Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

EL DIARIO

Jueves 8 de Diciembre de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, noviembre 5.

    

Ya dije a ustedes a mi regreso de Boulogne, que aquí me esperaban muchos libros y papeles diversos.

Vaya un acontecimiento y qué tinta mal gastada, pensará alguno de esos lectores que no hay cómo satisfacer; siendo su divisa, “palo porque bogas, y porque no bogas, palo”. ¿Y por qué no? ¡Conque lo pienso yo! Pero, qué quieren ustedes, yo soy como tantos otros plumistas, un incorregible; para una vez que entro en materia de rondón, veinte y más me sorprendo haciendo involuntariamente a una disgresión. Perdón, amado Téotimo, como decía el otro, he aquí de lo que se trata. Seré lo más corto que se pueda, cortísimo, viviendo como vivimos en una época de efervescencias continuas. No es mía la frase. Es del autor del libro que tengo a la vista, Las ideas actuales[1].

No conocía este escritor. Ahora le conozco debido a que ha tenido la amabilidad de obsequiarme con el variado e interesante volumen cuyo título acabo de subrayar. ¿Y el nombre? ¡Ah! Eso e el nombre.

Barrunto que es español, no porque se llame R. Saenz Hayes[2], sino porque su estilo tiene cierto dejo castizo acentuado, a lo que se agrega que sus editores son los señores F. Sempere y Cia., de Valencia y Madrid.

Constituye Las ideas actuales un libro formal y ameno a la vez. Trata de tantas cosas que para dar a ustedes una idea de ellas me bastará decir que después de un Prefacio asaz bien hecho (lo que no es general) y de un “fragmento de novela El Apóstol”, que promete ser muy interesante, siendo el teatro de la acción nuestra tierra Argentina, sigue un índice como este: El materialismo histórico. La moral biológica. El Hombre y la Naturaleza. Clemenceau, Zola, Barrés. Una visita á Paul Bourget. La restauración nacionalista. Propósitos literarios.

Hay, como se ve, tela en que cortar para el crítico que afición a ello tenga. Mi genial proclividad es otra. Llámase: estímulo por todo esfuerzo tratando de llegar a la “meta sudante”; si bien no pienso como Zola, o como el autor, que si el hombre pasa, la obra queda, y que un esfuerzo no es nunca inútil. Sí, el hombre se esfuma, pero su esfuerzo, puede resultar algo más que inútil, perjudicial.

Ya mirará este simpático escritor las cosas con otros ojos cuando sus huesos estén más duros. Si no cambia, lo sentiré.

Por lo demás estamos conformes sobre un punto, a saber, “lucha por la existencia”. ¿Qué debe entenderse por ella? Tomando la expresión en un sentido amplio y metafórico; el conflicto resultante de que los seres organizados tienden a multiplicarse.


Raro es el diario, grande o chico, que no se ha ocupado del Nuevo Reglamento militar de este país, censurando o aprobando, la supresión de las mesas de oficiales, el derecho de escribir sin autorización del ministro de la guerra y el de castigar, limitado a menor número de oficiales.

Son puntos muy importantes, no cabe duda. Pero me ha sorprendido que ningún diario haya llamado si quiera la atención del público sobre ciertas cláusulas de dicho reglamento, cláusulas que son verdaderos atentados a la libertad. ¡Y tanto que cacarea y protectora de los derechos del hombre!

Dicen así las nuevas prescripciones:

“Los militares se abstienen de todo acto, de toda actitud, de toda conversación, de toda frecuentación que permitan poner en duda su fidelidad al deber, su sumisión a las leyes o su respeto por las instituciones del país”.

Si esto no es draconiano, por quien soy que no entiendo jota de dignidad humana, y eso que en materia de disciplina siempre sostuve que era menester no aflojar mucho la cuerda del arco.

Como si lo anotado no bastara, el artículo 108, o sea, “Faltas contra la disciplina”, agrega:

“Son consideradas como faltas contra la disciplina y castigadas como tales, según su gravedad… la manifestación bajo la forma que se sea de opiniones o la publicación de escritos que puedan dañar a la disciplina o crear dificultades a las autoridades, ya en el interior, ya en el exterior, o comprometer de cualquier otro modo los intereses generales del país”.

