Si consideramos que los hechos existen independientemente de la mente, tal como sería específicamente el caso de los hechos (eventos, procesos) de la naturaleza, las creencias serían más bien sustitutos mentales (…) de los hechos. Por otro lado, también podemos adoptar una visión más activa de las creencias, y definirlas en términos de constructos mentales basados en lo social que constituyen los “hechos” característicos de la “realidad” social y cultural.
Teun Van Dijk, “Ideología”
4.1. Acerca de la concepción clásica de ideología y su redefinición
Pocos conceptos resultan tan difíciles de aislar en su significado operativo como el de ideología. En esta dificultad hay factores causales que involucran el ámbito sociohistórico y otros más vinculados con el despliegue autónomo del mundo de las ideas.
Las discusiones respecto del desarrollo histórico del término y sus distintos sentidos las he abordado con detalle en mi tesis de maestría (Miceli, 2005b), pero no las tocaré aquí porque me interesan las implicancias metodológicas directamente vinculadas con esta investigación.
En este marco, entiendo que las perspectivas ligadas al uso explicativo de la noción de ideología gozan de escaso prestigio como herramientas de análisis porque se las ha eximido de la obligación de especificar minuciosamente el modo en que este término se emparenta con otros, como “creencias”, “cultura”, “sistemas de valores”, etc. Según Teun Van Dijk, la vaguedad de esta noción no es superior a la de otras palabras muy utilizadas en ciencias sociales, por lo cual su escasa mala prensa actual no es explicable en función del carácter especialmente confuso de su campo semántico[1].
Ahora bien, Van Dijk no considera lo ideológico como una región autónoma de análisis o como un objeto de estudio cuyos aspectos más significativos deban pensarse en términos estrictamente cognitivos, discursivos o sociales. La perspectiva que esboza, además de instrumental, resulta completamente integradora de estas áreas ya mencionadas, y nutrida por elementos que emanan de todas ellas. Desde esta perspectiva, como ya adelantamos, las ideologías se localizan en el triángulo conceptual delimitado por la cognición, la sociedad y el discurso, y por lo tanto tienen una triple naturaleza:
- Cognitiva: en tanto son sistemas de ideas y pertenecen al campo simbólico del pensamiento y la creencia.
- Social: ya que están frecuentemente asociadas con intereses, conflictos y luchas de grupo.
- Discursiva: si bien los enfoques actuales de la ideología asocian el término con la utilización de la lengua o el discurso, ya que esta es la forma en que estos fenómenos se expresan y propagan en la sociedad, el abordaje de Van Dijk es especialmente claro al destacar que el discurso es solo una actividad más entre las otras prácticas sociales que posibilitan la reproducción ideológica.
Las ideologías, según esta dinámica, se descomponen y rearticulan en elementos que reconocen esta triple condición, pero ello no significa que lo hagan de manera absolutamente coherente o solidaria. Hay discontinuidades y rupturas en la manera en que los grupos sociales expresan sus contenidos ideológicos. En muchísimas oportunidades, las personas no dicen exactamente lo que piensan y, con la misma frecuencia o quizás más usualmente, no actúan de acuerdo con cómo piensan y con lo que simultáneamente dicen. Desde el punto de vista que aquí sustento, una perspectiva integradora de lo ideológico debe considerar muy atentamente estas discontinuidades y debe abstenerse de suponer que este plano se expresa de modo homogéneo en la faz cognitiva, discursiva y práctica[2]. En algún sentido, la puesta en escena de una pragmática de la ideología, pendiente de sus desplazamientos semánticos continuos y sus actualizaciones contextuales, de su variabilidad diacrónica y su compleja articulación sincrónica, es la asignatura pendiente que este autor trata de desarrollar. La definición operativa del término que postulo retoma la de este autor no solo porque pone en juego los rasgos ya descriptos, sino porque coloca en el centro de su razón de ser el concepto de grupo, que es crucial para la presente investigación. Según este autor, “las ideologías no son propiedades o rasgos de clases sociales, sino de grupos sociales” (Van Dijk, 1998, p. 21).
La noción de grupo social otorga un rango de aplicación de la ideología mucho más amplio que la de clase social en general y mayor aún que la de clase dominante. Centrándonos en la idea de grupo, podemos concebir la gestación de la cumbia villera como un constructo ideológico que cumple con las propiedades previstas por Van Dijk para este tipo de entidades.
En estos términos, tal capacidad generadora de lo ideológico está dada por su naturaleza parcialmente cognitiva, que la independiza de la forma particular que puedan tener las creencias de un grupo en un momento dado de la historia. Es decir que una ideología es capaz de producir más de un conjunto específico de creencias e incluso creencias contradictorias en interacción con contextos distintos, ya que ella no es ni una producción discursiva particular ni las prácticas que un grupo tiene en una situación específica, sino algo que es capaz de generar cualquiera de estas actividades de acuerdo con principios de un orden distinto.
4.1.1. Rasgos centrales de la definición de creencia
Al margen de la calidad relacional de la definición de creencia que vengo sosteniendo, desplegada más como diferenciación respecto de conceptos vecinos que a partir de una lista de rasgos propios, ella conjuga varias características que utilizaré para articular una definición operativa.
