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7 Dialéctica de la subversión desde una autobiografía situada

Un escrito experimental sobre fragmentos interpelados y cadenas significativas detenidas para la restauración del linaje

Paula Helena Mateos y María Alma Tozzini

A la memoria de Arianne Hecker

Aquello a lo que afecta la intención alegórica es separado de los contextos de la vida: y con ello es, al tiempo, tan destruido como conservado. La alegoría se aferra a las ruinas, ofreciendo la imagen de la inquietud coagulada.

 

Benjamin, 2008, p. 266

Instantáneas

* A fines de octubre de 2017, los integrantes del Grupo de Estudios sobre Memorias Alterizadas y Subordinadas (GEMAS) nos reunimos en una pequeña localidad patagónica para discutir nuestras investigaciones y pensar en la publicación de este libro. Las jornadas habían sido intensas y bellas aprovechando el sol de una primavera −en el calendario− que nos permitió trabajar algunas tardes al aire libre. Los intercambios fueron fructíferos y el tema del libro quedaba claro: íbamos a trabajar sobre la reconstrucción de memorias desde los fragmentos. Como dijimos, la primavera era un dato en el calendario y en la tibieza del sol de la tarde. Solamente. El anteúltimo día del encuentro, mientras nos dirigíamos a presentar el libro de nuestro anterior proyecto, el frío nos corrió por el cuerpo: a escasos cuarenta kilómetros de donde estábamos reunidos trabajando aparecía un cuerpo sin vida; muy posiblemente −como se confirmaría más tarde− el cuerpo de Santiago Maldonado.


* Los primeros días de noviembre de 2017 Alma Tozzini recibía un mensaje de Paula Mateos. Paula y Alma se conocieron a través de una amiga en común, fallecida un año antes. Paula reconoció que Alma podía leer −distanciada pero amorosamente− un texto en el que Paula intentaba contarle a su hija, que se asomaba a su juventud a partir de un largo viaje al exterior, lo que había sido la historia de las mujeres de la familia. Alma aceptó −como un honor y con la responsabilidad de asomar las narices en la intimidad de otros− el convite. Algo, más allá de lo profundo y sentido del relato, la estremeció cuando lo leía: Paula contaba a su hija su historia en fragmentos, y así los nombraba. En ellos aparecían rastros de contextos lejanos y actuales; una abuela mapuche se enfieltraba con la aparición de Santiago Maldonado mientras ambas fibras se frotaban con el primer #Ni una menos. El encuentro de octubre con los investigadores del equipo se entrelazaba con esta experiencia a la que era invitada.

Presentación

El artículo que aquí compartimos se propone tomar “Linaje” −el escrito que Paula Mateos enviara oportunamente a Alma Tozzini− como una fuente autobiográfica y analizarla desde los tópicos que fuimos trabajando a través de la memoria de los fragmentos o de su restauración a partir de estos. Entendemos lo arriesgado de la empresa al tomar un texto propio como objeto de análisis. Sin embargo, poder objetivarlo teóricamente nos ha ido permitiendo complejizar su lectura y, por lo tanto, usarlo a modo de ejercicio que permita entender lo que implica la restauración de memorias a través de los fragmentos. Este manuscrito nos permite también mostrar cómo algunos de esos fragmentos, que tal vez quedaban en un segundo plano al momento de su escritura, van siendo iluminados por los contextos que se van renovando por el paso del tiempo.

Así, a los fines de organizar la lectura, presentamos en primer lugar el texto “Linaje”. Posteriormente y recuperando algunas apreciaciones de Walter Benjamin (1973, 2008) nos detendremos en la discusión respecto de si tales fragmentos recuperados en el escrito autobiográfico debemos tomarlos como ruinas o como índices históricos de reivindicaciones que exige el pasado. Finalmente ofreceremos una lectura que nos permita explicar cómo dichos fragmentos van adquiriendo diversas dimensiones y potencia política a partir de la actualización siempre dinámica de los contextos en los que son leídos y pensados.

Linaje (por Paula Mateos)

Para Alicia y Pilar

Para Marcelo y León

En tu memoria, Azucena

El árbol genealógico

Las clases populares no tienen árbol genealógico. Reproducen historias (propias o cercanas) de manera oral. Algunas veces se guardan cartas, pero eso ya supone una letralidad que en el caso de mi familia se alcanzó recién en los últimos años. Para hacer un árbol genealógico de alguien se necesita tener la intención de hacerlo, buena memoria, y deseo de recordar, pero también de reconstruir historias a menudo dolorosas. Y es preciso también tener colaboración de parte de quienes comparten la información, y compromiso con la verdad. Además, hace falta tiempo, tiempo disponible. La reconstrucción es una tarea larga y lenta. A veces viene bien que haya alguna herencia que repartir (hay que destacar la notable habilidad de los abogados sucesorios para hacer genealogías familiares).

En cualquier caso, visto así el asunto, los árboles genealógicos son una cuestión de clase, de poder y de patriarcado. O de toma de conciencia. Ninguno de estos requisitos habitó mi familia, hasta mi madre. Quizás por su formación, quizás por su condición de oveja negra, fue ella la que necesitó indagar, la que advirtió lo inexplicado, lo silenciado, la que se dio cuenta de que había cosas para preguntar y la que entendió por dónde, a quiénes, había que hacer preguntas. Su curiosidad fue un motor, pero también una carga: no fue fácil, incomodó mucho, generó resquemores, inquietó lo estático.

Siento que mi historia es un gran mosaico con piezas que le faltan, mientras que otras emergen con insospechado relieve, como si fuesen mucho más importantes de lo que creí en el pasado. Como si todo este tiempo se hubiesen estado llenando los vacíos, tratando de engordar los llenos.

