Jueves 21 de Abril de 1910
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, marzo 20.
Richepin[1] es uno de los conferenciantes franceses que el público escucha con mayor encanto. ¡Y qué bien lee! Me hace acordar a Dickens, que a lo suyo principalmente le infundía tal expresión vivaz de realidad que los oyentes creían ver a veces a los personajes ideados por el novelista, moverse ante sus ojos.
En una de sus últimas conferencias sobre Leconte de Lisle[2], cuyo pesimismo explica paralelamente el optimismo de Banville[3], he aquí la revelación que nos hace:
Revelación he dicho. Sí, no sé qué otro nombre darle…
Puede el lector substituir el sustantivo como quiera, que no por eso Leconte de Lisle dejará de ser lo que es, un gran poeta como Banville.
Serán discutibles las causas que en estos dos “parnasianos” produjeron opuestos efectos.
Lo que no se discute es la belleza de sus versos.
Richepin cita, en apoyo de una de sus afirmaciones (tesis), después de leer estas dos piezas: «A un poete mort y el Dies irae», este cuarteto:
«Et toi divine mort oú tout rentre et s´efface, accueille les enfants dans ton sein étoilé: Affranchis-nous du temps, du nombre et de l´espace et rends-nous le repos que la vie á troublé![4]».
Richepin observa que en este último verso está caracterizado Leconte de Lisle.
Pero lo que se ha de saber es que el mismo verso está en la introducción que monsieur de Pongerville[5] escribió para Millevoye[6]:
¿Plagia?
No, no.
Sencillamente en uno y otro la misma “reminiscencia” de Lucrecio.
Richepin, en lo tocante a Lecomte de Lisle, que era criollo, un medio “hindú” de la isla de Bourbon, explica así la coincidencia: el odio del presente llevó a Lecomte de Lisle a concebir un amor en extremo violento del pasado, y para huir de él y no para imitar a Hugo, es que sucesivamente encarnó las diferentes almas de ese pasado… satisfaciendo así su menosprecio del hombre moderno, inferior, según él, al hebreo, al persa, al árabe, léase hasta al mismo malayo y también al escandinavo; pero sobre todo al griego y al latino…
Y como entonces los japoneses no sonaban ni tronaban, a eso se debe probablemente que el gran pesimista no los prefiriera a nosotros.
Baste. Los que no se contenten con lo superficial ocurran al fondo de la fuente, a la lectura “in extenso” de la aplaudida conferencia.
No hay secreto que tarde o temprano no se descubra. Las mismas catacumbas no los hacen impenetrables. El investigador se cuela, pasa como un camello por el ojo de una aguja.
Tenemos así que de América ha venido a Europa un profesor, míster Wallace, de la Universidad de Nebraska (estos yanquis tiene universidades por todas partes), a descubrir en los archivos llamados “Record Office”, de Londres, un legajo de documentos que nadie había visto y cuyos documentos, de tres siglos largos ha, que contienen revelaciones sobre la vida íntima de Shakespeare.
Entre otros detalles, sabemos por ellos que entre 1598 y 1604 vivió con una familia hugonote francesa que se había refugiado en Inglaterra.
Precisamente el período que pasó en casa de esos refugiados, que ganaban penosamente la vida, fue para el autor el más fecundo en producción literaria.
Sus principales obras maestras datan de esa época.
Parece que durante su permanencia en Londres tuvo Shakespeare ocasión de hallar a Milton, que a la sazón era un niño de nueve años.
¡A qué disimularlo!
He leído con verdadera complacencia un párrafo de carta de cierto autor (saquen ustedes en limpio el nombre y apellido) que dice como sigue: (gracias mil).
“Ahora le voy a decir, mi querido general, de los primeros años que pasé en Buenos Aires (… anteayer); tengo muy presentes, entre muchos otros, tres recuerdos: el de un jinete elegantísimo montado en soberbio corcel blanco trotando a lo chileno en la mal empedrada calle de Bolívar, frente a San Ignacio; el de un orador entusiasta, aplaudido hasta más no poder por todos los que llenábamos el Alcázar en 1870, durante la guerra franco-prusiana; y, por fin, el de un libro que me llenó de gozo: Una excursión a los indios Ranqueles; de modo que usted no extrañará encontrar en (página 116) de mi XX, el nombre del jinete tan hermosamente exótico, del orador que conmovió mi fibra patriótica, del escritor que tan vivamente me interesó”.