A) Variabilidad contextual
Debido a su carácter abstracto, las creencias no deben confundirse con su expresión contextualmente variable. El sesgo lingüístico hace que disimulen su condición de estructuras mentales complejas, pero, como ya comenté, ninguna forma proposicional es capaz de dar cuenta de la forma total de cada creencia.
B) Combinabilidad
Debido a que las creencias se pueden descomponer en creencias más básicas, surge el interrogante acerca del límite de esta lógica de progresiva segmentación. Van Dijk sostiene que hay eventos básicos que no son susceptibles de una codificación separada, como por ejemplo “apuntar con un arma” si estamos hablando de una escena de robo o de delito (Van Dijk, 1998, p. 42). Lo que entendemos mentalmente como “robo” involucra, además de la acción de apuntar con un arma, otros elementos situacionales de distinta jerarquía que tienen persistencia en la memoria a largo plazo (MLP).
En la generalidad de los hechos, las creencias no se despliegan en una situación de aislamiento. Creencias simples pueden combinarse en creencias complejas y hasta formar conglomerados que denominamos conocimientos o actitudes. Van Dijk plantea, en consecuencia, tanto un límite superior como uno inferior para el concepto de creencia. El inferior sería el que comentamos en el párrafo anterior, pero el superior se extiende hasta formar sistemas completos que llamamos justamente ideologías.
C) Visión constructiva
Si las creencias fueran simples sustitutos de los hechos, la autonomía de los sistemas simbólicos sería nula. Adoptar una visión constructiva de las creencias implica reconocer que ellas constituyen el mundo según nosotros y que el lenguaje y los sistemas cognitivos no funcionan como simples y transparentes nomencladores del mundo real.
Esta posición no supone afirmar que el mundo natural no existe independientemente de lo que las creencias establezcan, sino tan solo que las personas lo estructuran, entienden y experimentan a través de ellas. Tampoco significa que las experiencias registradas y vividas a partir de esta capacidad constructiva sean en sí mismas verdaderas o falsas de acuerdo con el tipo de creencias que ha regido su asimilación.
Si las personas y los grupos sociales no mienten —en el sentido de que no dicen que piensan algo que realmente no piensan—, entonces las subjetividades no pueden ser entendidas en términos de verdad o falsedad. Ellas son siempre empíricamente ciertas, a pesar de que lo que prediquen sobre la realidad sea completamente falso en términos veritativos. La naturaleza exclusivamente mental de las creencias hace que su existencia no dependa de realidades estrictamente comprobables, sino de la manera en que ellas son mapeadas en la topología particular de un sistema cognitivo.
4.1.2. Creencias culturales vs. creencias grupales
Las personas conocen muchas cosas de su vida cotidiana que no pueden conceptualizarse como creencias ideológicas, es decir, creencias que tengan que ver con intereses de grupo.
Gran parte de lo que se recuerda permanece almacenado en lo que los cognitivistas llaman “memoria episódica” o personal. Para el estudio de la ideología, lo que reviste interés son las creencias que “específicamente compartimos con otros, por ejemplo, con la mayoría de los demás miembros de un grupo, organización o cultura, y que por lo tanto pueden ser llamadas simplemente creencias sociales” (Van Dijk, 1998, p. 48).
Desde esta perspectiva, es imprescindible considerar las ideologías como construcciones absolutamente sociales, compartidas por grupos o colectividades.
El dispositivo definicional de Van Dijk se aproxima, en relación con lo ideológico, a lo que sabemos sobre la distinción saussuriana entre lengua y habla:
Aunque las ideologías son una propiedad de los grupos sociales, los miembros individuales pueden, por supuesto, “tener” o “participar de” una ideología como miembros de grupo. O sea, pueden personalmente adherirse a, aceptar o utilizar una ideología de grupo en sus prácticas cotidianas. En este sentido, las ideologías son como las lenguas naturales. Lenguas como el inglés, el chino o el kiswahili también son sistemas (de conocimiento) esencialmente sociales y compartidos por los miembros del grupo, es decir, los hablantes de esas lenguas. Pero esto no significa que los miembros de dichas comunidades lingüísticas no conozcan o no utilicen la lengua individualmente (Van Dijk, 1998, p. 49).
No es posible hablar, en estos términos, de ideologías individuales, aunque sí de una utilización individual de la ideología (exactamente y de idéntica manera en que no es posible postular la existencia de una lengua individual, aunque sí usos individuales de ella). Esto equivale a considerar como ideológicas solo a aquellas creencias que, al menos, tienen la propiedad de ser compartidas socialmente. Sin embargo, sabemos que no todos los individuos tienen en su stock cognitivo la misma versión de la ideología que otros componentes de su grupo de pertenencia. ¿Invalidan estas diferencias la posibilidad de hablar de una ideología común? Por supuesto que no. En todo caso, lo que se comparte es un núcleo de creencias más allá de las cuales la memoria episódica instituye particularidades que exceden esta zona de intersección.
Alejandro Raiter, en su libro Representaciones sociales (2002, p. 21), presenta una clasificación de creencias bastante similar a la elaborada por Van Dijk, aunque más modesta en la cantidad de categorías con que aborda cada variante. Para Raiter el esquema que acabamos de representar se podría condensar en cuatro casos centrales:
- Creencias i: son creencias individuales, sin posibilidad de convertirse en sociales, aunque puedan ser conocidas por un grupo de amigos o conocidos de quien la posea. Ejemplo: las planificaciones individuales para cometer adulterio.