Miro los árboles genealógicos de los europeos, esos que se ven en cuadros de museos, que remontan las historias familiares por cientos de años. Comparo esas largas genealogías con mi propia historia, que se trunca en mis abuelos, de quienes tuve vivencias en primera persona y la historia contada, recordada.

De mis bisabuelos, a duras penas sé sus nombres, a fuerza de verlos escritos en alguna partida de nacimiento. Pero eso es todo. De mis bisabuelos andaluces sé que provienen de familias judías y moras, silenciadas por el miedo, convertidas por el espanto, escapadas por el terror al fascismo y al hambre, en ese orden. O al revés, que es lo mismo, y es igual.

Y de mis bisabuelos criollos también sé muy poco. El relato familiar dice que la familia es criolla. Criolla, o sea algo así como una familia que no cuenta con inmigrantes bajados de algún barco europeo. Familia criolla, que remite a poesía gauchesca y a campo abierto, todo muy bucólico: criollo. Escucho y pienso que esa palabra tan folklórica es en realidad un eufemismo para nombrar lo ignominioso: la naturalización de la conquista, la apropiación de tierras y de cuerpos y la historia silenciosa de las violaciones de las mujeres originarias.

Esta historia está contada en fragmentos. En pequeños episodios aparentemente lejanos entre sí, pero todos ellos fragmentos del mosaico incompleto. Es un intento de entender, de interpretar(me), desde los relatos de mi madre y de mi abuela. Es también la historia de la última conversación que tuve con mi madre, y de cómo me relató su búsqueda de raíces e interpretó su legado a su nieta.

Es una historia deliberadamente femenina, buscando encontrar lo que siempre se veló por la centralidad de los varones en el relato familiar y es por fin, una búsqueda, no sé de qué… pero si lo encuentro, daré cuenta de ello.

Ni una menos

El centro de la Ciudad de Buenos Aires, su fauna oficinera displicente y acostumbrada a movilizaciones populares y cortes de calle nos miraba con espanto.

Esta vez no eran sindicatos ni estudiantes. Éramos mujeres, mujeres… y más mujeres. Éramos cientos de miles de mujeres. Y estábamos enfurecidas.

Había aparecido el enésimo cuerpo vejado, violado, torturado y muerto de una muchacha joven. Otra más de tantas. Pero por algún motivo se juntó el espanto con la bronca y los años de organizaciones feministas sedimentados. El resultado fue el inicio del movimiento Ni Una Menos, con esa monumental manifestación en Buenos Aires, que se sigue realizando y que se extiende a cada vez más países.

Caminábamos juntas todo tipo de mujeres: organizadas o sueltas, politizadas o menos, pobres o no tanto. Éramos cientos de miles de mujeres (ya lo dije, pero vale repetirlo) donde las etiquetas calificantes no nos excluían sino que más bien expresaban todo eso que éramos juntas y al mismo tiempo: trabajadoras, estudiantes, sindicalistas, ancianas, maduras, jóvenes, muy jóvenes, niñas, mamás con sus cochecitos de bebés, católicas, evangelistas, socialistas, peronistas, dando la teta, lesbianas, trans, famosas, ignotas.

Ese día, fue la Primera Marcha Nacional Ni Una Menos, el 3 de junio de 2015. Y esa tarde, en la multitud, encontré por última vez a mi madre. Estaba ahí. Marchando, con su bastón de ayudarse el paso. Nos vimos a pocos metros, casi nos llevamos por delante. Me miró con una sonrisa entre sorprendida y satisfecha de que, a pesar de la masividad de la manifestación, nos hubiésemos encontrado en el gentío. Hablamos brevemente. Yo viajaba al otro día y ya no la vería nunca más. Pero entonces no lo sabía. Nos abrazamos muy fuerte y nos sonreímos profundo, nos estrechamos con una inmensa alegría.

Esa mañana, la del 3 de junio del 2015, con mi madre tuvimos una larga charla. Acababa de volver de Chubut. Había ido a visitar a mi abuela (su madre) poco tiempo antes y tenía necesidad de contarme “algo muy importante”, que había entendido recién ahora. Empezó recordando.

Comprensiones

En ese viaje al sur, la abuela accedió a contar a mi madre cosas de cuando era niña, de antes de casarse. Le contó de su padre –del abuelo de mi madre, mi bisabuelo− de quien, por primera vez, mi madre supo:

era un hombre malo, que no quería a nadie, una persona mala que me hizo cosas horribles, hubiera sido mejor que nos pegue nomás [el relato mezclaba las primeras personas plural y singular]. Tampoco la quería a mi mamá. ¡Pobre mujer! ¡Cómo le pegaba! ¡Cómo la trataba! Cómo dejaba que la traten. Ese desgraciado nunca nos quiso, nunca nos cuidó.

Mi vieja rememora el relato de su madre y se le quiebra la voz:

Sin embargo, algo empezó a pasar con la abuela. Esa mujer-niña pequeña tuvo el coraje de escaparse. De algún modo, como pudo, se sustrajo de ese destino de espantos y empezó otra historia. Una historia difícil y muy dura. Pero otra, que la marcó a ella, a mí y nos sigue marcando.

United colors

Mi entrevista de trabajo en la empresa publicitaria de la Benetton tuvo como detalle central mi origen patagónico. El erre-erre-pe-pe que me hizo la entrevista calificó mi voz de contralto y mi acento latinoamericano como ideales para la campaña que estaban lanzando. Pero en realidad estaba asombrado de tener ante sí a una patagónica real, auténtica. Nunca había conocido a nadie nacido en un lugar tan austral, me dijo (había buscado mi remoto lugar de nacimiento en un mapa). En ese momento, me contó, todos los empleados de la corporación estaban “muy emocionados porque la empresa había comprado tierras en la Patagonia Argentina. Me impresionó el sentido de pertenencia que tenía, como si él hubiese sido uno de los herederos (“qué alienado está este tipo, un esclavo perfecto”, recuerdo que pensé mientras me lo decía).

