A Laura Pardo, por su paciencia, apertura mental y capacidad para adaptarse a una formación e inquietudes que surgen de una hibridez solo domesticable con bastante esfuerzo.
A Carlos Reynoso, figura inspiradora y mentor que me ha introducido en complejidades y preguntas imposibles de dejar de lado más allá de este trabajo.
A Cecilia Hidalgo, por sus intervenciones de apoyo y sensatez que trascienden todos los contenidos y contextos problemáticos que uno pueda imaginar.
A mis viejos y mi familia nuclear directa, quienes inculcaron persistentes semillas de conocimiento y soportaron dudas y obsesiones de maneras que me sería imposible enumerar.
A mi hermana Eliana, que me permitió hacer tardías y necesarias entrevistas en el Centro de Prevención de Adicciones de San Miguel.
A todo el grupo AntropoCaos, empresa personal, grupo humano y reservorio de talentos que me llena de un orgullo que no me cuesta nada actualizar.
A Radek Sánchez y Sonia Sagrero, facilitadores de saberes y de un capital social que me resultó vital explotar en mi estadía tilcareña.
A la Universidad de Buenos Aires, que, a través de dos becas sucesivas, financió íntegramente el trabajo de campo y mi propio vivir cotidiano durante estos años de investigación.
A Ivette, mi compañera, por su amor incondicional y por haber apostado a mí de un modo que ningún acierto académico podría imitar.
Finalmente, y aunque parezca extraño, le quiero agradecer también a esa parte de mí mismo que no se rindió ante las dificultades que amenazaron más de una vez con extender su triste imperio e impedir que terminara esta investigación.