- Creencias s: son las creencias necesariamente sociales, necesariamente compartidas por todos los miembros de la comunidad. Ejemplo: la elección democrática de los gobernantes.
- Creencias p: son creencias que funcionan como referencia, de modo que los individuos y grupos sociales deban tomar un valor acerca de ellas, el contenido de la creencia expresa que debe estar valorado de algún modo. Ejemplos: preferencias políticas, derecho al aborto, política de privatizaciones.
- Creencias ps: son las creencias que pueden ser sociales, rebasan lo individual pero pueden ser compartidas solo por determinados grupos sociales. Ejemplos: complementariedad del Estado, la práctica de la confesión, los políticos como estamento social o como profesión, el derecho a tener trabajo estable.
4.2. Identidad social e ideología
En ciencias sociales es casi un lugar común hablar de la identidad como un atributo no definido de una vez y para siempre, sino sujeto a permanente reformulación. Si bien esta concepción dinámica muestra validez al momento de describir la manera global en que los grupos y los individuos se consideran incluidos en determinadas categorías societales (pueblos originarios, marginales, profesionales, villeros), el modo concreto en que la identidad se despliega en las áreas cognitiva y discursiva parece estar mucho menos supuesto que especificado en sus detalles.
Partimos de la certeza de que las personas comentan y enfatizan su pertenencia a determinados grupos con mucha intensidad en ciertas etapas, como la adolescencia, que a menudo es elegida como lapso existencial prototípico para las investigaciones centradas en el concepto de identidad.
En el ámbito de la producción musical, el cruce entre las experiencias artísticas urbanas y la gestación de reivindicaciones identitarias ha sido particularmente rico en tanto la escena cultural estadounidense, principalmente a partir del hip-hop, el rap y otros géneros asociados, proyectó los gustos, la performance gestual y la indumentaria de importantes bolsones de marginalidad social hacia el centro de la escena mediática (Clay, 2003; Bennett, 1999).
Las dimensiones cognitivas y discursivas más amplias de los dispositivos que hacen posible la afirmación identitaria, sin embargo, no han sido sistemáticamente mapeadas si se las compara con la atención que han recibido las prácticas sociales concretas que dan cuerpo empírico a sus manifestaciones (Clay, 2004). La dimensión vivencial y actuada de la identidad parece ser, en suma, mucho más fácil de percibir y clasificar que sus fundamentos mentales y parámetros de pensamiento que la tornan factible.
En este punto del debate, parto de la idea básica de que la identidad es a la vez un constructo social y una realidad simbólica personal que tiene asiento en la mente de cada persona. Esta idea de identidad contiene dos componentes básicos:
- La identidad desligada del contexto
- Las prácticas concretas de los actores que la actualizan
Como ya hemos establecido, esta distinción de Van Dijk se inspira poderosamente en la distinción saussuriana entre lengua y habla. La identidad desligada del contexto sería un correlato de la lengua, en tanto constituye un sistema autónomo respecto de su manifestación empírica. Las prácticas de los actores, en cambio, remiten al modo en que esta identidad abstracta se plasma en contextos sociales específicos, e involucran restricciones que no son consideradas por ella.
Volviendo a la ideología, ella nos ofrece un modelo para conceptualizar la identidad no solo en términos procesuales sino también en sus aspectos cognitivos y discursivos. ¿De qué modo lo ideológico es capaz de desplegar estas funciones? A través de su capacidad de definir cuáles son los aspectos claves de la afirmación identitaria desde el punto de vista de la existencia grupal (Van Dijk, 1998, p. 72).
Desde esta perspectiva, lo ideológico no actúa priorizando de igual manera cualquier rasgo constitutivo de la identidad, sino solo aquellos que contribuyen a establecer de manera regular y permanente la relación de membresía respecto de un grupo. Estos rasgos varían de acuerdo con la conformación de cada uno de ellos y, como se sostiene más arriba, mientras que hay algunas creencias que pueden ser consideradas centrales para la definición interna de un grupo, hay otras que ocupan un lugar completamente secundario a la luz de sus propios miembros.
En la posición teórica de Van Dijk existe, además, un concepto clave que media entre la ideología y la identidad grupal, y es el de esquema de grupo. Estos constructos constituyen las herramientas cognitivas a partir de las cuales se producen las evaluaciones de todo aquello que resulta prioritario para sostener la construcción identitaria. Los esquemas de grupo son conjuntos de propiedades que el grupo considera necesario atribuirse a sí mismo para situarse en una posición de superioridad respecto a otros grupos. Semejantes propiedades varían porque las ideologías sustentan su acción valorativa en procedimientos de diferente tipo. No siempre las diferencias se establecen sobre la base del mismo conjunto de rasgos. En algunas ocasiones se recurre a la religión, otras veces al color de piel o al sexo; todo depende de cuál sea el criterio de relevancia sostenido por el grupo con relación a cómo se conceptualiza a sí mismo respecto de otros (Van Dijk, 1998, p. 87).
