La construcción de la identidad
juvenil en la política
Yussef Becher
A modo de inicio
Los datos a los cuales acudimos provienen de una investigación que se desarrolla en la provincia de San Luis. Este último no es un dato pueril o banal, pues aquella es el espacio –geográfico y simbólico– en donde se ubica nuestra investigación. Si bien las actividades en el marco de dicho proyecto iniciaron en el año 2016, desde comienzos del siglo XXI llevamos a cabo tareas de investigación en donde las juventudes sanluiseñas son las principales protagonistas. En el año 2006 Mariana Chaves –en el primer informe de investigaciones sobre juventudes– advertía acerca de la necesidad de promover investigaciones en provincias del interior del país pues la mayoría de ellas se concentraban en Buenos Aires y el Area Metropolitana. Probablemente –y los subsiguientes informes lo aseveran– no estemos aún equiparados a dicha zona geográfica pues no podemos dejar de considerar las desigualdades de recursos con las cuales se desarrollan unas y otras investigaciones. En ese sentido nuestros aportes buscan contribuir a tal nicho de la ciencia social.
El estudio de las identidades admite múltiples enfoques teóricos y metodológicos. En este texto hemos seleccionado uno en particular –al cual haremos referencia– por cuanto consideramos que coloca especial énfasis en dos aspectos que son de nuestro interés: el modo en que se construye el propio posicionamiento en la adscripción identitaria y de allí el modo en que se significa la presencia de los otros ya sean o no jóvenes. Tales inquietudes surgen de los primeros resultados que obtuvimos –a fines del año 2016– en el marco de nuestra investigación. Allí muchos jóvenes establecieron particulares posicionamientos a partir de los cuales justificaban su involucramiento en un partido o agrupación política y expresaron sus percepciones –influidas por tales posicionamientos– sobre las características que tienen los otros –ya sean o no miembros del colectivo sociogeneracional– que participan en espacios distintos.
A partir de estas primeras pistas los invitamos a iniciar un recorrido en el cual esperamos con ansias no agobiarlos, sino por el contrario acompañarlos de manera amena por un camino que pretende aportar humildemente al sendero inagotable de la investigación social.
Apuntes de investigación
Con el fin de iniciar las tareas, el primer instrumento de recolección al que acudimos fue una encuesta semiestructurada en la cual consultamos sobre aspectos ligados a nuestro principal objetivo –conocer las modalidades de construcción de las identidades políticas– en donde las principales preguntas, entre otras, giraron en torno a conocer el modo en que los mismos jóvenes significan a otros miembros del colectivo sociogeneracional. Allí la investigación social –del modo que siempre sorprende a sus actores– nos mostró que tales significaciones reciben una importante influencia de las instituciones sociales (tales como la familia y los medios de comunicación) y de allí que se significa a las juventudes actuales en una particular ligazón con el mundo de la política. Nociones tales como corrupción y clientelismo político son los principales significantes que cual espada de Damocles pendulan en torno a las modalidades de participación juveniles en la provincia de San Luis. La situación latinoamericana y las políticas sociales contemporáneas no son más que unas meras convidadas de piedra en la construcción de aquellos significantes.
