Jueves 10 de Noviembre de 1910
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, octubre 10.
Es frecuente que el exceso del mal engendre felices resultados.
Se está viendo en este país.
El abominable crimen de Soleilland[1] hizo que se mantuviera la pena de muerte.
Pero la “sensiblería” filosófica de ciertas influencias la convirtió en letra muerta repitiéndose las conmutaciones más irritantes e inexplicables.
Ha sido menester que la marea siniestra subiera y subiera para que al fin se oyera en la prensa esta palabra: ¡Basta de indulgencia! A la guillotina sin excepción los monstruos.
Estamos, pues, en plena reacción de la opinión pública.
Monsieur Clemenceau*, cuya retórica han aplaudido ustedes tanto, no les ha explicado (es claro, no viajó para eso) cómo es que una de las primeras cosas que él hizo cuando fue ministro consistió en su famosa circular a los prefectos, ordenándose que prohibieran a los vigilantes o agentes todo exceso de severidad con los delincuentes.
En el argot francés lo que los malandrines de revólver y cuchillo más temían era el “passage á tabee”, es decir, las ferias que los malhechores “apaches” recibían de vez en cuando yendo a las comisarias.
Monsieur Clemenceau alardeaba, digo usando su propio lenguaje de entonces, alardeaba de ser el primero de los “Flios”, o sea, el principal agente de seguridad.
Flio es vocablo despectivo que los “apaches” aplican a esos guardianes.
De ahí la circular esa que naturalmente llenó de satisfacción a los “apaches”.
Desde ese día los arrestos fueron más difíciles; los pobres agentes casi usaban este lenguaje “señor ladrón”, caballero asesino ¿quiere usted hacernos el favor de seguirnos a la comisaría? Estarán ustedes muy bien alojados después. No lo duden”.
Y, en efecto, para los baudilos, la cárcel es reposo y buena comida aquí. No se conoce el “hard labour” inglés. Eso el que es “cárcel dura”.
¡Eh! Todo régimen que no anteponga ante todo a las mayorías tiene que fenecer y fenece.
¡Al fin! Ya empiezan los que gobiernan y los que obedecen, todo el mundo ponderativamente hablando, a hallar absurdo el sistema de la suavidad, y no se habla entre la gente que hace leyes buenas y malas sino de la eficacia de las fatigas corporales usadas en Inglaterra, donde la seguridad del individuo poco deja que desear.
No creo que el “gato de nueve colas” logre implantarse en ese suelo sentimental.
En mi calidad de argentino, estoy con el artículo 18 de la Constitución. Nada de azotes corporales. Bastan otros, efecto de leyes fiscales calculadas para aumentar la pública felicidad, sea dicho en honor de la buena intención de sus autores.
Sí, no creo que “el gato de “nueve colas” se ande por acá. Empero, algo es algo, que ya no se discuta, que hay un mal que reclama urgente remedio. Si no, será cosa de salir uno a la calle armado hasta los dientes, teniendo que dormir todavía atrincheradas las puertas.
Lo que sigue se relaciona con el parágrafo anterior que, dada la corriente de la opinión, bien puede llamarse el fin de un sistema.
¿Por qué en Londres no hay “apaches”? es la pregunta.
Y la respuesta dice así:
Porque por tirar un pistoletazo en el ferrocarril subterráneo la receta son doce años de trabajos forzados.
Por supuesto que el delincuente no tiene que esperar meses y meses la sentencia.
El “time is money” se aplica en Inglaterra a todo. ¡Qué pueblo tan sensato!
Vean ustedes este último caso, para cuando, cumpliendo con el precepto constitucional, tengamos “jurado”.
Era en el susodicho ferrocarril.
Mr. Frost leía tranquilamente su diario. De repente, un bandido le cae encima para robarlo. ¡Fuego! No hay muerto felizmente, sino una leve herida. Al ruido acude el conductor y gente.
A la cárcel, pues, el agresor. Registrado, se le hallan en los bolsillos dos botellas de cloroformo y varias llaves de ganzúa. Es un profesional.
A los dos días, el jurado delibera ya. No es largo. Le bastan cinco minutos. El hecho es indiscutible. Los testigos son legión. El prisionero confiesa, ¡y aunque no confesara! ¡son tantos los que le acusan!
