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EL DIARIO

Lunes 7 de Marzo de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, enero 11.

    

He leído que el gobierno manda construir dos grandes barcos de guerra a los Estados Unidos.

¿Hace bien?, ¿hace mal en ensayar otros astilleros?

Rabelais diria “quizá”. Montaigne “¡qué sé yo!”.

¿Y yo? Yo digo: “solo sé que no se nada”, no habiendo asistido a los acuerdos que habrán discutido los informes técnicos de nuestros consejeros oficiales.

Digo más, hago votos porque no se cumpla lo tan repetido: más vale malo conocido que bueno por conocer.

Pero ya que deben mandarse inspectores que vigilen las construcciones americanas sobre el terreno, no sería supérfluo que ellos y otros marinos competentes, los tenemos, fueran a estudiar la organización naval norteamericana.

Porque si sus barcos son sólidos no es mucho el crédito de que goza dicha organización.

Leía sobre esto no ha mucho lo que aquí a guisa de sujestión, pensando al mismo tiempo en el adagio latino “qui potest copere capiat[1]”.

El peligro inherente a toda organización cuyo objeto es prepararse para una gran guerra, consiste en que durante un prolongado período de paz el aspecto militar de esa organización tienda a ser obliterado por el aspecto “burocrático”.

Es frecuente olvidar en tales casos que la administración existe para la armada y no la armada para la administración.

El texto inglés dice exactamente así: “It is too often forgotten in these cases that the administration existe for the navy and not navy for the administration”.

Este defecto característico ha invadido la administración de la armada de los Estados Unidos, y hace tiempo que la opinión pública lo reconoce, siendo Mr. Meyer el primer secretario (ministro) de marina que ha intentado ponerle remedio formal.

Dicho señor Meyer, en su último informe al congreso tendiente a que se modifique la vetusta ley de 1842 organizando los servicios de la marina, no desconoce, sin embargo, que sus colegas anteriores, Whitney en 1885 y Moody en 1905, algo intentaron en el sentido de corregir las imperfecciones de una rama tan importante de la administración; y así se ha insinuado que no es temerario suponer que donde hay fiscalización efectiva y eficiente pueda haber barcos defectuosos.

¿Estamos?


Hay que meditar sobre lo que voy a decir.

Unánimemente, los alemanes atribuyen la asombrosa prosperidad actual de su país al desarrollo provocado en las industrias metalúrgicas por las demandas enormes de la marina de guerra.

Unánimemente todo el mundo en la industria, en el comercio, en los campos, desea que este período de armamentos continúe.

¿Cómo, pues, puede haber, y sin embargo, los hay, ilusos que esperen inducir a los alemanes a limitar sus armamentos?

Es desconocer un hecho en todas partes reconocido en aquel país, a saber, que las cargas del presupuesto de guerra y marina, de marina sobre todo, son más aparentes que reales.

La industria alemana vive de los encargos de material de guerra de la Alemania misma primero y, sobre todo, de los encargos incesantes del extranjero.

De manera que la consecuencia que hay que sacar de la reflexión antecedente es esta: los países que se arman y se arman sin tener grandes ni chicas industrias, fábricas metalúrgicas que dependen para todo de otros empezando por un fusil y acabando por un acorazado, esos países si que recargan su presupuesto; esos países presentarán un presupuesto numéricamente equilibrado, pero en realidad serán deudores.

Por eso dije al principio: hay que meditar, que pensar en que necesitamos fábricas y astilleros.


Decía en mi anterior que en Inglaterra la iglesia se administra a sí misma, que no hay ministerio de cultos y, en efecto, con el tiempo los “endowments” acordados cuando la reforma al nuevo clero han adquirido un valor enorme. El obispado de Londres posee así en un barrio de Londres, Paddigton, terrenos que han veintuplicado de valor.

Lo repito, no hay ministerio del culto ni presupuesto del culto, por consiguiente la iglesia se administra a sí misma y los prelados y altos dignatarios gozan de emolumentos muy elevados.

El arzobispo de Canterbury, primado de Inglaterra, por ejemplo, tiene un sueldo de 15.000 libras inclusive el soberbio palacio de Lambeth en Londres y una magnífica habitación en el campo, todavía más, una suntuosa mansión en Canterbury, donde poco reside, y todo amueblado lujosamente.

El (Dean) dean de Canterbury tiene 1400 libras de asignación y cada canónigo 700. Pero los curas de campaña, siempre el anverso y el reverso de la medalla, están casi reducidos a la miseria.

El rey, en su calidad de jefe supremo de la iglesia, estatuto de Enrique VIII*, nombra los arzobispos y obispos vacantes.

