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3 La eugenesia en la Argentina

“¡Vana tarea! […] Obraba en él con la inmutable

fijeza de las eternas leyes, era fatal, inevitable,

como la caída de un cuerpo,

como el transcurso del tiempo,

estaba en su sangre eso, constitucional, inveterado,

le venía de casta como el color de la piel,

le había sido transmitido por herencia,

de padre a hijo, como de padres a hijos se transmite

el virus venenoso de la sífilis […]”

(Eugenio Cambaceres, En la sangre)

Consideraciones generales

En la segunda mitad del siglo XIX, en el marco de la constitución y organización del Estado argentino, fueron apareciendo nuevos problemas de medicina social o higiene pública que dieron lugar a disciplinas y prácticas nuevas asociadas y a una creciente intervención del Estado. Así, se crea en 1852 el Consejo de Higiene Pública que pasó luego a denominarse Departamento Nacional de Higiene; en 1883 se forma la Asistencia Pública de Buenos Aires; hacia la década del ’80 la Comisión de Obras de Salubridad (luego Obras Sanitarias de la Nación) contribuyó a mejorar las condiciones de higiene de la ciudad. Las epidemias de fiebre amarilla de 1871 y de cólera de 1867 y 1886 mostraban la cara dramática de la carencia y la necesidad de atender las cuestiones de higiene y salubridad. Hacia los primeros años del siglo XX las condiciones sanitarias habían mejorado notablemente según los informes oficiales[1]. En 1914 había en Buenos Aires once hospitales municipales, varios hospitales pertenecientes a las comunidades de inmigrantes, la enorme red de la Sociedad Nacional de Beneficencia y el Ejército de Salvación que otorgaban refugio a quienes no tenían vivienda. De todos modos, los problemas sanitarios, sobre todo de las ciudades, se ven agravados por el crecimiento sostenido de la población, lo cual conlleva la necesidad de atender la cuestión de la vivienda, tanto en cantidad como en calidad y, de hecho, la vivienda obrera fue un tópico de la agenda de higienistas y políticos. Higiene pública, política sanitaria, defensa social y eugenesia conforman un complejo de ideas bien articulado.

El primer intento de institucionalización de la eugenesia en la Argentina se remonta al año 1918 cuando el Dr. Víctor Delfino fundó la Sociedad Argentina de Eugenesia que no llegó a funcionar. Poco tiempo después, en 1921, el Dr. Alfredo Verano crea la Liga Argentina de Profilaxis Social; y finalmente, en 1932, se funda la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social (en adelante AABEMS), que publicó los Anales, quincenalmente durante los primeros años, aunque luego fue espaciándose su aparición. La AABEMS tenía su propio hospital y un instituto de capacitación que, en 1933, fue inaugurado formalmente en una ceremonia a la que asistieron el presidente Agustín P. Justo, el arzobispo de Buenos Aires y otras autoridades. Lo que quedaba de la AABEMS luego de la muerte de su titular –el Dr. Arturo Rossi- fue absorbido en 1943 por la Secretaría de Salud Pública de la Nación.

La contratapa de los Anales definía en cada número las áreas de las que se ocupaba: “Medicina constitucional, endocrinología, biotipología, eugenesia, medicina social, dietética y alimentación, higiene, ingeniería sanitaria, psicología, educación pedagógica, educación física, criminología, doctrina y legislación social”. Estas temáticas están efectiva y abundantemente reflejadas en sus páginas aunque, con el correr de los prevalecen los artículos sobre biotipología. Integraban el directorio de la Asociación prestigiosos psiquiatras como Gonzalo Bosch (1885-1951), Osvaldo Loudet (1889-1983) y Juan Obarrio (1873-1956), educadores de distinta filiación ideológica como Víctor Mercante (1870-1934), Ernesto Nelson (1873-1959), Rosario Vera Peñaloza (1873-1950) y Julio Picarel (1883-1949); su primer presidente fue Mariano Castex (1886-1968). En 1935 la AABEMS, cuya sede original estaba en la calle Alsina 1027, fundó el Instituto de Biotipología, que funcionaba en Corrientes y Uruguay de la ciudad de Buenos Aires y luego, por el ensanche de la Avenida Corrientes en 1936, se trasladó a Suipacha 1211, a un local cedido por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires; en el mismo local comenzó a funcionar la “Escuela Politécnica de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social”.

El movimiento eugenésico no desapareció después de la Segunda Guerra, aunque fue perdiendo buena parte de la fuerza inicial y, sobre todo fue tratando de disociarse del nazismo. En 1945, Carlos Bernaldo de Quirós, un abogado exintegrante de la AABEMS y luego de la desaparición de ésta, creó la Sociedad Argentina de Eugenesia a partir de la cual, se organiza en 1956, en la recién organizada Universidad del Museo Social Argentino, una Facultad de Eugenesia Integral y Humanismo que funcionó hasta fines de los ’70 del siglo pasado. Otorgaba títulos de Auxiliar técnico (2 años) Consejero Humanista Social (3 años) y de Licenciado en Eugenesia Integral y Humanismo (4 años). En 1955 Quirós organizó las 1º Jornadas de Eugenesia Integral. En 1985 se creó – y aún funciona- el Colegio de Eugenistas Humanólogos, en Buenos Aires, que cuenta con más de 60 socios (entre allegados a Quirós, exalumnos de la Facultad de Eugenesia Integral y Humanismo y antiguos miembros de la Asociación de Eugenesia fundada por Quirós). Entre otras cosas, el Colegio busca concretar, en el imaginario de sus miembros fundadores, el proyecto de la Academia Nacional de Humanismo, una institución que había sido proyectada por Quirós.

La versión local de la eugenesia en la Argentina, como no podía ser de otro modo, se desarrolló adoptando algunas particularidades derivadas del contexto social, cultural, poblacional y económico por un lado, pero también según las características específicas de la comunidad científica que recogió e introdujo estas ideas. La composición ideológica de los eugenistas argentinos, que incluía médicos, psiquiatras, políticos, escritores, etc., era sumamente heterogénea: había fascistas y filonazis, pero también socialistas, anarquistas, liberales y conservadores[2]. Esta diversidad ideológico-profesional se comprende cabalmente si se considera que lo que prevalece como agenda básica es la preocupación por el perfeccionamiento de la raza/sociedad/grupos en medio de crecientes problemas sanitarios a veces acuciantes como el alcoholismo, la tuberculosis y la sífilis, y problemas sociales generalizados como eran la higiene en la industria o la vivienda obrera. No es de extrañar entonces que muchos socialistas hayan suscripto los ideales eugenésicos a propósito de sus luchas por disminuir el alcoholismo en la clase obrera y mejorar sus condiciones de vida. Por otra parte, en la medida en que el fenómeno de la eugenesia, además de formar parte del clima cultural general de la época, involucra un entramado de ideas científicas, prejuicios e intereses políticos y económicos de enorme complejidad y extensión, difícilmente podría esperarse un movimiento homogéneo y lineal.

El clima general de esas primeras décadas del siglo XX tenía algunas particularidades. En primer lugar el proceso de medicalización: el científico que posee la palabra es el médico que a su vez interpela al Estado y reclama su intervención. El médico se asume ya no sólo como un técnico que desarrolla su labor específica de curar cuerpos individuales, sino como factor esencial de civilización y progreso, sobredimensionando su injerencia en la política, incluso participando activamente en cargos en el Estado. Este proceso de medicalización reúne dos aspectos diversos y complementarios: la extensión casi ilimitada, pero siempre difusa, de los ámbitos de incumbencia de la medicina y los médicos a través de considerar como categorías de análisis básico lo normal y lo patológico[3]; y, además, la demandada y muchas veces efectiva injerencia del Estado a través de Instituciones y políticas diversas. Esos médicos que ya no sólo curan enfermos sino al organismo social y extienden su campo de acción hacia esferas nuevas, ahora interpelan al Estado y le reclaman acciones tanto preventivas como de control y represión, conforme a los diagnósticos que ellos mismos en tanto especialistas elaboran. Allí convergen entonces las condiciones hereditarias con las ambientales y el Estado es el que debe proporcionar las condiciones mínimas de salubridad del medio. El objetivo era a corto y mediano plazo de asistencia, control y represión de los factores que degeneraban la raza y a largo plazo la conformación de una conciencia eugénica. Hay una relación directa con el higienismo, verdadera asociación entre los ideales médicos, la ciencia, los resortes del Estado y la pureza de la raza en relación con la afirmación de la nacionalidad. El médico se transforma en garante del bien general a partir del control de los individuos:

