligentes, como entre los parisienses, existe un gran número de mujeres cuyos cerebros son de un tamaño más próximo al de los gorilas que al de los cerebros más desarrollados de los varones. Esta inferioridad es tan obvia que nadie puede discutirla siquiera por un momento; tan sólo su grado es digno de discusión. Todos los psicólogos que han estudiado la inteligencia de las mujeres, al igual que los poetas y novelistas, reconocen que ellas representan las formas más inferiores de la evolución humana y que están más próximas a los niños y a los salvajes que al hombre adulto civilizado. Son insuperables en su veleidad, su inconstancia, en su carencia de ideas y lógica y en su capacidad para razonar. Sin duda, existen algunas mujeres distinguidas, muy superiores al hombre medio, pero resultan tan excepcionales como el nacimiento de cualquier monstruosidad, como, por ejemplo, el de un gorila con dos cabezas; por consiguiente, podemos olvidarlas por completo”[27]
Otra forma relacionada con la anterior es la medición del ángulo facial, medida basada en la forma de la cabeza y que corresponde a la pendiente de la frente colocando el cráneo de perfil. El término y el concepto son muy antiguos, y parece haber sido introducido por un anatomista e historiador del arte holandés —P. Camper— quien señalaba que los escultores griegos habían incorporado a sus estatuas la idea de que las variaciones de la forma y estructura del cráneo eran prueba de la inteligencia. Señalaba que “la idea de estupidez es asociada, incluso con el alargamiento del morro”. Y ya con criterios cuantitativos:
“Los dos extremos […] de la línea facial humana son los 70 y los 100 grados, que corresponden al negro y al antiguo griego respectivamente. Por debajo de 70 están los orangutanes y los monos, más bajo todavía, la cabeza del perro”[28]
Esta correlación entre el rasgo físico del ángulo facial y las jerarquías humanas basadas en la inteligencia fueron moneda corriente en el siglo XIX entre los naturalistas:
“La raza blanca es la que conserva el tipo del primer hombre, su color es blanco, su rostro ovalado, su ángulo facial de ochenta y cinco, a noventa grados; su nariz generalmente es recta y grande, aguileña algunas veces; su boca hundida moderadamente, sus dientes bien colocados y verticales, por lo que su pronunciación es expedita clara y sonora. La raza blanca reúne toda la dignidad, hermosura, y regularidad de que carecen las demás razas”[29]
La determinación del ángulo facial y su sustento teórico llevaron, y esto puede verse en muchos grabados del siglo XIX, a la exageración caricaturesca y completamente irreal de los perfiles de ciertos grupos humanos, básicamente los negros. Aunque mezclándose con otra serie de determinaciones, la medición del ángulo facial siguió siendo un indicador racial y, obviamente, de jerarquías hasta bien entrado el siglo XXLa antropología criminal. Durante el siglo XIX, como ya se dijo, el concepto de evolución dominó el pensamiento occidental y en la biología, de la mano principalmente del zoólogo alemán E. Haeckel (1834-1919) resurge una vieja idea predarwiniana: la recapitulación, que suele sintetizarse como “la ontogenia recapitula la filogenia”. Es decir que los individuos a lo largo de su desarrollo (ontogenia) atraviesan una serie de estadios que corresponden, en el orden correcto, a las diferentes formas adultas de sus antepasados. En suma, cada individuo recorre (ontogenia) en forma acelerada la escala de su propio árbol de antepasados más remotos[30] (filogenia) hasta especies que se hunden en el tiempo profundo de la vida en el planeta. Comenzó a surgir una serie de analogías referidas a la superioridad o inferioridad racial que aseguraban que los adultos pertenecientes a grupos inferiores debían ser como los niños de los grupos superiores, porque el niño representa un antepasado primitivo adulto. Si los negros y las mujeres adultas son como los niños varones blancos, entonces vienen a ser los representantes vivos de un estadio primitivo de la evolución de los varones blancos. De hecho, todos los grupos —razas, sexos y clases— “inferiores” fueron comparados con los niños varones blancos. Un caso particularmente interesante de recapitulación, y de cómo las denominaciones científicas se construyeron al amparo de consideraciones racialistas es lo sucedido con el llamado síndrome de Down. El Dr. J. L. H. Down (1828-1896), en un artículo titulado “Observaciones acerca de una clasificación étnica de los idiotas” publicado en 1866, consideró que algunos idiotas congénitos presentaban rasgos que no tenían sus padres clasificándolos como de “variedad etíope”, de tipo “malayo” y otros, en cambio eran “típicos mongoles”.