En una segunda etapa del mismo proyecto, nos propusimos realizar una entrevista grupal de la que participaron siete jóvenes y otras individuales en profundidad con doce jóvenes militantes de diferentes agrupaciones. Asimismo, se agregan otras técnicas de recolección de datos tales como observación participante y conversaciones informales. Allí las principales inquietudes fueron conocer el modo en que iniciaron su militancia; las motivaciones para realizar tal actividad; sus expectativas con respecto a su futuro político; el espacio que ocupa la militancia en su vida cotidiana; entre otros aspectos que fueron incorporados oportunamente. Entre los partidos y espacios políticos que conformaron esta etapa –todos radicados en la provincia– se encuentran el Partido Justicialista (PJ), la agrupación Kolina vinculada al Frente para la Victoria (FPV), un partido vecinal de una localidad rural denominado Movimiento Vecinal Independiente Provincial (MOVIPRO), el Partido Nuevo Encuentro, una agrupación estudiantil denominada De Frente Independiente, que a nivel nacional integra el Movimiento de Participación Estudiantil (MPE), la Alianza Unión Cívica Radical (UCR)-Cambiemos y el Partido Propuesta Republicana (PRO). Con todos los riesgos que acarrea el uso de categorías de contenido ideológico –dada la laxitud que las caracteriza– podemos ubicar a los cinco primeros espacios políticos en la centro izquierda y a los otros en la centro derecha. Sencillamente Torcuato S. Di Tella (2015) señala que en una orientación político-ideológica lo que prima son los intereses de los sectores populares y en la otra la de los sectores altos y concentracionarios del poder económico. De modo que nuestra unidad de estudio quedó conformada por miembros del colectivo sociogeneracional que se involucran activamente en agrupaciones políticas y otros que no, al mismo tiempo, tanto varones como mujeres formaron parte de la misma. En cuanto a las edades –aspecto no menor en el ámbito de los estudios sociales sobre juventudes– no solo se tuvieron en cuenta los criterios etarios que son propios de aquel concepto, sino también los simbólicos que lo conforman. Si bien no trabajamos con jóvenes que excedieran los clásicos rangos etarios –propuestos por el INDEC o la DINAJU a nivel nacional y la ONU a nivel internacional– lo cual hubiese permitido trabajar la noción de juventudes en perspectiva e incorporar particularmente los elementos simbólicos; sí pudimos integrar ambos elementos materiales y simbólicos al conformar la investigación con jóvenes que ocupan espacios políticos propiamente juveniles –tales como secretarías de juventud– en el marco de los partidos o agrupaciones políticas.
El cúmulo de los datos recolectados nos proporciona un crisol de inquietudes e hipótesis sobre las cuales podríamos profundizar, sin embargo, en esta oportunidad hemos seleccionado una dimensión de análisis que nos permitirá trabajar en profundidad –desde ya, siempre con la posibilidad de continuar ahondando en los caminos inacabables de la investigación social– la construcción de las identidades, haciendo hincapié en el modo en que se significa al otro que milita en una agrupación política distinta de aquel que es el autor del significante. Ello pone en juego particulares posicionamientos –parafraseando a Stuart Hall ([1990] 2010) podríamos decir modos de enunciación– en donde se tejen marcas de la propia subjetividad y del contexto cultural.
Apuntes teóricos
En un texto titulado “Instituciones esponjosas”, Luis López-Lago (2009) se refería a la multiplicidad de enfoques y perspectivas a partir de las cuales podía ser estudiado el concepto de institución, del mismo modo, sucede con tantos otros conceptos de las ciencias sociales y entre ellos uno que se presenta particularmente esponjoso es el de identidad. En tal sentido, Lomnitz (2008) en Términos críticos de sociología de la cultura realiza un recorrido por tales perspectivas que vale la pena tener en cuenta. Comienza por Freud, reconocido como una de las principales influencias del psicoanálisis y a quien se le ha atribuido en diferentes circunstancias su paternidad, el cual, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), utiliza el término identificación. Dado que la madre es quien constituye el objeto de deseo del niño, aquel comienza identificándose con su padre, que es quien ha obtenido tal objeto de deseo. Superada esa instancia, el sujeto empieza a identificarse con otros con quienes comparte alguna cualidad y de allí que ya se supera la ligazón con el deseo sexual. De modo que –desde la perspectiva freudiana– el identificarse comienza con un lazo emocional con un otro que en muchas circunstancias (producto de la emocionalidad) puede conducir a la irracionalidad. Ya más adentrados en el siglo XX es la sociología la que comienza a ejercer su influencia en torno a la construcción teórica del concepto. En aquellos años los aportes del interaccionismo