“En esa pretensión, siempre excesiva y siempre fallida de vigilar y perseguir toda condición desfavorable para la salud, la moral, el orden y el acatamiento de la ley, los valores de la familia y el progreso, el discurso médico va dibujando —a partir de sus figuras negativas— un verdadero friso de la felicidad y el bienestar. Ese ideal de una sociedad sin enfermedades coincide con la exaltación de unas posibilidades de ilimitado perfeccionamiento del ser humano.”[4]

La medicalización de la sociedad implica una serie de mecanismos diversos que se fueron implementando paulatinamente, en general sobre la base de la “policía médica del estado” alemana: crear sistemas completos de información y registro de las características sanitarias de las poblaciones; nombramiento de funcionarios médicos para controlar regiones diversas —estos eran parte de los objetivos de la AABEMS y la Liga Argentina de Higiene Mental por ejemplo—; la constitución de áreas específicas como la higiene pública para atender a los problemas, básicamente de las ciudades, estableciendo un verdadero control científico político del medio; el control de los individuos a través de la categorización normal-patológico. Así, podían ser consideradas como patologías la locura, el alcoholismo y las venéreas, pero también diversas inclinaciones y prácticas sexuales y la criminalidad. Incluso la subsunción de los individuos a las categorías patológicas resultaba de procedimientos metodológicamente poco claros que, en muchos casos, no resistirían exámenes epistemológicos más o menos rigurosos. En el contexto de la consideración de estas patologías y de las cualidades de diversos grupos o razas consideradas inferiores, la intervención médica se desarrollaba en la atención de los enfermos, pero, en la medida en que dichas cualidades se consideraban de origen hereditario, había un reclamo fundamental y creciente en pos de la prevención, lo cual otorgaba al médico una injerencia fundamental sobre la reproducción y sobre las prácticas sexuales, y para el caso de los inmigrantes un reclamo sobre las restricciones a la entrada al país. En este sentido, la constitución de la nación argentina, atravesada esencialmente por la cuestión inmigratoria le otorga al proceso un sesgo particular en el cual el problema de la raza y sobre todo su depuración y saneamiento, como ya se ha señalado, resulta un telón de fondo insoslayable.

Ya se han comentado algunas características del racialismo en general, aquí completaremos con algunos señalamientos más ligados al caso argentino. Las consideraciones racialistas se encontraban también a la base de la formación de científicos. En una “Conferencia que responde a la segunda bolilla del programa, dada a los alumnos de 4° año de medicina” —aparecida en La Semana Médica— el Dr. Enrique Revilla señala constantemente la diferencia entre las razas inferiores —la africana— y las razas superiores —la blanca o caucásica— expresada en rasgos morfológicos como el ángulo facial y “una fuerza de expansión indefinida con un poder de cosmopolitismo tradicional, a la inversa de las inferiores, como los negros y los polinesios”; y son los negros justamente, la raza “más rebelde a la civilización y tan refractaria a las costumbres suaves como a los sentimientos de humanidad; es en su seno donde aún se encuentran tribus de antropófagos.” [5]

La referencia a las razas inferiores y a las jerarquías se mostraba como si fuera un “dato incontrastable” avalado por múltiples diferencias morfológicas. Puede leerse en el Tratado de Anatomía Humana, de Testut y Latarjet, publicado originalmente en 1902, pero que ha tenido muchas reimpresiones posteriores y es un texto de uso habitual en la actualidad en las Facultades de Medicina, refiriéndose a una característica de las vértebras de los humanos:

“La no bifidez o estado unituberculoso se ha observado en los europeos (10%) y en las razas de color (23%). […] Estas conformaciones particulares parecen estar en relación con las inserciones musculares. Parece que la falta de bifurcación sea más frecuente en las razas inferiores. Las apófisis espinosas son indivisas en los monos (resaltado mío) […] El estado unituberculoso encontrado en el hombre entraría en la categoría de las anomalías reversivas.”[6]

En la Argentina aunque había consenso entre las élites acerca de generar una raza de calidad según un proyecto hegemónico sobre la necesidad de construir una nacionalidad argentina. Pero la composición étnica sumamente heterogénea fue dando características propias y diferenciales al movimiento eugenista con relación al problema de la raza. En efecto, uno de los argumentos más esgrimidos por los racialistas -el de las razas puras- chocaba contra la heterogeneidad de orígenes de la población argentina (inmigrantes de diverso origen, criollos y algunas pocas poblaciones indígenas sobrevivientes de la persecución de la última parte del siglo XIX), por lo que muchos discutían sobre la superioridad o calidad racial que se obtendría de una buena mezcla, restando tan sólo establecer cuál era la más adecuada. La imagen de la Argentina como un crisol de razas se ubica en esta línea argumentativa.

“[…] lo que hace esperar para la raza hispanoamericana un porvenir brillante. El continente sudamericano será el gran crisol donde se fundirán en un porvenir próximo todas las razas, todas las nacionalidades, dando como producto definitivo el tipo perfecto, en la medida de lo relativo a qué podemos aspirar”[7]

Un ejemplo, por cierto no el único, del sesgo fuertemente racialista del pensamiento corriente y al mismo tiempo de la desprolijidad con la cual se caracterizaba el concepto de “raza” lo ofrece José Ingenieros (1877-1925), de cuya obra se transcriben sólo dos pasajes significativos. El primero extraído de un trabajo sobre las impresiones de un viaje y el segundo de un artículo en el que analiza “en qué consiste la formación de una raza argentina entendida como una variedad nueva de las razas europeas blancas inmigradas al territorio argentino” y en el cual retoma varias veces la distinción sarmientina entre civilización y barbarie:

“El espectáculo ya harto vulgar, de la turba de negros zambulléndose en el mar transpa­rente para atrapar una moneda, es indigno de ser descripto. El más elemental orgullo de la especie queda mortificado al presenciar por vez primera ese ejemplo de lasitud moral ofre­cido por las razas inferiores. Todos los inge­nuos lirismos de la fraternidad universal se estrellan contra estas dolorosas realidades… Juzgando severamente, es fuerza confesar que la esclavitud —como función protectiva y como organización del trabajo— debió mantenerse en beneficio de estos desgraciados, de la misma manera que el derecho civil establece la tutela para todos los incapaces y con la misma generosidad con que asila en colonias a los alienados y protege a los animales. Su esclavitud sería la sanción política y legal de una realidad puramente biológica […]. Cuanto se haga en pro de las razas inferiores es anticientífico; a lo sumo se les podría proteger para que se extingan agradablemente, facilitando la adaptación provisional de los que, por excepción, puedan hacerlo […] sería absurdo tender a su conservación indefinida, así como favore­cer la cruza de negros y blancos. La propia experiencia de los argentinos está revelando cuán nefasta ha sido la influen­cia del mulataje en la argamasa de nuestra población, actuando como levadura de nuestras más funestas fermentaciones de multi­tudes, según nos enseñan desde Sarmiento, Mitre y López, hasta Ramos Mejía, Bunge y Ayarragaray […]. El sociólogo que observa las razas humanas con el cerebro y no con el corazón, está obligado por lo menos, a pensar lo mismo que el criador en materia de razas equinas o lanares. ¿O por ventura, la raza humana nos interesa menos que ellas?”[8]

 

“Hay un hecho admitido: las razas blancas han mostrado en los últimos 20 o 30 siglos una superioridad para la organización social del trabajo y la cultura, cuyas manifestaciones generales llamamos civilización, y cuyos núcleos concretos conocemos por naciones civilizadas. […] Hay ya elementos inequívocos de juicio para apreciar este advenimiento de una raza blanca argentina —rápidamente acentuada en los últimos 10 años y destinado a producir más sensibles resultados sociales en los 20 próximos– y que pronto nos permitirá borrar el estigma de inferioridad con que han marcado siempre los europeos a los sudamericanos […].

