Miércoles 23 de Noviembre de 1910
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, octubre.
Tomo el hilo de nuestra conversación sintética del otro día para contestar acortando en lo posible a esta interrogación.
¿Tienen los Estados Unidos del Norte de América el derecho de adueñarse hasta fortificarlo del canal de Panamá?
Ya dije que a mi entender ese pretendido derecho es por lo menos disentible.
Veamos. Habla alguien que intervino en el tratado de la referencia. Es decir que el señor Filippe Bunan Varilla contestándole a Mr. Roosevelt*, arguye que ese tratado le confiera a los Estados Unidos explícitamente o implícitamente el derecho de erigir fortificaciones “permanentes”.
El artículo 3 les atribuye sin embargo los mismos derechos que si fueran los soberanos de la zona concedida, y el artículo 23 la facultad de usar de sus fuerzas de policía o de sus fuerzas territoriales o navales o de establecer fortificaciones si fuere necesario, en un momento dado, el empleo de fuerzas armadas para la seguridad y la protección del canal.
Pero, a esto el señor Bunan Varilla, en una carta que acaba de publicar el Journal des Debats*, contesta: que los derechos soberanos no pueden ejercerse sino concurrentemente con las obligaciones que fluyen del tratado.
Ahora bien, continúa, el tratado estipula que el canal será “neutral a perpetuidad y abierto a las naciones sobre la base de absoluta igualdad”.
Más todavía, ese es el fin explícito y formal del tratado desde el punto de vista internacional y la obtención de ese fin es la obligación esencial del tratado.
El material legal y diplomático de que están armados los Estados Unidos por la atribución de los derechos soberanos debe adoptarse a ese fin, solo a ese fin. El ejercicio de los derechos soberanos está rigurosamente limitado por la obligación de alcanzar ese fin.
No se les puede pedir a los derechos soberanos atribuídos a los Estados Unidos, otra cosa sin violar de un modo manifiesto el evidente espíritu del tratado, dice Bunan Varilla.
No se puede tampoco, finalmente, deducir del artículo 23 el pretendido derecho de erigir “fortificaciones permanentes”.
A qué seguir. He dicho lo bastante, me parece, en apoyo de mi negación del otro día conforme con las conclusiones principales a que arriba el escrito del señor Bunan Varilla.
Lo que será, tronará. Pero no será posiblemente una sorpresa para los que algo desconfíen de la política imperialista de Mr. Roosevelt y otros estadistas yankees, cuya política tiende a un fin visible, dominar los dos mares que bañan las costas de toda la América.
Observando, como lo hago, con tranquilidad la actualidad de este país donde vivo y viviré hasta que Dios quiera, pienso que Mr. Renaudin[1] dice bien cuando escribe que los muertos hablan y que decididamente la revolución francesa no ha entrado todavía en la historia, es decir, en la serenidad.
Y así es en efecto, porque unos y otros, me refiero a los que piensan, no solo cesan de batirse alrededor de su gran figura o de sus menores incidentes sino que difícilmente se ponen de acuerdo sobre un conjunto imparcial. Más todavía, no hay ni acuerdo sobre el método como debe referirse.
Ustedes saben que Taine* hace veinticinco años, estudiando los Orígenes de la Francia contemporánea, se encontró cara a cara con esa página misteriosa y formidable de la historia de su país y que intentó explicarla, es decir, retrotraerla a causas conocidas verdaderas.
Prescindiendo de lo que llamaremos la historia exterior y oficial de la revolución, quiso el profundo escritor demostrar los resortes secretos del drama revolucionario y al efecto buscó los repliegues psicológicos o, de otro modo, lo que pasa en los entretelones y las bambalinas.
Detrás de esa entidad vaga, “el pueblo”, de la que Michelet* y tantos otros habían abusado, él ha hecho ver lo que denomina “le petit people”, es decir, a los jacobinos, la “minoría” adueñada de la Francia.
¿Cómo lo consiguió?, ¿cómo una revolución humanitaria y “sensible” condujo al terror?
He ahí el problema. Mr. Aulard[2] después de dos años de prolijas investigaciones, ha puesto de manifiesto muchas inexactitudes de la documentación de Taine, y un joven erudito, entre otros, Mr. August Cochin[3], acaba de probarle a Mr. Aulard que él a su vez se ha equivocado y que las inexactitudes en que incurre son más copiosas que las de Taine.