Una de las formas de la recapitulación que logró más repercusión fue la antropología criminal desarrollada por el médico y criminalista italiano Ezechia Marco Lombroso[31] (1835-1909), a partir de la publicación de L’uomo delinquente. Lombroso elaboró su teoría del criminal nato, no sólo como una vaga afirmación del carácter hereditario del crimen —opinión bastante generalizada en la época por otra parte—, sino como una verdadera teoría evolucionista que, basada en la evidencia de los datos antropométricos, sostenía que los criminales son tipos atávicos que perduran, aletargados, en los seres humanos. La teoría lombrosiana reconoce otros antecedentes como el francés Moreau de Tours (1804-1884) en cuyo trabajo La Psicología morbosa en sus relaciones con la filosofía de la historia sostiene que el cuerpo humano es como un gran libro abierto —nótese que es la misma metáfora que utilizada por Galileo cuando sostiene que el Universo es como un gran libro escrito en caracteres matemáticos— que todos pueden leer y que basta con escudriñar bien y atentamente para descubrir en él la fatal relación que habría entre los músculos, el sistema nervioso, las células cerebrales y el temperamento, las diferentes cualidades morales, la potencia intelectiva, el genio y el crimen.
Según Lombroso, en la herencia humana yacen aletargados gérmenes procedentes de un pasado ancestral. En algunos individuos desafortunados aquel pasado vuelve a la vida y se ven impulsados por su constitución innata a comportarse como lo harían un mono o un salvaje normales, pero en nuestra sociedad su conducta se considera criminal. Afortunadamente, sostiene Lombroso, podemos identificar a los criminales natos porque su carácter simiesco se traduce en determinados signos anatómicos. Su atavismo es tanto físico como mental, pero los signos físicos, o estigmas son decisivos. La conducta criminal también puede aparecer en hombres normales, pero se reconoce al criminal nato por su anatomía. Por ello pudo establecer una verdadera tipología de los delincuentes natos[32]a partir de sus estigmas simiescos: mayor espesor del cráneo, simplicidad de las suturas craneanas, mandíbulas grandes, precocidad de las arrugas, frente baja y estrecha, orejas grandes, ausencia de calvicie, piel más oscura, mayor agudeza visual, menor sensibilidad ante el dolor, y ausencia de reacción vascular (incapacidad de ruborizarse), largo excesivo de los brazos y otros más genéricos como la asimetría facial. Pero también avanzó en otra clase de estigmas no propiamente simiescos: comparó, por ejemplo, los dientes caninos prominentes y el paladar achatado con los lemures y la asimetría facial de algunos delincuentes con la ubicación de los ojos en el cuerpo en algunos peces; otros signos de la criminalidad no propiamente antropométricos, tales como las jergas que utilizan los criminales que, según sostenía contenían una gran cantidad de voces onomatopéyicas, semejantes a las de los niños que no hablan correctamente; también la presencia de tatuajes, reflejo tanto de la insensibilidad al dolor como del atávico gusto por los adornos fue considerado signo de delincuencia.
Para Lombroso la criminalidad nata explicaba alrededor del cuarenta por ciento de los delitos; por ello podían distinguirse entre criminales natos, locos, por pasión (que a su vez se subdividen en delincuentes políticos y comunes), ocasionales (que se subdividen a su vez en pseudodelincuentes y habituales).
La teoría lombrosiana derivó con el tiempo en herejías más o menos divergentes con la versión original, sobre todo porque cuestionaban el carácter atávico de la criminalidad y la atribuían a otras causas biológicas, pero estableció durante décadas la agenda básica acerca del tratamiento de la delincuencia sobre algunas cuestiones importantes. En primer lugar porque desplaza la atención al interior de la organización psicofísica individual, casi siempre coincidente, en la práctica, con una condición social baja. En segundo lugar, generó una nueva forma de concebir la pena. Mientras que para la escuela clásica del derecho penal, la pena debía ajustarse estrictamente a la naturaleza del crimen, Lombroso sostenía que la misma debía adaptarse al criminal. El objeto de estudio de Lombroso no era el crimen, entonces, sino el criminal y una vez identificado éste, el castigo administrado no resulta fundado tanto en la responsabilidad individual del sujeto que cometía el delito, ya que esa conducta estaba condicionada y/o determinada biológicamente, sino en la necesidad de la comunidad de defenderse. Así, resultaba legítimo condenar a un criminal nato por un delito menor, dado que irremediablemente volvería a hacerlo y por tanto no tenía sentido insistir en su regeneración. Como contrapartida, no tenía demasiado sentido condenar a un criminal ocasional con una pena muy severa, dado que difícilmente volvería a delinquir. El fundamento de la pena, entonces, sería un requisito de la defensa social, más que castigo para el delincuente que, en definitiva era un enfermo. Un seguidor de Lombroso, E. Ferri, sostenía en el mismo sentido la “indeterminación de la sentencia”, es decir que las sanciones debían adaptarse a la personalidad del criminal por más que los criminólogos clásicos lo consideraran una herejía; las penas previamente estipuladas serían absurdas desde el punto de vista de la defensa de la sociedad.