Esa es [se refiere al ejército] la más hermosa expresión de la nacionalidad argentina: en vez de indígenas y gauchos mercenarios, son ciudadanos blancos los que custodian la dignidad de la Nación. Este deber, que los nuevos argentinos cumplimos con más conciencia que los intrépidos montoneros implica un derecho consagrado por la ley vigente, que unifica el padrón militar y el padrón electoral […] Nacionalidad argentina implica pues, sociológicamente, raza argentina […] Está en formación: no se han extinguido todavía los últimos restos de las razas indígenas y de la mestización colonial.”[9]

Solo algunas voces discordantes, en abrumadora minoría, se alzaban sobre este tipo de ideas y sostenían que el concepto de raza debía ser abandonado por ser sólo una rémora de la rigidez y carácter jerárquico de las castas, como por ejemplo Alicia Moreau de Justo:

“Destruyamos estos falsos conceptos, escudo tras el cual se ocultan o disimulan las abominaciones de las guerras coloniales, y que sobre sus ruinas los pueblos estrechen sus manos, los más avanzados ayudando a los más retardatarios, en vez de aniquilarlos con desprecio feroz y que continuando la obra del tiempo y del saber se forma la familia única de la humanidad del porvenir.”[10]

Un tópico entre los eugenistas argentinos fue la discusión acerca de la justificación de la superioridad de la raza latina. En 1934 los Anales reproducen un mensaje radiotelefónico que enviara el presidente Agustín P. Justo (1876-1943) en ocasión del 112° aniversario de la independencia del Brasil:

“Todos los pueblos que integran la comunidad latinoamericana sienten correr por sus venas la misma sangre y alientan el mismo ideal. Nuestra condición de la raza latina en América nos hace soldados de la misma civilización, amantes del derecho y cultores del trabajo y de la libertad. Somos de aquella misma recia estirpe romana cuya influencia se extendiera sobre Iberia, transmitiendo su dinamismo a Portugal y España para que dominaran los mares, haciendo surgir de su seno y de sus confines estas tierras, donde el ideal cristiano, para bien de la humanidad, había de tener realización definitiva y esplendorosa.”[11]

Se trata de una idea que fue ganando adeptos en los círculos eugenésicos a instancias de la enorme influencia que tuvo el médico italiano Nicola Pende (1880-1970), fascista militante, referente y autoridad científica de la AABEMS: Pende, considerado el principal exponente de la biotipología, explica a través de la consideración de diversos rasgos que incluyen consideraciones antropométricas y endocrinológicas, la pureza y superioridad de la raza latina[12]:

“El problema de las razas en sus relaciones con las colectividades nacionales y con la biodinámica de las naciones modernas es problema, no de competencia de los hombres políticos o de los sociólogos, sino de los biólogos que cultivan con investigaciones positivas de biología de las razas humanas vivas, aquella novísima rama de la ciencia de la cual el moderno hombre político (como Benito Mussolini nos enseña) no quiere o no puede hacer a menos: la Biología política. […] Y he aquí como nosotros llegamos a la conclusión de que de las cinco razas principales que viven en Europa, las tres razas brunas circum-mediterráneas, sea del lado de la robustez física como de la fecundidad, como del lado psicológico, poseen una afinidad muy notable en comparación con las dos razas rubias; y sobre todo las primeras, poseen una garantía de vitalidad y longevidad, que nos explican por qué en los siglos pasados ellas han podido siempre rechazar victoriosamente las invasiones de los rubios lejos de las costas del mediterráneo, toda vez que germanos y eslavos han tentado de acercarse al mar. […] son precisamente estas tres razas brunas circum-mediterráneas aquellas en las cuales la latinidad ha podido florecer y prosperar, en las cuales la gran idea de Roma ha podido encontrar el buen humus biotipológico fecundo; mientras jamás en la historia tal idea ha conseguido implantarse en el alma nórdica y eslava, el alma de las dos razas rubias, tan diversas, por razones biológicas, de los descendientes de Roma. […] La historia entonces, y la Biotipología de las razas nos demuestran cuál será el verdadero destino de los pueblos circum-mediterráneos: aquel de reconstruir la unidad espiritual latina-mediterránea, desde una a otra desembocadura del gran mar […] Es tal civilización mediterránea reconstruida, fundada sobre la unidad espiritual mediterránea reconstruida, que Roma y su Duce quieren hoy contraponer, para la paz del mundo, al tipo de civilización de la máquina y del individualismo económico, civilización de origen nórdico, que ha conducido al mundo a la carnicería de la gran guerra y de la gran crisis material y espiritual moderna. Tal tipo de civilización por razones biológicas de raza como por razones históricas, no puede ser ulteriormente tolerado por todas aquellas naciones en cuya sangre vive y vivirá siempre el germen de la grandeza física y psíquica de Roma inmortal.” (los resaltados se encuentran el original)[13]

Las tecnologías eugenésicas

Las propuestas de los eugenistas argentinos no difieren demasiado del resto, pero también se agregan algunos elementos relativamente novedosos.

El primero refiere a que los aspectos ambientales, entre ellos clara y fundamentalmente la educación, son importantes porque pueden torcer el destino de degeneración de algunos individuos. Aunque parezca una contradicción, porque ya se ha señalado que el eugenismo es hereditarista y determinista, los eugenistas bregaban por lograr que a través de la toma de conciencia por obra de la información —básicamente sobre sífilis, alcoholismo y tuberculosis— se evitara la reproducción o se procurara cuidar que no fuera disgenésica. En este sentido era natural que tuvieran a la educación, fundamentalmente sexual, como uno de los pilares para la depuración y mejoramiento de la raza. La educación sexual propuesta, siempre está referida a la reproducción (o, en todo caso a la no reproducción), la responsabilidad con respecto a la raza y a las enfermedades venéreas y el alcoholismo, vale decir con una inclinación fuertemente biologicista o médica. Sin embargo, no hay referencias alguna a la cuestión del placer sexual, como no sea para considerarlo como una suerte de residuo natural (y secundario) del objetivo natural que es la reproducción. Se trata de regular, racionalizar y someter la reproducción humana al control científico.

En Buenos Aires, la Liga Argentina de Profilaxis Social obtuvo en 1924 la autorización del Ministerio de Instrucción Pública para dictar conferencias sobre la materia a los alumnos de los colegios de enseñanza media y magisterio de todo el país con el fin de efectuar la educación de educadores utilizando para esa tarea “dos notables películas cinematográficas tituladas ‘Cómo comienza la vida’ y ‘Madres, educad a vuestras hijas’, empleadas con idénticos fines por el gobierno de Estados Unidos de América”. Sobre el modo en que trataban los eugenistas la sexualidad volveremos en el capítulo siguiente.

De cualquier manera, la pelea por introducir la educación sexual ya desde los primeros años de la escuela, incluso en el sentido particular y restringido en que la entendía el eugenismo, ha sido muy dura y extendida y con la oposición férrea de los sectores religiosos y conservadores aunque, llamativamente, coincidieran en que la actividad sexual solo tiene como finalidad la reproducción y nunca se tematiza el placer. En este sentido resulta sumamente interesante la exposición que hace Ingenieros en su artículo “El amor, la familia y el matrimonio”, donde analiza la decadencia del instinto sexual que se manifiesta en el amor, por obra de las costumbres que prevalecieron:

“El matrimonio fue en su origen favorable a la selección sexual, asegurando la poligamia de los hombres superiores con las mejores mujeres y excluyendo de la lucha por la reproducción a los individuos despreciados de ambos sexos. Pero el progresivo predominio de la fortuna y el rango sobre las aptitudes individuales, debido a la herencia transfirió el privilegio poligámico a hombres inferiores y atenuó los beneficios selectivos de ese régimen. La generalización de la monogamia, primitivamente propia de los hombres inferiores, representó una progresiva degeneración de la selección sexual, nivelando en parte la situación de los buenos y los malos reproductores […] Las condiciones de vida familiar y social que caracterizan al matrimonio monogámico contractual son desfavorables al mejoramiento eugénico de la especie humana […] La reconquista del derecho de amar para ambos sexos sin las restricciones de la domesticidad restablecería la selección sexual y permitiría el advenimiento de alguna variedad humana eugénicamente superior, capaz de evolucionar hacia la constitución de una nueva especie.”[14]