simbólico –con las primeras obras de Goffman (1959) y Barth (1969)– la identidad comienza a ser comprendida como una adscripción fluida que se construye en la interacción social con otros y no como un determinismo estático. En La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959) Goffman comienza a plantear los principales aspectos de su teoría del framing a partir de la cual son los diferentes contextos comunicacionales los que inciden en los aspectos de la identidad que cada sujeto pone en juego en la interacción social. Si bien el interaccionismo simbólico –tal como plantea Vander Zanden (1990)– es uno de los enfoques a partir de los cuales puede ser comprendida la psicología social, en la consideración de la identidad psicosocial también ejercieron su influencia otras propuestas tales como la de Eric Erikson (1968). De allí que –desde aquella perspectiva– ya no es suficiente considerar que el sujeto interactúa en función de roles que va asumiendo, sino que tales roles deben integrarse a una jerarquía pues solo de ese modo –y podemos notar la influencia estructuralista– podría comprenderse el aspecto social de dicha identidad. Por ello tanto para Erikson como para algunos otros miembros de la Escuela de Frankfurt, entre los cuales podemos contar a Horkheimer (1972), la identidad psicosocial se conforma integrando aspectos propios del desarrollo psicológico con otros que provienen del contexto sociohistórico. Ya más a fines del mismo siglo XX nos encontramos con el posestructuralismo y uno de sus principales autores: Michel Foucault. En “El sujeto y el poder” (1988) el filósofo francés comienza a delinear su teoría sobre la construcción de la identidad colectiva y el modo en que tal construcción –por medio de estrategias discursivas y de poder– se funda con la noción de soberanía. Desde tal mirada son rechazadas tanto las posturas interaccionistas –en tanto la identidad no siempre puede ser utilizada estratégicamente– y la propuesta psicosocial de Erikson por cuanto la identidad no puede ser considerada una construcción integrada a roles estáticos.
Desde un enfoque sociocultural –que recurre a los elementos teóricos antes mencionados– son dos los aspectos claves considerados en la conformación de la identidad: por una parte el modo en que se significa la presencia del otro o de los otros, y por otra, la construcción de la diferencia. A ello se agrega una dimensión témporo-espacial en donde se objetivan tales aspectos. Arfuch (2005) dice:
La concepción contemporánea de las identidades, a la luz del psicoanálisis, la lingüística y las teorías del discurso, se aleja de todo esencialismo –en tanto conjunto de atributos “dados”, preexistentes– para pensar más bien su cualidad relacional, contingente, su posicionalidad en una trama social de determinaciones e indeterminaciones, su desajuste –en exceso o en falta– respecto de cualquier intento totalizador (p. 14).
Asimismo, justifica con certeza –dadas específicas claves contextuales– el uso de la noción identidades en plural, pues tal motivo radica en la diversidad y heterogeneidad propias de la vida social contemporánea. Aquella inasible dimensión global –que a mediados de la década de 1990, Giddens en Consecuencias de la modernidad (1994) ya había vislumbrado con su noción de desenclave– en donde se produce una nueva experiencia del espacio y la temporalidad.
Stuart Hall (1996) en su ya clásico texto “Who needs identity?” define la identidad como una construcción social nunca acabada –abierta a la contingencia– y fijada temporariamente en el juego de las diferencias. Ahora bien, ¿cómo se construyen esas diferencias y qué marcas llevan con ellas? El mismo Hall en otro texto ([1990] 2010) señala que tales diferencias se construyen a partir de prácticas de representación, las cuales siempre implican posiciones desde las que hablamos o escribimos: son posiciones de enunciación. Allí mismo deviene relevante incorporar los aportes de Alfred Schütz (1993) –quien proviene de la fenomenología de la intersubjetividad– y afirma:
Mi vivencia de ti, así como el ambiente que te adscribo llevan la marca de mi propio Aquí y Ahora subjetivo y no la marca del tuyo. También yo te adscribo un ambiente que ya ha sido interpretado desde mi punto de vista subjetivo (p. 134).
De modo que tales prácticas de representación –desde las cuales tomo mi posición como enunciador– y en ello las marcas que conlleva la significación del otro provienen también de esa misma representación; ambos son los elementos que contribuyen a la construcción de las identidades. A partir de ello nos interesa bucear –considerando las propias voces y experiencias juveniles– en el modo en que se construye esa adscripción identitaria con el partido o la agrupación política y de allí las marcas diferenciales –que son siempre subjetivas– que se les asignan a los otros que enmarcan su involucramiento social en espacios políticos distintos de los propios.