Hay muchos grandes obispados, como los de Manchester y Liverpool. Y como Inglaterra y curiosidad son sinónimos, muchos poderosos landeords tienen el derecho de indicar el cura (clergyman) que se ha de nombrar. Otros nombramientos son hechos por el rey, o por los obispos.

Segun el último censo de 1906, la iglesia de Inglaterra contaba 25.235 curas, de los cuales 14.029 titulares rentados con sueldo 7500 y el resto en disponibilidad.

El término iglesia anglicana es en general mal aplicado. Comprende la Church of England (la iglesia de Inglaterra) y todas las otras iglesias “disestablished” (desestablecidas) que están en completa comunión con ella, verbi gracia la iglesia de Irlanda desestablecida, etc. etc.

La renta anual del clero monta a muchísimos millones. Pero cuando se habla de iglesia oficial debe entenderse iglesia de Inglaterra o iglesia establecida. Aparte de sus “endowments”, la iglesia de Inglaterra, como todas las demás sectas religiosas, recibe sumas enormes de sus fieles.

Detallar sería largo. Basta este dato (reparen en él los católicos urbi et orbe): en los 16 años de 1884 a 1899, la iglesia de Inglaterra recibió de sus fieles 21.858.000 libras esterlinas y en 1905-1906 la cifra de las donaciones ha sido de 7.768.410 libras esterlinas.


John Bull, ¡qué tipo!

No es fácil, por consiguiente, en Inglaterra, ser considerado como un “hombre borracho”.

Para tener derecho a ese calificativo es menester dar satisfacción a ciertas condiciones, que en Blackwood, en la audiencia (comisaría, digamos) del 3 de diciembre fueron definidas por el escribiente policial en los siguientes términos poéticos:

“Not drunk is he who from the floor can rise again and still drink. More drunk is he who prostrate lies without the power to drink or rise”.

Lo que quiere decir:

No está borracho el que todavía se levanta del suelo y bebe más todavía. Está borracho el que yace postrado sin poder beber ni levantarse.

Agregaré que este dato lo tengo de Wawerley, el cual está empeñado, con éxito, en hacer conocer del extranjero la nebulosa Albion.


Una palabra más, muy corta, y concluyo con el molesto tema.

El largo debate que acaba de poner en evidencia las pasiones parlamentarias no conduce sino a una conclusión que resumida puede precisarse así.

Se podrá hablar de todo en las escuelas del Estado excepto de Dios.

Oficialmente el ateísmo está prohibido. Por boca de uno de sus representantes y so pretexto de neutralidad, el Estado prohibe al maestro laico la enseñanza de toda moral religiosa y hasta la menor alusión referente al culto universal.

Estos diputados, veremos en el senado poco se espera de su independencia, estos diputados en realidad han borrado a Dios de los programas escolares.

No figurará en ellos ni a título de antecedente histórico y si los maestros de la juventud francesa están todavía autorizados a pronunciar accidentalmente su nombre es para no dejar escapar la ocasion de “fulminar los errores y los crímenes de la superstición”, citando al pie de la letra dos palabras de un radical, muy liberal, según él mismo se califica.

Esta concepción del deber universal consagrada por el poder legislativo es tanto más extraordinario cuanto que ella crea en el dominio de la enseñanza pública una innovación, innovación cuya equivalente analogía en vano se buscaría en los anales de otros pueblos.

Se ha visto a los cultos perseguir a los cultos, se ha visto a la libertad de conciencia cruelmente perseguida en nombre de las divinidades bárbaras de dogmas implacables, se ha visto a los altares alzarse contra los altares, se ha visto a las sectas destrozarse interpretando las creencias… Pero nunca tuvo la incredulidad este furor de proselitismo.

Y lo que todavía no se había visto es esto: la negación de Dios imponiéndose como un sistema político y social.

Pues bien, ya está esa abominación implantada (¿por cuanto tiempo?) en Francia y así ha dicho muy bien el mismo monsieur Allard, nada clerical por cierto, hablando en la cámara de diputados sobre el niño confiado a la escuela laica: “Ese niño lo hacéis “apache” hoy día. Porque, seamos francos, señores, suprimido a Dios no hay ya moral una y necesaria, sino relaciones de los hombres entre sí y nada más”.

Por fortuna, más fácil es negar a Dios que reemplazarlo y esta legislación “soit disant” vivirá poco.

No diré que también están a la moda en Francia los caballos argentinos, diré sí que el caramillo que les habían levantado está desmentido por recientes observaciones.

Resulta, en efecto, de un largo informe publicado en La France Militaire que nuestros “pingos”, los que montaban los granaderos, regalados a este gobierno, no padecen de la morve, el muervo.