El otro aspecto que cobra notoriedad en el eugenismo argentino es la insistencia y la militancia por parte de la AABEMS para instalar la Ficha Biotipológica uno de sus objetivos principales. De hecho había creado institutos para formar técnicos que pudieran completarla en distintas instancias: en el servicio penitenciario[15], en el hospital y en la escuela. Pero los eugenistas vislumbraban a la educación, ya universal para esa época en la Argentina, como el ámbito de intervención por excelencia, en primer lugar por considerarla como un instrumento clave para formar la conciencia eugénica mediante la educación sexual basada en la responsabilidad reproductiva dirigida a los jóvenes de distintos sectores sociales, pero también y fundamentalmente, para poder clasificar a los “diversos tipos escolares y la manera de obtener un provecho mayor del educando no pudiendo ser la acción cultural uniforme sino bajo ciertos principios que exigen la adecuada aplicación a cada caso particular” (Lozano, 1933, p. 10). En suma, se trataba de establecer las características que permitieran educar diferenciadamente para el trabajo. Desde el punto de vista del Dr. Lozano, fuertemente influenciado por el nacionalismo conservador de la época, es fundamental formar a los docentes que se desempeñarían en las escuelas puesto que eran ellos quienes debían formar a la población en los valores comunes y adaptándola al modo de producción y la ideología hegemónica para que cada uno pueda cumplir su función en la sociedad.

“No se debe olvidar en ningún momento que estamos formando la raza del porvenir que requiere el nervio y la fuerza de nuestro suelo y la gloriosa tradición de los hombres que nos dieron patria y libertad. Nuestro cosmopolitismo lo exige. No se puede permitir que exista un solo educador envenenado con doctrinas avanzadas que están en pugna con los fundamentos de nuestra existencia como nación. (…) Tenemos en el problema educacional la llave maestra. Si es bien resuelto, las fuerzas vivas tendrán cohesión: si nos desvinculamos permitiendo que se difundan ideologías absurdas, seremos internacionales pero no argentinos.”[16]

La fuerte creencia en que la educación, como instancia que permitiría adaptar a las masas a las condiciones de producción existentes y darle cohesión a una población cuya diversidad estaba dada por la fuerte inmigración europea propia de la época, se potenciaba en los miembros de la AABEMS, al entender que tenían en sus manos, gracias a los aportes de la Biotipología, una excelente herramienta para dar tratamiento a la diversidad, para evitar las amenazas que representaban para estos intelectuales y políticos conservadores y nacionalistas el avance del anarquismo y el comunismo.

Hubo varias propuestas de fichas biotipológicas o eugénicas. En Anales, el Dr. Arturo Rossi (1880-1942) propone una Ficha[17]  Biotipológica Ortogenética Escolar, según señala a pedido de colegas médicos y de un modo especial de pedagogos, y que recababa información sobre infinidad de aspectos considerados relevantes y pertinentes con el objetivo de:

“[…] implantar una más racional y científica clasificación y graduación de los alumnos, base esencial de la novísima pedagogía, y toda vez que la escuela extienda su acción a la verdadera profilaxis individual de los educandos haciendo eugenesia y dando sus nuevas normas a la Medicina Social.”[18]

Para establecer esta clasificación más racional y científica de los alumnos, se pedía la respuesta sobre ¡298! cuestiones a las que se agregaban para el caso de los anormales psíquicos otras 60. Entre otros muchos aspectos, se debían señalar en esa ficha:

• las características raciales: raza, color, forma del cráneo, índice craneano, forma de la nariz, índice nasal, color y tipo de cabello;

• ambiente doméstico del educando: moral del hogar, grado de cultura de los padres, costumbres familiares, la conducta en la Escuela evaluada por el maestro;

• el biotipo constitucional, edad aparente, toda clase de consideraciones sobre forma del rostro, labios —humedad, color y forma—, cabellos, forma de adherencia del pabellón de la oreja, forma del mentón; desarrollo e implantación dentaria; toda clase de medidas sobre tórax, miembros y abdomen.

También se solicitaba un examen psicológico riguroso, en buena parte articulado atendiendo a lo que se consideraban las funciones psíquicas y sobre tipologías caracterológicas:

• Sobre la atención se indagaba: espontánea o provocada, sensorial o emotiva, voluntaria, duración intensidad, extensión del campo de la conciencia;

• ideación: formación de las ideas, asociación de ideas, juicio, raciocinio y patrimonio ideativo;

• tanto por la memoria como por la percepción se preguntaba si el individuo tenía: visiva (sic) auditiva, olfativa, táctil, gustativa y otras;

• por los sentimientos: estéticos, éticos, egoístas, altruistas, afectividad, emotividad, curiosidad; por el pensamiento: imaginativo, realista, abstracto, lógico, fantástico-místico, sentido crítico;

• sobre la voluntad e instintos: laboriosidad, tendencia al ocio, impulsos, intuición, ocupaciones preferidas, tendencia a los juegos y a los deportes, instinto de conservación, reacción de defensa pasiva, instinto de propiedad, instinto de imitación, y otros;

• sobre el carácter: unión habitual, oscilaciones del amor, iniciativa, sugestión, moral, voluntad, autocontrol, adaptación al ambiente y otros

• tipos de carácter: tétrico, apático, hiperemotivo, estable, inestable, calidad moral dominante, tendencia afectiva, tórpido

• se indagaba sobre cultos a: la religión, la bondad, el dinero, la belleza, la verdad, la lucha;

• sobre las clasificaciones del temperamento se utilizaban las categorías de Kretschtner (esquizoideo y cicloideo) y de Pende (epileptoideo);

• se solicitaba también: grado y tipo de inteligencia, fantástica, realista, lógica, analítica, sintética, orientación al trabajo, vocaciones;

• se preguntaba si el alumno poseía: moral religiosa, sentimientos patrióticos, tendencia sociológica, orientación política definida o enfermedades de la infancia (en el mismo grupo de preguntas).

La exagerada cantidad de preguntas de las fichas genera un problema técnico. En efecto, se trata de una Ficha cuyo llenado era de gran dificultad a menos que se contara con una enorme cantidad de personal altamente entrenado. Pensar que muchas de las respuestas, para las que se requeriría un gran conocimiento de los niños, podían ser llenadas por profesionales ajenos por completo a ellos pone de manifiesto cuando menos una exagerada autoestima y omnipotencia de los que preparaban estos formularios. Pero, además pone de manifiesto la inclinación a no dejar nada fuera del control del especialista. La implantación de estudios y procedimientos como los citados se realizaban según dispositivos de control y vigilancia exhaustivos bajo la atenta mirada del médico y del inspector escolar y, cuando menos en cuanto a las propuestas se refiere, conferían un gran poder de discriminación a algunos actores:

“La formación del patrón sanitario escolar incumbe a los profesores y a los inspectores médico-escolares en estrecha colaboración. El médico escolar, ha de vigilar el complejo de influjos que pesan sobre el alumno, evitando infracciones en la redentora higiene […] el propio funcionario es el indicado para establecer la selección de individualidades escolares, con el fin de evitar que se mezclen en abigarrado conjunto los niños sanos de cuerpo y de espíritu, con aquellos que ostentan déficit sensorial, intelectual o moral. Y después de haber conseguido trazar la línea divisoria entre los anormales inteligentes y los deficientes o maleados en sentido moral se puede llegar todavía más lejos en la precisión de diagnósticos, puesto que la cantidad y calidad morbosa puede ser tanta y tan variada que exija muy especiales procederes de enseñanza y disciplina.”[19]