De trincheras y fronteras
Si consideramos los aspectos teóricos antes mencionados sobre la construcción de las identidades, podremos indagar en las diferentes modalidades que asumen –de acuerdo a nuestros intereses de conocer el modo en que las juventudes sanluiseñas significan su involucramiento político en la agrupación o partido y la influencia que en ese significante tiene la presencia de los otros militantes– si conocemos su propia representación por cuanto se trata de su posicionamiento de enunciación y la que realizan respecto de los otros desde aquel posicionamiento en donde –tal como señala Schütz (1993)– se imprimen las huellas de la propia subjetividad y del contexto cultural. Haremos el intento. Allí va:
Esa mañana (en la que asumía su nuevo cargo de gestión) miraba hacia la ventana con mayor frecuencia con la que lo hacía habitualmente, pues por una parte pensaba en las promesas de campaña que deben cumplir para no decepcionar a los vecinos que con su voto los apoyaron y, por otra parte, en lo dificultosa que había sido esa última campaña política. No pudo evitar recordar las discusiones con su padre ante su decisión de no integrar el Partido Justicialista pues no coincidía en la modalidad verticalista de toma de decisiones. Su propia vida afectiva y de pareja estuvo en riesgo pero ella debía comprender que esta vez no fue igual a otras. El oficialismo arremetió con mayor fuerza pues si bien no contaban con grandes candidatos, acudían a sus típicas prácticas de ofrecer dinero o bolsas de comestibles a cambio de votos. Aunque siempre cometían el mismo error: sus candidatos poco conocían del pueblo y de las historias de los vecinos. Ellos ya no se referencian en ningún liderazgo pues se reconocen vecinalistas. Da un sobresalto cuando golpean la puerta. Uno de sus empleados le comenta que un vecino pide prestada una cortadora de césped. Su repuesta fue la misma de siempre: que la utilicen pero que colaboren con el pueblo y corten el césped que rodea la plaza. (E., 29 años de edad. Varón. Funcionario municipal y dirigente del MOVIPRO).
En la conformación de la identidad de E. con el partido vecinal en que milita, podemos advertir la importante presencia que tiene la construcción territorial, pues en su significación del partido oficialista la derrota proviene del desconocimiento del pueblo y de las historias de los vecinos. Tal como señala Massey (2007), la construcción territorial supera lo meramente geográfico para convertirse en un entramado simbólico en donde –como todo campo de significación– se construyen particulares relaciones de poder por la lucha de determinados significantes. Esa lucha se da particularmente entre el vecinalismo –en donde se ubica E.– y el oficialismo provincial. Sin dudas, la derrota de ese oficialismo y por consiguiente la victoria del vecinalismo también proviene de un modo particular de construcción de identidad con el territorio. Fanon (1963) es quien advierte la presencia que tiene la historia social en la construcción de las identidades, pues de lo contrario nos convertiríamos en “individuos sin ancla, sin horizonte, sin color, sin estado, sin raíces: una raza de ángeles” (p. 176). Ante lo cual, Hall ([1990] 2010) reflexiona que la expropiación interna de la identidad cultural incapacita y deforma cuando no existen resistencias. De modo que la elección ciudadana de ese pueblo por una opción política –con la cual se identifica E.– en donde la construcción territorial tiene un mayor peso parece constituir una de esas modalidades de resistencia.