Dice dicho informe entre otras cosas: “El aumento de temperatura, signo precursor del “muervo” que había sido constatado, en estos caballos, no indicaba absolutamente disposiciones al muermo. Los estudios al respecto han puesto de manifiesto que la temperatura de los caballos argentinos es en todo tiempo superior a la temperatura de los caballos de nuestras regiones. Ha habido pues en esto una falsa alarma”.

Mejor que mejor.


Asistí hace algunos días a una conferencia de lo más interesante del punto de vista social. Era el orador, habla muy bien en efecto el joven abogado Marcel Klein, cuyo tema fue “Los tribunales para niños en Alemania”.

Se declaró partidario absoluto del principio que ordena no mirar como a un culpable, que debe ser castigado sino como a un enfermo, que hay que curar al niño que un delito hace comparecer ante la justicia; y ha expuesto la necesidad que en Francia se asiente de instituir un sistema para cuidar metódicamente a la vez con suavidad a los niños enfermos moralmente.

Los Estados Unidos, ha dicho el simpático conferenciante, son los primeros que han dado el ejemplo de una jurisdicción especial para la infancia, tendiente a sustraer a los jóvenes delincuentes de la promiscuidad con los adultos pervertidos, que con ellos comparecen ante los tribunales ordinarios.

Este sistema que existe en veinticuatro Estados de la Unión, y que funciona en primera línea en Chicago, está basado en tres principios: la especialización de la audiencia, la del juez que debe ser sobre todo educador, y la de la sanción con la cuestión de “puesto en libertad”, pero vigilado por un oficial de policía, llamado “probation officier”. En Inglaterra hay algo por el estilo, imitando a Estados Unidos, que alguna vez el hijo puededarle buenas lecciones al padre. Llámanse dichos tribunales “Jouvenile Courts”.

En Francfort, el 1° de enero de 1908, se abrió un tribunal mixto, compuesto de un juez de carrera y dos ciudadanos, con el objeto de juzgar especialmente a los menores.

Otras grandes ciudades siguieron el movimiento, de ahí lo que llaman “Jungengericht”, justicia para jóvenes.

Algo en este sentido están tratando de hacer en Francia. Pero, ¿llegarán a la perfección alemana?

Será lo que no tardaremos en ver. En el intertanto, paréceme que la cuestión vale la pena como para que los legisladores argnetinos se ocupen de ella.

Téngase presente que el niño americano del Sur, por razon de temperamento, es mucho más precoz que el niño de Europa.

¡A qué hablar de la mujer recordando las leyes de Indias!

El ministro Crupi ha fijado en dieciocho años la menor edad para ser penado (entre nosotros, a los 18 años ya es un hombre), y muy cuerdamente, ha dicho demostrando que la falta de asistencia a la escuela preparaba con el “rabonero” al joven criminal futuro, o sea, la conformidad de que la ociosidad es madre de todos los vicios.


De los 314 miembros de la Cámara de los Comunes reelectos según el Law Journal, no menos de ochenta y dos son abogados, sesenta y siete son letrados, gente de los tribunales, y quince pertenecen al gremio de los procuradores, tan importante en Inglaterra como ustedes saben. No hay allí persona con cierta importancia que no tenga su “solicitor”.


Al fin, después de siete años de cacareo, al fin cantó en gallo de Rostand!

No hay dos opiniones.

Los sufrgios son unánimes. Chantecler es un triunfo histórico del lirismo francés.

Pero, ¿es un triunfo escénico? Leyendo entre los renglones de la crítica, el lente descubre un “no”.

Alguien ha oído hasta decir que es un “demi-four”, una semi-plancha dramática.

En fin, ustedes leerán, ustedes verán y fallarán, no lo dudo conmigo, que el más joven de los académicos nación bajo singular estrella.

El mismo número 13 le favorece, son las letras que componen el nombre y el apellido de Edmond Rostand*.

Y yo me quedo pensando en el famoso poema de Casti[2]: “Los animales parlantes” de Rostand, habrá leído, seguramente, con atención. Hablan en él con tanta sabiduría los cuadrúpedos… “Nihil novum sub sole[3]”.

Post-data:

La primera representación de Chantecler* ha producido 78.000 francos dice Le Gil Blas, la segunda 45.000, la tercera, 15.000.

Se calcula que las cien representaciones que vienen darán un millón de 16.000.

Inútil para los empresarios discutir si ha sido o no un éxito…


  1. “El que pueda tomarlo, que lo tome”.
  2. Giovanni Battista Casti (Viterbo, Italia, 1724​–París, 1803) fue un abate italiano, poeta, satirista y libretista de óperas ligeras. Entre sus obras más famosas se cuenta Gli Animali parlanti (Los Animales parlantes), poema heroico-cómico en 26 cantos, de 1801.
  3. “No hay nada nuevo bajo el sol”.


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