Es tan elástico el texto de este artículo, que solo puedo compararlo a una espada de Damocles, constantemente suspendida sobre la cabeza de los militares: si hay leyes o reglamentos que deben ser explícitos, son los que se refieren a la penalidad, que no admiten interpretación, y con este artículo un excelente oficial, incapaz de faltar a sus deberes, puede ser perseguido por un superior sectario casuista, so pretexto que oye misa en iglesia católica, vestido de paisano, o porque tiene gran intimidad con este o aquel pariente cercano, el cual es notoriamente opositor al gobierno.


En otra edad me gustaba traducir. Se me figuraba que yo era el que pensaba, el que escribía. ¿Y ahora? “Tempora mutantur”. Ahora solo lo hago por necesidad. ¡Es tan difícil traducir bien! Cuando a ello me resuelvo es por necesidad, puede leerse por esterilidad. ¡Es tanto mi anhelo de charlar con ustedes, sin aburrirlos!

Vaya, pues, lo que paso a explicar, traduciéndolo del francés, que medio conozco.

Se trata de perlas de las ordinarias, que son las que más se usan, hasta por gente femenil, pudiente, enemiga, dicen, de artificios.

En cuanto a los elegantes, ya se sabe, mucha perla en la corbata huele a contrabando.

Dice el autor del informe industrial, que las escamas del pescado tiene un valor comercial que las cocineras particularmente no sospechan cuando las raspan brutalmente con un cuchillo mediano, menospreciando así por ignorancia su brillo nacarado.

Las tales escamas son objeto de un comercio importante y la primera materia (materia prima, como insisten en decir por ahí) de una vasta industria.

Con ellas se hacen las perlas falsas, y no las imitaciones groseras que a nadie pueden engañar, sino las imitaciones tan perfectas que los mismos conocedores no se atreven a fallar, sin mucho examen, sobre su autenticidad.

Estas perlas falsas son hechas mediante una gorgorita de cristal en la que se inyecta “esencia de perlas”. Esta esencia la proveen las escamas de ciertos pescados y principalmente una especie de “albur”, que abunda en los lagos de Baviera. Se echan en una vasija llena de agua las escamas de los peces muertos y se les deja en ella hasta que la substancia opalina, que las hace tan brillantes, se precipita en el fondo. Esta substancia tiene exactamente el color y el brillo de las perlas naturales. Para obtener una libra de esencia es menester emplear por lo menos unos veinte mil “albuves”. Esto explica el precio relativamente elevado de las perlas artificiales. ¡Cuántos muertos de los lagos de Baviera! ¡Y cómo maldirán, si piensan, la coquetería del bello sexo y su gusto depravado por la secreción de ostras enfermas de donde provienen las perlas finas!


Ya que hemos hablado de perlas artificiales hablemos un poco también de la perla más preciosa que yo conozco, perla que no sale de la concha de la ostra oculta en el fondo del mar sino del seno purísimo de la perfecta beldad cuyo primer ejemplar típico fue la compañera admirable que el bondadoso Hacedor, supo darle a nuestro padre Adán, arrancándole una costilla sin dolor… Los dolores vinieron después por lo que ustedes saben que no se prueba impunemente la fruta vedada del árbol del bien y del mal.

Pero vamos a ello, o sea: ¿a qué edad conviene casarse?

Desde luego casarse es una aventura y que no casarse es otra. Ambas soluciones tienen sus inconvenientes: la desinteligencia en el primer caso, la soledad en el segundo. ¡Qué triste nido el de un solterón!

El punto es difícil y tanto más cuanto que hemos sido creados para crecer y multiplicarnos; razón suficiente en la que un doctor alemán llamado Zimmerman se funda para proponer que los “solterones” no pueden votar, no teniendo, como tienen, ni la experiencia ni el equilibrio que con el matrimonio se adquieren.

Será lo que se sea, yo soy partidario de la sociedad conyugal y del matrimonio entre jóvenes.

La adoptación, las concordancias en una sociedad de socorro mutuo como esa son más fáciles que cuando las partes han tomado, por decirlo así, su estructura moral definitiva.

Relacionado con este grave negocio y contestando a la pregunta que repetiré, ¿a qué edad debe uno casarse?, el concejo municipal de Londres ha hecho publicar una estadística que compara los casamientos de Londres con los de París, de Berlín y Viena.

Los hombres se casan más jóvenes en Londres y las mujeres se casan más jóvenes en las capitales del Continente.