Es necesario señalar que las ideas de Lombroso admiten el doble juego de, por un lado estigmatizar ideológicamente a los supuestos delincuentes y por otro lado, prestar argumentos para suavizar las penas, sobre la base del carácter natural del instinto criminal, por lo cual, algunos lombrosianos posteriores que ampliaron la determinación del delincuente hasta incluir los factores ambientales como la educación, contribuyeron a instalar la idea de la atenuación de las penas por distintas circunstancias.
- Véase: Theodosius Dobzhansky, Diversity and Human Equality, Th. Dobzhansky, 1973. En castellano: Diversidad genética e igualdad humana, Barcelona, Labor, 1978.↵
- Tzvetan Todorov, Nous et les autres. La réflexion française sur la diversité humaine, Éditions du Seuil, 1989. En castellano: Nosotros y los otros, México, Siglo XXI, 1991.↵
- En lo que sigue respetaremos este matiz propuesto por Todorov.↵
- Citado en Eduardo Zimmermann, Los reformistas liberales, Buenos Aires, Edit. Sudamericana – Univ. San Andrés, 1995, pág. 112.↵
- Considero que las metáforas científicas, a las que en otro lado he denominado “metáforas epistémicas” (véase: Héctor Palma, Ciencia y metáforas. Crítica de una razón incestuosa, Buenos Aires, Prometeo, 2016) tienen valor cognoscitivo y no meramente heurístico, didáctico o estético. Ellas dicen algo por sí mismas y forman parte del léxico científico no como un sustituto de otro lenguaje especializado sino como la forma en que esos científicos describen la realidad. No solo la metáfora evolucionista sino por ejemplo: el mundo es una “máquina”, la mente es una “computadora”, la computadora es una “mente”, hay una “información” genética que se transmite de una generación a otra, etc. Por lo tanto la expresión “metáfora”, no implica aquí menoscabo epistémico alguno en cuanto a la rigurosidad conceptual de las teorías sino que indica la habitual práctica científica de extrapolar conceptos de unas áreas a otras.↵
- Citado en Robert Nisbet, Social Change and History, N.Y., Oxford University Press, 1976. En castellano: Cambio social e historia, Barcelona, Editorial Hispano Europea, 1985, pág 139.↵
- Idem.↵
- Idem.↵
- Lewis Morgan, Ancient Society, Or Researches in the Lines of Human Progress from Savagery through Barbarism to Civilization, London, MacMillan & Company, 1877, pág 11. ↵
- Citado en Nicholas Timasheff, Sociological Theory.Its Nature and Growth, N.Y., Random House, 1955. En castellano: La teoría sociológica, México, FCE,1977, pág 71.↵
- Robert Nisbet, ob. cit.↵
- Theodosius Dobzhansky, “Nothing in biology makes sense except in the light of evolution”, American Biology Teacher, 35, p. 125-129, 1973a.↵
- Charles Darwin, On the Origin of Species by Means of natural Selection or the Preservation of the favored Races in the Struggle for Life, Londres, J. Murray, 1859. En castellano: El Origen de las especies, Madrid, Editorial EDAF, 2004, pág. 480. ↵
- Mientras la antigüedad de la Tierra fue un problema para Darwin, no lo era para los creacionistas. Segun fuentes rabínicas el magno acontecimiento de la creación habría ocurrido hacia 3700 a.C; en el 5199 a.C según el papa Clemente y según el arzobispo inglés James Usher en el año 4004 a. C. Por su parte el Dr. John Lightfoot, director del St. Catherine´s College de Cambridge, llegó a la conclusión de que la fecha precisa fue el miércoles 18 de junio de 4004 a.C. a las 9 de la mañana aunque otros sostenían que en verdad había sido el 25 de octubre.↵
- Ernst Mayr, What Makes Biologie Unique? Considerations on the Autonomy of a Scientifique Discipline, Cambridge, Press Syndicate of the Universitiy of Cambridge, 2004. En castellano: ¿Por qué es única la biología? Consideraciones sobre la autonomía de una disciplina científica, Buenos Aires, Katz, 2006, pág 45.↵
- Sobre la noción de “programa” véase también:
Francois Jacob, La logique du vivant. Une histoire de l’heredité, París, Editions Gallimard, 1970. En castellano: La Lógica de lo viviente, Barcelona, Laia, 1977.