Los requerimientos de las fichas biotipológicas, exhaustivas, generalizadas a toda la población y funcionando como una suerte de documento de identidad que se va completando a lo largo de la vida incluso desde antes del nacimiento, constituía uno de los grandes anhelos de los eugenistas. En 1934, el entonces Ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Saavedra Lamas, propuso la creación de una Dirección General de Biotipología y la realización de fichas biotipológicas para los estudiantes, los tuberculosos y los enfermos de cáncer. En un artículo aparecido en los Anales, el Lic. Francisco Carrasco (1937), expresando una opinión generalizada, sostiene que es necesario crear un Consejo Médico Nacional y un Sistema de Preventorios que pueda realizar una ficha de seguimiento y control desde el nacimiento del niño que continuaría en el hogar, en la escuela, en los colegios y en la universidad, e incluso en la “fábrica y en el almacén, en las oficinas y en general en todas las empresas que ocupan brazos”. El Primer Congreso sobre Población celebrado en 1940 retomó la idea y sugirió: “establecer la clasificación mental de los niños durante la edad preescolar y escolar y que organicen un sistema de orientación y protección para los que hayan demostrado altas aptitudes aplicables a la industria, comercio, profesiones manuales e intelectual”.[20]

Eugenesia y criminología

Los eugenistas también colaboraron con los criminólogos en el campo de la medicina legal. Seguidores de la caracterización anatómica que realizara Lombroso de las tipologías de los delincuentes, los criminólogos requerían de los servicios de los médicos en calidad de peritos para la identificación de los individuos peligrosos que debían excluirse del cuerpo social. Si bien la escuela lombrosiana fue ampliándose e introduciendo modificaciones sustanciales a las formulaciones iniciales, inauguró un modelo de conceptualización y de detección de los delincuentes que ha perdurado durante décadas, basado en la idea de que la criminalidad se refleja en alguna conformación particular de lo orgánico.

Estas ideas, en el contexto de la preocupación por la conformación biológica de la población y el mejoramiento de la raza, por un lado contribuyeron a reforzar el complejo entramado de ideas que fundamentaban la superioridad de ciertos grupos raciales sobre otros, por ejemplo incluyendo en el área de la criminalidad biológica a los anarquistas y luchadores obreros; y por otro lado también contribuyeron a incluir a la criminalidad en el proceso que hemos llamado de medicalización o biologización: la explicación y la solución al problema de la criminalidad era incumbencia de la medicina y la psiquiatría.

De cualquier manera no se ha tratado de una mera importación del cuerpo teórico completo sino que en la Argentina hubo desarrollos relativamente originales y no todos los médicos, juristas y pensadores aceptaron sin más las ideas sobre el atavismo como modelo de explicación de la criminalidad. De hecho, José María Drago o Antonio Dellepiane, creían que no era posible explicar el argot criminal a través del atavismo y ambos se encontraban influenciados por Gabrielle Tarde (1843-1904), cuya obra La criminalidad comparada había sido publicada en Buenos Aires en 1888. De cualquier manera la idea fundamental, es decir que la criminalidad era básicamente una cuestión médico-biológica estaba instalada. En 1898, luego de que Drago y Dellepiane publicaran trabajos sobre la delincuencia aparece Criminología Moderna, una publicación que contribuyó fuertemente a difundir estas ideas a través de la colaboración constante en sus páginas de Lombroso y sus seguidores como Ferri, Garófalo, Colajanni y que contaba en su consejo de redacción a Drago, Dellepiane, Osvaldo Piñero, José Ingenieros y Juan Vucetich, entre otros. En 1902, José Ingenieros funda Archivos de Psiquiatría y Criminología, reemplazada en 1913 por la Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal. Lombroso mismo prologó varios libros de criminólogos argentinos como Los hombres de presa de Drago y La delincuencia argentina ante algunas cifras y teorías, de Cornelio Moyano Gacitúa.

Muchos de los criminólogos argentinos fueron desplazándose hacia posiciones que contemplaban o daban mayor importancia a las condiciones ambientales. V. Melcior Farré (1919, p. 84) disiente con aquellos que encuentran en los estigmas físicos el sello del carácter criminal, pero no porque considere que se trata de una falsa atribución de causalidad, sino porque reclama atender consideraciones más profundas. Los estigmas físicos visibles de “degeneración constituirían así una señal para el diagnóstico pero no siempre definitivo”.

Muchos eugenistas argentinos, como ya se dijo, seguían las ideas difundidas por Nicola Pende, nombrado “Primer Miembro Honorario Corresponsal” de la AABEMS y reconocido como una autoridad mundial de la biotipología[21]. En un elogioso artículo los Dres. Gonzalo Bosch, Arturo Rossi y Mercedes Rodríguez recogen su labor y discurren sobre el concepto de la biotipología criminal que venía a reformar la primitiva concepción lombrosiana del criminal nato. Los estudios biotipológicos ocuparon un lugar destacado en los Anales, donde se reproducían tanto los desarrollos que la nueva disciplina iba teniendo, sobre todo en Francia e Italia, como los trabajos de los propios argentinos.

“[…] con la genialidad que lo caracteriza da las formas neuro endocrinas y patognómicas de aquellos estigmas morfológicos constitucionales que no solamente se observan en los criminales, sino también en sujetos moralmente débiles y hasta en las mismas prostitutas y como es natural son absolutamente inherentes a las distintas constituciones individuales. Es siguiendo esta teoría que el creador de la biotipología superpone las anomalías de la piel, de los músculos, del esqueleto, de los caracteres sexuales, etc. A determinadas fórmulas endocrinas que llegan a establecer la absoluta semejanza entre los rasgos fisionómicos de ciertos criminales constitucionales con otros tantos biotipos constitucionales hiperpituitáricos y acromegaloides caracterizados por la prominencia de la región superciliar, con un cierto grado de exoftalmia, por la prominencia cigomática y mandibular. Gran desarrollo piloso en la cara, con pelos duros, la nariz tosca, los labios gruesos, los dientes voluminosos y espaciados, las orejas largas y carnosas, la piel tosca, terrosa, densa y pegajosa. También superpone al delincuente impulsivo epileptoide con los rasgos fisionómicos de los hipertiroideos, es decir, ojos más o menos sobresalientes, brillantes, congestionados y rígidos, la mirada salvaje y penetrante, cejas densas y largas, piel delicada, lívida, fácil al rubor y propensa al sudor; los cabellos hirsutos con calvicie precoz; de cráneo fino y si se quiere algo afeminado, con nariz larga y estrecha, labios finos y retraídos, al decir de Pende, estos sujetos acusan rasgos fisonómicos rígidos y desfigurados como consecuencia de cierta hiperponia. […] No hemos de seguir citando las múltiples características físicas que presentan los delincuentes y sus rasgos humorales y solamente hemos de recordar el excesivo desarrollo piloso sobre en el vello de la cara, las cejas, pelo de tipo masculino en las arolas de los pezones, a lo largo de la línea media del pecho y en la parte inferior del abdomen, implantación y desarrollo piloso en la región pubiana de las mujeres con características masculinas y es en razón de este especial temperamento endocrino que muchas mujeres delincuentes y muchas prostitutas que alternan el amor con el delito acusan un cuadro semejante a la masculinización corporal.

También se constatan anomalías de pilificación de tipo contrario por los escasos pelos que presenta debido a la escasez de pelos que acusan los degenerados, falsificadores, etc., que al decir de la escuela de Pende, es característico en el sexo masculino del hipogenital asociado o no al hipopituitarismo; no es menos interesante la observación de Peritz, en el sentido de la lividez y terrosidad del cutis de característica constitucional hipoparatiroidea, que suelen presentar muchos criminales jóvenes, los cuales acusarían también rasgos constitucionales de hipertimismo y de hipergenitalismo.”[22]

La biotipología, y más allá de las disputas sobre los rasgos atávicos, en líneas generales apunta a completar y a hacer más complejos y exhaustivos los análisis lombrosianos iniciales. Pende y luego Gregorio de Marañón (1887-1960) en España, introducen las características endocrinológicas, pero lo que se intenta es realizar estudios de todo tipo de fenómenos (morfológicos, funcionales, humorales, volitivos, afectivos, intelectuales) insertos en el patrimonio hereditario, funcionando en un ambiente y en condiciones determinadas.

En la Argentina, además de la línea de Pende, había muchas versiones biotipológicas diferentes, algunas muy curiosas. Por ejemplo, el Dr. Arenaza, médico de la policía realizó una investigación sobre la agudeza visual de los menores alojados en la Alcaldía de Menores y llegó a la conclusión de que existe “una verdadera correlación en estos jóvenes entre la sensibilidad psíquica y la mayor o menor amplitud del campo visual” habida cuenta de que constató que el 70% poseía una agudeza normal o supernormal.