4.2.1. Grupos, identidad y áreas de lo ideológico: exo y endogrupo
Según la perspectiva presentada, el esquema de sí mismo de todo grupo ideológico debería representar las creencias fundamentales compartidas a nivel de grupo, y también debería ser útil para contestar preguntas que simultáneamente comprenden varias categorías:
Cuadro 3. Áreas ideológicas de los esquemas de grupo
Área ideológica | Interrogantes |
Pertenencia | ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Qué aspecto tenemos? ¿Quién pertenece a nuestro grupo? ¿Quién puede convertirse en un miembro de nuestro grupo? |
Actividades | ¿Qué hacemos? ¿Qué se espera de nosotros? ¿Por qué estamos aquí? |
Objetivos | ¿Por qué hacemos esto? ¿Qué queremos realizar? |
| Valores/normas | ¿Cuáles son nuestros valores más importantes? ¿Cómo nos evaluamos a nosotros mismos y a los otros? ¿Qué debería (o no debería) hacerse? |
| Posición y relaciones de grupo | ¿Cuál es nuestra posición social? ¿Quiénes son nuestros enemigos, nuestros oponentes? ¿Quiénes son como nosotros y quiénes son diferentes? |
Recursos | ¿Cuáles son los recursos sociales esenciales que nuestro grupo tiene o necesita tener? |
Fuente: elaboración propia con base en Van Dijk, 1998.
Es necesario considerar que un esquema de grupo no tiene que responder a todos estos interrogantes, sino solo a aquellos que acuden para desempeñar con éxito su doble rol autodefinidor del grupo mismo y también de aquello que lo excede. De aquí en adelante, y siguiendo la misma terminología de Van Dijk, denominaré al grupo que comprende a los villeros como “endogrupo” y a aquel que representa todo lo externo a él lo llamaré “exogrupo”. Si bien estos usos responden a castellanizaciones directas y no adaptadas de sus originales ingleses (ingroup y outgroup), me parecen menos aparatosos y más sugerentes que cualquier otro par de palabras sustituto.
En general los enfoques basados en el concepto de identidad social priorizan recurrentemente la polaridad ingroup-outgroup como un contrapunto que organiza el self en tres instancias entrelazadas (Padilla & Pérez, 2003):
- La necesidad de mantener una autoestima individual elevada.
- La estrecha vinculación existente entre la satisfacción de esta demanda y la tendencia a evaluar al propio grupo favorablemente.
- El establecimiento de una identidad social positiva sustentada en un cotejo continuo con el exogrupo.
Así como no todos los esquemas de grupo se organizan del mismo modo, algo similar sucede con las ideologías a un nivel más global, ya que ellas se estructuran de acuerdo con principios variables. Cada una de estas áreas sirve, en consecuencia, para distinguir a un tipo particular de ideología, suponiendo que se organice priorizando a una de ellas en especial:
Esto también puede explicar por qué hay diferencias entre ideologías de Pertenencia, Actividad, Objetivos, etc. De tal modo, el feminismo es típicamente una ideología de Objetivo, o sea, definida por la creencia jerárquicamente más importante de la ideología, esto es, alcanzar la igualdad total entre mujeres y hombres. Asimismo, la ideología del Nacionalismo negro es una ideología, cuando se limita a cuestiones de aspecto y “orgullo racial” (como lo implican los viejos eslóganes “Lo Negro es Hermoso” (Black is Beautiful) y “Negritud” (Négritude), y una ideología de Posición y Resistencia cuando se centra en la autodeterminación y la habilitación a los negros para tener acceso al poder (Van Dijk, 1998, p. 97).
En estos términos es posible, según la perspectiva que presento, caracterizar la ideología que rige a los seguidores de la cumbia villera como una ideología de pertenencia, ya que lo fundamental en ella es destacar los atributos que los identifican como integrantes del endogrupo villero más amplio. A pesar de hacer foco en la pertenencia, no se dejan de tener en cuenta otras áreas del proceso identitario, como las actividades, los objetivos o los recursos.
4.2.2. Condiciones específicas para la definición de grupos sociales
Tradicionalmente, las ideologías han sido adscriptas a clases sociales. La concepción de Van Dijk adscribe, en cambio, este concepto a grupos sociales. Este no es un efecto menor sino muy relevante de la visión positiva de lo ideológico.
En principio, la definición de grupo portador de ideología se diferencia del grupo simple porque está sustentada en una continuidad en el tiempo. Tal continuidad puede ser proporcionada por diferentes clases de factores y en una dosis también variable, pero seguramente presupone representaciones sociales compartidas (creencias-G) que se gestan en una experiencia puntual e imprescindible. La gente que se reúne ocasionalmente en un lugar para ejecutar una tarea en común no conforma en sí un grupo social y, por ende, no ingresa dentro de esta categoría. Si se compromete a desarrollar alguna acción colectiva que refleje intereses u objetivos compartidos, entonces podremos estar en presencia de grupos sociales.
Sin embargo, la definición de grupo en estos términos implica la consideración de dos tipos de rasgos adicionales: los cognitivos y los afectivos. Desde esta posición teórica, un grupo social no se constituye objetivamente solo a partir del padecimiento de penurias o de la ostentación de privilegios comunes, sino luego de que esas condiciones objetivas han generado elementos subjetivos reconocibles y de cierta permanencia. Una subjetividad de tal tipo puede construirse sobre la base de una combinación de opiniones comunes (creencias-G evaluativas), conocimientos compartidos (creencias-G fácticas) y también emociones en común. Van Dijk sintetiza este conjunto de requisitos cognitivos y vivenciales como representaciones sociales en común. Prefiero seguir hablando de creencias porque la palabra representación, a mi juicio, solo sirve para designar las creencias de otra manera y, por ende, no genera ningún valor agregado a este armazón teórico-metodológico.