En fin, fui contratada sin mucho esfuerzo de mi parte y trabajé para Benetton un par de años, en el departamento de publicidad. En esa época lanzaron aquello de united colors, esa campaña publicitaria multiétnica que en su momento fue de ruptura. No, no era modelo. Yo era una voz que anunciaba campañas y ofertas, que podía hablar en francés, en inglés y en italiano, con un marcado acento español pero que no tenía las zetas fuertes de España, sino las imprecisas eses de la vasta Latinoamérica. Era raro ver luego la tele y escuchar mi voz hablando, por ejemplo, francés, en el rostro de una longuilínea senegalesa de pómulos afilados y erizado cabello. Así era: a mi voz hispanohablante le ponchaban mujeres de diversos orígenes y variopintas pieles y pelos y siempre me sorprendía el resultado.

Mis años de estudio en Roma tuvieron varios episodios laborales sui generis, pero ese fue uno de los más interesantes: conocí gente rara, fui a muchas fiestas y gané muy buen dinero que sirvió para viajar.

Horrors of Benetton

Siempre conté esa experiencia laboral con un dejo de picardía. Me refiero al hecho de que, desde este lado del mundo, haber trabajado en Benetton es casi tan exótico como ser patagónica en Europa. Nunca imaginé que un par de décadas después, esas oficinas blancas y soleadas, esas azaleas primaverales con fondo de música electrónica y esa casta ejecutiva de jóvenes divertidos, blanquidentados y exitosos, se convertiría en una presencia angustiosa y persistente. Un magma viscoso y nauseabundo nadando bajo la superficie clara.

La desaparición de Santiago en tierras mapuche me conmueve y me espanta. Pero es un espanto muy personal, subjetivo y profundamente político a la vez. Santiago desaparece en el marco de un operativo represivo de la gendarmería, mientras acompañaba a sus amigos mapuche en el reclamo por sus tierras, hoy en manos de la corporación Benetton. Miro el rostro de Santiago que me mira desde miles de fotos, y veo en sus ojos los ojos de todos los jóvenes solidarios que no tiemblan ni especulan ante un reclamo justo. Santiago es cualquiera, es todos y es uno, desaparecido y asesinado, encarnando la venganza de los poderosos ante la rebelión de los marginados. Y veo los rostros mapuche de los amigos de Santiago, que reclaman por él, que lo pidieron con vida y hoy lloran su cuerpo vejado.

Y pienso en las probables líneas de parentesco que tengo con esos mapuche invisibilizados por indios, por pobres y por ignorantes.

Invisibilizados, decía. Hasta Santiago.

Apellidos

Mi abuela dice que ella no tiene dos apellidos. Que tiene solo uno, y no es el de su padre, sino el de mi abuelo: su apellido “de casada”. Mi abuelo es el hombre con el cual se escapó con apenas doce años, en el medio de una decisión que en la familia se ha relatado como “un rapto de amor.

Cuenta mi abuela que el abuelo, un peón de campo diez años mayor, se enamoró de ella y ella de él, que él iba hasta los alambrados del campo a verla y ella se acercaba junto a alguna hermana cuando andaban juntando ovejas. Y que poco se hablaban, “él me tomaba la mano como saludo y se quedaba ahí medio callado, seguro porque mi hermana siempre andaba cerca”. En una de esas charlas silenciosas, él le dijo que se iba a ir a la costa, que estuviese lista, que le avisaría apretando la mano más fuerte de lo normal.

Una tarde, la juntada de ovejas fue diferente, porque él estaba nervioso y se fue rápido, pero antes le apretó la mano muy fuerte y la miró fijo, muy serio. El sol terminó de caer mientras ella lo veía alejarse y el viento se levantaba sobre la estepa. Mi abuela recuerda con mucha precisión el viento frío y cómo se le enganchó el poncho en las púas del alambrado. Desenganchó cuidadosamente su poncho para no romperlo. No fue fácil, tenía las manos torpes, heladas y entumecidas. Pero no sentía el frío, sino un calor enorme y su corazón latiendo fuerte.

Pienso en la preciosidad de esta imagen, contada por esa mujer casi centenaria que entrecierra los ojos y recuerda lo que vio y sintió aquella joven muchacha que fue.

Esa noche mi abuelo le silbó como lechuza y ella supo que era la señal de salir.

No, m’hija. Nunca miré atrás. Sé que salieron a perseguirnos mi padre y algunos más, cuando se dieron cuenta, pero no me encontraron hasta muchos años más tarde y yo ya estaba casada y con hijos. A mi padre no le interesé nunca, más que para lo que él quería. Bien muerto está.

Pienso en cómo fueron mis doce años y no puedo imaginar esa niña huyendo con ese hombre, a lomo de mula, por la estepa patagónica. Pienso en el frío, en el viento, en la nieve, en los peligros. Pienso en una primera vez angustiosa, que de algún modo tuvo también el sabor de la libertad.

Mi abuela es de las zonas mapuche de la cordillera. Nunca precisó bien si de Epuyén, de Cushamen, o de un poco más al norte, entre Río Negro y el límite con Neuquén. Probablemente no lo sepa.

Mi abuela es mapuche “por el lado de madre… qué se yo el apellido. Allá todos se llaman como el dueño del campo. Por eso tengo el apellido del abuelo. Él sí fue un buen hombre”.

(Esta cosa de llevar siempre apellido de hombres, el apellido del padre, del abuelo, del dueño del campo. Varones que se apropian de cuerpos y de historias, de nombres y de pasados. Y de futuros. Me estremece pensar que en algún lugar de mí habita el nombre odioso del feroz padre cuyo apellido mi abuela no quiere recordar. Nadie se había tomado nunca el trabajo de apellidar a su madre y el de su padre la remitía a los peores recuerdos, vejaciones y humillaciones. Como ella dice: bien muerto está).