La escuela biotipológica pendeana, en suma, considera que los delincuentes —clasificados en aquellos que atentan contra la propiedad, las personas, la moralidad y las buenas costumbres— se caracterizan, en lo referido a su constitución endocrina “por la más franca desarmonía de sus hormonas, lo que lleva aparejado las típicas constituciones morfológicas”. Por ello puede establecer la siguiente tabla según la cual se caracterizan:

“(…) 2. los asesinos. Cínicos y sedientos de sangre, que constituyen el tipo que Pende denomina ‘asesinos sanguinarios congénitos’. En estos delincuentes se encuentran frecuentemente:

a. hiperpituitarismo anterior, frecuentemente asociado a hipopituitarismo posterior,

b. hipogenitalismo,

c. hipersuprarrenalismo,

3. los criminales pasionales, impulsivos y emotivos que son:

a. los que matan por celos,

b. los que cometen un crimen por momentánea ofuscación,

c. los que hacen un culto a la violencia,

d. los desertores,

e. los incendiarios,

En este tipo de delincuentes la fórmula endocrina constitucional predominante es la hipertiroidea o distiroidea.

4. los ladrones y los estafadores; la fórmula constitucional endocrina de estos sujetos sería la siguiente:

a. hipopituitarismo,

b. distiroidismo,

c. hipertimismo (sobre todo en los jóvenes).

5. criminales contra la moral (del sexo masculino) son frecuentes los siguientes signos constitucionales: signos de falta de armonía sexual con hipergenitalismo o hipogenitalismo o heterosexualismo (sic).

Por lo que se refiere al hábito morfológico de los cultores del delito […] en los asesinos predomina el hábito megalosplácnico e hipervegetativo, brevilíneo; mientras que en los asesinos ocasionales, ladrones y estafadores el hábito predominante resultaría ser el microsplácnico, hipovegetativo, longilíneo. Las recientes investigaciones de Vidoni, le dan al Director de la Sección Psíquica del Instituto Biotipológico de Génova los siguientes valores médicos: el tipo brevilíneo en el 55% de los autores de delitos de violencia, y 12% en los que cometieron un crimen sin apelar a la violencia; mientras que el tipo longilíneo está representado en el primero de los citados grupos por el 18% y en el segundo por el 44%.”[23]

Pero, además del análisis de las condiciones físicas que podían dar cuenta de la criminalidad fue construyéndose y haciéndose generalizada la creencia en la relación estrecha entre enfermedad (mental) y crimen, un aspecto más del proceso de medicalización. El Dr. Gonzalo Bosch, presidente de la Liga Argentina de Higiene Mental, en un artículo de la Revista de la institución, lo expone con claridad y elocuencia. Bosch recoge un Boletín de Estadística publicado por la policía de la Capital Federal del año 1929 en el cual aparece una tabla que señala la cantidad de delitos discriminados por la enfermedad del autor:

“Entre los delitos contra las personas figuran rotulados así, en p N°10:

Alcohólicos

241

Neurasténicos

0

Sin enfermedades

2796

Sifilíticos

1

Otras enfermedades

10

Toxicómanos en general

0

Dementes

11

Tuberculosos

0

Epilépticos

0

Sin especificar

0

¿Es posible que en este cómputo del Anuario no se encuentre ningún epiléptico, siendo la epilepsia fuente indiscutible de delitos? ¿es posible que nos encontremos con un sifilítico y con ningún neurasténico, tuberculoso y toxicómano? ¿A qué otras enfermedades se refiere el anuario de la policía?”[24]

Nótese que el reclamo de la com.unidad de psiquiatras se hace sobre la base de una estadística ya habitual, que establecía la relación entre enfermedad y delito. Poco después, en 1934, el Dr. Bosch comenzó a dictar un curso de perfeccionamiento para los estudiantes de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales con la esperanza de que contribuyera en el futuro a una reforma del Código Penal:

“Para que la nueva legislación sea, más científica, más racional y más humana, y permita afianzar nuestro concepto de que el delincuente no es un criminal sino un enfermo.”[25] [destacado en el original]

José Ingenieros, en La Locura en la Argentina (1909), realiza un detallado catálogo de las publicaciones en el área de la psiquiatría, tesis, revistas y libros. Allí puede observarse de qué manera hacia fines del siglo XIX y principios del XX se produce una explosión de publicaciones, al tiempo que la vinculación entre locura-delito y delito-enfermedad se va haciendo cada vez más estrecha y generalizada. Una vez establecida tal vinculación, en el marco de la demanda de restricciones a la inmigración el paso siguiente, que incluye delito-anarquismo-locura, es muy sencillo. La constitución de la criminología y la psiquiatría en el marco de lo que algo difusamente denominaremos positivismo argentino[26] de principios del siglo XX, pondrá el acento en las condiciones hereditarias, en los signos de la degeneración que no expresaban otra cosa que la raíz orgánica y fisiológica de la patología mental, por más oculta y desconocida que ésta estuviese. De cualquier modo, la persistentemente creciente demanda de medicalización de los desórdenes de todo tipo a partir de las tipologías clásicas de la locura, y en tal caso control de los individuos, chocaba contra un límite derivado por un lado de ciertos comportamientos que no incluían el delirio, y por otro con la ausencia de rasgos visibles típicamente delincuentes, por lo cual comenzó a agregarse una categoría de diagnóstico que descubría la patología oculta tras una apariencia de normalidad[27]: se trata de la locura moral, concepto que contiene una característica clave para entender la extensión y alcance que ha llegado a tener; una característica que lo debilita epistemológicamente pero que le da mucha fuerza ideológica: sus límites borrosos. Esa característica exalta y torna indispensable la figura del especialista que es el único capaz de detectar bajo esa apariencia de normalidad la verdadera expresión del delincuente en potencia y del loco; el alienista reúne al mismo tiempo el saber y la astucia que hace que no pueda ser engañado; pero la locura moral constituye una clase con profusa y creciente connotación a través de los años y, al mismo tiempo con unos límites que resultan altamente permeables de modo que puedan ingresar toda clase de individuos.

Uno de los aspectos que adquieren los reclamos por restricciones a la inmigración, como se verá a continuación, está relacionado con la delincuencia y con la criminalización de las luchas obreras, principalmente sobre los inmigrantes anarquistas. Una correlación creciente entre criminalidad e inmigración se va constituyendo sobre la base de una correlación más básica: raza y crimen. Si bien había acuerdo en que las razas negras y amarillas eran indiscutiblemente portadoras del estigma de la criminalidad, se discutía sobre la condición de la raza latina, que otros exaltaban como hemos visto. La mayoría de arrestos entre españoles e italianos marcaron la tendencia a relacionar causalmente inmigración-raza latina-delito. Aunque, de hecho la predominancia de extranjeros en Buenos Aires hubiera sido una buena razón para explicar el aumento de la cantidad de delincuentes extranjeros, lo cierto es que el anarquismo interpretado a la luz de la nueva criminología no tardó en ser incluido dentro de las patologías que debían ser eliminadas. El fiscal que acusó a Simón Radowitzky (1891-1956), que había asesinado al jefe de policía Ramón L. Falcón (1855-1909) en 1909, aseguraba en su alegato:

“(…) sus caracteres morfológicos acusan, bien acentuados, todos los estigmas del criminal. Desarrollo excesivo de la mandíbula inferior, preeminencia de los arcos zigomáticos y superciliares, depresión de la frente, mirada torva, ligera asimetría facial, constituyen los caracteres somáticos que acusan en Radowitzky el tipo del delincuente.”[28]

Rápidamente se constituyó un entramado que relacionaba los conflictos obreros con una caída de la moral pública y el aumento de la criminalidad. La gran cantidad de dirigentes obreros italianos y españoles en los inicios de los primeros sindicatos en la Argentina, contribuía a reforzar tal creencia. Señala Zimmermann:

“Las preocupaciones por la preservación de la salud de la población inspiradas por una corriente de nacionalismo cada vez más firme en el panorama ideológico argentino de comienzos de siglo corrían paralelas a la otra gran preocupación del momento: la forma de excluir a la inmigración indeseable que desde cierta óptica ponía en peligro no sólo la salud física o mental de la población local, sino también la armonía social y la estabilidad de las instituciones. El anarquismo, interpretado a través de los principios de la nueva criminología positivista, encarnó entonces otra variedad de patología que debía ser eliminada del organismo social.”[29]

Poco a poco el anarquismo dejó de ser un problema o una cuestión social para pasar a ser casi exclusivamente parte del proceso de criminalización general que, según las creencias corrientes, aparecía como en un proceso de aumento incontenible sobre el que debían concentrarse los esfuerzos del Estado. A ello debe agregarse que había una presión en algunos momentos ejercida por los gobiernos europeos para que la Argentina fuera más estricta en el control de los inmigrantes anarquistas que llegaban.