El proceso ideológico de conformación de un grupo social demanda, además, el cumplimiento de dos actividades elementales adicionales, una ideacional y la otra de índole netamente práctica. La ideacional es la conformación de una identidad social que necesariamente se plasma a partir del autorreconocimiento del individuo como parte de ese grupo, y la práctica es el despliegue de acciones conjuntas en las cuales el grupo va desarrollando sus elementos emotivos y cognitivos compartidos.
Desde el punto de vista de la teoría antropológica, el planteo de Van Dijk estaría claramente alineado con aquellas posturas que reclaman una concepción “nativa” de la pertenencia (emic), es decir, sustentada en representaciones primordialmente mentales que deben existir para poder hablar de grupo social en sentido estricto.
¿Es pertinente esta definición para los propósitos de esta investigación? Considero que todos los procedimientos analíticos que aquí se presentan asumen que las ideas expresadas en las canciones de cumbia villera son parcialmente representativas de la realidad mental de los grupos sociales que habitan las villas de emergencia argentinas, pero fundamento esta noción atendiendo a dos indicadores centrales que preceden al análisis discursivo planteado en esta investigación:
- Todos los integrantes de grupos de cumbia villera cuyas letras se analizan en esta investigación provienen originariamente de villas de emergencia del conurbano bonaerense. Del mismo modo en que, en otros relevamientos similares, el investigador puede suponer una homogeneidad cognitiva relativa entre productores y consumidores, nosotros sustentamos la representatividad relativa de las letras en este común origen social[3].
- Quienes más adhirieron y adhieren a estos grupos, asistiendo a recitales y locales bailables, han sido y son personas de sectores sociales bajos o muy bajos.
La constatación de la indudable masividad de este fenómeno (Martín, 2001, p. 4) es uno de los elementos que, junto a la comprobación del origen humilde de estas adhesiones, contribuyen a fundamentar este punto de vista.
4.2.3. Hacia una concepción posicional de lo identitario
Considero que el recorrido hecho hasta aquí nos permite contar con una serie de herramientas conceptuales que enmarcan las discusiones posteriores:
- Una definición integrada, operativa (no prescriptiva) y positiva de lo ideológico, que comprende tanto la cognición como el discurso y su praxis social asociada.
- Una distinción entre creencias fácticas y evaluativas, y una forma de articularlas en constructos más complejos dotados de contextualidad, constructividad y variabilidad.
- La noción estratégica de esquema de grupo, que describe el modo formal en que la ideología permite construir identidades sociales a partir de la priorización grupal de una serie de cualidades identificatorias que se transforman, además, en escalas de autovaloración personal.
Desde la perspectiva que aquí postulo, estos elementos remiten directamente a una concepción posicional de la identidad que ha sido discutida y fundamentada mucho más exhaustivamente por el antropólogo Fredrik Barth desde un abordaje etnográfico y que excede la actuación discursiva.
Barth (1969) sostuvo, en su momento, que
tanto las diferencias entre las culturas como sus límites y conexiones históricos han recibido atención suficiente; por el contrario, la constitución de los grupos étnicos y la naturaleza de los límites entre éstos no han sido investigados en la forma correspondiente (p. 9).
En contraposición a esta perspectiva, lo que este investigador intentó es desarrollar una teoría sobre el modo en que los límites organizan la vida social más allá del contenido al que hagan referencia.
Para Barth, “los grupos étnicos son categorías de adscripción e identificación que son utilizadas por los actores mismos y tienen, por tanto, la característica de organizar la interacción entre los individuos”. Y es necesario, para observar la conformación de la identidad, “desviar el foco de la investigación de la constitución interna y de la historia de los grupos étnicos para centrarlo en los límites étnicos y su persistencia” (Barth, 1969, pp. 10-11).
Según este autor, el término grupo étnico es utilizado generalmente en la literatura antropológica para designar una comunidad que en gran medida se autoperpetúa biológicamente, comparte valores culturales fundamentales integrando un campo de comunicación e interacción y cuenta con unos miembros que se identifican a sí mismos y son identificados por otros, de modo que conforman una categoría distinguible de otras del mismo orden.
Barth critica fuertemente, además, el esencialismo de esta distinción clásica, en tanto presupone que los rasgos diferenciadores son apriorísticamente significativos en la génesis, estructura y función de estos grupos (Barth, 1969, pp. 12-13).
Este autor señala que, en definitiva, las diferencias culturales no bastan para organizar la identidad étnica. Los rasgos que se toman en cuenta en este proceso no son la suma de diferencias “objetivas”, sino las que los actores consideran significativas. Entiendo que la noción de esquema de grupo de Van Dijk es una forma de describir la operacionalización cognitiva de estas distinciones significativas señaladas por Barth.
