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EL DIARIO

Lunes 19 de Septiembre de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

Boulogne, agosto 28.

    

Nuestros libros, escritos como están en español, caminan poco, a no ser que el autor se encargue de hacerlos traducir al francés, la lengua literaria que con más facilidad dé la vuelta al mundo.

Hay excepciones. El último de Ángel de Estrada (hijo) será una de ellas.

He leído con encanto La Nieve.

He leído con encanto Los Recuerdos. He leído con encanto La Voz.

En una palabra, me complazco en reiterarlo, y lo digo sin lisonja, he leído con encanto La ilusión[1].

Completa con éxito la serie del ya fecundo autor: Cuentas; El color y la Piedra; Formas y Espíritus; La Voz del Nilo; Los cisnes encantados; Redención, serie matizada con los ricos versos; Los Espejos, Alma nómade y El huerto armonioso.

La Ilusión es una novela o romance, como se quiera, con irradiaciones resplandecientes en las que hay quizá menos fantasías que discretas confidencias personales, un libro bueno, amable, sencillo, que al mérito intrínseco de la factura prolija reúne una circunstancia feliz y plausible: manos puras pueden recorrer sus bellas páginas, descriptivas con maestría o sentimentales, ecos de lo hondo, sin el más mínimo escrúpulo. El sedimento que dejan es balsámico, en esta hora de profusas malhadadas producciones enfermizas.

¿Tiene algun defecto La Ilusión?

La Imitación dice: “Toda perfección en esta vida está mezclada de algunas imperfecciones, y nada vemos sino al través de alguna obscuridad”.

¿Cuál es pues la imperfección que yo alcanzo a descubrir en La Ilusión?

Si veo claro, héla aquí: es un libro demasiado frondoso, muchas flores exquisitas las pierde el lector de vista en medio de tan soberbio follaje.

La psicología de este meritísimo escritor, sus nostalgias cuando evoca el recuerdo melancólico del Pere Lachaise, de la mística Roma, esa “city of the soul”, el mar sin fin me hacen pensar que hay algo en él de lo que tenía en el alma el gran pintor Giovanni Segantini[2], y se lo aplico:

“La Natura era diventata per me come un instrumento che suonava accompagnando ció che cantava il mio eucre: Ed esso cantava le armonie calme dei tramonti ed il censo inticompagnando cio che cantava il mio spirito d’una melanconia grande, che promecevami nell’anima una dolcezza infinita”.

Y, al aplicárselo, le mando este mensaje íntimo, con mis amistosos parabienes: no seque usted la pluma, siga así, escribiendo libros cordiales como La Ilusión, confirmatorios del aforismo “quoi sentimos loquamur”.


Desear es una cosa, desear la paz por ejemplo, creer en ella, he ahí el gran problema que divide las opiniones.

Hay que esperar para ver de qué lado se padece de ilusiones.

En el intertanto los pacifistas se congregan.

Leo en un diario:

“Por la paz universal. Gigantesco referéndum. Stokolmo, 3 de agosto. El congreso de la paz acaba de adoptar una proposición del doctor Bougliano, tendiente a la organización de un gigantesco referendum sobre la cuestión de la paz armada y del desarme internacional progresivo.

El referendum debiera ser abierto en todas las capitales del mundo, sin excepción, el 22 de febrero próximo y proseguirá durante tres años en todas las ciudades de provincia.

Los resultados estadísticos de la consulta popular científicamente establecidos serán comunicados a la conferencia de La Haya en 1804 (para allá me la guardes).

Una estampilla artística, conmemorativa con la leyenda “Pax Mundi”, servirá para votar”.

Por lo pronto, he ahí una contestación alemana:

El general Klein estima que ha llegado la hora en que Alemania debe hacer un esfuerzo para “aumentar” su ejército (todavía).

Las razones económicas en contrario deben ser puestas de lado.

En cuanto a los ingleses su repuesta muda, elocuente, la han dado lanzando al mar el crucero acorazado más grande del mundo, un monstruo. Se llama Lion. Mide 236 metros de largo, 26 de ancho, su fuerza es de 70.000 caballos, camina 30 nudos y desplaza 26.000 toneladas. Sus calidades ofensivas y defensivas son formidables.

Como el Evangelio dice que nadie es profeta en su tierra, oradores de este lado del charco han ido a esa con un bagaje tan “optimista” que es como para quedarse uno con la boca abierta.

Ya les contestarán otros que no participan de las vistas, ni de la filosofía, ni de las creencias de Monsieur Clemenceau[3].

Y, oídas las partes, ustedes, fallarán.