La historia de S. adquiere una serie de particularidades, pues ella nació en la provincia de Buenos Aires y de allí que por momentos no puede evitar sentirse una extranjera en San Luis. Ese extrañamiento que tanto anhelan los antropólogos para ella es algo habitual. Es inevitable recorrer los pasillos de la universidad y no recordar su vida en la villa miseria cuando sus padres perdieron el empleo. Allí fue donde comenzó la militancia social de sus padres y gran parte del incentivo para iniciar su propia militancia. Aunque reconoce que ellos han sido un gran estímulo para iniciarse en la vida política, no puede dejar de notar sus diferencias ideológicas (y de estilo de vida), de allí la decisión de no continuar compartiendo el hogar. Cansada de los sermones evangélicos y con cierta aversión cada vez que las hermanas del templo se referían a su madre como sierva decidió regresar a Buenos Aires. Allí se unió al Partido Comunista y militó durante algunos años. Si bien estaba convencida de que ese espacio la satisfacía ideológicamente, sintió la necesidad de realizar una lectura marxista más acorde con el contexto de los años 2009-2010. Se empezó a interesar por la situación latinoamericana y la construcción de aquello que ella misma denomina la Patria Grande. Al transcurrir algún tiempo, no pudo evitar extrañar a sus padres, de modo que emprendió el regreso a la provincia de San Luis. Ya convencida del espacio político en el cual quería militar –pues lo había charlado con sus amigos comunistas– decidió unirse a la agrupación kirchnerista Kolina.
Mientras recorre el pasillo, se encuentra con sus compañeros que participan de una agrupación estudiantil independiente de estructuras partidarias. No puede evitar comentarles sus actividades en Kolina y dar su opinión sobre algunos aspectos de la coyuntura actual. Transcurridos unos minutos, uno de sus compañeros le pide que no utilice el espacio de la agrupación para expresar sus opiniones político-partidarias, pues no quieren que los nuevos estudiantes interpreten que ellos tienen alguna filiación con un partido político. S. finaliza la conversación y se retira de ese lugar indignada pues no comprende esa lógica de no querer ser identificados con agrupaciones partidarias (menos aun frente al momento sociopolítico actual) cuando todos conocen que sus compañeros de Franja Morada militaron activamente para el PRO y lo continúan haciendo. Como ella misma comenta ante el regreso de la “derecha recalcitrante” se siente más convencida de formar parte de un espacio político que nuclea a otros y en donde la consigna común es la unión y la organización (S., 26 años de edad. Mujer. Dirigente de Kolina).
Lo primero que podemos notar es que la adscripción identitaria de S. con una agrupación en donde las actividades de corte social –en barrios de sectores populares– son una de las principales actividades proviene de una influencia biográfica familiar en la cual la opción por la ayuda a tales sectores es algo presente en esa historia. Sin embargo, también es esa misma influencia –por medio de su apego a lo religioso evangélico– lo que provoca en S. la actitud de distanciarse de su familia e involucrar su identidad en un partido –el comunista– en donde lo religioso no es precisamente un aspecto valorado.
Si podemos ubicar un núcleo central en la conformación identitaria de S. y de allí su filiación político-partidaria es la centralidad que ocupa lo ideológico –con una orientación a la que podemos denominar de izquierda– en dicha conformación. En este punto podríamos recordar la cita de Schütz realizada anteriormente o bien acudir a una de Arfuch (2005) en donde dice:
La pregunta sobre cómo somos o de dónde venimos… se sustituye, en esta perspectiva, por el cómo usamos los recursos del lenguaje, la historia y la cultura en el proceso de devenir más que de ser, cómo nos representamos, somos representados o podríamos representarnos. No hay identidad por fuera de la representación… (p. 24).
De allí que la falta de comprensión de S. por aquellos compañeros que participan en una agrupación independiente de estructuras partidarias y las opiniones que provienen de esos ámbitos son tema tabú; al mismo tiempo, la aversión que le produce el apoyo de sus compañeros de Franja Morada hacia un espacio político de centro derecha forma parte de su propia representación –en tanto posicionamiento de enunciación eminentemente subjetivo– y de allí el modo de establecer fronteras o límites –también una construcción subjetiva pues involucra el modo en que representa a los demás– respecto de aquellos con quienes negocia su sociabilidad.