Considero que la adaptabilidad de la conducta identitaria, acoplada a objetivos de autovaloración grupal y dependiente dinámicamente de los esquemas de grupo, es capaz de producir lo que denomino multidimensionalidad identitaria. Siguiendo a Van Dijk, y haciendo alusión a una idea que ya he comentado, entiendo la identidad como un fenómeno que tiene una triple naturaleza: cognitiva, discursiva y social (Van Dijk, 1998). Las representaciones discursivas que encuadro bajo esta noción de identidad, si bien tienen un estatus preferencial en esta investigación, se integran en un proceso necesariamente multidimensional. La multidimensionalidad identitaria tiene, entre sus implicancias, no solo la particularidad de que el mismo discurso puede expresarse en distintas dimensiones de modo comparativamente coherente (es decir, con las mismas implicancias referenciales y valorativas cuando se describe, se actúa o se piensa respecto de una persona o evento), sino que esa coherencia puede no darse en la medida esperada en otros casos (Van Dijk 1998, p. 88).
Más allá del desempeño de los grupos en situaciones étnicas típicas, Barth hace referencia a su existencia en sociedades estratificadas:
En términos más generales, se puede decir que los sistemas poliétnicos estratificados existen donde los grupos están caracterizados por un control diferencial de los bienes valorados igualmente por todos los grupos en el sistema. Por tal razón, las culturas de los grupos étnicos componentes de estos sistemas están integradas de un modo especial: comparten ciertas orientaciones generales de valor que les sirven de base para elaborar juicios de jerarquía (Barth, 1969, p. 33).
En términos de Barth, los pobladores de las villas de emergencia argentinas formarían, en cambio, parte de algo que podríamos designar como un sistema monoétnico estratificado en el cual hay un control diferenciado de los bienes valorados por el endo y el exogrupo. Desde mi punto de vista, ese control diferenciado existe, pero hay un intento paralelo, de parte de los pobladores de estos asentamientos, por valorizar bienes que se manifiestan en escalas alternativas a las impuestas por la sociedad hegemónica.
En relación con las variaciones internas de la población respecto del ejercicio de estas pautas de valorización, Barth (1969) sostiene que:
A pesar de estos procesos, el marbete étnico incluye una serie de características simultáneas que, aunque sin duda pueden ser agrupadas estadísticamente, no son interdependientes ni están relacionadas de modo absoluto. Por tal motivo, existirán variaciones entre los miembros: algunos exhibirán muchas características, otros, sólo algunas (p. 36).
No todos los integrantes del mismo grupo étnico tienen, en suma, todos los rasgos requeridos para calificar como tales. La adscripción no funciona, por ende, siguiendo la lógica de la pertenencia aristotélica a una clase. Es aquí en donde Barth sostiene que “Por lo tanto, debemos dedicarnos, no al perfeccionamiento de una tipología, sino a descubrir los procesos que originan tal agrupamiento” (Barth, 1969, p. 36).
4.2.4. Las dimensiones de comparación y la competencia intergrupal
En concordancia con los aportes de Barth, pero trabajando desde enfoques complementarios derivados de la psicología social, distintos investigadores enrolados en las corrientes complementarias de la teoría de la identidad social (TIS) y la teoría de la autocategorización del yo (TAC) han realizado una gran tarea experimental y de desarrollo teórico del modo en que los individuos y los grupos sociales despliegan sus procesos de adscripción en distintas situaciones.
El origen de la TIS es el conjunto de investigaciones realizadas por Henry Tajfel en los años cincuenta en la temática de la percepción categorial (Tajfel, 1957). En una etapa posterior, junto a otros investigadores de la Universidad de Bristol, pertenecientes al denominado “paradigma experimental del grupo mínimo” (Tajfel, Billig, Bundy y Flament, 1971), este autor dejó su impronta en el estudio de las relaciones intergrupales, dado que generó distintas hipótesis vinculadas a los efectos de la categorización sobre los comportamientos de discriminación.
Más específicamente, el proceso de “despersonalización” se produce por una exclusiva definición del sujeto en función de la priorización de las similitudes endogrupales por sobre las diferencias exogrupales. Bajo esta lógica, la identidad de los individuos pertenecientes al endogrupo de filiación se produce a partir de la autodefinición individual en términos del conjunto de rasgos que el grupo social de referencia comparte.
La personalización es el proceso opuesto, por el cual la identidad de un individuo se define en función de sus características personales idiosincráticas. Esta identidad sería personal y no social. En esta investigación, estoy interesado en explorar la dimensión intergrupal de la identidad, o sea, aquella que surge de la despersonalización previa.
La relación entre personalización y despersonalización es, por supuesto, fruto de una dinámica de interacciones que no puede ser predicha sino que debe ser diagnosticada en cada caso puntual. Hay una fuerte tensión, dentro de los estudios de cognición social, entre las posiciones más individualistas, que explican la identidad personal en términos de factores situacionales, y aquellas más interaccionistas, que derivan la identidad individual partiendo de procesos de normalización interna de los grupos que actúan con gran eficacia y regularidad.
Muchas de las discusiones de este campo de conocimiento, de fuerte contenido interdisciplinario, no pueden resumirse en pocos trazos, pero están, en todos los casos, fuertemente asociadas a la corroboración experimental directa.
Según la interpretación de Turner et al. (1987, p. 38), Sherif (1936) sostenía que los estímulos no son experimentados como unidades aisladas, sino como totalidades organizadas —campos o configuraciones gestálticas—.