Y ahí estamos, y lo más visible es que gobiernan las pasiones y que un gran país en el que debiera gobernar la mayoría no es ella, sino una minoría la que tiene la sartén por el mango. De donde resulta esto, y concluye, que si la democracia francesa gana terreno en Europa no lo gana la “idea” republicana, y la prueba, una prueba al menos, está en que nunca ha habido en este hemisferio tantos reyes, siendo el último coronado el novísimo de Montenegro.
Desde 1789 a la fecha solo ha surgido una república, esta, y surgió para desaparecer y renacer.
Las monarquías han aumentado y se han consolidado. Me equivoco grandemente quizá, empero, afirmo que la idea republicana, pese a Portugal, es planta de América y que la mentalidad francesa, si la concibe, no es como la conciben los que viven en el Nuevo Mundo.
Democracia y república no son sinónimos, lo mismo que sufragio libre no siempre se traduce en veredicto de la mayoría.
Hay mucha gente en nuestros pagos sudamericanos, en los pagos de vacas y ovejas, que cree que Francia, por ejemplo, no tiene bastante ganado para bastarse a sí misma. Pues que lean esto:
¿Es un síntoma?, pregunta un diario.
Y tanta es la nerviosidad de este y otros países ante el problema formidable de la paz o la guerra, que la contestación responde así:
“Los principales vendedores de ganado de la Nieve (al este) son muy pesimista, en cuanto a la eventualidad de una guerra con la Alemania. En efecto, los alemanes les compran “cuatro mil” vacunos por semana, término medio, y es la primera vez, de 1869 a la fecha, que semejante compra de ganado tiene lugar en esa región”.
Hecho de poco momento será el apuntado, conviene sin embargo, tomarlo en cuenta. Las preocupaciones populares, hasta las más inverosímiles, suelen ser intuiciones.
Lo de siempre cuando se muere un hombre eminente que no ha pensado del todo como la iglesia católica lo manda. Se quiere saber si murió o no reconciliado. El punto no siempre se resuelve satisfactoriamente, es decir que la luz no se hace en un verbo. Pasan y pasan los años, la discusión sigue. Es lo que ha sucedido con Pascal, el gran Pascal, acusado de ser Jansenista. Lo fue. ¿Hasta cuándo? Era el punto obscuro.
La nebulosa acaba empero de ser despejada. El texto que publica Mr. Jouy copiosamente documentado no se deja duda: el que escribió “que el corazón tiene sus razones que la razón no conoce”, pasó a mejor vida, asistido por el padre Beurnier, cura de San Esteban del Monte, que durante varios días le prodigó sus auxilios espirituales.
Desde que yo era chico, hace rato, tengo una curiosidad intermitente.
¿Por qué es que en las boticas o farmacias hay siempre grandes redomas de color adornando las vidrieras?
Recuerdo particularmente las de la antiquísima botica de Torres, la que quedaba, allí está todavía me parece, en la calle Defensa mirando al atrio de San Roque y San Francisco.
Como mi abuela, señora doña Agustina López Osornio de Rozas, vivía en esa cuadra, casi al llegar a Moreno frente al paredón de dicha última iglesia, todos los días la veía yendo a pedirle la bendición a la ilustre matrona, madre del restaurador o del tirano, “as you like it”.
En mi libro Rozas[4] hago un retrato de ella que no carece, creo, de cierto interés histórico, con fuerte dejo colonial, según Miguel Cané decía.
Y esa curiosidad la tengo todavía y teniéndola, he procurado satisfacerla sin éxito varias veces.
La última ha sido en Boulogne, donde hay un boticario muy recomendable con el que tengo estrecha relación. Es bueno tener un boticario de confianza, siquiera se esté de paso en un centro cualquiera. Reemplaza hasta en casos serios al médico.
Este es mi boticario, Dutertre, tiene un hermano médico, lo diré entre paréntesis por si ustedes caen por allí, médico de saber que, entre otras cosas científicas, ha escrito un viaje interesantísimo por las tierras glaciales de Islandia. Da ganas de ir a helarse por allá, aunque la cocina insular no sea para estómagos como los nuestros. ¡Misteriosa región aquella! De nieve y de fuego con sus días y noches interminables, con sus volcanes estupendos y sus auroras boreales maravillosas.
Pero voy a ello o me expongo a que esta página resulte lo que no quiero: muy larga.
―¿Sabe Vd. ―le pregunté a Mr. Dutertre, no al del viaje a Islandia, sino al otro que tiene dos magníficas de las consabidas redomas― cuál es el origen de estos llamativos?