Es día sábado y A. se prepara para visitar el barrio. Mientras se mira en el espejo piensa que recogerse el cabello con un rodete le quedaría muy bien, pero finalmente decide no hacerlo. Mientras recoge la mercadería y la coloca en bolsas para llevarlas al barrio, responde mensajes de Whatsapp de sus compañeros del Partido Justicialista. En el grupo es inevitable referir a la última reunión del partido en donde A. mantuvo un caluroso intercambio con sus otros compañeros pues no está de acuerdo con algunas de las decisiones de la actual gestión provincial. Ella es una mujer de carácter –y ya lo saben– y por consiguiente no se queda callada frente a tales injusticias. Al mismo tiempo que responde los mensajes del grupo, recibe uno de su madre. Fue ella quien la introdujo en la militancia en el Partido Justicialista. Aunque tampoco puede desconocer la historia de su padre, un reconocido dirigente de dicho espacio político. Ambos se conocieron realizando actividades sociales para el partido del mismo modo que en aquel enero de 1944 lo hicieron Eva y Perón. La misma historia se repitió con su pareja actual.
Si bien A. cuenta con un cargo de gestión, en ningún momento puso en duda su militancia en el barrio, pues ese es el tipo de política que a ella le gusta y el incentivo por el cual participa en el partido. No comprende a sus compañeros que no se interesan por la actividad barrial, pues considera que ese es uno de los núcleos de la doctrina peronista. Ella no podría dejar desamparados a los niños y niñas que con frecuencia visita, sus rostros alegres mientras les entrega la ayuda –generalmente comestibles– son el incentivo para continuar militando. Ellos prefieren que sea A. quien los cargue en sus brazos y los colme de afecto en lugar de alguno de sus otros compañeros. Es inevitable reconocer que es la líder de su agrupación, que orgullosamente lleva el nombre de Eva.
Tocan la bocina de un auto. Es J. Su compañero de amor y de militancia. Se cubre con una campera la remera celeste de la agrupación –que en su frente lleva una de las imágenes más difundidas de Eva– pues sabe que en el barrio los fríos vientos sanluiseños calan hondo en el cuerpo, pero el sacrificio vale la pena pues sus niños la esperan (A., 28 años de edad. Mujer. Dirigente del Partido Justicialista).
En este relato podemos notar nuevamente la influencia de los aspectos biográficos en la decisión de involucrarse y de hacerlo dentro de una determinada orientación político-ideológica. Sin embargo, en esta historia en particular no queremos dedicarnos en detalle a esa cuestión, pues nos parece que el aspecto de la identidad ligado a la representación como modo de posicionarse en tanto enunciador puede advertirse con mayor claridad. Asimismo, el modo en que A. construye diferencias respecto de sus compañeros quienes –dentro de la misma orientación político-ideológica– adoptan otros posicionamientos y no se interesan por las actividades barriales. Si bien aquel aspecto es claro, podemos preguntarnos ¿pueden las identidades anclarse en un referente político? Auyero (1997) no tendría dudas en afirmarlo y con mayor asertividad en el caso de Eva Duarte pues como señala aquella es una performance recurrente entre las mujeres peronistas. Ahora bien, ¿por qué esas mujeres eligen tal referencia? Aquí es donde la identidad comienza a jugar uno de sus papeles fuertes en donde se involucra la representación pero también un modo de legitimación, pues cómo una mujer peronista no va a encontrar en Eva a una de sus principales referencias. Cómo una mujer peronista no va a soñar alguna vez con peinarse con el rodete de Eva. Cómo una mujer peronista no va a militar en los barrios. Cómo una mujer peronista podría no amparar a los humildes. Todas aquellas no dejan de ser figuras estereotipadas sobre uno de los principales mitos fundantes del peronismo. Imágenes que –más en algunos momentos que otros– han sido utilizadas estratégicamente por los mismos actores políticos. Tal como señala Ulloa (1969), la construcción mitológica ocupa un espacio importante en la conformación de las identidades en las instituciones. Del mismo modo afirma Hall ([1990] 2010) en referencia a la identidad: “Se construye siempre a través de la memoria, de la fantasía, de la narrativa y del mito”. A partir de ello nos interrogamos: ante la presencia de una figura cuasimitológica, ¿cómo es posible negociar otra identidad o modo de representación? Seguramente la figura de Eva Duarte ha ido perdiendo centralidad entre las generaciones más jóvenes, pero parece –al menos eso muestra la historia de A.– que continúa teniendo presencia. Ante ello –aunque seamos reiterativos– podemos preguntarnos ¿las identidades pueden ser utilizadas como búsqueda de legitimidad? Cada uno encontrará su propia repuesta, pues la nuestra ya es evidente.