Turner et al. (1987, p. 38), retomando un ejemplo de Schellenberg (1978, p. 64), señalan que el reconocimiento de una melodía más allá de la clave en que se ejecute revela que la percepción opera sobre estructuras relacionales y no sobre unidades aisladas. Al igual que la memoria, la construcción de identidad opera priorizando consensos normativos formados en interacción directa con la experiencia social.
No asumiré aprioris respecto de estos consensos, pero aquellas dimensiones de la comparación intergrupal que revelaré con mayor nivel de detalle en el análisis reticular y discursivo obedecen a una lógica de despersonalización que es la que permite la comparación no en términos personales sino de pertenencia a un grupo.
La TAC, elaborada posteriormente a la TIS por Turner y sus allegados (Turner, 1985; Turner, Hogg, Oakes, Reicher & Wetherell, 1987), empezó a completar las nociones conformadas por la TIS, pero estructurándose, de manera predominante, en torno a los procesos de categorización que implican la gestación de la identidad individual y generando un cuerpo de conocimientos más estructurado y específico que el de la TIS.
La gran pregunta que la TAC busca responder es el modo en que la identidad social se transforma en identidad individual y no presupone un pasaje mecánico de contenidos y actitudes entre ambas. Aunque la gestación de la identidad individual no será objeto de una tematización específica en esta investigación, es necesario destacar que existe una serie de principios globales que permiten definir, desde la psicología social, el funcionamiento de la categorización del yo bajo estos parámetros:
- El autoconcepto es el componente cognitivo del sistema o estructura que denominamos yo y que contiene el conjunto de representaciones cognitivas que alberga el yo de una persona.
- El autoconcepto contiene múltiples representaciones del yo que funcionan con relativa independencia y que, a pesar de ello, integran un mismo sistema.
- El funcionamiento del autoconcepto es específico de cada situación. Los autoconceptos personales, como constructos del mundo cognitivo, en situaciones particulares se articulan a imágenes específicas del yo. Los autoconceptos no son “salientes” por definición, sino que se activan en función de perceptores y situaciones particulares (Bruner, 1957; Oakes, 1983). En términos más específicos, el autoconcepto, estructura cognitiva inobservable, puede distinguirse claramente de la autoimagen, que es un producto perceptivo generado por la experiencia subjetiva del yo.
- Las representaciones cognitivas del yo asumen la forma de distintas categorizaciones del yo, que son agrupamientos cognitivos de uno mismo en función de estímulos ambientales variables (Bruner, 1957; Campbell, 1958; Rosch, 1978).
- Las categorizaciones del yo forman parte de un sistema jerárquico de clasificación, en el cual los niveles de ese sistema están relacionados por la inclusión en clases (Rosch, 1978).
- Existen, para la TAC, tres niveles de abstracción de categorización del yo relevantes para el autoconcepto social: (a) el primer nivel es el humano, e incluye categorizaciones del yo basadas en la identidad como ser humano, que implican características comunes compartidas con otros miembros de la especie; (b) el nivel siguiente es el de las categorizaciones endogrupo-exogrupo, sustentadas en diferencias entre una misma persona como miembro de un grupo y no de otros (“americano”, “mujer”, “estudiante”, “clase trabajadora”); (c) el tercer nivel es el de las categorizaciones personales, basadas en las diferencias entre un mismo individuo como único y otros miembros del mismo grupo. A cada uno de estos niveles le corresponden, a su vez, tipos específicos de comparación. A la identidad humana le corresponde la comparación interespecífica, a la social le corresponde la comparación intergrupal y a la personal, la interpersonal (intragrupal).
- Las categorizaciones del yo en cualquier nivel adquieren saliencia por medio de las comparaciones de estímulos de las categorías de nivel superior o más inclusivo. Este mecanismo se dispara a partir de la llamada “razón de metacontraste” (RMC), que hace que una colección de estímulos se considere como una entidad en la medida en que las diferencias entre esos estímulos, en las dimensiones pertinentes de comparación, se perciban menores que las diferencias entre esa clase y las otras. De esta manera, la prototipicalidad de un miembro (el grado en que es representativo de una clase) se define en términos de la mayor RMC.
Los presupuestos de la TAC operan fuertemente sobre la base del valor de la categorización como marco organizador de la autoadscripción y sitúan este proceso en un marco referencial en el cual el contexto tiene un papel central, acentuando parecidos intragrupales amparados en el valor de la RMC.
En estos términos, la saliencia cognitiva de un rasgo utilizado para categorizar a un individuo en función de una identidad particular se podría describir como una combinación entre la accesibilidad relativa —velocidad de acceso para acceder a una categoría saliente— y el ajuste —grado en que la categorización consigue una representación adecuada de la situación social—. Ser villero para los demás y para uno mismo implica mostrar una combinación específica de rasgos de elevada saliencia cognitiva, por ende, fácilmente reconocibles y claramente pertenecientes a la filiación identitaria que Van Dijk designa como esquema de grupo.
El accionar o la actitud identitaria, descripta funcionalmente bajo los principios de la teoría de la autocategorización del yo, abarca estas características principales:
- Cuando existe un fuerte favoritismo endogrupal, estamos en presencia de la percepción de ilegitimidad de la estructura de estatus. En estos casos, los individuos del endogrupo muestran una elevada competitividad social centrada en dimensiones consideradas irrelevantes por el exogrupo pero significativas en su interior.