Lo que dejo transcripto, aparte del gusto que me ha dado, contiene, me parece, su filosofía.
¿A ver?
Es esto: si el autor, que me vió como dice y me leyó como refiere, me hubiera “vapuleado” de lo lindo, diez contra uno podría apostarse que no habría faltado hace rato quien se hubiera encargado de hacérmelo saber.
Nos es grato, ¿no es cierto?, hablar de los grandes hombres que hemos conocido personalmente.
Se nos figura que algo de su mérito destiñe en nuestra insuficiencia.
Es lo que me pasa en este momento recordando a sir William Thompson, el sabio eminente que por sus merecimientos mudó a Lord Celvin[7].
Fue un “selfmade man”. Le vi mucho cuando el congreso de electricistas de París, congreso que él presidía y en el que tuve el honor de representar a mi gobierno, junto con Mariano Balcarce, ministro argentino a la sazón en Francia.
Otro Thompson, el profesor de ese nombre, acaba de dar a luz un libro denominado A great scientist, que es la vida de lord Calvin.
De una de sus páginas arranco los renglones que siguen.
Léanlos, que bien puede ser que más de cuatro se metan en la cabeza esta idea: mejor es saber algo de latin o griego que nada:
“Un niño”, decía lord Calvin, “a los doce años debiera haber aprendido a escribir su propio idioma con corrección y alguna elegancia; debiera saber leer el francés, traducir el latin y los autores griegos fáciles y tener algún conocimiento del alemán. Habiendo así estudiado el sentido de las palabras, debiera después estudiar lógica”.
Añadía, una palabra en favor del griego prosiguiendo: “nunca encontré que la pequeña cantidad de griego que aprendí fuera un estorbo para adquirir un poco de conocimiento de filosofía natural”.
Es interesante notar en este pasaje la distinción entre “saber leer el francés” y “algún conocimiento del alemán”.
Porque marca una preferencia por aquel idioma que manifestó muchas veces en la vida privada.
Leer en francés fue siempre un placer para él, no así el leer el alemán.
Por motivos de sus trabajos científicos tenía que leer de tiempo en tiempo escritos de sabios alemanes, pero solía impacientarse al hacerlo y el que escribe le ha visto tirar el papel exclamando: ¡Caramba! ¡Qué idiota!
¿Quieren ustedes vivir cien años?
Lean.
Lo que se ha buscado sin descanso desde hace siglos ha sido el elixir de la vida y nadie hasta ahora lo ha descubierto en realidad.
Pero el sabio y famoso médico ruso se ha acercado mucho a ello en su descubrimiento, hecho por casualidad, a saber: que la cantidad enorme de centenarios en Bulgaria se debe a que la leche “cuajada” ha sido alimento nacional durante siglos; de modo que para un centenario en la Gran Bretaña, donde son numerosos, a pesar de que no se sospeche, en Bulgaria hay nada menos que 187, o sea, más de 3000 centenarios, en un país cuya población es menor que la mitad de la de Londres.
En otras palabras, si el beber leche “cuajada” fuese obligatorio entre nosotros, habría al menos 42.000 personas arriba de cien años en la solo Inglaterra de las cuales 6000 vivirían aquí en Londres.
Así habla una revista de Londres, la Public Opinion, y como mi tierra es un país de muchas vacas y poca leche, mi consejo es este: produzcan ustedes más leche y coman mucha “cuajada”.
Yo no sé si la gente vivía antes más que ahora.
No poseo ninguna estadística comparada. Pero sin ir a los tiempos remotos del Diluvio universal recuerdo muy bien que cuando yo era un chiquilín; se comía mucha cuajada. En la ciudad y en el campo nunca faltaba al efecto “cuajo”, y en defecto de esto se empleaba la flor del cardo.
Con que paisanos, queridos, ¡a la cuajada!
Para mí es exquisito alimento, con o sin azúcar, con azúcar me gusta más y es más alimenticia.
Aquí en París hay casas especiales de cuajada a la moda de Bulgaria.
Dicen que el negocio es bueno, que ganan enormemente.
Pues a ello, lo repito, a la cuajada, que se venderá como pan bendito en las lecherías o en las martonas, así llamadas por antonomasia entre nosotros.