El juez Hamilton termina así:
“En el interés de la sociedad, cuya defensa os está confiada, el Jurado os condena a doce años de trabajos forzados (que en Inglaterra es de veras “cárcel dura”).
¿Qué más?
Que el criminal Simpson habría salido ganando si el jurado hubiera sido francés.
Porque si la institución es buena, otra cosa es hacerla efectiva sin argucias curiales.
Los franceses están ufanos, no todos, del resultado de sus grandes maniobras.
Hay dos opiniones, tres.
La misión rusa presidida por el general Gueagross resume de este modo sus impresiones. ¡Qué lindos soldaditos! (como ustedes saben, el francés tiene, en general, poca talla).
¡Y qué oficiales! ¡Cuánta consagración espontánea a sus deberes!
¡Qué pasión entusiasta por su oficio! Sobre el terreno se multiplican verdaderamente.
Nada tiene que envidiar el ejército francés al de las otras naciones; está preparado para todas las eventualidades, por su instrucción teórico-práctica, por su arranque, por su brío, por su resistencia.
No lo ocultamos: nuestra admiración es grande y desafiamos las críticas en contrario.
Los alemanes discrepan de tan favorable juicio completamente, y el mayor Boden, interrogado, resume su juicio en tales términos que cotejados con el entusiasmo ruso hacen pensar en que “de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso”.
Y en efecto Les Temps*, diario formal oficioso con positiva autoridad, no oculta la decepción y dando un grito de alarma exclama: “Ca croque”, esto se lo lleva la trampa.
Más claro echarle agua.
Yo he hablado con soldados que han hecho su servicio reglamentario, da pena oír sus referencias; la unidad humana es excelente, sufrida, de espontánea iniciativa, los oficiales inteligentes. Pero el Estado Mayor da pena, y sobre el ministro de la guerra, el gran protegido de Clemenceau*, no cabrían en una página de “El Diario” las lindezas de que es objeto, “sabe tocar el piano y cantar” le dice un periodista, que no es hostil al gobierno “de guerra yo sé tanto o más que él”.
Afortunadamente, concluye un resumen de censuras Monsieur Emile Massard, afortunadamente estamos en tiempos de paz y el grito siniestro de Les Temps* resonará por toda la Francia, incitando al patriotismo.
La cuestión está a la orden del día en Inglaterra formulada en estos términos:
¿Cuál es el fin verdadero de la educación, adquirir conocimientos o formar hombres y mujeres?
Aun cuando se haya contestado a esa pregunta, queda todavía otra. ¿Cómo debe educarse?
Una de las discusiones más estimulantes sobre este punto se encontrará en un volumen dado a luz por el Consejo de Educación, titulado: La enseñanza de los clásicos en las escuelas secundarias en Alemania.
Consiste en tres informes sobre el sistema vigente en Alemania, el proyecto Frankfurt, por el cual no se principia a aprender el latín en las escuelas hasta la edad de 12 años y el griego hasta los 14.
Reproducimos ciertos pasajes del informe del señor J.W. Headlam, uno de los inspectores de la educación clásica.
El objeto final de aprender la historia, dice, es hacer de los niños buenos ciudadanos.
Se les debe enseñar a formar juicios sanos e independientes sobre hombres y cosas.
Deben estar preparados para tratar conscientemente los problemas sociales y políticos que se les presentaran ya en Inglaterra ya en Alemania.
Tienen que tomar su parte en determinar los destinos no solamente de su propio país sino los de la humanidad. Pues, el bienestar de una gran parte de ella depende del modo de ser de estas dos naciones. Y he ahí el gran fin que debe proponerse todo maestro de escuela.
¿Qué material deberá emplearse?
Los reglamentos parecen implicar que dependeremos principalmente de la historia de Europa moderna, cada país estudiando especialmente la historia de sí mismo.
¿No sería posible que, después de todo, ahora como en los días antiguos la historia de Grecia y de Roma sirviera mejor al propósito con relación a algunos niños?
Téngase presente que es una falacia querer enseñarles sobre qué han de pensar; lo que hay que enseñarles es a pensar, teniendo presente que la nueva generación nunca puede pensar como sus antecesores.
Siendo como son mis paisanos grandes productores de trigo, tomen nota de lo que voy a consignar en pocas palabras.
Resulta de una prolija “enquete” particular, no es hecha por el gobierno, que en 1910-1911 faltará trigo en Francia.