- Cuando se prioriza el conflicto intergrupal y predomina la percepción de una estructura de estatus ilegítima e inestable, este comportamiento se asocia estrechamente a la percepción endogrupal de una impermeabilidad en las barreras de clase.
- Siguiendo a Haslam, Oakes, Turner & McGarty (1995), podríamos sostener que en contextos de comparación intragrupal priman visiones más heterogéneas del endogrupo que en contextos de comparación intergrupal. Posiblemente esto esté indicando que los géneros con fuerte perfil identitario, como la cumbia villera, se sitúan preferencialmente en este ámbito de comparación intergrupal.
Este es un aspecto importante a tener en cuenta: la identificación social se produce en una gradación o continuo de características, no como exclusión o inclusión absoluta.
Dentro de la estrategia de cambio social, la creatividad social está dada, sobre todo, por las nuevas dimensiones de comparación (delito, consumo de droga y alcohol, el “aguante”). Dentro de la competición social, hay intentos de aventajar al exogrupo en áreas valoradas por ambos, como el afecto y la posesión de dinero.
El principio de acentuación de las diferencias intergrupales responde a la dinámica de afirmación del grupo cohesivo, y será objeto de una consideración central en esta investigación.
Para Brewer y Brown (1998), los grupos minoritarios tienen una mayor tendencia a la homogeneidad intragrupal. También sostienen que, para estos grupos, las dimensiones más relevantes tienden a la homogeneidad endogrupal, en tanto las periféricas o menos relevantes generalmente se estructuran en torno a la homogeneidad exogrupal (parecido con el exogrupo). Brewer y Brown (1998) han planteado la necesidad de distinguir entre tres componentes de discriminación intergrupal que serían relativamente independientes: formación endogrupal (favoritismo hacia el propio grupo sin discriminación de los sujetos externos a él), diferenciación exogrupal (discriminación, hostilidad y desconfianza hacia los grupos que son distintos al propio) y competición social intergrupal (consecución de ventaja relativa del endogrupo respecto del exogrupo). Han resaltado, a su vez, que en muchos casos el favoritismo endogrupal significa generar beneficios más positivos para el endogrupo, pero no al precio del tratamiento negativo del exogrupo; el sesgo endogrupal, en consecuencia, puede ser eliminado si favorecer al propio grupo implica perjudicar al exogrupo. Scheepers, Spears, Doosje & Manstead (2006) han señalado igualmente “la importancia de distinguir entre la dimensión instrumental y la dimensión de expresión identitaria del sesgo endogrupal, moduladas diferencialmente por las variables estructurales” (pp. 85 y 86).
Scandroglio et al. (2008) sostienen que
La conducta intergrupal aparece, entonces, como un recurso funcional que emerge en el seno de condicionantes contextuales e individuales con el objeto de proporcionar al sujeto estrategias exitosas de afirmación identitaria y que puede tomar forma en estrategias conductuales y perceptivas muy diversas (p. 86).
En el siguiente cuadro, podemos apreciar tanto las dimensiones como los componentes de la comparación intergrupal según se ha descripto hasta aquí.
Cuadro 4. Dinámica intergrupal de comparación

Fuente: elaboración propia.
Presentados estos elementos de la perspectiva teórica, que han excluido hasta ahora cualquier estudio directo de los diferentes corpus de esta investigación, un paso fundamental de este trabajo consistirá en incursionar en el análisis textual de las canciones. Comenzando por la presentación de la teoría de la valoración y su aplicación al corpus seleccionado, emprenderé esta tarea a partir del capítulo siguiente.
- En tal sentido sostiene Van Dijk: “Sin embargo, como concepto general, la ideología es apenas más vaga que los Grandes Términos similares de las ciencias sociales y las humanidades. En muchos aspectos, lo mismo sucede con nociones tales como ‘sociedad’, ‘grupo’, ‘acción’, ‘poder’, ‘mente’ y ‘conocimiento’, entre otras. Estas nociones son imposibles de definir y dan la impresión de vivir felizmente la difusa vida inherente a esos términos comodín, que denotan conjuntos complejos de fenómenos y que son los juguetes preferidos de filósofos y eruditos de las humanidades y las ciencias sociales” (Van Dijk, 1998, p. 14).↵
- Además de que, en términos de inclusividad, la ideología comprende tanto prácticas discursivas como extradiscursivas, es importante tener en cuenta que el funcionamiento de la praxis social puede ir abierta o veladamente en contra de los supuestos ideológicos que los mismos actores sociales esgrimen en su actuación discursiva. La ideología puede tener, en el caso de un enunciador en particular, una arquitectura cognitiva, una morfología discursiva y finalmente una expresión de naturaleza práctica que invariablemente se ajuste a las primeras dos. Justamente, la suposición de que las tres instancias son coherentes en la totalidad de los casos implica una clase de reduccionismo que puede operar en dos sentidos diferentes: se puede suponer que la actuación discursiva expresa transparentemente el orden de las disposiciones mentales que llevan a la acción, o se puede pensar que el aspecto conductual es la manifestación de un orden cognitivo y discursivo que solamente le sirve de representación y justificación.↵
- Sobre la relación entre productores y consumidores en la interpretación de los narcocorridos, véase Edberg (2004), quien destaca que los significados emergen de marcos culturales compartidos que articulan expectativas, valores y narrativas transversales.↵