Instructivo para los que se ocupan en averiguar la verdad histórica es una conferencia en la Universidad de los Anales sobre la elocuencia parlamentaria francesa, años 1816 y 1817 de la Restauración.
Habla el abogado Barboux[8] y dice:
“Estos años fueron para Francia, unos años horrorosos, todas las pasiones cuyo germen os he indicado estaban en ese momento absolutamente desencadenadas. Los emigrados quisieron tener su Terror, como lo había tenido la Convención, y lo tuvieron. La historia lo ha llamado el Terror Blanco (hace alusión a la bandera con la flor de lis). No fue ni más ni menos cruel que su antecesora, ni menos odiosa. Fue sobre todo en el Mediodía de Francia donde las cosas tomaron un giro espantoso. Se habían organizado comités de emigrados, los cuales creían imitar los comités de Salud Pública: se encargaban de hacer la lista de los sospechosos. La guerra religiosa más intensa y más cruel ensangrentaba en ese momento el Mediodía…”.
Alto ahí le grita Daudet[9] y dice:
“He caído en las nubes, lo confieso, oyendo de labios de un antiguo presidente del Colegio de Abogados, miembro de la Academia Francesa, persona considerable por consiguiente, apreciaciones tan fantásticas. Ellas me autorizan a decir que en esta parte de su conferencia el señor Barboux ha hablado de acontecimientos que no conocía suficientemente y sobre los cuales ha descuidado documentarse cuando tan fácil le hubiera sido hacerlo. Fácil me sería probar que esos comités de emigrados que se nos presentan formando listas de sospechosos implícitamente con el puñal de los asesinos “no han existido nunca”, que los atentados de que el Mediodía fue teatro en 1851 (y no en 1816 ó 1817) fueron el resultado de las exacciones ejercidas contra los realistas durante los “Cien días”, exacciones que en seguida sirvieron de pretexto a obscuros foragidos para saquear, exigir rescates y asesinar a acusados de represalías y de venganzas. Que esos miserables, cuando la justicia les pidió cuenta de sus atentados y quiso castigarlos, hallaran protectores, merced a las influencias locales, nadie sueña en negarlo; fue una protección inconcebible. Pero proclamar, como lo ha hecho el señor Barboux, que en el Mediodía se organizaron comités para incitar al asesinato, afirmar que en ese momento la ”guerra religiosa más intensa y más cruel ensangrentaba el Mediodía, decir que “es sobre todo en el Mediodía donde las cosas tomaron un giro espantoso…” según las rectificaciones, es desnaturalizar la Historia, es hacerse eco de “historias” de partido y de “panfletistas”, que se habían impuesto la tarea de deshonrar la Restauración (no soy yo quien habla) la verdad, prosigue, Daudet, es bastante dolorosa para todavía agravarla con exageraciones e inexactitudes…”.
¿A qué seguir?
Lo que quería hacer ya está hecho. He puesto dos cuadros diferentes frente uno de otro.
¿Y la verdad cuál será?
Para el que lea sin comparar, será la de Barboux o la de Daudet. Para el que lea comparando, será un conflicto si tiene que fallar, no hay remedio. Con que así, lector amigo, cuando leas o escribas historia, ¡cuidado!, ¡mucho cuidado! Procura hacerlo, es difícil, no imposible, con espíritu despojado de preocupaciones inveteradas.
¿Como murió Talleyrand[10]?
Sobre esta tan discutida cuestión la Revue des Deux Mondes* del 1° de marzo publica un relato muy interesante, cuya lectura recomiendo a ustedes, firmado por el abate F. Dupanonp que reconcilió al gran diplomático con la religión y la fe.
Ni un momento dudó el abate de su sinceridad. Desde la primera visita que le hizo, mucho le impresionó la penetración y la simpatía con que hablaba de los hombres de iglesia. “Sobre su pecho, dice, no faltaba sino una cruz para persuadirme de que hablaba con uno de los venerables obispos de Francia”.
En sus conversaciones llegó a decirle: “Es una cruz de palo la que ha salvado al mundo. La pobreza anda bien con los que saben llevar dignamente el peso”.
No hay pues duda de que la conversación de hombre tan extraordinario fue un acto de fe y no un simulacro, por su familia, como algunos lo han pretendido, un acto de decoro.