Yo, puede ser que por estar en país extranjero vea más claro que alguno de ellos que ha estado en el gobierno.

Aquí en Europa esos mismos oradores no son tan afirmativos.

Con que así, si dejar de desear que haya “paz entre los príncipes cristianos”, según decía la fórmula antigua, no hay que alucinarse mucho.

¡Si no se habla sino de aumentar y perfeccionar todas las máquinas de guerra! Y en cuanto a disminuir los armamentos, ni por este lado ni por el “Norte” de América, nuevo factor Internacional desde que España perdió Cuba y Filipinas, nadie escribe formalmente sobre el tan peliagudo tema.


Sensaciones: al hombre joven no le disgusta que lo crean con la experiencia de la edad provechosa, y al entrado en años le fastidia que lo califiquen de viejo. El adagio diez: “Il n’y a que la verité qui blasse[4]”.

No se ha perdido ni ha llegado estropeado el gran libro piadoso y patriótico Ave María, álbum de la iglesia parroquial de Nuestra Señor de las Mercedes de Buenos Aires, con que se ha dignado favorecernos el dignísimo y querido cura párroco Antonio Rasore.

¡Feliz idea la suya en memoria del patrio centenario! Con el fogoso deán Funes[5] a la cabeza y otros prelados eminentes, los frailes argentinos no fueron sordos al primer grito de libertad, lanzado por el Cabildo de Buenos Aires el 25 de Mayo de 1810.

Y así han seguido enseñando el Evangelio cristiano y el dogma de la patria.

Un millón de gracias por el inestimable recuerdo, reflejo precioso del arte argentino.


No diré que “Liberia” está a la moda, diré simplemente que de algunas semanas a esta parte se habla de ella y que hay debate contradictorio.

Lo que más ha llamado la atención es este telegrama de Berlín:

“La prensa inglesa señala que la anexión de Liberia por los Estados Unidos tendría lugar después de entenderse con Berlín, París y Londres. No ha habido todavía hasta ahora confirmación oficial al respecto. En la embajada de los Estados Unidos declaran que nada saben (las embajadas y cancillerías no saben, observo yo, sino lo que les conviene saber), declaran que nada de anexión ni de cosa parecida a un protectorado americano (del Norte, está claro). Agregan que las noticias de Londres no pueden merecer crédito (por ahora) en tanto que hablen de una anexión normal.

El Berliner Tageblat[6] recuerda, sin embargo, los principales puntos del mensaje publicado el 25 de marzo por el presidente Taft* y del cual los sucesos actuales parecen no ser sino el cumplimiento conducente a la instalación de un protectorado americano en Liberia.

Pero ¿qué es esto de Liberia que anda tras de dinero, siendo esta la hora histórica de los centenarios, de las “entente” entre los que fueron rivales hasta matarse, y la de los empréstitos?

¡Liberia! Les referiré a ustedes, que no han de ser todos los que sepan qué es Liberia, algo que pasó en las antesalas de un gran palacio siendo los interlocutores un introductor de embajadores y yo.

―¿Conoce usted, general, a ese caballero? (Acababa de entrar con una coraza de galones y medallas).

―Sí, señor conde. Es el ministro de Liberia.

―¿De Liberia?

―Sí, en África.

―Pero si él es blanco, si habla alemán, ¿no oye usted?

―Y lo es, y es un ciudadano naturalizado de esa república de negros.

―¡Ah! ¿Y es muy grande la tal república africana?

―A derechas poco sé…

Y como nos interrumpieran, ahí acabó el coloquio, del que resulta que no hay que asombrarse de que haya mucha gente que ignore qué es Liberia. Para mayores datos sobre su población y extensión, ocurra el lector a una buena geografia moderna. Yo he llegado a donde me proponía llegar.

Liberia debe su existencia a las sociedades americanas de colonización de hace noventa años. Son negros nacidos en Norte América, enclavados entre negro africanos, y el que favoreció su emigración fue ese mismo presidente Monroe[7], de ahí que la capital de Liberia se llame Monrovia, cuya famosa “doctrina” le prohibe a todo Estado del “Viejo Mundo” extender su autoridad a parte alguna del “Nuevo”.

Sería en verdad un caso extraño en las ironías de la historia, si corriendo los años resultara que el país inventor de la “doctrina Monroe*” tomara bajo su protección una república negra en África. Sería, para concluir, romper la piedra angular de la política nacional yankee. ¡Eh! “tout arrive”, y las cabezas más previsoras caminan de sorpresa en sorpresa.