Me gustaría conocer la proporción de la cosa en nuestra metrópoli argentina siendo en las susodichas capitales como sigue:

De veinte años abajo los hombres representan en Londres 3.1, en París 0.4, en Berlín 0.1, en Viena 0.1.

Las mujeres de menos de veinte años, en Londres 6.0, en París 11.1, en Berlín 8.5, en Viena 6.1.

La proporción de los hombres de 20 a 25 años, es en Londres 35.3, en París 17.5, en Berlín 27.3, en Viena 7.6.

La proporción de las mujeres es en Londres 48.0, en París 37.8, en Berlín 43.5, en Viena 27.0.

Lo que no dice la estadística es en qué proporción son felices o desgraciados los cónyuges de esas capitales.

Un mi amigo muy ingenioso, con el que hemos comentado las cifras anotadas, piensa que conociendo esa proporción con exactitud podría organizarse una sociedad anónima de seguros contra todo riesgo matrimonial.


No puedo precisar qué día saldrán para esas tierras estas pocas líneas, tengo que despachar antes otras carillas. Como no son propiamente hablando, una noticia sino unas pocas reflexiones, la cosa no tiene importancia.

Durante diez eternos días de inquietud, París ha sido del teatro predilecto del socialismo anárquico. Los que han sembrado, recogen. Algunos han andado por ahí predicando, y ya dije a ustedes, no hay que tomarlos muy al pie de la letra.

Y París pasa, y lo es, por una gran capital civilizada. Pues durante esos días de terror, la cosa era como para sentir no andar por la costa de África. ¡Qué bestia feroz el hombre cuando se desenfrena!

Hoy, 18 de octubre, los vendedores de papeles públicos gritan: ¡se acabó la huelga!, ¡se acabó el sabotage! (la palabra tiene ya carta académica como sinónimo de destrucción intencionada), con que así, ¡¡que no haya vencedores ni vencidos!!

Perfectamente, pero cuando uno es extranjero o transeúnte, hay motivo de maldecir la hora en que se metió en este foco de barbarie disfrazada con botines de charol y sombrero de copa. Por Dios, no lo imiten jamás.

Y mi amigo X.X. dice bien, sírvales a ustedes de ejemplo por si llegan a perder la cabeza, cuando escribí: “Un poco de reflexión y de sangre fría habrían bastado para evitarle a una clase interesante de trabajadores los extravíos de una deplorable aventura”, (¡y qué aventura! ahora que las cosas han entrado en quicio de la sensación de lo pasado parece como el recuerdo de una angustiosa pesadilla).

Sí, los revolucionarios han recibido una lección que ojalá les aproveche dejándose arrastrar a la huelga por los caudillejos que los explotan.

La prueba es concluyente ante el problema que en todas partes resulta el mismo, aunque las causas no sean idénticas.

Las relaciones del capital y del trabajo no se reglan, en efecto, mediante gritos y amenazas y actos de violencia.

La sociedad es una unidad potente, no puede dejar discutir por unos cuantos miles de sus miembros el derecho de vivir; la colectividad no puede perecer por el resentimiento, por la irritación de unos pocos.

Todo es transacción en este mundo y el organismo social todo entero reposa sobre una perpetua conciliación. El hombre ha sido creado para el trabajo y por eso mismo para entenderse con sus semejantes. Dijo así bien el sabio: “Pega pero escucha”. Hay, pues, que esperar en presencia de esta decepción del sindicato obrero, la palabra y el voto de los representantes del pueblo.

Aplazar no es resolver cuestión alguna.


No estoy conforme con el filósofo que ha dicho: “mejor es saber algo de muchas cosas, que mucho de algo”. Si el hombre viviera su réplica sería: ¡Y a mí qué se me da!


  1. Sáenz Hayes, Ricardo. Las ideas actuales. Con un fragmento de la novela El Apóstol. Valencia: Sempere, 1910.
  2. Ricardo Sáenz Hayes (1888-1976) fue un escritor y periodista argentino. Fue crítico teatral de arte del diario La Prensa, de Buenos Aires (1918-27); representante del mismo diario en Londres (1927-29); representante general en Europa, con asiento en París, (1929-1945). Ha sido miembro del primer consejo deliberante de Buenos Aires (1919). Colaborador del diario El Tiempo. En 1948 se incorporó a la Academia argentina de letras.


Deja un comentario