Eugenesia y restricciones a la inmigración

Hacia mediados del siglo XIX los países de América, Australia, algunos africanos y algunos europeos como los estados balcánicos, países con escasa población en general y también escasa población calificada para las nuevas formas de la industria, comenzaron a generar legislación que favorecía la inmigración a través de distintos mecanismos de promoción y ventajas. Con el correr de las décadas y a medida que los inmigrantes llegaban comenzó a aparecer una serie de conflictos y la defensa social adquirió también la forma de la protección contra la inmigración de las llamadas razas inferiores. Entre 1830 y 1850 Australia y Nueva Zelanda comenzaron a impedir la entrada de “chinos, japoneses, hindúes, canacos y demás gente de color”[30]. Entre 1857 y 1877 todos los estados de Australia imponen un impuesto de diez libras a cada chino que desembarque aumentándolo a cincuenta hacia 1884 además de limitar la cantidad de personas que podían entrar.

Este problema se fue extendiendo hacia todos los países receptores de inmigración, y la Argentina no fue la excepción aunque los procesos restrictivos se iniciaron mucho después, ya entrado el siglo XX[31]. El concepto de defensa social surge entonces de la tensión entre la conciencia de la necesidad de seguir recibiendo inmigración, fiel a la consigna de Juan B. Alberdi de gobernar es poblar, y la necesidad de clasificar y seleccionar a los que vienen con el objetivo supremo de “formar una raza sana, fuerte y capaz fisiológica y psíquicamente, raza propia y netamente argentina” por lo cual se advierte sobre el riesgo de admitir el ingreso de ciertos grupos, cuya composición es variable según los casos: algunas razas, criminales convictos y ex convictos, enanos, sordomudos, inválidos, enfermos venéreos, idiotas o imbéciles, alcohólicos, etc. No obstante, el objeto de las restricciones generaba diferencias. Algunos, como por ejemplo Stach (1916) señalaban la inconveniencia de los inmigrantes españoles y también de los italianos, que aunque fueran mejores que los españoles, tampoco eran muy recomendables; pero los que se consideraban realmente indeseables eran los llamados rusos y los turcos:

“No se trata aquí sobre los rusos propiamente dicho, éstos casi no emigran de su país. Los que emigran son los judíos rusos, que en Rusia están despreciados por el resto de la población, entre los que se encuentran muchísimos elementos peligrosos, ácratas, caftens, prostitutas capaces de acciones criminales […] la actuación judía resulta, por lo regular, de mucho prejuicio para todas las naciones entre quienes éstos viven. […] Pero, además de las razones religiosas, económicas y morales que ya serían bastante suficientes para que no se fomente sino rechace de plano la inmigración judía, media también la razón fisiológica, pues no hay otra raza de las que viven en Europa que fuera tan degenerada como lo es la judía. Y el día de hoy en los manicomios y asilos para idiotas en la Capital tenemos un crecido número de niños degenerados e idiotas de origen judío […] Otra inmigración que también poco conviene es la turca, sirias y otras similares.”[32]

La inmigración recomendada era la inglesa, francesa, alemana y austriaca del norte, así como también la dinamarquesa, sueca, noruega y suiza. La propuesta apuntaba a endurecer las condiciones de la ley de inmigración aumentando, en lo posible, las dificultades para el ingreso de inmigrantes:

“[…] de las razas inferiores de color, chinos, japoneses, hindúes, persas, sirios, negros, inadaptables por sus costumbres, creencias y manera de vida para aclimatarse entre nosotros. También […] los penados, los delincuentes de todas clases, las mujeres de vida licenciosa, los mendigos, los sectarios, los políticos (sic) los ácratas, los atacados de enfermedades infecciosas, los alienados, los individuos consignados como peligroso para el orden público.”[33]

Poco a poco se convierte en un tópico de las primeras décadas del siglo XX la cuestión de la inmigración indeseable. Una encuesta que lleva adelante el Museo Social Argentino en el año 1918, en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, entre conspicuos representantes de las ciencias, la política y la jurisprudencia argentina, preguntaba: ¿Se establecerán las anteriores corrientes migratorias hacia la república Argentina?; ¿Qué factores pueden favorecer la emigración en los países actualmente en guerra?, ¿Qué factores pueden impedirla o limitarla?; ¿Cuál es la inmigración que más nos conviene y qué medidas deben adoptarse para atraerla y retenerla en el país?; ¿Cuál es la inmigración “no deseable” y cómo podría impedirse? (resaltado mío); ¿Cuál es el número máximo de inmigrantes que el país puede recibir y retener cada año convenientemente?; ¿Qué reformas juzga Ud. necesarias en la ley de inmigración? Los resultados de la encuesta se publicaron precedidos por una artículo del Dr. Emilio Frers quien, fiel a la consigna de la necesidad de atraer inmigración hacia estas playas, se expresa de manera amplia y generosa recordando los dichos de la Constitución Nacional: la libertad de entrar al país se refiere a todos los extranjeros que vengan a dedicarse al trabajo y estén en aptitud de hacerlo; incluso se muestra contrario a tratar de impedir la entrada de terroristas y agitadores profesionales en el convencimiento de que tales medidas son ineficaces; y contrario también a todos los prejuicios de raza para constituir un tipo nacional propio o cuando menos americano, mediante la desintegración de los viejos tipos europeos y la fusión de todas las tituladas razas, poniendo especial acento en que, “de los prejuicios de raza, el que con más empeño y vigor se mantiene en la República Argentina es el de la raza latina”. No obstante, en los resultados de la encuesta el panorama es diferente. Hay una convicción bastante generalizada de que resulta deseable propiciar la inmigración de personas que tengan habilidades para trabajar en el campo y que se arbitren las medidas para que efectivamente se dirijan a vivir al campo. El Dr. Horacio Béccar Varela señala, incluso, que los inmigrantes rusos deben ser rechazados salvo que sean campesinos, en lo posible, iletrados. Parece haber conciencia de que las ciudades se encuentran saturadas de obreros con oficios a lo que se agrega una idea bastante corriente respecto a la decadencia que ocasiona la vida en las ciudades grandes. Los encuestados que se expresan sobre la inmigración deseable en términos de nacionalidad en general prefieren la que proviene de los países anglosajones, Francia, países escandinavos, Alemania, Austria, Suiza, Bélgica y algunos agregan Italia y España. Con respecto a la inmigración no deseable, las respuestas son más dispares. Mientras algunos como Estanislao Zeballos señala simplemente como no deseable a los que no tengan habilidades agrícolas o como Augusto Bunge a los jornaleros sin calificación, otros son mucho más explícitos. Es sorprendente la coincidencia generalizada en rechazar a la inmigración de raza amarilla —chinos y japoneses— a los negros y rusos, a los que algunos agregan a los hindúes y gitanos. También resulta generalizada, casi unánime, la consideración de indeseable de los agitadores políticos, ácratas (es decir anarquistas), maximalistas (o bolcheviques) y enfermos como los sifilíticos y tuberculosos. El cónsul Eduardo Colombres consideraba deseable a toda inmigración europea salvo a los gitanos. Muchos señalan a los atorrantes como una categoría indeseable. Este vocablo de uso común en el lunfardo aparece en diversas publicaciones para designar a esta clase especial de individuos. Hay muchas versiones sobre su origen. Gobello[34] deriva el nombre de aquellos vagabundos que dormían en los caños que se habían importado y que estaban en el Puerto de Buenos Aires destinados a derivar las aguas del río de la Plata. Dichos caños tenían la inscripción “A. Torrent”. J. Ingenieros[35] también se refiere a los atorrantes, pero diciendo que “no eran mendigos ni delincuentes” y que habían desaparecido hacia 1900 por la acción del “Servicio policial de observación de alienados” fundado por el profesor Francisco de Veyga.