Mi abuela tiene el mapa de la cordillera tallado en su rostro de originaria y la historia mapuche silenciada entre los recovecos de la memoria ya frágil y los padrenuestros empecinados con que los curas someten sus ancianas feligresías. Sabe que es “medio india. Pero ahí todos éramos. Y pobres, ahí la gente es muy pobre m’hija, y nada es suyo”. Mi abuela relata desde el pavor del despojo, desde la ausencia, desde las historias truncas. Y un poco le molesta que le revuelvan recuerdos que pocas ganas tiene de buscar y que nadie nunca le preguntó, hasta estos últimos años, “que todos se han vuelto mapuches”.

Mi abuela tenía trece años cuando nació mi mamá. Y antes de los veinte ya tenía cuatro hijos. Mi abuelo había pasado de ser peón rural a ser obrero industrial en un frigorífico, y de la profunda estepa habían emigrado a ese pueblo grande que empezaba a ser Trelew. A medida que la crianza de niños se lo permitía, iba a trabajar también mi abuela, “para ayudarlo a él, aparte las mujeres somos más prolijas con el pescado, lo ordenamos mejor”. La cosa siguió con que las dos hermanitas más grandes debían cuidar de los bebés, y el trabajo de la abuela servía para agrandar los ingresos familiares. “Le pagaban a él, pero era la plata de la familia”. La escucho y pienso que esto es dulce para el marxismo.

Mi mamá contaba que a veces hacían macanas –travesuras infantiles− y que cuando llegaba la abuela se enojaba y les pegaba. Pienso en ese vínculo y veo una madre niña criando cuatro niñitos como podía. En el fondo, mi vieja siempre justificó la violencia de su madre-niña: “se ponía nerviosa y pegaba, sobre todo a nosotras, las más grandes. Siempre nos pegaba. Pobre, nos tuvo tan joven que casi crio unas hermanitas”.

Fue mi madre quien tempranamente descubrió el linaje mapuche en la familia. Ella indagó documentos e insistió con preguntas.

La abuela calló por casi nueve décadas. No sé por qué decidió contar esa vez, la última, que mi madre habló con ella. Imagino esa charla entre esas dos mujeres ancianas (se llevaban solo trece años) hecha de palabras inexistentes: ¿cómo se narra lo que bien no se sabe? ¿Cómo se cuenta lo que apenas se conoce, a pesar de ser la propia historia? ¿Qué palabras tienen los recuerdos remotos de una cultura oculta, silenciada a golpes, a despojos, a violaciones? ¿Qué olores tienen aquellas comidas? ¿Cómo es el recuerdo de ese frío y esa nieve? ¿Habrá tenido mi abuela en algún rincón de esas memorias algún gesto de afecto, o risas, o juegos infantiles?

Quizás porque tenía enfrente a esa díscola hija a la que le dio por estudiar, quizás porque intuyó que esa hija podía procesar de otro modo la información. No sé bien por qué, pero la abuela dijo lo no dicho, lo que nunca habló con mi abuelo. Lo que se sabía. Pero no se hablaba.

Final (habla mi madre)

Dice:

he entendido, hija, que somos víctimas de una cadena interminable de violencias. A mí me pegaron mucho. No justificaré a mi madre por ello, ella era muy joven y su vida fue muy difícil. No puedo olvidar que me pegó mucho. Pero también a mi madre le pegaron vaya a saber cuánto. Y la violaron, la violó su padre y vaya a saber quién más. Y a su madre también. Y a su madre. Y a su madre. Somos nietas de infinitas violaciones y violencias.

“La abuela no pudo decirme el nombre de su madre, no se acordaba. Así que no te puedo contar el nombre de tu bisabuela” (cómo es posible, pienso, que la abuela no recuerde el nombre de su madre. Advierto el horizonte del despojo, que subsume hasta allí donde ya no hay siquiera un nombre, un nombre que permita un acto demiúrgico, de decir y recrear. ¿Cómo te habrás llamado, remota bisabuela sin nombre?).

Sigue mi madre:

Y así, cuando más para atrás vas, más violencia hay: mujeres maltratadas, violadas, despojadas de su idioma, de su cultura, mujeres a las que les impusieron nombres de santos de calendario y apellidos de violadores, como si un poco de agua bendita redimiera tantos horrores y humillaciones. Eso, que es tan espantoso es también nuestra historia, la mía, la tuya hija, la de mi nieta. Eso está de algún modo inscripto en nosotras.
Sin embargo algo pasó en esta cadena de violencias. Una conciencia, supongo, de la que, de algún modo, me apropié y que también es tuya: hasta mí hubo violencias en la historia de las mujeres de nuestra familia, hija. Pero en vos no. He entendido que todas hasta mí, crecimos violentadas y llevamos eso como pudimos. Pero he entendido también que vos sos la primera mujer de nuestro linaje que no creció con violencias.
Sos la primera en esta larga historia. Sé consciente de eso. Siempre. Y también de que hay un camino de búsquedas. En algún lugar de la abuela, de mí, de vos, de mi nieta. En alguno y en muchos de nuestros rincones habita una cultura que desconocemos, una lengua que no sabemos, una historia que no tuvimos, otros nombres, otros apellidos, que nos negaron.

Esto fue lo último que me dijo mi madre. Esa tarde nos vimos brevemente en la marcha, nos sonreímos, nos abrazamos y seguimos. La mañana siguiente yo viajé.

Mi madre falleció días después de esa charla.

No puedo no pensar que el plan de su vida incluía esa última conversación, y esa especie de traspaso que me hizo, de su propia toma de conciencia, de esa clara apropiación de su historia −la nuestra−, que pudo concretar antes de partir.