―No, mi querido general.
―¿Quiere Vd. hacerme el favor de averiguarlo?
―Con mucho gusto.
―Bueno, pero como yo me vuelvo mañana a París, sírvase darle contestación a mi amigo Lucio Suttor (íbamos juntos).
He aquí la respuesta, tengo pereza de traducir. Traduzca el lector que sienta el escozor de estas averiguaciones.
¿Y el que no sepa francés? ¡Eh! Ahí el que no lo sabe lo adivina.
« L’origine des bocaux de couleur des pharmaciens est inconnue. C’est pour attirer l’œil que les pharmaciens anciens ont choisi des bocaux de formes bizarres renfermant des solutions colorées. Les eaux colorées indiquaient que le pharmacien vendait des produits chimiques que le public d’alors considérait commande mystérieuse…
Les pharmaciens ont conservé leurs bocaux alors que les coiffeurs ont abandonné le plat á barbe et les médecins le bonnet carré. Chaque profession avait au moyen âge éprouve le besoin de se singulariser en adoptant une enseigne originale. On pourrait demander pourquoi les évoquât portent une toge ».
He concluído. Sí, pero tengo que hacer una advertencia sobre los susodichos “bocales” farmacéuticos.
La explicación en francés no es de Mr. Dutertre, el prestigioso boticario, expicación que estoy esperando.
¿Y de quién es entonces?
De Lucio Suttor, que sigue bañándose en Boulogne. ¡Qué hombre amable este!, mi predilecto amigo, ¡qué espíritu tan investigador! Sabiendo que las tales redomas me preocupan, cuando las veo, ha buscado y buscando ha descubierto lo que anotado dejo; no satisface del todo, pero algo es algo y peor es nada.
He leído ayer, con gran satisfacción, las líneas que con rúbrica visible publican varios diarios en esta forma:
“Una nueva triplicia: Brasil, Argentina, Chile”.
Santiago de Chile, 23 septiembre. Los diarios comentan todos un discurso del ministro argentino de relaciones exteriores en el que, haciendo alusión a la fraternidad que existe entre Chile, la Argentina y el Brasil, ha dicho:
“Somos las tres naciones más fuertes. Nosotros debemos guiar la América del Sur, en el sendero de la paz y del progreso; los otros países verán en esta triple fraternidad una poderosa garantía de libertad y de justicia”.
La prensa, continúa la noticia, piensa que este discurso es el “precursor” de la unión política de las tres naciones.
Y yo, lo repito, he leído todo ello con gran satisfacción, primero porque esa política es buena política trascendental, tendiendo a determinar nuestra futura gravitación mundial; segund, porque hace tres años que vengo insistiendo en ello, es decir, que vengo sosteniendo que, aliadas las tres potencias del extremo Sud de América, no necesitamos del patrocinio de ninguna “doctrina” extraña, dado el caso remotísimo de que en Europa tuviéramos lo que no tenemos.
Lo que el viejo continente pretende de nosotros, lo que anhela, mejor dicho, cuando pasa revista mundial, es que vivamos en paz, que el intercambio comercial crezca y crezca, y, finalmente, que su exceso de población se derrame con seguridad por nuestro suelo libre, hospitalario y fecundo en feracidad incomparable. Ni despiertos ni dormidos sueñan por estos mundos como en tiempos de Catalina de Medici aconteció, en conquistas ni en reconquistas.
- Non hemos hallado referencias bajo este nombre. Quizás haya errores tipográficos y Mansilla se refiera aquí a Pierre Renouvin (1893-1974), historiador francés, discípulo de Aulard, a quien Mansilla menciona unas líneas más abajo.↵
- François-Alphonse Aulard (Montbron, 1849-París, 1928) fue un historiador francés, titular de la Cátedra de Historia de la Revolución francesa en la Sorbona. De ideología radical-socialista, considera a Danton la figura principal de la Revolución. (VIAF: 99747423). ↵
- Augustin Denis Marie Cochin (1876-1916) fue un historiador francés, muerto en el frente durante la primera guerra mundial. Entre sus obras, se hallan: La Crise de l’histoire révolutionnaire: Taine et M. Aulard (1909) y Quelques lettres de guerre par le capitaine Augustin Cochin (1917). (VIAF: 100162195). ↵
- Mansilla, Lucio V. Rozas: Ensayo histórico psicológico. Paris: Garnier, 1898. ↵