  1. Véase: Eduardo Zimmermann, Los reformistas liberales, Buenos Aires, Edit. Sudamericana – Univ. San Andrés, 1995.
  2. Se puede consultar al respecto:
    Diane E Paul, The politics of heredity. essays on eugenics, biomedicine and the nature-nurture debate, Albany, State University of New York Press, 1946.
    John Baker & John B.S Haldane, La vida diaria vista por un biólogo, Buenos Aires, Emecé, 1946.
  3. Para un análisis de la historia de las categorías normal/patológico véase: Georges Canguilhem, Le normal et le pathologique, París, Presses Universitaires de France, 1966. En castellano: Lo normal y lo patológico, Mexico, Siglo XXI Editores, 1986.
  4. Hugo Vezzetti, La locura en la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 1985, pág. 33.
  5. Eduardo Revilla, “Salud colectiva, predisposiciones e inmunidades de origen étnico”, La Semana Médica, Buenos Aires, Año II, N° 20, p. 341-346, 1902, pág. 343.
  6. Leo Testut & André Latarjet, 1902. En castellano: Tratado de anatomía humana (novena edición), Madrid, Salvat, 1975, pág. 49.
  7. Eduardo Revilla, ob. cit., pág. 342.
  8. José Ingenieros, Crónicas de Viaje. En Obras Completas, Buenos Aires, Ediciones Mar Océano, 1962, Vol. 8, 1908, pág. 324.
  9. José Ingenieros, “La formación de la raza argentina”, Revista de filosofía, cultura, ciencias y educación, Buenos Aires, Vol. 2, N° 6, p. 464-483, 1915, pág. 468.
  10. Alicia Moreau de Justo, “La pretendida degeneración de las razas”, Revista socialista internacional, Buenos Aires, Tomo 2, N° 3, 1909, pág. 45.
  11. Anales, 1934. N° 29, p. 3.
  12. Nicola Pende, médico e ideólogo racialista de fama mundial, fue uno de los redactores del manifiesto de los profesores universitarios italianos publicado, en julio de 1938, en “Il Corriere della Sera” de Milán, que se refería al aspecto colonial del problema, y decía entre otras cosas: “Son de fácil explicación los motivos de defensa que desde hoy se imponen con la adopción de medidas tendientes a evitar mezcolanzas de nuestra sangre con la de los indígenas del Imperio. Pero no menos interesante es a mi modo de ver, otra defensa; aquella contra el peligro de que se eduque, con métodos excesivamente idealistas, de esa excesiva idealidad de que, por cierto, pecamos los italianos. Bondad y humanidad, pero que no sean debilidad; escuelas, hospitales, recreatorios, todo está bien, pero “sit modus in rebus” y sobre todo, no olvidarse de las seculares enseñanzas de Roma, en su forma de colonizar a los bárbaros y de la experiencia de pueblos colonizadores más viejos que nosotros”.
  13. Nicola Pende, “Biología de las razas y unidad espiritual mediterránea”, Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, Buenos Aires, Año 3, N°41, p. 12-18, 1935, pág. 2-4.
  14. José Ingenieros, “El amor, la familia y el matrimonio”, Revista de filosofía, cultura, ciencias y educación, Buenos Aires, Vol. 20, N° 6, p. 347-367, 1924, pág. 366.
  15. Gonzalo Bosch decía: “Se llama biotipología criminal al estudio de las características hereditarias, del hábito morfológico, del temperamento dinámico humoral, del carácter y de la inteligencia, en una palabra de la integral personalidad psicosomática del cultor del delito, para poder fijar, de las característica biotipológicas individuales de los delincuentes, la verdadera legislación científica de orden policial y de orden legal, que involucra la pena o la corrección de los que han cometido un reato (…).” Gonzalo Bosch, Arturo Rossi & , Mercedes Rodríguez, “Biotipología criminal”, Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, Buenos Aires, Año 2, N° 30, p. 7-11, 1934, pág. 5.
  16. Nicolás Lozano, “Educación y la doctrina constitucional”. En Anales, Año 1 Nº 1 p. 10, Buenos Aires, 1933, pág. 10.
  17. En los Anales (1934), los Dres. Rossi, Berutti y la Dra. Zurano también habían publicado una propuesta de ficha eugénica de evaluación de la fecundidad para ser usada en todos las diversas maternidades. En esas fichas dirigidas tanto al hombre como a la mujer se recababa información exhaustiva sobre datos filiatorios entre los que se encontraba “país de nacimiento”, “clima”, “raza”, “color”, y otros que pudieran dar cuenta de la “influencia de los factores ambientales” como situación y organización familiar, vivienda, etc. También se preguntaba sobre antecedentes patológicos, distintos tipos de valores antropométricos y lo “concerniente al temperamento neuroendócrino y al temperamento psíquico.
  18. Arturo Rossi, “La ficha biotipológica ortogenetica escolar”, Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, Buenos Aires, Año 3, N° 60, p. 3-7, 1936, pág. 3.
  19. Melcior Farré, “Degeneración y regeneración de la raza”, La Semana Médica, Buenos Aires, Año XXVI, N° 30, p. 77-99, 1919, pág. 97.
  20. Citado en Karina Ramacciotti, “(…) La gran campaña nacional de la población (…)”: La cuestión social, población ‘útil’ e intervención del Estado en el Primer Congreso de la Población de 1940”, IX Jornadas Escuelas/ Departamentales de Historia, Córdoba, 2003.
  21. Gustavo Vallejo realiza un análisis de los principales institutos de biotipología argentinos, creados a instancias de Pende, y de los italianos de Génova y Roma cuyo apogeo se da durante el fascismo. Asimismo señala que se trata de verdaderos “observatorios de todos los comportamientos humanos situado en un ámbito capaz de ejercer coacciones a través del espacio y del protagonismo de la inquisidora mirada científica”. Véase: Gustavo Vallejo, “El ojo del poder en el espacio del saber: los institutos de biotipologia”, Asclepio, Vol. LVI, Fascículo 1, p. 219-244, 2004.
  22. Gonzalo Bosch, Arturo Rossi y Mercedes Rodríguez, ob. cit., pág. 7.
  23. Gonzalo Bosch, Arturo Rossi y Mercedes Rodríguez, ob. cit., pág. 9.
  24. Gonzalo Bosch, “Los propósitos de la Liga Argentina de Higiene Mental”, Revista de la Liga Argentina de Higiene Mental, Buenos Aires, Año 1, N° 1, p. 4-10, 1930, pág. 8.
  25. Gonzalo Bosch, Arturo Rossi y Mercedes Rodríguez, ob. cit., pág. 9.
  26. Véase: Ricaute Soler, El positivismo argentino, Buenos Aires, Paidós.
  27. Foucault, en su Historia de la Locura en la época clásica se refiere también a ciertos locos recluidos que no “ofrecían ninguna lesión del entendimiento y que estaban dominados por una especie de furor, como si sólo hubiesen estado menoscabadas las facultades afectivas”.
  28. Citado en Eduardo Zimmermann, ob. cit., pág. 134.
  29. Eduardo Zimmermann, ob. cit. pág. 117.
  30. Francisco Stach, “La defensa social y la inmigración”, Boletín del Museo Social Argentino, Buenos Aires, 1916, p. 361-389, 1916, pág. 373.
  31. La ley de Residencia que habilitaba la expulsión de los extranjeros que alteraran el “orden público” es de 1902; la ley de Defensa Social, de 1912; decretos de 1932 y 1936 también contribuyeron a acentuar las restricciones (véase: Susana Novick, Política y Población, Argentina 1870-1989, Buenos Aires, CEAL, 1992).
  32. Francisco Stach, ob. cit., pág. 386.
  33. Francisco Stach, ob. cit., pág. 381.
  34. José Gobello, Vieja y nueva lunfardía, Buenos Aires, Freeland, 1963.
  35. José Ingenieros, La Locura en la Argentina, Buenos Aires, Meridión, 1919.


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