Evelyn Fox Keller, Refiguring Life Metaphors of Twentieth-Century Biology, Nueva York, Columbia University Press, 1995. En castellano: Lenguaje y vida. Metáforas de la biología en el siglo XX, Buenos Aires, Manantial, 2000.
Jacques Monod, Le Hasard et la nécessité, París, Ediciones du Seuil, 1970.↵ - Ernst Mayr, ob. cit. pág 78. ↵
- Ernst Mayr, ob. cit., pág 86. ↵
- Véase, sobre esta apasionante y compleja discusión: Carlos Castrodeza, Ortodoxia darwiniana y progreso biológico, Madrid, Alianza, 1988. ↵
- Alvaro Girón Sierra, “Darwinismo, darwinismo social e izquierda política (1859-1914). Reflexiones de carácter general”, 2005. En Miranda y Vallejo, 2005, pág 23-24. ↵
- Stephen Gould, The Mismeasure of man (Edición aumentada y revisada), Nueva York, W.W. Norton Company, 1996. En castellano: La falsa medida del hombre, Barcelona, Crítica, 2003, pág. 42.↵
- En el Capítulo 6 retomaremos la cuestión cuando se analice el problema de la naturaleza humana.↵
- Para un análisis crítico exhaustivo de las técnicas de medición y de los resultados de los trabajos de Morton, los más importantes craneometristas y de los tests de Cociente Intelectual, véase: Stephen Gould, The Mismeasure of man (Edición aumentada y revisada), Nueva York, W.W. Norton Company, 1996. En castellano: La falsa medida del hombre, Barcelona, Crítica, 2003.↵
- Stephen Gould, The Mismeasure of man (Edición aumentada y revisada), Nueva York, W.W. Norton Company, 1996. En castellano: La falsa medida del hombre, Barcelona, Crítica, 2003, pág. 87. ↵
- Citado en Stephen Gould, The Mismeasure of man (Edición aumentada y revisada), Nueva York, W.W. Norton Company, 1996. En castellano: La falsa medida del hombre, Barcelona, Crítica, 2003, pág. 100. ↵
- Stephen Gould, The Mismeasure of man (Edición aumentada y revisada), Nueva York, W.W. Norton Company, 1996. En castellano: La falsa medida del hombre, Barcelona, Crítica, 2003, pág. 123.↵
- Gustave LeBon, “Recherches anatomiques et mathématiques sur les lois des variations du volume du cerveau et sur leurs relations avec l’intelligence”, Revue d’Anthropologie, 2° serie, vol. 2, p. 27-104, pág. 61.↵
- Citado en Stephan L Chorover, From Génesis to genocide, NY, MIT, 1979. En castellano: Del génesis al genocidio, Buenos Aires, Editorial Orbis S.A, 1985, pág. 53.↵
- Inocencio M Riesco-Le Grand, Tratado de embriología sagrada, http://www.filosofia.org/aut/irg/1848es.htm 1848 [consultado el 23/3/2019], pág. 43.↵
- Véase el excelente y ya clásico trabajo de Stephen Gould, Ontogeny and Phylogeny, Cambridge, Harvard University Press, 1977. En castellano: Ontogenia y filogenia. Le ley fundamental biogenética, Barcelona, Editorial Crítica, 2010.↵
- Más conocido como Cesare Lombroso, fundador de la llamada escuela positivista italiana, en la que también se debe destacaron E. Ferri (1856-1929) y R. Garófalo (1851-1934).↵
- La 5ta edición de L’uomo delincuente dedica el tercer y último tomo a un Atlas con dibujos, fotografías de delincuentes y cuadros.↵