A modo de cierre
Seguramente podríamos haber acudido a otras de las tantas historias que tan generosamente las juventudes sanluiseñas que conformaron la muestra nos permitieron, con gentileza y sin tapujos en algunos casos, conocer. Sin embargo, las tres que intentamos reconstruir, de manera limitada y en algunos de sus aspectos, nos parecieron significativas por cuanto pudimos constatar aspectos relevantes vinculados con las modalidades que asume la construcción de las identidades en la política. Si recordamos los aspectos teóricos antes mencionados sobre la construcción de las identidades –desde un enfoque sociocultural– es posible identificar que son dos los aspectos de nuestro interés: el modo en que se significa la presencia de los otros, para lo cual todo sujeto lleva a cabo prácticas de representación por medio de las que adopta una posición de enunciación –aspecto que podemos figurar con la imagen de una trinchera– y de allí construye diferencias con otros a partir de las propias fronteras que ya ha construido. En ambas instancias se imprimen las huellas de la propia subjetividad y del contexto cultural de los actores. Ahora bien, ¿cómo se presentan estos elementos en nuestras historias? Si bien las tres muestran aspectos distintivos, convergen en uno que les es común: la influencia de las instituciones tradicionales.
Bourdieu en ¿Qué significa hablar? (1985) refería a la incidencia que ejercen tales instituciones en la reproducción –ya sea por medio de actitudes de aceptación o de rechazo– de comportamientos intergeneracionales. Entre ellas podemos mencionar a la familia, la educación, la política, el empleo, los medios de comunicación. En materia de estudios sociales sobre juventudes, esas instituciones han sido denominadas como dominantes y consideradas un aspecto central en la construcción de las identidades (Castro, 2012). De acuerdo con las historias que hemos intentado reproducir, podemos advertir la influencia que ejerce la institución familiar en la decisión de involucrarse políticamente en un partido o agrupación política y en algunos casos también en la opción por su orientación político-ideológica. Esto mismo lo hemos advertido –en el marco de este proyecto de investigación y con idéntica muestra– en otros casos (Becher, 2017). Ante estos determinantes tiene sentido preguntarnos ¿por qué la familia tiene tanta centralidad en la construcción de la identidad? ¿Es solo la constitución de la institución familiar o son los elementos que la rodean los que aportan a dicha construcción? Arfuch (2013) afirma que en la morada familiar habitan un reservorio de afectividades y de simbolismos cuasi únicos –en tanto ocupan en la memoria un espacio excluyente de otros recuerdos– pues es uno de los primeros cobijos de la temprana subjetividad. De allí que podemos incluir no solo a la institución familiar como una influencia en la construcción de las identidades, sino también al espacio y la temporalidad en donde se construyen esos vínculos. Al comienzo del texto mencionábamos el modo en que tanto uno como otro aspecto enmarcan –en términos goffmanianos– la identidad.