Decía al comienzo que las clases populares no tienen árboles genealógicos y vuelvo sobre eso en forma de preguntas: ¿qué hay cuando ese registro no se hizo? ¿Qué queda? ¿Qué se deja para quienes van llegando y empiezan a preguntar? ¿Qué más implica reivindicar un linaje de sangre que intuyo, pero desconozco porque hubo poderes que se encargaron de borrar todas las huellas?

Hay familias cuyos linajes alcanzan varias generaciones, familias en las que se reivindican primazgos lejanos, de cuarto o quinto grado, en que se conserva la espada con la que alguien luchó una guerra hace 250 años (alguien, un hombre, por supuesto, porque “la Historia”, así con mayúscula, es siempre masculina).

Yo siento que esta es una historia en minúscula, sin grandilocuencias, sin fechas, sin espadas, sin nombres, hecha de la materia de los vacíos, de la densidad de la ausencia, del volumen del desconocimiento.

Vuelvo al principio. Intenté narrar una historia propia que al mismo tiempo es ajena, porque la desconozco, porque se me escapa. Me golpea en la cara y se pasa, como el viento frío que azotaba la estepa y volaba el poncho de mi abuela junto al alambrado.

Pero de allí provengo, o al menos una parte de mí, una historia profundamente femenina que nos envuelve, nos completa, nos explica y se hunde en memorias ancestrales.

En tu bisabuela mapuche, en tu abuela-oveja-negra, en mí misma.

Y en vos, hija.

Fragmentos: de la ruina a la imagen dialéctica

Tomando “Linaje” como fuente de análisis nos surgen enseguida algunos interrogantes. ¿Cómo podemos interpretar esas imágenes de un pasado contado solo en forma de secreto por una anciana a su hija, anciana también ella? ¿Qué valor adquiere la significatividad dada por su autora y por quien narra a ella los hechos de maltrato hacia su abuela, en medio de un acto por la reivindicación de los derechos de las mujeres? ¿Era esa la significación del relato la primera vez que fue narrado o es un significado dado por quien recibe esa narración en un contexto determinado?

Entendemos que para poder dar respuesta deberemos obligadamente sobrevolar las propuestas de Walter Benjamin respecto de la narración, la transmisibilidad, la dialéctica de la detención y la idea de ruina; por la cual comenzaremos.

En su “Tesis de filosofía de la historia”, Walter Benjamin (1973) inmortaliza el cuadro Angelus Novus de Klee. En él, un ángel parece quedarse pasmado y a punto de alejarse de algo que lo perturba. Eso que lo perturba es el pasado donde se amontonan ruinas y muertos; el ángel querría quedarse a despertar a los muertos y recomponer las ruinas, pero el progreso lo empuja a no detenerse. Entendemos desde aquí que la idea de ruina estaría vinculada a aquello que se descarta o sobre lo que nadie se detiene. A la ruina solo le cabría amontonarse para ser olvidada.

Pensando en el manuscrito “Linaje” vemos que durante casi ocho décadas este parece haber sido el destino de muchas piezas narradas por vez primera en 2015: el olvido. Sin embargo, pasados muchos años sin ser narrada, dicha historia fue contada y ubicada −de acuerdo al contexto en el que fue recibida− en determinados repertorios interpretativos: en primer lugar en aquel de la violencia de género; en segundo término en el de una historia indígena borroneada por múltiples despojos. Entendemos entonces que esta acción de sustraer del olvido ciertas partes de la historia y convertirlas en otra cosa de cara al presente y al futuro conjura la ruina como destino. En efecto, en la misma obra el autor propone la existencia de “una cita secreta” entre las generaciones pasadas y la nuestra a la cual le cabe hacer citable ese pasado. Así, recuperar el mensaje intergeneracional es la forma en que una potencial ruina se convierta en un mensaje del pasado al futuro.

Ahora bien, ese mensaje tampoco es literal. Según Benjamin (1991) el arte de la narración radica en referir una historia libre de explicaciones, sin imponerle al lector el contexto psicológico de lo ocurrido; es por esto que, según el autor, la narración alcanza así otra amplitud de vibración (Benjamin, 1991) de la que carecen otro tipo de relatos. En efecto, tal como las semillas, la narración “no se agota, mantiene sus fuerzas acumuladas, y es capaz de desplegarse pasado mucho tiempo” (Benjamin, 1991, p. 117-118). Quien narra tiene un consejo que transmitir a quien escucha y −advierte el autor− “el consejo no es tanto la respuesta a una cuestión como una propuesta referida a la continuación de una historia en curso” (Benjamin, 1991, p. 114). Hay un momento en que algo que era invisible deviene visible, o es visto con una nueva luz. Para Benjamin la dialéctica de la detención (Wolin, 1994) es aquello que permite congelar eventos, lugares, objetos, y dejarlos desprovistos de su inmediatez para liberarlos de su continuum. Este extrañamiento posibilita que los objetos, lugares o eventos, en una nueva disposición, demanden una consideración crítica. Así, si en su época la misión que asumió el autor estuvo vinculada con una redención de potenciales semánticos en peligro de extinción y de olvido en virtud de la avanzada del nazismo en Europa, aquí estamos en presencia de una operación ligeramente diferente aunque conexa: aquello que busca traerse al presente −“extrañándolos”− son significados, en una operación que los quita del continuum de significación donde generan un peligro. Esto es, una práctica violenta (abusos y golpes) transmitida de generación en generación, una pertenencia (la mapuche) sin nombre, un lugar (¿Cushamen? ¿Epuyen? ¿La cordillera rionegrina/neuquina?) impreciso. Datos que múltiples violencias y despojos fueron borroneando.

La dialéctica de la detención permite entonces enfocar estos eventos, identidades y lugares para reinterpretarlos; no para salvar −en este caso− su significado ante el peligro de la desintegración, sino, antes bien, para subvertir tales significados ante el peligro de la desintegración del linaje de mantenerse inertes e incuestionados. Así, prácticas heredadas de violencia logran ser enunciadas desde el sufrimiento generado; identidades y lugares innombrados, dotados de un nombre (eran mapuche) o, al menos, de una posibilidad (Cushamen, Epuyen, límite entre Río Negro y Neuquén).