Hago punto final pensando en el profundo adagio italiano: “Altro e parlar di morte altro e morire[11]”.
- Jean Richepin (Argelia, 1849–París, 1926), fue un poeta, novelista y autor dramático francés. Su obra más conocida, La Chanson des Gueux (La canción de los mendigos), fue publicada en 1876. El libro se consideró escandaloso y su autor fue condenado a un mes de cárcel por atentar contra las buenas costumbres. En 1908, fue elegido miembro de la Academia francesa. También fue nombrado Comandante de la Legión de Honor. (VIAF: 64087745).↵
- Charles Marie René Leconte de Lisle (Saint-Paul, 1818-Voisins-le-Bretonneux, 1894) fue el principal exponente del Parnasianismo en Francia, poeta y dramaturgo posromántico y un conocedor de la cultura griega antigua, de la cual tradujo obras de Homero, Eurípides, Horacio, Esquilo y Sófocles. Tras dos intentos fallidos, no logró ser electo miembro de la Academia Francesa, a pesar de haber contado con el apoyo de Victor Hugo. Historiador del cristianismo (Histoire populaire du christianisme, 1871) y de la Revolución francesa (Histoire populaire de la Révolution française, 1871), algunos de sus sonetos fueron recolectados y editados póstumamente por su discípulo, José María Heredia Girard, en el libro Derniers poèmes (editado en 1895 en París por Alphonse Lemerre). (Extractado y traducido del sitio oficial de L’Académie française. ↵
- Quizás se refiere al poeta y dramaturgo francés Théodore de Banville (Moulins, Allier, 1823-París, 1891). ↵
- “Y tú divina muerte donde todo vuelve y desaparece, acoge a los niños en tu seno estrellado: líbranos del tiempo, del número y del espacio y devuélvenos el reposo que la vida ha perturbado”. ↵
- Quizás se refiere a Jean-Baptiste-Antoine-Aimé Sanson de Pongerville (Abbeville, 1792-París, 1870), escritor y poeta francés, miembro de la Academia Francesa desde 1830. (VIAF: 49319958). ↵
- Creemos que se refiere a Charles Hubert Millevoye (Abbeville, 1782 -París, 1816), poeta romántico y miembro de la Academia francesa. (VIAF: 71486983). ↵
- William Thomson, devenido lord Kelvin, (Reino Unido, 1824-Largs, 1907) fue un físico y matemático británico destacado por sus trabajos en termodinámica y electricidad. Es especialmente conocido por haber desarrollado la escala de temperatura Kelvin. Recibió el título de barón Kelvin en honor a los logros alcanzados a lo largo de su carrera. (VIAF: 29592835). ↵
- Louis Henri Barboux (Châteauroux, Indre, 1834 –París, 1910) fue un abogado y político francés, miembro de la the Académie française desde 1907. (VIAF: 64138489).↵
- Alphonse Marie Vincent Léon Daudet (París, 1867-Saint-Rémy-de-Provence, 1942) fue un escritor, periodista y político monárquico francés, hijo del escritor Alphonse Daudet. Publicó novelas, ensayos filosóficos, críticas literarias, folletos, relatos históricos, novelas y sus memorias. Dejó escritos 9000 artículos y 128 libros, la mayoría de los cuales se siguen editando en la actualidad. A partir del año 1900 pasó a ejercer como crítico teatral del diario Le Soleil y trabajó también para el periódico La Libre Parole. A raíz del caso Dreyfus se despertó en el escritor un creciente antisemitismo y fue volviéndose cada vez más monárquico. En el año 1908 fundó junto con los monárquicos Charles Maurras, Henri Vaugeois y Maurice Pujo el diario ultranacionalista L’Action française, medio que ayudará a reforzar su postura reaccionaria y a exacerbar su inclinación hacia un nacionalismo monárquico antisemita. El viaje de Shakespeare (1897) se considera su novela más importante. (VIAF: 9541). ↵
- Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (París, 1754-París, 1838) fue un sacerdote, obispo, político, diplomático y estadista francés, de gran relevancia en los acontecimientos de finales del siglo XVIII e inicios del XIX. (VIAF: 100212837).↵
- “Una cosa es hablar de muerte, otra cosa es morir”. ↵