El Consejo Federal de Suiza acaba de elaborar un proyecto de ley tendiente a suprimir en absoluto la fabricación y venta del “ajenjo” versus veneno”, proyecto que será sometido en breve a la discusión y sanción legislativa, proyecto, agregaré, que queriendo suprimir un mal se propone no perjudicar, mediante indemnizaciones equitativas, a todos aquellos que solo con propósitos comerciales han contribuido a su propagación fatal.


A las barbas de la Conferencia de La Haya el gobierno del Japón acaba de notificar al mundo que la Corea no existe ya como Estado independiente, en virtud de que se le ha anexado.

A nadie le sorprenderá el hecho ni nadie se moverá para protestar contra tamaño atentado contra el derecho de gentes.

Nadie ha olvidado, sin embargo, que en 1904, después de las victorias de Manchuria y del tratado de Portsmouth, el Japón garantizaba la independencia y la integridad de Corea; hasta se comprometía especialmente a velar por la seguridad de su protegido el emperador y de su casa.

Pero como la causa principal (¿se acuerdan ustedes?) de la guerra fue el temor del gabinete de Tokio de que Rusia extendiera sus conquistas hasta Seul, era evidente que la misma política debiera darse fatalmente como programa, o sea, la ocupación definitiva de una tierra por tanto tiempo codiciada. Su ejecución fatal ha requerido seis años de preparación, y como “chi va piano va sano e va lontano”, ya está puesta en Flandes la pica del Japón.

En vez de cumplir sus promesas, los japoneses han tenido prisionero al soberano de Corea, fraguando todo linaje de conspiraciones para arribar a sus fines; y la moral del cuento es esta: que el Japón es tan denodado guerrero cuanto hipócrita negociador diplomático y que pese a la Conferencia de La Haya, la mejor garantía territorial es tener “la pólvora seca”…


  1. Estrada, Ángel de. La ilusión. Buenos Aires: s/e., 1910. Disponible en la Biblioteca Nacional.
  2. Giovanni Segantini (Arco, 1858- 1899, Pontresina) fue un célebre pintor italiano del siglo xix. (VIAF: 10120651).
  3. Georges Benjamin Clemenceau (Mouilleron-en-Pareds, 1841-París, 1929) fue un periodista y político francés que ejerció como primer ministro y jefe de gobierno durante el régimen de la Tercera República Francesa (1906-1909). Poco después de la Catástrofe de Courrières de 1906 (en la que murieron 1500 obreros), hubo numerosas protestas auspiciadas por los socialistas, que fueron reprimidas por Clemenceau utilizando para ello la fuerza militar. Gobernando con mano de hierro, Clemenceau reformó los cuerpos de policía para que pudieran enfrentar a los movimientos de protesta por militantes de la izquierda política, creando “brigadas móviles” de policía (que en referencia a él se apodaron “brigadas del Tigre”) y describiéndose a sí mismo como el “primer policía de Francia”. Enfrentado a su entorno político, y hostilizado por los socialistas, Clemenceau rompió sus relaciones con el líder socialista Jean Jaurès y apoyó el establecimiento de la Entente Cordiale con Gran Bretaña. Fue duramente interpelado por Théophile Delcassé en 1909 respecto al estado de la marina de guerra francesa, por lo cual dimitió en ese mismo año para volver a su carrera periodística. Fundó el periódico regional Le journal du Var y el periódico parisino L’homme libre (El hombre libre).
  4. “Lo único que duele es la verdad”.
  5. Gregorio Funes, conocido como el Deán Funes (Córdoba, 1749-Buenos Aires, 1829) fue un eclesiástico y político argentino, rector de la Universidad de Córdoba, periodista y escritor. Fue partidario de la Revolución de Mayo, y llegó a ser miembro y director político de la Junta Grande. (VIAF: 2814947).
  6. El Berliner Tageblatt (BT, muchas veces referido por Mansilla como “el Tag”) fue un periódico alemán publicado en Berlín entre 1872 y 1939. Junto con el Frankfurter Zeitung, el Berliner Tageblatt se convirtió en uno de los periódicos liberales alemanes más importantes de su tiempo. (VIAF: 181550512).
  7. James Monroe (Virginia, 1758-Nueva York, 1831) fue el quinto presidente de los Estados Unidos tras vencer a la candidatura federalista en las elecciones de 1816. Antes de llegar a la presidencia fue soldado, abogado, delegado continental del congreso, senador, gobernador, secretario de Estado y secretario de defensa. Fue presidente de los Estados Unidos desde 1817 hasta el año 1825. (VIAF: 20476583).


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