En esta recuperación de fragmentos se iluminan tanto hechos, lugares e identidades como aquello que estos generaron en sus protagonistas. La cita secreta entre generaciones, en todo caso, se da en pos de una subversión de sentidos −de aquellas pequeñas piezas dolorosas encriptadas en historias familiares difuminadas en espacio y pertenencia− y no de su salvataje en estado original. En el manuscrito que analizamos queda en evidencia que es contra ese estado original que se genera la alianza entre generaciones, operando una suerte de contracitación. Esa abuela anciana que entiende que la única hija que estudió podrá comprenderla y “hacer (otras) cosas”[1] con esa narración. Una hija, anciana también ella, que antes de morir logra traspasar a su hija académica y militante por los derechos de las mujeres, igual que su nieta, la clave de la insurrección encriptada en ese relato contado en secreto casi cuando ya el tiempo entre generaciones está a punto de truncarse, de entrecortarse.

Es desde estas ideas que analizamos el modo en que dicha experiencia narrada en fragmentos −una joven mujer, de origen mapuche pero sin nombre conocido, vejada por su padre, escapada de alguna zona de la estepa de Chubut (¿o de Río Negro o Neuquén?)− pudo ser ubicada en distintos marcos interpretativos, mediados ellos por el contexto de recepción que les pudo dar significado y erigirlos en una propuesta para la acción. Recuperamos aquí cómo esos fragmentos lograron, en virtud de la cita secreta gestada entre generaciones de mujeres, y en un contexto tan tórrido como proyectado a futuro gracias a ciertas luchas reivindicatorias de derechos, convertirse en epítome de estas, en sus muestras más crudas.

Entre los fragmentos de la memoria y la memoria como restauración

Efectuaremos en este apartado algunas reflexiones sobre cómo los diferentes contextos iluminan de manera diversa los fragmentos de una historia narrada, dando lugar a interpretaciones otras, complejas, contradictorias y múltiples.

Como anclaje teórico directo de estas reflexiones recurrimos al trabajo de Cesare Segre (2001) acerca de la teoría de la recepción de Mukarovsky (1998). Tomamos como referencia las discusiones llevadas a cabo en el seno del Proyecto de Investigación respecto de los mecanismos de la memoria para la producción de subjetividades políticas. Si bien “Linaje” no nace como obra estética, sino como narrativa autobiográfica, la doble entrada teórica planteada habilita la posibilidad de re-pensar-la como una construcción estético narrativa basada en fragmentos −partes aparentemente inconexas, lejanas en el tiempo, el espacio y el acontecimiento− de una historia personal que se enlaza con la historia social.

El texto hace un reconocimiento inicial, que renueva cada tanto, indicando que se trata de una narración hecha de fragmentos, “un mosaico al que le faltan piezas”, y ofrece un conjunto de memorias íntimas que recorre cuatro generaciones de mujeres, reconstruidas a partir de revisar acontecimientos personales en clave de lecturas y posicionamientos realizados desde la pertenencia a colectivos políticos contemporáneos.

Así, de la primera marcha Ni una menos, un acontecimiento político fundante en la historia argentina, emerge −también− un momento íntimo de encuentro entre dos mujeres que, como si fuera un holograma, narra el todo, desde la partícula.

Otro acontecimiento, la desaparición y asesinato de un joven solidario, Santiago Maldonado, se entrama con una historia originaria recientemente develada en la familia de la narradora, por una parte y, por otra, con episodios de índole laboral –“Colors of Benetton”− ocurridos hace más de dos décadas, que en su momento fueron vividos de modo lúdico, pero que hoy se retoman y resemantizan en términos de horror y denuncia política –“Horrors of Benetton”–.

Entonces, entendemos que los fragmentos remiten a experiencias pasadas alojadas en la memoria, desestructuradas con posterioridad a la vivencia de eventos críticos y reorganizadas como denuncia política. Son esas experiencias enfocadas y narradas, aquellas que logran superar esa “inquietud coagulada” −tal como reza el epígrafe elegido para este artículo− y convertirse en una propuesta para la acción. Si, como plantea Benjamin (1991), la experiencia es el material imprescindible para el narrador y para que se siga generando el encuentro −la cita entre generaciones− que esos fragmentos puedan ser narrados y engarzados en nuevos contextos es la muestra de que no permanecieron como ruinas.

Una de las dimensiones centrales de “Linaje” es el encuentro con la identidad originaria. Sin embargo, más que como “experiencias alojadas en algún lugar de la memoria”, los fragmentos se presentan como preguntas, como hipótesis, antes que como reconstrucciones de certezas: ¿qué queda cuando no se sabe qué hubo, qué hay? ¿Qué nombres existen cuando ya no hay nombres? ¿De qué manera se narran las memorias de lo no vivido? ¿Cómo interpela a las mujeres originarias que se encuentran reconstruyendo memorias colectivas, el entramado de intencionalidades restauradoras y la realidad −en el caso, al menos, de esta abuela− de devastación cultural? Probablemente “lo que queda” es lo que se reconstruyó −lo que se está reconstruyendo− desde los fragmentos, a partir de la interpretación desde la política situada en la contemporaneidad.

La reconstrucción de los fragmentos de la memoria de la abuela es realizada por una hija y una nieta que comparten, además de la filiación, el ser mujeres trabajadoras asalariadas (universitarias) y el pertenecer a los colectivos feministas.

El trabajo femenino especializado en el frigorífico es invisibilizado atrás del salario del varón: “las mujeres somos más prolijas con el pescado, lo ordenamos mejor”. El trabajo infantil de cuidado de hermanitos es desdibujado atrás del trabajo de la joven madre cuyas fuerzas laborales son absorbidas por el trabajo del varón: “la cosa siguió con que las dos hermanitas más grandes debían cuidar de los bebés, y el trabajo de la abuela servía para agrandar los ingresos familiares”.