Y la cifra con que concluye el informe es respetable: 10.713.789 quintales.
Mr. Taft* acaba de anunciar en un discurso político que no tardará en pasarle al congreso un mensaje solicitando un crédito de dos millones de dólares para comenzar las fortificaciones del canal de Panamá.
Recomendará también la construcción de dos “Dreadnought*”.
No cree, el señor presidente de los Estados unidos, que so pretexto de hacer economías, se impida construir dos “Dreadnought” por año hasta la apertura del canal.
Como ya días pasados hablamos dos palabras sobre este negocio y como, por otra parte, sin ser Joubert*, el cual comparándose con Montaigne* y Montesquieu*, sus paisanos, decía “je ne suis prope au discour continu”, séame permitido que me aplique la frase y que valga lo que valga mi opinión, concluya el párrafo así:
¿Tienen los Estados Unidos el derecho de fortificar (contra quién) el canal de Panamá?
Dados los antecedentes, creo que “no”.
En palotadas subsiguientes veremos si en razón me fundo.
No conozco ningún libro argentino, y conozco algunos, chico ni grande, bueno o mediocre, en prosa o en verso, con o sin ilustraciones, tan incitante, tan estimulante, tan sugerente como el que ricamente y artísticamente empastado he recibido a mi regreso de Boulogne donde ya dije a ustedes estuve veraneando, y en coloquio mudo algunas veces con el gran capitán.
En un momento, el tal libro infunde admiración, respeto, da ganas de hacer sacrificio por la patria, ser Moreno, Rodríguez Peña, Saavedra, cualquiera de la pléyade civil, o Belgrano, o San Martín o Alvear, o Necochea, el paladín que más heridas recibiera guerreando por la libertad.
Si yo no fuera quien soy, si como suele acontecer ignorara la existencia del país donde nací y alguien me preguntara, presentándome La Ilustración histórica argentina[2], “¿qué es esa tierra?, mi respuesta sería: donde ven la luz obras así confeccionadas, no cabe duda, se cumple la profecía épica “Se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación”.
Las fiestas grandiosas del Centenario lo acaban de poner en evidencia ante el mundo y bien puede el pueblo de Mayo decir con legítimo orgullo que se está cumpliendo dignamente el testamento de sus insignes y heroicos antepasados.
Reciba aquí un millón de gracias, por su gentil obsequio el director del Museo Histórico Argentino, que no lleva miras de cansarse; y mis felicitaciones por obra tan preciosa sus editores y propietarios, J. Weis y Preusche.
Las estampas ilustradas, coloridas, hieren el cerebro infantil con claridades inextinguibles, y la reproducción de la escritura antógrafa de los grandes hombres complementa provechosamente la evocación de su memoria veneranda, como transportándonos al momento crítico en que con pulso firme y seguro escribían sus impresiones “Pro Patria”.
El gobierno debiera ordenar que en todas las escuelas primarias y secundarias circulara profusamente tan meritorio trabajo. La imagen iluminará la mente del niño llamado a ser hombre del suelo nativo.
Amar el pasado es creer en el porvenir con confianza. Burke[3], ha escrito una palabra profunda, elocuente, lapidaria, diciendo: “honrar a los que fueron es honrar nuestra prosperidad”.
Y Voltaire decía esto que es aplicable al gran libro que me complazco en elogiar: “ne ditez á la posterité que ce qui est digne de la posterité”.
- Albert Soleilland (Paris, 1881-Prisión de Ile Royale, 1920) fue un carpintero famoso por haber violado y asesinado a una niña de doce años, haber sido condenado a pena de muerte y luego, refutada esta condena, a prisión perpetua. Se trató de un caso de gran resonancia en Francia por la discusión popular que desató en torno de la pena de muerte. (Más información en VIAF: 45357604). ↵
- Carranza, Adolfo. La Ilustración histórica argentina. Buenos Aires: Weis y Preusche, 1909-1910. ↵
- Edmund Burke (Dublín, 1729-Beaconsfield, 1797), fue u político británico que ejerció como diputado en la Cámara de los Comunes representando al partido de los Old Whigs, que a diferencia de los New Whigs (nuevos liberales, de ideas más progresistas) criticaron duramente la Revolución francesa. En este sentido, su obra Reflections sur la Revolution Francaise (1790) despliega una rotunda oposición a la revolución.↵