A partir de esas influencias familiares y del propio recorrido biográfico de las juventudes, se van delineando los aspectos que integran sus identidades. Seguramente muchos de los engranajes que conforman tales identidades pueden haber sido eludidos por este análisis –pues aquellas son limitaciones propias de la investigación social–, sin embargo hemos podido detectar algunos nudos centrales de esas conformaciones. En la historia de E. se advierte la relevancia que tiene en la conformación de su adscripción identitaria con un partido vecinal la construcción territorial. Dicha construcción supera los meros límites urbanísticos o rurales para incorporar un campo de significaciones particulares que se encuentra anclado en esa delimitación espacial. Como en todo campo de significaciones se producen pugnas por la propiedad de esos significantes. En la experiencia de E. lo que prima –ante tal circunstancia– es la posibilidad de formar parte de ese territorio y conocer las historias de aquellos a quien denomina como vecinos. En nuestros propios registros observacionales pudimos constatar el modo amigable y ameno con que E. se vincula con los ciudadanos de la localidad en donde milita. Un detalle no menor es que en el marco de tales observaciones todos se refirieron a E. por su nombre de pila. Puede parecer un detalle pueril o banal, aunque en realidad nos muestra mucho acerca del modo en que se construyen las relaciones sociales en esa localidad donde lo que importa es conocer –en sus aspectos biográficos– quién es el otro. De modo que la trinchera de E. se construye a partir de ser quien conoce ese territorio y sus vecinos en tanto las fronteras se elevan respecto de aquellos que no cumplen con esa condición en donde ubica al oficialismo provincial. Por su parte, la historia de S. nos abre un abanico de particularidades para pensar en torno a la construcción de las identidades y la influencia biográfica y familiar. Sin dudas un aspecto que emerge como central en dicha construcción es la influencia de lo ideológico y lo político-partidario. Parte de esas elecciones surgen como actitudes de rechazo ante la influencia religiosa evangélica de su familia. S. –esto lo agregamos ahora– expresa y practica una actitud de total aversión ante todo tipo de manifestación religiosa. Tal circunstancia ha motivado muchas de las opciones de vida que ha realizado aunque solo hayamos detallado una de ellas, que es la de abandonar el hogar familiar. Tal espacio central que ocupa lo ideológico en la construcción de la identidad de S. conduce a construirse como una enunciadora con un claro posicionamiento político-partidario ante situaciones de coyuntura y de allí diferenciarse de quienes se encuentran en el polo opuesto. No solo ello pues también expresa un rechazo por aquellos compañeros de agrupaciones estudiantiles que se denominan independientes y evitan ser identificados con orientación política alguna. Vale señalar que estudios sociales sobre el tema han mostrado que esa pretendida independencia no es más que un ideal fantaseado –heredado en el marco de la historia reciente de la década de 1990– en donde persisten múltiples liderazgos informales que negocian tanto con la estructura universitaria como con la partidaria (Becher, 2017). Casi al final nos encontramos con la historia de A. En este caso en particular emergen una serie de interrogantes –que pueden ser útiles a otras investigaciones sobre liderazgos políticos e identidades– que redundan en la inquietud sobre el modo de construcción de identidad referenciada en un líder político. Desde ya, el caso se vuelve significativo pues tal referente no es más ni menos que Eva Duarte. Figuras mitológicas si las hay del peronismo. La presencia de Eva en la construcción de la identidad partidaria ha sido tan central que el mismo Auyero (1997) ha observado el modo en que grupos amplios de mujeres peronistas –que se desempeñan en el marco del Estado– reproducen las imágenes más difundidas sobre aquella mujer mito del Partido Justicialista. Allí nuestros interrogantes se encuentran ligados con el vínculo entre identidad y legitimación y hasta qué punto es posible negociar otra identidad y obtener legitimidad. Sin dudas, la figura de Eva siempre constituirá una puerta de ingreso al peronismo y de allí que algunos jóvenes –como A– aun acudan a ella. Aunque esto de ninguna manera significa que sea la única pues en nuestra misma muestra otras jóvenes mujeres adoptan actitudes diferentes de aquellas que reproduce A. De modo que es posible negociar otra identidad aunque nada garantiza obtener el mismo grado de legitimidad que tiene la performance de Eva y principalmente la actividad con los sectores populares. Precisamente allí se ubica la trinchera de A. y las fronteras que construye respecto de aquellos que reniegan de tales actividades. Todas estas trincheras y fronteras –propias de la construcción de las identidades– limitan las modalidades de relacionamiento tanto entre quienes son o no miembros del colectivo sociogeneracional, aunque al mismo tiempo refuerzan los lazos sociales entre aquellos militantes que comparten la misma o similar adscripción identitaria.
Bibliografía consultada
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