Lo político se imprime en los fragmentos. Los vestigios, las ruinas (Segre, 2001), subvertidas −como postulamos arriba− mediante una detención, formulan cuestionamientos acerca del poder: ¿qué disputas de poder volvieron ruinoso el pasado? La búsqueda de respuestas conduce a pensar la posibilidad política del fragmento de constituirse en denuncia y demanda de justicia, en parrhesia: el “decirlo todo” (Foucault, 1996). Ahora bien, ¿cómo “se dice todo” cuando lo único que hay son fragmentos? ¿Cómo se dice todo cuando el lugar de enunciación es la asimetría de poder? Es probable que la reconstrucción de los fragmentos dispersos y el orden que la memoria intencionalmente les da pueda leerse como un acto político, un clamor de justicia, ante un orden poderoso (y violento) que alguna vez aplastó eso que ya no está: los fragmentos, aunque partes de un todo estallado, encuentran un marco político de comprensión mayor que les da sentido.

Cesare Segre (2001) señala que la “Historia llega hasta nosotros así, en innumerables fragmentos” (p. 17). En “Linaje”, el texto es incompleto, lo cual lo hace potencialmente infinito (innumerable): infinitas mujeres hacia el pasado, infinitos nombres desconocidos, infinitos nexos, infinitas historias que se ramifican en un argumento que puede volverse interminable. “Linaje” emerge como una narración sobre fragmentos, que, de todos modos, tiene un hilo conductor y una organización que lo convierte en una historia de muchas historias. La cita intergeneracional que expone Benjamin posibilitó ese hilván entre ellos, a partir de la potencialidad que reside en la incompletud que le es inherente. Expone también, en esa incompletud, un infinito de vacíos, que son narrados en el texto autobiográfico como “hechos de la materia de la ausencia”. Lo vacío se potencia, se muestran las ausencias, abrumadoramente concretas, presentes, densas, materiales.

Segre (2001) señala que el estado fragmentario de las piezas de arte “autoriza […] la intervención de la imaginación interpretativa” (p. 11). Se focaliza en los fragmentos de obras de arte que son leídos con posterioridad a su deterioro como nuevas expresiones artísticas “el estado fragmentario de ciertas obras de arte, cuya belleza ha mutilado el paso del tiempo, nos lleva a contemplarlas con nostalgia; el fragmento despierta nuestra curiosidad y estimula nuestra imaginación” (p. 11).

De algún modo, en analogía con las ruinas arquitectónicas, esta trama de memorias es una especie de ruina cuyo valor radica en ofrecer puntos de vista distópicos, que hubiesen sido imposibles de identificar si el recuerdo fuese “completo”.

El fragmento es un no todo, señala Bartoszynski (1998). Es probable. Sin embargo, los fragmentos construyen otras totalidades. Aquello que es no todo es también una construcción interpretada, pensada en una intencionalidad específica que le da sentido. El todo, lo que sea que es, también es una construcción de totalidad, intervenida por una intención interpretativa. Bartoszynski (1998) plantea que es posible concebir el fragmento a partir de la existencia de la obra inicial. Pero ¿es el fragmento una reconstrucción ideal de la parcialidad? Si es posible reconstruir los fragmentos desde una compleja visión de la totalidad, la identificación de esa totalidad no debe pensarse como una y definitiva, sino como múltiple y plural. Entonces emerge nuevamente el interrogante ¿cuántas totalidades existen a partir de los fragmentos?

En “Linaje” el rompecabezas expone lo múltiple de las posibilidades de interpretación de los fragmentos: la historia se reifica desde una posición de género, de clase, política y hasta estética.

Reflexiones finales

Retomamos aquí el epígrafe con el que abrimos este artículo asumiendo que hemos logrado mostrar de qué manera, en este caso, el fragmento sobrevivió a la ruina, al no quedar coagulado en virtud de operarse la “cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra, y, −como sigue el autor− en virtud de que a cada generación previa, igual que a la presente, le ha sido dada una débil fuerza mesiánica sobre la que el pasado exige derechos” (Benjamin, 2009, p. 138).

Ahora bien, dicho esto, aquello sobre lo que nos preguntamos en este escrito es por la intervención del contexto en esa redención del pasado y en la posibilidad de reparar derechos antes inexistentes como tales, o de conjurar prácticas violentas naturalizadas o que permanecían en el ámbito doméstico −las violaciones, la violencia, los embarazos no planificados, niños haciéndose cargo de otros niños− pues, tal como lo manifiesta Benjamin (1973) el don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza solo es inherente al historiador que sabe que el enemigo puede vencer.

Pasaron ya dos años desde la escritura de Linaje. En ese lapso su potencialidad fragmentaria siguió desplegando significatividad engarzándose tanto en repertorios que fueron tomando fuerza desde espacios militantes (que en ocasiones ganan terreno en las arenas de las políticas públicas), como en decisiones judiciales que, en un punto, estarían validando desde un sector del Estado la actualización de historias hasta hace poco intencional o pretendidamente desconocidas. Nos referimos puntualmente a dos sucesos de inicios de 2019, y a algo que vislumbra el presente 2020. Por un lado, a la proclama “niñas no madres” surgida en respuesta y repudio a un editorial[2] de uno de los emblemáticos diarios de la oligarquía argentina, en el cual se validaba la dignidad de las niñas violadas que llevaban adelante sus embarazos efectuando, así, una apología patriarcal que justificaba la cultura de la violación encriptada en la nota.

Por el otro, al fallo de la Jueza Carina Estefanía de Esquel en relación al juicio que la provincia de Chubut y la Compañía de Tierras del Sud Argentino Sociedad Anónima (Benetton) le siguieran a Fernando Jones Huala y otros miembros de la Pu Lof en Resistencia (Cushamen) −allí donde desapareció en agosto de 2017 Santiago Maldonado y cuyo logko, Facundo Jones Huala, fue extraditado a Chile por usurpación y abigeato–. La jueza no solo los absolvió y sobreseyó, sino que convocando a una mesa de diálogo instó al

cumplimiento en la práctica de las normas que garanticen los derechos constitucionales de los miembros de la comunidad originaria en cuestión. En particular, de aquellas que regulan la delimitación, demarcación y titulación de derechos territoriales que hagan viable, en la práctica, el ejercicio de tales derechos (su vida espiritual, su cultura, sus actividades tradicionales, además de su subsistencia y desarrollo económico) (Tribunal Unipersonal, 2019).

Lo que queremos destacar es que al ritmo que los contextos van cambiando, temas que antes no se visibilizaban aparecen en escena dando pasos en la dirección de interpelar concepciones demasiado cimentadas a lo largo de décadas, protegidas por siglos de impunidad o por las paredes de lo doméstico.

En este lapso y en virtud de ciertos repertorios que se hicieron públicos, otros intersticios de “Linaje” se iluminan y permiten detenernos sobre otros detalles. La niña madre, que fue la abuela de la autora, había quedado en una primera lectura opacada tras la historia de violaciones a la que fue sometida antes de escaparse con su pareja; tal vez por no ser sus embarazos frutos de dichas violaciones, sino de la relación que le permitió escaparse de ellas. La nueva gestión de gobierno iniciada en diciembre de 2019 creó el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación. A inicios de 2020, uno de los principales temas en agenda de dicha cartera es la revisión de la división de las tareas de cuidado en los hogares sobre quién/quiénes recae el cuidado de otros; ¿es equitativa dicha distribución del trabajo? Al momento de la escritura de “Linajes” poco se discutía públicamente sobre el cuidado –no así en ámbitos académicos y de militancia–. Así, las tareas que, siendo niña, realizó la madre de la autora, quedaban veladas bajo el horror de las violaciones de su madre en el pasado. Posteriormente, como dijimos, se iluminó la consigna “niñas no madres”. Cerramos este artículo en un contexto social en el cual la cuestión de los cuidados se ha instalado en el debate público, lo cual permite dotar de densidad otro de los fragmentos de la historia y realizar una nueva cita dentro del texto.

Revisar estas configuraciones se ha vuelto un tema de agenda en el contexto actual y, al revisarlas, el ovillo sigue incrementándose con esa hebra: hija de qué tipo de relación fue la niña madre abuela de la narradora. ¿Cuántas niñas madres la antecedieron? ¿Qué otros relatos inconexos y fragmentarios comienzan a poder ser desentrañados a partir de poner el foco en esta trama? ¿Cómo son leídas en este contexto los cuidados de las hermanas mayores a los bebés de su madre niña? ¿Cómo se lee y reinterpreta el despojo cuando una madre niña, además, debe desplazar los cuidados que ni siquiera puede compartir con su compañero, hacia otras niñas, sus hijas?

Santiago Maldonado desaparece en el territorio de una comunidad mapuche, territorio que el sentido común local y regional –al igual que buena parte de los tomadores de decisiones estatales− desmerece como tal, ubicándolo solo como las tierras de “la compañía” porque “acá no había nadie hasta que llegó la compañía a fines de 1800 y pobló”. El fallo de la jueza Estefanía de Esquel da −al menos desde lo discursivo− un batacazo importante a ese sentido común: los mapuche no son usurpadores allí. Territorios no reconocidos como parte de la historia indígena patagónica comienzan a salir del velo en el cual se encontraban y la justicia comienza a deslizar, al menos desde su retórica, la necesidad de relevar tales territorios indígenas. Y entonces las dudas de la abuela de la autora de “Linaje” respecto de su procedencia pueden ser leídas en otra clave; aquella de los territorios indígenas no reconocidos como tales, ni siquiera nombrados, porque “todos se llamaban como el dueño del campo”.

En el epígrafe inicial recurrimos a Benjamin, quien nos desafía con la imagen de la ruina que pervive: lo que se destruye también se conserva, pero adquiriendo otros modos. Una historia otra coagula con densa materialidad, desde lo estallado, lo vedado, como estrategia momentánea de volverlo visible. Una historia que necesariamente reconstruye un pasado de derrotas y esboza la in-quietud de otros presentes y otros futuros para aquellas y aquellos que fueron los derrotados.

Referencias

Austin, J. (2016). Cómo hacer cosas con palabras. Madrid: Paidós.

Bartoszynsky, K. (1998). Teoría del fragmento. Valencia: Episteme.

Benjamin, W. (1991). El Narrador. Madrid: Taurus.

Benjamin, W. (1973). Tesis de filosofía de la historia. Madrid: Taurus.

Benjamin, W. (2009). Sobre el concepto de historia. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Las Cuarenta.

Benjamin, W. (2008). Parque Central. Madrid: Abada editores.

Foucault, M. (1996). Hermenéutica del sujeto. La Plata: Altamira.

Segre, C. (2001). La teoría de la recepción de Mukarovsky y la estética del fragmento. Cuadernos de Filología Italiana, 8, 11-18.

Wolin, R. 1994. Walter Benjamin: An Aesthetic of Redemption. Berkeley: University of California Press.

Fuentes

Mateos, P.H. (2017). Linaje.

Tribunal Unipersonal, Poder Judicial Provincia de Chubut (18 de marzo de 2019). Sentencia 3404 (Carina Estefanía).


  1. Tomamos esta licencia del conocido título de Austin (2016).
  2. Niñas madres con mayúsculas. (1 de febrero de 2019). La Nación (https://bit.ly/2yx2a5v. La nota está online solo para suscriptores).


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